Hospital Montepríncipe, 13 de septiembre de 2026
El trabajo de vivir tiene, parece, como casi toda actividad humana, sus momentos de gozo y placer, pero también sus instantes de árido caminar penoso, el tránsito por esas arenas en las que cada paso que das te supone un esfuerzo extraordinario. Aquella cita de Séneca que tantas veces empleé viene nuevamente la caso. Desde aquel «con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra.» ha llovido mucho, pero la cosa continúa parecida, el pan o lo que sea. Y probablemente si el hombre de hoy es lo que es se lo debe precisamente a ese esfuerzo que requiere vivir. Cosa que me digo cuando estoy jodido, pero que igualmente imagino te dirás tú (aquí) en parecidas circunstancias. Si el hombre se hubiera abandonado a la acción de los imponderables, lo mismo en este momento andábamos todavía subidos a los árboles. Otro tanto le habría sucedido a Adán y Eva si Eva no se hubiera atrevido a darle gusto a su apetito.
Me hablas de aquel famoso mayo parisino y de cómo aquello con el tiempo derivó por pura síntesis —tesis, antítesis, síntesis— hacia un posicionamiento de sus líderes más moderado. Esto me recuerda a aquella respuesta de Galileo «Eppur la Terra si muove» Y, sin embargo, la Tierra se mueve, pese a todo, contra tiros y troyanos vamos adelante… más o menos.
Nos movemos constantemente en el campo de una dialéctica en donde los extremos tiran de nosotros con la fuerza de aquellos personajes del cuadro de Goya titulado Duelo a garrotazos.
Aquel ser o no ser shakesperiano que servía a Chaplin para ridiculizar la figura de Hitler en El gran Dictador, ronda por mi cabeza desde que empecé este escrito. En ocasiones los grillos, tantos, que uno tiene en la cabeza, mezclan sus cantos sin ningún tipo de armonía y aquel que está escribiendo la partitura se ve constantemente en aprietos; la dificultad de armonizar los distintos cantos le puede llevar a intentar una partitura de variadas voces, lo que en términos musicales es corriente, pero que llevado a la escritura resulta difícil, a no ser que uno sea un Joyce. A veces, no hay más remedio, es necesario cortar y tratar de poner una idea detrás de otra. Leo desde hace tiempo a Lobo Antunes, Portugal, y a la altura en que he llegado, bastante adelantado, todavía ando perdido, pérdida acaso debida en parte a la vagancia de mis neuronas, pero que en cualquier caso exige, la lectura, la concurrencia de excelentes lectores. También eso cuenta, que ordenar grillos, ideas y asuntos tal como circulan por el cerebro no es moco de pavo, que decíamos de niño.
Y no sé si seguir adelante. En la habitación ha empezado a entrar estos días un sol de otoño que invita a a dejar vagar la mente y a dejar que las sensaciones se posen suavemente sobre el cuerpo. Hoy creo contemplar la vida como aquel anciano de una novela de Luís Goytisolo que sentado al sol de una mañana de invierno posaba sus ojos sobre el horizonte mientras escuchaba La Creación, de Haydn. Cuántas veces habré pensado en aquel anciano o en otro que aparece en un relato de Azorín, uno que apoyado el mentón sobre su garrota contempla el paisaje como quien contempla su propia vida.
Entra en este momento una enfermera en la habitación. La gracia femenina de su presencia me reconcilia con el mundo. A mí, tan crítico con casi todo, me desaparecen los humos de la cabeza cuando me encuentro con el regalo de un trato amable, una sonrisa, un razonamiento inteligente o como ayer por la mañana, con una mujer de raza negra con un bebé de dos días en los brazos que no hablaba español, pero con quien no necesité una lengua común porque la empatía mutua lo sustituyó con creces. La fragilidad del bebé me enternece. Vuelve a conectar con el principio de mi escritura de hoy, la vida vista como quien se sube en un parapente y contempla a sus pies la globalidad de esto que es la vida, la propia y la de los otros hombres.


