viernes, 30 de octubre de 2026

Ande yo caliente


 

El Chorrillo, 30 de octubre de 2026

Indagar en las tripas de los asuntos corrientes se convierte en estas últimas mañanas en el tema principal después de atender a las tareas diarias. Hoy tocó limpieza de la casa y hasta medio día no me liberé para hacer, ahora ya, lo que me dé la gana a lo largo del día. Un paréntesis en lo que vaya a escribir hoy, que todavía no lo sé. Limpieza porque la mujer que atendía a estas tareas en nuestra casa ha tenido que regresar a su país de Latinoamérica urgida por la muerte de su hijo, asesinado en unas circunstancias que desconozco. Y éste es un asunto grave que me deja cabizbajo, desazonado pensando que esto pueda pasar todavía en nuestro planeta. No me entra en la cabeza, no lo comprendo, me desorienta. Que tengas un hijo y te lo puedan asesinar cualquier día a la vuelta de la esquina, te hace pensar que podemos vivir en un mundo en donde la terrible barbarie puede surgir del interior de este planeta de parecida manera a como el magma se abre paso en lo profundo de la Tierra para explosionar sobre la realidad convirtiendo todo su alrededor en ardiente lava y cenizas. ¿Será la historia de nuestros días algo parecido a esa convulsión geológica que termine convirtiendo nuestro planeta en un devastado desierto de cenizas? Las miserias del mundo en que vivimos, la codicia de unos pocos, la estupidez de tantos, ese imbécil y psicópata que gobierna el país más poderoso del mundo, el avance de esa peste que es la ultraderecha, el adocenamiento creciente de una población sometida a la idea de ese verso gongoriano de «Ande yo caliente y ríase la gente»; ande yo caliente, sea mi propio bienestar la razón de nuestras vidas, el placer propio como acicate de nuestras motivaciones, el beneficio como objetivo supremo… y los demás que se vayan a la puta mierda. Más los locos, los enajenados, los aferrados como lapas a las mentiras de sus vidas… caiga quien caiga. Y todo, todo debido a esa reflexión de Pascal que tantas veces cité en mi blog de que todos los males de la Humanidad provienen de la incapacidad de tantos hombres de permanecer encerrados en soledad en una habitación durante mucho tiempo. Ergo, la capacidad de reflexionar sosegadamente sobre nuestras vidas y las de los otros. Borregos de mierda que en manos de sus instintos y el de sus líderes son incapaces de pensar largamente sobre el sentido de lo que hacen.

Si me descuido soy capaz de meter este escrito en un solo párrafo. Tal es el calor con el que esta mañana me salen las palabras recordando a Y, la mujer que atendía la limpieza de nuestra casa, y a la barbarie generalizada que asoma por todos los costados en tantas partes del mundo. Miserables psicópatas en busca de sus obsesiones y sus sueños de poder y fortuna. Y la de sus seguidores, imbéciles de solemnidad incapaces de comprender dónde y cómo puede alcanzarse un clima de convivencia y paz para este rato que cada uno vivimos en nuestro planeta. Gilipollas; que sólo queremos vivir en paz ese rato que va entre el nacimiento y la muerte; no más, recoger migajas de placer y gusto, de sentirnos bien dentro de nuestra piel, de intentar que nuestros vecinos vivan la misma suerte, que no somos más que una chispa en la historia del Universo… dejadnos en paz, gilipollas de mierda.

Y sin embargo ahí está el mundo, la extrema derecha echando las redes en las aguas de la ignorancia y el egoísmo y sacándolas llenas de insensatos con dos dedos de frente. Caín y Abel, la historia que se repite. Tánto conocimiento acumulado, tánto, y sin embargo ahí queda abandonado a su suerte y a su instinto animal el conocimiento de uno mismo, de los mecanismos de la mente. En el futuro seremos capaces de tomarnos una cerveza en un garito de la Luna o de Marte, pero seguiremos siendo incapaces de crear las condiciones para hacer de nuestro planeta el cálido hogar que todos deseamos.

Creo que esta excitación que me visita esta mañana necesariamente tiene que remansarse, así que me inclino por acabar con este arranque matinal a fin de que mi ánimo se apacigüe y pueda así escribir sobre lo que sucintamente me proponía hoy.


jueves, 29 de octubre de 2026

Gato por liebre

 


El Chorrillo, 29 de octubre de 2026

Hoy va a ser Santiago Pino quien me motive a pegar la hebra en lugar de Enrique Muñiz. Agradecido a ambos por la oportunidad de pasar un rato despertando a la materia gris del coco. Venía a comentar  Santiago en Facebook que lo que se escribe en las redes o en Internet en general proveniente, por ejemplo, de la IA se vuelve cada vez más difuso generando en consecuencia problemas de confianza y veracidad. ¿La IA puede destruir Internet?, terminaba así su comentario Santiago. Interesante cuestión, le decía yo. Primero de todo: el modo en cómo se usan las herramientas. La utilidad de una sartén para freírte unos huevos queda en entredicho cuando la usas para meter la mano en el aceite hirviendo. Algo parecido podría suceder con la IA. Los contenidos que él decía automatizados no dejaban por ello de ser contenidos válidos por efecto del automatismo, un automatismo que puede recoger información casi instantánea de múltiples fuentes. En el aspecto subjetivo de la persona que usas la IA el problema aparece, si consideramos a ese usuario cuando éste pretende hacernos pasar gato por libre trasladando las opiniones de la IA a su propia persona. Cuando el autor de un libro cita a otro autor, lo lógico es que aquél ponga entre comillas lo que no es de cosecha propia. Ahora, si usas la IA para hacer creer que es tuyo algo que has sacado del ChatGpt, por ejemplo, pues bueno... allá tú si que quieres pasarte por quien no eres. De ahí deriva en nuestros días, como decía Santiago, la desconfianza en lo que vemos en escritos que aparecen en Internet o en las redes sociales. ¿Quién será el autor de esto?, te tienes que preguntar con frecuencia, advertido ya de que los que nos quieren dar gato por liebre pueden ir en aumento. Días atrás aparecía en la prensa la posibilidad de que el autor a quien se le había concedido un premio literario hubiera fabricado su libro con la IA. Chungo asunto que puede estar ya presente en mucha parte de lo que circula en Internet en donde tantos pueden estar pasándose por quienes no son.

La sustitución del yo por la máquina. ¿Qué piensas de esto o de lo más allá?, te podrá preguntar alguien. Para responder puedes dar tu opinión o simplemente dejar que hable la app de la IA de tu teléfono por ti. No serás tú, será la IA la que hable, pero si eso no te importa, pues adelante. Hay gente que le gusta vivir esa farsa… que les aproveche. Su ego, que gusta de los aplausos, lo mismo se lo agradece, pero no dejará de ser una farsa. En cualquier caso no será algo raro ni punible, lo estamos viendo a cada momento; lo real, lo fundamental de la realidad parece ser un asunto no fácil de interpretar o aprehender, razón por lo cual –todo lo difícil requiere esfuerzo– muchos prefieren vivir en la mentira y en eso, en dar gato por liebre. Es una opción. Cuando alguien se sube al podium para largarnos un discurso político cuyo cometido es conseguir votos, no se anda con pamplinas, en absoluto nos pondrá al día de los objetivos “reales” que pretenden conseguir, lo cual sería/podría ser, improcedente desde el punto de vista de quien pretende obtener los votos de sus oyentes. Los partidos conservadores, lo dice la palabra, por mucho que quieran hacer florituras lo que pretenden es conservar sus privilegios y harán por consiguiente todo lo posible para alcanzar su objetivo. Por tanto, estos conservadores cuando se dirigen a aquellos que no tienen nada que conservar, por ejemplo ese veinte por ciento de la población española que malvive, lo que hacen es contarles un cuento chino, un cuento chino que cuaja precisamente en ese veinte por ciento que además de carecer de medios de vida acaso no está preparados para distinguir un gato de una liebre, que cuaja en otros muchos que tienen restringida la capacidad de pensar en función de una pereza congénita. Sólo un inciso, no querría salirme del tema. Gato por liebre.

Habrá que volverlo a considerar. Si prefieres parecer otro, ser el vecino, la IA, aparentar ser más bonito, más sabio o san Pedro Bendito, allá tú. Lo mismo te mueres siendo el Capitán Trueno, Einstein o un premio Nóbel. Ya se sabe que para gustos no hay nada escrito. Mira, Alberto, aquí es donde hacen los botijos sin culo, decía mi padre cuando yo era niño y pasábamos frente a Alcorcón en el trenecillo que nos llevaba al río Alberche. Botijos sin culo, chicha sin limoná.  

Ayer le contaba por teléfono a Antonio Cabrero de mis problemas de memoria porque se admiraba de los tantos nombres de escritores o pensadores que aparecen citados en mi blog. Y me lo decía él que tiene una memoria de elefante que es capaz de recordar pormenores, historias, escaladas o sucesos de hace más de medio siglo como si fuera ayer. Y lo más curioso era que en muchos de sus relatos aparecía yo, escalando aquí, allá, participando en tal o cual rescate, conversando en el entorno del fallecido Macario (de grata memoria) en Guisando. Admirado estaba yo de que otro que no fuera yo conservara mi propia perdida memoria de un modo tan claro. Tantos amigos, tantos con los que escalé o compartí aventuras o con quienes coincidí en nuestras habituales salidas a Galayos o Gredos me los había robado la excelente memoria de Antonio. Y es que aquí se me aparece una excelente paradoja, la de quien pensando ser él mismo no se recuerda a sí mismo mientras que otro que no eres tú sabe, recuerda y conoce tu propia historia. Total, que yo, que quiero ser yo a toda costa y no quiero ser sustituido por otro, ni siquiera por la IA :–), aquí estoy con la incertidumbre de que otros, poseyendo trazos de mi vida lejana tengan en sus manos una parte de mi yo que me pertenece. Sí, pura diversión si se quiere.

 

 

 

 


La caja de los truenos de los datos



 


El Chorrillo, 29 de octubre de 2026  

Las cifras, esas que desmontan tantos argumentos cuando se abre la caja de los truenos de los datos y empezamos a descubrir que acaso la verdad está en otra parte. Cerca de las cuatro de la madrugada. Acabo de finalizar de ver La tumba de las mariposas (Isao Takahata, 1968). El argumento en breve: Durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial en Japón, dos hermanos intentan sobrevivir por su cuenta tras perder su hogar y a su familia en los bombardeos. Enfrentados al hambre y a la indiferencia de los adultos, luchan por mantenerse unidos en medio de la devastación. Una película profundamente triste sobre la infancia, la guerra y el abandono de los más vulnerables. 

Días atrás cuando en un post anterior para intentar revertir algún comentario a dicho post me dirigí a esa caja de Pandora que puede ser Internet, previendo que tras mis argumentos se encontrarían datos que lo confirmaran, el esfuerzo de China desde los años cincuenta para sacar de la miseria a su numerosa población, sus logros para alfabetizar a una población en donde los analfabetos eran el 85% en aquellos años, como ejemplos representativos que poner frente a los otros logros de Estados Unidos, la verdad es que las cifras como elemento argumental me parecieron sorprendentes. Hoy hice algo parecido cuando terminé de ver La tumba de las luciérnagas. En la película, de principio los horrores de la guerra, los muertos entre la población civil, escenas que sobrecogen el ánimo enseguida, te inducen a pensar que los responsables de aquella masacre merecerían el peor castigo del mundo. Días atrás veía Oppenheimer con el ánimo encogido pensando en los horrores que los descubrimientos de este científico habían producido en Hiroshima y Nagasaki, indignado por el uso que dieron Truman y los responsables políticos y militares a las investigaciones de aquél, inevitablemente mi ánimo se pone de parte de los habitantes de estas dos islas apuntando a compadecer al pueblo japonés.  

Ahora, acudes a Internet para poner en contexto datos sobre la Segunda Guerra Mundial en Asia, los de uno y otro bando, y lo que sientes es consternación a la vista de dichos datos. No es que vayas, en función de número de muertos, a comparar los fallecidos de uno u otro bando para llegar a la conclusión de que la magnitud de horror que ha provocado la contienda, un modo de decir impersonal en donde parecen diluirse las responsabilidades asignándoselas a un ente abstracto, es que lo que percibes en ti de inmediato es una sensación mezcla de absurdo y horror que es imposible calificar. Los hechos de Hiroshima y Nagasaki producen, en cualquier ser humano que tenga conocimiento de ellos, una terrible desazón. Punto. Ahora abrimos la app de Google e indagamos por las cifras globales de las víctimas causadas en Asia por ambos bandos y, grosso modo, encontramos que las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki causaron alrededor de 210.000 muertos, mientras que la intervención militar del Japón en Asia provocó, según estimaciones amplias, decenas de millones si se incluyen las muertes derivadas de la ocupación, el hambre, los trabajos forzados y la destrucción causada por la guerra. Esas decenas de millones de muertos se estima que pueden elevarse a 20 millones de personas.  

Se trata de una cifra, que para quien viene consternado de los datos de fallecidos por la explosión de las bombas atómicas, descubriendo a su lado la de las víctimas provocadas por los japoneses, esos veinte millones, nos ponen en un estado de complejidad que de algún modo nos remite a exonerar parcialmente a los estadounidenses de los crímenes que provocaron al poner fin a la guerra, una interpretación de que el fin justifica los medios en una relación de uno a cien.  

A un absurdo descomunal, cuyas cifras de muertos no consideradas hasta ahora, es decir los fallecidos por causa de la intervención japonesa, se superpone otro absurdo, el de los fallecidos en Hiroshima y Nagasaki, que aunque cien veces menor cuantitativamente se nos aparece emocionalmente, olvidando el terror de los propios japoneses, como mucho más terrible por los efectos devastadores que produjeron allí. La apreciación subjetiva y emocional nos traiciona en este caso, o por lo menos así me sucedía a mí antes de interesarme por estas cifras. Ahora, después de consultar estos datos mi opinión se matiza, y no es que apruebe tal cual la intervención norteamericana, que bien podría haberse ejercido en otro lugar que hiciera visible su poder de destrucción sin causar tantas víctimas; se matiza en el sentido de la enorme desproporcionalidad, de uno a cien, 20 mil sobre 20 millones, que supuso la masacre por ambas partes.  

Yo quería hablar de La tumba de las luciérnagas pero se ve que las yemas de mis dedos y mi cerebro no se ponen de acuerdo. Sin embargo cuando la devastación llega, entre aquello que subyace a la historia y a víctimas de la guerra en general, Isao Takahata lleva el objetivo de sus cámaras al apartado rincón de la vida se dos hermanos que apenas llegados al mundo tienen que cargar con ese sueño de la razón que produce monstruos (Goya); valga decir cuando la razón se adormece, la realidad engendra monstruos, la sinrazón de la injusticia, de la carencia de respeto y el desprecio por la armonía y la convivencia.  

 




 

 

 

 

 


miércoles, 28 de octubre de 2026

Adiós al hospital, me voy a casa



El Chorrillo, 28 de octubre de 2026

Paseo tras el desayuno por un largo pasillo del hospital. A cada vuelta me cruzo con una mujer que habla por teléfono. A cada vuelta las emociones o la intranquilidad asoman por su rostro. En mi último recorrido, último porque me da reparo volver a cruzarme con ella, las lágrimas resbalan sobre su rostro. Cazo al aire alguna de sus palabras: “yo no sé en qué va acabar esto”. Me conmueve, me conmueve quizás porque bien sé en carne propia qué significa ese estado de ánimo. Siento una especial solidaridad con esa mujer, “yo no sé en qué va a acabar esto”.  

Anoche me acosté tarde viendo Los domingos y esta mañana permanecí en la cama hasta que me trajeron el desayuno. Me esperaba una esperanzadora noticia, mis pulsaciones estaban en 52 en lugar de las 108 que me condenan/condenaban a una arritmia que es una incógnita. Buena noticia, aunque sea para coger con pinzas, hasta la visita del cardiólogo. Lo que se decantó más tarde como una falsa alarma, el dinosaurio seguía ahí, inmutable, ajeno a cualquier buena nueva expectativa.  

Esta mañana me tintinea en el ánimo una especial pregunta sugerida por la película. Su argumento: Ainara, una joven de 17 años, sorprende a su familia al anunciar que quiere ingresar en un convento de clausura. Su decisión provoca un conflicto familiar en torno a la fe, la libertad individual y la capacidad de una adolescente para decidir su propio destino. La película la sentí en mi propia carne recordando mi historia personal de niño que creció durante ocho años al amparo de los Salesianos. En aquellos años desarrollé una piedad y una devoción tan emotivas que ahora desde la experiencia de adulto podría llegar a considerar como enfermizas. Comunión diaria, lágrimas ante el altar de una virgen y la propuesta ante el confesor de emprender la carrera sacerdotal, asuntos que me llevan a la película y que me hacen pensar, entre otras cosas, hasta qué punto en ocasiones, y en especial durante la infancia y la adolescencia, somos eso que nombramos como yo. “Yo no soy yo…” canta García Lorca en el Cancionero gitano… “. Ainara, una adolescente, la protagonista de la película, no mi nieta :-), siente un arrobamiento religioso tal de terminar convenciendo a sus padres para ingresar en un convento de clausura. Magnífica la actuación de Blanca Soroa en el papel de Ainara y que encarna con tanto realismo los sentimientos contradictorios de su natural atracción por un chico de su edad con su sobrevenida vocación religiosa.  

En el caso de Ainara el ambiente, el entorno de un colegio de monjas, aprovecha la situación de la fragilidad de la poca edad para instilar mediante una mezcla de sentimentalismo, de disposición al enamoramiento propio de la edad (Teresa de Jesús también estaba enamorada, aunque fuera a su manera siguiendo las inclinaciones corrientes de cierta enajenación que produce el amor); para instilar en ese clima, decía, en este caso una religiosidad que tiene una cierta raíz biológica. Los dioses, que aglutinaron siempre alrededor de los hombres la necesidad de éstos de pervivencia y sometimiento a un ser superior que encarna al padre o la madre, se reproduce mediante la religión de nuestros entorno, en Dios, Jesús o cualquiera otro santo o profeta. Isis en el antiguo Egipcio, la Pachamama en Latinoamérica… and so on. La fuerza subliminal más o menos intensa que actúa, que puede actuar, sobre individuos emocionalmente expuestos a influencias religiosas o sentimentales podría explicar la repentina vocación de Ainara para ingresar en un convento de clausura, algo que el director deja al capricho del magín del espectador. Algo que para un adulto como la madre termina por soliviantarla al punto de tachar a gritos a la superiora y a todo su séquito de perversos manipuladores de sus discípulos. 

Es una experiencia que me toca de cerca. Yo también estuve en esa tesitura en un momento de la infancia en que quise ser sacerdote. Conozco el paño con el que se tejía en la mente temprana de un niño, vía el sentimentalismo religioso, una vocación que, impostada por mentes maduras que hoy no dudaría en denominar manipuladoras, hacían de nuestra temprana apertura al mundo, de nuestra maleable consistencia de arcilla un producto altamente moldeable. Tenía en los Salesianos un profesor al que estimaba especialmente, se llamaba Melquíades, un nombre de raíz bíblica que por aquellos tiempos ya hacía suponer provenía de unos padres altamente relacionados con la religión. Bien, a este hombre, que fue uno de los que influyeron bastante en mi coco, me lo encontré muchos años después saliendo del metro en la estación de Sol. Había dejado el sacerdocio y la religión, y poco le faltó para disculparse por su implicación en mi posible educación religiosa. El tinglado de la Iglesia en donde el fundador de los Salesianos, don Bosco, era una parte más del engranaje, podría compararse a una reacción atómica en cadena en la que cada elemento contribuye a mantener en funcionamiento el conjunto. Desde el fundador hasta el último de los profesores, desde las oraciones rutinarias hasta las ceremonias más solemnes, allí todo estaba dispuesto para reproducir una determinada visión del mundo y de la vida, de manera que hasta las personas que actuaban de buena fe terminaban siendo instrumentos de una maquinaria cuya dimensión y cuyos efectos difícilmente podían percibir.

Cada cual puede interpretar lo que sucede en la película desde su punto de vista y formación. Santa Teresa levitaba pensando en Jesús, Vivo sin vivir en mí / y tan larga vida espero / que muero porque no muero. En el caso de Ainara, que sentimentalmente estaba en un proceso de fermentación religiosa, igualmente la levadura que le hervía en su interior podría haber dado como resultado un enamoramiento adolescente que podría ser comparado con el de Santa Teresa, sólo que el hervor desencadenado, teniendo una base biológica similar, se bifurca y se formaliza en una situación que hace imposible la convivencia del amor profano con el amor religioso. Teniendo en  ambos la misma raíz motivacional, ese enamoramiento, en el caso de la Ainara de Los domingos, ésta termina decantándose por el amor religioso dejando al espectador amante del happy end con un palmo en las narices.

La pregunta: ¿estaba preparada Ainara para discernir esos dos posibles amores cuando pasa la noche con su amigo, cuando su guía espiritual la induce a ingresar en el convento de clausura? Y alguna cuestión más: ¿qué diferencia hay entre la concepción de la realidad de la madre y aquella de la hija? ¿Es coherente la actitud del padre que defendiendo una libertad a ultranza al final acepta la decisión de la hija?

Hoy ha sido un dilatado día y a lo largo de la escritura de este texto he tenido un encuentro con el cardiólogo, que reafirmó mi condición de arritmia y la necesidad de una operación posterior del corazón, una ablación, otro encuentro con la anestesista, un alta médica y un posterior encuentro con mi casa que ha producido en mí una cierta conmoción. ¡Estaba tan bonita la tarde, el césped, intensamente brillante al atardecer se extendía como una bella alfombra frente a la ventana de mi cabaña… me encontraba tan bien en casa…! Seguro que recordaréis aquel entusiasta «¡Mi casa!» que le salía del pecho a E. T., el protagonista de la película de Spielberg, cuando expresaba su desesperado deseo de regresar a su hogar.



 

 

 


martes, 27 de octubre de 2026

¡Viva la Pepa! De las redes sociales al cielo



Hospital HM Puerta del Sur, 27 de octubre de 2026

Me pregunto por cuales pueden ser las razones de la retracción generalizada que se observa, por ejemplo, en las redes sociales y en las conversaciones en general a entrar en materia y acercarse a los asuntos desde un punto de vista que no sea anodino. Es una pregunta que me hago con frecuencia cuando encontrándome frente a temas de interés que considero importantes para nuestra comprensión del mundo, nuestras relaciones o el tinglado económico y social en el que estamos metidos, porque pareciéndome lo más lógico del mundo, lo que me encuentro sin embargo es una sistemática huida de los posibles interlocutores ante la complejidad de los razonamientos y los posibles porqués que la realidad nos pone por delante. Atacar, evitar, dejar de lado, perseguir  todo lo que no sea anodino y mediocre pareciera que fuera una consigna generalizada a la orden del día. 

Por supuesto que usamos con abundancia el like o su contrario, afirmamos o negamos,  optamos por esto o lo otro, pero ¿cuántos entran al trapo de los asuntos de una discusión medianamente sería? El reduccionismo de la realidad a los patrones generalizados de una consigna, un razonamiento simple, un socorrido tópico de izquierdas o derechas parece ser el corsé en que vivimos metidos, sea porque las redes funcionan desde la simplicidad marcada por los límites expresivos del sistema, las pocas palabras que permite el Twitter, sea porque ir más allá de una afirmación y algunas pocas consideraciones requieren de un ánimo del que no disponemos, sea porque, sospecho, mucho del contenido de las redes sociales obedecen a llenar unos huecos en un tiempo personal en que nos resistimos a hacer el esfuerzo de razonar cuando aquello va más allá de las barricadas que nos impone la pereza. Es claro que abierta queda la sencilla opción de la curiosidad, el entretenimiento o el asomarse al balcón de la corrala para intercambiar chascarrillos o conversar sobre el tiempo con los vecinos, no faltaría más.

Creo que es razonable en esta situación pensar que la pereza manda, que pensar cuesta un huevo y que por tanto mejor que piensen otros por nosotros. Probablemente era, ¡ay, mi memoria!, en Guerra y paz donde Tolstoi expone en el primer capítulo una situación esclarecedora de esto que trato de decir. Leí la novela hace tantísimos años que sólo puedo citar a bulto. Se describen reuniones social en que el tema esencial de las conversaciones es la política del momento. Todos hablan como descosidos, dan si opinión, rebaten a estos y aquellos. En alguno de esos días, no recuerdo las circunstancias, dejan de aparecer los periódicos. A partir de entonces todas esas acalorada discusiones desaparecen y quedan sustituidas por la más ramplona de las conversaciones. ¿Qué ha sucedido? Es muy sencillo, sin la autoridad de los periodistas no hay cáscaras, si los presentes no han tenido la oportunidad de leer por la mañana la prensa no hay argumentos que valgan. Aquella sociedad, poco habituada a pensar por sí misma, necesitaba el apoyo de la prensa para tener opiniones.

Llevado esto a nuestros días ¿Qué significado puede tener que la pobreza de las redes sociales como elemento de comunicación sea tan lamentable? Sí, altamente asertiva, me gusta, no me gusta, pero escasamente discursiva, ¿por qué? ¿Miedo a que los demás sepan lo que pensamos, pereza, las tomamos como un simple entretenimiento, en cuyo caso estas podrían ser sustituidas perfectamente por el juego de la oca o el parchís?

La liviandad que buscamos en nuestras relaciones, en nuestro deseo de expresarnos, contradice aquella cosa vieja que debió de inaugurarse allá por los tiempos en que se inventó el fuego y que serviría a los primeros pobladores de la Tierra para charlar sobre sus cosas alrededor del fuego (la réplica actual de nuestras redes sociales) y para desarrollar facultades que hoy, a no más tardar, dado el solipsismo a que invitan las redes terminarán dejándonos en manos de “los otros”.

Doy por supuesto que cuando más arriba me refiero a las redes sociales es sólo un ejemplo más del modo en cómo nos relacionamos la mayoría de los sapiens en nuestros días, repito, la mayoría. Que unos desarrollen una capacidad mayor para expresarse o para analizar una situación no exculpa a la generalidad, creo, de etcétera…

El antiguo público de antes, escribe Ficher, ha sido reemplazado por el consumidor, consumidor del Facebook, de Twitter, de opiniones ajenas. Al consumidor, arrinconado en su comodidad sólo le quedan dedos para los likes y poco más. El camino de la menor resistencia se abre ante nosotros como una trampa que crea hábitos y nos reduce a simples consumidores.

¡Coño!, que no me da la gana opinar, que no quiero… Y usted tendrá toda la razón del mundo, que cada uno hace con sus pensamientos y sus opiniones lo que le da la real gana. ¡Y viva la Pepa!... se entienda que en el mejor sentido. Lo que en aquellos tiempos servía para darle un puntapié en el trasero a Fernando VII en pos de la libertad, sírvanos hoy para festejar el que cada cual pueda expresar, o dejar de hacerlo, sus opiniones cuando y como le dé la gana.

 

 

 

 


lunes, 26 de octubre de 2026

Entre la verdad y la apariencia


Hospital HM Puerta del Sur, 26 de octubre de 2026 

Hoy encuentro dificultad para poner título a mi habitual post, La mentira que subyace disfrazada de verdad, Entre la verdad y la apariencia o acaso La etiquetas y el poder de la mentira. Todos valdrían. Todos ellos nacerían con más o menos fuerzas de la magnífica película que vi ayer, Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962).

La tesis de la película sirve para analizar un buen puñado de circunstancias de la realidad política y social. El film en breve: En el Japón feudal un samurai empobrecido acude a la corte de un señor feudal para hacerse el harakiri. Allí descubre la historia de un caso similar anterior. A través de sus recuerdos y de la confrontación con el jefe del clan descubre la contradicción, la hipocresía y la crueldad oculta tras el supuesto honor de los samurais. La película es una denuncia de un sistema que antepone las normas y el prestigio a la dignidad humana. 

Las normas como absoluto que nos persigue y acorrala desposeyendo a la realidad de sus razones primeras para sustituirla por osificadas normas que adquieren con el tiempo calidad de no cuestionables al haber perdido su conexión con el motivo real de sus fundadores. La película es una denuncia de un sistema que antepone las normas y el prestigio a la dignidad y a la honestidad de las personas. La verdad importa un pimiento, lo que cuenta en todo momentos son las apariencias. To be or not to be, that’s the question. Una idea tan vieja como el mundo y que sigue tan actual en nuestra avanzadísima sociedad. En estos tiempos preelectorales en donde los disfraces forman parte imprescindible del atuendo de los políticos a los que, antes de atender a lo que unos y otros dicen, quién pudiera como sucedió con Aznar después de un aclamado discurso en que sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, dijo cachondeándose de los asistentes algo así como que cómo se lo han tragado todo estos gilipollas… Si por encima de los caretos que aparecerán próximamente en televisión buscando el voto de los ciudadanos, pudiéramos ver transcritas en la pantalla las palabras de lo que están pensando, y en otra parte de la misma lo que están diciendo, esa diferencia que hay entre las palabras que quieren legitimar con mayor o menor subterfugio, aparecieran junto a las perversas finalidades que esconde su discurso, estaríamos en un escenario ideal para que el ciudadano emitiera su voto con responsabilidad. 

La verdad que subyace bajo la mentira de lo que se nos presenta como realidad queda en la película al descubierto cuando el protagonista del film, Hanshirō Tsugumo, pone sobre la mesa las verdaderas intenciones del jefe del clan, representante de una fragante injusticia que, queriendo presentarse como justicia, honor y virtud, consolida un hacer social en donde la hipocresía, la falsedad y el cinismo son los reyes del mambo. El samurai Hanshirō Tsugumo termina muriendo a manos de los soldados del clan. Su furiosa y valiente defensa argumental termina dándose de bruces contra la lógica de la mentira y el poder. 

Se me permita, que diría el amigo Vinches, dar un salto a otro ámbito que tenía en mente mientras veía alguna secuencia de la película en donde el poder de la mentira funciona también a sus anchas. Me refiero a las circunstancias en que la ciega confianza en las etiquetas funciona como sustitución de una ideología política a la que se le puede endilgar todos los males del mundo. Los samurais del film atraviesan por un larguísimo período de paz en que sus servicios no son solicitados, lo que les convierte en el lumpen de la sociedad de su tiempo. Nadie tiene trabajo para ellos en un mundo de paz. Ser samurai era vivir entonces como un paria cuyo honor lleva a muchos de ellos a hacerse el harakiri. En Occidente nadie se hace el harakiri por una razón así; en su lugar los más concienciados pueden atender a una ideología política próxima al comunismo (¡anatema, anatema, todos a la guillotina!) ¿O no era esa la corriente imperante en tiempos del franquismo? Algo que por supuesto corre por una parte de la mente colectiva como un fuego a extinguir. Y no digamos si hablamos de Estados Unidos, la democracia más poderosa del mundo. 

Amigo, las etiquetas funcionaron bien no sólo en tiempos de los samurais. La eficacia con que la etiqueta “comunismo” funcionó en España después de la Guerra Civil todavía funciona en España a modo de paraguas contra el mal. Su rechazo no obstante es más sutil. La etiqueta “rojo” permitía borrar las diferencias entre los adversarios, republicanos, anarquistas, etcétera, y convertirlos a todos en un enemigo colectivo. No hacía falta referirse a una compleja ideología o partidos de izquierda, que en el general buscaban un reparto de la riqueza y el poder más equitativo, bastaba identificar a los que suscribían esta ideología con una palabra, “rojo”, para que en la mente de los ciudadanos se creara de inmediato la idea del agente del mal. El horror que puede producir al status quo económico y político la posibilidad de que en algún momento puedan trastocarse los beneficios de la clase dominante, ha inducido a ésta a introducir en la globalidad de la población por todos los medios a su alcance una identificación de comunismo con lo peor que éste dio en Rusia y en sus antiguos socios. 

Lo que en lenguaje de la calle se llama dar gato por liebre y que en instancias de aquellos que manejan el percal sigue funcionando a nivel mundial, bien que Brasil, ahora otra vez con Lula, y que los jóvenes de algunos países europeos sigan levantando barricadas contra la inconsciencia de tantos votantes. 











domingo, 25 de octubre de 2026

China / Estados Unidos



Hospital HM Puerta del Sur, 25 de octubre de 2026 

Este escrito es respuesta a un comentario de Enrique a mi post de ayer titulado “La IA y la codicia”. En esta ocasión incluyo su comentario al final de este escrito.


Bueno, un pequeño paréntesis antes de pasar a ojear la prensa desde mi nueva “residencia” del hospital. Respondo a tu comentario. Nunca hasta ahora fue tan fácil localizar datos sin tener que recorrer a farragosas búsquedas en Internet o en bibliotecas. Basta abrir la app de ChatGPT y ahí lo tienes todo en un par de segundos; así que vamos a los datos. 

“Si queremos establecer comparaciones, tendremos que analizar los hechos y no solamente las intenciones declaradas…” 

Bien, los hechos: Analfabetismo: Año 1950. Estados Unidos 3 % aprox.; China 80–85 % aprox. En China actualmente se estima un analfabetismo en torno al 3%. Esos porcentajes se vuelven mucho más reveladores por el hecho de que se han conseguido sobre una población 3 veces mayor que la de Estados Unidos. Además Estados Unidos tiene un analfabetismo funcional, personas con dificultades de comprensión lectora, del 28 por ciento, la tercera parte de la población tiene dificultades para comprender un texto corriente (Fuentes: estimaciones históricas de la UNESCO). 

“La China actual mantiene un régimen dictatorial dirigido por el Partido Comunista”. No recuerdo haber introducido en mi escrito la adscripción política, lo que sería entrar en otra dimensión diferente de la discusión. Estamos con el “los hechos” a que aludes. En este sentido te podría contestar a ti mismo con las palabras de Deng Xiaoping. No sería muy esclarecedor recurrir a mezclar asuntos para valorar hechos independientes cuyas cifras cantan. 

“Este peculiar injerto entre capitalismo y dictadura”. Todo esto, Enrique, daría para escribir un libro. ¿O es que acaso piensas que el sistema político estadounidense no es una dictadura de facto? La dictadura de hecho de la élite económica. Era esclarecedora la imagen de la toma de posición del payaso de Trump rodeado por los ricos de su país. Un país con un índice de analfabetismo funcional, que algunos estiman en el 60 por ciento, y una clase económica ágil en conseguir votos, dan como resultado, de momento, algo que bien podría tipificarse, insisto, de facto, como una dictadura, esa que el capitalismo va endilgándonos más y más haciéndonos creer que no hay otra alternativa. 

Si, como dices, China es un capitalismo disfrazado, benditos ellos que en la actualidad tienen un índice de pobres cero frente a Estados Unidos que ostenta el 10,6%; cifras, insisto sobre una población esta última tres veces mayor. ¿Quién ha hecho mayor esfuerzo en favor de la gente de a pie por mucho a que tantos gusten especular sobre las etiquetas en lugar de sobre la realidad? 

Cuando insistes, más de una vez, con etiquetar a China como comunista, me recuerdas otros tiempos en que decir esa palabra era anatemizar a alguien de por vida. ¡Que viene el coco, que viene el coco! Recuerdo que estamos hablando de datos no de etiquetas interesadas. 

“Capitalismo disfrazado”. No creo que China necesite ningún tipo de disfraz, aquí los únicos que se disfrazan son los que poseen la mayor parte de riqueza del planeta, espeluznante clase de lobos metidos en una jaula de gallinas. 

“No sé cómo evolucionará ese peculiar injerto entre capitalismo y dictadura” No hace falta especular sobre el futuro, las cifras sobre la evolución de la economía y el bienestar de la población de China y de Estados Unidos hablan por sí mismas. Reúne los datos económicos, demográficos y culturales de ambos países, ponlos uno junto a otro y verás la diferente evolución de ambos. Traslada después todos esos datos a unas coordenadas que muestren su evolución y sólo mirarla te dará una clara idea de esa evolución. 

“Lo que sí creo es que, hoy por hoy, calificar a China de comunista sin más explicaciones no ayuda a comprender su realidad económica”. Creo que escribes sobre tus propios supuestos, nada que ver con mi escrito en el que dejé fuera toda consideración política para no dañar la idea principal. Entreveo por demás en tu planteamiento una cierta disposición a la contra de lo que se cuece en China. Ser ciego a los grandes logros que China ha conseguido intentando descalificarlos con la etiqueta de comunista y haciendo hincapié en la paradoja, como si fuera un pecado, de su cariz capitalista, me recuerda a los viejos sloganes del pasado en que se ponía el acento en la “maldad” del hecho de ser esto o lo otro evitando siempre enfrentar una concepción del mundo y la economía que se enfrentaba por definición a la codicia del sistema vigente basado en el beneficio de unos pocos. 

¿Críticas a la organización política y económica de aquel país oriental?: Un buen puñado. Ahora, creo que nuestra atención debe distinguir los distintos tipos de análisis de la realidad para no caer en una manida interpretación de todo aquello que no es nosotros. 

Y por supuesto: China no es mi referente. Ya te dije, creo, que he hecho dos viajes a China con una estancia aproximada total de casi medio año y que allí, salvo en la región autónoma de Xingiang, nos encontramos muy bien. Ahora soy un pequeño burgués que naturalmente no querría vivir en China. Otro gallo cantaría si yo o mi familia se encontraran en el nivel de pobreza en que están tantos ciudadanos españoles, según el INI el 25% de la población, en donde se incluyen las personas que no pueden permitirse condiciones de vida básicas y aquellas de ingresos muy insuficientes (la llamada tasa AROPE). 

oOo

Comentario de Enrique:

“Que unos utilicen las herramientas sociales para acumular poder y otros para crear, cuidar y compartir nos obliga a considerar que aquello que puede ser útil, como la IA, puede convertirse también en una amenaza para la sociedad. El problema no está necesariamente en la tecnología, sino también en cómo se distribuyen su beneficios y sus costes. Hasta aquí, de acuerdo.

Mi discrepancia comienza cuando se toma China como referencia para contraponer su gestión a la de Occidente (léase Estados Unidos). Que el Gobierno chino anuncie medidas para proteger el empleo frente a los efectos de la IA puede ser positivo, pero una cosa son las directrices políticas y otra los resultados de su aplicación. Si queremos establecer comparaciones, tendremos que analizar los hechos y no solamente las intenciones declaradas.

Y aquí conviene recordar algo que a veces se olvida cuando se elogia a Deng Xiaoping y su conocida máxima de que no importa que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones.

Deng Xiaoping, el revisionista más importante del mundo, fue precisamente quien impulsó la transformación de la economía china mediante la introducción progresiva de mecanismos de mercado, la apertura a la inversión extranjera y la expansión de la iniciativa privada. Es decir, un cambio profundo respecto al modelo económico comunista tradicional.

La China actual mantiene un régimen dictatorial dirigido por el Partido Comunista, pero su economía incorpora elementos esenciales del capitalismo. Eso no significa que sea idéntica a las de Occidente ni que funcione como una economía liberal convencional: el Estado chino conserva un gran poder económico y político.

El Banco Mundial concluyó en 2019 que el Estado chino generaba entre el 23 % y el 28 % del PIB -es decir, una media del 25 %-, lo que nos deja ante el 75 % del PIB para el resto de la economía privada. Esto no es comunismo, sino capitalismo disfrazado. Por eso creo que debemos distinguir entre el nombre del régimen, su sistema político y el funcionamiento real de su economía.

No sé cómo evolucionará ese peculiar injerto entre capitalismo y dictadura

 Calificar de partido único. Lo que sí creo es que, hoy por hoy, a China de comunista sin más explicaciones no ayuda a comprender su realidad económica.

Y, en cualquier caso, si queremos saber qué modelo afronta mejor las consecuencias sociales de la inteligencia artificial, habrá que esperar a comparar sus resultados efectivos. La etiqueta ideológica no nos proporciona por sí sola la respuesta.