El Chorrillo, 7 de mayo de 2018
Cualquier persona en sí es, somos, poca cosa, minúsculos seres todos perdidos en la multitud, sin embargo ya se encargan los medios, sicarios a sueldo de intereses particulares, de hacernos creer desde los titulares que estamos bajo la tutela de alguna particular aristocracia, de servirnos en bandeja la voz del amo desde todos los altoparlantes colocados sistemáticamente sobre todos los hogares de este país, a fin de hacernos saber muy claramente quien es quién en esta tierra de confusión. Y la voz del amo son personajillos tan repelentes como Vargas Llosa y el engreído Aznar cuyo hogar debería ser la cárcel desde hace un puñado de años. Son los ecos y altoparlantes que confunden y distorsionan con su algarabía la consistencia de la realidad haciéndonos confundir a los monigotes de la comunidad, aupados por los medios a sus portadas particulares, con los verdaderos sillares humanos, hombres y mujeres dedicados a la construcción de una sociedad sana y justa, sobre cuyas bases se asientan la convivencia y el progreso.
Voceros a sueldo de intereses espurios dedicados a aventar la estupidez macilenta de engreídos personajes de humo con que llenar de ruido el foro mediático y con cuya aportación nos quieren hacer creer en la basura que crece como un cáncer en algún punto del cuerpo social, todos esos personajillos que utilizan los medios para dar la vuelta al único argumento claro, el de que existen en el mundo un buen puñado de hijoputas que, siendo la escoria del planeta, dedican su vida a la estúpida tarea de lustrar su autoproclamado rol de gurúes pretendiendo dictarnos una interpretación de la realidad en la que siempre los listillos de turno, los aprovechados, los ladrones, los hipócritas, han de ser por derecho de su condición económica, social, cultural o política, los pastores que habrán de guiar al fiel rebaño “por la senda del bien”.
Voceros, siempre la voz del amo en los titulares de los periódicos, las tertulias o los telediarios, monigotes de papel servidores de la infamia, a los que en las redes sociales damos voz reproduciendo sus sandeces y aventando la sensación de que estamos dirigidos por una clase social superior que es capaz de forjar opiniones por activa o por pasiva incluso allá donde los depredadores son minoría. El reproducir en las redes las sandeces de los “honorables” de toda condición nos debería hacer reflexionar en el hecho de a quién sirve realmente compartir esta clase de manifestaciones.
¿Cuántas veces me habré preguntado por qué nosotros, los destinatarios de los mensajes de gentuza como Vargas Llosa, el vejestorio portavoz de la derecha más hipócrita de este país, nos empeñamos en ser voceros de esta perversa pretendida aristocracia intelectual que sólo sirve para hacer creer a lo ingenuos que ellos son por derecho propio, ungidos por los dioses del dinero, de la Iglesia y sus adláteres, los ideales y fatuos poseedores de la verdad?
¿Cuál es la realidad que existe, que tiene la consistencia de lo posible, de lo que es útil para la vida y el confort de los hombres y cuál es la pervertida simulación de algo que solo es basura, el albañal por donde desaguan las inmundicias de una sociedad que no distingue entre los excrementos, ese Vargas Llosa del brazo de su amigo Aznar? Si impusiéramos un silencio total a las majaderías de los “honorables”, quizás nos sería más fácil centrarnos en los asuntos que nos atañen.
La última perla de este cejijunto y repelente personaje que batalla a brazo partido contra todo lo que huela a izquierda y que viaja por el mundo copando portadas de prensa rosa con Isabel Preysler, es afirmar que “los pobres no leen porque son ignorantes”. Escribía Javier Cercas en algún lugar que si este individuo se hubiera muerto o hubiera dejado de escribir con 33 años, cuando sólo había publicado La ciudad y los perros, La casa verde, Los cachorros y Conversación en la catedral, lo habríamos considerado uno de los mejores novelistas en español de cualquier época. Probablemente. Yo leí esos títulos y corroboro la idea. Hoy, sin embargo, me parece un individuo tan ridículo y decadente que me admira el que los medios se hagan eco de sus asuntos si no es por el interés que pueda suponer el personaje para apoyar los argumentos de la derecha más rancia.
Nota: Me dicen que son una contradicción en términos estas líneas, y es cierto. La única manera de resolver la contradicción sería no publicar estas líneas.
albertodelamadrid.es

Uffff, pues sí Alberto, unas cuantas verdades no nos van a hacer ningún mal....
ResponderEliminarEse individuo me revuelve las tripas.
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