El Chorrillo, 26 de diciembre de 2018
Esta mañana la caricia del sol en mi cuerpo mientras hacía
yoga, despertó en mí un anhelo tal de apacible estar que enseguida me sentí
inclinado a proyectar este instante al momento de mi muerte, una hora tranquila
en que la placidez de la vida se remansara en torno a breves recuerdos, sin
prisas, sin ganas de acaparar el pasado, suave como una brisa cualquiera que
agitara las olas junto a la arena de la playa mientras contemplas la inmensa
soledad del océano. Así me imaginaba el final de mis días, el sol calentando
tibiamente mi cuerpo un día después de Navidad. Cerrar los ojos y sentir que
ese hálito de vida que el sol, el aire, el agua y la tierra hicieron posible en
mi persona, me inundara por completo y me dijera: llegamos al final del
camino, ahora mira por última vez el mundo, déjate llevar, sí, como en el
baile, no te pongas triste, mira con agradecimiento tu cuerpo, tu alma, las
yemas de los dedos con los que has acariciado tantas veces otros cuerpos,
contempla a tus hijos y el recuerdo de tus amantes con una suave sonrisa en los
labios; di adiós a las montañas, al mar, a la conmovedora belleza de este mundo,
y después fúndete con la tierra.
Días atrás vi la película de Carlos Suárez, Morir por la cima. Carlos Suárez, un
hombre que busca dar respuestas a las inquietudes que como un torberllino se
arremolinan en torno a su espíritu, ha encontrado en la escalada extrema y sin
ningún tipo de seguro su motivación más imperativa. Carlos conversa íntimamente
con la muerte cuando escala en solo integral en la Oeste del Naranjo o en el
Mallo Pison de Riglos. Cuando le veo escalar, días atrás lo hacía también en
otros vídeos viendo a Catherine Destivelle, Dean Potter o Alex Honnold, mi
sistema nervioso se alerta ante la cercanía de esa muerte que parece
acompañarle a cada paso rondando las pequeñas rugosidades de las rocas que él
usa para alzarse sobre el vacío. Carlos elucubra en el film sobre los elementos
que se mueven en su ánimo y sopesa la intensidad de vida que le proporciona la
escalada relacionándola con la muerte y aludiendo a cómo precisamente esa
intensidad de vida le lleva a una plenitud que ninguna otra actividad le ha
podido proporcionar. Hacia el final de la película Carlos Soria, que charla con
Carlos Suárez distendidamente apoyados ambos en una baranda frente a un
embalse, afirma, sin embargo, aludiendo al título del film, que ninguna cima merece
ser alcanzada a cambio de nuestra muerte.
Últimamente, como consecuencia de mis lecturas relacionadas
con el alpinismo, pienso a menudo en todos los escaladores y alpinistas que se
dejan la vida escalando en condiciones extremas o sin ningún tipo de seguro.
Pienso en ellos y no me cuadra eso de exponer la vida por encima de esos
límites que tarde o temprano han terminado por dejar un altísimo porcentaje de
muertes que son inherentes a una actividad que sobrepasa con mucho el más alto
grado de riesgo.
Si mi excitación sube al máximo cuando veo ascender con lo
puesto a Alex Hubber la Directísima americana
de la Cima Grande de Lavaredo, que yo veía espeluznante desplomarse a mi
derecha cuando hace muchos años escalaba el spigolo Dibona, quizás sea porque
uno es una medianía tal de no poder comprender la grandeza de estos hombres; quizás.
Sin embargo, cuando, como expresaba al principio de estas líneas, uno contempla
la vida como un hermoso escenario donde se dan cita todos nuestros anhelos, la
belleza, los retos, el amor, las ganas de vivir, estimo que es de gran ayuda intentar
mantener un equilibrio entre todos los elementos que componen la existencia a
fin de que el resultado sea algo armonioso de lo que nos podamos sentir razonablemente
satisfechos.
La película se puede ver en Vimeo (5€)
Esta madrugada me había despertado Victoria para atender a
una urgencia médica de mi hijo Mario, me había encontrado con él en el
ambulatorio (nada de importancia al final y una prescripción de un descanso de
veinticuatro horas) y después me había vuelto a casa y me había sumergido en
mis rutinas matinales. Estaba a mitad de mis ejercicios gimnásticos después del
baile, cuando vi por la ventana acercarse renqueando a nuestra perra Gaza. Ella
será probablemente la primera en morir en nuestro entorno; está muy viejita y
la displasia ha agudizado sus síntomas de vejez. Detengo mis ejercicios, la
miro y siento que un regato de ternura empieza a correrme por dentro. Y mi
cuerpo, que ve a través de Gaza esa presencia implícita de la muerte, recibe a
ésta con un profundo sentimiento de paz. Esta cosa hermosa que es la vida mira
a los ojos de la muerte y se siente en paz con ella. Escribía el otro día
Carlos Castaneda (Viaje a Ixtian)
unas palabras de don Juan que se referían a esta clase de circunstancias:
“Cuando estás en el ánimo todo resulta más fácil”. Estar en ánimo viene a ser
desde hace tiempo el caballo de batalla de las horas del día. Ya no se trata de
que tenga que hacer esto o lo otro, esa tarea, esa obligación, cualquier cosa
que me pueda proponer; he descubierto que antes de emprender una acción debo de
encontrar el ánimo; debo introyectar, ponerme en situación propicia para
recibirlo y acogerlo; debo crear en mí las condiciones que harán posible que
más tarde todo lo que decida sea mucho más fácil.
Algo así debió de suceder esta mañana sin que yo me diera
cuenta. Tras mi brusco despertar y la resolución de algún asunto rudimentario,
de repente la visión renqueante de nuestra perra, que en otros momentos no me
había llamado tanto la atención, me dejó frente a un remanso de paz que no
tardó en hacer un sitio a las ideas encontradas que me produjo días atrás la
visión de la película Morir por la cima.
Prepararse para bien morir nos parece a mí y a mi cuerpo un asunto de tanta
importancia que no pasan días sin que un pensamiento recurrente haga
continuamente la corte a esta idea. “Mientras la muerte llega toma tu sake;
vive como un león y, cuando llegue tu hora, muere también como un león”.
Magnífico manifiesto el de esta cita que localicé en algún libro de budismo hace
muchos años y que de un modo u otro sitúa la tarea de morir en un contexto que,
queriendo conjugar una vida excitante con la paz de la madurez, desea que ésta
sea “lo suficientemente larga”, sólo lo suficiente, para poder tener al término
del camino la grata sensación de estar cumpliendo el final de un ciclo
apasionante. Llegar a ese momento y con la copa de champán en la mano, alzarla
en un último brindis: Adiós yo, adiós vida, ¡salud!

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