viernes, 24 de junio de 2022

Mientras estamos vivos

 

Acuarela. De vuelta del camino matinal


El Chorrillo, 24 de junio de 2022

También podría titular este post “Una hilera de hormigas”. De hecho la idea me surgió esta mañana mientras daba mi largo paseo al alba. Dedico la segunda mitad de mi paseo a leer y andaba yo metido en uno de los títulos del prolífero Jodorowsky cuando en mi camino se cruzó una larga hilera de hormigas. No fueron Jodorowsky ni su psicomagia lo que suscitó en mí una curiosa percepción de la realidad, sino el hecho trivial de ver afanarse a la hora del alba a aquellos pequeños seres en la febril ocupación de transportar granos de avena loca de una parte del sembrado a la otra. Todo aquel campo era de avena y el ancho sendero que lo atravesaba era el escenario del trajín de las hormigas. Lo primero que me pregunté es por qué emplear tanto trabajo llevando la avena de un lado a otro del camino si allí, alrededor del mismo hormiguero, tenían la misma cantidad de avena. Pero la respuesta me vino enseguida. En realidad si las hormigas hacían acopio de provisiones a la puerta de casa ¿en qué emplearían el resto del tiempo del día sabiendo por demás que éstas no disponen de teléfono, de Facebook, de Whasapp, de Twitter y por supuesto ni de música, ni de libros?, porque ni siquiera podrían ir a pescar, que era lo que se le ocurría a Marx para los futuros hombres liberados del trabajo excesivo.

Porque acaso, pensaba también, en eso consiste la vida, en ir de un lado para otro, en hacer cosas, algo más diversas, eso sí, que las hormigas, que no han desarrollado su cerebro hasta el punto de dedicarse a matar marcianos con el ordenador o el móvil; las pobres, en consecuencia, para mantenerse vivas no tienen otra cosa que hacer que andar de un lado todo el santo día en una febril actividad que justifique su existencia.

Oiga, ¿y qué me dice usted de los sapiens? Pues no sé yo, pero me da que la cosa va por el mismo camino, un ir de aquí para allí sin otro sentido que no sea vivir sin demasiados tropiezos, un tomar el sol e intentar sentirte lo mejor que puedas, y ello con la salvedad de que a las hormigas no les da por amontonar grano mucho más allá de lo que les es posible consumir. Si una hormiga puede vivir entre varias semanas y algunos años, según la especie, y nosotros un poco más, no parece que deba deducirse de ello ese empingorotamiento (joder con la palabreja) de que estamos asumidos los sapiens creyéndonos los reyes del mambo del universo entero. Vamos, que pa mí que erramos con esos humos que se nos suben a la cabeza, y todo porque nuestra capacidad craneana es superior, lo que ha dado para crear, es cierto, grandes cosas, pero también para cometer las mayores estupideces que un organismo vivo puede gestar.

“Mientras estamos vivos” es una expresión que me encontré esta mañana así, de bóbilis bóbilis  mientras el sol levantaba del horizonte, y que ha venido a llenar de sentido algunas de mis reflexiones. Mientras estamos vivos hacemos esto o lo otro, satisfacemos nuestras necesidades más elementales y además hacemos algunas pocas cosas más que las hormigas; la inteligencia ha dado para organizar un sofisticado mundo material, intelectual y artístico que bien nos ha venido como especie pero que en cierto modo ha nublado nuestra capacidad para entender que este patio en donde jugamos desde niños, cuando éramos infantes al corre que te pillo o a policías y ladrones, de adultos al ir y venir de aquí para allá, a ganar dinero, a estar un poquito en el corazón de los otros, a cultivar nuestra persona, es eso, un pequeño juego de ir y venir no muy diferente en definitiva al trajín que se traían esta mañana las hormigas llevando de una parte del camino a otra los granitos de avena. Vamos, como consta en el dicho zen, el camino termina entre el perejil.

No sé, pero me encanta este descubrimiento matinal, “mientras estamos vivos”. No hagamos caso de la razón e intentemos asumir esa idea… mientras estamos vivos… A mí me resulta sumamente sugeridora. No es aquello del monje zen que intentando mentalizarse para vivir en el presente, cuando se iba a dormir colocaba un vaso boca abajo indicando con ello que su vida terminaba en el momento del sueño, y en el momento de despertar invertía el vaso y daba gracias por ese día más de vida que se le había concedido. No es vivir el presente día a día, sino la convicción de que mientras estoy vivo puedo llenar la vida de cosas interesantes y apasionantes, todo aquello que se me pueda ocurrir, que me satisfaga, que aliente lo mejor de uno; o puedo llenarla, mientras estoy vivo, de comportamientos estúpidos.

“Mientras estoy vivo” me sugiere la situación de alguien con graves problemas en la vista que un buen día decide ir al óptico y, saliendo media hora después con unas nuevas gafas a la calle, ve la realidad con una claridad inusitada. Saber que todo lo que hagas no sólo será efímero, sino que se desvanecerá como una nube de verano, que lo que hagas será el gozo de un momento, unos días y se acabó, otorga a lo que haces el valor del instante, de lo que te traes entre manos. Si mientras estoy vivo logro estar en paz conmigo mismo y con los demás, si estimulo mi creatividad y mi curiosidad, aquello que da color y viveza a la existencia, es muy  probable que aunque el camino termine entre el perejil uno pueda mirar la despedida con satisfacción.





lunes, 23 de mayo de 2022

Vivir como un salvaje

 

Mont Blanc desde las cercanías del col de Anterne. Acuarela.


El Chorrillo, 23 de mayo de 2022

El canto de la oropéndola, breve y como diciendo hola, aquí estoy, y el del ruiseñor (ay, cuánto te voy a echar de menos este año cuando te vayas…) llenan el aire de esta hora. Estoy algo sopa, cansado; al final he tenido que dormitar en el sillón un rato para reponerme. Hace unos días se me apareció la Virgen y me dijo que ya estaba bien de trasnochar hasta casi el alba y levantarse después más allá del mediodía, que lo que tenía que hacer era cambiar de chip, que además estaba ahí a la vuelta de la esquina el verano y que si no entrenaba un poco a ver qué iba a hacer cuando termine la primavera… ¿Qué iba a hacer?, le contesté… pues ya veremos, que estoy jubilado y a mí me gusta improvisar. Pero bueno, que después que se marchó volando hacia los cielos, me lo quedé pensando, que estaba bien eso de haber cambiado de hábitos y haber dejado momentáneamente la montaña a un lado, pero es que el verano, el VERANO con mayúsculas, esa época que desde tanto tiempo atrás he dedicado a hacer el salvaje por las montañas, verdaderamente estaba ahí, y si no movía el culo,  tenía razón la Virgen, me iba a quedar en casa a criar malvas; desentrenado, rodeado de libros, lleno de ganas para seguir aprendiendo a dibujar o pintar, pero huérfano, huérfano de esa vida que tanto me ha aligerado el alma durante años, vida al margen del mundo, vida de intima soledad y comunión con la naturaleza, las montañas, los bosques, los arroyos desbocados, las noches bajo las estrellas, el lento atravesar collados y collados, montañas y montañas, así hasta que éstas se acaben, hasta que el verano languidezca y sea el tiempo de regresar a casa; el corazón repleto de senderos, de valles, de flores, de lluvias, de sol, de niebla… repleto del todo para, entonces sí, volver a ser un ciudadano normal que vuelve a dormir bajo techado y sobre un colchón. Pero mientras tanto, ¡ah!, esa sensación de libertad, de apenas depender de nada o de nadie, de sintonía con los otros seres de la naturaleza con los que habré convivido semana tras semana, de soledad, lo repito… Qué más puede pedir un hombre.

A esa pareja, el niño de la mano de su padre que encabeza este post, me la encontré hace unos años descendiendo un collado en Dolomitas. Era una escena que recuerdo con cariño; representaba una filosofía alternativa al salvaje, o complementaria, si se quiere, y que acaso escondía su visión el deseo implícito de un amante que desea para sus hijos, para sus nietos, la plenitud de una vida en contacto con la Madre Tierra. Hay muchas maneras de relacionarse con las montañas, pero de entre todas ellas no me cabe la menor duda que esta de los veranos, una impedimenta con lo imprescindible y piérdete durante meses, solo, convertido casi en un salvaje, el suelo por lecho, las estrellas por techo es, para mí, la manera más hermosa de atravesar el tiempo, de encontrarte a ti mismo, de probar las bondades de los rincones más entrañables del planeta, allá donde todavía es posible encontrar la razón de ser de la existencia en el silencio, entre el fragor de una tormenta, en la nada blanca de un bosque envuelto en la niebla.

Bueno, pues que tras la visita de la Virgen mi mente dio un salto cualitativo tal de cambiar mis hábitos de trasnochar, tal de levantarme antes del alba para salir a caminar un par de horas –una vez más recuperar los buenos hábitos–, tal de someterme de sopetón a un plan de entrenamiento diario… que como consecuencia me deja el cuerpo roto. Sí, me excede este repentino cambio en mis rutinas, pero es que el verano está ahí y no quiero cagarla, porque el macuto seguirá pesando un montón, porque los miles y miles de metros de desnivel que me pueden esperar no quiero que me doblen ni la espalda ni el ánimo.

Miro de reojo a mi diario y veo que el tío alucina con mi cambio de actitud. Sí, casi ni yo me lo creo, que no solamente ya he empezado a barruntar que me voy después de mitad de junio a los Alpes, sino que he empezado a engrosar mi macuto con todos los artilugios que uso últimamente en casa, material de dibujo, acuarelas, acrílicos, cuaderno… ¡Mon Dieu! ¿Y todo eso lo vas a llevar a la espalda? Buena pregunta, querido diario, buena pregunta… Mira, para compensar la presencia de estos últimos invitados de mi mochila, este año prescindo de cocina, de comida, de colchón de aire, de cámara fotográfica, de trípode… si es necesario me alimento de aire o de frutos secos, que ya encontraré algún refugio por el camino.

Total, que con esta disposición en marcha lo único que me faltaba era determinar a dónde me iba. Seis años consecutivos de dedicar el entero verano a atravesar los Alpes entre el Mediterráneo y el mar Adriático por distintos lugares, han dejado no mucho espacio para recorrer nuevos itinerarios, así que hace un par de días me fui al Google Earth donde subí mis rutas y lo que vi allí fue un importante núcleo de montañas y valles en Suiza que todavía no había pisado. También había otro hueco en las Dolomitas más orientales. Fue suficiente, ya tenía destino, lugar de aterrizaje –Ginebra– y punto de inicio: Chamonix. Así que ahora a esperar que Dios lo quiera y, mientras tanto, a preparar las piernas y el ánimo.

Y esperando y teniendo punto de partida, ayer recuperé algunas fotografías de mi último vivac frente al Mont Blanc, algo más abajo del col de Anterne, y me propuse hacer una acuarela con ese bello panorama al fondo. Iba a colocar mi tienda de campaña en el prado de primer plano, un pequeño llano cubierto de rododendros, pero después, recordando aquella otra foto del nene con su papi caminando por las Dolomitas, decidí situar a estos en ese primer plano. Fue un día curioso porque el día anterior todo estaba cubierto y caminé todo el día sin ver ni pijo, pero, oh, lalá, cuando desperté por la mañana, ahí estaba espléndida toda la mole del Mont Blanc como un enorme merengue emergiendo de la tierra. En un par de horas, acaso tres, ya tenía la acuarela terminada. Victoria dice que parezco yo de espaldas. Mejor, así puedo imaginarme a mi nieto Manuel o a Manuela como quien dice iniciando su vida en ese hermoso paraíso que es la montaña.


Barre des Écrins. Probablemente la montaña más bella de los Alpes. Dibujo a tinta.

viernes, 6 de mayo de 2022

Alma de artista

 



El Chorrillo, 6 de mayo de 2022

Cuentan que a Diógenes, que sostenía que “todo puede conseguirse con esfuerzo, incluso la virtud” y que vivió una intensa vida hasta el final de sus días a los 89 años, siendo ya muy mayor una vez le preguntaron que por qué no dejaba la filosofía y tantos esfuerzos y no se dedicaba a una vida de tranquila contemplación. Éste contestó con otra pregunta: ¿crees tú, dijo a su interlocutor, que alguien que ha emprendido una larguísima carrera en la que ha empleado años de esfuerzos puede quedarse a pocos metros de la meta sin intentar llegar hasta el final? Este breve parlamento, que me contaba esta mañana Victoria mientras aclaraba el bancal de las alcachofas a la vez que oía un podcast dedicado a Diógenes, enseguida me hizo caer en la foto que el día anterior había encontrado en el perfil de Carlos anunciando que probablemente el día nueve podrían hacer un nuevo intento a la cumbre del Dhaulagiri.

La cita le viene a Carlos, y a todos los que vamos cumpliendo muchos años, que ni de perlas. Es lo que viene diciendo y practicando este hombre desde que se jubiló. No parar ni un segundo hasta el mismísimo momento en que uno se dé de narices con la línea de meta, ese instante en que dejaremos de existir. Perfecto. Preciosa idea para tatuar en una parte muy visible del alma, que podamos leer en cada momento cuando tengamos la debilidad de querer abandonar. A mí siempre me llamó la atención esa gente que corría maratones. Durante años miré de reojo esa actividad, algo que en realidad me pillaba lejos porque la montaña satisfacía todas mis necesidades físicas. Sin embargo, mediada la cincuentena, un día me puse los deportivos y sin apenas preparación, tan solo con la que me daba la práctica de la montaña, me apunté a uno de esos maratones. Fue la leche aquello. Un puñado de veces estuve por abandonar, agotado, incapaz de dar un paso más. Si no caí desplomado fue por puro milagro; la última cuesta antes de llegar a las cercanías de la meta en el paseo del Prado absorbió el último ápice de mis esfuerzos. Pero,¡Dios! cuando pisé la línea de meta, cuando al fin caí sobre el césped, exhausto, incapaz de dar un paso más. Conservo el recuerdo de aquellos instantes como en un relicario; mi felicidad era tan grande, tan inmensa que desbordaba todas las células de mi cuerpo. Después corrí otros maratones más y las sensaciones siempre fueron similares.

Bien, ¿y si trasladamos este símil a la vida? Si la vida fuera un larguísimo maratón y los últimos kilómetros de ella fuera lo que estamos viviendo y llegar a la meta fuera el último instante de nuestra vida, el gozo de alcanzar el final sin haber cejado en el esfuerzo, esa cuesta de Atocha que a mí se me hacía insufrible en los últimos kilómetros y que superada la misma me dejó sobre la meta, sobre la felicidad de haber superado mis propias debilidades alcanzando al fin ese instante de gozo en donde todos los esfuerzos concluyen y lo mejor de nosotros se concita en un canto a la vida, en un adiós definitivo satisfecho y orgulloso de sí.

Alma de artista. Esta es la idea que me sugería esta mañana al contemplar el rostro de Carlos. Un rostro y una mirada que hablaban de su voluntad, su fuerza; en fin, todo eso que admiramos en él puede ser tan repetitivo que no sé siquiera si intentarlo de nuevo. Pero algo, algo tengo que decir porque es que volviéndome a tropezar con esa mirada de octogenario, que irradia felicidad, eso me decía mi amigo Jorge cuando le envié anoche la imagen, lo que sucede es que verle despabila la mirada y el espíritu de quien la contempla. Le decía a Carlos en un comentario, que me voy a guardar esa foto y la voy a colocar en algún lugar visible de casa para que me recuerde qué es lo que hay que hacer con la vida cuando uno se va haciendo mayor.

Bueno, pues esta tarde he agrandado la foto, le he dado al zoom y me he quedado con la imagen entre el flequillo y el mentón ocupando toda la pantalla del ordenador. Perfecto para hablar con una persona y saber de él. Lo tienes ahí con su media sonrisa, con esa tranquila sencillez con que hablan sus ojos, ojos esperanzados que han hecho de la vida un campo de batalla consigo mismo, un amante que se niega a prescindir de los favores de su amada de siempre, y ahora sí, hasta que la muerte nos separe. Cojones como los de Espartero; sencillo, humilde, fuerte, buena persona, incombustible, con una voluntad de hierro… qué más se le puede pedir…

Días atrás David de Esteban hacía un comentario a un post anterior mío en estos términos: “Me asombra, me abruma y hasta puntualmente me emociona, contemplar la complejidad humana y la de la naturaleza”. David situaba su comentario en el contexto de una ordenada complejidad impulsada por una inteligencia creadora a la que se ha llamado Dios, pero estando o no de acuerdo con él en esto último lo que sí recojo vehementemente de su comentario es esa capacidad de asombro que contemplar la complejidad humana produce, y con ella las posibilidades que el hombre puede desarrollar en sí mismo y en su relación con el entorno. Seres vivos cuya creciente complejidad hace posible que éstos puedan hacer de sus vidas un consumado arte. Y es que en esta ocasión percibía la figura de Carlos con un matiz que acaso antes había pasado por alto, y que ahora se me aparece con plena claridad, es decir, su condición de artista. Para la RAE artista es aquel que “cultiva alguna de las bellas artes”. Y, sí, ¿qué arte puede haber más eximio que el arte de vivir?

Efectivamente, hay quien hace arte con la música, otros lo hacen con los pinceles, el escoplo o el cincel, o la fotografía, pero también están los que hacen arte con su propia vida. Y ya puestos, ¿no será acaso este arte el cometido más rentable y hermoso de cuantos nos podamos proponer en este dichoso caminar por el mundo? Hacer de Pigmalión de uno mismo, llegar exhausto a la meta, pero feliz como un niño chico.

 


jueves, 5 de mayo de 2022

El sonido de las tejas

 


El Chorrillo, 5 de mayo de 2022

Esta mañana fui a tirar la basura, y en ello estaba –aclaro que entre la basura había seis o siete tejas de las pequeñas que me habían sobrado de unos tejadillos que había añadido sobre algunas ventanas como protección para la lluvia, y especialmente por simple cuestión estética; bueno, eso y un par de trozos de goma espuma de tres palmos de ancho–, en ello estaba cuando el tintineo de las mismas llamó la atención de Diego, uno de los concejales, que casualmente pasaba por allí. En fin, que me cayó, y con razón, una buena bronca encima. Uno, al que tanto le falta llegar a la perfección, que ya se sabe que la perfección no es de este mundo, tuvo que pedir disculpas y humildemente regresar al contenedor para intentar deshacer el entuerto. Allá en la furgo quedarán las tejas, si no es que se las regalo a Merchán, el almacén de materiales, hasta un sábado que me venga bien y las lleve al punto limpio.



De todos modos el que yo me meta a escribir estas líneas tiene que ver más con la música que con el servicio de recogida de basuras, porque es el caso que yo me disponía a pintar unas acuarelas de los lirios, preciosos y erguidos que crecen junto a mi cabaña, y con el lápiz en la mano ya me asaltaron dos preguntas de tipo metafísico, la primera se refería a cómo meten los fabricantes de lapiceros la mina dentro de la madera, cosa que resolví de inmediato yéndome al YouTube. Sí, últimamente tengo complejo de niño curioso: ¿cómo coño meterán la mina, me dije circunspecto sosteniendo en la mano un lapicero 4B de la prestigiosa fábrica alemana Faber Castell? Y allí estaba un vídeo, precisamente de esta fábrica sumergiendo la cámara en una mina a la búsqueda de ese material precioso que es el grafito y que ha sido la herramienta básica de los grandes artistas de todos los tiempos, sin que éstos se preguntaran probablemente jamás cómo se fabricaba esa preciosa herramienta. Por cierto, que uno, que es un tanto apasionado, desde hace dos meses que se ha encontrando con este precioso utensilio, el lápiz, no deja de dar gracias a los hados que propiciaron este encuentro, ya que tal instrumento me está proporcionando tantos y tantos placeres como para que haya dejado la montaña a un lado y la haya sustituido por los lápices y las pinturas. Jamás se me hubiera ocurrido que en esta edad tan madura, esa en que los achaques se parecen al ejército ruso en tierras de Ucrania, a uno le pudiera sobrevenir una pasión tal, pasión nada peligrosa, porque hay otras muchas a las que querría dar salida, el kayak, el parapente, alguna que otra escaladita, y amigos tengo que se prestan cariñosamente a pasearme por los aires, gracias, Toti, o incluso a emprender alguna primera ascensión en Gredos, gracias, David, a las que querría dar salida pero que una suerte de cague me impide llevar a cabo.

Iglesia de San Sebastián en calle Atocha. Apunte a lápiz

No, no pierdo el hilo, es que los incisos a veces son un tanto largos. Bueno, pues la segunda pregunta que me surgió recordando la bronca recibida por Diego, fue esa precisión con la que éste se había dirigido a mí diciendo que había tirado tejas en el contenedor siendo que éstas venían en una caja de cartón. ¿Buen oído? Porque digo yo, yo que no he tenido en mis manos tejas nada más que en dos ocasiones y que tampoco entonces oí su tilín tilín, ¿no he de sorprenderme de que la vigilante autoridad municipal dé con el contenido de una caja sin ver su interior? Yo, que cuando voy a un concierto difícilmente localizo con el oído el fagot o no sé distinguir el violín de la viola… En fin, acaso los del ayuntamiento incumplen completamente sus obligaciones con los vecinos de la población diseminada dejando los caminos a su aire, embarrados e intransitables cuando llueve un poco, –tiempo hubo sí en que los arreglaron, pero ya se sabe que toda obra necesita su mantenimiento–, incumplen deberes fundamentales, pero en cambio tienen un oído tan fino que serían capaces de conocer el interior de las bolsas de basura con el solo céfiro que les llega a sus oídos cuando la bolsa cae en el fondo del contenedor. Porque amigo, oído muy fino para estas cosas sí parecen tener, aunque no tanto para captar las necesidades más elementales de algunos vecinos, que todavía me discutía Diego la prioridad de dotar a la policía local con sofisticadas pistolas o con coches todoterreno de última generación, o el llenar con cámaras de seguridad las calles del pueblo, antes que dejar los caminos que llegan a nuestras casas en condiciones, por lo menos, de que podamos transitar sin tener la incertidumbre de si el coche quedará preso en el barro o que pueda pasar una ambulancia en caso de urgencia.

Cosa de oído, sí, hay quien distingue el sonido de unas tejas, pero es totalmente sordo a las necesidades básicas de una comunidad de vecinos.

Todo en la vida es cosa de oído, parece, de oído y de las prioridades que cada cual fermenta en su caletre.




jueves, 28 de abril de 2022

Ideas y creencias: ojo a la diferencia…

 



El Chorrillo, 28 de abril de 2022

Las ideas se tienen, en las creencias se está. Así encabeza su libro Ideas y creencias Ortega. Me vino esta cita a la cabeza ayer mientras charlaba con el amigo Paco. Hablábamos de los gilipollas de este mundo, todos esos que gastan la vida en aumentar los números de sus cuentas corrientes, de estos y parecidos personajes. Le decía yo a Paco eso que digo tantas veces, que a los tales lo que les sucede es que no saben que se van a morir, a lo que Paco me respondía que sí que lo saben. Quise aclarar la idea. Obviamente sí lo saben, pero ese conocimiento no está incorporado en su campo de creencias profundas. También me decía que es mucho más difícil para un ateo asumir la realidad desde la perspectiva de quien sabe que tras la muerte no hay absolutamente nada, que para el creyente, que sucintamente guarda una escondida esperanza de que todo esto que ha vivido no se disolverá en la nada. En esto último no estaba de acuerdo con él.

Voy a ver si aclaro, me aclaro, estos términos; un simple ejercicio de intentar arrojar luz sobre la ambigüedad de los asuntos que le fluyen a uno a través de los conductos neurales :-). La diferencia que hay entre alguien que sabe que se va a morir, morir con todo su cuerpo, desde el fondo de su alma, franca y taxativamente desaparecer sin más dentro de unos días, y la de aquel que sabe que se va a morir “algún día” pero vive como si fuera a alcanzar la edad de Matusalén, como si su vida fuera infinita, se me antoja que existe un abismo.  

Las creencias se tienen, las vas adquiriendo a lo largo de la vida, son un proceso lento, a veces penoso. Yo a los quince, dieciséis años, que ya leía a Bakunin, supe “intelectualmente” de la no existencia de Dios, lo sabía de parecida manera a esos que saben que se van a morir, vamos, de una manera quasi abstracta, lo que no impedía que siguiera yendo a misa y comulgando. Me debatí durante más de un lustro entre la creencia o no creencia de Dios. Me costó Dios y ayuda :-) desprenderme de todo el bagaje que había adquirido durante casi una década de estudiante con los salesianos. Y aún así el corte no fue tajante; seguí siendo un medio creyente y un medio ateo durante muchos tiempo, algo que hoy me parece increíble desde la experiencia de los años, algo que sólo creería posible hoy en un niño chico intelectualmente indefenso. La fuerza que tenían las creencias que había adquirido desde niño entraban en conflicto con las ideas que iba adquiriendo a través de mis lecturas y mis esfuerzos por comprender la realidad, que me pedía un esfuerzo para encontrar coherencia en mis ideas.

El tránsito de las ideas adquiridas a condición de creencia, eso que asumimos como lo que es, eso, pone un ejemplo Ortega, que sucede a alguien que sale a la calle y sabe de antemano lo que se va a encontrar, gente, comercios, coches, la luz del sol calentando la mañana, es lento. Vive inmerso en esa realidad cotidiana de parecida manera al creyente para el que Dios, la Virgen o Mahoma forman parte del corpus mental y vivencia del creyente; ese tránsito es uno de los fenómenos más interesantes que hemos vivido mucha gente de mi generación. Cómo un creyente poco a poco pasa de esta condición a la de ateo es un proceso largo y costoso porque en él, como san Jorge con el dragón, hay que luchar con creencias arraigadas en lo más profundo del ser. Si en lugar de seguir este proceso de esclarecimiento de la realidad, acorde con los conocimientos que se han ido adquiriendo desde los tiempos de Darwin, seguimos el camino contrario y cavamos más hondo en la ficción que las religiones han ido creando, lo que tenemos es una santa Teresa de Jesús con aquello del muero porque no muero, un proceso de enajenamiento en donde las emociones juegan un papel capaz de hacer imposible la realidad más evidente.

Las creencias, que juegan un papel tan esencial en todas las culturas, tienen cierta semejanza con el espíritu que guía nuestros mecanismos biológicos automáticos; nos liberan del hecho de pensar y automatizan nuestro comportamiento con respuestas fáciles, y tantas veces ingenuas. Así, la certeza de que te mueres, resucitas, vas al cielo y te encuentras con tus seres queridos y vives por los siglos de los siglos en “santa paz”, certeza de ambiguos perfiles, pero que funciona, te permite desentenderte de la “farragosa” tarea de pensar y construir tu propia percepción de la realidad.

Quizás a esto se refería Paco cuando decía que es más difícil ser ateo que creyente. Pero en todo caso sería una apreciación justa si consideramos que precisamente lo más difícil siempre tiene un cariz de nobleza y de trabajo personal del que carece la facilona sumisión a las creencias que se asumen por costumbre.

Entiendo, lo expresaba Buda en algún lugar, creo, que si todo el mundo supiera que se va a morir, en el sentido en el que vengo diciendo, otro gallo cantaría. Asumir la pequeñez e insignificancia que somos en tantos aspectos, la nula causalidad de la vida, allana, pienso, poco a poco el camino hacia esa nada que nos espera a todos. Y volviendo a ese tránsito de las ideas a las creencias, de que hablaba más arriba, creo que hay que ser consciente de que tal proceso es lento, costoso y que para que algo entre en el ámbito de las propias creencias no basta la razón, Yo lo compararía a un procesos de ósmosis, las ideas se van acumulando, poco a poco van saturando nuestro pensamiento, nos vamos familiarizando con ellas, así hasta que en determinado momento, sin que apenas nos hayamos dado cuenta, pasamos de ser creyentes a ateos, pasamos de pensar la muerte como un hecho calamitoso a hacer de ella la culminación de una vida creativa, pasamos de  considerar a los acaudalados amos de este mundo de personas afortunadas a pensarlas como unos perfectos gilipollas que no sabiendo que se van a morir  etcétera etcétera.

Las creencias con las que empezamos a caminar por la vida raramente son propias, es el ejercicio de la razón, la formulación de nuevas ideas las que con el tiempo, la experiencia, la lectura, el ejercicio del pensamiento crítico, poco a poco minarán las bases de las mismas hasta hacer posible la elaboración de un mundo propio que, partiendo de ideas nuevas, poco a poco se consolidarán con el tiempo en creencias, nuestras creencias. El yo, que un principio no era yo propio, sino yo recibido en herencia, al cabo de los años, el trabajo personal del escultor que esculpe su propio ser, termina por adquirir un cuerpo de creencias, su sentido de la muerte, su idea de la sociedad, de la justicia, el amor, que constituyen la esencia no sólo de su pensamiento, sino también de su conducta, de su hacer personal y social.

¡Ay!, este sufrido diario mío… ¡Tantos asuntos, tantos!


viernes, 22 de abril de 2022

La niña de las Hurdes



El Chorrillo, 22 de abril de 2022

Son casi siempre tan interesantes las cosas que uno tiene a mano, dónde ir, qué hacer, qué leer, qué pintar, qué escribir, que te asalta cuanto menos la duda cuando al fin, libre de las tareas corrientes de la casa, te sientas frente a la ventana. Hoy con más razón porque el tiempo, pese a la leve tristeza que me corre por dentro, acaso por las expectativa de una operación quirúrgica de la que no estoy completamente convencido, se presta al recogimiento y a la creación de algo, tiempo de lluvia, monotonía de lluvia en los cristales. Viento allá fuera; dentro, el confort cálido que dejan los radiadores. Hoy, por ejemplo, necesito ver unos vídeos del YouTube donde aprender a trabajar con húmedo en la acuarela, después quisiera reintentar un retrato al óleo en el que fracasé días atrás, también quiero continuar un par de libros que estoy leyendo y terminar de hacer unos marcos que me sirvan para ir colgando por las paredes de casa los trabajos que hago; pero igualmente está en la lista un tema para mi blog que me surgió hace días cuando, necesitado de algo subí al desván, un reducto donde apenas quepo y que nos sirve de almacén de todo aquello que no usamos, y me topé con un viejo lienzo que al parecer nunca mereció colgar de las paredes de casa y que yacía allí como esperando a ser mirado con los nuevos ojos con los que ahora contemplo las pinturas. Sucedió que bajé el lienzo para contemplarlo a la luz del día y la mirada de una niña me sorprendió profundamente desde él. Es una triste historia que quiero contar hoy. Ya habrá tiempo para la pintura más tarde; y si no, de madrugada, que son siempre, pese a Cervantes, que estimaba como oro las horas de la mañana y pura hojalata las de la noche, las horas que más aprecio.

Era Navidad, la de 1975. Atraídos quizás por el documental de Buñuel Tierra sin pan, habíamos proyectado pasar las vacaciones recorriendo los pueblos y las montañas de las Hurdes. En aquellos años las Hurdes no eran tan deprimentes como en los tiempos en que Buñuel las visitó, pero no se alejaban mucho de aquella cruda realidad que nosotros vivimos transitando por sus valles.

Salimos de la pensión de Aldeanueva del Camino rondando el amanecer. Fuera la alfombra de una espesa escarcha lo cubría todo. Recuerdo que el rigor del frío resultaba estimulante mientras caminábamos por la carretera a buen paso convencidos de que aquello era un viaje iniciático a lo más profundo de la vida rural del país. El 24 de diciembre nos pilló en la pequeña aldea de Castillo donde nos acogimos a la hospitalidad del alcalde y su familia, con quienes compartimos una sobria cena de Noche Buena. Días más tarde una larga caminata nos dejó en el fondovalle de Aldehuela. Allá, cuando llegamos a la tarde, se celebraba el fin de año por todo lo alto. Era un cuadro propio de la Época Negra de Goya, gente muy alegre y desinhibida que bailaba en la plaza bajo la influencia del dios Baco, nos recibieron como quien lo hace con un lejano familiar proveniente de las Américas. La música, el vino, la bullanga que recorrían las calles del pueblo se prestaban a una inusual camaradería con todo el mundo que acogían a aquellos forasteros con el calor propio de las bondades báquicas. No tardamos en ser invitados por varias familias a pasar la noche en sus casas, lo cual agradecíamos de muy buena gana dado l0 tarde de la hora. Pero era Noche Vieja y no parecía que el noventa por ciento de los vecinos de aquella pequeña aldea fueran a llegar medianamente cuerdos a la hora de irse a la cama, lo que sucedió un par de horas más tarde cuando tratamos de hacer firme la invitación que nos había hecho una de las familias.

Cuando comprendimos que tendríamos que buscarnos un lugar para dormir, y mejor lejos de la posibilidad de ser estorbados durante el sueño, decidimos abandonar el pueblo antes de que se nos echara la noche encima. Salimos silenciosos sin despedirnos de nadie. Monte arriba no tardamos en encontrarnos con la nieve, tanta que terminó por caer la noche sin encontrar un lugar conveniente para nuestro vivac. Lo improvisamos en lo alto de una loma. Metidos en los sacos de dormir todavía nos llegaban hasta allí la fanfarria de fin de año.

Siguiendo las indicaciones de nuestros viejos mapas del ejército, al día siguiente terminamos cayendo sobre El Gasco donde fuimos recibidos a pedradas por algunos niños del pueblo, una singular manera de bienvenida que en aquellos años debía de ser corriente con los visitantes foráneos que aparecían por el pueblo. Valla abajo, en Aceitunilla, nos encontramos con la niña. Estaba en medio de la calle, nos miraba con unos ojos de extremo desamparo, como miran los parias de la tierra al resto de sus congéneres. Nos atrevimos a hacerle alguna foto. Sólo farfullaba palabras incomprensibles. Nos siguió de lejos mientras buscábamos un lugar donde desayunar algo. Una tasca, una pensión, no recuerdo bien, nos sirvió a este propósito. Estábamos dando cuenta de unos bocadillos y de una cerveza cuando la niña apareció de nuevo en el umbral de la puerta. Es esa estampa que aparece en la imagen de más arriba.

El propietario del local nos contó la historia de esta niña. A la familia los servicios sociales de entonces le habían ofrecido dos opciones, una recoger a la niña para que fuera atendida en la cercana institución de Cottolengo o darles a los padres como ayuda mil quinientas pesetas con lo que pudieran atender a su hija. Finalmente los padres habían optado por recibir el dinero del Estado y ahora la niña vagaba de la mañana a la noche desatendida y abandonada a su suerte sumida en esa penosa tristeza con la que se acercaba a nosotros, tal un perro que pide lastimosamente un poco de comer. Le pedimos al tabernero que preparara un bocadillo para ella. Cuando se lo dimos, lo tomó, y sin decir una sola palabra, se dio media vuelta y desapareció calle abajo.