4/09/2026
Me lo encontré ayer en Sarabanda, al sur de Albania, mientras leía de los últimos
postreros días uno de mis viajes a Oriente. “Existimos en lo que hacemos”, y es
que últimamente me pregunto con alguna frecuencia en qué consiste cuando pensamos
que tenemos o hemos tenido una vida interesante, y me lo pregunto especialmente
ahora que estoy abocado a una vida más bien nada atractiva. Y sí, qué es eso de
una vida interesante y que siempre me lo parece, la mía, cuando echo manos de mis
escritos de viajes y de montaña. Estar en Albania, el día anterior en Corfú, por que es más interesante que estar aquí despelotado
tras la siesta haciendo nada u hojeando las páginas de un libro. Quizás tendría
que recordar aquello de que las cosas más importantes de la vida no se explican,
se viven y punto. Pero eso es salirse por la tangente.
Así que ¿de qué está hecho aquello que recordamos como momentos de plenitud, aquellas
de nuestras experiencias que mejor valoramos, esas vivencias que constituyen lo
mejor de nosotros mismos? Son cosas que corrientemente no se piensan y, me parece,
que si ahora me rondan por dentro es porque acaso las observo desde la carencia.
Obviamente no hablo de asuntos materiales, sino de aquello que, dicho de un modo
un tanto pedante, enriquecen nuestro yo. Las dificultades superadas, el encuentro
con la belleza, la elasticidad a que hemos sometido nuestra persona, la satisfacción
de alcanzar un objetivo importante, el vislumbrar en los límites de nuestro esfuerzo
una verdad, una forma artísticamente satisfactoria, el haber superado un objetivo
que se nos presentaba arduo.
Que acaso las observo, repito, desde la carencia.
Jorge Bucay, para situaciones en que uno atraviesa momentos de estado de ánimo
jodidos, proponía algo interesante; búscate un amante, decía. Como sustitutivo de
tantas penas podría ser, pero no es el caso, uno ha ido cumpliendo ya tantos años
que sería como pedir peras al olmo. En su lugar yo preferiría tener que prescindir
del puñado de citas médicas que me esperan y poder comenzar a soñar con nuevos viajes
y caminatas sin que la sombra
de los quirófanos me amenazaran. Y basta, que vuelvo a caer en más de lo mismo.
De todos modos generalizando, la idea de Bucay es un remedio universal de
probada eficacia. Pon un proyecto atractivo en tu vida, un amor, y los males desaparecerán
de bóbilis bóbilis. La magia de algo por hacer, aspirar a algo
desmadrado, dar a luz a un buen proyecto seguro que moviliza nuestras neuronas.
Decíamos antes, cuando éramos creyentes, que poner velas a
Mientras escribía anoche no sentí ni frío ni
calor, me encontraba ausente, era como estar en otro mundo, sólo existían el teléfono
y los pensamientos que iba volcando en ellos; mis sentidos estaba abortos en la
escritura y fue nada más dar por terminado el texto que sentí desagradablemente
el aire del ventilador en mi cuerpo desnudo, que fui consciente de donde estaba
y qué hacía. Escribe Stefan Zweig en La lucha contra el demonio, cito de
memoria, que cuando el escritor crea algo generalmente está fuera de sí, razón por
la cual no puede dar cuenta del proceso creativo en que previamente ha estado. Es
como si la conciencia, absorbida por el proceso de creación en marcha, en esos momentos
no pudiera atender a lo que está sucediendo en nosotros. Es una situación curiosa
que existiendo plenamente cuando creamos algo, instantes en que somos más yo que
en otros muchos otros momentos, dejemos de ser conscientes de lo que hacemos debido
precisamente a cómo se centra la mente en lo que estamos haciendo. Sucede también
cuando algo nos llama especialmente la atención. Fuera del campo del objeto en que
estamos centrados es como si se hiciera repentinamente la oscuridad. Y curioso curioso
del todo es que cuando creemos ser más yo de lo habitual, cuando creamos algo, una
pintura, un poema, sea precisamente cuando menos somos conscientes de nuestro yo.
