lunes, 21 de septiembre de 2026

Más sobre el destino

  


21/09/2026

El amigo Muñiz me envía un comentario a mi post último  que me va a servir para escribir “algo” en este cacho de tarde. En breve viene a decir lo siguiente: Unamuno describe a una joven de Las Hurdes como símbolo de una vida natural, libre de las convenciones y artificios de la civilización. Su docilidad no es sumisión, sino flexibilidad y libertad, afirma, como la de un árbol silvestre. La escena le evoca a Rousseau y expresa también su idea de la vida silenciosa y auténtica de la gente humilde, ajena al ruido de la historia oficial (aquí) . Le contesto que me es imposible dar cuenta de ese paraje de Unamuno que cito en el post, una lectura que debí de hacer hace un tercio de siglo. En todo caso el rastro que conserva mi memoria de aquel encuentro de Unamuno con la moza está relacionado con lo que expresaba ayer en el post. Unamuno escribió varios libros de viajes y lo curioso es que de la lectura de alguno de ellos yo sólo conservase esa idea, la sumisión al destino tan propia de tantas personas que, mediatizadas por la situación económica, el hecho de ser mujer (entonces), el lugar de nacimiento, las condiciones económicas o sociales, etcétera, se ven obligadas a aceptar su destino como algo ineluctable.

Y por supuesto, razonable y conveniente, aunque no sin reparos, es la idea de que la docilidad de la moza puede no ser sumisión humillante, sino una flexibilidad vital dócil a las leyes de la propia naturaleza, algo que me recuerda aquel dicho japonés que reza que es mejor ser como el sauce que como el roble: cuando sopla el viento fuerte, el sauce se inclina y el roble se quiebra. Aquí habría que especular sobre la necesidad de encontrar un término medio, una síntesis entre ambas posturas. Según las circunstancias particulares, el juicio que tengamos puede variar. Unamuno, arrellanado en la realidad que le ha tocado vivir obviamente especula como quien dice de oído, y puede equivocarse igual que se equivocó al apoyar en las primeras semanas el Alzamiento Nacional. Siendo maestro he vivido el ambiente rural de una pequeña aldea asturiana perdida en la Cordillera Cantábrica. Tuve una excelente relación entonces con jóvenes de la aldea, que ilustra esa sumisión al destino que hace que la vida de las personas transcurra encerrada en unas condiciones económicas y sociales que determinan su trayectoria como personas. En este caso se trataba de jóvenes entre los dieciocho y los veinticinco años que apenas cumplían los años que les permitía acceder a un trabajo, se enrolaban en la mina a pocos kilómetros del pueblo. Entrar en la mina era económicamente un plato goloso para jóvenes que se estrenaban como currantes. Los sustanciosos sueldos para la ratio corriente de la época en la zona, les permitía pasar los fines de semana en Oviedo en una especie de desenfreno en donde dilapidaban una parte sustanciosa de su salario bebiendo o drogándose. Los lunes un microbús de la mina debía pasar con frecuencia por sus casas a recoger la piltrafa que quedaba de ellos para de nuevo meterles en el pozo oscuro de la mina. Eso era sumisión al destino.

Unamuno evidentemente visitó las Hurdes antes que yo. Victoria y yo lo hicimos en las Navidades de 1965, creo. Fue nuestro viaje de luna de miel. Armados con un macuto, saco de dormir y lo necesario para pasar unos días en la montaña nos dirigimos a las Hurdes con la idea de patear los lugares habitados más recónditos. En El Gasco fuimos apedreados; el día de Navidad, que descendíamos de las montañas donde habíamos vivaqueado entre la nieve, fuimos recibidos de manera muy parecida por los críos. Me ahorro detalles. Quien quiera puede recrear aquel ambiente en el documental de Buñuel titulado Las Hurdes: tierra sin pan (1933), de Luis Buñuel. Cuando leo las líneas que me manda el amigo Muñiz siento que de algún modo es víctima de una mirada excesivamente bucólica de Unamuno. Nada de ese clima idílico se respiraba en la cruda realidad de las calles de las Hurdes de aquellos tiempos. Poco después de regresados a casa pinté un lienzo de una niña abandonada a su suerte en la calle. El desvalimiento de una cría abandonada por los padres, que cobraban del Gobierno cierta cantidad de dinero a cambio de no enviarla a una institución que se ocupara de ella, es una de las imágenes más impactantes que recuerdo de mi juventud. También encontré caminando por los valles y montañas de Illimani, junto a La Paz, en Bolivia en aquellos años estampas parecidas de niñas de cinco o seis años cargando a la espalda con algún hermano mientras sus padres estaban en el monte intentando arrancar a la tierra unas miserables patatas.

A estas situaciones son a las que me refiero como sometimiento al destino. Cuando las personas, y especialmente los niños y jóvenes, no tienen en sus manos la posibilidad de determinar la orientación de sus vidas, sea por la falta de las condiciones económica que rodean sus vidas, por el entorno social o por cualquier otra situación, no cabe hablar de otra cosa que de sumisión al destino. Y gracias a los cielos o a lo que sea, cuando pese a todo esa pequeña humanidad que está marcada por el destino puede salir adelante. El destino marca, pero también la fuerza de voluntad y el deseo de superación ponen su granito de arena.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Docilidad ante el destino



20/09/2026

El amigo Muñiz hacía exégesis esta mañana de una frase de mi post de ayer, "me pongo en pie de un salto con mucho trabajo". Donde él veía una contradicción en términos, yo encontraba la gracia de mezclar  conceptos diferentes que ponían en conexión la fisiología con la determinación de la voluntad encargada de romper los ramalazos de indolencia que las circunstancias le pueden echar encima a un cuerpo cansado. Le comentaba que los músculos, adormecidos a veces por el ánimo, por el cansancio, por lo que sea, se resisten a moverse y eso puede dejarnos inmovilizados horas e incluso días. Ahora, ¿quién les puede sacar del adormecimiento, algo que le sucede al alma y a nuestras disposiciones corrientes? De seguro que no son los mismos músculos; quien hace esa labor es el alma sin lugar a duda, la voluntad, lo que sea como le quieras llamar; de ahí la aparente contradicción, que no lo es en absoluto. Nuestras disposiciones están más en manos de algún circuito eléctrico del cerebro, previamente alimentado por la voluntad, que del aparato locomotor propiamente dicho. Y le comentaba aquel relato de Messner que en una de sus expediciones cuando comienza la cuesta arriba de algún ocho mil, constata que pese a su excelente preparación física, la fuerza moral lo ha abandonado. No se lo piensa dos veces, recoge sus trebejos y se da media vuelta. Al día siguiente está volando rumbo a casa.

Hoy me desperté de buen humor. Puse el despertador a las seis de la mañana como siempre, pero cuando sonó decidí que nanáis, que el menda no se levantaba. La cosa funcionó bien. Continué en la cama y no me levanté hasta después de las nueve. Rompí todos mis esquemas y creo que el cuerpo me lo agradeció. Además, cosa rara, me levanté con unas enormes ganas de leer y con una palabra en la cabeza, “dócil”. Pensé que de ahí podría salir algo con que alimentar mi blog. Recuerdo haber leído hace muchos años un libro de viajes de Unamuno. Narraba allí que se había encontrado por los caminos con una moza de cuyo encuentro dedujo la docilidad ante el destino que sufren tantas personas. Hay quien acepta el destino, la vejez, los achaques, la inevitabilidad de lo que está por llegar, con estoica adaptación a la realidad. Yo, pensé, cada vez voy más camino de ello, pero todavía me cuesta… cada vez menos; quizás fue con este pensamiento que mi cerebro recordó la palabra dócil. De hecho esta mañana cuando decidí que con el ligero mareo que tenía no convenía largarme a dar una vuelta por el monte, no me lo tomé a mal. La fiesta estaría completa, me dije, si los neurotransmisores encargados del ánimo se pusieran a currar como es su obligación J. Al menos ello facilitaría tomarse con humor esos pequeños interrogantes que el destino pone en nuestro camino.

Porque eso del destino, como la predestinación, sí que tiene cuerda. Y levanto la vista y miro a “mis” pájaros, gorriones y carboneros, en íntima convivencia alrededor del comedero o balanceándose sobre la esfera de alambre en cuyo interior han encontrado un nuevo sustento. Recuerdo a Unamuno, “sumisión al destino” y, aunque todos de una manera u otra tenemos un mismo destino inevitable, sí podemos agarrarnos a alguna variable motu proprio. Vuelvo a leer el comentario del amigo Muñiz y, sí, constato que venimos hablando de lo mismo un  día sí y otro también desde hace tiempo. Una cosa tan simple como puede ser llegar a los prolegómenos del final, hasta aquí hemos llegado, catapún chin pun, se acabó, y la de vueltas que le doy, le damos. Y mientras el mundo está ahí con sus historias, la Leonor, pobrecita ella, y su Universidad a medida, la Leti con sus modelitos, toda la familia real como un daguerrotipo del año la pera orquestando los teatrales preparativos del próximo12 de octubre; y más allá, más de lo mismo, unos y otros rompiéndose la crisma, el Gran Payaso actuando en consecuencia… etcétera, etcétera. La vida no es sueño, más bien es un juego de trileros alrededor del cual el resto del mundo hace círculo en el que mientras tanto algún carterista hace su agosto.

Y se acabó, voy a ver si siembro de césped un pequeño trozo al sur de la parcela.

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

Yo y mi cerebro


 

19/09/2026  

A dos días de haber salido del hospital no me encuentro bien del todo, algo mareado y débil todavía, pero…. Es que me apolillo en casa. Pasé la tarde agilipollado pero a la hora de la cena hice un esfuerzo, tánto como los trabajos de Atlas, jajajaja, y resucité, tánto como para que me baile en la cabeza la idea de ir mañana a pernoctar a Siete Picos, o a sus inmediaciones si me faltasen las fuerzas. Una caquita la cosa, pero qué se le va a hacer. Hoy quise atenerme a la escritura para saltar el bache, pero no resultó. Escribí un post a propósito de los niños y sus especiales fiestas de cumpleaños que suelen repetirse anualmente en  escenarios diferentes, abuelos, padres, amigos, compañeros de escuela, un cumpleaños para cada grupo, etcétera, pero al cabo del rato sentí que me moría de aburrimiento. Me parecía todo tan obvio, tan anodino, un producto tan típico de la sociedad de nuestro tiempo que terminé desistiendo y echando a la basura el post.  

Mis hijos cuando hablamos de estas cosas en relación a mi nieto no dejan de mostrar en su expresión aquel “cosas de papá”, de quien está desfasado, de quien pese a haber educado a niños entre los ocho y diez años durante cuatro décadas, ahora no hay que tenerle en cuenta porque acaso se ha hecho mayor o porque en realidad lo que ahora se lleva es otra cosa. Las modas mandan, los maestros de ahora son más listos, ellos sí que saben lo que se hacen. En fin, a otra cosa, mariposa, que decíamos de chavales.  

El cerebro es la leche, porque sí, que la culpa la debe de tener él; un día te insufla pesimismo o depresión, en otro momento un chorro de endorfinas te hace saltar de gozo, o te deja los ojos haciendo chiribitas si se te cruza por la calle una chica de muy buen ver. Yo aprendí esto muy de niño. En el colegio de los Salesianos de Estrecho donde estudié, había un sacristán que siempre estaba con un humor de mil demonios y que no trataba nada bien a los alumnos. Sucedía que se corrió la voz entre nosotros de que tenía una grave enfermedad causa de su mal humor. Era un milagro que la generalidad de los niños le respetasen y le tratasen con cierto cariño pensando precisamente que su mal humor era la consecuencia de su enfermedad. Que yo con mi mala memoria recuerde hechos así significa que evidentemente aquel hombre gozaba de toda mi simpatía.  

Ahora no soy tan comprensivo conmigo mismo. Mi cerebro y yo somos la misma cosa, pero aún así me cabreo frecuentemente con él cuando me deja postrado sin ganas para hacer nada. En ocasiones le imagino como un pajarito al que poner migas de pan en la palma de la mano para que venga dócilmente a comer sobre ella. Algo así como decirle indirectamente anda, pórtate bien y regálame un poco de serotonina, algo de dopamina, un poco de oxitocina, esas sustancias que guardas escondidas en el desván para las mejores ocasiones. Luego recapacito como hoy, me pongo en pie de un salto con mucho trabajo y ya de nuevo puedo caminar erecto. Eso, o como aprendí leyendo hace mucho a Bucay, me pongo los deportivos y echo a correr durante diez kilómetros. Cuando llego al final, me siento bajo un árbol y mientras los latidos de mi corazón van poco a poco remansándose, las endorfinas que he ido generando durante la carrera empiezan a hacer su trabajo. Después tranquilamente vuelvo a casa caminando saboreando esa pequeña alegría de vivir que las endorfinas y sus aledaños han suministrado a mi cerebro.  

Qué bueno sería, me digo, si pudiéramos meter la mano en el cerebro como se hace en un talego y manipular aquí o allí, añadir abono, regarlo de modo que tuviéramos siempre a nuestro cerebro contento.  

Mi teléfono me dice que sólo me quedan diez minutos para la hora de acostarme. Así que termino. A las seis de la mañana volveré a estar en pie para regar mis endorfinas, que no quiero que me dejen en la estacada. Haré mis ejercicios de mañana y tras el desayuno una pequeña caminata para ver si mis piernas y ni cabeza están en condiciones para marcharme a la tarde a la sierra.  

 


viernes, 18 de septiembre de 2026

Últimamente…

 



18/09/2026

Los pocos o muchos lectores que se puedan acercar a este blog deberían tener en cuenta el título que lo sustenta, que aunque siga siendo esencialmente una reflexión sobre la realidad, según pasa el tiempo el mismo va adquiriendo el tono y sabor de lo que suele ser un diario de la edad madura, una edad obviamente en que las prioridades y los intereses terminan recalando con frecuencia en el farragoso y confuso mundo de los finales de una vida. Eso visto así desde hoy, que ni mucho menos diría lo mismo hace un año cuando eufórico daba por terminada mi última travesía de los Alpes después de tres meses de caminar por Francia, Italia, Suiza y Austria. En fin…

Tuve que atender a algún asunto y cuando volví me encontré esa palabra del título sobre la pantalla del ordenador, “últimamente”. Ni idea de lo que podía seguir. Seguro que no era que últimamente me estoy enamorando, que no me vendría nada mal, que ya decía Bucay aquello de que si estás seco y carente de motivaciones que la mejor manera de salir del bache era enamorarse, cosa que a estas alturas es sumamente difícil y que de hacerlo sería un idilio imposible, que ya en mis sesenta tuve una novia que un día cuando se enfadó conmigo me llamó viejo verde. Yo valía bastante más que ella ;-), pero ella tenía la ventaja de haber nacido diez años más tarde que yo y, enfadada como estaba esgrimía la diferencia de edad como si fuera un gran mérito personal haber nacido diez años después que yo.

Últimamente la verdad es que pareciéndome que la vida está parada, suceden muchas cosas. La principal de ellas es que tantos días de hospital con sus más y sus menos, acabo de salir de mi tercera estancia en cuatro meses, terminan calando en uno hasta el punto de hacerte doblar la cerviz ante uno u otro imperativo. ¿Qué puedo hacer hoy, aparte de mirar el ir y venir de los pájaros en el comedero frente a mi ventana?, me pregunto. Y después de haberme levantado a las seis de la mañana y completado una hora de ejercicios, esa mi esperanza de volver a estar bien en algún momento, una de las pocas cosas que se me ocurren es escribir. ¿Escribir el qué? Ni idea. Tú pon una palabra en lo alto de la pantalla del ordenador, me digo, y seguro que en algún momento le salen patas y echa a andar; eso, “últimamente”.

Parece mentira, me digo, que uno pueda cambiar su concepto de la vida, sus aspiraciones, su modo de entender la realidad, en unos pocos puñeteros meses. Claro que también te puedes morir y entonces cambias de status en un plis plas. El problema es que estamos tan tan habituados a las condiciones de la vida por las que corrientemente nos movemos, que cualquier drástico cambio que se produce en ella nos deja desprevenidos y con la boca abierta como si alguien inesperadamente nos hubiera robado incomprensiblemente un pedazo de vida. No sirve de mucho darle vueltas y vueltas a estas cosas de la vida, igual que escribir y tantas cosas más, pero por lo menos alivia de la presión que la evolución instiló en nosotros de preguntarnos constantemente sobre esto o lo de más allá. Escribir impone un momento de ese silencio que necesitamos para que las aguas se vuelvan claras con el fluir del tiempo. Dejarse arrastrar por el flujo de la escritura pospone el encuentro con la realidad y, acaso también, ayuda a poner los puntos sobre las íes.

No me gusta aquel es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz, de Serrat; marcharse, dejar atrás lo conocido y seguir adelante. No somos puro aire ni hemos nacido ayer. Hemos dejado sobre tantos caminos las huellas de nuestro paso que sería injusto renunciar a la impronta que ha dejado en nosotros tantas hermosas experiencias. Hablar del futuro cuando nuestra esperanza de vida se va acortando puede parece una anacronía, pero no parece que de otra manera esté constituido nuestro cerebro. Me contaba mi amiga Marga de un hermano suyo que en su lecho de muerte no pensaba en otra cosa que en cierto proyecto en que estaba empeñado. Yo sí pienso, y mucho, en la vida que he hecho durante tanto tiempo, el mundo por montera, las montañas, la extraordinaria soledad de los recorridos alpinos, pero más que un proyecto ilusionante, como le sucedía al hermano de Marga, lo vivo como una pesadumbre, como una indómita rebelión contra el destino. Ese presente continuo en que se ha convertido la realidad a mi alrededor, no dejo de sentirlo, mal que les pese a mis achaques, como una elipsis tras la cual en algún momento podrá reestablecerse el ritmo corriente de la vida. Olvidar como una mala pesadilla estos meses para volver a la vida normal. Días atrás me mandaba Carlos Soria un guasap que no decía otra cosa que había que seguir empujando.

Bueno, no está mal, parece que al final a esa palabra de encabezamiento “últimamente” sí que le salieron patas, tánto como para poder caminar hasta completar este post.


lunes, 14 de septiembre de 2026

Qué cosa más bonita...

 


Hospital Montepríncipe, 14 de septiembre de 2026 

Esta mañana ha venido un ángel a tomarme la tensión. He abierto los ojos y allí estaba, no llevaba alas pero qué encanto. Tiempo hacia que no veía una cosa tan bonita. Qué gusto despertarse así…. Me ha alegrado la mañana. Por un momento fui feliz conversando con este ángel mañanero. Agarraba el boli para tomar los datos de la tensión de un modo tan extraordinariamente complicado que eso ya nos sirvió para estar de palique un rato. ¡Oh, dioses que transmitisteis la gracia de poblar la Tierra con criaturas tan delicadas y bellas! ¡Gracias te daremos por los siglos de los siglos por tan apreciable regalo! Y yo no sé cómo no perdía ripio mirando aquella hermosura mientras mis palabras como nube de incienso trataban de llegar a ella cual ofrenda a Afrodita, diosa de la belleza y el amor. 

Allí, de pie en la habitación de hospital como un ángel que se encuentra en el camino con un buscador de oro extraviado, hablamos de asuntos baladíes. La cosa era prolongar la presencia del ángel tan inesperadamente aparecido en esta mañana que comenzaba. Alabado sea Dios, sí señor, que creó criaturas tan llenas de gracia. Amén. 

¿Qué te parece, le dije al ángel, que ya andaba recogiendo sus trebejos de enfermera, esto que acabo de leer? Y tomando el tocho de Voltaire le mostré la primera línea de mi lectura. Decía esto: “Memnon concibió cierto día el insensato proyecto de ser perfectamente cuerdo”. Suponiendo que los ángeles desde las alturas ven constantemente la cantidad de insensatos, esos que se devoran unos a otros y que se mueven sobre ese pequeño átomo de barro que es la Tierra, quise saber cómo percibían ellos, o mejor ellas, a toda esta panda adoradora de la feminidad, el poder o la pasta, porque locos no solamente haylos entre los enamorados, no sólo entre toda la cohorte de desquiciados a los que las gracias del sexo opuesto les hace perder el norte, que también en amplios sectores de la población existen los que mejor estarían en un manicomio que formando parte de la feligresía del becerro de oro. 

Mi ángel matinal no se cortó un pelo y, esbozando una maravillosa sonrisa que me dejó patidifuso, dioses que tantas gracias nos disteis por compañeras, me comentó que exceptuando un pequeño número de habitantes muy poco considerados, todo el resto es una reunión de locos. ¿Sabes, continuó mi ángel, que en este mismo momento que te hablo hay miles de adeptos de Yavhé que creyéndose descendientes directos del altísimo masacran a sus vecinos invocando cualquier paparrucha, que un gordinflón aspirante a rey del universo y aupado a esa condición por otros 77 millones de locos de remate? ¿Sabes que a lo largo de la historia de este pedazo de barro girando en el universo millones y millones de locos han matado a otros tantos sea por poseer una mínima migaja de ese pequeño pedazo de barro, sea porque algunas de estas hormigas consideraron que el vecino pensaba de manera diferente, y que esto, además, se hace desde tiempos inmemoriales?

A estas alturas a mi ángel se le había empezado a abrir la boca. Se veía que habíamos entrado en un aburridísimo tema relacionado con la extrema estupidez de los hombres y prefirió contarme la guerra que había tenido con sus padres a consecuencia del modo de coger el boli, guerra de la que al final salió victoriosa. ¿Y la cuchara?, quise saber suponiendo que ahí también se tenía que haber desarrollado otro conflicto. Ahí ganaron ellos, contestó. Que todas las guerras sean como esas, dije. No era posible retener más al ángel disfrazado de enfermera, así que recogió su equipo de tomar la tensión y el termómetro, volvió a esbozar una sonrisa encantadora, y se marchó. 



domingo, 13 de septiembre de 2026

El trabajo de vivir

 


Hospital Montepríncipe, 13 de septiembre de 2026 

El trabajo de vivir tiene, parece, como casi toda actividad humana, sus momentos de gozo y placer, pero también sus instantes de árido caminar penoso, el tránsito por esas arenas en las que cada paso que das te supone un esfuerzo extraordinario. Aquella cita de Séneca que tantas veces empleé viene nuevamente la caso. Desde aquel «con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra.» ha llovido mucho, pero la cosa continúa parecida, el pan o lo que sea. Y probablemente si el hombre de hoy es lo que es se lo debe precisamente a ese esfuerzo que requiere vivir. Cosa que me digo cuando estoy jodido, pero que igualmente imagino te dirás tú (aquí) en parecidas circunstancias. Si el hombre se hubiera abandonado a la acción de los imponderables, lo mismo en este momento andábamos todavía subidos a los árboles. Otro tanto le habría sucedido a Adán y Eva si Eva no se hubiera atrevido a darle gusto a su apetito. 

Me hablas de aquel famoso mayo parisino y de cómo aquello con el tiempo derivó por pura síntesis —tesis, antítesis, síntesis— hacia un posicionamiento de sus líderes más moderado. Esto me recuerda a aquella respuesta de Galileo «Eppur la Terra si muove» Y, sin embargo, la Tierra se mueve, pese a todo, contra tiros y troyanos vamos adelante… más o menos. 

Nos movemos constantemente en el campo de una dialéctica en donde los extremos tiran de nosotros con la fuerza de aquellos personajes del cuadro de Goya titulado Duelo a garrotazos

Aquel ser o no ser shakesperiano que servía a Chaplin para ridiculizar la figura de Hitler en El gran Dictador, ronda por mi cabeza desde que empecé este escrito. En ocasiones los grillos, tantos, que uno tiene en la cabeza, mezclan sus cantos sin ningún tipo de armonía y aquel que está escribiendo la partitura se ve constantemente en aprietos; la dificultad de armonizar los distintos cantos le puede llevar a intentar una partitura de variadas voces, lo que en términos musicales es corriente, pero que llevado a la escritura resulta difícil, a no ser que uno sea un Joyce. A veces, no hay más remedio, es necesario cortar y tratar de poner una idea detrás de otra. Leo desde hace tiempo a Lobo Antunes, Portugal, y a la altura en que he llegado, bastante adelantado, todavía ando perdido, pérdida acaso debida en parte a la vagancia de mis neuronas, pero que en cualquier caso exige, la lectura, la concurrencia de excelentes lectores. También eso cuenta, que ordenar grillos, ideas y asuntos tal como circulan por el cerebro no es moco de pavo, que decíamos de niño. 

Y no sé si seguir adelante. En la habitación ha empezado a entrar estos días un sol de otoño que invita a a dejar vagar la mente y a dejar que las sensaciones se posen suavemente sobre el cuerpo. Hoy creo contemplar la vida como aquel anciano de una novela de Luís Goytisolo que sentado al sol de una mañana de invierno posaba sus ojos sobre el horizonte mientras escuchaba La Creación, de Haydn. Cuántas veces habré pensado en aquel anciano o en otro que aparece en un relato de Azorín, uno que apoyado el mentón sobre su garrota contempla el paisaje como quien contempla su propia vida. 

Entra en este momento una enfermera en la habitación. La gracia femenina de su presencia me reconcilia con el mundo. A mí, tan crítico con casi todo, me desaparecen los humos de la cabeza cuando me encuentro con el regalo de un trato amable, una sonrisa, un razonamiento inteligente o como ayer por la mañana, con una mujer de raza negra con un bebé de dos días en los brazos que no hablaba español, pero con quien no necesité una lengua común porque la empatía mutua lo sustituyó con creces. La fragilidad del bebé me enternece. Vuelve a conectar con el principio de mi escritura de hoy, la vida vista como quien se sube en un parapente y contempla a sus pies la globalidad de esto que es la vida, la propia y la de los otros hombres. 




sábado, 12 de septiembre de 2026

Resistir a la ley de Murphy


Hospital Montepríncipe, 12 de septiembre de 2026 

Cuando te leo (ver comentario de Enrique aquí) me produce la sensación como si ambos observáramos la realidad desde escenarios diferentes, tú desde un helicóptero con la racionalidad de la experiencia y el conocimiento de las cosas, yo desde el centro de la vorágine del movimiento de la vida que, conociendo el curso de tus propias razones, las considera de soslayo, aunque con una discreta preocupación por aceptarlas; esa vorágine qué no habiéndose apagado del todo pese a estos meses de recuperación, permanece todavía por los recovecos del alma pidiendo clemencia. Cuando las religiones nos ofrecen como tarta de cumpleaños el cielo como recompensa a nuestras buenas obras, lo que hacen es atender al íntimo deseo de cumplir nuestras mejores expectativas tras la muerte. Creo que hay algo de razones darwinistas en esto que planteo. La búsqueda de la eterna juventud fue una aspiración ilustrada desde siempre. Pura ilusión, sí, lo sé. Rebelión contra el destino, si cabe, pero en última instancia razonable respuesta del organismo ante lo ineluctable de la vejez y la decrepitud. Don Quijote se dará mil veces de bruces con borregos, molinos de viento y se enredará accidentalmente en las faldas de Maritornes, pero no por ello cejará hasta su lecho de muerte en alimentar sus desvaríos. Si gustamos del loco de don Quijote y su relación con su amigo Sancho, es precisamente por esa síntesis necesaria que la vida nos exige. Eso nosotros que percibimos la realidad con bastante aproximación a lo que ésta pueda ser. Pero no don Quijote, que tan metido está en sus aventuras que sacarle de ellas, como pez en el agua, con nuestra red de la racionalidad sería, igual que al pez fuera del agua, darle muerte. La vida de don Quijote no tiene sentido fuera de ese mundo que su imaginación ha creado con la ayuda de los libros de caballería. Y, carajo, se me ocurre que no una cosa muy diferente me sucedió a mí y a tantos cuando alimentamos muestra temprana juventud con los libros de Rébuffat Lionel Terray, Desmaison y tantos otros. Don quijotes nosotros no a la búsqueda de desfacer entuertos sino a la búsqueda de nosotros mismos a través de la montaña. 

A todo esto se me ocurre que pese a nuestras capacidades intelectuales, algunos genes específicos quizás estén asumiendo por nosotros desde el nacimiento el papel —la lotería de la genética puede ser tan variada…— de representar en la vida el papel de don Quijote o el de Sancho. A mí en esto parece haberme tocado algo del papel del loco de don Quijote. Alonso Quijano muere precisamente cuando recupera la razón, recobra el conocimiento corriente sí, pero pierde aquello que hacía, que su vida tuviera aventura, propósito y horizonte. Sancho, en cambio, que empezó siendo el cuerdo que acompañaba al loco, acaba intentando convencer al moribundo de que siga soñando. Quizá Sancho comprende al final que vivir también consiste en inventarse alguna razón para seguir caminando. Preciosa conclusión que yo dudo que Cervantes tuviera en la cabeza y que seguramente surgió de la íntima relación con su escritura. La aventura de escribir no sería aventura si el autor tuviera en mente desde el principio el desarrollo de toda su novela. Creo que si me gusta tanto escribir tiene algo que ver con ese concepto de aventura. Comienzas, como hoy, contestando a un comentario de un amigo basado en una diferente percepción de la realidad y terminas, jaleado por la escritura, acompañando a don Quijote en sus aventuras. 

El distinto enfoque con que partimos me parece sumamente interesante, tú con la perspectiva del hombre maduro que tiene bien agarradas las razones de su existencia y del devenir, yo el diletante que juega, pese a mi larga también experiencia de vida, que juego a no enterarme de esa realidad porque todavía quiero seguir mamando de esa teta de la aventura que me alimentó tan tempranamente en la vida, ese inventarse alguna razón para seguir caminando. 

Cuando te leo me produce la sensación como si ambos observáramos la vida desde escenarios diferentes, tú desde un helicóptero a través de la racionalidad de la experiencia y el conocimiento de las cosas, yo desde el centro de la vorágine del movimiento de la vida que, conociendo el curso de tus propias razones, las considera de soslayo, aunque con una discreta preocupación por aceptarlas; esa vorágine qué no habiéndose apagado del todo pese a estos meses de recuperación, permanece todavía por los recovecos del alma pidiendo acogerse a la clemencia del cielo. Cuando las religiones nos ofrecen como tarta de cumpleaños como recompensa a nuestras buenas obras un paraíso, lo que hacen es atender al íntimo deseo de cumplir nuestras mejores expectativas tras la muerte. Creo que hay algo de razones darwinistas en esto que planteo. La búsqueda de la eterna juventud fue una aspiración ilustrada desde siempre. Pura ilusión, sí, lo sé. Rebelión contra el destino, si cabe, pero en última instancia razonable respuesta del organismo ante lo ineluctable de la vejez y la decrepitud. Don Quijote se dará mil veces de bruces con borregos, molinos de viento y se enredará accidentalmente en las faldas de Maritornes, pero no por ello cejará hasta su lecho de muerte en alimentar sus desvaríos. Si gustamos del loco de don Quijote y su relación con su amigo Sancho es precisamente por esa síntesis necesaria que la vida nos exige. Eso nosotros que percibimos la realidad con bastante aproximación a lo que ésta pueda ser. Pero no don Quijote que tan metido está en sus aventuras que sacarlo de ella como pez en el agua con nuestra red de la racionalidad sería para ambos darles muerte.

A todo esto se me ocurre que pese a nuestras capacidades intelectuales, algunos genes específicos quizás estén asumiendo por nosotros desde el nacimiento el papel —la lotería de la genética puede ser tan variada…— de representar en la vida el rol de don Quijote o el de Sancho. A mí en esto parece haberme tocado algo del papel del loco de don Quijote. 

El distinto enfoque con que partimos me parece sumamente interesante, tú con la perspectiva del hombre maduro que tiene bien agarradas las razones de su existencia y del devenir, yo el diletante que juega, pese a mi larga también experiencia de vida, que juego a no enterarme de esa realidad porque todavía quiero seguir mamando de esa teta que me alimentó tan tempranamente en la vida. 

Que los hechos dejen de ser una anomalía sobre la que haya que posicionarse y que pasen a formar parte de la realidad que nos corresponde vivir, como escribes, es tan evidente como esa necesidad que nos movió hace un par de días de llamar a una ambulancia. La realidad en algún momento termina poniéndonos en nuestro sitio.