jueves, 14 de mayo de 2026

Pastoreando nubes

 



La sensación predominante que tengo esta mañana es que la vida va muy deprisa mientras que yo voy muy despacio, algo así como si yo fuera a rebufo de la vidas con la legua fuera. Si digo que esta mañana la vida parece irme muy deprisa es porque no logro apenas llegar al final de la jornada con la mitad de las cosas que por la mañana tengo en la cabeza. No por supuesto por la cantidad sino porque mi condición de enfermo grave aglutina en mis cerebro una suerte de estado de percepción global de la realidad, como si tuviera prisa antes de palmarla de conocer sucintamente la realidad que vivimos, un párvulo que quisiera saber, dar respuesta a todas las preguntas que se han hecho los humanos desde siempre cuando alimentaba un fuego en una cueva o contemplaban las estrellas. Tantas gracias doy yo siempre al haber entablado desde joven una íntima relación con la montaña y con la Naturaleza en general. Cioran amaba profundamente la relación que habían tenido durante su vida con la enfermedad, el dolor. Y también con la música de Mozart. Vuelvo necesariamente a recoger aquí esa cita que ayer mísmo repetía aquí por enésima vez: “Les choses ne sont pas difficiles à faire, ce qui est difficile c’est de nous mettre en état de les faire.” (Brâncuși). Y por cierto, la palabra que me encanta, que desconocía y que aprendí de Toti.

Final de tarde de animada e inteligente conversación con mi hija, unas de esas raras ocasiones que en el trajín de nuestras aceleradas vidas encontramos un rato para hablar de la realidad; es decir volver a esas charlas, vuelvo a Brâncuși, que raramente sostienen padres e hijos. Es decir, volver a Brâncuși esos, encontrar el momento. Tengo una amiga que ni se te ocurra hablarle de estas cosas, la vida, la muerte…; ella, dice, lo que quiere es divertirse. Bueno, aquello de que sobre gustos no hay nada escrito. Yo ya a los seis años me preguntaba sobre la existencia de Dios. Debía de ser un niño raro, más o menos como ahora, diría alguno que me conozca un poco .

Bueno, al caso, breve crónica de otro día más se hospital y me sumerjo en los brazos de Morfeo, pero antes quiero contestar al comentario de Enrique Muñiz (el que tenga curiosidad que lo busque). La verdad es que me encanta “discutir” con Enrique Muñiz. Su comentario de ayer daría para dejar volar a la memoria y escribir unos cuantos capítulos de la propia vida personal, la infancia, la moría, el cómo lo que fuimos, creímos o pensamos terminan fugándose por el desagüe de la memoria y cómo a veces con uñas y dientes en la edad madura intentamos recuperar la esencia de aquellos tiempos y sus correspondientes vivencias. Otras no, se fueron para no volver jamás. Yo, cuando me dio por empezar a escribir, me había roto un brazo y tuve vacaciones de mes y medio en el colegio, se me apareció un ángel, metí la mano en un cajón donde se habían acumulado anotaciones y recuerdos de mucho tiempo atrás y a partir de entonces fue el cuento de no acabar. Empecé a tirar pacientemente de la soga de la memoria y cuando me dieron el alta ya tenía un libro casi terminado. Enrique habla de cómo en ocasiones la memoria se convierte en un pozo sin fondo. A veces me resulta muy atractivo “el olor de la magdalena”. En Proust yo imagino que recuerdos similares llenaron una parte importante use su vida. Algo así intenté yo después con otras novelas, no era sólo recuperar hechos.

Muchas aveces a ello acompañan las sensaciones que a través de décadas y décadas nos hablan de un nosotros que hemos olvidado. Pessoa decía que las sensaciones son lo mejor que tenemos, el sabor de la magdalena, el beso de mamá, ya en la cama, de las buenas noches de una lejana madrugada de la infancia.

¿Quién no tiene, pregunto a Enrique, algún sabor de una magdalena pegada a nuestro más íntimo ser? Yo en los primeros libros que escribí recuperé mucho de aquellos tiempos que creí habían desaparecido para siempre. No era sólo escribir, era también reencontrarme conmigo mismo. Fue un esfuerzo que agradeceré siempre.

Son las once de la noche y necesito recuperar el fuerzas, así que me despido. Buenas noche


miércoles, 13 de mayo de 2026

Vigésimo día de hospital (por ayer)


Hospital Montepríncipe, 12 de mayo de 2026

Ayer se me fue un día enterito por los imbornales de la memoria. Ayer, o vete a saber cuándo, porque en el hospital los días y las horas se hacen un barullo en mis circuitos neurales. Me desperté sobre las cuatro de la tarde con la sensación de que había un dormido más de veinte horas seguidas.

Luego resultó que no, que en el hueco de esas veinticuatro horas fueron apareciendo cosas aunque como pertenecientes a un día previo, que no era previo sino que se empeñada en haber surgido a la vuelta de la esquina. Total, que mandaron a hacer una resonancia y un electroencefalograma no fuera a ser que en mi memoria se hubieran metido algunos enanitos que estuvieran jugando a las bolas en mi cerebro. Resultó que no, que mi cerebro funcionaba bien y que las enfermeras seguían siendo tan amables y guapas como siempre.

Ayer fue un día intenso. Estuvieron aquí Ana y Raúl (mis cuñados), y también Victoria. Rajamos hasta quedar con la boca seca. Es curioso tener un cuñado de apariencia retraída, pero con el que es imposible no dar la vuelta al mundo al cabo de dos horas. Ana, Ana también se las trae. En fin tarde de una muy agradable tertulia. Ya sabéis, Raúl con su apariencia de hombre silencioso, cuando tiene delante un tema que le interesa, es una mina.

La noche anterior apenas dormí, pero hoy un somnífero a tiempo hizo de mi sueño una delicia. Despatarrado boca arriba, una posición para mí imposible, se convirtió en un agradable viaje a través de mil asuntos. Cuando esté mejor me he prometido volver a leer a Julio Cortázar, su libro es una fuente de sugerencias. Me prometo tirar de aquella idea de Brâncuși que cité en alguna ocasión: “Les choses ne sont pas difficiles à faire, ce qui est difficile c’est de nous mettre en état de les faire.” Qué cosa tan interesante, y difícil a veces la ponerse en estado de hacer… y sobre todo que no haya imponderables y pueda tu mente viajar a su capricho por ese magnífico mundo que llamamos realidad.

Me es muy difícil escribir unas pocas líneas, pero sólo el esfuerzo creo que me beneficia y me saca del sopor del adormilamiento.


miércoles, 6 de mayo de 2026

Sumar amaneceres



Hospital Montepríncipe, 6 de mayo de 2026

Estás algo desanimado, un poco adormecido y de repente leer una expresión en el comentario de un amigo, Enrique Muñiz, algo se te alivia por dentro. Sí, Enrique hablaba de sumar amaneceres. Bendito el día en que se me ocurrió dar comienzo a esa larga colección de vivacs que han jalonado mis muchos años de caminar por las tierras de este planeta. Pisar la tierra, oler el perfume de los pequeños narcisos de la Pedriza, despertar por la noche bajo un cielo cuajado de estrellas. ¡Dios bendito!, ¡Cuántas cosas hermosas con las que llenar la vida...!

Sumar amaneceres… Expresión de tantas cosas diferentes. Buah, “cosas”. Nuevas pasiones, nuevas inquietudes, el rugir de la tormenta en alta montaña abrazado a tu soledad. Y a la mañana siguiente, cubierto el suelo de granizo, las nubes merodeando por las laderas, la vida de nuevo en pie y tú en el centro del universo contemplando el mundo a tus pies.

Creo que lo que verdaderamente sentiría cuando no pueda ya subir a dormir a las cumbres, sería esa suerte de mística que me une al universo cuando él, yo y el Todo se funden en un abrazo solitario, cumbres, estrellas, el llano de Gredos a tus pies, la alfombra ámbar de las luces bajo la Cuerda Larga.

Bueno, no quiero exceder me, así que ¡salve… nos vemos.


lunes, 4 de mayo de 2026

Segunda semana de hospital




4 de mayo de 2025

La verdad es que malditas las ganas que tengo de escribir, pero  como en la vida siempre hay peros por delante, allá voy con el intento. Primero de todo porque cuando sea viejito, si es que llego, me gustará recordar como aquel personaje mayor de Recuento de Luís Goytisolo que sentado frente al crepúsculo contempla su propia vida como un regalo de los dioses. He tenido algunos momentos límites en mi vida, de niño por enfermedad y de mayor por simple amor a la vida, ese que se recolecta acariciando la dura y candente piel de la Tierra, nuestras montañas.

Contemplar la vida, sea desde una cima nevada de Gredos o desde un cerro de por tierras de Alonso Quijano o Sancho, a veces nos puede pillar algo lejos, sin embargo, el hospital, ahí a la vuelta de casa, se me presenta en estas circunstancias como una suerte de miradero vital, como si estuvieras vivaqueando en invierno en la cima de Peñalara o el Almanzor y la vida se te revelara en todo su pleno significado.

Tantas y tantas cosas en la vida y casi si nos descuidamos no nos enteramos de que hemos vivido. Sí, aquel libro póstumo de Neruda, Confieso que he vivido ¡Qué hermoso me ha resultado siempre ese título…! 

Es una vieja idea que viene de Séneca que llega a decir que la mayor parte de la gente está “ocupada” (occupati), es decir, atrapada en mil cosas… y por eso no llega realmente a vivir. Quizás sea por ello que esas circunstancias de la vida, un vivac en el Aneto o el Poset, una escalada al límite de tu preparación o una noche en una cima de los Alpes protegido en un grieta de un glaciar en las cimas de la Meije, una enfermedad, sea en ocasiones determinantes para llegar a saber qué es eso de la vida. Esa diferencia tan especial que hay entre el mero existir y el vivir.

Filosófico me he puesto, aunque acaso no sea exagerado con esa raja que recorre ahora mi cuerpo desde la glotis hasta casi el ombligo. Tres cardiólogos que me están tratando. El que me operó, el doctor Pinto, un hombre adusto de mirada cálida, me ofrece la confianza de estar en muy buenas manos.

Confesarse a sí mismo al final de una larga vida que ha vivido, considero que es el mejor regalo que puede hacerse un ser humano a sí mismo. Haber vivido sin hacer la puñeta al prójimo, haciendo de la vida un objeto amoroso, exprimiendo toda nuestra esencia... 
Un poco romanticón me salió el texto, pero bueno. Mi ejercicio obligado de echarle un pulso a mi desgana creo que ha funcionado.
Buenas noches. 

sábado, 2 de mayo de 2026

La hora de la siesta en el hospital


 Ninguna gana a de escribir, pero en la situación que estoy no parece que haya otra que sacar fuerzas de flaqueza. La escritura como terapia.

El ambiente en la habitación, mi hijo Mario echándose la siesta a pata suelta. Parece don Quijote sesteando bajo un olivo por tierras de Andújar, recuerdo de mis propias siestas un verano que recorrí España de sur a norte y que era obligado buscarse la sombra de un olivo para aliviar el sofoco del calor del mediodía.. Fue una buena experiencias aquella la de seguir de cerca las aventuras del loco de Quijano y su amigo Sancho. Leerlos a través de las orejas que es cosa de mucha enjunda que diría un amigo muy versado en letras.

 Bueno, y Sancho se derpertó, emitió un hran desperezo tal de que el techo se viniera abajo  y entró de nuevo en el mundo de morfeo. Quiero especialmente a estas dos criaturas, mi hijo Mario y mi hija Lucía, hijos ambos de Tánatos en el mismo momento de poner el pie sobre la Tierra. Fueron los momentos más importantes de nuestras vidas, la Victoria y la mía. También Guille, que pasó larguísimos periodos de desconcierto, tan pequeño, en aquel ambiente de hospitales y de no saber lo que pasaba a su alrededor; así semana tras semana hasta que al final se Hizo la Luz y aquellos quinientos o seiscientos gramos, de esperanza, nuestros mellizos, que aspiraban a la vida escapan a las manos de Tánatos.

Reviviendo aquellos días esta esta tarde de hospital, se me saltan las lágrimas. La vida, esa cosa tan hermosa que tenemos entre nuestras manos, pide en ocasiones  cerrar los ojos para sentir intensamente su flujo.

Los hospitales “huelen” siempre a vida y muerte. El parto, la muerte, la esperanza juegan en ocasiones una incierta partida de ajedrez a la luz de la luna. Me acaban de operar del corazón, una endocarditis, aquí lo llaman “bichito”, uno que se mete donde no debe y te puede sacar con los pies por delante del hospital, eso que llaman la lotería de la vida. Pero bueno, es un lugar en el que te cuidan bien y te sientes mimado como si fueras un bebé de teta (vaya, al Word no le gusta las tetas… ¡Qué cosas, mariposa…!

Bueno, me han traído la cena y ya he hecho el gran sacrificio de sobreponer a mi estado de ánimo. Se acabó. Se me ha caído el teléfono por segunda vez mientras Mario se ha ido a dar una vuelta. No quiero arriesgarme. Un abrazo para todos los de tanto en tanto la acercáis a este blog.


domingo, 19 de abril de 2026

Un rato que dediqué a morirme



19 de abril de 2026

Se me había jodido el ordenador, y cuando el técnico lo arregló y ya recuperado el pc del susto, en una rara carpeta que desconocía apareció el texto que sigue a continuación. Creo que no lo publiqué anteriormente, así que allá va. Llevo un par de semanas jodidísimo y con una pierna inflamada como en las pinturas de Botero. Ahora ha remitido bastante y sólo me queda un respetable bulto en la corva de la rodilla derecha, el llamado hueco plopíteo, y una debilidad general en toda la pierna. Anoche me bajó la tensión un montón, un aviso, imagino, y aunque esta mañana casi se normalizó, decidí tomarme el día de descanso. Fue en estas circunstancias que apareció de la nada el siguiente texto:

Esta tarde tras la comida me eché en el sillón, cerré los ojos y traté de morirme, de imaginármelo, digo. El cuerpo termina siendo con los años como un coche viejo, pierde aceite, arranca al cuarto intento o continuamente hay que levantar la tapa del motor para revisar y ajustar alguna pieza, y si no es así no es difícil imaginárselo. Me daba cierta pena, pero en conjunto la cosa estaba bien, la casa recogida, los asuntos solucionados a excepción de que nos estamos quedando sin gas y el camión del suministro difícilmente va a atreverse a meterse por un camino embarrado y lleno de nieve. Todo en orden, testamento, rosales y frutales podados, nada que hacer para el que venga detrás. Da gusto tener todo en orden y cerrar los ojos y sentir una tranquila paz interior. La vida, eso que se nos dio con imprecisa fecha de caducidad, en la situación de marcharse miraba con tranquila disposición su adiós.

Esta mañana había sellado la tienda que me había venido de China preparándola para la próxima salida, pero no importaba, daba por bien empleado el tiempo aunque no fuera a utilizar más la tienda. Pensaba ahora en ese titular del País en donde la hija de Camus manifestaba algo que en una ocasión le había dicho su padre, que sólo se aburren los imbéciles, y me sonreía pensándolo, sintiendo que al menos mi vida no había sido la de un imbécil; consuelo no vano para alguien que se va a morir y puede al menos disfrutar del consuelo de habérselas sabido componer. Pero ¡maldita la!, se me había olvidado silenciar el teléfono y de golpe el aldabonazo de editorial Laertes salió del móvil. Un escueto email: “No reeditamos libros si ya han sido publicados en Amazon”. Era la respuesta a unas cuantas ofertas que había hecho el día anterior a algunas editoriales para publicar dos de mis libros de los últimos viajes. Peor para ellos, que diría el otro, porque son dos  buenos libros que merecerían estar en las estanterías de las librerías; modestia a parte, por supuesto. De todas formas unos cuantos libros en los escaparates de librerías no iban a añadir más diversión a mi vida, y acaso sí algún momento de aburrimiento burocrático. Ahora sí, ya le he puesto una mordaza al teléfono para que me deje morir en paz.

Me alzó del sillón, tomo un libro; y sí, es una tarde perfecta para ello. La nieve ha desaparecido algo y sobre los olivos del fondo flota una liviana niebla. Hemos apagado la calefacción para ahorrar gas en previsión de que al camionero de Repsol no le de el ánimo para adentrarse en el camino que lleva a nuestra casa, pero no hace frío. Esta mañana había un revuelo de pájaros buscando entre los claros de la nieve su sustento, pero ahora reina un recoleto silencio en los alrededores de nuestra casa. La tarde ni siquiera invita a leer, embutido en el sosiego de este día de invierno, mi ánimo me invita incluso a morirme.

Me gusta morirme hoy, aquí en mi cabaña, ese regazo en donde paso los días mirando al mundo, pensándome, bebiendo el néctar de la vida con la delectación de quien saborea un buen vino para celebrar esa bonita existencia que ha llegado a su fin.

Lógicamente, aunque estaba muriéndome, lo que sucedió es que terminé quedándome sopa y la muerte quedó aparcada para otra ocasión. Cuando me desperté todo seguía igual, simplemente recordé mi incursión en la muerte del momento previo y me vinieron a la memoria algunas prácticas del tantrismo relacionadas con mis reflexiones. No practico el tantrismo, que tiene cosas excelentes, basta pensar en la manera que tiene esta filosofía en relación a su modo de entender las cosas del sexo, incluso el ejercicio a que someten a sus adeptos a permanecer solos junto a un cadáver por un tiempo,  creo que es un acierto, algo que viene bien para contextualizar la vida en un ámbito amplio.

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 13 de abril de 2026

Asepsia intelectual



13/04 /2026

Me llegan algunas entradas de guasap en donde se habla de asepsia intelectual. Un grupo que pretendiendo evitar entre sus miembros conflictos generados por entradas relacionadas con la política, la religión o el fútbol  (cosas de la vida…) desea obligar a sus miembros a hablar sólo de aquello que no pueda molestar a alguno de sus participantes. Escribir en ese grupo el número 7291, por ejemplo, supone que a uno lo desahucien de por vida.

Miedo a la libertad, miedo a salir de tu zona de confort, el culo calentito, ninguna preocupación, nada que perturbe la santa paz de la conciencia de nadie. Nada de conflictos, una balsa de aceite a disposición de la armonía del grupo. Y por tanto la insignificancia, lo anodino, el parte del tiempo diario y la felicitación de cumpleaños como materia prima de las relaciones de un grupo. Armonía versus insignificancia. Decir que se opta por la “asepsia intelectual” sugiere la intención de mantener las conversaciones limpias de conflicto, ideología o cualquier tipo de carga emocional. La idea de no “contaminar” el ambiente del grupo con discusiones que puedan dividir, con todo lo loable que pueda ser para algunos, implica una pobre filosofía de la vida que lo que invita es a vegetar intelectualmente. No sólo de pan vive el hombre, cierto, pero digamos que de entrada quien se suma a un standard que sugiere una relación entre personas basada en la superficialidad funcional de sus interrelaciones, lo que sugiere es una negación de nuestras capacidades personales, así como la negación de nuestra madurez y experiencia personal.

Si alguien es incapaz de mantener una conversación racional, aclaratoria, rica en contenido y, sobre todo, amistosa sin llegar al conflicto, lo que demuestra es un grado de inmadurez nada propio en personas mayores. Ahora, si para contentar a estas personas, inmaduras, el grupo ha de someterse por entero a una enojosa superficialidad como tal, lo que hace es ponerse en manos de personas inmaduras incapaces de aceptar otros puntos de vista que no sean los suyos.

La autocensura preventiva lo que lleva sin lugar a duda, lo repito, es a un clima totalmente superficial e insignificante.

En su versión más crítica, la “asepsia” renuncia al debate y al contraste de ideas, lo que empobrece sin lugar a dudas la relación entre los miembros del grupo.

No sé yo por qué me meto en camisas de once varas, pero como me consta que en tal grupo existen personas cultas capaces de enriquecer cualquier conversación, cultura, arte, política, filosofía, religión, con sus conocimientos, su capacidad intelectual y su rico vocabulario, me jode enormemente que, atrapados por la mediocridad y la prevalencia de quienes queriendo huir del posible conflicto optan por hacer de un grupo un aséptico lugar de encuentro donde cualquier inquietud intelectual no tiene cabida.

Ni qué decir tiene que aquellos ciudadanos que pretenden desde su asepsia intelectual mantenerse al margen de la realidad político social, hacen un flaco favor a la comunidad y a sí mismo. Muy por el contrario lo que el mundo necesita son personas críticas que sean capaces analizar la realidad y obrar en consecuencia .

En la Grecia Clásica daban un nombre específico a quienes se mantenían al margen de la vida pública: ἰδιώτης (idiota). Cita Tucídides a Pericles con estas palabras “… Consideramos al que no toma parte en estos deberes no como alguien sin ambiciones, sino como alguien inútil.”