Hospital Montepríncipe, 25 de septiembre de 2026
Confieso que es un lujo encontrar tus comentarios en un blog
tan manga por hombro como el mío. Creo que soy hijo del esfuerzo pero en mis
innumerables lecturas, y por ende en mi escritura, nunca fui muy ordenado en
mis pensamientos, siempre creí que en la espontaneidad, cierta espontaneidad,
de éstos surgiría alguna sustancia inaprehensible que corrientemente se nos
escapa en el proceso de razonar y que es vital para nuestra relación con la realidad
y nosotros mismos. Asigno más importancia a la meditación y contemplación que
al hecho mismo de razonar, de ahí que mis “razones” carezcan con alguna
frecuencia de sostén (para aquellos que usan otras herramientas de acercamiento
al conocimiento de la realidad). En el ámbito intelectual me siento bien en las
cercanías de la intuición. Cuando a Mallory le preguntan por qué escala
montañas, suelta lo primero que se le ocurre, “porque están ahí”, afirma. Por otra
parte Saramago en Cuadernos de Lanzarote, relata su excursión solitaria
a un volcán cercano a su casa y la respuesta que da al porqué de semejante ascensión
se parece bastante, «Me parecía mal volverle las espaldas, por eso subí». Además
para Saramago un volcán apagado y silencioso era una lección de filosofía, cosa
que sin ser la razón de la ascensión le añade un interesante plus.
Probablemente perseguir las razones o no de lo que hacemos sea
una respuesta esencial del organismo a partir del momento en que el hombre adquirió
la capacidad de pensar de la misma manera que muestra proyección del futuro está
ligada al instinto de supervivencia y a nuestra necesidad de ser, aquel To be
or not to be shakesperiano. Uno puede tener a mano todas las razones del mundo
y vivir sin embargo permanentemente en el desasosiego (Pessoa). No todo el mundo,
claro, especialmente cuando la fe del carbonero se abre paso en nosotros.
Tus razonamientos, como casi siempre, podrían dar lugar a un
lago debate si pretendiera puntualizar cada uno de los asuntos que propones, aunque
en esencia, también es cierto, parecemos movernos sistemáticamente en un campo en
el que no es fácil llegar a un acuerdo. Uno no puede inventarse otras existencias
así sin más, cosa aparte los límites del lenguaje de cada cual (Wittgentein) y su
capacidad de razonar. Y volvemos a Platón y a su famosa cueva. Vivir tiene siempre
un pequeño componente de desasosiego. Por mucho que queramos es difícil librarse
de esa sensación de quien camina en la oscuridad, a no ser que uno cierre los ojos
del alma a la complejidad del ser. Y es en medio de ese desasosiego, como don Quijote
en una de las ventas creyendo esperar a su amada arma la de Dios; esa es su realidad,
mientras que la de Maritornes, es la de acostarse con el arriero, la del arriero
creer que don Quijote está atacando a Maritornes y la de Sancho la de no entender
absolutamente nada cuando se despierta. Una
única realidad la de nuestras vidas, que cada uno podemos interpretar de manera
diferente. Y sí, terminas diciendo “¿Cómo puedo seguir viviendo como antes,
teniendo en cuenta que ya no puedo hacer exactamente lo mismo?”. Nada más practico
y real, digamos en el ámbito de lo racional, pero que acaso obvia la complejidad,
creo, del ser que, sustentándose sobre lo que haces, sobre el hacer, acaso deja
de lado la naturaleza íntima de ese hacer que en absoluto es sustituir un hecho
por otro. El hacer que da sentido a la vida, y no hablo por supuesto exclusivamente
de la montaña, es de una naturaleza sutil que no entiende del mecanicismo de sustituir
esto por lo otro. Por otra parte cuando hablas de vivir al día desde una perspectiva
optimista lo que siento es que inviertes los términos y pones la carreta delante
del carretero. Yo no puedo decir, por ejemplo, a partir de ahora voy a ser feliz,
la felicidad no deriva de un razonamiento sino que es un estado que surge de la
confluencia no programada de actos y estados del espíritu que la propician.
Habría sido un gusto seguir la charla en torno a Louki, la un
tanto misteriosa protagonista de En el café de la juventud perdida, pero
la tarde se ha echado encima y quiero dedicar un rato al Cándido de Voltaire
de cuya trayectoria sólo recuerdo su hartura del mundo y su dedicación última a
los trabajos de huerta. La mirada irónica de Voltaire sobre la sociedad de su tiempo
debería habernos enseñado mucho sobre la vida y la historia, pero somos tercos como
mulas y no aprendemos. Preferimos hacer del mundo un circo.
Mi habitación de hospital da a poniente y el final de la tarde,
como le sucedía a Franco Battiato, es un buen momento para recogerse al calor del
último sol.


