El Chorrillo, 7 de octubre
de 2026
Esta
noche creo que voy a resistirme a ver una nueva película. La de anoche, Maborosi (1995), Kore-eda, fue densa y deja mucho material que está pidiendo ser
reposado. No voy a hacer un resumen del film; remito al que quiera
contextualizar el siguiente texto a buscar la reseña en el ciberespacio.
Con películas como Maborosi
probablemente tendríamos que cambiar el registro corriente con el que nos
acercamos al cine. Estamos habituados a tener un desenlace a mano al final de
una película, una hilazón que da continuidad a un argumento y esa disposición
falla con esta película donde el film parece querer hacer hincapié
esencialmente en mostrarnos la experiencia de vivir. En él están el tríptico del
silencio, el mar y el paso del tiempo. Cuántas veces me habré preguntado viendo
la película: ¿y esto a qué? Ese hábito de espectador que se nutre de porqués y
conclusiones tiene poco que hacer aquí. Comenté en alguna otra ocasión aquello
que respondió Picasso, que estaba pintando, cuando le preguntaron por qué
pintaba. No hay por qué, respondió, pinto simplemente. Sí, ya se que me repito
con estos ejemplos, pero es que estas cosas acaso están en la médula de nuestro
acontecer, de nuestro estar constantemente buscando la razón de ser de esto o
lo otro, que tropieza con aquella otra necesidad, también, de atender sin porqués
a aquello que hacemos.
La ausencia de porqués en la vida
tiene una tradición documentada que choca con nuestras disposiciones “naturales”.
Desde aquella respuesta de un alpinista al que le preguntaron sobre el porqué
de escalar, a lo que contestó que escalaba para su alma, a la respuesta de Mallory
que al preguntarle el porqué de esa obsesión por alcanzar la cumbre del
Everest; “porque está ahí”, contestó (¡cuánto me repito!). Son muchos los
momentos en la película en que uno piensa: ¿por qué Kore-eda mantiene al sujeto tanto tiempo
en silencio, sin hacer nada? Nos pone nerviosos contemplar que no sucede
absolutamente nada, la protagonista está sentada, no hay otros elementos que
distraigan ese primer plano. La verdad es que no tengo puñetera idea sobre cómo
va a continuar este post, me adentro en la escritura recordando aquí y allá alguna escena, este o
aquel detalle y caigo en que los silencios y las prolongadas escenas donde no
sucede absolutamente nada, constituyen un sabroso espacio para interrogarme
sobre esa afición compulsiva de tanta gente, de mí mismo en ocasiones, de ver
películas, de leer libros, de leer la prensa hasta quedarnos ciegos; abrimos el
periódico con la intención oculta de encontrarnos alguna novedad y cuando
apenas sucede nada en el mundo hay alguien que todavía sufre una decepción. Nos
es difícil vivir en el vacío de los acontecimientos, necesitamos que suceda
algo que confirme nuestras expectativas, o su contrario, que nos indigne y que
deseemos que Netanyahu y Trump pasen a mejor vida. El caso es estar ocupado. En
Maborosi
Koree-eda resiste, obliga al espectador a guardar silencio, le pone en la
tesitura de experimentar el tiempo.
Esta noche, pese a que me
apetecía ver una película después de un atareado día en que al fin el urólogo
ha puesto fecha a mi próxima operación de uretra para el jueves de la próxima
semana, he considerado que mejor necesitaba un buen rato de silencio a mi
alrededor para asimilar el arte y la concepción de la realidad con la que
trabaja Kore-eda. Nada de meter en el cuerpo cine, libros, tantas cosas sin
dejar espacio para que se produzca una conveniente digestión. De acuerdo con
que el placer estético que provoca en nosotros una buena película acaso no
necesita de otra cosa que abrir los poros de nuestra alma para facilitar ese
placer que la contemplación de un film o la lectura, en el caso de un libro, nos
provoca. Sin embargo en todo arte existe otra dimensión, y quizás sea en el
cine y en los libros donde ésta especialmente se manifiesta, aquella dimensión que
nos cuestiona, que penetra en la complejidad de la realidad y nos deja
pensando, nos descubre, alienta a profundizar en la realidad y en el interior
de nosotros mismos. Dejando aparte la pura diversión, con todo lo legítimo que esto
sea, el arte con mayúsculas debería enriquecernos como personas, debería ser un
instrumento más de toma de conciencia, de posicionamiento ante la realidad. Y
no hablo de algo que se ve y se toca, sino de algo mucho más importante y que
no transciende más allá del tejido de eso que podemos llamar el alma. Lo que
somos como personas tiene grandes débitos con los libros que hemos leído, con
las películas que hemos visto a lo largo de la vida… siempre y cuando sepamos
trascender el simple aspecto lúdico y estemos abiertos a las sensaciones, a los
mensajes implícitos, a ver y leer con sentido crítico.
Kore-eda nos propone que
experimentemos el tiempo de parecida manera que lo hace su protagonista Yumiko.
No pretende que estemos pendientes de la acción, núcleo central de la mayoría
del cine que vemos, pretende que habitemos el tiempo, le interesa lo que ocurre
entre los acontecimientos: lo que queda después de una pérdida, la del marido
de Yumiko sin más, los pequeños gestos, las cosas que no se dicen. La desnudez
que nos muestra Kore-eda, tan ausente de acontecimientos, obliga al espectador
a dejarse llevar por el silencio, el mar, una larga fila de aquellos que
acompañan en largas secuencias un féretro, la silueta de una mujer contra el
mar y frente a un fuego cuya secuencia nos obliga a especular sobre si aquello
será una cremación, un símbolo ante la inmensidad del mar, una larga reflexión
motivada por la muerte del marido.
De alguna manera Maborosi
es una llamada de atención sobre una
sociedad que deglute sin masticar, repito, sin masticar, información, cine,
libros; una sociedad cada vez más ausente de sí y de las realidades profundas
porque no tiene tiempo para tantas zarandajas.
Una sociedad que pretende anular los espacios y el tiempo para alimentarse
sin digerir una parte importante de lo que vive. Viajamos en el AVE, en avión y
reducimos el espacio y el tiempo al mínimo, con quién sabe qué finalidad; ¿pensando
acaso en llegar cuanto antes al final del recorrido de nuestras vidas? La
persistencia con la que Kore-eda nos obliga a ralentizar nuestra disposición a
acumular experiencias, actos, como si la vida nos tuviera atrapados en un continuum de actos, de acontecimientos
que en definitiva nos impidieran reflexionar sobre esa vida que cada uno
estamos viviendo, es un reto, que como en El
caballo de Turín, de Béla Tarr, obliga al espectador a detener sus
expectativas para interrogarle por su relación con el tiempo. Desde mi posición
de espectador de gustos solitarios y de hábitos de caminar semanas e incluso
meses en soledad por las montañas, presiento, no puedo asegurarlo, que es prácticamente
imposible asimilar tanta información, tantas cosas que leemos, que vemos en la
televisión, con un mínimo de aprovechamiento cuando llenamos nuestra vida de
los excesos de actividad. Algo que acaso nos obliga a pensar mediatizados por el pensamiento de los otros, a considerar
nuestros pensamientos como propios cuando en realidad pertenecen a tal o cual
ensayista, a tal o cual no yo. Tiramos de opiniones periodísticas, de amigos,
de otros con la convicción de que
expresamos nuestros propios pensamientos, y ello resulta falso porque el tiempo
que dedicamos a considerar, pensar, reflexionar es totalmente insuficiente,
insuficiente en tiempo y profundidad. Quizás de esta idea nace la decisión que
tomé esta noche de reposar la última película, de hacer un paréntesis antes de
proseguir con la interpretación de nuevos asuntos.






