domingo, 6 de septiembre de 2026

Machado / García Calvo

 


5/09/2026 


Dos asuntos en uno: García Calvo y Antonio Machado.

Quise interesarme, para contestar a Enrique Muñiz, por García Calvo e Isabel Escudero, una pareja con una diferencia de edad similar a la de Leonor y Machado, pero no resultó. En el caso de García Calvo e Isabel ambos eran adultos y además los dos profesores de universidad. Leonor, cuando la conoció Machado tenía 13 años y, aunque se casara cuando cumplió los 15, no dejaba por eso de ser una niña, ello teniendo además en cuenta que el código civil de la época fijaba los 12 años como edad mínima para las mujeres y 14 para los hombres. De todos modos yo tenía una falsa percepción de la pareja García Calvo e Isabel. Los había visto de lejos en una de las fiestas del PC y siempre recordé a ella como una jovencita frente a un García Calvo muy mayor. Lo que me hizo valorar esa relación de otra manera colocando el atractivo de la juventud y la feminidad por delante del otro atractivo de la madurez y del pensamiento.

De todos modos discrepo con el amigo Enrique cuando carga las tintas en el aspecto improcedente del matrimonio de Machado basado en la temprana edad de Leonor sosteniendo en su comentario que la relación de Machado con Leonor, de 13 años, con 19 años de diferencia, anula el consentimiento por desigualdad y dependencia. Argumenta que su lucidez intelectual no lo exime, sino que lo hace más responsable, y que aunque denunció injusticias sociales, en lo de género reprodujo el patriarcado de su tiempo con el ideal de la musa adolescente. Creo que no es necesario encontrar que ella fuera una pequeña intelectual para que la relación fuese real y profundamente afectiva. No es algo que me parezca corriente, por supuesto, pero lo puedo comprender en una persona de gran sensibilidad. El amor es una de las más peligrosas enfermedades que existen :-).

Como García Calvo goza de toda mi admiración, pues que indagué y allá me lo encontré en pleno 15M (ver aquí) . Y era un gusto volver a escucharle y recrear una filosofía que tan cara me es. Eso no más:La democracia cuenta con la idiotez de la mayoría. La idiotez mayoritaria que rige nuestro mundo, y eso que García Calvo no conoció la era Trump ni a la señora Ayuso, ni al tal Feijóo, que si así fuere le da un patatús.

Merece la pena volver a leer de tanto en tanto mentes tan preclaras como la de aquel viejo catedrático tan radicalmente libertario. Un pensamiento que viendo los tiempos que corren corrobora aquello que él decía de que la democracia, esta que se usa hoy en día, debía de ser entendida como un mecanismo de sometimiento. Recuerdo como si fuera ayer alguno de sus artículos de entonces en contra del tren de alta velocidad, ahorrar tiempo para poder seguir produciendo, llegar antes, eliminar la distancia y convertir el viaje en un simple desplazamiento entre dos puntos. García Calvo defendía el tren convencional que conservaba algo que el tren de alta velocidad destruye: el tiempo del trayecto. El viajero podía mirar por la ventanilla, conversar con un desconocido, leer, dormir, aburrirse incluso. El viaje no era solamente el medio para llegar a destino: era parte de la experiencia. Para qué, se preguntaba, esa obsesión de ganar tiempo”. Y así tantos asuntos de nuestra modernidad que no hacen otra cosa que alimentar el sistema económico y empobrecer nuestra relación con la realidad.

El sosiego de los tiempos de Machado probablemente ayudaba a reflexionar sobre la realidad, cosa que ahora da la impresión de que somos pasto de una saturación producida por los medios o las redes sociales. Para Machado una sociedad sería democrática en la medida en que sus individuos sean capaces de pensar, vigilar y no someterse ciegamente a las ideas recibidas. A ello García Calvo, atento siempre a los mecanismos que el Poder usa con fines propios, añadiría una distinción importante “no someterse a las ideas que el Poder les inculca y que ellos llegan a considerar propias. 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Perplejidad

 


5/09/2026

Llevo ya un tiempo en que cuando termino un post le pido al ChatGpt que me proporcione una imagen para el mismo. La imagen que me crea con variantes es un hombre, acaso de mi edad, de espaldas frente a un paisaje de montaña, un lago, el mar. En uno el hombre escribe sobre una mesa rústica al pie de la cual hay unas botas de montaña y una mochila, en otros contemplo el paisaje o miro volar unas golondrinas. En realidad soy siempre yo con el boli en la mano escribiendo o contemplando lo que tengo delante. Es una imagen que me gusta. Yo y el mundo, yo frente a la realidad que constantemente llama mi atención hasta el punto de sentir la necesidad de ver en qué consiste. Pienso en esos niños que unos días después de haber recibido el regalo de los Reyes Magos desarman el camión o el tren con la finalidad de ver de qué está hecho por dentro. Es una imagen coherente con la idea de los pensamientos que me asaltan algunas mañanas contemplando el paisaje. De qué está hecho o lo otro o lo de más allá.

Ver de qué está hecha la realidad por dentro creo que constituye uno de los atractivos más interesantes en que puede emplear sus días el hombre. El uso de la razón es un regalo que la evolución de la Especie nos hizo desde muy temprano. Si no hubiera sido por ello a qué la existencia de los animales, “Los insectos atareados, / los caballos color de sol, / los burros color de nube, las nubes, / los montes como cielos desplomados, /la manada de árboles bebiendo en el arroyo, / todos ahí, dichosos en su estar”, pero ausentes de razón de ser. ¿Puede alguien llegar a concebir un planeta como el nuestro sin nadie que lo piense y lo admire?

Es cierto que la vida está hecha de muchas cosas, todas salidas esencialmente de una manera u otra del hecho de poder razonar, de ahí que cuando el hombre por la razón que sea tropieza con interrogantes esenciales, la imagen que encabeza alguno de mis posts últimos sea la pertinente para quien piensa la vida, la historia o la realidad intentando penetrarlas y comprenderlas. Tiene mucho de perplejidad la escena, porque por mucho que hayamos avanzando en todos los campos de las ciencias, la vida y su significado siguen sin explicarse del todo.

Perplejidad por el simple hecho de estar vivo, por la muerte, porque haya sido posible la creación de un universo, este planeta, las plantas, los animales. Desde el momento en que dejamos atrás por infantil la idea de la creación que nos cuenta el Génesis, un tiempo en que siendo necesario comprender todo y no encontrando modo de hacerlo se recurrió a un ente extraordinario sujeto creador de todo cuanto existe. Lo que no se entendía se atribuía a los dioses y así todos contentos, asunto concluido. En lugar de admitir lo inexplicable entonces, se inventaron dioses para adjudicarles los hechos extraordinarios que no se comprendían. En lugar de admitir nuestra perplejidad, lo insondable de tantas realidades que la evolución y el desarrollo de nuestro cerebro trataron de descubrir, tiramos por la calle de en medio y depositamos nuestra ignorancia en las manos de esos seres extraordinarios que llamamos dioses.

Probablemente ese hombre sentado frente a un eclipse, admirado de la realidad y la complejidad de la misma, lo que hace, no sin cierta perplejidad siempre, es intentar comprender.

 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Existimos en lo que hacemos


 

 4/09/2026

Me lo encontré ayer en Sarabanda, al sur de Albania, mientras leía de los últimos postreros días uno de mis viajes a Oriente. “Existimos en lo que hacemos”, y es que últimamente me pregunto con alguna frecuencia en qué consiste cuando pensamos que tenemos o hemos tenido una vida interesante, y me lo pregunto especialmente ahora que estoy abocado a una vida más bien nada atractiva. Y sí, qué es eso de una vida interesante y que siempre me lo parece, la mía, cuando echo manos de mis escritos de viajes y de montaña. Estar en Albania, el día anterior en Corfú, por que es más interesante que estar aquí despelotado tras la siesta haciendo nada u hojeando las páginas de un libro. Quizás tendría que recordar aquello de que las cosas más importantes de la vida no se explican, se viven y punto. Pero eso es salirse por la tangente.

Así que ¿de qué está hecho aquello que recordamos como momentos de plenitud, aquellas de nuestras experiencias que mejor valoramos, esas vivencias que constituyen lo mejor de nosotros mismos? Son cosas que corrientemente no se piensan y, me parece, que si ahora me rondan por dentro es porque acaso las observo desde la carencia. Obviamente no hablo de asuntos materiales, sino de aquello que, dicho de un modo un tanto pedante, enriquecen nuestro yo. Las dificultades superadas, el encuentro con la belleza, la elasticidad a que hemos sometido nuestra persona, la satisfacción de alcanzar un objetivo importante, el vislumbrar en los límites de nuestro esfuerzo una verdad, una forma artísticamente satisfactoria, el haber superado un objetivo que se nos presentaba arduo.

Que acaso las observo, repito, desde la carencia. Jorge Bucay, para situaciones en que uno atraviesa momentos de estado de ánimo jodidos, proponía algo interesante; búscate un amante, decía. Como sustitutivo de tantas penas podría ser, pero no es el caso, uno ha ido cumpliendo ya tantos años que sería como pedir peras al olmo. En su lugar yo preferiría tener que prescindir del puñado de citas médicas que me esperan y poder comenzar a soñar con nuevos viajes y caminatas sin que la sombra de los quirófanos me amenazaran. Y basta, que vuelvo a caer en más de lo mismo.  

De todos modos  generalizando, la idea de Bucay es un remedio universal de probada eficacia. Pon un proyecto atractivo en tu vida, un amor, y los males desaparecerán de bóbilis bóbilis. La magia de algo por hacer, aspirar a algo desmadrado, dar a luz a un buen proyecto seguro que moviliza nuestras neuronas. Decíamos antes, cuando éramos creyentes, que poner velas a la Virgen curaba muchos males, ahora que compuestos y sin novio estamos, debería ser posible alentar a nuestras neuronas de algún modo para no quedar a merced de nuestro ánimo. Porque si es verdad que existimos en lo que hacemos, poca cosa queda si exclusivamente me dedico a recolectar los tomates y pepinos de la huerta.  

Mientras escribía anoche no sentí ni frío ni calor, me encontraba ausente, era como estar en otro mundo, sólo existían el teléfono y los pensamientos que iba volcando en ellos; mis sentidos estaba abortos en la escritura y fue nada más dar por terminado el texto que sentí desagradablemente el aire del ventilador en mi cuerpo desnudo, que fui consciente de donde estaba y qué hacía. Escribe Stefan Zweig en La lucha contra el demonio, cito de memoria, que cuando el escritor crea algo generalmente está fuera de sí, razón por la cual no puede dar cuenta del proceso creativo en que previamente ha estado. Es como si la conciencia, absorbida por el proceso de creación en marcha, en esos momentos no pudiera atender a lo que está sucediendo en nosotros. Es una situación curiosa que existiendo plenamente cuando creamos algo, instantes en que somos más yo que en otros muchos otros momentos, dejemos de ser conscientes de lo que hacemos debido precisamente a cómo se centra la mente en lo que estamos haciendo. Sucede también cuando algo nos llama especialmente la atención. Fuera del campo del objeto en que estamos centrados es como si se hiciera repentinamente la oscuridad. Y curioso curioso del todo es que cuando creemos ser más yo de lo habitual, cuando creamos algo, una pintura, un poema, sea precisamente cuando menos somos conscientes de nuestro yo.  

 

 

 


jueves, 3 de septiembre de 2026

Pensar en piloto automático


 3/09/2026

Estoy en el hospital. Miro a un niño chico en los brazos de su padre y la evidencia de traer un hijo al mundo se me presenta en este momento como un milagro difícil de comprender. Eso de que las pequeñas cosas de la vida cotidiana por el hecho de tenerlas delante haga que perdamos parte de nuestra perplejidad; lo extraordinario se hace cosa corriente y nos sentimos en el mundo como si todo fuera pan comido. Estas reflexiones me vienen a la cabeza mientras en el hospital espero que me llamen para la consulta del anestesista. 

Quizás vivir la perplejidad ante lo que nos rodea sería un esfuerzo excesivo para nuestro cerebro, de ahí que la automatización de nuestras sensaciones, atendiendo al principio de menor gasto de energía, haga que lo extraordinario pase casi inadvertido a nuestra percepción corriente. Si tuviéramos que procesar cada pequeño encuentro con la realidad, lo mismo nuestro cerebro echaba humo. De ahí a la tendencia a pasar al automatismo va un paso. El menor gasto de energía física o mental, parece que sea un procedimiento que usa la naturaleza para ahorrar combustible. Combustible entre comillas porque efectivamente en el contexto en que lo percibo esta mañana puede perfectamente referirse a la energía que necesita el hecho de pensar. El automatismo es, en cierto sentido, la economía energética del cerebro, y pensar deliberadamente supone interrumpir esa economía, por eso pensar de verdad puede resultar cansado porque exige mantener durante un tiempo la incertidumbre, la atención y varias posibilidades abiertas.  

Bonito panorama el que se me presenta mientras espero la visita al anestesista. Me digo que si el anestesista fuera un hombre curioso de estas cosas lo mismo podríamos después de la consulta tomarnos una cerveza en el bar de la esquina y seguir dándole a la manivela del organillo. Si yo hubiera llevado al anestesista sólo el informe del urólogo sin los precedentes de mi complejo historial clínico reciente, el asunto se habría ventilado como la última vez, en unos pocos minutos, pero no, la consulta fue larga. En este caso la automatización quedó a un lado para pasar a una larga reflexión y análisis de datos.  

La realidad a la que tantas veces nos acercamos con un precipitado automatismo, entre otras cosas porque conducir con el piloto automático consume menos energía mental. Los automatismos no son necesariamente malos. De hecho, serían imprescindibles, sería demasié si tuviéramos que tener el cerebro en todo momento a ciento cuarenta por hora. Seguro que alguna biela terminaría saliéndose por un costado del cárter. La cuestión que se plantearía sería si somos capaces de salir del automático cuando la situación lo requiere. Y ahí, en el ocio de la espera de mi consulta, es precisamente donde yo he encontrado esta mañana la posibilidad de pensar, el pequeño intervalo entre el estímulo, ese niño, y el interrogante de su venida al mundo es, donde saliendo de la rutina del automatismo, encontró mi yo un nuevo elemento para pensar el mundo.  

Podría ahora irme por peteneras y sacar algún tipo de conclusión sociológica que llevara la necesidad o no del esfuerzo de pensar al ámbito de las estadísticas, intentando colegir de ello la repercusión que los datos recogidos por ella puede tener en el ámbito político o en el de la simple vida cotidiana de los sapiens de este planeta.  

Los sistemas tienden a buscar una solución que requiera el menor gasto posible para conseguir un resultado, algo que es muy útil en tantas ocasiones a fin de minimizar esfuerzos. Si tuviéramos que decidir constantemente cada detalle de nuestra vida, cómo sonarte los mocos o limpiarte el culo, seguro que nuestro cerebro terminaría por explotar saturado por tanto curro. Simone Weil en La gravedad y la gracia, en donde desarrolla la idea de la gravedad psicológica, plantea que tendemos a actuar según las fuerzas que nos dominan, la pereza, los deseos, el orgullo, el miedo o nuestras costumbres y en donde pensar sería introducir una interrupción en esa tendencia. Un punto en donde Weil introduce uno de sus conceptos principales, la atención, que sería para ella suspender el pensamiento para dejarlo vacío y disponible para nuestro pensar. Me pregunto, ¿es ese niño que observaba esta mañana el objeto de que se sirve mi atención para aproximarse a una comprensión más clara de la realidad? 

Posteriormente, ya en el autobús, otro bebé llama mi atención. Inquieto mira aquí o allá desde su jaula mosquitera de carrito de bebé. Es tan chico que me lo imagino intentando organizar lo que percibe, quizás dándole sentido. Lo mismo que hago yo esta misma mañana. Y en este momento el autobús dobla hacia la calle de Alcalá y pasamos junto al complejo de la iglesia de San Manuel y San Benito que un día me propongo visitar. Su estilo neobizantino y sus torres recordando a los campaniles italianos, de repente han entrado en el campo de mi interés al punto que me digo que debería dedicar algún día a ver iglesias en Madrid. No son tiempos ya de creencias religiosas, pero tal como esta mañana ha despertado mi atención a partir de ese criajo del hospital lo mismo vuelvo a alimentarla apareciendo por alguno de los templos de Madrid. La curiosidad, un asunto que me tiene algo preocupado porque la echo mucho de menos. Creo que en general necesitamos abandonar bastante el automatismo con el que usamos de nuestra percepción para encontrarnos, como ese niño pequeño del autobús, con el mundo y sus problemas con una mirada menos cansada. 


 




A cuenta de la segunda ley de la termodinámica



 2/09/2026  


La termodinámica: el desorden puede producir nuevas formas de orden. La segunda ley de la termodinámica establece que, en un sistema aislado, la entropía tiende a aumentar.  

Estoy hecho un lío. Enciendo el teléfono y me encuentro tres posts a medio hacer que además no sé si he publicado. ¡Viva la Pepa!, más o menos como escribiera don Antonio que decía que hablaba con el hombre que iba con él, más aún porque tengo problemas de memoria derivados de algún posible trombito que se debió de pasear por mi cerebro, o que se pasea, como consecuencia de mi endocarditis (obsérvese que digo mi endocarditisque es como hablar de una vieja compañera de instituto, pues habiéndole cogido cariño pese a lo jodida que es, es como si conversando conmigo mismo, conversara a la vez con ella). Que conversando con uno mismo y teniendo problemas de memoria, algo más agudos de los corrientes a esta edad provecta, que gusta decir el amigo Paco de Hoyos, pues que no es raro que cuando la facundia escritoril se apodera de mí, resulte fácil no que se mezclen churras con merinas, sino que los asuntos, como quien hace calceta a ratos sin recordar cada vez cual era la labor de conjunto, empiece con un jersey, continúe con una bufanda y pueda terminar tejiendo un mantelillo para la mesa camilla o unos patucos para el gato. No se me entienda mal, que no estoy en contra de ese desorden, que ya se sabe que éste en no pocas ocasiones puede engendrar al final un orden, vamos; una aparente contradicción en la que el desorden puede producir nuevas formas de orden.  

Y en este sentido el elemento unificador no es otro que la propia vida, ser y razón de todo cuanto existe. El discurso, quién lo duda, debe regirse por un orden atendiendo a las leyes de la lógica, sin embargo, no quiere decir ello que el pensamiento deba someterse dócilmente a los dictados externos, procedan estos de las citadas leyes o cualséase  su procedencia. Lo tenemos en una parte importante de la literatura moderna que, saltándose la lógica del orden cronológico o la continuidad del asunto, campa allá por donde al autor le viene en gana, ello o cuando el relato sigue el curso espontáneo del pensamiento, consiguiendo probablemente en estos casos una lectura a salto de mata en donde el lector exigente encuentra un nuevo bocado para su placer y entendimiento.  

Ahora, si yo mezclara de algún modo esos tres post a medio hacer ¿sería capaz con ello, aparte del aspecto literario, de crear algo legible, expresión de alguna idea de interés, divertir, decirle algo a un posible lector? Estando como estamos habituados a seguir los dictados de la lógica, de algún tipo de orden con que atar, como escribía Francisco Umbral, la morcilla por el principio y final, siempre resulta chocante encontrarnos con un diálogo interior o con textos que no siguen el orden corriente del relato.  

Hoy estuve en el cardiólogo a instancias del anestesista y aquél ha dado al traste con mi programada operación de la uretra. Algo en mi corazón está, de momento, reñido con la anestesia. Así que estoy de vacaciones de nuevo, no puedo ir al monte, y menos solo, no puedo usar gomas o mancuernas, ni… etcétera. Vida tranquila por algunas semanas. Espero que mañana o pasado mañana no me pidan dejar de escribir o soñar, porque de momento casi solamente me quedan estos dos pequeños divertimentos.  

Hoy es ya tarde, así que mañana exploraré la posibilidad de cocinar un tojunto, ese plato tradicional de la cocina castellana en donde se mezclan patatas, tomates, pimientos, cebolla ajos y aceite; en mi probable texto, un poco de todo.  

 

 

 


martes, 1 de septiembre de 2026

El sabor de las cerezas

 


1/09/2026

Ni apunto yo tan alto ni estoy preparado para ello (contesto al comentario de Enrique al post Incertidumbre); vaya ello por delante para que no se malinterprete lo que escribo. Si hubiera querido leer a Heisenberg probablemente no habría entendido casi nada. Creo que no se me concedieron suficientes talentos para ello. De ahí que me sorprenda con frecuencia a mí mismo ejerciendo el atrevimiento de escribir mucho de lo que escribo. La cita de Pamuk que dice que nuestro deseo en realidad es pintar/escribir algo que conocemos del todo, sino algo desconocido y en penumbra, ilustra acaso el sentido de alguno de mis posts. Y moverse en ese ámbito, por mucho que tenga de exploración, genera incertidumbre, incertidumbre entendida a pie de calle. La incertidumbre de quien se mueve en la oscuridad y apunta con el extremo de su bastón de ciego aquí o allá en una habitación, aquí o allá de la realidad que vive. A mí a veces se me cuelan certezas en el cerebro y me digo que tanto católicos como hindúes o mahometanos viven en la inopia y confunden sus deseos personales de pervivencia con hipotéticos dioses; cosas de niños chicos que durante toda la vida sueñan con un caballo de cartón. Eso o que prefieren vivir en la inopia, calentitos junto al radiador en invierno y a la vera de un ventilador en verano.

Pero que se me cuelen cerezas (jaja… mira por donde mis dedos… Y casi por casualidad, me viene a la memoria aquella película, El sabor de las cerezas (Kiarostami). Aquel hombre que no encuentra sentido a la vida y coge una soga, se va al campo, se sube a un cerezo con la intención evidente de dar por terminada su vida, y estando arriba se da de narices con unas cerezas; las prueba, ¡están deliciosas! Así pasa un rato desayunándose cereza tras cereza hasta que llega un momento en que se pregunta qué hace allí. Recoge entonces unas cuantas cerezas más, se echa la soga al hombro, baja del árbol y se dirige satisfecho a su casa); que se me cuelen certezas, quería decir, no implica un alto grado de seguridad, de certeza, por mi parte, especialmente cuando miro el mundo en que vivo, no las leyes físicas evidentemente, sino los derroteros que toma la sociedad en general, cuando contemplo qué mueve el mundo, qué mueve al señor Elon Musk o al payaso de Trump y me pregunto pa qué. ¿Quiénes son los imbéciles, ellos, yo? ¿Quién tiene la verdad? Por fuerza la incertidumbre me visita, no puede ser que tantos, tantos y tan importantes sean todos ellos unos memos de narices, imbéciles sin remedio. Y entonces me entra la duda, ¿no seré yo, un listillo más entre tantos, el que esté equivocado? ¿Incertidumbre, falsa humildad por no decir que aquí el que tiene razón es un servidor?

No sé si muchas de las grandes personalidades políticas o económicas, por ejemplo, de nuestro mundo son unos auténticos gilipollas que han nacido ayer mismo y no se enteran de que se van a morir mañana o pasado mañana o si realmente son unos genios cuyo cerebro trastocado les convierte en iluminados a los que un simple mortal le es imposible comprender. La verdad no es patrimonio de nadie en concreto, pero sí merecería la pena esbozar qué en una filosofía de la vida produce bienestar, estar a gusto con uno mismo, con los demás, con los gatos que corretean por la casa, ante la perspectiva de que el camino termina entre el perejil.

Como se ve mi pensamiento científico es totalmente nulo, más, casi todo eso que descubrimos, la alta tecnología, en definitiva en definitiva se me parece con frecuencia un puro entretenimiento. Y quizás, y esto sí es importante, llegado el caso, como fue el mío hace unos meses, ante la incertidumbre de que mi corazón colapsara, ¿en qué queda el mundo y sus bondades? Sí, evidentemente para mí –y para todo bicho viviente de este planeta– que soy/somos en definitiva la razón de ser tanto de nuestra existencia como la del entero universo.

El atrevimiento de juntar palabras y tener además la desfachatez de subirlas a la pizarra de lo público. Divertimento no más, acaso, le diría al amigo Muñiz…

Una urraca pasea por el césped frente a mi ventana, estirada, como señorita de postín mira a un lado a otro como quien camina por una pasarela de moda. No es frecuente, pero sí, ella también es una visitadora del comedero de los pájaros frente a mi ventana. Escribir, contemplar la mañana, dar de comer a los pájaros y ahora mismo, allá voy, arreglar un asunto de cables en la parcela, así que me voy al tajo. Gracias, Enrique, por tu comentario.


lunes, 31 de agosto de 2026

Contemplar la vida

Dolomitas. 7/8/2023

 

30/08/2026  

Desde hace tiempo cuando le pido al ChatGPT que me proporcione una imagen para mi post, siempre me muestra a una persona, imagino que yo mismo, contemplando un paisaje, un eclipse, unas aves volando frente a ella. Es la fiel reproducción de mis mañanas en el límite de un pinar mientras escribo o simplemente contemplo la vida. Cada mañana se repite con variantes la misma escena desde hace mucho tiempo. En la imagen del ChatGPT cambia el paisaje, el mar, un valle al fondo en el cual corre un río, el eclipse del otro día. Esas son mis mañanas, mis lunes al sol de toda la semana. 

Hoy que veo la sierra del Valle al fondo, el Lanchamala, el Cerro de la Escusa, cuyo nombre siempre se me atasca, el Alto del Mirlo a su derecha. En cada una de esas cumbres, hasta el mismo Morezón he desplegado mi saco de dormir, también en la Sierra de la Paramera que se yergue a la derecha del Mirlo. ¿Volveré alguna vez a sus cumbres, volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar? ¿Será la vida ya un recuerdo permanente? ¿Cuánto de ella quedó prendido de las laderas y las cumbres que ahora contemplo en la azulina distancia de la primera hora de la mañana con tanta nostalgia, con la sospechas de que nunca más volveré allá? 

La nostalgia brilla en la mirada del caminante que esta mañana recorre el perfil de la sierra. Mañana fresca de contemplar el dulce rastro que los recuerdos, posados sobre la temprana hora del amanecer, traen delicadamente a mi ánimo. Rastrojos robados de un cuadro de Van Gogh, una alfombra de tostado amarillo al fondo de la cual la mancha gris azulenca de la sierra se alza leve como una promesa incierta.  

Y ya un nuevo día, aparcado frente al cementerio mientras espero a Victoria, claro, ¿por dónde si no se me van a ir los pensamientos? En mi vida sólo hay un cementerio, uno en el que haya permanecido tiempo muchas veces. Es un camposanto colgado de la ladera de una montaña donde yace el cuerpo entrañable de una amiga. Ya lo conté algunas veces. Muchas altas montañas a su alrededor que acogen como un abrazo el cuerpo maltrecho de Nena.  

He visitado muchos cementerios en mi vida, casi todos los que me han pillado a mano en mis largas caminatas por los senderos de España. Tienen los cementerios cierto aire de invitación a la meditación y al recogimiento que de algún modo son la continuación de mi caminar solitario. Recuerdo viviendo en Cevo, un pequeño pueblo de la Lombardía donde Nena era maestra, el ritual tan frecuente de tantas mujeres mayores, casi todas vestidas de riguroso luto, de bajar cada mañana a renovar las flores de la tumba del esposo, un hijo, un familiar cercano. Paseo diario con el que renovar un cariño truncado, un anhelo resquebrajado por la muerte. Yo también visité ese cementerio a lo largo de mi vida, con Victoria y mis hijos, con amigos que me acompañaron a alguna de mis salidas a los Alpes y que obligadamente en algún momento recalaban allá. Un verano, viajando con una amiga, tras una semana de trotar por el macizo del Adamello, depositamos en la tumba grandes manojos de rododendros que habíamos recolectado en nuestra salida. Entonces una anciana se nos acercó en el cementerio: Lei era l’amico di Nena, vero? Había pasado más de una década desde el accidente de Nena en las montañas del Ortles y sin embargo aquella anciana me recordaba perfectamente.

El ejercicio de contemplar la vida se me parece como si con los años éste se hiciera más frecuente, más compacto. No es un ejercicio de nostalgia, es algo mucho más denso y actual. Eres lo que fuiste, y aunque en tantas ocasiones el ánimo eche por tierra esta afirmación, la constancia de esa realidad múltiple de presente y pasado que somos es lo que define la certeza del yo que hoy piensa y medita. Mientras tengamos memoria y capacidad de razonar el yo formado por el ayer y el hoy permanecen trabados en esa unidad que contemplo algunas mañanas en el pinar mientras mi vista se pierde en las lejanas montañas de Gredos. En un principio me parecieron demasiado reiterativas esas imágenes que me servía el ChatGpt para encabezar mis últimos posts, sin embargo hoy aprecio esa reiteración porque entiendo que mucho en la vida es reiteración y su expresión de alguna u otra manera tiene que recoger, de parecida manera en que los rituales de la vida se repiten a diario, ese ritmo aunque tintado con pequeñas y breves variantes. El hombre de la imagen de ayer, por ejemplo, frente a una ventana, más allá una pequeña cascada, peces, alguna fotografía colgada con las pinzas de la ropa, la Naturaleza, las aves, el retrato de una niña que quedó prendido en su retina, esos libros sobre la mesa mientras meditativo y con un vaso de té en la mano, contempla la vida, ¿no es acaso la expresión de su propia existencia?