El Chorrillo, 6 de mayo de 2018
Y por qué no volver a la infancia, a aquel tiempo de las inmensas y dilatadas tardes de verano cuando el tiempo no existía y sólo era necesario cargar con un libro y el bocadillo de la merienda y encaminarse a la Casa de Campo donde, bajo un pino en cuyas ramas probablemente las cigarras armaban el endemoniado ruido de la hora de las siesta en el momento de más calor, yo encontraba aquel precioso instante entre las páginas de un libro que me llevaban a otro lado del mundo en donde sucedían cosas maravillosas que mi alma de niño, apenas salido del útero de mi madre unos pocos años antes, degustaba con el placer de quien descubre en sus amarillentas páginas un mundo seductor que durante mucho tiempo, acaso una vida entera, será el sustento para mis ojos siempre deseosos de la fascinación de nuevas tierras y aventuras.
Y por qué no volver a la infancia y recuperar de paso también el arco hecho de una rama y el tirador y el tacón de goma con que jugaba a lo los cromos. Todavía estás a tiempo, me digo. Y entonces me imagino bajo uno de aquellos pinos que todavía existen y en donde recientemente hice un bonito retrato de mi amiga Nuria abrazada a un tronco, ahora más gruesos e imponentes, enormemente altos, pinos piñoneros que cuando había tormenta dejaban el suelo sembrado de piñones y que tras los últimos truenos nosotros corríamos a recoger aunque el pinar estuviera a media hora larga de camino de nuestra casa. Y me imagino bajo uno de aquellos árboles, de nuevo un tomo de Julio Verne entre las manos y, aunque lo títulos de los libros han cambiado, aquello me sirve de estímulo para recuperar ese halo de bienestar que me envolvía, la brisa fuera, las nubes como un primoroso ejército de juguete en manos de un niño que cubre sus picudas montañas y el azul del cielo con ellas, cuando levanto la vista de mi libro; el tiempo que apenas siento pasar absorbido por saber cómo de la primorosa prosa de Alvaro Cunqueiro, Fanto Fantini della Gerardesca logra escapar de una terrible y rocambolesca prisión a caballo sobre las olas; el rato del té y después unos versos de Ángel González por aquello de que el aderezo de la jornada sea heterogéneo, y más tarde, ya hasta casi la hora de irse a la cama en esta ocasión, Las palmeras salvajes.
Ahora que ya me he hecho mayor recupero, como esta tarde, algún trozo de aquella infancia; en esta semana con un tomo de Faulkner, otro de Saramago, uno más de Cunqueiro, y quizás mañana con Homero o Shakespeare o con Sthendal o Musil. Con Faulkner, que me tiene totalmente atrapado, llevo dos días que recorro un inextricable río donde un penado y una mujer que ha parido en el barro de la orilla tratan de llegar a ninguna parte y en cuyas páginas se cruza una imposible historia de amor que juraría va a terminar muy mal pero que me tiene agarrado por el cuello con el intrincado mundo que corre por el alma de sus dos protagonistas sometidos a última hora a la disyuntiva de deshacerse o no de un embarazo en medio de la indigencia.
El amigo Paco, que andaba días atrás por Portugal, me regalaba anteayer por guasap un par de recuerdos, probablemente comunes, con que se había tropezado en su recorrido turístico. El primero era una antigua edición, que había encontrado en una librería de viejo, de La isla misteriosa, de Julio Verne y el segundo trataba de una estatua de Pessoa que llamaba a mi afición por este controvertido, solitario y excepcional autor. El primero pertenece a los tiempo de Bastián y sus once años, el protagonista de La historia interminable, de Michael Ende, un libro que los más apasionados lectores de mis alumnos devoraban hasta el punto de olvidarse de las tareas escolares; ese Bastián que yo recuerdo encerrado en un buhardilla con un libro en la mano y al que tengo como primo hermano, él en un oscuro desván de la escuela donde un rayo de luz cae sobre las páginas de su libro, La historia interminable, precisamente, yo tumbado a la sombra de un pino sobre el césped, los codos en el suelo, las manos sobre la barbilla, el libro bajo mi pecho, navegando por los mares de la isla de Java de la mano del Tigre de Malasia. Pessoa y Julio Verne probablemente sean dos de los ejemplos más significativos, cada uno en una punta distinta de los años de la vida, de una misma pasión, la de la lectura.
Si yo ahora echo de menos aquellos años de la infancia en donde todo lo que hacía y leía era escrito sobre mí como quien lo hace sobre una tabula rasa, es porque entonces el tiempo era infinito, el futuro no existía y la vida era simple y sencilla como lo es para un potrillo que sólo tiene que preocuparse de no tener a su mamá demasiado lejos y, además, junto a todo ello tenía al gran amigo en donde vivía condensada la vida y la historia del mundo y sus pasiones. Los libros alimentaban mi imaginación y encontraba en ellos todo lo que podía necesitar para pasar un largo verano. Y algo no muy diferente me sucede ahora en que los problemas con una pierna me tienen alejado de cualquier proyecto que exija cierta movilidad, y que como consecuencia me han traído el regalo de larguísimas horas de lectura que vienen acompañadas por el recuerdo de aquellos años de la infancia.

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