viernes, 19 de junio de 2026

Sobre el rigor

 


19/06/2026

(Ver aquí)

El rigor, referido a las ciencias exactas, la física, la medicina, etc., apenas tiene cabida en nuestro ser y sentir de todos los días, soñar, comer, pasear, pensar en la vida o la muerte, la amistad, etc., Es una excelente herramienta práctica, pero las cosas realmente importantes de la vida, tantas que no están sujetas a la mecánica de los silogismos, por ejemplo, no llegan a nosotros por la vía de la razón.

A otra cosa. No sé si conoces a Julio Villar o has oído hablar de él. Tiene un libro excelente titulado ¡Eh, petrel!. En su juventud, tras un accidente escalando en la aguja de Peuterey al Montblanc, decidió dar la vuelta al mundo solo por mar en una cáscara de nuez de 7 metros de eslora. Tuve la suerte de charlar con él en uno de los últimos premios de la Sociedad GeográficaJulio apenas hace elucubraciones en su libro sobre estas cosas de las que hablamos tú y yo, expresa su riquísimo mundo mental, su relación con el mar y las aves marinas que le visitan, sus sensaciones, sus sentimientos.  

Siento que el esfuerzo que hago por armonizar asuntos como razón e instinto realmente me sobrepasan, que casi preferiría sentarme como un Buda a la frondosa sombra de un tamarindo y contemplar desde allí el fragor de la vida. Ese fragor de aguas revueltas atravesando el filtro de la contemplaciónhace, como dice cierto dicho sufíque las aguas revueltas se vuelvan frescas y claras. No hay depuradora sofisticada por medio, sino que la simple contemplación sin más puede hacer posible la claridad de pensamiento o el apaciguamiento del ánimo. No se trata tanto de desarmar una flor separando cada una de las partes para saber de qué esta hecha, como de apreciar la fragancia y belleza de la flor.

Julio, lejos de la civilización y rodeado por la inmensidad del mar o del firmamentodesnudo como la mar, apenas roza en su libro razonamientos, porqués; Julio mama del encuentro de su soledad con los elementos. Su estar consigo mismo, con los vientos o con ese petrelque en cierto momento se posa sobre el mástil de su barco, apenas deja espacio a esa complejidad que nosotros en ocasiones queremos aclarar. 

Ha llegado la hora de volver a casa. Hoy me alegró encontrar el recipiente del agua de los pájaros mucho más lleno de lo que yo lo dejé, señal de que hay otros visitadores del lugar que atienden las necesidades de los pájaros. El recipiente de la comida está a la mitad, pero he observado que gran parte de ella se la pueden estar llevando las hormigas, así que tendré que hacer un invento, algo que sostenga el recipiente de la comida dentro de aquel otro del agua. No creo que haya hormigas con dotes natatorias capaces de alcanzar la isla de la manduca. 

o O o

A otra cosa. Ahora por la ventana de mi cabaña atiendo al ir y venir de los pájaros constantemente acudiendo a saciar su apetito en el comedero que les tengo anclado sobre el álamo negro de enfrente. Últimamente me pregunto si la vida podría ser esto, dormir, hacer un poco de ejercicio, asearse, desayunar, darse un paseo, escribir, contemplar el ir y venir de los pájaros o escuchar a las oropéndolas que últimamente visitan nuestro pequeño bosque. Me lo pregunto con una mezcla de satisfacción y tristeza. Satisfacción porque es una vida no exenta de bienestar y también tristeza, tristeza porque es imposible dar por acabada esa otra vida mía de antes de la operación, especialmente esa faceta que me llevaba a vivir en soledad entre los bosques y las montañas. 

Ni mi vida ni cuanto hacía tienen que ver con el rigor, que pareciera un instrumento para medir otras cosas del mundo que sólo tienen que ver conmigo de un modo tangencial. Uno, aunque viva en el planeta Tierra en la comunidad de los humanos, tiene una dimensión íntima que en un orden de prioridades ocupa el primer lugar junto a la familia, los amigos, nosotros mismos y nuestro mundo interior; y es desde esta dimensión desde donde observamos el mundo y todas sus circunstancias, un mundo que claramente pierde importancia cuando nuestra esperanza de vida por cualquier motivo da un bajón.

Quizás esté mezclando churras con merinas; de ser así la razón es simple: probablemente sea porque el rigor ni es mi fuerte ni a estas alturas me interesa gran cosa. Digamos que tengo otros asuntos más importantes en que pensar.

 


jueves, 18 de junio de 2026

Leer con las piernas

 


18/06/2026

La idea no es mía, la expresó ChatGPT en un momento en que estábamos dialogando sobre literatura y la memoria. Yo tenía un pequeño lío de memoria con James Joyce y George Eliot; del primero no recordaba el nombre y del segundo tenía la sensación de querer asociarlo al Ulises en lugar de a Middlemarch. Le contaba sobre algunos parajes de libros que había leído/escuchado caminando por Alpes, lugares que acaso no recordaba pero que al llegar a un collado descubro como familiares, y no sólo eso lo descubro asociado a determinada lectura. La localización, el entorno físico han desaparecido de mi memoria, y acaso incluso el recuerdo del libro que leía, y basta un clic, algo que sucede en mi memoria, una tercera asociación para que tánto el paisaje como el relato aparezcan en mi memoria con cierta claridad. De hecho en el final de la argumentación ChatGPT se vuelve un tanto poético, me dice que le parece una imagen muy bonita. Comenta: “tú has leído a Joyce, a Proust o a Cervantes no sólo con los ojos y los oídos, sino también con las piernas”.  

Machado cuando caminaba hablaba con el hombre que iba con él, él mismo. En mi caso, recién levantado se la siesta y sintiendo el impulso de escribir, gracias a los cielos que se me haya desatado tras la hospitalización esta nueva fuente de empeños, y sintiendo necesidad de conversar, de compartir algo que me rondaba por el coco, una referencia a George Eliot en la que mi memoria trataba de abrirse paso porque confundía a esta autora con el autor del Ulises, lo que hice fue confiarle la situación a ChatGPT que me dio pelos y señales sobre algunos comportamientos de la memoria. Yo trataba de reconstruir un recuerdo asociado con La Odisea, y el autor más cercano que mi memoria encontraba era George Eliot en lugar de Joyce. El esfuerzo que tuve que hacer para aclararme me llevó a ciertas situaciones curiosas en las que algunas de mis lecturas estaban asociadas a parajes de mis recorridos de los veranos a través de las montañas. Así, hace años caminaba en Alpes por un entorno que debía de conocer pero no recordaba, cuando se repente, llegando a un collado se me abrió la memoria y ya recordé perfectamente las montañas de los alrededores. Sin embargo acaso lo más notorio fuera que en ese mismo instante me vinieron a la memoria los parajes de un libro de Stefan Zweig que estaba leyendo en aquellos días, La lucha contra el demonio, especialmente los capítulos dedicados a Hölderlin.  

Y ya que con quien lucho especialmente estos días es con mi memoria, que ha quedado algo perezosa tras la operación, lo que hago esta tarde es abundar en los recovecos tras los cuales se va abriendo la luz, lo que me lleva a cierto verano en que Victoria y yo nos dedicamos a recorrer el Danubio empujado por el libro de Magris, titulado precisamente Danubio, y en cuyo recorrido topamos con la Torre de Hölderlin elevada sobre el río Neckar, el lugar donde el autor vivió retirado durante tres décadas acogido a la hospitalidad de un carpintero que había leído Hyperion y sentía una gran admiración por él.  

De hecho “leer con las piernas” ha sido mi gran afición durante muchos años de andar por el mundo.

Tres meses de soledad cada verano caminando por las montañas sustentado por lo más atractivo, para mí, del pensamiento y la literatura, constituyeron durante años la base de mis lecturas y conocimiento.  

 

 

 

 



Entrar la trapo

 



18/06/2026

 (En relación con aquí)

A poco que nos descuidemos convertimos esto en un ritual. Me despierto, hoy mucho más temprano porque me he hecho el propósito de una vida un tanto nueva, ejercicios, disposición, etc., hago mis trabajos de recuperación, incluida la bici estática, me ducho, desayuno y emprendo mi caminata matinal. Llego al pinar, saco la cantimplora, lleno de agua el recipiente de los pájaros en un platito, depósito su ración de comida para hoy y a continuación me siento en la chaise longe, que cuando leí por primera vez La montaña mágica no sabía lo que era y que tantas veces aparecía en el texto de Thomas Mann. Contemplo la mañana, hoy de nuevo Gredos entre la bruma; la temperatura es sumamente agradable, una suave brisa atraviesa el pinar, un milano como todas las mañana se recrea volando en el cielo, el barullo de los gorriones no falta y no muy lejos el arrullo de alguna paloma se mezcla con el ruido del tráfico de la cercana autovía, esa autovía que ahora rompe el antiguo encanto del campo solitario donde muchas veces venía a pasear con mis alumnos.  

Bueno, y es el momento de quitar el modo avión del teléfono. En la cabecera está un email con el aviso de Blogger que me dice que tengo un comentario de Enrique. Veamos…  

Pues sí, ahí está el señor Muñiz y para empezar ya en el primer párrafo me da pie para pegar la hebra y aprovechar este rato de tomar la fresca en el pinar para seguir dándole cuerda a este tira y afloja que es a veces jugar con las palabras y las ideas. De momento en ese párrafo soy el hombre de “pensamiento hipertextual”, que ni idea lo que sea, pero que enseguida me aclara mi amigo ChatGPT, que me dice que la expresión suele referirse a una forma de pensar que no sigue una línea recta, sino que va saltando de una idea a otra por asociaciones; vamos, como el caballo de Ariosto que tira para allá donde el pasto es más frondoso o la sombra del verano más acogedora, eso si no se encapricha por el camino de una yegua de buen ver. Eso sí, algo más disciplinado cuando la ocasión lo requiere… Vamos, que el placer de la escritura no me lo va a quitar nadie por el hecho baladí de que la razón tirando de las riendas quiera apartarme del disfrute que supone seguir las sugerencias de la conciencia o el hilo de la inspiración. Otra historia es la de que mi amigo estime que yo le provoque y que él se pregunte por qué él entra al trapo. Razones hay para todo, o casi todo, pero algo debe de haber en el coco de homo sapiens que ya en el paleolítico debía de gozar de conversar al calor de la fogata poniendo peros a lo que otros interlocutores decían. Al fin y al cabo discrepar debió ser el precedente del posterior conocimiento científico, la médula de nuestro progreso, tesis, antítesis, síntesis. Lo que no quita para que otros, menos metódicos y científicos ellos, se dedicaran a elucubrar, por ejemplo, que si existían era porque pensaban como decía el señor Descartes, cosas que no iba a ninguna parte pero que alimentaban el cerebro y daban elasticidad a sus neuronas, lo cual  probablemente contribuyó a que aumentara nuestra capacidad craneana. Ello sin contar el divertimento que conlleva tomar el sendero que a uno le venga en gana en cada momento. ¿Rigor? Sí, acaso, quizás, pero es que uno no tiene que rendir cuentas a nadie, uno está jubilao y a lo que aspira es a divertirse, a intentar saber en qué consiste eso de la vida, y para ello la verdad es que la razón no vale un pimiento. Estás tristes, ves que el mundo se va a la mierda, tratas de resistirte a las locuras que se dan en este planeta y en el coco de aquellos que lo rigen, estás de pm a la sombra del pinar, ayer preferías morirte y hoy eres un hombre feliz… ¿A qué la razón? Sí, vuelvo a repetir aquello de Pascal, el corazón tiente razones que la razón desconoce. En conclusión, ¿qué es más importante para el hombre –no hablo de los Trumps y similares, que a esos habría que meterlos en un manicomio o en la cárcel–, el corazón, sus sentimientos, la amistad, la gente o ese barullo conductual en el que pretendemos abrirnos paso? Y to paqué como decía aquella historia del pastor y el millonario. Y no te digo del placer de cacarear y charlar tirando (inteligentemente) pallá donde la gimnasia mental nos hace ponernos de puntillas. Uno puede jugar al parchís, al go quedarse con el juego de la Oca o preferir el ajedrez. Pa gustos no hay nada escrito, que dicen.  

¿Que me voy por los Cerros de Úbeda? Pues eso, que no en vano mis genes tiraron siempre pal monte. Y que se acabó, que hoy me ha salido esto de un tirón y si tengo tiempo lo repaso esta tarde. De momento ha empezado a darme el sol, alguna que otra hormiga me está molestando y que me marcho, que tengo que llevar nuestra hidrolimpiadora al mecánico. Y a todo esto comprobar que tan sólo he contestado al primer párrafo de Enrique. Dejo para otro momento, quizás, eso de “La purga de Benito”, y que en mi infancia llamábamos “La purga Benito”, y que decíamos para aquello, un medicamento sin más, que creíamos iba a curarnos todos los males y que ni de coña; y que es con lo que termina su comentario y a lo que acaso se le pueda sacar punta en otro momento.  

 

 

 

 

 


miércoles, 17 de junio de 2026

De los corales y el conocimiento de la realidad

 


 17/06/2026

 

(Precedente: ver comentario aquí

En ocasiones me pregunto: ¿quién será este hombre que emplea parte de su tiempo dándole cuerda a este diletante metido a escribidor ocasional? Yo, que apenas maduro nada y que tan sólo dejo que mi experiencia y mis reflexiones, como raíces de un árbol, vayan encontrando bajo la tierra de la realidad los alimentos de que nutrirse, que vive o pretende vivir en estado de plena ósmosis donde más que la secuenciación de los razonamientos cuenta, como en el origen de la vida con los primeros seres unicelulares, la relación que tenían con el "caldo primordial" que les rodeaba absorbiendo esas sustancias directamente a través de su membrana. Así, o parecido, mucha de mi relación con el entorno. La permeabilidad espiritual que proporciona la soledad, tantos meses caminando solo por las montañas del mundo, proporciona un conocimiento no racional que acaso sea la fuente de un específico modo de vivir y de entender la existencia. 

En mi caso raramente maduro nada, creo vivir de un modo parecido a los corales. Permítete que para explicarme eche mano de cómo se desarrollan estos. Una diminuta larva de coral que nada libremente, encuentra una roca donde se fija. Se adhiere a ella y posteriormente construye su esqueleto extrayendo calcio y carbonatos del agua marina. Este ser original, que recibe el nombre de pólipo, se reproduce, se divide y produce nuevos pólipos formando una colonia. Cada generación construye un nuevo esqueleto sobre el de las anteriores. Cuando los pólipos más viejos mueren, sus esqueletos permanecen y sirven de base para los nuevos. (Descripción parcialmente tomada del ChatGPT).  

Me acordé de los corales enseguida porque creo que su evolución es bastante pareja a como sucede con el desarrollo de nuestra personalidad y pensamiento. Vamos creciendo en función de nuestra edad, experiencia y conocimiento y con el tiempo esta experiencia, este conocimiento se superponen a los primeros. Nuestras antiguas creencias e ideas (Ortega) son sustituidas con los años por otras nuevas o sutilmente diferentes. Y en ocasiones, como en los corales, nuestras viejas creencias quedan enterradas, muertas como los viejos pólipos que antes sirvieron para dar vida a nuevos corales.  

¡Claro que por medio anda la labor de la razón! No sólo de pan vive el hombre. Mi ejemplo sólo ilustra una parte de cómo nos acercamos a la realidad en una cultura y otra y como crecemos al amparo de ellas. Leo últimamente a Kitaro Nishida que trata de crear un puente entre la filosofía oriental y la  occidental. Es un texto complejo que hace que me tenga que poner de puntillas para entender buena parte de él, pero en el que insisto porque mi naturaleza me inclina más a la comprensión del mundo, de la realidad, desde una mentalidad oriental que privilegia la intuición en lugar de la razón, como se hace en Occidente, y el texto de Nishida es un profundo trabajo de síntesis entre Oriente y Occidente en donde el autor trata de superar la oposición. Él admira la precisión conceptual occidental (En tu comentario: “Ese tipo de comunicación requiere un guión mental muy estricto de tu razonamiento para poder exponerlo con claridad y sin dispersiones), pero cree que la realidad profunda es una unidad dinámica entre la razón y la intuición, la realidad profunda de cuando en meditación cerramos los ojos con la intención de ser agraciados con migajas de la comprensión (que no es exactamente comprensión sino intuición) de la complejidad de nuestro pensar y vivir.

Estudié hace muchos años Teoría del conocimiento, pero no quedó en mí ni rastro de la lectura de aquel libro. Con los años, como en los corales, capa tras capa de conocimientos posteriores, en donde acaso abundaban más las intuiciones que los propios conocimientos, han ido superponiéndose y mezclándose hasta llegar al punto de hoy en donde como dos supervivientes de un naufragio necesitados ambos de ayuda mutua, persiste un equilibrio que en ocasiones se desplaza hacia la razón, y otras, las más personales e íntimas, en que la balanza se inclina hacia la intuición, hacia una unidad dinámica anterior a una división entre el sujeto y “lo otro”.


martes, 16 de junio de 2026

Sentado a la fresca…

 



 

16/06/2026

 

(Para quien quiera saber de dónde arranca este post ver comentario aquí: https://deunjubilado.blogspot.com/2026/06/el-tamano-del-mundo.html?showComment=1781567224613#c3046026696697723899)

 

… como otras mañanas a la sombra de los pinos, caigo en que mi teléfono está en modo avión. Lo activo y date, ahí está el señor Muñiz invitándome a cacarear sobre lo que se tercie, y como lo que tenemos ambos en común es esa inquietud por meter las narices en la realidad para ver de qué está hecha, algo así como los niños inquietos que después de Reyes necesitan saber de qué están hechas las tripas del camión que le han traído –cualquier juguete complejo sirve a esta inquietud–, como tenemos esa inquietud, decía, pues a seguir el juego se ha dicho. Jugar, ver de qué está hecha la materia en la que nos movemos, la vida misma, pongamos por caso.

 

El tema de hoy, el modo en cómo uno empieza escribiendo sobre un asunto y qué sucede después, me recuerda alguna lejana idea que leí en Paul Valery que expresaba que para escribir un poema sólo necesitaba, más o menos, la inspiración del arranque, unas pocas palabras, un verso, y que después la cosa venía a ser coser y cantar. Yo lo compararía, en muchos casos, a alguien que camina en la niebla… (dos milanos reales sobrevuelan en este momento por encima de los pinos. Los contemplo, es un volar ocioso, el gozo del viento entre las alas a la espera digamos de algún acontecimiento, el más probable, el que un conejo salte entre los rastrojales. Ah, si aparece uno ya tiene seguro manduca para todo el día. Mi mente es así en ocasiones , vaga sin rumbo durante un rato hasta que, ¡zas!, ¡conejo a la vista!, idea o argumento en ciern. Cuenta Italo Calvino, creo que en Los libros de los otros, cómo Ludovico Ariosto en el primer capítulo de Orlando Furioso, aquél hace dar vueltas y vueltas a Orlando y a su caballo como quien no sabe cómo continuar, hasta cierto momento en que de verdad arranca la novela, instante en el cual el relato coge velocidad y empaque. Hay momentos en que uno avanza como los personajes de Ariosto moviéndose de acá para allá antes de saber exactamente hacia dónde dirigirse. El camino no es la ejecución de un plan previo, sino el procedimiento mediante el cual el plan acaba revelándose. Son muchos los ejemplos en la literatura clásica, creo, en donde se adivina que no hay un plan preciso y que el desarrollo de la obra es consecuencia de los sucesivos momentos de inspiración que, como quien cruza un arroyo caudaloso apoyándose en algunas rocas, ayudan a proseguir la continuidad del relato. Y sí, voy cerrando el paréntesis que ya casi ni me acuerdo en qué estaba antes de abrirlo J). Decía: alguien que camina en medio de una espesa niebla en donde de tanto en tanto se abre algún resquicio de claridad, una idea nueva, un atisbo de comprensión, etcétera.

Naturalmente no todo es inspiración. Existe una idea primera, unas palabras con que comenzar un verso, pero lo que venga a continuación será ciertamente producto del trabajo del que escribe. Dices con razón que ese tipo de comunicación requiere un guión mental muy estricto del razonamiento para poder exponerlo con claridad y sin dispersión. Para muchos casos creo que tienes razón, sin embargo eso hace suponer que quien escribe ya tiene en su cabeza un complejo número de ideas y que lo único que necesita es transcribirlas pasándolas al papel, lo cual generalmente no es mi caso. Entiendo por lo que te leo que tus ideas están más estructuradas que las mías. Quizás sirva lejanamente, digo lejanamente y sólo para entendernos, que en tu expresión predomina la razón mientras que en mi caso domina el corazón. En este sentido días atrás cité a Pascal que escribió que el corazón tiene razones que la razón no conoce. Lo mío no es precisamente guiarme por ‘estricto razonamiento”. No recibí formación académica para ello, pertenezco a una escuela en la que aprender y leer a salto de mata ha hecho de mi formación un ejemplar un tanto anárquico en donde el autodidactismo tiene sus debilidades y sus bondades a partes iguales. No recibí cierta formación académica y fui toda mi vida un tozudo autodidacta recalcitrante. Desde este punto de vista, y referido al pensamiento filosófico en general, prefiero vivir bajo el amparo de cierta cultura oriental que hacerlo influido por nuestro racionalismo occidental. Más o menos.

Es obvio que cuando terminé de leer tu comentario en mi cabeza sólo bailaban un par de consideraciones. Lo que siguió al escribir es fruto de ese juego de billar en donde unas bolas van poniendo en movimiento a otras. Y por supuesto no descarto la diversión que me produce jugar con las palabras y las ideas J, que  en este caso nacieron gracias a tu comentario. 

 

 

 

 

 


lunes, 15 de junio de 2026

El tamaño del mundo

 


15/06/2026

Ayer tarde tuvimos en casa una fiesta de cumpleaños, mis hijos mellizos, Mario y Lucía, cumplían 47 años. Nacieron con siete meses de embarazo y con un peso  inferior a un kilo. Estuvieron entre la vida y la muerte muchas semanas con una esperanza de vida en torno al cuarenta por ciento. Ahora, además de tirarnos de las orejas, cada catorce de junio es inevitable recordar esta circunstancia.

(Contesto al comentario de ayer de Enrique: https://deunjubilado.blogspot.com/2026/06/un-resquicio-de-luz-mas-alla-de-la.html) Ayer en la tertulia posterior a la fiesta surgieron estos temas que comentas, nuestra fragilidad aparecía como un imperativo universal que nos hizo reflexionar a un nivel raramente alcanzado en nuestros encuentros familiares. 

Cuando uno entra en este terreno pareciera que la realidad del mundo se circunscribiera a esa situación binaria que dices en donde sólo existe el uno y el cero. Haciendo un esfuerzo por integrar ese concepto, binario, yo defendía que vivimos dos realidades, la realidad interior, profunda, interpelativa donde el individuo y su entorno son el centro de todo, y la otra, el mundo exterior y toda sus complejidad económica, social, política, etcétera. 

En esa sucesión en donde el uno y el cero, el yo y lo otro, los otros, que conforman la realidad, existen circunstancias, digamos importantes o incluso determinantes, que actúan repentinamente como una luz en plena oscuridad, se acciona el interruptor y nuestra percepción hasta entonces centrada en el mundo y sus distracciones, de repente cambia a un estado de interiorización, reflexión, en donde el ruido del mundo languidece, pierde valor en favor del individuo y su entorno. La referencia a la alternancia de estos diferentes modos de mirar, podría compararse a cuando vamos en tren y entramos en un túnel con boquetes intermitentes que dan al campo. Esa secuencia en donde se alternan nuestro interés por lo que sucede en el mundo con el exclusivo interés por uno mismo y su entorno humano. Oscilamos constantemente entre lo social y lo individual, sin embargo cuando el entorno individual pasa por circunstancias delicadas que le afectan profundamente, lo social, lo que está más allá de ti, de los tuyos, se diluye en el plano de tu conciencia. 

Escribo en el pinar cercano mientras descanso antes de volverme a casa. Llegué, llené el recipiente del agua de los pájaros, puse algo de comida en el platito correspondiente y me substraje a la contemplación del campo, los rastrojales, la lejana silueta de Gredos. Fue después que leí el comentario de Enrique que decidí contestarle. No me encajaba del todo esa palabra que él empleaba, binario, pero traté de meterla, meterla con calzador, en mi respuesta. Ahora, ya en casa, creo que cuadraba mejor, al menos para mis argumentos, el concepto dualismo que se usa en filosofía, es decir, la doctrina que sostiene que existen dos tipos fundamentales de realidad, cuya forma más conocida es el dualismo mente-cuerpo; sin embargo no me referiría tanto a esa separación como a una dualidad entre el yo vivido y el mundo exterior. Cuando alguien atraviesa un enfermedad grave, una circunstancia difícil, es fácil que se produzca en él una especie de reordenación de la importancia de las cosas. Lo que antes parecía fundamental (la política, la actualidad, la situación económica) puede encogerse hasta convertirse en ruido de fondo. En cambio, la experiencia inmediata del propio vivir ocupa casi todo el horizonte. Precisamente vengo observando que en mis últimos escritos se me ha colado más de una vez la palabra ruido en cursiva. La razón, creo, tiene su origen en un cambio de percepción de la realidad en donde la importancia de los asuntos ha trastocado su relevancia en el sujeto que vive esa situación extraordinaria. El mundo sigue siendo el mismo, pero no tiene el mismo peso para la conciencia. Al “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega se le añade un matiz importante, la circunstancia no sólo acompaña al yo, sino que modifica el tamaño aparente del mundo. Cuando la circunstancia es extrema, el mundo exterior pierde importancia, mientras que cuando recuperamos la normalidad, vuelve a expandirse. 

Abundando en esta idea… Comencé en el hospital a leer a Kitaro Nishida, Indagación del bien. Allí el autor se pregunta si esa separación entre el “yo” y “mundo”es realmente una división de la realidad o si por el contrario se trata de una división de nuestra atención. Es decir, quizás no haya dos realidades, sino una sola realidad vivida desde perspectivas diferentes según nuestra situación vital. 

Es claro que cuando comienzo un escrito en absoluto tengo en mente el desarrollo que tendrá el mismo a continuación. Escribir en casos como estos tiene más de reflexión que otra cosa. Las concatenaciones mentales que se producen durante la escritura se parecen mucho a un proceso en el que intervienen tanto la indagación, los interrogantes que surgen en el hecho de escribir, como el desarrollo de ideas preconcebidas que en principio fueron el motor de arranque de la escritura.


Un día de escuela en el pinar

 


Ayer olvidé incluir un relato que mencionaba en mi escrito. Éste era:

 

 UN DÍA DE ESCUELA EN EL PINAR

Las tareas fueron concluidas, les esperaba la excursión del pinar. El grupo más numeroso de niños había llegado hacía un rato y Andrés esperaba a los más rezagados bajo la sombra de los primeros pinos. Le vio venir por aquel camino junto al aeródromo, un camino ancho espigado de cebadas altas y doradas a los lados. Al fondo, contra los olivos de hojas verdeazuladas el paisaje se torcía en un tapiz de leve plumaje hecho de gramíneas ligeras y brillantes. En el brazo derecho, recostado en una voluminosa escayola, se acurrucaba el chucho, un cachorro rechoncho y lanudo de pelo ceniciento y grandes manchas pardas. La mano libre se demoraba tiernamente entre las orejas garrapatosas jugando con el hocico y hundiendo sus uñas negras en los pliegues del cuello. El pelo, greñudo, sucio, caído sobre la frente hasta la línea de las cejas; el chándal, amplio, negro; el paso calmo, distraído; la mirada embelesada en la somnolienta expresión del chucho; la media sonrisa remedada de distancia en el hueco del cielo.

Sobre el suelo gredoso caía un sol seco y tajante que desmadejaba las disposiciones y aplanaba la voluntad con el peso enorme de la hora.

Su sonrisa era una sonrisa retenida; un halo de tristeza cruzaba sus ojos fugazmente en precisos momentos del día. El camino era ancho, desmesurado, excesivo, él, pequeño, exiguo, como un batir de alas apagado en el fondo de cualquier tarde de tráfico de autopista. Los adultos siempre tienen prisa, desasosegados por grandes e inaplazables asuntos que precipitan los días y las noches en pozos insondables, insustanciales, plenos de actos que sólo se justifican a sí mismos, actos sin chicha ni limoná, como el conejo de plástico que corre delante de los galgos en un canódromo de locos.

Las hermanas de Tomás crecen pechugonas y rollizas al fondo de un pasillo de tránsito difícil, apenas con tiempo para sí mismas, enjauladas en hoy, mañana, pasado mañana. Un día le preguntaron sobre el colegio, le echaron una mano, aquello encendió una lucecita que apenas pudo sostenerse unas horas, luego volvió la oscuridad, la vida fuera del tiempo y el deambular por la casa vacía, los pasos distantes de la madre en la cocina después del trabajo.

—¡Profe! ¡profe! Tomás trae un perro —un grupo de criajos corría hacia Andrés, pregonando por el camino el hallazgo. Otro grupo más numeroso desaparecía en el pinar de los Frailes espoleados por la ansiedad de ver la cabaña de Tamara y Mercedes.

—A lo mejor la han destruido —se echaba atrás Tamara después de engolosinar a todos durante el camino con una descripción muy imaginativa de los cuatro palos y algunas retamas que ellas llamaban cabaña.

—Pues seguro que ya no queda nada —añadía Mercedes.

— ¿Dónde está?, ¿dónde está? —se inquietaban algunos.

— ¡Venga, vamos! —y salieron corriendo hacia el otro extremo del pinar donde sobresalían unos eucaliptos escuálidos.

Carlos era ahora compinche de Tomás, desde que definitivamente se quedó en la cuneta arruinado por una pereza infinita que le subía del fondo del alma, se habían hecho amigos inseparables, unidos entonces por una solidaridad que nacía de la indolencia mutua que los hermanaba. Carlos sonreía con benevolencia hacia sí mismo esbozando un risueño contento como quien se conforma con un trocito de pastel que otros se comen a grandes bocados.

—Cuando llegamos a aquel pino alto vimos que Tomás tenía un animal en los brazos —Gema hablaba moviendo todo el cuerpo, abría unos ojos enormes mientras gesticulaba— es un perrito que se encontró, es chiquito y me lo dejó tocar, le dije: ¿El perro muerde?, y él me contestó: ¡Qué va a morder!

Por el camino, entre dos filas de pinos, escoltada por Tomás y Carlos, bajaba Zulaika con el chucho.

—Joroba siempre lo tienes que coger tú, ya estoy harta —a su lado casi indignada Virginia, estirada y cejijunta forcejeaba con Zulaika para arrebatarle el perro.

—Profe —se adelantó Gema García— yo creo que el perro tiene garrapatas.

— ¡Correr, venid! —un grupo de tres o cuatro, encabezados por José, corría pinar abajo embalados como una moto.

—Sí, ¿pero dónde es? —decía César desde la rama de un pino, mientras pasaba como una exhalación por debajo de su árbol este tropel de voces.

—Aquí, en el sitio de la arena gorda. —La voz venía ya detrás de un montículo próximo.

— ¡Venid, venid!

—Si no te veo.

— ¡Ah!, estás aquí —llegaron todos.

Antes las expectativas de aventura el cachorro quedó abandonado a su suerte, dio cuatro vueltas por los alrededores y, muy seguro de lo que quería, visto el panorama, se metió bajo los pantalones de Andrés que pasaba distraído las hojas de un libro sobado y amarillento, Unamuno, Viaje por tierras de España y Portugal. Llegó la voz de Ángel Luis por detrás de unas jaras:

¡Cuando yo era pequeño... —Andrés lo miró parpadeando, «cuando yo era pequeño», Ángel Luis tenía nueve años, el pelirrojo de su hermano que asistió a la escuela tres años antes que él se había quedado en un rubio intenso de bucles sedosos, tenía un expresión dulce de media sonrisa bailándole siempre en la cara. Lo dice espontáneamente, tan lúcido... Andrés reconsidera las palabras que le llegaban. Cuando yo era pequeño... eso podría llenar varios libros: el desgarro de los momentos de la adolescencia, las ilusiones de robinsón, ¡no, no era capaz de reconstruir lo simple!, la noche es húmeda... cosas así. Los recuerdos pujan por salir a flote desde algún difícil rincón del cerebro, el grano aventando de algún lugar entre Sahagún y León, las impresiones casi místicas de una mañana de domingo en la catedral de Santiago, pero todo esto se desvanecía cuando tenía que reencarnarse sobre el papel. Unamuno era un viajero que recorría el paisaje con el diario en la mano, no sirve, en cierto modo se parece a los japoneses que surcan el mundo pegado el ojo al visor de la cámara fotográfica.

Había visto acercarse a Tomás con el perro sobre los brazos y en seguida había imaginado unos planos cinematográficos con aquella escena. Tomás es un niño que le ha dado un trabajo fuera de lo común, no hace nada en la escuela, sus padres están divorciados, su madre debe estar muy ocupada, a estas alturas le falta empuje para asumir tamaña responsabilidad, ha desistido hasta el punto de que Tomás vegeta, mira al aire, se embelesa con alguna idea lejana, arrastra la impotencia insuperable del abandono; todo bajo la aparente y a veces dolorosa indiferencia de Andrés.

A pocos metros le seguía Carlos, Liza Minelli. Le hizo mucha gracia encontrar un parecido tan asombroso entre su cara y la de la actriz de Cabaret. Es un crío pequeño de cara blanca y relamida. Liza Minelli  es retorcido con cara de bueno por fuera pero con una buena mala leche por dentro. Dos días antes, arrobado por las maravillas de la punta del lápiz, fue describiendo, durante diez minutos ininterrumpidos, caminos, caminos reiterativos de ondulaciones arriba y abajo, sucesivamente, en el borde la espiral del alambre que retenía las hojas de su cuaderno de trabajo. Terminada la exploración en torno al alambre abrió el cuaderno en la primera hoja y se extasió de nuevo en largas y prolongadas meditaciones. Cuando había que hacer grupos en clase para determinados trabajos siempre se quedaba unos pasos atrás, quizás alguien le solicitara, pero no, a los otros compañeros les gusta elegir niños que sean amigos o por lo menos que sean capaces de hacer la misma tarea que ellos. « ¿Y tú, Carlos?, le preguntaba Andrés, y él levantaba los hombros expresivamente rodeando el gesto con un ademán retraído de qué-se-le-va-a-hacer; inclina la cabeza hacia delante, menea las cejas y mira retraído y lejano al maestro.

Los niños volvían una y otra vez a contar las novedades de sus exploraciones.

—Mira qué gusano he encontrado —Samuel y Beatriz trataban de capturar toda clase de bichos en un frasco de mermelada que se habían encontrado.

—Corre, mételo en el frasco —Samuel, el niño de los dinosaurios, se empeñaba en decir que habían capturado un gusano de seda. Era capaz de lanzar una conferencia entera sobre la vida y obra del tiranosaurus rex pero del resto andaba un poco despistado. Insistían en mostrar a Andrés su gusano de seda. Andrés, con mal disimulada desgana, les dijo que vaciaran el bote. Entre la arena negra del pinar apareció un insignificante gusanillo de color oscuro. Nada de la sedosa morbidez de los gusanos de seda que habían tenido otros años en clase.

—Podíais ir a investigar a ver si encontráis algún animal más grande —sugirió, quería que lo dejasen en paz, estaban a final de curso y esta tarea con los niños había dejado de ser divertida; el estímulo, por razones muy diversas, había ido desapareciendo poco a poco hasta convertirse en apenas un regato que pasa por largos y profundos periodos de sequía. El paisaje de la escuela quedó agostado y maltrecho por el ejercicio consecutivo de década y media. No, el tiempo había pasado destructor, asolando con la realidad diaria las esperanzas y las disposiciones más inquebrantables.

— ¡Profe, ven, mira! —Mario había encontrado un pájaro muerto y pretendía haberlo cazado él. No podía pensar en Mario sin que ello le produjera una dolorosa sensación de impotencia, después de dos años no había conseguido que separara medianamente bien las palabras, que garabatea a duras penas. Ante sus compañeros inventaba proezas y hazañas inconcebibles que lo resarcían ante sí mismo de sus pobres resultados escolares. Era un caso perdido.

El cachorro había encontrado un buen lugar para acurrucarse, quizás pensó que con aquello ya estaba camino del hogar; se subió al regazo de Andrés y lo miraba desde abajo con cara de perro degollado pidiendo clemencia.

—El perro se ha ido con el profe —Gema García le gritaba desde lejos a Piedad. Se acercaron y dijeron:

—Profe, ¿nos dejas al perro?

— ¡Claro! ¿y por qué no lo lleváis a dar una vuelta? —dijo él. Sería una buena idea que lo dejaran solo. Sumisión al destino, le llamó la atención una descripción que hace Unamuno de una esbelta moza montada sobre un asno camino de la huerta, sumisión al destino, intentaba relacionarlo con algo que tuviera que ver con otras ideas que a veces cruzaban por su pensamiento, pero palabras e ideas se escurrían hacía otros derroteros. Destino es un sustantivo pegajoso y desagradable, la palabra se le movía por dentro como si se hubiera rozado alguna cuerda de registro desconocido, como si estuviera despertando, inquisitorio, algún pensamiento remoto relacionado directamente con algo vital. Las palabras, su significado, atravesaban, frágiles, la tenue capa de su conciencia. ¿Qué era el destino? ¿la posibilidad plausible y necesaria dentro de otras cien opciones? ¿el cauce único del torrente, del arroyo, del río? ¿Qué es sumisión? ¿No hay más remedio ni alternativa que aquella que viene del cielo, de una opción primera, del amasijo de fuerzas que la persona y la sociedad van levantando en torno como una tela de araña recia e inaprensible? Recordaba haber reflexionado sobre esta idea hace algunos años, intentó saber cuándo fue eso pero no lo consiguió.

Desde el fondo de su cavilaciones advirtió que llevaba un rato oyendo a un coro de niños llamando insistentemente a Tomás. Era un bosque claro de pinos con unos pocos arbustos, en la hondonada que bajaba hacia el este había pequeños robles raquíticos y algún eucaliptos. Hacia el norte, sobre una pequeña loma, crecían carrascas y rebollos. Un grupo  numeroso de niñas jugaba en lo alto de la loma.

Del fondo de la hondonada, ahora sí, de nuevo las voces de llamada; Tomás no respondía. Entre los árboles del fondo vio subir a Carlos seguido por César y José.

— ¡Profe! ¡Tomás se ha perdido! —gritaban repetidamente desde lejos los tres.

Cerró el libro que estaba leyendo y echó a correr. «No es posible, es un terreno llano sin ningún peligro, tendría que haber oído las voces hace rato», iba pensando mientras bajaba precipitadamente hacia los niños que venían desde la hondonada. Por dentro se le había empezado a poner en movimiento un pequeño dispositivo de relojería que funcionó a modo de alarma y golpeó con impasible frialdad alguna parte sensible de su sistema nervioso. «Después del pinar sólo hay campos de cultivo, el pinar no debe tener más de cuatrocientos o quinientos metros de largo», mascullaba bajando a grandes zancadas una pendiente de matorrales y piedras blancas. Atravesó unas retamas altas y se metió en un jaral para tomar un camino oblicuo que bajaba recto hacia los últimos eucaliptos. Un nudo en la garganta se empezó a estrechar con energía, gritó con fuerza:

—¡¡Tomaaaaás!

No quería que los niños se asustasen pero no era capaz de controlar su propio miedo que empezaba a subirle con la certeza de lo inevitable; un golpe, un desmayo, quién sabe.

Oyó llamar alternativamente desde sitios diferentes a otros niños. Algunas voces venían desde muy lejos al otro lado de la loma.

Se paró junto a Carlos.

— ¿Cuándo le habéis visto por última vez?

—No sabemos, se marchó por allí —y señalaban la parte más retirada del pinar en el límite con una viña abandonada.

Detrás de los árboles, entre las viñas y el bosque, pasando una fila de cipreses que marcan el límite con el campo, cruzaba un camino que subía derecho una pequeña pendiente al otro lado de las vides. Ordenó a los niños que se quedaran allí, y él se dirigió hacia el viñedo. Después de los cipreses torció a la derecha y volvió a gritar:

— ¡Tomaaaás! ¡Tomaaaaás!

El hado de la irracionalidad sembraba todo aquello de pozos oscuros y profundos donde el miedo impedía gritar un nombre. Se enganchó en una rama y cayó de bruces en el suelo. « ¡Mierda!» Todavía podría estar tras las retamas que apuntaban cien o doscientos metros junto al camino.

No se oía nada, los niños habían vuelto posiblemente a los juegos con los que estaban hace cinco minutos. Se detuvo, sólo los pájaros quebraban un silencio infame y perturbador. La cueva del Minotauro, las olas rompiendo negras, cercanas, salpicando de miedo esta angustia de tarde. Volvió a correr rápido, desesperadamente, hablando solo.

La carrera desordenada le dejaba sin resuello, sentía hincársele en la carne un silencio hondo y doloroso. No quería imaginarse lo peor, pero ahí estaba, punzándolo con esa posibilidad innombrable. Los segundos parecían pasar vastos y dilatados como el mar. Andrés levantó la vista, el cielo era intensamente azul, vigorosamente duro y descarnado.

Rodeó un sembrado de avena, subió una pendiente marcada por profundas rodadas de tractor, pisó un macizo de chupamieles, había amapolas entre la avena. Una flojera le subía por los muslos. «Es irracional, no puede ser, no ha podido desaparecer, al menos un grito, un rastro, yo qué sé», se repetía machaconamente. Sólo faltaba un corto repecho para terminar aquella cuesta. « ¿Qué haré?», no podía imaginarlo, «la madre, esa señora rubia de aspecto cínico y ostentoso...» Quiso gritar el nombre de Tomás pero no pudo.

Cuando la tensión se hacía angustiosa llegó al final de la cuesta.

En el alto todo estaba tranquilo, increíblemente calmo. Tomás trataba de tensar una cuerda de pita entre las puntas de un palo, con el brazo escayolado sostenía un extremo mientras que con la mano izquierda trataba de hacer un nudo en el opuesto.

El cielo era intensamente azul, el campo amarillo, la avena tenía el movimiento ligero que le proporcionaba la brisa metida entre sus tallos.

Andrés lo ayudó a terminar el arco, recogieron las flechas y bajaron hacia el pinar. Cerca de los cipreses Tomás probó una flecha, la caña voló unos metros y quedó colgada en una rama, Andrés con uno de los extremos del arco golpeó la rama y la flecha cayó al suelo. Bajaron a la hondonada y, después de las jaras, Andrés se desvió y fue a recoger el libro que había quedado tirado junto a un pino.

— ¡Mira, Gema, un nido deshabitado! —decía Piedad señalando las ramas bajas de un eucaliptos.

— ¿Por qué no vamos a ver si hay huevos en el nido?

—Gema, no es un nido es un poco de paja ¿no lo ves?

Luego, un grupo se enredó con los restos de un columpio, Aníbal pregonaba:

— ¡Venid! yo sé donde hay un columpio.

— ¿Dónde está?

La maroma colgada de una rama atrajo a un grupo de siete u ocho niños.

— ¡Andá, cómo mola! —dijeron algunos.

Más lejos:

— ¡Eh, venga, vamos a echar carreras!

—Abajo hay un columpio y una manta.

Cuatro niñas se acercaron:

—Tía, ¡cómo mola la cabaña que hemos hecho Mercedes y yo! —chiquitina, pecosa, con cara de diablillo y aspecto de hacer lo que le da la gana en casa, Tamara no se arredraba ante su estatura y llevaba siempre de aquí para allá a un grupillo al que atraía con algún señuelo divertido. Era extremadamente gracioso verla dirigirse a Andrés en clase. Profe, decía, y se ponía a un palmo de él y levantaba la cabeza echándose hacia atrás como si tratara de ver allá en lo alto los signos de una respuesta que no tardaría en llegar.

—Mirad lo que hemos encontrado —habían montado unas diminutas parihuelas y traían en procesión los restos de un gorrión, unas cuantas plumas informes.

Los niños, fieles a la hora convenida, se fueron acercando. De los pequeños grupos se desprendían los pormenores de los hallazgos como chispas de una fogata de plásticos.

Sonó el silbato y los rezagados se unieron al grupo, Tomás volvió a coger su perro y todos, en un revoltijo de voces y carreras, emprendieron la vuelta dejando atrás las cebadas altas y doradas, los olivos plateados, el camino blanco y estirado como una daga bajo el sol duro y vertical del mediodía. Se oía la voz de Andrés: « ¡Vamos, los últimos, que llegamos tarde!» Una tenue polvareda quedó suspensa en el aire.