lunes, 12 de octubre de 2026

Os quiero

 


El Chorrillo, 12 de octubre de 2026

Hoy me desperté, hice mis ejercicios matinales, me duché y cuando salí del cuarto de baño al pasillo, mirando al fondo la biblioteca me sorprendió un leve e indefinido tic que debía de estar relacionado con el bienestar de vivir y habitar una bonita casa en medio del campo. Fuera, mientras estaba en el hospital, el césped, que habíamos renovado en toda la parcela, brillaba con las primeras luces del día y dentro el sol rasante del amanecer penetraba cálido en la cocina.  

Preparo el desayuno, galletas con mermelada y leche y me digo que hoy tiene que ser un día especial. Haciendo los ejercicios de la mañana en la oscuridad de la cabaña ya había notado que mi cuerpo se había despertado con alguna disposición especial. Después del desayuno encendí el teléfono. Allí encontré el guasap de mi hijo Mario: “Hola a todos, os quiero. Muy buenas noches”. Yo siempre fui reacio a usar esa expresión, “os quiero”, y en cierto sentido me da pena que se me atranque cuando alguna vez lo he expresado. Siempre me produjo cierto rubor decirlo o escribirlo, es como si el canal que usa mi alma para expresar ciertos sentimientos estuviera atrofiado por efecto de mi timidez congénita, que, aunque de adulto algo se ha curado siempre permanece ahí como si mi alma fuera reticente a mirar directamente a los ojos de aquel a quien quieres.

Y no sé si tiene que ver con esto algo de lo que me estoy acordando. La anécdota corresponde a García Márquez que contaba que estando sentado junto a Juan Rulfo en un acto público de entrega de premios, cuando le nombraron a éste para que saliera al estrado, se encontró con que su amigo había desaparecido; le encontró arrebujado bajo el asiento. Todos conocemos a García Márquez y su afición por atender al sentido mágico de la realidad, y por tanto podemos pensar que la anécdota se la inventó, sin embargo, inventada o no, sí que apunta a algún aspecto interior de personas que viéndose nombradas o sintiéndose centro de atención de los otros, la timidez se les sube a las orejas o, como le sucedió a Juan Rulfo se esconden para huir del foco que le señala.

Pues eso, que a lo mejor lo mío es simple producto de mi timidez, que aunque matizada por los años, debe de habitar todavía algún huequito escondido de mi ser. A mí me resulta bonito recordar sin embargo algunos detalles curiosos que acaso responden a un retrato de la timidez que no siempre es esconderse entre bastidores. Recuerdo una multitudinaria reunión de padres de alumnos en un colegio de Leganés en donde di clase, en que yo me empeñaba en mantener que las permanencias, clases adicionales que pagaban los padres tras el horario corriente escolar, debían desaparecer, frente a la mayoría de profes que pensaban lo contrario. El caso fue que en cierto momento la directora del colegio inesperadamente me invitó a que defendiera mi postura frente a aquel auditorio. La timidez no me duró más que unos pocos segundos. Una vez con el micro en la mano aquello se disparó (me río retrospectivamente recordando la escena) y ya me sentí como Mirabeau frente a la Asamblea Nacional Francesa (lo cuenta José María Valverde en su Historia de la Literatura) cuando Luis XVI ordenó a los diputados que abandonaran la reunión. Fue entonces que Mirabeau pronunció su célebre desafío: no abandonarían sus puestos salvo ante la fuerza de las bayonetas. Mirabeau comenzó entonces con una voz áspera y un discurso lento, hasta que su propia impaciencia desencadenó el arrebato del orador. Su discurso fue decisivo en la primera fase de la Revolución. Jajaja… se me disculpe por esta extrapolación. Es que le tengo cariño a este Mirabeau enardecido por el flujo de sus propias palabras. No sé si Mirabeau era tímido o no, pero desde luego algo de lo que llevaba dentro me puede recordar mi propia timidez, mi rubor, si se quiere. Uno puede ser tímido, pero llega un momento en que la presión interior explosiona y entonces es como esa traca final de los fuegos artificiales, Mirabeau en su mejor momento o nosotros cuando nos desborda el cariño y necesitamos apretujarnos unos con otros para aliviar la presión del amor (y date, ya estamos con otra palabra que horrores me cuesta escribir…).

 

No es lo mismo lo que sigue, pero se lo parece. Ayer me dio también un no sé qué. Había buscado en Facebook una imagen de Carlos Soria trepando por el rocódromo y allí me encontré con gente, amigos de los que no sabía nada desde hace mucho tiempo, algo más de un año que llevo desaparecido de las redes. Total, que cuando terminé de escribir el post que me había caído en suerte por la mañana (sí, que a veces no soy yo quien escribe los post, sino que son ellos los que se escriben casi solos, que sólo necesitan una breve chispa para que los dedos vuelen sobre el teclado), que cuando terminé de escribir se me ocurrió que podría hacer caso omiso de mis reticencias y compartir de nuevo allí algunas de estas cosas que escribo; al fin y al cabo un breve encuentro también con amigos y gente conocida de la que no sé nada desde hace tiempo. Quizás ese “os quiero” tenga algo que ver con el entorno social próximo que concurre como en los viejos patios de las corralas, y a falta de otra cosa, en el patio de las redes sociales.

 


domingo, 11 de octubre de 2026

Nadie sabe (Nobody knows)


 

El Chorrillo, 11 de octubre de 2026  

Más de un año hace que dejé las redes. Es curioso, pero este acto de volver a incluir el vínculo de mis posts en las redes sociales hace que me corra un leve runrún por la piel. ¿Qué será esto?, me pregunto. ¿Cierto temor a la aparición de algún molesto comentarista? ¿Simplemente el hecho de quedar expuesto a lo público tras esta larga reserva de más de un año? ¿Acaso porque abandono la intimidad que es en realidad mi blog? Sí, creo que el sentimiento dominante tiene relación con la exposición a que te ves sometido cuando ingresas en ese tinglado del Facebook. Es como dejar abierta la puerta de tu intimidad al anonimato de los otros. Quizás también la intriga de volver a encontrarme con gente conocida. Una tentación esa de poder ampliar el número de lectores de mi blog.  

Hoy no caminé ni hice ejercicios. Día raro de acaso reflexión. Reflexión, esperar a que tras mi operación de uretra de la próxima semana se produzca un reencuentro con mi otro yo, ese que asomaba discretamente esta mañana cuando abrí la web de Facebook y me encontré someramente con antiguos amigos o conocidos. Volver acaso a ser yo. A ser yo en la medida de lo posible después de casi medio año de hospitales.  

Porque acaso sea verdad que uno deja de ser yo cuando comienza una larga carrera  de hospitales que se demora ya desde las últimas semanas del pasado mes de abril. Que la realidad y las circunstancias puedan alterar ese yo… ¡qué difícil es  aceptarlo! Nadie sabe... 

Nadie sabe es el título de la tercera película de Kore-eda que veo esta semana, todas ellas sobresalientes, cuatro niños dejados a la buena de Dios en un piso de una ciudad y que nadie sabe cómo se las van a apañar. Deja a cuatro niños en una situación así y comprobemos qué sucede, parece sugerir la idea primera del film. Pese a que se basa en un hecho real la historia sugiere diferentes desarrollos en alguno de los cuales estaría implicada la capacidad frustrada en nuestra sociedad de que los niños sean capaces de atender a algunas de sus necesidades sin la concurrencia de los adultos, pero especialmente la posibilidad de que aquellos, más allá de una tutela desproporcionada, puedan explorar su creatividad y sus posibilidades latentes.  

Existe una secuencia especialmente hermosa cuando los niños, condenados a permanecer encerrados en un piso, fuerzan esta condición y salen a la calle felices como quien estrena una nueva libertad. ¿Qué hacen entonces esos niños? Juegan, corren, sienten en sí la fuerza de una energía nueva que la permanencia en el piso había dejado acartonada, una situación que libera su creatividad y que les lleva a recoger pequeñas plantas y semillas que más tarde adornarán la terraza de su casa. La casa termina siendo un desbarajuste en el transcurso de las semanas, más si cabe cuando les cortan la luz y el agua y se ven obligados a acudir a una fuente pública. Es hermoso comprobar cómo precisamente en estas circunstancias, en que se ven obligados a acudir a la fuente cercana para acarrear agua, les surge la idea de convertir el balcón de la casa en un pequeño invernadero. En tiempos de escasez de agua, el esfuerzo de los niños por regar sus plantas es una bella metáfora de la subsistencia y la relación del hombre con su entorno, con la belleza; no sólo de pan vive el hombre, parece decirnos su director Hirokazu Kore-eda. Los pequeños detalles al margen de una sociedad de consumo excesiva donde las personas, en este caso los niños, rezuman humanidad, ganas de vivir, deseos de afecto y colaboración, chocan enérgicamente con esa sociedad emergente desde hace décadas en que los niños son como ositos de peluche a los que hay que mimar y proteger de la intemperancia del ambiente. 

La admirable naturalidad de los cuatro niños a lo largo de la película, con unos primeros planos gestuales, que amén de naturales subrayan profundamente el dramatismo de la situación, es un elemento de primer orden que habla del buen trabajo de las personas que han preparado la actuación de los niños. La adustez de Akira, el niño mayor responsable de los otros, filmado en unos planos que abarcan sólo una parte de su rostro, la de los otros niños cuando un mínimo movimiento de los ojos o la boca hablan por sí mismos, o incluso la alocada actuación de la madre, dan al film una calidad de inigualable espectáculo.  

Tras Un asunto de familia, Maborosi y la pasada noche Nadie sabe, las tres de Kore-eda, confieso que siento deseos de ver toda la filmografía de este director. De una lista exhaustiva por orden de calidad que me ha hecho el ChatGPT me veo obligado a sortear el cine norteamericano y sus aledaños, casi siempre motivado por la búsqueda de la sencillez. Me encanta cómo Kore-eda pone el foco en la sensibilidad de sus personajes, su rastreo del mundo sencillo de la gente, de la infancia en concreto y especialmente su modo de diseccionar ese mundo más allá de las convenciones, dirigiendo su mirada a través de los pequeños gestos, digamos, de la profunda humanidad que resta en este barullo de sociedad confundida en medio de eso que llaman progreso y bienestar y que tan bien se retrataba días atrás en la película De tal padre, tal hijo o incluso en Nebraska; en la primera la oposición entre las aspiraciones para su hijo de un yuppie y la de éste que lo que busca es ser feliz con otros niños, y en Nebraska, las aspiraciones de un anciano que por encima de todo busca la felicidad de su hijo.  

Vuelvo al inicio de este escrito, Nadie sabe. Nadie sabe lo que me espera tras tanto hospital, tres operaciones pendientes todavía, nadie sabe lo que les espera a Akira y sus hermanos, de los que aquél jamás querría separarse, de ahí su temor a caer en las manos de los agentes sociales, nadie sabe, en fin, si las montañas y los vivacs seguirán esperándome indefinidamente.  

 

 

 

 

 

 


La ignorancia al poder

 


El Chorrillo, 12 de octubre de 2026

Buen tema para este tiempo preelectoral. Creo que la última vez que me acerqué a las estadísticas para saber el número de analfabetos funcionales que había en Estados Unidos, rondaba el 60 por ciento. Creo. En España entre 9-10 millones de personas tienen dificultades para comprender, interpretar o utilizar textos escritos en situaciones habituales, aproximadamente el 31% de la población; a ello hay que añadir un 8% que tiene dificultades incluso con textos muy sencillos (encuesta internacional PIAAC 2023 de la OCDE,). Antes de seguir adelante ¿no es ese 31-39% carne de cañón propicia para etcétera…?

Contesto a tu comentario. Por supuesto que es simplificar en exceso las cosas. En el corsé de un breve post no caben ni mucho menos toda la gama de grises que podamos encontrar entre el blanco y el negro. Estamos de acuerdo. Pero… siempre ese pero, sin embargo ello, si exoneramos al ciudadano de la responsabilidad de ejercer el voto al margen de las presiones que éste recibe, supuesto que este tenga la capacidad suficiente para elegir, lo que hacemos es echar balones fuera en nuestra argumentación. La pirámide del poder se construye a partir de los adoquines de su base, y si esa base está corrupta, es de mala calidad y no ha pasado los controles de calidad necesarios (y yo no abogaría por volver al sistema censitario basado en el nivel de riqueza, aunque acaso sí, y si fuera posible, por un sistema que permitiera acudir a las urnas sólo a aquellos que tuvieran la cabeza sobre los hombros); y si la base está corrupta, decía, lo que tenemos es una representación rancia de la idea de democracia que presupone plena conciencia de lo que se hace.

Datos: De septiembre de 2026, Donald Trump prometió pagar 5.000 dólares a cada ciudadano adulto estadounidense si los republicanos mantienen el control de las dos cámaras del Congreso en las elecciones legislativas del 3 de noviembre. El coste estimado de tal delicatessen era de 1,2 billones de dólares. Durante buena parte del siglo XIX en diversos países europeos el voto no era verdaderamente secreto en la práctica. Los candidatos y sus agentes podían comprar votos, organizar redes de favores e intimidad a los electores. El caciquismo y la compra de voluntades estaba a la orden del día. Basta echar un vistazo a la historia del pasado siglo para saber qué era eso que llamamos democracia, tan especialmente promovida a pucherazo desde su principio, por ejemplo, por Napoleón III. En otros tiempos se compraban los votos sin más, ahora se recurre a la idiotización del votante, al que no es difícil convencer con eslóganes de baja estofa que una persona de mediana cultura consideraría soeces, groseros e indignos de una persona con dos dedos de frente, ese grupo social tan extendido, la carne de cañón de siempre, que son donde la derecha y ultraderecha echa sus redes con resultados bastante halagüeños. Los idiotas que entre Bolsonaro y Lula etcétera… Y el problema trasciende el entorno de las urnas, que resulta que entre el personal corriente también existe la disposición a la fanatización. Me contaba Victoria de alguien que en el grupo de guasap del Navi había irrumpido precisamente uno de esos neandertales de reciente cuño que son fruto de la propaganda de la extrema derecha. Cada vez son más, estaban adormilados en las alcantarillas de la moral y ahora han despertado y allá van ellos, a expulsar a los inmigrantes, a proponer el velo para las mujeres si se descuidan, a ensalzar a Franco como el gran estadista de todos los siglos. Pa mear y no echar gota.

Tu texto. A veces sospecho que alguno de tus comentarios entran dentro de eso que podemos llamar provocación dialéctica o hacer de abogado del diablo. A mí me gusta ese oficio, lo ejercí muchas veces, le cogí gusto a no estar de acuerdo con esto y lo otro porque en definitiva rompía la rutina del asentimiento y permitía ver los asuntos desde ángulos distintos y descubrir eso, que el discurso no siempre es un bloque de cemento, que la gama de los grises puede ser importante. Leído por encima tu comentario parece ser una afirmación de algo de lo que exponía ayer en mi post, sin embargo, cuando llego a los dos últimos párrafos encuentro en ellos una inconsistencia argumental, la democracia consiste en garantizar que la voluntad popular etcétera; los lobbies y la financiación electoral pueden influir considerablemente en los resultados; los grupos de presión no invalidan la responsabilidad del votante, pero impiden considerarla adecuadamente; y por último ¿hasta qué punto es responsable el ciudadano cuando su voluntad está sometida etcétera…?

Con una voluntad sometida a la influencia de los poderes económicos… ¡Carajo!, ni que esos ciudadanos, todos mayores de edad, hubieran nacido ayer mismo, fueran bebés o no tuvieran capacidad de razonar. ¿O es que desde el punto de vista intelectual tenemos que tratar a tantos adultos como si fueran gilipollas a los que una banda de trileros puede engañar cada cuatro años sin que éstos se aperciban de qué va la vaina? Y aquí entra la pedagogía. En mi aula, la mayoría de los cursos con niños entre ocho y diez años, casi siempre estuvo en las paredes un letrero con una sola palabra, “pensar”, pensar, pensar, es decir usar nuestra facultades mentales por encima de todo. Por aquellos años circulaba un libro prohibido que adquiríamos en la librería Fuentetaja en fotocopias, “Pedagogía del oprimido”, se titulaba aquel libro. Yo mismo di clases a una colonia de gitanos del cerro de la Mica, en el barrio Lucero de Madrid, utilizando la pedagogía de Paulo Freire. En esencia el método consistía en enseñar a leer y escribir partiendo de imágenes desencadenantes que suscitaban el análisis y la discusión en torno a temas sociales.

Enrique, el Sistema no desea en absoluto que pensemos por nuestra cuenta. Peligraría un sistema que pusiera en entredicho, que analizara la realidad, el sistema económico, la repartición de la riqueza; de ahí que les vaya muy bien con un hacer que no cuestione, que no piense, que consuma y calle. Así hasta que se produce un chispazo, en este caso Maricarmen, y a la gente, que tampoco es tonta del todo, se le hinchen los cojones.

No creo irme por las ramas, todo esto forma parte de ese ejercicio del derecho al voto que unas minorías intentan constantemente redirigir en orden a hacer del sistema económico que vivimos una verdad asimilada hasta la médula de los huesos. No sé si leíste Ensayo sobre la lucidez, de Saramago. La quiebra del sistema se produce allí cuando los ciudadanos se niegan a votar, a dar validez con su voto a un sistema basado en la voracidad y la codicia. Aquí no hay más verdad que la causante de la situación que vivimos, la ignorancia. Y hoy el responsable de esa ignorancia es única y exclusivamente el ciudadano de a pie. Todos ya mayorcitos para que no tengamos que limpiarles el culo, para que sean capaces de utilizar lo que tienen encima de los hombros.

Por cierto, que a veces sospecho que algunos de tus comentarios tienen mucho que ver con mi propio hacer cuando era maestro, que no era otro que el provocar a mis alumnos con aparentes contradicciones. Saludos.


 

 


 

 


sábado, 10 de octubre de 2026

Recortes de prensa

 


El Chorrillo, 10 de octubre de 2026

En mis cinco minutos de leer la prensa diaria no caben todos los desvaríos con los que suelen llenar sus páginas los periódicos al uso. Y por supuesto nada de pagar por ellos, así que me tengo que conformar apenas con los titulares. El mundo está hecho una mierda y salvo los valientes y solidarios amigos de justicia y paz, una minoría, del resto no merece la pena saber más porque ya el exceso de lo que sabemos no hace otra cosa que soliviantarme. Un mundo que en líneas generales haría vomitar a cualquier hijo de vecino con un mínimo sentido de la justicia. Miren si no a ese subnormalito de Trump que con un chupete en la boca sigue clamando por el premio Nóbel de este año. Rabietas de bebé, un bebé que la ciudadanía estadounidense ha votado por mayoría para que rija los destinos del entero mundo (si es que le dejaran). ¿Por qué juzgar a este tipo de subnormales cuando son los votantes los responsables directos de los desafueros que siguen a su derecho a votar? La sociedad intenta diluir su responsabilidad, pero es sólo un intento porque de hecho si su voto recae en la perversa mente de un narcisista lo que está haciendo es alimentar la egolatría haciendo de los destinos de una nación la proyección de una mente enferma. ¿Cómo se puede dejar el destino de un país en manos de un bebé que agarrado a su chupete piensa que el mundo es suyo? Resumiendo, que en este caso a quien retrata la elección de este individuo a la cabeza del estado es con mucho a la sociedad de aquel país.

De Javier Cercas sólo me quedo con el título, “Apología del egoísmo”. Es algo que tan se masca por todos los lados que uno olvida ya la obviedad  de que otro mundo pueda existir al margen del interés. Damos tan por hecho que la economía que rige nuestra sociedad es la única posible, algo natural que se nos intenta imponer desde la mayoría de los frentes, que prácticamente llegamos a olvidar cualquier otra posibilidad. Cita Mark Ficher en su libro a David Harvey que demuestra que, la lucha de clases ha dejado de ser un antagonismo; “la lucha de clases se sigue peleando aunque de un solo lado: del lado de los ricos”. La clase capitalista ha logrado fagocitar hasta tal punto a aquella vieja clase del proletariado al punto de que ésta de manera inconsciente ha encontrado su acomodo en un sistema ante el cual no existen alternativas. “El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable. Jameson acostumbraba a detallar con horror la forma en que el capitalismo penetraba en cada poro del inconsciente” (Mark Ficher, Realismo capitalista. No hay alternativa). Decir capitalismo es hoy día un eufemismo que sustituye a la verdadera y única realidad: el interés económico y la codicia.

Sin embargo, a Dios gracias, no todo es basura en aquel país, la esperanza tiene un nombre, Zohran Mandani o Bernie Sanders, quizás la única posibilidad de que el pesimismo no sea reaccionario. Aunque el artículo de Javier Pérez Royo y Esperanza Gómez se refiera específicamente al 29N la verdad es que es difícil zafarse de ese pesimismo que nos acosa por todos los lados de la mano, naturalmente, de la derecha y extrema derecha empeñadas en hacer del mundo un charco de mierda regido por la codicia y el auspicio de la ignorancia.

De todos modos hay que echarle voluntad y sentido del humor a la cosa para ser optimista en este mundo en que vivimos y en el que el bien común parece haber pasado a mejor vida. “Ningún gobierno tiene el coraje, los cojones, de cambiar el sistema fiscal”, afirma Mariana Mazzucato. Demasiados intereses espurios, siempre ahí la tozuda realidad de que el mundo está más en manos de unos pocos, que en manos de gobernantes y parlamentarios. Se hace lo que se puede, parecen decir los pocos gobiernos progresistas que puedan llamarse tales a lo largo y ancho del mundo.

 

 


viernes, 9 de octubre de 2026

La persona más joven del mundo

 

Carlos en su entrenamiento diario

El Chorrillo, 9 de octubre de 2026

Anoche saqué un folio, lo puse sobre la mesa esperando que la habitual inspiración me visitase, pero ahí quedó, en blanco. Esta mañana tras las tareas habituales me siento frente a la mesa y allí está de nuevo el folio como mirándome de reojo y diciendo para sí, qué coño le pasa a éste que no coge el boli y hace algo por la patria. Chungo tiene que estar para que de repente se le haya cortado la leche. A este paso va a haber que mandarle de nuevo al hospital; quizás allí, como en días anteriores, se le despierten las ganas. De todos modos le comprendo, sigue razonando el folio en blanco, el hospital cuando uno se encuentra bien puede ser un lugar idóneo para en el regazo del no tener que hacer nada, surjan espontáneamente las ideas, esas reflexiones que nacen de la lectura de los libros, de la percepción de la realidad.

Mi relación con este hombre es una relación curiosa. Años y años sin escribir más de cuatro líneas y de repente, como consecuencia de una baja de un mes agarra la máquina de escribir y de ahí surge todo. Mete en el rodillo de la máquina a uno de mis primos hermanos en blanco y a partir de entonces no para. Cuando le dan el alta y tiene que volver al colegio a trabajar sólo le quedan unas páginas para terminar su primera novela. Me cuentan mis primos hermanos que fue como un rapto de conciencia. Los párrafos le salían a borbotones, empezó con las primeras impresiones de un amanecer que venían provocadas por la visión de la higuera que en aquel entonces vivía frente a su ventana, ensoñaciones, recuerdos, todo mezclado íntimamente como las raíces de los árboles de la parcela, y continuó mas tarde con largos recorridos a través del pasado. Desde entonces no ha parado, libros que recogían sus impresiones de largas rutas por Pirineos o Alpes, libros de viajes alrededor de todo el mundo, eso fue otro descubrimiento tardío, viajar, aprovechar los años de madurez, libros en fin, novelas, que con poco o mucho acierto recogían los otros recorridos de la vida desde la infancia hasta un enamoramiento pasados los cincuenta cuyo desenlace dio para escribir un buen puñado de versos.

Yo, ese folio genérico que el amigo utiliza en ocasiones como un cuchillo sobre una página en blanco para diseccionar la realidad, otros para despertar a las nostalgias del amor, las más de las veces para dar rienda suelta a pulsiones que se le acumulan en el alma, confieso que me encuentro bien en su compañía, soy su solitario acompañante de las mejores horas de su existencia, esas en las que se extasía movido por un puñado de enanitos en la contemplación de los tantos regalos que le ha hecho la vida; eso que cantara Violeta Parra de gracias a la vida que me ha dado tanto. Y es que miro más allá de su mesa en la estantería de los libros y cuento cerca de ochenta títulos publicados entre poesía, novelas y libros de viajes o de tantos senderos recorridos en la vida; todo ello a partir del último año previo a la jubilación.

Me he enterado de que la próxima semana ingresa de nuevo en el hospital y esta mañana que le veo un tanto cariacontecido, creo que le sucede que está de nuevo algo nostálgico. Ayer tarde había una llamada perdida en su teléfono de Carlos Soria y probablemente ello le ha tocado alguna fibra del alma, esa parte que se encarga de traernos a la memoria todo lo que hemos sido, los senderos que hemos recorrido, la aventura que ha sido la vida. Hoy por ejemplo se había propuesto subir a vivaquear a Siete Picos, algo que estaba en su mente antes de la última hospitalización, pero al final no se ha decidido. Parece que quiere asegurarse de que su cuerpo ha dejado de estar en precario  para volver a las andadas, esas que le sugiere Carlos, la persona más joven del mundo que él conoce, porque la juventud debe consistir en algo así como seguir guerreando pese a todos los pesares que puedan venirle a uno encima. Él admira a Carlos, admira su fuerza, su constancia, ese año que pasó recuperándose de un accidente cercano a la cumbre del Dhaulagire para al siguiente año volver a hacer cumbre en el Manaslú. Ah, si yo, este humilde folio en blanco, hubiera sido Carlos, cuánto no habría sido mi placer poder recoger en la blancura de mi papel esa su vida entre las montañas. No la que otros cuentan, que libros hay ya que han narrado su discurrir por los montes, sino lo que  pudiera contar él de sus propias vivencias interiores. ¿Qué pensará Carlos?, se ha preguntado muchas veces este sujeto que esta mañana se enfrentaba a un folio en blanco. ¿Cuál será su discurrir a esta edad en que ha comprendido que ya cumplió con la vida, que tampoco hay que llevar las cosas hasta etcétera? Mi escribiente se ha hecho este tipo de preguntas tántas veces que por fuerza podemos perdonar su curiosidad.

En fin, que se me disculpe por haberme metido hoy por medio y haber usurpado el papel al escribidor. 


miércoles, 7 de octubre de 2026

Maborosi. Kore-eda


 

El Chorrillo, 7 de octubre de 2026

Esta noche creo que voy a resistirme a ver una nueva película. La de anoche, Maborosi (1995), Kore-eda, fue densa y deja mucho material que está pidiendo ser reposado. No voy a hacer un resumen del film; remito al que quiera contextualizar el siguiente texto a buscar la reseña en el ciberespacio.

Con películas como Maborosi probablemente tendríamos que cambiar el registro corriente con el que nos acercamos al cine. Estamos habituados a tener un desenlace a mano al final de una película, una hilazón que da continuidad a un argumento y esa disposición falla con esta película donde el film parece querer hacer hincapié esencialmente en mostrarnos la experiencia de vivir. En él están el tríptico del silencio, el mar y el paso del tiempo. Cuántas veces me habré preguntado viendo la película: ¿y esto a qué? Ese hábito de espectador que se nutre de porqués y conclusiones tiene poco que hacer aquí. Comenté en alguna otra ocasión aquello que respondió Picasso, que estaba pintando, cuando le preguntaron por qué pintaba. No hay por qué, respondió, pinto simplemente. Sí, ya se que me repito con estos ejemplos, pero es que estas cosas acaso están en la médula de nuestro acontecer, de nuestro estar constantemente buscando la razón de ser de esto o lo otro, que tropieza con aquella otra necesidad, también, de atender sin porqués a aquello que hacemos.

La ausencia de porqués en la vida tiene una tradición documentada que choca con nuestras disposiciones “naturales”. Desde aquella respuesta de un alpinista al que le preguntaron sobre el porqué de escalar, a lo que contestó que escalaba para su alma, a la respuesta de Mallory que al preguntarle el porqué de esa obsesión por alcanzar la cumbre del Everest; “porque está ahí”, contestó (¡cuánto me repito!). Son muchos los momentos en la película en que uno piensa: ¿por qué Kore-eda mantiene al sujeto tanto tiempo en silencio, sin hacer nada? Nos pone nerviosos contemplar que no sucede absolutamente nada, la protagonista está sentada, no hay otros elementos que distraigan ese primer plano. La verdad es que no tengo puñetera idea sobre cómo va a continuar este post, me adentro en la escritura  recordando aquí y allá alguna escena, este o aquel detalle y caigo en que los silencios y las prolongadas escenas donde no sucede absolutamente nada, constituyen un sabroso espacio para interrogarme sobre esa afición compulsiva de tanta gente, de mí mismo en ocasiones, de ver películas, de leer libros, de leer la prensa hasta quedarnos ciegos; abrimos el periódico con la intención oculta de encontrarnos alguna novedad y cuando apenas sucede nada en el mundo hay alguien que todavía sufre una decepción. Nos es difícil vivir en el vacío de los acontecimientos, necesitamos que suceda algo que confirme nuestras expectativas, o su contrario, que nos indigne y que deseemos que Netanyahu y Trump pasen a mejor vida. El caso es estar ocupado. En Maborosi Koree-eda resiste, obliga al espectador a guardar silencio, le pone en la tesitura de experimentar el tiempo.

Esta noche, pese a que me apetecía ver una película después de un atareado día en que al fin el urólogo ha puesto fecha a mi próxima operación de uretra para el jueves de la próxima semana, he considerado que mejor necesitaba un buen rato de silencio a mi alrededor para asimilar el arte y la concepción de la realidad con la que trabaja Kore-eda. Nada de meter en el cuerpo cine, libros, tantas cosas sin dejar espacio para que se produzca una conveniente digestión. De acuerdo con que el placer estético que provoca en nosotros una buena película acaso no necesita de otra cosa que abrir los poros de nuestra alma para facilitar ese placer que la contemplación de un film o la lectura, en el caso de un libro, nos provoca. Sin embargo en todo arte existe otra dimensión, y quizás sea en el cine y en los libros donde ésta especialmente se manifiesta, aquella dimensión que nos cuestiona, que penetra en la complejidad de la realidad y nos deja pensando, nos descubre, alienta a profundizar en la realidad y en el interior de nosotros mismos. Dejando aparte la pura diversión, con todo lo legítimo que esto sea, el arte con mayúsculas debería enriquecernos como personas, debería ser un instrumento más de toma de conciencia, de posicionamiento ante la realidad. Y no hablo de algo que se ve y se toca, sino de algo mucho más importante y que no transciende más allá del tejido de eso que podemos llamar el alma. Lo que somos como personas tiene grandes débitos con los libros que hemos leído, con las películas que hemos visto a lo largo de la vida… siempre y cuando sepamos trascender el simple aspecto lúdico y estemos abiertos a las sensaciones, a los mensajes implícitos, a ver y leer con sentido crítico.

Kore-eda nos propone que experimentemos el tiempo de parecida manera que lo hace su protagonista Yumiko. No pretende que estemos pendientes de la acción, núcleo central de la mayoría del cine que vemos, pretende que habitemos el tiempo, le interesa lo que ocurre entre los acontecimientos: lo que queda después de una pérdida, la del marido de Yumiko sin más, los pequeños gestos, las cosas que no se dicen. La desnudez que nos muestra Kore-eda, tan ausente de acontecimientos, obliga al espectador a dejarse llevar por el silencio, el mar, una larga fila de aquellos que acompañan en largas secuencias un féretro, la silueta de una mujer contra el mar y frente a un fuego cuya secuencia nos obliga a especular sobre si aquello será una cremación, un símbolo ante la inmensidad del mar, una larga reflexión motivada por la muerte del marido.

De alguna manera Maborosi es una  llamada de atención sobre una sociedad que deglute sin masticar, repito, sin masticar, información, cine, libros; una sociedad cada vez más ausente de sí y de las realidades profundas porque no tiene tiempo para tantas zarandajas. Una sociedad que pretende anular los espacios y el tiempo para alimentarse sin digerir una parte importante de lo que vive. Viajamos en el AVE, en avión y reducimos el espacio y el tiempo al mínimo, con quién sabe qué finalidad; ¿pensando acaso en llegar cuanto antes al final del recorrido de nuestras vidas? La persistencia con la que Kore-eda nos obliga a ralentizar nuestra disposición a acumular experiencias, actos, como si la vida nos tuviera atrapados en un continuum de actos, de acontecimientos que en definitiva nos impidieran reflexionar sobre esa vida que cada uno estamos viviendo, es un reto, que como en El caballo de Turín, de Béla Tarr, obliga al espectador a detener sus expectativas para interrogarle por su relación con el tiempo. Desde mi posición de espectador de gustos solitarios y de hábitos de caminar semanas e incluso meses en soledad por las montañas, presiento, no puedo asegurarlo, que es prácticamente imposible asimilar tanta información, tantas cosas que leemos, que vemos en la televisión, con un mínimo de aprovechamiento cuando llenamos nuestra vida de los excesos de actividad. Algo que acaso nos obliga a pensar mediatizados por el pensamiento de los otros, a considerar nuestros pensamientos como propios cuando en realidad pertenecen a tal o cual ensayista, a tal o cual no yo. Tiramos de opiniones periodísticas, de amigos, de otros con la convicción de que expresamos nuestros propios pensamientos, y ello resulta falso porque el tiempo que dedicamos a considerar, pensar, reflexionar es totalmente insuficiente, insuficiente en tiempo y profundidad. Quizás de esta idea nace la decisión que tomé esta noche de reposar la última película, de hacer un paréntesis antes de proseguir con la interpretación de nuevos asuntos.