lunes, 29 de junio de 2026

Las golondrinas pueblan el cielo de la mañana

 



29/06/2026

Esta mañana son las golondrinas las que constantemente vuelan alrededor del pino donde me refugio. 

Son muchas las veces que me pregunté por la razón de mi escritura, tan abundante en ocasiones, y no habiendo una razón única, amén del placer de expresarme, probablemente la más representativa sea la de poder revivir en un futuro, aquel futuro que yo vi una vez leyendo a Luis Goytisolo de un anciano que sentado ante el atardecer, mientras pensaba en su vida y en el pasado, escuchaba a la vez La Creación de Hayden; la de poder revivir en un futuro, como quien se toma una enorme jarra de cerveza, tus antiguas vivencias, los pensamientos que te visitaron, tu filosofía de la vida de tiempos atrás. Recuerdo, me faltan los detalles, que en cierta ocasión en que René Demaison y su compañero habían hecho, creo, la primera ascensión invernal a la Walker de los Jorasses, o acaso era el espolón Croz, encontraron a este último días después tomando una cerveza en una terraza de Chamonix. Un amigo se sienta junto a él y le pregunta: ¿qué haces, a qué te dedicas?. Y el otro le contesta: nada, desde una semana atrás nada, disfruto del recuerdo de esa magnífica ascensión que hice con René.  

La conciencia de vivir una vida intensa de la que escribía en Brevitate Vitae Séneca, vuelve a interrogarme desde mi ociosidad del pinar: «Es muy pequeña la parte de la vida en la que realmente vivimos. Todo el resto no es vida, sino tiempo». Y mientras reproduzco la cita sucede una cosa curiosa, porque ahora esa idea me viene de otro lado, de la novela de El Gatopardo, de Lampedusa, un libro que está lleno de meditaciones sobre el paso del tiempo, la decadencia y el sentido de la vida. En el cine protagonizó la historia Burt Lancaster, que en el film reflexiona precisamente sobre la diferencia que existe entre el mero existir y el vivir.  

Leí nada más llegar al pinar el comentario de Muñiz a uno de mis últimos posts, unos pocos párrafos que no tienen desperdicio (con su permiso lo incluyo al final de este texto) y de ahí, tras el espectáculo de las golondrinas, arrancaron las palabras del post de hoy. Comenta Muñiz que caminar es una forma de meditar, una idea antigua que encontré en Puerca Tierra, de John Berger y que registré enseguida porque se correspondía con un pensamiento recurrente que me había asaltado muchas veces en los caminos. Cuando caminas no sólo recorres caminos, a menudo el paseo es un acto de reflexión, de recuerdo, de mirar con calma el mundo que te rodea. Dice Enrique que la aceptación del corto futuro que nos queda a estas edades es una ardua labor que requiere la reestructuración completa del pensamiento. El bueno de mi amigo, práctico como se debe ser, apunta hacia algo que llevo rumiando desde semanas atrás; en realidad es mi lucha actual. Me pongo en la situación del amigo de René Demaison que ha gustado la miel de la aventura hasta límites que él no sospechaba y me pregunto qué hará, qué pensará de su futuro; ¿seguirá asistiendo indefinidamente a esa terraza de Chamonix cada tarde a saborear su jarra de cerveza junto al recuerdo cercano de su ascensión? “Se requiere la reestructuración completa del pensamiento”, escribe Enrique. ¡Horror…!, mi sabio amigo. ¿No tiene esa idea algo de dejar de ser yo, mis circunstancias, mis pasiones, mis ganas de vivir encerradas en un modo de entender la vida? Y sí, lo repito, es mi lucha. No soy una persona que haya  puesto todos los huevos en la misma cesta, como expresaba hace un par de días un amigo hablando de otro amigo, tengo otros muchos intereses, pero acaso la montaña y la naturaleza, con lo que ello implica de motivación para mi cuerpo y mi alma, jueguen un peso verdaderamente importante en mí, y con las perspectivas que tengo, pese a que el cardiólogo me ha asegurado que en medio año podré subir a Peñalara, no me veo yo, con la debilidad que tengo encima, ni siquiera subiendo el Cerro San Pedro en ese tiempo.

De todos modos de vuelta a casa, esas cosas que suceden, un  repentino susurro que te viene de dentro, mi ánimo empezó a considerar estos días de rehabilitación como una aventura más cuyo empeño y trabajos podrían estar a la altura de un entrenamiento para una gran ascensión. Es tal el esfuerzo que va a requerir, mucho más que ascender grandes montañas, pienso, que si logro meterme en el coco todos estos trabajos de Hércules como los prolegómenos de un maratón, quién sabe… La idea me gusta. Sería no renunciar del todo a la propuesta de Enrique, que me deja un poco contra las cuerdas. Cuando ese repentino susurro apareció en mí sentí un cierto alivio, imaginé tantas horas de entrenamiento para llegar a recorrer esos cuarenta y dos kilómetros, y ya sentí un cierto aliento de esperanza, el cercano olor de arremeter con paciencia mi recuperación.


o O o


Comentario de Enrique en “Aquellos veranos…”

"Querría expresar esas intuiciones que atraviesan de tanto en tanto mi cerebro, la concepción de una realidad que, circulando por tu pensamiento, no encuentra modo de ser expresada. Esa realidad que se presenta tras tus ojos cerrados como la sustancia que anima la vida, río profundo que fluye en tu interior cuando tratas de comprender, inaprensible, no sujeto a razón".

Esta transmisión de tu estado emocional y psicológico es muy profunda.

Tu mente no descansa; el volumen de tus pensamientos es masivo, rápido y abrumador. No piensas en una sola cosa a la vez; experimentas una avalancha de ideas, conexiones, recuerdos o ansiedades que se atropellan entre sí. Al decir que tus pensamientos son "inaprensibles" y "se te escapan" estás confesando que eres un espectador pasivo de tu propia mente. Sientes la frustración de no poder frenar el cerebro para analizar lo que sientes o tomar decisiones con calma. Es la sensación de estar siendo arrastrado por la corriente de tu propio ser.

El caminar no es un pasatiempo: es una forma de meditar, de sentirse libre y de afirmarse en el mundo. Tu mente sigue corriendo a la velocidad del río que mencionas, pero tu cuerpo físico ha sufrido un frenazo. Tu cerebro conserva intacta la vitalidad y la ambición de un caminante de largo recorrido, pero tu cuerpo actual te impone una quietud forzada. Tus pensamientos se vuelven incomprensibles porque desean proyectar el futuro, pero la lógica los hace inalcanzables.

La aceptación del corto futuro que nos queda a estas edades es una ardua labor que requiere la reestructuración completa del pensamiento, dejándolo todo a un lado ante la certeza del tiempo limitado. Para un caminante de senderos de gran recorrido, esta labor de abandonar los proyectos de kilómetros infinitos no es simplemente cambiar de pasatiempo: es desmantelar la estructura sobre la cual construiste tu identidad y tu libertad.

Aceptar el "corto futuro" no es rendirse ni caer en la resignación amarga; es una victoria de la lucidez. Es transformar la nostalgia del camino recorrido en gratitud por todos los senderos que ya cruzaste.

El bosque, como tu nuevo santuario, indica que no has renunciado a la naturaleza, sino que simplemente has cambiado la escala: el pinar es ahora tu mapa de la montaña y llegar a él es tu cumbre diaria. Aunque los prados nunca volverán a estar tan verdes como aquellos que nos inundaron la memoria allá por nuestra primera juventud.


domingo, 28 de junio de 2026

Viejos roqueros

 


28/06/2026 

Esta tarde a mitad de mi caminata me encontré con un gatito, casi en los huesos estaba el pobre. Tenía la mirada triste de los desheredados de este mundo. Me dio pena, de hecho parecía suplicarme que le adoptara. Encogidito en su pequeñez y desamparado me vio marchar, no me quitó de encima su mirada de menesteroso hasta que me hube alejado. Me fue inevitable pensar en ese pequeño porcentaje de personas que acumulan la gran parte de la riqueza del planeta. Era un gatito, sí, pero era también la representación de los niños que sufren en Gaza o en cualquier otra parte del mundo.  

Cuando saqué el teléfono del bolso, hoy también en el pinar aunque al crepúsculo, el horizonte era una mancha de sucio carmesí sobre el fondo de la silueta de Gredos, tenía en mente un título, Viejos roqueros, sugerido por la reunión de ayer con unos amigos (el incombustible Santiago Fernández nos reunía), un encuentro que se repite periódicamente de tanto en tanto al calor de unas cervezas y una dispar conversación donde, viejos roqueros en otro tiempo, no rockeros, aunque también, celebran amistad y mutua afición por la montaña.  

Me admiraba mientras oía a mis amigos de lo bueno que es esto de departir frente a una jarra de cerveza. De lo que sea. En un momento Pedro Nicolás me cuenta de un amigo mutuo mayor por quien yo le preguntaba. Los muchos años engendran por ley de vida carencias y problemas de salud que a veces son difíciles de restañar. Hace un inciso y, refiriéndose a la misma persona, recurre a la sabiduría oriental (quizás) diciendo aquello de que se equivocó poniendo todos los huevos en la misma cesta, prácticamente su única afición, la montaña. Y enseguida nos entendemos. Dedicarte a algo con exclusividad, la montaña sin más, cuando ésta se pone fuera de nuestro alcance puede dejarte con el culo al aire, de ahí las bondades de intentar no poner todos los huevos en la misma cesta. Algo que me sucede a mí estos días cuando la curiosidad o la motivación dan un bajón y uno necesita agarrarse a un clavo ardiendo para no perderse en el laberinto de la desesperanza o la abulia.  

Y mientras hablo con Pedro Nicolás escucho al otro lado de la mesa a Santiago Fernández y a Margarita, él con una importante metástasis desde hace años, con una experiencia de hospitales de primer orden, habla de un modo tan vivo, tan como quien tiene cien años de vida plena por delante…  y, claro, yo siento una fenomenal envidia. ¿De dónde coño saca este hombre su enorme fuerza? Ahora mismo él y Margarita embarcados en un proyecto de miles de kilómetros en automóvil al Cabo Norte. Estuve dudoso de asistir a esta reunión de amigos, entre otras cosas porque me pesaba el culo y mi ánimo no está muy allá; pero me alegro, me alegro de haber podido compartir ese entusiasmo que derrocha también José Luís Ibarzábal, la vitalidad de Margarita, la conversación moderada del poeta Miguel Ángel Gárate y Yolanda, la charla del viejo amigo rockero, y roquero-pedricero Santiago Pino o la conversación con Pedro Nicolás que me lleva a saber de otros amigos, de Mar, de Carlos Soria o de Eduardo Martínez de Pisón a los que hace mucho tiempo que no veo. Especialmente me alegra saber de Eduardo, un ejemplo de quien ha hecho y hace aún de sus muchos años un vergel intelectual, esa persistencia suya en la investigación y en dar a conocer a sus lectores la naturaleza íntima de nuestra Madre Tierra.  

Con estos pensamientos llegué al lugar que se ha convertido en destino cada mañana. Allí medito, contemplo el horizonte de Gredos, o incluso, si estoy de humor leo por encima la prensa, admirado casi siempre que una bestia como el tal Trump, monsieur Narcisus, pueda acaparar tantos titulares. Imbéciles al poder, sí señor. Pobre ante el tamaño de la idiotez que recorre la política de este energúmeno aquella consigna de la revuelta del París que se hizo universal: La imaginación al poder. Junto a la chaise longue que ocupo cada mañana alguien había volcado el recipiente de la comida de los pájaros sobre el suelo y ahora un ejército de afanosas hormigas se congregaba en el lugar organizando una numerosa procesión camino del hormiguero. Pipas, semillas de distinta clase, todo sirve. Cientos de ellas, cargadas o arrastrando su tesoro se apresuran como obreros que con sus prisas parecen ir tras una compensación económica importante por su afanosidad. No hay una ociosa, todas caminan como quien va a perder el tren, con su carga pies pa qué os quiero. 

En el camino de vuelta, ya bajo la luz de la luna, me encuentro con un menesteroso, esta vez un galgo que se ha hechos viejo; ya no sirve para la caza, y al que su dueño ha abandonado a su suerte. Una luna gorda por levante y Venus por poniente iluminan la noche. El campo está sembrado de luciérnagas. Creo que días atrás hablaba de las cigarras y del porqué de su insistente “canto”… siempre lo mismo, la busca de una novia. La Especie no pierde el tiempo con tontunas, va a lo suyo por encima de todas las cosas y así si las cigarras se desgañitan en las horas de más calor del verano intentando atraer a las hembras, las luciérnagas no hacen otra cosa. Sexo a toda costa, así la Especie “engaña” a sus criaturas. Poco después del hecho amoroso, nueve meses en los sapiens sapiens, varias semanas después en las luciérnagas, dan lugar a entre 50 y 200 criaturas que saldrán pitando de sus huevos para volver a reproducirse un año después.

Una pausa y ya es el día siguiente de nuevo en el pinar. Entre la tarde de ayer y la mañana de hoy algunos vándalos han pasado por el lugar. Han pateado el recipiente de la comida y del agua y todo anda disperso por el suelo. Viernes tarde se presta a este tipo de comportamientos. Quien no tiene que hacer,- con el rabo mata moscas. Hace muchos años, en Griñón, tal que una noche similar me destrozaron el coche los adolescentes del lugar. La naturaleza humana es verdaderamente generosa a la hora de establecer un abanico de posibilidades y comportamientos humanos. Sí, pa to hay en esta tierra del Señor.  Ahora, no hay mal que por bien no venga, yo pretendía alimentar a los pájaros, pero gracias a los vándalos que han derramado el recipiente de la comida por los suelos, a quien alimento es a las hormigas. La verdad es que son un auténtico espectáculo esas filas de laboriosas hormigas cargando con pipas y otras semillas en largas y apretadas filas camino del hormiguero.


miércoles, 24 de junio de 2026

Aquellos veranos…


 


24/06/2026

Observo el bamboleo de la copa de los olmos. Su movimiento tiene algo de la solemnidad de las grandes olas del Cantábrico. Una luz centelleante envuelve la parcela en esta hora de final de siesta. Las cigarras, incansables, monótonas, lanzan constantemente su declaración de amor en la hora más calurosa del día. Me entero de que son animales de sangre fría a los que las altas temperaturas su organismo responde mejor. Canta, canta todo lo alto que puedas y así conseguirás que alguna hembra se fije en ti. Qué sed de “amor” la de estas criaturas, precisamente en una hora en que los humanos sólo pensamos en tener un buen ventilador o un chorro de aire acondicionado cerca.  

Y me vienen inevitablemente a la memoria aquellos versos de Manuel Machado que aparecieron en mi blog de los caminos más de una vez cuando el calor fuera en algunos grandes GRs de España, o incluso en los Alpes, los senderos descendían al fondo de los valles.  

El ciego sol, la sed y la fatiga. 

Por la terrible estepa castellana, 

…  

—polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga. 

 

Qué fuerza la mía en aquellos veranos de cruzar el sur y el este de España caminando, ese GR7 que desde Tarifa llega a Andorra. Empecé aquel camino en abril, pero lo más penoso lo recorrí en pleno verano. ¡Con qué gran cariño recuerdo ese itinerario!  

Aquellos veranos… Y hago una pausa y alcanzo sobre mi cabeza el libro de gran formato que recoge mi diario de aquellos meses de camino. Fantástica trotada de sur a norte de nuestro país la de aquel año. Y me recreo leyendo aquí y allá. También yo confieso que he vivido 

 Me pregunto si será posible volver a recorrer alguna de esas grandes rutas que cruzan España en el próximo otoño. El sabor de la magdalena viene a mí como una promesa. Acaso, quizás.  

Ahora miro por la ventana de nuevo, vuelvo a observar el vaivén de las copas de los árboles, a escuchar a las cigarras envuelta su música en el runrún del ventilador próximo. Me voy por peteneras. Querría expresar  esas intuiciones que atraviesan de tanto en tanto mi cerebro, la concepción de una realidad que circulando por tu pensamiento no encuentra modo de ser expresada. Esa realidad que se presenta tras tus ojos cerrados como la sustancia que anima la vida, río profundo que fluye en tu interior cuando tratas de comprender, inaprensible, no sujeto a razón.  

El sonido persistente de las cigarras envuelve los alrededores de mi cabaña, sí, como tantas veces en mis trotadas por los senderos de España. Olivares y pinares que acogieron mis siestas como un alivio hasta la hora en que caminar bajo los rayos del sol, ya cerca del atardecer, volvía a ser posible. 

 

 

 


martes, 23 de junio de 2026

¿Ese remanso de paz?

 


23/06/2026

Un nuevo visitante desconocido ha dejado la huella de su paso en el pinar. Visitante acaso nocturno que ha pasado la noche en la chaise longe. Un saco de dormir en bastantes buenas condiciones da fe de ello. Se ha roto un brazo de la tumbona y mañana tendré que traer herramientas y material para arreglarla. No me gustaría que este lugar privilegiado perdiera su condición de retiro y meditación. La copa del pino vuelve a estar llena de pájaros. Sería bonito que se acostumbraran a mi presencia. Ya el carbonero que me visitó ayer apunta a esa posibilidad. 

La curiosidad de Jünger me llama la atención. Su relación con los insectos, las flores y los animales en sus paseos por el campo, añaden un apreciable interés a su escritura. Pasea por cierto lugar y se da una vuelta por un resto de construcción para echar una ojeada a cierta clase de hormiga que hace su vida bajo unas tejas. El cariño como habla de ciertas flores que cultiva en su jardín hace ver su sintonía con la Naturaleza. ¡Qué escenario tan diferente la de su novela Tormenta de acero, diferente a sus otros libros donde la guerra es el objeto de su escritura! ¿Son los años, la madurez lo que lleva al hombre a esa integración con el medio, a las minucias de esa relación con los insectos corrientes? O esa dedicación al cultivo de las flores es acaso la justa recompensa a una intensa vida intelectual?... Al final es el hombre consigo mismo y con la Naturaleza. También es objeto de la escritura de Jünger el arte, las minucias de los detalles de un cuadro complejo. 

¿Nos quedará al final tras el ajetreo de una vida densa ese remanso de paz que a veces atisbo para los años venideros, algo tan en franca contradicción con lo que eran mis expectativas? En estas cosas pienso éstos días, tanto que parecieran los prolegómenos de una vida  diferente. 

Veo corretear a una hormiga sobre la isla de piedra del recipiente de agua de los pájaros, sólo una, y me pregunto si será la misma de ayer, veinticuatro horas dando vueltas en círculo sin parar alrededor de unos pocos centímetros cuadrados… Me entran ganas de hacer una labor de salvamento como  con la avispa de ayer. Asunto de gran trascendencia :-) que si en realidad lo comparamos con lo que tiene Trump en el coco no guarda mucha diferencia en sí mismo. Nuestra aparente importancia me parece esta mañana un error de percepción. Tanto si consideramos nuestras vidas en la geografía del universo como si lo hacemos en una hipotética línea del tiempo, la diferencia con la importancia de una hormiga es mínima. Cuando el ámbito de referencia son millones de años y miles de millones de kilómetros, ponemos una junto a otra la vida de un hombre y la de una hormiga, la diferencia es de una tan infinita pequeñez, en tiempo de vida, en “importancia”, que más diríamos si lo viéramos desde la distancia, que hormiga y hombre tienen el mismo peso existencial, eso si cupiera hablar de importancia, un término totalmente relativo que en absoluto cuenta en el Universo por mucho que nosotros queramos diferenciarnos del resto de los seres vivos. Si no hay un patrón de referencia, nada importa más que otro, sea animal, planta o cosa.  

Es curioso, pero algo sucede dentro de uno cuando se mira la vida desde una perspectiva de espacios y tiempos inconmensurables. Entonces nuestra pequeñez se achica, nuestra insignificancia aumenta (El hombre, esa chispa entre dos abismos”. Théodore Monod). Sin embargo lo que el hombre pierde en insignificancia parece ganarlo en profundidad de su mundo interior. Saber de esa insignificancia en el entorno global del Universo y del tiempo, puede convertir el hecho de vivir o la plenitud del pasado en una personalísima vivencia que, maldita la gracia, en absoluto necesita de referencias temporales o de espacio. Vivirse el individuo puede convertirse en un absoluto ajeno a toda referencia exterior.

¿Sería posible encontrar otra forma de vida acaso parecida en pasión, esa pasión que hace un rato ojeando fotografías de mis años de atravesar los veranos los Alpes, en otros quehaceres de la vida madura, algo que por similitud conceptual se parezca a la vida de los corales, esa vida que se prolonga o echa raíces sobre una forma de vida anterior?


lunes, 22 de junio de 2026

Cazando gamusinos



22/06/2026

El asunto creo haberlo repetido en otra ocasión. Esa sensación de que dentro de los sapiens sapiens existe una tal disparidad, formación, cultura, inteligencia, etcétera, que a veces bien merecería establecer una subespecie más dentro del género homo. Me explico, en alguna ocasión, considerando una línea que va desde el hombre excelente al chimpancé o a los bonobos, quizás una línea en la que imaginar a estos según los distintos grados de inteligencia o desarrollo, una línea en uno de cuyos extremos estuvieran los chimpancés y en el otro los hombres mejor dotados intelectualmente, los con una formación superior, en tal línea podríamos situar a una parte importante de la humanidad más cerca del chimpancé que del hombre excelente. La capacidad de razonar, la preparación intelectual es tan dispar entre los hombres… 

Sucede que me surja este razonamiento cuando me encuentros con textos que, o no comprendo, o comprendo a medias o me resultan totalmente inescrutables. Doy por descontado que mi inteligencia sea una inteligencia normal, tan normal como para verme bastante lejos de muchos textos que caen en mis manos. Dicho esto voy con el escrito de hoy.

Comencé ayer con otro de los diarios de Ernst Jünger, Pasados los setenta I. Y enseguida, nada más empezar, esta observación: ¡qué diferencia la escritura de un gran hombre en relación con las capacidades de uno! Recuerdo mucho de mis propios posts y me produce cierto rubor el que  éstos hayan volado mas allá del cajón de mi escritorio, que es donde he guardado siempre antes de Internet lo que a ratos se me ocurría. Cuando leo textos complejos o en este caso las páginas de uno de los diarios de Jünger, parece, a vuela pluma, la parecida vuela pluma que uso yo, creo, me produce, sí, cierto rubor el haberme atrevido a hacerlos públicos; eso mismo, las miles de página que conforman mis diferentes blogs. El reposado Jünger de la vejez, tan profundo y observador, me hace olvidar su relativa cercanía al fascismo alemán. Su prosa inteligente y mesurada, su agudeza de percepción, digo yo, ¿está al alcance de todos o es sólo privilegio de unos pocos?

Vamos, que leyéndolo, siento como si estuviera cazando gamusinos. Llevo una temporada ayuno de motivación para leer y el otro día buscando hacer un escalón para una de mis rutinas de rehabilitación, cayó en mis manos ese libro; con él y con el Canon occidental de Harold Bloom conseguí la altura necesaria suplementaria para mi ejercicio. Así que mientras subía con una y otra pierna el escalón, caí en que precisamente ese volumen no lo había leído, con lo que pasó de inmediato al primer lugar de mis lecturas actuales. Quizás Jünguer consiga sacarme de esa atonía lectora en la que me encuentro, quizás sea Jünger, el hombre fuerte y culto, la lectura que me estaba esperando.

Esta mañana me pesaban especialmente las piernas. Ponía en duda las previsiones del cardiólogo que afirmó rotundamente que dentro de seis meses podría subir a Peñalara y a cualquier cumbre de nuestra sierra. Había planeado salir antes de que llegue el calor del todo con los amigos del Navi, pero no sé si va a ser posible. Durante mis paseos diarios, apenas tres kilómetros, ya he establecido alguna rutina que me gusta. Nada más llegar es ver si les falta agua o comida a los pájaros. Deposité una chaise longe en el borde del pinar desde donde veo toda la sierra de Gredos y allí, junto al tronco de un pino, alimento a los pájaros. Esta mañana tuve una pequeña pandilla de gorriones revoloteando de rama en rama sobre mi cabeza. Me los imagino diciendo a ver cuándo se va ese pesado, yo mismo, y podemos bajar a desayunar. Bueno, pues estaba distraído mirando el horizonte cuando oí un cercano revolotear. Ja, allí estaba un atrevido carbonero con sed a dar cuenta del agua. Me encanta que los pájaros se me acerquen. Recuerdo un día en el Cañón del Río Lobos, que estando desayunando sobre un tronco, aterrizó a medio metro de mí un petirrojo. Aquel día él y yo desayunamos uno junto a otro como dos camaradas que hacen un alto en el camino para descansar.

En ocasiones me pregunto si la vida podría reducirse a esto, pasear por las mañanas, hacer pequeñas tareas de hortelano, escribir, leer, dormir la siesta y a unas pocas cosas más, esas de las que habla Arundhati Roy en su libro (El dios de las pequeñas cosas). Quizás es un poco pronto para mi edad, pero dadas las circunstancias quién sabe. El Cándido de Voltaire, se retiró mayor al campo y la huerta fue su ocupación preferida, pero Cándido es que estaba harto de la Corte y sus intrigas, que no es mi caso, que preveía seguir caminando hasta donde la vida diera de sí. 

Tengo la impresión de que el lugar se ha convertido en centro de atracción para las aves de los alrededores. Dos urracas cotillean ahora sobre mi cabeza. Y hay un revuelo de pájaros que parecen estar esperando a que me marche. La vida lo arrastra a uno hacia la continua actividad y en este estar excesivamente ocupado uno pierde la realidad del contexto y el orden de valores. Me admira que nunca me hubiera fijado en este lugar privilegiado después de haber pasado tantas veces por aquí corriendo, caminando o preparando alguno de mis maratones. Ahora la vida en torno a un recipiente con agua y comida son mi atractivo matinal. Por cierto que me parece que no sólo aves rondan el sitio. Acabo de ver un conejo a una veintena de metros que me da que también estaba esperando a que me fuera para acercarse al agua. Fue después que estuve observando lo que sucedía en el recipiente del agua. En él había colocado días atrás una piedra para que los pájaros pudieran acercarse a beber con comodidad. Estuve observando durante un rato cómo una hormiga, que había llegado a la roca no sé cómo, daba vueltas y vueltas alrededor de su isla de piedra tratando de salir de su encerrona. Estaba claro que nadar no era su fuerte. Pero no sólo las hormigas andan por los alrededores, ahora eran un par de avispas, una de las cuales había caído al agua y se movía desesperada para salir de allí. Pensé que por qué esa preferencia mía por alimentar a los pájaros y no a otros bichos. Comprendí que la avispa también tenía derecho a la vida, así que tomé un palito y la recogí de su naufragio. Tuve que soltar rápidamente el palo porque ya imaginé que no era una avispa agradecida y que seguro vendría enseguida a picotearme el dedo. Mi filantropía no llegó a salvar a la hormiga. De ella pensé que ya se las apañaría ella solita para cruzar los cuatro dedos de agua que la separaba de la vida.


sábado, 20 de junio de 2026

Reflexiones tras la siesta

 


20/06/2026 

Me desperté de la siesta. Hoy, por ayer, desde el comienzo del día mi ánimo contemplaba con cierta asepsia la vida. Veía a los gorriones y carboneros aterrizar sobre el comedero y consideraba el aspecto mecanicista que tiene toda vida dentro del ciclo nacimiento, reproducción y muerte. Unos se suceden a otros, un coral se fija sobre otro coral y el de abajo termina convirtiéndose en materia inerte, y así indefinidamente si las condiciones del medio siguen alimentándolos. El resto de los animales van y vienen, vuelan, nadan o viven bajo tierra, pero ninguno sale de esos extremos en los que se encierra el ser y el dejar de ser, ese estar entre la vida y la muerte.  

La vida no tiene ningún sentido, se reproduce a  misma no más. Lo que sepamos o no forma parte de ese manifestarse la vida, es parte, acto, crecimiento, dentro de los límites entre el nacimiento y la muerte. La complejidad es fruto de la feracidad del medio en el que se desarrolla, no lleva a ningún sitio. En sí mismo todo nace, se desarrolla y muere y en esta evolución que tiende por propia naturaleza a la supervivencia de los mejores, se produce en función de ella una mejora, una mayor adaptación que, llegado el caso, como el del hombre, puede, con sus conocimientos y adelantos, hacernos perder de vista el hecho en sí de ser con todo materia perecedera sin un sentido reconocido.  

¿El contexto de donde arrancan estas reflexiones? Unas ciertas certezas que se van perfilando desde mi situación y ánimo actual, y que parecen manar, aunque nadie las llamede estados mentales provocados por situaciones extraordinarias capaces de alumbrar la realidad en un contexto donde la vida y la muerte parecen contemplarse la una a la otra sin mediar razonamiento, en un fructífero silencioen el que sin pensar en nada algún tipo de verdad inasible se nos revelaDesposeídos de argumentos y razones el yo se contempla a sí mismo y a las posibilidades de dejar de existir como un accidente corriente carente de dramatismos. En el pensamiento se tiende un leve puente entre el existir y el dejar de existir, sí, repito, carente de dramatismo. En instantes así uno puede considerar la liviandad de la existencia como un privilegiado estado de concienciaHas vivido con una intensidad extraordinaria y ha llegado la hora, satisfecho de tu existencia, de dejar en manos del destino la continuidad o no de la propia vida.  

Una enfermedad que te deja postrado y de la cual salen con vida sólo un setenta por ciento de los que entran en el quirófanoparece tener en mi caso la capacidad de permitirme bucear en el interior de la existencia, de hacerlo, como quien se introduce en la oscuridad de una cuevasin los órganos de la razón o los sentidos, apenas guiados por las yemas de los dedos y por el instinto de unas pocas verdades quecomo residuos de ciertos estados de conocimiento flotan en la conciencia. 

Minucias en el contexto de la rica diversidad de la vida social, pero que tienen el efecto de remitirnos a esos viejos interrogantes de las razones de nuestro existir y sus inmediaciones.  

 


viernes, 19 de junio de 2026

Sobre el rigor

 


19/06/2026

(Ver aquí)

El rigor, referido a las ciencias exactas, la física, la medicina, etc., apenas tiene cabida en nuestro ser y sentir de todos los días, soñar, comer, pasear, pensar en la vida o la muerte, la amistad, etc., Es una excelente herramienta práctica, pero las cosas realmente importantes de la vida, tantas que no están sujetas a la mecánica de los silogismos, por ejemplo, no llegan a nosotros por la vía de la razón.

A otra cosa. No sé si conoces a Julio Villar o has oído hablar de él. Tiene un libro excelente titulado ¡Eh, petrel!. En su juventud, tras un accidente escalando en la aguja de Peuterey al Montblanc, decidió dar la vuelta al mundo solo por mar en una cáscara de nuez de 7 metros de eslora. Tuve la suerte de charlar con él en uno de los últimos premios de la Sociedad GeográficaJulio apenas hace elucubraciones en su libro sobre estas cosas de las que hablamos tú y yo, expresa su riquísimo mundo mental, su relación con el mar y las aves marinas que le visitan, sus sensaciones, sus sentimientos.  

Siento que el esfuerzo que hago por armonizar asuntos como razón e instinto realmente me sobrepasan, que casi preferiría sentarme como un Buda a la frondosa sombra de un tamarindo y contemplar desde allí el fragor de la vida. Ese fragor de aguas revueltas atravesando el filtro de la contemplaciónhace, como dice cierto dicho sufíque las aguas revueltas se vuelvan frescas y claras. No hay depuradora sofisticada por medio, sino que la simple contemplación sin más puede hacer posible la claridad de pensamiento o el apaciguamiento del ánimo. No se trata tanto de desarmar una flor separando cada una de las partes para saber de qué esta hecha, como de apreciar la fragancia y belleza de la flor.

Julio, lejos de la civilización y rodeado por la inmensidad del mar o del firmamentodesnudo como la mar, apenas roza en su libro razonamientos, porqués; Julio mama del encuentro de su soledad con los elementos. Su estar consigo mismo, con los vientos o con ese petrelque en cierto momento se posa sobre el mástil de su barco, apenas deja espacio a esa complejidad que nosotros en ocasiones queremos aclarar. 

Ha llegado la hora de volver a casa. Hoy me alegró encontrar el recipiente del agua de los pájaros mucho más lleno de lo que yo lo dejé, señal de que hay otros visitadores del lugar que atienden las necesidades de los pájaros. El recipiente de la comida está a la mitad, pero he observado que gran parte de ella se la pueden estar llevando las hormigas, así que tendré que hacer un invento, algo que sostenga el recipiente de la comida dentro de aquel otro del agua. No creo que haya hormigas con dotes natatorias capaces de alcanzar la isla de la manduca. 

o O o

A otra cosa. Ahora por la ventana de mi cabaña atiendo al ir y venir de los pájaros constantemente acudiendo a saciar su apetito en el comedero que les tengo anclado sobre el álamo negro de enfrente. Últimamente me pregunto si la vida podría ser esto, dormir, hacer un poco de ejercicio, asearse, desayunar, darse un paseo, escribir, contemplar el ir y venir de los pájaros o escuchar a las oropéndolas que últimamente visitan nuestro pequeño bosque. Me lo pregunto con una mezcla de satisfacción y tristeza. Satisfacción porque es una vida no exenta de bienestar y también tristeza, tristeza porque es imposible dar por acabada esa otra vida mía de antes de la operación, especialmente esa faceta que me llevaba a vivir en soledad entre los bosques y las montañas. 

Ni mi vida ni cuanto hacía tienen que ver con el rigor, que pareciera un instrumento para medir otras cosas del mundo que sólo tienen que ver conmigo de un modo tangencial. Uno, aunque viva en el planeta Tierra en la comunidad de los humanos, tiene una dimensión íntima que en un orden de prioridades ocupa el primer lugar junto a la familia, los amigos, nosotros mismos y nuestro mundo interior; y es desde esta dimensión desde donde observamos el mundo y todas sus circunstancias, un mundo que claramente pierde importancia cuando nuestra esperanza de vida por cualquier motivo da un bajón.

Quizás esté mezclando churras con merinas; de ser así la razón es simple: probablemente sea porque el rigor ni es mi fuerte ni a estas alturas me interesa gran cosa. Digamos que tengo otros asuntos más importantes en que pensar.