El Chorrillo, 17 de octubre de 2026
Sonó el despertador, me despabilé, abrí los ojos, en la copa de los árboles ya se había colgado el dorado de la mañana. Es otoño. El tiempo estaba colgado en las hojas que la brisa movía con delicadeza. El tiempo, ¿qué es ese el tiempo que pasa sobre nuestras vida también como una brisa poniéndonos en ocasiones nostálgicos, otros inevitablemente tristes porque nuestras ganas de vivir quisieran acumular primaveras por toda la eternidad, en unas pocas ocasiones jodidamente despacio cuando el dolor se remansa sobre nuestro ánimo?
Más allá de la ventana las hojas de los olmos empiezan a caer como primeros copos de nieve. El tiempo, ese del que Heminway decía que era el río de la vida en donde él echaba el sedal de su caña de pescar cada mañana.
Hoy no me levantaría en todo el día de la cama. Mi cabaña no es my castle, como dicen los ingleses, mi cabaña es un útero en medio del universo y el tiempo y yo estoy dentro de él como quien contempla las llamas de la chimenea, absorto, intentando comprender qué es esto, la vida. Para el amigo Antonio con el que hablé por teléfono ayer, la vida con sus 76 años era poder escalar todavía un 7B e ir con uno de sus muchos nietos al rocódromo, era su familia, sus amigos. Para otro que tiene diez años más, el amigo Carlos Soria, era poder seguir cada mañana trepando por los senderos y los piedros de la Pedriza; para otro, éste de 89 años, mi caro amigo Eduardo, la vida era penetrar las profundidades de las manifestaciones de la tierra y las montañas, rescatar para la memoria y los libros la historia las vibraciones del planeta. Por todos ellos corre la inquietud de la vida, vidas que yo miro esta mañana con expectación como quien ve esos gruesos copos de nieve caer sobre la blandura del suelo de mi parcela, que hoy es verde brillante y que acaso se mude más adelante en alguna ocasión al blanco níveo del invierno.
A la cabecera de la pantalla en la que escribo, anoche dejé una escueta nota que acaso fuera una advertencia a recordar. Esto decía: “Mantener el cerebro activo”. Es la única posibilidad que me queda para estos meses que vienen de forzado reposo. Y me digo que tampoco está mal la idea de llenar las horas del día dejando campar a la materia gris del cerebro a sus anchas por aquí y allá de la realidad. Esta misma mañana de no hacer nada. Bájame una estrella mientras tanto, escribiría Míriam García Pascual. Míriam había encontrado una manera muy especial de estar en el mundo. La navarrica escribió en su libro: «Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad»; no era de las personas que se dejan arrastrar por la vida, más bien la embestía con la fuerza de su juventud y su pasión. Murió con sus compañeros bajo una avalancha mientras escalaban en India el Meru Norte. ¿Para qué querría Míriam que le bajaran una estrella?, me pregunto. Míriam además de escaladora era poeta, «Viajé con la ilusión de llegar a ser un pájaro y volar cada vez más alto», escribe en su libro, sin embargo la realidad la sepultó bajo la nieve de sus amadas montañas.
Volar, navegar, como lo hiciera Julio Villar, la soledad entre las olas, un petrel que se posa en el velamen de su pequeña embarcación, la libertad llenando los poros todos de su cuerpo.
En cosas así pienso esta mañana de vagancia bajo el edredón.
Estos días leo simultáneamente dos libros, una novela, El sentido de un final, de Julián Barnes, y Dar cuenta de sí mismo, de la ensayista y filósofa Judith Butler, y resulta que llegando a más de la mitad de lectura del primero me encuentro con que ambos son totalmente complementarios, que atienden a la percepción que tenemos de nosotros mismos con una crudeza que te produce vértigo. ¿Seriamos capaces de reconocernos a nosotros mismos si alguien pudiera dar cuenta de una biografía personal retrospectiva de muchas partes de nuestro pasado? El protagonista de la novela ha olvidado totalmente detalles de sus actos que el tiempo o el remordimiento han enterrado en las profundidades de su memoria, y ello hasta que recibe una de sus propias cartas donde se testifica de su puño y letra eso que la memoria había enterrado.
Butler por su parte, atenta a los débitos que tenemos con la sociedad, levanta sospechas desde las primeras páginas de su libro sobre esa supuesta autenticidad de que somos obra de nosotros mismos. Butler transmite la sensación de que la sociedad nos moldea mucho más allá de lo que queremos aceptar, que es como decir que somos menos nosotros mismos de lo que creemos. Nos aferramos a nuestro yo como obra propia que hemos ido escupiendo a lo largo de la vida, y Butler trata de desmentir esa impresión desde la fría disección filosófica. Y yo, que esta mañana acompaño a Julio Villar y a Míriam en sus viajes por la tierra fértil de sus intuiciones más allá del mundo y sus condicionantes, soy incapaz de aceptar que la autora de Dar cuenta de sí mismo pueda comprender lo que corre por el corazón y el cerebro de Julio o de Míriam. Pienso que no cabe en la fría disección filosófica, a no ser que el diseccionador se llame Eduardo Martínez de Pisón, o cualquiera otro experimentado montañero filósofo que el mundo de la montaña nos ha regalado, encontrar los porqués de unas vidas que se rigen por unos parámetros ajenos al común de los mortales.
Contemplo ahora el interior de mi cabaña, algunos cuadros que pinté el pasado año, un hombre en la soledad de una habitación desnuda que apoyada la cabeza en una mesa, yo mismo; otro hombre sobre la cumbre del pico Anie contemplando un espléndido atardecer, yo mismo; un lienzo de una niña abandonada a su suerte que encontramos en las Hurdes hace medio siglo; una fotografía de un desnudo de una novia que tuve en mi madurez; yo mismo en disposición de poder engendrar un nuevo ser; en fin, una mamá India con su nene en brazos que contempla el crepúsculo sobre el mar de Bengala. Y me dejo llevar por la mañana balanceado por la música de la barcarola de los cuentos de Hoffman de Offenbach.
Casi mediodía. Ya va siendo hora de levantarse.






