lunes, 17 de enero de 2022

Si nuestras botas hablaran...

 



El Chorrillo, 17 de enero de 2022

Estaba un poco in albis esta tarde y al final me puse con las botas, un asunto que vengo alargando desde tiempo atrás. Ponerse con las botas quería decir decidir de una vez cuántos pares iban a tener que ir a la basura. Lo siento, pero es superior a mí, me cuesta deshacerme de botas que me han acompañado y protegido mis pies durante tantas y tantas caminatas. Las últimas, unas Bestard que son con las que más a gusto me encuentro, un cuarenta y uno y medio que me vienen como anillo al dedo y que todavía llevé en mi última salida, me va a doler un montón deshacerme de ellas, destrozadas, rotas, con las suelas totalmente lamidas, con parches de cola de contacto con que he ido tapando los agujeros en el cuero que le han ido saliendo con el roce de las rocas, presentan un aspecto tan lamentable… pobres.

¡Ah, si las botas hablaran… les paso las yemas de los dedos por el cuero raído, por las costuras abiertas y así poco a poco me voy despidiendo de ellas. Y es que al ir en su busca y colocar todos los pares sobre la mesa casi me salía de dentro un hilo de nostalgia al contemplarlas. Cinco pares en total. Unas que compré en Alpes a mitad de travesía porque las anteriores se caían a trozos y que como no había otra cosa en el pueblecito que las encontré, pues que tiré con ellas pese a que eran un número más grande y me bailaba el pie dentro. Son de las que menos lástima me da deshacerme; al fin y al cabo cumplieron su cometido de compromiso pese a que en los largos descensos me dejaban los dedos de los pies hechos una lástima. Su suela está desgastada; que no pasa nada. Mañana irá al contenedor.

Otras que elegí cuidadosamente para hacer en invierno el Camino de Santiago Portugués en un tiempo que anunciaba muy lluvioso. Cuidadosamente quiere decir que hice repetirme varias veces a varios vendedores en distintas tiendas que seguro que no me calarían y que nada más salir de Lisboa en un par de horas ya hacían agua como una barquichuela en medio del temporal. No las pongas encima de la estufa, me dijeron en algún albergue, que el Gore-Tex se va a ir al carajo. Debe de ser cosa de suerte porque yo he usado muchas muchas botas de Goretex y todas todas me han calado. Quizás es que eso del Goretex es sólo para una tarde de chirimiri, eso o que el Goretex que me vendían a mí era de papel de fumar. Que bueno, que las usé mucho tiempo pero que nunca tuvieron la gracia de esas Bestard por las que ahora entono un canto de despedida.

Las otras, las de invierno, unas Boreal y otras del año de la pera fuertes y robustas toda de cuero y que pesan más de un kilo cada una, en realidad, no sé por qué, las tengo menos simpatía. Cumplen su función. También es cierto que sólo las uso cuando hay nieve, no me han acompañado nunca en grandes caminatas, no han tenido tiempo de establecer una relación afectiva larga, esos tiempos de semanas y semanas en que las botas te llevan por valles y montañas a través de las lluvias y la niebla incansablemente desde que sale el sol hasta casi el final de la tarde.

Tengo un recuerdo muy especial de un par de botas que llevé en mi primera travesía de los Alpes, aquella que emprendí un buen día en Niza desatendiendo las indicaciones del traumatólogo que terminantemente me dijo que con la condropatía que tenía en la rodilla izquierda no podría caminar por montaña ni mucho menos llevar macutos pesados, y que después de no hacerle caso y tras dos meses y medio concluí en las orillas del mar Adriático. Cuando llegué al último refugio, el Grauzaria, en la provincia de Udine, las pobres estaban a punto de expirar. Habían resistido estoicamente algún millar de kilómetros y miles y miles de metros de desnivel; las pobres no podían más. Cuando llegué allí, busqué un prado, coloqué las botas y les hice un retrato, sí, un retrato, que después pasaría a componer la portada del primer libro que publiqué de mis andanzas por las montañas. Caminar cada día, se llamaba aquel volumen. Las botas quedaron en el alféizar del refugio convertidas en un macetero donde dispuse algunas flores de los alrededores con su cepellón.

En FB de tanto en tanto alguno se descuelga haciendo honor a un viejo piolet, alguna prenda, una tienda, unas botas. ¡Cuánta música hay en todos estos objetos, prendas que nos acompañaron desde nuestros más tempranos tiempos de caminar por la montaña…!

Si las botas hablaran y pudiéramos conversar con ellas cuántas historias podríamos compartir, historias que como dos viejos amigos que se encuentran al cabo de mucho tiempo podrían llenar noches y noches junto al fuego de la chimenea de alguno de aquellos refugios que frecuentábamos de jóvenes, historias de travesías, de arroyos atravesados sobre la impetuosa corriente de aguas bravas, de profundo hollar las nieves de tantos inviernos, historias también de rozaduras y pies fríos en los m0mentos más heladores de un mes de enero o febrero. Recuerdo ahora un día del pasado invierno en Marichiva que los zorros me robaron toda la comida y que, cariacontecido y algo divertido por la aventura que había tenido corriendo inútilmente tras ellos, me dormí resignado en ayunas para despertarme momentos después alarmado por la idea de que a estos mismos zorros les hubiera dado también por arramplar mis botas con los cordones entre sus colmillos. No sé, quizás lo soñé, pero el caso es que sufrí un susto de muerte. Di un brinco en el saco, abrí la cremallera de la tienda y ¡uf…!, qué alivio; allí estaban pacíficamente bajo el doble techo como siempre. Y es que los zorros son muy cabroncetes. Desde entonces ya nunca dejo las botas bajo el doble techo. Me entraba tiritona pensar quedarme allí en un collado del Guadarrama con nieve profunda hasta la rodilla sin botas. Una tontuna bastante improbable pero que me dejó tremendamente intranquilo. Sólo de pensar la broma que hubiera sido bajar hasta las Dehesas descalzo ya me ponía la piel de gallina.

 


viernes, 14 de enero de 2022

Escuchar a Puccini de rodillas

 



El Chorrillo, 15 de enero de 2022

Nada más llegado a casa procedente del Guadarrama recibo un guasap de un amigo aficionado a las efemérides que me hace sonreír. Siempre tiene la grandísima oportunidad de mostrarte algo de lo que sucedió en el día de hoy hace cincuenta, cien, mil o dos mil años, lo que tiene la gracia de sacarme momentáneamente del presente para llevarme al instante que ha elegido J para conmemorar un acontecimiento. Sus primeras líneas, antes de leer lo que sigue, me pillan desprevenido, sin embargo: “Todavía brillan las estrellas, pero cuando se apaguen, todo habrá terminado”. Viniendo como venía de dormir bajo las estrellas era cosa de mosquearse, pero no, resultaba que en tal día como hoy del año 1900 se estrenaba Tosca en el teatro Costanzi de Roma. Giacomo Puccini, cuyas óperas acaso sean las que más hemos escuchado en casa a lo largo de los años, ello sin contar un tema que nos acompañó persistentemente a todos en casa y que alguien poco después de que mi madre falleciera a las cinco de la mañana, puso en el giradiscos, un tema que no hay vez que lo oiga que no me produzca un profundo sentimiento mezcla de desazón, dolor y ese entrañable  y hondo cariño que nos acompañará durante toda la vida cuando recordamos en casa a mi madre, a la abuela. Kiri Te Kanawa era la intérprete de aquel LP que se oyó infinitamente en casa durante décadas. El tema que sonaba entonces junto al cuerpo recién fallecido de mi madre era Un bel di, del acto segundo de Madama Butterfly.

Un bel di

Pero es que el guasap de J me transportaba también a otros parajes y circunstancias lejos de España, una muy curiosa circunstancia que nos llevó a escuchar precisamente Tosca de rodillas. Merece la pena contarlo. Viajábamos por Centro América, habíamos llegado después de la comida a San José, en Costa Rica, tras doce horas de viaje ininterrumpido y, callejeando por la ciudad, nos topamos de repente con un cartel que anunciaba para esa misma tarde la única representación de Tosca. El espectáculo comenzaba en una hora. Pies para qué os quiero. En el cartel que anunciaba la ópera en la fachada del teatro una banda ancha blanca lo cruzaba por entero: “Localidades agotadas”. Jodidos por el chasco nos vamos a tomar un piscolabis y volvemos enseguida a la puerta del teatro. El mismo ambiente de gala que dos días antes con el ballet Bolshoi en Managua, pero menos provinciano; rondamos a los hombres y mujeres que se acercan a la puerta. Cuando faltan diez minutos para el comienzo de la obra hay mucha gente nerviosa con las entradas en la mano esperando a la pareja, a un amigo; preguntamos, nada. A las ocho empiezan a cerrarse las puertas, Victoria insiste con un muchacho que ya no sabe dónde poner sus nervios y que no hace otra cosa que mirar el reloj. A lo lejos aparece el amigo esperado por fin. El vestíbulo está vacío. Bueno, dice Victoria, vamos a tomarnos un café a la salud de Puccini. Y salimos andando hacia la calle. Cuando empezamos a alejarnos, un hombre se acerca apresuradamente a nosotros y nos ofrece dos entradas; ni siquiera hace intención de cobrarlas, nos las regala; salimos corriendo; la puerta está cerrada, nos abre un señor de librea, le miramos con cara de cordero camino del matadero. Le digo: ¿nos dejará entrar, por favor? Es una buena persona. Ahora son las secuencias de Fitzcarraldo, de Wernerg Herzog subiendo las escalinatas del teatro de la Opera en Managua. Llegando al tercer piso oímos ya los primeros compases de la obertura. Desde nuestras butacas la visibilidad no llega más allá de la mitad del escenario. Pero estamos dentro, en el interior de una catedral, Mario y el sacristán inician su parlamento; Tosca, celosa a rabiar rastrea el escenario buscando una voz que oyó mientras se acercaba a su amado. Y ya tengo tiempo para mirar esta pieza de museo donde no cabe un alma más, teatro pequeño, acogedor, decimonónico. Cuando comienza el segundo acto me escurro hacia la barandilla tapizada de terciopelo y encuentro la manera de seguir el espectáculo de rodillas con el cuello asomado hacia el foso; ahora puedo contemplar a mi gusto todo el escenario. Sí, señor, ver a Puccini de rodillas, toda una metáfora. Paseo a ratos la vista por el público, por las filigranas del techo, por la escena colorista, recoleta, apretada, llena de sabor de época. Y suena, lo esperaba desde hacía un largo rato, "Vissi d'arte" que canta Tosca y que tantas veces oímos a la Callas y a la Kiri Te en casa. Me sube un escalofrío por el cuerpo; los espectadores aplauden frenéticamente, la orquesta debe pararse. Y en el acto tercero el aria que hoy me enviaba J, un hermoso canto a la vida de Mario que,  prisionero en el Castillo Sant'Angelo, en Roma, espera ser fusilado aquella madrugada, “E lucevan le stelle”: Y las estrellas brillaban, y olía a tierra y ella entró y cayó en mis brazos. Oh dulces besos y lánguidas caricias; mi sueño de amor se desvanece para siempre. ¡Y muero desesperado! ¡Y nunca he amado tanto la vida! ¡Tanta vida!

¡De rodillas escuché yo aquel área…!, sí.


E lucevan le stelle


 

 


miércoles, 12 de enero de 2022

Garzón: Lo que es oportuno y lo que es de justicia

 




El Chorrillo, 12 de enero de 2022

Lo curioso del caso es que generalmente muchas de las entradas que se me ocurren últimamente nacen en esa media hora que dedico por las mañanas a ejercicios de mantenimiento. Hoy haciendo la plancha, dos minutos el cuerpo en ángulo recto apoyados los antebrazos en el suelo, me acordé de un reciente intercambio de ideas que tuve con José Manuel. Estoy haciendo sentadillas, flexiones, torsiones, tijeras con las piernas y uno u otro tema empieza a bailarme en la cabeza. Y así mis ejercicios siguen adelante su rutina mientras mi cabeza se empeña en organizar algunas ideas dispersas que han empezado a transitar por mi cerebro.

Hoy me toca saber cómo se resuelve ese dilema tan común que se abre entre lo que se debe hacer, lo que es conveniente o lo que es oportuno, variaciones sobre una posible conducta ante una realidad que nos apremia. ¿Debería Alberto Garzón haberse guardado para otra oportunidad sus declaraciones sobre las macrogranjas? ¿Han sido oportunas estas declaraciones pese al intento de la derecha de querer fabricar un bulo con lo que no se ha dicho? ¿Debe prevalecer la veracidad de unos hechos o ha de ocultarse la realidad de los mismos en función de una cuestionable idea que dice que haciendo estas declaraciones, teniendo tan cerca unas elecciones en Castilla-León, se puede perjudicar a la izquierda?

Yo desglosaría el asunto así: Existe la común creencia de que  la sociedad avanza a través de pequeñas o grandes crisis que ponen en cuestión verdades asumidas o hechos que aceptamos de mala gana. Yo he pasado en mis largas caminatas por toda la península muchas veces junto a macrogranjas y siempre me ha dado repelús ver el espectáculo que en ellas se ofrecía. Dos, tres pisos en una gran nave de miles de pollos con nulo espacio entre ellos, con la luz encendida día y noche para que hagan lo único que pueden hacer incapacitados como están para moverse: comer y defecar; granjas de cerdos en parecidas situaciones. No muy lejos de mi casa existe una de esas macrogranjas, ésta de vacas. No tienen sitio ni para sentarse en el suelo, de pies unas contra otras desde que nacen hasta que las llevan al matadero. He contado alguna vez de estas granjas en mi blog cuando me las he encontrado en mis caminatas. Todo el mundo sabe de ellas, pero nadie se lo cuestiona y nosotros, consumidores con tendencia a comprar lo no caro, incentivamos con nuestra compra esta manera salvaje de tratar a los animales, algo que sucede con la fruta que no sabe a nada y con tantos productos que comprándolos como los compramos, con la vista, el productor hace lo propio, dar productos bonitos, aunque no sepan a nada, y en el caso de la carne, carne barata pero de mala calidad. La culpable directamente de este atropello es la industria ganadera, pero… ¿no seremos nosotros a la postre los verdaderos culpables que a través de nuestros hábitos incentivamos este tipo de industrias?

Ver en primer plano un problema, una realidad, como sucede en estos instantes tras las declaraciones de Garzón, hace posible que la sociedad ponga su atención en la conveniencia o no de las macrogranjas, hace visible un problema que, diluido en la evanescencia del día a día, oculta una realidad que una sociedad no debía tolerar. Por tanto, si queremos atajar problemas que atañen a todos, hay que conseguir que éstos salga a la luz en los medios, se discuta y se intente buscar soluciones efectivas.

Pero como la realidad monda y lironda está hecha también de intereses particulares que lucran bolsillos y hacen del mercado un elemento político, ahí tenemos una herramienta útil de esta derecha necia y estúpida que ayer defendía a las eléctricas y hoy niega que existan en España las macrogranjas. Tan de borregos está lleno el patio, que incluso hasta la mayor de las necedades puestas en el pico de los “líderes” de esta execrable derecha, sirve para que el rebaño siga balando en las redes o en las páginas de los periódicos cebados por los lobbies. Oportunas son estas cosas para un rebaño para el que todo lo que dicen los fabricantes de infundios de la derecha son irrefutables verdades, fresco pasto con que alimentar la debilidad de su materia gris.

Creo firmemente que son oportunas las declaraciones. Ayer la famosa etóloga y primatóloga Jane Goodall entraba a través del ElDiario.es en la polémica de las macrogranjas y pedía que España liderara su prohibición haciendo hincapié en los nefastos efectos  que produce la ganadería industrial y las macrogranjas en el medio ambiente, en los humanos y en los animales. Le decía yo a José Manuel que no solamente me parecían oportunas estas declaraciones, sino que situaciones así las consideraba como un vehículo necesario para que la comunidad pueda analizar y cuestionar muchos de sus actos que quedan ocultos en la complejidad del mecanismo social.

Desde el punto de vista de la oportunidad de la declaración en estos momentos, de si puede afectar negativamente o no al resultado de las elecciones, creo que habría que distinguir la repercusión que pueda tener en dos ámbitos diferentes: uno, en los propios políticos y sus adláteres que se benefician de tal sistema de producción, y dos, los votantes y el público en general, que aunque una parte considerable de él esté dispuesto a alimentar con su voto un estado de injusticia distributiva, a la larga a la gente le gusta comer bien; y ya puestos a votar considerar esa llamada España Vaciada que cada vez está tomando más fuerza, lo que significa que en defensa de sus intereses obviamente no se va decantar por una ganadería intensiva que merma sus puestos de trabajo sino por aquella extensiva que es la que da de comer a la mayoría y mantiene un trato con los animales más saludable y natural.

Pedro Sánchez, que últimamente está perdiendo relevancia frente al trabajo de sus compañeros de coalición encabezados por Yolanda Díaz, no ha querido mojarse en el caso de Garzón y sólo se ha atrevido a lamentarse por los hechos (Maldigo la poesía de quien no toma partido, / Partido hasta mancharse…). Y es que en el gobierno está habiendo un cambio relevante en el reparto de posiciones dónde el jefe del ejecutivo, empeñado en adueñarse de los logros de sus compañeros de coalición, ha pasado a anunciarse como parte porque acaso la Vicepresidenta ha conseguido presentarse como el todo. Las fichas están sobre el tablero y las estrategias siguen en juego, pero es un alivio comprobar cómo esta derecha hecha del inútil esfuerzo de echar abajo todo lo que se fragüe al otro lado de sus filas, puede llegar a convertir en boomerang sus desenfrenados actos de acoso y derribo.

Resumiendo, que lo que es oportuno prevalezca sobre lo que es de justicia lo único que demostraría es que la sociedad no está preparada para asumir con propiedad la resolución de sus problemas, algo que aprovecha a cada oportunidad la derecha, venga o no a cuento, faenando con bulos y falsedades en los caladeros de la ignorancia.

 

 


lunes, 10 de enero de 2022

Sure to Wear Flowers in Your Hair

 


El Chorrillo, 10 de enero de 2022

Estaba tratando de recuperar un delicado estado de ánimo que me había venido tras el adormilamiento de una breve siesta, cuando sonó el guasap del teléfono. Un momento así no debe ser interrumpido, así que evité coger el móvil. Pudiera parecer un poco morboso si dijera que mi estado de ánimo provenía de pensar la muerte, un pensamiento algo frecuente que, curiosamente, me llena de una cierta sensación de paz. Me gusta pensar en ella, cuando la vida, henchida de sí misma como un jardín donde ha sido posible cultivar las flores más preciadas que puedan esperarse, se deja llevar, me lo pida acaso y entonces yo, de acuerdo con ella, con esa disposición en que Amado y Amada se encuentran en la noche oscura de san Juan de la Cruz, decida besar amorosamente sus labios antes de poner fin a ese largo noviazgo que nos unió desde siempre.

Se trata de un momento muy especial que a veces siento como la llegada a una cumbre, el esfuerzo de vivir, las dificultades de afrontar el mal tiempo, el gozo de la ascensión abriendo un surco con los esquís en la nieve del amanecer mientras el cielo se tiñe de malva, la dicha de superar el dorado granito por donde discurre ese aliento que la vida va dejando entre las yemas de los dedos y el alma, repartir la vida entre el peligro y la soledad, entre el placer y el frío que entumece los dedos de las manos y los pies.

Me gusta pensar en la muerte, un crepúsculo como el de esta misma tarde hecho de fuego, de ámbar, de rutilantes nubes lanceoladas meciéndose en el horizonte, o incluso, ¿por qué no instantes similares de ese caminar embebido en livianos pensamientos en medio de la aterciopelada niebla que te envolvió en tantas jornadas de caminar por las montañas y los bosques creando un reducto de paz y silencio, bruñendo tus sentidos con su inenarrable y magnífica soledad?

Livianos sí, los pensamientos que sin saber cómo ni por qué te visitan y vienen, como quien busca un lugar calentito en que protegerse del frío, a ovillarse en alguna parte del alma. Bueno, pues ya está. Ahora ya puedes ver qué dice ese guasap que sonó hace un rato.

¡Hombre!, pero si es Jorge… A Jorge le había mandado yo el día anterior la fotografía del atardecer sobre la cumbre del Torozo y ahora me preguntaba por el lugar… y como otras veces aprovechaba para regalarme algún tema musical. En esta ocasión Be Sure to Wear Flowers in Your Hair, de Scott McKenzie: Haced el amor y no la guerra. Conecto el amplificador. Me dejo embaucar por la música y su letra

If you're going to San Francisco
Be sure to wear some flowers in your hair
If you're going to San Francisco
You're gonna meet some gentle people there
 

Corría el año 1967 cuando este tema catapultó a Scott McKenzie a la fama convirtiendo la canción en una especie de himno hippie. Tiempos aquellos en que hubo la oportunidad de cambiar el mundo y en que el mayo del 68 nos sonaba como hermoso revulsivo contra una sociedad poco o nada hecha a la medida de nuestras aspiraciones. El gusto por la vida asomaba entonces por todos los resquicios de una juventud enfebrecida con la idea de hacer más habitable el mundo.

YouTube llena ahora la noche de mi cabaña con música de los años sesenta. Mis pensamientos, como una abeja que volara  de flor en flor a la búsqueda del néctar con que fabricar la miel, dejan atrás la cumbre y se deslizan no sin cierta melancolía hacia ese otro tiempo del pasado, los veinte años, en que a mí casi me fue imposible hacerme una idea a fondo de lo que sucedía en el mundo empachado como estaba con la experiencia de esa gran aventura que comenzaba a fraguarse entre las montañas. Un mundo el del final de los sesenta que pasaba como en sordina por mi conciencia y que después traté de recuperar con pobres resultados al punto de experimentar, cuando como hoy asoman algunos de sus fragmentos en forma de la música de entonces, un cierto sentimiento de culpabilidad, el de no haber vivido con intensidad lo que aquellos momentos traían al mundo. Escuchar entonces a The Doors, Led Zepellin, Mamas and Papas, Triana o Pink Floyd, entre tantos, sólo de refilón me parece hoy un lamentable desperdicio.

Si uno cuando está a punto de marcharse de este mundo pudiera convocar a todas las felices circunstancias que ha vivido (Riders On The Storm, de los Doors, suena ahora en los altavoces, recordándome que tampoco estaba tan lejos), habría que hacer un buen hueco a aquellos años, que también fueron de febriles encuentros con la música, aunque menos, mucho menos de lo que ella pedía.

Creo que hoy me voy a marchar a la cama con el buen sabor de la magdalena que deja reencontrarse con las viejas músicas, también ellas necesariamente compañeras de esos pensamientos que me visitaban tras la hora de la siesta.

 


jueves, 6 de enero de 2022

Los zapatos de Yolanda Díaz

 



El Chorrillo, 7 de enero de 2022

 

Mirando esta noche en la oscuridad el fuego de la chimenea pensaba que esto de existir tiene su gracia, pensar, sentir calor, poder escuchar el chisporroteo de las llamas, incluso el poder oír me parecía un regalo. ¡Qué cosa tan curiosa se me presentaba el hecho de ser un ser vivo! Vivo está el gato que duerme a mi lado en el sillón próximo. Él duerme muchas horas, él me pide entrar en la cabaña después de la cena y, ya sea en mi regazo o en el sillón, a veces duerme hasta más allá del mediodía. Yo duermo menos, pero no hago cosas muy distintas cuando me da por no hacer nada, sí, leo un libro, enciendo un aparato que tengo sobre la mesa en cuya pantalla me asomo al mundo, trajino aquí o allá en la parcela, preparo la cena, leo, pero también Mico caza y se zampa alguna paloma o un conejo, o se sienta sobre el tejado de la leñera a contemplar el atardecer, o viene a que le haga carantoñas. Así transcurre su vida.

Nosotros somos más sofisticados, pero en esencia no somos muy diferentes a ellos. Por ejemplo ahora mismo ha saltado del sillón al suelo y ha venido a ver si le permito estar un rato entre mis brazos. Ha saltado, se ha subido a mi regazo entre el teléfono y el pecho y ahí anda con su hociquillo acariciándome e invitándome a que yo también le acaricie. Tan sumido está uno en asuntos de toda índole que olvida esa curiosidad tan grande que es vivir; claro, del mismo modo que no somos conscientes de nuestra respiración hasta que nos falta. La compleja máquina del cuerpo no necesita de nuestros cuidados. Ahí está el corazón día y noche bombeando sangre, el cerebro inquieto yendo de un lado para otro incluso cuando estamos durmiendo; todas esas sustancias que aparecen en una analítica y que nos dicen de la regularidad con la que el cuerpo cumple su función de mantenernos vivos. Anteayer sin más que fui consciente de que la saturación del oxígeno en la sangre puede ser determinante para que eso que llamamos la vida deje de serlo si sus valores disminuyen drásticamente.

Pienso en lo divertido que podría ser abrir los ojos una mañana y no tener conocimiento alguno, como quien mete su cerebro en la lavadora y todo lo que pudiera haber en él desde el momento de nacer se fuera por el desagüe, abrir los ojos y encontrarte con seres que andan, que van subidos en unos aparatos con ruedas de un lado para otro, u otra cosa más curiosa todavía, ver como yo el otro día en el periódico, a una mujer subida en unos zapatos de punta, una tal Yolanda Díaz, andar elegantemente metida en un llamativo vestido rojo camino del Congreso de los Diputados. Claro, un cerebro recién horneado, todo él tierno y sin un conjunto de referencias, tendría muchas dificultades para organizar lo que llegara a sus sentidos y darles un significado, pero ahí precisamente es donde a mi curiosidad le gustaría escarbar, porque si las cosas, las costumbres, los hechos tienen un significado es porque ese significado se ha ido abriendo paso, se ha ido formando en nuestro cerebro de una forma concreta y no de otra.

Pero ¿por qué precisamente ese significado prevalece y no otro? Llegar a través de una serie de causalidades hasta el hecho final tal como lo vemos, una señora ministra sin más haciendo equilibrios sobre unos zapatos de punta, cuando bien podría ir calzada con unas cómodas pantuflas, requiere en la mayoría de los casos, ahora que sé que no soy precisamente un gato, pasar por una larga cadena de convenciones asumidas, relacionadas en un caso con un producto social que llamamos elegancia, relacionado con la repercusión que tiene ir vestido de determinada manera, tiene que ver con la disposición que las hembras del homo sapiens sapiens tienen de aparecer guapas y atractivas ante sus otros congéneres, tiene que ver… eso, un largo etcétera. Un largo etcétera que se ha ido construyendo a niveles diferentes, como se construye una catedral, cimientos lo primero, sobre lo que posteriormente se irá añadiendo ladrillo a ladrillo, sillar a sillar. Así nuestra cultura, nuestro modo de ver la realidad, nuestra manera de relacionarnos, las ideas que han ido sustentando a la humanidad desde que bajamos de los árboles. La civilización como un enorme edificio que ha ido ajustándose, según se iba construyendo, a las formas de pensar y sentir de generaciones y generaciones y que en unos momentos en la cultura cretense han llevado a la mujer a llevar las tetas al aire, en otros vestidas como monjas, a los hombres con enormes y aparatosas vestimentas guerreras como los húsares de Napoleón y en días como hoy con una chaqueta y un ridículo cacho de tela colgado del cuello.

Quizás volver a la infancia, con lo que ello significaría de preguntarse frecuentemente por qué esto y aquello, fuera una de las maneras más cuerdas de entender esta rareza que es la vida. Y más rara todavía cuando se observa constantemente en un crecido número de sapiens un comportamiento contra natura. Contra natura porque para mi gato, o ese ser que previamente había metido su cerebro en la lavadora para despojarlo de todo su contenido previo, que ambos serían seres propiamente producto de la naturaleza, serían cosa de reír muchos de los comportamientos que tenemos los humanos. Cada cual puede pensar cuáles son esos comportamientos locos o contra natura, pero los hay a cientos y desde luego no es el más grave que Yolanda Díaz cuando tenga muchos años pueda llegar a tener graves problemas en sus pies o en su aparato locomotor.

Quizás a fin de cuentas el asunto radique en cómo se construyen los cimientos de un pueblo, una nación, de qué se hacen estos, si son sólidos o son una pura mierda, si son coherentes con la naturaleza y la sencillez que guía a ésta o están hechos de supercherías, si les guía la ley de la selva o si esos cimientos van a servir a la armonía y convivencia de esos sapiens que por causas aleatorias vinieron a poblar este planeta hace un par de millones de años.

 

 


sábado, 1 de enero de 2022

Comenzar el año follando

 



El Chorrillo, 1 de enero de 2022

 

La aurora de rosados dedos extendía su manto de luz sobre este primer día del año que comienza, cuando un servidor, tal como el famoso hidalgo caballero de otrora los tiempos de caballería, se echó al campo a fin de dar comienzo a sus bien fundados propósitos de volver a madrugar y estrenar el día en comunión con la muy apreciada naturaleza de las primeras horas que a decir de Cervantes son de oro.

Pues sí, la aurora de azafranado velo, se esparcía por la tierra, cuando un servidor que, soñoliento y algo aturdido por el madrugón caminaba algo grogui entre las cebadas que despuntaban ya frágiles entre las labrantías tierras por las que discurría mi habitual sendero de las mañanas, cuando de repente me tropecé con la sorprendente visión de un Orfeo, al que habiéndosele concedido la compañía de Eurídice y no habiendo éste resistido la tentación de mirar el bello rostro de su amada, como por los dioses estaba mandado, vagaba ahora por el frío campo de la madrugada en busca ¿de qué?

Pues sí, en busca de gasolina, eso me dijo el tal Orfeo cuando me paré frente a él para preguntarle qué se le ofrecía, que el pobre, desabotonado y sin ocultar sus prendas interiores, a medio vestir, aparecía como poseído por una enorme resaca y como si hubiera sido depositado por los dioses en un lugar totalmente desconocido para él, un lugar tan exótico como la Luna misma. Me contó brevemente la historia de su desgracia.

Pues es que nos hemos quedado sin gasolina, me dijo. Y naturalmente lo que pensé enseguida es que me estaba tomando el pelo. De esa guisa vestido y como un beodo que hubiera pasado la noche bebiendo, no podía esperarse nada coherente. Pero no se arredró y continuó así: Pues es que… –y se veía no sólo que su lengua le oponía algún tipo de obstáculos, sino que su confusión era tan grande que pareció que me miraba como si yo fuera un extraterrestre– Pues es que… sí, que ayer después de tomar las uvas en la plaza del pueblo con mi chica Eurídice y saciado nuestro apetito y echas las ofrendas caras a Zeus, a nuestros cuerpos, colmados con crateras enteras de rutilante vino, apeteciéroles folgar, y dado que no disponían a mano de la nube correspondiente que los eclipsara, así como tampoco de la verde hierba, del loto fresco, el azafrán ni del jacinto espeso y tierno, decidimos trotar sobre nuestros corcerles hasta un paraje solitario donde entregarnos al rito del amor, mas como nuestros sentidos estaban nublados por la etílica vetustez del vino de Creta y por la euforia de las doce campanadas, erramos el camino y terminamos perdidos en los páramos de la Hélade. Y sólo tras el largo sueño que sigue a las fiestas del amor caímos en que andábamos más perdidos que Edipo tras su ceguera. Así que, egregio caminante, te ruego, te rogamos nos indiques el camino que hemos de seguir para volver a la civilización y a la cordura.

Vamos, en castellano corriente y dejando a un lado los adornos homéricos, ni Orfeo ni Eurídice, lo que realmente sucedía era que esta pareja, tras la pirotecnia de los fuegos artificiales de alguno de los pueblos de los alrededores habían cogido un pedo de padre y señor mío y sus cuerpos habían entrado en ebullición al punto de no soportar por un minuto más la presión de su hipófisis que pedía a gritos echar un polvo sin más dilación, lo que les llevó a meterse urgentemente en el coche y tirar por el primer camino rural que se les pusiera a tino para dar satisfacción a su improrrogable necesidad de dar contento al sofoco que llevaban encima, llegando así a uno de esos parajes que forman parte de mis recorridos matinales, un recoleto rincón entre los almendros, cebadas a un lado, trigales al otro, que proporcionan un lugar discreto y tranquilo donde rendir culto a Afrodita. Pero ¡ah!, hacía frío y fue necesario encender la calefacción del coche antes de comenzar con el rito previo de quitarse la ropa a fin de que dedos, manos, piernas, toda la piel de los improvisados amantes quedaran unidos en espasmódicos delirios amorosos. Sucedido lo cual, finalizada la fiesta, quedaron dormidos uno en los brazos del otro… hasta que les despertó el frío cerca del amanecer. La calefacción había dado un pequeño respingo, había hecho glo, glo, glo, y después de acabar con toda la gasolina había entrado en ominoso silencio.

Y ahora tenía yo ahí delante al Orfeo de turno, desorientado, sin gasolina en el coche, sin puñetera idea de saber dónde estaban pidiéndome el favor de orientarles y solicitando con cara afligida la caridad de un poco de gasolina. Lo primero sí, le podía decir dónde se encontraban e indicarle el camino hacia la carretera más próxima, la M-407, pero imposible atender a lo segundo porque la furgo de un servidor usa gasoil. La chica mientras tanto me miraba con cara un tanto descompuesta desde dentro del vehículo, los pelos revueltos, la mirada perdida, la contrariedad en el rostro, la ropa desordenada. No les quedaba otra solución que caminar hasta la próxima gasolinera, pedir un bidón, llenarlo de combustible y volver de nuevo al coche..

Total, un buen polvo bien merecía aquella caminata matinal. No podía hacer nada por ellos. Me despedí y seguí mi camino pensando en esa lindeza que es inaugurar el nuevo año con un buen polvo.

 


lunes, 27 de diciembre de 2021

La intimidad y el Big Data

 


Diógenes el Cínico


El Chorrillo, 28 de diciembre de 2021

 

Mi amigo Cive, José Antonio para los amigos, se interesaba ayer por algunos cabos sueltos que no cuadraban cuando yo mostraba mi entera despreocupación por que mis datos personales, lo que pienso o dejo de pensar, lo que siento, esté colgado en Internet a disposición de los buitres de los datos (así los llama él). El Gran Hermano no sólo nos vigila como el ojo omnisciente de un Dios que está en todas partes siguiendo nuestros pasos, sabiendo lo que consumimos, las webs comprometedoras que frecuenta un buen padre de familia en momentos de soledad, conociendo lo que pensamos, quienes son nuestros amigos, a qué ideología política somos adictos, qué religión practicamos, un dios a tiempo real que no sólo sabe dónde hay una retención de tráfico en cualquier parte del mundo o el número de personas que en determinado momento visitan el supermercado frente a tu casa. Y lo más gracioso es que todo eso sucede porque nosotros lo permitimos e incluso lo alentamos directa o indirectamente.

Tú me proporcionas la posibilidad de comunicarme con mis amigos e intercambiar con ellos información, pensamientos, deseos, fobias, etcétera y a cambio te guardas en el bolsillo toda esa información; tú me facilitas la posibilidad de difundir lo que escribo, las imágenes que salen del laboratorio del Photoshop, ideas que deseo compartir y a cambio todo ese material lo transformas en rentable información que vender al mejor postor, o que retienes con espurias intenciones. Estamos en el ámbito del camino que llevará inevitablemente algún día a esa distopía que vemos en el horizonte… si no se le pone remedio.

Todo eso es así, pero, le decía yo esta mañana al amigo Cive, es que nadie da duros a peseta. De parecida manera a como quién hace la ley hace la trampa, esta gente te ofrece medios de difusión y de comunicación a espuertas, pero no gratuitamente, el costo está ahí a la vista. Quieres ir de aquí a tu pueblo el fin de semana y compruebas el tráfico; Google te ofrece la posibilidad de evitar caravanas porque sabe del tráfico, pero no lo conoce porque se lo haya contado un angelito que vigila las carreteras, lo sabe porque los usuarios, que tienen conectados el gps del teléfono, están mandando a Google continuamente su ubicación; si sabes que el supermercado de la esquina tiene mucha o poca gente es porque los teléfonos de los clientes están suministrando en todo momento a Google sus movimientos. Bien hasta aquí, cosas útiles que nos ayudan a evitar atascos, pero que a renglón seguido va a conceder a estos señores la posibilidad de ofrecerte un hotel, un restaurante, o un montón de productos más en la ruta que estás siguiendo, y ello sin contar con que ese ojo que te vigila  puede utilizar tus datos de manera mucho menos inocente. ¿Alguien puede imaginar qué hubiera sido el Big Data en manos del fascismo, de Franco tras la Guerra Civil?

Es totalmente deplorable que a esta gente no se le paren los pies, pero, como decía el otro día Nieves Concostrina, las alfombras de las sedes de la Unión Europea, las del Capitolio y las de todos los estados del mundo están raídas por el paso continuado de los lobbies que las asedian. El poder económico y el político, hermanados en fraternal convivencia tienen desde siempre tantísima afición a ejercer de pastores de rebaños, que difícil va a ser que suelten prendan y nos traten con el debido respeto. Rebaño somos y en rebaño nos convertiremos, entre otras cosas gracias al manejo psicológico y sociológico del Big Data que suministra de continuo el grado de imbecilidad que es capaz de asimilar un pueblo, el de Madrid sin ir más lejos, y por consiguiente le ayuda a diseñar el discurso más conveniente para que la gilipollez y la estulticia sigan siendo claves a la hora de emitir un voto.

Que sí, que mi amigo tiene razón con todo ese asunto de la recopilación de datos. Sin más aquella de Amy Webb, cuya tesis principal expuesta en su libro Los nueve gigantes, se puede resumir en que “los gobiernos y cientos de empresas espían a los ciudadanos a todas horas, todos los días; rastrean todo lo que pueden, la ubicación, las comunicaciones, las búsquedas de internet, la información biométrica, las relaciones sociales, los problemas médicos, las compras…”. Eppur –como en otras ocasiones– la terra si muove. Es decir, no se acaba ahí la vida, porque si bien es desconcertante y criminal el uso que hacen de nuestra presencia en Internet o en las redes, también es cierto que si te la trae floja toda esta piratería (cojones tiene que hablen de piratería cuando alguien se salta los derechos de autor para leer o escuchar algo, y esto que hacen Google y Facebook, algo con creces mucho más grave, se lo considere una piadosa aportación al acerbo colectivo), es cierto, decía, que si te la trae floja desde el punto de vista personal, la cosa puede no ser tan grave.  

Le decía a José Antonio que cualquiera que lea lo que escribo por ahí creo que comprende que, en lo que se refiere a mi persona, me importa un bledo el Big Data y todo lo que se le parezca. Desde luego cosas de la edad y de esas reflexiones que tantas y tantas veces me surgen cuando desde el agujero de mi saco de dormir contemplo el firmamento. Tan poquita cosa como es uno... imagínate, le decía, las grandísimas preocupaciones que pudiera tener una de esas miles de hormigas que se mueven bajo tus botas cuando caminas por los bosques. Desde ese punto de vista esa buitrería que se ceba de datos, no llega ni siquiera a eso de pelillos a la mar. Y para mí que todas estas cosas se agudizan con la edad. A veces a uno le entran ganas de reírse de tanta paparrucha con la que inundamos el cerebro los homo sapiens sapiens. Recordemos aquella famosa cita de Shakespeare en Macbeth... de que la vida es un cuento contado por un idiota. Eso mismo. Simplemente sucede que junto a nuestra proyección social –animales sociales somos en definitiva– existe también una parte personal que es inmune a la presencia de los buitres, un aspecto de la persona que perfectamente puede prescindir de lo que hagan o no con los datos de uno, vamos, que me la trae al pairo.

El que a mí me parezca un hecho que debería ser penado por la ley, me refiero a esa usurpación de datos, creo que puede convivir perfectamente con el hecho de que yo siga expresando lo que me dé la gana en mi blog o en las redes, que es algo que  se corresponde desde nuestros más lejanos ancestros con esa necesidad de expresar, narrar, decir lo que te pasa por el magín, y que no es otra cosa lo que harían los hombres primitivos en su cueva junto al fuego de invierno después de una larga jornada de caza. Reunirse y conversar, cotillear, expresarse. Quizás esa escena nocturna alrededor del fuego de gente que conversa sea lo más parecido a lo que son hoy las redes sociales o la escritura que vamos dejando en un blog.

No me afecta eso que José Antonio denomina una nueva forma de dominación ejercida sobre todos aquellos que, con mayor o menor intensidad y frecuencia, entramos en la World Wide Web. Nadie impone una supremacía sobre mí por el hecho de disponer de información sobre mi persona. Me considero demasiado poquita cosa para que eso pueda darse. Por otra parte, si al hilo de este asunto trajéramos a colación a Diógenes el Cínico y su modo de vida y encontráramos a un periodista que pudiera hacerle una entrevista, quizás sus respuestas pudieran aliviar, al menos a nivel personal, ese signo catastrofista que veía yo en el mail de mi amigo José Antonio.