viernes, 23 de julio de 2021

En las obviedades vivimos

 

 

Pasado Brunissard, 23 de julio de 2021

Hacia el Col des Ayes - Pasado Brunissard


Esta mañana mientras ascendía hacia el col des Ayes pensaba que las montañas a veces son harto ruborosas, que se comportan como jovencitas decimonónicas que esconden su rubor y su timidez tras las nubes o tras otras montañas. Y es que no me parece de recibo haber descendido hasta Briançon y dejarlo hoy a mis espaldas y que en ningún momento haya tenido la oportunidad de presenciar uno de los grupos de montañas más magníficos de los Alpes, el Macizo de La Meije y la Barre des Ecrins. No sé si más adelante desde la región de Queiras se verá pero de momento me parece una descortesía que no hayan asomado mínimamente las narices para decir al menos hola al vagabundo. Y es que además esta mañana el paisaje estaba desteñido por una débil bruma que se extendía a ambos lados del Col des Ayes.

El calor se ha echado encima y allá por la hora de la comida pensé que no era tiempo de seguir caminando con tal solanera. En el restaurante de Brunissard pedí un bombón helado y un vaso de agua, el apetito no me me daba para más después de un sobrado tentempié en el Col des Ayes, y bajo un sol que desmadejaba las ideas continué camino con la intención de parar en el primer prado que se me pusiera a mano. En un lavadero cogí agua, y dios y ayuda me costó emprender vereda arriba bajo el peso de un macuto nuevamente gravado con el agua indispensable. Joder qué cansado estaba. Cuando encontré el lugar apetecido, un prado sombreado, que ni puesto allí para reposo del caminante, descargué y directamente me puse en disposición de echar una siesta. Este cuerpo mío es más sabio que todas las cosas, yo no me había enterado del todo de que había llegado el verano, y en verano la siesta es imprescindible, y él, que ya se lo debía de venir oliendo, eso de que había empezado el verano de nuevo, nada más dejar el macuto en el suelo hizo lo propio, bajó la visera del gorro para atenuar la luz de sus ojos, hizo del macuto una almohada y allí, cansado como un burro al que su amo ha forzado en exceso, se tumbó, cerró los ojos e inmediatamente quedó dormido.




Me costó hacerle salir del sopor de la siesta pero terminé consiguiéndolo después de algún esfuerzo. Pasé una buena parte de la tarde leyendo. Perucho andaba mosqueado porque el tío de Manuela se había presentado en el Pazo con pretensiones de enamorarla y casarse con ella, así que la invita a un día de excursión con intención de declararle definitivamente su amor. En todo el capítulo la Bazán derrocha tal cantidad de ternura y lindezas en relación a esa ingenua y tierna relación que mantienen Perucho y Manuela, que yo me admiraba de que mi ánimo lector siguiera intacto, un lector que un tanto exigente abandona con frecuencia libros a lo poco de empezar cuando éstos no le dan lo que espera. El sabor de romanticismo un tanto empalagoso en este caso, se salvó, sin embargo, porque en la historia persistía algo que siempre me ha llamado la atención, es el modo en cómo se ven y se sienten entre sí hombres y mujeres, y en el caso de la novela, todavía adolescentes.

¿Son realmente tan lindas esas mujeres, tan apuestos los hombres, esa cosa bonita que vemos cuando nos enamoramos? ¿Son alucinaciones que vivimos cuando percibimos en la gracia y en la sonrisa de una mujer el mejor encanto de la vida? ¿O es que hay un brujo por ahí que nos trastoca de continuo los sesos al punto de hacernos ver reunidos en tantos ejemplares del otro sexo todas las maravillas del universo?

En las obviedades vivimos, tánto como para dar por sentadas estas cosas, vamos, cosa corriente; pero sucede que a mí, viendo a Perucho como el adolescente más feliz del mundo, frente a la carita vivaracha de Manuela que le mira con parecido arrobo, se me ocurre que aquí hay gato encerrado. Ya hablaba ayer yo por aquí de lo que me había sucedido con aquella joven amiga, Líbera, que me hizo perder la razón a los veintidós años y que una década más tarde me parecía gorda, fofa y carente totalmente de interés. ¿Tanto había cambiado aquella temprana amiga ¿o sucede como anuncia el dicho, que todo depende de con los ojos con que se mire?

Yo seguía con ganas la lectura de la Pardo Bazán, pero no era propiamente el hilo de la historia lo que llamaba mi interés, creo, mi interés surgía del hecho de que al leer se recrean las sensaciones y sentimientos que duermen dentro de toda persona, o mejor, esas sensaciones que despiertan en algún momento de la vida, el primer beso, el contacto de una mano femenina, una mirada, una sonrisa, la delicadeza con que percibimos ese perfume de lo femenino en la primera juventud.

Creo que una de las principales funciones que cumple la lectura es la de poder encontrarnos a nosotros mismos en lo que leemos. ¿Cómo no seguir una lectura con atención e interés si lo que se está diciendo allí tiene tanto que ver contigo, con eso que sentiste profundamente y que te hizo soñar y vivir enajenado en alguna época de tu vida?



No sé por qué, pero hoy estaba viendo el mapa y me sorprendió encontrarme tan al sur, casi se percibía el olor a mar, y eso que seguro que no faltan menos de diez jornadas para llegar a él. Creo que voy a ir dejando esto y montando mi tienda. Ayer empecé a ver una película que me tiene prendado, una copia muy pobre, pero aún así una digna y meritoria obra como salida de la imaginación del autor de La Metamorfosis y El Proceso. Su título, El dependiente (Leonardo Favio, 1969). Una película inquietante que va a cerrar mi primera jornada, tras, sin percance alguno, haber cumplido setenta y tres años de existencia.



 

Cosas de la temprana juventud

 



Hacia el Col des Ayes, 22 de julio de 2021

Cercanías de Montgenevre-Subiendo hacia el col des Ayes.

 

Cuando uno es joven hace cosas que de mayor cuesta entenderlas o, mejor, te hacen sonreír de tan ingenuas que las encuentras. Era una mañana apacible de un descenso agradable a través de un bosque de coníferas. Bajaba tranquilo porque pensaba comer en Briançon y era pronto. He pasado por esta ciudad varias veces, pero de ella solo me han quedado dos recuerdos. Uno de ellos en la estación de ferrocarril en que con María López Carmona y Fulgencio Casado habíamos montado una especie de campamento de gitanos para secar y poner al día nuestra ropa después de nuestras actividades en Les Ecrins y La Meije. Creo que por casa queda un testimonio fotográfico de aquello, toda la ropa de la colada tendida al sol en la estación sin que al parecer ninguno de los tres mostrásemos ninguna preocupación. 

Aquí está

Nos habíamos merendado tres bellas y respetables cumbres y nuestra autoestima estaba tan alta que igual podíamos haber tendido la colada en la plaza del Ayuntamiento. La otra ocasión que recuerdo era invierno, el verano anterior me había quedado prendado de una moza de ojos vivarachos y de cuerpo que me daba temblaera de solo pensar en en él. Había probado los labios de Líbera, tan sugestivo nombre tenía, mis manos habían recorrido su cuerpo en las largas horas de la siesta y total que andaba como loquito tras el rastro de aquella mozuela. En septiembre volví a casa y durante el otoño no hice más que soñar con volver a verla. La sorpresa llegó a final de noviembre cuando ella me invitó a pasar las Navidades en su casa en un pequeño pueblo de la Alta Lombardía. Yo por entonces estudiaba y no tenía ni un ochavo, así que no se me ocurrió otra cosa que marchar a casa de Líbera en autostop. Fue un viaje de recordar toda la vida. Además, como era terco como una mula, el autostop debía hacerlo a través de los Alpes. Recuerdo un viaje a través de ellos fantástico, la gozada de disfrutar de la exquisita cordialidad de los franceses con los que viajé, ese detalle con el que todos se despedían con un Joyeux Noël cuando en un cruce debía abandonar a mi acompañante para volver a la carretera. Bueno, pues así llegué ya entrada la noche a Briançon un día que estaba todo nevado. ¿Y qué hiciste?, dirá alguno. Pues la verdad es que no me apuré en absoluto. En aquella época vivaqueábamos semanalmente en el Circo de Gredos o al principio de la Apresura, en Los Galayos, así que un vivac más tampoco era cosa del otro jueves. Elegí entre la nieve un rincón discreto en un parque público para pasar la noche. Tan joven y tan entusiasmado con la cosa de la montaña, atravesar los Alpes en invierno era un lujo para mis deseos. Al día siguiente al amanecer ya estaba otra vez en la carretera camino de Montgenevre, en cuyas cercanías había dormido precisamente esta mañana. Tengo que decir que Líbera era tremendamente caprichosa y que cuando llegué a su casa apenas me hizo caso en el batiburrillo de las fiestas que la gente joven organizaba en aquellos días. Me tuve que conformar con la hospitalidad de sus padres. Tenía otros amigos y amigas en el pueblo donde por otra parte yo había vivido durante unos cuantos meses, pero no dejó de ser un fiasco toda aquella aventura del autostop para encontrarme con que la Líbera se había enamorado repentinamente del empleado de banca que atendía una pequeña oficina en el pueblo. Muchos años después volví a visitarla y Líbera se había transformado en una mujer muy gruesa madre de dos hijas con la que no era posible hablar más que del tiempo y los acontecimientos del pueblo.

Volví a recordar toda esta historia mientras me acercaba a Briançon. Lo que decía más arriba, mirar algunas cosas de la primera juventud siempre nos hará sonreír.




Es enormemente gratificante terminar la jornada de marcha en cualquier lugar del bosque y, con la tienda puesta y todo ordenado, encender el hornillo y hacerte un gran perolo de soupe a l’oignon o una exquisita sopa Thai que he descubierto seguidas por unas lentejas, petit salé aux lentilles. Y ello acompañado por el canto de currucas y pinzones. Bendita vida de vagabundo, que aunque tiene sus momentos menos simpáticos por razón de peso o díscola espalda depara unos instantes inolvidables. ¿Dónde vas? Qué mismo da. Es el tipo de vida que me pirria, vagar allá por donde tu voluntad te dicte, sentarte junto a un arroyo para echar un trago de agua y descansar o mirar a las musarañas; levantarte cuando te place, dormir, ah, el placer de dormir con el cuerpo cansado… Y estos días ya, despertar en la noche y contemplar brevemente las estrellas antes de caer de nuevo deliciosamente en los brazos del sueño…

La búsqueda de un cartucho de gas me hizo desviarme de mi camino algunos kilómetros, pero al fin tuvo su compensación. Junto a Decathlon servían un exquisito plato del día, un pulpo que algo recordaba a las tierras de Galicia, el lujo de una cerveza, que nos debería tomar según el cardiólogo, que me supo a gloria, más remate de un tiramisú y el café. Con ello ya tuve suficiente como para emprender la ascensión del Col des Ayes, mil trescientos metros de desnivel más arriba. Me conformé con subir cuatrocientos. Mañana, bien descansado y desayunado subiré el resto.





 

jueves, 22 de julio de 2021

Lluvia

 


 

Cercanías de Montgenevre, 21 de julio de 2021

Arriba de Plampinet – Cercanías de Montgenevre


Me adormilo acunado por la cercana música de la tormenta que poco a poco va tomando posesión del lugar. Primero grandes gotas esporádicas, enseguida la violencia continuada del agua cayendo sobre la tela de la tienda con vigorosa fuerza. Suenan broncos y graves los truenos como si allí arriba se estuvieran desgarrando las montañas. La tormenta suena lenta pero poderosa.

Tumbado trato de recuperarme de un cansancio que me corría por todo el cuerpo dejándome hecho unos zorros. En la pizzería me costaba mantenerme derecho, tenía unas enormes ganas de tumbarme, fuera, bajo un árbol, pero me recuperé algo tras pagar la cuenta, entrar en el supermercado y dejar atrás Montgenevre. Después de una jornada matadora había añadido al macuto, con el agua, algo más de cuatro kilos, así que dieciocho en total. Cuando salí del asfalto para tomar la senda de Briançon una pequeña cuesta se me hizo imposible. Me tumbé un rato, pero aunque hacía sol la tormenta se anunciaba a lo lejos, así que tuve que ponerme en marcha a la búsqueda de un lugar para acampar. Milagrosamente diez minutos más tarde apareció un llano junto al sendero. Tuve el tiempo justo para instalar la tienda. Las rasgaduras de los truenos recorren el valle de parte a parte. Y de pronto un relámpago fosforece en el techo de la tienda y se produce de inmediato un temblor como salido de la entrañas de la tierra. La lluvia arrecia.



Esta mañana creí haber terminado con Los Pazos de Ulloa cuando se abrió un capítulo llamando La madre Naturaleza, que resultó ser un relato que yo había leído como novela aparte y que recordaba perfectamente. Precisamente allí el agente envolvente también era la lluvia. Mantenía vivo el recuerdo de esta escena porque acaso la relacionaba yo con muchas situaciones similares que he vivido. A dos adolescentes les sorprende el diluvio en mitad del bosque y se refugian en una cueva. La carga poética con que lleva adelante Pardo Bazán el relato es tierna, inocente y encantadora. Perucho y Manuela, unidos desde la infancia por un gran afecto y separados temporalmente porque Perucho se desplaza a Orense para seguir estudios superiores, el volver a encontrarse en una cercanía física por imperativos de la lluvia, proporcionan a la Bazán la posibilidad de desarrollar un climax lleno de encanto propio de una edad, la adolescencia, que al ser una puerta entreabierta a la vida adulta con un pie todavía en la infancia aportan detalles que despiertan nuestra ternura.

La lluvia es el marco. Y es que la lluvia tiene mucha miga. Los estados de ánimo los suelen mover circunstancias y acontecimientos muy diferentes, y la lluvia, sin ser directa inspiradora de éstos, lo que sí hace es envolver esos acontecimientos en una suerte de especial sensibilidad. Pareciera que con la lluvia el alma se predispusiera con mucha más facilidad para captar los sentimientos, para disponernos a la comprensión y a la bonanza. Lo duro se ablanda cuando lo ponemos en remojo. Quizás algo parecido sucede con nosotros, que nos dispone a la concentración sobre nosotros mismos, a la contemplación, a la inspiración, como le sucede a Serrat:

Llueve,

detrás de los cristales, llueve y llueve

sobre los chopos medio deshojados,

sobre los pardos tejados…


Yo descubrí la lluvia en Asturias. Me habían destinado como maestro a una escuela unitaria de una pequeña aldea en las montañas junto al nacimiento del Narcea y dos o tres semanas después de llegar allí un día comenzó a llover. Era un encanto, aquella monotonía de la lluvia en los cristales, sólo que empezó y no paró hasta cuatro semanas después. Aquello parecía Macondo. Eso sí que era lluvia, los caracoles trepaban a cientos por vallas y fachadas. Esto también, la novedad, nos proporcionó un nuevo quehacer. Cogimos un cubo entero de caracoles y casi llegamos a la indigestión. No volvimos a comerlos en los dos años que estuvimos allí. Conservo un recuerdo muy vivo de aquellas semanas. Cuando cesó la lluvia instalamos una chimenea en la terraza y la cerramos con ventanales acristalados. Aquella terraza se convirtió más tarde en el epicentro de nuestras mejores vivencias cuando llovía, horas y horas mirando al valle envuelto en las nubes con la sensación de estar viviendo una profunda experiencia de comunión con los elementos, allí, junto al fuego de la chimenea. La casa siempre caldeada con el carbón que la mina asignaba a la casa del maestro, la visita de la gente joven del valle con los que desde el primer momento compartimos música y fiestas nocturnas los fines de semana, el humo de las chimeneas del pueblo jugueteando entre los tejados de pizarra…

Y el caso es que la lluvia hoy sólo fue cosa de la tarde… Un desnivel considerable de subida y un larguísimo descenso no me dieron apenas tregua para otra cosa que caminar y caminar, a ratos acompañado por la Pardo Bazán y su afición a dar detalle pormenorizado de todo cuanto sucede a sus personajes, a ratos ensimismado en un paisaje que hoy se había moderado en laderas de extensos prados cubiertas casi siempre por un manto de flores, por nomeolvides, por esas gencianas de porte alto, la genciana lutea sobre la que días pasados mi amigo Cive me largó una conferencia por guasap, y con la que se hace una bebida amarga que nada gusta al amigo.












  

miércoles, 21 de julio de 2021

¿Eres Alberto, verdad? Un encuentro inesperado

 


 

Arriba de Plampinet, 20 de julio de 2021

Plaine de Tavernette - Arriba de Plampinet


Anoche cerraba mi crónica con un: ahora llueve. Pero no había terminado de dormirme cuando en el techo de mi tienda apareció una claridad delatora, era la luz de la luna que bañaba el valle y las montañas de los alrededores con su macilenta luz de cuarto creciente. Me asomé. No había rastro de nubes. Misterios de la fe lo que sucede en ocasiones en alta montaña. Armé el trípode y salí al exterior a hacer un par de tomas. La luna, esa desaparecida últimamente tras los cielos cargados de nubes y lluvias, al fin se abría paso para dotar a la noche y a las montañas de ese misterio que se desliza siempre entre la tenue claridad que se esconde en los recovecos de la noche.

No sé si llamar bendita o desagradecida a mi desmemoria al descubrir por el ínfimo detalle de un letrero que decía Refugio de los Tres Reyes, un lugar en que había desayunado varios años atrás. El día anterior mi memoria había rescatado un lugar de vivac que había usado anteriormente; sólo esos detalles daban testimonio de mi paso por estas montañas. A veces me he propuesto hacer mentalmente alguno de los recorridos del verano por las montañas ayudado por los escritos que voy dejando a su paso, sí, aunque sólo fuera para despabilar la memoria, pero siempre encuentro que la vida no me da para ello… eso y que la memoria se me resiste. Tengo un amigo que hace poco se ha matriculado en la universidad para el próximo curso, entre otras cosas para intentar tener a raya a la memoria. Yo tiré la toalla hace tiempo y hasta el ajedrez, que me ayudaba a practicarla, terminé por abandonarlo momentáneamente. ¿Bendita mi desmemoria? Pues sí, en cierto sentido sí porque ello te lleva a caminar por el mundo o las montañas como si fuera la primera vez. No recuerdo el nombre de un autor que decía que daría uno de sus brazos por poder leer El Quijote o los Cuentos de las mil y una noche, como si fuera la primera vez. Esa emoción primera que es tan difícil de repetir. ¿Alguien puede imaginar volver a vivir en su plena novedad aquellas primeras salidas a Alpes o Pirineos? Imposible. Cualquiera que visite el FB puede comprobar el esfuerzo ímprobo que hacen, hacemos, algunos por rescatar un lejano pasado. Pues eso, que la desmemoria también tiene su gracia al permitirte visitar “nuevos valles y nuevas montañas”, que en absoluto son nuevos pero que sí tienen el aroma de la novedad gracias a la desmemoria.



Amabilidad del tiempo soleado hoy que discurre parejo con el sosiego y la placidez de la lectura en torno a Los Pazos de Ulloa. Día de sol, que tomando un descanso despanzurrado en el Col de Thures amenaza con escaldarme la piel como si la metiéramos en agua hirviendo. Apacible lugar donde las montañas encuentran su reflejo entre las espirogiras de un pequeño lago. Sí, el mundo se ha hecho notablemente diferente a aquellos en que se mostraba días pasados, nublados, arraudalados de lluvias y nieblas al punto de hacer de las montañas seres diferentes, nostálgicos y taciturnos, aunque muy bellos e íntimos en el regazo de la niebla. Y como estar en el collado se hace horno termino por acortar mi descanso e inicio el descenso por la ladera opuesta volviendo a la lectura de Los Pazos de Ulloa. Y poco más abajo un grupo de cuatro se ha parado a fotografiar unas flores y paso junto ellos y en vez de recibir el bonjour de rigor u hoy el bon giorno, que entre Pinto y Valdemoro sin saber a ciencia cierta si camino por terreno italiano o francés, recibo un efusivo “buenos días”. Y no sólo eso, que enseguida uno de ellos va y me pregunta ¿Tú eres Alberto, verdad?... Y como alucino el autor de la pregunta me saca de mi asombro. Se llama José Angel y coincidimos, ahora recuerdo, el pasado año en la Alta Ruta Pirenaica, allá por tierras de Navarra, una tarde de espesísima niebla. Él asoció enseguida el hecho de que viniera leyendo con mi rostro de hombre solitario. Eso de que el mundo puede ser un pañuelo a veces es sorprendente. Entonces caminaba solo, pero en esta ocasión le acompañaban su mujer, Belén, y dos amigos más, Trujo y Alejandro. Venían como yo del lago Lemán, pero con una marcha que echaba humo. Habían salido de allí diez días después que yo. Para paliar tal diferencia de andadura no tuve más remedio que recurrir a decir de mi andar un tanto errático que lo mismo se solazaba junto a un riachuelo, que se echaba una siesta por el camino. Llevaba un rato en una animada charla con Belén y José Ángel cuando éste echó de menos sus bastones, que se habían quedado olvidados en el lugar de nuestro encuentro. No puedo caminar sin bastones, dijo. Nos despedimos y quedamos en que nos veríamos más tarde. No llegamos a encontrarnos de nuevo. Quizás mañana.

José Ángel y Belén


Los Pazos de Ulloa es una de esas novelas en las que una vez sumergido te pasas los días con un pie en la realidad presente y con el otro en el mundo del relato, en este caso una agreste región de Galicia en torno a 1866, un joven clérigo de buena voluntad, un marqués, que en realidad no lo es, licencioso, frio y desaprensivo que ostenta el título de marqués de Ulloa y un astuto labriego a las órdenes del marqués que es el que en realidad mueve todos los hilos de la hacienda de este último. Las intrigas políticas, el despotismo, el caciquismo, una estructura social cerrada sobre sí misma que acaso podría tener muchos puntos en común con aquella otra sociedad del siglo X en Japón, que describía días atrás Sei Shonagon. Allí la que partía el bacalao era una clase feudal que dominaba todas las esferas de la sociedad y aquí era la aristocracia, los caciques y un asomo de democracia que unos pocos se encargaban de manipular para que todo quedara como estaba.

Antes de entrar en Plampinet encontré un restaurante regido por una señora toda dispuesta a satisfacer de buena gana mi apetito. Sacó su teléfono y escribió allí en francés lo que le me recomendaba; la traducción: unos calabacines rebozados con no sé qué servidos con ensalada que resultaron realmente apetitosos. Además de la cerveza luego me trajo un monumental postre compuesto por tarta de chocolate, nata y helado de vainilla. Todo eso fue coronado por un café au lait que me dejó el cuerpo como nuevo.

Media hora de camino cuesta arriba, en una cueva de una pista, encontré sitio para instalar mi tienda.

José Ángel y Belén con Trujo y Alejandro

 









martes, 20 de julio de 2021

La meditación y su prima hermana la oración

 

 

Plaine de Tavernette, 19 de julio de 2021

Modane –Col de la Vallée Étroite – Plaine de Tavernette

 

A veces no entiendo cómo llegada esta hora del día todavía me quedan ganas de ponerme a escribir. No lo entiendo, de veras, ni que hubiera hecho alguna clase de voto. Y si fuera de los que busca provecho material a todo, no te digo, que esto no se pagaría ni a euro la palabra, euros además con los que no sabría qué hacer, que me sobran si nos atenemos al dicho ese de que rico es el que menos necesita y no el que más tiene. Que bueno, que aunque no me lo explique aquí estoy de nuevo con el cuerpo rendido tratando de poner cada cosa en su sitio después de una larga jornada en que la protagonista, la reina del día, ha sido mi espalda hasta el punto de que después de poner la tienda, ordenar mis cosas y hacerme un barreño de té para hidratarme, no he podido hacer más que tenderme en la colchoneta y dormitar a ver si el dolor se aliviaba. Así que bueno, aunque no me den un duro por esto ni esté sujeto a ningún voto, ahí va, bien que antes dé cuenta del lugar y la hora… uf, tardísimo, casi las ocho de la tarde. El lugar, un amplio valle de solitarias y verdes praderas rodeadas por la derecha de apuntadas cresterías a las que tengo que agradecer que me hayan ocultado un agresivo sol que ya me estaba haciendo bastante daño. La fotofobia que se me ha agregado sin que nadie la invitara a esos otros pequeños males de la edad, me está jodiendo también más de la cuenta. Por el medio de esta pradería corre un riachuelo a cuya orilla me he aplicado a pasar la noche, primero por tener el agua a mano y después por la música que desprende y que tan bien acuna mi sueño. Dicho esto ya puedo comenzar mi crónica, aunque antes quisiera decir que en estos prados nada de tomillo, romero o cualquier otra planta de olorosa fragancia, que lo que viene a mi nariz se parece mucho a aquella ocasión en que el buen Sancho ayudaba a su señor, que maltrecho había quedado, creo recordar por la paliza que le diera el Vizcaíno, a montar a Rocinante y, teniendo el trasero de su maestro poco menos que a un dedo de su nariz, se le escaparan a éste tales ventosidades que de no ser porque el señor Quijano estaba gravemente malferido, el cuerpo de su señor habría ido al suelo en medio de aquella tuforada. Aquí no son ventosidades del buen hidalgo sino el olorcillo campestre que viene de la bosta de las vacas.

En fin, empecemos por donde habría de empezar toda crónica a fin de que el lector quede al tanto de lo acaecido durante la jornada, no vaya a ser que con tanto rodeo no quede espacio para lo que debe quedar.



El badajo de la campana del pueblo golpeó solemne siete veces sobre el bronce. Aquí me acuerdo de las grandiosas secuencias de la construcción de una enorme campana y su izamiento hasta el campanario de una catedral en la película de Tarkovski, Andrei Rubliov, y me encantaría hablar de ella y la filmografía de Tarkovsky del que soy devoto feligrés, pero bueno, continuemos. Después una curruca capirotada cantó brevemente desde las ramas de un pino próximo.

El cielo se ha habituado tanto en largar sobre estas tierras baldes continuos de agua a diario que ni siquiera ayer tarde, día de sol toda la jornada, resistió la tentación de bautizar abundantemente esta tierra durante toda la noche. Uno, que entiende de pocas cosas, no se explica de dónde saca el cielo tanta agua.

La primera cosa a solucionar era hacer la compra para un par de días, lo que pude hacer en Valfrejus, un complejo turístico con todo lo que necesitan ciertos turistas para pasar sus vacaciones; entretenimientos, ya a las diez de la mañana les intentaban divertir con actividades lúdicas para niños y adultos a través de una megafonía que debía de oírse en París, tiendas en que gastarse la guita y así mover el dinero; en fin de todo, incluso se habían acordado de atender a las necesidades religiosas de los turistas y en un prado, frente a un gran crucifijo, se desarrollaba un acto que yo al principio había confundido con una sesión de taichí. Mientras que más arriba habían organizado unas carreras de coches para los niños, aquí lo que había era un numeroso grupo de adultos en estado de meditación activa que atendía obedientemente las indicaciones de un hombre mayor con movimientos de brazos, postración y en una actitud de gran devoción. Aquí, el cronista, dado, como se sabe, a extenderse en digresiones en torno a los asuntos que le pasan por el magín, debe detenerse un momento antes de continuar camino del supermercado en donde tiene que comprar la jala. 



Lo primero que se me ocurre viendo a esta gente, es que las ficciones, religiosas o de otro signo, no sólo en ocasiones funcionan, sino que acaso son necesarias, algunas, para el buen funcionamiento de la sociedad. Acaso, decía. Lo que aquella gente hacía era orar y entonces, al vagabundo, que ha tenido largas experiencias de oración en su niñez y recuerda aquel arrobo en que le sumía su devoción infantil, se le ocurre que por una vez debería ponderar aquellos actos de la niñez que se desprendían de una educación religiosa, que hoy ve equívoca e improcedente, que debería ponderarla como algo positivo dado su carácter notablemente parecido a la meditación que practicó posteriormente con más o menos continuidad a lo largo de toda la vida. Viendo a aquella gente pensaba que la oración y la meditación son actos que proporcionan sosiego y paz interior, y por tanto, deseables. Hay quien siente una profunda religiosidad, sin practicar ninguna religión, y asigna la idea de Dios a la Naturaleza, a ese Todo, que compone la totalidad de la que formamos parte, a la Vida como ente abstracto suprahunano. Quizás sea indiferente el concepto que nos formamos en nuestro interior sobre lo que es divino. Lo que sí es real, estemos en lo cierto o no en nuestras apreciaciones religiosas o en mantener la idea de la religión como una ficción, ese acto que pretende acercarnos a Dios para unos, la oración, y que para los no creyentes, es simple meditación; lo que sí es real, decía, es su efecto de apaciguamiento, de paz interior, de conexión con los otros seres vivos.



Con las compras hechas volví a ponerme en camino. Algo más de cuatro horas de subida hasta el col de la Vallée Étroite con una parada intermedia para comer algo y secar la tienda. El refugio Thabor quedaba a quince o treinta minutos fuera de ruta, así que allí quedó. Nuevas montañas al otro lado del collado y parajes solitarios, muchos más solitarios que aquellos otros senderos de La Vanoise que había dejado atrás ayer. Yo y mi espalda necesitábamos parar ya desde hacía un buen rato, pero precisaba encontrar agua previamente. Antes de llegar al collado reconocí un lugar en el que había dormido en otra ocasión haciendo el tramo rojo de la Vía Alpina, una bóveda metálica de medio cañón cerca de la cual sonaba un riachuelo, pero preferí atravesar el collado y descender a las praderías en donde al fin monté mi tienda.

Las nueve y media, y como no podía faltar aquí está la lluvia de nuevo. Me voy con la cena.