miércoles, 9 de mayo de 2018

Meditaciones junto a la hoguera




El Chorrillo, 9 de mayo de 2018


Hoy estuve quemando rastrojos, una enorme hoguera que a veces daba miedo por sus llaman y el calor que desprendía. Cuando las llamas se hicieron más benignas y controlables me tumbe al lado, a la sombra de las arizónicas y contemplé el cielo mientras oía crepitar el fuego junto  al trino de los pájaros. Recordé en primer lugar a una amiga, después pensé en algo que había leído de Saramago mientras esperaba pacientemente que transcurrieran los quince minutos de compresas de frío que intentaban aliviar los males de mi pierna izquierda. El texto de Saramago hablaba de la imposibilidad de hacer nada por nuestra tierra mientras la peste negra de una alienación no deje de caer sobre nosotros. Este es el texto: “¿Qué puedo hacer por mi tierra?»… y encontrar como  respuesta: “Nada”. Porque la patria, Brasil, Portugal, cualquiera, es sólo de algunos, nunca de todos, y los pueblos sirven a sus dueños creyendo que es a ella a quien sirven. En el largo y siempre crecido rol de  las alienaciones, ésta es, probablemente, la mayor.”

Las llamas disminuyeron en pocos minutos hasta quedar en una tranquila e inofensiva fogata. Muchos kilos de vida se habían convertido en cenizas en pocos segundos, ceniza, gases, algunos restos de ramas más gruesas. Anhelos, recuerdos, espléndidos retazos de vida, miserias, amores, preocupaciones siguen el mismo camino. Una bonita mañana de primavera alguien abre un horno crematorio, prende un hoguera y en un abrir y cerrar de ojos no queda absolutamente nada de nosotros.

Ahora sin las palomas y su monótono zureo que atraía mi atención. Recuerdo mi distracción de ayer noche. Escribía un post titulado El puterío que nos gobierna y que a la altura de Alcorcón había cambiado por el de Tiempo de silencio por aquello de que los tipos esos con la ley Mordaza como cuchillo entre los dientes no fueran a mandarme a la trena en este tiempo cuando la primavera está tan bonita y las calles tan llenas de chicas guapas; Tiempo de silencio, porque veníamos del teatro de ver una adaptación de esa obra de Martín Santos y el asunto de que quería tratar tenía que ver con ese santo silencio que los españoles guardamos frente a las miserias y tropelías de quienes nos gobiernan. El caso es que había empezado a divertirme convirtiendo un alegato serio en una pura broma de Iglesia en donde las letanías y el kyrie eleison eran sustituidos por todas las barbaridades que cometen estos subnormalitos en nombre del pueblo, ejerciendo ese poder diferido que éste y la ignorancia les otorga, y más precisamente, en boca de Saramago, el crecido rol de las alienaciones de eso que llamamos pueblo, y que el PSOE bendice con su hisopo de papel maché (no, no hablo de Podemos porque esos son una dolorosa espina en el corazón de la esperanza que merecen pasar por un largo Purgatorio). La letanías comenzaban así:

Las tarifas eléctricas disparadas a cada momento,
kyrie eleison, Señor, ten piedad.
Impuesto al sol,
kyrie eleison.
La caja de las pensiones desaparecidas,
aguanta y calla.
Las farmaceúticas reinas y señoras en un mercado donde nadie les para los pies,
sin pecado concebida
El proceso de Alsasua,
beatus ille y no toques a la guardia civil ni aunque vayas de copas.
la Manada,
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.
los jueces fieles servidores de los desmanes de los corruptos,
el Señor nos los tenga a mano.
La ley mordaza atenazando a la población como en los mejores tiempos del franquismo,
perdona a tu pueblo señor, no estés eternamente enojado.
El poder incuestionable de los lobies,
ellos que poseen la tierra.
la hipocresía y las mentiras de un gobierno al servicio exclusivo de las grandes empresas,
miserere nobis.
La impunidad en que viven los corruptos,
kyrie eleison, Señor, ten piedad.
El desvergonzado uso de los medios de comunicación,
escúchanos, Señor.
la desfachatez de alguien del gobierno que declara ante las cámaras de la televisión que todos somos iguales ante la ley,
Virgen Santísima, lo que tenemos que oír.
Los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres,
Calla y vota PP, gilipollas.

Y así una larga retahíla como aquellos interminables rosarios en los Salesianos por donde no sólo pasaba la Virgen del Rosario y todos los Santos sino también el palio de la Iglesia Católica protegiendo del sol a todos los mangantes de este país de charanga y pandereta.

El caso es que levanté la vista y estábamos en Humanes y no podía soltar el teléfono de las manos y salí del tren escribiendo y caminé y pasé los torniquetes igual y yo dale que te dale con las letanías y el tren se había ido y yo seguía por la calle esquivando las farolas para no darme de narices con ellas, que ya sucedió hace muchos años, cuando yo era oficinista de banco (¡horror!) de chaqueta y corbata (qué barbaridad), que por entonces iba de mi casa al banco andando leyendo todo el rato un enorme tomo de Guerra y paz y tan en alguna de esas guerras napoleónicas estaba que a la altura del número doce de la calle Alcalá caminando a toda prisa, porque llegaba tarde a la oficina, y leyendo sin perder ripio, me pegué tal hostión con una farola que el libro salió volando por los aires y yo caí de espaldas totalmente descompuestos como si un obús de la batalla de Waterloo en que Napoleón andaba en ese momento  me hubiera estallado en la cabeza. Pues sorteando las farolas mientras escribía, venía diciendo, cuando de pronto eché mano a mi espalda, instante aquel mismo en que de mi boca salió un rotundo ¡coño!, ¡mi macuto! Sí, me había dejado el macuto en el tren. Pies pa qué os quiero, naturalmente como decía mi antigua novia. Entre otras cosas allí estaban las llaves del coche. Miramos hacia la estación: sí, el tren se había esfumado en la noche. Cojonudo. Bueno, el caso es que con el susto se me cortó la leche y ya no fui así capaz de retomar el clima del dichoso post hasta esta mañana en que, rociado con la cita de Saramago mientras vigilaba mi hoguera de los rastrojos, caí en ese ambiente en el que uno ve el curso de la vida con cierta claridad, las llamas y las cenizas, la alienación de los pueblos que sirven a sus dueños creyendo que es a ellos a quien sirven, las locuras y estupideces de la clase dirigente, la importancia de las pequeñas cosas, el valor del canto de los pájaros, la suave caricia de un afecto. Es una propuesta, ¿qué hacer un día cualquiera de primavera en que uno tiene la cabeza hecha un lío con un montón de asuntos complicados y acaso contradictorios? Sencillo, uno, tranquilamente se tumba en la hierba, cierra los ojos, y mientas escucha el crepitar del fuego  y el trino de los pájaros deja a sus pensamientos volar como nubes de verano por su cabeza. A mí me resulta, al cabo de media hora las ideas se me aclaran.

Se me ha ido la olla tantas veces tratando de escribir estas líneas que ya no sé como titular esto, aquello de El puterio ya no va ni de coña, lo de Tiempo de silencio, que también se me ocurrió porque precisamente veníamos de asistir a una representación teatral de una adaptación de la obra de Martín Santos, suena muy serio argumentalmente, pese a que responde a la moraleja que se desprendía del final de la obra de ayer en que se citaba a San Lorenzo que cuando fue quemado en la hoguera fue requerido para que dijera sus últimas palabras y lo único que supo decir en aquel instante definitivo es que le dieran la vuelta para que se tostara homogéneamente, algo que hace el personal de esté país cada cuatro años cuando va a depositar su voto en las urnas. También pensé en titularlo Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis, una especie de imploración para que el Señor nos perdone la cantidad de veces que hemos votado a ladrones y gente zafia y deshonesta, pero acaso era muy largo, aparte que los hombres y mujeres de esta generación ya han perdido el contacto con el latín que nos tocó soportar a nosotros en las décadas posteriores a la posguerra.

Al final, como todo termina junto a la hoguera, este texto, y en la hoguera todo el resto, vida, anhelos, recuerdos, y toda esa bazofia del dinero y del poder, mejor me quedo con un título sencillito y pedagógico, donde la hoguera no es precisamente esa que arde junto a mí dando cuenta de los rastrojos. Queda pues este título:  Meditaciones junto a la hoguera.

Podría poner aquí, para acompañar mi post, el careto de algunos de esos delincuentes del gobiernos o sus afines, pero ya me sucedió días atrás que jetas como las de Vargas Llosa y Aznar hagan que me dé repelús leer mis propios post cuando veo esos rostros de Gorgonas sobre mi escritura, así que mejor dejo la imagen de esa hoguera mañanera de nuestra parcela en donde todos ellos podrían encontrar su mejor acomodo. Amén.




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