25/08/2026
Había dado la vuelta a leído mundo, seis meses de viaje por Asia y África y al final, saturado de la presión humana que supone el continente africano, decidí tomar un avión en Nairobi que me dejaría en Grecia. Allí tomé un barco y elegí una pequeña isla para pasar unos días. Quizás recordéis un hermoso relato de Cortazar en donde cuenta la historia de un viajero que atraviesa el espacio aéreo del mar Egeo, se asoma por la ventanilla y queda prendado de una pequeña isla que ve allá diez mil metros más abajo, solitaria, ideal para su estado de ánimo que busca encontrarse consigo mismo frente al mar. Dos días después, tumbado en una playa de aquella isla contempla el paso de un avión que hacía la misma ruta que él siguió días atrás. Creo que fue ese relato el que me inspiró para antes de volver a casa dar casi por terminado mi viaje alrededor del mundo. Lo incluyo hoy aquí después de un largo día de médicos que necesita algo parecido, el sosiego de la soledad y el mar.
o O o
Isla de Tilos, Grecia
13 de septiembre de 2007
Las olas chapotean cadentes y reiterativas
sobre los guijarros un poco más allá en donde sentado contemplo la tarde. A lo
lejos, detrás de la línea del mar, las montañas de la costa turca son un
desvaído perfil de grises que se va apagando poco a poco con las luces del
crepúsculo. Un peñasco frente a la playa, que a poco de mi llegada tenía un
intenso color granate, ahora ofrece la forma de un bisonte que moja los belfos
en el mar. La brisa sopla de tierra bajando de las lomas, donde los olivos,
viejos y asalvajados, abandonados décadas atrás, forman pequeñas manchas de
color. Unos sauces, algunos cercados de piedras donde antes se guardaba el ganado,
y prados agostados donde pastan algunas cabras. No es fácil imaginar este
pequeño paraíso solitario después del multitudinario aluvión de turistas de
ayer. Sólo he necesitado caminar una hora para encontrarme la soledad de la
playa y el mar para mí solo.
Tilos es una
pequeña isla que se puede recorrer en unas pocas zancadas. Hoy, después de que
atracará el ferry, opté por un camino que trepaba en la falda de la montaña
próxima. La trocha atravesaba un pequeño barrio encalado en donde el juego del
blanco y del azul del mar, una bella estampa rural que se repite en todas las
islas del Egeo, me recordaba las costas de Túnez, unas docenas de bellas
diapositivas tomadas en Cartago treinta años atrás.
Es un día muy
especial. Se me ocurrió sin más cuando el barco rozaba la costa antes de
atracar en la localidad de Livadia. Tras los acantilados se adivinaban
ensenadas solitarias donde probablemente no sería difícil encontrar un lugar
para dormir. No tengo saco, voy con lo puesto, pero el atractivo de encontrar una
playa solitaria en donde pasar la noche oyendo el ruido del mar supera la
posibilidad de las incomodidades. Así que me acerqué a un supermercado, me hice
con algunas provisiones y tiré camino arriba siguiendo la línea de la costa.
Ahora anochece,
cadencias de olas. Ni siquiera me apetece abrir un libro, mirar los versos de
Carlos Marzal o seguir con la novela de Pamuk. El agua es como un sonajero, me
adormila su rumor mientras miro a lo lejos cómo se van fundiendo los azules de
las montañas y el mar se van apagando hasta adquirir el color más denso de la
ceniza, tonos de plata vieja que no tardarán en ir cubriéndose de la herrumbre
oscura de la noche.
Hay demasiada
gente en el mundo; eso o que vivimos lejos de la naturaleza. Hoy me doy cuenta
de lo mucho que echo menos este silencio lleno de olas, los peñascos, el duro
suelo, yo solo dentro de todo esto; como amigos que se encuentran, como amados
en silencio recogiendo de la brisa los murmullos de los olivos; esas estrellas
que van saliendo poco a poco sobre el zenit, recordándome a quién me debo, cuál
es mi mundo, a dónde debo regresar constantemente, humildemente. Porque aunque
el hombre haya hecho maravillas desde el principio de los tiempos, basta una
tarde, noche ya, como ésta para que todo el sosiego que la vida necesita se
aglutine alrededor de un trozo de naturaleza.
Una noche para
soñar con los largos viajes marinos bajo las estrellas. Algo que habré de
encargar a los dioses para la siguiente reencarnación; los años de la vida no
da para todo. A mí en ésta no me cupo mucho más que mi querencia por los largos
correteos por las montañas; espero que en la siguiente se me reserve algo del
fondo marino y algunos viajes a vela alrededor del mundo; un sueño del que
tiene la culpa un tal Julio Villar y su ¡Eh, petrel! No, nada de odiseos,
que estaba un poco loco; mejor hacerse con toda la gratuidad del mundo y vagar
interminablemente alrededor del planeta a la búsqueda de uno mismo.
Preparé mi
vivac junto al agua. Vida elemental: el macuto haría de almohada y una toalla
de lecho. Después fue aflojarme los cordones de los deportivos, estirarme en el
suelo y mirar las estrellas; arriba del todo Casiopea, más allá el Triángulo
del Verano, sobre las sombras de las colinas la Osa Mayor, y encima ese río de
leche por donde dicen que orientan sus pasos los peregrinos camino de Santiago
de Compostela. Millares de estrellas transmitiendo un relajado sosiego a mi
ánimo.
Cuando desperté
la línea del horizonte había empezado a iluminarse de miel y ámbar; después el
mar salió de su negrura y se hizo azul prusia; las aguas embestían con fuerza
sobre los peñascos cercanos dejando tras cada golpe el murmullo de los pequeños
cantos rodados que resbalaban hacia la orilla.
Salió el sol,
la temperatura se hizo tibia, me despojé de toda la ropa. Mi cuerpo era otro
elemento más entre las piedras, la hierba agostada, las olas. Fue imperativo
celebrar la venida del día fornicando con la madre tierra; y cerrar los
párpados y sentir el universo como un canto, como si la brisa y el agua
estuvieran silbando sotovoce aquella música de Haendel para mí solo.
Más tarde
apareció el inglés con el que había compartido la playa el día anterior. Me oyó
comprensivo durante un rato hablar de constelaciones, de soledad, de la
magnífica noche que precedió a la mañana. Una cortés cháchara de vecinos.
Con el sol ya
alto di cuenta de un poco de queso, un melocotón y medio brick de leche.
Después me dispuse a mirar el horizonte. Hoy era mañana de tomar el sol en
cueros.


