domingo, 16 de diciembre de 2018

Campeones




“Benditos seáis por haberme revelado, cuando no tenía ni noción de ello, los deliciosos tormentos que la belleza confiere a las almas ávidas de comprenderlas” (Anatole France. Le livre de Mon Ami)

El Chorrillo, 17 de diciembre de 2018

El impulso de escribir es un asunto raro. Estas viendo una película y de pronto sientes un gusanillo por dentro, una inquietud que pareciera que te estuviera empujando a tomar el teléfono y empezar a escribir algo. Algo. ¿Qué? Pues no sé, algo. Y entonces sigo viendo la peli y la disfruto y me acuerdo de Concha que me la recomendó días pasados y las razones que me daba para verla en un momento en que hablábamos sobre personas autistas. Y no se trata de saber si lo que estoy viendo es una obra maestra del cine o no, que no lo es, sino del manojo de sensaciones que brotan, esas cosas, esos mecanismos que imagino cualquier psicólogo podría enumerar que se producen en una persona corriente cuando ve surgir secuencia a secuencia de entre la chulería y la arrogancia la incipiente claridad de otros mundos donde seres que no pertenecen a nuestro ámbito mental, que sufren algún trastorno psíquico, pueden ayudarnos a recomponer nuestra personalidad dañada por una percepción de la realidad corta de vista que excluye desde su pomposa normalidad a todos aquellos cuyo comportamiento les son ajenos; se trata, decía, del manojo de sensaciones que una película es capaz de suscitar y que en el caso de Campeones tiene que ver con un descenso del protagonista a otro mundo, el símil de Virgilio descendiendo de la mano de Dante las escaleras del Infierno podría servir, donde habitan otras personas a las que el mundo de la realidad A llama discapacitados, un mundo que desorienta al protagonista que trata de defenderse ignorando la existencia de una realidad B donde hombres y mujeres con el síndrome de Down, autistas, etc., trabajan por integrarse en una realidad que no los excluya.

La fricción que se produce en la mentalidad del protagonista, entrenador profesional de baloncesto, entre estos dos mundos, un equipo de baloncesto de jóvenes con el síndrome de Down, y el propio, que proviene de su trato con el mundo profesional de este deporte, aparece, previa la conformación del entorno humano y deportivo del mismo y el acto de una grave infracción de tráfico que le condenará a prestar servicios sociales sustitutorios de prisión durante un trimestre, como un gratificante leitmotiv que el espectador ve con agrado en un ambiente en que el ritmo de la película, el desenfado y el énfasis en aspectos chocantes y divertidos se conjuntan formando, como si en una composición musical se tratara, una concatenación de acontecimientos que poco a poco van minando la reluctancia del protagonista hasta verse éste totalmente integrado con un equipo del que vendrá a aprender un buen puñado de cosas relacionadas con la vida que en circunstancias normales habría sido muy difícil asimilar.

Lo que me preguntaba viendo la película, envuelta por demás en todo momento en una divertida trama que por sí sola gratificaba el tiempo de la contemplación del film, era por las razones que motivaban el surgimiento de esa emoción que fluía cantarina por mi ánimo ante la genial actuación de todos estos “esperpénticos” :-) y agradecidos personajes de esa realidad B que la película trataba de rescatar para incorporarlos cariñosamente a nuestro mundo común. Las emociones son la leche con mucha frecuencia, surgen de las costuras del alma sin que sepamos por qué, nacen como por generación espontánea en forma de humedad en nuestros ojos, se arremolinan alrededor del desenlace de una compleja relación de pareja, se encabritan frente a una notoria injusticia, subvierten en ocasiones nuestras convicciones corrientes, nos arropan como a niños de teta cuando cerramos los ojos atrapados por una profunda pasión, un drama, o el resurgimiento del amor o la solidaridad, como es el caso en la película de esta noche.

Volver a las fuentes de la emoción es un concepto que cacé hace muchos años leyendo a Henry Roth, una serie de novelas entre las que destacaba Llámalo sueño o Como una corriente salvaje, en la que el autor trataba de revivir, al modo de Proust, aunque de forma totalmente descarnada y desprovista de todo el envoltorio pequeño burgués propio de En busca del tiempo perdido, el hilo de las emociones que habían fluido a lo largo de su vida por su alma

Mi entusiasmo por este autor, no confundirlo con Philip Roth, al que no une ningún parentesco literario o personal, y del que espero desde hace décadas que pasen los años necesarios para la publicación del quinto tomo de su quintrilogía, es decir a la espera de que fallezcan algunos de los personajes retratados en la novela autobiográfica, radica precisamente en cómo Roth fue capaz de perseguir con todo lujo de detalles ese mundo de las emociones que fueron sembrando su vida desde la primera infancia cuando un vaporcito “que descargaba los inmigrantes del hedor y la agitación del entrepuente al hedor y la agitación de las casas de vecindad de Nueva York, se balanceaba ligeramente en el agua junto al muelle de piedra” (Llámalo sueño); desde esa infancia hasta la avanzada edad adulto. Esa minuciosa reconstrucción de las emociones, hurgando, metiendo el bisturí hasta desgajar la carne y quedar frente al tumor que lo consumía, frente a una lucidez inesperada, incluso ante una lujuria imparable que no descartaba las relaciones carnales con su propia hermana durante toda la adolescencia, fue algo que caló muy hondo en mi condición de lector. De ahí todavía que cuando me tropiezo con esa faceta humana que tan hondamente nos identifica, pese al envoltorio con que nos recubrimos, ese concepto de máscara que los griegos adjudicaban al personaje representado, como partícipes de hondas vivencias, los recuerdos se me aglutinen en torno a lecturas o películas que han tenido la capacidad de estimular el nacimiento de nuevas emociones que, junto a las sensaciones, vienen a constituir una parte sustancial de nuestro sentir.

Emociones por otra parte que preceden a nuestra comprensión y a cualquier tipo de razonamiento y que llegan a nosotros en sutiles y desmadejadas situaciones sorprendiéndonos en ocasiones de manera inesperada. Escribe Roth en una de las novelas citadas más arriba: “Ira absorbió la emoción de los poemas de Eliot, especialmente de sus dos grandes poemas, antes de entender su significado. Ira absorbió la emoción, hasta que la hizo suya”. Los hechos, sin esas fuentes de la emoción, sin la presión osmótica de esa sensación que las envuelven, quedan desamparados, unidos apenas por la anécdota de su correlación.



















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