Madrugada del 6 de abril de 2026
Hoy me sucede algo monstruoso. No suelo abrir el periódico más que una sola vez por la mañana, pero llevo un tiempo en que me siento impulsado a hacerlo también por la tarde y el impulso no tiene nada de bondadoso. Últimamente siempre abro el periódico con la esperanza de que una gran bomba haya destruido Israel. E incluso voy algo más allá, la esperanza de que todo el sionismo y sus lobbies, tan poderosos en Estados Unidos, haya saltado por los aires y se haya llevado por delante a todos los miserables de aquel país. Y cómo no, con la esperanza de que Trump y toda su camarilla haya dejado de existir. Más todavía, pensar que esta gente simplemente pudiera morir sin ningún tipo de escarmiento recibido en vida me parecería sumamente injusto. Es terrible, pero lo siento así. La vieja ley del Talión advertía, te ponía delante la posibilidad de un castigo.
La impunidad con la que en nuestro mundo ladrones, asesinos, canallas se mueven necesitaría de un dios justiciero que barriera el planeta de canallas y criminales. Cómo uno llega a sentir estas cosas con tanta fuerza. Creo que la irrupción en uno de este tipo de pensamientos no lo refrena ni la cultura ni el sentido moral. Tal es la degradación, la hipocresía, la maldad, la barbarie que impera en el mundo, ese mundo que todos conocemos, que no hay peso moral o religioso que pueda contrarrestar ese deseo de destrucción que profundamente quiero para esa corte de criminales que ocupan las portadas de todos los periódicos.
Cambio de tercio. Llevo varios días de cama por el dolor de rodilla y esta mañana pensé que está noche tendría que escribir algo, escribir aunque no tuviera ganas. Escritura – terapia. Existen todo tipo de citas que en la que autores dicen recurrir a la escritura como terapia; la más exagerada de todas, la de Bataille, que aseguraba que escribía para no volverse loco. Busco y me encuentro, entre otros a Jaime Gil de Biedma: “Escribí poesía para no morir del todo.” Paul Auster: “Escribimos para compensar una carencia, algo que no va. Escribimos quizá para curarnos.” Ana Frank: “Mientras escribo; mis penas desaparecen, mi coraje renace.” Todas son posibles de añadir a la que para mí es la esencial, escribir para aclararme, para intentar comprender alguna faceta de la realidad. Sólo que hoy no es el caso. Hoy lo que me duele es el alma, ese sentimiento de que toda esa parte del mundo que odio me lo impide. Es como si un infinito amor por la gente, la buena gente que sufre y sufrió, ahora está Ana Frank para recordarnos el dolor de una época concreta, te dejara el alma blanda y dolorida.
Hoy escribo para dar suelta al dolor. Cuatro días y cuatro noches sin hacer otra cosa que dormitar, te deja el cuerpo abonado para toda clase de pesimismo, así que intento escribir, escritura terapia para no pensar en otra cosa. Aunque realmente es muy difícil en estos tiempos que corren en que la canallada marca el latido del planeta. Leo todos los días los titulares de los principales periódicos norteamericanos y alguno más de por ahí y no hay duda de que el mundo en que vivimos es totalmente distópico. Inútil referirse una vez más a los culpables, todos los conocemos. Sólo cabría hablar de los otros estúpidos, los que promocionan al poder a enfermos mentales y canallas sin paliativos.
Últimamente se me ha reducido el campo de interés, he perdido bastante interés por la lectura y casi lo único que me motiva es la parcela, la huerta y contemplar como la primavera va embelleciendo día a día este rincón en el que vivo. No obstante hoy tuve un rato bonito, una hora que dediqué a quitar malas hierbas en algunos bancales y a recolectar rúcula y ortigas con la que Victoria cocina un plato riquísimo. Todo arrastrándome por los suelos. Teniendo a las plantas tan cerca, una relación que se presentaba como muy íntima, sucedió que en algún momento me dio por pensar si una persona en la situación de inmovilidad y dolor en que me encuentro, podría ser feliz trabajando a diario en íntimo contacto con flores y verduras.

odio que describes no nace de la maldad, sino de la impotencia ante la injusticia y el dolor por el sufrimiento ajeno. Pero recuerda que el primero en verse dañado por esos sentimientos "que, en parte, comparto" eres tú.
ResponderEliminarLa huerta y las ortigas son tu verdadero antídoto, no porque nieguen el horror, sino porque te devuelven a lo esencial: a lo que tocas, a lo que cuidas, a lo que haces crecer.
Tal vez la única justicia que podamos ejercer sin corrompernos sea precisamente esa: hacer brotar vida frente a tanto cementerio.
Sigue, pues, arrastrándote entre bancales; ahí, lejos del ruido y de los periódicos, todavía es posible encontrar un atisbo de felicidad.
Gracias, Enrique. Me encanta eso de hacer brotar vida ante tanto cementerio.
Eliminar*El odio
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