Hospital Montepríncipe, 27 de septiembre de 2026
Me pregunto este tarde cómo sería un mundo en que tanto mujeres
como hombres concurriendo en un mismo espacio no pudiéramos hablar ni hacernos señas;
sólo mirarnos unos a otros, soñando, imaginando. Se ve que la soledad de la tarde
y el silencio del fin de semana instila en mis disposiciones sueños imposibles.
Digo yo que ya que me he propuesto no pensar en el futuro, algo tiene que sustituirle.
Aprendí con el Tao que cuando se moldea la arcilla para hacer una vasija, es
precisamente donde no hay nada donde reside la utilidad de la vasija. Y acaso, sí,
sea precisamente esa nada que podemos crear con nuestro vaciamiento el lugar donde
se genera la energía vital. El vacío, la contemplación, como fuente de una energía
propiciatoria hipersensible que nos acerca a algún tipo de verdad que las palabras
y el discurso racional distorsionan en el intento de acercarnos a la comprensión
de la realidad. No, mejor, no se trata de comprender sino de ser traspasado por
el fluído vital de parecida manera a como se produce la ósmosis entre el sistema
digestivo y la sangre. También las realidades profundas se van incorporando en silencio
sin que nos demos cuenta a nuestra experiencia vital.
Pero sin apuntar tan alto, que no iban por ahí los tiros, que
pensaba sin más en el hecho de pensar mujer, un concepto todo lo abstracto que se
quiera, pero que puede descubrirnos, tal si pensáramos en la divinidad, un fructífero
asomarse a la profundidad de lo femenino en donde no está ausente ese sueño de la
razón que busca, sueña al otro de los ojos cerrados, incluso ausente de deseo, con
la pasión de quien es atraído por una indefinida otra mitad.
Ausente de deseo… No, no es eso. Hay cosas que no se aprenden
ni se dejan penetrar. Están ahí como el aire que respiramos. Y la feminidad y sus
atribuciones son una de ellas. Nuestras pobres palabras, incapaces ellas de expresar
verdades profundas, son tan insuficientes que vergüenza le da a uno siquiera intentar
nombrarlas. Hablando de estas cosas los rudimentos del lenguaje, tan pobres ellos,
son incapaces de acercarnos a la luz, a eso que llamamos comprender. Y ello porque
acaso comprender no forma parte de una verdad que nunca vamos a ser capaces de aprehender
y que tan sólo se nos permitirá intuir.
¿De qué habló?, se preguntará alguno. El escenario es el que
exponía al principio de este escrito. ¿Qué sucedería si dejáramos hablar al silencio,
a los ojos? Hombres y mujeres reunidos en mitad de una peste, como en el relato
de El Decameron, pero sin la distracción de llenar las tardes con relatos
erótico; sólo mirar y ver. ¿No sería una situación idónea de conocimiento y empatía?
Aún un detalle más, nuestros personajes no tendrían la posibilidad de moverse. Obviamente
terminarían desnudándose mentalmente unos a otros. Para el púdico e hipócrita mundo
que nos rodea, lo mismo si les dejamos terminar el relato nuestro personajes
acababan jugando a la oca o al parchís.
En Los años con Laura Díaz Carlos Fuentes explora las
posibilidades de llegar al conocimiento profundo del otro, así hasta que Laura Díaz
le da el alto y se niega a compartir esa parte de misterio que todos llevamos dentro.
La tensión que genera ese misterio es probablemente uno de los factores determinantes
de una relación amorosa exitosa. Tiene ello mucho de erotismo. El erotismo, el deseo,
nace del espacio que queda entre dos seres. Cuando ese espacio queda roto a la postre
el deseo desaparece.
En la propuesta que hacía en el primer párrafo aparecen elementos
que se dan constantemente en la vida diaria. La relación erótica que mantenemos
con lo que nos rodea, permítaseme el eufemismo, tiñe, querámoslo o no, nuestra relación
con la realidad.




