Hospital Montepríncipe, 28 de septiembre de 2026
Qué curioso que tu discurso, Enrique, y el mío partiendo del
mismo significante sea tan radicalmente distinto en su significado. Eso leído en
una primera lectura a vuelapluma. Cuando escribes de mi planteamiento de qué
sucedería si hombres y mujeres compartiéramos un espacio sin poder hablar ni
hacernos señas y sólo pudiéramos mirarnos y me dices que si lo pensamos bien,
aunque fuéramos mudos como los animales, seguiríamos disponiendo de los cinco
sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto, encuentro que tu proposición queda
sin conclusión, que es precisamente lo que pienso que sería interesante contestar.
Lo que realmente es aquí la madre del cordero y que pide respuesta, es qué sucedería
en tal situación, qué despertaría en la hipófisis de los presente, por dónde circularían
sus pensamientos y qué recorrido harían sus deseos de prolongarse tal situación.
Lo demás, bueno, pienso que sería otro asunto.
En mi escrito de referencia quise que obrara una corriente interna,
que acaso no fui capaz de exponer, que poco tiene que ver con la función de los
sentidos. No se trata de tener muchos o pocos sentidos en donde unos pueden compensar
la disfunción de otros. No pretendía yo que los tiros fueran por ahí. Hablo de la
la materia sutil de que está hecho el erotismo, algo que acaso concierne más al
alma (o como lo quieras llamar) que a los sentidos. Ello quizás porque entiendo
la relación erótica en un plano que pudiera considerarse puente entre lo espiritual
y lo físico. Y por supuesto no confundiendo lo erótico con lo estrictamente sexual.
Cuando digo hacia el final que la relación erótica que mantenemos con lo que
nos rodea, permítaseme el eufemismo, tiñe, querámoslo o no, nuestra relación
con la realidad, el término eufemismo lo que pretendía era aludir a la índole aproximativa
de mis palabras, porque entendía a un lector que conectara con mis propias apreciaciones
de lo que es el erotismo. El erotismo nace en ese espacio invisible que queda
entre dos personas, entre una persona y otras muchas posibles, cuando todavía
ninguna de las dos ha conseguido convertir a la otra en algo conocido y
poseído.
Cuando planteo la situación de un encuentro de un grupo de hombres
y mujeres cara a cara en donde no se habla, no se mueven, una situación similar
a la que aparecía ayer en la imagen de la cabecera de mi post, lo que hago es crear
justamente la distancia, las condiciones para sacar adelante algún tipo de reflexión.
Algo que puede ser fallido pero que alimenta mi capacidad de pensar y, por supuesto,
mi gozo. Roland Barth en El placer del texto, no habla solamente del placer
de escribir, su asunto es más amplio, a él le interesa qué sucede entre el
texto, quien lo escribe y quien lo lee; a lo que podría añadir, utilizando el ejemplo de la reunión,
qué sucede entre los personajes, qué sucede en quien lo escribe y, por añadidura
qué sucede en tí cuando lees uno de estos posts o cualquier otra cosa, qué sucede
entre esos personajes reunidos. Preciosa complejidad para nutrir mi apetito en esta
mañana tarde de lluvia.
A mis reunidos me es imposible negarle el deseo, eso que nace
cuando todavía queda algo que no ha sido dicho, visto, poseído o comprendido
del todo. Y ahí los dejo, esperando que el
tiempo hable por ello y que su imaginación se ponga en marcha. La distancia y el
tiempo harán posible el Eros. No hay contacto, palabra, posesión, sólo queda la
mirada y lo que la mirada despierta en la imaginación. Ese es el terreno en que
mi pensamiento se extasía y en donde se produce un hervidero de sensaciones, muchas
de ellas relacionadas con el erotismo, con el erotismo a secas y por supuesto con
el erotismo sexual. Dos personas de distinto sexo pueden mirarse durante un
tiempo sin hablarse. El espacio que media entre ellas es un espacio lleno de posibilidades:
¿Quién será? ¿Qué pensará? ¿Por qué me mira? ¿Qué estaría diciendo si hablase? La
imaginación trata de llenar esa distancia sin destruirla y, en algún momento, con
toda probabilidad, el deseo sexual, el juego de la imaginación, aparecerá.
Una excelente aproximación a esto sobre lo que estamos discutiendo
se encuentra en La agonía del Eros, de Byung-Chul Han. Según Han vivimos
en una sociedad en que tiende a convertir
todo en igual, comparable, disponible y sobre todo consumible. En este panorama
incluso las personas podemos ser posibilidades como parte de un catálogo. El deseo
necesita sin embargo justo lo contrario, lo que no poseo todavía, lo que no comprendo
del todo. Cuanto más vemos, menos imaginamos. La exposición absoluta termina destruyendo
aquello que alimentaba el deseo: la imaginación. En Cabaret místico, Jodorovsky,
plantea un ejemplo práctico algo caricaturesco de esa necesidad insaciable
de ir más allá que propone el erotismo. Plantea allí la situación de un
striptease, en donde el sujeto necesita constantemente ir más allá según van cayendo
las prendas. La mujer empieza a desnudarse, se va quitando la ropa, pieza a
pieza, y cuando queda totalmente desnuda, el espectador a lo que aspiraría es a
introducirse por el interior de su vagina para seguir alimentando su deseo. Es evidente
por qué la imaginación es tan importante en el erotismo: cuando todo está dado,
queda poco por imaginar; cuando algo permanece oculto, la imaginación continúa
trabajando.
Y volviendo a tu comentario, existe una diferencia sustancial
con los animales, y éste es el tema central de nuestra conversación desde ayer.
En los animales no existe el erotismo; ellos, si hablaran, llamarían al pan, pan
y al vino, vino y nos dirían que nos dejáramos de monsergas que aquí lo que hay
que hacer es follar, coger que dicen curiosamente los argentinos. Nosotros no,
a excepción de aquellos sapiens para los que copular es un exclusivo acto biológico
destinado a aliviar la presión acumulada en los geniales; nosotros no, a Dios gracias.
Y aquí es, amigo Enrique en donde discrepo
totalmente contigo. Tu último párrafo, que imagino no has tenido tiempo de desarrollar,
me resulta chocante y contrario a la realidad. No imagino yo a ningún chimpancé
en arrobo místico imaginando
las bondades eróticas de una mona por mucho que a ésta la vistiéramos con una minifalda
y un vestidito por donde las bondades de unos senos asomaran cantarinas atrayendo
la atención de su congénere. Seguro que si Álvaro Cunqueiro, autor de Las
crónicas del Sochantre, nos estuviera leyendo, haría un uso muy especial de
esa sutil capacidad que tiene para jugar con los contrastes y convertir lo erótico
en un magnífico manjar literario.
Ese verbo, imaginar, probablemente sea una de las capacidades
determinantes que nos diferencia definitivamente de los animales, por más que los
más evolucionados entre ellos puedan prever determinadas situaciones que sirven
a su seguridad o manutención. Nos diferencian de ellos no solamente el lenguaje,
que a su vez implicaría la capacidad de razonar, sino, y circunscribiéndonos al
contexto en que estamos, en nuestra capacidad de imaginar, punto esencial de ese
tema tan interesante sobre el que venimos hablando: el erotismo. Cuando miro a
otra persona de otro sexo lo que produce el deseo no es solamente aquello que
veo sino, y muy especialmente, aquello que imagino que hay detrás de lo que
veo.
Tengo que agradecerte la posibilidad que me ofrecen tus comentarios
de parlotear sobre la realidad, uno de los actos humanos más fructífero y gratificante.





