domingo, 9 de agosto de 2026

Noche en la Najarra

 





9/08/2026

Poco a poco vuelvo a las noches en las cumbres. La pasada semana fue el Cerro San Pedro y la noche última, La Najarra. Como en los viejos tiempos. Siempre tutelado por las estrellas y ese manto de luciérnagas que es el llano madrileño de noche. Quizás sea oportuno reflexionar sobre esta mi afición que nació de la nada hace años y se me impuso así sin más. Anoche antes de dormirme pensaba en las cosas que necesita un hombre, una persona, para continuar desear estar vivo. Y sentía que era buen asunto, acaso imprescindible, tener buenas razones, al menos para aquellas personas que se sienten algo más que vegetales.

Hace un rato, de regreso del Guadarrama, le comentaba a Victoria algo que se me había quedado grabado durante las visitas que hacíamos a mi padre en los tiempos en que vivió en una residencia. En ellas siempre mi atención la acaparaba un hombre que acaso estaba en los sesenta y que se movía en una silla de ruedas; su mirada adusta y su actitud reconcentrada sobre sí mismo le distinguía en gran manera de los otros ancianos, muchos de ellos sentados todo el día frente al televisor o con la actitud de quien estaba en esa institución exclusivamente esperando el momento final. No todos, claro, pero sí una mayoría. Muchas veces pensé en aquel hombre, quizás instalado allí provisionalmente porque no tenía a nadie que le atendiera.

Existe una película que roza hondamente el asunto de los últimos años de vida, La balada de Narayama. La historia transcurre en una aldea japonesa muy pobre, donde existe una norma ancestral: al cumplir los setenta años, los ancianos deben abandonar la comunidad y subir al monte Narayama para morir allí. No se trata exactamente de una expulsión violenta: la costumbre está tan interiorizada que el propio anciano debe aceptarla como parte del orden natural y social. Tanto en nuestra sociedad, tántas veces movida por un fondo de hipocresía moral, como en aquella que retrata la película, se da el denominador común de la consideración de los ancianos como… sería excesivo decir como un estorbo, pero sí al menos como personas de las que en cierto momento puede ser arduo ocuparse, y en consecuencia aquí los destinamos a las residencias de ancianos mientras que en la película se les obliga a emprender el camino de su propia muerte. Sea por comodidad de los hijos o porque los mismos ancianos han asumido que es su destino y no quieren molestar a sus hijos, ambas realidades resultan de algún modo escalofriantes para las personas que se acercan al final de sus días.

Empecé este escrito recordando la noche de mi vivac y los pensamientos que me ocupaban, eso que requiere una persona para que sienta esa necesidad de seguir vivo. Sobre mi cabeza brillaba el Triángulo del Verano con Altair, de Águila, mientras que a mis pies todo era ese manto de luciérnagas que es el llano madrileño de noche. Las cumbres de noche son siempre un buen lugar para reflexionar sobre los asuntos de la vida. El trajín de nuestra avanzada civilización (necesario es poner en solfa ese adjetivo, avanzada) hace difícil, quién lo diría, poner en acto eso que llamamos pensar. De ahí la sospecha que me entra siempre de que constantemente confundiendo el culo con las témporas se nos vaya la mayor parte de la energía en superfluos divertimentos. Obviamente cuando Emerson escribía que la vida es un éxtasis, no se refería a aspirar a rey Midas ni a algunas de esas diversiones con las que a ciertos políticos y acumuladores de pasta se les hace el culo agua. Vamos, que no hay que ser demasiado listos para comprender que en esencia cierto pocillo de felicidad ni se encuentra en abultadas cuentas corrientes ni en alguna que otra de las pasiones normales tan populares en el mundo.

Y me lo preguntaba y me jodía enormemente que mis ganas de pintar, escuchar música, leer, escribir, compartir algunas cervezas con amigos, e incluso viajar, estuvieran tan en mínimos. Si no tienes ganas de comerte el mundo, de crear algo, de tener tu huerta en orden, de reunirte con los amigos, con tus hijos, si tu curiosidad es raquítica, en definitiva, si la vida no es un éxtasis, pues que la has jodido.

Debí de quedar dormido pensando estas cosas. Cuando desperté, el sol saliendo de un turbio horizonte de suave calina que me recordaba algunos lienzos de Turner o el cuadro de Monet Impresión, sol naciente, sentí que estaba en buen camino, que aquellas reflexiones que tuve previas al sueño y el hecho de haber superado mi vagancia de la tarde anterior para subir a La Najarra, eran un buen principio de entendimiento conmigo mismo. Recogí, embutí de cualquier manera todo en mi macuto y eché a caminar ladera abajo en paz conmigo mismo y con el mundo.



Ayer compartí mi cena con este simpático zorrito

viernes, 7 de agosto de 2026

Las montañas y sus noches al raso…

 


7 de agosto de 2026 

Estoy en la isla de Borneo, en la selva de Kinabalú. Encantado, sí, con la lectura. Hoy me pasé con los ejercicios y la caminata y no sé si voy a ser capaz de llegar a la prevista cumbre de La Najarra a echar el sueñecito de la noche. De todos modos sigo los desvaríos de cierto viaje por Borneo tras dejar atrás Filipinas. Quizás termine saliendo del amodorramiento en un momento a otro.  

¡Qué buen tesoro ahora el de haber juntado tantas palabras alrededor de mi inquietud de viajero, un viajero recién salido de las garras de la necesidad de ganarse el pan que llegado al fin de la vida laboral, gozosamente se lanza al mundo a libar la miel de otras culturas y paisajes 

Cierto que apenas se encuentra en esos libros de viajes que escribí descripciones o referencias turísticas; para eso están las guías de viajes. Tampoco en ellos se profundiza sobre la historia o aspectos que interesan a los historiadores y estudiosos; más bien son anotaciones sirven para recoger la impronta que el viaje va dejando en el espíritu del viajero, en su ánimoel encuentro de éste con la realidad circundante de donde surgen día a día ese montón de notas que, como los hitos de Garbancitofueron dejando en su momento su rastro sobre el disco duro de un viejo portátil.  

Defensa si se quiere de un modo de viajar en el que lo que cuenta, como el roce del fósforo con el rascadores la llama que surge de esta breve hermandadDel roce del viajero con la calle, los mercados, la gente, surgen reflexiones y estados de ánimo que las rutinas y la vida diaria en casa harían imposible 

Estos días me alimento del pasado. Ya lo dije en más de una ocasión, escribo, entre otras cosas, para recordar que existo, que tengo que seguir existiendo pese a esa colección de achaques en que me veo metido últimamente.  

Preveo que si mis achaques me dejan el próximo otoño me desquito y me voy a correr mundo. Y escribirlo aquí es un modo de reforzar un deseo que no querría que cayera en el olvido. Nada nuevo. Me repito. No queda más remedio. Por otra parte como la vida misma que no es mucho más que darle vueltas a unos pocos asuntos, a los que se suma la necesidad de seguir sumando y sumando palabras con las que llenar el molesto silencio de un vacío que de tanto en tanto amenaza con engullirme. Cuando las motivaciones menguan además gran parte de lo que te rodea tiene pinta de una gastada repetición de lugares comunes, de espurias razones tras las que se esconden la zafia necesidad de medrarlo que resulta es una acumulación de escepticismo que amenaza con hacer de ti un apático e indiferente ciudadano sin esperanza.  

Y sin embargo, pese a todo, sigue vivo ese llamado que nace del fondo de tu alma que trata de sobreponerse a los males propios y ajenos buscando acaso una salida de compromiso que poco o mucho quiere alimentarse de los cantos de sirena del pasado intentando levantar sobre ellos algún hilo de esperanza.  

Esperanza. Quizás sea ese término el que me ronda sucintamente por dentro desde hace tiempo. La esperanza de sentirme vivo de nuevo retomando la vida que dejé atrás antes de pasar por el quirófano. Algo que requiere más que una leve determinación. De la misma manera que perdí diez kilos de peso y gran parte de la musculatura, que me va a costar recuperar meses o incluso años, algo más debió de sucederle a mis motivaciones que poco a poco les cuesta despertar de un letargo invernal. De momento la pasada semana volví a mis hábitos de vivaquear en cumbres de nuestras montañas, llegué hasta la cima del Cerro San Pedro un poco cansado, pero era un cansancio tolerable. No se me dio mal. Pensé que no llegaría, pero sí. Fue un bonito encuentro conmigo mismo, con ese yo del que tan lejano me encontraba y al que poco a poco me voy aproximando. Sí, mi yo me había abandonado hasta el punto que en algún momento pensé que no le volvería a encontrar; sin embargo ahí estaba incipiente, decidido a no dejarme en la estacada. Total, que recuperado del cansancio del pasado viernes, ya estoy preparando el macuto para esta tarde, que finalmente no será esta tarde porque, ahora lo recordé, mañana temprano tengo nueva cita en el hospital 

Las montañas y sus noches al raso 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 2 de agosto de 2026

Literatura de hoy y literatura de ayer


 

2/08/2026  

Mi hijo Guille contesta a un guasap de mi hija Lucía que comenta que leer literatura del siglo XX es un acto revolucionario hoy en día, diciendo que efectivamente es un acto transgresor estos días en que la gente parece no poder salir de la “novedad”…, novedad en la que él mismo se incluye. Comenta que hay una tendencia a consumir novedades que tal vez no existía tanto antes y que parte de toda esta vorágine de consumo de cultura en el que estamos. “Hay que ir a ver esta o aquella obra de teatro como sea, este o ese concierto o festival. Cuando has acabado de leer el último de Sara Mesa,  ya tienes otro en el mercado que hay que leer…” 

Quizás algo de la diferencia con vosotros, le decía yo, en cuanto a lectura o incluso música, tenga que ver con la edad, algo, digo. Cuando echas una ojeada, por ejemplo, al “Canon Occidental”, de Harold Bloom, y te encuentras con tantas obras de interés que todavía no has leído, el hombre y sus asuntos y pasiones, y compruebas que tu tiempo no es infinito, hay algo dentro de ti que te empuja a hacer una elección según un orden de prioridades personal. Salvador Pániker, por poner un ejemplo, decía que Proust era demasiado largo para leer, Proust es muy largo y la vida muy corta, escribió. Igual podría haber dicho de “El hombre sin atributos” o “Guerra y paz”, obras que he leído más de una vez y que acaso vuelva a releer. Esta prisa que manifiesta Pániker por no perder el tiempo en una obra tan voluminosa implica, pienso, una relación de cierto conflicto con el tiempo. Dado que nuestro tiempo es finito y nuestras aspiraciones quasi infinitas, cada cual resuelve la cuestión a su modo. Pániker y mi hijo se relacionan con la realidad haciendo una minuciosa selección en función de sus intereses. Más o menos como hacemos todo el mundo.  

Se publica tanto… y antes de que el tiempo se ocupe de echar tierra encima de tanta cosa nueva, yo intento adelantarme, le digo, informarme y elegir. Los intereses propios de cada uno cuentan bastante en todo esto.  

Ya sabes que para mí lo nuevo por ser nuevo siempre me produce cierta reticencia, le decía, salvo, claro, que eso nuevo sea de reconocida valía. En Italia se dice que il tempo fa médico, el tiempo cura las penas; algo así podría decirse de los libros que se consumen por imperativo de la novedad, de estar al día en todo. Necesitamos saber de los límites de nuestro tiempo para llegado el momento hacernos selectivos en extremo. Leonardo Sciascia decía que él después de los sesenta ya no leía, sólo releía.  

Dicho esto y como desde mi recuperación a veces no soy capaz de apreciar lo que se debe a mi situación y lo que corresponde a la dificultad de una obra literaria, lo que me está sucediendo con Lobo Antunes, Esplendor de Portugal, que me está costando más de la cuenta, pues que tengo que andar con los pies de plomo en lo que digo. Concretamente recordar nombres de personajes y circunstancias, que son imprescindibles recordar para seguir una trama, me cuesta tanto a veces que hace difícil la continuidad de la lectura. Lobo Antunes no es que sea fácil, a él le interesa más el flujo de la conciencia y la memoria y parece tenerle sin cuidado saltar constantemente años para delante o para detrás, o de uno a otro personaje sin decirnos quién es. Así que termino por desentenderme de la historia y leo cada página ajeno, de momento, al relato general. Ya aprendimos con Joyce que en este juego de dificultades se pueden pescar buenas piezas, así que dejo mi sentido crítico a un lado, confío en que el producto que tengo en las manos es de calidad… y tiro pa lante.  

Comentamos algunas veces en ratos de reuniones familiares de las diferentes preferencias que tenemos con vosotros (mis hijos) cuando hablamos de literatura. Salvo raras excepciones vosotros, más volcados en la literatura del momento y yo mismo que, sin abandonar del todo lo que se escribe hoy, prefiero a bulto seguir leyendo obras destacadas de la literatura de todos los tiempos.  

Si me interesa la lectura de Harold Bloom y su Canon Occidental, o la Historia del cine, de Román Gubern, es porque, pese a los tantos años de lector, la capacidad que tenemos para llegar a lo mejor que se ha escrito desde siempre es limitada, lo que te obliga a recurrir en muchas ocasiones a intermediarios confiables.  

Eso que yo llamo intermediarios confiables no son otra cosa, en muchos casos en vosotros, que las fuentes que utilizáis para elegir vuestros libros preferidos (dejando aparte, por supuesto, la disposición a elegir temas concretos relacionados con los gustos personales).  

Por supuesto, lo hemos hablado alguna vez, que los asuntos actuales pueden ser un elemento de preferencia, bien que yo entienda que los principales asuntos que nos preocupan, depurados de la cronología, vienen a ser universales y propios de cualquier época. El amor, la muerte, el paso del tiempo, el bien y el mal, la libertad, etcétera, son asuntos que no han cambiado a lo largo de los siglos en la literatura.  

La conciencia de que el tiempo es limitado modifica nuestra forma de leer: Sería interesante saber si cuando mis hijos tengan la edad que yo tengo, habrán o no cambiado su forma de leer.  

 



jueves, 30 de julio de 2026

Escribo para mi alma


 

30/07/2026

Ver surgir la necesidad de escribir y no encontrar asunto que me interese. Leo estos días hacia el final Primavera en el Pacífico y me sorprendo de la variedad temática y la profundidad de las reflexiones que surgían en aquella parte del viaje. Probablemente aquella determinación de cierto autor que decidió alistarse para ir a la guerra con la finalidad de estimular su creatividad, no fuera tan descabellada. El alma necesita estímulos de orden diferente que hagan saltar la chispa de la inspiración; el medio, las circunstancias deben tener ese algo que necesita interpelación, curiosidad, ganas de analizar.

Presiento que, especialmente en viajes solitarios, la posibilidad de que aparezca ese impulso que te mueve a escribir tiene muchas más oportunidades que cualquier otra circunstancia, aunque también es cierto que en casa he tenido periodos que se asemejan mucho a esos tiempos de andar de un lado a otro del mundo. Las circunstancias te ponen en situación de, bien que haya autores como Musil que mantienen que la mayoría del trabajo del escritor es voluntad de trabajo, de indagación, de búsqueda.

Escribir, ¿por qué? ¿para qué? ¿Será acaso la escritura una derivación de esa necesidad de expresarse que ya en el fuego de las cavernas del paleolítico debió de ocupar las mentes de los hombres? Y esa necesidad de expresarse un eslabón en el desarrollo social, una ventaja evolutiva que primero te permitía alertarte sobre peligros, intercambiar información y más tarde empezó a hacer mucho más de lo necesario para sobrevivir. La evolución produce herramientas de orden prioritario para la supervivencia y la comunicación que después se desbordan, así las manos que servían para agarrar, para cazar, terminaron pintando las cuevas de Altamira; la voz, que servía para avisar de un peligro, terminó cantando. Y el lenguaje, que servía para informar, terminó escribiendo poemas. La finalidad termina desapareciendo para convertirse en otra cosa. Nadie pregunta ¿Para qué escuchas música?, ¿para qué miras el mar?, ¿para qué das un paseo sin rumbo? Existen actos que no son un medio para otra cosa. Son una forma de estar en el mundo.

Probablemente la escritura sea uno de esos desbordamientos, un plus adicional que la evolución incorpora gratuitamente a nuestra complejidad cerebral y anatómica. No hablo de la escritura como herramienta para un fin, científico, educativo, etc., sino como un medio que trasciende su función primera para hacerse finalidad en sí misma. Una vez le preguntaron a Picasso que por qué pintaba. No hay porqué, repuso, pinto simplemente. Puedes pintar la fachada de tu casa por razones estéticas o de protección de cara a la lluvia o el viento, o puedes simplemente pintar sin una necesidad externa, sólo por imperativo interno. Evidentemente siempre uno puede encontrar rastros de razón en lo que hace o escribe. Hoy mismo creo que empecé a escribir movido sucintamente por la necesidad de lubricar mi adormecido cerebro; pero inmediatamente me surgieron cuestiones relacionadas con la escritura que trascendían el por qué, y el por qué, que remite a las causas, dio paso al para qué, que en el contexto en que estoy escribiendo no tiene una finalidad externa, sino que es el propio individuo, su pensamiento, la razón de la escritura. «Converso con el hombre que siempre va conmigo», escribe Machado. “Escalo para mi alma”, decía un alpinista al regreso de una importante escalada en el Himalaya. Y sin más, por analogía, me asalta esta idea: escribo para mi alma. No escribo para publicar. Escribo porque, mientras escribo, ocurre algo en mí que me place. Escalas, recorres montañas o escribes porque estas actividades son una forma de habitar la propia vida, de mantener despierta el alma.

Dicho todo esto, lo cual ya es mucho para mi ánimo, me viene la tentación de encontrarle al texto anterior su punto práctico explícito, es decir, habiendo analizado el porqué y el para qué, qué coño hacer para poner a pleno rendimiento esa capacidad que en tantas ocasiones se me muestra tan prolífica. Sí, ya, ponerse en situación de… Ya mismo, por ejemplo, coger un vuelo y llegarme a alguna de las ciudades de Oriente, o hacer el macuto y marcharme a caminar, cosas de momento imposibles por razones obvias. Sí, sólo me queda la escritura, la escritura a palo seco.


miércoles, 29 de julio de 2026

En litigio con la duda

 


29 de julio de 2026 

Es indudable que vivir inmerso en el magma de un viaje por Oriente, magma en el que no faltaron prolíficas lecturas con las que acompañar las largas horas del ir y venir por aquellas tierras, era el motivo esencial que hacía entonces de mi viaje y escritura un relevante manojo de reflexiones. El caso estos días que leo Primavera en el Pacífico, relato de mi primer largo viaje tras la jubilación.  

Hoy, como para tantas cosas, pintar, fotografiar, escribir, la sensación que predomina en mí es la de mirar aquello como un tiempo ido que me sería imposible recuperar, imposible escribir, pintar, incluso pensar con aquella fresca profundidad con que venían a mí las ideas, las tantas motivaciones que me sugería el paisaje, la gente, las lecturas que me acompañaban. Imposible. No sé. Quizás tendría, para poder constatarlo, que volver a viajar como entonces, que volver a caminar por el mundo para poder volver a bañarme en aquellas aguas primordiales. Una vez más ponerse en situación de… No necesariamente viajar para ver o conocer, viajar para dejar el cuerpo y la mente en situación propicia en que la lluvia y la feraz tierra de otras culturas hagan retoñar de nuevo lo que de hermoso y profundo subyace en el fondo de nosotros mismos y que la cotidianidad y las rutinas diarias impiden germinar.  

¿Será cierto que dentro de cada uno de nosotros vive latente algo superior, algo más profundo que necesita de un estado de conciencia, un magma en que sumergirse para que ese algo aflore en nosotros? ¿Somos acaso más y mejor que lo que la pura cotidianidad que nos rodea nos deja ver?  Esa necesidad de alzarse sobre la puntilla de los pies para comprender, siempre buscando un poco más allá de nuestra llana comprensión, parece que fuera imprescindible; trascender la llana realidad para alcanzar un grado de comprensión al filo de nuestras posibilidades.  

Acaso esto no sea otra cosa que aquello que consiguen tantos pensadores que llamamos oscuros, a los que nos cuesta comprender. No lo sé. Yo vivo la impresión de que muchos autores que comprendo malamente, en ocasiones se van por los Cerros de Úbeda, se mueven dentro de un lenguaje tan especializado que termina oscureciendo la pureza de una idea. Quizás no sea tanto la expresión de ideas complejas lo que debería guiarnos en nuestra indagación, como la aproximación intuitiva a algo que entrevemos pero que nunca llegaremos a comprender al modo en que el racionalismo intenta abrirse paso en la oscuridad de sus deducciones.  

La intuición como herramienta personal al alcance de la mayoría que acaso no necesita de los farragosos caminos de la razón para hacerse un espacio en la inquietud de quien busca respuestas a esos interrogantes que fueron siempre labor de la filosofía, preocupación de aquellos que buscan salida a los porqués que la vida les puso por delante.  

Hoy, aquellos largos viajes realizados inmediatamente tras la jubilación, son una tentación y un estímulo para retomar una vez más aquel clima de inquietud del que tantas bondades surgieron. Si aquello fue un descubrimiento a las puertas de un territorio desconocido por donde debía de empezar a caminar sin dilación, esto que me sugieren las lecturas actuales de los libros de viajes que por entonces fui escribiendo, se parece más a un llamado que me está pidiendo, a la vez que asumir mi actual situación de salud y edad, forzar, una vuelta de tuerca más, mi coraje, ahora en constante litigio con la duda.  


domingo, 26 de julio de 2026

En la hora de la siesta

 


26/07/2026

Es la hora de la siesta, pero hoy no hay siesta; aprovecho los 23º C de esta hora para despabilarme y tratar de salir de una especie de pozo en que ando metido desde hace unas horas, una de esas circunstancias en que no tienes ganas de hacer nada y yaces adormilado en el sillón como un idiota. Así que con esta idea en la cabeza recordé que mientras nos tomábamos el café en la biblioteca, mi vista cayó sobre un tomo titulado Lo que nos queda de vida, de John Updike, un título muy propio para mis circunstancias personales en que uno empieza a barruntar que la cosa no está excesivamente lejos, y que acaso ésta apremia para no andarse perdiendo el tiempo en exceso. No recuerdo nada de la lectura de aquella novela, sin embargo el título sigue siendo tan sugestivo como hace veinte años. Llevo un tiempo leyendo las memorias de Jünger, un saco de asuntos interesantes sobre la realidad global del momento en que está viviendo, sin embargo me llama la atención en él la total ausencia de sí mismo en el relato.

Es el caso que un rato después, tras decidir que hoy no dormiría la siesta, tenía en mis manos Primavera en el Pacífico, uno de mis propios libros que inauguraron una serie de largos viajes alrededor del mundo nada más jubilarme, y andaba yo un poco admirado de esa prosa que surgía día a día de las yemas de mis dedos en los largos trayectos de barco, tren o autobús. Me recordaba a aquel novelista que marchó a la guerra para recuperar su creatividad perdida, y mientras tanto me decía que no sería mala idea emprender un largo viaje con la única finalidad de despabilar mi adormecida escritura. La profundidad de los pensamientos, la sólida escritura, parecía entonces surgir del contacto con las gentes y los paisajes con una fuerza inesperada y tremendamente fértil. Viajar, escribía allí, para alimentar el ser interior que llevamos dentro, ese ser interior al que constantemente se refiere Conrad en El corazón de las tinieblas y que no sé por qué conecta a través del título con Viaje al fondo de la noche, de Celine.

Como las mariposas yendo a libar de flor en flor, esta tarde me siento en disposición de a partir de lo poco que recuerdo de estas novelas intentar ponerme dentro de la piel de sus protagonistas con la finalidad de percibir desde sus perspectivas mis propios interrogantes. Aclararme, vamos. Hay una idea general que me sorprende agradablemente. Tanto en El corazón de las tinieblas como en Viaje al fondo de la noche; en Conrad el viaje por el Congo es una metáfora en que Marlon descubre que las “tinieblas” no están sólo en África, sino en el corazón del hombre civilizado; en Céline el entorno es la guerra, África, América o los suburbios de París. En ambos el resultado es parecido, cada etapa del viaje va despojando al protagonista de ilusiones hasta enfrentarlo con una visión profundamente pesimista de la condición humana. En ambos viajes no conduce necesariamente al descubrimiento del mundo sino al descubrimiento de uno mismo que, en tantos casos, puede ser perturbador.

Me apoyo en ambos, pero no tanto para corroborar esa visión pesimista como para, por el contrario, pasar sobre ese pesimismo y encontrar en la otra orilla del pesimismo un nuevo reencuentro conmigo mismo y mi alma de viajero. Pesimismo ya he mamado suficientemente estos últimos meses y lo que ahora empieza tímidamente a renacer en mí no necesita que me recree en el corazón de las tinieblas ni en el fondo de la noche, sino todo lo contrario. Todavía resuena en mí esa pavorosa voz de Marlon Brando al final de la película en Apocalyse Now (versión fílmica de El corazón de las tinieblas): «The horror... the horror...», horror de sí mismo, horror de la condición humana, horror del mundo. Saber del infierno para huir de él y encontrar en la otra orilla del Rubicón la esperanza de una vida que volviendo sobre la propia existencia va tras la búsqueda de las migajas del propio yo. Kurtz hace exactamente el viaje contrario. Él también desciende al interior de sí mismo, pero no encuentra migajas que le permitan reconstruirse; encuentra un vacío moral, una oscuridad que acaba nombrando con una sola palabra: «horror».

En la obra de Updike lo esencial no es la trama sino la conciencia de un hombre que siente que el tiempo se acaba. Sencillamente eso: el tiempo que se acaba… que también se puede barruntar pero que acaso puede empujarnos como quien hace los últimos kilómetros de un maratón, a insistir en ese vivir que se fue forjando poco a poco en los años de la existencia. Cierto que “Toda la naturaleza no tiene propósito. La ausencia de finalidad es el más fundamental de los principios budistas”, sin embargo qué hermoso poder aspirar a continuar siendo tú mismo.



domingo, 19 de julio de 2026

Volver a Oriente


 

19 de julio de 2026  

Creo que voy a volver a casa con mis motivaciones de nuevo despiertas. Mañana mismo dejo el hospital (hace días que lo dejé, vamos). Vivo la sensación de que he pasado por un oscuro túnel y que llegando al otro extremo una intensa luz de esperanza me espera. 

Leo actualmente a Jünger, que ahora anda por Japón, y su lectura levanta en mí ecos de otros viajes por Oriente. Este otoño si no puedo hacer  todavía grandes caminatas seguro que sí podría viajar como en otro tiempo. Cosa curiosa porque hace mucho años que mi deseo de viajar se había apagado casi totalmente. Ahora a través de esa luz que veo al fondo del túnel despiertan proyectos que estaban totalmente adormecidos en el fondo de mi espíritu. Es casi un milagro este cambio motivacional. Sería hermoso volver a Oriente a recuperar el perfume que me dejaron aquellos viajes en el fondo del alma. 

Jünger es una lumbrera intelectual y cultural que me admira profundamente, pero no es mi caso ese viaje que hace él. Mis viajes tienen más que ver con la ósmosis que se produce entre el contacto con la gente y mi propia disposición de esponja dispuesta a dejarse atravesar por el flujo de lo humano, su historia, sus creencias religiosas o sus modos estar en la vida. Nada de turistas –horror esa plaga que envuelve el mundo–, acaso viajeros de mochila, gente que se pone el mundo por montera para mezclarse con sus otros hermanos al otro lado del planeta. 

Ahora, un par de días después, estoy en la isla de Java. He desempolvando uno de mis libros de viajes, Primavera en el Pacífico, una lectura paralela geográficamente a la de Jünger, bien que éste tenía prisa y anda ahora por Manila mientras yo sigo un sosegado viaje por la isla de Java. Mi admiración por Jünger se atenúa cuando me encuentro con algunas de mis entradas de aquel viaje. Jünger, el ilustrado, cuya sabiduría y capacidad de análisis admiro, se me queda por la nubes, que se va por las nubes quiero decir, a la hora de hablar de todo aquello que apasiona a mi alma viajera; él moviéndose en la línea de un intelectual llevado de la mano de acá para allá; un servidor, arrobado en ocasiones por lo que sucede en la calle, en mi lectura de hoy un festival hindú que se desarrollaba en los alrededores de un templo. Un hecho que nos sirvió a una comentarista de mi blog y a mí entonces para intercambiar un largo parloteo. En él la comentarista trataba de “justificar “ ciertos actos que yo había contemplado al sur de Malasia en donde dos individuos, lleno el cuerpo de grandes anzuelos de hierro clavados en pecho y espalda, se movían por la calle cual si estos fueran una cuadriga de caballos tirados por un auriga.  

Mi comentarista argüía que en este caso la pertenencia a una comunidad y el reconocimiento de ésta era probablemente el motor que movía a estos hombres a participar en tan doloroso y horrendo festival.  

El viajero, yo mismo, trata en sus viajes de abrirse paso en la comprensión de lo que ve, quizás la mejor gracia del que viaja. También lo hace Jünger pero siempre apartado en todo momento de lo que se respira en la calle. Jünger apunta alto en sus abstracciones mientras que yo me quedo a pie de calle elucubrando desde la sensibilidad del observador ocasional lo que allí sucede. Confieso que es un punto de vista que me gusta ese de dejarse embargar por los olores y circunstancias con las que me encuentro.  

No sé si cuajará esto de lo viajes. Todo está en el aire en función de mi recuperación. Esta semana que entra, por ejemplo, le había propuesto a mi hermana que me acompañara el próximo miércoles en una ascensión nocturna para ver amanecer en la cima del cerro San Pedro, pero después de mi caminata de esta mañana de hora y media y de la que regresé tremendamente cansado, vuelvo a dudar. Creo que no puedo ir tan deprisa como quisiera. Lo mismo podría decir de un supuesto largo viaje a Oriente para este otoño. Veremos.