lunes, 16 de marzo de 2026

Un ramalazo de añoranza

  


17/03/2026

Me encontraba haciendo un ejercicio de mantenimiento frente a la ventana y entre las ramas de los árboles vi una estrella especialmente brillante. Fue un encuentro un poco especial. Repentinamente se me vino encima un ramalazo de añoranza. Añoranza de estrellas, de noches en las cumbres… esas cosas. Llevo meses con problemas en ambas rodillas que apenas remiten. Un sobresfuerzo  en algún momento, algo que hice mal trabajando en la parcela, ni idea qué, pero que desde semanas, quizás meses ha reducido ni movilidad. Primero, después del verano, fue que me hice colono/hortelano, después fue el mal tiempo y enseguida, zas, la jodimos, aunque hubiera querido darme una vuelta por el monte, nanais, naranjas de la China. Incluso hace unas semanas dediqué varios días a programar mi verano, una travesía de ochenta días por los Alpes Centrales Austriacos. Tracks, descripciones, una guía en PDF que generosamente me proporcionó Sebastian Beiglböck, el responsable de las grandes rutas que recorren Austria. Había comenzado hace algún año a caminar desde las cercanías de Viena intentando esa travesía y en dos veranos consecutivos tuve que volverme a casa por problemas de una lumbago primero y posteriormente por una pierna que quedó patidifusa con un sobreesfuerzo. Es un itinerario que lo tengo clavado en el alma. Es, sería, el testimonio de que todavía se puede, de que todavía esas grandes rutas alpinas que son mi pasión desde hace tantos veranos, son posibles.

Esta noche, cuando descubrí esas estrellas desde mi ventana, se me arremolinaron por dentro un puñado de sensaciones. Mis piernas no remiten, ¿es el principio del fin de esa vieja pasión que me ha tenido atado a la montaña desde mi primera juventud? Últimamente me lo pregunto a diario. Días atrás el traumatólogo mirando los resultados de una resonancia me miró con escepticismo cuando le contaba que lo que quería próximamente era pasar el verano recorriendo montañas. Su mirada por encima de las gafas después de ver aquello y considerar la edad que tengo, era la de quien piensa que está ante un paciente que desbarra.

Ahora miro las llamas de la chimenea. Es medianoche. Pienso en los amigos del Navi, la mayoría de ellos mayores que yo, un grupo en el que a muchos la edad va lastrando al punto de tener que limitar sus salidas a muy moderados paseos por las laderas del Guadarrama. ¿Seré yo ya mismo uno más entre éstos? Recuerdo a aquel violinista al que en mitad de un concierto se le rompió una cuerda. La música quedó interrumpida, pero minutos después el concierto continuó con la cuerda rota. Al finalizar el concierto la sala entera se levantó para aplaudir al violinista. Éste tomó la palabra y dijo escuetamente: “Como la vida misma, hay que seguir tocando con las cuerdas que van quedando”.

Cierto, qué remedio. Sin embargo…  Carlos, tras el descenso del Manaslú decía en una entrevista que por primera vez se había dado cuenta de que tenía 86 años. Hasta entonces él había librado un arduo pulso con la edad, había dilatado con mucho esfuerzo y entrenamiento durante muchos años ese “todavía se puede” y había llegado la hora de moderar discretamente lo que su pasión le pedía con tanta fuerza. Ahora, desde que me ausenté de las redes no sé nada de él, aunque sí le imagino dándole a la traca con su amigo Pedro Mateo en el rocódromo, en la Pedriza o donde sea. Carlos me lleva nueve años y durante mucho tiempo me pareció la mejor referencia para saber lo que podría dar mi cuerpo de sí. Tener un buen referente te ayuda a ponerte a ti mismo el listón a la altura de tus deseos. No es que esté ya para que me metan en una residencia :-), pero esta situación por la que paso desde hace meses me deja un poco tocado del ala. Caminar durante casi tres meses por Alpes está empezando a rondarme por dentro como algo acaso, quizás, probablemente… algo difícil de sostenerse.

Sí, esta noche esas estrellas tras los cristales de mi ventana, que tantas veces he contemplado desde la rendija de mi saco de dormir en los vivacs de altura, llaman levemente, discretamente, a las puertas de mi añoranza.

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

Simone Weil, la gravedad y la gracia

 



5//3/2026

Quizás una de las razones verdaderamente prácticas de persistir en la escritura, y me lo digo ahora que mis ganas de hacerlo están a la baja, sea no sólo tratar de comprender la realidad, la raíz de nuestros actos, nuestras tendencias más propias, sino, y sobre todo sea tratar de encontrar el camino que conduce, tras la comprensión de algunos aspectos de nuestro vivir, a un comportamiento que nos eleve por encima de la gravedad hacia la gracia.

Fue en este punto de la gravedad y la gracia en donde me detuve en la lectura del libro que leía. Su título, sí, La gravedad y la gracia. La idea nada más comenzar el primer capítulo es tremendamente sugeridora. Escribe Simone Weil que todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia. Para ella toda la mecánica del bien y del mal puede resumirse en dos fuerzas: la gravedad y la gracia.

Vamos por partes. La gravedad para Simone Weil. En física, la gravedad es la fuerza que hace que todo cuerpo caiga hacia abajo, que nada ascienda sin un esfuerzo que venza esa atracción. Weil dice: lo mismo ocurre en el alma humana. Existe una gravedad espiritual que hace que el ser humano, abandonado a sí mismo, caiga siempre hacia abajo. No hacia abajo físicamente, sino hacia: el egoísmo, la venganza, la búsqueda de poder, la compensación del sufrimiento propio haciendo sufrir a otros, la mentira, la mediocridad moral. Todo esto es gravedad: la tendencia natural del alma a dejarse arrastrar por su propio peso hacia lo más bajo. Weil formula algo brutal pero que ella observó personalmente en fábricas, en la guerra y en la historia: “El hombre, por naturaleza, no hace el bien. Cae” .

La gracia. ¿Qué es lo que hace posible que el hombre pueda zafarse de esa gravedad persistente que es el sino de toda vida, ese caer constante en el egoísmo, la venganza, la búsqueda de poder, etc.? Weil contesta que la gracia. 

La gracia. ¿Qué es la gracia? Si la gravedad lo explica todo, si cada movimiento natural del alma cae hacia abajo, hacia el egoísmo, la venganza, la compensación, entonces surge una pregunta inevitable: ¿Cómo es posible que a veces el ser humano haga el bien de verdad, ese bien que no busca recompensa, el que incluso cuesta, el bien que nadie verá, el bien hecho hacia alguien que no puede devolver nada? Eso necesita otra fuerza. Y esa fuerza, explica Weil, es la gracia.

En un primer instante esa palabra, gracia, dibujó en mi mente de ateo una interrogación. ¿Qué coño sería eso de la gracia? Siendo Simone Weil, creyente, aunque creyente atípica, en este punto seguí la lectura con cierta circunspección. Para Weil la gracia es algo que viene de fuera del sistema natural del alma. Un alma llena de sí misma, de sus opiniones, de sus deseos, de su ego, no puede recibir la gracia. Es una cuestión mecánica, no puede recibir la gracia porque no hay espacio, la gracia llega pero no encuentra donde entrar. Dice Weil que la gracia es posible porque Dios dejó un espacio vacío en la realidad al crear el mundo. Desde la perspectiva de un no creyente, que entiende la necesidad de ese vacío como una experiencia en donde puede germinar algo esencial que se oponga a la gravedad, la gracia seria lo que puede acontecer cuando consigues vaciarte creando en ti ese espacio de silencio, de espera, de atención. Esta idea me recordaba algo que escuché ayer en una entrevista a Harari, el autor de Homo sapiens y Nexus. Decía que él dedica diariamente dos horas a la meditación. A eso me sonaba ese vaciamiento de que habla Weil.

El vaciamiento no es la gracia sino la condición para que la gracia actúe oponiéndose a la gravedad y todo lo que ella significa. En este punto recordé una idea que me es cara y que pertenece a Brancusi, el escultor. Decía Brancusi que en el proceso de creación no es buena actitud el empeñarse con el solo esfuerzo de la voluntad  en crear algo, que la condición básica consiste en ponerse en disposición de… ergo, vaciarse, meditar, hacer nada. No puedes producir la obra. No puedes producir la gracia. Pero puedes crear las condiciones. Y llevando esta idea a mi experiencia personal, con lo que enseguida me encontré fue con el silencio y la soledad de las montañas, con los vivacs en las alturas, con las largas horas de convivencia en medio de la Naturaleza. Cuando se vivaquea en una cumbre te encuentras entre dos mundos, el que está más allá de lo humano, el firmamento estrellado, y lo humano, esas luces que desde la Maliciosa o la Cuerda Larga que aparecen, relativizadas, con la fuerza de una muy especial percepción de la humanidad que duerme o transita en la noche sobre el llano. Allí arriba ya no estás en ese mundo, tu estancia allí ha producido en ti un vaciamiento que acaso es favorable a la llegada de la gracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 21 de febrero de 2026

Una imagen vale más que 1000 palabras

 


Esta imagen le pedí esta mañana al ChatGPT tras leer la prensa. No es ya que mister PorMisCojones sea la peor inmundicia que ha dado el suelo yanqui y que se comporte como un niño de tres o cuatro años, es que quienes lo auparon al poder deberían pasar con él a disposición judicial. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

“Vivir, Lucilio, es combatir”


 

19/02/2026

Me llega hoy de la mano de un mensajero mi último libro publicado, Diario de un jubilado 2025. Lo hojeo, leo algunos artículos. Me resulta algo difícil entender que sea yo el autor de esos artículos. Yo no sé si últimamente lo que hago es rehuir ese trabajo, el de escribir, porque realmente requiere un esfuerzo extraordinario o si es por otras razones que no sé concretar. Rehuir porque entiendo que la necesidad de expresarse y concretar nuestro pensamiento sacando en cierto modo de la ambigüedad de nuestras ideas o creencias (ambas cosas diferentes), es parte esencial de la condición humana. Y si la cosa es así podría suceder que con el paso de los años, tantos ya acumulados a lo largo de la vida, no es que uno ya esté aclarado del todo sobre esto que es vivir y su entorno, pero sí sucede que poco a poco uno va entrando en un mundo en donde lentamente se han ido asentando muchas certezas, tantas de ellas cimentadas a raíz de la mucha escritura con que he ido llenando el saco roto de mi blog durante tantos años que acaso ya no requieran mi atención porque forman, digamos, parte íntima de mi entender la realidad y el mundo. Y así, no necesitando ya aclararme sobre muchos asuntos, sería ocioso volver sobre tantos de ellos que podrían tener interés para otros si, digamos, este diario fuera una publicación en algún medio genérico. Pero no siendo el caso, y no  sintiendo la necesidad de volver sobre temas ya tratados, algunos sobradamente, sólo me queda, en parte, esa necesidad tan humana que todos llevamos dentro, que es expresarnos. Decir, contar, narrar, expresar nuestras ideas, conversar. 

El libro que me llega hoy, más de 600 páginas, hace honor a ese trabajo necesario de por vida de tratar de comprender la realidad que nos rodea y especialmente comprendernos a nosotros mismos. Fue hojeando el diario del pasado año cuando me encontré la siguiente cita de Musil: “Mientras nos esforzamos por penetrar en algo difícil de comprender y por mantener el curso de nuestros pensamientos, notamos cómo crece nuestra capacidad para indagar, o para recordar e, incluso para pensar”. En este punto fue donde quedé varado esta noche, varado, pensativo, dudando de este relajamiento en que estoy de la escritura. ¿Me estaré adormeciendo?, pensaba. Y consideraba junto a ese ejercicio de escritura el otro ejercicio diario de mantenimiento a que someto mi cuerpo cada mañana, y me preguntaba si el hecho de que no pueda constantemente volver sobre asuntos ya tratados no sería una disculpa con que justificar una pereza (“la pereza es tan fuerte como la vida”, Viaje al fin de la noche, Celine) que de una manera u otra tiende a colarse por los resquicios de la vida dejando a nuestra voluntad en entredicho. Conozco a tanta gente a quien la pereza les come hasta los higadillos, que por fuerza debo cuestionarme si lo que dejo de hacer en ocasiones es por decisión propia o si se trata simplemente de que ante determinados esfuerzos sibilinamente mi pereza se impone. Esa dichosa, y tan repetida afirmación de Séneca ( “Vivere, Lucili, militare est”. “Vivir, Lucilio, es combatir”) es algo que me persigue cuando presiento que estoy eludiendo un esfuerzo. 

Así que en eso estoy esta noche después de haber leído alguna de las entradas de mi diario del pasado año. Llegar a final de cada año con un puñado de reflexiones que ocupan cerca de las setecientos páginas (en el año 2020, el de la pandemia fueron dos volúmenes con un total de 1100 páginas) cuestionan de algún modo mi actual lejanía de la escritura. Y no es el volumen de la escritura, sino el abandono de esa tensión que supone asumir las vivencias propias o ajenas, las ideas, los temas controvertido, desde la perspectiva del análisis. Recuerdo una cita de Kafka que hacía Chirves en sus Diarios: “El camino de la cabeza a la  pluma es mucho más largo y difícil que de la cabeza a la lengua”.






jueves, 5 de febrero de 2026

Mañana de viento y lluvia

 



5/02/2025

El ulular del viento rodea mi cabaña. Lo hizo durante toda la noche. El eucalipto de enfrente, quizás treinta metros de altura, se mueve imponente, solemne. Lo amarré en su último tercio con dos vueltas de un cable de acero de un centímetro de diámetro, pero aún así me sigue infundiendo respeto. De todos modos es hermoso este viento, su fuerza capaz de doblegar la cerviz a los mares y a los árboles. Fuerza primigenia que cómo no siempre termina recordándome algunos de mis encuentros con él y la tormenta  mientras metido en mi pequeña tienda en algún alto paraje de los Alpes vivía aquellos momentos con una inquietud íntimamente emparejada con la certeza de estar viviendo uno de los momentos más plenos de mi vida.

Esta noche dormí con los tapones de cera en los oídos, me sumergí en el sueño, hoy también, con una pizca de inquietud a sabiendas de que los árboles con los que vivo en íntima relación desde hace un tiempo, podrían doblegarse ante la violencia del viento y caer sobre el tejado de mi cabaña. Meteoblue daba vientos de hasta 92 kms/hora.

Días atrás sentí cierta urgencia de poner por escrito cuáles podrían ser mis principales empeños de aquí al momento de mi encuentro con la Parca y resultó que mantener una íntima relación con la Tierra y sus habitantes se encontraba en tercer lugar, una idea amplia que opera en mí a modo de quien descubre tardiamente un amor soterrado que, habiéndose expresado desde muy joven a través de mi relación con la naturaleza, y en especial con la montaña, en este momento se profundiza en el inmediato entorno en que vivo ayudado muy de cerca por la rica experiencia de mi contacto con los montes.

Vivir la cercanía de los árboles, las plantas o los pájaros, y en esta época el despuntar de las vidas que he inseminado a través de semillas de muchas especies o de plantas que van naciendo espontáneamente sobre la capa de estiércol que esparcí el pasado mes de septiembre, incentivan una relación cercana, al punto de que cuando contemplo esta mañana esta pequeña debacle de árboles en movimiento al ritmo que marcan los vientos, algo de mi ánimo les acompaña. Álamos del río, conmigo vais, mi corazón os lleva…

Ahora la lluvia golpea sobre los cristales. Grandes chorreones descienden perezosamente sobre el cristal. Pero ni siquiera los gorriones y carboneros se arredran ante el temporal. Agarrados a la esfera de hierro que contiene su manduca o subidos al comedero, ajenos a la lluvia y al viento, vienen a picotear constantemente su alimento. En la parcela se han formado grandes charcos sobre los que asoman un incipiente césped y matas aisladas de violetas (viola odorata). En los bancales, donde planté infinidad de semillas de diferentes especies de flores y bulbos, han empezado a crecer otras muchas plantas, plantas que hasta ahora consideraba malas hierbas y que a partir de mi nueva relación con todo lo que pueda nacer en nuestra parcela, convertiré en objeto de mi estudio intentando en lo posible compatibilizar la vegetación autóctona con la nueva vegetación que yo pueda ir incorporando.

El viento, la lluvia, el sol, todos los seres vivos que habitan nuestra parcela deberían formar un todo, digo deberían porque todavía estoy en estado de buena esperanza :-), que mi ánimo acoja como si de una heterogénea familia se tratara. Ajá, el petirrojo, al que nunca había visto acercarse al comedero de los pájaros, ahí está también en este momento. Sería feliz si algún día estas criaturas se volvieran menos asustadizas. Las tengo enfrente todo el día a una distancia de cinco o seis metros, pero en cuanto detectan un pequeño ruido, un movimiento por mi parte, pies para qué os quiero…

La razón de mi acercamiento a la escritura esta mañana viene de la mano precisamente del viento y la lluvia que me obligaron a cobijarme en la cabaña, pero también favorecida por el deseo de alejarme de las cosas del mundo. Llevo unas semanas que dedico excesivo tiempo a las noticias y a los analistas políticos internacionales. Anoche, leyendo El museo de la inocencia, de Pamuk, subrayé una idea que me llamó la atención por lo que encerraba de perversa. Escribe el protagonista: “Tenía la sensación, de que poseía una armadura invisible que desde los veinte años me protegía de todo tipo de problemas y desdichas. Parte de esa sensación me hacía intuir que, si le prestaba demasiada atención a las desgracias de los demás, también a mí me harían desgraciado y que podrían perforar mi armadura”. Los problemas y las desdichas del mundo son efectivamente en ocasiones un peso excesivo del que profilácticamente convendría zafarse de tanto en tanto.

De tanto en tanto, digo, porque en caso contrario uno puede quedar expuesto a los excesos del mundo. De ahí que cultivar el propio huerto (Cándido, Voltaire) sea el complemento imprescindible de nuestra totalidad como personas. Y hoy, más que nunca, cuando la edad nos va aclarando en qué consiste esto de la vida, descubrir en el viento y los árboles una parte de la sustancia de lo que somos, viento, lluvia, montañas, tormenta, mar, mis queridos amigos los carboneros, los petirrojos o los gorriones, deja un poso de satisfacción en esta mañana de contemplación.

 

 


jueves, 22 de enero de 2026

¿Buscarle cinco pies al gato?

 

22/01/2026

Imagen creada por ChatGPT

Miro estos días con cierta preocupación el hecho de que los dos últimos libros que he comenzado me aburran tanto como para no pasar más allá de la cuarta parte de las páginas. La pasada semana, Sebald y su Los anillos de Saturno y esta tarde mismo Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, ambos autores muy reconocidos. Y hace unas pocas semanas a quien abandoné fue a Pavese y su Entre mujeres solas. Preocupado porque no sé si soy yo el responsable, yo, mi capacidad, mi interés, o si como apunta reiteradamente Thomas Bernhard en su libro, sucede que nos acercamos más a ciertos libros, ciertos cuadros, más empujados por su fama, la del autor o del libro, que por la verdadera calidad de la obra. Y si no es así, lo que cabe apuntar es que ese lector voraz, yo mismo, que leía casi todo lo que caía en sus manos con delectación y aprovechamiento, ya no existe y ahora, mucho más crítico y selectivo, necesite obras no ya de reconocida calidad sino también libros que de algún modo se construyan dentro de unas coordenadas relacionadas con los intereses personales, la belleza o los asuntos que me son cercanos. Quizás todo esto tenga relación con la restricción que mis intereses van sufriendo con los años. Que la lectura de Bernhard, hasta donde he llegado, me parezca un caprichoso exponente de un malhumorado autor que arremete a golpe de machete las mayores convenciones artísticas, que su prosa reiterativa, que a mi me parece un recurso estilistico  sin sentido y que la crítica estima hipnótica, me hace pensar en ese círculo que puede estar en torno a lo que me interesa. El pasado año me sucedió algo parecido con Patria, de Aramburu, un libro a mi entender, salvo unos pocos buenos aciertos, francamente malo, en lo que leí, no pasé del primer tercio, y que sin embargo era alabado por los amigos que lo habían leído y, por supuesto, por la crítica en general.

No se puede decir tampoco que sea tan especial, existen tantos libros y autores que me han entusiasmado siempre que pienso que tiene que haber “algo” que sí, como hace Bernhard, que puede tener que ver más con el mercado, con algún tipo de convención, con “lo que se escribe hoy”, lo que gusta a nivel general, con lo que sea, pero ajeno a una calidad que resista el paso del tiempo. Escribo esto y, claro, no me gusta del todo porque pareciera que mi juicio estuviera de parte de una indiscutible calidad, y que aquello que no me gusta careciera de tal. Y no es así.

En muchas ocasiones cuando leo una crítica o pregunto a ChatGPT sobre un libro, un cuadro, las respuestas que obtengo las encuentro excesivamente laudatorias, como si de una cosa simple inventaran un mundo. Es un procedimiento usual que parece estar a sueldo del autor en el sentido de pretender legitimar la obra, justificar una exposición o seducir al público. Algo que tropieza de frente con la posibilidad de que el lector, el espectador, asuma por sí mismo la experiencia directa, que sería la forma honesta de apreciar arte: lo que uno ve y siente sin intermediarios. Buscarle cinco pies al gato parece ser el cometido de una amplia parte de la crítica, me parece. En ocasiones se monta un escenario conceptual en torno a una obra que sólo está en la cabeza del crítico.

Días atrás leí un titular en un periódico en donde el autor decía que cuando das a imprimir un libro, éste ya no es tuyo. Pertenece al lector, muchos, que pueden encontrar en él muy diferentes, e incluso encontradas, interpretaciones. En tal caso el libro por las primeras manos por las que pasa es la de los críticos que interpretan, dicen, extrapolan… Decir que lo que la gente piensa de determinados libros ha pasado por el tamiz de lo que piensan algunos críticos, no me parece una exageración, sino algo que está a la orden del día. La labilidad a que está expuesta una obra por parte de los espectadores o lectores, da pie para que cada vez que te acercas a un libro andes con los pies de plomo en los primeros capítulos. Ello como idea general, que a ello es necesario añadir al sujeto lector, su experiencia de lectura, sus motivaciones o sus intereses personales que van a jugar un papel importante en la valoración del libro que pretende leer.

En cualquier modo cuando tantas veces abandono un libro en sus comienzos, siempre me entra la duda de si soy yo el responsable de esa deserción o es que el libro no está a la altura de mis expectativas.

 

 


miércoles, 21 de enero de 2026

¡Carajo, qué mundo éste!

 

Imagen creada por ChatGpt

21/01/2026

Recordando mi post de ayer me pregunto si estando como está el mundo uno puede entretenerse en pajas mentales. Esta noche escuché el discurso de Mark Carney, presidente de gobierno de Canadá, en Davos y más tarde a algún que otro analista político en relación con la situación del orden mundial que vivimos. Estando como está una parte importante del mundo en manos de un psicópata, otra fracción de él, Europa, a cargo en buena parte de gobernantes incompetentes, si no corruptos, parece paradójico que yo me dedique, acaso, a “chuminadas” de tal índole.

Escribo con Mico, nuestro gato, en el regazo. Le acaricio de tanto en tanto y él cierra los ojos y mueve la cabeza restregándose de gusto contra mi mano. Hoy abrí la caja de mi regalo de Reyes y extraje unas bolas de semillas y otras sustancias que, colgadas sobre una rama van a alimentar a los pájaros de nuestra parcela en adelante. Los carboneros no perdieron el tiempo en colgarse de la estructura de hierro que las contenían para picotear a placer su nuevo yantar. Hasta que llegó la lluvia estuve rastrillando las últimas hojas que el otoño había dejado en nuestra parcela. Después, tras la comida, leí durante un buen tiempo a Thomas Bernhard, sesteé y miré largo rato el ir y venir de los pájaros frente a mi ventana. A la noche encendí el fuego de la chimenea y ahora, tras darme una vuelta por el mundo, acaricio a Mico.



Este es el relato simple de un sapiens cuya existencia se debe acaso a un encuentro fortuito entre mi padre y mi madre cierta noche de otoño. Te traen al mundo, sin permiso, y ahí quedas a merced del los vientos y la buena o mala disposición de las circunstancias. Más tarde creces, te haces mayor y cuando ya más o menos conoces cómo funciona el mundo en donde has aterrizado, vas y te mueres.

Pasa que ya que como ya estás en el mundo, algo tienes que hacer, sí, que la vida en definitiva consiste en hacer cosas. Y curras para ganarte la manduca, y te diviertes, y a veces estás triste, y a veces contento, y te enamoras, que sí, que hay que cumplir con los designios de la especie y traer nuevos sapiens al mundo, y después de un tiempo vas y te mueres, kaputt, sanseacabó.

Y ya que estás en el mundo hay que darle juego al asunto en ese tiempo que pasas entre tu gestación y el momento último. Y ahí es donde entra la historia de la humanidad, todo lo que hacemos y especulamos en ese periodo de tiempo, que podría ser un tiempo tranquilo, un rato que pasas sobre la superficie del planeta Tierra, que es tiempo de crear, amar, acumular, hacerse pajas mentales y mucho más, y que sin embargo por mor de algunos cerebros calenturientos, es difícil que durante ese periodo de tu existencia puedas sobrevivir a alguna guerra. Pocas, pocas generaciones se han librado desde el principio de los tiempos de una guerra, guerras devastadoras de millones de muertos, rencillas regionales, conquistas, depredación, esas lindezas que fabrican algunos sapiens para amenizar su corta estancia en la Tierra.

Hoy en Davos, Carney, sin citar directamente a MísterPorMisCojones o a Estados Unidos, hablaba de la destrucción del orden mundial que se estaba produciendo. El Pato Donald, convertido en el gamberro grandullón de una clase de adolescentes, un psicópata, estaba poniendo en jaque la mediana cordura y entendimiento que rige la relación entre países de medio mundo.

Huele a pólvora en este pequeño planeta perdido en la inmensidad del Universo. Es un mundo en el que puedes dedicarte todo el día a rascarte la nariz, escribir perogrulladas o regar los geranios sin más, pero ¡ojo!, que entre el personal siempre va a haber alguien, siempre lo ha habido, que querrá romper la crisma al vecino, robarle sus pertenencias o pisotear impunemente a todo aquel que no se someta a su voluntad.

“¡Ojo!” quiere decir que por mucho que quieras refugiarte en tu huerto, tu humilde trabajo, tu casa, tus asuntos, tus libros o tus películas favoritas, siempre vas a tener a alguien dispuesto a poner patas arriba tu pequeño mundo, tus ideas… tu vida entera.

Podríamos pasarnos la existencia, esos pocos años entre la gestación y el final, en paz con nosotros y con los demás, pero… Así que a la fuerza, esta mañana mientras pacíficamente rastrillaba las hojas con las que el otoño había alfombrado nuestra parcela, pensando en mi post de ayer, lo que se me ocurría es que lo que tendría que hacer para seguir pacíficamente haciéndome pajas mentales y vivir en santa paz, era marcharme a otro planeta con alguno de los personajes de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.