13/08/2026
Demasiado, le digo a Enrique tras leer su
último comentario a mi post de ayer, demasiado para mi adormilado estado de
ánimo esta
mañanas de
sol saliendo de entre la bruma
y los trigales como
quien se tiene que abrir paso a brazadas después del litigio
ayer tarde con la luna que quiso robarle su habitual protagonismo.
Me
“quejaba” yo ayer con mi hija y
mi cuñado de cómo en el transcurso de estas últimas semanas ha desaparecido en
mí una parte considerable de mi curiosidad. Vamos, que cuando me encuentro con
textos “difíciles” que no asimilo a la primera, la elasticidad de mi cerebro se
resiente, de modo que dejo a un lado el libro y me digo: mañana, mañana lo retomo. No estoy yo muy seguro de que ese
mañana se haga efectivo algún día. A cuento viene esto de tu comentario que de
algún modo me obliga a releerte. Sólo que no
estando mi mente en disposición para comprender claramente, quizás porque tu
enfoque se aleja del interés en que me muevo, preferiría dar alas a mi
imaginación por algún derrotero más acorde con mi habitual divagar por los
asuntos.
Quizás lo
hayas notado
ya. No tengo ni idea de por donde seguir, y sucede como si estuviera dando
vueltas, paseando, por la mañana a la espera de que, sí, como el el jamelgo de
Ariosto eche a andar para algún lado. Cuenta Italo Calvino como Ariosto en Orlando Furioso, no sabiendo cómo
continuar la historia se entretiene aquí y allá con su caballo hasta el momento
en que la inspiración de nuevo moviliza el relato. Coger por los pelos una
idea, algo que me lleve a emborronar un folio, a dar vueltas a una idea, a
mirar por delante y por detrás una escultura de bulto redondo. De momento están las golondrinas rozando veloces
en su vuelo rasante el suelo dorado de los
rastrojos. Una mañana más en que las gentes de
nuestra hispana tierra, alcanzado el climax de
ayer tarde con el eclipse, vuelve al trabajo y a sus quehaceres
diarios. La autovía frente a la mí, ya poco después del amanecer, cruza los
rastrojales, en esta época bellos como aquellos de Van Gogh.
Sobre
los rastrojales vuela una bandada de palomas y un milano real que no hace otra cosa que planear ocioso a la espera de avistar algún
gazapo que le sirva de desayuno. Niente da fare questa mattina. Una
corta caminata porque me quiero reservar para subir a dormir esta tarde a Peñalara y poca cosa
más. Arreglar algunos goteros de la huerta, quitar malas hierbas y acaso cortar el seto del oeste y desembarazar a los olmos
de las garras de las hiedras que trepan por sus troncos tan salvajemente que si las dejara
terminarían zampándose con el tiempo el árbol entero. Más o menos como
ciertos especímenes de sapiens. Esas simpáticas
hiedras que planté en casa hace treinta años y que terminaron, trepando por los
troncos, tragándose sauces, moreros y
olmos.
Me
gusta este tranquilo lugar en el extremo del
pinar desde el que contemplo cada mañana este trozo del
planeta. Aquí venía de excursión con mis alumnos, por todos estos
caminos corrí de noche y de día en aquellos tiempos
en que preparaba algún maratón; en fin, por sus senderos paseo desde hace treinta y seis años. Jesús Sepúlveda decía en Patagonia que cada uno es de donde está a gusto. Algo así me sucede a mí con estas tierras en las que vivo desde hace medio siglo.
Ahora,
ya en casa, bajo el flujo del aire del ventilador (tuve que abandonar el pinar
porque el calor empezaba a ser excesivo), vuelvo a pensar, a cuento del
comentario de Enrique, en esos libros que se me resisten últimamente, Esplendor de Portugal, de Lobo Antunes, Dar cuenta de sí mismo, de Judith
Butler, El alma y las formas, de
Goerg Lukács o La gravedad y la gracia, de
Simona Weil. Son libros que por una razón un otra me obligan a ponerme de
puntillas en un momento en que todavía no estoy preparado. Siempre me ha
gustado meterme de tanto en tanto entre pecho y espalda lecturas que me superan,
un ejercicio, como en la escalada, que en no pocas ocasiones me proporciona
curiosos placeres pese al esfuerzo de gimnasia mental que me exige.




