El Chorrillo, 31 de octubre de 2026
Observo que en mis posts aparece con alguna frecuencia el término codicia. Casi todos mis planteamientos en torno a los males del mundo parece que los cargara en la avaricia sistémica de la clase que domina la economía, y por ende en la política como gestora del bien común. Dejo casi siempre por descontado los mecanismos mediante los cuales esta clase dominante consigue sus objetivos y adjudico en un planteamiento casi siempre excesivamente simplista (entre otras cosas esto es un blog no un tratado de economía o sociología) la otra razón a la abducción que la ignorancia y la comodidad producen en los individuos que, incapaces de cuestionar el sistema, al menos en su faceta de votantes, se someten ciegamente a las reglas de juego del capitalismo.
Relacionar sistemáticamente los males del mundo con la codicia obviamente es simplificar la complejidad de las relaciones entre el trabajador y el capital, sin embargo entiendo que en absoluto es improcedente dejar claro que la principal fuente de toda la injusticia social y económica proviene de la ambición desmedida, del ansia depredadora y la mezquindad de la clase dominante. Codicia: “El capitalismo es un caballero al que no le gusta que lo llamen por su nombre”, escribió Bertolt Brecht.
La ignorancia y la comodidad poco tienen que hacer frente a la codicia que de una manera u otra parecen germinar en el ser humano, un instinto acumulador que podría hacernos pensar en las hormigas proveyéndose para pasar el invierno y que en la mente de los sapiens se desliga de acumular para otros tiempos peores convirtiéndose en un fin en sí mismo. Hemos desnaturalizado la previsión para el futuro o para nuestro bienestar actual para convertirlo en una suerte de instinto autónomo de depredación y acumulación.
A partir de aquí es importante saber qué mecanismos son los que implementan y consolidan esa rapacidad, es cierto. Ese es el objeto de mis últimas lecturas, dicho de otro modo la necesidad de comprender. Comprender a los elementos implicados. Cuando esta mañana repaso muy por encima la prensa de Estados Unidos, tantos hilos por relacionar, lo que más me llama la atención es que las noticias de cabecera son de este cariz: “Un juez ordena una investigación para determinar si funcionarios de Trump engañaron al tribunal sobre el plan del campo de golf”. “Una jueza federal da a entender que podría detener la construcción del arco de Trump”. “Su caso relacionado con el estanque reflectante fue desestimado. Ahora lucha por limpiar sus antecedentes penales”. Son las noticias de cabecera del Washington Post de hoy. Se gastan miles de páginas de este cariz relacionadas con este individuo. Esta inflación informativa que para cualquier persona con un mínimo de sentido común no significa otra cosa que lo que este individuo necesita es ingresar inmediatamente en un psiquiátrico. Y sin embargo ¿qué? Una parte considerable del mundo dependiendo de la insania mental de este individuo, que por demás podría ser capaz de dar la vuelta el próximo martes a las elecciones de medio mandato de su país. La CNN abre su edición de hoy con esto: “Trump está preparando el terreno para impugnar las elecciones de mitad de mandato”. Si los resultados de las elecciones no son de su gusto, ahí va.
¿Quién da más? Cuando las razones de lo que vivimos, en este caso el capitalismo depredador, tiene su base en un deseo incontrolado de acumulación mientras un porcentaje altísimo de la población sufre carencias básicas extremas, no necesitamos, al menos yo no necesito, hacer un análisis pormenorizado de la cadena de hechos que llevan a esta situación. Èsta nos dice claramente en qué mundo vivimos y cual debería ser el camino a tomar. Un ejemplo elocuente que localicé ayer en el perfil de Facebook de Javier Ono: Los beneficios de Repsol en relación con el pasado año superan el 300% en la comparación interanual. Sean cual sean las circunstancias del mercado intentemos tocar tierra y preguntemos: ¿Quién ha pagado, está pagando, esos beneficios? Ese Anónimo, inaprensible Otro, el Mercado, al que parecen echar las culpas de todo y que como Dios ni se toca ni se come, buena manera de escurrir el bulto, al que parece hay que rendir subordinación, es al que sin cuestionárnoslo rendimos pleitesía con nuestro óbolo cada vez que paramos en una gasolinera para repostar combustible, cada vez que encendemos la calefacción de nuestras casas.
Y todos ellos, no faltaría más, revestidos de parecida manera a los oficiantes de una misa, de respetabilidad social y económica cuando lo que deberían vestir sería el pijama a rayas de los que viven entre rejas.


