viernes, 2 de enero de 2026

Silphium laciniatum

 

Silphium laciniatum

2/01/2026

La sensibilidad con la que nos acercamos a lo que nos rodea, pienso hoy leyendo a Aldo Leopold, tiene mucho de inconsciencia causada por la inmediatez de otras realidades que impiden una percepción mas amplia. Me explico. Muchas veces he pensado en lo que era nuestra parcela en los primeros años a partir del momento en que instalamos los aspersores. Enseguida nuestra tierra se convirtió en un vergel. Daba la impresión de que toda la flora de los alrededores, maltratada por el arado y por la carencia de agua, se hubiera trasladado entonces a nuestra recién adquirida parcela. Crecían las flores con una fuerza y una magnífica exuberancia. Recuerdo haber hecho pasillos en la parcela para desplazarnos entre aquella bienvenida explosión primaveral, caminillos que eran como pasear por un pequeño jardín botánico.

Cuenta Aldo Leopold de una flor, la Silphium laciniatum, que inaccesible en un cementerio a la guadaña, crecía allí cada primavera como resto magnífico de una antigua vida vegetal que poco a poco fue desapareciendo por las autopistas, el pastoreo y la agricultura en general. El antiguo paisaje floral de las praderas del lugar se había empobrecido, y en parte desaparecido casi totalmente debido a estas circunstancias. Multitud de especies habían sido exterminadas.

La historia del lugar, tantas especies que poblaron desde siempre un espacio, parece como si no interesara a nadie. La desaparición de determinadas plantas nos resulta poco dolorosa, escribe Leopold, a condición de ignorarlo todo sobre ella. Sólo hacemos duelo por lo que conocemos. La desaparición de la Silphium en aquel cementerio no es causa de sufrimiento alguno, si sólo se lo conoce como un nombre en un libro de botánica.

 La relectura de Una ética de la tierra me ha hecho reflexionar esta noche sobre algo en que estoy plenamente implicado en la actualidad, mi relación con la tierra y sus criaturas; la idea de que no soy propietario de una tierra sino usufructuario con animales y plantas del entorno en donde vivo, uno más entre los carboneros, los gorriones, las lombrices de tierra, los mirlos, las tórtolas, los erizos, las carpas, las pequeñas violetas o los sauces llorones a los que éstos días libero de la muerte a manos de las hiedras, sensibiliza mi percepción y relación con mi entorno.

Ignorar de fondo la existencia y el conocimiento de las criaturas entre las que vivimos hoy se me presenta como una falla en mi comportamiento y atención a ellas. Las plantas, tantas flores que vinieron espontáneamente a nuestra parcela porque allí encontraron condiciones idóneas para su existencia, los pájaros y otros animales que igualmente se instalaron aquí cuando la vegetación empezó a ser exuberante en el lugar, y que hicieron su hogar entre las ramas de los cipreses o en el enjambre vegetal de la madreselva o la hiedra; a todas estas criatura, que ciertamente merecieron mi atención, hoy les falta la compañía de muchas otras especies que en determinado momento desaparecieron cuando nuestro interés por plantar césped en toda la parcela se nos impuso. Plantar césped implicó a su vez la irrupción del cortacésped que decapitaba cualquier planta que pudiera levantar un centímetro sobre el suelo. Siguieron creciendo otras plantas, pero año tras año prácticamente terminaron por desaparecer. Salen algunas en primavera, el diente de león, algunas margaritas, el cerastio o la espigada aquilegia y en ocasiones trato de esquivarlas con el cortacésped, pero al final tarde o temprano terminan sucumbiendo a la rutina de su cuchilla.

Días atrás mi cuñado Luis Enrique me contaba algo relacionado con esto de su casa en Moralzarzal. Él, perseguido por el deseo de conocer todas las especies que pueblan su parcela, al retirar las malas hierbas había decidido perdonar la vida a un ejemplar de cada especie con el objeto de llegar a conocer y nombrar todas las plantas que nacían espontáneamente en su parcela. Nada más oírle me pareció una buena idea y enseguida pensé en hacer algo parecido. Ahora, después de leer a Aldo Leopold, encuentro que sus palabras caen en un terreno, mi ánimo, totalmente dispuesto a recibir y a hacer germinar en él una nueva disposición hacia todas las plantas que puedan nacer en nuestra parcela sin excepción. El pasado otoño estercolé toda ella con la finalidad de regenerar toda la tierra y ahora, aparte de que pueda plantar césped en algún lado espero con curiosidad y ganas ver qué plantas puedan nacer a su aire y que mi estado de ánimo dará la bienvenida con gusto. A su aire y que harán compañía a todas las flores que ahora crecen lentamente en mis semilleros y en los bancales preparados meses atrás.

Resumiendo. Un paso más en el reconocimiento de los seres entre los que convivo y a los que me he propuesto facilitar la vida y convertir por demás en parte de mi recreo personal.

 


 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Carta de los Reyes Magos a los niños

 

Imagen generada por el ChatGPT

31/12/2025

Queridos niños:

Sí, ya estamos en camino, como de costumbre dentro de unos pocos días os haremos la visita de todos los años. En esta ocasión hemos  decidido que antes de que nos escribáis la habitual carta, nos gustaría orientaros un poco en vuestras peticiones.

Mirad, el mundo cada vez se está poniendo más difícil, para todos, pero especialmente para vosotros que estáis en periodo de crecimiento y os encontráis con pocas herramientas para defenderos. Los adultos han inventado un mundo raro, extraño, cada vez menos habitable, y vosotros, los herederos de ese mundo, tenéis que empezar a pensar por vuestra cuenta antes de que… bueno, ya sabéis… los males se contagian con mucha facilidad. Es mala época para los niños, los adultos os han robado la calle, os han robado parte de vuestra creatividad, los adultos os empachan con tantos regalos, los adultos atienden más a sus propias necesidades de generosidad que a otra cosa. Como los adultos en el fondo lo que quieren es que les queráis, eso que todos necesitamos, lo que hacen en estas fechas y en vuestros cumpleaños es regalaros un montón de cosas. Si estuviera aquí un sabio personaje de cuento llamado el Principito diría… ¡es que tienen tan poca imaginación los pobres…!

Esta carta es para deciros muy alto lo siguiente: ¡¡¡Niños, rebelaos…!!!

Decidles a vuestros padres, abuelos, tíos o tías que no queréis ser tratados como caprichosos nenes a los que hay que dar todo lo que se os ocurra, decidles que queréis ser niños sanos que quieren educarse en el esfuerzo y la autonomía, que es mala cosa tener de todo sin apenas dar palo al agua (bonita expresión, ¿no?), que no os gusta que os traten con tanto empalago. ¡Rebelaos, decidles no a vuestros papás, a vuestros abuelos, a vuestros tíos, a tutti quanti cuando os traten como seres destinados a engordar la economía de consumo, rebelaos contra una educación blandita que hará de vosotros seres a merced de los caprichos. Decidles a los adultos que os enseñen a ser autónomos, fuertes, cariñosos, que incentiven vuestros pequeños esfuerzos, que rieguen esa hermosa planta en vosotros que es la voluntad, el trabajo duro, decidles que no queréis ser esas plantas que espigan y mueren por exceso de calor y humedad, decidles que queréis seguir siendo niños, pero no niños sometidos a la fofa comodidad de los caprichos satisfechos.

Conozco niños cuyo esfuerzo en la escuela es insuficiente, por ejemplo, pero que, ay, pequeños, los regalos de reyes no caben por la puerta de su habitación; padres, abuelos, tíos, amigos empleados todos a fondo en hacer de ellos carne de cañón, carne del mercado, carne de la vida fácil. Rebelaos, chicos, decidles a los adultos que vosotros lo que queréis es vivir una vida sana desligada de una empalagosa educación que ahoga vuestra capacidad de crecimiento. Decidles que no os traten como si tuvierais tres, cuatro años menos; decidles que os ayuden a crecer, a ser cariñosos con vuestros padres, con los abuelos, con la familia, con todo el mundo.

Niños conozco que molestan con frecuencia a sus compañeros en clase y que acaso no se esfuerzan lo suficiente y a los que sus abuelos premian con abultados regalos en metálico. Nos dan pena esos niños, ¿sabes? No nos gustan los niños-mantequilla, no. Y los niños-mantequilla, esos a los que los adultos satisfacen todos sus caprichos, no crecen adecuadamente.  

Me contaba hace mucho uno de los otros reyes de oriente, uno de los que viven por los ríos de América, que allí hay unas gentes que viven en palafitos, que son unas casas construidas sobre los ríos y están sostenidas por pilares de madera; allí, nos decían, a los niños nada más nacer los echan al río para que aprendan a nadar lo antes posible, ya que si no lo hacen es fácil que en algún momento caigan al río y se ahoguen. En nuestra sociedad sucede lo contrario, a los niños les dejan indefensos. Les cuidan tanto que los dejan indefensos. Tienes que saber que uno de los males de nuestra sociedad, imagina que la sociedad es un río, es el exceso de consumo, la vida fácil, la comodidad, ese tipo de cosas. Como no os enseñan a nadar, a defendernos contra esos peligros, lo que hacen de vosotros es dejaros indefensos.

Que ya, que sí, que sois pequeños y lo normal es que tengáis caprichos. También los adultos los tenemos, pero tienes que aprender desde pequeño cuándo esos caprichos pueden ser peligrosos y cuándo no; y tienes que aprenderlo pronto porque en general los adultos de nuestra época no se enteran y se confunden, no saben distinguir lo que es bueno para los niños y lo que no. Ya sabes, ellos están deseosos de obtener tu cariño y los regalos son el camino facilongo para obtenerlo.

Un beso muy fuerte, y ya sabes, cuídate de los adultos, quiérelos un montón, pero ¡ojo con los regalos que te quieran hacer!

 

 


martes, 30 de diciembre de 2025

Torear a la parca

 


30/12/2025

El contexto de lo que sigue lo podéis encontrar aquí, unos versos de Santiago Fernández que me hizo llegar esta tarde.

Muy buenas,

Desde hace muchos años un pensamiento recurrente que transita por mi cabeza es el de la parca y su cercanía, sin la guadaña y con aspecto cada vez, digamos, más natural. Ni de coña habría yo imaginado que cercano a los ochenta iba yo a vivir tan inevitable compañía con esta bienvenida normalidad. Un estado de ánimo del que no está ausente, claro, el recuerdo de los amigos que se fueron, en mi caso últimamente Antonio Montes, por ejemplo, con el que había quedado para comer el pasado mes de septiembre, comida que tuvimos que rescindir porque él se marchó definitivamente hacia la nada a los pocos días de acordar nuestro encuentro. Curioso cómo van colándose por las rendijas del alma estas cosas, cómo lo que en la juventud “no existía” ­-cuando uno es joven la vida siempre parece eterna-, poco a poco cuando pasas el Rubicón de los sesenta o los setenta vas empezando a tener una curiosa relación que se va profundizando hasta convertirse en una relación cercana. Una relación cercana es algo o alguien con quien estableces cierto grado de familiaridad. No sé cómo les va a los demás con estas cosas, pero en mí esa familiaridad se ha convertido con el tiempo, especialmente en la última década, en un elemento que me ayuda enormemente, cada vez con más claridad, a comprender e interpretar la realidad que vivo, la realidad del mundo en general. Saber que nos vamos a morir dentro de no mucho, arroja luz sobre nuestro pensamiento, sobre nuestro modo de pensar, sobre nuestro comportamiento; vanitas vanitatum…

Ja, ¿y a qué viene todo esto?, dirás. Bueno, tú te has paseado durante los últimos años tánto por los dominios de la parca, tánto que entre los amigos que pasaron por trances similares al tuyo, la verdad, dicho crudamente, es que eres casi un resucitado, el resucitado más ejemplar que yo conozco. ¿Recuerdas aquel cuadro de Delacroix, La libertad guiando al pueblo? Quizás sea del género idiota relacionar ese cuadro, pero a mí me gusta, subraya esa idea de ¡adelante! Ni cáncer ni cojones: adelante y a seguir viviendo sin levantar el pie del acelerador. Tú y Marga… Y eso que desde hace cuatro años apenas te mueves del hospital. Probablemente no sean estas líneas las idóneas para terminar un año, pero como a mí me gusta mirar de frente a la parca, mejor vuelvo a traer aquí un pensamiento zen que me gusta, aquello de bebe tu sake, vive como un león y cuando llegue tu hora muere como un león. Vamos, que cuando hemos quedado con otros amigos para tomarnos una cerveza en alguna terraza, allí quien respira vida por los cuatro costados, eres tú, el león de la pandilla. Y como además eres bastante sordo, tus rugidos y tus argumentos los oyen hasta los vecinos del quinto piso. Y sí, que a nadie se le ocurra llevarte la contraria, que entonces ya tenemos fuego de artillería a discreción para un buen rato. Vamos, que más vivo que tú, ninguno. Ni trauma enorme, ni bicho, gusano o cerdo cabrón, como dices: “¡Jódete, lorito, la vas a palmar! Ja, me encanta esa espontaneidad con la que toreas al cáncer y a la parca.

Alan Watts sostenía que la naturaleza no tiene propósito alguno. La ausencia de finalidad, escribía, es el más fundamental de los principios budistas. Cuando te tiras un pedo, escribía socarronamente, no dices, “me tiré un pedo a las nueve en punto”, sólo pasó. Esa es la impresión que tengo cuando leo tus versos. Cosas que te pasan, que os pasan a ti y a Marga, y nada más. Un chaparrón tras otro y después, como no hay mal que cien años dure, después vuelve a salir el sol, momento en que agarras el portátil o el teléfono y lo mismo aporreas a la derecha o la extrema derecha que te ríes de tus bichos, o escribes un poema a la oncóloga que te está tratando.  

¡Ah, escribía alguien cuyo nombre olvidé, si todos supiéramos lo mucho que unos y otros estamos en deuda con algún amigo, con gente que con su ejemplo indujo en nosotros una filosofía de la vida, un modo de encarar la existencia, un modo erecto de enfrentar enfermedades e inconvenientes…! No, no es cierto que uno se lo guise y se lo coma todo motu propio, siempre hay otros que ante alguna fatalidad te dicen, con su ejemplo o de palabra, que bueno, que…

Hoy por hoy el recuerdo más vivo que me pone en contacto con la realidad global de la existencia, es Antonio Montes. Tan cercano lo sentía, lo siento, que el saber que ya no está abre ante mis ojos una visión de la existencia digamos quasi cotidiana. Una leve brisa, no más. “Yo me iré y se quedarán los pájaros cantando…”, como otro día más. No sucederá absolutamente nada anormal, sólo que no te despertarás, no tendrás al día siguiente que arreglar un problema de fontanería, ni te dará pereza levantarte, ni habrá necesidad de preparar la comida o asistir a una cita con el dentista… Nada más que eso. Hubo un personaje en mi infancia que algo me marcó. Siendo alumno de los salesianos era predecible que Santo Domingo Sabio me llamara la atención. Cuentan que un día le preguntaron que si estuviera jugando al fútbol y supiera en ese instante que se iba a morir en cinco minutos, qué pensaba él que haría. Su respuesta: seguiría jugando al fútbol.

Pues eso, amigo, que me encanta cómo las gastas con la vida y que incluso te sigan quedando fuerzas para poner en su sitio a tanto mafioso disfrazado de político.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Hoy va de versos

 



Hubo un tiempo en que a las yemas de mis dedos sólo llegaba el eco de los versos. Un tiempo entre el amor y el naufragio en que los versos brotaban de mi ánimo con la pasión con la que el mar acaricia dulcemente la playa, con la desmesura con que en otros momentos rompe inclemente contra los acantilados. Fue un tiempo terriblemente hermoso. Hoy accidentalmente cayó en mis manos aquel libro, aquellos versos. Lo abro, leo:

 

 

Como el hijo pródigo

El ventilador ronronea
como todos los veranos
dando vueltas para llenar mi cuerpo desnudo
con el beso del aire quieto de mi cabaña.
Aire quieto que esperaba mi presencia
como yo espero
resucitar
entre las equivocaciones y los misterios
como espero que el hijo pródigo, ella,
regrese un día.
Nosotros nos regimos por designios singulares,
nosotros, hechos de anhelos rotos y
de vientos quebrados
contra las esquinas de piedra del destino,
llevados por el recogimiento de la hora de la siesta
por el ruido de alas del ángel,
por la voz lejana de un presagio,
levantaremos un día el vuelo
sobre el campo adormecido
sobre su lecho de paja
y oiremos al fin
la voz benigna de un dios
que querrá besarnos.

Es el rastro de un suspiro
tendido al viento,
secado al viento
como ropa blanca de colada
ondeando como una bandera
en la cuerda tensa entre dos árboles;
es sedante anhelo sin prisas
acaso sin anhelo,
acaso sólo viento
sólo él,
recostado bajo la sombra de un árbol,
sin el ruido de las penas
o el chirriar de las puertas mal ajustadas,
es el merecido descanso a la noche
tras una larga jornada
de caminar al sol la tierra ardiente.

* * *


Aferradas a las concavidades de la rutina
las palabras se resisten,
sus miembros atorados
faltos del aire aquel
que la brisa del recuerdo traían hasta mi;
ellas quisieran nombrar la mañana,
la tarde, la noche,
pero perdieron la frescura del camino
la densidad callada que subía de los pies
duramente curtidos en el polvo de los caminos
y el batallar de sol a sol por el campo castellano.

Hoy ya es mañana de pájaros
y del cascabeleo sincopado de las hojas de los álamos;
perdura eso sí
como en un rincón umbrío del bosque
el calor dejado por el cuerpo sobre el vivac de lecho de hojas,
cálido rumor,
restos de estrellas columpiándose en las ramas,
luna fría agitando su brazo desde el horizonte próximo al alba
esbozando una sonrisa desde el altillo de un cielo
hecho de silencio y espuma.

* * *

Tratando de cazar luciérnagas
en el brillo opaco de las sombras
me volví a encontrar con tu nombre,
algo más que tu nombre,
el firmamento se había llenado de luz
pero de la cueva salían cálidas
las notas de una flauta
y éstas se posaban sobre mi ánimo,
mano sobre mis cabellos
caricia en mis oídos.
Esas melodías que colgaban de las ramas
como farolillos chinos,
que traía el viento
que hacían estremecer la hierba húmeda
ahogar un suspiro
recordar una canción canturreada de niño
que quedó perdida entre los alambres de espino
entre el humo y la carbonilla
que va dejando la vida en su camino,
hacia los astros del horizonte;
ella venia ahora galopando aquel camino
de anchas y solemnes curvas.
Y yo con mis prismáticos de marino
oteaba el horizonte
tras el rastro de polvo levantado por los cascos,
ola de paz.

* * *

La quietud vino a mi
y se sentó mansa como un perro a mi lado
y alzó su mano
y le pedí que besara mi frente
porque al fin,
rescatado de entre truenos y tierras fragosas,
debía llegar la hora de la paz,
la hora del silencio
el tiempo de mirar los círculos del agua
temblando ingrávidos alejarse a besar la orilla
el no deseo.
Besar los labios de la noche
y tendido entre sus brazos
sobre la paja dorada
que germinó en el vientre de la tierra,
todavía pensar en ella,
largo rastro de estrellas y constelaciones,
fugaces estelas cruzando el horizonte
más allá de las sombras de los álamos
llamas negras sobre el llano
penitentes de brazos en alto,
pensando en ella.
Amable oscuridad alzada sobre mi saco de dormir
como un canto, como nana susurrada
entre las hebras del sueño.

* * *

También hay mañanas
en que ladran constantemente los perros
en que entrar por la puerta del día
requiere grandes trabajos de constancia
mañanas sin aire bajo las alas de plomo.
La cortina encogió en el último lavado
y deja entrar dos palmos de luz
bajo el volante de su falda,
es jueves de un mes de agosto a punto de concluir
y las sábanas descienden por mi cuerpo
en pliegues armoniosos
para alzarse más allá sobre el cerro de mis rodillas
en perfecta forma de volcán.
Tras la listada fragmentación de la luz
atravesando la persiana de la hora
mi penumbra espera del abracadabra
la maravilla de un jardín,
puerta escondida e inaccesible
que venga a mostrarse
tras el velo de la niebla
entre las sombras fantasmales
y los recovecos de mi cerebro,
en algún instante.
Paciente agazapada espera
entre los helechos.

Ella vendrá y se abrirá como en aquel relato de Wells,
y habrá el breve y azaroso encuentro
inspiración para una mañana de viento
madera de tucanes
cantos de pájaros exóticos
aleteos clac clac de olas rompiendo onduladas
en el enmarañamiento impenetrable de los manglares,
besando las raíces de los árboles
las melenas de las nubes,
los labios del aire,
el gorjeo de unos álamos
piel tersa de deseos livianos lívidos lesbiano
de tacto de caderas de mujer
de llanto de hembra
trompeta en la selva
rumor de alas, deseo
susurros de jungla
plañidos
crepitar de fuego
restallar de látigos sobre la carne
hombre de carne
hombre de hueso
hombre de trapo
hombre deseo
hombre lagrimas
hombre viento
hombre
cabalgando cabalgando.

* * *

Sobre el arquitrabe
más allá del fuste y de las hojas de acanto del capitel
se alza poderosa y viril la mañana de los pájaros,
yo en penumbra
ella en la luz oscilando tras los listones de la persiana
en las hojas de una acacia;
poderosa, terriblemente sutil,
a punto de desvanecerse y dejar de existir
a las puertas del mediodía,
todo parte de la misma apariencia,
el todo en lo uno, lo uno en el todo,
mañana, tarde, noche
un abrir y cerrar los ojos,
una armonía escrita para instrumento de cuerda y viento,
las manos que tañen
el aliento que insufla vida en los metales.
El reloj marca las 11:49
bisogna ordeñar y amamantar la hora,
como soldaditos de plomo poner
uno tras otros los deseos
la inexcusable militancia de la vida;
mientras, fuera, chillan las urracas rabilargas
que vienen a comer el pienso de los perros,
tropel de aves levantando el vuelo,
las olas y la arena dorada,
parca y austera belleza
melaza alborotada
la elegancia de Praxíteles
el albo mármol sobre el rojo fuego del terciopelo
entreverado de sombra y silencio.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Pensar con las yemas de los dedos

Imagen creada por el ChatGpt

 

28/12/2025

La fugacidad e inconstancia con que los pensamientos van y vienen en nuestros circuitos neurales es frecuentemente una notoria dificultad para fijar un orden en la secuenciación de los mismos. Las distracciones constantes y la tendencia a ir de aquí para allá del pensamiento crean un desorden, un alto grado de entropía (recordar el segundo principio de la termodinámica), que no es fácil domeñar; quizás por ello recurrir a la escritura sea el procedimiento más a mano para intentar mantener un orden en las ideas. El pensamiento claro es siempre una excepción, no un estado natural, de ahí que la posibilidad de abrirse paso en las ideas requiera un esfuerzo y una atención que raramente practicamos en la vida diaria. Más bien lo contrario y especialmente en este mundo en el que empezamos a vivir en el que las prisas y una sobreinformación hacen difícil profundizar en las ideas. El grado de entropía que sobrenada tanto en nuestro pensamiento como en los intercambios con los otros, no hace fácil el camino hacia la comprensión de los asuntos, precisamente porque la dispersión y el desorden con el que nuestras ideas “navegan” en nuestro cerebro, lo impiden. Simone Weil, siempre tan empeñada en conceder a la atención un papel esencial en la vida, habla de la atención como algo antinatural, casi violento, un acto esencial en la vida que requiere un alto grado de esfuerzo. Para ella la mente sería un animal que hay que domesticar.

Éste es el pequeño drama con el que me he despertado esta mañana. Anoche tardé en dormirme, una pequeña desavenencia con mi hija me tuvo en vilo hasta bien entrada la madrugada. Traté varias veces en vano de mantener un orden en mi pensamiento, pero una y otra vez la dispersión hacía su aparición y no había modo de sacar conclusiones, sino que aquí y allá saltaban en mi pensamiento hechos y consideraciones que no había modo de poner en orden. ¿Cómo en esta situación llegar a una conclusión, a una idea clara del asunto que tenía en mente? Cuando me desperté llovía y con esa disculpa me fue imposible levantarme hasta mucho tiempo después. Noté además que estaba bajo el influjo de una peligrosa indiferencia. Y cuando esto sucede por más que dejara de llover y ya no tuviera disculpa para salir a trabajar en la parcela, la indiferencia se había extendido en mí como una mancha de aceite al punto de impedirme enfrentar las tareas diarias con un mediano ánimo.

Al final decidí indagar en las tripas de ese desorden que me impedía pensar con claridad, y para ello encendí el ordenador. Quise someter el desorden de mi pensamiento recurriendo a la escritura. No es ni mucho menos la primera vez que recurro a la escritura para poner un poco de orden en mis ideas. Son cosas que conozco. El pensamiento interno tiene siempre un alto grado de entropía, de dispersión, de desorden, mientras que la escritura fuerza la reducción de la entropía, la escritura te obliga a elegir una frase, a poner una cosa después de otra. La escritura consume energía (tiempo, cansancio), pero crea orden en tus pensamientos.

En realidad escribir sería ir más allá del simple pensar –ese pensar que suele ser caótico, disperso, etcétera–, sería hacer un esfuerzo suplementario. Lo he expresado muchas veces por aquí: escribo para aclararme (aunque podría decir que en gran parte leo también para aclararme).

Leo por ahí que el pensamiento ordenado existe mientras hay energía vital, atención, tiempo; ahora, cuando esa energía y esa atención cesan, vuelve el desorden. ¿Qué sucede cuando nos relajamos, cuando nos negamos a poner orden en nuestro pensamiento? Me inquieta este interrogante, porque sabiendo que tantas veces mi pensamiento no es ordenado, no es capaz de encontrar un camino claro entre tantas posibilidades evanescentes que se presentan, sucede que es bastante probable que caiga una y otra vez en esquemas cerrados. Mi pensamiento se encierra en un puñado de verdades, “mis verdades”, se atrofia mi sentido crítico y quedo a merced de “lo que siempre he pensado”. Es decir, me momifico :-).

Creo que todo esto ya está empezando a surtir efecto en mi disposición matinal, tanto como para que ahora, que ha dejado de llover, me vuelva a las tareas que tengo pendientes en la parcela. Esta mañana hacer leña con la motosierra y despejar la rampa de restos vegetales y hojas. Bienvenida la escritura, no sólo como modo de poner orden en mi pensamiento, sino también como terapia.

Creo que no me conviene alargar el texto, sin embargo sí quisiera hacer una aclaración final a favor de la entropía y el desorden. El desorden mental no siempre es negativo. Lo he experimentado muchas veces en mis largas caminatas por la montaña. La dispersión mental que se produce cuando camino, las divagaciones en las que mi pensamiento se baña constantemente, son con frecuencia fuente de creatividad, ideas nuevas, una inesperada intuición. Las largas horas de caminar, amén del placer que conllevan, son una fructífera fuente de pensamientos y nuevas sugerencias.


viernes, 26 de diciembre de 2025

¿Derechona?

 



Recibo esta noche un largo escrito de Santiago Fernández que comparto totalmente y que ha conseguido que de nuevo las yemas de mis dedos vuelvan a acariciar las teclas de mi viejo portátil. Mi respuesta:

Mi admirado Santiago,

Admirado no sólo por tu disposición ante la adversidad, sino también por la fuerza y la indignación con que asumes nuestra degradante realidad política. A mí ya se me va menguando más y más la capacidad de indignación que me produce la realidad del mundo en que vivimos: “Harto de estar harto, ya me cansé / de preguntar al mundo por qué y por qué”. Así continúa Serrat: “Me iré tras una nube pa’ serle fiel / a los montes, los ríos el sol y el mar… /a ellos que me enseñaron el verbo amar”. Vamos, que apenas leo la prensa ni sé lo que sucede en el mundo y que prefiero serle fiel a la tierra y a los montes. Pese a todo esta noche has conseguido con tu largo mensaje ponerme de nuevo a teclear “algo” sobre el portátil. Abandoné casi todo, de momento, la montaña, las redes, y ahora me alimento del sol y de la tierra que he empezado a cultivar como un viejo colono, talar árboles, abonar, podar, cuidar el mundo vegetal y animal que me rodea. Así que tus palabras me llegan como eco en la lejanía, ese artículo en El Mundo que me mandas y que yo nunca leería entre otras cosas, recordemos a don Antonio, “Mala gente que camina y va apestando la tierra”, porque ya tengo muchos años y lo que no me gusta del mundo no lo cambia ni Dios.

Me comentas de una tal Analía Plaza, una más en el mundo de la inmundicia periodística (en El Mundo vino a caer, ahí es na…) y de un artículo en el que se dice que los jubilados nos estamos pegando la gran vida. Y te veo tan indignado ante algo que a mí me hace sonreír… que bueno, aquí estoy para dar cuenta de mi sonrisa. Sí, una de esas sonrisas que tanto podrían ser llorar de lástima, o decir de ellos que es para mear y no echar gota. Sin embargo hay algo en tu escrito que no me cuadra del todo, el hecho de que uses más de una vez la palabra “derechona” para nombrar a la derecha política de nuestro país. Y me choca la palabra “derechona” porque en absoluto, creo, se corresponde con lo que quieres denunciar, y que también denuncio yo. La abominable e infantil derecha que saca a tender sus calcetines sucios, su conciencia, en el tendedero de la prensa amarilla, se merece algo mucho más contundente, creo. “Derechona” tiene algo de diminutivo irónico que, más que cargar de gravedad moral la crítica, la amortigua. Ese sufijo -ona suena casi coloquial, incluso juguetón, y puede dar la impresión de una caricatura blanda, como si se estuviera señalando una excentricidad más que denunciando algo que se percibe como profundamente dañino.

Yo no sé como andará mi ánimo cuando tenga unos cuantos años más, pero cada vez más me imagino totalmente sordo y ciego a lo que sucede en el mundo. Un mundo que se nos ha llenado de psicópatas por todos los lados, y que una parte considerable de la población aúpa al poder, es un mundo cada vez más sin esperanzas. Piensa en el Pato Donald, en el tal Netanyahu, en los resultados de las últimas elecciones en Chile, en los incompetentes dirigentes de la Unión Europea, señores de la guerra todos. No leo más que los titulares de los periódicos, cinco minutos, y de verdad que dan ganas de llorar la cantidad de basura con la que se llenan portadas y portadas, basuras y comportamientos del Tribunal Supremo, de la derecha en general y sus periódicos que te hacen contemplar con incredulidad lo que ves. Y no me hables del novio de la IDA y del Quirón y de la cantidad de sinvergüenzas que como moscas vuelan constantemente alrededor del tarro de miel de la pasta. Gilipollas sin otro cometido en la vida que hacer dinero.

Todo esto y mucho más merece rotundos apelativos. Te dejo aquí una colección de adjetivos que con toda seguridad cuadran más acertadamente a nuestra derecha política, que aquello de “derechona”:  Abyecta, infame, nefanda, execrable, ignominiosa, miserable, ruin, sórdida, mezquina, rastrera, perversa, depravada, corrupta, vergonzante, indecente, indigna, detestable, repugnante, repulsiva. Como verás el castellano es riquísimo en apelativos con que bautizar no sólo cierta nefanda política sino, por supuesto, a todos los periodistas que nutren la prensa amarilla al ritmo de la voz de su amo.

Dejo aparte la ignorancia y los dos dedos de frente de la tal “periodista”. No merece la pena. Nuestro sistema de pensiones se basa en uno de los conceptos más hermosos que cabe encontrar en nuestra faceta social. Él se basa en ese otro concepto que llamamos solidaridad. Nosotros trabajamos durante décadas y contribuimos solidariamente con nuestro trabajo y dinero al mantenimiento y bienestar de los jubilados de entonces. Nuestra aportación no era una cuenta de ahorro para nuestra propia jubilación, sino un acto de solidaridad que se sucede generación tras generación. Mi generación satisfizo las necesidades de los jubilados de aquella época y la generación laboral actual hace lo propio con las personas acogidas al sistema de pensiones. Son conceptos simples que cualquiera puede entender, pero que como tantos asuntos sociales, la derecha nunca comprenderá. La derecha sólo entiende de codicia e insolidaridad.

 


lunes, 24 de noviembre de 2025

Arrancar raíces (también las del franquismo)


 

24/11/2025

Me pregunta Paco lo siguiente: “El gran misterio del mundo ¿porque triunfa el analfabetismo funcional? Y la inteligencia, la empatía y la solidaridad la machacan. ¿Sabes algo de esto?”.

Hoy estoy tan cansado después de todo un día intentando desenterrar las raíces de la hiedra que durante treinta años han poblado los alrededores de la furgoneta que desguacé estos días atrás, que incapacitado me veo para reflexionar.

El desenterrar las raíces, todas ellas formando un inextricable conglomerado en donde la tierra prácticamente ha desaparecido cediendo su lugar a ese vivo enmarañamiento, es un trabajo que, pienso, me va a llevar muchos días. Lo que pensé ventilármelo en una mañana se va a convertir en un curro de muchas jornadas. Como la vida misma. Pensaba, mientras trajinaba con la desbrozadora, el azadón y una pequeña motosierra, en otras raíces, en las raíces que el franquismo echó en nuestras vidas y en las de nuestros padres, a lo largo de tantas décadas. Pensamos, ingenuos nosotros, que tras la muerte de Franco, esas raíces desaparecerían en unos años con la llegada de la democracia… tararí que te vi. Raíces echó el franquismo, tupidas y crecidas hasta lo más hondo del suelo social nacional durante décadas. Lo vemos estos días en el juicio al Fiscal General del Estado, lo vemos atónitos ahora… todo lo peor del franquismo saliendo desde el fondo de las alcantarillas. Sus raíces se extienden a todos los estamentos del Estado, las raíces perforan el suelo nacional… Y Paco me pregunta cómo ese analfabetismo funcional, acrítico y tribal, triunfa en nuestro país. RAÍCES, no las de la hiedra de mi furgoneta, las raíces que han crecido a lo largo de las décadas en el suelo fértil de la ignorancia, la insolidaridad, el caciquismo, el blando cerebro de una población negada a ejercer el sentido crítico, negada a pensar por sí misma. Con esta introducción ya casi contesto a Paco. Pero bueno, pese a mi cansancio por el trabajo de desenterrar raíces –imaginar desenterrar las otras raíces, las del franquismo, será trabajo prometeico–  voy a hacer el pequeño esfuerzo de contestar a mi amigo.

Esto le decía esta misma tarde: Llevo unos días en que mi atención se dirige a Simone Weil, un descubrimiento intelectual dirigido a enfatizar algo que para esta mujer era fundamental, la atención. El último libro de Byung-Chul Han, Sobre Dios, pensar con Simone Weil, parte del pensamiento de esta intelectual. Vamos camino de una superficialidad que crece al pairo de las nuevas tecnologías donde la atención dispersa, la velocidad con que pasamos sobre los acontecimientos, hacen imposible una reflexión profunda sobre lo que estamos viviendo. Para Simone Weil, años 30-40 del pasado siglo, la atención dispersa genera superficialidad (su equivalente del analfabetismo funcional moderno). Parecemos estar en todo, tener a nuestra disposición todo, información, ciencia, cultura, etcétera y sin embargo el conocimiento cabal, la comprensión de la realidad, se nos va por los imbornales.

En un panorama donde la reflexión y la atención están de vacaciones, no hay tiempo para ellas, lo más fácil es recurrir a la identificación tribal, política o cultural, todo se va reduciendo a admitir la tesis del Real Madrid o su contrario. Todo se reduce a “ellos” o “nosotros”. La velocidad de los intercambios y la enajenación del yo, inmerso en el trasiego de las redes y la velocidad con la que tiempo transcurre –esa vida líquida de la que escribe Bauman–, lo que se dice, los megusta, reduce la posibilidad de prestarle la debida atención a la complejidad.

Hacerle frente a la complejidad, extremar nuestra atención, esa atención plena de la que Simone Weil decía que consiste “en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable a lo real”, seguro que es una buena medicina para curar el analfabetismo funcional. Y para más abundancia: “La única facultad de la que dispone el pensamiento para introducirse en la verdad es la atención”.

Sí, qué arduo trabajo el de desenterrar profundas raíces… trabajo prometeico, decía más arriba. Recordaréis que Prometeo era un titán conocido por su astucia y su amor hacia la humanidad. En un acto de rebelión contra Zeus, Prometeo roba el fuego divino, que simboliza el conocimiento, la tecnología y la civilización y lo entrega a los humanos. Algo que a Zeus, que iba a su bola, no gusta, por lo que ordena que Prometeo sea encadenado. Y como no hay penas que mil años duren, Prometeo termina siendo liberado. Ah, ese amor a la humanidad tan olvidado, esa inteligencia, esa empatía y esa solidaridad, seres desterrados en nuestros días que han sido sustituidos por la zafiedad de ciertos jueces, por una imbecilidad que se extiende como mancha de aceite desde la presidencia de la Comunidad de Madrid hasta las mismísimas puertas del reino del Pato Donald.