sábado, 13 de junio de 2026

Mi encuentro con Braulio

 


El Chorrillo, 12 de junio de 2026

  

Estaba cantado que no era yo el único apreciador de ese magnífico lugar que he empezado a visitar cada mañana. Nada más llegar pude comprobar que los pájaros ya habían dado cuenta de la manduca que les puse ayer y, los asientos, una silla de resina que estaba allí y una tumbona que llevé yo, habían cambiado ligeramente de lugar. Ya había contactado con uno de los visitantes y hoy lo sería con el segundo, Braulio. 

Al caso. Marchaba ya camino de casa cuando a mitad del recorrido me cruzó lentamente un coche. Saludé al conductor y me disponía a seguir mi paseo cuando el coche se detuvo. Me acerqué. ¿Eres Alberto?, me preguntó el conductor. ??? pero enseguida se aclaró la cosa, podía ser la persona de la que me había hablado el día anterior Tomé, pero me faltaba el perro que siempre le acompaña que me había dicho Tomé. Le estaba diciendo sí, soy yo, cuando apareció el perro tras el coche con un gazapo entre los dientes. Efectivamente, eran Braulio y su perro. 

Pues allí, en mitad del camino consumimos media hora de charla. Era admirable cómo dos personas que no se conocen y que se encuentran sin más en un solitario camino pueden llegar a pegar la hebra con esa facilidad asombrosa que tanto se parece al encuentro de dos amigos de toda la vida. Tomé le había pasado datos de nuestro encuentro de ayer, así que algo sabía de mí y mi convalecencia. 

Braulio tiene su rincón privilegiado en el pinar donde pasa ratos de meditación y tranquilo observar a las aves. Poquito, su galgo, estilizado, de pelaje oscuro con manchas claras, es su compañero inseparable., además de hacer planes para largos viajes es un amante incondicional del lugar. En su coche, me lo enseña orgulloso, lleva un artilugio, unas largas pinzas que utiliza para recoger las basuras varias con las que se encuentre, amén de un respetable contenedor donde depositarlas. Me alegro, de momento ya somos dos dispuestos a limpiar los caminos que frecuentamos, él, con mucha más decisión que yo, está incluso dispuesto a despejar el entero pinar de los montones de basura que éste ha acumulado con los años gracias a esos guarros que nunca faltan en cualquier comunidad. Ahora estoy convaleciente, pero me ofrezco a compartir el trabajo de limpieza más adelante. Le cuento de otros tiempos, cuando era maestro en el colegio de Griñón y llevaba allí a mis alumnos algunos viernes en que las tareas escolares iban muy avanzadas. Entonces el pinar estaba limpio, ocasionalmente llevábamos siempre una bolsa donde depositábamos todo aquello que desmerecía del pinar. Ahora, y de momento, el pinar es el lugar de nuestro recreo. Tomé y Braulio lo suelen visitar al atardecer, encantado me enseña Tomé algunas fotografías espectaculares de los momentos previos al crepúsculo con el telón de fondo de Gredos a lo lejos; yo de momento prefiero las horas tempranas de la mañana. Por cierto, que me dan ganas de reproducir aquí un texto de los tiempos de maestro de una de esas salidas al pinar con mis antiguos alumnos. El relato ganó un primer premio literario  

de un antiguo concurso que convocó el Ayuntamiento de Griñón. ¡Tiempos aquellos que ha logrado despertar Braulio con su charla! Más abajo lo incluyo.  

Saber ahora que el pinar tiene historia y visitantes asiduos le rescata del abandono y la desidia de los ayuntamientos responsables y le asigna la dignidad de ecosistema en donde el hombre es un integrante más del mismo. Se añade a esta idea las muchas promociones de mis alumnos que durante años visitaron el pinar como colofón de un merecido descanso tras el trabajo escolar de la semana.  

Un resquicio de luz más allá de la incertidumbre

 

El pinar donde cada mañana reposo de mi pequeña caminata. Al fondo, evidentemente, Guadarrama

El Chorrillo, 13 de junio de 2026

Ahora en mi hacer diario todo va más lento que de costumbre, con lo que mis escritos demoran en el disco duro esperando esa mano de nieve, o acaso, quién sabe, aguardando día a día a que esa rigidez que me persigue en mis movimientos y en mi pensar se suavice y termine haciéndose dúctil, optimista con el futuro, ese futuro que el amigo Enrique en su último comentario dice que no existe, pero que de un modo u otro termina condicionando nuestro ánimo a poco que te despistes. Así que, empujado por el viento de la mañana, la veleta de mis pensamientos deja a un lado un texto que había dedicado amigo Braulio, uno de los visitantes del pinar que visito cada para mañana.

Por cierto que en ese leer uno lo que escriben otros, caso mío y el de Enrique, la verdad es que echo de menos que éste deje por ahí, accesible a otros, trocitos de su experiencia y reflexión. Recuerdo que en los primeros tiempos en que empecé a publicar cosas en Internet, una de las esperanzas que tuve en mente era la de que entraba en un medio con grandes posibilidades de diálogo, de comunicación e intercambio, algo que se demostró con el tiempo como un ideal sin base práctica. Aquel “pienso, luego existo” de Descartes, acaso podría trastocarse en “escribo, luego existo”. En un mundo donde el tiempo se nos escurre de las manos constantemente, donde los tiempos para pensar, para contemplar el panorama de la vida desde un altillo, para mirar la existencia en perspectiva, son tan escasos, que imagino como un excelente medio para saber de nosotros mismos, de la vida de los demás, de la realidad en general, el coger la pluma o el ordenador a fin de ordenar nuestro pensamiento. Quien no dedica un tiempo de su hacer diario a estas cosas corre el peligro de dejarse arrastrar por el ruido de la calle, de la prensa, de los medios de comunicación en general. Tanto y tanto ruido por todos los lados, que difícil es hacerse una idea de las prioridades que deberían guiar nuestra vida personal, familiar o social.

Habla Enrique en su último comentario de ese tipo de obviedades que teniéndolas frente a las narices no logramos ver. Son como aquel sobre de la historia de Poe. Creo recordar que el protagonista del relato necesita esconder urgentemente un sobre que contiene algo que puede crearle serios problemas. Ante la urgencia de la policía aporreando la puerta de su casa este personaje coloca el sobre en el lugar más visible de su casa, la repisa sobre el hueco de la chimenea. La policía registra toda la casa sin dar con el dichoso sobre, que se encuentra durante todo el registro frente a sus narices. Así sucede con frecuencia, que tan embebidos estamos en nuestro hacer diario que fácil es perder el norte y olvidarnos de lo que es verdaderamente importante, lo obvio, lo que tenemos frente a las narices y no queremos ver. Ejemplo al canto de un maestro, de un servidor, que empleó cuarenta años de su vida en la enseñanza. Una de las cosas más desazonadoras durante esos años era tener reuniones con determinados padres a los que la obsesión por ganar dinero les perdía. Padres de hijos abandonados que no tenían tiempo para sus criaturas. Padres que durante muchos años no tuvieron la oportunidad de atender y convivir con sus hijos. Tantos asuntos tan sumamente importantes que atender…

Enrique vuelve a recordar en su comentario último aquella idea de Horacio de que sólo el presente existe, carpe diem. Atender a lo significativo, vivir el presente, se me aparece estos días especialmente atractivo más allá de los cantos de sirena de hace semanas que añoraban mis largas caminatas del verano y ponía la vista en una rápida recuperación. Ahora poco a poco me voy adaptando a mis circunstancias y el hecho de encontrar que mi caminata de esta mañana la podía hacer a un paso más ligero sin que el corazón se me pusiera a cien me dio parecida alegría de alguien que poco a poco empieza a confiar en un futuro posible. Es necesario vivir al día, pero también es cierto que es muy difícil deshacerse de la incertidumbre de lo que te espera mañana o pasado mañana.

jueves, 11 de junio de 2026

“Un soneto me manda hacer Violante… “

 


El Chorrillo Pinar de los Frailes, 11 de junio de 2026

Me dice un amigo que hace seis días que no digo ni mu, que no escribo, vamos. Existen algunas tareas que hago a diario que obedecen exclusivamente a recuperarme del “susto” de esta cuarentena última de hospital. A trancas y barrancas trato de recuperar, siempre muy despacio, el peso, perdí diez kilos, los músculos, que desaparecieron, pero sobre todo el ánimo y mi disposición a enfrentarme a una nueva realidad. No voy a contar aquí mucho del asunto. Fui el lunes al cardiólogo, me quitó el corsé que he llevado durante cuarenta días, me dio libertad para hacer una vida normal, y me dijo, casi socarronamente, que si me cansaba, que descansase, y que al rato continuara con lo que estaba haciendo. No podía recibir mejor noticia. Así que adelante con los faroles, que decía mi madre.

En esta situación hace un par de días recibí un guasap de un amigo que venía a decir eso, que me dejara de zarandajas y que volviera ya mismo a la escritura, que ciertamente no me da de comer, pero que reconozco puede ser un elemento más para mantenerme activo.

Soy consciente de que mucho de mi blablabla en este diario sólo interesa a un servidor y que bien podía guardarlo en un cuadernito como se ha hecho siempre antes del arribo de Internet. El porqué quiera compartirlo todavía no lo tengo muy claro, primero porque consideré que era una buena herramienta de reflexión, me atraía además la posibilidad de que al final del año me era muy fácil acudir a los posts y en una mañana confeccionar un libro con ellos; con el tiempo pensé que era una buena herramienta de comunicación, pero se ve que los lectores de mis posts, a excepción de uno o algún esporádico comentarista, no son muy dados a comentar. Sucedía igual cuando estaba en las redes. Raramente éstas servían para “divertirse” discutiendo asuntos. El like o el “no me gusta” son allí los reyes del mambo.

Después de haber atravesado la primera parte de este “mi incidente hospitalario” tengo la impresión de que algunas cosas están cambiando en mí. No estoy seguro de si recuperaré mis viejas ganas de escribir, por ejemplo; en realidad no estoy seguro de nada; en este momento vivo más al día de lo que he vivido nunca; me persigue, eso sí, un cierto aire de incertidumbre a la espera de que mi rehabilitación me deje en un punto donde pueda o no rehacer mis aficiones, mis pasiones de siempre.

De momento ahora cada mañana doy un paseo de tres kilómetros, despacito despacito hasta el pinar próximo a mi casa. Allí, un trozo de naturaleza extraordinario en los límites del pinar, he establecido mi lugar de recreo matinal. Llevé allí una silla tumbona, que espero no se la lleven, y allí hago el descanso de mi recorrido. Un lugar magnífico desde donde contemplo envuelta en la neblina la sierra de Gredos, y más nítidamente el entero Guadarrama. Tengo curiosidad por conocer a los visitantes del lugar, que haberlos haylos, seguro. Muestra de ello una lata con agua destinada a los pájaros, que ahora yo mismo vigilo para que no falte. A la lata con agua yo añadí ayer un platito con comida de pájaros, la misma de la que se alimentan nuestros gorriones y carboneros de nuestra parcela. Esta mañana el platito está hasta la mitad, señal de que los pájaros del pinar ya le han echado el ojo. En nuestra parcela es un espectáculo el continuo trasiego de pájaros frente a mi cabaña que vienen a dar cuenta de su apetito.

Sobre mi observatorio pajaril no es raro ver volar milanos reales y al busardo ratonero, o águila ratonera. Ayer vino a hacerme compañía uno de esos visitantes habituales del lugar que me dijo que por el pinar rondan dos corzos. Vino, se sentó a mi lado y estuvimos de charla media hora. Viene hasta aquí en coche, se sienta a la sombra, se fuma un cigarrillo, contempla un rato la mañana y después se vuelve a casa. Su conversación destilaba la vida sencilla de un padre de familia que gusta recorrer estos campos con su hijo pequeño.

Mientras hablaba con él me pasó por la cabeza el recuerdo de Trump y reflexionaba sobre lo diferente que puede ser la vida de los hombres, uno como el tal Trump  enfermo de narcisismo, poder y dinero, otros como mi acompañante de la mañana, humilde, sencillo, buen padre de familia y amante de la naturaleza. ¡Va!, lo de siempre, los que son arrastrados por las pasiones del dinero o el poder y aquellos otros que como los pajaritos que visitan el pinar sólo desean vivir en paz consigo mismos y con los demás.

En fin que me voy para casa a ver si pongo orden en nuestra parcela. Piano, piano, eso sí, que ahora en el momento en que hay una pequeña cuesta el corazón se me pone a cien.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Al borde del sendero que termina entre el perejil

 


El Chorrillo, 3 de junio de 2026

(El texto que sigue arranca de algunas reflexiones que me surgieron tras leer el comentario que Enrique Muñiz hacía a mi post de ayer. Incluyo el texto completo del mismo al final de este escrito),

En ocasiones me abruma pensar en esa inmensidad que es el mundo al margen de la razón, y me abruma porque tengo la impresión de que cuando cierro los ojos y trato de adentrarme en ese 0,0001%, que menciona Enrique Muñiz (ver su comentario a mi post anterior que incluyo al final de este texto) todo es una descomunal confusión donde es extremadamente difícil abrirse paso. Esta misma mañana sin más que yo había salido a caminar, gran esfuerzo requirió la cosa, y que a mitad de camino sentado a la sombra de un pinar que recibí una llamada telefónica de mi hija (me había despertado muy sensible y extremadamente apático) y que nada más preguntarme que qué tal estaba, se me añugó algo en la garganta y no pude contestar palabra porque una breve llantina me salió de lo más profundo. De dónde saliera esa llantina, quizás atando cabos podría averiguarlo, más o menos, pero, como escribía ayer citando a Pascal, sigue siendo cierto que el corazón tiene razones que la razón no conoce.

Habituados que estamos a pensar que “todo” lo podemos expresar mediante palabras, como si éstas fueran la panacea del ángel iluminado de la razón; tan seguros estamos que, pobres de nosotros, andamos a cada paso simplificando la vida a unos extremos quasi de mentalidad infantil. Niños somos jugando a las guerras, matándonos unos a otros, haciendo política o teniendo todo el santo día la vista puesta en las subidas o bajadas de los valores en Bolsa.

Impresiones, no más, acaso, derivadas de un estado de conciencia a su vez fermentado por los catalizadores de mis circunstancias. Hablamos, discutimos sobre lo humano o lo divino, estamos seguros de un cerro de cosas, pero cuando entramos en crisis pareciera que el orden de prioridades de nuestros intereses interiores personales se trastocara sustancialmente al punto de invertir nuestra percepción de la realidad y la consideración que ésta pueda merecernos. Intentaré explicarme. Percibimos, pensamos, deseamos en el contexto del momento presente. Sin embargo, cuando se produce una quiebra en ese presente que vivimos, una tormenta en alta mar alrededor de nuestra cáscara de nuez, evidentemente cambiamos de registro; al que se le empieza a quemar la casa abandona de inmediato su programa de televisión favorito y se sumerge en “otro mundo”. Quizás sea ese “otro mundo” en donde en definitiva el camino termina entre el perejil, como insinúa un haiku japonés, al borde de él, donde estos dos mundos se encuentran, aquel de la razón y ese otro de la intuición, ese en el que todo afán de “comprender” se da de narices con la pura realidad de la complejidad del existir.

Bien; salido “del susto existencial”, tu mejor amigo se muere, tú mismo sales del pozo de un oscuro quirófano, el sujeto ya no retorna indemne a su ocupación anterior, sino que ahora lleva consigo una especie de recolocación mental que puede inducirle a cambiar el modo de entender la vida, de manera que lo que ayer ocupaba un primer plano en su mente pase a ocupar un puesto a la cola.

Volviendo al texto de Muñiz, escribe éste al final del mismo que “el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”. Yo, hace días, en un estado de semiinconsciencia a las puertas del sueño, creí encontrarme en las cercanías de alguna pequeña verdad que me aseguraba que sólo existen dos verdades, dos realidades; por una parte la realidad del mundo físico, esa realidad biológica que menciona Enrique del 99,99% a la que tenemos acceso a través del conocimiento, y por otra la realidad personal, acaso más importante que aquella otra donde un complejísimo mundo, conciencia, memoria, voluntad, pasiones, donde la capacidad de pensar y la intuición se adentran tanteando con el extremo de su bastón de ciego, significados, concatenaciones, quizás usando como indica Enrique “la consciencia a modo de fina capa superficial que flotara sobre un océano de -él dice procesos automáticos e inaccesibles- y que yo llamaría acaso simplemente inconsciente.

Me resulta muy difícil continuar. Es como estar en la boca de una cueva donde ya a pocos metros de la entrada la oscuridad es absoluta. Intuyes, quieres arrancar algo de sustancia a tu condición de ser, pero todo se disuelve en una impenetrable niebla. Tierra fértil indudablemente pero que no exige razonamientos, sino estados de conciencia que como tierra recién sembrada necesita de la humedad necesaria para que “algo” germine en ella.

 

Comentario de Enrique:

“Sócrates decía "solo sé que no sé nada", y el socarrón le respondía: "¿y cómo lo sabes?".

El bueno de Sócrates funcionaba, a mi parecer, por el principio del empirismo, con lo que, según mi criterio, tenía toda la razón; el que andaba falto de ella era el socarrón. La memoria sensorial (inconsciente y automática) ocupa el 99,9999% de nuestro almacén, mientras que la memoria explícita ocupa el 0,0001%. Con estos datos, Sócrates tenía una base científica perfecta para decir que no sabía nada.

La lógica de Sócrates es aplastante: no tenemos acceso voluntario a ese almacén gigante; no podemos leer los archivos de la memoria sensorial a menos que el cerebro decida filtrar algo hacia la atención consciente. Por lo tanto, cuando Sócrates dice "yo (mi mente consciente) solo sé que no sé nada", está describiendo una realidad biológica: la consciencia es solo una fina capa superficial flotando sobre un océano de procesos automáticos e inaccesibles.

El comentario de "¿cómo sabes que no sabes nada?" comete el error de meter todo en el mismo saco; es un juego de palabras lingüístico, pero una falacia cognitiva. El socarrón asume que "saber" es un interruptor de encendido y apagado (o sabes todo o no sabes nada). Sócrates, mediante la observación de los límites humanos, se da cuenta de la asimetría: lo poco que la mente humana puede asegurar con certeza lógica y consciente es ridículo en comparación con la inmensidad de la realidad. Su afirmación no es un fallo lógico; es un diagnóstico honesto de las limitaciones del pensamiento consciente.

Este argumento demuestra que el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”.

 

 


domingo, 31 de mayo de 2026

Blablablabla...


 

31 de mayo de 2026

Hoy, que en un par de ocasiones se me saltaron las lágrimas y rompí a llorar, creo que en mi entendimiento se hizo una pequeña luz que después fue acompañada por esa sensación de que una gran parte de lo que hablamos, ayer con algunos X, es puro blablablabla. Que hablamos y hablamos, a veces intentando abrirnos paso en la oscuridad; otras simple parloteo; vamos, que lo que hablamos tiene que ver sucintamente con la realidad, que cuando nos quedamos solos, o simplemente cuando las emociones se arrebolan en torno a determinadas circunstancias incluso hasta las lágrimas, es entonces la pura realidad. La frivolidad con la que ayer decíamos aceptar, llegado el caso, nuestra despedida de la vida, hoy me parece francamente indecorosa, puro blablablabla…

La vida auténtica, la que importa, vive alejada del ruido exterior; sin embargo nosotros, homo sapiens sapiens, así nos definimos, racionales, capaces de entender a los otros, a nosotros mismos, a toda la realidad si se tercia, es pura fantasía que el hombre moderno ha adoptado como impoluta verdad. Mentira. Recordemos humildemente aquella idea que Platón atribuye a Sócrates de que sólo sé que no sé nada, a lo que alguien socarronamente podría respondernos que ¿cómo sabes entonces que sabes eso? Podría parecer una pura especulación teórica, pero para mí que tiene mucho de verdad. Si empezamos a tirar del hilo de cualquier asunto de mediana profundidad con el ánimo de aclararnos, al cabo de un muy poco ya tenemos en las manos un fenomenal embrollo en donde se cruzan múltiples asuntos y donde perder el hilo es lo más probable que nos pueda suceder, una descomunal cueva del Minotauro con sus mil fragmentaciones y pasillos se abre en la oscuridad ante nosotros. Lo escurridizo y la complejidad de lo que somos, nuestra inteligencia, cualquier pensamiento más allá de la fe del carbonero, nos obliga a levantar torres de Babel con las que sirviéndonos de sucedáneo dar contento a nuestra sed de conocimiento.

Explícate, tío, explícate.  ¡Imposible! Entre las verdades de nuestra racionalidad occidental y una parte notable de la cultura oriental basada más bien en la intuición, la meditación como fuentes de aproximación a la comprensión de la realidad, etc., existe un abismo que a veces puede ser infranqueable. Puentes entre ambos haylos, naturalmente; Pascal, por ejemplo, cuando escribe que “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Pecado sería querer generalizar; no es mi intención. Cualquier plato apetitoso suele gozar de la presencia de elementos culinarios distintos, aparte que en el cuerpo de unas pocas líneas de un post sería inútil meter lo que mínimamente pasa por la cabeza de uno.

Empecé con estas líneas ayer. Mi impresión cuando las comencé era un barullo de asuntos importantes que me sentía incapaz de ordenar. Hubiera necesitado la ayuda del amigo Muñiz, él siempre tan preclaro, para llegar medianamente con mi barquichuela a la cercanía de la añorada playa. Ahora, teniendo muy en cuenta que las circunstancias cuentan, no aquellas de Ortega sino las circunstancias capaces de esclarecer la comprensión de la vida, y una enfermedad grave considero que es una buena plataforma para estas cosas (Y aquí abandoné mis razonamientos, que retomo un día después). Decía que teniendo en cuenta mis circunstancias inmediatamente anteriores o presentes, desde ellas, o con su acompañamiento, se me hace que las escurridizas verdades son mucho más elusivas de lo que a primera vista puedan parecer.

Eso que llamamos realidad, y la relativa importancia de la misma, suele ser bastante diferente según el estado en que te encuentres. Así una estadía en un hospital con la incierta percepción de que te caiga el gordo de no despertar, digamos como es el caso en una operación de endocarditis, que las estadísticas sitúan en un treinta por ciento de los casos, es diametralmente diferente, al menos para el que habla -muchas veces desde el blablabla- del de una persona sana que despierta de una apacible siesta bajo la sombra de un olivo. Digo más, existen situaciones en la vida, muchas veces relacionadas con la  pérdida o no del ser, que son determinantes para nuestra capacidad de acercarnos a la realidad que somos. Así, esas lágrimas que pueden resbalar por tus mejillas en momentos importantes de la vida, son la pura verdad. ¿Lo otro? Ganga. Nuestra parte de mena aparece como un animal tímido, la impudicia le asusta, le alarma y entonces no le surge otro deseo que esconderse tímidamente en el rincón más alejado, allá donde no pueda llegar el ruido del mundo. El ruido del mundo y tú son cosas diferentes; el mundo va a su bola y el individuo que no quiere rodar como bola de nieve por la pendiente que éste le marca, tiene que defenderse de ese ruido, dejarlo a un lado para intentar escucharse a sí mismo lo más nítidamente posible. Contraer una grave enfermedad, que se te muera un ser muy querido, o como al protagonista de El sabor de las cerezas (Kiarostami, 1997) vuelvas a encontrar el sabor de la vida en el sabor de una fruta, a veces puede ayudar a comprender más allá del blablabla esa otra realidad de lo que somos.

Notar, por ejemplo, que de golpe has envejecido diez o quince años, creo que es una buena oportunidad para llevar un poco de luz a nuestro conocimiento. Quizás todo esto que escribo hoy no sea otra cosas que una mierda pinchada en un palo. Quizás…


lunes, 25 de mayo de 2026

Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí

25 de mayo de 2026

¿Cómo era aquello? “Puedo escribir los versos más tristes esta noche, por ejemplo…”

Algo asíe sucede a mí esta noche. Me adormecí triste como no lo había estado desde hace tiempo y cuando desperté el dinosaurio seguía ahí. Y me miraba también él con ojos tristes y alicaídos. Hay tristezas que son como líquido derramado sobre el alma. Ésta, de tanto sentir su propia pena, se va hundiendo poco a poco entre las médula del ser dejando éste ahíto de melancolía y pesar. No, no se trata de asuntos de amores, tristeza por amigos irrecuperables, tristeza del alma, esas cosas que en el mundo de hoy, tan avanzado, tan rodeado de estímulos por todas partes, desecharía como basura sentimental. Lo práctico, el dinero, lo útil, lo que te ayuda a trepar en la sociedad, ha absorbido hasta el tuétano cualquier atisbo de vida en la que el individuo pueda encontrarse consigo mismo y su mundo interior. Exagero, lo sé. Pero al menos eso parece cuando abres el periódico de cualquier parte del mundo, cuando observas el trajín de la gente o a esos pasajeros del Cercanías que vuelven a casa rotos por el cansancio, insensibilizados a cualquier sutileza mental que haya querido rozar su mente.

Sí, una vez tuve un amigo y estos días lo echo de menos. Un día se despidió y no quiso saber más de mí. Le echo de menos. Tuve una novia en la edad tardía que también desapareció y no volví a saber nada de ella. También la echo de menos. Hoy departimos largamente mi cuñado Raúl, Victoria y yo sobre montones de asuntos relacionados con la mente, la conciencia, los sentimientos. Imposible encontrar un hilo conductor, algo que nos llevara a comprender la realidad un poco, sólo un poquito. Nada, ni él desde la barrera del pensamiento occidental, ni yo acudiendo a la cultura oriental, éramos capaces de sacar algo en claro. La realidad y el modo cómo el cerebro trata de atraparla como si fuera una trucha bajo el agua, eran herramientas inútiles. La afirmación de “sólo sé que no sé nada”, atribuida a Sócrates a través de Platón, se acerca bastante a esta sensación de confusión con la que solemos percibir el mundo y su realidad. El único modo de percibir la realidad con un poco de cohesión pasa por conseguir un vacío en la mente capaz de ponerte en  comunión con eso que llamamos el Todo. Eso o subirte a una montaña y pasar allí la noche a contemplar el firmamento :-) . Si le digo esto a mi cuñado con el que conversé esta tarde, seguro que habría pensado que me falta algún tornillo.

Toc, Toc… y entra la enfermera a retirarme la bandeja de la cena, de la que me había olvidado totalmente. Así que me voy a cenar.

domingo, 24 de mayo de 2026

Un fuego que hay que encender


Hospital de Montepríncipe, 24 de mayo

No recuerdo en mucho tiempo un desayuno tan plácido como el de hoy, acaso cierta mañanas de viaje por China, una mañana en  algún vivac de Pirineos o Gredos. Eso o algo parecido, a lo que los cristianos llaman paz de espíritu. Me desperté así sin más. Mi ánimo no necesitaba las muletas del tiempo o del espacio para empezar a caminar por la mañana. Entendí que algo se estaba gestando en mí. Tenía la rara sensación de estar atravesando el Rubicón, un paso adelante y volvería a encontrarme en tierra de nadie, una sensación que desconocía desde mi primera juventud.

Cuando ingresé en el hospital recuerdo que pasar allí unos días y después salir pitando hacia mi vida corriente, digamos que era una realidad asumida. Hoy no lo veo tan claro después de más de un mes de hospital. Un cuerpo de 78 años no soporta igual una grave operación que uno de 30 ó 40; en el primero caso la vida se lleva consigo una buena parte del elo vital; en la tradición chiná sería el qi (氣), la fuerza vital que anima todos los seres y circula por el cuerpo y el universo. No es exactamente “alma” ni simplemente “energía física”, sino un principio vital intermedio entre materia, respiración, ánimo y movimiento.

Pues bien, quizás mis sensaciones apuntan a la pérdida poco a poco de ese elo, como si las enfermedades, especialmente en la edad madura, fueran minando ese elo vital, sólo que en casos como éste, el tránsito puede ser realmente violento. Presiento que uno no envejece siguiendo una línea continua, sino todo lo contrario, a trompicones y con la posibilidad de que en uno de esos trompicones te vayas definitivamente.

Victoria y Lucía habían gestionado en el Ayuntamiento estos días un servicio de limpieza para nuestra casa para cuando regrese. La verdad es que me sentó mal, sentí como si de golpe así de bóbilis bóbilis me asjudicaran una falta de autonomía que yo no sentía, algo así como si alguien me estuviera condenando a criar malvas en una silla de ruedas. Mi sentimiento de autosuficiencia o algún gusano de semejante jaez debieron considerar que eso era para gente muy disminuida. Hoy me desperté con tal ligereza de alma que apenas me costó cambiar de opinión. Me dije, un trabajo menos que hacer en casa, es decir, tiempo que podría dedicar a leer, escribir, pasear o a ejercer de hortelano.

No, no se puede decir de esta agua no beberé porque al poco rato viene el flautista del tiempo, roza con su melodía alguna cuerda sensible y ya tu espíritu está bailando una milonga con otra idea. Así de poco fiable puede llegar a ser tu ánimo

En un momento piensas que lo mejor es marcharte, ya has vivido bastante, a tu gusto, con intensidad y por tanto a otra cosa, mariposa, pero luego aparece, como sucedió anoche que Marga me envió un guasap de Serrat, y su voz cálida de 82 años y que vive la vejez con una placidez que el destino y su vida han preparado expresamente para él, te entran por el corazón como un canto a la vida. Y sí, ahí está Plutarco para seguir indicado el camino: Plutarco: “La mente no es un vaso que hay que llenar, sino un fuego que hay que encender”. ¡Qué hermoso suena esto! Fuegos, acaso ahora más livianos, con los que seguir alimentando la existencia.