14/08/2026
De
la cabecera de El País de ayer, este titular: “El olvidado asombro de estar
vivos”. Allí sin comillas tratándose de un verso de Octavio Paz (ya lo sospeché
que no era original nada más leerlo): primer pecado. Apropiación indebida de
textos ajenos. Bajo el título: “Siempre
levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras
para describir lo que está pasando, renuncie a buscarlas”. Y más abajo para
completar el ridículo: “En Esmelle, Ferrol,
Empalago, halago de
la masa de los lectores, como si la multitud que contempla un eclipse estuviera
experimentando una especial revelación sobre la condición humana. El señor Jabois
tenía que escribir “algo” y como la cosa se prestaba muy llanita, le roba un
verso a Octavio Paz y se dedica a lamer el culo al personal a partir de ahí.
Labor periodística de primer orden, sí, señor. ¡Qué poca consideración merecen
los lectores de un periódico cuando alguien como este señor se atreve a
manosear con cierta retórica contemporánea la emoción de sus semejantes!
Con sólo el título
podría haber interpretado el posible contenido del artículo en clave de ironía,
lo cual habría sido acertadísimo, y Octavio Paz entonces le habría perdonado el
no haber colocado las comillas en el título, podría haber guiñado el ojo al
lector inteligente ante la desmesura de una multitud que de repente descubre
que está viva porque se ha oscurecido el sol durante unos minutos. Pero no,
este señor, ante la desmesura de la convocatoria escogió la solemnidad y las
palabras desproporcionadas para vestir de oro y flama su crónica.
¿Se habrá asomado
este señor alguna vez en su vida a algunos de los tantos espectaculares y
bellos atardeceres, por poner un ejemplo, que se producen en el planeta Tierra?
¿O es que acaso necesitamos que los periódicos o los medios en general nos
digan cuándo y cómo tenemos que maravillarnos? Y por supuesto la obviedad de
que una noche de luna, una tormenta, la
niebla sobre la sierra... pueden ser muchísimo más hermosos que un eclipse. Y,
sin embargo, nadie convoca a decenas de miles de personas para contemplarlos ni
aparece al día siguiente un titular anunciando que hemos recuperado «el
olvidado asombro de estar vivos». Recuerdo ahora una antigua entrevista de 2004
en la que Franco Battiato contaba cómo la hora del amanecer y la de final del
día constituían para él los dos instantes más importantes de la jornada. Eran
las horas más bellas del día y él las dedicaba a la meditación desde su casa en
las laderas del Etna.
La
diferencia entre contemplar habitualmente algo que la naturalece ofrece todos
los días, sin público, sin necesidad de convertirlo en una experiencia
colectiva… Y recuerdo mi afición de siempre cuando paso los veranos en los
Alpes o Pirineos de buscar a la caída de la tarde un lugar para mi tienda en
donde pueda experimentar tanto el crepúsculo como el amanecer; la diferencia
entre esta actitud y la de acudir en masa a un acontecimiento extraordinario, para después elevar esa experiencia
mediante una retórica vacía expresada como el «asombro de estar vivos», es
fundamental. Quien tenga ojos y oídos que vea y oiga. Battiato, en ese sentido,
es el contraejemplo perfecto para el titular de El País:
no necesitaba que el cielo se oscureciera excepcionalmente para detenerse ante
el cielo. Su asombro —si se quiere llamarlo así— formaba parte de una
disciplina cotidiana y de una sensibilidad abierta a la belleza de todo cuanto
nos rodea. Y decir acaso que la superficialidad con la que nos relacionamos con
los fenómenos naturales, con la belleza del mundo, con cómo nos relacionamos
con la noche, la lluvia o las tormentas nos hace perder unas de las más
hermosas experiencias de la vida.




