21/09/2026
El amigo Muñiz me envía un comentario a mi post último que me va a servir para escribir “algo” en este cacho de tarde. En breve viene a decir lo siguiente: Unamuno describe a una joven de Las Hurdes como símbolo de una vida natural, libre de las convenciones y artificios de la civilización. Su docilidad no es sumisión, sino flexibilidad y libertad, afirma, como la de un árbol silvestre. La escena le evoca a Rousseau y expresa también su idea de la vida silenciosa y auténtica de la gente humilde, ajena al ruido de la historia oficial (aquí) . Le contesto que me es imposible dar cuenta de ese paraje de Unamuno que cito en el post, una lectura que debí de hacer hace un tercio de siglo. En todo caso el rastro que conserva mi memoria de aquel encuentro de Unamuno con la moza está relacionado con lo que expresaba ayer en el post. Unamuno escribió varios libros de viajes y lo curioso es que de la lectura de alguno de ellos yo sólo conservase esa idea, la sumisión al destino tan propia de tantas personas que, mediatizadas por la situación económica, el hecho de ser mujer (entonces), el lugar de nacimiento, las condiciones económicas o sociales, etcétera, se ven obligadas a aceptar su destino como algo ineluctable.
Y por supuesto, razonable y
conveniente, aunque no sin reparos, es la idea de que la docilidad de la moza puede
no ser sumisión humillante, sino una flexibilidad vital dócil a las leyes de la
propia naturaleza, algo que me recuerda aquel dicho japonés que reza que es
mejor ser como el sauce que como el roble: cuando sopla el viento fuerte, el
sauce se inclina y el roble se quiebra. Aquí habría que especular sobre la necesidad
de encontrar un término medio, una síntesis entre ambas posturas. Según las
circunstancias particulares, el juicio que tengamos puede variar. Unamuno,
arrellanado en la realidad que le ha tocado vivir obviamente especula como
quien dice de oído, y puede equivocarse igual que se equivocó al apoyar en las
primeras semanas el Alzamiento Nacional. Siendo maestro he vivido el ambiente
rural de una pequeña aldea asturiana perdida en
Unamuno evidentemente visitó
las Hurdes antes que yo. Victoria y yo lo hicimos en las Navidades de 1965,
creo. Fue nuestro viaje de luna de miel. Armados con un macuto, saco de dormir
y lo necesario para pasar unos días en la montaña nos dirigimos a las Hurdes
con la idea de patear los lugares habitados más recónditos. En El Gasco fuimos
apedreados; el día de Navidad, que descendíamos de las montañas donde habíamos
vivaqueado entre la nieve, fuimos recibidos de manera muy parecida por los
críos. Me ahorro detalles. Quien quiera puede recrear aquel ambiente en el
documental de Buñuel titulado Las Hurdes:
tierra sin pan (1933), de Luis
Buñuel. Cuando leo las líneas que me manda el amigo Muñiz siento que de algún
modo es víctima de una mirada excesivamente bucólica de Unamuno. Nada de ese
clima idílico se respiraba en la cruda realidad de las calles de las Hurdes de
aquellos tiempos. Poco después de regresados a casa pinté un lienzo de una niña
abandonada a su suerte en la calle. El desvalimiento de una cría abandonada por
los padres, que cobraban del Gobierno cierta cantidad de dinero a cambio de no
enviarla a una institución que se ocupara de ella, es una de las imágenes más
impactantes que recuerdo de mi juventud. También encontré caminando por los
valles y montañas de Illimani, junto a
A estas situaciones son a las que me refiero como sometimiento al destino. Cuando las personas, y especialmente los niños y jóvenes, no tienen en sus manos la posibilidad de determinar la orientación de sus vidas, sea por la falta de las condiciones económica que rodean sus vidas, por el entorno social o por cualquier otra situación, no cabe hablar de otra cosa que de sumisión al destino. Y gracias a los cielos o a lo que sea, cuando pese a todo esa pequeña humanidad que está marcada por el destino puede salir adelante. El destino marca, pero también la fuerza de voluntad y el deseo de superación ponen su granito de arena.


