sábado, 7 de noviembre de 2026

¿Viva la ley de la selva?

 


El Chorrillo, 7 de noviembre de 2026

(Para contextualizar el texto podéis leer primero el comentario de Enrique a mi post anterior. Lo encontraréis al final de estas líneas)

Para contestar al amigo Enrique bien que me gustaría tener algunos conocimientos de economía de los que carezco. Por lo tanto puedo elegir dos caminos ante la posibilidad de expresar digamos el criterio de una persona del montón ayuna de conocimientos puntuales relacionados con la economía o la política y otro el de quien sabe de todo, que evidentemente no es mi caso; así que opto por el primero. El mundo, y también la vida, es demasiado complejo para que un tal pueda analizarlo con total acierto. Sin embargo existe lo que se llama el sentido común que mal que bien nos ayuda a comprender una parte considerable de la realidad. El ciudadano medio no se anda con chiquitas, no necesita de los argumentos económicos ni de su complejidad para entender que unos beneficios de Repsol que sobrepasan en el mismo periodo en 300 por ciento al del año anterior es una falla en el sistema que no se puede justificar nunca con otra lógica que no sea la del Mercado por mucho que a algunos parezca vergonzosa propaganda (beneficio que se traslada desde nuestros bolsillos a los de Repsol cuando repostamos en una gasolinera). Y, por cierto, si aceptamos la lógica de ese Mercado como mecanismo de una convivencia social, lo que hacemos es ponernos en manos de un sistema, el Capitalista, cuyos objetivos no son otros que la depredación y la codicia. Si defendemos, sin llegar siquiera todavía a una posible redistribución de la riqueza por  parte de una supuesta intervención del Ministerio de Hacienda que subsane o aminore la depredación, esa línea de razonamiento, estaríamos en manos de un supuesto Estado que centra sus esfuerzos en la justicia social; algo totalmente falso por otra parte si nos atenemos a las fuerzas que controlan ese Estado, que no son otras que aquellas derivadas de una contaminada conciencia ciudadana incapaz ahora mismo de sopesar por sí misma los pros y los contras de votar a unos o a otros. 

Y aquí sería obvio referirse a la importancia que tienen la propaganda y las mentiras sobre una población desprotegida debido a la falta de cultura y capacidad de analizar la situación política y económica. Ojo, hablo en términos generales y mirando de refilón las cifras de analfabetismo funcional de los posibles votantes, teniendo en cuenta su capacidad de distinguir a los gatos de los ratones, de diferenciar a las personas honestas de aquellas que sólo miran por sus propios intereses a la hora de repartirse la tarta del PIB. Así que esas auténticas revoluciones que podrían hacerse a través de Hacienda, con su apariencia de inocencia, lo que esconden es una feroz dominación de fuerzas económicas y sociales en absoluto interesadas en una justa distribución de la riqueza. Pensar así en la idealidad de dejar asépticamente en manos de una Hacienda presionada desde siempre por intereses espurios, sólo contribuye, en función de las fuerzas en juego, a cambiar todo para que todo siga igual (El Gatopardo. Lampedusa). La mano escondida que mueve los hilos de la economía y que intenta confundir al ciudadano con una máscara de bonanza, que intenta convencernos de que esta es la única alternativa posible, tiene un excelente público, pero en absoluto un público crítico sabedor de que tras la gran mentira y añagazas del Capital sólo existe el beneficio ilimitado. Creo que es suficiente para contestar a tu último párrafo.

“La necesidad de encontrar alicientes frente al voto no se manifiesta votando a derecha o izquierda (…) sino en el convencimiento de que, gane quien gane, gobernará para todos”. ¿Cómo podría yo llamar a esto, ingenuismo, ceguera? y sí, con todas mis disculpas. El asunto me parece tan elemental que reparos tengo en intentar rebatir tal idea. De verdad que no lo comprendo. Dices que la lucha no está en perder o ganar elecciones, sino en suprimir tanto slogan tendente al enfrentamiento. Añades que los ciudadanos no estamos en contra unos de otros, que son las élites las que nos envenenan. Es cierto pero sólo hasta cierto punto. Tampoco aquí deberíamos caer en el buenismo de considerar a la gente, así en general, como inocente e incapaz de interpretar la realidad. El que ignora que los carteristas existen, que los ladrones andan sueltos puede verse privado a la vuelta de las vacaciones o al echar mano a la cartera para pagar su consumición con que etcétera. Creo que caemos con frecuencia en la equivocación de “perdonar la vida” a aquellos que no teniendo ganas, capacidad o tiempo de interesarse por los asuntos de la comunidad, por la política, deciden votar, empujados por los mecanismos de la propaganda o de la emoción, vertebrada y dirigida por la extrema derecha a sepultar a todos aquellos que no son como nosotros, deciden votar a los miserables insolidarios de este mundo, la gente de Vox y sus correlatos; es decir a los fanáticos del yo, del ego más exacerbado. 

“Los votantes no estamos en contra unos de otros; son las élites políticas dirigentes las que nos envenenan”. Pregunto ¿por qué? ¿Esos ciudadanos a los que te refieres es que son unos pobres infantes incapaces de pensar por sí mismos? ¿Es de recibo echar balones fuera y responsabilizar a “los otros” de nuestra pereza mental, o es que somos como animales del zoo que basta que nos pongan delante una chuche para ir directamente al colegio electoral para etcétera? Cierto que nos envenenan, perdón, retiro el nos, que les envenenan; tontos de remate todos ellos a los que el primer flautista de turno puede convencer para que vayan detrás de ellos, aunque sea para despeñarles, o peor todavía para despeñar a su prójimo, a los pobres, a las mujeres, a tutti quanti han sido incapaces de tener sus cabezas sobre los hombros. 

Nuestra convivencia como ciudadanos requiere de unas herramientas que hagan posible ésta. A esas herramientas las llamamos política. Ahora, si esas herramientas se utilizan en una gran proporción para satisfacer las ansias de poder y dinero de una élite, lo que procederá es transformar el uso que se da a esas herramientas. Y ello caiga quien caiga. Si la naturaleza instiló en nosotros el gen del egoísmo y la supervivencia del más fuerte, no por ello debemos aceptar sus condicionamientos; también la Especie hizo su trabajo y desarrolló en nosotros la empatía y la solidaridad. Fue la antropóloga Margaret Mead la que fijó el principio de la civilización en un momento en que un hombre se fracturó el fémur y necesitó la ayuda de los otros para curarse; dicha persona habría necesitado que alguien la protegiera, la alimentara y la cuidara. La idea es que la civilización empieza con el cuidado mutuo. Desde ese cuidado mutuo hemos evolucionado en nuestros días a lo que es hoy el mundo con muchos matices: la ley de la selva.


Comentario de Enrique:

Escribes: “¿Quiénes serán capaces, estarán preparados, más allá de las emociones, para distinguir los gatos de las liebres, los que están contigo de los que están contra ti?”

La necesidad de encontrar alicientes frente al voto no se manifiesta votando a derecha o izquierda, ni a ningún otro sesgo ideológico (gatos y liebres), sino en el convencimiento de que, gane quien gane, gobernará para todos, con la ayuda de los demás. Es decir, la lucha no está en ganar o perder las elecciones, sino en alejar para siempre los manidos eslóganes de unos y otros. Después de noventa años, sí, si siembras odios, recogerás odios.

La ciudadanía, es decir, los votantes, no estamos en contra unos de otros; son las élites políticas dirigentes las que nos envenenan.

«La ilusión, esa voluntad de lo improbable, es el principio necesario para cualquier revolución».

Esta evocadora cita, que ya hemos comentado en alguna ocasión, se hace hoy más necesaria que nunca, pero no en el sentido clásico del 7,62 mm, que en estos tiempos nos resulta arcaico. 

Las auténticas revoluciones se hacen a través del Ministerio de Hacienda, desde donde se pueden establecer con justicia los IRPF para personas y empresas, así como su posterior redistribución, y dejar de asistir a la vergonzosa propaganda de los beneficios trimestrales de las grandes empresas de este país.


viernes, 6 de noviembre de 2026

Amor frente a carroña

 


El Chorrillo, 6 de noviembre de 2026 

 

Valor sentimental (Joachim Trier, 2025). Hace un par de días que vi la película pero en mi memoria había desaparecido su argumento. Lo busqué, claro, era eso… Algo hondo que he experimentado muchas veces y que visto desde fuera puede llegar a confundirse con la indiferencia. Valor sentimental: Un prestigioso director de cine regresa a la vida de sus dos hijas  después de muchos años de distanciamiento. Tras la muerte de su exmujer, pretende rodar un film inspirado en la dolorosa historia de su familia y quiere que su hija Nora, actriz de teatro, protagonice el film. Nora rechaza en un principio la petición del padre. 

 Ambas hijas tienen la percepción de un padre despreocupado de su familia. Su dedicación al cine ha dejado grandes lagunas en la relación con sus hijas, algo que ellas acusan en su juventud como una visión egoísta de un padre centrado exclusivamente en su pasión por el cine y que empuja a Nora a declinar la participación como protagonista en la película que le ofrece su padre cuando este le muestra el guión, y que se niega incluso a leer. Será su hermana Agnes, quien después de haberlo leído convence a su hermana para que también lo haga. El argumento resulta no ser otro que el relato de su propia vida familiar y la confesión a ultranzas del fervor del padre por sus hijas y por su familia, un amor que no fue capaz de expresar durante tantos años y que ya de mayor explota en él irreprimible a través del guión de la película.

 Nora al fin comprende a su padre. Se reconcilia con él y accede a participar en el film. La fuerza del cariño, latente en tantas ocasiones en el corazón de la gente, que ya expresaba días atrás citando un libro de Penac y que mantenía que nunca sabremos hasta qué punto podemos estar cada uno de nosotros en el sentimiento de los otros, reaparece aquí como un homenaje a lo no dicho, al rubor, a la timidez si se quiere. Y además, es que existen tantos modos diferentes de querer a alguien. El protagonista de la película lo expresa construyendo un emotivo guión, otros lo hacen simplemente con los ojos, con un pequeño gesto. Los amantes efusivos no tienen la patente del cariño por los otros. 

 Las emociones. El mundo de las pasiones, los amores, los odios o el de la simple expresión de la carroña que algunos llevan dentro es un inagotable universo que ha llenado desde siempre la literatura y el cine. Si disfrutamos de los libros o de las buenas películas es porque ellas nos transportan a vivencias y experiencias más allá de nuestra propia realidad. Sentirte Otelo, Yago, Lear o Julieta nos pone dentro de la piel de otras vidas con las que convivimos a lo largo de la representación. En Valor sentimental hacemos de Nora y nos sentimos confundidos por la actitud de un padre ególatra y despegado de su familia, y poco rato después, cuando el nudo de los porqués y los acontecimientos van rodando de secuencia en secuencia, estaremos metidos dentro del personaje del padre y unas escenas más adelante en la hija Nora, que comprendiendo ahora al padre producirá en nosotros una suerte de catarsis liberadora mediante la cual el espectador parece liberarse de una presión interior que en la película se manifiesta en un reencuentro con un afecto y un cariño que parecían desterrados del entorno familiar hasta el mismo momento en que las hijas llegan a comprender al padre. 

 Vamos ahora con la carroña. Hace un par de días me tropecé con el encabezamiento de un artículo de El País que me llamó la atención por la pujanza y concatenación de algunos adjetivos dirigidos a nuestra carroñera derecha política. Ello me hizo pensar en el modo en que la hez de este país alienta a sus borregos y a la gente de su calaña recurriendo a las emociones elementales que corren por el alma de los humanos, un amplísimo abanico en donde cabe lo mejor y lo peor del hombre. En mi último post hablaba del amor, ese concepto que Sánchez ha introducido en la campaña electoral. Cabría hablar a su vez del odio, el lema que enarbola la extrema derecha contra todos los que no sean ellos mismos. El valor de las emociones parecen tenerlo muy en cuenta los diseñadores de las campañas electorales tanto de derechas como de izquierdas. Me voy a dar el gusto de citar las primeras palabras del artículo de Antonio Gutiérrez Vergara  a raíz de Óscar Puente que aparecía ayer en El País: “El paroxismo contagioso de la carroña derechista ha obnubilado mentes a derecha e izquierda, a opinadores e incluso a los sindicatos. Pese a su mala fama, la fauna carroñera contribuye al equilibrio del ecosistema engullendo despojos. Los humanos que se ceban destrozando a otros de su especie esparcen la podredumbre e intoxican a cuantos compartimos la sociedad donde coexistimos”. Valga decir que las emociones tanto pueden surgir de un gol esperado como fabricadas expresamente para alimentar lo bueno y lo peor que todos llevamos dentro. En este caso amor frente a carroña. Y digo yo que en esté mundo tan revuelto en donde tántos no separan las narices del teléfono en todo el día a la búsqueda de un yo succionado por los excesos de información y por las voces de creadores de opinión ¿quiénes serán capaces de acudir con la mente fría a las próximas elecciones tras este barrunto emocional que alimentan la campaña en curso? ¿Quiénes serán capaces, estarán preparados más allá de las emociones, para distinguir los gatos de las liebres, los que están contigo de los que están contra ti? 




miércoles, 4 de noviembre de 2026

Sánchez, el amor y la política



El Chorrillo, 4 de noviembre de 2026 

 ¿Alentarán, me pregunto, los resultados de las urnas de EEUU hoy algo parecido a lo de Brasil, algo así para España aunque sea por los pelos? Mi pesimismo es congénito a mucho niveles, sin embargo si hoy fuera creyente no dejaría de rezar padrenuestros y avemarías hasta el mismo día de las elecciones para procurar de los dioses la gracia de unos resultados en la línea de EEUU y Brasil. 

Sonrió con cierta ironía condescendiente cuando de los labios de un político en un video de propaganda electoral, Sánchez en persona, oigo hablar del amor como gancho electoral, una palabra que siempre me ruborizó decir incluso entre mis hijos y Victoria. Como arma electoral acaso pueda pasar, pero me da miedo que los empeños políticos, por mucho que en este caso sean justos de cara a una catástrofe electoral en donde la mentira y los intereses privados puedan imponerse, terminen contaminando el lenguaje de la verdad. Amor es una palabra demasiado grande y hermosa para que pueda caber dentro de las aspiraciones políticas de uno u otro signo. Diremos que bienvenida sea, aunque con cierto reparo ante lo que se nos aproxima, la invasión de los bárbaros, pero nos doleremos no obstante sabiendo cómo en este mundo el Sistema pervierte y engulle cualquier atisbo de resistencia a la fuerza del dinero. 

Sí, me da dentera el uso de esa palabra, amor, en la boca de un político. Y no en sí por la palabra, sino por los políticos, esa clase social tan desprestigiada, aunque sea de izquierdas, y si no miremos a la izquierda del PSOE lo que cuesta conjuntar fuerzas y ponerse de acuerdo. La omnipresente presencia del yo, yo, sea por parte de los podemitas o esa Irene Montero que no trago, y la mentira en consecuencia, hace pensar que no tenemos remedio y que por tanto a lo mucho tendremos que conformarnos con una política llamada de centro izquierda pero nunca será capaz de subvertir los principios económicos y sociales que el Sistema hace constantemente que consideremos el actual status económico carne de nuestra carne. 

A mí siempre me produjo un rubor de subirme los colores a las mejillas pronunciar esa palabra. No el amor de películas ni el de las melifluas manifestaciones de arrobo semigenital, ni esa sórdida manera de pervertir el lenguaje recurriendo a una palabra que nos viene ancha en una sociedad medio adocenada por el consumo y el interés personal, que es a quienes va dirigido ese “amor” tergiversado del señor Sánchez, al que deseamos no obstante éxito en el próximo encuentro electoral; no ese amor, aunque bien es cierto que una buena ración del otro amor sería la mejor receta para reconstruir nuestra convivencia, sólo que la realidad, la historia reciente y las tendencias de nuestra sociedad hacia el abismo del bien personal -–ande yo caliente, ríase la gente— contradicen con mucho el sentido primero del término. 

Bendito el señor Sánchez si ungido con las palabras de Jesús, mejor sería decir urgido, en la última cena, “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros», de verdad nos hiciera creer lo que dice, y que con toda seguridad es un alumbramiento más de los técnicos que diseñan la estrategia electoral. El todo vale con el propósito de convencer a los indecisos, a los ingenuos o a los meramente ignorantes, forma parte de la ética corriente de las campañas electorales, amoral ética diríamos, ese oxímoron subyacente con el que constantemente vivimos en un mundo en donde dar gato por liebre estará a la orden del día. Cosas que se aprenden de niño y que de adultos debería darnos vergüenza ignorar. Alberto, me decía mi madre cuando con seis o siete años me mandaba a la cercana tienda de ultramarinos a comprar alguna cosa, fíjate bien en la balanza, que no te engañen, o cuando me mandaba a la lechería y me prevenía para que la medida de la leche no viniera complementa con agua. 

El amor y la política son dos términos que pertenecen a universos muy diferentes que convendría no relacionar para no pervertir más de lo pervertido a estas alturas la nobleza de los significantes. Esto para la lógica de los bien pensantes, que de los otros no hablo porque no tengo claro hasta donde la necesidad de ganar unas elecciones puede utilizar medios impropios. Claro que no sólo de pan vive el hombre y el pragmatismo cuenta, pero… 




martes, 3 de noviembre de 2026

Amanece



El Chorrillo, 3 de noviembre de 2026 

Emerson, el auspice y amigo de Thoreau, escribió que la vida es un éxtasis; yo esta mañana siento que sí, que la vida es un milagro. Hoy amanecí en otra cama. Un gran ventanal que se asoma a la arboleda de nuestra parcela. Contemplo a los gorriones saltar de rama en rama en las proximidades de su comedero. El sol del mediodía dora las hojas de los árboles. Existen momentos en que nuestra percepción interior anuda parajes del pasado, reúne verdades en tu conciencia tan con un calor que por fuerza te deja el alma temblando de emoción. Lo que en una situación normal es el canto de un pájaro, la luz de la mañana reposando en las hojas de los árboles , cosas así de sencillas, se convierten por mor de un estado de ánimo excepcionalmente sensible, en un agraciado momento de contemplación.

Una oropéndola me da los buenos días desde las ramas de los árboles. El ánimo, como las lluvias y los vientos va y viene a su capricho estimulando tal la brisa el flujo de los pensamientos, livianos ellos como copos de nieve cayendo sobre la mañana. Las hojas del álamo blanco frente a la ventana tiemblan inquietas acaso previendo que en los próximos días serán lluvia dorada sobre el césped de nuestra parcela.  

En la habitación que amanecí hoy, la de Victoria, sobre los troncos troceados que revisten las paredes una ashara venida de un viaje por Tailandia baila siguiendo los ritos de una ancestral religión oriental. Junto a ella una niña asoma la cabeza en un bosque de bambúes, unos ficus gigantes como monstruos antediluvianos aferran entre sus garras un templo de Angkor, un centenar de monjes budistas desfilan bajo las ventanas de un antiguo hotel de Laos en el que nos alojamos hace años. En fin, yo en una fotografía de cuatro palmos por seis, me acerco corriendo a la meta de un maratón mientras mi hija, de espaldasu se acerca corriendo a abrazarme. También más allá cuelga un óleo del padre de Víctoria, un hombre de aspecto serio que controlaba en vida el ir y venir de los trenes en la estación de Monforte de Lemos; Victoria fotografiando unos bajorrelieves en Persépolis, un par de serigrafias de dos desnudos que nos regalaron Quique y Lucía. Ah, y lo más representativo de la habitación, un Buda de madera que adquirí en un viaje a Camboya y que ahora preside esta habitación que diseñé tras ese largo viaje por Oriente.  

Alguna de nuestras habitaciones llevan la impronta de nuestros viajes. Frente a esta habitación al otro lado del pasillo, otra, que llamamos África, surgió de un viaje por tierra a Mauritania, Senegal y Malí. De allí recuperamos viajes en camello, colores y texturas que rescatamos de la ciudad senegalesa de Saint Louis y un gran ventilador cenital que siempre que lo miro sospecho que se puede caer.  

De alguna manera es como si los viajes hubieran transmitido a la casa un buen caudal de su propia vida, que a su vez han transmitido al sentir de sus habitantes una peculiar percepción y filosofía de la existencia. Es cierto que la vida entera es un magnífico viaje, viaje a pie que no necesita trenes de alta velocidad ni aviones que se indigesten de velocidad y distancia, y siendo el caso que la memoria puede ser débil y las circunstancias del presente ciegas a la contemplación de la propia vida, bien está que ella cuelgue de las paredes y se reencarne en la casa que habitamos para recordarnos quienes somos y qué es parte de ese mundo que se extiende más allá de nuestro hogar.  

Claro que la vida no se agota en esto o lo otro. No cabrían en las paredes de una casa la complejidad de la historia y sentir de sus habitantes, por ello también cuentan las estanterías de los libros para recordarnos cuánto nos debemos no sólo a nosotros mismos y a los que nos rodean, sino también a las aventuras vividas en sus páginas, a sus enseñanzas, al placer y al conocimiento que los tantos ratos de lectura dejaron en nosotros.  

No cabrían, claro; sin embargo qué contento y solaz complacencia despertarte, abrir los ojos y contemplar esa pequeña parte de tu vida que cuelga de las paredes, girar la cabeza hacia la ventana y observar allí la otra vida de los pájaros o los árboles. Hoy un día más de vida, de posibilidades, de contemplar simplemente allá en la distancia la azulada silueta de las montañas de Gredos, otra insinuación más para continuar indefinidamente dando alas a la memoria y al pensamiento.  

 

 

 


lunes, 2 de noviembre de 2026

Mosaico de sensaciones



El Chorrillo, madrugada del 3 de noviembre de 2026 

Sí, quizás habría que encontrar otros modos de expresión. Retrato de otra época, la primera vez que fuimos a China, Argentina, la huerta estos días, tantos viajes, tantos caminos y montañas. Expresar la vida. El sabor de las cerezas. Cerca de las tres de la madrugada. Acabo de terminar de ver El cuento de la princesa Kaguya. Cuando el Chromecast deja se emitir la película está programado para presentar diapositivas de una larga colección de fotografías, retratos, viajes por todo el mundo, montañas, caminos. Confieso que he vivido. Siempre esa necesidad a flor de piel. La princesa Kaguya nace de un brote de caña de bambú, ama lo que le rodea, sus amigos, las flores, los cerezos en flor, pero cuando crece su belleza la pierde, la corte, el prestigio, la pretendida boda con grandes señores, con el emperador, cuando lo que ella desea es esa vida sencilla entre los campesinos. Errores comunes…  

Esta tarde leí durante un rato a Lobo Antunes, hoy parecida historia, soliloquio como de aquella novela corta que escribí, Invierno, la vida fluyendo no como una corriente salvaje, aquel libro memorable de Henry Roth, más bien con la lentitud de aguas que se acercan al estuario. Aquel, el otro, libro o historia o recuerdo que constantemente acuden a la memoria recordando que la vida es eso, fluir de sensaciones, recuerdos, deseos, la gracia de ese sol que entra por la ventana del otoño a calentar mi cuerpo. 

No sé quien monologa en el relato de Antunes; es lo mismo, apenas me entero de lo que sucede en la novela, pero ya digo, es lo mismo, es el fluir de la existencia lo que me interesa, como si estuviera sentado a la orilla de un gran río y ensimismado en el fluir de la corriente fueras ajeno a lo demás. Sucedía ayer en la película que vi de madrugada, Poesía; sucedía también en Starker la película de Tarkovsy donde fluye una pequeña corriente de agua poco profunda mostrando objetos sumergidos, monedas, una jeringuilla, un arma, hojas de calendario… una secuencia enigmática y hermosa que ha sobrevivido en mi memoria al resto del argumento. La imagen del río manriqueño es un universal fijado en la mente cultural como hombres. 

Leo: “faldas ajustadas pantalones que realcen su sensualidad”. Conocido es el motivo, pero quién suponemos que es el destinatario. Los distintos significados en el abanico que va desde la exposición más provocativa hasta la supresión de la importancia que pueda tener el otro, pasando por los motivos puramente estéticos que llevan a vestir de determinada manera. 

Debe ser que mi tanto tiempo libre ha encontrado en esto de poder pensar la realidad un estímulo permanentemente satisfactorio, ya que cualquier cosa que en un lector corriente podría llamar la atención y como mucho invitarle a subrayar, se convierte en esta noche en objeto que termina volcándose sobre el papel en blanco, una cosa más pálida que la simple reflexión y que te obliga a seguir un hilo argumental que difícilmente es posible cuando entra en la liviandad del circuito del pensamiento. 

Estoy deseando volver a levantarme a las seis de la mañana, a mis ejercicios, a despertar mi cuerpo mientras el alba levanta del campo, pero no puedo. 

Ahora, más tarde, aparece Luanda en la novela de Lobo Antunes y abro el Google Maps para situar la ciudad, y descubro que esa parte de África no la conozco, que entre Senegal y Namibia mi historial viajero está en blanco, que debería conocer sin embargo si en un viaje a Tombuctú no hubiera cogido una de esas enfermedades tropicales, cuando pretendíamos, no sin temor, viajar hasta Johannesburgo. Sentado ahora en la comodidad de un otoño templado echo de menos no haber llegado a conocer otros muchos más rincones de este planeta. No, ya no hay tiempo; sin embargo sentado esta tarde frente al atardecer era grato pensar que aunque brevemente sí me ha llegado el tiempo de la jubilación para conocer la mayoría de los países del mundo. El tiempo de la vida es limitado. El conocimiento no nace sólo de los libros, me refiero al conocimiento interior, el que se alimenta del contacto con la gente y su cultura, esa suerte de certeza que dan los años, que también te dan los largos viajes por el mundo; el haber vivido codo con codo con gentes de tantas latitudes parece que te impregnase de una empatía natural, de un estar en el mundo como si lo fueras en tu propia casa. Países que visitaste en el pasado, Ucrania, Rusia, Israel, Irán, Estados Unidos o Cuba y que ahora son epicentros de dolor, hablo de las personas, y que por ello están cerca de mi ánimo; nada que ver con los fríos cálculos de la economía y la política. 

Alimentar los deseos, me digo viendo pasar sobre la pantalla encima del hueco donde languidece el fuego de la noche diapositivas de más de una década. Ahora aparezco en una de ellas en algún collado de los Alpes sonriente, feliz por esa libertad que proporciona a mi alma de solitario las largas jornadas de caminar por las montañas. Las fotografías pasan aleatoriamente de un lugar a otro del mundo y del tiempo. Y me siento bien. Esta mañana me desperté pesaroso pero me repuse a lo largo del día. Ahora me da pereza marcharme a la cama. Me quedaría aquí hasta el amanecer escribiendo lo que me viniera a la mente mientras sobre la pantalla desfilan una tras otra imágenes del mundo. 

Me quedaría, pero creo que me voy a la cama. Buenas noches.