| Amanecer sobre el Manaslú |
Ayer me llamó Luís Bernardo Durán para
interesarse por qué tal llevaba mi recuperación. A raíz de nuestra conversación
recordé aquella expedición española que alcanzó hace 50 años la
cumbre del Manaslú. En ella participaron Carlos Soria y él mismo. Consiguieron
la cumbre Jerónimo López y Gerardo Blázquez, pero al indagar
algunos datos caí en que Carlos Soria había conseguido llegar recientemente a
la misma cumbre el pasado año. Hice memoria. Carlos tiene nueve años más
que yo, así que alcanzó la cumbre del Manaslú ¡a los 86 años! Sólo
el hecho de recordarle y teniendo en cuenta la edad que tiene, me supuso ayer
tarde que me visitara un ramalazo de esperanza. El recordarle y saber que con
86 años llegó hasta la cumbre del Manaslú y que a aún sigue en activo, me ha
dado un empuje de esperanza, una cosa de esas que sobreponiéndote al desánimo
hace que te suba la disposición al punto de volverte a creer que todavía será
posible, acaso, volver, por ejemplo, a… eso mismo. No me repito. En el último
mensaje que recibí de Carlos se veía claramente que sigue echando un gran
coraje a la vida, y por tanto dándonos ejemplo a los que queremos seguir
haciendo de la vida algo hermoso.
Sí, sé de sobra que últimamente me repito, que no salgo
del círculo cerrado de mis circunstancias. Pero no importa. Cada cual usa de
las herramientas que tiene a su disposición para intentar arreglar la mecánica
desgastada del cerebro, y mi herramienta más a mano en este momento es la
escritura, un excelente antídoto contra el desánimo. ¿Lees?, me preguntaba ayer
Luis Bernardo. No, muy poco, le decía. Ahora la percepción de la realidad de
Carlos anoche me hizo el efecto de un reconstituyente espiritual; también ese
¿lees? de Luis fue un toque de atención. Carlos siempre fue un referente para
reconsiderar las posibilidades que los muchos años pueden ofrecernos con tal de
que nos pongamos a trabajar en serio. Es lógico que los años nos vayan dictando
al oído una serie de limitaciones, pero seguir pedaleando sin amilanarse para
no terminar cayéndote de la bici, la bici de las ganas de vivir, que me decía él
en su guasap, parece que sea imprescindible.
Pero bien, no quisiera continuar con esa retahíla de
lamentaciones que me han visitado días atrás.
Mejor poner la mirada en ese punto de inflexión que se sitúa entre los
finales de los setenta y principio de los ochenta, ese momento en el que uno
empieza a preguntarse ¿será todavía posible esto o lo otro? ¿Podré, no podré?
¿Hasta dónde se puede o no se puede en la vida en general? En este momento
tengo presente tanto la edad de Carlos como la de Eduardo Martínez de Pisón,
que precisamente hoy cumple 89 años. Ambos, el primero regresando de Italia de
dar unas conferencias y el segundo dando conferencias y escribiendo
incansablemente sobre ese amoroso poso que deja en el ánimo la afección por las
montañas.
Es bueno dar ánimo a los demás, me decía el otro día en un
e-mail Eduardo después de recordarme la persona de mi admirado Dersu Uzala. Le
contaba yo de mi relación matinal con los pájaros, las golondrinas o los
conejos y ello debió de suscitar el recuerdo de este hombre dedicado
enteramente al medio en que vivió, los bosques, los ríos, las montañas y sus animales.
En cierto sentido algo de aquel hombre fluye en mí estos días alimentando a los
pájaros y a los conejos cada mañana. Llego, repongo el agua y la comida de los
pájaros y después con los ojos cerrados en posición loto me sumerjo en el fluir
de mi respiración. A lo lejos quedan las montañas de Gredos y
Sí, me alejo del asunto. Esos años de inflexión entre la
madurez y la vejez (esa palabra que no me gusta) son, pueden ser de una riqueza
incalculable, me digo; intento metérmelo en la cabeza como quien desea que una
idea germine a toda costa en su cerebro. Pienso ahora en Ernst Jünger del que
en estos momentos leo Pasados los setenta
I. Él alcanzó los 102 años. Jünger es un perfecto ejemplo de ese periodo al
que me refiero, no sólo el de los años de inflexión sino el de aquellos de la plena
longevidad. Su último volumen, el VI, alcanza
hasta casi el final de sus días, los 102 años. En Jünger sin embargo no parece
existir ese momento de inflexión al que me refiero, y que aparece en mí como
una palpable realidad tras la enfermedad; en Jünger lo que se percibe es una
continuidad sin fisura, sus diarios no son unas memorias al uso. Jünger sigue
observando el mundo con una curiosidad casi intacta: habla de sus paseos, de la
naturaleza, de los insectos, de las lecturas, de los sueños, de las visitas que
recibe y de sus reflexiones filosóficas. Curiosamente a medida que envejece,
disminuye el interés por la política y aumenta el de las cuestiones esenciales:
el tiempo, la muerte, la belleza, la contemplación y el sentido de la existencia.
Cuando se lee el último tomo llama la atención el que el tema de la muerte deje
de aparecer como una preocupación para pasar a contemplarse con una serenidad
que resulta llamativa. Repaso los subrayados de la lectura de este último tomo
y mi vista cae sobre esta reflexión: “…Entre tanto, cada día es un regalo”. ¿Será
posible?, me digo.
Es inevitable, cuando uno empieza a escribir las
asociaciones crecen constantemente. Miro las últimas líneas que he escrito y ya
no recuerdo con lo que empecé esta entrada de mi blog. Escribir este blog es en
ocasiones un ejercicio impredecible. Sin embargo, y aunque he olvidado el
principio, encuentro que lo que sucede es que empecé a caminar hace una hora y media con alguna idea y a lo largo del paseo algunas asociaciones me han
llevado por un paisaje que ahora no sólo me resulta atractivo, sino que me
coloca en un estado de ánimo interesante al que he llegado de la mano de
Carlos, de Eduardo, de Dersu Uzala y, en último lugar, de Jünger. Gracias
debería dar a estos hombres que con sus vidas o su pensamiento alumbran
pequeños rincones de la realidad.