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lunes, 16 de junio de 2025

Sexo y ternura

 



El Chorrillo, 16 de junio de 2025

En estos días de calor que ya preludian la entrada con pie firme en lo tórrido del verano y que en mi caso se me hace imprescindible estar todo el día en porretas, se comprenderá que un tema como el que se anuncia en el título de este post, venga a estar presente tarde o temprano. La desnudez es tarde o temprano el preámbulo de alguna prometida felicidad. El tema me surgió a raíz de haber tropezado con una serie de fotografías de una novia que tuve en los umbrales de mi jubilación, fotografías todas ellas al modo de como Eva caminaba por el Paraíso Terrenal, es decir como Dios la trajo al mundo.

El asunto me  llena tan de ternura y excitación que no he dudado un segundo en colocar una de esas imágenes en la pantalla de mi teléfono. Así que ahora cada vez que enciendo el móvil para ver la hora, allí la tengo, alegre, feliz como quien celebra la vida, contenta de haberse encontrado conmigo y yo con ella, lo que me hace pensar, pese a que cuatro años después naufragara nuestra relación, ese contemplarla con tanto gusto, que las relaciones sentimentales que establecemos con mujeres, y ellas con nosotros, tienen una enorme variedad de numinosas sustancias navegando en su interior que es ocioso querer comprender al primer vistazo. Si toda relación humana es compleja, la que mantenemos hombres con mujeres digamos que puede llegar a ser inasumible para una mente simple. Mente simple sin más la de aquellos que  en estas relaciones sólo llegan a ver un asunto de toma y daca, que suele ser la óptica ramplona con la que una parte de la calle relaciona estos asuntos.

¿Qué es lo que sucede a mi organismo a partir del momento en que mi mirada empieza a ser acariciada por ese rostro alegre, pleno de vida, enamorado, de donde sale esa encantadora sonrisa? Desde luego lo primero que brota en él es un ramalazo de inesperada ternura. Mi mirada puesta en su risa, su entrega sin tapujos al instante, a la felicidad, al encuentro con el otro que surge de su rostro resbala enseguida por el plano inclinado de su desnudez, atraviesa la confluencia de las clavículas, se detiene en sus pechos y, antes de llegar a su pubis, una leve erección comienza a rondar la entrepierna. Ternura versus sexo. El cuerpo acaba de atravesar las puertas de un mundo encantado de la mano de la oxitocina. Sabida es esa revolución que la química produce en las puertas de tales circunstancias y que no es de extrañar el empeño que pone la Naturaleza en estas cosas. Quizás sea desde ahí el modo que elige este flanear mío por el asunto, un modo de aliviar el hecho de que tras ese recorrido entre el rostro y el pubis, algo se arrebole en mi interior que hace que la ternura y la erección bailen un agarrado chotis en medio de esta tarde de calor.

Y digo yo que ¿a qué interrogación interna responderá el hecho de que yo deje de leer, deje incluso de contemplar a mi exnovia, tan bonita ella así de contenta frente al fotógrafo de entonces, yo mismo, y me ponga a escribir algo que en principio no sé de qué iba a ir, intuiciones, gracias a la vida por aquellos años, ternura, ejercicio de onanismo? Y me contesto que probablemente sea ese contento que me deja en el cuerpo recordarla lo que me anima a escribir, un modo de alargar el placer que sugiere la contemplación y el recuerdo.

Cita Chirbes a Tennessee Williams. Lo siguiente: “Me inclino a pensar que lo que más motiva a la mayoría de los artistas es una vocación desesperada de encontrar y de saber distinguir la verdad dentro del conjunto de mentiras y evasiones en que vivimos”. A cuento viene la cita de que la romez romo, tosco, torpe con la que se suelen tratar los temas relacionados con el sexo, bien merece poner de relieve que la mentira bajo la cual hemos vivido desde nuestra lejana educación infantil, unido a la estolidez con la que se atiende a los asuntos sexuales en medios y demás, hacen difícil esclarecer lo que hay de mentira y de verdad en el ámbito de la sexualidad, un asunto tan maltratado y deformado incluso en el ámbito de la legislación de nuestro país últimamente.

La verdad de la ternura a veces lo tiene difícil en el vocabulario de los medios, incluso en la óptica de feministas mal avenidas con realidades complejas. En nuestra sociedad se habla en exceso de sexo y muy poco de ternura.

 

 

 

 

 

 


sábado, 3 de mayo de 2025

Por qué le gustan a Juanito “las montañas” ;-)

 


Iztaccíhuatl: Volcán inactivo, México, 5.220 metros 

El Chorrillo, 4 de mayo de 2025

Cito a Galdós, Fortunata y Jacinta. Lo siguiente: “Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de sus correrías (mujeriles) y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba como si fuera la mujer de otro”. No he tenido más remedio que soltar una carcajada y cerrar momentáneamente el libro para saborear la idea como si se tratara de uno de esos pasteles que me compraba de niño con la paga de los domingos en la Mallorquina. Me encanta eso de de que Galdós nos descubra con tanta gracia que a Juanito le ilusionada su mujer como si fuera la mujer de otro. Me acordaba de alguien que defendía a capa y espada que él con su mujer tenía bastante y que no deseaba a ninguna otra. Algo que me sonó siempre muy contra natura y contracorriente de la lógica más primitiva. Porque el deseo, que no atiende a convenciones ni a fidelidades de ningún tipo, no se fragua en actas matrimoniales, en convenciones o en normas sociales; ni siquiera tiene en cuenta aquellos mandatos con los que descendiera Moisés del Sinaí, aquel no desearás a la mujer de tu prójimo. El deseo, que debe de ser uno de esos imperativos que inyectó la naturaleza en los circuitos neurales de los sapiens, no se anda con chiquitas. Guardadito quedará, reprimido, pero como agazapado a la espera de que cualquier brisa erótica lo despierte. Comenta Chirbes que ante un cuadro de Backer que refleja a una cortesana de pechos desafiantes, Jünger habla del “poder de Venus en el plano inferior”. Algo de lo que no se libran los sapiens por poco que les funcione la irrigación de dopamina o la testosterona en el organismo.

Sin embargo la “ilusión” de Juanito, tan irónica y psicológicamente comprensible, digamos que tiene otro origen que sólo un poco tiene que ver con lo sexual. Lo nuevo, sí, qué ilusión la de un cuerpo nuevo, unos ojazos negros, una sonrisa encantadora, un talle que ya de pensar en acariciarlo hace volar la imaginación por las altas esferas celestiales.

Imposible imaginar cómo en el siglo de Montaigne, el XVI, se lo podía montar aquella gente más allá del galanteo, porque mancos no creo que fueran, la prueba está en que ya dos siglos antes Boccaccio nos ilustraba religiosamente sobre lo que se cocía entre hombres y mujeres, incluido lo que sucedía en los conventos de monjas y la labor tan meritoria y querida que cierto mudito hacía entre las alborozadas religiosas del convento. Sin embargo es claro que Montaigne, que no era Boccaccio y sí mucho más comedido que éste, tenía una idea muy acertada de cómo los sapiens pensamos y sentimos cuando escribía cosas como esta: “Nos aburrimos de lo que poseemos y suspiramos por lo que no está a nuestro alcance”. Y contaba cómo la tensión del cazador obcecado por perseguir a su presa durante media mañana, cuando al fin la ha conseguido se relaja. El galanteo ha terminado y ahora a otra cosa, mariposa, se dice para sí. Cazar es apasionante pero haber cazado, en cambio, parece ya una anécdota. Lo que mueve al sujeto no es la posesión, sino el impulso, la expectativa, la promesa. Juan, Juanito, el hijo mimado de doña Bárbara, parece que se diera a mirar a Jacinta como si fuera la de otro, un modo curioso y a la vez corriente para recuperar la chispa original del deseo, de lo nuevo (¡ay, lo que se podrá cocer en los cerebros de los sapiens y las sapians para dar curso a su placer!).

Hablando de estas cosas es imprescindible traer a cuento al superstar Byung-Chul Han, que en La agonía del Eros, retoma esta idea y la sitúa en el centro del malestar contemporáneo. En una sociedad de transparencia y exhibición total, donde todo se muestra y se consume de forma inmediata, escribe Han, el eros pierde su fuerza y para que haya eros, debe haber distancia, opacidad, misterio. Ese escote, por ejemplo, del que he escrito alguna vez, inspirador de tantas fantasías y que para el sochantre de Álvaro Cunqueiro en una de sus historias, era un puro perfume, un perturbador paisaje del que al clérigo le era imposible retirar la vista. Cuando todo se muestra, el deseo parece quedar ayuno de fuerzas.

No recuerdo si he comentado ya por aquí cierta imagen de Alejandro Jodorowsky, creo que era en Psicomagia. Contaba allí cómo, en un striptease, el espectador, llevado por un deseo creciente, mientras prenda a prenda iba cayendo, querría, dice Jodorowsky, que la mujer tras desnudarse se abriera el vientre y mostrara sus entrañas. Se trata de una imagen cruda y violenta, pero profundamente simbólica que habla de un deseo irreprimible que busca alcanzar el centro del misterio.

El deseo, como lo que nos impulsa hacia la cumbre de una montaña, no busca tanto el objeto, la cumbre, como la tensión erótica, la promesa. Lo que se persigue en esencia no es la cumbre, sino la tensión generada por alcanzarla, por alcanzar eróticamente el  encuentro con el otro.

 Cuando me ha surgido hablar de estos temas en el trasfondo siempre he tenido la impresión de que veladamente hay cierta concomitancia entre esos dos impulsos tan diferentes, el erótico y el que nos lleva a escalar montañas. Existe una filosofía por medio que cuando tratamos de indagar en los porqués aparece por aquí y por allá en ambos impulsos como correlato de comportamientos que tienen sus orígenes en una forma de funcionar nuestro cerebro.

¿Por qué funciona así y no de otra manera? Bonita pregunta. Lo mismo Galdós no habría necesitado echar mano de Darwin para contarnos algo al respecto.


lunes, 7 de abril de 2025

Ellas y nosotros

 



El Chorrillo, 7 de abril de 2025

Esta mañana un amigo, comentando mi post de ayer que terminaba con la afirmación de que el problema a nivel general seguía siendo esa infinita banalidad que nos rodea, decía en su guasap que la banalidad es legión, y nosotros sólo algunos. Recordé entonces una idea de parecida estructura perteneciente Ortega, y que seguro nos concierne, aquello de que las mujeres son muchas y él era tan sólo uno. Una verdad que, dado lo proclives que somos a gustar de lo femenino más allá de la exclusividad, lo que parece encerrar es una añoranza difícil de saciar. Una idea que cuadra, pese a la extensión en el mundo de la monogamia, con la imposibilidad de poner puertas al aire; un aire que no es otra cosa que lo femenino flotando constantemente en la periferia del mundo masculino; una certeza que no necesariamente se sustenta exclusivamente sobre la realidad física, sino que con mucho invade el mundo de la imaginación que, saltando sobre las  dificultades o inconvenientes del encuentro físico, cumple sanamente su función. De la sensación de que nos liamos con cosas sencillísimas no se libran los asuntos del sexo. Meta usted los asuntos del sexo en una olla exprés, cierre a presión, deje que la primavera caliente la olla y llegado el momento de cierto calor, si la olla no tiene una adecuada válvula de descomprensión, seguro que se produce un desaguisado en la cocina.  

A la cosa de la búsqueda de lo femenino no hay quien la pare. No sólo hablaba mi amigo de banalidad, que también echaba mano de una película para ilustrar la fuerza con la que bulle dentro de todo quisque la búsqueda del fruto prohibido. Cuenta sin más de algunas secuencias de la película Novecento, de Bertolucci, una escena del patriarca de la familia, Alfredo Berlinghieri, encarnado por Burt Lancaster. Está en los establos de la casa familiar, escribe, y le dice a una joven campesina que le introduzca la mano en la bragueta de su pantalón. Ella accede sonriente y le manipula durante unos segundos. Cuando el manipulado observa que no obtiene respuesta a ese hecho, le ordena que lo deje y le dice que se marche. Posteriormente, la cámara nos muestra al patriarca colgando de una viga: se ha suicidado. 

Las interpretaciones pueden ser varias, pero en general el desenlace se podría interpretar como un gesto ante una decadencia intolerable. No obstante mi amigo se inclina por interpretar que Bertolucci lo que nos da entender es que "cuando se acaba la sexualidad en el macho, se termina la vida —algo relativamente corriente entre los animales, grupo al que pertenecemos también nosotros—". Yo aquí tengo mis dudas, porque en el mundo hay gente pató, pero sí, me inclino a pensar, que tanto como suicidarse porque a alguien no le responda en determinada situación lo que debería responder, es una exageración. No sólo eso, que conozco varones y hembras, algunos personajes que pertenecen a la notoriedad de la historia, que llegados a los sesenta estaban deseando quitarse de encima los calores de la libido para poder dedicarse sosegadamente a las tareas del pensamiento. Dos de estos personajes eran Shopenhauer y Simone de Bauvoire. Como digo, gente pató, gente que tiene en sus cabezas diversiones de índole tan elevada que les resulta una molestia que el cuerpo se les vaya por peteneras a la vista del jugoso fruto de lo femenino o masculino. Pero no, no creo que sea ese el pensamiento de una generalidad.

Yo entiendo mal eso de que la monogamia sea una cosa tan generalizada. Me refiero a la monogamia real, no a aquella de los monógamos que van sembrando cuernos allá por donde pasan. Tuve una novia hace algunos años que cuando yo le comentaba lo que me gustaba un bonito trasero que caminaba frente a nosotros, ella, que de celosa tenía un montón, se cabreaba conmigo y queriendo ofenderme me llamaba viejo verde, a lo que yo contestaba con una sonora carcajada. En general nos llevábamos bien, pero se le iban los demonios cuando mi vista, vagando por aquí y por allá del paisaje urbano, se recreaba en las bondades de alguna atractiva fémina que circulaba por la calle. De sobra sabemos todos lo mucho que aprecian tantas mujeres que las miremos. Mal asunto, me comentaba hace no mucho una amiga, cuando ni Dios te mira, ni se fija en ti por la calle. Vamos, que el gusto es tan suyo como nuestro.

 


domingo, 2 de marzo de 2025

Ese círculo encantado

 



El Chorrillo, 3 de marzo de 2025

“La hora más callada es la que va de las doce a las tantas de la madrugada en que nuestra alma y los pensamientos salen de sus tumbas y nos traen uno a uno los fragmentos perdidos de nuestro yo”. (Musil, Diarios). También en las borracheras no etílicas a nuestro yo le cabe encontrar los rastros escondidos de nuestra alma. Gil de Biedma decía de sí mismo que sus ideas surgían a medida que discutía con los otros, a medida que se encontraba con fulanito o menganito,  transeúntes, niños, jóvenes, que en reposo era incapaz de alumbrar nada. Algo así me sucede a mí, que hasta una mosca volando sobre mi nariz podría ayudarme a alumbrar un texto. Me sucede estos días que perdido en los recovecos del ensimismamiento, me doy a buscar cierto perfume que mana en los entresijos de la realidad de la calle, estampas, rostros, mujeres, gente, y de ello constato que el flujo de lo femenino tarde o temprano termina por aflorar en esta privilegiada hora de la madrugada.

Cuando uno entra en el círculo encantado de la feminidad, cuando pasito a pasito nos vamos adentrando en su misterio, en sus ojos, en lo puede encerrar su mirada. Y entonces quedar atrapado, no de la azafata, la política, de su oficio o los requerimientos de su función en la vida, sino de su entera feminidad, de esa mirada, mirada misterio, mirada connivencia, mirada sugerencia, mirada aquí estoy yo, mientras los labios entreabiertos esbozan una muy ligera sonrisa. Dime, ¿qué tal?¿Y tú, cómo andas? Diálogo entre los ojos mientras la boca guarda silencio. Aquí estamos ¿seguimos contemplándonos uno a otro durante toda la tarde? ¿Cerramos los ojos, los posamos sobre otro lugar al otro lado de tu mirada? ¿O seguimos contemplándonos?, mirándonos hasta que cierto cosquilleo empiece a inundar con su calor por ahí abajo, hasta que el cuerpo entero se me llene de ti, mirada inquietante, mirada deseo, mirada con cuantas ganas te follaría ya mismo; sin embargo aquí estamos esperando el turno de palabra, escuchando a un gilipollas decir estupideces mientras que… eso mismo. Para eso me he puesto guapa esta mañana, coño, pa que me mires así, como quien empieza a lamer un helado de fresa en el pleno calor del verano, pura dulzura la humedad de tus rincones.

La gracia de Dios cayó gratuitamente, se encarnó en un cuerpo y desde ahí fluye por la corriente de la vida engendrando a su alrededor anhelo de infinito, anhelo indefinido que cruza el pecho y emborracha la cabeza con el dulzor de su esencia.

No te des por aludida, no es que seas tú, eso que crees que eres tú, tu cuerpo, es la gracia de lo innombrable que se posó sobre tu ser y te hizo objeto de veneración, atracción inaprensible, deseo, anhelo que fecundando las entrañas de mi ser flota en el aire de tu mirada con la atracción de la mariposa que termina quemando sus alas en el fulgor de una luz.

¿Espejismo? Te has adormilado pensando en una mujer y ahora sueñas con ella, con la imagen de ella, que acaso no sea ella sino el doble que tu anhelo creó en los nexos neurales de tu deseo, porque en todo caso de su mirada brota un mundo de insinuaciones que no son otra cosa que lo que tu ánimo busca de continuo  en el bazar de lo femenino, esencias, especias exóticas, olores venidos del sándalo y el jazmín, puro encuentro con el inasible anhelo que flota en la naturaleza embriagando a los habitantes de este universo con su fragancia.

Sí, después estarán los oficios, las obligaciones, comprobar si tus acciones van a la baja o al alza, si es la hora para ir a recoger a los niños del colegio, cuestiones al margen todas. También el poder y la abundancia de recursos sufren de esta abstracción de los momentos de plenitud en que el otro lo es todo en medio de las rutinas de un día cualquiera. Te has encontrado con una mirada y ya el mundo apenas es el mundo porque tu anhelo, el misterio de tu mirada lo ocupa todo.

Después será el crescendo, con levedad al principio, acariciante después, el paraíso donde yacen los enamorados de un cuerpo, más tarde el alma, y de esos posibles de una larga noche venga el alba lleno de la gracia de un cansancio infinitamente placentero, la del que descansa después de una batalla amorosa en la que siempre se escuchaban ecos de la siringa griega o la quena andina.

 

 

 


sábado, 1 de marzo de 2025

Anhelo infinito

 



El Chorrillo, 1 de marzo de 2025

Comienzo estas líneas con la convicción de que hoy no voy a ser capaz de explicarme del todo, entre otras cosas porque me muevo en un terreno que es como abrirse entre la espesa niebla de un bosque donde no parece que haya límites precisos. Así que solamente un intento. De momento ya de mañana el amigo X me suelta al teléfono que vaya con el machismo del señor Musil, más o menos, en relación a esa cita que ayer había colocado al final de mi post. Vuelvo a insertarla aquí para que sepáis de qué estoy hablando. ”Ese anhelo indefinido (anhelo de mujer), que Dios sabe de dónde procede, con el que nacemos y que al contacto con nuestra amada esposa de todos los días no hace sino humillar”. El ¡Jooooo… tela!, que exclamaba mi chica ayer después de leer el texto, auguraba ya un tema polémico.

Tan de moda se ha puesto en la sociedad de nuestro tiempo hablar de cosificación de la mujer, que me siguen dando ganas de volver el asunto aprovechando la cita de ayer. Sugiero aquí a quien caiga casualmente por estas líneas que haga el esfuerzo de no querer agarrar el rábano por las hojas, que es lo que puede suceder en este ambiente que tantas feministas han creado cuando se trata de hablar de la relación entre hombres y mujeres, como si la cosa se planteara en una especie de lucha de barricada a barricada.

En El banquete, de Platón, Diotima ilustra a Sócrates sobre la naturaleza del amor y sitúa a éste entre la abundancia y la carencia. Esto implica que el amor es una fuerza que busca lo que le falta, de ahí el que desde la carencia busque la abundancia. El hombre busca en la mujer lo que le falta (y viceversa). El amor para Diotima es un impulso hacia la inmortalidad, que puede manifestarse a través de la procreación física o mediante la creación de obras y virtudes que trascienden al individuo. Estamos muy lejos de ese concepto tan extremadamente vulgar que llaman cosificación. Si nos retrotraemos a esta idea primera, tan antigua y tan olvidada por esas gritonas de la calle que no han tenido todavía tiempo de ahondar en la complejidad de la relación hombre/mujer, y que confunden eso que llaman cosificar con ese anhelo infinito (de mujer) del que habla Platón, que subyace en todo hombre por bruto que sea, encontramos que cierto feminismo carece de una visión medianamente profunda de la realidad. Que aunque los brutos, seres primitivos de nuestra raza, reaccionen como reaccionan ante la presencia de la mujer, no les vamos a quitar de encima algo que está inscrito en nuestro ADN que indudablemente en ellos se mezcla con lo más propio de la animalidad.

Ignoro lo que los hombres en general pueden sentir por la mujer cuando empiezan a tener años, pero no creo que ello esté muy lejos, al menos si consideramos al individuo con un mínimo de sensibilidad, de la que experimenta quien siente a la mujer con una suerte de anhelo, anhelo infinito. Aristófanes en El Banquete presenta un mito sobre el origen del amor que explica la búsqueda constante de nuestra "otra mitad". Según este relato, muy simplificado, descendemos de un solo ser al que Zeus decidió dividir en dos mitades. Desde entonces, cada mitad anhela reunirse con su contraparte perdida, lo que constituye la esencia del amor: la búsqueda de la totalidad original. Intentar profundizar en el anhelo de hombres y mujeres de uno por el otro como una fuerza primigenia, enquistada en nuestro ser (la fuerza que engendra el enamoramiento es a veces demoledora y loca, no gratuitamente, sino porque está en nuestros genes), debería llevarnos con un poco de esfuerzo por nuestra parte, a entender de esa energía/anhelo como algo que subyace en machos y hembras sapiens como una de las fuerzas más poderosas que se han desarrollado en la naturaleza. Este mito sugiere que el amor es el deseo innato de recuperar nuestra integridad primera, encontrando en otro ser aquello que nos completa. Así, la búsqueda de la "media naranja" simboliza el anhelo humano de plenitud y conexión profunda con otro individuo.

Ahora, el anhelo no se circunscribe solamente a deseo del otro sino que también entra en juego la belleza. Diotima reflexiona sobre la relación entre el amor y la belleza, ampliando el concepto de anhelo hacia una dimensión estética y filosófica y así introduce la metáfora de la "escalera del amor", que describe como un proceso ascendente en la búsqueda de la belleza en cuyo primer peldaño está la atracción física hacia una persona específica y que se extiende en un segundo peldaño a una apreciación por la belleza física en general; en tercer lugar la atención se desplaza de lo físico a lo espiritual “valorando la belleza del alma y el carácter”. Le siguen algunas consideraciones más, pero son ajenas al asunto tratado.

Resumiendo: el anhelo arranca de la necesidad del otro, de su búsqueda y está vinculado igualmente a la búsqueda de la belleza, según Platón. Recogiendo esta idea e intentando hacer de ella la razón de algunos de nuestros comportamientos respecto al otro género, no debería sernos ajenos que ese anhelo indefinido de mujer, tan radical, tan potente, tan extremoso, que en principio podría no tener ninguna relación con lo genital o sexual, es algo que vive en el hombre como un regalo de la Naturaleza y que la prosaica irrupción de algún feminismo contamina y  pervierte simplificando los profundos sentimientos del hombre (hombre como género neutro) y convirtiéndoles en vulgares muestras de machismo. Dando por sentado este anhelo enquistado en nuestro ADN de manera indeleble, llevar el discurso del comportamiento masculino hacia el femenino como un fenómeno de cosificación es querer convertir en basura lo más noble que existe en el hombre (repito, género neutro). La pureza del anhelo, que algunos pervierten y lo convierten en ese follarme a una tía, (de todo hay en la casa del Señor), no debería invitar a generalizar y a meter a todos los hombres y mujeres en el mismo cajón de los bestias que hacen de las relaciones de género un barrizal.

Me gusta una mujer, un hombre… ¿Y qué? Días atrás Yolanda Díaz saludaba al presidente de la CEOE Antonio Garamendi con la expresión: “¡qué guapo estás!” ¿Pecado? ¿Al juzgado con ella? Las arremetidas del feminismo por un quítame allá esas pajas pierden la orientación desviando su atención de los problemas reales para centrarse en asuntos casi me atrevería baladíes, o al menos carentes de entidad suficiente. Vamos, mezclando churras con merinas.

La belleza, la mujer son y serán siempre objeto de un anhelo (anhelo infinito, diría Platón por boca de Diotima) por más que los bestias, bestias como tales etcétera.

Una vez asentada la realidad de la presencia inequívoca del anhelo en los hombres y mujeres (anhelo indefinido en Musil), “y que Dios sabrá de donde procede”, cabría seguir argumentando sobre la segunda parte de la cita de Musil, es decir, anhelo que “al contacto con nuestra amada esposa de todos los días no hace sino humillar”. En principio parece muy chocante esa afirmación, chocante probablemente porque deseamos agarrarnos con todas nuestras fuerzas a un ideal de pareja enamorada que en absoluto puede ser extrapolado como general, porque se quiera o no, pese a los muchos años de enamoramiento de muchas parejas, la realidad, en términos generales, es que ese anhelo primero poco a poco languidece como tal transformándose en otra cosa. Languidece mientras que el anhelo de mujer de todo casado o arrejuntado durante años, pervive en el deseo y sentimiento del hombre con una llama que no se apaga más que en el momento de la muerte. Uno puede querer a su propia esposa todo lo que se quiera, pero raramente ella será representante de ese anhelo primero que se instala en el hombre que Musil llama indefinido y Diotima infinito.

Repito que el zafio y burdo uso que tantas feministas hacen de la relaciones de género, circunscribiendo y legislando, y legislando repito, como si nuestras relaciones de género estuvieran regidas por la ley de la selva, pienso que es propio de una sociedad pacata que  no sabe ir más allá, o no puede, de lo que tiene delante de las narices, graves asuntos sin lugar a duda como la violencia entre hombres y mujeres en todo caso punibles, pero que lanzándose como se lanzan sobre un beso no consentido como fieras dispuestas a devorar a todo el género masculino, lo único que hacen es desprestigiar sus justas luchas. Las razones de este párrafo tienen su lugar en el contexto que vengo escribiendo porque ese despilfarro y énfasis que pueda darse con un quítame allá esas pajas confunde a la sociedad que tiende a establecer barreras, zanjas y resquemores en nuestras relaciones de género. El otro día, seguimos con Yolanda Díaz, a la vicepresidenta, un periodista, para responder a una interpelación de ella, le soltó “que cada vez estaba más guapa”, que obviamente era un ejercicio para desviar la atención del asunto que se trataba. Ante esta salida Yolanda Díaz denunció el hecho como una situación de machismo. Por otra parte la portavoz de Compromís en el Congreso expresó que muchas mujeres y periodistas experimentan situaciones en las que en vez de ser miradas a la cara, se les mira el pecho. Ja, toma, esto cuadra con aquellas jocosas historias de Álvaro Cunqueiro en que el perfume que se desprendía de la abertura del escote de una viajera sentada enfrente era tan profundo y excitante que le ponía los ojos como chiribitas (ojo a la sinestesia). Si sucumbir a la tentación de contemplar pasmado un escote es machismo, pues bueno… como si hubiéramos nacido ayer. Y lo del periodista, pues que no, que la elegancia y la educación nos llevan a ser más considerados con los demás, pero sólo eso.

Me he pasado ya más de tres pueblos con este texto, pero es que estoy encantao con el asunto, encantao porque además sé lo que pensarán de él ciertas amigas con las que en absoluto comparto puntos de vista en este asunto, y ello en cierto modo me divierte, pese a que en el fondo lo que vengo haciendo desde que empecé la primera línea es una loa al género femenino, a esa otra parte de nuestro yo a la que durante toda la vida anhelamos, y que no tiene que ser precisamente nuestra amantísima esposa. El anhelo de mujer es algo mucho más íntimo, más espiritual, más hondo, algo que nos baña por dentro como una borrachera cuando pasa a nuestro lado una mujer que llama nuestra atención. Que sí, que aunque haya bestias por ahí etcétera.

De buena gana seguiría con esta matraca porque la verdad es que el tema me apasiona. Me apasiona este asunto, me apasiona el misterio de la muerte, me apasiona la montaña… y manda cojones, si me apasiona ¿por qué no voy darle la tabarra a este diario con ello?


domingo, 16 de febrero de 2025

¡Medio millón de megustas!

 



El Chorrillo, 16 de febrero de 2025

Esta chica de arriba acumula más de medio millón de megustas y 15000 comentarios, y otras similares, pues casi lo mismo. Mucho miles y miles de megustas más que todos los que puedan acumular páginas y páginas de Instagram. No es por nada, pero magnífico retrato general de hacia donde se dirige el coco de tantos usuarios de esta plataforma. ¿Sería posible extrapolar, deducir de ello algo sobre ese público, y extrapolar todavía más y decir por dónde vaya una mayoría en este planeta? ¿Y más, buscar una relación, algún tipo de conexión entre a lo que esta gente aspira, la proyección que pueda tener en el ámbito social, político, religioso?

 Pura especulación no más, pero que puestos a colocar a ciertos especímenes de sapiens en la línea teórica esa que sitúa en un extremo al chimpancé y en el otro extremo al hombre por excelencia, pareciera evidente (pura especulación, sí, indagación de lo que se cuece en nuestros cocos) que ese término medio de individuos estuvieran probablemente más cerca del chimpancé que del hombre, digamos, sensato, medianamente inteligente, medianamente preocupado por los asuntos de la colmena. Tan desmesurados megustas en comparación con otros asuntos de interés por fuerza tienen algo que decir. Para Byung-Chul Han, que no se pringa por entero cuando habla de los megustas, éstos son afirmaciones digitales que generan una comunicación sin verdadero conflicto ni discusión. Vamos, en castellano algo sin chicha ni limoná. Los likes, escribe, fomentan un sistema de control basado en la gratificación donde las personas buscan constantemente aprobación sin cuestionamiento real. “En este sentido, las redes sociales no promueven el pensamiento crítico ni el debate, sino que refuerzan burbujas de autoafirmación”.

De acuerdo con este autor; sin embargo su crítica se refiere al sujeto activo que se muestra, dice o comparte experiencias, no a aquel que hace clic sobre el megusta. Falta sin embargo una caracterización del megustero, el que aplica sistemáticamente su dedo al megusta, y me refiero especialmente a esos megustas que aparecen en entradas como las páginas de más arriba. La descompensación de megustas que se produce entre unas y otras entradas, estimo que merecen un análisis para el cual probablemente yo no estoy preparado, pero que me invita a aproximar alguna clase de hipótesis. Primero, el megusta se otorga a contenidos que generan placer inmediato y no requiere esfuerzo cognitivo. Reflexionar sobre problemas sociales requiere tiempo y confrontación, mientras que dar al megusta a algo, es rápido y no genera tensión. Han sugiere que el tipo de interacción que se tiene en las redes convierte al usuario en un consumidor pasivo de información fácil de digerir que no requiere esfuerzo. Y segundo, el megusta, sigo refiriéndome especialmente al mismo ejemplo de la imagen de más arriba, denota que entre todas las ofertas que ofrece la plataforma, los asuntos relacionados con los desnudos y sus colaterales lo que parecen es mostrar la parte más animalesca del sapiens sapiens.

Negamos el paso al pensamiento crítico y al debate y nos echamos en brazos del cómodo aserto; pero todavía vamos más allá, vamos, “que quede claro que a lo que a mí me interesa es todo aquello que me ponga”, dicen estas entradas que sobreabundan en feligreses devotos todos del toma y daca. Que no está mal por la misma razón esa del cocido, de que éste no ha de estar cocinado sólo con garbanzos. Ya citaba Chirbes a Marivaux que se burlaba diciendo que, cuando uno dice Madame, la adoro, etc., lo que quiere decirle es: me gustaría follarla, metérsela por aquí y por allá.

¿Somos mucho más carne de lo que pensamos? Probablemente; por el humo se sabe donde está el fuego. Quizás lo que nos traiga aquí a colación, es que por los intersticios del mar de la mucha hipocresía que anega el mundo, se cuelan los deseos y las pulsiones sexuales sin que haya dios que lo pueda evitar. Los responsables de las redes ponen puertas al viento prohibiendo los desnudos y limitando todos los atisbos de sexualidad que puedan herir la sensibilidad de las mentes puritanas, pero al final, en esas mismas redes asoma el plumero de esa realidad que por más que la quieras someter termina por aflorar, medio millón de megustas para la fotografía de una moza en bikini con cara de lela que se está mirando al espejo.

El hecho me parece lo suficientemente extraordinario como para incluso hablar algo del erotismo y los caminos de la seducción donde la vulgaridad (véase la foto de cabecera) en absoluto tiene cabida, entre otras cosas porque el erotismo es arte, sugestión, el placer de la demora, lentitud, maravilloso recrearse en la geografía del otro. Dos modos diferentes de entender la vida, las redes si se quiere, la sexualidad, sólo que, no puedo evitarlo, cuando veo a tantos y a tantos miles de usuarios apretando el botón del megusta al pie de una imagen como la de más arriba, se me encoge el ánimo, porque pienso que son una especie distinta a la mía, de parecida manera que los bonobos o los chimpancés pertenecen a otro área de la zoología. Me da cosa, pero algo así me sucede. Algo parecido me pasa también con los energúmenos esos que aporreaban semanas atrás al Presidente del Gobierno de este país en Paiporta o con los que querrían hacer jabón con los inmigrantes.

El lenguaje nos permite poner nuestra ideas sobre el papel, pero el lenguaje se resiste, es limitado y da de sí lo que da de sí, es decir que en mi cuerpo se produce un revoltijo de perplejidades ante algunos aspectos de la realidad que el lenguaje malamente puede expresar, que tienes que pedir a quien te lea que, por favor, haga el esfuerzo de comprender esa perplejidad que produce contemplar a tantos sapiens sapiens como si éstos pertenecieran a una especie  animal distinta en que la capacidad craneana se ha reducido a su mínima expresión. No sabría decir si mi texto tiene mucho o poco de ironía. De hecho lo que me sucede es que teniendo en mente ese número, medio millón de megustas, me preocupa, me interroga, me deja con la boca abierta.

 


domingo, 26 de enero de 2025

Dando la razón al juez del caso Errejón

 



El Chorrillo, 26 de enero de 2025

Después de escribir las líneas que siguen tuve el temor de que acaso no era muy objetivo, así que cogí y volví a escuchar el vídeo, un extracto, del juicio Errejón y esa actriz que ha generado tanto revuelo. Invito a los curiosos a echarle un vistazo antes de seguir con la lectura.




Escribo bajo el efecto del calor de una discusión con mi chica, así que lo mismo algo me paso, pero la tarea de este diario, que es un hablar conmigo mismo, es dar salida a lo que me corre por dentro satisfaga o no a quien lo pueda leer.

Sé que lo que diga aquí no va a gustar, especialmente a algunas mujeres, pero qué le vamos a hacer. Da cierto gusto esto de decir lo que uno piensa sin necesidad de recurrir a Saramago que afirmaba: “Hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso”. A mí me sucede otro tanto, más, diría que tengo cierta predilección por hacer de abogado del diablo, que siempre da más juego a las conversaciones.

En la prensa son cientos los que piden la cabeza del juez Carretero por el cariz del interrogatorio al que sometió tanto a la denunciante como al propio Errejón. Sí, le decía a Victoria que arremetía diciendo que un juez no puede comportarse así cortando la palabra y utilizando cierto lenguaje intimidatorio en algunos momentos. Sí, de acuerdo en que el juez ha podido extralimitarse en su vehemencia y cortando la palabra a los implicados, pero es que manda c….  tener que pasar por la estúpida escenografía de una hipocresía montada por todo lo alto por la denunciante y su coro de feministas incapaces de, sí, manda c… y por tanto la compresión de la exaltación del juez ante semejante teatro montado por las féminas de ocasión.

Y es que uno, que ha asistido a manifestaciones feministas aquí y en Galicia y que defiende la lógica de la igualdad con uñas y dientes, no soporta que la hipocresía de nadie que aprovechando un beso acaso impropio de una autoridad del fútbol o esta historia de Errejón, monte el cirio que monta usando del juzgado y los medios de altoparlante con el que llegar a todo el país. Que las féminas utilicen estas plataformas para hacerse notar con cuestiones de chichinabo, cuestiones de relación entre hombres y mujeres que nada tienen que ver con las reivindicaciones que todos apoyamos, lo he dicho más de una vez, me parece ridículo. Ella le agarra el paquete, como dicen por ahí, él el culo a ella y así sucesivamente… y después transcurridos dos años ella le denuncia por agresión sexual. Vamos, tía… ni que nos hubiéramos caído del guindo ayer mismo.

Y vamos, que sí, que hay que ser cortito para no reconocer el papel lastimoso al que ha reducido el hombre a la mujer a lo largo de la historia, para saber que el machismo más rancio ha campado a sus anchas a través de todos los siglos, empezando por San Pablo, siguiendo con San Agustín y así hasta el presente en el que tantos hombres siguen pensando que tener una mujer es tener una criada en casa, una mujer para todo, más o menos lo que hacía aquel ilustre personaje tan respetado por todos, el tal Jean Jacque Rousseau de ideas elevadas, maestro de pegagogos, pero un auténtico machito a la usanza de los tiempos que corren. Ahora bien, y dejada en claro mi vocación feminista, ello no quiere decir que tengamos que comulgar con ruedas de molino, esas que fabrica el feminismo rancio de nuestros días. Y esa es la situación en la que imagino al juez de esta causa, consciente del todo de que esa mujer, la Mouliaá, le está tomando el pelo a él y a todo el mundo con una historia que, ingenuo ha de ser uno para tragarla por poco que haya vivido en el mundo de hombres y mujeres, hombres y mujeres que en este caso por lo que veo en algunos titulares de artículos que no leo, parecen querer argumentar desde la inocencia del que ha nacido anteayer.

Es obvio que la hipocresía es una de las grandísimas constantes de la vida pública, aquí y en la Chimbamba. La hipocresía como herramienta de intercambio, herramienta social, herramienta de los medios, herramienta en los jugados. Y quien no piense así que eche una mirada a las portadas de los periódicos. La hipocresía está ahí y no sólo se acepta sino que se polemiza sobre supuestos irreales al modo de ciegos que jugaran al ratón que te pilla el gato. Mirad si no lo que sucede sin más con los delitos del novio de la tal o echad una ojeada a un PP que veta las subidas de pensiones pero que protestan ante el gobierno para que suban las mismas pensiones. El mundo es una fiesta, así que adelante.

Días atrás me partía de risa viendo el juicio de Errejón y la otra tal. Qué cara de inocencia tenía la pobre, pobrecita, vestida hoy como una monja acudía al juzgado con una remilgada e hipócrita compostura que cualquiera diría que era un alma destinada a la hoguera. Y yo que la recuerdo vestida con las tetas al aire, la vestimenta de cazar ingenuos, que la imagino contoneándose y llevando la mano a la entrepierna del tal Errejón, me parto viéndola. Puro lenguaje visual que dice tanto o mucho más que las palabras. Vamos, que estoy dentro del cuerpo del juez y no me sale otro diferente modo de interrogarla, porque su actitud y lo que ha hecho y dicho, dos años después de aquel frustrado intento de echar un polvo, lo que hace en el juzgado es tomarnos por gilipollas a la audiencia. Y el juez, que tiene su temperamento y al que seguro no le gusta que le tomen el pelo, pregunta como corresponde a alguien que quiere reírse de él y de la audiencia.

Que un juez no debería tratar a la gente así, totalmente de acuerdo, tampoco debería nadie caer en la tentación de que a Trump le llegara esta misma noche un tiro a la cabeza y sin embargo vaya usted por ahí haciendo una encuesta y verá los resultados que obtiene. Hemos de admitir que eso de la relatividad es cosa de mucha enjundia, que dirían los ilustrados.

Comentaba no hace mucho por aquí que cuando era niño y no sabía todavía lo de los Reyes Magos, en ocasiones oía hablar a mis tíos de algunas mujeres con términos tales como calientapollas. Tuve que apañármelas para que algún amigo me explicara qué era eso. Ahora el término ha caído en desuso, pero bien merecería la pena sacar el término del baúl de los recuerdos para aplicárselo a alguna sujeta… y conste que no apunto a nadie, que tan sólo lo recordé. Entonces la calientapolla era una figura bastante frecuente. Ahora en tiempos de cierto feminismo imperante, no desde luego del feminismo que defiendo yo, no se le ocurra a usted decir semejante grosería, que le corren a palos ciertas llamadas feministas. Que ahora nos hemos hecho más finos, pero aún así en este país, que es país de libertad, eso dicen, hay quien las mata callando y piensa que el personal tiene que seguir chupándose el dedo.

De verdad que me da lástima este hombre de la misma manera que me la daba aquel presidente de nosequé de fútbol, ambos en manos de aprovechadas que utilizan como instrumento asuntos de poca monta para denunciar unas justas reivindicaciones, que terminan perdiendo fuelle al confundir el culo con las témporas.

En fin, que ya me he desfogao y que es tiempo de volver a mi novela de esta noche, Las voces del Pamano, de Jaume Cabré, una novela que promete.

 

 

 

 

 

 


miércoles, 20 de noviembre de 2024

Mezclando churras con merinas: veteranos del monte, corbatas, minifaldas, etc.

 


El Chorrillo, 20 de noviembre de 2024

De camino hoy a la cervecería Santa Bárbara, donde con la disculpa celebratoria del aniversario de la muerte del Dictador nos habíamos citado unos amigos del monte para comer, tuve una curiosa intuición que me reconciliaba con mi antigua fobia a las corbatas, unos años que trabajé en un banco en donde era obligatorio traje y corbata, y en los que a mi me costó alguna que otra bronca con los jefes de mi oficina empeñados en que tenía que presentarme al trabajo con un cacho trapo colgando del cuello. Me reconcilio, digo, porque sensible como estoy últimamente a todo aquello que pueda relacionarse lejana o cercanamente con el sexo; sensible además porque no está ni mucho menos clara la relación con estas cosas, que tienen a una gran parte de las feministas, empeñadas en diseccionar cada parcela de la sexualidad para someterla al ámbito de la ley; sensible además porque no estando de acuerdo con alguna amiga en estas cosas, sigo pensando que el desacuerdo es más de forma que de fondo; sensible además porque recordando que en mi niñez con frecuencia a ciertas mujeres se les otorgaba el adjetivo de calientapollas, lo que extrapolado a nuestros tiempos, por muy machista que pueda parecer el término, bien podría casar con cierta realidad que muchas feministas ocultan, si no es que defienden a capa y espada la posibilidad de ir como quieran, en lo cual están en su derecho, faltaría más, en su derecho de la misma manera que pueden estar en su derecho algunos hombres de emplear ciertos adjetivos que acaso pueden avenirse con el modo de insinuarse o exponerse un número considerable de féminas (y digo que perfecto que lo hagan, que el espectáculo no decaiga porque ello suele ser del gusto del otro género); sensible como estoy a esa guerra nefanda que tantas feministas han emprendido contra la humanidad del género masculino como si en todo macho se escondiera un sátiro dispuesto a empalarlas; sensible como digo a todo este mojigato panorama (el que quiera entender que entienda, que ya me veo yo a alguien tirando por lo facilón de la argumentación defendiendo esas obviedades que toda la gente de bien comparte; un tema por cierto que no me interesa por elemental y que sólo dejo a las fanáticas porque esa es la circunscripción del estrecho reducto ideológico en que andan metidas). Me reconcilio, decía, porque quitándome de encima cualquier tipo de prejuicio, me sucedía que cruzándome con un individuo de punta en blanco y trajeado como para recibir al emperador de Persia, lo que llamó mi atención fue el hecho de que bajara por medio de la calle Génova, por cierto frente a la sede del PP, acariciando su corbata de arriba abajo, algo que por todos esos “sensibles” de más arriba enseguida lo relacioné con alguien en perfecto estado masturbatorio. De manera que para mí, que hasta ahora la corbata me había parecido un simple trapo atado al cuello de cierta clase se hombres, por mor de las circunstancias adquiría una evidente simbología sexual. En la India se adora el lingam, me dije, y aquí de una manera un tanto soterrada y elíptica la clase varonil esconde el pene bajo los pantalones pero se cuelga en el cuello de la manera más ostentosa posible el símbolo de su masculinidad. Genial, me iba diciendo mientras me acercaba a la cervecería Santa Bárbara, el bar de referencia en el que medio siglo atrás nos reuníamos entre semana los adictos a los Galayos y la Pedriza.

Total, que llegaba un poco tarde y tuve que dejar mis reflexiones para más adelante y saludar a Carry, Ibarzabal y a Juan que ya estaban en el bar trasegando la habitual cerveza.

No sé cómo apañármelas para seguir, porque bien no se me da en ocasiones atenerme a un solo tema y es fácil que me dé irme por peteneras o pasearme por los Cerros de Úbeda. El caso es que dejada atrás la calle y la corbata (después volveré sobre el asunto, si me da tiempo, ya de regreso a casa y motivado por la visión de una fémina vestida de un modo un tanto particular) entré en otro mundo, primero en la cervecería y después en un restaurante donde se celebraba, ya lo dije, el dichoso aniversario de la muerte de un genocida, sin que por cierto apenas se le nombrara porque otros asuntos muchos más interesantes eran objeto de nuestra atención.

Primero de todo decir que agradezco enormemente que el amigo José Luis Ibarzábal se acordara de mí para ese encuentro en el que aunque no conocía nada más que a tres o cuatro de los comensales, se sabe que en ellos y en mí los nexos y las experiencias de montaña son tan comunes que sería posible  rememorar personas y circunstancias, montañas y sensaciones durante interminables horas sin que decayera el interés en ningún momento. En la comida le comentaba yo a Ramón que una de las cosas por las que aprecio yo esta clase de encuentros tiene relación con cierto punto de inflexión en el que haciéndote mayor empiezas a aficionarte acaso a la comodidad y al confort de tu casa de tal manera que, asomando la cabeza al exterior e imaginando ya el frío que se acerca, como te descuides te quedas todo el invierno con el culo pegado al radiador; una afición que viendo la marcha que tenían estos amigos del Club Alpino Madrileño, desaparece y te pone de nuevo en el camino de lo que debe ser, es decir, que ni soñando dejes esa locura de seguir pateando el monte, porque sería lo mismo que dejar de pedalear en la bici, que en un plis plas terminas en el suelo y ya no te levantas ni soñando. Eso o que se te aparezca la Virgen o el ánima de Carlos Soria dándote una patada en el trasero para que te pongas las pilas. Así que bienaventurada esta panda de veteranos y bienaventurados los que al calor de este bendito fuego, Polero, Paloma, José Luis, Luisa, Carlos, Juan, Iñaqui, Agustín, Ramón, Ferlipe, la cerveza, el vino, la conversación, las chirigotas y las ganas de pasar un buen rato, podemos seguir celebrando la compañía, la afición al monte o lo que haga falta con tal de que no falte la diversión.

Bueno, pues que ya de regreso venía enfrascado en la lectura y a la altura de Villaverde se me ocurrió levantar la vista del libro y lo que allí me encontré engarzaba como amatista en el anillo en que había estado enredado mi pensamiento antes de llegar a la cervecería Santa Bárbara. Lo que había más allá de mi libro, lástima no haberlo fotografiado para que se entendiera bien lo que voy a decir, era un muy bonito culo perfectamente moldeado por unas ceñidísimas mallas negras que eran columbradas, a modo de como lo hace el alero de una casa por encima de la fachada, con un volante rojo a tablas, al que era imposible llamar vestido por su brevedad. Una perfecta indumentaria para ir o venir del trabajo, pero que por las horas que eran yo diría mejor que era la indumentaria más para ir al trabajo que para salir de él. Por favor, ¡cómo objetar nada a este modo de vestir!, todo lo contrario. Cómo objetar que tantos hombres vistan corbata y la acaricien ostensiblemente con la mano en la calle sin cortarse un pelo.

Que ni se me ocurra sacar una conclusión. Que si evidente era que todos los comensales de hoy andamos loquitos por el monte desde la temprana juventud, evidente es, si no más, que media humanidad anda loquita por la música. Y ello pese a la mente calenturienta de ciertas feministas que tanto espacio han conseguido en lo medios y que quieren encerrar en jaulas las relaciones de hombres y mujeres a base de aldabonazos en el BOE.

De José Luis Ibarzábal, con la venia...

 

 


martes, 19 de noviembre de 2024

La mata de pelo

 

El origen del mundo. Courbet

El Chorrillo, 19 de noviembre de 2024

Le decía el otro día a un amigo en contestación a un comentario que había hecho a un post mío titulado Morir, que hablar de la muerte me gustaba, que era un asunto que me fascinaba, especialmente desde que he ido cumpliendo muchos años. Misterio, milagro, constantes interrogantes la rodean; todas las religiones han vivido siempre obsesionadas por ese tema, y especialmente por eludirlo. A mí me sucede algo diferente, me intriga, me apasiona y pienso en ella con bastante frecuencia. Últimamente hasta llego a imaginármela de parecido modo a como lo hacía Argullol, al que ya cité al respecto en un post anterior, que escribía que la muerte es sólo un manjar desconocido en el banquete de los sentidos.

Bien, también debo decir que el origen de la vida me fascina, que de un hombre y una mujer copulando surja así sin más una vida, por mucho que lo veamos en nosotros, en los animales o en las plantas, me asombra, escapa a mi comprensión. Sí, todo lo natural y cotidiano que se quiera, pero cuando uno cierra los ojos, echa por la borda los razonamientos e intenta comprender, eso ya es otro asunto. ¡Existen tantas cosas que escapan a nuestra comprensión! Casi todo lo importante resulta difícil de comprender. No doy más rodeos. Hoy me toca hablar del extremo opuesto a la muerte, de ese lugar y de ese entorno que según Courbet es el origen del mundo y la humanidad.

El sueño de mi personaje de hoy se encontraba frecuentemente poblado de sugerentes imágenes. En ciertos días, allá donde pusiera la vista encontraba matas de pelo negro; entre las sábanas, desperezadas, blancas, arrebujadas o desplegadas indolentes entre las piernas, siempre asomaba la sombra oscura, los rizos morenos; la calle misma era un bosque de matas de pelo moreno insinuándose en su imaginación con la fuerza obediente que guía la aguja imantada hacia septentrión. Será la primavera, se dijo, cuando la vio aquí y allá; y no solamente en las macetas de los geranios o en el parque junto a su domicilio, también se había derramado por la calle instalándose en esos especímenes que guardaban procelosamente el tesoro que ahora se había convertido en objeto pervertido de su deseo. Había llegado en forma de insinuación, alusión, eufemismo, perífrasis, lo que se quiera, pero presente y alarmante como una bomba dispuesta siempre a explotar en su cerebro. ¿Qué eran si no esos, cómo los dicen, traseros, nalgas, bellos gluteos contoneones como reyes del universo en mitad de la calle? ¿o las otras partes del cuerpo deseosas una por una de mostrar un saludable aspecto a los ojos de los viandantes? ¿o el guiño de la abertura de los pechos asomándose juguetones y saltarines por el escote de los vestidos?

La presión de la mata crecía  con regularidad, no había mujer con la que se cruzase que no alentara el deseo de tentarle mañana despertó con la resaca de un sueño a medio concluir, tenía los labios y la mirada de la camarera del restaurante de la acera de enfrente; hizo un intento de recuperar el perfil del sueño, pero no fue capaz de hacerse con la trama interrumpida; rondaba excitante su sombra, pero la intensidad de la mirada cómplice, el matiz unívoco de su insinuación había desaparecido de su memoria. El esfuerzo por recuperar aquella imagen fue inútil.

Transcurrió un tiempo impreciso que fue roto, por fin, con una visita al cuarto de baño. Cuando volvió reparó en la cama, el revoltijo de la sábana blanca llamó su atención. Algo en su cerebro hizo que conectara con una realidad lejana, otra sábana que cubría el cuerpo desnudo de una mujer, Delia, su lejana amiga Delia volvía a surgir de un rincón de la memoria, débil, pero de forma inequívoca  ante la presión de un sueño al que no lograba dar alcance; el calor animal de la hembra parecía convocar a este nuevo recuerdo. ¿Dónde era aquello? ¿La mata de pelo de ella como asomando el hociquillo entre las sábanas, una pierna por allí, otra por allá, el cuerpo ausente, perezoso, bajo el ronroneo del ventilador? Ella dormía plácidamente; el ruido del tráfico en la calle era ensordecedor, pero ni la luz ni el tráfico parecían rayar la superficie del sopor de aquel cuerpo derrengado y revuelto con las sábanas, entre cuya blancura asomaba escandalosamente aquella perturbadora mata oscura. La imagen pedía mayor nitidez. Recordó a aquella lejana amiga; hurgó en la memoria. Ella dormía. Investigó la mancha oscura, la intentó llenar de significado. Saturar de detalles y contenido las imágenes era la manera de llegar al conocimiento de la perturbación de aquella mañana. Lo que él quería era saber por qué suceden las cosas, por qué en esa oscuridad entre los muslos paraban sus pensamientos cada vez que aquella primavera le traía la presencia de una mujer.

Pospuso el esfuerzo de su memoria como barrenando esa mañana en el pasado en busca de una imagen nítida que llenara con su fascinación el momento. Se propuso hacer un ejercicio de racionalidad que lo liberara de la presencia obsesionante de la sábana blanca en donde brotaba como una fiesta en expectativa, como una flor exótica, un pequeño jardín de rizos claros, núbiles, que salpicando la piel clara entre los muslos se adensaba de repente hasta hacerse profundidad oscura, mata de pelo misteriosa. Quería, pero no podía. Repasó lejanos conocimientos de biología, indagó las responsabilidad del sistema hormonal en este cuadro matinal de sábanas blancas y cuerpo durmiente, consideró las posibilidades de un pequeño desbordamiento de oxitocina, testosterona, toda la familia de los opiáceos, en su cuerpo, mientras sus ojos trataban de penetrar en la memoria el canalillo vertical, ligeramente oblicuo, que se dibujaba entre el vello, nada extraordinario en ese momento, pero cosa exótica y encantadora, sin embargo, se decía, cuando le entraban ganas de besarlo; algo terriblemente concluyente llegado el caso, avasallador hasta las lágrimas. Le vinieron a la memoria algunas de aquellas ideas de los primeros libros religiosos que leyó; por ejemplo: la dignidad del hombre, creado directamente por Dios, era inconcebible, incompatible con un ancestro que anduviera a cuatro patas; o también aquella obsesión clerical por maldecir la disposición del hombre a copular en todo momento, diciéndose a continuación que los animales aparecían como seres de una moral más avanzada que el hombre ya que sólo copulaban en periodos concretos, mientras que los humanos eran depravados y de pervertida naturaleza dado que sus ganas de hembra no parecía tener límites ni en el tiempo ni en el espacio. Aquello, decían los ejemplares obispos de entonces, situaban al hombre en un grado de animalidad inferior a las amebas. Pero el tema de los obispos no era suficiente para animarle a mata de pelo crecía y crecía en su cerebro a punto éste de entrar en frenética ebullición: curvas, matas, la flor de los pezones y la curva de las caderas asomaban por el envés del cristalino como si sus ojos no tuvieran otro motivo con que iluminar su retina que la carne nueva y bulliciosa que brincaba esa mañana como un potro brioso a punto de desbocarse. 

No se le ocurrió otra cosa que recurrir a Darwin, al menos así podría racionalizar este estado de fascinación genital en el que le había puesto el nacimiento de aquel día de primavera: la perpetuación de la especie, el argumento por excelencia que tantas cosas aclara, se dijo; por ahí podía llegar a explicarse. Los peces hacían factible miles de posibilidades de vida cada vez que desovaban; lo que traducido al género humano,  esa necesidad de visitar los sueños, la mata oscura, se podría traducir como la atávica argucia que nuestro cuerpo desarrolla para entrar en contacto con el canalillo, representante genuino de la reproducción de su expresión pareció percibirse un respiro, miró esta idea con agrado, necesitaba como agua de mayo algo que justificara ya mismo la desproporción de su desmesura. Con Darwin todo parecía encontrar explicación, se restablecía el orden. Lo que a él le empujaba pues, era la llamada de la vida: ¡magnífico!, se dijo. No se trataba ya de algo aislado, una manía morfológica, una monstruosidad. Pensar en esto le hizo sentirse mejor, podía volver a imaginar la mata de pelo con la certeza de que no padecía algún tipo de rara enfermedad. Igual se podía haber prendado de una nariz, una oreja, el dedo meñique de un pie, pero no, fue algo mucho más elevado y profundo, fue la llamada de la vida lo que esa selva del monte de Venus le proponía, pensó. Albricias, su obsesión tenía sentido, no era ningún paranoico; si tanto le gustaban las matas de pelo negro se lo debía a los dioses, a la sabiduría de la madre naturaleza que había decidido que ese frecuentar la gruta femenina era el camino que ella elegía para asegurar su existencia.

Se incorporó. Sustituyó aquel escorzo primero por una perspectiva aérea sobre el entero cuerpo de Delia. Ella seguía inmutable sumida en el sueño, los brazos extendidos adueñados de la totalidad de cambiar de posición se acercó a la ventana, al otro lado de la calle la dueña del restaurante en que había comido los dos últimos días, permanecía sentada en una banqueta apoyando la espalda sobre una de las jambas de la puerta del establecimiento. Esta mañana sus labios, podía verlos intermitentemente a través del tumultuoso tráfico que llenaba la estrecha calle, eran más pálidos; había sustituido el carmín oscuro de la tarde anterior por una débil sombra de color. Le miró el cuerpo, la expresión segura, las carnes tentadoras, sintió que su imaginación se aproximaba a su cuerpo más allá del vestido, su curiosidad le daba los buenos días. Notó que el calor de la mujer le empezaba a subir por dentro. Ese rostro desconocido hasta anteayer mismo se hacía un hueco en la temprana mañana del día. Mientras, el recuerdo de Delia quedaba velado por esta nueva aparición. Ahora, frente a este cuadro matinal, empezó a tener la impresión de que su sueño último había quedado apresado entre los recuerdos de aquella mirada decisiva que se había cruzado en su camino mientras se tomaba el café del mediodía ayer mismo.

Mirándola ahora desde la ventana de la habitación, empezó a tirar poco a poco del recuerdo que le venía de la noche, quiso percibir entre los pliegues del sueño, un rasgo de premura en ella, cómo el deseo la traería de acá para allá, imaginó cómo sería aquella hembra atrapada por el celo y la locura de la proximidad, la necesidad de esconderlo, de tapar los poros de la sustancia misma, de apagar el fuego de la milpa, la columna de humo formando amplios y apacibles promontorios de placer detenidos en el cielo como a calle llena del sopor febril, la daga del deseo punzante bajo el vientre. Aquello le excitaba irreversiblemente.

Era un intrincado paisaje nocturno lleno de ambigüedades. La mata de pelo había crecido en las horas del sueño hasta hacerse selva, monte bajo impenetrable; los rizos de aquella pelambrera le cerraban el paso, espesa, como un carrascal espinoso; aliagas, piornos, retamas, zarzas, toda la maraña vegetal de los caminos complicados. No era un paisaje amable, se había adueñado de él la sensación de que se adentró por un enmarañamiento vegetal que empezaba a extraviarlo con sus cantos de sirena. Lo que había comenzado con un sueño erótico corría el peligro de convertirse en una pesadilla. Pero sólo era una de tantas caras del sueño, un momento después la mata de pelo negro volvía abrirse como un maelström dispuesto a engullirlo con el poder de su atracción. La mañana era ahora tierra nocturna que se abría en mitad de un enorme silencio, de la tierra brotaba un débil gemido que parecía estar reprimiendo un dolor impostergable. Le parecía haber despertado en ese preciso instante, cansado, embotado de deseo, al borde impreciso de un aria de Puccini que parecía sonar en algún espacio impreciso, sin saber todavía de qué parte del sueño estaba. Había un tráfico ligero en la calle, un rumor de trompas, la vibración templada de un contrabajo; y entre unos y otros, en compases espaciados volvía el vagido primero, apenas audible pero poderoso, nacido del fondo, tenso, estirado, del grito; grito de carne e infinitud ahogado entre los brazos, la carne de la mujer del sueño. Y las olas, y las arremetidas del viento, el agua rompiendo con una brevedad salvaje contra el fondo de arena, arrastrándose enseguida con infinito deseo por la arena fría, por la arena cálida, por los muslos anhelantes para caer desfallecida, convulsionada, sin aire. Silencio. El sueño se había fundido en el fragor de unos muslos blancos; rumor lejano, entrechocar de espumas. Y regresar al mar,  agarrarse al encaje de otra ola y rodar de nuevo al humedal de un nuevo ciclo, crecer en el deseo y en el dolor, dentro, al fondo, desaparecer el agua en el agua mientras la noche dure. Los músculos tensos, tropel de caballos, rumor de alas, dolor, rodar por la arena, hacerse encaje blanco, exhausto; dormirse en la arena abrazado a el fondo del sueño algo había empezado a romperse, el desgarrón de una inmensa sábana se convertía en temblor, espasmo, instante de ternura aguda y desbordante.

Se encontró húmedo y exhausto. La camarera había desaparecido de su puesto, la mata de pelo oscilaba ahora como una cometa en el aire de la mañana, se elevaba apacible sobre su cabeza por encima de los tejados. Era primavera.


sábado, 2 de noviembre de 2024

De mi devoción por las mujeres

 

Alpes 2014. Mi encuentro con Stefanía

 El Chorrillo, 2 de noviembre de 2024

Por una razón u otra estos días me veo envuelto en un laberinto que ni de lejos tiene que ver con mi afición a las mujeres. Tantas ganas de puntualizar y abrirme paso entre las noticias de los periódicos, estos días atrás asuntos de poca monta relacionados con la relación de hombres y mujeres, me han dejado un regusto que hace palidecer mi embeleso por ellas. Quizás un error el mío el andar metiéndome en camisas de once varas que poco o nada añaden a cierto estado de felicidad que me sorprende cuando pienso en ellas, en algunas, y que sin embargo actúan como una lente deformadora de lo que mi mente guarda como un tesoro. Chicas, mujeres, que más allá de mi retina aguardan en algún lugar de mi memoria, un rostro, un cuerpo, una sonrisa, una sugerencia, un guiño, para a través de la muselina de los deseos de alguno de esos momentos de intimidad que transitan por mi mente, hacerse presentes.

Recuerdo haber escrito hace muchos años que el día de un hombre debería iniciarse rindiendo culto en el altar de la mañana a alguna mujer. Fue un sentimiento fugaz que me vino una mañana de viaje por la India cuando sorprendí en  un pequeño templo rural cuyo interior apenas sobrepasaba los diez metros cuadrados, a una mujer que de rodillas musitaba sus plegarias ante un lingam de piedra que ocupaba el centro del recinto. El lingam, asociado principalmente con el dios Shiva, representa la energía creativa y la potencia universal, además de ser un símbolo de fertilidad y vida. Por otro lado, el yoni es el símbolo complementario al lingam y alude a la energía femenina o la diosa Shakti y representa igualmente la fuerza creativa y dinámica del universo. Ambos principios se complementan y son la fuente de toda existencia. Probablemente fue aquella escena la que me sugirió esa necesidad de culto hacia la mujer. Aunque también pudo venir de alguna reminiscencia de mis años de escolarización en los Salesianos, unos años en que mantuve una relación muy particular con una virgen de escayola, la Inmaculada Concepción, que sobre una ménsula o peana de uno de los altares laterales de la iglesia se constituyó durante unos años de mi primera infancia en objeto de mi devoción. Eso de niño, que cuando me hice adulto y, dejada atrás la mojigatería que me habían metido en el cuerpo los curas, lo que debió de suceder es que trasladé de inmediato mi devoción de aquella virgen de escayola a la mujer en general. Sea como sea, y a ello habría que añadir esa idea de Platón de que somos productos de un ser demediado que pasa la vida buscando a su otra mitad, lo que sí es realmente cierto es que hombres y mujeres nos pasamos la vida buscándonos unos a otros. El eterno femenino, relacionado con aspectos esenciales de la feminidad, como la compasión, la intuición, la fertilidad y la creatividad, asociado a la poderosa atracción entre hombre y mujer que la especie ha instalado en nuestro ADN, es culpable tanto de los terribles desvaríos y enamoramientos como de las situaciones de embeleso mutuo que sufrimos hombres y mujeres.

Leía días atrás en un relato de Hermann Hesse un hecho relacionado con este embeleso. Y junto a él, también en la misma línea, un fragmento de Ensayo sobre el cansancio, de Peter Handke relacionado con estas ideas. Cuenta Hesse que un día estando con un amigo en un café descubrió unos metros más allá a una muchacha rubia, resplandeciente, con las mejillas arreboladas a la que en ningún momento dirigió la palabra. “¡Ángel!, escribe, había estado mirándola con todo mi ser, y era doloroso, era toda mi delicia. ¡Oh, cuánto te he amado por la plenitud de esa hora! Nunca supe su nombre, nunca ningún hombre te habrá amado más que yo”. El recuerdo de aquella mujer nutrió parte de la vida de Hesse. Algo así me ha sucedido a mí en muchas ocasiones, una mujer con la que me cruzo en los Alpes y con la que intercambio algunas palabras; una chica de nariz respingona que estuvo sentada frente a mí a unos metros en un restaurante; alguien en los asientos de enfrente del metro con quien fugazmente crucé una mirada después de quedar absorto, embelesado con su rostro. Mujeres que después del encuentro habitan en mí por largas temporadas con la casta calidez de un enamorado al quien le basta el recuerdo de su amada para sentirse feliz.

Peter Handke rememora un día que sentado en una terraza paseaba su ociosidad mirando a los viandantes. “Paseaban continuamente mujeres, escribe, de pronto increíblemente bellas —una belleza que de vez en cuando me llenaba los ojos de lágrimas, y todas, al pasar, me acogían: reparaban en mí”. Llegar a las lágrimas contemplando a una mujer me hace pensar en una situación emocional difícil de alcanzar por otros medios.

Quizás después de esto decir que  vivir entre mujeres, aunque ello sea en el plano de la fantasía, es un asunto aceptable,  comprensible, deseable, diría yo, pueda restituir el discurso de las reticencias y el enfrentamiento a su cauce más lógico y más real. En estos asuntos no  hay razonamientos que valgan. Estamos hechos así y tanto si somos monógamos como abiertos a relaciones más amplias, lo que no cabe duda es que existe una mayoría de hombres y mujeres que, pese a las restricciones morales y las creencias de todo tipo, sueñan despiertos con el perfume que viene de lo femenino, de lo masculino.

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 Finalizado este post he descubierto que ya existía un escrito mío con parecido título, y no sólo eso, sino que en la etiqueta de "Mujeres", aparecían 62 títulos más. Quizás me anime a confeccionar un libro con tan voluminoso material dedicado al gçnero de mi devoción ;-)