Hospital Montepríncipe, 29 de septiembre de 2026
Mucha tela, Enrique, para entrar en un campo de investigación que creo que no está resuelto. El erotismo tal como lo entendemos nosotros, creo, roza con mucho, según mi entender, los límites del arte, algo que pienso está lejos estadísticamente de una generalidad. Hablo de los sapiens sapiens. El sofisticamiento a que puede llevarnos una situación de partida como la que exponía en mi escrito, con toda seguridad es algo totalmente ausente en los animales, donde sí podrían observarse algunos detalles de anticipación previos al coito, pero nada en absoluto a algo parecido a esa sutileza que se desprende del erotismo tal como lo entendemos nosotros, como lo entiendo yo, y en el que la imaginación es reina y señora.
Tu desconfianza hacia la imaginación, aunque te refieras a ella en general, me sorprende, me sorprende en gran medida porque con toda seguridad pienso que sin ella todavía estaríamos subidos a las ramas de los árboles. La invención del fuego, de la rueda, de tanta cosa, no habría sido posible sin la participación de la imaginación. Uno de los primeros asuntos que aprendí en la escuela de magisterio es que la historia de la evolución del hombre está íntimamente ligada al desarrollo de las herramientas, que a su vez no es otra cosa que el desarrollo de la puesta en escena de la imaginación.
Que la capacidad de imaginar está/estaba íntimamente ligada con su prima hermana la razón, es indiscutible. Tuvieron que pasar cientos de miles de años para que la imaginación del hombre y su hervor fueran abriéndose paso a través de dioses, supersticiones, de la concepción mágica de la realidad (Altamira, no más) para que se abriera una bifurcación en su pensamiento en donde la razón y la imaginación definieran su propia especificidad. Piensa que todavía hoy existen millones de personas cuya imaginación inventa dioses pasándose por el forro la pura lógica del razonamiento. Y que pelean desde las universidades, caso de los creacionistas norteamericanos, por hacernos tragar con ruedas de molino.
Yo no me atrevería a entrar en profundidades, entre otras cosas porque carezco de la preparación necesaria, así que me atengo a los conocimientos y razonamientos corrientes en una persona aficionada a los libros. La imaginación al poder, se gritaba en las calles de París en mayo del 68. Una cosa es el impulso sexual y otra muy diferente es la presencia mental que podemos tener del otro: desearlo cuando no está, anticipar un encuentro, recordar una mirada, imaginar un cuerpo o atribuirle deseos propios.
Sabemos que muchos animales tienen memoria, anticipan acontecimientos, reconocen individuos concretos y modifican su conducta en función de experiencias anteriores, pero saber qué ocurre en su cerebro más allá del impulso sexual pertenece al campo de la pura especulación. Especulación que quizás sea lo que hacemos en nuestro deseo de abrirnos paso en un terreno desconocido.
Tu último párrafo creo que resuelve nuestras discrepancias dejando abierta nuestra conversación a conocer acaso algún día (aunque lo dudo) “qué cantidad de imaginación, anticipación, memoria y representación del otro existe en un cerebro animal”
En cualquier caso debería insistir en que el concepto de erotismo en que yo me muevo necesita misterio, ausencia, espera. Cuando el otro queda completamente disponible, transparente y convertido en objeto de consumo, desaparece buena parte de la experiencia erótica.
Y para seguir substrayendo a la complejidad del asunto que tratamos algo más de sustancia, se me ocurre que podríamos introducir el tema freudiano de la sublimación que nos llevaría a relacionar el erotismo con el arte, con lo cual seguiríamos marcando distancia con el mundo animal. La posibilidad de que el erotismo pueda convertirse en materia de creación, según Freud, debido a la tensión, el deseo o la distancia, refuerza la idea que vengo desarrollando en estas líneas.
No tengo especiales escrúpulos para incluirme dentro del reino animal como un ejemplar más de la fructífera tarea de la evolución de la Especie, simplemente que entiendo que existe una línea divisoria que separa un antes y un después en el desarrollo de nuestra capacidad craneana que define claramente la neta diferencia entre un animal o un hombre. Y ello teniendo en cuenta aquella imagen que cité en más de una ocasión en que considerando una línea entre el hombre excelente y el chimpancé y colocando al hombre genérico entre esos dos extremos, parece indudable que, no lo digo yo, desarrollaba esta idea Lou Marinoff en Más Platón y menos Prozac, un autor que escribe en el plano de una filosofía práctica utilizando ideas filosóficas para interpretar conflictos y comportamientos humanos; parece indudable, decía, que dentro del género humano muchos estarían más cercanos del chimpancé que del hombre excelente.
Me encantaría tener la suficiente formación y capacidad para poder tender un sugerente puente conceptual entre Marinoff, Desmond Morris, Freud y Byung-Chul Han. Pero en fin, menos da una piedra, que decía aquel.






