domingo, 19 de abril de 2026

Un rato que dediqué a morirme



19 de abril de 2026

Se me había jodido el ordenador, y cuando el técnico lo arregló y ya recuperado el pc del susto, en una rara carpeta que desconocía apareció el texto que sigue a continuación. Creo que no lo publiqué anteriormente, así que allá va. Llevo un par de semanas jodidísimo y con una pierna inflamada como en las pinturas de Botero. Ahora ha remitido bastante y sólo me queda un respetable bulto en la corva de la rodilla derecha, el llamado hueco plopíteo, y una debilidad general en toda la pierna. Anoche me bajó la tensión un montón, un aviso, imagino, y aunque esta mañana casi se normalizó, decidí tomarme el día de descanso. Fue en estas circunstancias que apareció de la nada el siguiente texto:

Esta tarde tras la comida me eché en el sillón, cerré los ojos y traté de morirme, de imaginármelo, digo. El cuerpo termina siendo con los años como un coche viejo, pierde aceite, arranca al cuarto intento o continuamente hay que levantar la tapa del motor para revisar y ajustar alguna pieza, y si no es así no es difícil imaginárselo. Me daba cierta pena, pero en conjunto la cosa estaba bien, la casa recogida, los asuntos solucionados a excepción de que nos estamos quedando sin gas y el camión del suministro difícilmente va a atreverse a meterse por un camino embarrado y lleno de nieve. Todo en orden, testamento, rosales y frutales podados, nada que hacer para el que venga detrás. Da gusto tener todo en orden y cerrar los ojos y sentir una tranquila paz interior. La vida, eso que se nos dio con imprecisa fecha de caducidad, en la situación de marcharse miraba con tranquila disposición su adiós.

Esta mañana había sellado la tienda que me había venido de China preparándola para la próxima salida, pero no importaba, daba por bien empleado el tiempo aunque no fuera a utilizar más la tienda. Pensaba ahora en ese titular del País en donde la hija de Camus manifestaba algo que en una ocasión le había dicho su padre, que sólo se aburren los imbéciles, y me sonreía pensándolo, sintiendo que al menos mi vida no había sido la de un imbécil; consuelo no vano para alguien que se va a morir y puede al menos disfrutar del consuelo de habérselas sabido componer. Pero ¡maldita la!, se me había olvidado silenciar el teléfono y de golpe el aldabonazo de editorial Laertes salió del móvil. Un escueto email: “No reeditamos libros si ya han sido publicados en Amazon”. Era la respuesta a unas cuantas ofertas que había hecho el día anterior a algunas editoriales para publicar dos de mis libros de los últimos viajes. Peor para ellos, que diría el otro, porque son dos  buenos libros que merecerían estar en las estanterías de las librerías; modestia a parte, por supuesto. De todas formas unos cuantos libros en los escaparates de librerías no iban a añadir más diversión a mi vida, y acaso sí algún momento de aburrimiento burocrático. Ahora sí, ya le he puesto una mordaza al teléfono para que me deje morir en paz.

Me alzó del sillón, tomo un libro; y sí, es una tarde perfecta para ello. La nieve ha desaparecido algo y sobre los olivos del fondo flota una liviana niebla. Hemos apagado la calefacción para ahorrar gas en previsión de que al camionero de Repsol no le de el ánimo para adentrarse en el camino que lleva a nuestra casa, pero no hace frío. Esta mañana había un revuelo de pájaros buscando entre los claros de la nieve su sustento, pero ahora reina un recoleto silencio en los alrededores de nuestra casa. La tarde ni siquiera invita a leer, embutido en el sosiego de este día de invierno, mi ánimo me invita incluso a morirme.

Me gusta morirme hoy, aquí en mi cabaña, ese regazo en donde paso los días mirando al mundo, pensándome, bebiendo el néctar de la vida con la delectación de quien saborea un buen vino para celebrar esa bonita existencia que ha llegado a su fin.

Lógicamente, aunque estaba muriéndome, lo que sucedió es que terminé quedándome sopa y la muerte quedó aparcada para otra ocasión. Cuando me desperté todo seguía igual, simplemente recordé mi incursión en la muerte del momento previo y me vinieron a la memoria algunas prácticas del tantrismo relacionadas con mis reflexiones. No practico el tantrismo, que tiene cosas excelentes, basta pensar en la manera que tiene esta filosofía en relación a su modo de entender las cosas del sexo, incluso el ejercicio a que someten a sus adeptos a permanecer solos junto a un cadáver por un tiempo,  creo que es un acierto, algo que viene bien para contextualizar la vida en un ámbito amplio.

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 13 de abril de 2026

Asepsia intelectual



13/04 /2026

Me llegan algunas entradas de guasap en donde se habla de asepsia intelectual. Un grupo que pretendiendo evitar entre sus miembros conflictos generados por entradas relacionadas con la política, la religión o el fútbol  (cosas de la vida…) desea obligar a sus miembros a hablar sólo de aquello que no pueda molestar a alguno de sus participantes. Escribir en ese grupo el número 7291, por ejemplo, supone que a uno lo desahucien de por vida.

Miedo a la libertad, miedo a salir de tu zona de confort, el culo calentito, ninguna preocupación, nada que perturbe la santa paz de la conciencia de nadie. Nada de conflictos, una balsa de aceite a disposición de la armonía del grupo. Y por tanto la insignificancia, lo anodino, el parte del tiempo diario y la felicitación de cumpleaños como materia prima de las relaciones de un grupo. Armonía versus insignificancia. Decir que se opta por la “asepsia intelectual” sugiere la intención de mantener las conversaciones limpias de conflicto, ideología o cualquier tipo de carga emocional. La idea de no “contaminar” el ambiente del grupo con discusiones que puedan dividir, con todo lo loable que pueda ser para algunos, implica una pobre filosofía de la vida que lo que invita es a vegetar intelectualmente. No sólo de pan vive el hombre, cierto, pero digamos que de entrada quien se suma a un standard que sugiere una relación entre personas basada en la superficialidad funcional de sus interrelaciones, lo que sugiere es una negación de nuestras capacidades personales, así como la negación de nuestra madurez y experiencia personal.

Si alguien es incapaz de mantener una conversación racional, aclaratoria, rica en contenido y, sobre todo, amistosa sin llegar al conflicto, lo que demuestra es un grado de inmadurez nada propio en personas mayores. Ahora, si para contentar a estas personas, inmaduras, el grupo ha de someterse por entero a una enojosa superficialidad como tal, lo que hace es ponerse en manos de personas inmaduras incapaces de aceptar otros puntos de vista que no sean los suyos.

La autocensura preventiva lo que lleva sin lugar a duda, lo repito, es a un clima totalmente superficial e insignificante.

En su versión más crítica, la “asepsia” renuncia al debate y al contraste de ideas, lo que empobrece sin lugar a dudas la relación entre los miembros del grupo.

No sé yo por qué me meto en camisas de once varas, pero como me consta que en tal grupo existen personas cultas capaces de enriquecer cualquier conversación, cultura, arte, política, filosofía, religión, con sus conocimientos, su capacidad intelectual y su rico vocabulario, me jode enormemente que, atrapados por la mediocridad y la prevalencia de quienes queriendo huir del posible conflicto optan por hacer de un grupo un aséptico lugar de encuentro donde cualquier inquietud intelectual no tiene cabida.

Ni qué decir tiene que aquellos ciudadanos que pretenden desde su asepsia intelectual mantenerse al margen de la realidad político social, hacen un flaco favor a la comunidad y a sí mismo. Muy por el contrario lo que el mundo necesita son personas críticas que sean capaces analizar la realidad y obrar en consecuencia .

En la Grecia Clásica daban un nombre específico a quienes se mantenían al margen de la vida pública: ἰδιώτης (idiota). Cita Tucídides a Pericles con estas palabras “… Consideramos al que no toma parte en estos deberes no como alguien sin ambiciones, sino como alguien inútil.”


sábado, 11 de abril de 2026

La “Epstein class”



Madrugada del 12 de abril de 2026

Esta noche al fin pude desasirme de lo que sucede en Oriente Medio. Creo que las últimas noches tuve una intoxicación. Intentar comprender mirando desde ambas partes me llevó mucho tiempo de andar de aquí para allá en YouTube y en diarios de medio mundo. Hoy me hice el propósito de mantenerme apartado de las noticias. Creo que lo estoy consiguiendo.

Algunas cosas sueltas. Escribe Simone Weil, citando a Tucídides, lo siguiente: «Como vemos por experiencia en lo que toca a los hombres, y creemos por tradición en lo que toca a los dioses, cualquier ser ejerce siempre, por un requisito natural, todo el poder de que dispone». Leyendo estas líneas es evidente que incluso Tucídides se quedaría corto si conociera al psicópata de la Casa Blanca en el sentido de que este individuo en absoluto no sólo hace uso del poder que le asigna la Constitución, sino que en todo momento va mucho más allá. El narcisismo, el afán de lucro, la total falta de empatía, su ignorancia, han traspasado todos los límites constitucionales al punto de que produce la sensación de que lo que necesita desde hace tiempo es una camisa de fuerza y una reclusión en un manicomio que pueda aliviar al mundo de esta terrible amenaza que su actuación supone para los habitantes del planeta.

El contexto en el que este individuo se desenvuelve, un estado arrogante y criminal que ha pretendido siempre hacer del entero planeta una cohorte de súbditos incondicionales, entre ellos indudablemente está en primera fila la UE, ha promovido su demencia, y su analfabetismo, a un orden superior donde leyes, constitución, orden internacional son melifluas monsergas a las que en absoluto tener en cuenta. Ejercer todo el poder del que dispone hasta romper todas las costuras del orden nacional e internacional sin que haya habido fuerza suficiente entre la gente de bien y sus países aliados para contrarrestar mínimamente su demencia, lo que demuestra es que la llamada democracia estadounidense es una añagaza totalmente controlada por esos otros dementes que con su dinero controlan todos los hilos del poder. Una plutocracia, en absoluto una democracia. Estas noches oigo al profesor Seyed Mohammad Marandi, de la universidad de Teherán, referirse a la clase dirigente de EEUU, ese grupo de personas que posee los medios, controla el gobierno y empieza guerras, como “Epstein class”, La élite que impulsa conflictos y condiciona la política exterior de EE. UU., una referencia clara a las redes de poder, influencia mediática y financiera, que se asocia de forma obvia con el caso Epstein.

Y es éste el mundo, junto a los lobbies sionistas, el que ahora, imperio en franca decadencia, el que en el grado más alto de demencia en la historia de la humanidad, Hitler y Stalin aparte, patalea a las puertas del manicomio amenazando con matar a toda una civilización. ¡Hasta el mismo Papa, al fin abrió la boca, para calificarlo de inaceptable! (muy leve adjetivo, entiendo yo, tal exabrupto, más propio de un bruto analfabeto que otra cosa).

Si el poder de que puede disponer un solo individuo, a la sazón, perturbado mental, es tal, es obvio que la llamada democracia está en gravisimo en peligro. La democracia es el sistema político menos malo, dicen. Con una democracia como la de EEUU, país gobernado por arrogantes y criminales, la democracia puede convertirse en un sistema altamente peligroso para la humanidad.


lunes, 6 de abril de 2026

Este Papa…



Después de las últimas intervenciones del Papa en relación a la guerra estos últimos días, 12 y 13 de abril, no me queda remedio que retractarme. Me alegro mucho de que este hombre haya decidido enfrentarse al poder omnímodo de este psicópata, el mayor peligro para la Humanidad hoy mismo. 


Madrugada del 7 de abril de 2026

A veces cuando me leo, es el caso esta noche con Al arrullo de las cumbres, ese libro que habla de mis 100 vivacs en las cumbres de nuestras montañas, siento un gran cariño por mi vida, por tantas vivencias que he tenido en las montañas. Llevaba un día muy pesimista, no se me iban de la cabeza los constantes crímenes de Estados Unidos, su pandilla de criminales, y las de Israel, y pensando en estas cosas me pasó por la mente la figura del Papa, esta mierda de papa. Ese era el entorno anímico bajo el que pasé una buena parte de tiempo. Al final me puse a escribir un post titulado Este Papa de mierda. Escribí cosas extremadamente duras teniendo en mente sus recientes declaraciones. Manda cojones que después de un mes de asesinatos y destrucción por parte de Israel y Estados Unidos al fin se haya decidido a abrir la boca para decirnos lo malo que son las guerras. Algo le exonera al referirse directamente a Trump. Le pidió que encontrara una “vía de escape” para terminar la guerra. Ninguna recriminación.

Recuerdo que hace semanas, escribí un post sobre ello, decía el Papa entonces que la Santa Sede, Santa Mierda, diría yo, no podía manifestar si lo que sucedía en Gaza era un genocidio o no. Y rezarán, hipócritas de mierda, cada noche sin atreverse mínimamente a llamar a las cosas por su nombre, sin señalar a los culpables. Cristo no necesitó pensárselo dos veces cuando se encontró con los mercaderes del templo. Esta gente, envuelta como está, hablo de la Iglesia Católica, en el boato y la hipocresía, es indigna del Jesús del Evangelio.

Papa-Pilatos, como el anterior, que ante la masacre y las atrocidades del Gobierno Argentino nunca abrió la boca. Más bien parecía confraternizar con el asesino Videla mientras los crímenes se producían ante sus propias narices. Tenía otras ocupaciones obispales en que ocupar su tiempo. Los papas, por su condición y universalidad, están en la mejor posición que se pueda esperar para influir sobre la opinión pública para condenar y parar esta masacre, pero no, ellos a otra cosa, opulencia, fastuosidad, oropeles, y en el trasfondo mostrando sus vergüenzas la pederastia.

Había más, todo fue a la papelera. Tuve que recuperarlo durante el rato de chimenea cuando ya tranquilo me sumergí en la lectura de mi libro. No me parecía justo que viviendo esos dos poderosos sentimientos, el cariño por la propia vida y el de odio por el representante de ese Cristo que me fue tan querido durante la adolescencia y al que el comportamiento del Papa y la Iglesia ultrajan constantemente; no me pareció, decía, que viviendo esos dos sentimientos uno al lado del otro, no diera cuenta de ambos en mi diario. Había leído un par de entradas de dos noches de vivac en el tardío otoño, una en la cumbre de Peñalara y otra en Cabeza de Hierro, una en el 2019 y otra en el 2020. La primera era significativa porque fue esa noche que mi cabeza empezó a darle vueltas a vivaquear en invierno en las cumbres de Guadarrama y Gredos. Dudas, incertidumbre… estaba naciendo uno de los proyectos más bonitos de mi vida. La segunda en Cabeza de Hierro, una noche especialmente hermosa, una noche con rachas de niebla que convertirían la cumbre en un escenario particularmente entrañable, la luna que iba y venía, las luces del llano madrileño apareciendo como bajo un fondo marino, en fin, mi estado de ánimo, esa sensación de plenitud que en ocasiones nos regala la vida.

Soy profundamente ateo pero creo que una parte importante de mi conciencia moral tiene su base en El Evangelio, por eso me chirrían los dientes cuando veo cómo estos sinvergüenzas que rigen los destinos de la Iglesia católica traicionan con su comportamiento, su respaldo a ricos y poderos y su cobardía ilimitada, el mandato de Jesús.


domingo, 5 de abril de 2026

Del dolor del mundo



Madrugada del 6 de abril de 2026

Hoy me sucede algo monstruoso. No suelo abrir el periódico más que una sola vez por la mañana, pero llevo un tiempo en que me siento impulsado a hacerlo también por la tarde y el impulso no tiene nada de bondadoso. Últimamente siempre abro el periódico con la esperanza de que una gran bomba haya destruido Israel. E incluso voy algo más allá, la esperanza de que todo el sionismo y sus lobbies, tan poderosos en Estados Unidos, haya saltado por los aires y se haya llevado por delante a todos los miserables de aquel país. Y cómo no, con la esperanza de que Trump y toda su camarilla haya dejado de existir. Más todavía, pensar que esta gente simplemente pudiera morir sin ningún tipo de escarmiento recibido en vida me parecería sumamente injusto. Es terrible, pero lo siento así. La vieja ley del Talión advertía, te ponía delante la posibilidad de un castigo.

La impunidad con la que en nuestro mundo ladrones, asesinos, canallas se mueven necesitaría de un dios justiciero que barriera el planeta de canallas y criminales. Cómo uno llega a sentir estas cosas con tanta fuerza. Creo que la irrupción en uno de este tipo de pensamientos no lo refrena ni la cultura ni el sentido moral. Tal es la degradación, la hipocresía, la maldad, la barbarie que impera en el mundo, ese mundo que todos conocemos, que no hay peso moral o religioso que pueda contrarrestar ese deseo de destrucción que profundamente quiero para esa corte de criminales que ocupan las portadas de todos los periódicos.

 Cambio de tercio. Llevo varios días de cama por el dolor de rodilla y esta mañana pensé que está noche tendría que escribir algo, escribir aunque no tuviera ganas. Escritura – terapia. Existen todo tipo de citas que en la que autores dicen recurrir a la escritura como terapia; la más exagerada de todas, la de Bataille, que aseguraba que escribía para no volverse loco. Busco y me encuentro, entre otros a Jaime Gil de Biedma: “Escribí poesía para no morir del todo.” Paul Auster: “Escribimos para compensar una carencia, algo que no va. Escribimos quizá para curarnos.” Ana Frank: “Mientras escribo; mis penas desaparecen, mi coraje renace.” Todas son posibles de añadir a la que para mí es la esencial, escribir para aclararme, para intentar comprender alguna faceta de la realidad. Sólo que hoy no es el caso. Hoy lo que me duele es el alma, ese sentimiento de que toda esa parte del mundo que odio me lo impide. Es como si un infinito amor por la gente, la buena gente que sufre y sufrió, ahora está Ana Frank para recordarnos el dolor de una época concreta, te dejara el alma blanda y dolorida.

 Hoy escribo para dar suelta al dolor. Cuatro días y cuatro noches sin hacer otra cosa que dormitar, te deja el cuerpo abonado para toda clase de pesimismo, así que intento escribir, escritura terapia para no pensar en otra cosa. Aunque realmente es muy difícil en estos tiempos que corren en que la canallada marca el latido del planeta. Leo todos los días los titulares de los principales periódicos norteamericanos y alguno más de por ahí y no hay duda de que el mundo en que vivimos es totalmente distópico. Inútil referirse una vez más a los culpables, todos los conocemos. Sólo cabría hablar de los otros estúpidos, los que promocionan al poder a enfermos mentales y canallas sin paliativos.

Últimamente se me ha reducido el campo de interés, he perdido bastante interés por la lectura y casi lo único que me motiva es la parcela, la huerta y contemplar como la primavera va embelleciendo día a día este rincón en el que vivo. No obstante hoy tuve un rato bonito, una hora que dediqué a quitar malas hierbas en algunos bancales y a recolectar rúcula y ortigas con la que Victoria cocina un plato riquísimo. Todo arrastrándome por los suelos. Teniendo a las plantas tan cerca, una relación que se presentaba como muy íntima, sucedió que en algún momento me dio por pensar si una persona en la situación de inmovilidad y dolor en que me encuentro, podría ser feliz trabajando a diario en íntimo contacto con flores y verduras. 


sábado, 4 de abril de 2026

Hangover



Madrurada del 5 de abril de 2026

Era la una de la mañana, tenía que fuertes dolores en la pierna y pedí consejo para distraerme, pedí una película sana y divertida. El sistema me recomendó . La elección cayó sobre Hangover (Resacón en Las Vegas). Resistí media hora o algo más: un bodrio. Prefería terminar la noche mirando el fuego en la oscuridad de la cabaña.

Es burda, grosera, ofensiva y, sobre todo, reveladora. Reveladora de quién consume este tipo de basura y de lo que ese consumo dice de nuestra sociedad. Esta película no es solo un mal gusto aislado: es un espejo de la mediocridad que se premia y se reproduce. Y sí, tiene un público enorme. Estados Unidos y más allá. Gente que ríe con lo fácil, con lo vulgar, con lo que no exige pensamiento o qow ser ríe de los calores condicionales.

Si bien la película es extrema, lo que refleja es un fenómeno mucho más profundo. El sistema moldea al votante. Lo infantiliza. Lo convierte en receptor pasivo de normas y pensamientos que no le pertenecen, que provienen de intereses ajenos. No es un juicio moral: es un diagnóstico. Cuando la cultura se simplifica, cuando la educación crítica es mínima, el espectador adopta ideas y comportamientos que no son suyos. Se acostumbra a lo inmediato, al estímulo rápido, al golpe de efecto.

Muchos de los grandes detentores del poder, analfabetos funcionales, psicópatas y gente similar… No, ellos no generan la mediocridad: se sirven de ella. Harari lo pregunta directamente: ¿por qué los ciudadanos votan a personajes mediocres o incluso estúpidos? La respuesta no está en la incompetencia de los líderes, sino en la preparación del terreno. Los relatos simplificados, cargados de emoción y de estímulo inmediato, arrasan donde el pensamiento crítico ha sido atrofiado.

Si bien esto tiene consecuencias políticas evidentes, alcanza también al ámbito cultural. La gente deja de leer a los grandes autores, deja de acercarse a cine que exige atención y sensibilidad. Tarkovsky, Chaplin, Buster Keaton, Larry y Hardy: obras que construyen risa con inteligencia, con ritmo, con ingenio, con mirada sobre lo humano. Hoy, esas experiencias son minoría. La mayoría consume lo burdo. La risa se vuelve reflejo de hábitos inducidos, no de juicio propio.

El problema es sistémico. La infantilización del pensamiento, la búsqueda de gratificación instantánea, la falta de curiosidad activa: todo eso produce ciudadanos que aceptan lo que se les da sin cuestionar. Y aceptan lo que se les da porque se les ha enseñado a hacerlo. La estupidez se normaliza. Y lo peor: se reproduce. Es funcional, destructiva y vergonzosa.

Si bien pensar es difícil, hay que hacerlo. Ortega y Gasset lo decía claro: si no despabilamos nuestro pensamiento y nuestro afán de conocer, nuestro cerebro retrocederá en el campo de la civilización. No es un lujo el acto de pensar. Es supervivencia intelectual. La cultura, la lectura, el cine exigente, el pensamiento crítico: todo eso es defensa. Defenderse de la simplificación, del estímulo fácil, de la mediocridad que se nos vende como normal.

Vuelvo a la película que motivó este texto. El film no es un chiste malo: es un aviso. Es la expresión de un ecosistema que premia la mediocridad y la reproduce. Que moldea a los espectadores y los acostumbra a aceptar lo que sería inaceptable en otro contexto. Y si lo aceptamos sin resistencia, estamos aceptando la dirección del mundo: un lugar donde lo fácil domina, donde lo superficial se impone y donde el pensamiento independiente queda al margen.

Esto no es solo cine: es política, cultura y sociedad. Y si queremos que cambie algo, debemos recuperar la inteligencia activa. Leer, mirar, pensar, discutir, exigir. No hay atajos. No hay excusas. Lo que se premia, se reproduce. Lo que se ignora, se extingue. La película solo muestra, con brutal claridad, lo que sucede cuando la humanidad deja de pensar.


lunes, 30 de marzo de 2026

En pugna con el dolor


 

El Chorrillo, 30 de marzo de 2026

Escucho La creación, Haydn, en medio de un fortísimo dolor de rodilla, después de una noche en vela por la misma razón. Recuerdo someramente a Cioran, que decía algo así como que el dolor ennoblece. Acaso sea verdad y, visto desde la distancia del no dolor, miremos con escepticismo semejante aserto.

¡Cómo te pasa factura el cuerpo por los muchos trabajos a los que lo has sometido! Es, sí, doloroso. Me decía días atrás un amigo, que padece dolencias varias, que “que te quiten lo bailao”. Hoy ello me parece un consuelo infantil.

La verdad es que me gustaría tolerar el dolor con la elegancia de quien asume las cosas de la vida, las buenas y las malas, con una franca resignación estoica. A veces barrunto que todos los inconvenientes de la vida son un excelente motivo para mejorar nuestra persona, nuestra resignación, nuestra tolerancia al dolor, ese tipo de cosas. Tomarse estas situaciones como un duro ejercicio de fortalecimiento de nuestra voluntad.

Uno no querría, motu proprio, pasearse por los terrenos del dolor, pero ya que estás, la idea de aprovechar la oportunidad para engrosar nuestro activo, nuestra cuenta corriente mental, puede ser atractiva. Entre otras cosas porque parcialmente te distrae del dolor, pero sobre todo porque puede afinar las cuerdas del instrumento de la vida.

Ya se sabe aquello de que “lo que no me mata, me hace más fuerte”, que enuncia Nietzsche en El ocaso de los ídolos.

A primera vista puede parecer una defensa ingenua del sufrimiento: “todo dolor te mejora”. Pero en Nietzsche es algo más matizado y duro. Su idea conecta con otros núcleos de su pensamiento: La vida como prueba. Para Nietzsche, la vida no es algo cómodo, sino un campo de tensiones y superación. El individuo valioso no evita el dolor, sino que lo incorpora.

Una segunda idea es que el ser humano tiende a expandirse y a afirmarse. Las dificultades son el terreno donde esa fuerza se pone a prueba. No es que el sufrimiento sea bueno, sino que puede ser material de transformación.

Y, por último, otra fértil idea: la creación de uno mismo. Un individuo fuerte no es el que sufre, sino el que da sentido al sufrimiento. Es decir: convierte lo vivido en algo que le eleva.

Esto suena en los altavoces: “Y dijo Dios: haya lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche, y para alumbrar sobre la tierra; y sirvan de señales para las estaciones, para los días y para los años. También hizo las estrellas”.

Resulta sugestivo relacionar esta música con las palabras de Nietzsche. El luminoso Haydn frente al pesimista Nietzsche. “Y se hizo la luz”. Musicalmente, ese estallido es uno de los más impactantes de toda la música occidental: el tránsito de la sombra a la luz.

La creación parte del caos, el vacío y la confusión para llegar a la luz. No hay forma sin desorden previo. No hay fuerza sin atravesar cierta oscuridad. La clave no es el sufrimiento, sino el tránsito del dolor a la luz. Haydn no ve la vida como lucha trágica, sino como orden que emerge y armonía que se revela, pero ambos coinciden en que lo importante no es que no haya caos, sino que de él pueda surgir algo más alto.

Rizando el rizo, atendiendo a Haydn y a Nietzsche, de mis patas enfermas podría salir la idea gloriosa de que, con cierta paciencia, lo mismo pueda volver a patear el monte antes de que mi reencarnación actual finiquite.

En mi visita al traumatólogo del pasado viernes ya me estaba proponiendo la prótesis total de rodilla. ¡Puafff!, que el Señor me coja confesado.

No sé si ha sido el Enantyum o acaso la distracción de la escritura, pero el hecho es que el dolor de la pierna se ha aliviado bastante con mis reflexiones.