martes, 23 de junio de 2026

¿Ese remanso de paz?

 


23/06/2026

Un nuevo visitante desconocido ha dejado la huella de su paso en el pinar. Visitante acaso nocturno que ha pasado la noche en la chaise longe. Un saco de dormir en bastantes buenas condiciones da fe de ello. Se ha roto un brazo de la tumbona y mañana tendré que traer herramientas y material para arreglarla. No me gustaría que este lugar privilegiado perdiera su condición de retiro y meditación. La copa del pino vuelve a estar llena de pájaros. Sería bonito que se acostumbraran a mi presencia. Ya el carbonero que me visitó ayer apunta a esa posibilidad. 

La curiosidad de Jünger me llama la atención. Su relación con los insectos, las flores y los animales en sus paseos por el campo, añaden un apreciable interés a su escritura. Pasea por cierto lugar y se da una vuelta por un resto de construcción para echar una ojeada a cierta clase de hormiga que hace su vida bajo unas tejas. El cariño como habla de ciertas flores que cultiva en su jardín hace ver su sintonía con la Naturaleza. ¡Qué escenario tan diferente la de su novela Tormenta de acero, diferente a sus otros libros donde la guerra es el objeto de su escritura! ¿Son los años, la madurez lo que lleva al hombre a esa integración con el medio, a las minucias de esa relación con los insectos corrientes? O esa dedicación al cultivo de las flores es acaso la justa recompensa a una intensa vida intelectual?... Al final es el hombre consigo mismo y con la Naturaleza. También es objeto de la escritura de Jünger el arte, las minucias de los detalles de un cuadro complejo. 

¿Nos quedará al final tras el ajetreo de una vida densa ese remanso de paz que a veces atisbo para los años venideros, algo tan en franca contradicción con lo que eran mis expectativas? En estas cosas pienso éstos días, tanto que parecieran los prolegómenos de una vida  diferente. 

Veo corretear a una hormiga sobre la isla de piedra del recipiente de agua de los pájaros, sólo una, y me pregunto si será la misma de ayer, veinticuatro horas dando vueltas en círculo sin parar alrededor de unos pocos centímetros cuadrados… Me entran ganas de hacer una labor de salvamento como  con la avispa de ayer. Asunto de gran trascendencia :-) que si en realidad lo comparamos con lo que tiene Trump en el coco no guarda mucha diferencia en sí mismo. Nuestra aparente importancia me parece esta mañana un error de percepción. Tanto si consideramos nuestras vidas en la geografía del universo como si lo hacemos en una hipotética línea del tiempo, la diferencia con la importancia de una hormiga es mínima. Cuando el ámbito de referencia son millones de años y miles de millones de kilómetros, ponemos una junto a otra la vida de un hombre y la de una hormiga, la diferencia es de una tan infinita pequeñez, en tiempo de vida, en “importancia”, que más diríamos si lo viéramos desde la distancia, que hormiga y hombre tienen el mismo peso existencial, eso si cupiera hablar de importancia, un término totalmente relativo que en absoluto cuenta en el Universo por mucho que nosotros queramos diferenciarnos del resto de los seres vivos. Si no hay un patrón de referencia, nada importa más que otro, sea animal, planta o cosa.  

Es curioso, pero algo sucede dentro de uno cuando se mira la vida desde una perspectiva de espacios y tiempos inconmensurables. Entonces nuestra pequeñez se achica, nuestra insignificancia aumenta (El hombre, esa chispa entre dos abismos”. Théodore Monod). Sin embargo lo que el hombre pierde en insignificancia parece ganarlo en profundidad de su mundo interior. Saber de esa insignificancia en el entorno global del Universo y del tiempo, puede convertir el hecho de vivir o la plenitud del pasado en una personalísima vivencia que, maldita la gracia, en absoluto necesita de referencias temporales o de espacio. Vivirse el individuo puede convertirse en un absoluto ajeno a toda referencia exterior.

¿Sería posible encontrar otra forma de vida acaso parecida en pasión, esa pasión que hace un rato ojeando fotografías de mis años de atravesar los veranos los Alpes, en otros quehaceres de la vida madura, algo que por similitud conceptual se parezca a la vida de los corales, esa vida que se prolonga o echa raíces sobre una forma de vida anterior?


lunes, 22 de junio de 2026

Cazando gamusinos



22/06/2026

El asunto creo haberlo repetido en otra ocasión. Esa sensación de que dentro de los sapiens sapiens existe una tal disparidad, formación, cultura, inteligencia, etcétera, que a veces bien merecería establecer una subespecie más dentro del género homo. Me explico, en alguna ocasión, considerando una línea que va desde el hombre excelente al chimpancé o a los bonobos, quizás una línea en la que imaginar a estos según los distintos grados de inteligencia o desarrollo, una línea en uno de cuyos extremos estuvieran los chimpancés y en el otro los hombres mejor dotados intelectualmente, los con una formación superior, en tal línea podríamos situar a una parte importante de la humanidad más cerca del chimpancé que del hombre excelente. La capacidad de razonar, la preparación intelectual es tan dispar entre los hombres… 

Sucede que me surja este razonamiento cuando me encuentros con textos que, o no comprendo, o comprendo a medias o me resultan totalmente inescrutables. Doy por descontado que mi inteligencia sea una inteligencia normal, tan normal como para verme bastante lejos de muchos textos que caen en mis manos. Dicho esto voy con el escrito de hoy.

Comencé ayer con otro de los diarios de Ernst Jünger, Pasados los setenta I. Y enseguida, nada más empezar, esta observación: ¡qué diferencia la escritura de un gran hombre en relación con las capacidades de uno! Recuerdo mucho de mis propios posts y me produce cierto rubor el que  éstos hayan volado mas allá del cajón de mi escritorio, que es donde he guardado siempre antes de Internet lo que a ratos se me ocurría. Cuando leo textos complejos o en este caso las páginas de uno de los diarios de Jünger, parece, a vuela pluma, la parecida vuela pluma que uso yo, creo, me produce, sí, cierto rubor el haberme atrevido a hacerlos públicos; eso mismo, las miles de página que conforman mis diferentes blogs. El reposado Jünger de la vejez, tan profundo y observador, me hace olvidar su relativa cercanía al fascismo alemán. Su prosa inteligente y mesurada, su agudeza de percepción, digo yo, ¿está al alcance de todos o es sólo privilegio de unos pocos?

Vamos, que leyéndolo, siento como si estuviera cazando gamusinos. Llevo una temporada ayuno de motivación para leer y el otro día buscando hacer un escalón para una de mis rutinas de rehabilitación, cayó en mis manos ese libro; con él y con el Canon occidental de Harold Bloom conseguí la altura necesaria suplementaria para mi ejercicio. Así que mientras subía con una y otra pierna el escalón, caí en que precisamente ese volumen no lo había leído, con lo que pasó de inmediato al primer lugar de mis lecturas actuales. Quizás Jünguer consiga sacarme de esa atonía lectora en la que me encuentro, quizás sea Jünger, el hombre fuerte y culto, la lectura que me estaba esperando.

Esta mañana me pesaban especialmente las piernas. Ponía en duda las previsiones del cardiólogo que afirmó rotundamente que dentro de seis meses podría subir a Peñalara y a cualquier cumbre de nuestra sierra. Había planeado salir antes de que llegue el calor del todo con los amigos del Navi, pero no sé si va a ser posible. Durante mis paseos diarios, apenas tres kilómetros, ya he establecido alguna rutina que me gusta. Nada más llegar es ver si les falta agua o comida a los pájaros. Deposité una chaise longe en el borde del pinar desde donde veo toda la sierra de Gredos y allí, junto al tronco de un pino, alimento a los pájaros. Esta mañana tuve una pequeña pandilla de gorriones revoloteando de rama en rama sobre mi cabeza. Me los imagino diciendo a ver cuándo se va ese pesado, yo mismo, y podemos bajar a desayunar. Bueno, pues estaba distraído mirando el horizonte cuando oí un cercano revolotear. Ja, allí estaba un atrevido carbonero con sed a dar cuenta del agua. Me encanta que los pájaros se me acerquen. Recuerdo un día en el Cañón del Río Lobos, que estando desayunando sobre un tronco, aterrizó a medio metro de mí un petirrojo. Aquel día él y yo desayunamos uno junto a otro como dos camaradas que hacen un alto en el camino para descansar.

En ocasiones me pregunto si la vida podría reducirse a esto, pasear por las mañanas, hacer pequeñas tareas de hortelano, escribir, leer, dormir la siesta y a unas pocas cosas más, esas de las que habla Arundhati Roy en su libro (El dios de las pequeñas cosas). Quizás es un poco pronto para mi edad, pero dadas las circunstancias quién sabe. El Cándido de Voltaire, se retiró mayor al campo y la huerta fue su ocupación preferida, pero Cándido es que estaba harto de la Corte y sus intrigas, que no es mi caso, que preveía seguir caminando hasta donde la vida diera de sí. 

Tengo la impresión de que el lugar se ha convertido en centro de atracción para las aves de los alrededores. Dos urracas cotillean ahora sobre mi cabeza. Y hay un revuelo de pájaros que parecen estar esperando a que me marche. La vida lo arrastra a uno hacia la continua actividad y en este estar excesivamente ocupado uno pierde la realidad del contexto y el orden de valores. Me admira que nunca me hubiera fijado en este lugar privilegiado después de haber pasado tantas veces por aquí corriendo, caminando o preparando alguno de mis maratones. Ahora la vida en torno a un recipiente con agua y comida son mi atractivo matinal. Por cierto que me parece que no sólo aves rondan el sitio. Acabo de ver un conejo a una veintena de metros que me da que también estaba esperando a que me fuera para acercarse al agua. Fue después que estuve observando lo que sucedía en el recipiente del agua. En él había colocado días atrás una piedra para que los pájaros pudieran acercarse a beber con comodidad. Estuve observando durante un rato cómo una hormiga, que había llegado a la roca no sé cómo, daba vueltas y vueltas alrededor de su isla de piedra tratando de salir de su encerrona. Estaba claro que nadar no era su fuerte. Pero no sólo las hormigas andan por los alrededores, ahora eran un par de avispas, una de las cuales había caído al agua y se movía desesperada para salir de allí. Pensé que por qué esa preferencia mía por alimentar a los pájaros y no a otros bichos. Comprendí que la avispa también tenía derecho a la vida, así que tomé un palito y la recogí de su naufragio. Tuve que soltar rápidamente el palo porque ya imaginé que no era una avispa agradecida y que seguro vendría enseguida a picotearme el dedo. Mi filantropía no llegó a salvar a la hormiga. De ella pensé que ya se las apañaría ella solita para cruzar los cuatro dedos de agua que la separaba de la vida.


sábado, 20 de junio de 2026

Reflexiones tras la siesta

 


20/06/2026 

Me desperté de la siesta. Hoy, por ayer, desde el comienzo del día mi ánimo contemplaba con cierta asepsia la vida. Veía a los gorriones y carboneros aterrizar sobre el comedero y consideraba el aspecto mecanicista que tiene toda vida dentro del ciclo nacimiento, reproducción y muerte. Unos se suceden a otros, un coral se fija sobre otro coral y el de abajo termina convirtiéndose en materia inerte, y así indefinidamente si las condiciones del medio siguen alimentándolos. El resto de los animales van y vienen, vuelan, nadan o viven bajo tierra, pero ninguno sale de esos extremos en los que se encierra el ser y el dejar de ser, ese estar entre la vida y la muerte.  

La vida no tiene ningún sentido, se reproduce a  misma no más. Lo que sepamos o no forma parte de ese manifestarse la vida, es parte, acto, crecimiento, dentro de los límites entre el nacimiento y la muerte. La complejidad es fruto de la feracidad del medio en el que se desarrolla, no lleva a ningún sitio. En sí mismo todo nace, se desarrolla y muere y en esta evolución que tiende por propia naturaleza a la supervivencia de los mejores, se produce en función de ella una mejora, una mayor adaptación que, llegado el caso, como el del hombre, puede, con sus conocimientos y adelantos, hacernos perder de vista el hecho en sí de ser con todo materia perecedera sin un sentido reconocido.  

¿El contexto de donde arrancan estas reflexiones? Unas ciertas certezas que se van perfilando desde mi situación y ánimo actual, y que parecen manar, aunque nadie las llamede estados mentales provocados por situaciones extraordinarias capaces de alumbrar la realidad en un contexto donde la vida y la muerte parecen contemplarse la una a la otra sin mediar razonamiento, en un fructífero silencioen el que sin pensar en nada algún tipo de verdad inasible se nos revelaDesposeídos de argumentos y razones el yo se contempla a sí mismo y a las posibilidades de dejar de existir como un accidente corriente carente de dramatismos. En el pensamiento se tiende un leve puente entre el existir y el dejar de existir, sí, repito, carente de dramatismo. En instantes así uno puede considerar la liviandad de la existencia como un privilegiado estado de concienciaHas vivido con una intensidad extraordinaria y ha llegado la hora, satisfecho de tu existencia, de dejar en manos del destino la continuidad o no de la propia vida.  

Una enfermedad que te deja postrado y de la cual salen con vida sólo un setenta por ciento de los que entran en el quirófanoparece tener en mi caso la capacidad de permitirme bucear en el interior de la existencia, de hacerlo, como quien se introduce en la oscuridad de una cuevasin los órganos de la razón o los sentidos, apenas guiados por las yemas de los dedos y por el instinto de unas pocas verdades quecomo residuos de ciertos estados de conocimiento flotan en la conciencia. 

Minucias en el contexto de la rica diversidad de la vida social, pero que tienen el efecto de remitirnos a esos viejos interrogantes de las razones de nuestro existir y sus inmediaciones.  

 


viernes, 19 de junio de 2026

Sobre el rigor

 


19/06/2026

(Ver aquí)

El rigor, referido a las ciencias exactas, la física, la medicina, etc., apenas tiene cabida en nuestro ser y sentir de todos los días, soñar, comer, pasear, pensar en la vida o la muerte, la amistad, etc., Es una excelente herramienta práctica, pero las cosas realmente importantes de la vida, tantas que no están sujetas a la mecánica de los silogismos, por ejemplo, no llegan a nosotros por la vía de la razón.

A otra cosa. No sé si conoces a Julio Villar o has oído hablar de él. Tiene un libro excelente titulado ¡Eh, petrel!. En su juventud, tras un accidente escalando en la aguja de Peuterey al Montblanc, decidió dar la vuelta al mundo solo por mar en una cáscara de nuez de 7 metros de eslora. Tuve la suerte de charlar con él en uno de los últimos premios de la Sociedad GeográficaJulio apenas hace elucubraciones en su libro sobre estas cosas de las que hablamos tú y yo, expresa su riquísimo mundo mental, su relación con el mar y las aves marinas que le visitan, sus sensaciones, sus sentimientos.  

Siento que el esfuerzo que hago por armonizar asuntos como razón e instinto realmente me sobrepasan, que casi preferiría sentarme como un Buda a la frondosa sombra de un tamarindo y contemplar desde allí el fragor de la vida. Ese fragor de aguas revueltas atravesando el filtro de la contemplaciónhace, como dice cierto dicho sufíque las aguas revueltas se vuelvan frescas y claras. No hay depuradora sofisticada por medio, sino que la simple contemplación sin más puede hacer posible la claridad de pensamiento o el apaciguamiento del ánimo. No se trata tanto de desarmar una flor separando cada una de las partes para saber de qué esta hecha, como de apreciar la fragancia y belleza de la flor.

Julio, lejos de la civilización y rodeado por la inmensidad del mar o del firmamentodesnudo como la mar, apenas roza en su libro razonamientos, porqués; Julio mama del encuentro de su soledad con los elementos. Su estar consigo mismo, con los vientos o con ese petrelque en cierto momento se posa sobre el mástil de su barco, apenas deja espacio a esa complejidad que nosotros en ocasiones queremos aclarar. 

Ha llegado la hora de volver a casa. Hoy me alegró encontrar el recipiente del agua de los pájaros mucho más lleno de lo que yo lo dejé, señal de que hay otros visitadores del lugar que atienden las necesidades de los pájaros. El recipiente de la comida está a la mitad, pero he observado que gran parte de ella se la pueden estar llevando las hormigas, así que tendré que hacer un invento, algo que sostenga el recipiente de la comida dentro de aquel otro del agua. No creo que haya hormigas con dotes natatorias capaces de alcanzar la isla de la manduca. 

o O o

A otra cosa. Ahora por la ventana de mi cabaña atiendo al ir y venir de los pájaros constantemente acudiendo a saciar su apetito en el comedero que les tengo anclado sobre el álamo negro de enfrente. Últimamente me pregunto si la vida podría ser esto, dormir, hacer un poco de ejercicio, asearse, desayunar, darse un paseo, escribir, contemplar el ir y venir de los pájaros o escuchar a las oropéndolas que últimamente visitan nuestro pequeño bosque. Me lo pregunto con una mezcla de satisfacción y tristeza. Satisfacción porque es una vida no exenta de bienestar y también tristeza, tristeza porque es imposible dar por acabada esa otra vida mía de antes de la operación, especialmente esa faceta que me llevaba a vivir en soledad entre los bosques y las montañas. 

Ni mi vida ni cuanto hacía tienen que ver con el rigor, que pareciera un instrumento para medir otras cosas del mundo que sólo tienen que ver conmigo de un modo tangencial. Uno, aunque viva en el planeta Tierra en la comunidad de los humanos, tiene una dimensión íntima que en un orden de prioridades ocupa el primer lugar junto a la familia, los amigos, nosotros mismos y nuestro mundo interior; y es desde esta dimensión desde donde observamos el mundo y todas sus circunstancias, un mundo que claramente pierde importancia cuando nuestra esperanza de vida por cualquier motivo da un bajón.

Quizás esté mezclando churras con merinas; de ser así la razón es simple: probablemente sea porque el rigor ni es mi fuerte ni a estas alturas me interesa gran cosa. Digamos que tengo otros asuntos más importantes en que pensar.

 


jueves, 18 de junio de 2026

Leer con las piernas

 


18/06/2026

La idea no es mía, la expresó ChatGPT en un momento en que estábamos dialogando sobre literatura y la memoria. Yo tenía un pequeño lío de memoria con James Joyce y George Eliot; del primero no recordaba el nombre y del segundo tenía la sensación de querer asociarlo al Ulises en lugar de a Middlemarch. Le contaba sobre algunos parajes de libros que había leído/escuchado caminando por Alpes, lugares que acaso no recordaba pero que al llegar a un collado descubro como familiares, y no sólo eso lo descubro asociado a determinada lectura. La localización, el entorno físico han desaparecido de mi memoria, y acaso incluso el recuerdo del libro que leía, y basta un clic, algo que sucede en mi memoria, una tercera asociación para que tánto el paisaje como el relato aparezcan en mi memoria con cierta claridad. De hecho en el final de la argumentación ChatGPT se vuelve un tanto poético, me dice que le parece una imagen muy bonita. Comenta: “tú has leído a Joyce, a Proust o a Cervantes no sólo con los ojos y los oídos, sino también con las piernas”.  

Machado cuando caminaba hablaba con el hombre que iba con él, él mismo. En mi caso, recién levantado se la siesta y sintiendo el impulso de escribir, gracias a los cielos que se me haya desatado tras la hospitalización esta nueva fuente de empeños, y sintiendo necesidad de conversar, de compartir algo que me rondaba por el coco, una referencia a George Eliot en la que mi memoria trataba de abrirse paso porque confundía a esta autora con el autor del Ulises, lo que hice fue confiarle la situación a ChatGPT que me dio pelos y señales sobre algunos comportamientos de la memoria. Yo trataba de reconstruir un recuerdo asociado con La Odisea, y el autor más cercano que mi memoria encontraba era George Eliot en lugar de Joyce. El esfuerzo que tuve que hacer para aclararme me llevó a ciertas situaciones curiosas en las que algunas de mis lecturas estaban asociadas a parajes de mis recorridos de los veranos a través de las montañas. Así, hace años caminaba en Alpes por un entorno que debía de conocer pero no recordaba, cuando se repente, llegando a un collado se me abrió la memoria y ya recordé perfectamente las montañas de los alrededores. Sin embargo acaso lo más notorio fuera que en ese mismo instante me vinieron a la memoria los parajes de un libro de Stefan Zweig que estaba leyendo en aquellos días, La lucha contra el demonio, especialmente los capítulos dedicados a Hölderlin.  

Y ya que con quien lucho especialmente estos días es con mi memoria, que ha quedado algo perezosa tras la operación, lo que hago esta tarde es abundar en los recovecos tras los cuales se va abriendo la luz, lo que me lleva a cierto verano en que Victoria y yo nos dedicamos a recorrer el Danubio empujado por el libro de Magris, titulado precisamente Danubio, y en cuyo recorrido topamos con la Torre de Hölderlin elevada sobre el río Neckar, el lugar donde el autor vivió retirado durante tres décadas acogido a la hospitalidad de un carpintero que había leído Hyperion y sentía una gran admiración por él.  

De hecho “leer con las piernas” ha sido mi gran afición durante muchos años de andar por el mundo.

Tres meses de soledad cada verano caminando por las montañas sustentado por lo más atractivo, para mí, del pensamiento y la literatura, constituyeron durante años la base de mis lecturas y conocimiento.  

 

 

 

 



Entrar la trapo

 



18/06/2026

 (En relación con aquí)

A poco que nos descuidemos convertimos esto en un ritual. Me despierto, hoy mucho más temprano porque me he hecho el propósito de una vida un tanto nueva, ejercicios, disposición, etc., hago mis trabajos de recuperación, incluida la bici estática, me ducho, desayuno y emprendo mi caminata matinal. Llego al pinar, saco la cantimplora, lleno de agua el recipiente de los pájaros en un platito, depósito su ración de comida para hoy y a continuación me siento en la chaise longe, que cuando leí por primera vez La montaña mágica no sabía lo que era y que tantas veces aparecía en el texto de Thomas Mann. Contemplo la mañana, hoy de nuevo Gredos entre la bruma; la temperatura es sumamente agradable, una suave brisa atraviesa el pinar, un milano como todas las mañana se recrea volando en el cielo, el barullo de los gorriones no falta y no muy lejos el arrullo de alguna paloma se mezcla con el ruido del tráfico de la cercana autovía, esa autovía que ahora rompe el antiguo encanto del campo solitario donde muchas veces venía a pasear con mis alumnos.  

Bueno, y es el momento de quitar el modo avión del teléfono. En la cabecera está un email con el aviso de Blogger que me dice que tengo un comentario de Enrique. Veamos…  

Pues sí, ahí está el señor Muñiz y para empezar ya en el primer párrafo me da pie para pegar la hebra y aprovechar este rato de tomar la fresca en el pinar para seguir dándole cuerda a este tira y afloja que es a veces jugar con las palabras y las ideas. De momento en ese párrafo soy el hombre de “pensamiento hipertextual”, que ni idea lo que sea, pero que enseguida me aclara mi amigo ChatGPT, que me dice que la expresión suele referirse a una forma de pensar que no sigue una línea recta, sino que va saltando de una idea a otra por asociaciones; vamos, como el caballo de Ariosto que tira para allá donde el pasto es más frondoso o la sombra del verano más acogedora, eso si no se encapricha por el camino de una yegua de buen ver. Eso sí, algo más disciplinado cuando la ocasión lo requiere… Vamos, que el placer de la escritura no me lo va a quitar nadie por el hecho baladí de que la razón tirando de las riendas quiera apartarme del disfrute que supone seguir las sugerencias de la conciencia o el hilo de la inspiración. Otra historia es la de que mi amigo estime que yo le provoque y que él se pregunte por qué él entra al trapo. Razones hay para todo, o casi todo, pero algo debe de haber en el coco de homo sapiens que ya en el paleolítico debía de gozar de conversar al calor de la fogata poniendo peros a lo que otros interlocutores decían. Al fin y al cabo discrepar debió ser el precedente del posterior conocimiento científico, la médula de nuestro progreso, tesis, antítesis, síntesis. Lo que no quita para que otros, menos metódicos y científicos ellos, se dedicaran a elucubrar, por ejemplo, que si existían era porque pensaban como decía el señor Descartes, cosas que no iba a ninguna parte pero que alimentaban el cerebro y daban elasticidad a sus neuronas, lo cual  probablemente contribuyó a que aumentara nuestra capacidad craneana. Ello sin contar el divertimento que conlleva tomar el sendero que a uno le venga en gana en cada momento. ¿Rigor? Sí, acaso, quizás, pero es que uno no tiene que rendir cuentas a nadie, uno está jubilao y a lo que aspira es a divertirse, a intentar saber en qué consiste eso de la vida, y para ello la verdad es que la razón no vale un pimiento. Estás tristes, ves que el mundo se va a la mierda, tratas de resistirte a las locuras que se dan en este planeta y en el coco de aquellos que lo rigen, estás de pm a la sombra del pinar, ayer preferías morirte y hoy eres un hombre feliz… ¿A qué la razón? Sí, vuelvo a repetir aquello de Pascal, el corazón tiente razones que la razón desconoce. En conclusión, ¿qué es más importante para el hombre –no hablo de los Trumps y similares, que a esos habría que meterlos en un manicomio o en la cárcel–, el corazón, sus sentimientos, la amistad, la gente o ese barullo conductual en el que pretendemos abrirnos paso? Y to paqué como decía aquella historia del pastor y el millonario. Y no te digo del placer de cacarear y charlar tirando (inteligentemente) pallá donde la gimnasia mental nos hace ponernos de puntillas. Uno puede jugar al parchís, al go quedarse con el juego de la Oca o preferir el ajedrez. Pa gustos no hay nada escrito, que dicen.  

¿Que me voy por los Cerros de Úbeda? Pues eso, que no en vano mis genes tiraron siempre pal monte. Y que se acabó, que hoy me ha salido esto de un tirón y si tengo tiempo lo repaso esta tarde. De momento ha empezado a darme el sol, alguna que otra hormiga me está molestando y que me marcho, que tengo que llevar nuestra hidrolimpiadora al mecánico. Y a todo esto comprobar que tan sólo he contestado al primer párrafo de Enrique. Dejo para otro momento, quizás, eso de “La purga de Benito”, y que en mi infancia llamábamos “La purga Benito”, y que decíamos para aquello, un medicamento sin más, que creíamos iba a curarnos todos los males y que ni de coña; y que es con lo que termina su comentario y a lo que acaso se le pueda sacar punta en otro momento.  

 

 

 

 

 


miércoles, 17 de junio de 2026

De los corales y el conocimiento de la realidad

 


 17/06/2026

 

(Precedente: ver comentario aquí

En ocasiones me pregunto: ¿quién será este hombre que emplea parte de su tiempo dándole cuerda a este diletante metido a escribidor ocasional? Yo, que apenas maduro nada y que tan sólo dejo que mi experiencia y mis reflexiones, como raíces de un árbol, vayan encontrando bajo la tierra de la realidad los alimentos de que nutrirse, que vive o pretende vivir en estado de plena ósmosis donde más que la secuenciación de los razonamientos cuenta, como en el origen de la vida con los primeros seres unicelulares, la relación que tenían con el "caldo primordial" que les rodeaba absorbiendo esas sustancias directamente a través de su membrana. Así, o parecido, mucha de mi relación con el entorno. La permeabilidad espiritual que proporciona la soledad, tantos meses caminando solo por las montañas del mundo, proporciona un conocimiento no racional que acaso sea la fuente de un específico modo de vivir y de entender la existencia. 

En mi caso raramente maduro nada, creo vivir de un modo parecido a los corales. Permítete que para explicarme eche mano de cómo se desarrollan estos. Una diminuta larva de coral que nada libremente, encuentra una roca donde se fija. Se adhiere a ella y posteriormente construye su esqueleto extrayendo calcio y carbonatos del agua marina. Este ser original, que recibe el nombre de pólipo, se reproduce, se divide y produce nuevos pólipos formando una colonia. Cada generación construye un nuevo esqueleto sobre el de las anteriores. Cuando los pólipos más viejos mueren, sus esqueletos permanecen y sirven de base para los nuevos. (Descripción parcialmente tomada del ChatGPT).  

Me acordé de los corales enseguida porque creo que su evolución es bastante pareja a como sucede con el desarrollo de nuestra personalidad y pensamiento. Vamos creciendo en función de nuestra edad, experiencia y conocimiento y con el tiempo esta experiencia, este conocimiento se superponen a los primeros. Nuestras antiguas creencias e ideas (Ortega) son sustituidas con los años por otras nuevas o sutilmente diferentes. Y en ocasiones, como en los corales, nuestras viejas creencias quedan enterradas, muertas como los viejos pólipos que antes sirvieron para dar vida a nuevos corales.  

¡Claro que por medio anda la labor de la razón! No sólo de pan vive el hombre. Mi ejemplo sólo ilustra una parte de cómo nos acercamos a la realidad en una cultura y otra y como crecemos al amparo de ellas. Leo últimamente a Kitaro Nishida que trata de crear un puente entre la filosofía oriental y la  occidental. Es un texto complejo que hace que me tenga que poner de puntillas para entender buena parte de él, pero en el que insisto porque mi naturaleza me inclina más a la comprensión del mundo, de la realidad, desde una mentalidad oriental que privilegia la intuición en lugar de la razón, como se hace en Occidente, y el texto de Nishida es un profundo trabajo de síntesis entre Oriente y Occidente en donde el autor trata de superar la oposición. Él admira la precisión conceptual occidental (En tu comentario: “Ese tipo de comunicación requiere un guión mental muy estricto de tu razonamiento para poder exponerlo con claridad y sin dispersiones), pero cree que la realidad profunda es una unidad dinámica entre la razón y la intuición, la realidad profunda de cuando en meditación cerramos los ojos con la intención de ser agraciados con migajas de la comprensión (que no es exactamente comprensión sino intuición) de la complejidad de nuestro pensar y vivir.

Estudié hace muchos años Teoría del conocimiento, pero no quedó en mí ni rastro de la lectura de aquel libro. Con los años, como en los corales, capa tras capa de conocimientos posteriores, en donde acaso abundaban más las intuiciones que los propios conocimientos, han ido superponiéndose y mezclándose hasta llegar al punto de hoy en donde como dos supervivientes de un naufragio necesitados ambos de ayuda mutua, persiste un equilibrio que en ocasiones se desplaza hacia la razón, y otras, las más personales e íntimas, en que la balanza se inclina hacia la intuición, hacia una unidad dinámica anterior a una división entre el sujeto y “lo otro”.