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martes, 6 de mayo de 2025

Erotismo y escalada

 



El Chorrillo, 6 de mayo de 2025

Hay mañanas en que los asuntos vienen a comer como pajarillos en el cuenco de mi mano. Hoy fueron unas líneas de Enrique que quiso aclarar conmigo algo de lo que comentaba yo ayer en mi diario, donde ponía en cierta concomitancia el erotismo con la escalada. Recuerdo que en el post anterior hablaba del erotismo no solamente en su aspecto sexual, sino que lo ampliaba, al modo de Byung-Chun en La agonía del Eros, donde lo define como una experiencia que trasciende lo físico, como una conexión con el otro que implica misterio, alteridad y profundidad; a su modo yo intentaba asimilar la relación erótica al acto creativo de escalar, tal como lo expresaba el amigo Vinches en el mismo post: “El roce de la piel contra la roca, la tensión de los músculos en equilibrio entre el deseo y el vértigo, evocan una intimidad intensa entre cuerpo y entorno”. La búsqueda de la cumbre como fenómeno propulsor de una pasión gestada en nuestro interior, en cierto modo, en cierto modo, repito, es similar a la atracción sexual, que busca su fusión, su realización en contacto, en la relación sexual, con la mujer, y en la escalada, en la íntima relación con la montaña, con su riesgo, su dificultad… fusión si se quiere con nosotros mismos si nos referimos al mito platónico en que en el principio hubo un ser, cada uno de nosotros, que Zeus desgajó en dos obligando a las dos partes a buscarse constantemente a sí mismo en “el otro”. Cosas de comprenderse si hacemos un esfuerzo para entender esas dos poderosas atracciones que se gestan en hombres y mujeres representadas por la atracción sexual y por la pasión por la aventura. La aventura como una búsqueda del encuentro de sí mismo y la relación sexual cómo búsqueda de nosotros mismos con el otro, la búsqueda de nuestra otra mitad.

No quisiera perder la frescura de las palabras de Enrique, así que uso de la liberalidad de su consentimiento y cito aquí sus líneas tal cual antes de dar mi propia versión sobre el asunto. Esto escribía:

“He repasado con sumo interés mis relaciones sexuales en mis años mozos, aquellos en los que  los olores de las hembras me enloquecían: esa axila ligeramente humedecida por el sudor en el calor de la noche veraniega... y si tenía vello,  eso era el colmo. La excitación era inenarrable. Para mi desgracia no siempre se llegaba a feliz término, pero cuando ocurría, era el éxtasis en toda la extensión de la palabra. 

»Siempre he sido muy primario, y observando a nuestros compañeros de viaje, los animales, que al carecer de algunas de las destrezas que nosotros poseemos lo suplen con el olfato y el gusto, algo que el ser humano también tiene pero que el pudor o los convencionalismos sociales o religiosos hacen que la mayoría niegue su práctica.

»Las concomitancias con la montaña "escalada" que mencionas en tu escrito de ayer, no he conseguido relacionarlas. Debo reconocer que siempre he sido muy pragmático y nunca me he tomado demasiado en serio la montaña, por el contrario las mujeres sí me las tomaba en serio; en mi orden de prioridades ganaban las mujeres por goleada. Si había que elegir entre una mujer o la montaña: no existía duda de ningún tipo de que ganaba la mujer y sus olores naturales.

»¿Por qué funciona así y no de otra manera? He hecho todo lo posible por responder a tu pregunta pero nunca he tenido ninguna sensación erótica, por ejemplo, en aquellas lejanas ascensiones a la Malagón del Torreón, ni me he acordado de ninguna escalada estando en brazos de una hermosa mujer».

Te contesto: Una de las cosas que me sorprendieron leyendo a Byung-Chul Han en La agonía del Eros, fue que transcurridos unos capítulos centrados, creo recordar, en lo que entendemos por erotismo, erotismo sexual, fue que después en la otra mayor parte del libro ese erotismo diera paso a otro concepto más entendido como descubrimiento, creatividad, todo eso que podría entenderse con la expresión freudiana de sublimación. Para Freud “la sublimación es un mecanismo de defensa mediante el cual los impulsos instintivos, especialmente los de naturaleza sexual o agresiva, son transformados en actividades socialmente aceptables y productivas. Este proceso permite canalizar la energía psíquica hacia fines más elevados, como la creación artística, la investigación científica, la práctica deportiva o el compromiso político”. Y yo añadiría hacia la aventura en la montaña o la escalada. Eso haciendo caso a Freud. Cuando afirmas que no has conseguido encontrar concomitancias entre el sexo y la escalada, que no has conseguido relacionarlas y que en tu orden de prioridades ganaban las mujeres por goleada, quizás, siguiendo a Freud, el eslabón que pueda relacionarlo sea precisamente ese concepto, sublimación, es decir nuestros impulsos instintivos, especialmente los sexuales, como motor, fuego primero, energía en estado puro, podrían ser sublimados en actividades tales como el afán de aventura, la escalada e incluso en actos de muerte, guerras, dado que tanto Eros como Tánatos están vinculados. Según el psicoanálisis freudiano existe una relación fundamental entre ambos, que representan las dos pulsiones básicas que, según Sigmund Freud, rigen el comportamiento humano. La pulsión de vida, asociada a la sexualidad, que también podemos asignar a la plenitud de vida que proporciona la escalada, se opone a la pulsión de muerte. Esta constante interacción y tensión entre Eros y Tánatos moldea nuestro comportamiento y acaso sean Eros y Tánatos, éste responsable de nuestra agresividad y nuestra tendencia destructiva, los gerentes primarios de muchas de nuestras pulsiones primarias, los que en un acto de sublimación sean los responsables de muchos porqués que nos formulamos durante la vida, ¿Por qué escalamos montañas? ¿Por qué funcionamos así y no de otra manera?, decías más arriba. Creo que por estas ramificaciones del psicoanálisis podríamos encontrar algún tipo de respuesta.

Volviendo al Eros, que se expresa también como búsqueda, como profundización en el misterio del otro, y como prolongación en el misterio en general, alimento de nuestra curiosidad, aquí es donde se puede encontrar, pienso, el puente que pone en comunicación el erotismo sexual y aquel otro que replica a éste en su impulso por ir más allá, más allá, ese ejemplo gráfico de ayer de Jodorovsky, desentrañar el misterio y desentrañándolo, crear. Un paréntesis, hace tiempo descubrí en FB a un hombre cuyas esculturas, dibujos y pinturas encuentro sumamente interesantes; responde al alias de Koke Dorado. Él había subido a su muro la imagen de una de sus esculturas de una mujer desnuda que posaba de espaldas. Nada más ver aquella imagen recordé la película "El artista y la modelo", de Fernando Trueba. Podéis ver la imagen más arriba. Me decía Koke que era la Madre Natura, que tiene forma casualmente femenina, pues es la Natura quien proporciona la vida con la estimable colaboración del género masculino. Y, añadía, “y en mi caso, al ser sapiens masculino, venero al género femenino; por ello esa forma en este caso”. En la película de Trueba, la historia de un escultor que sólo esculpe desnudos de mujer, el protagonista dice algo así como que la existencia de la mujer es la prueba irrefutable de la existencia de Dios. Creo que el amigo Enrique es tan ateo como yo, pero seguro que acogería esa afirmación con la misma estima que yo. Aparte dejo por la largura de este texto el elogio que hace él en sus líneas de las mujeres y la atracción que les suscitan, pero no me quedo con las ganas de opinar respecto a eso que dice él, es decir que si hubiera de elegir entre una mujer o la montaña, no existiría duda de ningún tipo de que ganaba la mujer y sus olores naturales. Cuando leí esta afirmación la verdad es que se me escapó una carcajada, carcajada de connivencia, porque sin necesidad de tener la obligación de decidirte por una o por otra, me lo ponía duro de pelar.

La traída por los pelos a Koke Dorado, a Trueba o a esta última afirmación de Enrique, sólo pretende poner en contexto ese universal que es el fuego interior que nos mueve, sea con razones de Freud o de quien sea, y que como el combustible que mueve nuestros automóviles, hace de nosotros un poderoso motor, para unos un 4x4 capaz de subir por una pendiente de noventa grados, mientras que para otros sólo les da para decir sandeces en X.

Hablo del fuego interior que nos impulsa hacia la cumbre, hacia la culminación del acto sexual. Esa fuerza probablemente sea la clave de la Creatividad Universal que la Especie inocula en nosotros a punto de buscar perdernos en el otro y cuya finalidad, ladina Ella, en definitiva es hacer posible una continua reproducción de esa especie. Elan, ímpetu vital, que siendo un principio inherente en el hombre, fuente de energía y a la vez placer, le lleva más allá de sí mismo, impulsado por la curiosidad y el calor de su pasión, a trascenderse a sí mismo. Bergson (y en absoluto me creas versado en filosofía) representa ese trasvase de vida de padres a hijos en una especie de antorcha olímpica. Morimos, pero el fuego vital, la llama, pasa de padres a hijos. Se refiere Bergson a una fuerza dinámica que impulsa la vida y la evolución de los seres vivos. El impulso sexual sería una manifestación concreta de la energía vital.

Concebido ese ímpetu vital, elan, como fuente de nuestra energía de vida, cabría decir de ella que ésta no está en todos los humanos en cantidades similares ni mucho menos. No pudo ser el elan vital de Leonardo da Vinci el mismo que el de cualquier ciudadano de a pie. La energía interior de Leonardo, innata o adquirida, se abrió paso a lo largo de su vida a una creatividad sin límites. A estas alturas del texto empiezo a dudar de que sea la energía sexual la que por sublimación pueda diferir su fuerza hacia retos importantes en la vida, aventuras, proezas; prefiero interpretarlo a partir de una fuerza engendradora interior, elan, energía primera, que hizo posible que Messner pudiera alcanzar en solitario el Everest o que grandes hombres hayan empujado la civilización o el arte hasta cotas importantes.

Volviendo al principio, evidentemente a simple vista pudiera parecer difícil encontrar una conexión de algún tipo entre nuestra pasión por las mujeres y aquella otra de la aventura y la montaña, pero con todo el rollo que me he soltado por aquí, bien merecería un servidor el premio de un sí. Quizás no haya logrado del todo explicarme, a mí mismo ni a los otros sobre esa cierta correlación que yo veo entre el erotismo sexual y aquel otro que proporciona la aventura y la escalada, pero creo que en cualquier caso ha merecido la pena dedicar un tiempo a especular sobre estas cosas.

A esta hora de la tarde ya estoy cansado de estrujarme el coco, así que mejor dejo un final abierto y la posibilidad de que me salga algún interlocutor que quiera seguir dándole cuerda al organillo de los argumentos. Y ahora a callar, que a estas horas ya me sale hasta humo del coco.  Ah, y por supuesto felicitar a los que hayáis llegado hasta aquí: ¡toda una proeza!


Imágenes: 

Izquierda: Obra de Koke Dorado
Derecha: La 
Magical Mystery Tour en acantilados del Toix de la mano de José Manuel Vinches y Toti.


 


lunes, 5 de mayo de 2025

“Ayer maravilla fui, hoy...”

 

La imagen de la izquierda es de Rolando, en la de la derecha un servidor en la placa Ayuso del Perro que Fuma en 1968

El Chorrillo, 5 de mayo de 2025

Amigo Rolando:

Creo que a mi diario le viene bien esto de escribir de vez en cuando una carta a algún amigo. Esta de hoy me salió, así de golpe, cuando esta mañana me encontré en tu muro ese “Ayer maravilla fui, hoy...”. Te cuento en lo que estaba antes de caer sobre esas cuatro palabras. Me encontraba terminando de leer la prensa para salir a continuar con los trabajos de la parcela y de repente el diluvio se derrumbó frente a mi ventana. Tengo la furgoneta dispuesta para salir a darme una vuelta por el norte desde hace más de una semana, pero el tiempo se ha puesto cabezón. Los truenos retumban a lo lejos. Es hermosa esta lluvia torrencial cayendo sobre el Chorrillo, densa como para semejar la ligera niebla que a veces recorre los bosques. Recuerdos de correrías. Y fue con esta lluvia regalo matinal que me encontré con tu ejercicio de nostalgia. Ya te comenté en FB que qué pasaba con ese gustazo de mirar atrás cuando lo que has dejado tiene tantísima gracia, tanta vida encerrada entre las yemas de los dedos. Creo que subestimamos el placer de contemplar hoy lo que éramos capaces de hacer. A mí me sucede así cuando esta mañana empezó a diluviar, me sentí de nuevo como dentro de mi tienda de campaña, esas tantas horas en que parece que el mundo se derrumba sobre ti mientras tú, metido en el saco de dormir, te sientes feliz en un diminuto rincón de un collado de los Alpes o de los Pirineos, pequeña cosa, pero contento, satisfecho de la vida que viviste. Viendo la foto de tu muro recordé una mía algo parecida escalando el muro del Perro que Fuma, en Gredos, hace cincuenta y siete años. Fui a buscarla. Cosa sin importancia si lo pones en el contexto de la gente como tú que realmente escala, y no como yo que sólo ha hecho pequeñas cosas, pero qué agradable eso de reencontrarte con alguno de esos rincones de tu pasado, tantos. El gustazo ese que no te lo puede quitar nadie. Esta mañana respondía en FB Kobe Dorado a un comentario mío diciendo que lo que das, te lo das. Lo que no te das, te lo quitas; vamos, que lo que haces alimenta tu yo, tu pasado, tu presente, lo que no te das es carencia de lo que podrías ser y no eres. 

La falsa modestia y nuestro roce con lo social no pueden impedir que alguien se sienta satisfecho por lo que fue, maravilla poco corriente en donde es más fácil hacer de la vida calderilla que pepitas de oro fraguadas, por ejemplo, en el entorno de la montaña; porque carajo, ¿por qué no decir que tanto de lo que hemos hecho, vivido, sentido pertenece al ámbito de lo mejor que se puede hacer entre el nacimiento y el día último? Me encanta esa salida tuya, esa sinceridad, “maravilla fui”. Vuelvo a mencionar aquí, carta que a la vez es material para mi diario, un paraje de la autobiografía, Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, en donde narra un momento en que a su madre le dio un infarto en plena calle. Ella quedó tendida en el suelo y con la idea de que iba a morir en ese mismo instante lo único que se le ocurrió fue decirse para sí: ¡Qué vida tan formidable he tenido! ¡Qué vida… gracias! Después de restablecerse del infarto se lo contaba a su hijo con lágrimas en los ojos.

Días atrás, que hablaba del erotismo, el erotismo creatividad, expectativa, relación de manos, pies, cuerpo entero con la roca, recibí un comentario de un amigo escalador y montañero de toda la vida que ampliaba ese concepto al mundo de la escalada. A veces echo de menos que algunos amigos que no escriben corrientemente no dediquen algo de su tiempo a expresar esos sentimientos que corren por dentro de nosotros cuando dejamos atrás la ciudad para adentrarnos en la montaña y en sus anfractuosidades. El parrafito del amigo no tenía desperdicio. ¿Qué se siente allá, qué sucede en el ámbito de las emociones cuando allí en lo hondo el mal azul entre tus piernas aparece espléndido en la vertiginosa verticalidad en que te encuentras? Decía el guasap: “En la escalada, como en el erotismo, cada gesto importa. El roce de la piel contra la roca, la tensión de los músculos en equilibrio entre el deseo y el vértigo, evocan una intimidad intensa entre cuerpo y entorno. Escalar es una danza vertical donde el tacto guía y la respiración marca el ritmo; es un juego de confianza, entrega y dominio. Como en el erotismo, el clímax no está solo en alcanzar la cima, sino en el viaje sensorial, en la fricción, en el temblor del esfuerzo compartido entre gravedad y voluntad”. Hermoso, ¿no?

Y palabra que cuando encendí el ordenador yo en absoluto quería hablar de esto, que tenía en mente otro guasap que me había entrado a las tantas de la madrugada y que demoré en leer hasta hoy, pero fue tu entrada, esa cuatro palabras, las que inmediatamente llamaron a las yemas de mis dedos a caminar por esta mañana de tormenta. Lo que fui, lo que soy, por mucho que nos andemos con asuntos de aquí o de allí y que pareciera que en ello nos va gran cosa, la realidad es que lo que uno fue y lo que uno es forma parte de la mejor materia prima de la que se alimenta eso que llamamos nuestro yo. Y en este punto viene a cuento un pensamiento de Juanjo San Sebastián que aparece en uno de sus libros, creo que en Cita con la cumbre, y que ya usé en este diario. Decía allí, cito de memoria, estar agradecido al hombre que fue porque gracias a ello es el hombre que es actualmente. Así que, amigo Rolando, ni nostalgias ni nada parecido, puro gozo el haber sido porque lo que hoy somos es gracias a lo que ayer fuimos.

Un cordial saludo.


sábado, 3 de mayo de 2025

Por qué le gustan a Juanito “las montañas” ;-)

 


Iztaccíhuatl: Volcán inactivo, México, 5.220 metros 

El Chorrillo, 4 de mayo de 2025

Cito a Galdós, Fortunata y Jacinta. Lo siguiente: “Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de sus correrías (mujeriles) y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba como si fuera la mujer de otro”. No he tenido más remedio que soltar una carcajada y cerrar momentáneamente el libro para saborear la idea como si se tratara de uno de esos pasteles que me compraba de niño con la paga de los domingos en la Mallorquina. Me encanta eso de de que Galdós nos descubra con tanta gracia que a Juanito le ilusionada su mujer como si fuera la mujer de otro. Me acordaba de alguien que defendía a capa y espada que él con su mujer tenía bastante y que no deseaba a ninguna otra. Algo que me sonó siempre muy contra natura y contracorriente de la lógica más primitiva. Porque el deseo, que no atiende a convenciones ni a fidelidades de ningún tipo, no se fragua en actas matrimoniales, en convenciones o en normas sociales; ni siquiera tiene en cuenta aquellos mandatos con los que descendiera Moisés del Sinaí, aquel no desearás a la mujer de tu prójimo. El deseo, que debe de ser uno de esos imperativos que inyectó la naturaleza en los circuitos neurales de los sapiens, no se anda con chiquitas. Guardadito quedará, reprimido, pero como agazapado a la espera de que cualquier brisa erótica lo despierte. Comenta Chirbes que ante un cuadro de Backer que refleja a una cortesana de pechos desafiantes, Jünger habla del “poder de Venus en el plano inferior”. Algo de lo que no se libran los sapiens por poco que les funcione la irrigación de dopamina o la testosterona en el organismo.

Sin embargo la “ilusión” de Juanito, tan irónica y psicológicamente comprensible, digamos que tiene otro origen que sólo un poco tiene que ver con lo sexual. Lo nuevo, sí, qué ilusión la de un cuerpo nuevo, unos ojazos negros, una sonrisa encantadora, un talle que ya de pensar en acariciarlo hace volar la imaginación por las altas esferas celestiales.

Imposible imaginar cómo en el siglo de Montaigne, el XVI, se lo podía montar aquella gente más allá del galanteo, porque mancos no creo que fueran, la prueba está en que ya dos siglos antes Boccaccio nos ilustraba religiosamente sobre lo que se cocía entre hombres y mujeres, incluido lo que sucedía en los conventos de monjas y la labor tan meritoria y querida que cierto mudito hacía entre las alborozadas religiosas del convento. Sin embargo es claro que Montaigne, que no era Boccaccio y sí mucho más comedido que éste, tenía una idea muy acertada de cómo los sapiens pensamos y sentimos cuando escribía cosas como esta: “Nos aburrimos de lo que poseemos y suspiramos por lo que no está a nuestro alcance”. Y contaba cómo la tensión del cazador obcecado por perseguir a su presa durante media mañana, cuando al fin la ha conseguido se relaja. El galanteo ha terminado y ahora a otra cosa, mariposa, se dice para sí. Cazar es apasionante pero haber cazado, en cambio, parece ya una anécdota. Lo que mueve al sujeto no es la posesión, sino el impulso, la expectativa, la promesa. Juan, Juanito, el hijo mimado de doña Bárbara, parece que se diera a mirar a Jacinta como si fuera la de otro, un modo curioso y a la vez corriente para recuperar la chispa original del deseo, de lo nuevo (¡ay, lo que se podrá cocer en los cerebros de los sapiens y las sapians para dar curso a su placer!).

Hablando de estas cosas es imprescindible traer a cuento al superstar Byung-Chul Han, que en La agonía del Eros, retoma esta idea y la sitúa en el centro del malestar contemporáneo. En una sociedad de transparencia y exhibición total, donde todo se muestra y se consume de forma inmediata, escribe Han, el eros pierde su fuerza y para que haya eros, debe haber distancia, opacidad, misterio. Ese escote, por ejemplo, del que he escrito alguna vez, inspirador de tantas fantasías y que para el sochantre de Álvaro Cunqueiro en una de sus historias, era un puro perfume, un perturbador paisaje del que al clérigo le era imposible retirar la vista. Cuando todo se muestra, el deseo parece quedar ayuno de fuerzas.

No recuerdo si he comentado ya por aquí cierta imagen de Alejandro Jodorowsky, creo que era en Psicomagia. Contaba allí cómo, en un striptease, el espectador, llevado por un deseo creciente, mientras prenda a prenda iba cayendo, querría, dice Jodorowsky, que la mujer tras desnudarse se abriera el vientre y mostrara sus entrañas. Se trata de una imagen cruda y violenta, pero profundamente simbólica que habla de un deseo irreprimible que busca alcanzar el centro del misterio.

El deseo, como lo que nos impulsa hacia la cumbre de una montaña, no busca tanto el objeto, la cumbre, como la tensión erótica, la promesa. Lo que se persigue en esencia no es la cumbre, sino la tensión generada por alcanzarla, por alcanzar eróticamente el  encuentro con el otro.

 Cuando me ha surgido hablar de estos temas en el trasfondo siempre he tenido la impresión de que veladamente hay cierta concomitancia entre esos dos impulsos tan diferentes, el erótico y el que nos lleva a escalar montañas. Existe una filosofía por medio que cuando tratamos de indagar en los porqués aparece por aquí y por allá en ambos impulsos como correlato de comportamientos que tienen sus orígenes en una forma de funcionar nuestro cerebro.

¿Por qué funciona así y no de otra manera? Bonita pregunta. Lo mismo Galdós no habría necesitado echar mano de Darwin para contarnos algo al respecto.


domingo, 30 de marzo de 2025

El Morezón: entre el deseo y la frustración

 



Plataforma de Gredos, 30 de marzo de 2025

Las previsiones del tiempo esta mañana eran tan buenas que cuando vi allá lejos desde mi cabaña tal tentadora blancura, no lo pensé dos veces. He dormido muchas veces en la cumbre del Morezón, incluido en invierno, pero es que un lugar tan estratégicamente situado, allá enfrente mismo todo el Circo al alcance de la mano, el Almazor y el Cuchillar de Ballesteros, por donde se esconde el sol en esta época ofrece tan buen espectáculo…

Me levanté, segué la parte de la parcela que me quedaba e inmediatamente me fui a hacer el macuto.

Hoy me encuentro en una situación que nunca antes había experimentado. Pasar una hora en casa preparando el macuto, los guantes de invierno no me los llevo, la tienda sí porque hoy hay probabilidades en la cumbre del Morezón de vientos se sesenta kilómetros hora, las piquetas de nieve, siete u ocho porque para el resto usaré los trozos de los bastones; también los crampones, y la pala para hacer un buen nicho para el vivac; agua poca porque cuento con el infiernillo y con la nieve para ello. ¿Qué más? Claro, las raquetas de nieve porque probablemente habrá huella, pero que si no la hay…

En fin, reviso todo y como no puedo llevarlo en un viaje, tomo las raquetas, las botas, la cámara, la tienda y las piquetas y las llevo a la furgoneta. Vuelvo a casa, me entretengo con Victoria contándole cuales son mis planes para hoy y mañana y me vuelvo a la furgoneta dispuesto para marcharme. Después de esto tardaría todavía más de tres horas para enfrentarme a un ejercicio de frustración. He defendido muchas veces que bienvenidos los contratiempos que, tomados por donde hay que tomarlos, pueden resultar un buen ejercicio para educar la paciencia y el carácter. Pero bueno, sigamos. De momento he tomado la autovía de Extremadura, en el kilómetro 123 he cogido la carretera del puerto del Pico, más adelante he girado a la izquierda en Venta Rasquilla y tras atravesar el río Tormes ahora me encuentro estacionado a doscientos o trescientos metros de la barrera del peaje de la Plataforma; tengo delante de mí una larguísima caravana para atravesarla antes de llegar a destino. Paciencia. Son las tres y media de la tarde y llegar al Morezón con esta caravana antes de la noche, empieza a parecerme difícil. No obstante, dejo la fila de la caravana, aparco a un lado y me preparo tranquilamente la comida esperando que esto despeje, qué sé yo, media, una hora, porque si no el Morezón va a tener que esperar a otro día. Echo una ojeada a la sierra cubierta de nieve como nunca, un espléndido manto blanco que contrasta con el intenso azul oscuro del cielo, una nevada que yo no recordaba desde  mucho tiempo atrás.

La comida, sencillita y rápida, una lata de fabes, unos tomates, un plátano, un flan con nata y café. Mientras me tomo el café contemplo la cara aburrida de los conductores que hacen cola. La fila apenas se mueve. Alguien dice que arriba no hay sitio para aparcar, que acaso dos o tres kilómetros más abajo. Nada, paciencia. Echo una mirada distraída a lo que tengo junto a mis pies, el lugar donde suelo poner todas las cosas que voy a llevar conmigo y de repente se produce un pequeño colapso en mi mente. Allí están las botas, la cámara, las raquetas, los bastones, las piquetas, la tienda… ¡¡¡Joder!!! El corazón me da un vuelco. Me levanto precipitadamente mirando a todos los lados, detrás de los asientos atrás y alante: nada, no está. En décimas de segundo especulo con la imposibilidad de que se encuentre en el compartimento trasero, pero no, es inútil.

Es en ese momento cuando he de empezar a hacer ese ejercicio de resistencia a la frustración que mencionaba más arriba. Nada de darme con la cabeza contra la carrocería del coche, nada de lamentos, ahora no queda otra que darme la vuelta camino de casa.

Creo que eso de la frustración fue uno de los asuntos primeros que estudié en el temario de Magisterio. El primero de todos fue la percepción. Antes de enseñar nada a los niños había que saber cómo perciben la realidad éstos, porque sería inútil enseñarles nada o hacerles razonar si no conoces un poco los esquemas mentales por los que se mueve una mente infantil. Más o menos algo parecido a cuando intentamos convencer a alguien del PP de Madrid de que su presidenta es... bueno, todo eso que todos tenemos en la cabeza. Para intentar hablar civilizadamente con alguien sobre un asunto de política, creo que es imprescindible saber cómo este alguien percibe esa parcela de la realidad, qué es lo que le hace ver en la señora Ayuso a una mujer camino de la beatificación en lugar de.... puntos suspensivos. Seamos corteses. Bueno, que me salgo del carril.

Vamos con la frustración. En teoría cuando a uno le jode esto o lo otro y no hay modo de quitarse el muerto de encima, lo mejor es plegar velas, rodear el obstáculo y si tampoco se puede, respirar hondo y despacio, mantener el aire en los pulmones y después dejarlo salir despacico despacico. Y por supuesto nada de darse golpes en el pecho. Así que buena cosa esa de la frustración y los contratiempos. ¿No entrenamos nuestro cuerpo caminando, alzando mancuernas o haciendo sentadillas para estar mejor? Pues lo mismo con las frustraciones, que bienvenidas sean si es para salir de ellas más enteros y dispuestos. Te dices pelillos a la mar y todos tan contentos.

Bueno, que se despejó la caravana de la Plataforma y que en vista de que mi frustración ha amainado un poco con la escritura, que mejor me voy para casa. Ya subiré otro día al Morezón. Quizás llame a Paco, que estará hoy en Hoyos, y me quede un raro a charlar con él y Teresa.

Ah, si hasta aquí no has dado con el problema que tengo y por el cual me vuelvo a casa, es que has leído muy deprisa, eso, o que tu cabeza está como la mía, si no peor.

 

 

 

 


lunes, 17 de marzo de 2025

Evocando el pasado y sus montañas

 

En las proximidades de Bailanderos

El Chorrillo, 17 de marzo de 2025

Carajo, me digo, cuando abro un mensaje de unos amigos, amigos octogenarios, que plas, plas, plas se largan al monte a corretear por la nieve mientras yo aquí ando intentando cazar gamusinos. Pardiez, que esto no puede ser, que tengo que salir ya pitando, quitarme la incertidumbre, el cague que me produce cargar de nuevo con la mochila, las raquetas, los crampones, la Biblia en verso, y empezar a subir una ladera nevada como de cuento, las ramas de los árboles dobladas por el peso de la nieve, los arroyos adornados por los chupones de hielo colgando entre el rumor del agua como para una fiesta, la risa de los carboneros garrapinos entre los grandes curruscos de nata. El silencio del bosque sólo perturbado por el clap clap clap de las raquetas abriéndose camino en una nieve todavía no perturbada por la turistada. 

Lo imagino, quizás subiendo yo mismo de nuevo a Marichiva tras la última nevada, y pienso en cierto zorrito del lugar del que me hablaron el otro día que se hace el cojo como quien pide la limosna de un pedazo de pan, o recuerdo aquellos otros dos con los que me tocó luchar, también en Marichiva, para que me dejaran al menos recuperar parte de la comida que me habían robado. O en la idea que llevaba aquel día de dormir en Montón de Trigo subiendo directamente al collado Tirobarra atravesando las laderas de Peña Bercial y Cerro Minguete, un día de nieves profundas y sin huellas que de haber querido alcanzar la cumbre de Montón de Trigo me habría llevado las horas de un entero día. Terminé entonces volviéndome a Marichiva y llegando allí cuando el último resquicio de sol se posaba sobre las cumbres heladas de Siete Picos como poniendo una guinda de oro sobre sus cimas. 

Las fotos de J y M evocaban repentinamente en mí una suerte de añoranza juvenil, de esos tiempos lejanos en que las laderas del Guadarrama se abrían ante nosotros como un mundo encantado. Esos tiempos a los que se refería J cuando el pasado 31 de diciembre, contestando a un guasap mío desde mi vivac de la cumbre de Peñalara, me decía que le había llevado de sopetón a 1967, el día de nochevieja de ese año que junto a Emilio Gómez y José Luis Hurtado habían vivaqueado en el mismo lugar en que yo lo hacía este último fin de año. 

La memoria, que no tiene ninguna dificultad para ir de un lugar a otro del mundo, ni de los años sesenta a esta mañana mismo, es con frecuencia un cordial y servicial recordador de los mejores rincones de nuestro existir. Somos mayores y por fuerza, con tanto mundo que hemos dejado atrás, pasado de oro, plata o calderilla, lógico es que al contacto del céfiro de algunos recuerdos se unan, como si un imán atrajera un asunto pegado a otro, la arrebujada memoria de nuestro paso por las montañas. 

En aquella Nochevieja que recordaba J yo todavía no había descubierto los placeres de dormir en las cumbres, que si hubiera sido el caso lo mismo habíamos coincidido en la cima de Peñalara. Aquella Nochevieja de 1967 yo dormía en soledad muy cerca de ellos, en el refugio Zabala. Una noche tan especial que todavía recuerdo muchos de los detalles. ¿Qué detalles puede haber que contar cuando uno está solo metido en un pequeño refugio azotado acaso por la ventisca?  No era mucho tiempo que llevaba entonces subiendo a la montaña y por tanto ese tipo de experiencias las vivía con una extraordinaria sensación de novedad y de impenetrable soledad. Yo creo que fue por entonces que empecé a enamorarme de la soledad. Escalaba semanalmente con amigos y compañeros pero mis salidas esporádicas en solitario eran un complemento ideal para penetrar en ese espíritu de la montaña que me ha acompañado siempre, la necesidad de escuchar el rumor de los arroyos, los pájaros, la brisa en las ramas de los árboles, la comunicación que uno mantiene con las estrellas y el universo cuando vivaquea en cualquier rincón del monte, las flores, pero sobre todo esa comunión que se establece con los elementos y con uno mismo. 

Los sentimientos y sensaciones que vivimos en aquellos primeros tiempos, tan nuevos, tan extraordinarios, como quien descubre un mundo maravilloso inesperadamente más allá de los muros de la ciudad, tienen la calidad de lo que se te mete hasta el fondo del alma y allí se queda como una pieza más del engranaje neural, parte de ti. Has caído en “la trampa” y de allí ya nadie te saca, porque pasarán los años, las décadas y esa sintonía con los elementos, los bosques, las montañas, sigue ahí como formando parte de tu biología interna. 

Así que no tenemos solución, a quien fue atrapado por la pasión esa de los montes no le rescata ni Dios, está condenado como Sísifo a subir y bajar constantemente montañas durante toda su vida. Y cuando por cualquier circunstancia te ves impedido por un tiempo a visitarla, te sucede lo que a mí, que el simple contemplar unas imágenes que te mandan unos amigos que se han ido a caminar por la nieve, te sirve para evocar vivamente tu pasado y desear salir corriendo ya mismo hacia allí. Así que gracias a J y M por este inesperado regalo que me ha hecho volar de inmediato al collado de Marichiva y sus zorros, al Peñalara de 1967, a mi Nochevieja en el refugio Zabala de hace casi sesenta años. 

domingo, 16 de marzo de 2025

Escribir lo que te toca, lo que te duele

 

Imagen del Polero (Miguel Ángel). Así dejaron las úlltimas nevadas el Circo de Gredos.


El Chorrillo, 17 de marzo de 2025 

Te cuento, amigo diario: Chirbes atraviesa Alemania en tren y cuenta sobre lo que siente y ve. De repente quise saber yo lo que sentía el último verano cuando aquejado de una fuerte infección de orina y un agresivo dolor en la pierna decidí abandonar los Alpes y regresar a casa. Atravesé Austria en tren, pero no estaba seguro si se trataba de este verano o el anterior. Lo busqué. Lo encontré en mi libro Caminar cada día 2024. El lugar en el que paré la lectura de Chirbes, éste había escrito: “Escribir lo que me toca, lo que me duele”, valga decir, de tus intereses inmediatos. Esta mañana me había empeñado un par de horas en escribir algo sobre Ucrania, escribir con desgana y sólo con la intención de intentar comprender más de cerca la situación, era algo que me dolía, pero que sin embargo no me tocaba. Leí el capítulo de mi regreso a casa del tránsito por los valles y ciudades de Austria, Salzburgo, después Alemania, Múnich en donde debía tomar el avión. Después traté de pensar en lo que realmente me tocaba.

Desde hace tres días siento por dentro una rara felicidad que arranca del hecho de haber descartado una ciática crónica, toco madera, que me había dejado unos cuantos días inmovilizado y cuyo dolor apenas me dejaba dormir. Sin embargo, tras ello una mañana me desperté sin dolor y aquello fue una fiesta. Un amigo me había advertido que la ciática era lo peor que él había conocido, una putada, decía, y me ponía en manos de una paciencia infinita. En aquellos días temí que mi actividad, montaña incluida, quedara reducida a la nada. Imaginaba días sucesivos así, no poder dormir y arrastrar la pierna durante el día como un inválido, y pensar en ello me dejaba fuera de juego. Cuando por fin un día me desperté sin dolor y comprobé que horas después éste no reapareció, empecé a respirar de una esperanza que me llenaba de gozo por dentro. Y todo siguió bien durante dos días más. Y entonces noté dentro de mí una inmensa felicidad. La felicidad de sentir que ya no te duele nada, que vas a poder hacer vida normal, que… ¡Qué bien te sientes cuando te sientes bien…!

Y probablemente es eso lo que realmente me toca, esa sensación de poder comprobar que tu cuerpo funciona con normalidad. Ahora he dejado varios días por medio de inactividad y mañana espero volver a reemprender una parte importante de mis ejercicios diarios después de más de dos meses y medios de total inactividad provocada por mi paso por el quirófano y ahora por la amiga ciática. Ahora espero con ilusión la mañana del lunes para volver a mis rutinas, a terminar de podar las parras, a pasar el cortacésped por una parcela totalmente cubierta por una alta vegetación producto de las lluvias de estos días. Ahora vuelvo a mirar la sierra con ilusión. Pausa. Recuerdo que esa palabra última, ilusión, se me había quedado en el aire a raíz de algo que había leído. Caigo en ello enseguida. Cerraba un guasap de un amigo. Era el siguiente: “La ilusión, esa voluntad de lo improbable, es el principio necesario para cualquier revolución.” Dejo la cita por aquí para retomarla más adelante. Miro la sierra con ilusión, pero también con cierto temor. Entre unas cosas y otras este invierno apenas he salido y todo me parece nuevo, un trabajo con demasiado empeño para mis fuerzas actuales. Miro con ilusión también el roco de la fachada de mi casa que no he tocado desde hace casi tres meses y siento la ilusión infantil de cuando era un crío. Imagino poniéndome los gatos, unos nuevos que compré y que todavía no he estrenado; pienso en quedar con unos amigos para localizar cierto cobijo semiamueblado escondido en un rincón de la Pedriza; acaso, si me atrevo, a calzarme las raquetas de nieve y buscar por las alturas un lugar para vivaquear; pienso en unas imágenes que me envió el Polero de un Gredos cubierto por inmenso manto de nieve y que me gustaría visitar. Quién pudiera, me digo, volver a dormir en alguna de sus cumbres como en aquellos otros inviernos no tan lejanos en que llegué a pasar días de una magnífica soledad vivaqueando en las cumbres del Meapoco,  el risco de las Natillas, el Casquerazo o el Morezón. Quién pudiera repetir el descenso de aquel hermoso despeñadero del callejón de los Lobos. 

De haber vivido unos días pensando en que todo eso quizás se había acabado, a la situación actual en que vuelvo a pensar en mi regreso al pasado, es como si hubiera transcurrido una eternidad entre ellas. No en vano hablo con algunos amigos de mi edad para los que la montaña prácticamente es algo pasado, problemas en las piernas, el corazón, problemas respiratorios, un largo etcétera. La lotería te toca a la vuelta de cualquier esquina y zas, se acabó. Así que respiro hondo, toco madera. 

Días atrás me suena el teléfono y desde el otro lado alguien me dice “aquí el mito”. Os podéis imaginar quién era. El día anterior había escrito un post titulado Carlos camino del mito, y el aludido ahí estaba con esa voz arrasadora de quien pisa fuerte en la vida echando algún piropo a mi escritura. Bromeamos un rato a costa del Broncano de La Revuelta y charlamos sobre esto y lo otro, pero lo que hay que resaltar era su voz, su buen humor y la seguridad con la que sus palabras atravesaban el hilo del teléfono. Esa fuerza que trasmite Carlos es un líquido balsámico para recuperar de nuevo el escepticismo que se me había agarrotado al cuerpo. 

Aquí de nuevo la cita de Enrique: “La ilusión, esa voluntad de lo improbable, es el principio necesario para cualquier revolución.” Sólo que mi ilusión no es de tan altos vuelos, aquí es solamente ese pequeño resquicio que se te abre en el pesimismo y que hace que la vida te sea levemente placentera. Esa voluntad de lo improbable que ves que a tantos compañeros de tu edad se les ha cerrado por problemas de salud, aparece de nuevo con un brillo especial sobre los días venideros. 


lunes, 10 de marzo de 2025

Tempus fugit. "El incesante flujo de la vida"

 



El Chorrillo, 11 de marzo de 2025

El amigo Cive, que sabe montón de citas latinas y griegas y que de tanto en tanto me regala una de ellas, recuerdo que no hace mucho encabezó uno de sus emails con ese tempus fugit, una lejana expresión de Virgilio en sus Georgicas  que nos habla de la fugacidad del tiempo. Esta noche volví a encontrarme la expresión al comienzo de uno de los capítulos de Diarios, de Chirbes. Chirbes tiene cincuenta y tantos años y ya empieza a notar esa fugacidad con que los días pasan atropellando nuestras expectativas, ese tiempo en que vemos cómo días, semanas y meses se nos escapan de la mano como truchas de un tiempo que no se deja atrapar y que huyen constantemente de nosotros dejándonos perplejos y con la sensación de que no podremos apresar nunca la certeza de un conocimiento, de saber de qué están compuestas las cosas.

Este tempus fugit que cuando te vas haciendo mayor casi sientes en la piel la necesidad de agarrarte con el piolet al suelo para no ser arrastrado por el plano inclinado del tiempo, sí, como el que cae por una pendiente nevada y se agarra al piolet como única manera de salvar su vida. Sólo que no hay modo de detener la caída. El fondo la nada nos succiona sin remedio. Sólo que no habría que asustarse por ello si mientras que el momento llega seguimos tocando la guitarra y caminando por las pedregosa laderas de la vida con la cabeza en alto. Esta mañana leí un hermoso texto que me levantó el ánimo, era de Guillermo Amores; así que me voy a permitir reproducir aquí para que no se me olvide a qué clase de vida me debo y, si se quieres, para que aunque el tiempo corra más de la cuenta sentir el halito de la memoria refrescándote el cogote. Es un largo comentario que me hubiera gustado escribir a mí, un testimonio de eso que hemos dejado atrás y que hoy nos sirve para mirarnos en el espejo de lo que ha sido nuestra vida y de lo que queremos de ella. Guillermo respondía en él a las líneas que aparecían ayer en mi última entrada, Las raíces de una pasión. Aquí está su comentario (con tu permiso, Guillermo):

“Son bonitos recuerdos, para mí son una evocación cálida y personal de las vivencias de un montañero sobre sus primeras experiencias.  En aquellos tiempos, los amantes de la montaña formábamos una comunidad unida, donde era común coincidir en los autocares que nos llevaban a destinos como La Pedriza, Galayos o Gredos. Nombres como Goyo, Silvino, el padre de Beni y Fifi resuenan como símbolos de esos tiempos compartidos.

A pesar de que las actividades en la montaña se realizaban en grupos más pequeños, las cuerdas compartidas tejían vínculos duraderos. Cada compañero de escalada se convertía en un protagonista de la historia personal de cada uno, dejando recuerdos imborrables que, aunque lejanos en el tiempo, se sienten recientes debido a la intensidad con la que se vivieron.

Tengo el deseo profundo de que estos recuerdos no se conviertan en mera nostalgia, sino que sigan siendo una fuente de alegría y conexión con mi pasado. La pasión por la montaña y la camaradería vivida en aquellos años se mantienen vivas en mi memoria, recordándome la belleza de la naturaleza y la importancia de las relaciones humanas”.

Enseguida pensé que ese hermoso texto de Guillermo debía servirme para… no sabía exactamente… Sucedió después que lo olvidé y esta mañana leyendo a Chirbes lo recordé cuando éste ponía punto final a un párrafo con estas palabras:  “El incesante flujo de la vida”. Curioso, pero enseguida olvide a qué venía ese final. Esa es la magia de la literatura, lees páginas y páginas y de repente seis palabras consiguen que pares de leer y te recrees en ellas. Era la frase que sintetizaba el texto de Guillermo.

El día está hecho en ocasiones con condimentos de muy variada condición. Paparruchas, momentos de vacío, páginas que no nos dicen nada y, de repente, aparece un oloroso narciso en nuestro camino. Chirbes abunda en esa levedad del tiempo en cuyo seno flotamos, sólo que Chirbes es un pesimista empedernido, se lamenta de la levedad, la intrascendencia de los días escapándose a cada instante. Irse sin dejar nada sólido, escribe. “Qué suerte tiene el que hace trabajos que se ven, que se sostienen y tocan: sillas, casas, puentes, edificios. Toda la vida tirada detrás de algo que se me ha ido”. El brillantísimo Chirbes a veces me da pena, fuma demasiado, bebe en exceso, da constantemente vueltas a la noria de su propio pesimismo… pero es tan clarividente en tantos momentos... Y eso que ama sobre todas las cosas a Lucrecio, el mismo Lucrecio que yo invitaba releer días atrás a mi amigo Cive, el ilustrado, y que a vuelta de correo me adjuntaba hace días una entrevista que le habían hecho tras la publicación de un libro suyo titulado 69 razones para no trabajar demasiado, en la que Lucrecio jugaba el papel de su amando, también, Henry Thoreau que predicaba que el hombre no debería trabajar más de cuatro horas diarias, el tiempo suficiente para ganarse el sustento y poco más.

Y es que si hubiéramos hecho caso a Thoreau, todas esas montañas, todas esas experiencias de las que hablaba Guillermo habrían sido pan de cada día, sustento de nuestra vida, que es el alimento de que se nutrió nuestra alma desde que empezamos a recorrer los perfumados senderos de la Pedriza cuajados de las flores primaveral de las jaras y los dispersos narcisos allá por encima de las gayubas.

Esta noche se me hizo tarde charlando con el amigo C de ciertas discrepancias sobre lo que se debe hablar o no en un guasap de grupo. No logré convencerle, pero fue una fructífera conversación. En el guasap alguien había contestado a un planteamiento que hacía yo para abrir el grupo a todo tipo de discusión (en él está prohibido (?) hablar de ciertos temas) y me comentaba que había temas que podrían crear problemas entre los miembros. Le contestaba yo: ¿crear problemas?, pero, hombre, si precisamente la vida está hecha de eso, de solucionar problemas, de aclararnos. La calma chicha de un mar sin olas ni viento, para el que las quiera, le comentaba. Y ese el asunto que me traía con C entrada la madrugada.

Encontrarme con viejos amigos de la montaña, esté o no de acuerdo en determinados asuntos con ellos, es un regalo que me hace la vida. De la misma manera que aprecio esas observaciones que nos hace Guillermo, aprecio también, se lo decía a C, esas caminatas de los miércoles que hago a veces con los amigos del Navi, y las aprecio especialmente porque dan lugar siempre a interesantísimas conversaciones sobre los temas más diversos. Valga decir, que no somos solamente montaña, Montañas que me dais la vida, titulaba yo uno mis libros de correrías por los Alpes; ser montaña y no salirse del carril de cuatro temas no es coherente; que la vida es mucho más ancha y que en ella debe de caber todo, y que conversar y discutir es una riqueza de la que no hay que prescindir. El incesante flujo de la vida atraviesa nuestro paso por las montañas, por nuestras conversaciones, por la amistad que forja la aventura.

 

 

 

 

 


sábado, 22 de febrero de 2025

De la Sur del Aconcagua y mi tarea como deshollinador

 



El Chorrillo, 22 de octubre de 2025

Lo primero que tuve entre manos esta mañana tras sentarme frente a mi mesa de trabajo, fue contestar un mensaje que había recibido de Ivan Reja, un escalador esloveno de mi edad. ¿Quién será Ivan Reja? me dije. Había recibido su mensaje días atrás y se me había ido el santo al cielo de tal manera que me olvidé. Y lo que resultó es que Ivan estaba en la lista de mis amigos y habiendo leído mi post de días atrás dedicado al Aconcagua, me mandaba unas líneas que me sorprendieron. A raíz de la ascensión de Carlos, contaba en ella de su escalada de la pared sur de esa montaña que escalaron en 1982 por una nueva ruta, la vía Yugoslava (o Eslovena, no estoy seguro, 3.000 de desnivel desde la base a la cumbre, una de las paredes más altas y difíciles de los Andes). Ocho días de escalada con siete vivacs. Ivan añoraba el Aconcagua y manifestaba su deseo de volver en algún momento después de esos 43 años que le separan de su ascensión. Relataba que fue en tiempo de la dictadura del general Galtieri y que entonces se podía oler en el aire el miedo entre la población. A su regreso les pararon los militares, tuvieron algunos incidentes, pero al final apareció un oficial de mayor grado, que no sólo les dejó pasar sino que les felicitó por su ascensión. Le decía a Ivan, correspondiendo a su mensaje, que tengo especial admiración por personas como él que desde el anonimato emprenden ese enorme y apasionante trabajo de forzar la capacidad humana hasta límites que están fuera del alcance de la gente común. Una fuerza y una perseverancia que para la actividad modesta de mi persona, representa siempre una referencia. Le comentaba a Ivan que cuando le pregunto a Carlos (Soria) si está satisfecho de su vida y me suelta esta exclamación: ¡Estoy encantado de mi vida y de lo que he hecho!, pienso en personas como él. No conozco personalmente a Ivan, pero el simple hecho de haber vivido la experiencia de siete vivacs en la Sur del Aconcagua, ya lo acredita como uno de esos hombres dignos de admiración. Eso es algo grande, le escribo, poder caminar por la edad madura con un historial de montañas similar y además seguir pisando el monte; me parece algo totalmente determinante para poder marcharte a la cama satisfecho el resto de la vida. Vamos, satisfecho esta mañana de empezar el día intercambiando mensajes de este tipo con personas como Ivan.

Esta mañana me tocó hacer de deshollinador. Llevaba días que la chimenea echaba humo y lo fui dejando hasta que… es que coño, subirte al tejado y ponerte de hollín hasta el culo no es que sea una tarea agradable. Bueno, me dije, al fin al cabo disfrutar todo el invierno de la agradable compañía del fuego, siempre ahí las llamas por encima del libro que estoy leyendo, requiere la atención de ese magnífico trasto que es prolongación de las antiguas fogatas del monte o del ambiente de los westerns cuando los vaqueros a la noche junto al río se preparan su café. Así que allí me fui. Hacía tiempo que no me subía en la escalera, esa misma que antes de mi operación usaba a modo de entrenamiento, pero me fue bien. Un buen cepillo de púas y en media hora la chimenea estaba como los chorros del oro.  

Después me tocó liberar a los árboles de las zarpas de las hiedras, tan voraces siempre que si las dejo se comen el árbol entero. Siempre me recuerdan a los matapalos, unos que contemplamos en un viaje a Latinoamérica, en Bolivia. Acampamos durante días junto al río Beni, en las cercanías de Rurrenabaque y era digno de admirar, que decía Teresa de Jesús, cómo estos matapalos, de parecidas características trepatorias que la hiedra, trepaban por los árboles con tal profusión que pasados los años se tragaban poco a poco el entero árbol. Cuando te paseas por la selva lo que observas es un espectáculo algo espeluznante, metes la cabeza entre el matapalo, que aparenta un gruesísimo tronco de árbol, y lo que te encuentras es puro vacío el interior. El matapalo ha estrangulado la vida del árbol, le ha dejado sin luz ni sustento alrededor y el cadáver del árbol poco a poco se va convirtiendo en serrín hasta desaparecer del todo. Algo de esto temo que suceda a nuestros árboles, así que de tanto en tanto, zas, zas, la guillotina, la guillotina, como dice Javier Gallego en Carne Cruda. Que por cierto, el otro día iba en el bus camino de la consulta del urólogo, cuando date, ahí estaba el amigo Javier Gallego. No pude resistir saludarle, encantado de oírle, le dije. Se bajaba en la siguiente parada y no pude cruzar apenas más que unas pocas palabras con él, cosa que me hubiera gustado, aunque en realidad Victoria es la fan de este hombre que ha sabido llevar la radio hasta cotas tan altísimas pese al rechazo de algunas cadenas amarillas a las que no le gustaban sus verdades.

Desembarazando a algunos moreros de la hiedra estaba, cuando me llamó Victoria para comer. Fue después de la comida que recordé el guasap de Tino Bosquet; recuerdo: el autor de Una aproximación sobre la inteligencia. Otro admirado mío, éste por su capacidad de enfrentarse a un tema en donde especialistas de todos los colores se han adentrado, discutido y perfilado. La noche anterior había leído un puñado de páginas y como leer a Tino es como estar charlando y argumentando con él, le mandé unas líneas prolongación de mis subrayados y anotaciones en los márgenes del libro. Tengo cierta pasión por meter las narices en asuntos de cualquier índole, aunque sean temas que me pillan grandes, y en ese sentido mi admiración por Tino viene por el hecho de haberse metido de pleno en un tema que en principio es totalmente ajeno a sus estudios y quehaceres profesionales. En el mundo de los megustas, del sí o el no, donde la discusión o el análisis parecen ser una carga excesivamente pesada para los usuarios del guasap o de las redes, encontrar personas capaces de elaborar un libro a partir de la idea central de querer redefinir el concepto inteligencia, me parece de una notable valía. Una persona capaz de tenerme delante de su libro durante más de dos horas peleándome con lo que dice, sobre si es arte la pintura de Altamira o no, sobre la diferencia que existe entre capacidad e inteligencia o que hace un largo e interesante desarrollo relacionando la libertad con la inteligencia, y tantos asuntos más, merece que le preste toda la atención del mundo y, especialmente, que le agradezca esa posibilidad que me ofrece su libro de contrastar ideas.

Un guasap más vino después, éste de Pedro Mateo con un mensaje del cual voy a poner el vínculo aquí por si alguno os animáis a contribuir al crowdfunding que propone Pedro para hacer posible la expedición de Carlos y sus compañeros al Manaslú (aquí). Carlos es capaz de mover montañas, pero los bolsillos de los patrocinadores son hueso duro de roer.

Para terminar una cita que me encontré en Chirbes un tanto espeluznantemente gráfica: “La verdadera polémica aborda un libro con el mismo amor con el que un caníbal se cocina un lactante”, y que si me llamó la atención fue precisamente por esa afición mía a discutir y conversar que tan poco eco encuentra en ese tira y afloja de redes o grupos de guasap. Yo no me comería un bebé lactante, pero sí daría mucho por ejercer de tertuliano en muchos asuntos de la realidad. Esa diversión…

Una coda de propina. Ayer volví a encontrarme uno de esos cartelitos que los usuarios de las redes prodigan a sus amigos y que he visto muchas veces. Ese pensamiento de Umberto Eco que dice: “Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”. Mientras me pienso si yo soy uno de ellos o no, echo mano a otra cita suya que acaso matiza, matiza, digo, esa afirmación: “Para sobrevivir uno debe contar historias”. Voy a subir esto y reconsidero lo anterior tranquilamente mientras contemplo el verde campo de cebada tierna que tengo frente a mi ventana.


 

 


martes, 18 de febrero de 2025

Silvia Vidal y la vulnerabilidad

 



El Chorrillo, 18 de febrero de 2025

Me produce cierto rubor colocarme ahí arriba junto a Silvia, pero es que estoy tan enamorado de ella… El día quédate me encontré con ella iba con Victoria y fue lo primero que le soltó a Silvia mi chica: “está tan enamorado de ti que sería capaz de tirarse por el puente para saludarte”. Y es que era verdad, esta mujer me tiene comido el seso con su filosofía de la vida, su soledad y su arrojo.

 Hablaba Enrique Muñiz esta mañana en el guasap del Navi de la vulnerabilidad en relación con la del ser humano, imposible de ocultar bajo las apariencias de estatus, poder o riqueza. En lo que sigue traigo a colación la persona de Silvia Vidal, en muy diferente contexto, para hablar de la vulnerabilidad superada, la que poniéndonos frente a la incertidumbre le echa un pulso y pasa sobre ella con la elegancia propia de la mujer fuerte, del hombre que no se arredra frente a esa vulnerabilidad. 

En mi mesa de trabajo lleva ya unos días el libro que recientemente publicó Silvia Vidal. Ah, pillina, qué escondido te lo tenías, le diría a Silvia si volviera a encontrarme de nuevo con ella. Fue lo primero que le dije cuando la saludé en la Sociedad Geográfica hace un par de años en el acto en que se le hacía miembro de honor de dicha sociedad. Incluso se lo comenté a Darío, el de Desnivel, a ver si os espabiláis y convencéis a esta mujer que nos escriba un libro. Ella me había dicho momentos antes que no entraban en sus cálculos esas cosas. Y mira por donde…

Me alegra un montón; si ayer hablaba aquí de mis admirados Garrido, Carlos o David no es que me olvidara ella, es que mi colección de admirados son muchos, todos aquellos, ya se sabe… Silvia es menudita, chiquita, leve, sonríe cuando le hablas con la levedad de quien pasa por los acontecimientos sociales sin que éstos le rocen apenas por dentro. Está allí porque la han llamado y le van a dar no se qué premio. El día de los premios, me contaba Pedro Nicolás, los organizadores estaban en ascuas porque el acto comenzaba con ella y cinco minutos antes todavía no había aparecido. Cuando la nombraron y subió al estrado, recogió el premio y amagó con marcharse corriendo de allí. Pero tuvo que pasar al final por el micrófono. Su discurso consistió en esto: ¡Gracias!, ni una palabra más. Un laconismo nunca visto en la Sociedad Geográfica en la que los premiados suelen largar un pequeño discurso a la concurrencia.

En aquella ocasión recuerdo que se lo había comentado a Ramón Portilla, que no sabía nada del acontecimiento y quedamos en que la propondría que fuéramos a cenar juntos, y si no le dices que me encantaría escalar mañana en la Pedriza con ella, me dijo Ramón. Se lo comenté a Portilla, la raptamos y nos la llevanos a cenar por ahí. Nada, quienes la tenían realmente secuestrada eran los de la Sociedad Geográfica, que aquella noche habían invitado a todos los galardonados, incluido otro admirado mío con el que pude intercambiar algunas palabras, monsieur Sylvain Tesson, un aventurero de exquisita prosa al que había leído días atrás en La vida simple y con quien bromeé diciéndole que yo había estado con él recientemente en el invierno de los 30 grados bajo cero del lago Baikal. Algo bastante cercano a la realidad cuando te metes de lleno en su libro y circunstancias, que físicamente no estarás allí, pero si lo está tu cabeza y todo lo que sucede en la del autor. 

Silvia, lo mismo que me sucede con Carlos, es una persona que planea con cierta frecuencia por mis circuitos neurales de solitario empedernido. Cuando yo me lío en algún sendero, me extravío y tengo que forzar unos pasos que no me queda más remedio que dar, especialmente cuando el patio que se abre a mis pies se convierte en un interrogante, y además llevo semanas caminando, y además sobre mi espalda cargo una mochila de 15 ó 16 kilos, después, cuando ya me estoy cocinando la cena a veces me acuerdo de Silvia, la Silvia solitaria, la Silvia sin teléfono ni gps, la Silvia cargada como un burro que a veces ha tenido que hacer marchas de aproximación de más de una semana haciendo tres viajes por cada porteo, ida, vuelta e ida de nuevo con el siguiente porteo. Eso la Silvia que abre una vía y que pasa quince días o un mes colgada en una pared, días en los que hace sol, llueve o truena y ella allí, impertérrita, tozuda, valiente, con más de eso del caballo de Espartero, erre que erre. 

Y sabiendo de estas cosas cómo no querer saber lo que sucede en su coco, la ebullición de sus proyectos, su fuerza, lo que piensa cuando se pasa tres días colgada de una hamaca en el final del mundo a muchos jornadas del pueblo más cercano mientras espera a que deje de llover o nevar. 

Ja, como para hablar aquí de vulnerabilidad, una persona que confiesa que para ella la incertidumbre es esa línea en donde empieza realmente la aventura. A mí que con tanta frecuencia la incertidumbre me ha tirado para atrás, me ha hecho bajar las orejas y dar una vuelta de mil demonios para saltarme a la torera precisamente a ella, doña incertidumbre. Somos vulnerables, pero acaso muchas de nuestras actividades en montaña serían cosa sin chicha ni limoná si no fuera porque nos hemos enfrentado a nuestra personal vulnerabilidad. Sylvain Tesson alquila en invierno una reducida cabaña en las orillas del lago Baikal. La podría haber alquilado junto al lago de Como o en la Engadina Suiza con sus magníficas montañas alrededor, pero no, se larga allá donde la incertidumbre, como quien pone una pica en Flandes, sienta sus reales, donde su vulnerabilidad estará todo el invierno a flor de piel. Bataille decía que él escribía para no volverse loco. Silvayn Tesson y Silva Vidal parecen buscar las cosquillas a la vulnerabilidad no para volverse locos, sino para dar salida al imperativo categórico que pone sobre ascuas a su voluntad cuando un hermoso y riesgoso proyecto se les cruza por la frente. Ante el ser o no ser, las excelencia de la afirmación del yo. 

El libro de Silvia está sobre mi mesa; podría haber esperado a leer un poco para escribir unas líneas, pero se me adelantaron estas primeras impresiones. Su libro promete. Seguro que más adelante vuelvo sobre él.

 

 


Tres hombres en el Aconcagua

 

Arriba David de Esteban, Carlos y Pedro Mateo a la derecha y Fernando Garrido y su tienda en la cumbre del Aconcagua

El Chorrillo, 18 de febrero de 2025

La tórtola y los gorriones se pelean esta mañana en su comedero frente a mi ventana. Antes eran incompatibles y esperaban turno, pero ahora la manduca les atrae con tal fuerza que allí andan todos revueltos comiendo a la vez, ellos y algún que otro carbonero, estos más tímidos, que espera en las ramas cercanas a que no haya moros en la costa y que el comedero quede libre. Este es mi espectáculo preferido cuando enciendo el ordenador. Sólo tengo que girar un poco la cabeza para verlos inquietos dando cuenta de la pipas y el alpiste. Bien, al asunto de hoy, esos tres hombres fuertes que han colonizado esta mañana mi atención alrededor del Aconcagua y que encabezan hoy el post.

Carlos y Luís Miguel Soriano han conseguido en estos días poner en el candelero la montaña más alta de América, una montaña y sus hombres que yacía adormilada en mi memoria despierta estos días de nuevo con las noticias que nos llegan desde La Plaza de Mulas, punto obligado de paso para la ascensión. Mis dos lecturas sobre esta montaña provienen, una de un texto que tiempo atrás me envió David de Esteban, Aconcagua, era su título, un relato de su experiencia solitaria y personal a la montaña; y otra el diario que Fernando Garrido llevó durante los dos meses que permaneció solo en la cumbre del Aconcagua. Su título: 7000 metros. Diario de supervivencia.

La verdad es que pocas veces he sentido tanta admiración por un hombre como sentí mientras leía este libro. Solamente esa estancia suya de dos meses a 7000 metros de altura y la primera ascensión invernal al Cho Oyu en solitario, ya da idea del temple personal absolutamente fuera del alcance de cualquier persona corriente. Leí el libro con el alma en un puño, me lo imaginaba allí metido en su pequeña tienda de campaña sobre la cumbre sin ningún tipo de protección adicional, encogido en su saco de dormir sufriendo las embatidas de la tormenta y el viento, y se me ponían los pelos de punta imaginándomelo; y ello recordando las muchas tormentas que he tenido que sufrir verano tras verano mientras atravesaba los Alpes, esos instantes en que no estás seguro si tu tienda va a salir volando, que tienes que apoyar todo tu cuerpo contra la tela para contrarrestar las ráfagas huracanadas que baten contra tu tienda hasta inclinarla a punto de quedar el techo a dos o tres palmos sobre el suelo, tuvo que soportarlas Garrido mayores y más numerosas. Y sigo la narración de su libro y compruebo cómo se defiende contra este peligro colocando grandes rocas dentro de la tienda para que ésta no se vea arrastrada, y le miro encogido entre las piedras dentro del vendaval y mi admiración no tiene límites. Y leo posteriormente cómo Fernando escribe una carta a la montaña, cómo le cuenta a ella sus penurias y cómo le pide comprensión para él y su circunstancia, una carta casi amorosa, y cómo sale de su tienda y aprovechando una ligera brisa que se pierde por la cara sur, lanza la carta al aire como quien deposita un mensaje en un buzón de correos. Al final Fernando y la montaña necesariamente terminan siendo una misma cosa, la fuerza del amor a uno mismo, escalo para mi alma, y aquella otra fuerza que nos impele a entrar en profunda comunión con la montaña, con la fuerza interna del hombre que aspira a sacar de sí lo mejor y más noble que la naturaleza ha depositado en él. Tierra de hombres, titula Saint-Exupéry, un libro que habla de estas cosas.  

A David no recuerdo cómo le conocí. Sí recuerdo que hacía yo el Camino de Santiago de Levante y que acercándome a Toledo quise conocerle y le mandé un mensaje. No nos conocíamos el uno al otro y sin embargo a los pocos minutos recibí su guasap poniendo a mi disposición su casa para el tiempo que durara mi estancia en Toledo. Al día siguiente allí estábamos en la plaza Zocodover dándonos un fuerte abrazo. Hay personas con las que congeniar es cosa de un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces que supe de su ascensión solitaria al Aconcagua. Al día siguiente camino de Ávila ya tenía en mi teléfono su relato de aquella ascensión, Aconcagua. De niño hacía colección de cromos, ahora que ya soy mayorcito lo que hago es colección de personas que por una razón u otra me admiran, como es el caso de David de Esteban, de Fernando Garrido, de Carlos Soria o de Juanjo San Sebastián; a este último le incluyo en la lista porque tanto su libro Cita en la cumbre, como lo que en él se narra, me impactaron mucho en su momento. Un gesto para llevar la contraria, además, a Juanjo que escribe que no le gusta que nadie le admire, pero que cuando le tengo enfrente bromeo con él y le digo que tendrá que aguantarse, le guste o no, con mi admiración.

Repaso por encima el texto de David: “Doy gracias una y mil veces por estar solo” y ello pese a que “el sentimiento alegre y vivificante de saborear la montaña, de sentirte parte de ella, se pierde por encima de los 4000 metros”. “He vuelto al Aconcagua porque necesito que se tensen mis resortes internos, porque me es necesario hacer un ejercicio de medir fuerzas en este terreno tan difícil para la vida humana”. Y esa descripción somera que hace de “su” montaña: “Del Aconcagua atraen la aparente accesibilidad de su vía normal, su altura, su aspecto de montaña noble… Sin embargo sus laderas interminables, su viento enfurecido en ocasiones, su escasez de oxígeno, el frío intenso nocturno y otros factores, hacen que ocho de cada diez alpinistas que lo intentan no consigan su objetivo final”. Existen personas que bajo su apariencia de hombre de la calle esconden una fuerza, una humildad, una capacidad y una entereza capaz de mover montañas y en David no es la menor el hecho de haber abierto en Gredos en torno a 350 vías nuevas.

Y me queda Carlos del que he escrito tantas veces tantas loas que imposible sería decir nada nuevo, lo principal aquello de que nunca este mundo produjo un hombre que pudiera estimular tanto a la gente mayor para comunicarle ese “todavía se puede”, ese hombre, que sí, que te dice con el ejemplo que incluso con 86 años uno puede subir al Aconcagua, al Manaslú o donde se tercie. Sólo hay que proponérselo y engrasar constantemente los músculos y los nervios del cuerpo. Carlos nos está dejando a todos los que pertenecemos a la parroquia de los septuagenarios y octogenarios un ejemplo a seguir tan claro y definitivo que basta pensar en él cuando duelen las lumbares, arrastras una pierna o te jode el nervio ciático para que los dolores se te pasen y vuelvas a hacer la mochila mientras piensas por qué parte de la Pedriza te meterás hoy. Porque males hay que impiden etcétera, pero observad como tenía Carlos la pierna después de su accidente, una pierna que según mi diagnóstico visual ante una pierna con veintitantos tornillos, sería imposible que volviera a pisar el monte y miradle en este momento camino de la cumbre más alta de América. Eso, vivir para ver y convencerte de que siempre se puede dar un paso más hacia delante.