jueves, 21 de mayo de 2026

Milene




Hospital Montepríncipe, 21 de mayo de 2026

Al fin una enfermera me ayudó a recuperar el nombre de una de sus compañeras, Milene, que me sonaba al amor del tímido Kafka y que es una de las enfermeras más competentes que parido madre . Pobre memoria mía que a pesar de ir apuntando nombres de médicos e enfermeras en un bloc de notas, estos caen en mi memoria como en un pozo sin fondo, ese pozo por donde desaparecen tantas cosas de la vida sin dejar rastro. En realidad, si nos atenemos a la memoria no somos ya aquel Hombre Demediado de Italo Calvino, sino un amasijo de que retales que se va depositando de manera anárquica y confusa en nuestro cerebro. Somos rastro de lo que fuimos, y no te digo, que diría mi hermana Montse (un millar de veces le oí esa expresión desde qué eramos niños. Comentábamos algo y ahí estaba Montse, mi querida hermana, con su “ya te digo”. Yo, que desde niño fui un poco pijo, fui el listillo de la familia . Como nací en una familia humilde (mi gran orgullo de nacimiento) pero enseguida me llevaron a los Salesianos y allí me convertí en el primero de la clase durante muchos cursos. Razón por la cual se me juntó el hambre con las ganas de comer. Cada vez que uno de mis hermanos se salía del diccionario, allí estaba su hermano mayor para corregir al que había errado. Vamos, hermano repelente. Vamos, eso “que ni te digo”, ¿verdad, hermana?

Me fui por peteneras. Estaba en aquello que decía mi hermana, “ya te digo”. No, perdón, no estaba en el “ya te digo”, sino en que somos un amasijo de restos que circulan por nuestro cerebro y de los que éste suelta prenda sólo cuando le sale de las pelotas. Y que me lo digan a mi que en estos días a veces soy capaz de enrollarme hablando de filosofía y que en otros caso no me acuerdo ni de mi nombre ;-)

De todos modos el cerebro es alucinante. Cuatro años tendría. Estoy en la calle donde nací, Calle Iglesia, afluentes de General Ricardos en puente Toledo, y estoy de pies sobre el enrejado de una alcantarilla y estoy enrollando con su cuerda uno de esos peones gordos que usábamos entonces. Eso, nada más, como si alguien me hubiera fotografiado y yo hubiera tenido esa foto siempre en la cabecera de la cama. No era la magdalena de Proust, pero se trataba de un instante de auténtica conciencia, conciencia del ser que diría si no me pareciera un tanto pedante. No sería capaz de profundizar en estas cosas (yo estudié Geografía a Historia jajaja…). Recuerdo una idea, creo que era de Mallarmé, más o menos, decía, que el poema, una idea desencadenante no nacía de una explicación larga ni de un discurso racional, sino de unas pocas palabras cargadas de electricidad. Una vez aparecen esas palabras —dos, tres, cuatro— el resto del poema “tira solo”, casi como una reacción en cadena. Pues eso, que Newton estaba un día durmiendo a piernas suelta a la sombra de un enorme manzano, le cayó una manzana en la punta de la nariz y de ahí nació toda la física moderna. También está aquello del escultor Bracusi, un millón de veces lo cité en mi blog, que venía a decir que si quieres descubrir la le ley de la gravedad es necesario que te eches la siesta a la sombra de un manzano. Lo que vale decir ponerse en situación propicia. “Las cosas no son difíciles de hacer; lo difícil es ponernos en el estado mental adecuado para hacerlas”.

Joder, se ve que mi corazón y sus aledaños cada día están mejor. Lo noto en la escritura. Hace unas semanas, ni una palabra podía escribir, así que dentro de una semana, que es cuando está prevista mi alta, no me va aguantar ni Enrique Muñiz ;-) Gracias, Enrique por esos ratos por los apareces por aquí para animar la tarde.


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