26/08/2026
Dirá con razón alguno leyendo uno de los últimos posts (Nos estrellamos contra preguntas esenciales) que por mucho que uno quiera, eso de considerar interrogantes esenciales de la vida roza con mucho el hacer simplemente literatura, algo diferente a lo que el amigo Enrique se refería cuando consideramos la necesidad de acomodar la realidad de los muchos años a la lógica de la caducidad que tiene toda vida. Que bien, pero a lo que mi naturaleza algo rebelde constantemente le pone peros por mucha razón que tenga el amigo.
Por otra parte hacer literatura, dar rienda suelta a una supuesta profundidad que acaso sólo vive en las circunvoluciones del cerebro que lo expresa, la verdad es que suena bonito, sí, ese bullir de pensamientos que quizás sólo es eso, bullir, la efervescencia de los productos que genera el cerebro. Y vivir, por más que queramos sublimar, dar consistencia a lo que nos dicta el pensamiento, tendría acaso mucho de la ilusión que puede impostar nuestra proyección sobre el futuro.
Recordaba hace un momento al fallecido amigo Antonio Montes. ¿Qué eran todas esas sus ideas, sus proyectos, el amor a su hija, la estima de los amigos? ¿La llama de una vela que se consumió? Ya no vives. Los pensamientos, los pesares, los conocimientos ¿Qué son en definitiva? Los pensamientos no se tocan ni se pueden manipular físicamente, tienen una consistencia sutilmente vinculada a la vida. De lo que era él surgieron ideas que adquirieron vida propia, el trabajo, sus cuadros, una concepción de la realidad política y social, una clase de vida que se puede transmitir a otros y que puede actuar sobre los otros objetivos, sobre la realidad. Generamos ideas, como quien diera a luz a un nuevo ser, sólo que su consistencia no es material. Estarán ahí mientras que existe algo, alguien que pueda interpretarlas.
Dos conceptos, lo material, un cuerpo, y lo que esta materia puede generar de consistencia no material, que no es accesible a nuestros sentidos, aunque sí a nuestra capacidad de razonar. Los hechos, que tienen la capacidad de transformar tanto la materia como los pensamientos, a su vez pueden tener sus raíces tanto en otros hechos materiales como inmateriales. ¿Qué relación existe entre el cerebro que genera unos pensamientos y las consecuencias materiales producidas por los mismos? ¿Qué es más consistente un pensamiento o una piedra?
Una idea no pesa, no ocupa un lugar como una piedra, no puedes cogerla con la mano. Y, sin embargo, una idea puede hacer que un hombre construya una casa, abandone a alguien, escriba un libro, se suicide, ame, vote, mate o perdone. Así ¿puede algo que no tiene existencia material tener efectos reales? Y más ¿somos únicamente aquello que sucede dentro de nuestro cerebro mientras estamos vivos, o también somos aquello que conseguimos provocar fuera de nuestro yo ahora o en el futuro? Es claro que sí. Desaparece el sujeto, pero no necesariamente desaparecen todas las consecuencias de su existencia, de sus actos. En este punto se podría argumentar que quizás escribir sea precisamente sacar algo de la intimidad de un cerebro y conseguir que exista, de otra manera, en otros cerebros. Sin embargo, y en lo que concierne al sujeto actor, a burro muerto, cebada al rabo.
Y aquí sobreviene un asunto interesante, el de vivir para sí, ajeno a lo social o el de hacerlo para otros o la posterioridad. Y ya puestos y trayendo por las orejas alguna idea de Darwin, el hecho de que nuestras ideas puedan ser un elemento determinante en la evolución del hombre y la sociedad, podría interpretarse como un importante elemento de evolución, de parecida manera a como las hormigas y abejas evolucionaron como seres sociales. Las ideas de los hombres serían el equivalente de la aportación que la evolución hace en el desarrollo de los insectos llamados sociales. La aportación constante de nuevas ideas a lo largo de la historia del hombre habría seguido un rumbo paralelo al de la evolución de las abejas, un comportamiento de la Especie que en todo momento opta por la supervivencia, se daría en el hombre igualmente, bien que en el hombre, al aparecer la inteligencia en cierto momento de la evolución, se produzca una quiebra que interrumpe el ritmo evolutivo de la Especie para constituirse, por intrusión de la inteligencia, en una amenaza para la natural evolución, precisamente por la capacidad modificadora, al margen de la propia evolución, que el hombre ha llegado a adquirir en el ritmo de la supervivencia de los más aptos. Los que antes eran más aptos tenían más posibilidades de vivir más años, mientras que los que podemos llamar en la actualidad más aptos, digamos los que dirigen económica y políticamente la sociedad, no son, pueden no ser, biológicamente los más preparados entre los sapiens sapiens. La inteligencia ha logrado evadir la lógica de la evolución para crear su propia lógica.
Es una extraña capacidad la que tenemos de lo que no podemos tocar, la inteligencia, para transformar aquello que sí podemos tocar, la realidad corriente. La interrelación entre lo que no podemos tocar ni manipular, el pensamiento, y la realidad tangible y material, con ser tan evidente, no deja de ser algo un tanto misterioso e inaprehensible. El hecho de que una realidad que se genera en el cerebro, algo no material, provoque más allá de la abstracción la posibilidad de una transformación material, llama a investigar un mecanismo, una relación entre lo pensado y sus consecuencias cuya complejidad se me escapa.
Y sin embargo, volviendo al principio, y relacionándolo con esa realidad por venir, Enrique se refería a ese futuro de la edad madura que nos espera a todos, encuentro que mucho más que vivir esas páginas que todavía nos quedan por escribir, que, pienso, se refiere a hechos, y que acaso puede relacionarse con la diferencia de la que hablaba Séneca en una carta a Lucilio, y que recogí aquí hace tiempo pero que no localizo ahora, la diferencia entre el existir y el vivir; mucho más que vivir ese tiempo que nos queda al modo de existir, lo que correspondería sería hacer de ese tiempo una intensa relación con nosotros mismos y con el mundo que habitamos. Ja… ¿cómo?, diría alguien. No, no se dan duros a peseta, que cada cual saque sus castañas del fuego, que diría alguno.
No es lo mismo decir de alguien que ha existido 80 años, como decimos que existen los árboles, caso de que valoremos la vida por su duración y sus hechos corrientes, que haber vivido con esa fuerza que expresa Neruda con el título de sus memorias: Confieso que he vivido.
Aunque, quién lo duda, contemplar pasar las estaciones como se siente la brisa de un final de verano, siendo plenamente consciente del instante que vivimos, tenga también mucho de apetecible.


