miércoles, 3 de junio de 2026

Al borde del sendero que termina entre el perejil

 


El Chorrillo, 3 de junio de 2026

(El texto que sigue arranca de algunas reflexiones que me surgieron tras leer el comentario que Enrique Muñiz hacía a mi post de ayer. Incluyo el texto completo del mismo al final de este escrito),

En ocasiones me abruma pensar en esa inmensidad que es el mundo al margen de la razón, y me abruma porque tengo la impresión de que cuando cierro los ojos y trato de adentrarme en ese 0,0001%, que menciona Enrique Muñiz (ver su comentario a mi post anterior que incluyo al final de este texto) todo es una descomunal confusión donde es extremadamente difícil abrirse paso. Esta misma mañana sin más que yo había salido a caminar, gran esfuerzo requirió la cosa, y que a mitad de camino sentado a la sombra de un pinar que recibí una llamada telefónica de mi hija (me había despertado muy sensible y extremadamente apático) y que nada más preguntarme que qué tal estaba, se me añugó algo en la garganta y no pude contestar palabra porque una breve llantina me salió de lo más profundo. De dónde saliera esa llantina, quizás atando cabos podría averiguarlo, más o menos, pero, como escribía ayer citando a Pascal, sigue siendo cierto que el corazón tiene razones que la razón no conoce.

Habituados que estamos a pensar que “todo” lo podemos expresar mediante palabras, como si éstas fueran la panacea del ángel iluminado de la razón; tan seguros estamos que, pobres de nosotros, andamos a cada paso simplificando la vida a unos extremos quasi de mentalidad infantil. Niños somos jugando a las guerras, matándonos unos a otros, haciendo política o teniendo todo el santo día la vista puesta en las subidas o bajadas de los valores en Bolsa.

Impresiones, no más, acaso, derivadas de un estado de conciencia a su vez fermentado por los catalizadores de mis circunstancias. Hablamos, discutimos sobre lo humano o lo divino, estamos seguros de un cerro de cosas, pero cuando entramos en crisis pareciera que el orden de prioridades de nuestros intereses interiores personales se trastocara sustancialmente al punto de invertir nuestra percepción de la realidad y la consideración que ésta pueda merecernos. Intentaré explicarme. Percibimos, pensamos, deseamos en el contexto del momento presente. Sin embargo, cuando se produce una quiebra en ese presente que vivimos, una tormenta en alta mar alrededor de nuestra cáscara de nuez, evidentemente cambiamos de registro; al que se le empieza a quemar la casa abandona de inmediato su programa de televisión favorito y se sumerge en “otro mundo”. Quizás sea ese “otro mundo” en donde en definitiva el camino termina entre el perejil, como insinúa un haiku japonés, al borde de él, donde estos dos mundos se encuentran, aquel de la razón y ese otro de la intuición, ese en el que todo afán de “comprender” se da de narices con la pura realidad de la complejidad del existir.

Bien; salido “del susto existencial”, tu mejor amigo se muere, tú mismo sales del pozo de un oscuro quirófano, el sujeto ya no retorna indemne a su ocupación anterior, sino que ahora lleva consigo una especie de recolocación mental que puede inducirle a cambiar el modo de entender la vida, de manera que lo que ayer ocupaba un primer plano en su mente pase a ocupar un puesto a la cola.

Volviendo al texto de Muñiz, escribe éste al final del mismo que “el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”. Yo, hace días, en un estado de semiinconsciencia a las puertas del sueño, creí encontrarme en las cercanías de alguna pequeña verdad que me aseguraba que sólo existen dos verdades, dos realidades; por una parte la realidad del mundo físico, esa realidad biológica que menciona Enrique del 99,99% a la que tenemos acceso a través del conocimiento, y por otra la realidad personal, acaso más importante que aquella otra donde un complejísimo mundo, conciencia, memoria, voluntad, pasiones, donde la capacidad de pensar y la intuición se adentran tanteando con el extremo de su bastón de ciego, significados, concatenaciones, quizás usando como indica Enrique “la consciencia a modo de fina capa superficial que flotara sobre un océano de -él dice procesos automáticos e inaccesibles- y que yo llamaría acaso simplemente inconsciente.

Me resulta muy difícil continuar. Es como estar en la boca de una cueva donde ya a pocos metros de la entrada la oscuridad es absoluta. Intuyes, quieres arrancar algo de sustancia a tu condición de ser, pero todo se disuelve en una impenetrable niebla. Tierra fértil indudablemente pero que no exige razonamientos, sino estados de conciencia que como tierra recién sembrada necesita de la humedad necesaria para que “algo” germine en ella.

 

Comentario de Enrique:

“Sócrates decía "solo sé que no sé nada", y el socarrón le respondía: "¿y cómo lo sabes?".

El bueno de Sócrates funcionaba, a mi parecer, por el principio del empirismo, con lo que, según mi criterio, tenía toda la razón; el que andaba falto de ella era el socarrón. La memoria sensorial (inconsciente y automática) ocupa el 99,9999% de nuestro almacén, mientras que la memoria explícita ocupa el 0,0001%. Con estos datos, Sócrates tenía una base científica perfecta para decir que no sabía nada.

La lógica de Sócrates es aplastante: no tenemos acceso voluntario a ese almacén gigante; no podemos leer los archivos de la memoria sensorial a menos que el cerebro decida filtrar algo hacia la atención consciente. Por lo tanto, cuando Sócrates dice "yo (mi mente consciente) solo sé que no sé nada", está describiendo una realidad biológica: la consciencia es solo una fina capa superficial flotando sobre un océano de procesos automáticos e inaccesibles.

El comentario de "¿cómo sabes que no sabes nada?" comete el error de meter todo en el mismo saco; es un juego de palabras lingüístico, pero una falacia cognitiva. El socarrón asume que "saber" es un interruptor de encendido y apagado (o sabes todo o no sabes nada). Sócrates, mediante la observación de los límites humanos, se da cuenta de la asimetría: lo poco que la mente humana puede asegurar con certeza lógica y consciente es ridículo en comparación con la inmensidad de la realidad. Su afirmación no es un fallo lógico; es un diagnóstico honesto de las limitaciones del pensamiento consciente.

Este argumento demuestra que el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”.

 

 


domingo, 31 de mayo de 2026

Blablablabla...


 

31 de mayo de 2026

Hoy, que en un par de ocasiones se me saltaron las lágrimas y rompí a llorar, creo que en mi entendimiento se hizo una pequeña luz que después fue acompañada por esa sensación de que una gran parte de lo que hablamos, ayer con algunos X, es puro blablablabla. Que hablamos y hablamos, a veces intentando abrirnos paso en la oscuridad; otras simple parloteo; vamos, que lo que hablamos tiene que ver sucintamente con la realidad, que cuando nos quedamos solos, o simplemente cuando las emociones se arrebolan en torno a determinadas circunstancias incluso hasta las lágrimas, es entonces la pura realidad. La frivolidad con la que ayer decíamos aceptar, llegado el caso, nuestra despedida de la vida, hoy me parece francamente indecorosa, puro blablablabla…

La vida auténtica, la que importa, vive alejada del ruido exterior; sin embargo nosotros, homo sapiens sapiens, así nos definimos, racionales, capaces de entender a los otros, a nosotros mismos, a toda la realidad si se tercia, es pura fantasía que el hombre moderno ha adoptado como impoluta verdad. Mentira. Recordemos humildemente aquella idea que Platón atribuye a Sócrates de que sólo sé que no sé nada, a lo que alguien socarronamente podría respondernos que ¿cómo sabes entonces que sabes eso? Podría parecer una pura especulación teórica, pero para mí que tiene mucho de verdad. Si empezamos a tirar del hilo de cualquier asunto de mediana profundidad con el ánimo de aclararnos, al cabo de un muy poco ya tenemos en las manos un fenomenal embrollo en donde se cruzan múltiples asuntos y donde perder el hilo es lo más probable que nos pueda suceder, una descomunal cueva del Minotauro con sus mil fragmentaciones y pasillos se abre en la oscuridad ante nosotros. Lo escurridizo y la complejidad de lo que somos, nuestra inteligencia, cualquier pensamiento más allá de la fe del carbonero, nos obliga a levantar torres de Babel con las que sirviéndonos de sucedáneo dar contento a nuestra sed de conocimiento.

Explícate, tío, explícate.  ¡Imposible! Entre las verdades de nuestra racionalidad occidental y una parte notable de la cultura oriental basada más bien en la intuición, la meditación como fuentes de aproximación a la comprensión de la realidad, etc., existe un abismo que a veces puede ser infranqueable. Puentes entre ambos haylos, naturalmente; Pascal, por ejemplo, cuando escribe que “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Pecado sería querer generalizar; no es mi intención. Cualquier plato apetitoso suele gozar de la presencia de elementos culinarios distintos, aparte que en el cuerpo de unas pocas líneas de un post sería inútil meter lo que mínimamente pasa por la cabeza de uno.

Empecé con estas líneas ayer. Mi impresión cuando las comencé era un barullo de asuntos importantes que me sentía incapaz de ordenar. Hubiera necesitado la ayuda del amigo Muñiz, él siempre tan preclaro, para llegar medianamente con mi barquichuela a la cercanía de la añorada playa. Ahora, teniendo muy en cuenta que las circunstancias cuentan, no aquellas de Ortega sino las circunstancias capaces de esclarecer la comprensión de la vida, y una enfermedad grave considero que es una buena plataforma para estas cosas (Y aquí abandoné mis razonamientos, que retomo un día después). Decía que teniendo en cuenta mis circunstancias inmediatamente anteriores o presentes, desde ellas, o con su acompañamiento, se me hace que las escurridizas verdades son mucho más elusivas de lo que a primera vista puedan parecer.

Eso que llamamos realidad, y la relativa importancia de la misma, suele ser bastante diferente según el estado en que te encuentres. Así una estadía en un hospital con la incierta percepción de que te caiga el gordo de no despertar, digamos como es el caso en una operación de endocarditis, que las estadísticas sitúan en un treinta por ciento de los casos, es diametralmente diferente, al menos para el que habla -muchas veces desde el blablabla- del de una persona sana que despierta de una apacible siesta bajo la sombra de un olivo. Digo más, existen situaciones en la vida, muchas veces relacionadas con la  pérdida o no del ser, que son determinantes para nuestra capacidad de acercarnos a la realidad que somos. Así, esas lágrimas que pueden resbalar por tus mejillas en momentos importantes de la vida, son la pura verdad. ¿Lo otro? Ganga. Nuestra parte de mena aparece como un animal tímido, la impudicia le asusta, le alarma y entonces no le surge otro deseo que esconderse tímidamente en el rincón más alejado, allá donde no pueda llegar el ruido del mundo. El ruido del mundo y tú son cosas diferentes; el mundo va a su bola y el individuo que no quiere rodar como bola de nieve por la pendiente que éste le marca, tiene que defenderse de ese ruido, dejarlo a un lado para intentar escucharse a sí mismo lo más nítidamente posible. Contraer una grave enfermedad, que se te muera un ser muy querido, o como al protagonista de El sabor de las cerezas (Kiarostami, 1997) vuelvas a encontrar el sabor de la vida en el sabor de una fruta, a veces puede ayudar a comprender más allá del blablabla esa otra realidad de lo que somos.

Notar, por ejemplo, que de golpe has envejecido diez o quince años, creo que es una buena oportunidad para llevar un poco de luz a nuestro conocimiento. Quizás todo esto que escribo hoy no sea otra cosas que una mierda pinchada en un palo. Quizás…


lunes, 25 de mayo de 2026

Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí

25 de mayo de 2026

¿Cómo era aquello? “Puedo escribir los versos más tristes esta noche, por ejemplo…”

Algo asíe sucede a mí esta noche. Me adormecí triste como no lo había estado desde hace tiempo y cuando desperté el dinosaurio seguía ahí. Y me miraba también él con ojos tristes y alicaídos. Hay tristezas que son como líquido derramado sobre el alma. Ésta, de tanto sentir su propia pena, se va hundiendo poco a poco entre las médula del ser dejando éste ahíto de melancolía y pesar. No, no se trata de asuntos de amores, tristeza por amigos irrecuperables, tristeza del alma, esas cosas que en el mundo de hoy, tan avanzado, tan rodeado de estímulos por todas partes, desecharía como basura sentimental. Lo práctico, el dinero, lo útil, lo que te ayuda a trepar en la sociedad, ha absorbido hasta el tuétano cualquier atisbo de vida en la que el individuo pueda encontrarse consigo mismo y su mundo interior. Exagero, lo sé. Pero al menos eso parece cuando abres el periódico de cualquier parte del mundo, cuando observas el trajín de la gente o a esos pasajeros del Cercanías que vuelven a casa rotos por el cansancio, insensibilizados a cualquier sutileza mental que haya querido rozar su mente.

Sí, una vez tuve un amigo y estos días lo echo de menos. Un día se despidió y no quiso saber más de mí. Le echo de menos. Tuve una novia en la edad tardía que también desapareció y no volví a saber nada de ella. También la echo de menos. Hoy departimos largamente mi cuñado Raúl, Victoria y yo sobre montones de asuntos relacionados con la mente, la conciencia, los sentimientos. Imposible encontrar un hilo conductor, algo que nos llevara a comprender la realidad un poco, sólo un poquito. Nada, ni él desde la barrera del pensamiento occidental, ni yo acudiendo a la cultura oriental, éramos capaces de sacar algo en claro. La realidad y el modo cómo el cerebro trata de atraparla como si fuera una trucha bajo el agua, eran herramientas inútiles. La afirmación de “sólo sé que no sé nada”, atribuida a Sócrates a través de Platón, se acerca bastante a esta sensación de confusión con la que solemos percibir el mundo y su realidad. El único modo de percibir la realidad con un poco de cohesión pasa por conseguir un vacío en la mente capaz de ponerte en  comunión con eso que llamamos el Todo. Eso o subirte a una montaña y pasar allí la noche a contemplar el firmamento :-) . Si le digo esto a mi cuñado con el que conversé esta tarde, seguro que habría pensado que me falta algún tornillo.

Toc, Toc… y entra la enfermera a retirarme la bandeja de la cena, de la que me había olvidado totalmente. Así que me voy a cenar.

domingo, 24 de mayo de 2026

Un fuego que hay que encender


Hospital de Montepríncipe, 24 de mayo

No recuerdo en mucho tiempo un desayuno tan plácido como el de hoy, acaso cierta mañanas de viaje por China, una mañana en  algún vivac de Pirineos o Gredos. Eso o algo parecido, a lo que los cristianos llaman paz de espíritu. Me desperté así sin más. Mi ánimo no necesitaba las muletas del tiempo o del espacio para empezar a caminar por la mañana. Entendí que algo se estaba gestando en mí. Tenía la rara sensación de estar atravesando el Rubicón, un paso adelante y volvería a encontrarme en tierra de nadie, una sensación que desconocía desde mi primera juventud.

Cuando ingresé en el hospital recuerdo que pasar allí unos días y después salir pitando hacia mi vida corriente, digamos que era una realidad asumida. Hoy no lo veo tan claro después de más de un mes de hospital. Un cuerpo de 78 años no soporta igual una grave operación que uno de 30 ó 40; en el primero caso la vida se lleva consigo una buena parte del elo vital; en la tradición chiná sería el qi (氣), la fuerza vital que anima todos los seres y circula por el cuerpo y el universo. No es exactamente “alma” ni simplemente “energía física”, sino un principio vital intermedio entre materia, respiración, ánimo y movimiento.

Pues bien, quizás mis sensaciones apuntan a la pérdida poco a poco de ese elo, como si las enfermedades, especialmente en la edad madura, fueran minando ese elo vital, sólo que en casos como éste, el tránsito puede ser realmente violento. Presiento que uno no envejece siguiendo una línea continua, sino todo lo contrario, a trompicones y con la posibilidad de que en uno de esos trompicones te vayas definitivamente.

Victoria y Lucía habían gestionado en el Ayuntamiento estos días un servicio de limpieza para nuestra casa para cuando regrese. La verdad es que me sentó mal, sentí como si de golpe así de bóbilis bóbilis me asjudicaran una falta de autonomía que yo no sentía, algo así como si alguien me estuviera condenando a criar malvas en una silla de ruedas. Mi sentimiento de autosuficiencia o algún gusano de semejante jaez debieron considerar que eso era para gente muy disminuida. Hoy me desperté con tal ligereza de alma que apenas me costó cambiar de opinión. Me dije, un trabajo menos que hacer en casa, es decir, tiempo que podría dedicar a leer, escribir, pasear o a ejercer de hortelano.

No, no se puede decir de esta agua no beberé porque al poco rato viene el flautista del tiempo, roza con su melodía alguna cuerda sensible y ya tu espíritu está bailando una milonga con otra idea. Así de poco fiable puede llegar a ser tu ánimo

En un momento piensas que lo mejor es marcharte, ya has vivido bastante, a tu gusto, con intensidad y por tanto a otra cosa, mariposa, pero luego aparece, como sucedió anoche que Marga me envió un guasap de Serrat, y su voz cálida de 82 años y que vive la vejez con una placidez que el destino y su vida han preparado expresamente para él, te entran por el corazón como un canto a la vida. Y sí, ahí está Plutarco para seguir indicado el camino: Plutarco: “La mente no es un vaso que hay que llenar, sino un fuego que hay que encender”. ¡Qué hermoso suena esto! Fuegos, acaso ahora más livianos, con los que seguir alimentando la existencia.

 

 

 

 

 

sábado, 23 de mayo de 2026

Caerse del caballo


Hospital Montepríncipe, 23 de mayo de 2026

Se han dicho y escrito tantas cosas, sutiles verdades, pensamientos brillantes, cada cual con su cazamariposas intentando asir su propia verdad, el libro que estoy leyendo ahora de Simone Weill en el que ella trata de expresar su verdad entrevista y que yo leo al modo de quien con lupa como Sherlock Holmes va buscando rastros de conocimiento. Recuerdo aquella cueva de Platón desde cuyo interior lo único que se veía era un infinito espacio de ambigüedad. Si las cosas son así, que yo creo que lo son, uno necesita estar un tanto iluminado en ocasiones para comprender lo que lee. Se entiende que la realidad sea compleja, pero, cojones, nos lo podrían poner algo más fácil. De todos modos, y en ese entorno de la comprensión, algo que evocaba esta mañana leyendo a Simone Weill, era una idea que rescaté de algún estudioso de los antropoides; decía que si en una línea del tiempo colocábamos en un extremo a alguno de nuestros ancestros y en el otro a una persona excelente, un sabio de nuestra época o de siglos pasados, la distancia mental entre este último y un hombre medio de hoy, podría ser tan grande como la que media entre ese hombre medio de hoy y aquel otro que vivía en los árboles. Una idea que me hace pensar, cuando no comprendo algunas cosas que leo, que yo todavía debo de andar por las ramas de los árboles.

Bueno, pero a lo que iba y sin tantos rodeos, que de quien yo quería hablar era de Cicerón y Stefan Zweig. Estaba releyendo Momentos estelares de la la humanidad bajo el manzano de mi habitación de hospital, cuando uno se esos frutos rebotó sobre mi cabeza, más o menos esas cosas que le sucedió a San Pablo cuando camino de Damasco se cayó del caballo; y pude comprender entonces qué podía ser importante en la vida y qué no. Lo cuenta Zweig así: “Cicerón vivió la historia de su época como un testigo sin par. Sólo que no tuvo tiempo para una cosa, la más importante: para echar un vistazo a su propia vida”. Date, ¡bingo!

Apliquemos esta idea a muestro desquiciado mundo (ni quiero ni puedo pensar en Zapatero… tanta pena me produce). La propia vida, no la de los demás vecinos ni la de los personajes de la política o la cultura, la tuya, la que corre por tus venas, la que ama o sufre... Mira que vivir toda una existencia y no haber tenido tiempo para echar un vistazo a la propia vida…

Estos días que poco más o menos mis pensamientos se me van con frecuencia hacia el sentimiento de la propia vida, y que se me aparece sin lugar a dudas como la manifestación más importante del ser cuando de un modo u otro te paseas por los aledaños de la muerte, mi cuerpo y mis disposiciones andan rastreando como perro de caza su pieza entre las horas principalmente de la noche.

No haber tenido tiempo en la vida para observar detenidamente tu propia vida, se me aparece esta tarde como una de las mayores estupideces propias del hombre. Quizás el estar muy enfermo sea una de las oportunidades importantes que nos ofrece la vida para entendernos a nosotros mismos y comprender algo de la realidad, eso que llamamos algo pomposamente la verdad. San Pablo necesitó caerse del caballo.

viernes, 22 de mayo de 2026

Al norte de Filipinas


Hospital Montepríncipe, 22 de mayo de 2026

Hoy me desperté en un pueblo al norte de Filipinas. Yo había llegado hasta allí para fotografiar las grandes terrazas de arroz de bancales esculpidos en las laderas de las montañas y aquella primera mañana la habitación donde me desperté ofrecía parecido escenario al de la habitación del hospital. Los visillos se movían blandamente, allí eran de organdí, aquí simples estores de fabricación en serie. Sin embargo lo que no distinguía aquel espacio de éste era este sol de invierno bañando la habitación a hora temprana. Allí había un revuelo de gallinas cacareando, aquí un débil tráfico que apenas molesta.
Era como estar en Filipinas, así que intenté ponerme en situación. Me puse la bata, o el camisón, como prefieren llamarlos aquí las enfermeras, y me di una vuelta hasta la terraza. El hospital ocupa una hondonada al norte de Madrid, tan profunda ella que apenas puedo ver Guadarrama o Gredos. Ni con el GPS he logrado orientarme. Así que lo mismo podría estar en Filipinas que en Madrid.
Hace años que no tengo disposición para los grandes viajes, por eso hoy fue casi un milagro despertarme oyendo a los gallos y gallinas de aquel mi viaje a Filipinas. Creo que ganas no me faltarían si me pusiera a ello, pero lo cierto es que es muy difícil luchar contra la inercia de los años. Uno quiere ser joven y vigoroso, pero a la vuelta de la esquina te da una como ésta y ya estás criando malvas en cualquier rincón del mundo. De hecho si hubiera estado de viaje por América o Asia ya estaría bajo tierra. O simplemente si a Victoria no le hubiera dado por darse una vuelta por la parcela a las tantas de la madrugada. Allí me encontró tumbado sobre la tierra totalmente inconsciente.
La insoportable levedad del ser. Kundera. ¡Cuán leve en verdad la vida cuando se la mira de frente! Unos minutos de demora de una ambulancia, un resbalón por una empinada pendiente de hielo, y ya no eres. La vida, algo tan denso, complejo, extremo y sin embargo tan leve.
Bueno, y me adormilé, y vino después la comida y después la siesta y me desperté atontao. Buah, jornadas de hospital que me están empezando a dar dolor de cabeza porque a veces sospecho que la salida de todo esto no está muy clara. He discutido con la familia varias veces la claridad con la que veo, he visto siempre, posibles desenlaces. Creo que mi experiencia con la montaña, accidentes, rescates, situaciones difíciles por las que he pasado, compañeros muertos, pero sobre todo y muy especialmente mi relación con la Naturaleza, la soledad o mis tantas horas de vivacs bajo las estrellas o la lluvia; es decir mi yo envuelto en el líquido amniótico de la vida, han dejado en mí una visión de la vida que acepta con plenitud cuantos regalos he recibido de ella con agradecimiento, pero a lo que se une un estado de ánimo que aceptaría bien una despedida. He contado aquí más de una vez una breve historia que relata en su obra Mi lucha Karl Oven Knausgard. Su hermana había sufrido un infarto y tirada en el suelo de la calle sufrió al mismo tiempo un momento de lucidez. Le contaba días después a su hermano que toda su vida se le había presentado de repente en la mente y que había sentido una felicidad inmensa por el gusto de haber vivido así.
Ejercicio no más para salir de la modorra de después de la siesta. Escribir me cansa, como casi todo lo que hago. Un modo más de salir de esta inmovilidad de hospital que me deja el cuerpo roto.

jueves, 21 de mayo de 2026

Milene




Hospital Montepríncipe, 21 de mayo de 2026

Al fin una enfermera me ayudó a recuperar el nombre de una de sus compañeras, Milene, que me sonaba al amor del tímido Kafka y que es una de las enfermeras más competentes que parido madre . Pobre memoria mía que a pesar de ir apuntando nombres de médicos e enfermeras en un bloc de notas, estos caen en mi memoria como en un pozo sin fondo, ese pozo por donde desaparecen tantas cosas de la vida sin dejar rastro. En realidad, si nos atenemos a la memoria no somos ya aquel Hombre Demediado de Italo Calvino, sino un amasijo de que retales que se va depositando de manera anárquica y confusa en nuestro cerebro. Somos rastro de lo que fuimos, y no te digo, que diría mi hermana Montse (un millar de veces le oí esa expresión desde qué eramos niños. Comentábamos algo y ahí estaba Montse, mi querida hermana, con su “ya te digo”. Yo, que desde niño fui un poco pijo, fui el listillo de la familia . Como nací en una familia humilde (mi gran orgullo de nacimiento) pero enseguida me llevaron a los Salesianos y allí me convertí en el primero de la clase durante muchos cursos. Razón por la cual se me juntó el hambre con las ganas de comer. Cada vez que uno de mis hermanos se salía del diccionario, allí estaba su hermano mayor para corregir al que había errado. Vamos, hermano repelente. Vamos, eso “que ni te digo”, ¿verdad, hermana?

Me fui por peteneras. Estaba en aquello que decía mi hermana, “ya te digo”. No, perdón, no estaba en el “ya te digo”, sino en que somos un amasijo de restos que circulan por nuestro cerebro y de los que éste suelta prenda sólo cuando le sale de las pelotas. Y que me lo digan a mi que en estos días a veces soy capaz de enrollarme hablando de filosofía y que en otros caso no me acuerdo ni de mi nombre ;-)

De todos modos el cerebro es alucinante. Cuatro años tendría. Estoy en la calle donde nací, Calle Iglesia, afluentes de General Ricardos en puente Toledo, y estoy de pies sobre el enrejado de una alcantarilla y estoy enrollando con su cuerda uno de esos peones gordos que usábamos entonces. Eso, nada más, como si alguien me hubiera fotografiado y yo hubiera tenido esa foto siempre en la cabecera de la cama. No era la magdalena de Proust, pero se trataba de un instante de auténtica conciencia, conciencia del ser que diría si no me pareciera un tanto pedante. No sería capaz de profundizar en estas cosas (yo estudié Geografía a Historia jajaja…). Recuerdo una idea, creo que era de Mallarmé, más o menos, decía, que el poema, una idea desencadenante no nacía de una explicación larga ni de un discurso racional, sino de unas pocas palabras cargadas de electricidad. Una vez aparecen esas palabras —dos, tres, cuatro— el resto del poema “tira solo”, casi como una reacción en cadena. Pues eso, que Newton estaba un día durmiendo a piernas suelta a la sombra de un enorme manzano, le cayó una manzana en la punta de la nariz y de ahí nació toda la física moderna. También está aquello del escultor Bracusi, un millón de veces lo cité en mi blog, que venía a decir que si quieres descubrir la le ley de la gravedad es necesario que te eches la siesta a la sombra de un manzano. Lo que vale decir ponerse en situación propicia. “Las cosas no son difíciles de hacer; lo difícil es ponernos en el estado mental adecuado para hacerlas”.

Joder, se ve que mi corazón y sus aledaños cada día están mejor. Lo noto en la escritura. Hace unas semanas, ni una palabra podía escribir, así que dentro de una semana, que es cuando está prevista mi alta, no me va aguantar ni Enrique Muñiz ;-) Gracias, Enrique por esos ratos por los apareces por aquí para animar la tarde.