7/09/2026
Paso por la situación inédita de no saber qué hacer con las horas del día que comienza. Probé a escribir, pero no pasé de un posible título. Lo que me inquieta no es ya transferible a mi blog, saturado a estas alturas de mí mismo. Por otra parte seguir hablando de mí y mi circunstancia no es que roce el aburrimiento, es que… ¿es que qué? Es realmente difícil tener en pie las motivaciones cuando estás abandonado a la casualidad de que un trombo acabe con tu vida. Se dice pronto aquello de vivir sin más el presente sin pensar demasiado en el futuro. El alma no parece funcionar así, para salir de ese remolino que la tiene estancada en alguno de los meandros de la vida, no le bastan las palabras ni los argumentos fáciles.
Anduve esta mañana una hora y media e hice ejercicios varios nada más levantarme durante otra hora más. Es la lucha diaria por mantener el pulso a lo que como espada de Damocles pende sobre mí. En todo este embrollo que vivo posiblemente una muerte repentina sería la mejor solución; digiero mal la incertidumbre y el tener que estar pendiente de médicos, quirófanos o a que un trombo en un corazón arrítmico le dé por mandarme al otro mundo. Junto a ello pienso que el mundo es cada vez menos atractivo, el turismo, la infecta política marcada por el beneficio constantemente, la común manera de pensar cada vez más sin chicha ni limoná.
Me queda la opción de vivir ciego a todo esto y seguir, en la medida en que mi cuerpo lo permita, haciendo la vida de siempre. Claro que las motivaciones, todo lo que pueda hacer, porque algo hay que hacer, depende levemente de cierta energía del alma que hoy apenas existe. Se necesita mucha fuerza de voluntad para emprender algo con la simple participación de una voluntad que se tambalea. Lo más divertido e inteligente a lo que puedo agarrarme en este instante es a los cuentos de Voltaire que comencé hace días.
Empujar el carro cuesta arriba… Recuerdo precisamente ahora ese carro de mi niñez que, cargado con todas las pertenencias de la familia, acarreábamos hasta la estación del tren que nos llevaría junto al río Alberche para pasar el entero verano a la orilla del río como viejos tramperos para los que los bosques, los ríos o las montañas eran su hábitat natural. Empujar el carro de la vida en esta ocasión, aunque ahora sin la energía de la niñez. Recuerdo aquel relato de Tagore, El cartero del rey, en que un niño, Amal, obligado por su enfermedad a permanecer en casa se pasaba el tiempo asomado a una ventana. Por ella veía desfilar el mundo: el vendedor de cuajada, el vigilante, la niña de las flores. Yo también tengo ahora una ventana. Y delante de ella brincan constantemente los pájaros, ahora mismo sobre los arbustos, el césped o el comedero colgado sobre el olmo cercano; siempre un revuelo disputándose la comida que cada mañana añado a su comedero. Curiosa mi relación con los pájaros, desde hace semanas también en el pinar al que voy a descansar de mi caminata. Allí igualmente coloqué agua y comida para ellos, y aunque los vea poco cuando estoy allí me alegra comprobar cada mañana cómo han dado cuenta de la comida que les pongo. Apenas tengo últimamente relación con los hombres, son ellos, los pájaros y nuestros gatos con quien más me relaciono.
Siempre tuve cierta prevención a usar la palabra “viejo” referida a mi persona o a algunas personas que conozco, por ejemplo Eduardo Martínez de Pisón (89 años), o Carlos Soria (86) o incluso el amigo Gustavo Catalán, del que casualmente acabo de recibir un breve comentario a mi último post (agradecido); el concepto “viejo” lo consideró siempre mi ánimo como perteneciente al ámbito de la decrepitud irremediable, sí, acaso esos viejos que no tienen nada que hacer y toman el sol en la plaza del pueblo en algún cuento de Azorín, o los ancianos que pasaban el día frente a la televisión en la residencia en que estaba mi padre. Carlos decía en una ocasión con mucho acierto que él no era viejo, que lo que pasaba era que tenía muchos años. Así que cuando miro hacia atrás estos últimos meses me digo que no me puedo haber vuelto viejo así, sin más, en medio año. Ser viejo, como decía Carlos, es una cuestión muy diferente. Me decía Eduardo en un mail de hace unas semanas que hay muchos modos de seguir siendo quien se es acoplándose a lo que va dando de sí el cuerpo, y me lo decía él que tiene 89 años. Me lo decía además junto a un elogio que siempre le agradeceré. “Eres para mí las noches al raso en un lugar perdido de Gredos o una tormenta empapado en las Dolomitas”. Lo que me lleva, es claro, a considerar primero, que no parece razonable que seis meses después de una enfermedad grave, por el mero transcurso del tiempo, hayas entrado en otra categoría humana, la de viejo. Eduardo me invitaba entonces a no seguir negando el tiempo del cuerpo. Esto escribía: "Tocar fondo en el pozo y adaptar lo que es, sin dejar de serlo, a lo que el cuerpo puede es una prueba, mientras las fuerzas vuelven o incluso mientras no vuelven".
La imagen de ese carro que de niño empujaba cada vez que el verano hacía una pausa en el curso escolar, quizás me sirva en este momento para recordarme aquella exclamación de Nietzsche de que todos somos burros de carga, una alusión a los trabajos que nos esperan por el solo hecho de estar vivos. Aquel niño que empujaba el carro para ir al río es, muchos años más tarde, el mismo que hoy no hace otra cosa que seguir empujando un parecido carro. Quizá todos empujamos algún carro sin saber muy bien adónde va. El nuestro llevaba nuestras pertenencias hasta el Alberche; el de ahora lleva lo que queda de nosotros cuesta arriba. Ahora algunas horas están ahí, desnudas, y te obligan a preguntarte quién eres cuando ya no puedes definirte solamente por lo que haces.


