sábado, 17 de octubre de 2026

¡Buenos días!


El Chorrillo, 17 de octubre de 2026 

Sonó el despertador, me despabilé, abrí los ojos, en la copa de los árboles ya se había colgado el dorado de la mañana. Es otoño. El tiempo estaba colgado en las hojas que la brisa movía con delicadeza. El tiempo, ¿qué es ese el tiempo que pasa sobre nuestras vida también como una brisa poniéndonos en ocasiones nostálgicos, otros inevitablemente tristes porque nuestras ganas de vivir quisieran acumular primaveras por toda la eternidad, en unas pocas ocasiones jodidamente despacio cuando el dolor se remansa sobre nuestro ánimo? 

Más allá de la ventana las hojas de los olmos empiezan a caer como primeros copos de nieve. El tiempo, ese del que Heminway decía que era el río de la vida en donde él echaba el sedal de su caña de pescar cada mañana. 

Hoy no me levantaría en todo el día de la cama. Mi cabaña no es my castle, como dicen los ingleses, mi cabaña es un útero en medio del universo y el tiempo y yo estoy dentro de él como quien contempla las llamas de la chimenea, absorto, intentando comprender qué es esto, la vida. Para el amigo Antonio con el que hablé por teléfono ayer, la vida con sus 76 años era poder escalar todavía un 7B e ir con uno de sus muchos nietos al rocódromo, era su familia, sus amigos. Para otro que tiene diez años más, el amigo Carlos Soria, era poder seguir cada mañana trepando por los senderos y los piedros de la Pedriza; para otro, éste de 89 años, mi caro amigo Eduardo, la vida era penetrar las profundidades de las manifestaciones de la tierra y las montañas, rescatar para la memoria y los libros la historia las vibraciones del planeta. Por todos ellos corre la inquietud de la vida, vidas que yo miro esta mañana con expectación como quien ve esos gruesos copos de nieve caer sobre la blandura del suelo de mi parcela, que hoy es verde brillante y que acaso se mude más adelante en alguna ocasión al blanco níveo del invierno. 

A la cabecera de la pantalla en la que escribo, anoche dejé una escueta nota que acaso fuera una advertencia a recordar. Esto decía: “Mantener el cerebro activo”. Es la única posibilidad que me queda para estos meses que vienen de forzado reposo. Y me digo que tampoco está mal la idea de llenar las horas del día dejando campar a la materia gris del cerebro a sus anchas por aquí y allá de la realidad. Esta misma mañana de no hacer nada. Bájame una estrella mientras tanto, escribiría Míriam García Pascual. Míriam había encontrado una manera muy especial de estar en el mundo. La navarrica escribió en su libro: «Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad»; no era de las personas que se dejan arrastrar por la vida, más bien la embestía con la fuerza de su juventud y su pasión. Murió con sus compañeros bajo una avalancha mientras escalaban en India el Meru Norte. ¿Para qué querría Míriam que le bajaran una estrella?, me pregunto. Míriam además de escaladora era poeta, «Viajé con la ilusión de llegar a ser un pájaro y volar cada vez más alto», escribe en su libro, sin embargo la realidad la sepultó bajo la nieve de sus amadas montañas. 

Volar, navegar, como lo hiciera Julio Villar, la soledad entre las olas, un petrel que se posa en el velamen de su pequeña embarcación, la libertad llenando los poros todos de su cuerpo. 

En cosas así pienso esta mañana de vagancia bajo el edredón. 

Estos días leo simultáneamente dos libros, una novela, El sentido de un final, de Julián Barnes, y Dar cuenta de sí mismo, de la ensayista y filósofa Judith Butler, y resulta que llegando a más de la mitad de lectura del primero me encuentro con que ambos son totalmente complementarios, que atienden a la percepción que tenemos de nosotros mismos con una crudeza que te produce vértigo. ¿Seriamos capaces de reconocernos a nosotros mismos si alguien pudiera dar cuenta de una biografía personal retrospectiva de muchas partes de nuestro pasado? El protagonista de la novela ha olvidado totalmente detalles de sus actos que el tiempo o el remordimiento han enterrado en las profundidades de su memoria, y ello hasta que recibe una de sus propias cartas donde se testifica de su puño y letra eso que la memoria había enterrado. 

Butler por su parte, atenta a los débitos que tenemos con la sociedad, levanta sospechas desde las primeras páginas de su libro sobre esa supuesta autenticidad de que somos obra de nosotros mismos. Butler transmite la sensación de que la sociedad nos moldea mucho más allá de lo que queremos aceptar, que es como decir que somos menos nosotros mismos de lo que creemos. Nos aferramos a nuestro yo como obra propia que hemos ido escupiendo a lo largo de la vida, y Butler trata de desmentir esa impresión desde la fría disección filosófica. Y yo, que esta mañana acompaño a Julio Villar y a Míriam en sus viajes por la tierra fértil de sus intuiciones más allá del mundo y sus condicionantes, soy incapaz de aceptar que la autora de Dar cuenta de sí mismo pueda comprender lo que corre por el corazón y el cerebro de Julio o de Míriam. Pienso que no cabe en la fría disección filosófica, a no ser que el diseccionador se llame Eduardo Martínez de Pisón, o cualquiera otro experimentado montañero filósofo que el mundo de la montaña nos ha regalado, encontrar los porqués de unas vidas que se rigen por unos parámetros ajenos al común de los mortales. 

Contemplo ahora el interior de mi cabaña, algunos cuadros que pinté el pasado año, un hombre en la soledad de una habitación desnuda que apoyada la cabeza en una mesa, yo mismo; otro hombre sobre la cumbre del pico Anie contemplando un espléndido atardecer, yo mismo; un lienzo de una niña abandonada a su suerte que encontramos en las Hurdes hace medio siglo; una fotografía de un desnudo de una novia que tuve en mi madurez; yo mismo en disposición de poder engendrar un nuevo ser; en fin, una mamá India con su nene en brazos que contempla el crepúsculo sobre el mar de Bengala. Y me dejo llevar por la mañana balanceado por la música de la barcarola de los cuentos de Hoffman de Offenbach. 

Casi mediodía. Ya va siendo hora de levantarse. 




viernes, 16 de octubre de 2026

Dejando el hospital a mi espalda

 


Hospital San Francisco de Asís, 16 de octubre de 2026

Tu comentario (para la comprensión de lo que sigue, sólo en parte, me remito al enlace) daría para una larga discusión que no puedo aprovechar mientras liquido mi estancia en el hospital o sí porque ésta se dilató más tarde. Quizás la diferencia fundamental entre tus planteamientos y los míos esté en que yo pretendo explorar una pregunta, en qué consiste tener una vida interesante, me preguntaba al principio del post, mientras que tú o al menos eso creo, desarrollas una tesis. Yo no sé efectivamente muchas veces cómo concluiré un texto, que en realidad suele ser una indagación sobre la realidad o sobre mí mismo, mientras que cuando te leo tengo la impresión de que tú partes generalmente de una tesis que desarrollas, como es el caso en esta ocasión, con una encomiable hilazón lógica. Ya sabes que esa línea de razonamiento no es mi fuerte. Yo intento aclararme, comprender el mundo desde la sintaxis de mi propio corpus mental y es en ese intentar comprender dónde puedo chocar con la lógica de un complejo sistema en donde tengo que abrirme paso como un nadador principiante que trata de mantenerse a flote. A mí siempre me ha resultado cara la idea de esos niños que con ojos de plato se abren admirados a la vida, ese bebé que intenta en su incipiente inteligencia a organizar aquello que atraviesa sus ojos. De ahí quizás venga mucho de mi historia personal. Fui al colegio pero no hice el bachillerato, hice una rama que llamaban de comercio en los Salesianos destinada a los que por extracción social o económica se convertirían en carne de cañón del sistema económico, lo que no me impidió ser el primero de la clase durante varios cursos. Y más tarde, cuando empecé de adolescente a organizar mi vida, decidí hacer el bachillerato y Preu por libre. Creo que en tres o cuatro años lo hice todo. Entré en la Universidad sin haber pisado un aula. Todo este rollo para intentar acercarte al modo en que mi pensamiento se fue abriendo paso en la vida. Tenía bastante claro por entonces lo que quería, lo que en la Universidad tuve que traducir en sacar una media en toda la carrera de sobresaliente para tener acceso directo a un puesto de trabajo en la escuela.

En tu comentario predomina, creo, la consolidación de una tesis que pienso está previamente establecida en razón de tu formación y en una percepción del mundo, quizás también en una experiencia vital, determinada. Algo como si fuera difícil cuestionar, mientras que la mía, con una experiencia diferente muy marcada por el autodidactismo, unas lecturas anarquicas, acaso, que me llevaban de una parte a otra de la concepción de la realidad, hicieron que derivara, imagino, hacia un modo de ver la vida un tanto peculiar.

Estaba terminando este párrafo cuando entró una monjita a visitarme (monjita, sí, pequeñita, amable, lleno su rostro de dulzura). Enseguida le dije que no era creyente pero que apreciaba en las veces que he estado en este hospital ese cristo crucificado que cuelga en todas las habitaciones, le conté de mi historia de niño de comunión diaria y de mi alejamiento de la religión, un alejamiento que se compatibilizaba de joven con la lectura frecuente del Evangelio. Fue una conversación amable, hasta diría que cariñosa. Le comentaba que aunque ateo tenía que reconocer que una parte considerable de mi cercanía infantil a la religión marcó mi forma de pensar en algunos aspectos). Y a continuación entró la enfermera, un encanto de mujer que me llega a recordar  a otra mujer de su edad que nos atendió en un albergue del Camino de Santiago y que me dejó una bonita impronta. Ella era poeta y pintora. Había pintado los murales de la iglesia de su pueblo subida en altos andamios y además sus poemas eran un elogio de sencillez. Volví a encontrármela ayer en el guasap y me alegró la tarde. Confieso que la relación con mujeres mayores producen en mí una cierta clase de ternura y empatía.

Y bueno, sigo con mi historia que gusto me da en ocasiones poder irme de un lado a otro sin el correctivo del corsé de una disciplina. Voy a ver primero por dónde andaba.

Hay preguntas que inevitablemente saltan al tablero, tal como esa de si la identidad de una persona reside en los momentos de plenitud que ha vivido o en su capacidad para seguir construyendo una vida significativa cuando esos momentos ya no están a su alcance. Algo que me concierne personalmente y que expresaba al final del post de que siempre nos esperará París, una posibilidad, una opción B que probablemente sólo dependerá de mí y de mi adaptación a las circunstancias. Y, por supuesto, y estoy de acuerdo contigo, la opción de Kore-eda me parece falsa, una manera de profundizar en algunos puntos de la realidad y hacer visible qué sí o qué no es lo que en la vida realmente ha sido importante, o te ha dejado simplemente una impronta; no me parece que su planteamiento sea desechar toda aquella otra experiencia, eso que constituye una parte tan importante de nuestro vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 15 de octubre de 2026

El dios de las pequeñas cosas



Hospital San Francisco de Asís, 15 de octubre de 2026

Bueno, pues sucede que como se suele ver con frecuencia en este blog la vida, con todos los altibajos que se quiera, demasiados en ocasiones, termina siendo hermosa cuando la mirada, suave como el vuelo  de la paloma, se tiende sobre la gente que nos rodea con la disposición de quien está a gusto en la vida, pues eso, a mal tiempo buena cara. Escribo desde la cama del hospital, que abandonaré mañana por la mañana para irme definitivamente a casa.

Existen ocasiones en que sobran motivos para estar agradecido a la gente que te rodea, enfermeras, cirujanos, la simple señora que te sirve la cena. Yo tengo que acusarme con frecuencia de estar enfadado con el mundo; no es que sea injusto, es que las posibilidades del lenguaje para intentar no generalizar son limitadas, tendríamos que poner en nuestras afirmaciones tal grado de matices y excepciones que harían excesivamente largo nuestro discurso. Y sí, vivimos unos tiempos en que si vas más allá de las pocas palabras del Twitter, no te lee ni Dios. El camino termina entre el perejil, como dice aquel adagio oriental, así que nada de prisas parece ser la consecuencia; pero aquí en Occidente las cosas no funcionan así, aquí el camino es una carrera de marica el último para llegar a no se sabe dónde porque no tenemos tiempo para preguntárnoslo ni para buscar la respuesta adecuada.

Es el caso que ralentizándose la vida como se me ralentiza últimamente a la espera de que mi cuerpo pueda normalizarse totalmente, siento, por ejemplo, un rebrote de mi empatía hacia la gente que me rodea, no sólo aquí, sino también en la calle y en los transportes públicos, que no siendo nada común en mí, me anima a salir de mi aislamiento y echar una mirada menos crítica a lo que me rodea. Y por cierto no olvido a los amigos de las redes sociales con los que, alegría me ha dado, me he vuelto a encontrar desde hace unos días.

Los tímidos y solitarios con nuestras pequeñas extravagancias podemos crear malentendidos a nuestro alrededor con nuestra aparente distancia, sin embargo es un hecho que la distancia no es tal. Lo noto yo especialmente esta temporada en que aislado por razones de enfermedad o por un ánimo poco propicio, cuando de algún modo termino por acercarme a los otros, amigos, conocidos, me encuentro con un calorcito humano que me reconforta.

Hoy antes de ir al hospital quise pasarme por Sol. Quizás eso tenga que ver también con mi estado de ánimo. Sentirte junto a la gente, aunque sea esta vez de un modo tan de espectador, te hace sentir esa realidad de que el mundo no es una pura mierda. La solidaridad de la gente actúa sobre el ánimo como los catalizadores en las reacciones químicas. La acampada de Sol actúa por tanto cómo catalizador de agrupamiento de voluntades. No creó la solidaridad, que ya estaba ahí, escondida en tantas personas, sin encontrar el modo de manifestarse. Lo que hizo fue activar esa solidaridad latente, ponerla en contacto consigo misma, permitir que quienes se sentían solos descubrieran que no lo estaban. Y parece una paradoja que sintiéndonos tan pesimistas en este mundo en donde la voracidad del sistema económico la llegamos a introyectar hasta el punto de hacernos pensar que no existe ninguna otra alternativa, el resurgir desde las entrañas de la sociedad esta acampada y las manifestaciones que la acompañan, nos parezca un milagro.

Desde mi propia situación personal la acampada de Sol cabría compararla con ese mi propio “descubrimiento” que me proporcionaba hoy la gente con la que me cruzaba. Sentado plácidamente en el metro miraba enfrente; me encontré con un hombre que tenía una sonrisa que le ocupaba toda la cara. No, no miraba ningún teléfono. Seguramente estaba del todo metido en la amabilidad de un recuerdo. Sin embargo no paraba ahí el espectáculo porque a nuestra derecha teníamos sentada a una joven cuya sonrisa leyendo lo que que aparecía en la app del guasap era tan encantadora, tan de una persona tan enteramente feliz que era capaz de contagiar su felicidad a los que la estábamos contemplando. Su felicidad la dejaba fuera de sí en la entera compañía de la experiencia que estaba viviendo.

Encantador encontrarte en un simple y rutinario viaje del metro con esa pizca de felicidad que rezuman otras personas. Placeres hay en la vida que me vuelven a recordar algunas secuencias de la película que vi ayer, After Life, en que a personas fallecidas, tras la muerte les piden que expresen el momento más dichoso de su vida. El resultado iluminaba realidades del hombre que en trato diario acaso pasarían inadvertidas, asuntos de una sencillez que sin embargo quedan grabados en el alma que se sincera como hechos, como sucedía en la película, para pasar toda la eternidad  reviviéndolos. En el film el resto de los recuerdos quedan borrados para siempre. Sí, El dios de las pequeñas cosas (Arundhati Roy). Quizás fuera ese dios precisamente el que me ha estado visitando durante todo el día, incluido ese de las pequeñas bromas que he cruzado con el urólogo esta tarde tras la operación.

 

 

 


miércoles, 14 de octubre de 2026

Una vida interesante

 


El Chorrillo, 14 de octubre de 2026

¿En qué consiste tener una vida interesante, me pregunto. Cuando crees vivir una vida interesante o también cuando recuerdas y tienes esa sensación de plenitud que te visitó en algunos momentos, ¿en qué piensas? Ayer comencé a ver After life, de Kore-eda; espero terminarla esta noche. Allí había personajes ya fallecidos de todas las edades a los que se les pedía expresar el recuerdo más significativo de su vida. Sirve la película para dar un repaso a la existencia y tratar de considerar qué fue aquello en tu vida que crees que fue más significativo, qué es lo que más estaba relacionado con la idea que tienes de tu propia plenitud. Como se trata de sondear en los momentos en que hasta a ti ha llegado una suerte de inesperada felicidad, yo personalmente  quizás señalaría el anonimato de un día después de una noche de lluvia ininterrumpida bajo el techo de mi pequeña tienda de campaña en que a la mañana siguiente no tuve más remedio, estaba en Alpes, que ponerme a caminar bajo la misma lluvia. Embutido en mi equipo de agua ascendía por una ladera bajo el chaparrón cuando de repente me visitó una enorme sensación de bienestar. Además por la noche un zorro había entrado en mi tienda y se había llevado toda mi comida. Estaba en un precario tan notable que no hubiera sido difícil imaginarme sintiéndome un desgraciado, y sin embargo, posiblemente son esos momentos de rara plenitud los que me vienen ahora a la cabeza si me hicieran la misma pregunta que les hacen a los personajes de After Life.

Con este ejemplo en mente no me es difícil saber en qué podría consistir una vida interesante, bien que se trata de un adjetivo no del todo correcto para definir algo que concierne a un estado del alma que podríamos llamar de felicidad. Hay quien sostiene, sería el caso de Judith Butler, que necesitamos escuchar la vida de los demás para comprender la nuestra. Piensa Butler que quizá no seamos capaces de reconocer lo que ha significado nuestra propia existencia hasta que descubrimos lo que hemos significado para otra persona.  Recuerdo que leyendo a cierto autor francés actual (a la mierda con mi memoria) me encontré con un bonito paraje en que el autor decía que no sabemos nosotros lo mucho que podemos estar en el corazón de los otros. Es una idea atractiva que encaja con la idea de Butler, pero que me deja con el culo al aire, porque siendo tan entrañable la idea, encuentro que mi habitual timidez y rubor la encaja con dificultad.

De todos modos es una idea colateral a lo que trato de buscar, que sería encontrar en qué consistiría un vida interesante, qué es lo que la define al margen de la relación que tengamos con otros. Es evidente que haciendo esta pregunta a gente diferente los resultados pueden ser totalmente dispares. En mis caso concreto la afición a la montaña, por serme tan cercana quizás podría servir para extraer alguno de los elementos que pueden coadyuvar a eso que llamamos vida interesante. Digamos que esa vida interesante no se da gratuitamente y que requiere esfuerzo, que te obliga a poner en juego de forma muy especial tu forma física, tus capacidades, que llega a ti como un regalo en que tu soledad desde un vivac en lo alto de una montaña te pone en relación con el Universo, un momento en que tu yo y el Universo se funden formando parte de la misma cosa; cuando tú, la lluvia, el esfuerzo y la noche forman también un todo. Una vida interesante… cuando eres dueño y señor de tu vida y no te dejas depender de presiones exógenas, cuando te asomas a la vida activo, guerrero, dispuesto a comerte el mundo. Aquello que te llena por dentro, que te hace feliz.

En mi situación actual sin más seria difícil hacer una vida interesante sin poder poner a prueba mi cuerpo y mi resistencia después de tanto hospital, sin poder gozar el placer de unas piernas fuertes, sin, en fin, catar la miel de la soledad en comunión con el universo nocturno. No descarto que en el futuro pueda encontrar otros “juguetes”, si fuera el caso que mi situación se prolongara. Me consuelo no obstante pensando que siempre me quedará París, los libros, la escritura, el estudio, las conversaciones con los amigos, la pintura… llegado el caso…

En fin, mejor no especular con el futuro. Vivir a secas, o mejor simplemente existir, la verdad no es que sea algo muy apetecible. O quizás sí, siempre que nos quede París.

Mi post queda inconcluso. Veré si mañana, que es día de quirófano, atino a tener un rato para tratar de comprender los aspectos oscuros de la película y comentarlos.

 


No sólo la ignorancia, claro

 


El Chorrillo, 14 de octubre de 2026

Entra Victoria en la cabaña enfadadísima para comentar no sé qué de la decisión del Tribunal Supremo y está tan enfadada que se va de un lado a otro del mundo con su charla, Colombia, Chile, Argentina, Estados Unidos… tan enfadada que no deja títere con cabeza. Y hablamos un poco y yo, escéptico, miro hacia el campo mientras la oigo. Es triste llegar a nuestra edad y comprobar cómo anda el mundo entre locos, fanáticos, ignorantes y gente que sólo busca su propio interés. Y en ello estamos cuando entran algunos guasaps. Son de nuestros hijos que en este momento están en Sol tomando parte en las manifestaciones de la enseñanza… Menos mal, me digo, menos mal que más allá de la mierda que fermenta por todos los lados, desde el Tribunal Supremo hasta los curritos que la extrema derecha ha fanatizado, todavía nos queda la constancia de que pese a todos los pesares las calles pueden llenarse con el grito de la indignación. Admiro a todos los que en estas circunstancias todavía son capaces de resistir a esta nefanda infamia que como mancha de aceite va extendiéndose en el cuerpo social del país.

Soy consciente cuando comienzo estas líneas, y cuando me expreso en otros escritos manteniendo que la ignorancia es el elemento sobre el que pivota el desplazamiento del voto hacia la derecha, que aquella, la ignorancia, por sí misma no tiene capacidad para tanto desplazamiento ideológico; existen otras razones y entre ellas está la que tienen su origen en la escasa capacidad, las ganas, que se pone en pensar. ¡Es tan trabajoso pensar, relacionar hechos, analizar causas y reconocer cuándo alguien manipula nuestra percepción de la realidad! Es tan trabajoso que no hay organización política, medios y redes que no conviertan por la vía de la emotividad ese malestar en una historia sencilla, emocional y repetitiva. La capacidad de la derecha y la extrema derecha de construir un relato que toque las fibras emocionales de los destinatarios de su discurso, es obviamente grande y por ende importante sí, un acierto para sus propósitos el uso que hacen dando explicaciones de los problemas globales de la sociedad, primero, basadas en la emotividad y, segundo, atribuyendo, con una simplificación que cuaja entre sus oyentes, los problemas sociales a factores que pueden incidir en sus votantes como desencadenantes de un descontento. La simplificación de los argumentos y las atribuciones de males sociales, o cualquiera otros, cumplen ante una población poco dada a analizar y relacionar hechos dispares, y por consiguiente simplificándolos, el objetivo de crear un clima de malestar frente al  gobierno de la oposición. Los inmigrantes, el feminismo, las élites culturales, los ecologistas, o cualquier otro colectivo pueden convertirse, según el contexto, en el culpable de problemas muy diferentes. Busca un chivo expiatorio y tuyo será el reino de los cielo J.

El déficit de la capacidad de comprensión global, de relacionar, de hacer el esfuerzo de pensar, que eso sí podemos, digamos, atribuir a muchos al votantes corrientes, hace que el resultados de una elecciones dependan en gran medida de la capacidad de los políticos en juego, o de los técnicos que les asesoran, de convencer a esa característica grey tan mediatizada por la propaganda, las falsas conclusiones o las falacias de un discurso sesgado que pone las is sobre las haches. En este sentido  la inseguridad material, o el miedo al futuro crean una demanda de explicaciones ante las cuales el éxito político depende, en parte, de quién consigue dar forma a ese malestar y, como correlato, asignando ese malestar a un culpable, en nuestro caso Pedro Sánchez convertido por obra y gracia de la propaganda en la némesis de la derecha española.

 

 


martes, 13 de octubre de 2026

La gente del Cercanías


 

El Chorrillo, 13 de octubre de 2026

Coño, y es que meto la cabeza en este o aquel libro y lo que descubro es que soy un ignorante y, por supuesto, un desmemoriado. Tiene cojones la cosa, que escriba como un descosido estas mañanas y que por la tarde, cuando abro un libro de Julián Barnes o la filósofa británica Judith Butler descubra que soy un perfecto ignorante. Y no pienso, es evidente, en esos que en un post anterior aparecían como votantes al modo de los que constantemente van detrás de Hamelin y su flauta, sino exclusivamente en mí, aspirante a escribidor que cuando hace de lector tropieza constantemente con ideas o párrafos que, Dios santo, vaya usted a saber medianamente lo que se dice allí. Menos mal que en la novela que he comenzado, El sentido de un final, de Julián Barnes, allí ya me encuentro con una banda de jóvenes listillos buenos lectores que también hacen cabriolas exhibitorias con sus recientes lecturas: a mal de muchos consuelo de tontos, sí.  

Un gorrión da saltitos sobre el suelo de la estación de Villaverde Alto. Hoy he estado de viaje, que decía tiempo ha una vecina de nuestro pueblo cuando iba de compras a Madrid, quizás el más largo trayecto que habían hecho en su vida. Primero fue acompañar a mi hijo Mario a una prueba médica en el hospital y luego… va, es lo mismo. El caso es que hoy la calle, el metro y el tren de cercanías eran una fiesta de rostros. Todos me interesaban, en todos intentaba adivinar una vida, qué hacían, qué pensaban mientras miraban por la ventanilla. Era interesante. También en algunas pasajeras intenté adivinar la oscuridad de su chichi. ¿Será ese interés mío una enfermedad? ¿Será que soy un viejo verde, como decía una antigua novia de mis años de madurez cuando se enfadaba conmigo? Era magnífico sentir ese inesperado interés por la gente, hasta por los criajos pequeños que me sonreían cuando les hacía señas con la mano. Me encontraba bien con los pasajeros y hasta me resultaba chocante reconocer la profunda humanidad que encontraba en todos ellos, algo que chocaba, también profundamente, todo hay que decirlo, con esa idea que mantengo tan a menudo de pensar que la mitad de la humanidad está en las nubes o son... Pero bueno, olvidemos hoy este aspecto de la realidad que tan íntimamente convive con la supuesta bonhomía que hoy veía en los pasajeros o los viandantes de la Castellana. Y pienso que quizás lo que está haciendo mi cuerpo en este momento es huir de mi disposición a querer echar todos los males de la sociedad a estos o a aquellos, algo que evidentemente puede afectarme en el sentido de verme a mí mismo como un tipo raro que va a contracorriente de lo que es común en la calle, lo cual, siendo como somos seres sociales y pensando que una parte importante de lo que somos se lo debemos a la sociedad en la que hemos crecido, pues que no encaja en la pretendida armonía de la que todos queremos disfrutar. No vale aquello del Evangelio de estás conmigo o estás contra mí. Todos queremos una sociedad justa y solidaria y nos cabreamos con aquellos que…, sin embargo… sin embargo ¿qué?, porque tendría que haber un qué, una especie de síntesis que conciliara mi vieja disposición de echar la culpa de todos los males a determinados votantes, ahora más que ciudadanos somos votantes, peces en el río del país donde intentarán pescar los políticos; que se conciliara, digo, con una disposición más moderada.

Pero, me pregunto,  ¿es posible una conciliación? Me temo que no, y lo que sucede es que amaneció soleado, ese sol de otoño que parece una caricia, amaneció soleado y mi ánimo me dispuso a mirar a la gente de otro modo. Apenas salgo de casa y allí entre libros y frías consideraciones veo el mundo tan jodido… El caso es que cuando abandono mi soledad y me encuentro con el mundo, con la gente de la calle, parece como si ese mundo no se correspondiera con el primero, de modo que la gente, ese genérico tan improcedente y equívoco, pasaba hoy de ser idiota de remate por votar a esa imbécil que está a la cabeza de la Comunidad de Madrid, a ser amables viandantes despolitizados. La verdad es que ignoro a dónde quiero llegar, si es que existe intención en ello. Estamos tan acostumbrados a sacar conclusiones, a buscarle un porqué a las cosas que uno tiene que echar el freno, en este caso a la escritura, para no convertir la realidad en un juego de antagonismos. El ánimo me dice: deja de cacarear y observa lo bonito que está el día.

A uno no le gusta este mundo que está empezando a generar nuestra cotidianidad, uno se conformaría con vivir y dejar vivir, pero es que es tan duro vivir codo con codo con los carroñeros de este mundo, tan duro observar cómo se reparte la riqueza del planeta, que por fuerza esa visión que tenía esta mañana paseando por las calles de Madrid no puede ser otra cosa que un buen deseo extrapolado a la generalidad de una población que hoy te cede amablemente el asiento en el metro, pero que mañana va a procurar con su actuación una sociedad cada vez más ególatra. Como decía un “amigo” votante del PP: A mí me la trae floja la política, lo que yo quiero es vivir bien, lo demás me importa un bledo. Probablemente sea un intento vano querer conciliar posturas tan dispares. Entre los deseos de “mi amigo” y la gente que se concentra en Sol existe tal abismo que imposible será, aunque hiciéramos de tripas corazón, convencer a los primeros para que dejen de mirarse exclusivamente el ombligo.

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 12 de octubre de 2026

Os quiero

 


El Chorrillo, 12 de octubre de 2026

Hoy me desperté, hice mis ejercicios matinales, me duché y cuando salí del cuarto de baño al pasillo, mirando al fondo la biblioteca me sorprendió un leve e indefinido tic que debía de estar relacionado con el bienestar de vivir y habitar una bonita casa en medio del campo. Fuera, mientras estaba en el hospital, el césped, que habíamos renovado en toda la parcela, brillaba con las primeras luces del día y dentro el sol rasante del amanecer penetraba cálido en la cocina.  

Preparo el desayuno, galletas con mermelada y leche y me digo que hoy tiene que ser un día especial. Haciendo los ejercicios de la mañana en la oscuridad de la cabaña ya había notado que mi cuerpo se había despertado con alguna disposición especial. Después del desayuno encendí el teléfono. Allí encontré el guasap de mi hijo Mario: “Hola a todos, os quiero. Muy buenas noches”. Yo siempre fui reacio a usar esa expresión, “os quiero”, y en cierto sentido me da pena que se me atranque cuando alguna vez lo he expresado. Siempre me produjo cierto rubor decirlo o escribirlo, es como si el canal que usa mi alma para expresar ciertos sentimientos estuviera atrofiado por efecto de mi timidez congénita, que, aunque de adulto algo se ha curado siempre permanece ahí como si mi alma fuera reticente a mirar directamente a los ojos de aquel a quien quieres.

Y no sé si tiene que ver con esto algo de lo que me estoy acordando. La anécdota corresponde a García Márquez que contaba que estando sentado junto a Juan Rulfo en un acto público de entrega de premios, cuando le nombraron a éste para que saliera al estrado, se encontró con que su amigo había desaparecido; le encontró arrebujado bajo el asiento. Todos conocemos a García Márquez y su afición por atender al sentido mágico de la realidad, y por tanto podemos pensar que la anécdota se la inventó, sin embargo, inventada o no, sí que apunta a algún aspecto interior de personas que viéndose nombradas o sintiéndose centro de atención de los otros, la timidez se les sube a las orejas o, como le sucedió a Juan Rulfo se esconden para huir del foco que le señala.

Pues eso, que a lo mejor lo mío es simple producto de mi timidez, que aunque matizada por los años, debe de habitar todavía algún huequito escondido de mi ser. A mí me resulta bonito recordar sin embargo algunos detalles curiosos que acaso responden a un retrato de la timidez que no siempre es esconderse entre bastidores. Recuerdo una multitudinaria reunión de padres de alumnos en un colegio de Leganés en donde di clase, en que yo me empeñaba en mantener que las permanencias, clases adicionales que pagaban los padres tras el horario corriente escolar, debían desaparecer, frente a la mayoría de profes que pensaban lo contrario. El caso fue que en cierto momento la directora del colegio inesperadamente me invitó a que defendiera mi postura frente a aquel auditorio. La timidez no me duró más que unos pocos segundos. Una vez con el micro en la mano aquello se disparó (me río retrospectivamente recordando la escena) y ya me sentí como Mirabeau frente a la Asamblea Nacional Francesa (lo cuenta José María Valverde en su Historia de la Literatura) cuando Luis XVI ordenó a los diputados que abandonaran la reunión. Fue entonces que Mirabeau pronunció su célebre desafío: no abandonarían sus puestos salvo ante la fuerza de las bayonetas. Mirabeau comenzó entonces con una voz áspera y un discurso lento, hasta que su propia impaciencia desencadenó el arrebato del orador. Su discurso fue decisivo en la primera fase de la Revolución. Jajaja… se me disculpe por esta extrapolación. Es que le tengo cariño a este Mirabeau enardecido por el flujo de sus propias palabras. No sé si Mirabeau era tímido o no, pero desde luego algo de lo que llevaba dentro me puede recordar mi propia timidez, mi rubor, si se quiere. Uno puede ser tímido, pero llega un momento en que la presión interior explosiona y entonces es como esa traca final de los fuegos artificiales, Mirabeau en su mejor momento o nosotros cuando nos desborda el cariño y necesitamos apretujarnos unos con otros para aliviar la presión del amor (y date, ya estamos con otra palabra que horrores me cuesta escribir…).

 

No es lo mismo lo que sigue, pero se lo parece. Ayer me dio también un no sé qué. Había buscado en Facebook una imagen de Carlos Soria trepando por el rocódromo y allí me encontré con gente, amigos de los que no sabía nada desde hace mucho tiempo, algo más de un año que llevo desaparecido de las redes. Total, que cuando terminé de escribir el post que me había caído en suerte por la mañana (sí, que a veces no soy yo quien escribe los post, sino que son ellos los que se escriben casi solos, que sólo necesitan una breve chispa para que los dedos vuelen sobre el teclado), que cuando terminé de escribir se me ocurrió que podría hacer caso omiso de mis reticencias y compartir de nuevo allí algunas de estas cosas que escribo; al fin y al cabo un breve encuentro también con amigos y gente conocida de la que no sé nada desde hace tiempo. Quizás ese “os quiero” tenga algo que ver con el entorno social próximo que concurre como en los viejos patios de las corralas, y a falta de otra cosa, en el patio de las redes sociales.