miércoles, 17 de junio de 2026

De los corales y el conocimiento de la realidad

 


 17/06/2026

 

(Precedente: ver comentarió aquí

En ocasiones me pregunto: ¿quién será este hombre que emplea parte de su tiempo dándole cuerda a este diletante metido a escribidor ocasional? Yo, que apenas maduro nada y que tan sólo dejo que mi experiencia y mis reflexiones, como raíces de un árbol, vayan encontrando bajo la tierra de la realidad los alimentos de que nutrirse, que vive o pretende vivir en estado de plena ósmosis donde más que la secuenciación de los razonamientos cuenta, como en el origen de la vida con los primeros seres unicelulares, la relación que tenían con el "caldo primordial" que les rodeaba absorbiendo esas sustancias directamente a través de su membrana. Así, o parecido, mucha de mi relación con el entorno. La permeabilidad espiritual que proporciona la soledad, tantos meses caminando solo por las montañas del mundo, proporciona un conocimiento no racional que acaso sea la fuente de un específico modo de vivir y de entender la existencia. 

En mi caso raramente maduro nada, creo vivir de un modo parecido a los corales. Permítete que para explicarme eche mano de cómo se desarrollan estos. Una diminuta larva de coral que nada libremente, encuentra una roca donde se fija. Se adhiere a ella y posteriormente construye su esqueleto extrayendo calcio y carbonatos del agua marina. Este ser original, que recibe el nombre de pólipo, se reproduce, se divide y produce nuevos pólipos formando una colonia. Cada generación construye un nuevo esqueleto sobre el de las anteriores. Cuando los pólipos más viejos mueren, sus esqueletos permanecen y sirven de base para los nuevos. (Descripción parcialmente tomada del ChatGPT).  

Me acordé de los corales enseguida porque creo que su evolución es bastante pareja a como sucede con el desarrollo de nuestra personalidad y pensamiento. Vamos creciendo en función de nuestra edad, experiencia y conocimiento y con el tiempo esta experiencia, este conocimiento se superponen a los primeros. Nuestras antiguas creencias e ideas (Ortega) son sustituidas con los años por otras nuevas o sutilmente diferentes. Y en ocasiones, como en los corales, nuestras viejas creencias quedan enterradas, muertas como los viejos pólipos que antes sirvieron para dar vida a nuevos corales.  

¡Claro que por medio anda la labor de la razón! No sólo de pan vive el hombre. Mi ejemplo sólo ilustra una parte de cómo nos acercamos a la realidad en una cultura y otra y como crecemos al amparo de ellas. Leo últimamente a Kitaro Nishida que trata de crear un puente entre la filosofía oriental y la  occidental. Es un texto complejo que hace que me tenga que poner de puntillas para entender buena parte de él, pero en el que insisto porque mi naturaleza me inclina más a la comprensión del mundo, de la realidad, desde una mentalidad oriental que privilegia la intuición en lugar de la razón, como se hace en Occidente, y el texto de Nishida es un profundo trabajo de síntesis entre Oriente y Occidente en donde el autor trata de superar la oposición. Él admira la precisión conceptual occidental (En tu comentario: “Ese tipo de comunicación requiere un guión mental muy estricto de tu razonamiento para poder exponerlo con claridad y sin dispersiones), pero cree que la realidad profunda es una unidad dinámica entre la razón y la intuición, la realidad profunda de cuando en meditación cerramos los ojos con la intención de ser agraciados con migajas de la comprensión (que no es exactamente comprensión sino intuición) de la complejidad de nuestro pensar y vivir.

Estudié hace muchos años Teoría del conocimiento, pero no quedó en mí ni rastro de la lectura de aquel libro. Con los años, como en los corales, capa tras capa de conocimientos posteriores, en donde acaso abundaban más las intuiciones que los propios conocimientos, han ido superponiéndose y mezclándose hasta llegar al punto de hoy en donde como dos supervivientes de un naufragio necesitados ambos de ayuda mutua, persiste un equilibrio que en ocasiones se desplaza hacia la razón, y otras, las más personales e íntimas, en que la balanza se inclina hacia la intuición, hacia una unidad dinámica anterior a una división entre el sujeto y “lo otro”.


martes, 16 de junio de 2026

Sentado a la fresca…

 



 

16/06/2026

 

(Para quien quiera saber de dónde arranca este post ver comentario aquí: https://deunjubilado.blogspot.com/2026/06/el-tamano-del-mundo.html?showComment=1781567224613#c3046026696697723899)

 

… como otras mañanas a la sombra de los pinos, caigo en que mi teléfono está en modo avión. Lo activo y date, ahí está el señor Muñiz invitándome a cacarear sobre lo que se tercie, y como lo que tenemos ambos en común es esa inquietud por meter las narices en la realidad para ver de qué está hecha, algo así como los niños inquietos que después de Reyes necesitan saber de qué están hechas las tripas del camión que le han traído –cualquier juguete complejo sirve a esta inquietud–, como tenemos esa inquietud, decía, pues a seguir el juego se ha dicho. Jugar, ver de qué está hecha la materia en la que nos movemos, la vida misma, pongamos por caso.

 

El tema de hoy, el modo en cómo uno empieza escribiendo sobre un asunto y qué sucede después, me recuerda alguna lejana idea que leí en Paul Valery que expresaba que para escribir un poema sólo necesitaba, más o menos, la inspiración del arranque, unas pocas palabras, un verso, y que después la cosa venía a ser coser y cantar. Yo lo compararía, en muchos casos, a alguien que camina en la niebla… (dos milanos reales sobrevuelan en este momento por encima de los pinos. Los contemplo, es un volar ocioso, el gozo del viento entre las alas a la espera digamos de algún acontecimiento, el más probable, el que un conejo salte entre los rastrojales. Ah, si aparece uno ya tiene seguro manduca para todo el día. Mi mente es así en ocasiones , vaga sin rumbo durante un rato hasta que, ¡zas!, ¡conejo a la vista!, idea o argumento en ciern. Cuenta Italo Calvino, creo que en Los libros de los otros, cómo Ludovico Ariosto en el primer capítulo de Orlando Furioso, aquél hace dar vueltas y vueltas a Orlando y a su caballo como quien no sabe cómo continuar, hasta cierto momento en que de verdad arranca la novela, instante en el cual el relato coge velocidad y empaque. Hay momentos en que uno avanza como los personajes de Ariosto moviéndose de acá para allá antes de saber exactamente hacia dónde dirigirse. El camino no es la ejecución de un plan previo, sino el procedimiento mediante el cual el plan acaba revelándose. Son muchos los ejemplos en la literatura clásica, creo, en donde se adivina que no hay un plan preciso y que el desarrollo de la obra es consecuencia de los sucesivos momentos de inspiración que, como quien cruza un arroyo caudaloso apoyándose en algunas rocas, ayudan a proseguir la continuidad del relato. Y sí, voy cerrando el paréntesis que ya casi ni me acuerdo en qué estaba antes de abrirlo J). Decía: alguien que camina en medio de una espesa niebla en donde de tanto en tanto se abre algún resquicio de claridad, una idea nueva, un atisbo de comprensión, etcétera.

Naturalmente no todo es inspiración. Existe una idea primera, unas palabras con que comenzar un verso, pero lo que venga a continuación será ciertamente producto del trabajo del que escribe. Dices con razón que ese tipo de comunicación requiere un guión mental muy estricto del razonamiento para poder exponerlo con claridad y sin dispersión. Para muchos casos creo que tienes razón, sin embargo eso hace suponer que quien escribe ya tiene en su cabeza un complejo número de ideas y que lo único que necesita es transcribirlas pasándolas al papel, lo cual generalmente no es mi caso. Entiendo por lo que te leo que tus ideas están más estructuradas que las mías. Quizás sirva lejanamente, digo lejanamente y sólo para entendernos, que en tu expresión predomina la razón mientras que en mi caso domina el corazón. En este sentido días atrás cité a Pascal que escribió que el corazón tiene razones que la razón no conoce. Lo mío no es precisamente guiarme por ‘estricto razonamiento”. No recibí formación académica para ello, pertenezco a una escuela en la que aprender y leer a salto de mata ha hecho de mi formación un ejemplar un tanto anárquico en donde el autodidactismo tiene sus debilidades y sus bondades a partes iguales. No recibí cierta formación académica y fui toda mi vida un tozudo autodidacta recalcitrante. Desde este punto de vista, y referido al pensamiento filosófico en general, prefiero vivir bajo el amparo de cierta cultura oriental que hacerlo influido por nuestro racionalismo occidental. Más o menos.

Es obvio que cuando terminé de leer tu comentario en mi cabeza sólo bailaban un par de consideraciones. Lo que siguió al escribir es fruto de ese juego de billar en donde unas bolas van poniendo en movimiento a otras. Y por supuesto no descarto la diversión que me produce jugar con las palabras y las ideas J, que  en este caso nacieron gracias a tu comentario. 

 

 

 

 

 


lunes, 15 de junio de 2026

El tamaño del mundo

 


15/06/2026

Ayer tarde tuvimos en casa una fiesta de cumpleaños, mis hijos mellizos, Mario y Lucía, cumplían 47 años. Nacieron con siete meses de embarazo y con un peso  inferior a un kilo. Estuvieron entre la vida y la muerte muchas semanas con una esperanza de vida en torno al cuarenta por ciento. Ahora, además de tirarnos de las orejas, cada catorce de junio es inevitable recordar esta circunstancia.

(Contesto al comentario de ayer de Enrique: https://deunjubilado.blogspot.com/2026/06/un-resquicio-de-luz-mas-alla-de-la.html) Ayer en la tertulia posterior a la fiesta surgieron estos temas que comentas, nuestra fragilidad aparecía como un imperativo universal que nos hizo reflexionar a un nivel raramente alcanzado en nuestros encuentros familiares. 

Cuando uno entra en este terreno pareciera que la realidad del mundo se circunscribiera a esa situación binaria que dices en donde sólo existe el uno y el cero. Haciendo un esfuerzo por integrar ese concepto, binario, yo defendía que vivimos dos realidades, la realidad interior, profunda, interpelativa donde el individuo y su entorno son el centro de todo, y la otra, el mundo exterior y toda sus complejidad económica, social, política, etcétera. 

En esa sucesión en donde el uno y el cero, el yo y lo otro, los otros, que conforman la realidad, existen circunstancias, digamos importantes o incluso determinantes, que actúan repentinamente como una luz en plena oscuridad, se acciona el interruptor y nuestra percepción hasta entonces centrada en el mundo y sus distracciones, de repente cambia a un estado de interiorización, reflexión, en donde el ruido del mundo languidece, pierde valor en favor del individuo y su entorno. La referencia a la alternancia de estos diferentes modos de mirar, podría compararse a cuando vamos en tren y entramos en un túnel con boquetes intermitentes que dan al campo. Esa secuencia en donde se alternan nuestro interés por lo que sucede en el mundo con el exclusivo interés por uno mismo y su entorno humano. Oscilamos constantemente entre lo social y lo individual, sin embargo cuando el entorno individual pasa por circunstancias delicadas que le afectan profundamente, lo social, lo que está más allá de ti, de los tuyos, se diluye en el plano de tu conciencia. 

Escribo en el pinar cercano mientras descanso antes de volverme a casa. Llegué, llené el recipiente del agua de los pájaros, puse algo de comida en el platito correspondiente y me substraje a la contemplación del campo, los rastrojales, la lejana silueta de Gredos. Fue después que leí el comentario de Enrique que decidí contestarle. No me encajaba del todo esa palabra que él empleaba, binario, pero traté de meterla, meterla con calzador, en mi respuesta. Ahora, ya en casa, creo que cuadraba mejor, al menos para mis argumentos, el concepto dualismo que se usa en filosofía, es decir, la doctrina que sostiene que existen dos tipos fundamentales de realidad, cuya forma más conocida es el dualismo mente-cuerpo; sin embargo no me referiría tanto a esa separación como a una dualidad entre el yo vivido y el mundo exterior. Cuando alguien atraviesa un enfermedad grave, una circunstancia difícil, es fácil que se produzca en él una especie de reordenación de la importancia de las cosas. Lo que antes parecía fundamental (la política, la actualidad, la situación económica) puede encogerse hasta convertirse en ruido de fondo. En cambio, la experiencia inmediata del propio vivir ocupa casi todo el horizonte. Precisamente vengo observando que en mis últimos escritos se me ha colado más de una vez la palabra ruido en cursiva. La razón, creo, tiene su origen en un cambio de percepción de la realidad en donde la importancia de los asuntos ha trastocado su relevancia en el sujeto que vive esa situación extraordinaria. El mundo sigue siendo el mismo, pero no tiene el mismo peso para la conciencia. Al “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega se le añade un matiz importante, la circunstancia no sólo acompaña al yo, sino que modifica el tamaño aparente del mundo. Cuando la circunstancia es extrema, el mundo exterior pierde importancia, mientras que cuando recuperamos la normalidad, vuelve a expandirse. 

Abundando en esta idea… Comencé en el hospital a leer a Kitaro Nishida, Indagación del bien. Allí el autor se pregunta si esa separación entre el “yo” y “mundo”es realmente una división de la realidad o si por el contrario se trata de una división de nuestra atención. Es decir, quizás no haya dos realidades, sino una sola realidad vivida desde perspectivas diferentes según nuestra situación vital. 

Es claro que cuando comienzo un escrito en absoluto tengo en mente el desarrollo que tendrá el mismo a continuación. Escribir en casos como estos tiene más de reflexión que otra cosa. Las concatenaciones mentales que se producen durante la escritura se parecen mucho a un proceso en el que intervienen tanto la indagación, los interrogantes que surgen en el hecho de escribir, como el desarrollo de ideas preconcebidas que en principio fueron el motor de arranque de la escritura.


Un día de escuela en el pinar

 


Ayer olvidé incluir un relato que mencionaba en mi escrito. Éste era:

 

 UN DÍA DE ESCUELA EN EL PINAR

Las tareas fueron concluidas, les esperaba la excursión del pinar. El grupo más numeroso de niños había llegado hacía un rato y Andrés esperaba a los más rezagados bajo la sombra de los primeros pinos. Le vio venir por aquel camino junto al aeródromo, un camino ancho espigado de cebadas altas y doradas a los lados. Al fondo, contra los olivos de hojas verdeazuladas el paisaje se torcía en un tapiz de leve plumaje hecho de gramíneas ligeras y brillantes. En el brazo derecho, recostado en una voluminosa escayola, se acurrucaba el chucho, un cachorro rechoncho y lanudo de pelo ceniciento y grandes manchas pardas. La mano libre se demoraba tiernamente entre las orejas garrapatosas jugando con el hocico y hundiendo sus uñas negras en los pliegues del cuello. El pelo, greñudo, sucio, caído sobre la frente hasta la línea de las cejas; el chándal, amplio, negro; el paso calmo, distraído; la mirada embelesada en la somnolienta expresión del chucho; la media sonrisa remedada de distancia en el hueco del cielo.

Sobre el suelo gredoso caía un sol seco y tajante que desmadejaba las disposiciones y aplanaba la voluntad con el peso enorme de la hora.

Su sonrisa era una sonrisa retenida; un halo de tristeza cruzaba sus ojos fugazmente en precisos momentos del día. El camino era ancho, desmesurado, excesivo, él, pequeño, exiguo, como un batir de alas apagado en el fondo de cualquier tarde de tráfico de autopista. Los adultos siempre tienen prisa, desasosegados por grandes e inaplazables asuntos que precipitan los días y las noches en pozos insondables, insustanciales, plenos de actos que sólo se justifican a sí mismos, actos sin chicha ni limoná, como el conejo de plástico que corre delante de los galgos en un canódromo de locos.

Las hermanas de Tomás crecen pechugonas y rollizas al fondo de un pasillo de tránsito difícil, apenas con tiempo para sí mismas, enjauladas en hoy, mañana, pasado mañana. Un día le preguntaron sobre el colegio, le echaron una mano, aquello encendió una lucecita que apenas pudo sostenerse unas horas, luego volvió la oscuridad, la vida fuera del tiempo y el deambular por la casa vacía, los pasos distantes de la madre en la cocina después del trabajo.

—¡Profe! ¡profe! Tomás trae un perro —un grupo de criajos corría hacia Andrés, pregonando por el camino el hallazgo. Otro grupo más numeroso desaparecía en el pinar de los Frailes espoleados por la ansiedad de ver la cabaña de Tamara y Mercedes.

—A lo mejor la han destruido —se echaba atrás Tamara después de engolosinar a todos durante el camino con una descripción muy imaginativa de los cuatro palos y algunas retamas que ellas llamaban cabaña.

—Pues seguro que ya no queda nada —añadía Mercedes.

— ¿Dónde está?, ¿dónde está? —se inquietaban algunos.

— ¡Venga, vamos! —y salieron corriendo hacia el otro extremo del pinar donde sobresalían unos eucaliptos escuálidos.

Carlos era ahora compinche de Tomás, desde que definitivamente se quedó en la cuneta arruinado por una pereza infinita que le subía del fondo del alma, se habían hecho amigos inseparables, unidos entonces por una solidaridad que nacía de la indolencia mutua que los hermanaba. Carlos sonreía con benevolencia hacia sí mismo esbozando un risueño contento como quien se conforma con un trocito de pastel que otros se comen a grandes bocados.

—Cuando llegamos a aquel pino alto vimos que Tomás tenía un animal en los brazos —Gema hablaba moviendo todo el cuerpo, abría unos ojos enormes mientras gesticulaba— es un perrito que se encontró, es chiquito y me lo dejó tocar, le dije: ¿El perro muerde?, y él me contestó: ¡Qué va a morder!

Por el camino, entre dos filas de pinos, escoltada por Tomás y Carlos, bajaba Zulaika con el chucho.

—Joroba siempre lo tienes que coger tú, ya estoy harta —a su lado casi indignada Virginia, estirada y cejijunta forcejeaba con Zulaika para arrebatarle el perro.

—Profe —se adelantó Gema García— yo creo que el perro tiene garrapatas.

— ¡Correr, venid! —un grupo de tres o cuatro, encabezados por José, corría pinar abajo embalados como una moto.

—Sí, ¿pero dónde es? —decía César desde la rama de un pino, mientras pasaba como una exhalación por debajo de su árbol este tropel de voces.

—Aquí, en el sitio de la arena gorda. —La voz venía ya detrás de un montículo próximo.

— ¡Venid, venid!

—Si no te veo.

— ¡Ah!, estás aquí —llegaron todos.

Antes las expectativas de aventura el cachorro quedó abandonado a su suerte, dio cuatro vueltas por los alrededores y, muy seguro de lo que quería, visto el panorama, se metió bajo los pantalones de Andrés que pasaba distraído las hojas de un libro sobado y amarillento, Unamuno, Viaje por tierras de España y Portugal. Llegó la voz de Ángel Luis por detrás de unas jaras:

¡Cuando yo era pequeño... —Andrés lo miró parpadeando, «cuando yo era pequeño», Ángel Luis tenía nueve años, el pelirrojo de su hermano que asistió a la escuela tres años antes que él se había quedado en un rubio intenso de bucles sedosos, tenía un expresión dulce de media sonrisa bailándole siempre en la cara. Lo dice espontáneamente, tan lúcido... Andrés reconsidera las palabras que le llegaban. Cuando yo era pequeño... eso podría llenar varios libros: el desgarro de los momentos de la adolescencia, las ilusiones de robinsón, ¡no, no era capaz de reconstruir lo simple!, la noche es húmeda... cosas así. Los recuerdos pujan por salir a flote desde algún difícil rincón del cerebro, el grano aventando de algún lugar entre Sahagún y León, las impresiones casi místicas de una mañana de domingo en la catedral de Santiago, pero todo esto se desvanecía cuando tenía que reencarnarse sobre el papel. Unamuno era un viajero que recorría el paisaje con el diario en la mano, no sirve, en cierto modo se parece a los japoneses que surcan el mundo pegado el ojo al visor de la cámara fotográfica.

Había visto acercarse a Tomás con el perro sobre los brazos y en seguida había imaginado unos planos cinematográficos con aquella escena. Tomás es un niño que le ha dado un trabajo fuera de lo común, no hace nada en la escuela, sus padres están divorciados, su madre debe estar muy ocupada, a estas alturas le falta empuje para asumir tamaña responsabilidad, ha desistido hasta el punto de que Tomás vegeta, mira al aire, se embelesa con alguna idea lejana, arrastra la impotencia insuperable del abandono; todo bajo la aparente y a veces dolorosa indiferencia de Andrés.

A pocos metros le seguía Carlos, Liza Minelli. Le hizo mucha gracia encontrar un parecido tan asombroso entre su cara y la de la actriz de Cabaret. Es un crío pequeño de cara blanca y relamida. Liza Minelli  es retorcido con cara de bueno por fuera pero con una buena mala leche por dentro. Dos días antes, arrobado por las maravillas de la punta del lápiz, fue describiendo, durante diez minutos ininterrumpidos, caminos, caminos reiterativos de ondulaciones arriba y abajo, sucesivamente, en el borde la espiral del alambre que retenía las hojas de su cuaderno de trabajo. Terminada la exploración en torno al alambre abrió el cuaderno en la primera hoja y se extasió de nuevo en largas y prolongadas meditaciones. Cuando había que hacer grupos en clase para determinados trabajos siempre se quedaba unos pasos atrás, quizás alguien le solicitara, pero no, a los otros compañeros les gusta elegir niños que sean amigos o por lo menos que sean capaces de hacer la misma tarea que ellos. « ¿Y tú, Carlos?, le preguntaba Andrés, y él levantaba los hombros expresivamente rodeando el gesto con un ademán retraído de qué-se-le-va-a-hacer; inclina la cabeza hacia delante, menea las cejas y mira retraído y lejano al maestro.

Los niños volvían una y otra vez a contar las novedades de sus exploraciones.

—Mira qué gusano he encontrado —Samuel y Beatriz trataban de capturar toda clase de bichos en un frasco de mermelada que se habían encontrado.

—Corre, mételo en el frasco —Samuel, el niño de los dinosaurios, se empeñaba en decir que habían capturado un gusano de seda. Era capaz de lanzar una conferencia entera sobre la vida y obra del tiranosaurus rex pero del resto andaba un poco despistado. Insistían en mostrar a Andrés su gusano de seda. Andrés, con mal disimulada desgana, les dijo que vaciaran el bote. Entre la arena negra del pinar apareció un insignificante gusanillo de color oscuro. Nada de la sedosa morbidez de los gusanos de seda que habían tenido otros años en clase.

—Podíais ir a investigar a ver si encontráis algún animal más grande —sugirió, quería que lo dejasen en paz, estaban a final de curso y esta tarea con los niños había dejado de ser divertida; el estímulo, por razones muy diversas, había ido desapareciendo poco a poco hasta convertirse en apenas un regato que pasa por largos y profundos periodos de sequía. El paisaje de la escuela quedó agostado y maltrecho por el ejercicio consecutivo de década y media. No, el tiempo había pasado destructor, asolando con la realidad diaria las esperanzas y las disposiciones más inquebrantables.

— ¡Profe, ven, mira! —Mario había encontrado un pájaro muerto y pretendía haberlo cazado él. No podía pensar en Mario sin que ello le produjera una dolorosa sensación de impotencia, después de dos años no había conseguido que separara medianamente bien las palabras, que garabatea a duras penas. Ante sus compañeros inventaba proezas y hazañas inconcebibles que lo resarcían ante sí mismo de sus pobres resultados escolares. Era un caso perdido.

El cachorro había encontrado un buen lugar para acurrucarse, quizás pensó que con aquello ya estaba camino del hogar; se subió al regazo de Andrés y lo miraba desde abajo con cara de perro degollado pidiendo clemencia.

—El perro se ha ido con el profe —Gema García le gritaba desde lejos a Piedad. Se acercaron y dijeron:

—Profe, ¿nos dejas al perro?

— ¡Claro! ¿y por qué no lo lleváis a dar una vuelta? —dijo él. Sería una buena idea que lo dejaran solo. Sumisión al destino, le llamó la atención una descripción que hace Unamuno de una esbelta moza montada sobre un asno camino de la huerta, sumisión al destino, intentaba relacionarlo con algo que tuviera que ver con otras ideas que a veces cruzaban por su pensamiento, pero palabras e ideas se escurrían hacía otros derroteros. Destino es un sustantivo pegajoso y desagradable, la palabra se le movía por dentro como si se hubiera rozado alguna cuerda de registro desconocido, como si estuviera despertando, inquisitorio, algún pensamiento remoto relacionado directamente con algo vital. Las palabras, su significado, atravesaban, frágiles, la tenue capa de su conciencia. ¿Qué era el destino? ¿la posibilidad plausible y necesaria dentro de otras cien opciones? ¿el cauce único del torrente, del arroyo, del río? ¿Qué es sumisión? ¿No hay más remedio ni alternativa que aquella que viene del cielo, de una opción primera, del amasijo de fuerzas que la persona y la sociedad van levantando en torno como una tela de araña recia e inaprensible? Recordaba haber reflexionado sobre esta idea hace algunos años, intentó saber cuándo fue eso pero no lo consiguió.

Desde el fondo de su cavilaciones advirtió que llevaba un rato oyendo a un coro de niños llamando insistentemente a Tomás. Era un bosque claro de pinos con unos pocos arbustos, en la hondonada que bajaba hacia el este había pequeños robles raquíticos y algún eucaliptos. Hacia el norte, sobre una pequeña loma, crecían carrascas y rebollos. Un grupo  numeroso de niñas jugaba en lo alto de la loma.

Del fondo de la hondonada, ahora sí, de nuevo las voces de llamada; Tomás no respondía. Entre los árboles del fondo vio subir a Carlos seguido por César y José.

— ¡Profe! ¡Tomás se ha perdido! —gritaban repetidamente desde lejos los tres.

Cerró el libro que estaba leyendo y echó a correr. «No es posible, es un terreno llano sin ningún peligro, tendría que haber oído las voces hace rato», iba pensando mientras bajaba precipitadamente hacia los niños que venían desde la hondonada. Por dentro se le había empezado a poner en movimiento un pequeño dispositivo de relojería que funcionó a modo de alarma y golpeó con impasible frialdad alguna parte sensible de su sistema nervioso. «Después del pinar sólo hay campos de cultivo, el pinar no debe tener más de cuatrocientos o quinientos metros de largo», mascullaba bajando a grandes zancadas una pendiente de matorrales y piedras blancas. Atravesó unas retamas altas y se metió en un jaral para tomar un camino oblicuo que bajaba recto hacia los últimos eucaliptos. Un nudo en la garganta se empezó a estrechar con energía, gritó con fuerza:

—¡¡Tomaaaaás!

No quería que los niños se asustasen pero no era capaz de controlar su propio miedo que empezaba a subirle con la certeza de lo inevitable; un golpe, un desmayo, quién sabe.

Oyó llamar alternativamente desde sitios diferentes a otros niños. Algunas voces venían desde muy lejos al otro lado de la loma.

Se paró junto a Carlos.

— ¿Cuándo le habéis visto por última vez?

—No sabemos, se marchó por allí —y señalaban la parte más retirada del pinar en el límite con una viña abandonada.

Detrás de los árboles, entre las viñas y el bosque, pasando una fila de cipreses que marcan el límite con el campo, cruzaba un camino que subía derecho una pequeña pendiente al otro lado de las vides. Ordenó a los niños que se quedaran allí, y él se dirigió hacia el viñedo. Después de los cipreses torció a la derecha y volvió a gritar:

— ¡Tomaaaás! ¡Tomaaaaás!

El hado de la irracionalidad sembraba todo aquello de pozos oscuros y profundos donde el miedo impedía gritar un nombre. Se enganchó en una rama y cayó de bruces en el suelo. « ¡Mierda!» Todavía podría estar tras las retamas que apuntaban cien o doscientos metros junto al camino.

No se oía nada, los niños habían vuelto posiblemente a los juegos con los que estaban hace cinco minutos. Se detuvo, sólo los pájaros quebraban un silencio infame y perturbador. La cueva del Minotauro, las olas rompiendo negras, cercanas, salpicando de miedo esta angustia de tarde. Volvió a correr rápido, desesperadamente, hablando solo.

La carrera desordenada le dejaba sin resuello, sentía hincársele en la carne un silencio hondo y doloroso. No quería imaginarse lo peor, pero ahí estaba, punzándolo con esa posibilidad innombrable. Los segundos parecían pasar vastos y dilatados como el mar. Andrés levantó la vista, el cielo era intensamente azul, vigorosamente duro y descarnado.

Rodeó un sembrado de avena, subió una pendiente marcada por profundas rodadas de tractor, pisó un macizo de chupamieles, había amapolas entre la avena. Una flojera le subía por los muslos. «Es irracional, no puede ser, no ha podido desaparecer, al menos un grito, un rastro, yo qué sé», se repetía machaconamente. Sólo faltaba un corto repecho para terminar aquella cuesta. « ¿Qué haré?», no podía imaginarlo, «la madre, esa señora rubia de aspecto cínico y ostentoso...» Quiso gritar el nombre de Tomás pero no pudo.

Cuando la tensión se hacía angustiosa llegó al final de la cuesta.

En el alto todo estaba tranquilo, increíblemente calmo. Tomás trataba de tensar una cuerda de pita entre las puntas de un palo, con el brazo escayolado sostenía un extremo mientras que con la mano izquierda trataba de hacer un nudo en el opuesto.

El cielo era intensamente azul, el campo amarillo, la avena tenía el movimiento ligero que le proporcionaba la brisa metida entre sus tallos.

Andrés lo ayudó a terminar el arco, recogieron las flechas y bajaron hacia el pinar. Cerca de los cipreses Tomás probó una flecha, la caña voló unos metros y quedó colgada en una rama, Andrés con uno de los extremos del arco golpeó la rama y la flecha cayó al suelo. Bajaron a la hondonada y, después de las jaras, Andrés se desvió y fue a recoger el libro que había quedado tirado junto a un pino.

— ¡Mira, Gema, un nido deshabitado! —decía Piedad señalando las ramas bajas de un eucaliptos.

— ¿Por qué no vamos a ver si hay huevos en el nido?

—Gema, no es un nido es un poco de paja ¿no lo ves?

Luego, un grupo se enredó con los restos de un columpio, Aníbal pregonaba:

— ¡Venid! yo sé donde hay un columpio.

— ¿Dónde está?

La maroma colgada de una rama atrajo a un grupo de siete u ocho niños.

— ¡Andá, cómo mola! —dijeron algunos.

Más lejos:

— ¡Eh, venga, vamos a echar carreras!

—Abajo hay un columpio y una manta.

Cuatro niñas se acercaron:

—Tía, ¡cómo mola la cabaña que hemos hecho Mercedes y yo! —chiquitina, pecosa, con cara de diablillo y aspecto de hacer lo que le da la gana en casa, Tamara no se arredraba ante su estatura y llevaba siempre de aquí para allá a un grupillo al que atraía con algún señuelo divertido. Era extremadamente gracioso verla dirigirse a Andrés en clase. Profe, decía, y se ponía a un palmo de él y levantaba la cabeza echándose hacia atrás como si tratara de ver allá en lo alto los signos de una respuesta que no tardaría en llegar.

—Mirad lo que hemos encontrado —habían montado unas diminutas parihuelas y traían en procesión los restos de un gorrión, unas cuantas plumas informes.

Los niños, fieles a la hora convenida, se fueron acercando. De los pequeños grupos se desprendían los pormenores de los hallazgos como chispas de una fogata de plásticos.

Sonó el silbato y los rezagados se unieron al grupo, Tomás volvió a coger su perro y todos, en un revoltijo de voces y carreras, emprendieron la vuelta dejando atrás las cebadas altas y doradas, los olivos plateados, el camino blanco y estirado como una daga bajo el sol duro y vertical del mediodía. Se oía la voz de Andrés: « ¡Vamos, los últimos, que llegamos tarde!» Una tenue polvareda quedó suspensa en el aire.

 


sábado, 13 de junio de 2026

Mi encuentro con Braulio


El Chorrillo, 12 de junio de 2026

  

Estaba cantado que no era yo el único apreciador de ese magnífico lugar que he empezado a visitar cada mañana. Nada más llegar pude comprobar que los pájaros ya habían dado cuenta de la manduca que les puse ayer y, los asientos, una silla de resina que estaba allí y una tumbona que llevé yo, habían cambiado ligeramente de lugar. Ya había contactado con uno de los visitantes y hoy lo sería con el segundo, Braulio. 

Al caso. Marchaba ya camino de casa cuando a mitad del recorrido me cruzó lentamente un coche. Saludé al conductor y me disponía a seguir mi paseo cuando el coche se detuvo. Me acerqué. ¿Eres Alberto?, me preguntó el conductor. ??? pero enseguida se aclaró la cosa, podía ser la persona de la que me había hablado el día anterior Tomé, pero me faltaba el perro que siempre le acompaña que me había dicho Tomé. Le estaba diciendo sí, soy yo, cuando apareció el perro tras el coche con un gazapo entre los dientes. Efectivamente, eran Braulio y su perro. 

Pues allí, en mitad del camino consumimos media hora de charla. Era admirable cómo dos personas que no se conocen y que se encuentran sin más en un solitario camino pueden llegar a pegar la hebra con esa facilidad asombrosa que tanto se parece al encuentro de dos amigos de toda la vida. Tomé le había pasado datos de nuestro encuentro de ayer, así que algo sabía de mí y mi convalecencia. 

Braulio tiene su rincón privilegiado en el pinar donde pasa ratos de meditación y tranquilo observar a las aves. Poquito, su galgo, estilizado, de pelaje oscuro con manchas claras, es su compañero inseparable., además de hacer planes para largos viajes es un amante incondicional del lugar. En su coche, me lo enseña orgulloso, lleva un artilugio, unas largas pinzas que utiliza para recoger las basuras varias con las que se encuentre, amén de un respetable contenedor donde depositarlas. Me alegro, de momento ya somos dos dispuestos a limpiar los caminos que frecuentamos, él, con mucha más decisión que yo, está incluso dispuesto a despejar el entero pinar de los montones de basura que éste ha acumulado con los años gracias a esos guarros que nunca faltan en cualquier comunidad. Ahora estoy convaleciente, pero me ofrezco a compartir el trabajo de limpieza más adelante. Le cuento de otros tiempos, cuando era maestro en el colegio de Griñón y llevaba allí a mis alumnos algunos viernes en que las tareas escolares iban muy avanzadas. Entonces el pinar estaba limpio, ocasionalmente llevábamos siempre una bolsa donde depositábamos todo aquello que desmerecía del pinar. Ahora, y de momento, el pinar es el lugar de nuestro recreo. Tomé y Braulio lo suelen visitar al atardecer, encantado me enseña Tomé algunas fotografías espectaculares de los momentos previos al crepúsculo con el telón de fondo de Gredos a lo lejos; yo de momento prefiero las horas tempranas de la mañana. Por cierto, que me dan ganas de reproducir aquí un texto de los tiempos de maestro de una de esas salidas al pinar con mis antiguos alumnos. El relato ganó un primer premio literario  

de un antiguo concurso que convocó el Ayuntamiento de Griñón. ¡Tiempos aquellos que ha logrado despertar Braulio con su charla! 

Saber ahora que el pinar tiene historia y visitantes asiduos le rescata del abandono y la desidia de los ayuntamientos responsables y le asigna la dignidad de ecosistema en donde el hombre es un integrante más del mismo. Se añade a esta idea las muchas promociones de mis alumnos que durante años visitaron el pinar como colofón de un merecido descanso tras el trabajo escolar de la semana.  

 

 




Un resquicio de luz más allá de la incertidumbre

 

El pinar donde cada mañana reposo de mi pequeña caminata. Al fondo, evidentemente, Guadarrama

El Chorrillo, 13 de junio de 2026

Ahora en mi hacer diario todo va más lento que de costumbre, con lo que mis escritos demoran en el disco duro esperando esa mano de nieve, o acaso, quién sabe, aguardando día a día a que esa rigidez que me persigue en mis movimientos y en mi pensar se suavice y termine haciéndose dúctil, optimista con el futuro, ese futuro que el amigo Enrique en su último comentario dice que no existe, pero que de un modo u otro termina condicionando nuestro ánimo a poco que te despistes. Así que, empujado por el viento de la mañana, la veleta de mis pensamientos deja a un lado un texto que había dedicado amigo Braulio, uno de los visitantes del pinar que visito cada para mañana.

Por cierto que en ese leer uno lo que escriben otros, caso mío y el de Enrique, la verdad es que echo de menos que éste deje por ahí, accesible a otros, trocitos de su experiencia y reflexión. Recuerdo que en los primeros tiempos en que empecé a publicar cosas en Internet, una de las esperanzas que tuve en mente era la de que entraba en un medio con grandes posibilidades de diálogo, de comunicación e intercambio, algo que se demostró con el tiempo como un ideal sin base práctica. Aquel “pienso, luego existo” de Descartes, acaso podría trastocarse en “escribo, luego existo”. En un mundo donde el tiempo se nos escurre de las manos constantemente, donde los tiempos para pensar, para contemplar el panorama de la vida desde un altillo, para mirar la existencia en perspectiva, son tan escasos, que imagino como un excelente medio para saber de nosotros mismos, de la vida de los demás, de la realidad en general, el coger la pluma o el ordenador a fin de ordenar nuestro pensamiento. Quien no dedica un tiempo de su hacer diario a estas cosas corre el peligro de dejarse arrastrar por el ruido de la calle, de la prensa, de los medios de comunicación en general. Tanto y tanto ruido por todos los lados, que difícil es hacerse una idea de las prioridades que deberían guiar nuestra vida personal, familiar o social.

Habla Enrique en su último comentario de ese tipo de obviedades que teniéndolas frente a las narices no logramos ver. Son como aquel sobre de la historia de Poe. Creo recordar que el protagonista del relato necesita esconder urgentemente un sobre que contiene algo que puede crearle serios problemas. Ante la urgencia de la policía aporreando la puerta de su casa este personaje coloca el sobre en el lugar más visible de su casa, la repisa sobre el hueco de la chimenea. La policía registra toda la casa sin dar con el dichoso sobre, que se encuentra durante todo el registro frente a sus narices. Así sucede con frecuencia, que tan embebidos estamos en nuestro hacer diario que fácil es perder el norte y olvidarnos de lo que es verdaderamente importante, lo obvio, lo que tenemos frente a las narices y no queremos ver. Ejemplo al canto de un maestro, de un servidor, que empleó cuarenta años de su vida en la enseñanza. Una de las cosas más desazonadoras durante esos años era tener reuniones con determinados padres a los que la obsesión por ganar dinero les perdía. Padres de hijos abandonados que no tenían tiempo para sus criaturas. Padres que durante muchos años no tuvieron la oportunidad de atender y convivir con sus hijos. Tantos asuntos tan sumamente importantes que atender…

Enrique vuelve a recordar en su comentario último aquella idea de Horacio de que sólo el presente existe, carpe diem. Atender a lo significativo, vivir el presente, se me aparece estos días especialmente atractivo más allá de los cantos de sirena de hace semanas que añoraban mis largas caminatas del verano y ponía la vista en una rápida recuperación. Ahora poco a poco me voy adaptando a mis circunstancias y el hecho de encontrar que mi caminata de esta mañana la podía hacer a un paso más ligero sin que el corazón se me pusiera a cien me dio parecida alegría de alguien que poco a poco empieza a confiar en un futuro posible. Es necesario vivir al día, pero también es cierto que es muy difícil deshacerse de la incertidumbre de lo que te espera mañana o pasado mañana.

jueves, 11 de junio de 2026

“Un soneto me manda hacer Violante… “

 


El Chorrillo Pinar de los Frailes, 11 de junio de 2026

Me dice un amigo que hace seis días que no digo ni mu, que no escribo, vamos. Existen algunas tareas que hago a diario que obedecen exclusivamente a recuperarme del “susto” de esta cuarentena última de hospital. A trancas y barrancas trato de recuperar, siempre muy despacio, el peso, perdí diez kilos, los músculos, que desaparecieron, pero sobre todo el ánimo y mi disposición a enfrentarme a una nueva realidad. No voy a contar aquí mucho del asunto. Fui el lunes al cardiólogo, me quitó el corsé que he llevado durante cuarenta días, me dio libertad para hacer una vida normal, y me dijo, casi socarronamente, que si me cansaba, que descansase, y que al rato continuara con lo que estaba haciendo. No podía recibir mejor noticia. Así que adelante con los faroles, que decía mi madre.

En esta situación hace un par de días recibí un guasap de un amigo que venía a decir eso, que me dejara de zarandajas y que volviera ya mismo a la escritura, que ciertamente no me da de comer, pero que reconozco puede ser un elemento más para mantenerme activo.

Soy consciente de que mucho de mi blablabla en este diario sólo interesa a un servidor y que bien podía guardarlo en un cuadernito como se ha hecho siempre antes del arribo de Internet. El porqué quiera compartirlo todavía no lo tengo muy claro, primero porque consideré que era una buena herramienta de reflexión, me atraía además la posibilidad de que al final del año me era muy fácil acudir a los posts y en una mañana confeccionar un libro con ellos; con el tiempo pensé que era una buena herramienta de comunicación, pero se ve que los lectores de mis posts, a excepción de uno o algún esporádico comentarista, no son muy dados a comentar. Sucedía igual cuando estaba en las redes. Raramente éstas servían para “divertirse” discutiendo asuntos. El like o el “no me gusta” son allí los reyes del mambo.

Después de haber atravesado la primera parte de este “mi incidente hospitalario” tengo la impresión de que algunas cosas están cambiando en mí. No estoy seguro de si recuperaré mis viejas ganas de escribir, por ejemplo; en realidad no estoy seguro de nada; en este momento vivo más al día de lo que he vivido nunca; me persigue, eso sí, un cierto aire de incertidumbre a la espera de que mi rehabilitación me deje en un punto donde pueda o no rehacer mis aficiones, mis pasiones de siempre.

De momento ahora cada mañana doy un paseo de tres kilómetros, despacito despacito hasta el pinar próximo a mi casa. Allí, un trozo de naturaleza extraordinario en los límites del pinar, he establecido mi lugar de recreo matinal. Llevé allí una silla tumbona, que espero no se la lleven, y allí hago el descanso de mi recorrido. Un lugar magnífico desde donde contemplo envuelta en la neblina la sierra de Gredos, y más nítidamente el entero Guadarrama. Tengo curiosidad por conocer a los visitantes del lugar, que haberlos haylos, seguro. Muestra de ello una lata con agua destinada a los pájaros, que ahora yo mismo vigilo para que no falte. A la lata con agua yo añadí ayer un platito con comida de pájaros, la misma de la que se alimentan nuestros gorriones y carboneros de nuestra parcela. Esta mañana el platito está hasta la mitad, señal de que los pájaros del pinar ya le han echado el ojo. En nuestra parcela es un espectáculo el continuo trasiego de pájaros frente a mi cabaña que vienen a dar cuenta de su apetito.

Sobre mi observatorio pajaril no es raro ver volar milanos reales y al busardo ratonero, o águila ratonera. Ayer vino a hacerme compañía uno de esos visitantes habituales del lugar que me dijo que por el pinar rondan dos corzos. Vino, se sentó a mi lado y estuvimos de charla media hora. Viene hasta aquí en coche, se sienta a la sombra, se fuma un cigarrillo, contempla un rato la mañana y después se vuelve a casa. Su conversación destilaba la vida sencilla de un padre de familia que gusta recorrer estos campos con su hijo pequeño.

Mientras hablaba con él me pasó por la cabeza el recuerdo de Trump y reflexionaba sobre lo diferente que puede ser la vida de los hombres, uno como el tal Trump  enfermo de narcisismo, poder y dinero, otros como mi acompañante de la mañana, humilde, sencillo, buen padre de familia y amante de la naturaleza. ¡Va!, lo de siempre, los que son arrastrados por las pasiones del dinero o el poder y aquellos otros que como los pajaritos que visitan el pinar sólo desean vivir en paz consigo mismos y con los demás.

En fin que me voy para casa a ver si pongo orden en nuestra parcela. Piano, piano, eso sí, que ahora en el momento en que hay una pequeña cuesta el corazón se me pone a cien.