Hospital Montepríncipe, 18 de mayo de 2026
Por qué me habré acordado yo esta mañana de “Mis seres queridos”, de los que escribía ayer aquí. Deduzco, amigo Enrique, que no has leído a Evelyn Waugh. Es una sátira tan cruel del mundo que ronda la muerte, tal de obligar a utilizar las cursivas e incluso los interrogantes ante las supuestas verdades que el mundo va adoptando para quitarse de encima la idea de de la muerte... Cuando uno viaja no solamente hace kilómetros, sorbe con los ojos y el alma todo cuanto pasa frente a sus ojos. Todas las culturas llevan sobre sus espaldas, siglos, milenios de íntima relación con la realidad, la vida, la muerte, el amor. Y esa relación ha depurado al hombre, lo ha humanizado, dado profundidad y sentido. Sin embargo no por ello la futilidad deja de estar presente en parte de nuestras culturas que en ocasiones suele tender a convertir en basura lo más noble que del hombre pueda surgir.
Un ejemplo para saber por donde van los tiros. En el año 87, con un conocimiento casi nulo del inglés, pasé cuarenta días en la India dándole una oportunidad a mi propio yo para conocer qué se cocía más allá de las puertas de mi casa. Una mañana, al amanecer me fui a meditar en Benarés junto al Ganges. Elegí una grada junto a una pira de leña donde se quemaba el cadáver de un hombre. Junto a la pira una mujer de mediana edad envuelta en su sari lloraba la pérdida de su marido casi ya descompuesto por las llamas. No me moví de allí hasta entrado el amanecer. Estaba sumido en mi meditación cuando en cierto momento sentí pasos en la cercanía. Lo que me encontré fue un grupo de norteamericanos con sus cámaras en ristre, guiados por un hindú, que fotografíaban a diestro y siniestro sin respeto alguno para el difunto o la viuda todo el espectáculo de la muerte.
También nuestro mundo nos ha embrutecido. La muerte a través de los medios se ha convertido en algo casi anecdótico. Los muertos se convierten en soldados abatidos. Muertos dignos si son norteamericanos, basura si son gazatíes, o iraníes.
Entre el crudo mundo de Mis seres queridos y aquel otro que percibía yo en las gradas del Ganges, existe el enorme abismo de lo verdadero y lo falso, abismo de una sociedad descalabrada que necesita disfrazar la realidad de la muerte con afeites y cremas para que los muertos parezcan menos muertos.
Aquí podemos volver al mundo de Mis seres queridos. En su libro Evelyn Waugh convierte la industria funeraria moderna en una sátira feroz casi grotesca. La muerte deja de ser una experiencia humana compartida para convertirse en un espectáculo higiénico, administrado por expertos del maquillaje, la pompa y la apariencia. El cadáver ya no puede parecer muerto: debe parecer “presentable”.
Tengo ocupadísimo el día con pruebas, ejercicios, visitas, necesarios largos paseos, médicos o enfermeras. A ello se suma que me pego unas siestas enormes que me encantan. Total, que apenas me queda tiempo, y como me he tomado esto de la escritura como parte de la terapia, pues escritura al canto.
Sin mucha novedad. Mi corazón se va fortaleciendo. Esta mañana la cardióloga me ha recomendado que no ponga fechas a mi recuperación. Quizás a finales de mayo pueda contemplar la huerta y la parcela que mi hijo Mario cuida en estos momentos. No creí que fuera a aceptar tan bien mi tránsito por la enfermedad. Estoy optimista. Postergar planes pone en mi futuro inmediato una pizca de esperanza.



