18/08/2026
Quién
será capaz de imaginar siquiera aproximadamente lo que es 13.800 millones de años. Un día, un año, cien, e incluso 2000, hasta ahí podríamos llegar, pero… Y mientras pienso
en estas cosas contemplo a los gorriones y carboneros alborotando en torno a su
comedero frente a mi ventana. Reflexiono sobre el tiempo que ha
necesitado la evolución para convertir un ser unicelular
en un carbonero, en un gorrión.
Y pienso
en que hay una falla en nuestra inteligencia cuando pretendemos imaginar el origen
del Universo, una falla pretender especular desde nuestras referencias, nuestra realidad, algo que sobrepasa nuestra capacidad. Nuestra innata
tendencia a buscar un porqué a todo lo que se estrella contra una realidad
inalcanzable.
Y me
parece pertinente indagar en estas cosas que inevitablemente ponen en cuestión nuestra visión del mundo que vivimos. Distancias infinitas, tiempos inconmensurables, provocan en quien lo piensa una suerte de
inquietud, de pequeñez, que pone en solfa nuestras
motivaciones, los porqués con los que nos movemos por la vida; que deja acaso como ridículas tantas aspiraciones y acciones que
constituyen el motor de nuestro estar en el mundo.
Si a nuestra pequeñez oponemos la inmensidad del universo, a nuestra existencia, esa chispa que somos en la historia del mundo, y lo colocamos
junto a los problemas de la vida diaria o la política internacional
o las aspiraciones de todo tipo personales o colectivas, junto a la sensación de vértigo que pueda producirnos, lo que acaso sintamos sea una sensación extrema de pequeñez que consiga relativizar nuestra
realidad al punto de sentirnos ridículos: guerras, conflictos
sociales, preocupaciones de todo tipo, poder, gloria, dinero, vistos desde la perspectiva del
universo y su tiempo, a la fuerza tendrán que
parecernos juegos de niños pequeños.
Humildes
criaturas que somos, un chispazo no más, que deberíamos
tratar simplemente de vivir la sencillez del poco tiempo que dan de sí nuestras vidas y
que por el contrario… etcétera. Porque por mucho que el dinero cuente, el poder, y tantas cosas más,
la única realidad irreversible ya se sabe cuál es; tan efímeros somos en las cuentas del Universo que el único adjetivo coherente para tántas de nuestras
aspiraciones es el de ridículos. Cosas que todo el
mundo sabe, por cierto, pero a las que no hacemos ni puñetero caso porque elegir la locura y la inconsciencia en ese breve tiempo de nuestra existencia es la mejor manera
de olvidarnos de la muerte y de nuestra insignificancia.
Frecuentemente
es extremadamente difícil poner en palabras intuiciones y
asuntos que por su naturaleza escurridiza e inaprehensible no hay manera de concretar. Lo anterior sólo pretende ser una aproximación en una hora,
tras la siesta, en que el calor puede hacer estragos en la masa gris del cerebro.




