Hospital Montepríncipe, 3 de octubre de 2026
Leyendo esta tarde a Fisher, Realismo capitalista. ¿No
hay alternativa?, me pregunto si no estaremos viviendo bajo la égida de un estalinismo
encubierto, de un 1984 (Orwell) que, introducidos lentamente en el
corpus social, poco a poco nos va engullendo consiguiendo adaptar nuestro conformismo a las
finalidades del Sistema.
Creo recordar que la parte esencial del Discurso del
método de Descartes, sus principios, sus ideas, se gestaron
en un invierno en que viéndose atrapado Descartes por los temporales debió
permanecer durante mucho tiempo encerrado en una habitación calentada por una
estufa. Me sonrío pensando en ello porque, salvando las distancias, jajajaja…,
tengo la sensación de que algo parecido está empezándo a sucederme a mí, que
no dejo de sorprenderme de este recalentamiento que está teniendo mi blog alimentado
por mis ganas de bucear en distintos aspectos de la realidad . Entiendo que el
mundo va tan excesivamente deprisa que le falta tiempo para procesar lo que
está sucediendo a su alrededor. La capacidad del sistema para generar
información y dispersar por el mundo modos y maneras, es infinitamente superior
a la necesidad de leer; ello y la falta de habilidad para hacer cualquier cosa,
afirma Fisher, que no sea perseguir el placer y la gratificación inmediata, dejan
sumergidas en un segundo plano nuestras capacidades más nobles como son la
creatividad y la capacidad de interpelar la realidad en la que estamos insertos.
Demasiadas prisas, demasiada información que dejan escaso tiempo al individuo para
procesar lo que le llega por los medios y especialmente para dar espacio y
tiempo suficiente a su propia persona. El hombre necesita soledad y silencio para
profundizar en el significado de su propia existencia.
Bueno, pues es que me parece que es materialmente imposible en
cualquier otra circunstancia disponer de un tiempo tan dilatado como el mío, de
la mañana a la noche sin otra obligación que leer, escribir, escuchar música o
ver cine. Situación de privilegio que estando como está mi ánimo, bastante
estable estos días, me permite, ya que no tengo otras distracciones a mano que no
sea contemplar un hermoso pino frente a mi ventana, me permite dedicarme
por entero a mí y a las cuestiones esenciales que rodean a la sociedad y la
vida.
Virginia Woolf necesitó una habitación propia para dar
curso a sus inquietudes personales y su creatividad. Yo por accidente he caído
en una habitación con grandes ventanales a cuyo alfeizar llegan cada día
puñados de gorriones a dar cuenta de las migas de pan que les pongo. Una
habitación propia donde acuden cada mañana los pájaros a hacerme compañía
mientras mi cuerpo trabaja en conservar su preparación física. Musil escribía
en sus diarios que media hora de ejercicios matinales pueden mantener el cuerpo
en buena forma. Yo dedico algo más de una hora, más la media hora de la tarde
de subir y bajar escaleras. Así que, quién lo diría, vivo en el mejor de los
mundos. Sólo falta que los remiendos que me tienen que hacer en el quirófano
sean definitivos.
Anoche vi una magnífica película, La separación, un
film iraní de 2011 (Asghar Farhadi) y me desvelé. Era la una de la madrugada y ganas
me dieron de seguir escribiendo hasta que me cayera de sueño.
Eso fue anoche. Ahora las cinco de la tarde hago una pausa
en el libro de Fisher para dar cuenta de un zumo de piña que me han traído y
disfrutar un poco de este sol otoñal que entra por la ventana de mi habitación
de hospital. Juro por Alá… que se está de puta madre, que diría mi hijo mayor
cuando era adolescente, en este improvisado hotel de las cercanías de la
capital. Le decía esta mañana en un guasap a un amigo que llevo casi dos
semanas de vacaciones en un hotel cercano a Madrid con vistas a un atractivo pinar.
Comido, servido, tiempo para entrenar, para leer, escuchar música, y ver cine,
que hace mucho que lo tenía abandonado. Casi el mejor de los mundos. Me he
habituado tanto al entorno que casi estoy como en mi casa. Casi el mejor de los
mundos si no fuera porque me espera el quirófano a la vuelta de la esquina . La
ingenua esperanza en la que sigo viviendo pensando en un futuro no muy lejano
que me devuelva a las noches de contemplar las estrellas desde mi saco de
dormir, allá a mis pies las luces del llano madrileños como un gran banco de
peces abisales provisto de linternas; la ingenua esperanza, decía, que continúa
visitándome; esperanza de estar sano de volver a donde quiero estar pese a lo
bien que me tratan aquí y a las excelencia de esta soledad de que disfruto.
Mis montañas se están convirtiendo últimamente en una
trepada por el mundo de las ideas. El qué habrá allá en la cumbre, el
alumbramiento de un razonamiento, alguna clase de verdad sobre la que especular.
Quién sabe si aquellas, llegado un caso de necesidad, podrían ser sustituidas por
éstas. La impotencia reflexiva que acompaña en muchas ocasiones nuestro estar
rodeado de gente u ocupado en tareas cotidianas, pareciera que en estos días se
hubiera diluido al calor de las lecturas y de las películas que cuidadosamente
selecciono cada noche.







