18/09/2026
Los pocos o muchos lectores que se puedan acercar a este blog deberían tener en cuenta el título que lo sustenta, que aunque siga siendo esencialmente una reflexión sobre la realidad, según pasa el tiempo el mismo va adquiriendo el tono y sabor de lo que suele ser un diario de la edad madura, una edad obviamente en que las prioridades y los intereses terminan recalando con frecuencia en el farragoso y confuso mundo de los finales de una vida. Eso visto así desde hoy, que ni mucho menos diría lo mismo hace un año cuando eufórico daba por terminada mi última travesía de los Alpes después de tres meses de caminar por Francia, Italia, Suiza y Austria. En fin…
Tuve que atender a algún asunto y cuando volví me encontré esa palabra del título sobre la pantalla del ordenador, “últimamente”. Ni idea de lo que podía seguir. Seguro que no era que últimamente me estoy enamorando, que no me vendría nada mal, que ya decía Bucay aquello de que si estás seco y carente de motivaciones que la mejor manera de salir del bache era enamorarse, cosa que a estas alturas es sumamente difícil y que de hacerlo sería un idilio imposible, que ya en mis sesenta tuve una novia que un día cuando se enfadó conmigo me llamó viejo verde. Yo valía bastante más que ella ;-), pero ella tenía la ventaja de haber nacido diez años más tarde que yo y, enfadada como estaba esgrimía la diferencia de edad como si fuera un gran mérito personal haber nacido diez años después que yo.
Últimamente la verdad es que pareciéndome que la vida está parada, suceden muchas cosas. La principal de ellas es que tantos días de hospital con sus más y sus menos, acabo de salir de mi tercera estancia en cuatro meses, terminan calando en uno hasta el punto de hacerte doblar la cerviz ante uno u otro imperativo. ¿Qué puedo hacer hoy, aparte de mirar el ir y venir de los pájaros en el comedero frente a mi ventana?, me pregunto. Y después de haberme levantado a las seis de la mañana y completado una hora de ejercicios, esa mi esperanza de volver a estar bien en algún momento, una de las pocas cosas que se me ocurren es escribir. ¿Escribir el qué? Ni idea. Tú pon una palabra en lo alto de la pantalla del ordenador, me digo, y seguro que en algún momento le salen patas y echa a andar; eso, “últimamente”.
Parece mentira, me digo, que uno pueda cambiar su concepto de la vida, sus aspiraciones, su modo de entender la realidad, en unos pocos puñeteros meses. Claro que también te puedes morir y entonces cambias de status en un plis plas. El problema es que estamos tan tan habituados a las condiciones de la vida por las que corrientemente nos movemos, que cualquier drástico cambio que se produce en ella nos deja desprevenidos y con la boca abierta como si alguien inesperadamente nos hubiera robado incomprensiblemente un pedazo de vida. No sirve de mucho darle vueltas y vueltas a estas cosas de la vida, igual que escribir y tantas cosas más, pero por lo menos alivia de la presión que la evolución instiló en nosotros de preguntarnos constantemente sobre esto o lo de más allá. Escribir impone un momento de ese silencio que necesitamos para que las aguas se vuelvan claras con el fluir del tiempo. Dejarse arrastrar por el flujo de la escritura pospone el encuentro con la realidad y, acaso también, ayuda a poner los puntos sobre las íes.
No me gusta aquel es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz, de Serrat; marcharse, dejar atrás lo conocido y seguir adelante. No somos puro aire ni hemos nacido ayer. Hemos dejado sobre tantos caminos las huellas de nuestro paso que sería injusto renunciar a la impronta que ha dejado en nosotros tantas hermosas experiencias. Hablar del futuro cuando nuestra esperanza de vida se va acortando puede parece una anacronía, pero no parece que de otra manera esté constituido nuestro cerebro. Me contaba mi amiga Marga de un hermano suyo que en su lecho de muerte no pensaba en otra cosa que en cierto proyecto en que estaba empeñado. Yo sí pienso, y mucho, en la vida que he hecho durante tanto tiempo, el mundo por montera, las montañas, la extraordinaria soledad de los recorridos alpinos, pero más que un proyecto ilusionante, como le sucedía al hermano de Marga, lo vivo como una pesadumbre, como una indómita rebelión contra el destino. Ese presente continuo en que se ha convertido la realidad a mi alrededor, no dejo de sentirlo, mal que les pese a mis achaques, como una elipsis tras la cual en algún momento podrá reestablecerse el ritmo corriente de la vida. Olvidar como una mala pesadilla estos meses para volver a la vida normal. Días atrás me mandaba Carlos Soria un guasap que no decía otra cosa que había que seguir empujando.
Bueno, no está mal, parece que al final a esa palabra de encabezamiento “últimamente” sí que le salieron patas, tánto como para poder caminar hasta completar este post.

