31
de mayo de 2026
Hoy,
que en un par de ocasiones se me saltaron las lágrimas y rompí a llorar, creo
que en mi entendimiento se hizo una pequeña luz que después fue acompañada por
esa sensación de que una gran parte de lo que hablamos, ayer con algunos X, es
puro blablablabla. Que hablamos y hablamos, a veces intentando abrirnos paso en
la oscuridad; otras simple parloteo; vamos, que lo que hablamos tiene que ver sucintamente
con la realidad, que cuando nos quedamos solos, o simplemente cuando las
emociones se arrebolan en torno a determinadas circunstancias incluso hasta las
lágrimas, es entonces la pura realidad. La frivolidad con la que ayer decíamos
aceptar, llegado el caso, nuestra despedida de la vida, hoy me parece
francamente indecorosa, puro blablablabla…
La
vida auténtica, la que importa, vive alejada del ruido exterior; sin embargo
nosotros, homo sapiens sapiens, así
nos definimos, racionales, capaces de entender a los otros, a nosotros mismos,
a toda la realidad si se tercia, es pura fantasía que el hombre moderno ha
adoptado como impoluta verdad. Mentira. Recordemos humildemente aquella idea
que Platón atribuye a Sócrates de que sólo sé que no sé nada, a lo que alguien
socarronamente podría respondernos que ¿cómo sabes entonces que sabes eso?
Podría parecer una pura especulación teórica, pero para mí que tiene mucho de
verdad. Si empezamos a tirar del hilo de cualquier asunto de mediana
profundidad con el ánimo de aclararnos, al cabo de un muy poco ya tenemos en
las manos un fenomenal embrollo en donde se cruzan múltiples asuntos y donde
perder el hilo es lo más probable que nos pueda suceder, una descomunal cueva
del Minotauro con sus mil fragmentaciones y pasillos se abre en la oscuridad
ante nosotros. Lo escurridizo y la complejidad de lo que somos, nuestra
inteligencia, cualquier pensamiento más allá de la fe del carbonero, nos obliga
a levantar torres de Babel con las que sirviéndonos de sucedáneo dar contento a
nuestra sed de conocimiento.
Explícate,
tío, explícate. ¡Imposible! Entre las verdades de nuestra racionalidad occidental
y una parte notable de la cultura oriental basada más bien en la intuición, la
meditación como fuentes de aproximación a la comprensión de la realidad, etc.,
existe un abismo que a veces puede ser infranqueable. Puentes entre ambos haylos,
naturalmente; Pascal, por ejemplo, cuando escribe que “El corazón tiene razones
que la razón no conoce”. Pecado sería querer generalizar; no es mi intención.
Cualquier plato apetitoso suele gozar de la presencia de elementos culinarios
distintos, aparte que en el cuerpo de unas pocas líneas de un post sería inútil
meter lo que mínimamente pasa por la cabeza de uno.
Empecé
con estas líneas ayer. Mi impresión cuando las comencé era un barullo de asuntos
importantes que me sentía incapaz de ordenar. Hubiera necesitado la ayuda del
amigo Muñiz, él siempre tan preclaro, para llegar medianamente con mi
barquichuela a la cercanía de la añorada playa. Ahora, teniendo muy en cuenta
que las circunstancias cuentan, no aquellas de Ortega sino las circunstancias
capaces de esclarecer la comprensión de la vida, y una enfermedad grave
considero que es una buena plataforma para estas cosas (Y aquí abandoné mis
razonamientos, que retomo un día después). Decía que teniendo en cuenta mis
circunstancias inmediatamente anteriores o presentes, desde ellas, o con su
acompañamiento, se me hace que las escurridizas verdades son mucho más elusivas
de lo que a primera vista puedan parecer.
Eso
que llamamos realidad, y la relativa importancia de la misma, suele ser
bastante diferente según el estado en que te encuentres. Así una estadía en un
hospital con la incierta percepción de que te caiga el gordo de no despertar,
digamos como es el caso en una operación de endocarditis, que las estadísticas
sitúan en un treinta por ciento de los casos, es diametralmente diferente, al
menos para el que habla -muchas veces desde el blablabla- del de una persona
sana que despierta de una apacible siesta bajo la sombra de un olivo. Digo más,
existen situaciones en la vida, muchas veces relacionadas con la pérdida o no del ser, que son determinantes
para nuestra capacidad de acercarnos a la realidad que somos. Así, esas
lágrimas que pueden resbalar por tus mejillas en momentos importantes de la
vida, son la pura verdad. ¿Lo otro? Ganga. Nuestra parte de mena aparece como
un animal tímido, la impudicia le asusta, le alarma y entonces no le surge otro
deseo que esconderse tímidamente en el rincón más alejado, allá donde no pueda
llegar el ruido del mundo. El ruido del mundo y tú son cosas diferentes; el
mundo va a su bola y el individuo que no quiere rodar como bola de nieve por la
pendiente que éste le marca, tiene que defenderse de ese ruido, dejarlo a un
lado para intentar escucharse a sí mismo lo más nítidamente posible. Contraer
una grave enfermedad, que se te muera un ser muy querido, o como al
protagonista de El sabor de las cerezas (Kiarostami,
1997) vuelvas a encontrar el sabor de la vida en el sabor de una fruta, a veces
puede ayudar a comprender más allá del blablabla esa otra realidad de lo que
somos.
Notar,
por ejemplo, que de golpe has envejecido diez o quince años, creo que es una
buena oportunidad para llevar un poco de luz a nuestro conocimiento. Quizás
todo esto que escribo hoy no sea otra cosas que una mierda pinchada en un palo.
Quizás…

