Hospital de Montepríncipe,
24 de mayo
No recuerdo en
mucho tiempo un desayuno tan plácido como el de hoy, acaso cierta mañanas de viaje
por China, una mañana en algún vivac de Pirineos
o Gredos. Eso o algo parecido, a lo que los cristianos llaman paz de espíritu. Me
desperté así sin más. Mi ánimo no necesitaba las muletas del tiempo o del espacio
para empezar a caminar por la mañana. Entendí que algo se estaba gestando en mí.
Tenía la rara sensación de estar atravesando el Rubicón, un paso adelante y volvería
a encontrarme en tierra de nadie, una sensación que desconocía desde mi primera
juventud.
Cuando ingresé
en el hospital recuerdo que pasar allí unos días y después salir pitando hacia mi
vida corriente, digamos que era una realidad asumida. Hoy no lo veo tan claro después
de más de un mes de hospital. Un cuerpo de 78 años no soporta igual una grave operación
que uno de 30 ó 40; en el primero caso la vida se lleva consigo una buena parte
del elo vital; en la tradición chiná sería el qi (氣), la fuerza vital que anima todos
los seres y circula por el cuerpo y el universo. No es exactamente “alma” ni
simplemente “energía física”, sino un principio vital intermedio entre materia,
respiración, ánimo y movimiento.
Pues bien, quizás
mis sensaciones apuntan a la pérdida poco a poco de ese elo, como si las
enfermedades, especialmente en la edad madura, fueran minando ese elo vital,
sólo que en casos como éste, el tránsito puede ser realmente violento. Presiento
que uno no envejece siguiendo una línea continua, sino todo lo contrario, a trompicones
y con la posibilidad de que en uno de esos trompicones te vayas definitivamente.
Victoria y Lucía
habían gestionado en el Ayuntamiento estos días un servicio de limpieza para nuestra
casa para cuando regrese. La verdad es que me sentó mal, sentí como si de golpe
así de bóbilis bóbilis me asjudicaran una falta de autonomía que yo no sentía, algo
así como si alguien me estuviera condenando a criar malvas en una silla de ruedas.
Mi sentimiento de autosuficiencia o algún gusano de semejante jaez debieron
considerar que eso era para gente muy disminuida. Hoy me desperté con tal
ligereza de alma que apenas me costó cambiar de opinión. Me dije, un trabajo menos
que hacer en casa, es decir, tiempo que podría dedicar a leer, escribir, pasear
o a ejercer de hortelano.
No, no se puede
decir de esta agua no beberé porque al poco rato viene el flautista del tiempo,
roza con su melodía alguna cuerda sensible y ya tu espíritu está bailando una milonga
con otra idea. Así de poco fiable puede llegar a ser tu ánimo
En un momento
piensas que lo mejor es marcharte, ya has vivido bastante, a tu gusto, con intensidad
y por tanto a otra cosa, mariposa, pero luego aparece, como sucedió anoche que Marga
me envió un guasap de Serrat, y su voz cálida de 82 años y que vive la vejez con
una placidez que el destino y su vida han preparado expresamente para él, te entran
por el corazón como un canto a la vida. Y sí, ahí está Plutarco para seguir indicado
el camino: Plutarco: “La mente no es un vaso que hay que llenar, sino un fuego
que hay que encender”. ¡Qué hermoso suena esto! Fuegos, acaso ahora más livianos,
con los que seguir alimentando la existencia.

