sábado, 3 de octubre de 2026

“Una habitación propia”



Hospital Montepríncipe, 3 de octubre de 2026

Leyendo esta tarde a Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, me pregunto si no estaremos viviendo bajo la égida de un estalinismo encubierto, de un 1984 (Orwell) que, introducidos lentamente en el corpus social, poco a poco nos va engullendo  consiguiendo adaptar nuestro conformismo a las finalidades del Sistema.

Creo recordar que la parte esencial del Discurso del método de Descartes, sus principios, sus ideas, se gestaron en un invierno en que viéndose atrapado Descartes por los temporales debió permanecer durante mucho tiempo encerrado en una habitación calentada por una estufa. Me sonrío pensando en ello porque, salvando las distancias, jajajaja…, tengo la sensación de que algo parecido está empezándo a sucederme a mí, que no dejo de sorprenderme de este recalentamiento que está teniendo mi blog alimentado por mis ganas de bucear en distintos aspectos de la realidad . Entiendo que el mundo va tan excesivamente deprisa que le falta tiempo para procesar lo que está sucediendo a su alrededor. La capacidad del sistema para generar información y dispersar por el mundo modos y maneras, es infinitamente superior a la necesidad de leer; ello y la falta de habilidad para hacer cualquier cosa, afirma Fisher, que no sea perseguir el placer y la gratificación inmediata, dejan sumergidas en un segundo plano nuestras capacidades más nobles como son la creatividad y la capacidad de interpelar la realidad en la que estamos insertos. Demasiadas prisas, demasiada información que dejan escaso tiempo al individuo para procesar lo que le llega por los medios y especialmente para dar espacio y tiempo suficiente a su propia persona. El hombre necesita soledad y silencio para profundizar en el significado de su propia existencia.

Bueno, pues es que me parece que es materialmente imposible en cualquier otra circunstancia disponer de un tiempo tan dilatado como el mío, de la mañana a la noche sin otra obligación que leer, escribir, escuchar música o ver cine. Situación de privilegio que estando como está mi ánimo, bastante estable estos días, me permite, ya que no tengo otras distracciones a mano que no sea contemplar un hermoso pino frente a mi ventana, me permite dedicarme por entero a mí y a las cuestiones esenciales que rodean a la sociedad y la vida.

Virginia Woolf necesitó una habitación propia para dar curso a sus inquietudes personales y su creatividad. Yo por accidente he caído en una habitación con grandes ventanales a cuyo alfeizar llegan cada día puñados de gorriones a dar cuenta de las migas de pan que les pongo. Una habitación propia donde acuden cada mañana los pájaros a hacerme compañía mientras mi cuerpo trabaja en conservar su preparación física. Musil escribía en sus diarios que media hora de ejercicios matinales pueden mantener el cuerpo en buena forma. Yo dedico algo más de una hora, más la media hora de la tarde de subir y bajar escaleras. Así que, quién lo diría, vivo en el mejor de los mundos. Sólo falta que los remiendos que me tienen que hacer en el quirófano sean definitivos.

Anoche vi una magnífica película, La separación, un film iraní de 2011 (Asghar Farhadi) y me desvelé. Era la una de la madrugada y ganas me dieron de seguir escribiendo hasta que me cayera de sueño.

Eso fue anoche. Ahora las cinco de la tarde hago una pausa en el libro de Fisher para dar cuenta de un zumo de piña que me han traído y disfrutar un poco de este sol otoñal que entra por la ventana de mi habitación de hospital. Juro por Alá… que se está de puta madre, que diría mi hijo mayor cuando era adolescente, en este improvisado hotel de las cercanías de la capital. Le decía esta mañana en un guasap a un amigo que llevo casi dos semanas de vacaciones en un hotel cercano a Madrid con vistas a un atractivo pinar. Comido, servido, tiempo para entrenar, para leer, escuchar música, y ver cine, que hace mucho que lo tenía abandonado. Casi el mejor de los mundos. Me he habituado tanto al entorno que casi estoy como en mi casa. Casi el mejor de los mundos si no fuera porque me espera el quirófano a la vuelta de la esquina . La ingenua esperanza en la que sigo viviendo pensando en un futuro no muy lejano que me devuelva a las noches de contemplar las estrellas desde mi saco de dormir, allá a mis pies las luces del llano madrileños como un gran banco de peces abisales provisto de linternas; la ingenua esperanza, decía, que continúa visitándome; esperanza de estar sano de volver a donde quiero estar pese a lo bien que me tratan aquí y a las excelencia de esta soledad de que disfruto.  

Mis montañas se están convirtiendo últimamente en una trepada por el mundo de las ideas. El qué habrá allá en la cumbre, el alumbramiento de un razonamiento, alguna clase de verdad sobre la que especular. Quién sabe si aquellas, llegado un caso de necesidad, podrían ser sustituidas por éstas. La impotencia reflexiva que acompaña en muchas ocasiones nuestro estar rodeado de gente u ocupado en tareas cotidianas, pareciera que en estos días se hubiera diluido al calor de las lecturas y de las películas que cuidadosamente selecciono cada noche.

 


 

 


El lobo y las gallinas


Imagen de mi hija Lucía 

Hospital Montepríncipe, 3 de octubre de 2026

(Contesto a continuación a un comentario de Enrique Muñiz relacionado con mi post de ayer titulado Tojunto. Sugiero leer ese comentario previamente)

Naturalmente el peso de cada componente de tojunto puede ser muy dispar, dispar por número, dispar por conciencia de la realidad, dispar, en fin, por las ganas de intervenir o no en la transformación de la sociedad. Ahí están los que se tocan los huevos, una mayoría, los listillos y la gente de a pie. Como estamos en una democracia al final todo se decanta por el peso bruto del conjunto de cada parte e indudablemente la parte más sustanciosa, en términos de peso, corresponde a esa clase que entre el hombre excelente y el chimpancé ocupa un lugar más cercano a este último, lo que resulta de esa incapacidad de pensar por uno mismo, es lo que tenemos. Así que de todo ese tojunto lo que resulta es que al final los votantes de Junts o Trump son los que determinan la capacidad de un legislativo a la medida de aquellos que son capaces con su estrategia de seguir adelante con una sociedad cada vez más ciega a una justa distribución del fruto del trabajo global.

El hecho de querer meter incluso con un calzador la palabra tojunto, tan gráfica, pero sólo una referencia en definitiva de orientación sobre lo que hablamos, puede empobrecer el análisis de la complejidad del conjunto si mantenemos intacta su imagen. Así que vuelvo al punto de partida en donde “definía” esa palabra en mi escrito: “Tojunto es como en ocasiones se presenta la realidad ante la mente perpleja que trata de comprender”. Cuando tratamos de comprender una realidad compleja, lo que se nos presenta es un barullo de asuntos y posibilidades en los que el pensante trata de abrirse paso, de aclararse. Ese es el contexto en que se mueve, creo, mi escrito.

Bueno, pues de hecho mi tojunto, como tú dejas en interrogante al principio del primer comentario, no va precisamente por ahí. El tojunto es la complejidad misma, de la que precisamente nace la riqueza de los sabores y apreciaciones sobre la realidad, pero ojo, sin caer en la ingenuidad en que creo se mueve tu planteamiento cuando sugieres que progresismo y conservadurismo deberían enterrar su grosera relación a cara de perro e intentar convivir y regularse mutuamente dentro de la democracia. Me vas a disculpar, Enrique, porque realmente estoy convencido de que eso es una ingenuidad. Ingenuidad pensar que el capitalismo va a ceder terreno para intentar convivir y regularse mutuamente. Es precisamente lo opuesto

La bandera que enarbolara Margaret Thatcher que luchara por desregularizar no sólo la economía sino también la educación. Todo en función de la “eficiencia” material. Creo que era en el Ulises de Joyce donde éste expone la metáfora de la gallina y el lobo. El capitalismo como sistema económico lo asimilaba a una jaula en donde se encerraban juntos a las gallinas y a un lobo. Te puedes imaginar lo que puede resultar de esa situación. ¿Quién puede imaginarse un lobo con buenas intenciones dialogando con las gallinas? Y ojo, no se trata de que el lobo haya entrado accidentalmente en el gallinero. Se ha decidido organizar el gallinero según las reglas del lobo.

Me parece difícil que creas que esas reglas pueden ser cambiadas con ese buen entendimiento que propones. Echa un vistazo sin más a la cita que recoge Mark Fisher del Manifiesto Comunista, de Marx y Engels: “[El capital] ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo filisteo en las aguas heladas del cálculo egoísta. El capital ha convertido el valor personal en valor de cambio y ha sustituido un sinfín de libertades inalienables y particulares por una sola libertad espeluznante: la libertad de comercio. En una palabra, ha cambiado la explotación velada por las ilusiones políticas y religiosas por una explotación brutal directa desnuda y desvergonzada”. En fin.

Yo había comenzado ayer tarde un escrito que hablaba de parecidas cosas, pero leí tu comentario por medio y has conseguido que tras el desayuno y mis ejercicios matinales vuelva a la andada matinal de reflexionar un rato sobre tus propuestas. Dentro de un poco vuelvo a mi blog con lo que dejé anoche a medias. Mientras tanto suena el teléfono, son mis hijos que van camino de la manifestación de Sol. Mi nieta, me dice su padre, se quedará esta noche a dormir con los acampados. ¡Bravo por ella! Resucitemos esa esperanza amortajada desde los tiempos del 15M, aquel “estábamos dormidos y despertamos”.

 

 

 

 

 


viernes, 2 de octubre de 2026

Tengo que ver a una chica… El indomable Will Hunting



Hospital Montepríncipe, 2 de octubre de 2026

La película es una hipótesis de trabajo bastante poco creíble, pero funciona de parecida manera a como funciona en Shakespeare la ingenuidad de Otelo o la condena de Cordelia por el rey Lear. Una hipérbole que nos vuelve a poner, como en Mi obra maestra, entre la utilidad monetaria, científica, o cualséase otra, en este caso, y la gratuidad de los actos humanos y los afectos. Buena película que navega entre los entresijos de una sociedad que descansa sobre supuestos falsos contaminados por el prestigio, el poder o el dinero.

Will, el protagonista, es un joven de excepcional capacidad intelectual que es captado por un catedrático con la intención de hacer de él una celebridad académica capaz de superar a cualquier otro aventajado investigador del momento. Will es un joven salido de un entorno social y económico bajo que en cierto modo desprecia ese statu quo de una clase social de la que se siente lejano. La complejidad del film, altamente recomendable, no puede expresarse en unas pocas líneas. Tras un largo debate en que un psiquiatra de reconocida nombradía logra empatizar con Will, éste finalmente llega a la conclusión de que no le interesa la investigación ni los oropeles derivados de ésta y decide dejar atrás este mundo universitario para ir en busca de su chica. Una larga secuencia en la que vemos alejarse su automóvil camino de California da por terminado el film. Una escena similar daba por acabada la película en Umberto D días atrás con el protagonista alejándose mientras el perrito hacía cabriolas.

La felicidad estaba en otra parte. Aplaudido descubrimiento que en el laberinto de las pasiones y deseos humanos tan difícil es de comprender.

Molestan en el film los típicos personajes listillos, el pretendído desparpajo tan presente en la filmografia norteamericana última de los jovencitos recién salidos del cascarón, esa chulería que tantas veces vemos en el cine de aquel país, pero bueno, se entiende que siendo pan de cada día por aquellos lares puede ser una marca de ese pueblo que da productos bañados por la mentalidad de la suficiencia, esa idiosincrasia norteamericana a que tan acostumbrados nos tiene Hollywood. Soberbia de baja estofa que parece ser una dominante de la sociedad norteamericana. Esa arrogancia en el trato con el resto de la humanidad, EE. UU. versus Irán, Cuba, Venezuela, tantos países que son tratados como serviles criados de los intereses norteamericanos. Me pregunto si sociológicamente no cabría extrapolar estos comportamientos que tantas veces vemos sin más, chulería monda y lironda, en personas como ese estúpido aspirante a emperador que otros tantos estúpidos votantes han convertido en inquilino de la Casa Blanca; extrapolar esos comportamientos, decía, a una buena parte de la sociedad de ese país. A veces tengo la impresión de que la chulería, la soberbia, el engreimiento forman parte de la idiosincrasia de E.E.U.U.; y cuento, para no faltar a la verdad, con que viajé no hace mucho algo más de dos meses por Alaska y Canadá y puedo asegurar que nos encontramos gente amable por todos los lados. Nunca observé en aquellos ciudadanos ese desparpajo chulo que nos transmite cierto cine de allá y parte de su clase política. Tengo para mí que desde Hirosima y Nagasaki los norteamericanos han asumido que ellos son no sólo los árbitros del mundo sino también los detentores del poder. Miremos si no al payaso de Trump y a sus megalomanías, un retrato que probablemente asume una parte considerable de la población de aquel país.

Se cumple en la película ese dicho de que no sólo de pan vive el hombre. Will, tan joven, necesita de la humanidad de un inteligente psiquiatra con el que termina amistándose, para ir superando el sarampión de la suficiencia que le ha sobrevenido con su capacidad intelectual; necesita trascender sus conocimientos, tan prolijos, para encontrar las razones de esa vida que existe al margen del saber, del prestigio y las convenciones corrientes del mundo en que vive. El duro y complejo encuentro entre el psiquiatra, interpretado por Robin Williams, con el que  Will establece una relación especialmente importante, poco a poco consigue de Will que éste deje de esconderse detrás de su inteligencia y se enfrente a su propia vida.

Desde el automóvil alejándose en la distancia yo podría imaginarle sonriendo para sí y pensando, a la puta mierda este mundo de imbéciles y sus aspiraciones, para enseguida cambiar de registro y pasar una buena parte del viaje pensando en su chica.

 

jueves, 1 de octubre de 2026

Esta tarde, tojunto: buen provecho



Hospital Montepríncipe, 1 de octubre de 2026

El tiempo, sí, ese que estoy encontrando en el hospital mientras mi cuerpo, mi cabeza, mi mente se van haciendo de nuevo a la lectura, la escritura, el cine, la música, a los pajaritos que vienen a comer el pan que les dejo en el alfeizar de la ventana. Tiempo dilatado, apacible, sin obligaciones que cumplir por donde empiezan a correr al margen del motivo que me tiene aquí, un chorro de inquietudes que hace tiempo me habían abandonado. Aquí, la lucha contra los imponderables del mundo que vivimos, aunque desde la comodidad de un sillón, se hace prima hermana del placer de contemplar la realidad, la lluvia en los cristales, te recuerdo Amanda, la calle mojada, la lluvia en el pelo…, la esperanza de encontrarme con autores que tratan de llevar luz a una adocenada sociedad que ha olvidado los criterios universales que llevan a una discreta felicidad y que han sustituido por soeces aspiraciones económicas. Un tojunto que como ese guiso tradicional de Castilla-La Mancha que hace las delicias de los gourmets. Y acaso por extensión la de los que gustan de asomarse a la realidad con cierto sentido crítico.

Tojunto es como en ocasiones se presenta la realidad ante la mente perpleja que trata de comprender, esa profundísima aspiración del ser humano, el mundo en el que transcurre su existencia. En ocasiones del hecho de verse recluido en una habitación durante días, como es mi caso, resulta la posibilidad de, primero, encontrarte en íntima relación contigo mismo, y en segundo lugar con la posibilidad de tropezarte, en este remanso en donde el tiempo se ralentiza, con asuntos humanos y porqués que como en los niños chicos alientan esa innata curiosidad que alimenta nuestras vidas.

Stefan Zweig en La lucha contra el demonio analiza esa situación, habla de Hölderlin, en que el autor absorbido por su trabajo, poesía, música, investigación, ausente de sí en el proceso creativo, pierde contacto con el tiempo y con lo que le rodea. Esa ausencia de la sensación de transcurrir el tiempo parece que viniera a visitarme estos últimos días de hospital en que el día, con no salir apenas de la habitación, se me hace extremadamente corto, algo que tiene que ver con ese tojunto que encabeza mi escritura y que me mantiene ocupado de la mañana hasta la hora de dormir cuando ya me he despachado con una película que tiene mucho, aparte del placer estético, de ese continuo que es repasar, cuestionar, destripar la realidad, vieja afición que ya muchos niños después del día de Reyes ponen en acción destripando sus juguetes para ver qué se esconde dentro de sus mecanismos; que tiene mucho, decía, de solazarse en la complejidad de la realidad con la actitud de aquel que usa la exprimidora para prepararse un zumo de naranja.

Son las cinco de la tarde y llevo todo el día metido de cabeza, sin que apenas note el paso del tiempo, en las fauces de esa ballena que encabeza a mi post de esta mañana y que como me descuide se va a tragar todas las horas de este primero de octubre. Así que voy a pausar esta breve hemorragia de palabras y me voy a ir a subir y bajar escaleras y a darme un paseo por el recinto hospitalario.

 

Algo más de media hora de subir y bajar escaleras, un zumo de naranja traído por una muchachita encantadora. Ahora Sonata para piano no. 5 de Beethoven. El sol entra casi rasante por la ventana de mi habitación. Necesitaría dos vidas, una para vivirla y otra para narrarla. Soy discretamente feliz escuchando esta música de siempre. No soy realmente asiduo a la música ni mucho menos la domino como nuestra entrañable Malela, pero creo que me bastaría un no muy abundante repertorio para en momentos importantes de la vida reconciliarme con el mundo a través de la música. Esta tarde me produce un placer infinito escuchar esta conocida sonata. Podré recordar esta tarde como un momento en que fui feliz escuchando una sonata de Beethoven. Ta, Tarara ra… el violín tañendo al ritmo suave y ondulante de una barquichuela balanceándose entre las olas. Desde la lejana audición de mi primera música con mi abuelo Arsenio, ese reducido repertorio que él tenía encerrado en antiguos discos de vinilo, La urraca ladrona, la Sexta Sinfonía de Beethoven, arias de Verdi, Brahms, los coros de Nabucco, mi repertorio ha aumentado, pero tampoco excesivamente. Soy asiduo a Bach, Couperin, a Liszt, a Händel y a unos pocos más, pero reconozco que necesito un especial estado de ánimo para convertirme en una esponja.

En vez de Tojunto podría haber titulado este post como aquel librito de Julio Cortazar, La vuelta al día en ochenta mundos, que no es tal pero que cerrando los ojos en este tiempo sin tiempo que es la tarde permite trasladarme a cualquier lugar de la geografía y las ideas.


¿No hay alternativa a la voracidad de las "ballenas"?

 


Hospital Montepríncipe, 1 de octubre de 2026

Interesantísimo lo que planteas, Enrique Muñiz, esta mañana. Por partes. Empiezo por el final.

La vida es muy corta y cuando se murió mi madre de cáncer en nuestra casa, Victoria y yo reflexionamos largamente sobre estas cosas. A dos años de mi jubilación (tenía la posibilidad de hacerlo a los 60 o a los 65 años) elegimos vivir con menos ingresos. Y no esperé siquiera a los 60. A los 58 solicité dos años de permiso sin sueldo con la disculpa de cuidar a mi padre, que no lo necesitaba, y Victoria y yo nos fuimos de viaje por el mundo durante 6 meses. A la vuelta ella se reintegró al trabajo y un poco más tarde yo me marché a vagar por Asia otro medio año. Cuando llegó el verano y sus vacaciones ella se reunió conmigo en Sudáfrica.

Mi confrontación con la realidad de la escuela, algún choque con los inspectores que no gustaban de mi pedagogía tan distinta al uso, motivaron, entre otras cosas, que saliera pitando de la escuela para saciar otras necesidades que me apremiaban, la aventura, el gitaneo por el ancho mundo.

Se juntaron unas cosas con otras y ahí entró en juego tu interrogante del penúltimo párrafo.

Te cuento una anécdota. En mi clase, tercero de EGB, había montado, con la contribución de los padres, era el año 86 u 87, un tiempo en que un pequeño ordenador, Spectrum, empezó a comercializarse, había montado un pequeño centro informático. Los viernes jugábamos al ajedrez con un equipo que había conseguido de la Federación, muchos tableros y un panel magnético junto a la pizarra. Otro dato: tenía cerca de cincuenta alumnos. Reuní a los padres y ellos armaron la marimorena en la Inspección. Días después el inspector llamó a las puertas de mi aula. Fue una reunión larga. La conclusión: que él podía instalarme a mí y a los alumnos, si lo que quería era una ratio adecuada, en los pasillos del colegio. Un chulo, vamos. Un mes después se desdobló la clase y me quedé con veintitantos. No le volví a ver hasta un mes más tarde. Se presentó en el aula un viernes en que yo estaba jugando al ajedrez una simultánea con todos mis alumnos. Hizo de tripas corazón y él mismo jugó con mis alumnos. A partir de entonces cada vez que aparecía por el colegio subía a mi aula y charlábamos un rato. Al final del curso elaboré un libro con los mejores textos de mis alumnos. El señor Muñiz, así se apellidaba el inspector :-) se interesó tanto por mis clases y procedimientos que al final del curso me pidió que le vendiera uno. Digamos que la burocracia terminó rindiéndose a la evidencia de que cabía una esperanza para una escuela progresista.

“Entramado de protocolos”, escribes, desidia, ningún interés por contribuir al enriquecimiento y educación de los alumnos. La inspección una puta mierda. La escuela ya empezaba a entrar entonces en unos niveles de burocratización que absorbía las pocas ganas que en un profesorado mayor y cansado, en mi colegio, dejaba disponible para sus alumnos.

Ayer empecé un interesante libro que habla de estas cosas (Realismo capitalista, ¿no hay alternativa? Mark Fisher). Fisher observa que la escuela y la universidad han ido incorporando una lógica empresarial: el alumno se convierte en cliente, el profesor en proveedor de un servicio y el conocimiento en una mercancía que debe producir resultados medibles. Lo interesante es que, para él, el problema no es solamente que se introduzcan determinadas técnicas de gestión, sino que cambia la propia manera de imaginar qué significa educar. Valga decir, la educación le importa un pimiento al sistema, lo que el capitalismo busca es eficiencia y una competencia que mantenga sus beneficios lo más altos posibles. Es decir los gilipollas de mierda que controlan el sistema jamás se van a enterar de que se van a morir y que la vida es algo más que intentar que el dinero te salga por las orejas. Y volviendo a la educación, que sería el único medio de atajar esta distopía haciendo consciente al individuo de su humanidad y su derecho a hacer de la vida un entorno de ricas experiencias, de auténticas vivencias personales, lo que nos encontramos en el sistema actual es un entramado desde que nacemos hasta que terminamos nuestra vida laboral en el que se busca a través de la educación esa sumisión al destino de que hablaba hace días citando a Unamuno. Sumisión al destino, sumisión al sistema capitalista que pretende hacer de nosotros no personas sino recursos materiales con que engordar su estúpida y desaforada rapacidad.

La lógica capitalista tiende a exigir que todo tenga una utilidad reconocible de antemano: competencia, rendimiento, resultados.

La crítica de Fisher pone sobre la mesa este interrogante: ¿qué ocurre con la educación cuando desaparece la posibilidad de pensar que el conocimiento pueda tener un valor distinto de su utilidad económica?

Ese sistema protocolario exigente al que te refieres en tu comentario es como las fauces de la ballena. Se traga todo lo que encuentra en su camino. Su sistema digestivo se encarga posteriormente de nutrir todas las terminales, en nuestro caso, del sistema capitalista.

Triste historia de sometimiento que ha conseguido que introyectemos como única salida posible esta manera de organizar la sociedad y su economía.

 


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Eros y educación


Hospital Montepríncipe, 30 de septiembre de 2026

Humberto D. Cuando eres mayor y sólo te queda en el mundo tu perrito (Vittorio De Sica, 1954). Si fuera todavía profe y tuviera que encargar a mis alumnos un texto, les sugeriría esas dos líneas. Igualmente podría haber sugerido que escribieran a partir de la fotografía que encabezaba ayer mi post. Siempre me ha llamado mucho la atención que desde los primeros años de escuela se practicara tan poco la escritura creativa, algo que la escuela de Freinet y tantos pedagogos preocupados por el sentido crítico y la creatividad de sus alumnos hicieron centro de sus enseñanzas. Una imagen, una situación desencadenante que no sólo despertara la imaginación sino también la capacidad de interpelar la realidad desde muy pequeños. Paulo Freire en La pedagogía del oprimido, un libro “escandaloso” que en los últimos coletazos del franquismo había que adquirir de rondó en la librería Fuentetaja de la calle San Bernardo, era entonces mucho más expeditivo que cualquier avanzado pedagogo de la actualidad. Hoy la Pedagogía duerme profundamente en los estantes de las librerías de viejo; ahora la pedagogía (siempre hay que añadir que salvo honrosas excepciones) duerme el sueño de los justos. Ahora que la burocracia ha invadido la escuela con funcionarios a los que en absoluto interesa despertar la creatividad y el sentido crítico, con tantos maestros atados por el statu quo de las convenciones al uso, pensar ha dejado de ser un objetivo prioritario para dar paso a una repetición sistemática, un trabajo de colorear fotocopias de dibujos de personajes de Walt Disney, una repetición y copia de cómodas imágenes diseñadas por aburridos fabricantes de imágenes estereotipadas incapaces de despertar la imaginación de nadie. Un dinosaurio sería más eficiente que éstos fabricantes de material pedagógico.

Alguien puede pensar que hablo de oídas, puede decir que después de los veinte años que han transcurrido desde que dejé la escuela tras mi jubilación ha llovido mucho. Claro que ha llovido mucho, nada más basta echar un vistazo a los criterios pedagógicos reinantes en un mundo donde los niños se constituyen los reyes del mambo, donde el esfuerzo de voluntad es una exigencia excesiva, donde tantos padres lelos hacen de sus churumbeles la materia prima que satisfará las necesidades del mercado e iluminará sus cerebros con la idea de que el esfuerzo es un objetivo caduco. Pobres. Es que… es que…

Y me pregunto yo qué me ha sucedido para que de repente después de escribir largo estos días sobre las sutilezas y excelencia de Eros, venga ahora a embarrarme en este galimatías de la educación. Esta mañana estuvieron aquí, además de Víctoria, mi cuñado Víctor y su mujer, Margalida, ambos profesores jubilados de instituciones de enseñanza del Estado. Éramos cuatro jubilatas con Victoria empeñados, todavía tenemos que fuerzas para ello, en poner los puntos sobre la i, y no sobre las haches, como hiciera Doña Bárbara (Rómulo Gallegos). 

Después de dar un largo repaso a los males   de este mundo, terminamos necesariamente recalando en los porqués generales de éstos y cayendo por tanto en consideraciones tales como: ¡con lo fácil que sería que, haciendo uso de un poco de cordura general, pudiéramos crear un mundo más habitable! Y yo les oía y pensaba en lo que escribía más arriba, esa necesidad de enseñar, empujar, fomentar en los niños su capacidad de pensar, de interpelar, de crear. Cómo coño, me preguntaba, tántos adultos que han pasado sus mejores años de aprendizaje en escuelas anodinas donde el acto de pensar ha sido amortajado durante  toda la infancia, pueden después preguntarse, razonar, decidir, si lo único que ha hecho la escuela ha sido reproducir esquemas de comportamiento, lo único que han sido capaces de hacer los padres ha sido sustituir sus deberes con sus hijos con una sobreabundancia de regalos en Reyes o cumpleaños, con una nula disposición a favorecer en ellos el esfuerzo y la autonomía, con la liberalidad de permitirles hacer lo que les dé la gana en todo momento.

Mi nieto tenía hace años una asombrosa capacidad para inventar y crear algún tipo de dispositivo, un barco de vela, un patinete, cosas así. Pues bien, ahora es tal la cantidad de juegos de mesa con que le han abrumado sus tíos y madre que su creatividad ha quedado a un lado empujada por distracciones creadas por el mercado. Sólo un ejemplo.

Evidentemente Eros no parece que tenga mucho que ver con estas cosas; o acaso sí y entonces bucear en el medio de estas dos aguas puede convertirse en una interesante actividad de indagación. Pruebo. Pienso, luego existo, soy, estoy vivo.

Veamos. El deseo no funciona cuando todo está dado de antemano. Eros no funciona cuando todo está disponible, Eros necesita un espacio que el individuo tiene que recorrer. Si le das al niño todo lo que quiere estás evitando el esfuerzo. El niño necesita algo que todavía no posee para poder ponerse en movimiento hacia ello. Si le evitamos sistemáticamente el peligro, le impedimos experimentar sus propias capacidades. Si le resolvemos las dificultades antes de que pueda enfrentarse a ellas, le robamos la experiencia de la conquista. Sí, Eros y la educación se tocan. A tantos enseñantes y padres equivocados les sugeriría la lectura de algunos ensayos de Montaigne. Escribe Montaigne: “Quien sólo disfruta de la consumación, quien sólo disfruta de ganar, quien no encuentra placer en la caza sino en la presa… no ha entendido dónde está verdaderamente el placer”. Conclusión: no le pongas al niño la presa en la boca, déjale cazar. Aquel proverbio chino que dice que no le proporciones peces a otros, que mejor es que le enseñes a pescar.

Conté en más de una ocasión la historia de un escritor que no encontraba manera de despertar la imaginación y creatividad. Tanto le dio vueltas al asunto que decidió marcharse a la guerra para estimularlas. Me viene esta idea pensando en el hecho de que los últimos días de hospital estén despertando mis ganas de escribir. Ergo, que mejor que irme a la guerra lo mismo podía intenta prolongar mi estancia aquí :-). 

 

 

 

 

 


¡Niño al agua!



Hospital Montepríncipe, 30 de septiembre de 2026

Aquel viejo adagio de que una imagen vale más que mil palabras, resulta oportuno para la ocasión. Esa escena que encabeza este escrito, aunque creada por la IA, se corresponde con una secuencia extremadamente esclarecedora de la diferencia que hay entre la educación mojigata que reciben los niños en España en relación a aquella otra que se da al otro lado del mundo, en Japón. La escena pertenece a una secuencia de la película De tal padre, tal hijo. Los niños han ido a una tienda, han comprado lo que necesitaban y ahora vuelven a casa cargados con su pedido. Una escena corriente que Victoria y yo hemos contemplado en Osaka y Tokio cuando nos hemos cruzado por la calle con colegiales entre seis y diez años. También con alguna niña pequeña que en el autobús iba camino del colegio. Seria, de ojos despiertos, se agarraba a la barra del bus mirando pasar tras los cristales las calles de la gran ciudad. Cuando estaba en las cercanías del colegio, pulsó el timbre. El autobús paró y ya en la acera se marchó hacia las puertas del colegio donde un numeroso grupo de niños se dirigía ya a sus clases. He visto escenas así en distintas partes de Asia y África. Punto.

En realidad este texto podría finalizar así. Y podría ser una perogrullada tener que andar comparando situaciones similares con lo que se hace en España  donde los niños, de fresa y chocolate necesitan ser acompañados hasta para limpiarles el culo. ¡Pobrecitos infantes! ¿Por qué, por qué esta diferencia? ¿Los niños de Japón estarán acaso hechos de algún especial tipo de material? ¿Acaso allí las instituciones y los padres son unos auténticos depravados que dejan a sus criaturas a su aire caminar en medio de la selva humana? ¿Acaso no tienen en cuenta que pueden venir los de ETA y raptarlos? ¡Pobres niños del Japón a los que sus padres, irresponsables ellos, dejan circular a su aire por las calles! Tengo una amiga maestra que pertenece a la escuela magistral de la modernidad que cuando le digo estas cosas me contesta en un guasap que “Japón, por otro lado, tiene, entre otras cosas, un índice muy elevado de suicidio adolescente…”. Tal como concatena una cosa detrás de otra, mi amiga parece deducir que la causa de los suicidios de los adolescentes está en el hecho de esa “desfasada pedagogía” que da excesivo margen a la autonomía de los niños.

Bromas aparte, lo que este comportamiento, que se ha convertido en una verdad como la de que “el sol da vueltas alrededor de la tierra” :-) lo que está consiguiendo con su trato a los niños como deficientes mentales, es hacer de estos lo seres más dependientes del planeta. A la sociedad parece importarle un pijo el crecimiento moral y la educación del niño, a lo que ésta aspira es a que “todo el mundo” aplauda la SUPUESTA DEDICACIÓN que padres y educadores proporcionan al niño. Más claro el agua, comportamiento cara afuera, por mucho que educadores y padres quieran convencernos de lo contrario, que teniendo el ojo en la aprobación social, en su aplauso, abandona a los niños a una tutela un tanto vergonzonzante. La excepción, como siempre, confirma la regla.

Tutelamos, ahogamos las capacidades de los niños rodeándoles de algodones como si fueran flores de invernadero. Es un tema que aparece con alguna frecuencia en mi blog; probablemente porque fui maestro durante cuarenta años, cosa que algún enseñante moderno considera irrelevante propio de una chochez sobrevenida. Me enerva comprobar cómo niños sanos son convertidos en carne de cañón de sumisión social debido a un sistema de compensación en que padres y educadores proyectan, acaso, sus problemas personales, la necesidad de aplauso del entorno hacia ellos, haciendo recaer sobre las espaldas de los niños las consecuencias de sus miedos, sus necesidades de aprobación social o los excesos que la biología ha inyectado en los padres y que convierten a sus criaturas en polluelos salidos del cascarón durante muchos más años que sus “bebés” necesitan. Aprendan de los patos y pajaritos no más, les diría a tantos padres y educadores de nueva hornada.

Lo he contado en otro momento por aquí. En cierta ocasión en que Victoria y yo descansábamos en un banco de las calles de Viena, se sentó junto a nosotros una mujer muy mayor. Pegamos la hebra. Era hija de un famoso antropólogo que había trabajado durante décadas en el entorno del río  Orinoco. La conversación terminó por caer en el asunto que trato. Contaba ella, respondiendo a nuestra inquietud por la falta de autonomía de los educandos en nuestro medio occidental, de la población que vivía en las márgenes del río Orinoco en donde los niños apenas recién nacidos eran echados al agua. ¡Sádicos, malos padres, bestias…!, diría esa recua de padres y educadores que hacen su performance ante la sociedad queriendo aparecer como excelentes educadores, cuando probablemente sufren la influencia de una necesidad imperiosa de ser queridos. Algo que debe extrapolarse a la sociedad en su conjunto y en especial a los responsables de la educación del país.

¡Niño al agua, sí señor!

Stevenson en algún lado dejó escrito que generalizar es de estúpidos. Pues eso, que la excepción confirma la regla de la misma manera que el hábito no hace al monje, que un título de educador no es garantía de una educación de calidad.

Esculpo de mi agresividad a tantos educadores que atendiendo más a la formación personal del niño que a las necesidades personales de los padres y educadores, continúan ejerciendo ese noble oficio de maestros puestas las miras en el crecimiento personal de sus educandos.