domingo, 27 de septiembre de 2026

De la relación erótica con nuestro entorno



Hospital Montepríncipe, 27 de septiembre de 2026

Me pregunto este tarde cómo sería un mundo en que tanto mujeres como hombres concurriendo en un mismo espacio no pudiéramos hablar ni hacernos señas; sólo mirarnos unos a otros, soñando, imaginando. Se ve que la soledad de la tarde y el silencio del fin de semana instila en mis disposiciones sueños imposibles. Digo yo que ya que me he propuesto no pensar en el futuro, algo tiene que sustituirle. Aprendí con el Tao que cuando se moldea la arcilla para hacer una vasija, es precisamente donde no hay nada donde reside la utilidad de la vasija. Y acaso, sí, sea precisamente esa nada que podemos crear con nuestro vaciamiento el lugar donde se genera la energía vital. El vacío, la contemplación, como fuente de una energía propiciatoria hipersensible que nos acerca a algún tipo de verdad que las palabras y el discurso racional distorsionan en el intento de acercarnos a la comprensión de la realidad. No, mejor, no se trata de comprender sino de ser traspasado por el fluído vital de parecida manera a como se produce la ósmosis entre el sistema digestivo y la sangre. También las realidades profundas se van incorporando en silencio sin que nos demos cuenta a nuestra experiencia vital.

Pero sin apuntar tan alto, que no iban por ahí los tiros, que pensaba sin más en el hecho de pensar mujer, un concepto todo lo abstracto que se quiera, pero que puede descubrirnos, tal si pensáramos en la divinidad, un fructífero asomarse a la profundidad de lo femenino en donde no está ausente ese sueño de la razón que busca, sueña al otro de los ojos cerrados, incluso ausente de deseo, con la pasión de quien es atraído por una indefinida otra mitad.

Ausente de deseo… No, no es eso. Hay cosas que no se aprenden ni se dejan penetrar. Están ahí como el aire que respiramos. Y la feminidad y sus atribuciones son una de ellas. Nuestras pobres palabras, incapaces ellas de expresar verdades profundas, son tan insuficientes que vergüenza le da a uno siquiera intentar nombrarlas. Hablando de estas cosas los rudimentos del lenguaje, tan pobres ellos, son incapaces de acercarnos a la luz, a eso que llamamos comprender. Y ello porque acaso comprender no forma parte de una verdad que nunca vamos a ser capaces de aprehender y que tan sólo se nos permitirá intuir.

¿De qué habló?, se preguntará alguno. El escenario es el que exponía al principio de este escrito. ¿Qué sucedería si dejáramos hablar al silencio, a los ojos? Hombres y mujeres reunidos en mitad de una peste, como en el relato de El Decameron, pero sin la distracción de llenar las tardes con relatos erótico; sólo mirar y ver. ¿No sería una situación idónea de conocimiento y empatía? Aún un detalle más, nuestros personajes no tendrían la posibilidad de moverse. Obviamente terminarían desnudándose mentalmente unos a otros. Para el púdico e hipócrita mundo que nos rodea, lo mismo si les dejamos terminar el relato nuestro personajes acababan jugando a la oca o al parchís.

En Los años con Laura Díaz Carlos Fuentes explora las posibilidades de llegar al conocimiento profundo del otro, así hasta que Laura Díaz le da el alto y se niega a compartir esa parte de misterio que todos llevamos dentro. La tensión que genera ese misterio es probablemente uno de los factores determinantes de una relación amorosa exitosa. Tiene ello mucho de erotismo. El erotismo, el deseo, nace del espacio que queda entre dos seres. Cuando ese espacio queda roto a la postre el deseo desaparece.

En la propuesta que hacía en el primer párrafo aparecen elementos que se dan constantemente en la vida diaria. La relación erótica que mantenemos con lo que nos rodea, permítaseme el eufemismo, tiñe, querámoslo o no, nuestra relación con la realidad.

 

 

 

 

 

 


Silencio

 

Atacama 2008. Victoria 

Hospital Montepríncipe, 27 de septiembre de 2026

A veces las palabras no son otra cosa que aquello que se escapa por las rendijas del silencio. Se produce una sobrepresión interior y el alma, ahíta de la necesidad de expresarse, de gritar a veces, de susurrar su soledad, porque solos estamos en definitiva en medio de los ecos del universo, irrumpe aquí y allá con palabras aproximadas y razonamientos improvisados.

Mañana de otoño. “Ha cambiado la luz: esto es septiembre”. (Carlos Marzal). Hoy amaneció Otoño acompañado de Nostalgia. La vista en el horizonte, la mañana gris, la lluvia en el pelo (… te recuerdo Amanda), el silencio del fin de semana.

 A poco que nos descuidemos este blog se convierte en un atemperado diálogo entre dos amigos. Al amigo Enrique leer unos cientos de palabras le hacen pensar que hay Dios y que tiene alma. Quién sabe, me digo, si algún dios podría templar las inquietudes del alma, este leve desasosiego que se cuela esta mañana por mi ánimo. Dioses en cuyo hombro apoyar nuestro cansancio e inquietud. Inquietud no exenta en  ocasiones del hervor  de apacibles aguas burbujeando en la poza termal de un géiser. Lo contemplamos Victoria y yo una madrugada en el altiplano andino de Atacama. Apenas el cielo se había tintado de malva y el gorgoteo de los géiseres rompía monótono el silencio de la madrugada andina. Hubiera sido lindo imaginar allí la existencia de Dios presidiendo el silencio de los géiseres despertando a la mañana. Pero, una lástima, no hay dioses que valgan. Aquella macana de los dioses ya no puede aliviar la soledad del alma que debe arrostrar la existencia con la entereza de quien está dispuesto a vivirla dentro de una fenomenal diversidad en donde el dolor y la alegría se confunden y se mezclan en la distancia (Khalil Gibran).

Despertar es un buen término para expresar cómo el alma responde a determinados estímulos, las palabras de un amigo, un párrafo de un libro, la secuencia de una película, un cuadro. Si esto es un aviso de nuestro próximo futuro, escribe Enrique, Dios, el alma, nuestras intuiciones, adensando nuestro discurrir vital, bienvenidos sean. Amén.

Anoche vi Mi obra maestra, el cruce de dos mundos irreconciliables, el artista que trata de extraer el tuétano de la resbaladiza e inasible realidad y el de aquellos cuyo objetivo último es forrarse, aquellos que hacen del arte un comercio utilizando una verborrea fabricada expresamente para la adinerada élite entre la que vegetan. La capacidad de desvelar una realidad que permanece oculta a los demás, el caso del artista de Mi obra maestra, se transforma en los clientes que adquieren arte en un soez mecanismo de inversión. La perversión de ese “despertar”, estímulo, placer, que puede encerrar una obra maestra, al convertirla en mera mercancía, con ser moneda común, no deja por eso de ser una putada. El artista de la peli, una vez resucitado, había simulado su muerte durante un tiempo, subasta una parte de su obra entre gente corriente. Las pujas comienzan en diez o veinte dólares y las obras terminan adjudicadas en no más de treinta dólares. Mientras tanto en el mercado las obras han adquirido un precio astronómico debido a su “muerte”. Digamos que se trata de un sencillo guiño del guionista de cara a mostrar escuetamente que la cosa no pasa de ser una diversión en donde las convenciones, la pasta, los medios de comunicación y la crítica más o menos manipulada juegan a los bolos.

Ante todo esto ¿qué mejor que sonreír y guardar, sí, también silencio?

 

 

 

 

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Los listillos de este mundo



Hospital Montepríncipe, 26 de septiembre de 2026

El mundo se divide en dos clases de personas, los listillos y el resto. Por la película de ayer, Mi obra maestra, pasaban esas dos clases de personajes. Los listillos de este mundo que son legión, todos los que aprovechan su status social o económico para hacerse con el mundo y sus recursos un traje a la medida; en general personajes cegados por una codicia que ellos, asentados en los privilegios de clase, han asimilado como parte esencial de su ser al punto de formar parte de su propia naturaleza como lo forma el páncreas o la vejiga de la orina. Eso, ¿habrá alguien que pueda cuestionar la existencia de su propio páncreas? Pues parecido. Éstos y las personas que llamamos de a pie.

Recuerdo una de las últimas intervenciones de Emilio Botín, el anterior director del Banco Santander, un hombre pequeño de aspecto decrépito, que en una reunión de accionistas paró despóticamente la intervención de uno de ellos que le preguntaba sobre la investigación judicial de las cuentas suizas de la familia Botín. Una familia de listillos como las tantas alrededor del mundo, que viviendo en el mismo planeta que el resto de sus congéneres, la listeza y la codicia han hecho de ellos los detentores, ellos y ese pequeño porcentaje que acapara la riqueza del planeta, la clase que domina el mundo.

Que tras milenios de existencia del hombre sobre la Tierra unos pocos hayan logrado acaparar la mayoría de la riqueza de ésta en beneficio propio, habla, en términos lamarckianos de la función que crea el órgano: quienes hacen de la acumulación de riqueza la razón de su existencia terminan desarrollando una particular aptitud para la rapacidad. Así que ojo, estamos en aquel sabido proceso en que creyéndonos ser nosotros los que llevamos las riendas de nuestro destino resulta que somos víctimas propiciatorias manejadas por ancestrales instintos de acumulación. Vamos, pobres hormiguitas, o peor, cuyo instinto les lleva a acumular y acumular sin otro objeto preciso que no sea engrosar en todo momento su capital, su poder o su prestigio social.

En Mi obra de arte los listillo son los clientes de galerías de arte, todos muy distinguidos, de aspecto desenvuelto para los que el mundo ha sido hecho a la medida de su ambición. Se mueven como peces en el agua en un mundo donde la riqueza es la prestigiosa moneda que da acceso a todas las necesidades habidas y por haber. Lo vemos estos días en las portadas de los periódicos con el caso de Mari Carmen, una anciana de 87 años que después de vivir durante 71 años de alquiler en una vivienda y habiendo pagado religiosamente su alquiler siempre, ahora sus propietarios, que quieren hacer más dinero con el piso, plantean darle una patada en el trasero y dejarla en la calle. El dinero llama al dinero como una especie de metástasis que en algún momento quisiera engullir el entero cuerpo social  hasta que el dinero les salga por las orejas o por el agujero del culo.

La historia de la Humanidad generó monstruos de ésta o parecida especie desde los mismísimos comienzos de la civilización. La Especie, ciega a cualquier requerimiento social que vele por el bien de todos, se ha desentendido siempre del bienestar general, a no ser que seas hormiga o abeja, de ahí que las llamemos animales sociales, para centrarse en el desarrollo del más fuerte y preparado para la supervivencia. La Especie no entiende de ética o moral, sólo quiere medrar y crecer aunque sea a costa de otros. Sólo sucede que a la Especie le salió rana por el hecho de que a una de sus criaturas, el sapiens sapiens, le diera por desarrollar la capacidad de pensar, momento en que empezó a joderse la cosa porque entonces ésta se emancipó y, obedeciendo a un gusanillo que le creció que le fue chupando poco a poco sus pretensiones sociales, terminó haciendo del hombre alguien al que el ego acabaría deglutiendo como a un sándwich de McDonald en manos de un hambriento.

Esperpéntico, sí, pero real como ese sol que alumbra nuestro planeta. La mentira de presentarnos a esos personajes, a esos rey Midas de la modernidad como respetables en lugar de como amenaza constante a la cordura y al desarrollo del cuerpo social general, se lo han venido currando desde siempre al punto de que hoy sean respetados como próceres del género humano en lugar de como lo que son, sanguijuelas no más. Ironías de la vida el que las sanguijuelas y las garrapatas de este mundo, vestidos de traje, chaqueta y corbata y siempre disfrazados de seres superiores, que se lo creen, con ser seres moralmente despreciables no más, nos hagan tragar esa deferencia con la que se les trata. Admirable que los codiciosos, los idiotas, aquella tonta el bote, Laura Harring, la actriz de Mulholland Drive, exhibiendo en la entrega del Óscar unos zapatos de un millón de dólares y un collar de 25; los anodinos y tontos de remate de Jeff Bezos y compañía pagando en 2021 veinticinco millones de dólares cada uno por un viaje espacial que duró 11 minutos. Gente así cuya frivolidad, tan hiriente para el resto de sus paisanos del planeta Tierra, con ser tan ridículos, la mass media convierte en los grandes señores de nuestro tiempo.

 


viernes, 25 de septiembre de 2026

Confieso que es un lujo…




Hospital Montepríncipe, 25 de septiembre de 2026

Confieso que es un lujo encontrar tus comentarios en un blog tan manga por hombro como el mío. Creo que soy hijo del esfuerzo pero en mis innumerables lecturas, y por ende en mi escritura, nunca fui muy ordenado en mis pensamientos, siempre creí que en la espontaneidad, cierta espontaneidad, de éstos surgiría alguna sustancia inaprehensible que corrientemente se nos escapa en el proceso de razonar y que es vital para nuestra relación con la realidad y nosotros mismos. Asigno más importancia a la meditación y contemplación que al hecho mismo de razonar, de ahí que mis “razones” carezcan con alguna frecuencia de sostén (para aquellos que usan otras herramientas de acercamiento al conocimiento de la realidad). En el ámbito intelectual me siento bien en las cercanías de la intuición. Cuando a Mallory le preguntan por qué escala montañas, suelta lo primero que se le ocurre, “porque están ahí”, afirma. Por otra parte Saramago en Cuadernos de Lanzarote, relata su excursión solitaria a un volcán cercano a su casa y la respuesta que da al porqué de semejante ascensión se parece bastante, «Me parecía mal volverle las espaldas, por eso subí». Además para Saramago un volcán apagado y silencioso era una lección de filosofía, cosa que sin ser la razón de la ascensión le añade un interesante plus.

Probablemente perseguir las razones o no de lo que hacemos sea una respuesta esencial del organismo a partir del momento en que el hombre adquirió la capacidad de pensar de la misma manera que muestra proyección del futuro está ligada al instinto de supervivencia y a nuestra necesidad de ser, aquel To be or not to be shakesperiano. Uno puede tener a mano todas las razones del mundo y vivir sin embargo permanentemente en el desasosiego (Pessoa). No todo el mundo, claro, especialmente cuando la fe del carbonero se abre paso en nosotros.

Tus razonamientos, como casi siempre, podrían dar lugar a un lago debate si pretendiera puntualizar cada uno de los asuntos que propones, aunque en esencia, también es cierto, parecemos movernos sistemáticamente en un campo en el que no es fácil llegar a un acuerdo. Uno no puede inventarse otras existencias así sin más, cosa aparte los límites del lenguaje de cada cual (Wittgentein) y su capacidad de razonar. Y volvemos a Platón y a su famosa cueva. Vivir tiene siempre un pequeño componente de desasosiego. Por mucho que queramos es difícil librarse de esa sensación de quien camina en la oscuridad, a no ser que uno cierre los ojos del alma a la complejidad del ser. Y es en medio de ese desasosiego, como don Quijote en una de las ventas creyendo esperar a su amada arma la de Dios; esa es su realidad, mientras que la de Maritornes, es la de acostarse con el arriero, la del arriero creer que don Quijote está atacando a Maritornes y la de Sancho la de no entender  absolutamente nada cuando se despierta. Una única realidad la de nuestras vidas, que cada uno podemos interpretar de manera diferente. Y sí, terminas diciendo “¿Cómo puedo seguir viviendo como antes, teniendo en cuenta que ya no puedo hacer exactamente lo mismo?”. Nada más practico y real, digamos en el ámbito de lo racional, pero que acaso obvia la complejidad, creo, del ser que, sustentándose sobre lo que haces, sobre el hacer, acaso deja de lado la naturaleza íntima de ese hacer que en absoluto es sustituir un hecho por otro. El hacer que da sentido a la vida, y no hablo por supuesto exclusivamente de la montaña, es de una naturaleza sutil que no entiende del mecanicismo de sustituir esto por lo otro. Por otra parte cuando hablas de vivir al día desde una perspectiva optimista lo que siento es que inviertes los términos y pones la carreta delante del carretero. Yo no puedo decir, por ejemplo, a partir de ahora voy a ser feliz, la felicidad no deriva de un razonamiento sino que es un estado que surge de la confluencia no programada de actos y estados del espíritu que la propician.

Habría sido un gusto seguir la charla en torno a Louki, la un tanto misteriosa protagonista de En el café de la juventud perdida, pero la tarde se ha echado encima y quiero dedicar un rato al Cándido de Voltaire de cuya trayectoria sólo recuerdo su hartura del mundo y su dedicación última a los trabajos de huerta. La mirada irónica de Voltaire sobre la sociedad de su tiempo debería habernos enseñado mucho sobre la vida y la historia, pero somos tercos como mulas y no aprendemos. Preferimos hacer del mundo un circo.

Mi habitación de hospital da a poniente y el final de la tarde, como le sucedía a Franco Battiato, es un buen momento para recogerse al calor del último sol.

 

 

 

 

 

 

 

 


jueves, 24 de septiembre de 2026

El círculo de tiza


Hospital Montepríncipe, 24 de septiembre de 2026

Salí del sopor de la siesta en el hospital y enseguida me enganché al libro de Modiano, En el café de la juventud perdida. El entorno, las noches de París, estudiantes reunidos en cafeterías, el clima un tanto bohémico, y ello vertebrado con la historia de una enigmática joven llamada Louki. Luoki no necesita viajar, para ella vivir en París y encontrarse constantemente con gente diferente, algunos accidentales compañeros a altas horas de la noche en algún café, alguna amiga, es suficiente, se trata de su particular modo de viajar.

Leo y advierto que acaso, agarrado como he estado siempre a recorrer montañas y paisajes naturales, aparte de la lectura, la música y cosas así, no he sentido casi nunca la necesidad de explorar otros espacios y circunstancias. Quizás las personas que no han puesto todos los huevos en la misma cesta, aunque no sea mi caso, en circunstancias de inmovilidad o edad, no acusen tantos los efectos de una nueva situación como ésta de convertirse en asiduos de hospitales. Y pienso en el amigo Muñiz que más de una vez en sus comentarios le veo adoptar una actitud práctica frente a los años que a mí me resulta tan difícil adoptar. Con los años, y especialmente en la edad madura, fui haciéndome la idea de un futuro en que el contacto con la Naturaleza, esa vida salvaje que he anhelado siempre, iba a ser con mayor o menor suerte, una constante hasta el final de mis días. Un cuerpo sano que me permitiría seguir en la brecha. Sí, pensé muchas veces en estas cosas cuando se acercaban los veranos. ¿Hasta cuándo podrá durar esto?, me preguntaba cuando el invierno iba quedando a mis espaldas y ya empezaba a diseñar una ruta que iniciaría en el mes de junio para acabarla en septiembre. Algo que ya sucedió este año cuando en febrero ya tenía documentado todo el recorrido que me llevaría a recorrer los enteros Alpes Austriacos durante todo el verano. La vida puede no tener sentido, una evidencia cuando echamos un vistazo a la trayectoria temporal espacial del Universo, pero el hecho de haber saboreado las tantas bondades que nos ofrece la vida sí crea una cierta adicción a la existencia, una razón de ser que se arracima en torno a la familia, los amigos, la fantástica relación que podemos mantener con la Naturaleza y con nosotros mismos, con nuestra capacidad de crear, y, por supuesto la posibilidad de experimentar nuestro yo y nuestras posibilidades. Somos nosotros los que damos sentido a esa vida que en apariencia, despojado de la fantasía de la religión y de otra vida podría no tener sentido y que sin embargo a la que nosotros con nuestro pensamiento y nuestra actividad otorgamos un sentido limitado dentro de ese chispazo que somos en la historia del Universo.

Me encanta discutir con Enrique porque siendo ambos tan diferentes en el modo de enfocar este último periodo de nuestras vidas, me ofrece la oportunidad de ampliar mi visión de ésta y con ello la posibilidad de ajustar el ángulo de tiro. Los personajes de la última novela que he leído, En el café de la juventud perdida, no están interesados, o  mejor sería decir que es Modiano el no interesado, en desarrollar lo que se habla en aquellas tertulias, mientras en Los miserables, una de mis lecturas de juventud preferidas, los asuntos, fueran política, literatura, arte o filosofía eran un manjar para mi apetito de entonces. Algo que me sigue sucediendo en la actualidad con muchos autores. Siempre he echado de menos esas largas conversaciones de amigo que en ocasiones hemos mantenido en nuestra casa tantas veces hasta las horas del alba. La pasión de hablar, contrastar ideas y perorar infinitamente sobre asuntos sociales, políticos o filosóficos siempre me ha recordado aquella antigua lectura de Víctor Hugo en donde en algún capítulo los jóvenes se reúnen para hablar del mundo. en Modiano es muy diferente. En su novela los jóvenes se reúnen para estar juntos; el mundo y sus asuntos parece no interesarles. Para ellos el café es un lugar de encuentro y de soledad compartida.  Quizás cuando hablo de Louki y sus compañeros de tertulia lo que me traiga en este instante sea esa posibilidad que se perfila en los estudiantes de las noches de París de entonces que Victoria y yo experimentamos en una pequeña aldea de Asturias perdida en las montañas cuando los fines de semana lográbamos congregar frente a la chimenea en nuestra casa del maestro a muchos de los jóvenes de los altos del río Narcea.

No parece disparatado que viviendo las circunstancias que vivo mi memoria recorra con cierta persistencia otros espacios que viví en el pasado. Acostumbramos en casa a reunirnos a comer con algún grupo de amigos desde hace tiempo. Amigos generalmente, no siempre, relacionados con la montaña. Fue siempre una vieja afición desde qué Victoria y yo nos conocimos. Quizás lo que está sucediendo es que mi estado de ánimo y mi obligado alejamiento de la montaña o la pérdida de contacto me están encerrando en un círculo de tiza, esa situación que plantea Buñuel en El ángel exterminador. Esa frontera invisible que parece encerrar a sus personajes. En la peli la situación resulta bastante cómica, los personajes no pueden salir de una habitación, parece que no hay ningún obstáculo para ello, pero allí están encerrados durante días y semanas sin saber muy bien qué les retiene.

Hoy leyendo a Modiano consideraba otras posibilidades de “aventura” que en alguna ocasión me pasó por la mente pero que en realidad nunca tuve en cuenta. Y me lo sugería la novela de Modiano y ese vagar de su protagonista, Louki, por las noches de los bares y las calles de París.

¿Quién sabe si a estas alturas de la vida uno tendría que inventarse una nueva existencia, una variante? A fin de cuentas en alguna ocasión ya me dio un ramalazo de aburrimiento de ser yo mismo. La vida es corta y las posibilidades son tantas que quizás no estaría de más jugar a ser otro. En la variación está el gusto, que decía mi madre.

 

 

 

 

 


lunes, 21 de septiembre de 2026

Más sobre el destino

  


21/09/2026

El amigo Muñiz me envía un comentario a mi post último  que me va a servir para escribir “algo” en este cacho de tarde. En breve viene a decir lo siguiente: Unamuno describe a una joven de Las Hurdes como símbolo de una vida natural, libre de las convenciones y artificios de la civilización. Su docilidad no es sumisión, sino flexibilidad y libertad, afirma, como la de un árbol silvestre. La escena le evoca a Rousseau y expresa también su idea de la vida silenciosa y auténtica de la gente humilde, ajena al ruido de la historia oficial (aquí) . Le contesto que me es imposible dar cuenta de ese paraje de Unamuno que cito en el post, una lectura que debí de hacer hace un tercio de siglo. En todo caso el rastro que conserva mi memoria de aquel encuentro de Unamuno con la moza está relacionado con lo que expresaba ayer en el post. Unamuno escribió varios libros de viajes y lo curioso es que de la lectura de alguno de ellos yo sólo conservase esa idea, la sumisión al destino tan propia de tantas personas que, mediatizadas por la situación económica, el hecho de ser mujer (entonces), el lugar de nacimiento, las condiciones económicas o sociales, etcétera, se ven obligadas a aceptar su destino como algo ineluctable.

Y por supuesto, razonable y conveniente, aunque no sin reparos, es la idea de que la docilidad de la moza puede no ser sumisión humillante, sino una flexibilidad vital dócil a las leyes de la propia naturaleza, algo que me recuerda aquel dicho japonés que reza que es mejor ser como el sauce que como el roble: cuando sopla el viento fuerte, el sauce se inclina y el roble se quiebra. Aquí habría que especular sobre la necesidad de encontrar un término medio, una síntesis entre ambas posturas. Según las circunstancias particulares, el juicio que tengamos puede variar. Unamuno, arrellanado en la realidad que le ha tocado vivir obviamente especula como quien dice de oído, y puede equivocarse igual que se equivocó al apoyar en las primeras semanas el Alzamiento Nacional. Siendo maestro he vivido el ambiente rural de una pequeña aldea asturiana perdida en la Cordillera Cantábrica. Tuve una excelente relación entonces con jóvenes de la aldea, que ilustra esa sumisión al destino que hace que la vida de las personas transcurra encerrada en unas condiciones económicas y sociales que determinan su trayectoria como personas. En este caso se trataba de jóvenes entre los dieciocho y los veinticinco años que apenas cumplían los años que les permitía acceder a un trabajo, se enrolaban en la mina a pocos kilómetros del pueblo. Entrar en la mina era económicamente un plato goloso para jóvenes que se estrenaban como currantes. Los sustanciosos sueldos para la ratio corriente de la época en la zona, les permitía pasar los fines de semana en Oviedo en una especie de desenfreno en donde dilapidaban una parte sustanciosa de su salario bebiendo o drogándose. Los lunes un microbús de la mina debía pasar con frecuencia por sus casas a recoger la piltrafa que quedaba de ellos para de nuevo meterles en el pozo oscuro de la mina. Eso era sumisión al destino.

Unamuno evidentemente visitó las Hurdes antes que yo. Victoria y yo lo hicimos en las Navidades de 1965, creo. Fue nuestro viaje de luna de miel. Armados con un macuto, saco de dormir y lo necesario para pasar unos días en la montaña nos dirigimos a las Hurdes con la idea de patear los lugares habitados más recónditos. En El Gasco fuimos apedreados; el día de Navidad, que descendíamos de las montañas donde habíamos vivaqueado entre la nieve, fuimos recibidos de manera muy parecida por los críos. Me ahorro detalles. Quien quiera puede recrear aquel ambiente en el documental de Buñuel titulado Las Hurdes: tierra sin pan (1933), de Luis Buñuel. Cuando leo las líneas que me manda el amigo Muñiz siento que de algún modo es víctima de una mirada excesivamente bucólica de Unamuno. Nada de ese clima idílico se respiraba en la cruda realidad de las calles de las Hurdes de aquellos tiempos. Poco después de regresados a casa pinté un lienzo de una niña abandonada a su suerte en la calle. El desvalimiento de una cría abandonada por los padres, que cobraban del Gobierno cierta cantidad de dinero a cambio de no enviarla a una institución que se ocupara de ella, es una de las imágenes más impactantes que recuerdo de mi juventud. También encontré caminando por los valles y montañas de Illimani, junto a La Paz, en Bolivia en aquellos años estampas parecidas de niñas de cinco o seis años cargando a la espalda con algún hermano mientras sus padres estaban en el monte intentando arrancar a la tierra unas miserables patatas.

A estas situaciones son a las que me refiero como sometimiento al destino. Cuando las personas, y especialmente los niños y jóvenes, no tienen en sus manos la posibilidad de determinar la orientación de sus vidas, sea por la falta de las condiciones económica que rodean sus vidas, por el entorno social o por cualquier otra situación, no cabe hablar de otra cosa que de sumisión al destino. Y gracias a los cielos o a lo que sea, cuando pese a todo esa pequeña humanidad que está marcada por el destino puede salir adelante. El destino marca, pero también la fuerza de voluntad y el deseo de superación ponen su granito de arena.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Docilidad ante el destino



20/09/2026

El amigo Muñiz hacía exégesis esta mañana de una frase de mi post de ayer, "me pongo en pie de un salto con mucho trabajo". Donde él veía una contradicción en términos, yo encontraba la gracia de mezclar  conceptos diferentes que ponían en conexión la fisiología con la determinación de la voluntad encargada de romper los ramalazos de indolencia que las circunstancias le pueden echar encima a un cuerpo cansado. Le comentaba que los músculos, adormecidos a veces por el ánimo, por el cansancio, por lo que sea, se resisten a moverse y eso puede dejarnos inmovilizados horas e incluso días. Ahora, ¿quién les puede sacar del adormecimiento, algo que le sucede al alma y a nuestras disposiciones corrientes? De seguro que no son los mismos músculos; quien hace esa labor es el alma sin lugar a duda, la voluntad, lo que sea como le quieras llamar; de ahí la aparente contradicción, que no lo es en absoluto. Nuestras disposiciones están más en manos de algún circuito eléctrico del cerebro, previamente alimentado por la voluntad, que del aparato locomotor propiamente dicho. Y le comentaba aquel relato de Messner que en una de sus expediciones cuando comienza la cuesta arriba de algún ocho mil, constata que pese a su excelente preparación física, la fuerza moral lo ha abandonado. No se lo piensa dos veces, recoge sus trebejos y se da media vuelta. Al día siguiente está volando rumbo a casa.

Hoy me desperté de buen humor. Puse el despertador a las seis de la mañana como siempre, pero cuando sonó decidí que nanáis, que el menda no se levantaba. La cosa funcionó bien. Continué en la cama y no me levanté hasta después de las nueve. Rompí todos mis esquemas y creo que el cuerpo me lo agradeció. Además, cosa rara, me levanté con unas enormes ganas de leer y con una palabra en la cabeza, “dócil”. Pensé que de ahí podría salir algo con que alimentar mi blog. Recuerdo haber leído hace muchos años un libro de viajes de Unamuno. Narraba allí que se había encontrado por los caminos con una moza de cuyo encuentro dedujo la docilidad ante el destino que sufren tantas personas. Hay quien acepta el destino, la vejez, los achaques, la inevitabilidad de lo que está por llegar, con estoica adaptación a la realidad. Yo, pensé, cada vez voy más camino de ello, pero todavía me cuesta… cada vez menos; quizás fue con este pensamiento que mi cerebro recordó la palabra dócil. De hecho esta mañana cuando decidí que con el ligero mareo que tenía no convenía largarme a dar una vuelta por el monte, no me lo tomé a mal. La fiesta estaría completa, me dije, si los neurotransmisores encargados del ánimo se pusieran a currar como es su obligación J. Al menos ello facilitaría tomarse con humor esos pequeños interrogantes que el destino pone en nuestro camino.

Porque eso del destino, como la predestinación, sí que tiene cuerda. Y levanto la vista y miro a “mis” pájaros, gorriones y carboneros, en íntima convivencia alrededor del comedero o balanceándose sobre la esfera de alambre en cuyo interior han encontrado un nuevo sustento. Recuerdo a Unamuno, “sumisión al destino” y, aunque todos de una manera u otra tenemos un mismo destino inevitable, sí podemos agarrarnos a alguna variable motu proprio. Vuelvo a leer el comentario del amigo Muñiz y, sí, constato que venimos hablando de lo mismo un  día sí y otro también desde hace tiempo. Una cosa tan simple como puede ser llegar a los prolegómenos del final, hasta aquí hemos llegado, catapún chin pun, se acabó, y la de vueltas que le doy, le damos. Y mientras el mundo está ahí con sus historias, la Leonor, pobrecita ella, y su Universidad a medida, la Leti con sus modelitos, toda la familia real como un daguerrotipo del año la pera orquestando los teatrales preparativos del próximo12 de octubre; y más allá, más de lo mismo, unos y otros rompiéndose la crisma, el Gran Payaso actuando en consecuencia… etcétera, etcétera. La vida no es sueño, más bien es un juego de trileros alrededor del cual el resto del mundo hace círculo en el que mientras tanto algún carterista hace su agosto.

Y se acabó, voy a ver si siembro de césped un pequeño trozo al sur de la parcela.