9/08/2026
Poco a poco vuelvo a las noches
en las cumbres. La pasada semana fue el Cerro San Pedro y la noche última,
Hace un rato, de regreso del Guadarrama, le comentaba a Victoria algo que se me había quedado grabado durante las visitas que hacíamos a mi padre en los tiempos en que vivió en una residencia. En ellas siempre mi atención la acaparaba un hombre que acaso estaba en los sesenta y que se movía en una silla de ruedas; su mirada adusta y su actitud reconcentrada sobre sí mismo le distinguía en gran manera de los otros ancianos, muchos de ellos sentados todo el día frente al televisor o con la actitud de quien estaba en esa institución exclusivamente esperando el momento final. No todos, claro, pero sí una mayoría. Muchas veces pensé en aquel hombre, quizás instalado allí provisionalmente porque no tenía a nadie que le atendiera.
Existe una película que roza hondamente el asunto de los últimos años de vida, La balada de Narayama. La historia transcurre en una aldea japonesa muy pobre, donde existe una norma ancestral: al cumplir los setenta años, los ancianos deben abandonar la comunidad y subir al monte Narayama para morir allí. No se trata exactamente de una expulsión violenta: la costumbre está tan interiorizada que el propio anciano debe aceptarla como parte del orden natural y social. Tanto en nuestra sociedad, tántas veces movida por un fondo de hipocresía moral, como en aquella que retrata la película, se da el denominador común de la consideración de los ancianos como… sería excesivo decir como un estorbo, pero sí al menos como personas de las que en cierto momento puede ser arduo ocuparse, y en consecuencia aquí los destinamos a las residencias de ancianos mientras que en la película se les obliga a emprender el camino de su propia muerte. Sea por comodidad de los hijos o porque los mismos ancianos han asumido que es su destino y no quieren molestar a sus hijos, ambas realidades resultan de algún modo escalofriantes para las personas que se acercan al final de sus días.
Empecé este escrito recordando la noche de mi vivac y los pensamientos que me ocupaban, eso que requiere una persona para que sienta esa necesidad de seguir vivo. Sobre mi cabeza brillaba el Triángulo del Verano con Altair, de Águila, mientras que a mis pies todo era ese manto de luciérnagas que es el llano madrileño de noche. Las cumbres de noche son siempre un buen lugar para reflexionar sobre los asuntos de la vida. El trajín de nuestra avanzada civilización (necesario es poner en solfa ese adjetivo, avanzada) hace difícil, quién lo diría, poner en acto eso que llamamos pensar. De ahí la sospecha que me entra siempre de que constantemente confundiendo el culo con las témporas se nos vaya la mayor parte de la energía en superfluos divertimentos. Obviamente cuando Emerson escribía que la vida es un éxtasis, no se refería a aspirar a rey Midas ni a algunas de esas diversiones con las que a ciertos políticos y acumuladores de pasta se les hace el culo agua. Vamos, que no hay que ser demasiado listos para comprender que en esencia cierto pocillo de felicidad ni se encuentra en abultadas cuentas corrientes ni en alguna que otra de las pasiones normales tan populares en el mundo.
Y me lo preguntaba y me jodía enormemente que mis ganas de pintar, escuchar música, leer, escribir, compartir algunas cervezas con amigos, e incluso viajar, estuvieran tan en mínimos. Si no tienes ganas de comerte el mundo, de crear algo, de tener tu huerta en orden, de reunirte con los amigos, con tus hijos, si tu curiosidad es raquítica, en definitiva, si la vida no es un éxtasis, pues que la has jodido.
Debí de quedar dormido pensando
estas cosas. Cuando desperté, el sol saliendo de un turbio horizonte de suave
calina que me recordaba algunos lienzos de Turner o el cuadro de Monet Impresión, sol naciente, sentí que
estaba en buen camino, que aquellas reflexiones que tuve previas al sueño y el hecho de haber superado mi
vagancia de la tarde anterior para subir a






