“Benditos
seáis por haberme revelado, cuando no tenía ni noción de ello, los deliciosos
tormentos que la belleza confiere a las almas ávidas de comprenderlas” (Anatole
France. Le livre de Mon Ami)
El Chorrillo, 17 de diciembre de 2018
El impulso de escribir es un asunto raro. Estas viendo una
película y de pronto sientes un gusanillo por dentro, una inquietud que
pareciera que te estuviera empujando a tomar el teléfono y empezar a escribir
algo. Algo. ¿Qué? Pues no sé, algo. Y entonces sigo viendo la peli y la
disfruto y me acuerdo de Concha que me la recomendó días pasados y las razones
que me daba para verla en un momento en que hablábamos sobre personas autistas.
Y no se trata de saber si lo que estoy viendo es una obra maestra del cine o no,
que no lo es, sino del manojo de sensaciones que brotan, esas cosas, esos
mecanismos que imagino cualquier psicólogo podría enumerar que se producen en
una persona corriente cuando ve surgir secuencia a secuencia de entre la
chulería y la arrogancia la incipiente claridad de otros mundos donde seres que
no pertenecen a nuestro ámbito mental, que sufren algún trastorno psíquico,
pueden ayudarnos a recomponer nuestra personalidad dañada por una percepción de
la realidad corta de vista que excluye desde su pomposa normalidad a todos aquellos
cuyo comportamiento les son ajenos; se trata, decía, del manojo de sensaciones
que una película es capaz de suscitar y que en el caso de Campeones tiene que ver con un descenso del protagonista a otro
mundo, el símil de Virgilio descendiendo de la mano de Dante las escaleras del Infierno
podría servir, donde habitan otras personas a las que el mundo de la realidad A
llama discapacitados, un mundo que desorienta al protagonista que trata de
defenderse ignorando la existencia de una realidad B donde hombres y mujeres
con el síndrome de Down, autistas, etc., trabajan por integrarse en una
realidad que no los excluya.
La fricción que se produce en la mentalidad del protagonista,
entrenador profesional de baloncesto, entre estos dos mundos, un equipo de
baloncesto de jóvenes con el síndrome de Down, y el propio, que proviene de su
trato con el mundo profesional de este deporte, aparece, previa la conformación
del entorno humano y deportivo del mismo y el acto de una grave infracción de
tráfico que le condenará a prestar servicios sociales sustitutorios de prisión
durante un trimestre, como un gratificante leitmotiv que el espectador ve con
agrado en un ambiente en que el ritmo de la película, el desenfado y el énfasis
en aspectos chocantes y divertidos se conjuntan formando, como si en una
composición musical se tratara, una concatenación de acontecimientos que poco a
poco van minando la reluctancia del protagonista hasta verse éste totalmente
integrado con un equipo del que vendrá a aprender un buen puñado de cosas
relacionadas con la vida que en circunstancias normales habría sido muy difícil
asimilar.
Lo que me preguntaba viendo la película, envuelta por demás
en todo momento en una divertida trama que por sí sola gratificaba el tiempo de
la contemplación del film, era por las razones que motivaban el surgimiento de esa
emoción que fluía cantarina por mi ánimo ante la genial actuación de todos
estos “esperpénticos” :-) y agradecidos personajes de esa realidad B que la
película trataba de rescatar para incorporarlos cariñosamente a nuestro mundo
común. Las emociones son la leche con mucha frecuencia, surgen de las costuras
del alma sin que sepamos por qué, nacen como por generación espontánea en forma
de humedad en nuestros ojos, se arremolinan alrededor del desenlace de una
compleja relación de pareja, se encabritan frente a una notoria injusticia,
subvierten en ocasiones nuestras convicciones corrientes, nos arropan como a
niños de teta cuando cerramos los ojos atrapados por una profunda pasión, un
drama, o el resurgimiento del amor o la solidaridad, como es el caso en la
película de esta noche.
Volver a las fuentes de la
emoción es un concepto que cacé hace muchos años leyendo a Henry Roth, una
serie de novelas entre las que destacaba Llámalo
sueño o Como una corriente salvaje, en
la que el autor trataba de revivir, al modo de Proust, aunque de forma totalmente descarnada y desprovista de todo el envoltorio pequeño burgués propio
de En busca del tiempo perdido, el
hilo de las emociones que habían fluido a lo largo de su vida por su alma
Mi entusiasmo por este autor, no
confundirlo con Philip Roth, al que no une ningún parentesco literario o
personal, y del que espero desde hace décadas que pasen los años necesarios
para la publicación del quinto tomo de su quintrilogía, es decir a la espera de
que fallezcan algunos de los personajes retratados en la novela autobiográfica,
radica precisamente en cómo Roth fue capaz de perseguir con todo lujo de
detalles ese mundo de las emociones que fueron sembrando su vida desde la
primera infancia cuando un vaporcito “que descargaba los inmigrantes del hedor
y la agitación del entrepuente al hedor y la agitación de las casas de vecindad
de Nueva York, se balanceaba ligeramente en el agua junto al muelle de piedra”
(Llámalo sueño); desde esa infancia
hasta la avanzada edad adulto. Esa minuciosa reconstrucción de las emociones,
hurgando, metiendo el bisturí hasta desgajar la carne y quedar frente al tumor
que lo consumía, frente a una lucidez inesperada, incluso ante una lujuria
imparable que no descartaba las relaciones carnales con su propia hermana
durante toda la adolescencia, fue algo que caló muy hondo en mi condición de
lector. De ahí todavía que cuando me tropiezo con esa faceta humana que tan
hondamente nos identifica, pese al envoltorio con que nos recubrimos, ese
concepto de máscara que los griegos adjudicaban al personaje representado, como
partícipes de hondas vivencias, los recuerdos se me aglutinen en torno a
lecturas o películas que han tenido la capacidad de estimular el nacimiento de
nuevas emociones que, junto a las sensaciones, vienen a constituir una parte
sustancial de nuestro sentir.
Emociones por otra parte que preceden a nuestra comprensión
y a cualquier tipo de razonamiento y que llegan a nosotros en sutiles y
desmadejadas situaciones sorprendiéndonos en ocasiones de manera inesperada.
Escribe Roth en una de las novelas citadas más arriba: “Ira absorbió la emoción
de los poemas de Eliot, especialmente de sus dos grandes poemas, antes de
entender su significado. Ira absorbió la emoción, hasta que la hizo suya”. Los
hechos, sin esas fuentes de la emoción, sin la presión osmótica de esa
sensación que las envuelven, quedan desamparados, unidos apenas por la anécdota
de su correlación.


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