El Chorrillo, 4 de noviembre de 2026
¿Alentarán, me pregunto, los resultados de las urnas de EEUU hoy algo parecido a lo de Brasil, algo así para España aunque sea por los pelos? Mi pesimismo es congénito a mucho niveles, sin embargo si hoy fuera creyente no dejaría de rezar padrenuestros y avemarías hasta el mismo día de las elecciones para procurar de los dioses la gracia de unos resultados en la línea de EEUU y Brasil.
Sonrió con cierta ironía condescendiente cuando de los labios de un político en un video de propaganda electoral, Sánchez en persona, oigo hablar del amor como gancho electoral, una palabra que siempre me ruborizó decir incluso entre mis hijos y Victoria. Como arma electoral acaso pueda pasar, pero me da miedo que los empeños políticos, por mucho que en este caso sean justos de cara a una catástrofe electoral en donde la mentira y los intereses privados puedan imponerse, terminen contaminando el lenguaje de la verdad. Amor es una palabra demasiado grande y hermosa para que pueda caber dentro de las aspiraciones políticas de uno u otro signo. Diremos que bienvenida sea, aunque con cierto reparo ante lo que se nos aproxima, la invasión de los bárbaros, pero nos doleremos no obstante sabiendo cómo en este mundo el Sistema pervierte y engulle cualquier atisbo de resistencia a la fuerza del dinero.
Sí, me da dentera el uso de esa palabra, amor, en la boca de un político. Y no en sí por la palabra, sino por los políticos, esa clase social tan desprestigiada, aunque sea de izquierdas, y si no miremos a la izquierda del PSOE lo que cuesta conjuntar fuerzas y ponerse de acuerdo. La omnipresente presencia del yo, yo, sea por parte de los podemitas o esa Irene Montero que no trago, y la mentira en consecuencia, hace pensar que no tenemos remedio y que por tanto a lo mucho tendremos que conformarnos con una política llamada de centro izquierda pero nunca será capaz de subvertir los principios económicos y sociales que el Sistema hace constantemente que consideremos el actual status económico carne de nuestra carne.
A mí siempre me produjo un rubor de subirme los colores a las mejillas pronunciar esa palabra. No el amor de películas ni el de las melifluas manifestaciones de arrobo semigenital, ni esa sórdida manera de pervertir el lenguaje recurriendo a una palabra que nos viene ancha en una sociedad medio adocenada por el consumo y el interés personal, que es a quienes va dirigido ese “amor” tergiversado del señor Sánchez, al que deseamos no obstante éxito en el próximo encuentro electoral; no ese amor, aunque bien es cierto que una buena ración del otro amor sería la mejor receta para reconstruir nuestra convivencia, sólo que la realidad, la historia reciente y las tendencias de nuestra sociedad hacia el abismo del bien personal -–ande yo caliente, ríase la gente— contradicen con mucho el sentido primero del término.
Bendito el señor Sánchez si ungido con las palabras de Jesús, mejor sería decir urgido, en la última cena, “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros», de verdad nos hiciera creer lo que dice, y que con toda seguridad es un alumbramiento más de los técnicos que diseñan la estrategia electoral. El todo vale con el propósito de convencer a los indecisos, a los ingenuos o a los meramente ignorantes, forma parte de la ética corriente de las campañas electorales, amoral ética diríamos, ese oxímoron subyacente con el que constantemente vivimos en un mundo en donde dar gato por liebre estará a la orden del día. Cosas que se aprenden de niño y que de adultos debería darnos vergüenza ignorar. Alberto, me decía mi madre cuando con seis o siete años me mandaba a la cercana tienda de ultramarinos a comprar alguna cosa, fíjate bien en la balanza, que no te engañen, o cuando me mandaba a la lechería y me prevenía para que la medida de la leche no viniera complementa con agua.
El amor y la política son dos términos que pertenecen a universos muy diferentes que convendría no relacionar para no pervertir más de lo pervertido a estas alturas la nobleza de los significantes. Esto para la lógica de los bien pensantes, que de los otros no hablo porque no tengo claro hasta donde la necesidad de ganar unas elecciones puede utilizar medios impropios. Claro que no sólo de pan vive el hombre y el pragmatismo cuenta, pero…



