El Chorrillo, 4 de mayo de 2018
Ayer salí de excursión por unas páginas de FB que no me son familiares, hablaba de un gran hombre llamado Carlos que asciende altas montañas de este planeta desde la longevidad de una vida que pide completar el círculo mágico del número catorce, pero fue un desliz, aunque al cabo de diez minutos las visitas habían sido excesivas. Me sentí incómodo, como quien aventa un trozo de intimidad en un terreno anónimo y desconocido, en una corrala de un barrio que no es el tuyo. Siento que debo volver a la intimidad de mi diario ahora también lejos de los Caminos de Santiago donde peregrinos desconocidos y anónimos dejaban sus megustas y el agradecido "¡buen camino!". Es necesario volver a la intimidad y a los asuntos que brotan de los pétalos de los versos o de las páginas del libro que lees tras la siesta durante el crepúsculo o acaso de unas cortas líneas que recibiste de una tierra donde las olas van a besar sus orillas cada madrugada. Es importante recuperar los colores que esperaron pacientes en la paleta de los momentos de meditación y paz para así recuperar las armonías que la soledad pone como gotas de rocío sobre tu ánimo.
Leo en un libro de poemas que yace abierto sobre mi regazo: "Vencejo de alas demasiado grandes, que gira gritando su gozo alrededor de la casa. Tal es el corazón. Siembra en la serenidad del cielo, pero si roza el suelo, se desgarra". Girar y girar gritando, también en la noche, murciélagos inquietos, como hoy día sin luna en que las luces de pueblos lejanos forman constelaciones color ámbar sobre el horizonte. Incansablemente. Acaso esto podría ser también una carta de amor, la de quien vela la noche junto al liviano ronquido de su fiel perro tendido a sus pies; amor, esa palabra misteriosa que encierra en sí el venablo que habrá de hendir el pecho del vencejo hasta desgarrarle las entrañas. Amor, el escurridizo sereno que nos abre el portal de inciertos habitáculos donde inquietud y desasosiego tienen una buhardilla desde la que contar estrellas y beber sorbitos de orujo en soledad.
La noche está tranquila y el teléfono ahora duerme apacible después de los últimos guasaps, uno que decía: “Y me pregunto yo si el necesario frugal alimento de las verdades tendrá que ver o no con esa inflación de comunicados que tanto las redes y las nuevas tecnologías ofrecen donde la realidad se deduce a vistosos y bienintencionados cartelitos o si por el contrario... etc. Y es que últimamente ejerzo de monje tibetano y desde los remotos valles donde habito sólo alcanzo a ver las montañas y la sencillez de las aves que vuelan el cielo azul. Quizás me estoy haciendo muy mayor y los laberintos están desapareciendo para dar paso a un puñadito de frugales verdades. :-)”. Eso uno, el otro decía simplemente: “Touchée”.
Ya estoy en casi mitad de camino y apenas es la una de la madrugada. Ahora tendré a aquellos otros guasaps de Carmina que hablaban de la existencia de Dios y de la Madre, madre naturaleza, madre de Dios, madre la que nos parió. Dios, el amor, el vencejo de alas grandes de René Char, la infinita complejidad que se teje entre el yo y el tú. El cuento de nunca acabar. Demasiados interrogantes para mis ojos cansados. A Carmina se le murió el marido de cáncer. Pero antes, en un trece de octubre de hace casi dos décadas, cuando esperaba los resultados de unas pruebas que determinaría si su marido iba a morir o continuaría viviendo, ella escribió un largo exordio en donde Dios y la Naturaleza se fundían en uno dando lugar a un panteísmo en el que el universo todo se constituía en la divinidad por antonomasia aunque admitiendo la necesidad de visualizarla en una imagen familiar, fuerza superior latente de todo pero que el común de lo mortales necesitaba representarse con imágenes paralelas como la de la madre, dadora de vida y regazo de nuestras penas y necesidades.
Pero ni el panteísmo de Carmina ni el vencejo de René Char me tranquilizan esta noche. Al vencejo un fusil frágil va a abatirlo (tal es el corazón), al Dios de Carmina le abatirá la muerte porque tras la muerte entonces ya no será necesario un Dios que la proteja de la ventisca y de los temporales de la vida. Aunque sí, seguirá siendo cierto lo que ella escribía al final de su guasap: “porque bien es cierto que la vida tiene un misterio: su increíble e inexplicable comienzo”.
A veces me parece que la materia de que estamos hechos es pobre y, cuando conseguimos cierto estado de gracia, tendemos a ver la realidad desde esa circunstancia, momentos en que Dios o el amor llenan nuestras venas de fervor, cuando la realidad acaso sea más plana y probablemente seamos más mediocres de lo que creemos, porque los atisbos de la pasión no van bien con la torva y crasa realidad en que a veces nos movemos. De ahí que amemos las obras de Shakespeare, los lienzos de Edvard Munch o la música de Bach, porque en definitiva nuestro ser poquita cosa, esa insignificancia que tantas veces me aplico, no nos permite esa extrema sinceridad que haría de nosotros personajes como Tristan e Isolda, materia espiritual como la que sale a la oscuridad de la noche en los versos de San Juan de la Cruz, incluso seres como ese Minotauro de Picasso acariciando a una mujer dormida.
Tuvimos durante muchos años cubriendo nuestra cama de casa una de esas bellas colchas indias donde pequeños espejuelos comparten sus reflejos con multicolores bordado de motivos geométricos, pero en la que la hilatura azul dominante hacía que el conjunto pareciera un vasto cielo de alegres constelaciones donde las estrellas de los espejos jugaban a la comba con el resto de aquel universo. Tal las cosas del corazón, tal la vida, tal la muerte y lo que cada uno quiera entender por Dios.
Nota: Mira qué preciosidad, decía yo esta mañana en otro guasap. Conocí este grabado de Picasso (muy oportunamente) viajando por las islas del Egeo...

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