sábado, 22 de agosto de 2026

¡Mamá, teta…!

 


22 de agosto de 2026 

Pues sí, repaso mis últimos post y encuentro que satisface bien una parte de su cometido, que es sacarme del adormilamiento. Sí, que en ocasiones no querría otra cosa que dormir indefinidamente, más o menos como sucede a una buena parte de los sapiens aunque ellos no se den cuenta. Dejar de pensar, dejar de interrogarte, ese mundo feliz en el que uno no parece enterarse de otra cosa que no sea alimentarse, dormir o ver un partido de fútbol. 

Ser feliz, que a uno le toque la lotería y pueda pasarse el resto de la vida rascándose la tripa, lo que Unamuno llamaba la fe del carbonero. La verdad es que no estaría nada mal practicar por largas temporadas esa fe. ¿Te duele el mundo o a tú mismo? Pues a dormir se ha dicho. Quizás cuando despiertes se te ha pasado, los estúpidos de este mundo, algunos que lo gobiernan, han desaparecido, acaso tus endorfinas, tu dopamina, esas cosas, han estabilizado tu animo y ahora ya puedes disfrutar de la cálida brisa de la tarde. “No leer, / No sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / Y vivir como un noble arruinado / Entre las ruinas de mi inteligencia». Siempre me parecieron excesivamente pesimistas estos versos de Gil de Biedma. Ahora no me lo parecen tanto. ¿Por qué será?, me digo irónicamente.  

Es una tarde cualquiera de finales de agosto. Nunca en los últimos veinte años he pasado el verano en casa. Un automóvil para que marche necesita gasolina, y si no ese trasto no se mueve. A los sapiens, o al menos a mí, les sucede algo parecido. Mi carburante está bajo mínimos, los Alpes quedan lejisimos, las motivaciones… blablablabla. Ojo, tío, que estás en mal camino. O lo dejas aquí o te buscas otro sendero menos transitado.  

Ayer tuve tres citas médicas y el lunes serán cinco, y para primeros de septiembre tendré que pasar tres veces por quirófano… Ya, ya, vale.  

Hoy caminé por los alrededores de casa, la ruta larga, unos ocho kilómetros con subidas y bajadas. Llegué derrengado, mucho más que días anteriores subiendo a Peñalara. Esto no lo entiende ni Dios. Así que mi ánimo dio un bajón. Ahora trato de meterme en el coco que la próxima semana tengo que vivaquear en la cumbre del Morezón, pero no llego a creérmelo del todo. En su lugar me pregunto si eso de los vivacs no será una fijación infantil, el chupete al que recurren los bebés para calmar su inquietud. Quizás seamos todos unos bebés a la búsqueda de nuestro chupete correspondiente. Fijaros si no en ese señor, el tal Trump constantemente pidiendo un chupete, un portaviones con su nombre, un museo , un aeropuerto, etcétera. Ya lo retraté en una ocasión con un chupete y rodeado de juguetes propios de bebé.  

Los psicólogos, muy concienzudos ellos, ponen nombres complicados a estas cosas, pero no nos engañemos. Así que a esta altura de mi texto ya estoy pensando que lo único que me pasa es que la clase de chupete que yo quiero no está a la venta y entonces lo que toca es la rabieta correspondiente.  

 

 


Camino de Peñalara

 


 

Yo ya no soy yo 

Ni mi casa es ya mi casa. 

(Cancionero gitano. Lorca)  

 

Cada vez me acucia más la sensación que me empuja a decirme a mi mismo en qué época vivo. Porque seguro del todo no estoy. Disfruto, sí, nuevos descubrimientos y técnicas pero mi espíritu no va acorde con los tiempos que corren, me siento lejos, como si mi tiempo, aquel en que se desenvuelve mi vida, hubiera acabado . Lo pensaba hace un par de días subiendo a Peñalara en la oscuridad de la noche. Ni siquiera aquella ladera de Dos Hermanas era la misma. Sí lo era sin embargo la lejana media luna que ocupaba el cielo a mi espalda. También sentía que yo ya no era yo, al menos en parte. Hasta qué punto, me preguntaba, las circunstancias hacen de uno no quien es sino otro que en ocasiones reconocemos de mala gana y con reticencias. Y entonces soy yo y mis circunstancias o es que acaso he dejado de ser yo.  

Va, un rollo. Lo que me jodía es que más allá de Dos Hermanas me había parecido ver la luz de alguna linterna en la cumbre de Peñalara. ¿O eran estrellas? Vaya leñe esta de querer estar siempre solo en las cumbres. La noche, las estrellas, la soledad, todo para mí. Y no como sucedería tener que vivaquear apretado entre dos gordos maleducados que apenas dieron las buenas noches y hablaron largo y tendido como si estuvieran en un bar y fuera difícil oírse. Eso, que yo no pertenezco a esta época. Gente extraña habita la montaña. Sólo en el cielo las estrellas y la luna son las mismas.  

Sí, subí a dormir a Peñalara. Hacia tiempo ya que lo tenía en mente, un objetivo más en mi plan de recuperación. No estaba seguro del todo y me costó trabajo decidirme. Es cierto que “Yo ya no soy yo (Ni mi casa es ya mi casa)”  pero intento hacer lo que puedo. Desde luego no fue como otras veces, respirar la soledad, conectar con otras viejas ascensiones, esa intimidad que estableces con la montaña, allá a mi espalda Cabezas de Hierro, las viejas historias de los comienzos. Ahora Guadarrama no es ya el patio trasero de mi casa, un lugar que, por mucho que me despistara subiendo en plena noche sin la linterna, es ya otra cosa. Recordaba mientras caminabas cierta vez en que pernoctando en la misma cumbre intercambiaba con Julián de Salazar alguna experiencia primera, ellos, creo que con José Luís Hurtado y otros unas navidades o fin de año pernoctando en su cumbre, creo. Son tantas las veces que he vivaqueado en esa cima, tantas las rutas de acceso, que no es errado llamarlo el patio trasero de mi casa. De mi casa aunque los vándalos de los forestales del Parque se hayan empleado a fondo en desmantelar los corralillos de vivac. De fuera vendrán y de casa nos echarán.  

Recordé también a Pepe Don Pepe que durante años subió a su cumbre el último día del año para recordar a su esposa fallecida, incluida alguna nochevieja en que la nieve casi enterró su tienda. Un hecho muy especial que me conmovió cuando lo supe y que me hizo pensar en los profundos lazos que pueden unir en ocasiones a algunas parejas.  

Existen cumbres, en que ascender a ellas es como intentar recuperar el sabor de la magdalena, un lejano tiempo en que nos asomábamos a la vida como bebés que abren los ojos a un mundo nuevo.  

Quizás todo fue bien a excepción de la tiritona que me entró nada más llegar a la cumbre. Creí que estaba con fiebre, era un cuadro parecido a cuando ingresé en el hospital la última vez, un castañear de dientes que no había forma de parar. Me costó tiempo superarlo. Apretujado entre otros tres en el reducido espacio del corralillo, apenas podía moverme por miedo a molestar. Fue un vivac deslucido y sin gracia. Ya antes del amanecer mis compañeros reemprendieron su charla de la noche. Comprendo mal que personas que suben a vivaquear a esas alturas tengan apenas dos dedos de frente.  

Madrugaron, eso sí, y logré quedarme solo por un buen rato.  Bajando desde la cumbre lo hice sorpresivamente ágil, pero llegué abajo verdaderamente cansado. Es difícil saber con antelación cual va a ser el comportamiento de mi cuerpo en futuras salidas. Ahora cada semana añado cincuenta metros de desnivel a la semana anterior. Si pudiera mantener este ritmo en un par de meses lo mismo ya podría subir al Almanzor.  

 

 


miércoles, 19 de agosto de 2026

No habrá paz en este mundo

 



19/08/2026  

Leyéndote (ver comentario del post de ayer) me viene a la memoria un viejo texto del que sólo recuerdo su defensa irónica de la locura. Elogio de la locura, de Erasmo, un título que bien podría sustituirse  por Elogio de la necedad o Elogio de la estupidez. De las sátiras de Erasmo no se salvaba ni Dios, como diríamos ahora. 

Le habría venido bien a mi texto de ayer dar un repaso a los viejos subrayados de aquel libro porque me temo que con ser un texto del siglo XVI en el se podía respirar ese algo que que no cuadraba con las enseñanzas religiosas de entonces. Burlarse irónicamente de popes y sabios de la época era un atrevimiento que le podía haber costado caro. 

La impunidad con la que la Iglesia Católica ha hecho uso de “lo inexplicable” hoy nos parece cosa de niños chicos. Acaso nos sonreímos con aquello, creo que era de San Agustín, de que tan imposible era comprender aquello de la Santísima Trinidad como intentar llenar un hoyo de la playa con todas las aguas del mar. Sonreímos, sí, pero eso y otras tantas cosas más colaban, como lo de concebir un hijo sin concurso de varón. Magia potagia, que decíamos de niños. Había que tener todo agarrado y bien agarrado y el único modo posible era hacer comulgar al personal con ruedas de molino. 

Se entiende bien que los hombres tuvieran necesidad de dar explicación a los porqués y trataran de explicar de alguna manera lo que no entendían, pero ahora, visto en la perspectiva de los años, el ridículo queda patente. De todos modos parece cierto que las interpretaciones, relatos inventados e instilados en la mentalidad colectiva nacieron de una necesidad común que aprovechada fue con todo lujo de detalles por los viejos profesionales de las tempranas religiones. No es muy propio que la gente común se meta en camisas de once varas para intentar explicar algo que no comprende, que ello puede ser tarea excesivamente ardua para el común de los mortales, así que “en tus manos encomiendo mi espíritu”, que otros nos resuelvan la vida, las dudas y lo que haga falta. 

Es de cajón que todos necesitamos agarrarnos a un clavo ardiendo ante algo que nos supera y, sentir que estás vivito y coleando y que en algún momento te puedes morir, es tan jodido que bienvenido sea cualquier vendedor de humo que pueda convencernos de que después de la muerte te vas a encontrar con amigos, familiares, con toda la parranda que en vida fue tu entorno de gente con la que te codeaste, y además no los vas a encontrar viejitos como se murieron sino todos hechos una rosa… ¡Qué cosas, ¿verdad?! 

Pero me voy del tema. Hoy, que somos más listos, que hemos viajado a la Luna y sabemos con bastante precisión la composición de la materia o el momento en que fue creado nuestro planeta, seguimos sin embargo a dos velas del conocimiento fundamental del origen del Universo. Escribe el amigo Enrique, cuyo comentario al post de ayer es el causante de este nuevo texto, que: “Al cerebro humano le cuesta mucho procesar la nada o el final absoluto: la muerte”. Esa infinitud que, porosa, atraviesa nuestra alma dejándonos en la incertidumbre, y que a la vez puede servirnos para relativizar los problemas personales y del mundo al punto de que nos parezcan ridículas muchas de nuestras aspiraciones, tantos conflictos sociales o bélicos, se me aparecía ayer, una vez dejado clara nuestra insignificancia, como un elemento liberador que ponía en su lugar a gran parte de la fanfarria de aspiraciones y preocupaciones que cruzan nuestras vidas. Fanfarria, es cierto, que puede costar millones de muertos y dolores inmensos a lo largo y ancho del planeta. Fanfarria por oposición a lo que podría ser la pacífica vida de los hombres si estos decidieran por mayoría dedicarse a una benevolente convivencia.  

Ya. Pura utopía, diría alguno. Claro. Sin dioses, sin gilipollas aspirantes a rey Midas, sin nacionalismos, sin tantas cosas… simplemente gente que lo único que quisiera fuera vivir en paz con Dios y con el Demonio. Ya, ¿y qué hacemos con las pasiones, con los deseos irrefrenables o no, con toda esa retahíla de cosas que nos mueven para aquí o para allá, las motivaciones, todo eso?  

Ja, un nudo gordiano. No, no habrá paz en este mundo.  

 

 

martes, 18 de agosto de 2026

Pensar el infinito

 


18/08/2026 

Quién será capaz de imaginar siquiera aproximadamente lo que es 13.800 millones de años. Un día, un año, cien, e incluso 2000, hasta ahí podríamos llegar, pero… Y mientras pienso en estas cosas contemplo a los gorriones y carboneros alborotando en torno a su comedero frente a mi ventana. Reflexiono sobre el tiempo que ha necesitado la evolución para convertir un ser unicelular en un carbonero, en un gorrión.  

Y pienso en que hay una falla en nuestra inteligencia cuando pretendemos imaginar el origen del Universo, una falla pretender especular desde nuestras referencias, nuestra realidad, algo que sobrepasa nuestra capacidadNuestra innata tendencia a buscar un porqué a todo lo que se estrella contra una realidad inalcanzable.  

Y me parece pertinente indagar en estas cosas que inevitablemente ponen en cuestión nuestra visión del mundo que vivimos. Distancias infinitas, tiempos inconmensurables, provocan en quien lo piensa una suerte de inquietud, de pequeñez, que pone en solfa nuestras motivaciones, los porqués con los que nos movemos por la vida; que deja acaso como ridículas tantas aspiraciones y acciones que constituyen el motor de nuestro estar en el mundo.  

Si a nuestra pequeñez oponemos la inmensidad del universo, a nuestra existenciaesa chispa que somos en la historia del mundo, y lo colocamos junto a los problemas de la vida diaria o la política internacional o las aspiraciones de todo tipo personales o colectivas, junto a la sensación de vértigo que pueda producirnos, lo que acaso sintamos sea una sensación extrema de pequeñez que consiga relativizar nuestra realidad al punto de sentirnos ridículosguerras, conflictos sociales, preocupaciones de todo tipo, poder, gloria, dinero, vistos desde la perspectiva del universo y su tiempo, a la fuerza tendrán que parecernos juegos de niños pequeños 

La Tierra, impasible, sigue su ritmo al margen de tantas preocupaciones que envuelven el mundo y nos recuerda de tanto en tanto, un terremoto en Colombia, otro en Venezuela, alguna catástrofe natural en diversas partes del mundo, nos recuerda algo de ese brevísimo inquilinaje que es nuestra estancia en la Tierra, nuestras vidas en general. Una percepción interesante para poner en contexto mucho de lo que hacemos, nosotros, las naciones, esos chalados que convierten la vida en ríos de sangre. Lotrumps, los natanyahus, los putins y todos aquellos de parecida raleapasan, puestos en perspectiva, a ser ridículos esperpentos de unas sociedades que perdieron definitivamente el norte.  

Humildes criaturas que somos, un chispazo no más, que deberíamos tratar simplemente de vivir la sencillez del poco tiempo que dan de sí nuestras vidas y que por el contrario… etcétera. Porque por mucho que el dinero cuente, el poder, y tantas cosas más, la única realidad irreversible ya se sabe cuál es; tan efímeros somos en las cuentas del Universo que el único adjetivo coherente para tántas de nuestras aspiraciones es el de ridículos. Cosas que todo el mundo sabe, por cierto, pero a las que no hacemos ni puñetero caso porque elegir la locura y la inconsciencia en ese breve tiempo de nuestra existencia es la mejor manera de olvidarnos de la muerte y de nuestra insignificancia.  

Frecuentemente es extremadamente difícil poner en palabras intuiciones y asuntos que por su naturaleza escurridiza e inaprehensible no hay manera de concretar. Lo anterior sólo pretende ser una aproximación en una hora, tras la siesta, en que el calor puede hacer estragos en la masa gris del cerebro.  

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Fecundar nuestras vidas

 


17/08/2026 

Esta tarde en lugar de la siesta estuve intentando escribir algo, pero las ideas no terminaban de formar la labor de punto que yo hubiera deseado; o no encajaban unas con otras o me iba por los Cerros de Úbeda al calor de la última línea escrita. Había leído un ensayo de Georg Lukács sobre Tristram Shandy y en sus páginas cacé ese título tan pertinente.

El caso es que el día anterior anduve dándole vueltas a una montonera de libros que empecé este año y que no llegué a terminar y estuve cotejando qué hacía con ellos, los guardaba definitivamente en las estanterías o qué… Abriendo uno de ellos, El alma y las formas, de Georg Lukács, me tropecé con lo siguiente: “Sócrates se casó con Xantippa y fue feliz con ella sólo porque entendía el matrimonio como obstáculo en el camino hacia los ideales, y le alegraba la victoria sobre las dificultades. Más o menos como dice el Dios de Suson: “Tú encontraste en todas las cosas siempre algo de resistencia; y esta es la señal de mis elegidos, que quiero tenerlos para mí”. Total, que quedé prendado de la idea. Y no sólo eso, que de inmediato me vino a la mente una cita del Libro de las quimeras, de Cioran, que redondeaba la idea e imprimía un nuevo empuje a eso que me andaba rondando: “… Y vivir con tanto ardor que convirtamos todo lo que tienda a paralizarnos en fuelle de nuestra existencia”.

Sucedía además que momentos antes había escrito lo siguiente sobre Simone Weil: “Dios por aquí y por allá en medio de una prosa difícil de digerir. Estoy en el primer tercio del libro. Dios, tan practico y consolado invento, creo que no merece más mi esfuerzo. Doy por terminada mi lectura”. Y enseguida rectifico y un momento más tarde me digo: pues no… Y entonces me propongo hojear de nuevo ese montoncito de libros que tengo en la mesita de al lado, y que mentalmente había desahuciado, y ya repentinamente me mentalizo para leer todos desde la primera a la última página. Y como quien se ha lanzado a la cuesta abajo en una carrera, añado: ¿Y si me propusiera también ver una película, la primera, creo, en tres meses? ¿Y si dejara de dar rienda suelta a mi pereza y me pusiera las pilas, volver de nuevo a la música, a las lecturas difíciles, a aquello que nos obliga a ponernos de puntillas? 

Así andaba cuando con el libro todavía abierto me encuentro con un breve subrayado que dice: “Fecundar nuestras vidas”. ¿Quién da más? Si sigo rastreando mis subrayados en El alma y las formas las horas del día no me van a bastar para hablar sobre tanta cosa sugerida. 

Y como estas líneas quedaron varadas en la arena de la playa del día de ayer antes de cenar, con ello en mente acepté la oferta de Víctoria de ver una película juntos en nuestro abandonado cine particular. La isla desnuda (Kaneto Shindô, 1960) fue la elegida. Y qué casualidad porque la película venía a ser prolongación de la idea con que comencé este escrito. El film es una metáfora perfecta de la fecundación mediante el esfuerzo: una familia que vive en una isla árida y tiene que transportar una y otra vez, interminablemente, cubos de agua para hacer posible la vida de los cultivos. El gesto se repite hasta el agotamiento. No hay recompensa inmediata, apenas hay variación: agua, camino, tierra, agua, camino, tierra. Si esta reiteración la relacionamos con la cita aquella de Séneca de que “la vida es guerrear”, (Vivere, Lucili, militare est), tantas veces repetida en este blog, lo que obtenemos es un excelente mosaico o coro en donde las diferentes voces, Cioran: convertir lo que nos paraliza en fuelle; Séneca: vivir es guerrear; y la película: llevar una y otra vez el agua hasta la tierra para que algo pueda crecer; constituyen una polifonía que no es otra cosa que una llamada a fecundar nuestras vidas. 






¿Elogio de lo social, de la concurrencia multitudinaria?



16/08/2025 

Veo aparecer por ahí, acaso con excesiva frecuencia, una referencia a nuestra faceta social en términos de elogio, estar muchos juntos como una gran cosa, un logro social. Elogio de lo social que refuerza el deseo de pertenencia al grupo. Y me pregunto si realmente en la sociedad, repito, ese estar muchos juntos, así, en términos generales, será una buena compañera de viaje teniendo en cuenta su heterogeneidad, un saco en donde hay de todo y en el que probablemente prima una elasticidad moral que no todos compartimos. 

Mucha tela para la hora de la siesta, pero bueno, por intentarlo que no quede. De entrada es obvio que necesitamos a los otros para de algún modo ser nosotros mismos. Nacemos en una sociedad que nos proporciona valores, cultura, ideas. Nos construimos a partir de esa sociedad, pero también somos conciencia y experiencia personal. De todos modos mi impresión es que un exceso de defensa de lo social, de lo social como concurrencia de gente, puede castrar o desvalorizar lo que en definitiva tenemos de más valioso como personas, que sería nuestra propia individualidad. La tendencia a lo individual o lo colectivo tiene muy distinto peso según el área cultural del que hablemos, y yo no me sentiría cómodo en el ámbito de una cultura en que primase mi dependencia de los otros en un entorno social en que me hubiera tocado vivir. 

De todos modos la cuestión que me ha surgido tiene relación con ese deseo que veía días atrás de enfatizar alguien en algunos guasaps el movimiento multitudinario con que la sociedad había respondido al fenómeno del eclipse. ¿Por qué se echaba en el cesto de las bondades sociales este masivo interés? ¿Por qué estábamos ante “un logro social de primer orden”? ¿La sociedad por fin se ha sensibilizado ante algo que creemos “bueno”, saludable?  

Me pregunto: ¿A qué necesidad atiende el individuo que hace elogio de lo social, de la multitud entre la que se encuentra? Y la respuesta es clara, la necesidad de sentir que formamos parte de algo, que no somos individuos aislados puede ser determinante; la soledad con ser un estado tan enriquecedor por tantas razones, necesita en ocasiones de los otros para atemperar el exceso de soledad, para compartir con los otros algo de nuestra vida o nuestras inquietudes. Y quizás para ello no exista explicación, somos así, nuestros genes, atendiendo a necesidades evolutivas de orden grupal, terminaron por hacer de los sapiens animales sociales. 





sábado, 15 de agosto de 2026

Soledad y multitud: otra vuelta de tuerca

 


15/08/2026

Esta mañana, poco después del amanecer (el sol levantaba espléndido como en los mejores tiempos por encima de las encinas del fondo), sentado en mi habitual chaise longe en un extremo del pinar de los Frailes, lo primero que hice fue contestar al último guasap de mi hija que hacías elogios sobre la belleza y la emoción de su experiencia contemplando el eclipse del día anterior y sobre el que decía, citando a la astronauta Sara García, que era lo más bello que había visto en su vida. Bueno, tengo que decir que algo me gusta discrepar, eso de hacer de abogado del diablo en general estimula mi pensamiento y mis ganas de escribir. Ya sucedió ayer cuando me encontré con cierto titular de El País. Le decía a mi hija que, como ella muy bien sabe, yo no soy muy de multitudes, aunque recuerde alguna puntual que sí me emocionó, durante el pistoletazo de la salida de un maratón, una multitudinaria manifestación, por ejemplo. Sin embargo este circo tan universal del eclipse lo que me habla especialmente es de una parte de la humanidad y su faceta de gregarismo, una sociedad que para ver algo bello necesita del empuje de la masa, que no aprecia por sí misma si no se suma una multitud al evento. Esos millones de personas pendientes del eclipse, si hubieran sido coherentes con sus porqués al sumarse al acontecimiento, tendrían esta misma mañana que haber salido a la hora del amanecer a contemplar algo sí, realmente magnífico, el dios Sol saliendo de entre el olivar como el gran señor que va a presidir el día, rojo, enorme, dejando sobre los cables del tendido eléctrico la silueta oscura de la banda de estorninos que se habían posado sobre la mañana en primera fila a saludar al astro rey.

Quizás la apreciación de la belleza, le decía a mi hija, sea algo subjetivo, quizás, en parte, pero es obvio que esta IMPOSTACIÓN que se ha hecho del eclipse pertenece más al campo del gregarismo que otra cosa. Ser masa tiene por supuesto interesantes connotaciones, decía, y le recordaba aquel canónico libro de Elías Canetti, Masa y poder, para poner en cuestión esos supuestos sentimientos de belleza que dice provoca la visión del eclipse y que sin lugar a duda más podría venir su procedencia del hecho contagioso que suscita la masa en sí. Es decir, el eclipse en sí sería el detonante, no el verdadero asunto. Que la masa tenga necesidad de poner en su vida corriente y rutinaria un plis plas plum que le haga salir de la atonía general, hace posible que esta barahúnda humana llene las carreteras, las colinas o las playas del país de multitudes necesitadas de algo extraordinario con que dar sentido a su cotidianidad. Y para ello, es claro, es necesario enfatizar el fenómeno y proporcionarle el rango de belleza, de cosa sublime, o como decía la astronauta, de hacer de ello lo más bello que jamás haya visto en su vida. El eclipse actúa a modo de catalizador que pone en movimiento emociones de las que probablemente andamos escasos y que por consiguiente estimulan nuestra curiosidad, y, por qué no, refuerzan nuestra pertenencia al grupo, loable asunto pero que nada tiene que ver con el fenómeno del que hablamos. No obstante, ya que he nombrado a Canetti, creo que esta conexión con su libro podría añadir complejidad a la idea. Hay en Canetti una idea central que encaja especialmente bien aquí: la masa produce una transformación en quienes la integran. El individuo deja, en cierta medida, de sentirse separado de los demás. Desaparecen las distancias, las diferencias y las reservas que normalmente existen entre las personas. Canetti habla de la búsqueda del momento en que todos se sienten iguales, y ahí aparece una de las características esenciales de la masa. Diría que hay un abismo entre asistir al eclipse en soledad y hacerlo como parte de una multitud. En este último caso la multitud no se limita a compartir una experiencia, sino que la intensifica, mientras que para el que asiste en soledad al mismo fenómeno su emoción está más bien relacionada con otros aspectos existenciales relacionados con su sintonía con el universo.

Existe un elemento adicional al que sería interesante darle alguna que otra vuelta y que ha surgido en el contexto del eclipse; se trata de la aparición de las palabras emoción y belleza que mencionaba mi hija y que aparecían como si fueran sinónimas sin serlo en absoluto, pero prefiero dejarlo para otro momento. Estaba de vuelta del pinar y junto al campo en el que días atrás volaban al anochecer cientos de luciérnagas, en medio del camino, me llamó la atención un dibujo en el suelo que con seguridad pertenecía a un padre o madre tratando de enseñar a su hijo el mecanismo del eclipse del que estamos hablando. Más abajo lo dejo.