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| Carlos en su entrenamiento diario |
El Chorrillo, 9 de octubre de 2026
Anoche saqué un folio, lo puse sobre la mesa esperando que la habitual inspiración me visitase, pero ahí quedó, en blanco. Esta mañana tras las tareas habituales me siento frente a la mesa y allí está de nuevo el folio como mirándome de reojo y diciendo para sí, qué coño le pasa a éste que no coge el boli y hace algo por la patria. Chungo tiene que estar para que de repente se le haya cortado la leche. A este paso va a haber que mandarle de nuevo al hospital; quizás allí, como en días anteriores, se le despierten las ganas. De todos modos le comprendo, sigue razonando el folio en blanco, el hospital cuando uno se encuentra bien puede ser un lugar idóneo para en el regazo del no tener que hacer nada, surjan espontáneamente las ideas, esas reflexiones que nacen de la lectura de los libros, de la percepción de la realidad.
Mi relación con este hombre es una relación curiosa. Años y años sin escribir más de cuatro líneas y de repente, como consecuencia de una baja de un mes agarra la máquina de escribir y de ahí surge todo. Mete en el rodillo de la máquina a uno de mis primos hermanos en blanco y a partir de entonces no para. Cuando le dan el alta y tiene que volver al colegio a trabajar sólo le quedan unas páginas para terminar su primera novela. Me cuentan mis primos hermanos que fue como un rapto de conciencia. Los párrafos le salían a borbotones, empezó con las primeras impresiones de un amanecer que venían provocadas por la visión de la higuera que en aquel entonces vivía frente a su ventana, ensoñaciones, recuerdos, todo mezclado íntimamente como las raíces de los árboles de la parcela, y continuó mas tarde con largos recorridos a través del pasado. Desde entonces no ha parado, libros que recogían sus impresiones de largas rutas por Pirineos o Alpes, libros de viajes alrededor de todo el mundo, eso fue otro descubrimiento tardío, viajar, aprovechar los años de madurez, libros en fin, novelas, que con poco o mucho acierto recogían los otros recorridos de la vida desde la infancia hasta un enamoramiento pasados los cincuenta cuyo desenlace dio para escribir un buen puñado de versos.
Yo, ese folio genérico que el amigo utiliza en ocasiones como un cuchillo sobre una página en blanco para diseccionar la realidad, otros para despertar a las nostalgias del amor, las más de las veces para dar rienda suelta a pulsiones que se le acumulan en el alma, confieso que me encuentro bien en su compañía, soy su solitario acompañante de las mejores horas de su existencia, esas en las que se extasía movido por un puñado de enanitos en la contemplación de los tantos regalos que le ha hecho la vida; eso que cantara Violeta Parra de gracias a la vida que me ha dado tanto. Y es que miro más allá de su mesa en la estantería de los libros y cuento cerca de ochenta títulos publicados entre poesía, novelas y libros de viajes o de tantos senderos recorridos en la vida; todo ello a partir del último año previo a la jubilación.
Me he enterado de que la próxima semana ingresa de nuevo en el hospital y esta mañana que le veo un tanto cariacontecido, creo que le sucede que está de nuevo algo nostálgico. Ayer tarde había una llamada perdida en su teléfono de Carlos Soria y probablemente ello le ha tocado alguna fibra del alma, esa parte que se encarga de traernos a la memoria todo lo que hemos sido, los senderos que hemos recorrido, la aventura que ha sido la vida. Hoy por ejemplo se había propuesto subir a vivaquear a Siete Picos, algo que estaba en su mente antes de la última hospitalización, pero al final no se ha decidido. Parece que quiere asegurarse de que su cuerpo ha dejado de estar en precario para volver a las andadas, esas que le sugiere Carlos, la persona más joven del mundo que él conoce, porque la juventud debe consistir en algo así como seguir guerreando pese a todos los pesares que puedan venirle a uno encima. Él admira a Carlos, admira su fuerza, su constancia, ese año que pasó recuperándose de un accidente cercano a la cumbre del Dhaulagire para al siguiente año volver a hacer cumbre en el Manaslú. Ah, si yo, este humilde folio en blanco, hubiera sido Carlos, cuánto no habría sido mi placer poder recoger en la blancura de mi papel esa su vida entre las montañas. No la que otros cuentan, que libros hay ya que han narrado su discurrir por los montes, sino lo que pudiera contar él de sus propias vivencias interiores. ¿Qué pensará Carlos?, se ha preguntado muchas veces este sujeto que esta mañana se enfrentaba a un folio en blanco. ¿Cuál será su discurrir a esta edad en que ha comprendido que ya cumplió con la vida, que tampoco hay que llevar las cosas hasta etcétera? Mi escribiente se ha hecho este tipo de preguntas tántas veces que por fuerza podemos perdonar su curiosidad.
En fin, que se me disculpe por haberme metido hoy por medio y haber usurpado el papel al escribidor.






