miércoles, 18 de febrero de 2026

“Vivir, Lucilio, es combatir”


 

19/02/2026

Me llega hoy de la mano de un mensajero mi último libro publicado, Diario de un jubilado 2025. Lo hojeo, leo algunos artículos. Me resulta algo difícil entender que sea yo el autor de esos artículos. Yo no sé si últimamente lo que hago es rehuir ese trabajo, el de escribir, porque realmente requiere un esfuerzo extraordinario o si es por otras razones que no sé concretar. Rehuir porque entiendo que la necesidad de expresarse y concretar nuestro pensamiento sacando en cierto modo de la ambigüedad de nuestras ideas o creencias (ambas cosas diferentes), es parte esencial de la condición humana. Y si la cosa es así podría suceder que con el paso de los años, tantos ya acumulados a lo largo de la vida, no es que uno ya esté aclarado del todo sobre esto que es vivir y su entorno, pero sí sucede que poco a poco uno va entrando en un mundo en donde lentamente se han ido asentando muchas certezas, tantas de ellas cimentadas a raíz de la mucha escritura con que he ido llenando el saco roto de mi blog durante tantos años que acaso ya no requieran mi atención porque forman, digamos, parte íntima de mi entender la realidad y el mundo. Y así, no necesitando ya aclararme sobre muchos asuntos, sería ocioso volver sobre tantos de ellos que podrían tener interés para otros si, digamos, este diario fuera una publicación en algún medio genérico. Pero no siendo el caso, y no  sintiendo la necesidad de volver sobre temas ya tratados, algunos sobradamente, sólo me queda, en parte, esa necesidad tan humana que todos llevamos dentro, que es expresarnos. Decir, contar, narrar, expresar nuestras ideas, conversar. 

El libro que me llega hoy, más de 600 páginas, hace honor a ese trabajo necesario de por vida de tratar de comprender la realidad que nos rodea y especialmente comprendernos a nosotros mismos. Fue hojeando el diario del pasado año cuando me encontré la siguiente cita de Musil: “Mientras nos esforzamos por penetrar en algo difícil de comprender y por mantener el curso de nuestros pensamientos, notamos cómo crece nuestra capacidad para indagar, o para recordar e, incluso para pensar”. En este punto fue donde quedé varado esta noche, varado, pensativo, dudando de este relajamiento en que estoy de la escritura. ¿Me estaré adormeciendo?, pensaba. Y consideraba junto a ese ejercicio de escritura el otro ejercicio diario de mantenimiento a que someto mi cuerpo cada mañana, y me preguntaba si el hecho de que no pueda constantemente volver sobre asuntos ya tratados no sería una disculpa con que justificar una pereza (“la pereza es tan fuerte como la vida”, Viaje al fin de la noche, Celine) que de una manera u otra tiende a colarse por los resquicios de la vida dejando a nuestra voluntad en entredicho. Conozco a tanta gente a quien la pereza les come hasta los higadillos, que por fuerza debo cuestionarme si lo que dejo de hacer en ocasiones es por decisión propia o si se trata simplemente de que ante determinados esfuerzos sibilinamente mi pereza se impone. Esa dichosa, y tan repetida afirmación de Séneca ( “Vivere, Lucili, militare est”. “Vivir, Lucilio, es combatir”) es algo que me persigue cuando presiento que estoy eludiendo un esfuerzo. 

Así que en eso estoy esta noche después de haber leído alguna de las entradas de mi diario del pasado año. Llegar a final de cada año con un puñado de reflexiones que ocupan cerca de las setecientos páginas (en el año 2020, el de la pandemia fueron dos volúmenes con un total de 1100 páginas) cuestionan de algún modo mi actual lejanía de la escritura. Y no es el volumen de la escritura, sino el abandono de esa tensión que supone asumir las vivencias propias o ajenas, las ideas, los temas controvertido, desde la perspectiva del análisis. Recuerdo una cita de Kafka que hacía Chirves en sus Diarios: “El camino de la cabeza a la  pluma es mucho más largo y difícil que de la cabeza a la lengua”.






1 comentario:

  1. "El camino de la cabeza a la pluma es mucho más largo que el de la cabeza a la lengua".
    La dificultad que tenemos para expresarnos por escrito muestra bien la diferencia entre pensar y fijar el pensamiento. Hablar es casi inmediato; escribir, en cambio, exige detenerse, elegir y ordenar las palabras. Ahí aparece esa resistencia interior que convierte la escritura en una verdadera lucha con uno mismo.

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