20/06/2026
Me
desperté de la siesta. Hoy, por ayer, desde el comienzo del día mi ánimo contemplaba
con cierta asepsia la vida. Veía a los gorriones y carboneros aterrizar sobre el comedero y consideraba el aspecto
mecanicista que tiene toda vida dentro del ciclo
nacimiento, reproducción y muerte. Unos se suceden a
otros, un coral se fija sobre otro coral y el de abajo
termina convirtiéndose en materia inerte, y así
indefinidamente si las condiciones del medio siguen alimentándolos. El resto de los
animales van y vienen, vuelan, nadan o viven bajo tierra, pero ninguno sale de esos extremos en los que se
encierra el ser y el dejar de ser, ese estar entre la
vida y la muerte.
La vida
no tiene ningún sentido, se reproduce a sí misma no más. Lo que sepamos o no forma parte de ese
manifestarse la vida, es parte, acto, crecimiento, dentro de los
límites entre el nacimiento y la muerte. La complejidad es
fruto de la feracidad del medio en el que se desarrolla, no lleva a ningún sitio. En sí mismo todo
nace, se desarrolla y muere y en esta evolución
que tiende por propia naturaleza a la supervivencia de los mejores, se produce en función de ella una mejora, una mayor
adaptación que, llegado el caso, como el del hombre, puede, con sus conocimientos y adelantos, hacernos perder de vista el hecho en sí de ser con todo materia perecedera sin un sentido reconocido.
¿El
contexto de donde arrancan estas reflexiones? Unas ciertas
certezas que se van perfilando desde mi situación y ánimo actual, y que parecen manar, aunque nadie las llame, de estados mentales provocados por situaciones extraordinarias capaces de alumbrar la
realidad en un contexto donde la vida y la
muerte parecen contemplarse la una a la otra sin mediar razonamiento, en un fructífero silencio, en el que sin
pensar en nada algún tipo de verdad inasible se nos revela. Desposeídos de argumentos y
razones el yo se contempla a sí mismo y a las
posibilidades de dejar de existir como un accidente
corriente carente de dramatismos. En el pensamiento se tiende un leve puente entre el existir y el dejar de existir, sí, repito, carente de dramatismo. En instantes así uno puede considerar la liviandad de la existencia como un privilegiado
estado de conciencia. Has vivido con una
intensidad extraordinaria y ha llegado la hora,
satisfecho de tu existencia, de dejar en manos del destino la continuidad o no de la propia vida.
Una
enfermedad que te deja postrado y de la cual salen con vida sólo un setenta por ciento de los que entran en el quirófano, parece tener en mi caso la capacidad de permitirme bucear en el interior de la existencia, de hacerlo, como quien se
introduce en la oscuridad de una cueva, sin los órganos de la razón o los
sentidos, apenas guiados por las yemas de los dedos y por el instinto de unas pocas verdades que, como residuos de ciertos estados de conocimiento flotan en la conciencia.
Minucias
en el contexto de la rica diversidad de la vida social, pero que tienen el efecto de remitirnos a esos viejos interrogantes de las razones de
nuestro existir y sus inmediaciones.





