martes, 20 de febrero de 2024

El erotismo de la expectativa

 


El Chorrillo, 21 de febrero de 2024

Esta tarde un amigo me ofrece unos pies de gato que tiene de más. Aunque vive lejos se ha olido por donde andan mis pensamientos después de oírme merodear por aquí y por allá en torno a la fruta prohibida del Paraíso. Fruta prohibida por la edad, por el enmohecimiento de los hábitos, por la rigidez de los músculos y los huesos que los años nos van regalando. Volver a los diecisiete después de vivir un siglo… ¿Será una locura querer volver a los diecisiete? Escucho a Violeta Parra, miro el fuego de la chimenea, recuerdo a unos pocos amigos días atrás que parecían vivir en los diecisiete mientras yo los oía desde los largos setenta. El más joven de los diecisiete tenía ochenta y cinco, así que por ahí ando yo pensándomelo, con ganas de volver también a los diecisiete porque las cosas se van enredando enredando, como en el muro en la yedra y va brotando y brotando… Los pies de gato en cuestión eran tres números más grandes que mi talla, así que descartado, tanto o más como los que me prestó Toti en una ocasión que eran tres números menos y me dejaron las uñas turulatas después de tres o cuatro largos. El caso es que tener tan cerca a estos amigos del lío, de las piedras, de los rocódromos, incluso de las lejanas montañas del Nepal, tiene la culpa de que a mí se me solivianten las neuronas y empiece a oír cantos de sirena por todas partes. Le decía a Jose que lo que me sucede tiene cierto sabor a erotismo imposible. Y sigue cantando Violeta Parra… De par en par la ventana se abrió como por encanto. Y yo miro a través de la ventana y pienso que nunca hasta hace unos días se me hubiera ocurrido  pensar volver a escalar o ir a un rocódromo, ni que ello pudiera tener algo que ver con el erotismo.

Leo por ahí que el erotismo se caracteriza por explorar y expresar la pasión, el deseo y la atracción física entre personas de manera sugerente, sensual y a menudo romántica. El erotismo busca estimular los sentidos y la imaginación. La montaña, escalar piedras, abrir las piernas y contemplar el vacío allá abajo mientras las chovas revolotean en las alturas, o si se quiere el sucedáneo de trepar en un rocódromo, para mí que tiene mucho que ver con el erotismo. Más en mi caso cuando entreveo, imagino, qué habrá más allá del dobladillo de la falda que sería aparecer un día por un rocódromo, o acaso atender a la invitación de algún amigo que me invita a calzarme esos dichosos pies de gato a pie de alguna vía. 

Esta gentecilla con motón de tacos a la espalda que no para y que sueña incluso con algún ochomil me trae frito, de verdad. No es que quiera hacer lo que hacen ellos exactamente, o acaso algo, sí, es que el perfume, como aquel que pueda desprenderse de un atractivo escote, de volver a los diecisiete, sólo un poco, a las andadas, es enormemente atractivo, te lo hace enormemente atractivo cuando te codeas con ciertos amigos que siguen poniéndose el mundo por montera.

Al asunto. El erotismo en un sentido algo más amplio del usual constituye una de las manifestaciones del ser humano más dignas de ser apreciadas; entrever, imaginar, llamar a las puertas de la fantasía, son siempre la promesa de la felicidad. Pedro Mateo el otro día en una de sus entradas decía hiperbólicamente, gracias, Pedro, por el piropo, que atravesar la puerta de El Chorrillo, te hace inmortal, y lo que me digo yo, cuando doy cuerda a mi fantasía y pienso en ir al rocódromo y acaso hacer alguna pequeña escalada, en que seguro que de inmortal nada, pero sí probablemente un poco más dichoso. No en vano lleva uno en el alma el estigma del tiempo pegado en el trasero, si bien los ochenta y cinco de Carlos sean siempre un antídoto contra ese tiempo. Así que pese a todo casi me atrevo a soñar, y sueño, sí, como en el mejor de mis sueños eróticos, con atravesar las puertas de la fantasía y, como adolescente ensoñando con una compañera del instituto, me dejo llevar, me dejo llevar.

 


¿Falta mucho?

 


El Chorrillo, 20 de febrero de 2024

¿Quiénes entre los de nuestra generación y la anterior habiendo vivido durante décadas bajo el influjo de podría afirmar que no tiene en sí grandes coletazos de represión sexual? En esto venía pensando cuando bajaba desde collado de camino del Tolmo días atrás. En el collado, y después más abajo, me había cruzado con algún grupo de jóvenes y jóvenas y me parecía tan bonita esa relación que mantenían, las bromas, los comentarios sobre el “falta mucho?”, la alegría que llevaban encima, que se me hacía difícil entender que las relaciones de unos y otras pudieran estar siempre  contaminadas por corrientes de pensamiento, religiones o convenciones sociales. Usted puede mantener con los otros u otras todas la relaciones que quiera, pero ¡ojo!, hay límites (claro, como en todas las cosas, pero…). Y recordaba cierta ocasión atravesando los Alpes en que emboscado en la región de Val Grande, unas montañas de intrincada complejidad sin apenas senderos, me sentí atraído por las voces lejanas de jóvenes y jóvenas que parecían estaban disfrutando en aquel lugar como si fuera el Paraíso Terrenal. Me acerqué, no mucho para no romper la espontaneidad de la escena, pero lo que vi parecía salido de una leyenda de ninfas y ondinas. Se trataba de un grupo de jóvenes y chicas, todos desnudos, que jugaban alborozados en el río lanzándose una pelota unos a otros. Aquella escena, su alegría, su espontaneidad, su falta de rubor, su naturalidad, me enseñó una verdad mucho más ajustada a nuestra condición humana que cualquier otro discurso recibido de la historia de las relaciones entre hombre y mujer en cualquier tiempo.

Bajando del collado, a la altura del Hueso, me tuve que detener en el estrecho sendero de descenso densamente poblado por las jaras para dar paso a otros grupos. Mientras saludaba y recibía los buenos días de rigor me fijé especialmente en los rostros de los que pasaban junto a mí e intentaba situarlos en un ambiente en donde la sociedad no hubiera puesto desde la niñez cinturones de castidad en nuestras mentes.

Era una situación curiosa. Habría sido un gustazo, cuando un grupo me paró para preguntarme de dónde salía el sendero que llevaba al Yelmo y a , haberles propuesto un pequeño descanso para plantearles los interrogantes que iban y venían por mi cabeza en aquel momento. Es cierto que con frecuencia vamos a piñón fijo por la vida. Las cosas, las ideas, las convenciones, los usos, nos vienen dados y con ellos tiramos para adelante; así hasta que en algún momento nos paramos y de repente empezamos a preguntarnos por qué esto o por qué aquello. Esta clase de divertimento es el que asalta con cierta frecuencia al caminante solitario, al vagabundo que en los veranos que apenas se lava y vaga por valles y monte sumido en sus propios pensamientos. La soledad es un auténtico regalo en ocasiones. Uno no molesta a nadie, no incordia y mientras sube, baja, toma el sol o contempla las estrellas tras una larga marcha, los asuntos de la vida van y vienen como nubes de verano atravesando el cielo.

En esto estaba cuando recordé eso que no es raro oír en boca de mujeres, especialmente si son mayores, de que los hombres siempre están pensando en lo mismo. Un acaso quizás en que a lo mejor hay algo de verdad, pero que si lo es en absoluto debería imputárselo a los hombres, sino a algún hada madrina o a la muy amantísima naturaleza que les hizo así. De hecho imputar al todo, lo que puede ser de una parte, y ello tanto serviría si uno es mujer u hombre, lo que hace es servirnos algún pormenor de la libido de quien expresa tal opinión. Pero bueno, matiz aquí matiz allá sobre la diferencia de cómo les funciona el cuerpo a ellos o a ellas… pues eso, etcétera.

El caso es que sé de gente que sigue su propio camino, no sin ciertas molestias provocadas siempre por quienes viven a piñón fijo desde la cuna al ataúd, y que no se resquebraja el mundo por ello. Lo que demuestra que sí se puede vivir sin tabúes sexuales a cuestas fuera de los límites que imponen los hábitos y las costumbres. Vivir sin más de acuerdo a nuestra naturaleza, que ni mucho menos es un valle de lágrimas, sino la posibilidad de convertirla en un fértil hervidero de alegrías y placeres. Viniendo como venimos de una tradición tan macabra como , represora de todo lo que puede ser motivo de gozo, no es raro que estemos donde estamos.

El otro día, que me desperté con el sol en los ojos, allá sobre la laguna de Manzanares el sol ya había subido un palmo, que saqué medio cuerpo fuera del saco y hacía un tiempo primaveral como para estar en mangas de camisa, se me ocurría que seguramente la sociedad no tendrá tiempo ya de cambiar lo suficiente como para que las relaciones entre hombres y mujeres sean del todo libres y naturales. Hace un par de año por estas mismas fechas había dormido en la cumbre de y la temperatura había alcanzado cerca de los veinte grados bajo cero aquella noche. Pensaba en el próximo verano y ya me lo empezaba a imaginar como el final de los tiempos. Date, me decía, si no te espabilas y no aprovechas lo que te queda de vida o lo que el cambio climático pueda traernos, apañao vas. Pues así con estas y otras cosas.

Ay, qué penita ir perdiendo tantos trenes en la vida. Pobres sapiens que somos incapaces de crearnoa un entorno lo suficientemente amoroso, placentero, natural y que por el contrario tan bien se nos da fabricar armas para matarnos unos a otros. Y mientras tanto los placeres que la vida nos ofrece en bandeja, no, no, porque eso no es decente. Lo dice la costumbre, lo dice de los pederastas, lo dicen los vecinos del pueblo…

¿Falta mucho para que el mundo cambie un poco?¿Falta mucho?, que decían aquellos camino del collado de , y tanto, una eternidad.

lunes, 19 de febrero de 2024

Bacalao a la vizcaína

 


El Chorrillo, 19 de febrero de 2024

Cuando releo alguno de los diálogos de Platón siempre miro con gusto el ambiente que el autor recrea en su escritura, amigos que se reúnen, comen juntos, conversan o cuentan historias mientras desgranando cosas de la vida, degustan una copa de vino. En medio de aquellas conversaciones los asuntos pasan de unos a otros sin apenas transición, como en las nubes el cambio de sus formas y contenido pasan de uno a otro sujeto con la liviandad con la que el viento las arrastra sin rumbo fijo. En ellos aparece acaso Diotima cuando se habla de amor, acaso alguien reprocha a Sócrates determinados amores, incluso hablan de política apuntando a la posibilidad de la perfectabilidad de la organización de la cosa común, o salen a relucir las bondades o maldades de los dioses.



Ayer, jornada de compartir entre amigos un rato de conversación, un día en que el tibio sol de invierno invitaba a comer y departir junto al estanque de los peces, sucedía que entre la ensalada, una especialidad que Carlos domina tanto como cualquiera de los artilugios de escalada, el bacalao a la vizcaína o las delicias de las fresas de Pedro Mateo o la ensaimada de Mar y Pedro Nicolás, entre las cosas del yantar, los temas iban y venían a su aire de manera tal que me llevaban a recordar otras muchas circunstancias en que el placer de conversar y estar junto a otros amigos habían quedado en mi memoria como esos gratos regalos del pasado que nos hacemos a nosotros mismos cuando paramos los relojes y el placer consiste en tomar el sol y estar en donde estás.

Por la noche, ya despedidos a nuestros amigos con el sol del atardecer dorando las lejanas cumbres de Gredos, de la Paramera, la sierra del Valle allá por poniente, recordaba la de veces que había imaginado situaciones similares, recuerdos de años de juventud en que reunidos amigos alrededor del fuego de una chimenea la conversación podría prolongarse hasta las horas del alba; cuando éramos jóvenes y el tiempo no existía y conversar era como saborear una copa de buen vino, cuando en la penumbra de la habitación los rostros apenas salían de las sombras iluminados por las llamas de la chimenea, cuando en algún momento alguien recitaba unos versos o se producía un breve silencio mientras las musas revoloteaban en la oscuridad, se escuchaba fuera el susurro del viento o alguien un rato después recuperaba una guitarra de un rincón; o entonábamos, quién sabe, alguna vieja canción de montaña sacada del repertorio del coro italiano de

Amar esos instantes en que la vida corre de boca en boca.

O cuando las palabras se hacían susurros y a alguno a las tres o las cuatro de la madrugada se le ocurría proponer hacer una queimada; y entonces eran las meigas las que al calor de una fuente de barro, donde las llamas azuladas del orujo y el fuerte olor a café recreaban el misterio de un mundo, las que danzaban por la oscuridad de la habitación convocando a los espíritus asociados a la felicidad y la alegría. ¿Existirán realmente dioses asociados a la felicidad y la amistad que velan por los hombres y su bienestar? No lo sé… y se me ocurre preguntárselo al ChatGPT y éste me dice que sí, algunos, Hathor, la diosa egipcia asociada a la alegría, la música y el amor; Euterpe en la Grecia  clásica, Hotei, el buda sonriente en Japón; Fu, una diosa china. Y encuentro que está bien que los dioses velen por nuestro bienestar, pero que si empujamos un poco lo mismo el asunto también funciona. Que la felicidad puede estar en las cosas pequeñas de la vida, que acaso basta olvidarse del trajín y las preocupaciones diarias o del resultado de las elecciones de ayer en Galicia, y sentarse ricamente en círculo a dejar pasar las horas de la tarde conversando.

Evocar es un verbo atractivo, situaciones que te llevan a otras, ratos agradables que llaman a otros momentos al otro lado del tiempo; lo que fuimos y lo que somos, lo que sentimos, ahora de la mano, se renuevan tras esas décadas de la vida en que acontecimientos, trabajos, sensaciones o pasiones se fueron adensando en el presente continuo del pasado que de tanto en tanto asoman la cabeza sobre la superficie del ahora.

Hoy también luce el sol y es agradable escuchar los pájaros despertando en esta precipitada primavera de los ciruelos en flor. Acabo de leer un breve post de Pedro Mateo sobre nuestra cita de ayer que me ha dejado una sonrisa en los labios, la leve sensibilidad de sus palabras como perfume de incienso flotando en el aire llegan a mí como una caricia.

Las imágenes, excepto la de cabecera, son todas de Mar o Pedro Nicolás 



domingo, 18 de febrero de 2024

Abre la puerta niña…

 

El maestro y sus alumnos en traje de faena antes de pintar la escuela

El Chorrillo, 18 de febrero de 2024

Abre la puerta niña, el día va a comenzar. Los ecos de Triana suenan en la noche como si fuera ayer mismo, noches de invierno en un pequeño pueblo de Asturias donde a veces quedábamos bloqueados por la nieve. Yo era entonces el maestro, el maestro de una pequeña escuela de un pequeña aldea, de un pequeño número de alumnos y alumnas. Habíamos llegado allí con el deseo de encontrar un entorno humano cerca de la naturaleza que nos acercara a la tierra, a los hombres, a los bosques, a una vida simple. Y allí empezamos a construir nuestra convivencia como pareja. Era una alternativa al deseo abstracto de vivir y experimentar otro tipo de vivencia diferente a aquella urbana que no nos satisfacía del todo. Comenzar el recorrido de la vida adulta, acaso palos de ciego, búsqueda, concretar qué queríamos hacer con nuestras vidas.

En la cabaña Triana suena a un volumen desacostumbrado que apenas me deja concentrarme en lo que escribo. Pero yendo a escribir sobre un asunto que había dejado a medias cuando encendí el PC, y habiéndome recordado Victoria a quién se debía cierta letra que me había venido a la cabeza, resultó ser aquel conocido tema de Triana, y siendo la música de Triana algo tan vinculado a aquel pasado en que empezamos a recorrer la vida juntos y a un ambiente que nos acompaña como un tesoro desde la memoria, me olvidé del asunto que me había llevado a encender el PC y ahora me embarga con un tema tras otro aquella música, Cae fina la lluvia por el camino, en este instante, y trato de encontrar entre las rendijas de la música el curso de los recuerdos. Una pareja que llega a un pueblo abandonado en medio de las montañas y los bosques. Una escuela que se caía, dejada a su suerte donde los niños utilizaban de váter el espacio tras la escuela parcialmente comido por las zarzas. La mina, les vaques, el humo de la chimenea vagando por los tejados de pizarra del pueblo, la lluvia interminable del Macondo de Cien años de soledad. Y al fin el pueblo movilizado para construir una fosa séptica con que  dignificar la escuela, los niños en traje de faena dispuestos para pintar y adecentar el aula. Recuerdos de una noche. Y cuando el barro del patio de la escuela quedó bajo una gruesa capa de grava y los retretes pudieron funcionar y pudimos dar clase con normalidad, y cuando hubo suficiente leña acumulada para el invierno y construida una chimenea en la vivienda del maestro en el piso superior del aula, Diálogo, fue el momento de las relaciones sociales, de jóvenes alrededor de la chimenea las noches del fin de semana, fue el momento de Triana, de Led Zeppelin, Pink Floyd, Eric Clapton… De una nana siendo niño.


La música sonaba en nuestra casa hasta las primeras horas del alba. La música de Triana abre los poros de la nostalgia. No exactamente nostalgia. ¿Pero cómo llamarla? El fuego de la chimenea, ocho, diez, jóvenes, alguna muchacha, la maestra, mineros que pasaban la semana en los oscuros túneles de la mina, Quiero contarte, un canuto pasando de mano en mano, canciones, historias del valle y la mina; allá, en lo alto del pueblo la única luz encendida era la de la casa del maestro, la lejana música bajaba desde allí sobre la aldea dormida, como brisa, como venida de otro tiempo.

Cuando los temas vienen atropellados a las yemas de los dedos. Hace un rato habíamos despedido en la puerta de casa a unos amigos con los que habíamos compartido la jornada, mientras allá a los lejos el sol cubría con su atenuado fuego de invierno el horizonte, Desnuda la mañana, la amistad, la conversación, los placeres del yantar. Podría escribir sobre ello, pero no, eso para mañana o pasado mañana, ahora estoy en Asturias. La música, como la quilla de un barco que se abriera paso en la noche, pide recuperar la emoción de haber vivido. Hoy también fue algo así, charlar con Pedro Mateo, con Carlos, con Pedro Nicolás, con Mar, con Cristina, con Victoria, es recuperar también la emoción que destilan los recuerdos. Vientos y lluvias asolan mi corazón cada vez que pienso en ti… Aquel tema, Hasta volver.

A veces cuando nos reunimos unos cuantos amigos es siempre inevitable tirar de la cuerda de los recuerdos. Es un modo de celebrar la vida. Aquello que tantas veces recordé por aquí; confesamos que hemos vivido cada vez que entre el primer plato y el segundo, entre el postre y el café, alguien saca de la chistera una anécdota, un nombre propio. La música, una conversación, el frágil vuelo del ala de la paloma hacen milagros, Hasta volver, iban diciendo que quería volar. Sueño y fantasía se vuelven a juntar.

Y allí, en una pequeña aldea de Asturias, donde sonaba en lo alto la batería de Led Zeppelin se mezclaba con la voz de Ella Fitzgerald o el saxo de Duke Ellington, Corre, donde las llamas ardían en una breve estancia en el edificio de la escuela, una nueva vida comenzaba. Y sí mientras tanto, Guille con sus tres años dormía profundamente pensando en aquello que le habían dicho sus padres aquella tarde, que para la siguiente primavera iba a tener dos hermanitos.

Yo quiero subir al cielo para comprender… Abre la puerta la puerta niña, el día va a comenzar...

 



jueves, 15 de febrero de 2024

Amor, una vez más

 


El Chorrillo, 15 de febrero de 2024

Las primeras flores de los ciruelos me han dado los buenos días esta mañana. Miré distraídamente por la ventana mientras me levantaba y allí estaban de nuevo. Poco antes habían sido los almendros, después los narcisos y el despunte de los jacintos, y ahora ya, como corriendo con prisa hacia la primavera, los ciruelos en flor que ya mismo me están recordando que esta misma noche tengo que ver Los sueños, de Kurosawa, y quizás alguna otra película japonesa donde se celebra con tanta persistencia y gracia desde siempre esta irrupción de en la vida del planeta. Y enseguida, quizás mediatizado por la procedencia de mis incursiones en los asuntos del feminismo, de algún modo vengo a relacionar esta irrupción floral con el deseo siempre presente en la naturaleza de buscar de un modo u otro la reproducción y cómo en ese contexto la evolución nos ha ido llevando a la mutua atracción intergénero y cómo la complejidad siempre creciente en el sapiens ha terminado haciendo del fuego primigenio de esa atracción primera, una parte considerable de eso que llamamos amor… y cómo nuestra creatividad ha añadido a los elementos primeros de la atracción el erotismo, y cómo, igual que en la naturaleza, la diversidad de los contactos, el modo de relacionarnos, los subterfugios de la atracción han creado un complejo y admirable mundo en el que los sapiens, la inteligencia por medio, pueden organizar una existencia que, llevada con la suficiente sensatez, bien merece el celebrarla. 

Me dice mi hija que no entiende algo que he escrito sobre el amor en nuestro guasap familiar y le contesto que eso, el amor, un río, una corriente salvaje, un remanso de ternura en medio de ese riachuelo que somos camino del mar. Y es que estamos empezando a hacer las paces después de mis últimos post relacionados con el feminismo.

Llevamos años Victoria y yo inaugurando el día que comienza bailando un rato al ritmo de rumbas, salsas, foxtrots :-), merengue, lo que se preste cada mañana, y no hay día en que en los temas que suenan cada mañana el amor esté presente de una u otra manera. Si entramos en la historia de la literatura o el cine, sucede otro tanto, si cerramos los ojos y buscamos en la memoria los instantes más intensos que hemos vivido no faltan aquellos momentos en que todos nos enamoramos. Si la media naranja de la memoria, que escribía ayer, se la llevan los asuntos varios de la vida, la otra media sin lugar a duda se la lleva pensar, desear, disfrutar del perfume que el otro sexo genera en nosotros.

Cosas más evidentes no existen en el mundo, ni más apasionantes, diría. Atracción, amor, deseos de compartir nuestra diversidad de género, todo un arsenal de estímulos y vivencias que nos da para hacer del breve tránsito por la vida un pequeño paraíso, y que si las cosas no fueran así, arreglados estaríamos. Piénsese que nos reprodujéramos por esporas y desapareciera la atracción que tenemos unos por otros. Entre otras cosas de qué se iba a nutrir la literatura, el cine; porque la amistad está muy bien y aunque Montaigne pusiera a ésta por encima del amor ni de coña ésta llega a suscitar esa fuerza de río salvaje que se apodera de los enamorados. En los días en que mi padre estaba en una situación terminal en el hospital, una de sus peticiones era que su nieta fuera a su casa y le trajera su casette en donde él leía/escuchaba su novela de amor. En los últimos tiempos, con sus ochenta años, de todo el género literario a su disposición, lo único que leía eran novelas de amor. Un enigma.

A mí, que algo me gusta hacer de abogado del diablo, que siempre da más juego que seguir la corriente, de vez en cuando ello me obliga a tomarme un respiro ya sea para dejar a Podemos en paz, para olvidarme del PP o los del Moco Verde o para que lo que no me gusta del feminismo me rebose por las yemas de los dedos. Quizás de ahí me viene que me haya despertado con el ánimo de hacer loes más a lo que nos une que a lo que no separa. En ocasiones siento que tanto toma y daca de la mano de las feministas termina por banalizar las relaciones entre ellos y ellas. No soy capaz de determinar con seguridad por qué no me gusta esto o lo otro de su comportamiento, y entonces me lío. Quizás me equivoque en alguna de mis afirmaciones, pero en lo que no me equivoco es en la certeza de que las relaciones entre hombres y mujeres terminan rarificándose bajo la lluvia mediática a que induce cierto feminismo. Así que cambio de tercio para que no parezca que el cocido está hecho solamente de garbanzos.    

Esta mañana me encontré dando una ojeada a las portadas de los periódicos la palabra “mesura”. Desde luego no me considero una persona mesurada, mesurada con la injusticia, mesurada con los crímenes de Israel sobre los palestinos, mesurada contra el nazismo latente de los del Moco Verde, pero sí considero que es una cualidad humana que conviene cuidar. Y echar un vistazo a lo que somos, a lo que anhelamos de verdad por encima de tanto ruido mediático y desmedido afán por poner los puntos sobre las haches, pues que puede venir de perlas para ir aclarándonos en los vaivenes que se producen en el interior de la colmena en que vivimos.  


miércoles, 14 de febrero de 2024

De lord Chandos y la vida líquida

 


El Chorrillo, 14 de febrero de 2024

Atardece. El sol, redondo como una gran naranja, flota sobre la línea del horizonte.

La máquina de la memoria y su a veces oscuro contenido sale a flote entre las últimas guedejas que deja la tarde sobre el horizonte. Es el cuarto concierto para violín que oigo esta tarde, de Bach, Mendelssohn, Brahms y el que suena en este instante, Beethoven. Fragmentos que vienen a mi memoria como si los hubiera oído en otra vida. La música es una media naranja en este resto de tarde que poco a poco va haciéndose brasa apagada. Los sentidos, dispersos, receptivos, abren sus poros como antenas parabólicas dispuestas a libar las breves esencias del momento. Me saturé estos días escribiendo sobre asuntos del feminismo y sus aledaños y ahora me dejo llevar por una música del violín saturada de sugerencias. Apagué la luz para intentar sumergirme en el ambiente de dentro del saco de dormir allá sobre alguna montaña. La débil brasa sobre el horizonte me ayuda a recrear el momento. Ahora las luces de los pueblos lejanos son el manto de estrellas color ámbar que me sugieren el llano madrileño desde la Cuerda Larga. La música de la brisa rozando los peñasco de Cabeza de Hierro es el Concierto para violín de Beethoven.

Lo inexpresable. Ayer leí en un rato Carta de Lord Chandos, de Hofmannsthal. Chandos había abandonado la escritura y explica a su amigo Francis Bacon por qué. Ha renunciado al sentir que el lenguaje es incapaz de captar la complejidad, la belleza y la vitalidad de la realidad. Chandos experimenta una transformación en su percepción del mundo, que lo lleva a apreciar las singularidades de cada objeto, ser o fenómeno, pero también a sentirse incomunicado, aislado y desencantado. “La carta es una obra maestra de la prosa, que expresa con gran sensibilidad y elegancia la angustia y el dilema de un escritor que se enfrenta a los límites del lenguaje y a la inefabilidad de la experiencia”. ¿Habremos entonces de conformarnos adoptando una actitud de mudos al no ser capaces de expresar una parte esencial de la experiencia que vivimos? ¿Qué haremos cuando las ideas y las palabras, como las cerezas enredándose unas con otras, tiren de nosotros para ser miradas, delimitadas, analizadas? Además, ¿será verdad aquello que escribiera Wittgenstein de que el límite del lenguaje es el límite de nuestro mundo? ¿Y entonces forzar ese límite sería ampliar el límite de nuestro espacio personal?  La renuncia de Lord Chandos es en realidad ficticia. De hecho el texto de su carta es de un inmenso potencial poético lleno de situaciones que inmergen al lector en lo profundo de las percepciones y sensaciones que el contacto con la realidad cercana le sugieren al autor, de modo que negando la posibilidad de expresar, lo que hace es expresar de un modo extraordinariamente gráfico y sensible su mundo interior.

Algo de aquello del Genesis de “comerás el pan con el sudor de tu frente”. Algo así como que nada se nos ha de dar gratis. Ayer leí un artículo de Noam Chomsky en el que arremetía contra la IA en este plano. Eso que cantaba Labordeta pero al revés, habrá un día en que todos al levantar la vista nos encontremos tontos de remate porque apenas tendremos que mover un dedo porque ésta se encargará de hacernos cualquier cosa; lo que sugiere que dentro de unos cientos de años la capacidad craneana que creció desde los 600 centímetros cúbicos en el homo habilis hace 2 millones de años hasta la actualidad en torno a los 1200, 1500 centímetros cúbicos, poco a poco puede verse reducida a vaya usted saber cuánto.

Leer a Hoffmannthal me sugiere un mundo de hondas percepciones, de minuciosa observación de la realidad, el placer de disfrutar con las pequeñas cosas que nos rodean, el encuentro con la poesía que emana de la tierra. Por el contrario el mundo líquido de Zygmunt Bauman, del que vamos haciendo nuestras vidas, no tiene tiempo para estas cosas, no da ni para leer con suficiente atención ni para caminar viendo crecer la hierba, que decía Gastón Rebuffat.

La solidez de las reflexiones hacen agua en este laberinto posmoderno, para una cercanía mayor al latir de la tierra no hay tiempo. Hasta la montaña la podemos convertir en un acumular rutas y cumbres. El espíritu de los tiempos que corren no es el espíritu del silencio y la contemplación. Quizás algún día al levantar la vista tengamos que correr en busca del tiempo perdido para tratar de recuperarlo.


martes, 13 de febrero de 2024

¿Violencia de género? No, la violencia no tiene género

 


El Chorrillo, 13 de febrero de 2024

En Río peligroso, un libro de R.M. Patterson, se narra la historia de dos amigos que  para pasar el invierno se internan a través de las corrientes salvajes de un río en un paraje extraordinariamente solitario al norte del Canadá. Su objetivo es cazar y vender las pieles en primavera. Parten de cero, construir una cabaña junto al río, preparar trampas, acumular leña… Tras algunos meses de íntima convivencia, obligados por la pequeñez del espacio en donde viven, el ambiente de la cabaña se caldea, las desavenencias crecen; no está lejos el día en que todo lo que hace el otro exaspere al contrario. Sensaciones de desencuentro, incluso de odio. Es un relato autobiográfico. El autor conoce de esas situaciones y en medio de ese profundo desencuentro analiza las reacciones de ambos amigos. Los dos están bajo el influjo de una especie de enfermedad. La situación se encuadra dentro de un mal llamado “mal de cabaña”. Un mal que surge bajo determinadas circunstancias en que dos o más personas se ven obligadas a vivir juntas. Hoy esto, o algo parecido, lo llamaríamos síndrome de la cabaña, que de alguna manera pudo manifestarse años atrás en el aislamiento a que nos llevó la pandemia. Entre las descripciones más destacadas se encuentran la sensación de insatisfacción en el hogar, desasosiego, aburrimiento, irritabilidad y necesidad de romper la rutina. En el relato de Patterson incluso la situación de aislamiento llegó a degenerar en repuntes de violencia verbal.

En los momentos previos del comienzo de la guerra de Bosnia, se describe el comportamiento de serbios, mahometanos y croatas como comunidades que convivían y habían convivido sin especiales dificultades; vecinos de etnias y religiones distintas habían construido un espacio en ciudades en donde mezquitas, iglesias ortodoxas o católicas se mezclaban. Bastó que alguien agitara la bandera del nacionalismo y los principios identitarios para que en esas mismas ciudades en las que todo el mundo había vivido en paz con sus vecinos se organizara la de Dios: crímenes, robos, torturas… todo el espectáculo de una guerra fratricida.

Existen elementos en la convivencia humana, en los seres humanos, que bajo ciertas circunstancias provocan momentos de violencia que en situaciones normales nos parecen totalmente inverosímiles. La violencia que se daba durante la guerra civil nuestra entre vecinos, amigos e incluso familiares, es otro ejemplo más. Amantísimos padres de familia, gente sencilla que en una quiebra en la convivencia ante la instigación de líderes fanatizados o interesados convierten ésta en un charco de sangre; personas corrientes que días antes horneaban el pan o vendían fruta en un puesto callejero y que tras esa quiebra se convierten en torturadores. Violencia en la pareja, en el matrimonio, en la calle, entre etnias, violencia laboral… violencia sin más.

Teniendo en cuenta precedentes como los expresados más arriba, cuando en los titulares de los periódicos nos encontramos tantas noticias que llevan el apelativo de “violencia de género”… Me pregunto: ¿Estamos seguros de que usamos las palabras correctas para definir el hecho de la violencia de un hombre contra una mujer o de una mujer contra un hombre como violencia de género? Violencia de género sólo si estamos interesados como hace un feminismo empeñado en enfrentar a hombres y mujeres en un clima de hostilidad y desencuentro. La violencia no tiene género. ¿Quién podría decir que en una pareja alguien ha ejercido la violencia de género por el hecho de ser expresamente mujer? El desencadenante de la violencia no se basa en el género, nace de la convivencia y de un complejo manojo de situaciones que probablemente nada tienen que ver con el hecho de ser mujer u hombre. O si tienen que ver sería más por la predisposición genética a la violencia del propio sujeto. La violencia probablemente es genéticamente mayor en el hombre –su historia ancestral tendrá que ver, imagino– pero ello no tiene por qué implicar que en circunstancias ésta se ejerza, insisto, por el hecho de ser mujer.

En términos generales la violencia de género sólo parece existir en la mente victimista de mujeres que hacen del género un baluarte que a la postre empobrece el análisis de realidades que son más profundas. Hablar de violencia de género, es ponerse a la defensiva, buscar el lado victimista para desde él hacer que la sociedad sienta una cierta lástima por las mujeres. Jodía cosa que proyecta una imagen de las mujeres de seres desvalidos que se manifiestan por vía del victimismo para conseguir una igualdad de trato. No. No es el camino ese el que llega al empoderamiento y a la confianza de sí mismas.  

La violencia de género no es violencia de género; la recibe el otro género pero no porque sea expresamente mujer u hombre. La violencia no la desencadena el género sino un conjunto de factores relacionados con la convivencia o intereses contrapuestos que arman la bomba de relojería para que en un momento u otro estalle. A la violencia de género le sobra el apellido. Es violencia a secas, terrible violencia de la cual la mayoría de las víctimas son mujeres. Violencia en la pareja, violencia en el matrimonio, en la calle, entre etnias, entre naciones… eso parece más correcto. No es simplemente un asunto de precisión lingüística, es algo que un feminismo concreto, tomando el rábano por las hojas, pretende explotar en aras de ideas poco alentadoras para la convivencia. A la violencia de género le sobra el apellido, insisto. Y si lo que se quiere es abreviar el lenguaje, que el hacerlo no suponga cambiar la semántica del asunto.

Creo que sobra la aclaración, pero no obstante la hago, que hay quien lee tan deprisa que se le puede escapar el asunto principal del que se habla. Que hay que luchar con todas nuestras fuerzas contra la violencia en la pareja y en cualquier lugar del mundo y circunstancia, es más que obvio. Sin embargo aquí se habla de otra cosa.

En un avispero ando metido, parece.