19/09/2026
A dos días de haber salido del
hospital no me encuentro bien del todo, algo mareado y débil todavía,
pero…. Es que me apolillo en casa. Pasé la tarde agilipollado pero a la hora de la cena hice un
esfuerzo, tánto como los trabajos de Atlas, jajajaja, y resucité, tánto como para que me
baile en la cabeza la idea de ir mañana a pernoctar a Siete
Picos, o a sus inmediaciones si me faltasen las fuerzas. Una caquita
la cosa, pero qué se le va a hacer. Hoy quise atenerme a la escritura
para saltar el bache, pero no resultó. Escribí un post a propósito
de los niños y sus especiales fiestas de
cumpleaños que suelen repetirse anualmente en
escenarios diferentes,
abuelos, padres, amigos, compañeros de escuela, un cumpleaños para cada grupo,
etcétera, pero al cabo del rato sentí que me moría de aburrimiento. Me
parecía todo tan obvio, tan anodino, un producto tan típico de
la sociedad de nuestro tiempo que terminé desistiendo y echando a la
basura el post.
Mis hijos cuando hablamos de estas
cosas en
relación a mi
nieto no dejan de mostrar en su expresión aquel “cosas de papá”, de
quien está desfasado, de quien pese a haber educado a niños entre los ocho y
diez años durante cuatro décadas, ahora no hay
que tenerle en cuenta porque acaso se ha hecho mayor o porque en
realidad lo que ahora se lleva es otra cosa. Las modas mandan, los
maestros de ahora son más listos, ellos sí que saben lo que se hacen. En fin, a
otra cosa, mariposa, que decíamos de chavales.
El cerebro es la leche, porque sí, que la
culpa la debe de tener él; un día te insufla pesimismo o
depresión, en otro momento un chorro de endorfinas te hace saltar de gozo, o te
deja los ojos haciendo chiribitas si se te cruza por la calle una
chica de muy buen ver. Yo aprendí esto muy de niño. En el colegio de los
Salesianos de Estrecho donde estudié, había un sacristán que siempre
estaba con un humor de mil demonios y que no trataba nada bien a los
alumnos. Sucedía que se corrió la voz entre nosotros de que tenía una
grave enfermedad causa de su mal humor. Era un milagro que la generalidad
de los niños le respetasen y le tratasen con cierto cariño pensando
precisamente que su mal humor era la consecuencia de su
enfermedad. Que yo con mi mala memoria recuerde hechos así significa
que evidentemente aquel hombre gozaba de toda mi simpatía.
Ahora no soy tan comprensivo conmigo mismo.
Mi cerebro y yo somos la misma cosa, pero aún así me cabreo frecuentemente con
él cuando me deja postrado sin ganas para hacer nada. En ocasiones le imagino
como un pajarito al que poner migas de pan en
la palma de la mano para que venga dócilmente a comer sobre
ella. Algo así como decirle indirectamente anda, pórtate bien y
regálame un poco de serotonina, algo de dopamina, un poco
de oxitocina, esas sustancias que guardas escondidas en el
desván para las mejores ocasiones. Luego recapacito como hoy, me
pongo en pie de un salto con mucho trabajo y ya de nuevo puedo caminar
erecto. Eso, o como aprendí leyendo hace mucho a Bucay, me
pongo los deportivos y echo a correr durante diez kilómetros. Cuando llego
al final, me siento bajo un árbol y mientras los latidos de mi corazón van
poco a poco remansándose, las endorfinas que he ido generando durante
la carrera empiezan a hacer su trabajo. Después tranquilamente vuelvo a
casa caminando saboreando esa pequeña alegría de vivir que las
endorfinas y sus aledaños han suministrado a mi cerebro.
Qué bueno sería, me digo, si
pudiéramos meter la mano en el cerebro como se hace en un talego y
manipular aquí o allí, añadir abono, regarlo de modo que tuviéramos
siempre a nuestro cerebro contento.
Mi teléfono me dice que sólo me
quedan diez minutos para la hora de acostarme. Así que termino. A las seis
de la mañana volveré a estar en pie para regar mis endorfinas, que no quiero
que me dejen en la estacada. Haré mis ejercicios de mañana y tras el
desayuno una pequeña caminata para ver si mis piernas y ni cabeza están en
condiciones para marcharme a la tarde a la sierra.


