martes, 25 de agosto de 2026

En la isla de Tilos

 


25/08/2026


Había dado la vuelta a leído mundo, seis meses de viaje por Asia y África y al final, saturado de la presión humana que supone el continente africano, decidí tomar un avión en Nairobi que me dejaría en Grecia. Allí tomé un barco y elegí una pequeña isla para pasar unos días. Quizás recordéis un hermoso relato de Cortazar en donde cuenta la historia de un viajero que atraviesa el espacio aéreo del mar Egeo, se asoma por la ventanilla y queda prendado de una pequeña isla que ve allá diez mil metros más abajo, solitaria, ideal para su estado de ánimo que busca encontrarse consigo mismo frente al mar. Dos días después, tumbado en una playa de aquella isla contempla el paso de un avión que hacía la misma ruta que él siguió días atrás. Creo que fue ese relato el que me inspiró para antes de volver a casa dar casi por terminado mi viaje alrededor del mundo. Lo incluyo hoy aquí después de un largo día de médicos que necesita algo parecido, el sosiego de la soledad y el mar. 


o O o

 

Isla de Tilos, Grecia 

13 de septiembre de 2007

 

Las olas chapotean cadentes y reiterativas sobre los guijarros un poco más allá en donde sentado contemplo la tarde. A lo lejos, detrás de la línea del mar, las montañas de la costa turca son un desvaído perfil de grises que se va apagando poco a poco con las luces del crepúsculo. Un peñasco frente a la playa, que a poco de mi llegada tenía un intenso color granate, ahora ofrece la forma de un bisonte que moja los belfos en el mar. La brisa sopla de tierra bajando de las lomas, donde los olivos, viejos y asalvajados, abandonados décadas atrás, forman pequeñas manchas de color. Unos sauces, algunos cercados de piedras donde antes se guardaba el ganado, y prados agostados donde pastan algunas cabras. No es fácil imaginar este pequeño paraíso solitario después del multitudinario aluvión de turistas de ayer. Sólo he necesitado caminar una hora para encontrarme la soledad de la playa y el mar para mí solo.

Tilos es una pequeña isla que se puede recorrer en unas pocas zancadas. Hoy, después de que atracará el ferry, opté por un camino que trepaba en la falda de la montaña próxima. La trocha atravesaba un pequeño barrio encalado en donde el juego del blanco y del azul del mar, una bella estampa rural que se repite en todas las islas del Egeo, me recordaba las costas de Túnez, unas docenas de bellas diapositivas tomadas en Cartago treinta años atrás.

Es un día muy especial. Se me ocurrió sin más cuando el barco rozaba la costa antes de atracar en la localidad de Livadia. Tras los acantilados se adivinaban ensenadas solitarias donde probablemente no sería difícil encontrar un lugar para dormir. No tengo saco, voy con lo puesto, pero el atractivo de encontrar una playa solitaria en donde pasar la noche oyendo el ruido del mar supera la posibilidad de las incomodidades. Así que me acerqué a un supermercado, me hice con algunas provisiones y tiré camino arriba siguiendo la línea de la costa.

Ahora anochece, cadencias de olas. Ni siquiera me apetece abrir un libro, mirar los versos de Carlos Marzal o seguir con la novela de Pamuk. El agua es como un sonajero, me adormila su rumor mientras miro a lo lejos cómo se van fundiendo los azules de las montañas y el mar se van apagando hasta adquirir el color más denso de la ceniza, tonos de plata vieja que no tardarán en ir cubriéndose de la herrumbre oscura de la noche.

Hay demasiada gente en el mundo; eso o que vivimos lejos de la naturaleza. Hoy me doy cuenta de lo mucho que echo menos este silencio lleno de olas, los peñascos, el duro suelo, yo solo dentro de todo esto; como amigos que se encuentran, como amados en silencio recogiendo de la brisa los murmullos de los olivos; esas estrellas que van saliendo poco a poco sobre el zenit, recordándome a quién me debo, cuál es mi mundo, a dónde debo regresar constantemente, humildemente. Porque aunque el hombre haya hecho maravillas desde el principio de los tiempos, basta una tarde, noche ya, como ésta para que todo el sosiego que la vida necesita se aglutine alrededor de un trozo de naturaleza.

Una noche para soñar con los largos viajes marinos bajo las estrellas. Algo que habré de encargar a los dioses para la siguiente reencarnación; los años de la vida no da para todo. A mí en ésta no me cupo mucho más que mi querencia por los largos correteos por las montañas; espero que en la siguiente se me reserve algo del fondo marino y algunos viajes a vela alrededor del mundo; un sueño del que tiene la culpa un tal Julio Villar y su ¡Eh, petrel! No, nada de odiseos, que estaba un poco loco; mejor hacerse con toda la gratuidad del mundo y vagar interminablemente alrededor del planeta a la búsqueda de uno mismo.

Preparé mi vivac junto al agua. Vida elemental: el macuto haría de almohada y una toalla de lecho. Después fue aflojarme los cordones de los deportivos, estirarme en el suelo y mirar las estrellas; arriba del todo Casiopea, más allá el Triángulo del Verano, sobre las sombras de las colinas la Osa Mayor, y encima ese río de leche por donde dicen que orientan sus pasos los peregrinos camino de Santiago de Compostela. Millares de estrellas transmitiendo un relajado sosiego a mi ánimo.

Cuando desperté la línea del horizonte había empezado a iluminarse de miel y ámbar; después el mar salió de su negrura y se hizo azul prusia; las aguas embestían con fuerza sobre los peñascos cercanos dejando tras cada golpe el murmullo de los pequeños cantos rodados que resbalaban hacia la orilla.

Salió el sol, la temperatura se hizo tibia, me despojé de toda la ropa. Mi cuerpo era otro elemento más entre las piedras, la hierba agostada, las olas. Fue imperativo celebrar la venida del día fornicando con la madre tierra; y cerrar los párpados y sentir el universo como un canto, como si la brisa y el agua estuvieran silbando sotovoce aquella música de Haendel para mí solo.

Más tarde apareció el inglés con el que había compartido la playa el día anterior. Me oyó comprensivo durante un rato hablar de constelaciones, de soledad, de la magnífica noche que precedió a la mañana. Una cortés cháchara de vecinos.

Con el sol ya alto di cuenta de un poco de queso, un melocotón y medio brick de leche. Después me dispuse a mirar el horizonte. Hoy era mañana de tomar el sol en cueros.


Los más aptos

 


 25/08/2026

Hoy cambié el mirador del pinar sobre Gredos por un apacible asiento público frente al hospital Montepríncipe, una pausa en esas cinco citas médicas que tengo esta mañana. Espero/esperamos; una agradable brisa cruza el pinar en donde estamos. Hablábamos hace un rato de un tema que se repite hasta la saciedad en nuestras conversaciones, la estupidez generalizada que recorre el mundo y, junto a ella, lo agradable que resulta encontrarse con gente normal, gente amable, empleadas del hospital dispuestas a hacerte agradable tu tránsito por esta institución. 

Sin embargo, no hay tu tía, la Especie, sí, con mayúsculas, va a su bola. En algún momento del nacimiento de este planeta surgió un pequeño ser vivo y durante miles de millones de años éste se diversificó, evolucionó, y aquí están, un gran puñado de sapiens, producto de una lucha por la supervivencia, los más fuertes, los más adaptados, también los más locos de remate (en general), que como producto de la eficiencia del cerebro, que no del buen hacer ni de la moral, tratan de seguir la lógica del gen egoísta. Y echo un vistazo a las hormigas, tantas en formación de una o a dos, que cada mañana tengo que sortear en mi tiempo de caminar, y encuentro que la Especie, tan aleatoria, tan sin control, algo nos podía haber transferido del hacer de las hormigas, una evolución como en las abejas, que trabajara en la dirección del bien común… por ejemplo. Pero, amigo, la eficiencia nada tiene que ver con la moral o la justicia, la eficiencia termina merendándose al pez chico, y si éste es camarón, ya se sabe, camarón que se duerme se lo lleva la corriente. La eficiencia, eso que Darwin llamó la supervivencia del más apto, se quiera o no termina por imponerse por más que queramos dar sobradas interpretaciones a qué es eso del más apto. El más apto puede ser el más cabrón, el rufián que sabe apañárselas para extorsionar al personal, aunque, no faltaría más, no hay que ser tan terco para no ver que entre los más aptos también hay gente con un excelente sentido de la moral. 

De todos modos son tantos los locos de este mundo, tantos, cuyos valores más codiciados, poder, pasta, etcétera, que no falta entre el resto del personal una multitud cuyo deseo a toda costa sea emular a tan privilegiada clase.  

Me temo que esta clase de exabruptos que me salen de tanto en tanto en mis posts, tienen bastante que ver con la edad que voy teniendo. Vamos, que es como si me subiera a un monte muy alto y desde su cima contemplara el percal de mucho de los que se cuece allá abajo. Yo imagino que la edad cura de muchas enfermedades, cosa bien lógica cuando contemplas cada vez más cerca que el camino termina entre el perejil; lo que no quita para que insignes y añosos locos sigan estando en las musarañas. Y el que tenga oídos, que oiga. 

La verdad es que era sumamente agradable la brisa que acariciaba el pinar, pero había que irse, la siguiente cita médica era con la anestesista, una mujer que pasó largo rato contemplando mi complejo historial médico sobre la pantalla de su ordenador. Sí, también debe ser cierto que las enfermedades, ese poquito por el que te has librado de palmarla, agudiza tu olfato para percibir las pequeñas sutileza que acompañan los años de la vida. Si una enfermedad grave a esta edad te hace viejo de repente, también es cierto que te hace más clarividente cuando echas una ojeada a alrededor, a nuestras inquietudes, a nuestros deseos. Ya no son aquellos tiempos de  «era un niño que soñaba / Un caballo de cartón». Ahora es tiempo de al pan, pan y al vino, vino. Nada de andarse con gilipolleces, nada de confundir quien manda en uno. Hay quien piensa que son ellos los que tienen pasiones o grandes, deseos cuando en realidad lo que sucede es que esas pasiones y esos deseos son quienes mandan en ellos. Las pasiones les tienen agarrados por los huevos y no se enteran, no son ellos los sujetos agentes de sus vidas, sino sus víctimas.  

Una vez más la Especie hace de las suyas. Los más aptos, mejor muchos de los más aptos, terminan siendo los más gilipollas de la corrala en que les ha tocado vivir. Podéis contemplar esa imagen que incluía ayer en mi post donde un bebé con babero bastante grandecito jugaba con un portaaviones. Uno de tantos aptos, sí, que pueblan el planeta Tierra y que son la envidia de tantos sapiens de a pie.  

Bueno, pues yo había leído esta mañana un comentario del amigo Muñiz y, ni corto ni perezoso, mientras esperaba mi siguiente cita, me puse a contestarle, pero como me sucede tantas veces estando en los prolegómenos me fui por peteneras y hasta me olvidé de que lo que estaba haciendo era contestar al amigo Muñiz. Así que voy a releer su comentario a ver si puedo entrar en materia, que aquí de lo que se trata es de pegar la hebra con aquellos que te buscan las cosquillas, como sucedía el otro día y que él me confirmaba posteriormente. Pegar la hebra, curiosa expresión que viene del mundo de la costura, juntar un hilo con otro para hacer algún tipo de trabajo, es decir, juntar unas palabras con otras con finalidades diferentes, ya sea por simple divertimento o para aclarar determinada labor mental que requiere la concurrencia de eso que llamamos inteligencia. Así que aunque esto se alargue como estoy en vena…  

Habla Enrique de esa tendencia que todos podemos tener a volver una y otra vez sobre determinados episodios de la propia vida, como si al releerlos pudiéramos encontrar en ellos alguna respuesta que no encontramos cuando los vivimos. Es una probabilidad que sea así, pero creo que no. Buscarle razones a comportamientos que hemos tenido es instructivo, pero yo no descartaría la principal razón que se me antoja que puede ser la razón de la sin razón, y que suele ser más abundante de lo que creemos. Citaba por aquí días atrás a Picasso que ante la pregunta de alguien que le preguntaba que por qué pintaba, respondía que no había porqué, que pintaba simplemente. También comentaba sobre la tendencia que todos podemos tener a volver una y otra vez sobre determinados episodios, como si al releerlos pudiéramos encontrar en ellos alguna respuesta que no encontramos cuando los vivimos. Nos movemos, le diría a Enrique, con sistemas de medida diferentes.  Para mí “volver una y otra vez sobre determinados episodios de la vida” no es una búsqueda de respuestas entonces no resueltas, más bien creo que se trata de un simple ejercicio de reafirmación del yo, especialmente cuando nos detenemos en aquello que ha dado consistencia a nuestras vidas, es la actitud del pintor que de tanto en tanto tiene que alejarse del lienzo que está pintando para verlo en perspectiva. Vernos en distintos momentos del pasado, si hemos vivido acorde con nuestro sentir esencial, no es una búsqueda de respuestas insatisfechas, sino un ir detrás de esas pepitas de oro que quedan retenidas en la batea de la memoria como preciado recuerdo del pasado. 

Agarro el texto de Enrique por el final y atiendo a lo que decía un amigo que era la vida. La vida, me decía él en cierta ocasión, no es otra cosa que hacer esto, lo otro o lo de más allá. Esto, lo otro y lo de más allá que satisfaga tus gustos y si es posible que alimente ese ser interior del que constantemente habla Joseph Conrand en alguna de sus novelas. Pero puntualizando, naturalmente, que no sea el caso de que ese ser interior no esté podrido, como puede ser el caso de esa errada evolución del ser humano que pone sus miras en etcétera…

 

 



domingo, 23 de agosto de 2026

Nos estrellamos contra preguntas esenciales

 


23/08/2026

Esta mañana no escribo desde el pinar. Me levanté a las seis de la mañana y he comprobado que entre los ejercicios de mantenimiento y la bicicleta estática ha trascurrido hora y media, así que aprovecho la primera hora del día para despertar a mis neuronas que también tienen su derecho a ser puestas en disposición de comenzar adecuadamente un nuevo día. 

El amigo Muñiz compara en esta ocasión los años de la vida con un libro y, siendo que ambos debemos de estar en las cercanías del epílogo, considera que “es inevitable que, de vez en cuando, sintamos cierta añoranza por épocas pasadas y volvamos a recorrer algunas de aquellas páginas que fueron importantes para nosotros”. Considera un problema, sin embargo, que podamos entretenernos demasiado tiempo en ellas porque de esa manera dejaríamos de escribir las páginas que nos quedan por delante. Enrique respira un conformismo que responde a la realidad patente de la disminución de nuestras posibilidades, capacidades, etcétera que vamos sufriendo con la edad. Sí, tiene toda la razón del mundo, sólo que lo que media en ese tránsito de la edad madura es de una densidad emocional que por mucho que queramos no podemos ventilar con un paquete de buenas razones. Las buenas razones, como las intenciones, recuerdo aquel dicho de que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, son válidas, pero por mucho que queramos alentarlas la única verdad es que la lucha soterrada que mantiene el hombre con la vejez, la muerte, el amor, y tantas cosas más, dista muy mucho de la sencillez bienintencionada que propone mi amigo. Las razones, tantas veces válidas, no es yantar que alimente al hombre que en lucha consigo mismo trata de definir los porqués de la existencia. El hombre de carne y hueso de Unamuno está hecho de una complejidad que sobrepasa el esquema sencillo de trasponer los hechos de la vida a las páginas de un libro, una concepción lineal que es imposible que recoja la profunda abstrusidad de la existencia. 

Últimamente leo, me leo, en libros que fueron recogiendo mis experiencias de viaje por Oriente y África, y la sensación que saco de esta lectura es que mi yo, el de hoy, está hecho en mucha medida de la sustancia del entonces. La larga escritura, las reflexiones, el contacto con la gente, etcétera, dan muestra del resultado que la interacción con las circunstancias produjeron en mí y que hoy, como quien se pregunta quién eres, de qué está hecho tu yo y qué resulta de tu relación con el mundo, adensan en mí una compleja percepción de la vida que ni mucho menos se resuelve en una concreción de perfiles definidos. Los límites del lenguaje acaso muestran los límites de mi mundo (Wittgenteins). Es posible, aunque lo dudo; lo que creo que sucede es que mi lenguaje no es capaz de acceder a las profundidades del yo, es una herramienta que se muestra, acaso por educación o incultura, inadecuada para dar respuesta a muchas preguntas que nos sobrepasan. La sobada cita orteguiana de yo soy yo y mis circunstancias, es un simple enunciado que apenas nos dice nada sobre la realidad que enuncia. 

Nos estrellamos contra preguntas esenciales y así cuando tratamos de buscar respuesta, es fácil que nos salgamos por la tangente. No es tan dilatado el tiempo de nuestras vidas  como para que no lleguemos a sentir en el instante presente como una totalidad el yo que es toda nuestra existencia. Vivimos cada instante como presente, pero ese presente contiene de algún modo toda nuestra continuidad personal. El niño que fuimos, el hombre que somos y el que imaginamos llegar a ser, están presentes en todo momento en nuestra conciencia. Y quizás de esa idea se desprende de algún modo nuestra concepción del yo del futuro que, con toda seguridad, va a tener que litigar con la otra realidad, no experimentada todavía, del futuro que proyectamos. Somos lo que somos y hemos sido y desde ahí es de donde proyectamos nuestra imagen futura, imagen que se convierte en fuente de conflicto personal cuando prevemos que en el yo de siempre, de hasta ahora, se puede estar produciendo una fractura por imperativos de la edad o la salud. Una fractura dentro del yo, que no deja de ser yo por ello, pero que se puede percibir como un dejar de ser el yo con el que estamos familiarizados.  

Si en este punto, a la luz de las teorías de Einstein, echáramos mano del concepto filosófico “presente”, esa especia de presente continuo que sería el tiempo de la vida, y añadimos para más abundancia su afirmación de que “El pasado, el presente y el futuro son sólo una ilusión”, el embrollo es tal que obliga a plantearnos si realmente poseemos las herramientas con que poder explicarnos, y suponiendo que fuéramos capaces de hacerlo teniendo dichas herramientas. Nos estrellamos contra preguntas esenciales porque intentamos responderlas con conceptos —tiempo, yo, existencia, mundo— que quizá no son capaces de contener aquello que queremos preguntar. Y así contemplamos perplejos algunos de nuestros contenidos de conciencia con parecida impotencia con la que podríamos escuchar las palabras de un extraterrestre. 


sábado, 22 de agosto de 2026

¡Mamá, teta…!

 


22 de agosto de 2026 

Pues sí, repaso mis últimos post y encuentro que satisface bien una parte de su cometido, que es sacarme del adormilamiento. Sí, que en ocasiones no querría otra cosa que dormir indefinidamente, más o menos como sucede a una buena parte de los sapiens aunque ellos no se den cuenta. Dejar de pensar, dejar de interrogarte, ese mundo feliz en el que uno no parece enterarse de otra cosa que no sea alimentarse, dormir o ver un partido de fútbol. 

Ser feliz, que a uno le toque la lotería y pueda pasarse el resto de la vida rascándose la tripa, lo que Unamuno llamaba la fe del carbonero. La verdad es que no estaría nada mal practicar por largas temporadas esa fe. ¿Te duele el mundo o a tú mismo? Pues a dormir se ha dicho. Quizás cuando despiertes se te ha pasado, los estúpidos de este mundo, algunos que lo gobiernan, han desaparecido, acaso tus endorfinas, tu dopamina, esas cosas, han estabilizado tu animo y ahora ya puedes disfrutar de la cálida brisa de la tarde. “No leer, / No sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / Y vivir como un noble arruinado / Entre las ruinas de mi inteligencia». Siempre me parecieron excesivamente pesimistas estos versos de Gil de Biedma. Ahora no me lo parecen tanto. ¿Por qué será?, me digo irónicamente.  

Es una tarde cualquiera de finales de agosto. Nunca en los últimos veinte años he pasado el verano en casa. Un automóvil para que marche necesita gasolina, y si no ese trasto no se mueve. A los sapiens, o al menos a mí, les sucede algo parecido. Mi carburante está bajo mínimos, los Alpes quedan lejisimos, las motivaciones… blablablabla. Ojo, tío, que estás en mal camino. O lo dejas aquí o te buscas otro sendero menos transitado.  

Ayer tuve tres citas médicas y el lunes serán cinco, y para primeros de septiembre tendré que pasar tres veces por quirófano… Ya, ya, vale.  

Hoy caminé por los alrededores de casa, la ruta larga, unos ocho kilómetros con subidas y bajadas. Llegué derrengado, mucho más que días anteriores subiendo a Peñalara. Esto no lo entiende ni Dios. Así que mi ánimo dio un bajón. Ahora trato de meterme en el coco que la próxima semana tengo que vivaquear en la cumbre del Morezón, pero no llego a creérmelo del todo. En su lugar me pregunto si eso de los vivacs no será una fijación infantil, el chupete al que recurren los bebés para calmar su inquietud. Quizás seamos todos unos bebés a la búsqueda de nuestro chupete correspondiente. Fijaros si no en ese señor, el tal Trump constantemente pidiendo un chupete, un portaviones con su nombre, un museo , un aeropuerto, etcétera. Ya lo retraté en una ocasión con un chupete y rodeado de juguetes propios de bebé.  

Los psicólogos, muy concienzudos ellos, ponen nombres complicados a estas cosas, pero no nos engañemos. Así que a esta altura de mi texto ya estoy pensando que lo único que me pasa es que la clase de chupete que yo quiero no está a la venta y entonces lo que toca es la rabieta correspondiente.  

 

 


Camino de Peñalara

 


 

Yo ya no soy yo 

Ni mi casa es ya mi casa. 

(Cancionero gitano. Lorca)  

 

Cada vez me acucia más la sensación que me empuja a decirme a mi mismo en qué época vivo. Porque seguro del todo no estoy. Disfruto, sí, nuevos descubrimientos y técnicas pero mi espíritu no va acorde con los tiempos que corren, me siento lejos, como si mi tiempo, aquel en que se desenvuelve mi vida, hubiera acabado . Lo pensaba hace un par de días subiendo a Peñalara en la oscuridad de la noche. Ni siquiera aquella ladera de Dos Hermanas era la misma. Sí lo era sin embargo la lejana media luna que ocupaba el cielo a mi espalda. También sentía que yo ya no era yo, al menos en parte. Hasta qué punto, me preguntaba, las circunstancias hacen de uno no quien es sino otro que en ocasiones reconocemos de mala gana y con reticencias. Y entonces soy yo y mis circunstancias o es que acaso he dejado de ser yo.  

Va, un rollo. Lo que me jodía es que más allá de Dos Hermanas me había parecido ver la luz de alguna linterna en la cumbre de Peñalara. ¿O eran estrellas? Vaya leñe esta de querer estar siempre solo en las cumbres. La noche, las estrellas, la soledad, todo para mí. Y no como sucedería tener que vivaquear apretado entre dos gordos maleducados que apenas dieron las buenas noches y hablaron largo y tendido como si estuvieran en un bar y fuera difícil oírse. Eso, que yo no pertenezco a esta época. Gente extraña habita la montaña. Sólo en el cielo las estrellas y la luna son las mismas.  

Sí, subí a dormir a Peñalara. Hacia tiempo ya que lo tenía en mente, un objetivo más en mi plan de recuperación. No estaba seguro del todo y me costó trabajo decidirme. Es cierto que “Yo ya no soy yo (Ni mi casa es ya mi casa)”  pero intento hacer lo que puedo. Desde luego no fue como otras veces, respirar la soledad, conectar con otras viejas ascensiones, esa intimidad que estableces con la montaña, allá a mi espalda Cabezas de Hierro, las viejas historias de los comienzos. Ahora Guadarrama no es ya el patio trasero de mi casa, un lugar que, por mucho que me despistara subiendo en plena noche sin la linterna, es ya otra cosa. Recordaba mientras caminabas cierta vez en que pernoctando en la misma cumbre intercambiaba con Julián de Salazar alguna experiencia primera, ellos, creo que con José Luís Hurtado y otros unas navidades o fin de año pernoctando en su cumbre, creo. Son tantas las veces que he vivaqueado en esa cima, tantas las rutas de acceso, que no es errado llamarlo el patio trasero de mi casa. De mi casa aunque los vándalos de los forestales del Parque se hayan empleado a fondo en desmantelar los corralillos de vivac. De fuera vendrán y de casa nos echarán.  

Recordé también a Pepe Don Pepe que durante años subió a su cumbre el último día del año para recordar a su esposa fallecida, incluida alguna nochevieja en que la nieve casi enterró su tienda. Un hecho muy especial que me conmovió cuando lo supe y que me hizo pensar en los profundos lazos que pueden unir en ocasiones a algunas parejas.  

Existen cumbres, en que ascender a ellas es como intentar recuperar el sabor de la magdalena, un lejano tiempo en que nos asomábamos a la vida como bebés que abren los ojos a un mundo nuevo.  

Quizás todo fue bien a excepción de la tiritona que me entró nada más llegar a la cumbre. Creí que estaba con fiebre, era un cuadro parecido a cuando ingresé en el hospital la última vez, un castañear de dientes que no había forma de parar. Me costó tiempo superarlo. Apretujado entre otros tres en el reducido espacio del corralillo, apenas podía moverme por miedo a molestar. Fue un vivac deslucido y sin gracia. Ya antes del amanecer mis compañeros reemprendieron su charla de la noche. Comprendo mal que personas que suben a vivaquear a esas alturas tengan apenas dos dedos de frente.  

Madrugaron, eso sí, y logré quedarme solo por un buen rato.  Bajando desde la cumbre lo hice sorpresivamente ágil, pero llegué abajo verdaderamente cansado. Es difícil saber con antelación cual va a ser el comportamiento de mi cuerpo en futuras salidas. Ahora cada semana añado cincuenta metros de desnivel a la semana anterior. Si pudiera mantener este ritmo en un par de meses lo mismo ya podría subir al Almanzor.  

 

 


miércoles, 19 de agosto de 2026

No habrá paz en este mundo

 



19/08/2026  

Leyéndote (ver comentario del post de ayer) me viene a la memoria un viejo texto del que sólo recuerdo su defensa irónica de la locura. Elogio de la locura, de Erasmo, un título que bien podría sustituirse  por Elogio de la necedad o Elogio de la estupidez. De las sátiras de Erasmo no se salvaba ni Dios, como diríamos ahora. 

Le habría venido bien a mi texto de ayer dar un repaso a los viejos subrayados de aquel libro porque me temo que con ser un texto del siglo XVI en el se podía respirar ese algo que que no cuadraba con las enseñanzas religiosas de entonces. Burlarse irónicamente de popes y sabios de la época era un atrevimiento que le podía haber costado caro. 

La impunidad con la que la Iglesia Católica ha hecho uso de “lo inexplicable” hoy nos parece cosa de niños chicos. Acaso nos sonreímos con aquello, creo que era de San Agustín, de que tan imposible era comprender aquello de la Santísima Trinidad como intentar llenar un hoyo de la playa con todas las aguas del mar. Sonreímos, sí, pero eso y otras tantas cosas más colaban, como lo de concebir un hijo sin concurso de varón. Magia potagia, que decíamos de niños. Había que tener todo agarrado y bien agarrado y el único modo posible era hacer comulgar al personal con ruedas de molino. 

Se entiende bien que los hombres tuvieran necesidad de dar explicación a los porqués y trataran de explicar de alguna manera lo que no entendían, pero ahora, visto en la perspectiva de los años, el ridículo queda patente. De todos modos parece cierto que las interpretaciones, relatos inventados e instilados en la mentalidad colectiva nacieron de una necesidad común que aprovechada fue con todo lujo de detalles por los viejos profesionales de las tempranas religiones. No es muy propio que la gente común se meta en camisas de once varas para intentar explicar algo que no comprende, que ello puede ser tarea excesivamente ardua para el común de los mortales, así que “en tus manos encomiendo mi espíritu”, que otros nos resuelvan la vida, las dudas y lo que haga falta. 

Es de cajón que todos necesitamos agarrarnos a un clavo ardiendo ante algo que nos supera y, sentir que estás vivito y coleando y que en algún momento te puedes morir, es tan jodido que bienvenido sea cualquier vendedor de humo que pueda convencernos de que después de la muerte te vas a encontrar con amigos, familiares, con toda la parranda que en vida fue tu entorno de gente con la que te codeaste, y además no los vas a encontrar viejitos como se murieron sino todos hechos una rosa… ¡Qué cosas, ¿verdad?! 

Pero me voy del tema. Hoy, que somos más listos, que hemos viajado a la Luna y sabemos con bastante precisión la composición de la materia o el momento en que fue creado nuestro planeta, seguimos sin embargo a dos velas del conocimiento fundamental del origen del Universo. Escribe el amigo Enrique, cuyo comentario al post de ayer es el causante de este nuevo texto, que: “Al cerebro humano le cuesta mucho procesar la nada o el final absoluto: la muerte”. Esa infinitud que, porosa, atraviesa nuestra alma dejándonos en la incertidumbre, y que a la vez puede servirnos para relativizar los problemas personales y del mundo al punto de que nos parezcan ridículas muchas de nuestras aspiraciones, tantos conflictos sociales o bélicos, se me aparecía ayer, una vez dejado clara nuestra insignificancia, como un elemento liberador que ponía en su lugar a gran parte de la fanfarria de aspiraciones y preocupaciones que cruzan nuestras vidas. Fanfarria, es cierto, que puede costar millones de muertos y dolores inmensos a lo largo y ancho del planeta. Fanfarria por oposición a lo que podría ser la pacífica vida de los hombres si estos decidieran por mayoría dedicarse a una benevolente convivencia.  

Ya. Pura utopía, diría alguno. Claro. Sin dioses, sin gilipollas aspirantes a rey Midas, sin nacionalismos, sin tantas cosas… simplemente gente que lo único que quisiera fuera vivir en paz con Dios y con el Demonio. Ya, ¿y qué hacemos con las pasiones, con los deseos irrefrenables o no, con toda esa retahíla de cosas que nos mueven para aquí o para allá, las motivaciones, todo eso?  

Ja, un nudo gordiano. No, no habrá paz en este mundo.  

 

 

martes, 18 de agosto de 2026

Pensar el infinito

 


18/08/2026 

Quién será capaz de imaginar siquiera aproximadamente lo que es 13.800 millones de años. Un día, un año, cien, e incluso 2000, hasta ahí podríamos llegar, pero… Y mientras pienso en estas cosas contemplo a los gorriones y carboneros alborotando en torno a su comedero frente a mi ventana. Reflexiono sobre el tiempo que ha necesitado la evolución para convertir un ser unicelular en un carbonero, en un gorrión.  

Y pienso en que hay una falla en nuestra inteligencia cuando pretendemos imaginar el origen del Universo, una falla pretender especular desde nuestras referencias, nuestra realidad, algo que sobrepasa nuestra capacidadNuestra innata tendencia a buscar un porqué a todo lo que se estrella contra una realidad inalcanzable.  

Y me parece pertinente indagar en estas cosas que inevitablemente ponen en cuestión nuestra visión del mundo que vivimos. Distancias infinitas, tiempos inconmensurables, provocan en quien lo piensa una suerte de inquietud, de pequeñez, que pone en solfa nuestras motivaciones, los porqués con los que nos movemos por la vida; que deja acaso como ridículas tantas aspiraciones y acciones que constituyen el motor de nuestro estar en el mundo.  

Si a nuestra pequeñez oponemos la inmensidad del universo, a nuestra existenciaesa chispa que somos en la historia del mundo, y lo colocamos junto a los problemas de la vida diaria o la política internacional o las aspiraciones de todo tipo personales o colectivas, junto a la sensación de vértigo que pueda producirnos, lo que acaso sintamos sea una sensación extrema de pequeñez que consiga relativizar nuestra realidad al punto de sentirnos ridículosguerras, conflictos sociales, preocupaciones de todo tipo, poder, gloria, dinero, vistos desde la perspectiva del universo y su tiempo, a la fuerza tendrán que parecernos juegos de niños pequeños 

La Tierra, impasible, sigue su ritmo al margen de tantas preocupaciones que envuelven el mundo y nos recuerda de tanto en tanto, un terremoto en Colombia, otro en Venezuela, alguna catástrofe natural en diversas partes del mundo, nos recuerda algo de ese brevísimo inquilinaje que es nuestra estancia en la Tierra, nuestras vidas en general. Una percepción interesante para poner en contexto mucho de lo que hacemos, nosotros, las naciones, esos chalados que convierten la vida en ríos de sangre. Lotrumps, los natanyahus, los putins y todos aquellos de parecida raleapasan, puestos en perspectiva, a ser ridículos esperpentos de unas sociedades que perdieron definitivamente el norte.  

Humildes criaturas que somos, un chispazo no más, que deberíamos tratar simplemente de vivir la sencillez del poco tiempo que dan de sí nuestras vidas y que por el contrario… etcétera. Porque por mucho que el dinero cuente, el poder, y tantas cosas más, la única realidad irreversible ya se sabe cuál es; tan efímeros somos en las cuentas del Universo que el único adjetivo coherente para tántas de nuestras aspiraciones es el de ridículos. Cosas que todo el mundo sabe, por cierto, pero a las que no hacemos ni puñetero caso porque elegir la locura y la inconsciencia en ese breve tiempo de nuestra existencia es la mejor manera de olvidarnos de la muerte y de nuestra insignificancia.  

Frecuentemente es extremadamente difícil poner en palabras intuiciones y asuntos que por su naturaleza escurridiza e inaprehensible no hay manera de concretar. Lo anterior sólo pretende ser una aproximación en una hora, tras la siesta, en que el calor puede hacer estragos en la masa gris del cerebro.