martes, 7 de julio de 2026

Esta noche me voy de viaje

 


 

7/07/2026

Harto estoy de que mis posts no hablen de otra cosa que de… eso mismo. Así que hoy de viaje me voy para variar, que, sí, harto estoy de darme pena a mi mismo; harto de estar harto ya me cansé, eso, Serrat. Lo mismo un día de estos borro todo lo que he escrito los últimos días que toque ese tema que ya me parece que huele a chamusquina. Parodiando a Lorca podría transformar aquel  

 “Pero yo ya no soy yo,  

ni mi casa es ya mi casa.” 

 

en su opuesto, que, como me dice Eduardo, “hay muchos modos de seguir siendo quien se es acoplándose a lo que va dando de sí el  cuerpo.

 A otra cosa.

Termino la jornada leyendo a Jünger, que ahora viaja por Sumatra y más tarde por Singapur. Precisamente yo anoche había tomado un libro mío, Primavera en el Pacífico que relata un viaje en solitario de medio año por Oriente, para encontrarme con cierto paraje del estrecho de Malaca que quise recordar. Así que ahora comparto mi propio libro de viajes con aquel de Jünger, que viaja precisamente por el mismo entorno y, cosa curiosa, empiezo a descubrir en Jünger al roce con los países que visita, siempre una de esas visitas rápidas que pueden hacer quienes se embarcan en un crucero, a uno de esos turistas que se hacen llevar de la mano de un lado para otro, pero que raramente viven el contacto con la gente de la calle. Esos turistas que ven el mundo desde sus camarotes de lujo, pero que no penetran realmente en la sustancia de los países que visitan. Viajar, lo que es viajar, a lo otro lo llamaría turistear, sólo se puede hacer con una mochila a la espalda, sin reloj, sin programa, estando codo con codo en contacto con la gente del lugar. Jünger con su picoteo aquí y allá, siendo llevado de la mano constantemente de aquí para allá, escribiendo como un turista con prisas que quiere ver todo y no ve nada, me defrauda en este punto. A Singapur le dedica tres o cuatro horas y cuatro días después ya está de paseo por las calles de Manila. ¡Qué desperdicio de viaje! 

Ahora pienso en los inconvenientes de disponer de suficiente dinero como para darse el lujo de viajar por el mundo sin que el presupuesto sea un inconveniente. Sí, entiendo que mezclarse con la gente de a pie no parece propio de personas como Jünger siempre codeándose con la flor y nata de la intelectualidad, con las sutileza del pensamiento o la historia, pero que acaso viven lejos, muy lejos del hombre corriente. Recuerdo ese desprecio con el que Schopenhauer trataba de chusma al pueblo llano. Su desprecio por esta gente era tal que dormía con pistolas y un sable por miedo a los ladrones. Cuando estallaron combates cerca de su casa en 1848, unos soldados entraron en el edificio buscando una mejor posición para disparar contra los insurgentes. Schopenhauer los recibió con entusiasmo. Lo más conocido es que prestó sus prismáticos o lentes de ópera para que los soldados pudieran apuntar mejor desde la casa vecina. 

¿Por qué me he acordado yo de Schopenhauer al escribir sobre Jünger? Es una curiosa cuestión. Uno, que nació de familia humilde y jamás se codeó con esa gente especial, la élite del dinero o la politica, en realidad siente un soterrado desdén por ella. Podemos hizo su agosto en los principios de su andar político refiriéndose a ellos como La Casta. 

Y bueno, que me voy por peteneras. El caso es que ya puestos, dejé a un lado el libro de Jünger, que tocaba puntos de un viaje que hice yo hace muchos años, Filipinas, Borneo, Singapur, Sumatra, Java, etcétera, y lo abrí en las circunstancias en que atravesaba el estrecho de Malaca en una pequeña embarcación, un trayecto peligroso porque aquellas aguas estaba surcadas por piratas, no de aquellos del parche en el ojo de las novelas de Emilio Salgari, pero piratas al fin y al cabo. Carajo, qué sorpresa me esperaba con la lectura. De repente me sentí tan tan viajando por Oriente que casi me entraron ganas de maquinar algo para cuando mi cuerpo se haya recuperado del todo. Días atrás me vino la sugerencia de hacer en otoño alguno de esos GRs que recorren España o acaso uno de los pocos Caminos de Santiago que me quedan por recorrer, pero ante la perspectiva de perderme de nuevo por el mundo rural de Malasia, Nueva Guinea o vaya usted a saber. De repente ya estaba dejando a un lado el proyecto de caminar para embarcarme en algún exótico viaje por Oriente. 

Ah, gozo, qué bien voy a dormir esta noche dejando a mis dolencias, estando ya mi casa sosegada, estar ahí como parte de un paisaje habitual. Lo dice Eduardo desde su experiencia de hombre ya casi nonagenario: remontar en tales casos, que son habituales, es una buena empresa ya en sí misma. Lo que me trae a la memoria la dura tarea de los entrenamientos de aquellos maratones que bordaron mi ánimo cerca de los sesenta años. Salir a correr de noche, de madrugada, en invierno… ¡con qué ánimo lo hacía! El maratón era sólo un objetivo en el horizonte, empeñativo, lejano, ideal pero cuyos prolegómenos quedaron como un tesoro en las fibras de mi memoria.

 


lunes, 6 de julio de 2026

Una mirada fisiognómica

 


6/06/2026 

Una cosa buena que tienen los viajes es que tarde o temprano suscitan reflexiones y observaciones que estando en casa no se producirían. Jünger está de crucero por el mundo y por tanto su diario es prolijo en esos días.  

Tengo ante  su libro Pasados los setenta . El ventilador ronronea con toda su fuerza. Hace realmente calor hoy. Llevo un rato contemplando la portada en donde Jünger observa sobre su dedo pulgar un insecto, probablemente una mantis religiosa. Jünger está de viaje 

No me decido a continuar la lectura, miro fuera el campo soportando el bochornoso calor de la tarde mientras mi pensamiento va de aquí para allá, especialmente dándole vueltas a las posibilidades de la edad mientras recuerdo las últimas páginas leídas, Jünger y su esposa embarcados en un crucero que les lleva alrededor del mundo. El libro es una mirada contemplativa sobre la vida en donde se mezcla lo cotidiano y lo trascendente y en donde la naturaleza está constantemente presente. Los bosques, los jardines, los insectos —era un gran entomólogo— y las estaciones del año aparecen en su libro una y otra vez como fuente de conocimiento 

Quizás su lectura tenga que ver con la indagación sobre la edad en que me encuentro estos díasQuerría estar dentro de la piel de este autor cuando tenía mi edad, en la de él, en la de Carlos Soria o en la de Eduardo Martínez de Pisón. Es como si hasta ahora no hubiera sido consciente del significado real que supone cumplir ochenta años y ahora repentinamente quisiera acercarme a esa edad como buscando acomodo en ella con todo lo que ello pueda significarJünger apenas habla sobre su edad en lo que llevo leído. Es un hombre inquieto preocupado especialmente por asuntos relacionados con la cultura, el arte o la naturaleza. Parece vivir completamente al día, en el presente.  

Un asunto que me llama últimamente la atención es su referencia a la fisiognómica, un término que en absoluto conocía de antes y que se define como el intento de  descubrir el carácter profundo de las personas, los objetos y las épocas a partir de su aspecto exterior, de los gestos de los detallesUna mirada científica pregunta: «¿Qué es esto?», mientras que la mirada fisiognómica pregunta: «¿Qué revela esto de su naturaleza más profunda?». El término es realmente seductor porque apuntapor encima de una mirada superficial del mundo y sus hechos, a aquello que depurado del entorno social, político o económico del momento, constituye parte esencial del pensar y el vivir. Contemplado reducido el mundo a medida y número, al imperio de la razón, la realidad global se empobrece, de ahí que contemplar el mundo desde una mirada fisiognómica buscando el sentido profundo de las cosasse convierta en una mirada necesaria cuando uno pretende convivir con una realidad que no se esfume entre las venalidades del mundo que nos envuelve. Mirada profunda que no por ello ha de substraerse a la ciencia y que invita ampliar nuestra capacidad para acercarnos a una realidad que la ciencia por si sola no puede abarcar.  

¿Que qué tiene que ver esto con las posibilidades de la edad que mencionaba al principio? De entradapor mucho que se diga que el futuro no existe, que sólo es real el presente, lo cierto es que no es fácil vivir sin una visión aproximada de qué podremos hacer con nuestras vidas sin salir de la incertidumbre de lo que nos espera mañana o de las posibilidades que el futuro próximo nos ofrece. Profundizar más hondo en el significado de nuestros actos, de los cambios profundos que se producen en el mundo, de los porqués que nos mueven constantemente al acercarnos a la comprensión de la realidadunido a la dinámica que nos empuja a apreciar la vida como un regalo, podrá, sin lugar a dudas, ponernos en una situación mucho más favorable a la de quien ve pasar los días como el pasajero del tren que mira distraído tras la ventanilla el tránsito de un paisaje corriente.  

En fin…  

 

 

 

 

 

 


domingo, 5 de julio de 2026

“…Entre tanto, cada día es un regalo”

Amanecer sobre el Manaslú

 5/07/2026

Ayer me llamó Luís Bernardo Durán para interesarse por qué tal llevaba mi recuperación. A raíz de nuestra conversación recordé aquella expedición española que alcanzó hace 50 años la cumbre del Manaslú. En ella participaron Carlos Soria y él mismo. Consiguieron la cumbre Jerónimo López y Gerardo Blázquez, pero al indagar algunos datos caí en que Carlos Soria había conseguido llegar recientemente a la misma cumbre el pasado año. Hice memoria. Carlos tiene nueve años más que yo, así que alcanzó la cumbre del Manaslú ¡a los 86 años! Sólo el hecho de recordarle y teniendo en cuenta la edad que tiene, me supuso ayer tarde que me visitara un ramalazo de esperanza. El recordarle y saber que con 86 años llegó hasta la cumbre del Manaslú y que a aún sigue en activo, me ha dado un empuje de esperanza, una cosa de esas que sobreponiéndote al desánimo hace que te suba la disposición al punto de volverte a creer que todavía será posible, acaso, volver, por ejemplo, a… eso mismo. No me repito. En el último mensaje que recibí de Carlos se veía claramente que sigue echando un gran coraje a la vida, y por tanto dándonos ejemplo a los que queremos seguir haciendo de la vida algo hermoso.

Sí, sé de sobra que últimamente me repito, que no salgo del círculo cerrado de mis circunstancias. Pero no importa. Cada cual usa de las herramientas que tiene a su disposición para intentar arreglar la mecánica desgastada del cerebro, y mi herramienta más a mano en este momento es la escritura, un excelente antídoto contra el desánimo. ¿Lees?, me preguntaba ayer Luis Bernardo. No, muy poco, le decía. Ahora la percepción de la realidad de Carlos anoche me hizo el efecto de un reconstituyente espiritual; también ese ¿lees? de Luis fue un toque de atención. Carlos siempre fue un referente para reconsiderar las posibilidades que los muchos años pueden ofrecernos con tal de que nos pongamos a trabajar en serio. Es lógico que los años nos vayan dictando al oído una serie de limitaciones, pero seguir pedaleando sin amilanarse para no terminar cayéndote de la bici, la bici de las ganas de vivir, que me decía él en su guasap, parece que sea imprescindible.

Pero bien, no quisiera continuar con esa retahíla de lamentaciones que me han visitado días atrás.  Mejor poner la mirada en ese punto de inflexión que se sitúa entre los finales de los setenta y principio de los ochenta, ese momento en el que uno empieza a preguntarse ¿será todavía posible esto o lo otro? ¿Podré, no podré? ¿Hasta dónde se puede o no se puede en la vida en general? En este momento tengo presente tanto la edad de Carlos como la de Eduardo Martínez de Pisón, que precisamente hoy cumple 89 años. Ambos, el primero regresando de Italia de dar unas conferencias y el segundo dando conferencias y escribiendo incansablemente sobre ese amoroso poso que deja en el ánimo la afección por las montañas.

Es bueno dar ánimo a los demás, me decía el otro día en un e-mail Eduardo después de recordarme la persona de mi admirado Dersu Uzala. Le contaba yo de mi relación matinal con los pájaros, las golondrinas o los conejos y ello debió de suscitar el recuerdo de este hombre dedicado enteramente al medio en que vivió, los bosques, los ríos, las montañas y sus animales. En cierto sentido algo de aquel hombre fluye en mí estos días alimentando a los pájaros y a los conejos cada mañana. Llego, repongo el agua y la comida de los pájaros y después con los ojos cerrados en posición loto me sumerjo en el fluir de mi respiración. A lo lejos quedan las montañas de Gredos y la Sierra del Valle.

Sí, me alejo del asunto. Esos años de inflexión entre la madurez y la vejez (esa palabra que no me gusta) son, pueden ser de una riqueza incalculable, me digo; intento metérmelo en la cabeza como quien desea que una idea germine a toda costa en su cerebro. Pienso ahora en Ernst Jünger del que en estos momentos leo Pasados los setenta I. Él alcanzó los 102 años. Jünger es un perfecto ejemplo de ese periodo al que me refiero, no sólo el de los años de inflexión sino el de aquellos de la plena longevidad. Su último volumen, el VI, alcanza hasta casi el final de sus días, los 102 años. En Jünger sin embargo no parece existir ese momento de inflexión al que me refiero, y que aparece en mí como una palpable realidad tras la enfermedad; en Jünger lo que se percibe es una continuidad sin fisura, sus diarios no son unas memorias al uso. Jünger sigue observando el mundo con una curiosidad casi intacta: habla de sus paseos, de la naturaleza, de los insectos, de las lecturas, de los sueños, de las visitas que recibe y de sus reflexiones filosóficas. Curiosamente a medida que envejece, disminuye el interés por la política y aumenta el de las cuestiones esenciales: el tiempo, la muerte, la belleza, la contemplación y el sentido de la existencia. Cuando se lee el último tomo llama la atención el que el tema de la muerte deje de aparecer como una preocupación para pasar a contemplarse con una serenidad que resulta llamativa. Repaso los subrayados de la lectura de este último tomo y mi vista cae sobre esta reflexión: “…Entre tanto, cada día es un regalo”. ¿Será posible?, me digo.

Es inevitable, cuando uno empieza a escribir las asociaciones crecen constantemente. Miro las últimas líneas que he escrito y ya no recuerdo con lo que empecé esta entrada de mi blog. Escribir este blog es en ocasiones un ejercicio impredecible. Sin embargo, y aunque he olvidado el principio, encuentro que lo que sucede es que empecé a caminar hace una hora y media con alguna idea y a lo largo del paseo algunas asociaciones me han llevado por un paisaje que ahora no sólo me resulta atractivo, sino que me coloca en un estado de ánimo interesante al que he llegado de la mano de Carlos, de Eduardo, de Dersu Uzala y, en último lugar, de Jünger. Gracias debería dar a estos hombres que con sus vidas o su pensamiento alumbran pequeños rincones de la realidad.

 

sábado, 4 de julio de 2026

“Qué va a ser de mí…”

 


4 de julio de 2026  

(4 de julio. Independence Day. Me pregunto si el ególatra y payaso de Trump logrará a esta alturas vender la moto a los norteamericanos).  

Me alegra despertarme de la siesta y encontrarme seis o siete gorriones picoteando en su comedero. Días atrás fue un carbonero que bajó hasta mi puesto en el pinar para saciar su sed, allí, al alcance de mi mano. ¡Cuánto daría para que se hicieran mis amigos y pudiera compartir con ellos este trozo de tierra en que me ha tocado vivir! A mucha gente les ha tocado vivir en un piso de la ciudad, en lugares inhóspitos, acaso amontonados entre otros vecinos, a mí, a nosotros, la suerte nos cupo vivir en el campo conviviendo con los otros seres no humanos que acostumbran poblar las tierras labrantías de los alrededores de Madrid. Me despierto con el cuerpo algo atorado, salgo fuera y en la fuente me doy un chapuzón. Nada de nadar todavía en la piscina, el cardiólogo dixit. Así que después me siento frente al ventilador y me pregunto: ¿y ahora qué?  

Rumio en estos días por donde saldrá el sol al día siguiente. Hasta ahora viene siendo un ejercicio de paciencia a la espera de que me vuelvan a visitar las inquietudes y motivaciones que acostumbraban a rondarme por dentro. De momento pareciera que sólo se mantuviera del todo en pie esto de escribir a ratos, que en cualquier caso viene a ser la prolongación de tantos momentos que dedico a mirar las musarañas. Hoy me preguntaba si no estaría entrando en un novísimo periodo de la vida. Algo así como si la resignación estuviera abriéndose pasito a pasito en mis disposiciones indicándome el camino que me espera. Desde hace días tengo puesto el ojo en el Cerro de San Pedro. Me pregunto: ¿sería capaz ya después de un mes de mi alta en hospital de subir aquella módica montaña? Un día de estos llamo a mi hermana Montse y se lo propongo. Ya alguna vez me acompañó para ver amanecer en Peñalara o Cabeza de Hierro. Ella no acostumbra a subir montes pero es una excelente caminadora. Se verá.  

Este juego de quiero y no puedo me trae suspenso el ánimo. Pero bueno, no era de esto precisamente de lo que yo quería hablar, que si la cabra tira al monte yo tiro constantemente a mirarme mi propio ombligo.  

Ahora sin más en bolas frente la ventilador ¿qué podría hacer aparte de mirar por la ventana y escribir lo que se me ocurra? Tengo un vecino de mi edad que desde que se levanta hasta que se acuesta no hace otra cosa que mirar la teletonta¡Horror para uno que jamás ve la televisión y que la última vez que se asomó a ella fue cuando aquello de Las aventuras de Petete. ¿Leer? Simone Weil me parece oscura y difícil; Ernst Jünger lejano de mis intereses a no ser que su tema se refiera a la cuestión de la edad, un experto él ya que vivió 103 años (un mes le faltó para ello); ¿Oliver Sacks? Demasiados casos extremos con problemas cerebrales. Queda, sí, una novela que me pasó Victoria de Ramón Gallart y que no sé porque la literatura de muy ahora tendría que ser muy buena para meterme en ella. De momento, también propuesto por Victoria, me queda Maupassant, Bel Amique a trancas y barrancas llevo adelante. Lo demás, la parcela y otras obligaciones varias, pues bueno…  

Lo que realmente sucede es que desde hace muchos, muchísimos años, desde que me jubilé hace ya cuatro lustros, he dedicado verano tras verano a caminar por Alpes o Pirineos y en estas fechas me siento un extraño en casa, un okupa temporal que está donde no tiene que estar, es decir viviendo y durmiendo bajo los cielos estrellados de las montañas. Vamos, que se junta el hambre con las ganas de comer, que no pueda ni soñando continuar con mi ritual veraniego y que jodido como estoy me toque mirar en exceso las musarañas.  

Cuando pienso que ahora mismo debería estar recorriendo los Alpes Austriacos me entra un pedazo de añoranza grande como un elefante.  

Y claro, cómo no, me viene a la memoria aquel tema de Serrat con su inolvidable estribillo,  

«Qué va a ser de ti lejos de casa (de las montañas, vamos). 

Nena, qué va a ser de ti…» 

 

Sí, qué va a ser de mí. Me lo pregunto todos los días. ¿Dejaré de ser yo para convertirme en un otro, un vejete al que sólo queda contar las batallitas de su vida?  

Jajaja… esto de querer producir compasión se me da, como diría mi madre, como hongos. Dejemos mejor el asunto en el cajón del sentido del humor. Nuestra humana condición no necesita en ocasiones otra cosa que eso, sentido del humor. Reírse de uno mismo es un buen antitodo para algunos males.

 

 

 

 

 


En busca de una síntesis

 


4/07/2026

Creo que hablamos en alguna ocasión anterior de Einstein, le digo a Muñiz que comenta el post de ayer tachando de misógino y deshumanizante el documento que escribiera Einstein a su mujer. En este personaje la razón y la moral entran en conflicto, le digo. Yo, que últimamente veo el mundo desde mi pinar matinal y que apenas ojeo la prensa, que me siento en cierto modo como esos personajes, políticos, personajes de la cultura, que durante la dinastía Yuan y Ming era corriente que  se retiraran a pequeñas cabañas perdidas en las montañas, voy teniendo una visión del mundo que me dispone a ver la realidad desde una perspectiva que cada vez está más lejos de ese “progreso” desorbitado en donde perder los papeles y la perspectiva sobre la vida está a la orden del día. Defiendo la necesidad del equilibrio entre razón e imaginación, sin embargo sigo pensando que en ocasiones ciertas comprensiones, el acceso a ciertos conocimientos maduran más que se fabrican. Lo que implica poder dedicar regularmente cierta cantidad de tiempo a los porqués de la propia vida y de lo que hacemos. Reflexionar, meditar, se me aparecen como indispensables elementos con los que caminar día a día. Cuando ojeo los periódicos y considero las principales noticias del día, raramente me encuentro con algo que pueda incitarme al ejemplo, más bien lo común es encontrarse con un revoltijo de mierda y de intereses de una y otra parte.

La idea del retiro, de la reflexión, tiene raíces muy antiguas y bebe, en Oriente, de las grandes corrientes del taoísmo y el confucionismo. Nuestra literatura está llena de ese chispazo que hace de la percepción de la realidad un cuestionamiento. Calderón, San Juan de la Cruz o el Thaurau de Walden son un ejemplo de ello. Un cuestionamiento que parece estar totalmente ausente de la dinámica conceptual de las tendencias generales del mundo en donde el beneficio y el poder son dos ejes indispensables sobre los que gira nuestra avanzada modernidad.           .

Hoy imaginar la vida del planeta desde la perspectiva de Elon Musk, Jeff Bezos, de Mark Zuckerberg o del imbécil de Trump empobrece lamentablemente la condición del ser humano que debe dejar a un lado su humanidad para hacerse depredador y acumulador de riqueza y poder. Le pregunto al ChatGpt qué cree él que debería interesar al ser humano, por cuáles deberían ser los principales valores a considerar por éstos y, sucintamente me responde, en este orden, que comprender la realidad, vivir éticamente, amar y ser amado, desarrollar las propias capacidades, contribuir al mundo, contemplar y disfrutar la belleza, buscar la serenidad y por último aceptar la finitud; y  añade sobre esta última que saber que somos mortales da perspectiva sobre la vida; muchas preocupaciones cambian de tamaño cuando recordamos que nuestra existencia es limitada. Es una lista acaso cuestionable, pero que refleja, por contraste, comparándolo con lo que realmente sucede (siempre en términos generales) en el mundo, lo lejos que estamos de los valores esenciales.

A veces el amigo Muñiz me ha inducido a considerar, a dar a la razón mayor peso del que yo entiendo que tiene; digamos que para llegar a la comprensión de la realidad, más o menos, prefiero el concepto de madurar a aquel otro que sigue puntualmente el sendero de la razón. Me explico. Nuestras ideas, nuestra concepción de la realidad, son con frecuencia concepciones informes que necesitan esclarecerse y ordenarse. No se produce una comprensión de una realidad, generalmente, en un punto concreto de la reflexión, sino que ésta requiere un merodeo de acá para allá, un ir y venir, un considerar que en cierto momento puede llegar a madurar no tanto siguiendo el hilo de un razonamiento, como un proceso de maduración. Uno va cumpliendo muchos años, muchos, y la idea que tienes de ciertas realidades globales provienen más de un proceso de maduración que otra cosa. No fabricamos un producto siguiendo una línea parecida a la de los silogismos, sino que la comprensión se nos impone en un largo proceso de maduración. Esto recuerda una observación atribuida al taoísmo: no se trata de conquistar la verdad, sino de disponerse para que la verdad pueda revelarse por sí misma. Es curioso, pero el planteamiento, en otro orden de cosas, se parece a aquella idea de Brancusi que decía que para crear algo era necesario, más que otra cosa, ponerse en la situación de… Y ya puestos podría nombrar a autores que aparecen estos días en mi blog. Tanto en  Stefan Zweig como en Atahualpa Yupanqui aparece en ellos una confianza en que la inspiración o la sabiduría no nacen únicamente del razonamiento, sino también del silencio, de la atención y del tiempo. Si hubiera que buscar una síntesis se podría decir que Occidente nos enseña a pensar con rigor mientras que Oriente nos induce a vivir con profundidad. Ambas perspectivas se enriquecen mutuamente.


viernes, 3 de julio de 2026

En el pinar

 


3/07/2026


Sentado con los ojos cerrados en la posición de loto, me centro en el lento fluir del oxígeno en mis pulmones. La realidad del mundo son el ladrido lejano de unos perros, el piar de las golondrinas que presiento volar a mi alrededor, ruidos también lejanos de motores que atraviesan la autovía. No mucho más, algunas moscas que se posan sobre mí piel. A eso queda reducido el mundo. La temperatura es agradable, sopla una ligera brisa y en absoluto parece verano, un agradable frescor recorre el pinar.  

En algún momento se cuela en mi pensamiento las tareas que me esperan durante el día. Recuerdo la afirmación de un amigo: la vida consiste en hacer algo. Hacer, sentir, proyectar. Abro los ojos. Me pregunto por qué las golondrinas ayer y hoy vuelan constantemente a mi alrededor. Considero mientras tanto que quizás sea tiempo ya de dejar de mirarme el ombligo y de ponerme en movimiento tenga o no ganas .  

Me dice en un comentario al post último Carlos C G que la imaginación es más importante que el conocimiento, una cita de Einstein, y me quedo pensando en esa expresión de “qué es más importante”. Acostumbrados como estamos a poner unas cosas tras otras, a establecer prioridades o grados de importancia, mientras miro el gracioso y elegante vuelo de las golondrinas, se me ocurre pensar en cuales serán las prioridades de estas aves que parecen volar incansablemente por el aire de la mañana. Indudablemente la razón de su vuelo no es una razón estética ni de capricho. Un halcón posado en la rama de un árbol, en cierto momento siente apetito, algo que le ronda por dentro, y entonces se lanza al vuelo y el instinto, seguramente no será eso que nosotros llamamos deseo de algo en concreto, hace que cuando ve corretear una liebre por el campo, se lance instintivamente sobre ella saciando así su apetito, esa cosa, no exactamente el apetito como nosotros lo consideramos, que le hizo iniciar el vuelo. Pura química en acción. Racionalmente no hay razones, es el mecanismo biológico del ave el que abre y cierra las compuertas de la necesidad.  

Creo que algo de este mecanismo inconsciente nos mueve a los humanos. Estímulos que una vez atendidos desaparecen y dejan el cuerpo en estado de equilibrio hasta que pasado cierto tiempo ese equilibrio se desplaza y surge de nuevo la necesidad. El halcón no dice, uf… que hambre tengo. En los animales no tiene mayores consecuencias esta llamada a satisfacer el apetito, a la necesidad sigue su satisfacción y a la satisfacción la necesidad. Se trata de un círculo cerrado que sólo se altera por el avistamiento de un peligro inminente o por la necesidad de aparearse. La diferencia con los sapiens es, no obstante notable. A nosotros no nos basta con satisfacer las necesidades inmediatas, ni siquiera estamos programados para almacenar, como hacen las hormigas, alimentos y refugio para una temporada. El ejemplo de la clase alta de los romanos que en los banquetes comían hasta reventar para tras ello vomitar y volver a comer, no se da más que en los sapiens que han encontrado “otros entretenimientos” con que generar la tensión que genera la necesidad.

La necesidad como acicate de la vida, y la curiosidad como compañera de viaje, probablemente sea uno de los principales motores que mueven al hombre desde siempre. Acaso punto de arranque de la complejidad que el hombre fue adquiriendo a lo largo de los milenios pasando en estadios sucesivos a esa sofisticada tensión que lleva a los sapiens a procurarse a toda costa dinero y más dinero, a adquirir poder. Pienso sin más en el chiflado ese de Trump; ochenta años  y el tío, ciego y ególatra, sólo piensa en acumular más dinero y fortuna. ¿Tendrá este individuo, me pregunto, algunos minutos en la semana para pensar y descubrir lo idiota que es, para comprender que el camino, no más, termina entre el perejil?

No sé yo si la imaginación y el conocimiento, como dice Carlos C G, citando a Einstein, son elementos a poner en concomitancia; probablemente sí en el contexto en que lo cita, pero la cosa no me parece un chollo; el conocimiento y la imaginación, si no van acompañados por la bonhomía y la honradez como persona, podrá ser una aportación a la sociedad, pero en absoluto oculta su condición de podrida mentalidad, más teniendo en cuenta que Mileva, su esposa, no era una ama de casa cualquiera. Fue una de las primeras mujeres que estudiaron Física y Matemáticas en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, donde conoció a Einstein. Existe además un debate todavía hoy sobre el alcance de su colaboración en los primeros trabajos científicos de Einstein. Un Einstein responsable por demás, por más que sea responsabilidad indirecta, de las muertes y los horrores de Hirosima y Nagasaki, que ha pasado a la posteridad, pero que en el fondo era un canallita sin paliativos. Lo demuestra cierto memorándum que entregó a su esposa, toda una muestra del comportamiento de un cretino. (Dejo más abajo en el anexo el texto de dicho memorándum.

 

ANEXO

El texto del memorándum dice, en esencia:

Condiciones

A. Te asegurarás de que:

  1. Mi ropa y mi colada estén siempre limpias y en buen estado.
  2. Reciba regularmente mis tres comidas en mi habitación.
  3. Mi dormitorio y mi despacho permanezcan ordenados y, especialmente, que mi escritorio sea de uso exclusivo para mí.

B. Renunciarás a toda relación personal conmigo, salvo la estrictamente necesaria por razones sociales. En particular:

  • no esperarás que permanezca sentado contigo en casa;
  • no esperarás que salga o viaje contigo.

C. En tu trato conmigo:

  • no esperarás ninguna muestra de afecto por mi parte ni me harás reproches;
  • dejarás de hablarme cuando te lo pida;
  • abandonarás inmediatamente mi dormitorio o mi despacho cuando te lo solicite.

D. No me desacreditarás delante de nuestros hijos, ni con palabras ni con hechos.