lunes, 19 de octubre de 2026

De pajas y otras delicatessens

 


 El Chorrillo, 19 de octubre de 2026

En el hospital y a la espera de que me retiren la sonda del pito tras mi última intervención quirúrgica, leo a trancas y barrancas en medio de las voces de la sala de espera abarrotada, el último comentario de Enrique. Dios, qué hombre éste (¿será pronombre o será adjetivo este éste?, me digo), o mejor, qué cabeza. Y es que uno, yo, cuando escribe o piensa tira tan por donde sopla el viento, que admirado queda por la ordenación de su pensamiento.  

No me quejo. Primero, que suerte tiene el amigo Enrique con eso de levantarse sin más cuando se despierta, porque para mí es la primera batalla que tengo que vencer cada mañana cuando suena el despertador, que si me dejara llevar hasta la hora de comer etcétera. Se ve que a cada cual Dios le sirve un especial paquete de disposiciones; a mí me hizo dormilón.  

Enrique habla en ocasiones tan en clave de sobreentendido que dudo que muchos puedan, o incluso podamos, entenderlo. Habla con tanto circunloquio del simple hecho de hacerse una paja, trayendo subrepticiamente a Woody Allen al escenario, creo, con aquello de que la segunda parte más importante del cuerpo es el cerebro, que me desorienta. Tan mi racionalista amigo se refiere a las pajas, las pajas del hombre de la calle, de los brutos como yo, en términos digamos cultistas, que llama la atención. Y me sonrío imaginando diciéndome: creo que mis pantalones están experimentando una sobrepresión, en lugar de dar simplemente la bienvenida a un acto de onanismo. Sí, cosas del uso del lenguaje que acaso merecerían algunas consideraciones para determinar por qué unos usamos  la expresión pajas mentales –al pan, pan y al vino, vino– mientras otros prefieren el término masturbaciones mentales.  

Dice, en fin, mi amigo que “A los libros les da sentido el escritor, y el lector lo acepta o lo desestima”. Y como estoy en la sala de espera del Quirón y no tengo nada que hacer porque el libro que he traído es demasiado complicado para este barullo de voces, pues voy a seguir disintiendo, que es mejor modo de lubricar el cerebro y sacarle algo de diversión a la ocasión, mucho mejor que hacer sudokus o crucigramas, así que objeción número uno. ¿Seguro que a los libros les da sentido sólo el autor y que el lector es un simple convidado de piedra? Es una vieja discusión que no se puede despachar con una simple aseveración. Saber dónde reside el sentido de las cosas, si en ellas mismas o en la mirada que lo contempla no es una cuestión baladí. No son pocos los autores que cuestionan que la intención del autor sea la autoridad definitiva que determine el significado de una obra. Y algo que creo que es importante y que tiene que ver con el modo en que nos acercamos a un libro y que constituye acaso el quid de nuestra afición lectora: cuando leemos no solo tratamos de entender a sus personajes: a veces descubrimos que, sin proponérnoslo, lo que estamos haciendo es tratar de entendernos a nosotros mismos. Existe una mezcla muy rica en el proceso de lectura que no podemos reducir sólo a las intenciones del escritor o a la simple interpretación que del texto hace el lector.

Y pienso sin más todo lo que mi vida y mi forma de pensar e interpretar la realidad le debe a la lectura. Allá desde los primeros años que comencé a leer libros de aventuras, tebeos, cuando empecé a interesarme por los misterios del sexo, por la comprensión de la realidad global, cuando mis ojos recorrían de cabo a rabo las novelas de Emilio Salgari, o más tarde bebía de Torcuato Luca de Tena, de Dostoyevski, de Tolstoi, de tantos… Evidentemente, como mantiene Butler, tenemos un gran débito con todo aquello que ha rozado la epidermis de nuestro pensar, de nuestro hacer, esas pasiones que hemos alimentado durante toda la vida.

Anoche vi Monstruo, de Kore-eda, la historia de un niño que empieza a comportarse de manera extraña y cuya madre sospecha que un profesor le está maltratando. Lo que parece al principio un conflicto entre una madre y un maestro se va reconstruyendo desde distintos puntos de vista: el de la madre, el del profesor y el de los propios niños. El film trata sobre la dificultad de conocer la verdad cuando cada persona ve los hechos desde su propia perspectiva. Y pienso en nuestros intercambios de impresiones, Enrique y los míos, cuando refiriéndonos a la misma realidad, ambos sacamos conclusiones diferentes. Aunque coincidamos en cosas, nuestras vidas y nuestros pensamientos se han conformado en ámbitos y experiencias distintas, lo que da como resultado una visión del mundo que obviamente no es la misma. Si el sentido de las cosas no reside cien por cien en ellas mismas, sino en la mirada de quien las contempla, tendremos que aceptar que la discrepancia es un elemento más de enriquecimiento del propio entender, siempre y cuando estemos abiertos a considerar las opiniones del otro no como una barricada a derrumbar.  

 

  

 

 

 

 

 


domingo, 18 de octubre de 2026

Escribo, luego existo

 


El Chorrillo, 18 de octubre de 2026  

Cuando me descuido un pelín pierdo la idea que tengo en la punta de las yemas de los dedos. Y es que es tan importante esa primera idea, unas pocas palabras, no más de cinco. Tenía que ver con algo que escribió Enrique… ¿Qué sería? No, imposible recordar, me distraje con la bolsa de frío que estaba retirando de mi pie y se acabó. La perdí. Ahora me tocará esperar.  Vuelvo a mi lectura, Anne Carson, La belleza del marido. Pero al poco rato levanto la vista y, mirado la desteñida tarde que tengo delante, me pregunto por qué no hago el esfuerzo por escribir algo más largo, una novela, por ejemplo. Ya sucedió hace años cuando la rotura de un brazo y la consiguiente baja dieron para que escribiera mi primera novela. Un viejo amigo al que no veo desde hace más de medio siglo decía que la vida es hacer cosas.  

Escribir sinónimo de respirar. Escribo, luego existo. Enrique decía esta mañana en su comentario de mi post de ayer que cuando me leía le inquietaba mi intención de despertarme con despertador cuando no tenía programado ningún tipo de actividad. ¿Será, me pregunto, que las ganas de vivir, de experimentar, acaso, me predisponen a ponerme de puntillas para alcanzar un algo que, por cierto, probablemente no sé bien en qué consiste? Me atrae, cómo no, sentarme frente a la tarde con la mente vacía, pero, me digo, y se lo digo también a él, me da miedo la indolencia, y entonces le comento de Viaje al fondo de la noche en que Celine hace decir a su protagonista que la pereza es más fuerte que la vida. Y ello me asusta y me pone en guardia. Y me acuerdo ahora de una conversación que tuve esta mañana con el amigo Fernando, de jovencitos Pibiu entre los treparriscos de entonces, que me alertaba contra la calma chicha de los días y sus posibles correlatos con la depresión cuando tu ánimo no está muy allá.  

Encerrado en mi torre de cristal recuerdo ahora a Fabrizio, el personaje de Stendhal en La cartuja de Parma, que retirado en una torre descubre que su encierro no le resulta tan terrible como él había pensado; temía el encierro antes de conocerlo, pero, una vez dentro, su vida adquiere para él una intensidad que no esperaba. ¿Será así por aquí?

Estando de acuerdo con Enrique cuando dice que después de estar tantos años sometido a horarios y obligaciones laborales ahora disfruta de la libertad de organizar su vida sin atenerse a un programa determinado, encuentro sin embargo que sigue no obstante vigente aquella afirmación de Séneca de que vivir es guerrear, algo así como para que para mantener nuestra inteligencia y nuestro cuerpo en condiciones necesitemos un esfuerzo constante que en caso contrario podría adormecernos, por ejemplo, si yo me dejara llevar cada mañana por mis ganas de seguir durmiendo.  

Y ya tarde leyendo a Anne Carson antes de la película de la noche, me sorprendo pasando páginas y páginas del libro sin apenas sentir la necesidad de comprender lo que allí está sucediendo. Y entiendo que no siempre es necesario comprender. Me siento cómodo leyendo; incluso encuentro que en algún momento aflora dentro de mí el placer de la lectura. ¿Será verdad que todo debe tener sentido en los libros, en la vida? ¿No será esto una deformación de nuestro modo de pensar? ¿Será la lectura también un ejercicio de conversación con uno mismo, esos pensamientos que surgen en nuestro pensar inestructurados y a los que pretendemos dar orden porque no soportamos la incertidumbre, porque nuestros deseos de verdad pujan dentro de nosotros a la búsqueda de una luz que los ilumine?  

El poder de lo inexplicado actúa sobre mí como un acicate. Quizás por ello esta noche sigo leyendo a Carson.  Hoy tengo dos opciones, una película que me ha recomendado Santiago Pino, Amal, la historia de una profesora que anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y defender la libertad de expresión, o volver a Monstruo, una noche más con Kore-eda. Siguiendo la línea de mi razonamiento de este escrito, la búsqueda de una dificultad, esa o parecida que nos impone ascender una montaña, creo que ne voy a decantar por Monstruo. Que Santiago me disculpe; acaso mañana.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Viento

 


El Chorrillo, 19 de octubre de 2026

Las once de la mañana. El viento. El viento fuerza la entereza de los árboles, se mete entre sus ramas y ya estamos con una banda sonora propia de una noche de misterio entre las azoteas de la Transilvania. Cine de terror y vampiros. Auuuuu… Auuuuu… O mejor y más familiar todavía, con mi pequeña tienda en algún collado de los Alpes, esa mi otra casa de los veranos, en que el viento tumba peligrosamente mi tienda mientras yo disfruto dentro del saco de dormir de ese íntimo contacto con los elementos. Podría rastrear en el pasado escenarios de muchos colores para mañanas como éstas. Los placeres de la memoria ahora que por una razón u otra mi movilidad queda tan reducida a una recuperación que espero como agua de mayo.

Viento (Victor Sjöström, 1928). Esos recuerdos de noches de cine de invierno frente a la chimenea mientras la lluvia golpea contra los cristales. La vida discurriendo como quien habita en una torre de un castillo medieval. El viento no como música de fondo, el viento como sangre circulando por tus venas. Auuuuu… Tú sumergido en el líquido amniótico de un útero, calentito, sin pensar en nada, anulado el pensamiento, sólo las sensaciones. Y mientras espero la llegada del siguiente párrafo, porque en eso consiste escribir, en esperar que las ideas y las palabras desciendan hasta las yemas de tus dedos, me llega un correo. Cambio de pantalla, lo abro y es un comentario a mi post de ayer del amigo Enrique. Sólo leo las primeras líneas: “En mis creencias más asentadas está aquella que reza que no se puede poner sujeción al viento, porque él es una de las pocas cosas auténticamente libres”. Curiosa sintonía, amigo viento. Es cierto, no se puede poner puertas al viento, ya lo dice aquel adagio popular. No sé lo que viene a continuación en el comentario. Luego lo veo, no se me vaya a cortar la leche.

Constato que mis recuerdos y consideraciones están hondamente marcados por mis tantos años de dedicación a la montaña, que todo eso que plantea Butler, dar cuenta de sí mismo, en su libro está muy bien, la influencia del ambiente y la sociedad en la conformación de tu persona, está bien, que acaso ese su pensamiento y su escritura probablemente es lo que para mí es o pudo ser mi relación con la naturaleza, lo que no invalida su pensamiento pero sí pone un toque de atención sobre la influencia que tu propia vida deposita en lo que escribes. Butler, habiendo dedicado su vida a la filosofía vive marcada por su pensamiento y sus ideas que pueden ser todo lo objetivas que se quieran pero que consideradas como una tarta y poniendo junto a ella mi propia experiencia y considerando el peso de ambas entiendo que el valor de su pensamiento, pensado desde el punto de vista vital, y dada la fuerza de las vivencias, lo que me hace pensar es que el valor del pensamiento, sin ser excluyente, al ser puesto sobre la mesa frente al valor de las vivencias, aunque esto sea mezclar churras con merinas, repito, desde el punto de vista vital, el valor de las vivencias personales anula, o mejor se sobrepone, en cierto modo a la brillantez del discurso filosófico. Cierto que desentrañar la realidad e investigar sobre nuestro ser y conducta es vital, y ello nos debería conducir a lecturas que nos ayudarán a comprender el mundo en que vivimos, sin embargo entre un filósofo y un amante de la naturaleza, sus facetas, quiero decir, es natural que yo me incline por este último. No se trata de poner en relación estas dos posturas en este caso sino simplemente considerar el peso que cada una tiene en nosotros. El filósofo vive encerrado en sus ideas, ellas pueden ocupar una parte considerable de su persona y su vida, mientras que en el acérrimo amante de los bosques y las montañas la naturaleza, al margen de consideraciones académicas, recibe por completo nuestro empeño y actividad. En este punto el amigo Álvaro, uno de esos buenos lectores que conozco, y ahora ya que he vuelto al Facebook, diría que todo esto no son más que pajas mentales. Y probablemente tenga razón pero no en el sentido en que él lo diría, sino en aquel otro en que, como todo el mundo experimenta, las pajas son un excelente modo de relacionarnos con nosotros mismos.

Sí, no pongamos vallas al viento, y no sólo lo digo por lo de las pajas, que aquí podríamos volver a enrollarnos con asuntos tan interesantes como la libertad y las constantes barricadas que intentan mediatizarlas.

Viento. Es mediodía. Todavía en la cama. No, si aún voy a tener que agradecer esta inmovilidad impuesta que tanto me predispone a la vagancia, vagancia física, se entiende, que no hay mejor modo de despabilar la materia gris del cerebro que no tener apenas nada que hacer durante todo el día.

Hay verdades que sólo le sobrevienen a uno en el tendido supino de una mañana de viento. Y me voy por un instante a mis montañas, a esas jornadas en que durante un par de días me veía obligado a permanecer dentro del saco de dormir bajo la tienda mientras el viento y la lluvia se convertían en los señores del lugar. Días de aparente incomodidad pero que ocupan en el recuerdo ese preciado lugar que destinamos a los mejores ratos de nuestra vida. En la película de Kore-eda After Life los muertos tienen que elegir el momento más significativo de sus vidas, después de lo cual pasan a otra fase en que el resto de los recuerdos se borra. Sólo dos personajes se resisten a ello, se niegan a desprenderse del conjunto que fue su existencia. Yo estaría entre estos últimos, pero ciertamente a la cabeza de mis recuerdos estarían noches de ventisca arrebujado en la soledad de mi saco de dormir en las cumbres de los Carpetanos o en el pico el Lobo, por poner un ejemplo.

Allá donde hemos dejado lo mejor de nuestras vidas, donde yace nuestro corazón, no en un hecho concreto sino en una forma de vida, es lo que nos define en gran parte como personas.

 

 

 

 

 

 

sábado, 17 de octubre de 2026

¡Buenos días!


El Chorrillo, 17 de octubre de 2026 

Sonó el despertador, me despabilé, abrí los ojos, en la copa de los árboles ya se había colgado el dorado de la mañana. Es otoño. El tiempo estaba preso en las hojas que la brisa movía con delicadeza. El tiempo, ¿qué es ese el tiempo que pasa sobre nuestras vida también como una brisa poniéndonos en ocasiones nostálgicos, otros inevitablemente tristes porque nuestras ganas de vivir quisieran acumular primaveras por toda la eternidad, en unas pocas ocasiones jodidamente despacio cuando el dolor se remansa sobre nuestro ánimo? 

Más allá de la ventana las hojas de los olmos empiezan a caer como primeros copos de nieve. El tiempo, ese del que Hemingway decía que era el río de la vida en donde él echaba el sedal de su caña de pescar cada mañana. 

Hoy no me levantaría en todo el día de la cama. Mi cabaña no es my castle, como dicen los ingleses, mi cabaña es un útero en medio del universo y el tiempo y yo estoy dentro de él como quien contempla las llamas de la chimenea, absorto, intentando comprender qué es esto, la vida. Para el amigo Antonio con el que hablé por teléfono ayer, la vida con sus 76 años era poder escalar todavía un 7B e ir con uno de sus muchos nietos al rocódromo, era su familia, sus amigos. Para otro que tiene diez años más, el amigo Carlos Soria, era poder seguir cada mañana trepando por los senderos y los piedros de la Pedriza; para otro, éste de 89 años, mi caro amigo Eduardo, la vida era penetrar las profundidades de las manifestaciones de la tierra y las montañas, rescatar para la memoria y los libros la historia las vibraciones del planeta. Por todos ellos corre la inquietud de la vida, vidas que yo miro esta mañana con expectación como quien ve esos gruesos copos de nieve caer sobre la blandura del suelo de mi parcela, que hoy es verde brillante y que acaso se mude más adelante en alguna ocasión al blanco níveo del invierno. 

A la cabecera de la pantalla en la que escribo, anoche dejé una escueta nota que acaso fuera una advertencia a recordar. Esto decía: “Mantener el cerebro activo”. Es la única posibilidad que me queda para estos meses que vienen de forzado reposo. Y me digo que tampoco está mal la idea de llenar las horas del día dejando campar a la materia gris del cerebro a sus anchas por aquí y allá de la realidad. Esta misma mañana de no hacer nada. Bájame una estrella mientras tanto, escribiría Míriam García Pascual. Míriam había encontrado una manera muy especial de estar en el mundo. La navarrica escribió en su libro: «Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad»; no era de las personas que se dejan arrastrar por la vida, más bien la embestía con la fuerza de su juventud y su pasión. Murió con sus compañeros bajo una avalancha mientras escalaban en India el Meru Norte. ¿Para qué querría Míriam que le bajaran una estrella?, me pregunto. Míriam además de escaladora era poeta, «Viajé con la ilusión de llegar a ser un pájaro y volar cada vez más alto», escribe en su libro, sin embargo la realidad la sepultó bajo la nieve de sus amadas montañas. 

Volar, navegar, como lo hiciera Julio Villar, la soledad entre las olas, un petrel que se posa en el velamen de su pequeña embarcación, la libertad llenando los poros todos de su cuerpo. 

En cosas así pienso esta mañana de vagancia bajo el edredón. 

Estos días leo simultáneamente dos libros, una novela, El sentido de un final, de Julián Barnes, y Dar cuenta de sí mismo, de la ensayista y filósofa Judith Butler, y resulta que llegando a más de la mitad de lectura del primero me encuentro con que ambos son totalmente complementarios, que atienden a la percepción que tenemos de nosotros mismos con una crudeza que te produce vértigo. ¿Seriamos capaces de reconocernos a nosotros mismos si alguien pudiera dar cuenta de una biografía personal retrospectiva de muchas partes de nuestro pasado? El protagonista de la novela ha olvidado totalmente detalles de sus actos que el tiempo o el remordimiento han enterrado en las profundidades de su memoria, y ello hasta que recibe una de sus propias cartas donde se testifica de su puño y letra eso que la memoria había enterrado. 

Butler por su parte, atenta a los débitos que tenemos con la sociedad, levanta sospechas desde las primeras páginas de su libro sobre esa supuesta autenticidad de que somos obra de nosotros mismos. Butler transmite la sensación de que la sociedad nos moldea mucho más allá de lo que queremos aceptar, que es como decir que somos menos nosotros mismos de lo que creemos. Nos aferramos a nuestro yo como obra propia que hemos ido esculpiendo a lo largo de la vida, y Butler trata de desmentir esa impresión desde la fría disección filosófica. Y yo, que esta mañana acompaño a Julio Villar y a Míriam en sus viajes por la tierra fértil de sus intuiciones más allá del mundo y sus condicionantes, soy incapaz de aceptar que la autora de Dar cuenta de sí mismo pueda comprender lo que corre por el corazón y el cerebro de Julio o de Míriam. Pienso que no cabe en la fría disección filosófica, a no ser que el diseccionador se llame Eduardo Martínez de Pisón, o cualquiera otro experimentado montañero filósofo que el mundo de la montaña nos ha regalado, enontrar los porqués de unas vidas que se rigen por unos parámetros ajenos al común de los mortales. 

Contemplo ahora el interior de mi cabaña, algunos cuadros que pinté el pasado año, un hombre en la soledad de una habitación desnuda que apoya la cabeza en una mesa, yo mismo; otro hombre sobre la cumbre del pico Anie contemplando un espléndido atardecer, yo mismo; un lienzo de una niña abandonada a su suerte que encontramos en las Hurdes hace medio siglo; una fotografía de un desnudo de una novia que tuve en mi madurez; yo mismo en disposición de poder engendrar un nuevo ser; en fin, una mamá India con su nene en brazos que contempla el crepúsculo sobre el mar de Bengala. Y me dejo llevar por la mañana balanceado por la música de la barcarola de los cuentos de Hoffman de Offenbach. 

Casi mediodía. Ya va siendo hora de levantarse. 




viernes, 16 de octubre de 2026

Dejando el hospital a mi espalda

 


Hospital San Francisco de Asís, 16 de octubre de 2026

Tu comentario (para la comprensión de lo que sigue, sólo en parte, me remito al enlace) daría para una larga discusión que no puedo aprovechar mientras liquido mi estancia en el hospital o sí porque ésta se dilató más tarde. Quizás la diferencia fundamental entre tus planteamientos y los míos esté en que yo pretendo explorar una pregunta, en qué consiste tener una vida interesante, me preguntaba al principio del post, mientras que tú o al menos eso creo, desarrollas una tesis. Yo no sé efectivamente muchas veces cómo concluiré un texto, que en realidad suele ser una indagación sobre la realidad o sobre mí mismo, mientras que cuando te leo tengo la impresión de que tú partes generalmente de una tesis que desarrollas, como es el caso en esta ocasión, con una encomiable hilazón lógica. Ya sabes que esa línea de razonamiento no es mi fuerte. Yo intento aclararme, comprender el mundo desde la sintaxis de mi propio corpus mental y es en ese intentar comprender dónde puedo chocar con la lógica de un complejo sistema en donde tengo que abrirme paso como un nadador principiante que trata de mantenerse a flote. A mí siempre me ha resultado cara la idea de esos niños que con ojos de plato se abren admirados a la vida, ese bebé que intenta en su incipiente inteligencia a organizar aquello que atraviesa sus ojos. De ahí quizás venga mucho de mi historia personal. Fui al colegio pero no hice el bachillerato, hice una rama que llamaban de comercio en los Salesianos destinada a los que por extracción social o económica se convertirían en carne de cañón del sistema económico, lo que no me impidió ser el primero de la clase durante varios cursos. Y más tarde, cuando empecé de adolescente a organizar mi vida, decidí hacer el bachillerato y Preu por libre. Creo que en tres o cuatro años lo hice todo. Entré en la Universidad sin haber pisado un aula. Todo este rollo para intentar acercarte al modo en que mi pensamiento se fue abriendo paso en la vida. Tenía bastante claro por entonces lo que quería, lo que en la Universidad tuve que traducir en sacar una media en toda la carrera de sobresaliente para tener acceso directo a un puesto de trabajo en la escuela.

En tu comentario predomina, creo, la consolidación de una tesis que pienso está previamente establecida en razón de tu formación y en una percepción del mundo, quizás también en una experiencia vital, determinada. Algo como si fuera difícil cuestionar, mientras que la mía, con una experiencia diferente muy marcada por el autodidactismo, unas lecturas anarquicas, acaso, que me llevaban de una parte a otra de la concepción de la realidad, hicieron que derivara, imagino, hacia un modo de ver la vida un tanto peculiar.

Estaba terminando este párrafo cuando entró una monjita a visitarme (monjita, sí, pequeñita, amable, lleno su rostro de dulzura). Enseguida le dije que no era creyente pero que apreciaba en las veces que he estado en este hospital ese cristo crucificado que cuelga en todas las habitaciones, le conté de mi historia de niño de comunión diaria y de mi alejamiento de la religión, un alejamiento que se compatibilizaba de joven con la lectura frecuente del Evangelio. Fue una conversación amable, hasta diría que cariñosa. Le comentaba que aunque ateo tenía que reconocer que una parte considerable de mi cercanía infantil a la religión marcó mi forma de pensar en algunos aspectos). Y a continuación entró la enfermera, un encanto de mujer que me llega a recordar  a otra mujer de su edad que nos atendió en un albergue del Camino de Santiago y que me dejó una bonita impronta. Ella era poeta y pintora. Había pintado los murales de la iglesia de su pueblo subida en altos andamios y además sus poemas eran un elogio de sencillez. Volví a encontrármela ayer en el guasap y me alegró la tarde. Confieso que la relación con mujeres mayores producen en mí una cierta clase de ternura y empatía.

Y bueno, sigo con mi historia que gusto me da en ocasiones poder irme de un lado a otro sin el correctivo del corsé de una disciplina. Voy a ver primero por dónde andaba.

Hay preguntas que inevitablemente saltan al tablero, tal como esa de si la identidad de una persona reside en los momentos de plenitud que ha vivido o en su capacidad para seguir construyendo una vida significativa cuando esos momentos ya no están a su alcance. Algo que me concierne personalmente y que expresaba al final del post de que siempre nos esperará París, una posibilidad, una opción B que probablemente sólo dependerá de mí y de mi adaptación a las circunstancias. Y, por supuesto, y estoy de acuerdo contigo, la opción de Kore-eda me parece falsa, una manera de profundizar en algunos puntos de la realidad y hacer visible qué sí o qué no es lo que en la vida realmente ha sido importante, o te ha dejado simplemente una impronta; no me parece que su planteamiento sea desechar toda aquella otra experiencia, eso que constituye una parte tan importante de nuestro vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 15 de octubre de 2026

El dios de las pequeñas cosas



Hospital San Francisco de Asís, 15 de octubre de 2026

Bueno, pues sucede que como se suele ver con frecuencia en este blog la vida, con todos los altibajos que se quiera, demasiados en ocasiones, termina siendo hermosa cuando la mirada, suave como el vuelo  de la paloma, se tiende sobre la gente que nos rodea con la disposición de quien está a gusto en la vida, pues eso, a mal tiempo buena cara. Escribo desde la cama del hospital, que abandonaré mañana por la mañana para irme definitivamente a casa.

Existen ocasiones en que sobran motivos para estar agradecido a la gente que te rodea, enfermeras, cirujanos, la simple señora que te sirve la cena. Yo tengo que acusarme con frecuencia de estar enfadado con el mundo; no es que sea injusto, es que las posibilidades del lenguaje para intentar no generalizar son limitadas, tendríamos que poner en nuestras afirmaciones tal grado de matices y excepciones que harían excesivamente largo nuestro discurso. Y sí, vivimos unos tiempos en que si vas más allá de las pocas palabras del Twitter, no te lee ni Dios. El camino termina entre el perejil, como dice aquel adagio oriental, así que nada de prisas parece ser la consecuencia; pero aquí en Occidente las cosas no funcionan así, aquí el camino es una carrera de marica el último para llegar a no se sabe dónde porque no tenemos tiempo para preguntárnoslo ni para buscar la respuesta adecuada.

Es el caso que ralentizándose la vida como se me ralentiza últimamente a la espera de que mi cuerpo pueda normalizarse totalmente, siento, por ejemplo, un rebrote de mi empatía hacia la gente que me rodea, no sólo aquí, sino también en la calle y en los transportes públicos, que no siendo nada común en mí, me anima a salir de mi aislamiento y echar una mirada menos crítica a lo que me rodea. Y por cierto no olvido a los amigos de las redes sociales con los que, alegría me ha dado, me he vuelto a encontrar desde hace unos días.

Los tímidos y solitarios con nuestras pequeñas extravagancias podemos crear malentendidos a nuestro alrededor con nuestra aparente distancia, sin embargo es un hecho que la distancia no es tal. Lo noto yo especialmente esta temporada en que aislado por razones de enfermedad o por un ánimo poco propicio, cuando de algún modo termino por acercarme a los otros, amigos, conocidos, me encuentro con un calorcito humano que me reconforta.

Hoy antes de ir al hospital quise pasarme por Sol. Quizás eso tenga que ver también con mi estado de ánimo. Sentirte junto a la gente, aunque sea esta vez de un modo tan de espectador, te hace sentir esa realidad de que el mundo no es una pura mierda. La solidaridad de la gente actúa sobre el ánimo como los catalizadores en las reacciones químicas. La acampada de Sol actúa por tanto cómo catalizador de agrupamiento de voluntades. No creó la solidaridad, que ya estaba ahí, escondida en tantas personas, sin encontrar el modo de manifestarse. Lo que hizo fue activar esa solidaridad latente, ponerla en contacto consigo misma, permitir que quienes se sentían solos descubrieran que no lo estaban. Y parece una paradoja que sintiéndonos tan pesimistas en este mundo en donde la voracidad del sistema económico la llegamos a introyectar hasta el punto de hacernos pensar que no existe ninguna otra alternativa, el resurgir desde las entrañas de la sociedad esta acampada y las manifestaciones que la acompañan, nos parezca un milagro.

Desde mi propia situación personal la acampada de Sol cabría compararla con ese mi propio “descubrimiento” que me proporcionaba hoy la gente con la que me cruzaba. Sentado plácidamente en el metro miraba enfrente; me encontré con un hombre que tenía una sonrisa que le ocupaba toda la cara. No, no miraba ningún teléfono. Seguramente estaba del todo metido en la amabilidad de un recuerdo. Sin embargo no paraba ahí el espectáculo porque a nuestra derecha teníamos sentada a una joven cuya sonrisa leyendo lo que que aparecía en la app del guasap era tan encantadora, tan de una persona tan enteramente feliz que era capaz de contagiar su felicidad a los que la estábamos contemplando. Su felicidad la dejaba fuera de sí en la entera compañía de la experiencia que estaba viviendo.

Encantador encontrarte en un simple y rutinario viaje del metro con esa pizca de felicidad que rezuman otras personas. Placeres hay en la vida que me vuelven a recordar algunas secuencias de la película que vi ayer, After Life, en que a personas fallecidas, tras la muerte les piden que expresen el momento más dichoso de su vida. El resultado iluminaba realidades del hombre que en trato diario acaso pasarían inadvertidas, asuntos de una sencillez que sin embargo quedan grabados en el alma que se sincera como hechos, como sucedía en la película, para pasar toda la eternidad  reviviéndolos. En el film el resto de los recuerdos quedan borrados para siempre. Sí, El dios de las pequeñas cosas (Arundhati Roy). Quizás fuera ese dios precisamente el que me ha estado visitando durante todo el día, incluido ese de las pequeñas bromas que he cruzado con el urólogo esta tarde tras la operación.

 

 

 


miércoles, 14 de octubre de 2026

Una vida interesante

 


El Chorrillo, 14 de octubre de 2026

¿En qué consiste tener una vida interesante, me pregunto. Cuando crees vivir una vida interesante o también cuando recuerdas y tienes esa sensación de plenitud que te visitó en algunos momentos, ¿en qué piensas? Ayer comencé a ver After life, de Kore-eda; espero terminarla esta noche. Allí había personajes ya fallecidos de todas las edades a los que se les pedía expresar el recuerdo más significativo de su vida. Sirve la película para dar un repaso a la existencia y tratar de considerar qué fue aquello en tu vida que crees que fue más significativo, qué es lo que más estaba relacionado con la idea que tienes de tu propia plenitud. Como se trata de sondear en los momentos en que hasta a ti ha llegado una suerte de inesperada felicidad, yo personalmente  quizás señalaría el anonimato de un día después de una noche de lluvia ininterrumpida bajo el techo de mi pequeña tienda de campaña en que a la mañana siguiente no tuve más remedio, estaba en Alpes, que ponerme a caminar bajo la misma lluvia. Embutido en mi equipo de agua ascendía por una ladera bajo el chaparrón cuando de repente me visitó una enorme sensación de bienestar. Además por la noche un zorro había entrado en mi tienda y se había llevado toda mi comida. Estaba en un precario tan notable que no hubiera sido difícil imaginarme sintiéndome un desgraciado, y sin embargo, posiblemente son esos momentos de rara plenitud los que me vienen ahora a la cabeza si me hicieran la misma pregunta que les hacen a los personajes de After Life.

Con este ejemplo en mente no me es difícil saber en qué podría consistir una vida interesante, bien que se trata de un adjetivo no del todo correcto para definir algo que concierne a un estado del alma que podríamos llamar de felicidad. Hay quien sostiene, sería el caso de Judith Butler, que necesitamos escuchar la vida de los demás para comprender la nuestra. Piensa Butler que quizá no seamos capaces de reconocer lo que ha significado nuestra propia existencia hasta que descubrimos lo que hemos significado para otra persona.  Recuerdo que leyendo a cierto autor francés actual (a la mierda con mi memoria) me encontré con un bonito paraje en que el autor decía que no sabemos nosotros lo mucho que podemos estar en el corazón de los otros. Es una idea atractiva que encaja con la idea de Butler, pero que me deja con el culo al aire, porque siendo tan entrañable la idea, encuentro que mi habitual timidez y rubor la encaja con dificultad.

De todos modos es una idea colateral a lo que trato de buscar, que sería encontrar en qué consistiría un vida interesante, qué es lo que la define al margen de la relación que tengamos con otros. Es evidente que haciendo esta pregunta a gente diferente los resultados pueden ser totalmente dispares. En mis caso concreto la afición a la montaña, por serme tan cercana quizás podría servir para extraer alguno de los elementos que pueden coadyuvar a eso que llamamos vida interesante. Digamos que esa vida interesante no se da gratuitamente y que requiere esfuerzo, que te obliga a poner en juego de forma muy especial tu forma física, tus capacidades, que llega a ti como un regalo en que tu soledad desde un vivac en lo alto de una montaña te pone en relación con el Universo, un momento en que tu yo y el Universo se funden formando parte de la misma cosa; cuando tú, la lluvia, el esfuerzo y la noche forman también un todo. Una vida interesante… cuando eres dueño y señor de tu vida y no te dejas depender de presiones exógenas, cuando te asomas a la vida activo, guerrero, dispuesto a comerte el mundo. Aquello que te llena por dentro, que te hace feliz.

En mi situación actual sin más seria difícil hacer una vida interesante sin poder poner a prueba mi cuerpo y mi resistencia después de tanto hospital, sin poder gozar el placer de unas piernas fuertes, sin, en fin, catar la miel de la soledad en comunión con el universo nocturno. No descarto que en el futuro pueda encontrar otros “juguetes”, si fuera el caso que mi situación se prolongara. Me consuelo no obstante pensando que siempre me quedará París, los libros, la escritura, el estudio, las conversaciones con los amigos, la pintura… llegado el caso…

En fin, mejor no especular con el futuro. Vivir a secas, o mejor simplemente existir, la verdad no es que sea algo muy apetecible. O quizás sí, siempre que nos quede París.

Mi post queda inconcluso. Veré si mañana, que es día de quirófano, atino a tener un rato para tratar de comprender los aspectos oscuros de la película y comentarlos.