4 de mayo de 2025
La verdad es que malditas las ganas que tengo de escribir, pero como en la vida siempre hay peros por delante, allá voy con el intento. Primero de todo porque cuando sea viejito, si es que llego, me gustará recordar como aquel personaje mayor de Recuento de Luís Goytisolo que sentado frente al crepúsculo contempla su propia vida como un regalo de los dioses. He tenido algunos momentos límites en mi vida, de niño por enfermedad y de mayor por simple amor a la vida, ese que se recolecta acariciando la dura y candente piel de la Tierra, nuestras montañas.
Contemplar la vida, sea desde una cima nevada de Gredos o desde un cerro de por tierras de Alonso Quijano o Sancho, a veces nos puede pillar algo lejos, sin embargo, el hospital, ahí a la vuelta de casa, se me presenta en estas circunstancias como una suerte de miradero vital, como si estuvieras vivaqueando en invierno en la cima de Peñalara o el Almanzor y la vida se te revelara en todo su pleno significado.
Tantas y tantas cosas en la vida y casi si nos descuidamos no nos enteramos de que hemos vivido. Sí, aquel libro póstumo de Neruda, Confieso que he vivido ¡Qué hermoso me ha resultado siempre ese título…!
Es una vieja idea que viene de Séneca que llega a decir que la mayor parte de la gente está “ocupada” (occupati), es decir, atrapada en mil cosas… y por eso no llega realmente a vivir. Quizás sea por ello que esas circunstancias de la vida, un vivac en el Aneto o el Poset, una escalada al límite de tu preparación o una noche en una cima de los Alpes protegido en un grieta de un glaciar en las cimas de la Meije, una enfermedad, sea en ocasiones determinantes para llegar a saber qué es eso de la vida. Esa diferencia tan especial que hay entre el mero existir y el vivir.
Filosófico me he puesto, aunque acaso no sea exagerado con esa raja que recorre ahora mi cuerpo desde la glotis hasta casi el ombligo. Tres cardiólogos que me están tratando. El que me operó, el doctor Pinto, un hombre adusto de mirada cálida, me ofrece la confianza de estar en muy buenas manos.
Confesarse a sí mismo al final de una larga vida que ha vivido, considero que es el mejor regalo que puede hacerse un ser humano a sí mismo. Haber vivido sin hacer la puñeta al prójimo, haciendo de la vida un objeto amoroso, exprimiendo toda nuestra esencia...
Un poco romanticón me salió el texto, pero bueno. Mi ejercicio obligado de echarle un pulso a mi desgana creo que ha funcionado.
Buenas noches.
Escribir cuando el cuerpo le está diciendo a la razón lo perjudicado que está se convierte, no ya en un intento de normalizar la situación, sino en un acto de valentía. A veces, la escritura es la única forma de ordenar el mapa de lo vivido, especialmente cuando nos toca hacer una pausa forzada y mirar por la ventana desde un lugar que no elegimos. Esa capacidad de transformar el silencio de una habitación en un espacio de reflexión profunda es lo que nos permite conectarnos con nosotros mismos.
ResponderEliminarEsos momentos de meditación, aunque nazcan de la dificultad, permiten que el ruido del mundo se apague y solo quede lo importante: la gratitud por el camino recorrido y la esperanza de los que aún quedan por recorrer.
Que este tiempo de reposo obligado te sirva para recuperar fuerzas y te aporte el descanso necesario para seguir sumando amaneceres. Mucho ánimo y fuerza en cada paso de esta recuperación.