domingo, 13 de septiembre de 2026

El trabajo de vivir

 


Hospital Montepríncipe, 13 de septiembre de 2026 

El trabajo de vivir tiene, parece, como casi toda actividad humana, sus momentos de gozo y placer, pero también sus instantes de árido caminar penoso, el tránsito por esas arenas en las que cada paso que das te supone un esfuerzo extraordinario. Aquella cita de Séneca que tantas veces empleé viene nuevamente la caso. Desde aquel «con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra.» ha llovido mucho, pero la cosa continúa parecida, el pan o lo que sea. Y probablemente si el hombre de hoy es lo que es se lo debe precisamente a ese esfuerzo que requiere vivir. Cosa que me digo cuando estoy jodido, pero que igualmente imagino te dirás tú (aquí) en parecidas circunstancias. Si el hombre se hubiera abandonado a la acción de los imponderables, lo mismo en este momento andábamos todavía subidos a los árboles. Otro tanto le habría sucedido a Adán y Eva si Eva no se hubiera atrevido a darle gusto a su apetito. 

Me hablas de aquel famoso mayo parisino y de cómo aquello con el tiempo derivó por pura síntesis —tesis, antítesis, síntesis— hacia un posicionamiento de sus líderes más moderado. Esto me recuerda a aquella respuesta de Galileo «Eppur la Terra si muove» Y, sin embargo, la Tierra se mueve, pese a todo, contra tiros y troyanos vamos adelante… más o menos. 

Nos movemos constantemente en el campo de una dialéctica en donde los extremos tiran de nosotros con la fuerza de aquellos personajes del cuadro de Goya titulado Duelo a garrotazos

Aquel ser o no ser shakesperiano que servía a Chaplin para ridiculizar la figura de Hitler en El gran Dictador, ronda por mi cabeza desde que empecé este escrito. En ocasiones los grillos, tantos, que uno tiene en la cabeza, mezclan sus cantos sin ningún tipo de armonía y aquel que está escribiendo la partitura se ve constantemente en aprietos; la dificultad de armonizar los distintos cantos le puede llevar a intentar una partitura de variadas voces, lo que en términos musicales es corriente, pero que llevado a la escritura resulta difícil, a no ser que uno sea un Joyce. A veces, no hay más remedio, es necesario cortar y tratar de poner una idea detrás de otra. Leo desde hace tiempo a Lobo Antunes, Portugal, y a la altura en que he llegado, bastante adelantado, todavía ando perdido, pérdida acaso debida en parte a la vagancia de mis neuronas, pero que en cualquier caso exige, la lectura, la concurrencia de excelentes lectores. También eso cuenta, que ordenar grillos, ideas y asuntos tal como circulan por el cerebro no es moco de pavo, que decíamos de niño. 

Y no sé si seguir adelante. En la habitación ha empezado a entrar estos días un sol de otoño que invita a a dejar vagar la mente y a dejar que las sensaciones se posen suavemente sobre el cuerpo. Hoy creo contemplar la vida como aquel anciano de una novela de Luís Goytisolo que sentado al sol de una mañana de invierno posaba sus ojos sobre el horizonte mientras escuchaba La Creación, de Haydn. Cuántas veces habré pensado en aquel anciano o en otro que aparece en un relato de Azorín, uno que apoyado el mentón sobre su garrota contempla el paisaje como quien contempla su propia vida. 

Entra en este momento una enfermera en la habitación. La gracia femenina de su presencia me reconcilia con el mundo. A mí, tan crítico con casi todo, me desaparecen los humos de la cabeza cuando me encuentro con el regalo de un trato amable, una sonrisa, un razonamiento inteligente o como ayer por la mañana, con una mujer de raza negra con un bebé de dos días en los brazos que no hablaba español, pero con quien no necesité una lengua común porque la empatía mutua lo sustituyó con creces. La fragilidad del bebé me enternece. Vuelve a conectar con el principio de mi escritura de hoy, la vida vista como quien se sube en un parapente y contempla a sus pies la globalidad de esto que es la vida, la propia y la de los otros hombres. 




sábado, 12 de septiembre de 2026

Resistir a la ley de Murphy


Hospital Montepríncipe, 12 de septiembre de 2026 

Cuando te leo (ver comentario de Enrique aquí) me produce la sensación como si ambos observáramos la realidad desde escenarios diferentes, tú desde un helicóptero con la racionalidad de la experiencia y el conocimiento de las cosas, yo desde el centro de la vorágine del movimiento de la vida que, conociendo el curso de tus propias razones, las considera de soslayo, aunque con una discreta preocupación por aceptarlas; esa vorágine qué no habiéndose apagado del todo pese a estos meses de recuperación, permanece todavía por los recovecos del alma pidiendo clemencia. Cuando las religiones nos ofrecen como tarta de cumpleaños el cielo como recompensa a nuestras buenas obras, lo que hacen es atender al íntimo deseo de cumplir nuestras mejores expectativas tras la muerte. Creo que hay algo de razones darwinistas en esto que planteo. La búsqueda de la eterna juventud fue una aspiración ilustrada desde siempre. Pura ilusión, sí, lo sé. Rebelión contra el destino, si cabe, pero en última instancia razonable respuesta del organismo ante lo ineluctable de la vejez y la decrepitud. Don Quijote se dará mil veces de bruces con borregos, molinos de viento y se enredará accidentalmente en las faldas de Maritornes, pero no por ello cejará hasta su lecho de muerte en alimentar sus desvaríos. Si gustamos del loco de don Quijote y su relación con su amigo Sancho, es precisamente por esa síntesis necesaria que la vida nos exige. Eso nosotros que percibimos la realidad con bastante aproximación a lo que ésta pueda ser. Pero no don Quijote, que tan metido está en sus aventuras que sacarle de ellas, como pez en el agua, con nuestra red de la racionalidad sería, igual que al pez fuera del agua, darle muerte. La vida de don Quijote no tiene sentido fuera de ese mundo que su imaginación ha creado con la ayuda de los libros de caballería. Y, carajo, se me ocurre que no una cosa muy diferente me sucedió a mí y a tantos cuando alimentamos muestra temprana juventud con los libros de Rébuffat Lionel Terray, Desmaison y tantos otros. Don quijotes nosotros no a la búsqueda de desfacer entuertos sino a la búsqueda de nosotros mismos a través de la montaña. 

A todo esto se me ocurre que pese a nuestras capacidades intelectuales, algunos genes específicos quizás estén asumiendo por nosotros desde el nacimiento el papel —la lotería de la genética puede ser tan variada…— de representar en la vida el papel de don Quijote o el de Sancho. A mí en esto parece haberme tocado algo del papel del loco de don Quijote. Alonso Quijano muere precisamente cuando recupera la razón, recobra el conocimiento corriente sí, pero pierde aquello que hacía, que su vida tuviera aventura, propósito y horizonte. Sancho, en cambio, que empezó siendo el cuerdo que acompañaba al loco, acaba intentando convencer al moribundo de que siga soñando. Quizá Sancho comprende al final que vivir también consiste en inventarse alguna razón para seguir caminando. Preciosa conclusión que yo dudo que Cervantes tuviera en la cabeza y que seguramente surgió de la íntima relación con su escritura. La aventura de escribir no sería aventura si el autor tuviera en mente desde el principio el desarrollo de toda su novela. Creo que si me gusta tanto escribir tiene algo que ver con ese concepto de aventura. Comienzas, como hoy, contestando a un comentario de un amigo basado en una diferente percepción de la realidad y terminas, jaleado por la escritura, acompañando a don Quijote en sus aventuras. 

El distinto enfoque con que partimos me parece sumamente interesante, tú con la perspectiva del hombre maduro que tiene bien agarradas las razones de su existencia y del devenir, yo el diletante que juega, pese a mi larga también experiencia de vida, que juego a no enterarme de esa realidad porque todavía quiero seguir mamando de esa teta de la aventura que me alimentó tan tempranamente en la vida, ese inventarse alguna razón para seguir caminando. 

Cuando te leo me produce la sensación como si ambos observáramos la vida desde escenarios diferentes, tú desde un helicóptero a través de la racionalidad de la experiencia y el conocimiento de las cosas, yo desde el centro de la vorágine del movimiento de la vida que, conociendo el curso de tus propias razones, las considera de soslayo, aunque con una discreta preocupación por aceptarlas; esa vorágine qué no habiéndose apagado del todo pese a estos meses de recuperación, permanece todavía por los recovecos del alma pidiendo acogerse a la clemencia del cielo. Cuando las religiones nos ofrecen como tarta de cumpleaños como recompensa a nuestras buenas obras un paraíso, lo que hacen es atender al íntimo deseo de cumplir nuestras mejores expectativas tras la muerte. Creo que hay algo de razones darwinistas en esto que planteo. La búsqueda de la eterna juventud fue una aspiración ilustrada desde siempre. Pura ilusión, sí, lo sé. Rebelión contra el destino, si cabe, pero en última instancia razonable respuesta del organismo ante lo ineluctable de la vejez y la decrepitud. Don Quijote se dará mil veces de bruces con borregos, molinos de viento y se enredará accidentalmente en las faldas de Maritornes, pero no por ello cejará hasta su lecho de muerte en alimentar sus desvaríos. Si gustamos del loco de don Quijote y su relación con su amigo Sancho es precisamente por esa síntesis necesaria que la vida nos exige. Eso nosotros que percibimos la realidad con bastante aproximación a lo que ésta pueda ser. Pero no don Quijote que tan metido está en sus aventuras que sacarlo de ella como pez en el agua con nuestra red de la racionalidad sería para ambos darles muerte.

A todo esto se me ocurre que pese a nuestras capacidades intelectuales, algunos genes específicos quizás estén asumiendo por nosotros desde el nacimiento el papel —la lotería de la genética puede ser tan variada…— de representar en la vida el rol de don Quijote o el de Sancho. A mí en esto parece haberme tocado algo del papel del loco de don Quijote. 

El distinto enfoque con que partimos me parece sumamente interesante, tú con la perspectiva del hombre maduro que tiene bien agarradas las razones de su existencia y del devenir, yo el diletante que juega, pese a mi larga también experiencia de vida, que juego a no enterarme de esa realidad porque todavía quiero seguir mamando de esa teta que me alimentó tan tempranamente en la vida. 

Que los hechos dejen de ser una anomalía sobre la que haya que posicionarse y que pasen a formar parte de la realidad que nos corresponde vivir, como escribes, es tan evidente como esa necesidad que nos movió hace un par de días de llamar a una ambulancia. La realidad en algún momento termina poniéndonos en nuestro sitio. 








viernes, 11 de septiembre de 2026

Sol de otoño

 


Hospital Montepríncipe, 11 de septiembre de 2026

Un delicioso sol de invierno entra por los ventanales de mi habitación de hospital. Buen acompañamiento para mi ánimo. Estoy a pleno sol. Me he puesto una toalla de sombrero y cuando entra alguna enfermera le digo, mira, hoy estoy en Benidorm. Quizá no sea más que eso: ponerse una toalla en la cabeza y decidir que, por un momento, aquello no es un hospital sino Benidorm. Algo parecido a lo que aprendí leyendo El Principito: que las cosas no siempre son lo que parecen, y que a veces basta con mirarlas de otra manera. Algo que hoy me sucede desde que me desperté.

Quizás, pienso, echando mano de esta magnífica herramienta que es la escritura, lo mismo arreglo una parte de mi vida echándole paciencia. Hace un momento han entrado a buscarme una vía nueva para el antibiótico y  viendo al estudiante tanteándome el brazo buscando una vena, me ha salido decirles que cuánto tiempo empleamos  en la vida en aprender; prácticamente toda la vida, me contesta Irene, la enfermera que me atiende de día. Y qué verdad es. En ello estaba hace un rato cuando tomando nota de mi transición emocional de hoy, en que parece que mi ser interior empezaba a pactar con mi cuerpo actual, que empezaba a comprender no yo, sino ese ser interior que rige los destinos de las personas, lo necesario que es que definitivamente empiece a sustituir mis expectativas de futuro, caminatas, viajes y demás. La aceptación no es rendición, me digo (qué remedio); es cambiar la estrategia para construir con “lo que va quedando”, más o menos como aquel violinista que mencioné alguna vez que habiéndosele roto una cuerda durante la ejecución de un concierto, manda parar a la orquesta para que el director vuelva a comenzar el movimiento interrumpido. Termina el concierto con una cuerda menos. Cuando finaliza el mismo, se dirige al público y dice más o menos que como la vida misma, hay que seguir tocando con lo que va quedando. A ello el auditorio, todo en pie, irrumpe con una ovación. Ahora mismito en mi teléfono acabo de ver un aviso de mi amigo Carlos Soria, el mejor ejemplo que conozco de ese “seguir tocando con lo que va quedando”. Voy a ver qué dice. Copio su guasap (con tu permiso, Carlos), porque es lo más oportuno que podía haberme llegado a las manos en este momento: ¡Grande Carlos! ¡Qué gran ejemplo el suyo a los 86 años! Aquí el texto: “Alberto, hay que seguir empujando el carro, creo que lo necesitamos, creo que es mucho mejor empujarlo junto a un amigo , pero seguir empujando, si es necesario haciendo más descansos pero SEGUIR EMPUJANDO, es mucho más agradable en compañía de un buen amigo, pero cada vez es más difícil, pero SEGUIR EMPUJANDO es absolutamente necesario para sentirnos vivos, somos gente dura que ha vivido siempre luchando por ser felices y hacer lo que más nos gusta, los años nos aprietan, pero YA APRENDIMOS A defendernos. Un fuerte abrazo”. Y necesariamente tengo que hacer una pausa en mi relato para volver a elogiar su persona y lo que su fuerza aporta a mi ánimo. Escribí docenas de veces sobre Carlos desde ya hace tiempos. Un buen escritor debería recoger su historia personal, pero no tanto sus tantas escalada en todo el mundo; debería intentar meterse dentro de él y buscar en los recovecos de su alma el desarrollo de sus pasiones, la fuerza, su profunda conexión con la Naturaleza y especialmente con las montañas, alguien que supiera indagar en el interior de su espíritu para tratar de encontrar los mecanismos que mueven su voluntad, cosas que probablemente él desconoce, cosas que suceden cuando uno no es que tenga precisamente pasiones, sino que son las pasiones las que como lapas se agarran al alma y lo llevan a uno mucho más allá de lo concebible.

En fin, continuemos con el asunto comenzando. Estaba con el verbo “aprender”. ¿Y sí, quién lo diría?, lo mucho que todavía tiene uno que aprender después de tánto bregar por la vida. Transcurrió un buen rato desde que comencé la escritura y ahora un delicioso sol de otoño entra por la ventana. Seguro que ya lo he dicho, pero no importa. No sólo me vienen a la cabeza las ideas, también las sensaciones andan por aquí envolviendo mi ánimo, el sol, la habitación, en esta ocasión una verdadera suite, el recuerdo de mi hermana, del doctor Ramos, un hombre joven empático  y competente, de Victoria, la cercanía de mis hijos; todo ello me envuelve como una acogedora nube de calor en pleno invierno.

El haberme sobrepuesto esta mañana al desánimo ha insuflado en mi una suerte de fuerza que reforzada por el recuerdo de las personas que quiero, el personal que me atiende, el amigo Carlos y el agradable entorno del hospital, están haciendo de esta jornada un bendito hito en mi camino. Las expectativas de quirófano no son halagüeñas debido a una reciente arritmia, pero esta iniciada adaptación está actuando sobre mí como un balsámico. Esa flexibilidad que estoy recuperando hacia lo que se me viene encima, responde de alguna manera a esa necesidad que invoca Carlos, Victoria, mi familia o el amigo Enrique Muñiz, que se mueven también en sus comentarios en esa línea, de asumir las circunstancias sin bajar la guardia. Gracias especiales a todos ellos debo dar porque siendo un servidor un cabezota me está costando bastante digerir la situación. En fin, se hace camino al andar.

 

 


jueves, 10 de septiembre de 2026

Una cruz sobre mi cama de hospital

 



Hospital Montepríncipe, 10 de septiembre de 2026 

Sobre mi cama de hospital pende una cruz. Cómo es, me pregunto, que con los tiempos que vivimos todavía haya creyentes en el mundo. 

No se trata de tener fe o no sino de vivirlo en tu propia piel. Yo cuando era niño lo vivía en los poros de la piel, era de comunión diaria, pero desde que me hice mayorcito aparte de tener el conocimiento del mundo que da la cultura y la experiencia, aquello de la fe se disolvió como pasa un sarampión. Ahora, y no sintiéndome muy diferente a otros humanos, lo que sospecho es que existe una tropa de interesados que de una manera u otra dirigen el mundo del pensamiento, que son los que intoxican al resto del mundo instilando en el cuerpo social una suerte de infantilismo con sus propuestas. 

La última vez que asistí a una misa, un poco sólo porque no resistí aquel teatro, se trataba de una boda, sentí tan evidente la comedia que allí se representaba, que no es que simplemente saliera de allí escapado, sino que me producía indignación la pésima obra teatral que allí tenía lugar, y no sólo por el sacerdote que la representaba, sino también por la concurrencia de tantas personas que como yo, movidas por un acto exclusivamente social seguían haciéndole el juego al sistema y a la tradición. 

Es perfectamente comprensible que en tiempos antiguos estas creencias fueran aceptadas sin más. No lo es en la actualidad si no fuera por los intereses de todo tipo tras los que se pueden esconder tantos interesados, o que viven de ello, o que alimentan la modorra intelectual en la que como niños de teta me parece que duerme una parte considerable de la población en el asunto de la trascendencia, un deseo que a nivel subconsciente debe alimentar el deseo de pervivencia. 

Existen datos que apuntan al nivel de desarrollo y cultura como causas de esta situación. En México el 68 por ciento de la población cree en otra vida después de la muerte, mientras que en Suecia esa cifra se reduce al 38 % (en España un 47%). En Méjico, o México, como le gusta escribir a mi chica, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe contemplamos hace años una fila de cientos de metros en donde enfermos y sanos de rodillas avanzaban hacia la basílica. No creo que tenga que ofender a nadie que yo contemplara aquello en gran parte con estupor atribuyéndolo a una carencia absoluta de cultura. Otro escenario es el de la peregrinación a la Meca donde 60 millones de personas peregrinan cada año. Sin embargo existen otros escenarios notables en donde caben otras explicaciones. Se me ocurre, mezclando churras con merinas, referirme a las peregrinaciones que recibe el sepulcro de Mao a lo largo del año, unos 6 millones de personas. La pregunta que salta a continuación: ¿qué necesidad humana satisface la creencia en una instancia superior? ¿Es una promesa de permanencia: Dios, la patria, la revolución, la historia, la memoria del gran líder…? Un sustituto moderno de Dios no tendría por qué ser otro dios. Puede ser una ideología, una nación, una revolución, un líder político, una raza, una clase social, incluso el progreso o la ciencia cuando se convierten en objetos de adhesión absoluta.

Desde un punto de vista darwiniano nuestro cerebro parece extraordinariamente predispuesto a encontrar agentes, intenciones y causas. Y de ahí a asirse a un ser extraordinario que lo ampare y le garantice un deseo de permanencia que la Especie ha insuflado en sus genes, va un paso, ya que la conciencia anticipada de nuestra propia desaparición es extraordinariamente difícil de soportar; y por ello la posibilidad de una vida después de la muerte ofrece una solución perfecta para las expectativas de vida. Nada se acaba, todo continua y no sólo eso, como sucede en la religión católica, sino que después de la muerte estaremos en un perfecto paraíso. Cuando éramos niños chicos nos ofrecían un pirulí de fresa cómo recompensa de algo, el catolicismo para sustituir al pirulí inventó el Paraíso.

Evidentemente, la Especie, la evolución, no necesitó haber seleccionado directamente «la creencia en una vida eterna», pudo haber seleccionado capacidades como la imaginación y la capacidad de proyectarnos hacia el futuro. La religión podría ser uno de los productos que esas capacidades hacen posible.

Mi cerebro echa humo, así que se acabó por hoy. Victoria ha venido al hospital y la tengo abandonada con mi escritura. Ciao! 



miércoles, 9 de septiembre de 2026

Cariño...

 

Hospital Montepríncipe, 9 de septiembre de 2026

Una jovencita y guapa enfermera del hospital se dirige a mí como “cariño”. Dudo que emplee esa palabra con alguien más joven o con un anciano de competencia, cultura o reconocimiento profesional. Está bien ese calor que roza un nosequé de acaso deferencia por la edad, de empatía profesional, de querer que el enfermo se sientan cómodo y bien en el hospital. Sin embargo también me recuerda el trato que recibía mi padre en la residencia de ancianos por parte de cierto personal, algo que me parecía impostado y acaso demasiado dulzón. Yo no digo que fuera improcedente porque realmente mi padre, de una cultura escasa y tan dependiente, acaso lo necesitara.

En el caso concreto de hoy, y esto es otro aspecto de la cuestión, no sabría bien a qué carta quedarme, pero en principio uno, que gusta tanto de la feminidad, lo acepta bien, sólo que tras esa breve aceptación rumorea la sensación de que uno ya tiene suficientes años, esa edad en que el hombre ha empezado a caminar con tres piernas (recordando aquella adivinanza de la Esfinge que decía ¿Qué animal camina a cuatro patas por la mañana, a dos al mediodía y a tres por la tarde?), suficientes años como para que le puedan ir tratando tratando como a un niño chico. Seguro que a la enfermera no le ha pasado por la cabeza este razonamiento, pero sí debe de ser cierto que ante un hombre de mucha edad se pueden producir dos representaciones diferentes, por una parte la de aquel hombre mayor que ha vivido una vida extraordinaria y sigue siendo intelectualmente activo, frente a otro anciano de la misma edad, digamos de la generalidad de la población, al que exclusivamente hay que cuidar. En ambos casos existe el cuidado, sin embargo en la primera representación conserva al sujeto, mientras que en la segunda tiende a convertirlo en objeto de cuidados. La expresión puede ser genuinamente afectuosa; el problema aparece cuando ese lenguaje se convierte en la forma habitual de dirigirse a las personas mayores y sustituye al reconocimiento de su individualidad. Una persona mayor con prestigio, dinero, cultura, autoridad profesional o una personalidad fuerte conserva mucho más fácilmente ante los demás su condición de «adulto». Al que carece de esas marcas sociales se le puede infantilizar mucho antes.

He presenciado más de una vez en el hospital hijos que acompañaban a sus padres de muy diferente manera. De una parte aquellos que se dirigían a sus padres con un cierto tono de, pero no ves papá qué, o con un ahora lo que que tienes que hacer es esto y lo otro. El padre se ha hecho realmente mayor y su hija intenta compensar su disminución de esta o parecidas maneras. Del otro lado están los hijos, que pese a la edad del padre o la madre, conservan un tono en su expresión y palabras en donde se observa un respeto por la edad que lo que hace es complementar únicamente una carencia puntual del anciano conservando en todo momento su capacidad de determinación y análisis de la situación que vive, bien que según las circunstancias del padre o la madre tenga que matizar en algún momento está relación. Y en este punto estimo que los hijos deberían ser muy cautos para guardar un equilibrio entre la capacidad de decisión del anciano en relación a sus necesidades reales y la natural disposición de éstos de atender a sus padres. Obviamente las circunstancias de gravedad y capacidad de decisión por parte de los padres o madres mandan. 

Hoy duermo en urgencias a la espera de que haya cama disponible. Divertida vida la mía que inauguré hace unos meses. Cada vez veo más lejos mi retorno veraniego a los Alpes; pero en fin, Dum spiro, spero. Mientras respiro, espero.»




lunes, 7 de septiembre de 2026

Qué hacer con las horas del día


7/09/2026

Paso por la situación inédita de no saber qué hacer con las horas del día que comienza. Probé a escribir, pero no pasé de un posible título. Lo que me inquieta no es ya transferible a mi blog, saturado a estas alturas de mí mismo. Por otra parte seguir hablando de mí y mi circunstancia no es que roce el aburrimiento, es que… ¿es que qué? Es realmente difícil tener en pie las motivaciones cuando estás abandonado a la casualidad de que un trombo acabe con tu vida. Se dice pronto aquello de vivir sin más el presente sin pensar demasiado en el futuro. El alma no parece funcionar así, para salir de ese remolino que la tiene estancada en alguno de los meandros de la vida, no le bastan las palabras ni los argumentos fáciles. 

Anduve esta mañana una hora y media e hice ejercicios varios nada más levantarme durante otra hora más. Es la lucha diaria por mantener el pulso a lo que como espada de Damocles pende sobre mí. En todo este embrollo que vivo posiblemente una muerte repentina sería la mejor solución; digiero mal la incertidumbre y el tener que estar pendiente de médicos, quirófanos o a que un trombo en un corazón arrítmico le dé por mandarme al otro mundo. Junto a ello pienso que el mundo es cada vez menos atractivo, el turismo, la infecta política marcada por el beneficio constantemente, la común manera de pensar cada vez más sin chicha ni limoná. 

Me queda la opción de vivir ciego a todo esto y seguir, en la medida en que mi cuerpo lo permita, haciendo la vida de siempre. Claro que las motivaciones, todo lo que pueda hacer, porque algo hay que hacer, depende levemente de cierta energía del alma que hoy apenas existe. Se necesita mucha fuerza de voluntad para emprender algo con la simple participación de una voluntad que se tambalea. Lo más divertido e inteligente a lo que puedo agarrarme en este instante es a los cuentos de Voltaire que comencé hace días.

Empujar el carro cuesta arriba… Recuerdo precisamente ahora ese carro de mi niñez que, cargado con todas las pertenencias de la familia, acarreábamos hasta la estación del tren que nos llevaría junto al río Alberche para pasar el entero verano a la orilla del río como viejos tramperos para los que los bosques, los ríos o las montañas eran su hábitat natural. Empujar el carro de la vida en esta ocasión, aunque ahora sin la energía de la niñez.  Recuerdo aquel relato de Tagore, El cartero del reyen que un niño, Amal, obligado por su enfermedad a permanecer en casa se pasaba el tiempo asomado a una ventana. Por ella veía desfilar el mundo: el vendedor de cuajada, el vigilante, la niña de las flores. Yo también tengo ahora una ventana. Y delante de ella brincan constantemente los pájaros, ahora mismo sobre los arbustos, el césped o el comedero colgado sobre el olmo cercano; siempre un  revuelo disputándose la comida que cada mañana añado a su comedero. Curiosa mi relación con los pájaros, desde hace semanas también en el pinar al que voy a descansar de mi caminata. Allí igualmente coloqué agua y comida para ellos, y aunque los vea poco cuando estoy allí me alegra comprobar cada mañana cómo han dado cuenta de la comida que les pongo. Apenas tengo últimamente relación con los hombres, son ellos, los pájaros y nuestros gatos con quien más me relaciono. 

Siempre tuve cierta prevención a usar la palabra “viejo” referida a mi persona o a algunas personas que conozco, por ejemplo Eduardo Martínez de Pisón (89 años), o Carlos Soria (86) o incluso el amigo Gustavo Catalán, del que casualmente acabo de recibir un breve comentario a mi último post (agradecido); el concepto “viejo” lo consideró siempre mi ánimo como perteneciente al ámbito de la decrepitud irremediable, sí, acaso esos viejos que no tienen nada que hacer y toman el sol en la plaza del pueblo en algún cuento de Azorín, o los ancianos que pasaban el día frente a la televisión en la residencia en que estaba mi padre. Carlos decía en una ocasión con mucho acierto que él no era viejo, que lo que pasaba era que tenía muchos años. Así que cuando miro hacia atrás estos últimos meses me digo que no me puedo haber vuelto viejo así, sin más, en medio año. Ser viejo, como decía Carlos, es una cuestión muy diferente. Me decía Eduardo en un mail de hace unas semanas que hay muchos modos de seguir siendo quien se es acoplándose a lo que va dando de sí el  cuerpo, y me lo decía él que tiene 89 años. Me lo decía además junto a un elogio que siempre le agradeceré. “Eres para mí las noches al raso en un lugar perdido de Gredos o una tormenta empapado en las Dolomitas”. Lo que me lleva, es claro, a considerar primero, que no parece razonable que seis meses después de una enfermedad grave, por el mero transcurso del tiempo, hayas entrado en otra categoría humana, la de viejo. Eduardo me invitaba entonces a no seguir negando el tiempo del cuerpo. Esto escribía: "Tocar fondo en el pozo y adaptar lo que es, sin dejar de serlo, a lo que el cuerpo puede es una prueba, mientras las fuerzas vuelven o incluso mientras no vuelven". 

La imagen de ese carro que de niño empujaba cada vez que el verano hacía una pausa en el curso escolar, quizás me sirva en este momento para recordarme aquella exclamación de Nietzsche de que todos somos burros de carga, una alusión a los trabajos que nos esperan por el solo hecho de estar vivos. Aquel niño que empujaba el carro para ir al río es, muchos años más tarde, el mismo que hoy no hace otra cosa que seguir empujando un parecido carro. Quizá todos empujamos algún carro sin saber muy bien adónde va. El nuestro llevaba nuestras pertenencias hasta el Alberche; el de ahora lleva lo que queda de nosotros cuesta arriba. Ahora algunas horas están ahí, desnudas, y te obligan a preguntarte quién eres cuando ya no puedes definirte solamente por lo que haces.


domingo, 6 de septiembre de 2026

Machado / García Calvo

 


6/09/2026 


Dos asuntos en uno: García Calvo y Antonio Machado.

Quise interesarme, para contestar a Enrique Muñiz, por García Calvo e Isabel Escudero, una pareja con una diferencia de edad similar a la de Leonor y Machado, pero no resultó. En el caso de García Calvo e Isabel ambos eran adultos y además los dos profesores de universidad. Leonor, cuando la conoció Machado tenía 13 años y, aunque se casara cuando cumplió los 15, no dejaba por eso de ser una niña, ello teniendo además en cuenta que el código civil de la época fijaba los 12 años como edad mínima para las mujeres y 14 para los hombres. De todos modos yo tenía una falsa percepción de la pareja García Calvo e Isabel. Los había visto de lejos en una de las fiestas del PC y siempre recordé a ella como una jovencita frente a un García Calvo muy mayor. Lo que me hizo valorar esa relación de otra manera colocando el atractivo de la juventud y la feminidad por delante del otro atractivo de la madurez y del pensamiento.

De todos modos discrepo con el amigo Enrique cuando carga las tintas en el aspecto improcedente del matrimonio de Machado basado en la temprana edad de Leonor sosteniendo en su comentario que la relación de Machado con Leonor, de 13 años, con 19 años de diferencia, anula el consentimiento por desigualdad y dependencia. Argumenta que su lucidez intelectual no lo exime, sino que lo hace más responsable, y que aunque denunció injusticias sociales, en lo de género reprodujo el patriarcado de su tiempo con el ideal de la musa adolescente. Creo que no es necesario encontrar que ella fuera una pequeña intelectual para que la relación fuese real y profundamente afectiva. No es algo que me parezca corriente, por supuesto, pero lo puedo comprender en una persona de gran sensibilidad. El amor es una de las más peligrosas enfermedades que existen :-).

Como García Calvo goza de toda mi admiración, pues que indagué y allá me lo encontré en pleno 15M (ver aquí) . Y era un gusto volver a escucharle y recrear una filosofía que tan cara me es. Eso no más:La democracia cuenta con la idiotez de la mayoría. La idiotez mayoritaria que rige nuestro mundo, y eso que García Calvo no conoció la era Trump ni a la señora Ayuso, ni al tal Feijóo, que si así fuere le diera un patatús.

Merece la pena volver a leer de tanto en tanto mentes tan preclaras como la de aquel viejo catedrático tan radicalmente libertario. Un pensamiento que viendo los tiempos que corren corrobora aquello que él decía de que la democracia, esta que se usa hoy en día, debía ser entendida como un mecanismo de sometimiento. Recuerdo como si fuera ayer alguno de sus artículos de entonces en contra del tren de alta velocidad, ahorrar tiempo para poder seguir produciendo, llegar antes, eliminar la distancia y convertir el viaje en un simple desplazamiento entre dos puntos. García Calvo defendía el tren convencional que conservaba algo que el tren de alta velocidad destruye: el tiempo del trayecto. El viajero podía mirar por la ventanilla, conversar con un desconocido, leer, dormir, aburrirse incluso. El viaje no era solamente el medio para llegar a destino: era parte de la experiencia. Para qué, se preguntaba, esa obsesión de ganar tiempo”. Y así tantos asuntos de nuestra modernidad que no hacen otra cosa que alimentar el sistema económico y empobrecer nuestra relación con la realidad y con nosotros mismos. 

El sosiego de los tiempos de Machado probablemente ayudaba a reflexionar sobre la realidad, cosa que ahora, siendo pasto una mayoría de una saturación producida por los medios o las redes sociales, es imposible. Para Machado una sociedad sería democrática en la medida en que sus individuos fueran capaces de pensar, vigilar y no someterse ciegamente a las ideas recibidas. A ello García Calvo, atento siempre a los mecanismos que el Poder usa con fines propios, añadiría una distinción importante, la de no someterse a las ideas que el Poder les inculca y que ellos llegan a considerar propias.