domingo, 5 de abril de 2026

Del dolor del mundo



Madrugada del 6 de abril de 2026

Hoy me sucede algo monstruoso. No suelo abrir el periódico más que una sola vez por la mañana, pero llevo un tiempo en que me siento impulsado a hacerlo también por la tarde y el impulso no tiene nada de bondadoso. Últimamente siempre abro el periódico con la esperanza de que una gran bomba haya destruido Israel. E incluso voy algo más allá, la esperanza de que todo el sionismo y sus lobbies, tan poderosos en Estados Unidos, haya saltado por los aires y se haya llevado por delante a todos los miserables de aquel país. Y cómo no, con la esperanza de que Trump y toda su camarilla haya dejado de existir. Más todavía, pensar que esta gente simplemente pudiera morir sin ningún tipo de escarmiento recibido en vida me parecería sumamente injusto. Es terrible, pero lo siento así. La vieja ley del Talión advertía, te ponía delante la posibilidad de un castigo.

La impunidad con la que en nuestro mundo ladrones, asesinos, canallas se mueven necesitaría de un dios justiciero que barriera el planeta de canallas y criminales. Cómo uno llega a sentir estas cosas con tanta fuerza. Creo que la irrupción en uno de este tipo de pensamientos no lo refrena ni la cultura ni el sentido moral. Tal es la degradación, la hipocresía, la maldad, la barbarie que impera en el mundo, ese mundo que todos conocemos, que no hay peso moral o religioso que pueda contrarrestar ese deseo de destrucción que profundamente quiero para esa corte de criminales que ocupan las portadas de todos los periódicos.

 Cambio de tercio. Llevo varios días de cama por el dolor de rodilla y esta mañana pensé que está noche tendría que escribir algo, escribir aunque no tuviera ganas. Escritura – terapia. Existen todo tipo de citas que en la que autores dicen recurrir a la escritura como terapia; la más exagerada de todas, la de Bataille, que aseguraba que escribía para no volverse loco. Busco y me encuentro, entre otros a Jaime Gil de Biedma: “Escribí poesía para no morir del todo.” Paul Auster: “Escribimos para compensar una carencia, algo que no va. Escribimos quizá para curarnos.” Ana Frank: “Mientras escribo; mis penas desaparecen, mi coraje renace.” Todas son posibles de añadir a la que para mí es la esencial, escribir para aclararme, para intentar comprender alguna faceta de la realidad. Sólo que hoy no es el caso. Hoy lo que me duele es el alma, ese sentimiento de que toda esa parte del mundo que odio me lo impide. Es como si un infinito amor por la gente, la buena gente que sufre y sufrió, ahora está Ana Frank para recordarnos el dolor de una época concreta, te dejara el alma blanda y dolorida.

 Hoy escribo para dar suelta al dolor. Cuatro días y cuatro noches sin hacer otra cosa que dormitar, te deja el cuerpo abonado para toda clase de pesimismo, así que intento escribir, escritura terapia para no pensar en otra cosa. Aunque realmente es muy difícil en estos tiempos que corren en que la canallada marca el latido del planeta. Leo todos los días los titulares de los principales periódicos norteamericanos y alguno más de por ahí y no hay duda de que el mundo en que vivimos es totalmente distópico. Inútil referirse una vez más a los culpables, todos los conocemos. Sólo cabría hablar de los otros estúpidos, los que promocionan al poder a enfermos mentales y canallas sin paliativos.

Últimamente se me ha reducido el campo de interés, he perdido bastante interés por la lectura y casi lo único que me motiva es la parcela, la huerta y contemplar como la primavera va embelleciendo día a día este rincón en el que vivo. No obstante hoy tuve un rato bonito, una hora que dediqué a quitar malas hierbas en algunos bancales y a recolectar rúcula y ortigas con la que Victoria cocina un plato riquísimo. Todo arrastrándome por los suelos. Teniendo a las plantas tan cerca, una relación que se presentaba como muy íntima, sucedió que en algún momento me dio por pensar si una persona en la situación de inmovilidad y dolor en que me encuentro, podría ser feliz trabajando a diario en íntimo contacto con flores y verduras. 


sábado, 4 de abril de 2026

Hangover



Madrurada del 5 de abril de 2026

Era la una de la mañana, tenía que fuertes dolores en la pierna y pedí consejo para distraerme, pedí una película sana y divertida. El sistema me recomendó . La elección cayó sobre Hangover (Resacón en Las Vegas). Resistí media hora o algo más: un bodrio. Prefería terminar la noche mirando el fuego en la oscuridad de la cabaña.

Es burda, grosera, ofensiva y, sobre todo, reveladora. Reveladora de quién consume este tipo de basura y de lo que ese consumo dice de nuestra sociedad. Esta película no es solo un mal gusto aislado: es un espejo de la mediocridad que se premia y se reproduce. Y sí, tiene un público enorme. Estados Unidos y más allá. Gente que ríe con lo fácil, con lo vulgar, con lo que no exige pensamiento o qow ser ríe de los calores condicionales.

Si bien la película es extrema, lo que refleja es un fenómeno mucho más profundo. El sistema moldea al votante. Lo infantiliza. Lo convierte en receptor pasivo de normas y pensamientos que no le pertenecen, que provienen de intereses ajenos. No es un juicio moral: es un diagnóstico. Cuando la cultura se simplifica, cuando la educación crítica es mínima, el espectador adopta ideas y comportamientos que no son suyos. Se acostumbra a lo inmediato, al estímulo rápido, al golpe de efecto.

Muchos de los grandes detentores del poder, analfabetos funcionales, psicópatas y gente similar… No, ellos no generan la mediocridad: se sirven de ella. Harari lo pregunta directamente: ¿por qué los ciudadanos votan a personajes mediocres o incluso estúpidos? La respuesta no está en la incompetencia de los líderes, sino en la preparación del terreno. Los relatos simplificados, cargados de emoción y de estímulo inmediato, arrasan donde el pensamiento crítico ha sido atrofiado.

Si bien esto tiene consecuencias políticas evidentes, alcanza también al ámbito cultural. La gente deja de leer a los grandes autores, deja de acercarse a cine que exige atención y sensibilidad. Tarkovsky, Chaplin, Buster Keaton, Larry y Hardy: obras que construyen risa con inteligencia, con ritmo, con ingenio, con mirada sobre lo humano. Hoy, esas experiencias son minoría. La mayoría consume lo burdo. La risa se vuelve reflejo de hábitos inducidos, no de juicio propio.

El problema es sistémico. La infantilización del pensamiento, la búsqueda de gratificación instantánea, la falta de curiosidad activa: todo eso produce ciudadanos que aceptan lo que se les da sin cuestionar. Y aceptan lo que se les da porque se les ha enseñado a hacerlo. La estupidez se normaliza. Y lo peor: se reproduce. Es funcional, destructiva y vergonzosa.

Si bien pensar es difícil, hay que hacerlo. Ortega y Gasset lo decía claro: si no despabilamos nuestro pensamiento y nuestro afán de conocer, nuestro cerebro retrocederá en el campo de la civilización. No es un lujo el acto de pensar. Es supervivencia intelectual. La cultura, la lectura, el cine exigente, el pensamiento crítico: todo eso es defensa. Defenderse de la simplificación, del estímulo fácil, de la mediocridad que se nos vende como normal.

Vuelvo a la película que motivó este texto. El film no es un chiste malo: es un aviso. Es la expresión de un ecosistema que premia la mediocridad y la reproduce. Que moldea a los espectadores y los acostumbra a aceptar lo que sería inaceptable en otro contexto. Y si lo aceptamos sin resistencia, estamos aceptando la dirección del mundo: un lugar donde lo fácil domina, donde lo superficial se impone y donde el pensamiento independiente queda al margen.

Esto no es solo cine: es política, cultura y sociedad. Y si queremos que cambie algo, debemos recuperar la inteligencia activa. Leer, mirar, pensar, discutir, exigir. No hay atajos. No hay excusas. Lo que se premia, se reproduce. Lo que se ignora, se extingue. La película solo muestra, con brutal claridad, lo que sucede cuando la humanidad deja de pensar.


lunes, 30 de marzo de 2026

En pugna con el dolor


 

El Chorrillo, 30 de marzo de 2026

Escucho La creación, Haydn, en medio de un fortísimo dolor de rodilla, después de una noche en vela por la misma razón. Recuerdo someramente a Cioran, que decía algo así como que el dolor ennoblece. Acaso sea verdad y, visto desde la distancia del no dolor, miremos con escepticismo semejante aserto.

¡Cómo te pasa factura el cuerpo por los muchos trabajos a los que lo has sometido! Es, sí, doloroso. Me decía días atrás un amigo, que padece dolencias varias, que “que te quiten lo bailao”. Hoy ello me parece un consuelo infantil.

La verdad es que me gustaría tolerar el dolor con la elegancia de quien asume las cosas de la vida, las buenas y las malas, con una franca resignación estoica. A veces barrunto que todos los inconvenientes de la vida son un excelente motivo para mejorar nuestra persona, nuestra resignación, nuestra tolerancia al dolor, ese tipo de cosas. Tomarse estas situaciones como un duro ejercicio de fortalecimiento de nuestra voluntad.

Uno no querría, motu proprio, pasearse por los terrenos del dolor, pero ya que estás, la idea de aprovechar la oportunidad para engrosar nuestro activo, nuestra cuenta corriente mental, puede ser atractiva. Entre otras cosas porque parcialmente te distrae del dolor, pero sobre todo porque puede afinar las cuerdas del instrumento de la vida.

Ya se sabe aquello de que “lo que no me mata, me hace más fuerte”, que enuncia Nietzsche en El ocaso de los ídolos.

A primera vista puede parecer una defensa ingenua del sufrimiento: “todo dolor te mejora”. Pero en Nietzsche es algo más matizado y duro. Su idea conecta con otros núcleos de su pensamiento: La vida como prueba. Para Nietzsche, la vida no es algo cómodo, sino un campo de tensiones y superación. El individuo valioso no evita el dolor, sino que lo incorpora.

Una segunda idea es que el ser humano tiende a expandirse y a afirmarse. Las dificultades son el terreno donde esa fuerza se pone a prueba. No es que el sufrimiento sea bueno, sino que puede ser material de transformación.

Y, por último, otra fértil idea: la creación de uno mismo. Un individuo fuerte no es el que sufre, sino el que da sentido al sufrimiento. Es decir: convierte lo vivido en algo que le eleva.

Esto suena en los altavoces: “Y dijo Dios: haya lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche, y para alumbrar sobre la tierra; y sirvan de señales para las estaciones, para los días y para los años. También hizo las estrellas”.

Resulta sugestivo relacionar esta música con las palabras de Nietzsche. El luminoso Haydn frente al pesimista Nietzsche. “Y se hizo la luz”. Musicalmente, ese estallido es uno de los más impactantes de toda la música occidental: el tránsito de la sombra a la luz.

La creación parte del caos, el vacío y la confusión para llegar a la luz. No hay forma sin desorden previo. No hay fuerza sin atravesar cierta oscuridad. La clave no es el sufrimiento, sino el tránsito del dolor a la luz. Haydn no ve la vida como lucha trágica, sino como orden que emerge y armonía que se revela, pero ambos coinciden en que lo importante no es que no haya caos, sino que de él pueda surgir algo más alto.

Rizando el rizo, atendiendo a Haydn y a Nietzsche, de mis patas enfermas podría salir la idea gloriosa de que, con cierta paciencia, lo mismo pueda volver a patear el monte antes de que mi reencarnación actual finiquite.

En mi visita al traumatólogo del pasado viernes ya me estaba proponiendo la prótesis total de rodilla. ¡Puafff!, que el Señor me coja confesado.

No sé si ha sido el Enantyum o acaso la distracción de la escritura, pero el hecho es que el dolor de la pierna se ha aliviado bastante con mis reflexiones.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

Un ramalazo de añoranza

  


17/03/2026

Me encontraba haciendo un ejercicio de mantenimiento frente a la ventana y entre las ramas de los árboles vi una estrella especialmente brillante. Fue un encuentro un poco especial. Repentinamente se me vino encima un ramalazo de añoranza. Añoranza de estrellas, de noches en las cumbres… esas cosas. Llevo meses con problemas en ambas rodillas que apenas remiten. Un sobresfuerzo  en algún momento, algo que hice mal trabajando en la parcela, ni idea qué, pero que desde semanas, quizás meses ha reducido ni movilidad. Primero, después del verano, fue que me hice colono/hortelano, después fue el mal tiempo y enseguida, zas, la jodimos, aunque hubiera querido darme una vuelta por el monte, nanais, naranjas de la China. Incluso hace unas semanas dediqué varios días a programar mi verano, una travesía de ochenta días por los Alpes Centrales Austriacos. Tracks, descripciones, una guía en PDF que generosamente me proporcionó Sebastian Beiglböck, el responsable de las grandes rutas que recorren Austria. Había comenzado hace algún año a caminar desde las cercanías de Viena intentando esa travesía y en dos veranos consecutivos tuve que volverme a casa por problemas de una lumbago primero y posteriormente por una pierna que quedó patidifusa con un sobreesfuerzo. Es un itinerario que lo tengo clavado en el alma. Es, sería, el testimonio de que todavía se puede, de que todavía esas grandes rutas alpinas que son mi pasión desde hace tantos veranos, son posibles.

Esta noche, cuando descubrí esas estrellas desde mi ventana, se me arremolinaron por dentro un puñado de sensaciones. Mis piernas no remiten, ¿es el principio del fin de esa vieja pasión que me ha tenido atado a la montaña desde mi primera juventud? Últimamente me lo pregunto a diario. Días atrás el traumatólogo mirando los resultados de una resonancia me miró con escepticismo cuando le contaba que lo que quería próximamente era pasar el verano recorriendo montañas. Su mirada por encima de las gafas después de ver aquello y considerar la edad que tengo, era la de quien piensa que está ante un paciente que desbarra.

Ahora miro las llamas de la chimenea. Es medianoche. Pienso en los amigos del Navi, la mayoría de ellos mayores que yo, un grupo en el que a muchos la edad va lastrando al punto de tener que limitar sus salidas a muy moderados paseos por las laderas del Guadarrama. ¿Seré yo ya mismo uno más entre éstos? Recuerdo a aquel violinista al que en mitad de un concierto se le rompió una cuerda. La música quedó interrumpida, pero minutos después el concierto continuó con la cuerda rota. Al finalizar el concierto la sala entera se levantó para aplaudir al violinista. Éste tomó la palabra y dijo escuetamente: “Como la vida misma, hay que seguir tocando con las cuerdas que van quedando”.

Cierto, qué remedio. Sin embargo…  Carlos, tras el descenso del Manaslú decía en una entrevista que por primera vez se había dado cuenta de que tenía 86 años. Hasta entonces él había librado un arduo pulso con la edad, había dilatado con mucho esfuerzo y entrenamiento durante muchos años ese “todavía se puede” y había llegado la hora de moderar discretamente lo que su pasión le pedía con tanta fuerza. Ahora, desde que me ausenté de las redes no sé nada de él, aunque sí le imagino dándole a la traca con su amigo Pedro Mateo en el rocódromo, en la Pedriza o donde sea. Carlos me lleva nueve años y durante mucho tiempo me pareció la mejor referencia para saber lo que podría dar mi cuerpo de sí. Tener un buen referente te ayuda a ponerte a ti mismo el listón a la altura de tus deseos. No es que esté ya para que me metan en una residencia :-), pero esta situación por la que paso desde hace meses me deja un poco tocado del ala. Caminar durante casi tres meses por Alpes está empezando a rondarme por dentro como algo acaso, quizás, probablemente… algo difícil de sostenerse.

Sí, esta noche esas estrellas tras los cristales de mi ventana, que tantas veces he contemplado desde la rendija de mi saco de dormir en los vivacs de altura, llaman levemente, discretamente, a las puertas de mi añoranza.

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

Simone Weil, la gravedad y la gracia

 



5//3/2026

Quizás una de las razones verdaderamente prácticas de persistir en la escritura, y me lo digo ahora que mis ganas de hacerlo están a la baja, sea no sólo tratar de comprender la realidad, la raíz de nuestros actos, nuestras tendencias más propias, sino, y sobre todo sea tratar de encontrar el camino que conduce, tras la comprensión de algunos aspectos de nuestro vivir, a un comportamiento que nos eleve por encima de la gravedad hacia la gracia.

Fue en este punto de la gravedad y la gracia en donde me detuve en la lectura del libro que leía. Su título, sí, La gravedad y la gracia. La idea nada más comenzar el primer capítulo es tremendamente sugeridora. Escribe Simone Weil que todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia. Para ella toda la mecánica del bien y del mal puede resumirse en dos fuerzas: la gravedad y la gracia.

Vamos por partes. La gravedad para Simone Weil. En física, la gravedad es la fuerza que hace que todo cuerpo caiga hacia abajo, que nada ascienda sin un esfuerzo que venza esa atracción. Weil dice: lo mismo ocurre en el alma humana. Existe una gravedad espiritual que hace que el ser humano, abandonado a sí mismo, caiga siempre hacia abajo. No hacia abajo físicamente, sino hacia: el egoísmo, la venganza, la búsqueda de poder, la compensación del sufrimiento propio haciendo sufrir a otros, la mentira, la mediocridad moral. Todo esto es gravedad: la tendencia natural del alma a dejarse arrastrar por su propio peso hacia lo más bajo. Weil formula algo brutal pero que ella observó personalmente en fábricas, en la guerra y en la historia: “El hombre, por naturaleza, no hace el bien. Cae” .

La gracia. ¿Qué es lo que hace posible que el hombre pueda zafarse de esa gravedad persistente que es el sino de toda vida, ese caer constante en el egoísmo, la venganza, la búsqueda de poder, etc.? Weil contesta que la gracia. 

La gracia. ¿Qué es la gracia? Si la gravedad lo explica todo, si cada movimiento natural del alma cae hacia abajo, hacia el egoísmo, la venganza, la compensación, entonces surge una pregunta inevitable: ¿Cómo es posible que a veces el ser humano haga el bien de verdad, ese bien que no busca recompensa, el que incluso cuesta, el bien que nadie verá, el bien hecho hacia alguien que no puede devolver nada? Eso necesita otra fuerza. Y esa fuerza, explica Weil, es la gracia.

En un primer instante esa palabra, gracia, dibujó en mi mente de ateo una interrogación. ¿Qué coño sería eso de la gracia? Siendo Simone Weil, creyente, aunque creyente atípica, en este punto seguí la lectura con cierta circunspección. Para Weil la gracia es algo que viene de fuera del sistema natural del alma. Un alma llena de sí misma, de sus opiniones, de sus deseos, de su ego, no puede recibir la gracia. Es una cuestión mecánica, no puede recibir la gracia porque no hay espacio, la gracia llega pero no encuentra donde entrar. Dice Weil que la gracia es posible porque Dios dejó un espacio vacío en la realidad al crear el mundo. Desde la perspectiva de un no creyente, que entiende la necesidad de ese vacío como una experiencia en donde puede germinar algo esencial que se oponga a la gravedad, la gracia seria lo que puede acontecer cuando consigues vaciarte creando en ti ese espacio de silencio, de espera, de atención. Esta idea me recordaba algo que escuché ayer en una entrevista a Harari, el autor de Homo sapiens y Nexus. Decía que él dedica diariamente dos horas a la meditación. A eso me sonaba ese vaciamiento de que habla Weil.

El vaciamiento no es la gracia sino la condición para que la gracia actúe oponiéndose a la gravedad y todo lo que ella significa. En este punto recordé una idea que me es cara y que pertenece a Brancusi, el escultor. Decía Brancusi que en el proceso de creación no es buena actitud el empeñarse con el solo esfuerzo de la voluntad  en crear algo, que la condición básica consiste en ponerse en disposición de… ergo, vaciarse, meditar, hacer nada. No puedes producir la obra. No puedes producir la gracia. Pero puedes crear las condiciones. Y llevando esta idea a mi experiencia personal, con lo que enseguida me encontré fue con el silencio y la soledad de las montañas, con los vivacs en las alturas, con las largas horas de convivencia en medio de la Naturaleza. Cuando se vivaquea en una cumbre te encuentras entre dos mundos, el que está más allá de lo humano, el firmamento estrellado, y lo humano, esas luces que desde la Maliciosa o la Cuerda Larga que aparecen, relativizadas, con la fuerza de una muy especial percepción de la humanidad que duerme o transita en la noche sobre el llano. Allí arriba ya no estás en ese mundo, tu estancia allí ha producido en ti un vaciamiento que acaso es favorable a la llegada de la gracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 21 de febrero de 2026

Una imagen vale más que 1000 palabras

 


Esta imagen le pedí esta mañana al ChatGPT tras leer la prensa. No es ya que mister PorMisCojones sea la peor inmundicia que ha dado el suelo yanqui y que se comporte como un niño de tres o cuatro años, es que quienes lo auparon al poder deberían pasar con él a disposición judicial. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

“Vivir, Lucilio, es combatir”


 

19/02/2026

Me llega hoy de la mano de un mensajero mi último libro publicado, Diario de un jubilado 2025. Lo hojeo, leo algunos artículos. Me resulta algo difícil entender que sea yo el autor de esos artículos. Yo no sé si últimamente lo que hago es rehuir ese trabajo, el de escribir, porque realmente requiere un esfuerzo extraordinario o si es por otras razones que no sé concretar. Rehuir porque entiendo que la necesidad de expresarse y concretar nuestro pensamiento sacando en cierto modo de la ambigüedad de nuestras ideas o creencias (ambas cosas diferentes), es parte esencial de la condición humana. Y si la cosa es así podría suceder que con el paso de los años, tantos ya acumulados a lo largo de la vida, no es que uno ya esté aclarado del todo sobre esto que es vivir y su entorno, pero sí sucede que poco a poco uno va entrando en un mundo en donde lentamente se han ido asentando muchas certezas, tantas de ellas cimentadas a raíz de la mucha escritura con que he ido llenando el saco roto de mi blog durante tantos años que acaso ya no requieran mi atención porque forman, digamos, parte íntima de mi entender la realidad y el mundo. Y así, no necesitando ya aclararme sobre muchos asuntos, sería ocioso volver sobre tantos de ellos que podrían tener interés para otros si, digamos, este diario fuera una publicación en algún medio genérico. Pero no siendo el caso, y no  sintiendo la necesidad de volver sobre temas ya tratados, algunos sobradamente, sólo me queda, en parte, esa necesidad tan humana que todos llevamos dentro, que es expresarnos. Decir, contar, narrar, expresar nuestras ideas, conversar. 

El libro que me llega hoy, más de 600 páginas, hace honor a ese trabajo necesario de por vida de tratar de comprender la realidad que nos rodea y especialmente comprendernos a nosotros mismos. Fue hojeando el diario del pasado año cuando me encontré la siguiente cita de Musil: “Mientras nos esforzamos por penetrar en algo difícil de comprender y por mantener el curso de nuestros pensamientos, notamos cómo crece nuestra capacidad para indagar, o para recordar e, incluso para pensar”. En este punto fue donde quedé varado esta noche, varado, pensativo, dudando de este relajamiento en que estoy de la escritura. ¿Me estaré adormeciendo?, pensaba. Y consideraba junto a ese ejercicio de escritura el otro ejercicio diario de mantenimiento a que someto mi cuerpo cada mañana, y me preguntaba si el hecho de que no pueda constantemente volver sobre asuntos ya tratados no sería una disculpa con que justificar una pereza (“la pereza es tan fuerte como la vida”, Viaje al fin de la noche, Celine) que de una manera u otra tiende a colarse por los resquicios de la vida dejando a nuestra voluntad en entredicho. Conozco a tanta gente a quien la pereza les come hasta los higadillos, que por fuerza debo cuestionarme si lo que dejo de hacer en ocasiones es por decisión propia o si se trata simplemente de que ante determinados esfuerzos sibilinamente mi pereza se impone. Esa dichosa, y tan repetida afirmación de Séneca ( “Vivere, Lucili, militare est”. “Vivir, Lucilio, es combatir”) es algo que me persigue cuando presiento que estoy eludiendo un esfuerzo. 

Así que en eso estoy esta noche después de haber leído alguna de las entradas de mi diario del pasado año. Llegar a final de cada año con un puñado de reflexiones que ocupan cerca de las setecientos páginas (en el año 2020, el de la pandemia fueron dos volúmenes con un total de 1100 páginas) cuestionan de algún modo mi actual lejanía de la escritura. Y no es el volumen de la escritura, sino el abandono de esa tensión que supone asumir las vivencias propias o ajenas, las ideas, los temas controvertido, desde la perspectiva del análisis. Recuerdo una cita de Kafka que hacía Chirves en sus Diarios: “El camino de la cabeza a la  pluma es mucho más largo y difícil que de la cabeza a la lengua”.