jueves, 30 de julio de 2026

Escribo para mi alma


 

30/07/2026

Ver surgir la necesidad de escribir y no encontrar asunto que me interese. Leo estos días hacia el final Primavera en el Pacífico y me sorprendo de la variedad temática y la profundidad de las reflexiones que surgían en aquella parte del viaje. Probablemente aquella determinación de cierto autor que decidió alistarse para ir a la guerra con la finalidad de estimular su creatividad, no fuera tan descabellada. El alma necesita estímulos de orden diferente que hagan saltar la chispa de la inspiración; el medio, las circunstancias deben tener ese algo que necesita interpelación, curiosidad, ganas de analizar.

Presiento que, especialmente en viajes solitarios, la posibilidad de que aparezca ese impulso que te mueve a escribir tiene muchas más oportunidades que cualquier otra circunstancia, aunque también es cierto que en casa he tenido periodos que se asemejan mucho a esos tiempos de andar de un lado a otro del mundo. Las circunstancias te ponen en situación de, bien que haya autores como Musil que mantienen que la mayoría del trabajo del escritor es voluntad de trabajo, de indagación, de búsqueda.

Escribir, ¿por qué? ¿para qué? ¿Será acaso la escritura una derivación de esa necesidad de expresarse que ya en el fuego de las cavernas del paleolítico debió de ocupar las mentes de los hombres? Y esa necesidad de expresarse un eslabón en el desarrollo social, una ventaja evolutiva que primero te permitía alertarte sobre peligros, intercambiar información y más tarde empezó a hacer mucho más de lo necesario para sobrevivir. La evolución produce herramientas de orden prioritario para la supervivencia y la comunicación que después se desbordan, así las manos que servían para agarrar, para cazar, terminaron pintando las cuevas de Altamira; la voz, que servía para avisar de un peligro, terminó cantando. Y el lenguaje, que servía para informar, terminó escribiendo poemas. La finalidad termina desapareciendo para convertirse en otra cosa. Nadie pregunta ¿Para qué escuchas música?, ¿para qué miras el mar?, ¿para qué das un paseo sin rumbo? Existen actos que no son un medio para otra cosa. Son una forma de estar en el mundo.

Probablemente la escritura sea uno de esos desbordamientos, un plus adicional que la evolución incorpora gratuitamente a nuestra complejidad cerebral y anatómica. No hablo de la escritura como herramienta para un fin, científico, educativo, etc., sino como un medio que trasciende su función primera para hacerse finalidad en sí misma. Una vez le preguntaron a Picasso que por qué pintaba. No hay porqué, repuso, pinto simplemente. Puedes pintar la fachada de tu casa por razones estéticas o de protección de cara a la lluvia o el viento, o puedes simplemente pintar sin una necesidad externa, sólo por imperativo interno. Evidentemente siempre uno puede encontrar rastros de razón en lo que hace o escribe. Hoy mismo creo que empecé a escribir movido sucintamente por la necesidad de lubricar mi adormecido cerebro; pero inmediatamente me surgieron cuestiones relacionadas con la escritura que trascendían el por qué, y el por qué, que remite a las causas, dio paso al para qué, que en el contexto en que estoy escribiendo no tiene una finalidad externa, sino que es el propio individuo, su pensamiento, la razón de la escritura. «Converso con el hombre que siempre va conmigo», escribe Machado. “Escalo para mi alma”, decía un alpinista al regreso de una importante escalada en el Himalaya. Y sin más, por analogía, me asalta esta idea: escribo para mi alma. No escribo para publicar. Escribo porque, mientras escribo, ocurre algo en mí que me place. Escalas, recorres montañas o escribes porque estas actividades son una forma de habitar la propia vida, de mantener despierta el alma.

Dicho todo esto, lo cual ya es mucho para mi ánimo, me viene la tentación de encontrarle al texto anterior su punto práctico explícito, es decir, habiendo analizado el porqué y el para qué, qué coño hacer para poner a pleno rendimiento esa capacidad que en tantas ocasiones se me muestra tan prolífica. Sí, ya, ponerse en situación de… Ya mismo, por ejemplo, coger un vuelo y llegarme a alguna de las ciudades de Oriente, o hacer el macuto y marcharme a caminar, cosas de momento imposibles por razones obvias. Sí, sólo me queda la escritura, la escritura a palo seco.


miércoles, 29 de julio de 2026

En litigio con la duda

 


29 de julio de 2026 

Es indudable que vivir inmerso en el magma de un viaje por Oriente, magma en el que no faltaron prolíficas lecturas con las que acompañar las largas horas del ir y venir por aquellas tierras, era el motivo esencial que hacía entonces de mi viaje y escritura un relevante manojo de reflexiones. El caso estos días que leo Primavera en el Pacífico, relato de mi primer largo viaje tras la jubilación.  

Hoy, como para tantas cosas, pintar, fotografiar, escribir, la sensación que predomina en mí es la de mirar aquello como un tiempo ido que me sería imposible recuperar, imposible escribir, pintar, incluso pensar con aquella fresca profundidad con que venían a mí las ideas, las tantas motivaciones que me sugería el paisaje, la gente, las lecturas que me acompañaban. Imposible. No sé. Quizás tendría, para poder constatarlo, que volver a viajar como entonces, que volver a caminar por el mundo para poder volver a bañarme en aquellas aguas primordiales. Una vez más ponerse en situación de… No necesariamente viajar para ver o conocer, viajar para dejar el cuerpo y la mente en situación propicia en que la lluvia y la feraz tierra de otras culturas hagan retoñar de nuevo lo que de hermoso y profundo subyace en el fondo de nosotros mismos y que la cotidianidad y las rutinas diarias impiden germinar.  

¿Será cierto que dentro de cada uno de nosotros vive latente algo superior, algo más profundo que necesita de un estado de conciencia, un magma en que sumergirse para que ese algo aflore en nosotros? ¿Somos acaso más y mejor que lo que la pura cotidianidad que nos rodea nos deja ver?  Esa necesidad de alzarse sobre la puntilla de los pies para comprender, siempre buscando un poco más allá de nuestra llana comprensión, parece que fuera imprescindible; trascender la llana realidad para alcanzar un grado de comprensión al filo de nuestras posibilidades.  

Acaso esto no sea otra cosa que aquello que consiguen tantos pensadores que llamamos oscuros, a los que nos cuesta comprender. No lo sé. Yo vivo la impresión de que muchos autores que comprendo malamente, en ocasiones se van por los Cerros de Úbeda, se mueven dentro de un lenguaje tan especializado que termina oscureciendo la pureza de una idea. Quizás no sea tanto la expresión de ideas complejas lo que debería guiarnos en nuestra indagación, como la aproximación intuitiva a algo que entrevemos pero que nunca llegaremos a comprender al modo en que el racionalismo intenta abrirse paso en la oscuridad de sus deducciones.  

La intuición como herramienta personal al alcance de la mayoría que acaso no necesita de los farragosos caminos de la razón para hacerse un espacio en la inquietud de quien busca respuestas a esos interrogantes que fueron siempre labor de la filosofía, preocupación de aquellos que buscan salida a los porqués que la vida les puso por delante.  

Hoy, aquellos largos viajes realizados inmediatamente tras la jubilación, son una tentación y un estímulo para retomar una vez más aquel clima de inquietud del que tantas bondades surgieron. Si aquello fue un descubrimiento a las puertas de un territorio desconocido por donde debía de empezar a caminar sin dilación, esto que me sugieren las lecturas actuales de los libros de viajes que por entonces fui escribiendo, se parece más a un llamado que me está pidiendo, a la vez que asumir mi actual situación de salud y edad, forzar, una vuelta de tuerca más, mi coraje, ahora en constante litigio con la duda.  


domingo, 26 de julio de 2026

En la hora de la siesta

 


26/07/2026

Es la hora de la siesta, pero hoy no hay siesta; aprovecho los 23º C de esta hora para despabilarme y tratar de salir de una especie de pozo en que ando metido desde hace unas horas, una de esas circunstancias en que no tienes ganas de hacer nada y yaces adormilado en el sillón como un idiota. Así que con esta idea en la cabeza recordé que mientras nos tomábamos el café en la biblioteca, mi vista cayó sobre un tomo titulado Lo que nos queda de vida, de John Updike, un título muy propio para mis circunstancias personales en que uno empieza a barruntar que la cosa no está excesivamente lejos, y que acaso ésta apremia para no andarse perdiendo el tiempo en exceso. No recuerdo nada de la lectura de aquella novela, sin embargo el título sigue siendo tan sugestivo como hace veinte años. Llevo un tiempo leyendo las memorias de Jünger, un saco de asuntos interesantes sobre la realidad global del momento en que está viviendo, sin embargo me llama la atención en él la total ausencia de sí mismo en el relato.

Es el caso que un rato después, tras decidir que hoy no dormiría la siesta, tenía en mis manos Primavera en el Pacífico, uno de mis propios libros que inauguraron una serie de largos viajes alrededor del mundo nada más jubilarme, y andaba yo un poco admirado de esa prosa que surgía día a día de las yemas de mis dedos en los largos trayectos de barco, tren o autobús. Me recordaba a aquel novelista que marchó a la guerra para recuperar su creatividad perdida, y mientras tanto me decía que no sería mala idea emprender un largo viaje con la única finalidad de despabilar mi adormecida escritura. La profundidad de los pensamientos, la sólida escritura, parecía entonces surgir del contacto con las gentes y los paisajes con una fuerza inesperada y tremendamente fértil. Viajar, escribía allí, para alimentar el ser interior que llevamos dentro, ese ser interior al que constantemente se refiere Conrad en El corazón de las tinieblas y que no sé por qué conecta a través del título con Viaje al fondo de la noche, de Celine.

Como las mariposas yendo a libar de flor en flor, esta tarde me siento en disposición de a partir de lo poco que recuerdo de estas novelas intentar ponerme dentro de la piel de sus protagonistas con la finalidad de percibir desde sus perspectivas mis propios interrogantes. Aclararme, vamos. Hay una idea general que me sorprende agradablemente. Tanto en El corazón de las tinieblas como en Viaje al fondo de la noche; en Conrad el viaje por el Congo es una metáfora en que Marlon descubre que las “tinieblas” no están sólo en África, sino en el corazón del hombre civilizado; en Céline el entorno es la guerra, África, América o los suburbios de París. En ambos el resultado es parecido, cada etapa del viaje va despojando al protagonista de ilusiones hasta enfrentarlo con una visión profundamente pesimista de la condición humana. En ambos viajes no conduce necesariamente al descubrimiento del mundo sino al descubrimiento de uno mismo que, en tantos casos, puede ser perturbador.

Me apoyo en ambos, pero no tanto para corroborar esa visión pesimista como para, por el contrario, pasar sobre ese pesimismo y encontrar en la otra orilla del pesimismo un nuevo reencuentro conmigo mismo y mi alma de viajero. Pesimismo ya he mamado suficientemente estos últimos meses y lo que ahora empieza tímidamente a renacer en mí no necesita que me recree en el corazón de las tinieblas ni en el fondo de la noche, sino todo lo contrario. Todavía resuena en mí esa pavorosa voz de Marlon Brando al final de la película en Apocalyse Now (versión fílmica de El corazón de las tinieblas): «The horror... the horror...», horror de sí mismo, horror de la condición humana, horror del mundo. Saber del infierno para huir de él y encontrar en la otra orilla del Rubicón la esperanza de una vida que volviendo sobre la propia existencia va tras la búsqueda de las migajas del propio yo. Kurtz hace exactamente el viaje contrario. Él también desciende al interior de sí mismo, pero no encuentra migajas que le permitan reconstruirse; encuentra un vacío moral, una oscuridad que acaba nombrando con una sola palabra: «horror».

En la obra de Updike lo esencial no es la trama sino la conciencia de un hombre que siente que el tiempo se acaba. Sencillamente eso: el tiempo que se acaba… que también se puede barruntar pero que acaso puede empujarnos como quien hace los últimos kilómetros de un maratón, a insistir en ese vivir que se fue forjando poco a poco en los años de la existencia. Cierto que “Toda la naturaleza no tiene propósito. La ausencia de finalidad es el más fundamental de los principios budistas”, sin embargo qué hermoso poder aspirar a continuar siendo tú mismo.



domingo, 19 de julio de 2026

Volver a Oriente


 

19 de julio de 2026  

Creo que voy a volver a casa con mis motivaciones de nuevo despiertas. Mañana mismo dejo el hospital (hace días que lo dejé, vamos). Vivo la sensación de que he pasado por un oscuro túnel y que llegando al otro extremo una intensa luz de esperanza me espera. 

Leo actualmente a Jünger, que ahora anda por Japón, y su lectura levanta en mí ecos de otros viajes por Oriente. Este otoño si no puedo hacer  todavía grandes caminatas seguro que sí podría viajar como en otro tiempo. Cosa curiosa porque hace mucho años que mi deseo de viajar se había apagado casi totalmente. Ahora a través de esa luz que veo al fondo del túnel despiertan proyectos que estaban totalmente adormecidos en el fondo de mi espíritu. Es casi un milagro este cambio motivacional. Sería hermoso volver a Oriente a recuperar el perfume que me dejaron aquellos viajes en el fondo del alma. 

Jünger es una lumbrera intelectual y cultural que me admira profundamente, pero no es mi caso ese viaje que hace él. Mis viajes tienen más que ver con la ósmosis que se produce entre el contacto con la gente y mi propia disposición de esponja dispuesta a dejarse atravesar por el flujo de lo humano, su historia, sus creencias religiosas o sus modos estar en la vida. Nada de turistas –horror esa plaga que envuelve el mundo–, acaso viajeros de mochila, gente que se pone el mundo por montera para mezclarse con sus otros hermanos al otro lado del planeta. 

Ahora, un par de días después, estoy en la isla de Java. He desempolvando uno de mis libros de viajes, Primavera en el Pacífico, una lectura paralela geográficamente a la de Jünger, bien que éste tenía prisa y anda ahora por Manila mientras yo sigo un sosegado viaje por la isla de Java. Mi admiración por Jünger se atenúa cuando me encuentro con algunas de mis entradas de aquel viaje. Jünger, el ilustrado, cuya sabiduría y capacidad de análisis admiro, se me queda por la nubes, que se va por las nubes quiero decir, a la hora de hablar de todo aquello que apasiona a mi alma viajera; él moviéndose en la línea de un intelectual llevado de la mano de acá para allá; un servidor, arrobado en ocasiones por lo que sucede en la calle, en mi lectura de hoy un festival hindú que se desarrollaba en los alrededores de un templo. Un hecho que nos sirvió a una comentarista de mi blog y a mí entonces para intercambiar un largo parloteo. En él la comentarista trataba de “justificar “ ciertos actos que yo había contemplado al sur de Malasia en donde dos individuos, lleno el cuerpo de grandes anzuelos de hierro clavados en pecho y espalda, se movían por la calle cual si estos fueran una cuadriga de caballos tirados por un auriga.  

Mi comentarista argüía que en este caso la pertenencia a una comunidad y el reconocimiento de ésta era probablemente el motor que movía a estos hombres a participar en tan doloroso y horrendo festival.  

El viajero, yo mismo, trata en sus viajes de abrirse paso en la comprensión de lo que ve, quizás la mejor gracia del que viaja. También lo hace Jünger pero siempre apartado en todo momento de lo que se respira en la calle. Jünger apunta alto en sus abstracciones mientras que yo me quedo a pie de calle elucubrando desde la sensibilidad del observador ocasional lo que allí sucede. Confieso que es un punto de vista que me gusta ese de dejarse embargar por los olores y circunstancias con las que me encuentro.  

No sé si cuajará esto de lo viajes. Todo está en el aire en función de mi recuperación. Esta semana que entra, por ejemplo, le había propuesto a mi hermana que me acompañara el próximo miércoles en una ascensión nocturna para ver amanecer en la cima del cerro San Pedro, pero después de mi caminata de esta mañana de hora y media y de la que regresé tremendamente cansado, vuelvo a dudar. Creo que no puedo ir tan deprisa como quisiera. Lo mismo podría decir de un supuesto largo viaje a Oriente para este otoño. Veremos.

 

 

 

 

 

 

 


martes, 14 de julio de 2026

Vagabundear

 


Hospital Montepríncipe, 14 de julio de 2026


“Harto ya de estar harto, ya me cansé

De preguntar al mundo por qué y por qué

La rosa de los vientos me ha de ayudar

Y desde ahora vais a verme vagabundear

Entre el cielo y el mar”


Creo que no hay un tema actualmente qué me encandile más que este Vagabundear de Serrat. Hace algún año que perdí las ganas de viajar por un mundo tomado por los turoperadores que pronto estarán en condiciones de llevar a sus turistas a la cima del Everest, al Polo Norte o incluso a la Luna. Sin embargo mi imposibilidad de caminar por los Alpes o el Pirineo me está llevando de momento a hacerme la ilusión de volver a alguno de esos largos viajes de meses que me han llevado a viajar por todo el mundo. Me está naciendo un gusanillo por dentro que quién sabe. Buena, buena cosa porque desde que ingresé en el hospital en abril había perdido toda clase de motivación que apenas lograba sostener con un poco de escritura y con mis ejercicios de rehabilitación. Sería como volver a esos tiempos en que ponerse el mundo por montera sustentaba, con la montaña, una parte importante de mi ser. Y es que creo que sí, que nací para vagabundo. 

Dormir entre el cielo y el mar… vagabundear. ¡Ah, dicha! Mi caballo por un reino (‘My kingdom for a horse!”. Ricardo III, Shakespeare. Todo por salir de ésta y volver a los caminos y a los largos viajes. 

Hoy viendo esa fotografía que encabeza el post, mi hijo Mario en el desierto tunecino ensimismado con un grano de arroz mientras sufría una diarrea, casi hace que se me salten lágrimas; así me he vuelto de llorón. Y no es otra cosa que el fluir de la vida como una corriente salvaje que siento correr dentro de mí. Esa vida que hacía que con tres hijos pequeños, dos de una año y otro de tres, nos empujaba a emprender viajes insólitos en un 4L por Europa, Oriente Medio o África ha quedado dentro de mí como uno de los mejores grandes tesoros que uno se llevará dentro hasta el último día. No es dónde has estado o los países que has visitado, es otra cosa que no sabes definir y que te hace ser como eres. 

Hoy es un día especialmente importante para mí. No escribo para nadie, escribo lo que me sale del ánimo y para algún día tener constancia de que he vivido; Confieso que he vivido, titulaba Neruda sus memorias. Poca cosa en realidad si te mueres sin más, pero que alimenta desde el presente de hoy esa idea de plenitud que uno ha tratado de imprimir a sus actos y proyectos. 

Y repaso mi escritura y me digo: este tío está chiflado, ¿Dónde está la mesura que la madurez y los muchos años dan a la vida? Y sí, me creo un poco loco. Hace unos días pensando que esto no tenía ya remedio, que había envejecido un montón de años, y ahora, de repente, esta eclosión de euforia y nuevos proyectos que según voy adelantando en la escritura me enardecen más y más: La rosa de los vientos me ha de ayudar/Y desde ahora vais a verme vagabundear… 

No os molestéis en leerme. Estoy un poco loco esta tarde. A mi habitación ha llegado la oscuridad y tumbado como si estuviera dentro del saco de dormir en una cumbre, saboreo la posibilidad de mi futuro al final del verano. No podré acceder a la invitación que me hacía el otro día Ángel Luís Santamaría para asistir en septiembre a La Galayada y escalar alguno de aquellos amados riscos, pero quién sabe si en un año por medio podré asistir a la siguiente edición. 

Mis objetivos en los días por venir es empezar a recuperar fuerzas y poner todo de mi parte para encarrilar mi recuperación, así que me voy a dormir para dar gusto a mi cuerpo y para ayudarle a tomar fuerzas. Hace mucho que no hablo con mi cuerpo, algo que hacía con frecuencia todos los veranos al final del día cuando después de caminar muchas horas por los valles y montañas de los Alpes, me arrebujaba sobre mí mismo para hablar con él y agradecerle el trabajo que había hecho durante el día. 










Perfume de mujer




Perfume de mujer 

Hospital Montepríncipe, 14 de julio de 2026 

Me entiendo mal en ocasiones. Tendría que dormir un rato la siesta, que en ésta y en las condiciones que estoy sería imperdonable no hacer, pero me empuja la necesidad de tener que escribir sobre un misterio que me persigue especialmente últimamente, y es que viendo a una mujer, transeúnte, enfermera o señora de la limpieza, no logro sustraerme a desnudarla mentalmente. Y no es especialmente porque me ponga en situación, que generalmente no es así, sino que porque mirando a mi alrededor, siempre una mirada ociosa a la que interesa los rostros, la belleza que encierran las féminas, las sonrisas o la anuencia de quien es mirada, sino porque aún siendo agradables las sugerencias que encierran tanto, el rostro, el cuerpo o lo que no se muestra o se insinúa, no deja de ser una pizca molesto por su insistencia. Cuando sobre la pantalla en blanco escribí el título de este post recordé un relato de Álvaro Cunqueiro, Las crónicas del sochantre, en el que el protagonista acompaña a una singular compañía de difuntos. En el relato el sochantre contempla frente a sí, en una silla de posta, a una mujer cuyo escote deja ver generosamente el pecho, y Cunqueiro describe la visión con una mezcla de asombro, delicadeza e ironía. No hay un tono erótico explícito; más bien es una muestra de cómo el autor sabe detener la narración para celebrar la belleza corporal y el deseo masculino con una prosa barroca, amable y ligeramente burlona. Ese contraste entre un joven lleno de vida y una carroza ocupada por muertos es una de las gracias de la novela. La muerte y la vida se dan allí la mano en una mezcla probablemente sólo accesible a quienes van más allá del puro razonar. 

Lo que suceda en el cerebro, tantas veces reprimido por los hábitos sociales y el status quo, parece ser algo que compitiera a un relativo número de personas que, huyendo de la racionalidad en vigor, pretenden atender al flujo de su cerebro contemplándolo con la ingenua curiosidad de un niño que está despertando a la vida e intenta comprender lo que sucede dentro de sí. 

Ese es, o algo parecido, el territorio por el que me muevo esta tarde. Ya, ya sé que la Especie pone todo su empeño, apaña, condimenta, nos empuja a hombres y mujeres a cumplir aquello del Génesis: «Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla”. Pero mientras tanto, bendita ilusión, no aquella de Machado en donde una fontana fluía en su corazón, aunque también podría decir que esa fontana fluye, en este caso, dentro de mí cuando me encuentro con un cuerpo bonito, una sonrisa franca que encandila mis sentidos. No existen muchas cosas que alegren más el alma de los sapiens que las sugerencias que tantas mujeres encienden en ellos (pienso, que no creo ser un raro en estas cosas de las mujeres). 

Bueno, coño, que estoy contento, que de las dos opciones que tenía por delante jugando al corre que te pillo, ha salido la más benévola; la otra era volver a abrirme el pecho para volver a instalar una nueva válvula. En unos pocos días estoy en casa volviendo a mi recuperación. Ayer, ironías de la vida, un amigo de Peñalara me volvía a invitar a unas jornadas de escalada en Galayos, que vete a saber si podré volver a escalar alguna vez (bicho malo nunca muere, dicen). Vamos que estoy de nuevo con el ánimo como para empezar a entrenar en casa en mi particular rocódromo cuanto antes. Días atrás Carlos Soria me invitaba, cuando mi cuerpo estuviera dispuesto, a acompañarle en alguna de sus correrías. Gracias, Carlos. 

De momento he pasado de ver transcurrir los días con el aburrimiento de quien ha perdido la esperanza, a recobrar de nuevo la ilusión por el futuro inmediato, fuerza que me va a servir para renovar un ímpetu que había mermado considerablemente estos días últimos. 

Durante el Covid corrió por ahí un video de un lobo encerrado en un pequeño patio. El ir y venir del lobo durante su encierro dejaba sobre el suelo de arena de su encierro la figura de un ocho. Algo así me sucedía a mí en los pasillos del hospital, media hora por la mañana y otra media por la tarde, dando vueltas como el lobo alrededor de su encierro; arriba y abajo repitiendo el mismo día el recorrido con el automatismo de un prisionero dando vueltas y vueltas alrededor de su celda. Había conseguido últimamente ampliar mis caminatas matinales hasta seis kilómetros, y de repente algo se rompió en en mí y hubimos de llamar a una ambulancias. Esta mañana una eco transesofágica descartó la duda que me tenía en vilo, que fuera de nuevo una endocarditis. Así que de momento me salvé por los pelos. Tanto como para que acaso pueda atender a la invitación de José Luís Ibarzábal que me invitó a las lagunas de Neila para ver el próximo eclipse de sol. 




viernes, 10 de julio de 2026

Para Guille: Recuerdos de otros tiempos.

 



Hospital Montepríncipe, 10 de julio de 2026

¿Le apetece una infusión o una bebida de naranja, piña o limón?, me dice la enfermera que acaba de entrar en la habitación. Así me despertaron de la siesta. 

Ahora toca usar la escritura como si fuera una ruleta en donde buscas algún tipo de suerte. Andar de acá para allá con la idea de que de bóbilis bóbilis surgirá algo.

Podría escribir los versos más tristes esta noche, pero no, no. Esta tarde soy John Silver, el cojo de pata de palo que camina pesadamente sobre la cubierta mientras bajo el piso Jim Hawkins oye aquellos inquietante pasos. Más bien soy John Silver y Jim Hawkins a la vez. Son mis propios pasos los que me inquietan. Es la hora de la siesta y los pasillos del hospital están en absoluto silencio. He caminado tantas veces el pasillo arriba y abajo que algún enfermo se ha asomado a la puerta a ver de qué se trataba. 

Ayer había dado un importante salto caminando hasta hora y media en mi ruta habitual, hice una pequeña parada intermedia en la que deposité comida y agua para los pájaros e hice un poco de meditación, alargando a continuación en una hora mi paseo. Estaba pletórico después de andar hora y media sin dificultad, pero después de la comida me sentí mal y una ambulancia tuvo que venir a buscarme. 

Ahora, cómo no quiero perder esa poca forma que venía adquiriendo, uso los pasillos del hospital como lugar de paseo. Me desperté de la siesta, me tomé el zumo y eché a caminar durante media hora. Recordé enseguida una ocasión en que llevé a mis alumnos a pasar unos días a la sierra de Guadarrma. Nos instalamos en un albergue, que pronto lo convertimos en el comienzo de una curiosa aventura. Leíamos a ratos La isla del tesoro y también La tierra de Alvargonzález. Con aquellos ingredientes monté una aventura con la ayuda de un médico que paraba en la residencia que se prestó a hacer de doctor David Livesey. Explotamos la laguna de Peñalara como la Laguna Negra de Urbión y tomamos un riachuelo como la fuente en donde Juan y Martín asesinaron a su padre Alvargonzález. Si recordáis la historia los hijos tiran el cadáver en la laguna Negra, en nuestro caso, la laguna de Peñalara. Y allí precisamente les leí la historia de Alvargonzález. 

Ni qué decir que muchos de mis alumnos aquella noche tuvieron sueños turbulentos, más pensando que durante la noche en la residencia en algún momento recorrí el exterior de los camarotes imitando los pasos de John Silver sobre la cubierta del barco. 

Caminar largamente por los pasillos del hospital espero que se convierta, eso si no me meten en quirófano un vez más, en una vuelta a leer a Stevenson que tanto tiempo lleva abandonado.