2/08/2026
Mi hijo Guille contesta a un guasap de mi hija Lucía que comenta que leer literatura del siglo XX es un acto revolucionario hoy en día, diciendo que efectivamente es un acto transgresor estos días en que la gente parece no poder salir de la “novedad”…, novedad en la que él mismo se incluye. Comenta que hay una tendencia a consumir novedades que tal vez no existía tanto antes y que parte de toda esta vorágine de consumo de cultura en el que estamos. “Hay que ir a ver esta o aquella obra de teatro como sea, este o ese concierto o festival. Cuando has acabado de leer el último de Sara Mesa, ya tienes otro en el mercado que hay que leer…”
Quizás algo de la diferencia con vosotros, le decía yo, en cuanto a lectura o incluso música, tenga que ver con la edad, algo, digo. Cuando echas una ojeada, por ejemplo, al “Canon Occidental”, de Harold Bloom, y te encuentras con tantas obras de interés que todavía no has leído, el hombre y sus asuntos y pasiones, y compruebas que tu tiempo no es infinito, hay algo dentro de ti que te empuja a hacer una elección según un orden de prioridades personal. Salvador Pániker, por poner un ejemplo, decía que Proust era demasiado largo para leer, Proust es muy largo y la vida muy corta, escribió. Igual podría haber dicho de “El hombre sin atributos” o “Guerra y paz”, obras que he leído más de una vez y que acaso vuelva a releer. Esta prisa que manifiesta Pániker por no perder el tiempo en una obra tan voluminosa implica, pienso, una relación de cierto conflicto con el tiempo. Dado que nuestro tiempo es finito y nuestras aspiraciones quasi infinitas, cada cual resuelve la cuestión a su modo. Pániker y mi hijo se relacionan con la realidad haciendo una minuciosa selección en función de sus intereses. Más o menos como hacemos todo el mundo.
Se publica tanto… y antes de que el tiempo se ocupe de echar tierra encima de tanta cosa nueva, yo intento adelantarme, le digo, informarme y elegir. Los intereses propios de cada uno cuentan bastante en todo esto.
Ya sabes que para mí lo nuevo por ser nuevo siempre me produce cierta reticencia, le decía, salvo, claro, que eso nuevo sea de reconocida valía. En Italia se dice que il tempo fa médico, el tiempo cura las penas; algo así podría decirse de los libros que se consumen por imperativo de la novedad, de estar al día en todo. Necesitamos saber de los límites de nuestro tiempo para llegado el momento hacernos selectivos en extremo. Leonardo Sciascia decía que él después de los sesenta ya no leía, sólo releía.
Dicho esto y como desde mi recuperación a veces no soy capaz de apreciar lo que se debe a mi situación y lo que corresponde a la dificultad de una obra literaria, lo que me está sucediendo con Lobo Antunes, Esplendor de Portugal, que me está costando más de la cuenta, pues que tengo que andar con los pies de plomo en lo que digo. Concretamente recordar nombres de personajes y circunstancias, que son imprescindibles recordar para seguir una trama, me cuesta tanto a veces que hace difícil la continuidad de la lectura. Lobo Antunes no es que sea fácil, a él le interesa más el flujo de la conciencia y la memoria y parece tenerle sin cuidado saltar constantemente años para delante o para detrás, o de uno a otro personaje sin decirnos quién es. Así que termino por desentenderme de la historia y leo cada página ajeno, de momento, al relato general. Ya aprendimos con Joyce que en este juego de dificultades se pueden pescar buenas piezas, así que dejo mi sentido crítico a un lado, confío en que el producto que tengo en las manos es de calidad… y tiro pa lante.
Comentamos algunas veces en ratos de reuniones familiares de las diferentes preferencias que tenemos con vosotros (mis hijos) cuando hablamos de literatura. Salvo raras excepciones vosotros, más volcados en la literatura del momento y yo mismo que, sin abandonar del todo lo que se escribe hoy, prefiero a bulto seguir leyendo obras destacadas de la literatura de todos los tiempos.
Si me interesa la lectura de Harold Bloom y su Canon Occidental, o la Historia del cine, de Román Gubern, es porque, pese a los tantos años de lector, la capacidad que tenemos para llegar a lo mejor que se ha escrito desde siempre es limitada, lo que te obliga a recurrir en muchas ocasiones a intermediarios confiables.
Eso que yo llamo intermediarios confiables no son otra cosa, en muchos casos en vosotros, que las fuentes que utilizáis para elegir vuestros libros preferidos (dejando aparte, por supuesto, la disposición a elegir temas concretos relacionados con los gustos personales).
Por supuesto, lo hemos hablado alguna vez, que los asuntos actuales pueden ser un elemento de preferencia, bien que yo entienda que los principales asuntos que nos preocupan, depurados de la cronología, vienen a ser universales y propios de cualquier época. El amor, la muerte, el paso del tiempo, el bien y el mal, la libertad, etcétera, son asuntos que no han cambiado a lo largo de los siglos en la literatura.
La conciencia de que el tiempo es limitado modifica nuestra forma de leer: Sería interesante saber si cuando mis hijos tengan la edad que yo tengo, habrán o no cambiado su forma de leer.




