viernes, 23 de octubre de 2026

De la IA y la codicia

 


El Chorrillo, 23 de octubre de 2026

Leo un extenso artículo sobre la IA en Le Monde Diplomatique, un artículo informado que rebosa de datos y que nos presenta la IA como una especie de distopía que dejará el mundo patas arriba, y la sensación que tengo aquí, y en muchas más apreciaciones sobre la realidad, es que tanta jerigonza analítica pasa por alto la lógica más abrumadora centrando el problema en la roma inmediatez, las consecuencias de la IA sobre el mundo del trabajo, el paro, etc., cuando el problema en absoluto está ahí, que si dispusiéramos de medios para vivir en condiciones reduciendo nuestras horas de trabajo al mínimo posible, estaríamos acercándonos al mejor de los mundos.

El problema no reside ahí por más que los especialistas en análisis políticos o económicos quieran hacérnoslo meter por las narices. El problema es mucho más sencillo que todo eso. Para que el conjunto de la humanidad pudiera vivir en muchas mejores condiciones bastaría con someter a las clases altas de nuestra sociedad a una lobotomía selectiva que, interrumpiendo determinadas conexiones cerebrales, pudieran aliviar síntomas psiquiátricos graves como es ese que sufren los acumuladores de riqueza. El hecho de que personas con capacidad para influir en la vida de millones pueden tomar decisiones cuyos beneficios son privados y cuyos costes se reparten entre los demás, va en franca oposición a los criterios que ha seguido la Especie a lo largo de su desarrollo. Basta imaginar una colmena o un hormiguero en donde toda la población de insectos trabajara para beneficio de un puñado de hormigas o abejas. Sería algo biológicamente inconcebible.

Se me ocurre lo de la lobotomía en clave irónica porque entiendo que todos estos oligarcas son en cierto modo seres enfermos que han sustituido el arte de vivir por la ambición de tener y poder, una limitación moral que hace que unos pocos individuos puedan convertirse en un peligro para el resto de la comunidad. Pero, se ve, cambiar la naturaleza humana, por mucho que la lógica de la colmena sea tan evidente, por la lógica del sentido común es totalmente utópico. “Todos a la guillotina, todos a la guillotina, a la guillotina con ellos…”; con esas palabras abrió jocosamente Javier Gallego su programa Carne Cruda por algún tiempo. Construir un mundo en el que las peores inclinaciones no puedan gobernarnos aparece sin embargo tan utópico como irreal.

Y entonces podríamos llevar la reflexión un paso más allá: quizá no necesitamos la lobotomía de los oligarcas, sino una sociedad que impida que las limitaciones morales de cualquier individuo puedan convertirse en un peligro para millones de personas. Y claro, estamos con la madre del borrego porque precisamente vivimos insertos en una sociedad en la que la evidencia palpable y real de la vida se ha venido configurando bajo unas estructuras de poder destinadas a entontecer al ciudadano corriente haciéndole creer que no hay más música que la que suena, que lo otro, ¡que vienen los comunistas, que vienen los comunistas!, que no se te pase siquiera por la cabeza. Tal como nos encontramos estamos en el mejor de los mundos, que te quede claro, dicta a nuestro subconsciente el Sistema, ese Gran Otro que gobierna nuestras vidas desde la oscuridad.

Una sociedad centrada en poseer, acumular y competir puede moldear el carácter de las personas hasta hacer de ellas auténticos pingajos. Quizás después de estas consideraciones pueda comprender mejor a los detractores de la IA. No puedes defender la extraordinaria capacidad de ésta para optimizar trabajos, que es un bien reconocible y útil; no puedes defenderlo porque revertida su operatividad sobre un mundo basado en la usura y la codicia, quienes pagarán siempre en una economía de mercado serán los curritos de a pie. Un microondas es una excelente herramienta para cocinar, igual que una sartén, pero… y ahí está el asunto, depende de si usas ambos para freírte un pie o para cocinarte un pisto. Que unos usen las herramientas sociales para acumular poder y otros para crear, cuidar y compartir, por narices nos invita a considerar, cuando tratamos de transformar una sociedad, lo que siendo útil, caso de la IA, puede ser a su vez una terrible amenaza para dicha sociedad . Y habría que añadir… en las condiciones actuales.

Ahora bien, el problema social no está necesariamente en la tecnología, sino en la forma en que se distribuyen sus beneficios y sus costes. Y aquí tendríamos que trasladarnos a China y considerar si los juicios catastróficos que emitimos sobre la IA en Occidente son trasladables allí. El gobierno chino ha reconocido que el progreso de la IA puede entrar en conflicto con el empleo y que ese conflicto necesita una respuesta política, y así, precisamente hoy, me dice el ChatGpt, ha publicado una directriz del Consejo de Estado chino para adaptar el desarrollo de la inteligencia artificial a la protección del empleo. El documento plantea reducir los efectos de sustitución laboral, evaluar los riesgos para el empleo, apoyar la formación y la recolocación de trabajadores y reforzar su protección social. Está por ver, naturalmente, las consecuencias de estas medidas que tendrán que debatirse entre la maximización del beneficio privado y el de los ciudadanos. En el documento evidentemente repartir el beneficio social de la automatización está en la cabecera de las intenciones del gobierno. Una intención que apuntaría a algo que expresaba más arriba cuando defendía el uso de la IA desde la perspectiva de un beneficio social que nos liberara en gran parte de la necesidad del trabajo para atender así a otras facetas sociales o personales. Muy bonito en apariencia, y que en sustancia ante la depredación sistemática que el capital hace en Occidente se nos parece mucho más humano y conveniente. El miedo que se tiene en Occidente a un sistema en donde la redistribución de la riqueza descienda más racionalmente a la generalidad de los ciudadanos, se justifica, es claro, por el miedo a que el estómago de la codicia sufra una vomitona, cosa imposible de momento en donde al entontecimiento del ciudadano corriente contribuye tanto ese tupido velo que nos impide ver un posible mundo más justo en el panorama de la actualidad.


La vida estancada


 


El Chorrillo, 23 de octubre de 2026

¿Será sólo asomarse a ver pasar los días como en aquel relato de Tagore en que un niño veía atravesar la vida de los otros desde su ventana? Aquel niño se llamaba precisamente Amal, el mismo nombre que el de la protagonista de la película que vi hace días y sobre la que escribí aquí mismo. El relato de Tagore se titulaba El cartero del rey. Amal era un niño enfermo al que el médico ha ordenado permanecer en casa. Por eso pasa mucho tiempo junto a la ventana, mirando la calle y hablando con quienes pasan por delante: el lechero, los muchachos, los viajeros… Desde esa ventana, el mundo exterior se convierte para él en una invitación a vivir, a conocer y a imaginar. La ventana es para él mucho más que un lugar desde el que mirar: representa la frontera entre el encierro y la libertad, entre la fragilidad del niño y la inmensidad de la vida que desea conocer. En esta situación lo que hace entrañable a Amal es que, aunque apenas puede salir de su habitación, su curiosidad y su imaginación no tienen fronteras. Llevo un tiempo en que me siento Amal del todo, especialmente desde que he tenido que suspender mis caminatas matinales, mis ejercicios de mantenimiento y, por supuesto, mis salidas y pernoctas en las cumbres. Soy Amal, mi ventana en cierto modo es Internet, las pocas comunicaciones que mantengo con amigos a través de mis posts en las redes.

Ayer vi la magnífica película de Mikio Naruse, Cuando una mujer sube una escalera. Le había pedido al ChatGpt que me diera una lista de las mejores películas poniendo el acento especialmente en el cine oriental, y ahí encontré a Naruse junto a Kore-eda. La película cuenta la historia de Keiko, una viuda que trabaja como anfitriona en un bar de Tokio. Aunque desea conservar su dignidad e independencia en un ambiente en donde las mujeres dependen económicamente de los hombres y sueña con abrir su propio negocio, sus intentos de cambiar de vida chocan con las decepciones amorosas y las dificultades económicas. En el film la escalera simboliza su existencia: cada noche vuelve a empezar, atrapada entre el deseo de libertad y una realidad que apenas le permite elegir su destino. La fatalidad se cierne sobre ella, no hay final feliz, en la última secuencia se la ve caminando por la noche por las calles de ambiente nocturno de una gran ciudad pensando para sí que tenía que hacerse fuerte como un árbol para resistir el embate del viento del norte.

En mi mente coinciden en este momento las figuras del Amal de Tagore y Keiko, la protagonista de Naruse. Sensaciones, esas de las que Pessoa decía que son lo mejor que tenemos. «La única realidad para mí son mis sensaciones», escribió, y añadía: «Después de todo, la mejor manera de viajar es sentir». Y se me aparece como una idea fértil porque en ese la mejor manera de viajar es sentir, el verbo viajar bien podría sustituirse por otras tantas actividades como leer, escuchar música, ver una película, subir montañas… que en el libro que leemos, la película que vemos, lo principal sea sentir por encima de otras apreciaciones argumentales, artísticas, conocimiento, alienta a poner el acento en lo que leemos o vemos en ese mundo fundamental de las sensaciones.

 

Cuando uno no termina de estar bien en muchos sentidos, achaques, dolencias, sensación de mareo, vuelta de nuevo a estar en flutter (arritmia), no le quedan más cáscaras que sumergirse en el mundo de Keiko y afrontar la situación. El título alude al gesto cotidiano con el que Keiko sube cada noche las escaleras que conducen al bar. Antes de entrar, debe recomponerse, ponerse una máscara de alegría y estar preparada para representar el papel que los clientes esperan de ella. La escalera se convierte así en una imagen de su existencia en la que cada noche requiere un esfuerzo continuado. Y así uno y otro día. Keiko no ha llegado a la situación de Amal totalmente recluido en esa habitación desde la que observa el mundo, Keiko está en el mundo y en él tiene que ganarse la vida para atender a sus propias necesidades.  

Sin embargo ya no eres un niño y asomarse a ver pasar los días… requiere el esfuerzo suplementario de Keiko. C’est la vie…

 

 


jueves, 22 de octubre de 2026

Si la vida fuera infinitamente larga



El Chorrillo, 17 de octubre de 2026

Me gustaba anoche sentir la luna entrar en la cabaña. Yo en la cama bajo el edredón y la luna despertando levemente a los libros, a los cuadros y no pensar en nada o acaso recordando alguna noche de luna llena en alguna cumbre desde dentro del saco se dormir. Eso que queda en la memoria, fugaces momentos de vida. Era bonito sentirse acompañado por la luna a estas horas tan íntimas de la madrugada. La vida, sí. 

Si una vida fuera infinitamente larga… decía Enrique en un comentario por aquí está mañana. En Los viajes de Gulliver Jonathan Swift creo recordar que hablaba de dos tipos de personajes, los caballos racionales y los seres que viven indefinidamente. El problema que planteaban estos últimos era que envejecían y tenían achaques como nosotros; una vida excesivamente larga plantearía en este caso una hipótesis poco deseable, porque efectivamente el asunto no es vivir indefinidamente, sino hacerlo, digamos, dignamente antes de que los deseos (significativos), como dices, se agoten. La muerte, escribía él , podría entenderse como el resultado de un deterioro biológico que ya no puede compensarse mediante los mecanismos de reparación del organismo. Y me pregunto, le digo, que con tener toda la razón, qué podría argumentarte Bermang ante planteamientos así. Creo que pensaría que era un asunto que no le interesaba. Él pescaba en otra clase de río. Las imágenes del reloj, y la muerte, aparecen reiteradas y dispersas por la filmografía de Bergman, pero siempre, creo, desde la perspectiva de la inquietud por el hecho de existir y su finitud, nada que ver con aspectos biológicos o la lógica de un final de ciclo. La incomprensión de la muerte, que no es reducible al raciocinio, irrumpe en muchos de sus personajes en medio de una profunda necesidad de comprender. Esa necesidad, hablaba días atrás en El lector, de Bernhard Schlink, en donde esa necesidad de comprender, la implicación en crímenes nazis de una antigua amante, se convierte en el tema central del libro; esa necesidad, decía, que permea nuestra conciencia ante lo ineluctable es el motivo de una amplísima bibliografía que demuestra hasta donde el hombre, guiado en su más íntimo ser por el deseo de pervivencia inoculado por la Especie en nuestro organismo, se da bruces con la fisicidad de eso que llamas fatiga de materiales que precede a nuestra extinción como seres vivos.

Se entiende que cuando uno está en esa fase de deterioro físico e incluso en su final, los razonamientos en torno a la lógica de la extinción no creo que sean de su interés, entre otras cosas por su calidad de obvios. De donde la interpretación de la muerte queda a un lado para ser sustituida por la vivencia, la angustia en ocasiones, o el deseo de la necesidad de ser abrazados, como sucede en Gritos y susurros, de Bergman, en que la protagonista que va a morir en absoluto necesita una teoría sobre el sentido de la existencia ni una explicación sobre la logicidad de que ha llegado para ella el momento final. Sus sentimientos desnudos se bastan a sí mismos. Por eso explicar la muerte desde el observador que la ve allá lejos como objeto de mirada y análisis, creo que no tiene nada que ver con los mecanismos materiales que llevan a la muerte. Ningún consuelo puede ofrecer en este caso los porqués porque son dos procesos totalmente diferentes que no se interfieren en su desarrollo.

Creo que es en una viejísima lectura de Unamuno, allá cuando estaba en la veintena, en El sentimiento trágico de la vida, en donde éste se preguntaba si podemos aceptar que nuestra conciencia desaparezca para siempre. Recurrimos a la razón, pero ésta en sus esfuerzos inútiles no logra abrirse en la oscuridad de lo incomprensible, de pasar de ser a no ser, a convertirte en nada. El deseo íntimo de seguir existiendo es para Unamuno el conflicto más significativo del ser humano; no se trata simplemente de dejar de existir sino de algo mucho más radical: no concebir que uno pueda dejar de ser él mismo. 

La muerte, es cierto, puede acabar, como dice Enrique, funcionando como un asalto, como un despojo de aquello que todavía podríamos haber vivido. Y recuerdo ahora al alpinista italiano Casarotto que ha abandonado una primera ascensión a K2 en solitario y camino del campo base cae en una grieta desde donde logra comunicarse con su esposa Goretta antes de morir. Un asalto a su malogrado objetivo, la cumbre del K2, al cariño de su esposa, a tantas montañas y paredes que le esperaban poder escalar. Evidentemente la conjetura de no pasar por ese “asalto” y vivir tan largo como los personajes de Los viajes de Gúlliver lo que hace es descubrirnos una situación abocada al absurdo, además de indeseable. 

Nuestro cerebro no está hecho, como pensaba Unamuno, para aceptar que dejemos de ser lo que somos. Y si tenemos que llegar a una solución de compromiso ésta deberá pasar inevitablemente por unos canales que no son la razón, caso del tantrismo en que sus seguidores se acercan al “conocimiento” de la muerte permaneciendo algún día en silencio junto al cadáver de una persona con la que en vida tuvieron una relación afectiva. 






Oppenheimer

 


El Chorrillo, 22 de octubre de 2026

Son cerca de las cuatro de la mañana. La oscuridad de mi cabaña queda bañada por una media luna creciente. También mi obligada inmovilidad tiene su parte amable, ésta sin más de haber cambiado mis horarios y mis rutinas. La película de hoy, Oppenheimer, duraba tres horas pero no me arredré por ello. En la chimenea ardían gruesos troncos de olmo y la noche invitaba a viajar por otros mundos. En general rehúyo las películas norteamericanas modernas a no ser que sean excepcionalmente buenas. En ellas por poco que se descuiden ahí tenemos casi siempre personajes sobrados de sí mismos, actitudes y tics de quienes están por encima del bien y del mal, todos sus personajes tan planchaditos y suficientes... No se debe generalizar, porque de todo hay en la viña del señor, pero es que me molesta tánto ese género de cosas que sólo como excepción las acepto. 

 Una película a la que faltándole evidentemente el contrapeso de los horrores de Hiroshima y Nagasaki, muertes y horrores que en la película son celebradas con el indescriptible entusiasmo de los norteamericanos. Benditos ellos, no los de la época sino la estupidez que demuestran los posibles espectadores a los que los guionistas sirven esta mascarada a la manera del un final de un campeonato mundial de fútbol. Qué gente, no sólo no esconden sus vergüenzas sino que les sirve de diversión. Material, claro, para las masas, ésa con la que se hace taquilla.  

Cuando ver una película, o incluso simplemente se observa la realidad, y la película, la realidad, dejan de ser un simple espectáculo para convertirse en un elemento de reflexión, y la reflexión, como quien hace ejercicios de mantenimiento cada mañana, cala en ti algo más que como puro conocimiento, lo que hacemos es tomar postura ante el rumbo del mundo definiendo nuestro estar en él frente a la aleatoriedad de las circunstancias externas.  

A qué finalidad intrínseca se debe en particular la película que vi anoche, me pregunto, ya en este momento la mañana siguiente. Sí, el desglose de la personalidad y del hacer del protagonista, la necesidad de hacer taquilla, el valor del entorno –Estados Unidos y la defensa de su hegemonía planetaria–, el planteamiento de una dicotomía por resolver, o son los alemanes los que fabrican la bomba atómica y es por tanto el fin del mundo y la hegemonía alemana en él, o son los norteamericanos en contrapartida como salvadores de esta catástrofe los que a partir de entonces deberán regir los destinos del mundo con un incremento armamentístico capaz de destruir varias veces el planeta. Terrible dilema para quien observando el mundo desde la perspectiva de un Rodríguez de la Fuente o de un Jean Jacques Rousseau comprende que Yahvé erró cuando creyendo que quitándoles la tutela divina a Adán y Eva y dejándoles al arbitrio de la trasgresión, éstos no sólo se ganarían el pan con el sudor de su frente, sino que su libertad les serviría para crecer en concordia. Yahvé no llegó a prever que aquel acto sería con el tiempo destapar la tapa de la caja de los truenos de una interminable historia de guerras como resultado de  incontrolables pasiones de poder y hegemonía que venían encapsuladas en el mismo paquete que las previsibles bondades de los primeros habitantes.  

Esperar a que pase el interludio del sueño para reposar las impresiones que me provocó el film de la noche anterior, dejar distancia por medio, termina poniéndome ante asuntos como éste con la perspectiva de quien observa un perfecto loquerío. La aparente seriedad y responsabilidad con la que vemos desfilar a los personajes de la película contribuyen, como el ropaje de un actor al que la indumentaria da aspecto de respetabilidad, a hacernos creíbles una historia y unas motivaciones que desmenuzadas y desnudas de apariencia lo que hace es ponernos sobre la mesa realidades, la triste realidad, de que en el fondo lo que fluye, como en los ríos subterráneos, son las pasiones del poder y del dominio. Cierto que los norteamericanos tienen enfrente un contrapoder, los alemanes, y con ello el temor de que éstos puedan adelantarse en la fabricación de la bomba atómica, lo que justificaría de alguna manera el empeño urgente de la fabricación de la bomba. Ante un mundo tan demencial, Hitler y la ambición de poder, se impone así otro mundo no menos demencial que terminará al modo de los primeros controlando una parte sustancial del mundo. Frente al fascismo y sus doctrinas totalitarias, lo vemos en nuestros días, otro totalitarismo vendrá a imponerse desde el capitalismo. ¿No vemos en el actual presidente de Estados Unidos aflorar esta idea de totalitarismo que ocupaba obsesiva la mente de Hitler?

Bajo la realidad que ocupan las portadas de los periódicos subyacen, como siempre ha sido en la historia –el discurso oficial y la realidad son dos cosas diferentes– las pasiones personales o colectivas que son las que irrigan los conflictos y los intereses de todo tipo. El Oppenheimer despreciado y perseguido del final de la película es un ser engañado del que se ha servido al Sistema para sus propios fines; el Gran Otro, ese imperativo categórico que se impone desde la fuerza del anonimato a la mentalidad de los ciudadanos, sonríe en la distancia cuando comprueba los tantos hooligans, ciudadanos de a pie, que suscriben la masacre de parecida manera a como se celebra un gol decisivo en la portería del equipo contrario. El estúpido Truman que nos presenta el director, acaso una caricatura precisa de la realidad; los jueces y los políticos, todos al unísonos son los parias de un teatro de guiñol de ese ente abstracto llamado Gran Otro.

Es cierto que no se deben descontextualizar los motivos que llevan al uso de la fabricación de la bomba en relación con el peligro que implicaba la amenaza alemana, que de llevarse a cabo podría haber rediseñado un mundo muy diferente del que vivimos en la actualidad. Pero, ¿no existían otras posibilidades como en algún momento expresa Oppenheimer, una demostración del poder atómico que visibilizara su capacidad de destrucción en un escenario cercano que, sin producir tanto horror, hubiera hecho recapacitar a los japoneses de lo irremediable de su rendición? 

La película, ésta y la mayoría del resto, como objeto de consumo, debe atenerse a las reglas del mercado y quizás por ello precisamente en ésta la existencia de tantas concesiones que se hacen en el film a las necesidades borreguiles de un espectador por el que corre la sangre del sueño norteamericano de la supremacía.

 


miércoles, 21 de octubre de 2026

Kafka y el Gran Otro

 


El Chorrillo, 21 de octubre de 2026  

No, son otros los términos a los que me refiero (ver comentario de Enrique aquí). El después de la muerte es un monte hipotético desde el que observas tu propia vida, sirve para analizar el curso de nuestras inquietudes, la belleza de la vida, esa que nos ha dado tanto. Sirve a la necesidad de tener claro qué es y qué ha sido importante en la vida, un osito de peluche en que recostar nuestro ser cuando miramos a la tarde el horizonte con los ojos cerrados dejándonos llevar por el ritmo tranquilo del corazón. 

Tenía una amiga que si pretendías hablar de la muerte con ella, te daba con la puerta en las narices. Craso error cuando no se comprende que la vida y la muerte forman un inseparable tándem en donde no se puede concebir el uno sin el otro. Así que mejor no negar. No se trata de jugar una partida de ajedrez con ella como hace Max von Sydow en El séptimo sello, ese experimentar en nuestras íntimas entrañas los complejos sentimientos que destila nuestro cerebro. Puede sonar a filosofía barata, pero existe. No es el manido pienso, luego existo, sino siento, luego vivo. Hay quien se apasiona con un gol de Messi, otros tenemos pasiones algo más raras. 

En ocasiones cuando entro en materia tengo la sensación de que me dejo llevar por el atractivo flujo de las palabras. Bueno, también eso forma parte de la vida e indudablemente actúan sobre el ánimo y el razonamiento a modo de bola de nieve impulsada por la corriente de las propias intuiciones. Creo que recientemente me referí a Mirabeau cuando al impulso de sus propias palabras en la Asamblea Francesa lanzó a un inesperado discurso que contribuyó al inicio de la Revolución Francesa. 

También esto es válido aunque para el frío raciocinio de una interpretación psicológica pueda ser simplemente un arranque. Hay cosas que en absoluto se ven y que sin embargo arrastran nuestras vidas y las de la sociedad por los caminos turbulentos de lo que Žižek denomina el Gran Otro, este mundo sin más que vivimos de cierto oscurantismo en donde las causas de un modo de organización económica o política se la van pasando de uno a otro, remitiéndose siempre a una autoridad superior, el director, la empresa, la coyuntura económica internacional, etcétera, hasta que descubrimos que la razón de todo está en el Gran Otro, un ente abstracto que determina el comportamiento de toda la cadena. El Gran Otro es, en una de sus dimensiones, el lugar simbólico desde el que parecen emanar las normas, las expectativas y la autoridad que organizan nuestras acciones. Si escribo todo este rollo, bien que motivado por mi reciente lectura de Mark Ficher, es porque descubro en mí una antiquísima disposición a interesarme por lo que hago o pienso al margen de las influencias más o menos perniciosas que el sistema inocula en el ciudadano empujándole a prescindir de sus propias ideas e iniciativas sustituyéndolas por refinados y ocultos intereses ideológicos y económicos. Al final todo es un engaño que hace funcionar tanto al sistema como a nosotros mismos en una interminable cadena de montaje en donde quien rige los destinos del hombre, puestos a considerar el bien de la humanidad y del individuo en particular, es una abstracción que como mi antiguo flutter del corazón no irriga el cuerpo sino que da vueltas y más vueltas en el ventrículo produciendo unas excesivas palpitaciones que no tienen otra finalidad que retroalimentar el sistema. 

Ahora estoy más tranquilo, ya no estoy en flutter, mi arritmia ha desaparecido, al menos momentáneamente, y ahora mi sangre está liberada y puede cumplir su función de llevar oxígeno y alimento a mis células. La sociedad, y en especial el sistema capitalista en que vivimos, sin embargo está en flutter permanente, no irriga el cuerpo social y permanece estancado fomentando el engaño de que vivimos el mejor de los mundos posibles. 

Sin embargo no todo el personal está en las nubes ni conforme con que el Gran Otro sea el que organice nuestras vidas. De ahí las revoluciones juveniles, el 15M, las revueltas actuales en Francia o Italia. No sabemos bien qué nos sucede pero hay algo que muchos sentimos que no funciona en nuestra sociedad y entonces despertamos, empezamos a ver la realidad en la perspectiva que comentaba al principio de este escrito, desde la cima de una montaña, los mecanismos de poder y la economía, nuestro adocenamiento, la insulsa realidad de vivir para consumir, y desde un punto de vista personal la percepción de que lo verdaderamente importante consiste en liberarse de ataduras en la medida de lo posible para intentar ser nosotros mismos, bien que formando parte de una sociedad en donde todos contribuimos al bienestar de la colmena. 

Pero para eso es necesario subir montañas y en la paz de la soledad de las cumbres contemplar a nuestros pies la adormilada actitud de una sociedad que como rezaba en aquellos slogans del 15M, necesita despertar. 

¿O no, y entonces debemos seguir formando parte de un relato kafkiano, el de la pesadilla incomprendida de un absurdo proceso... al menos en lo que se refiere a nuestras vidas no vivida en mí al modo del soneto teresiano?  

  

  


martes, 20 de octubre de 2026

Despertando después de la muerte




El Chorrillo, 28 de octubre de 2026 

Aunque nos muramos y esas cosas y seamos eso, una chispa en la historia del universo, la verdad es que la cosa está bien, habrá sido bonito pasar sobre la historia de este planeta y haber vivido codo con codo un ratito entre los otros sapiens, las plantas, el aire, los pájaros. Si hubiera un lugar desde donde recordar el pasado, de cuando éramos esa miaja de polvo sobre un pedazo de tierra que gira eternamente en un hueco del Universo y pudiéramos sentarnos abrazados sobre las rodillas contemplando el lejano pasado de nuestras vidas, creo que lo que me surgiría sería una sonrisa de gusto, especialmente por no haber hecho el idiota. Sí, lo que tengo en memoria es aquella afirmación de Neruda cuando le dio por escribir el libro de su vida. ¡Qué pena!, ¿verdad? Llegar a un día semejante y descubrir que en la única oportunidad que te han dado para vivir te has comportado como un solemne idiota. 

Vino Victoria a la cabaña, eran las once de la mañana, pensando que lo mismo me había dado un patatús, pero no, estaba simplemente mirando a las musarañas, que es una de las actividades humanas más gratas y provechosas. Y qué pena, sí; pienso en el desperdicio de vida en tantos empeños, fuegos de artificio, en que se embarcan algunos porque teniendo unas narices excesivamente grandes no les alcanzan los ojos para ver un poco más allá. Pobrecitos ellos que ni siquiera serán merecedores de un trocito de satisfacción cuando miren en retrospectiva sus inútiles y estúpidas huellas sobre el perejil. Algunos, más tontos no pueden ser, se consolarán diciendo que les quiten lo bailao mientras miran el desierto que tienen a sus espaldas. Demasiado sádicos aquellos, incluido el Jesús de Nazaret, que destinaban al fuego eterno a aquellos que habían confundido en vida el culo con las témporas.

Bienvenido al desierto de lo real es un libro de Žižek que toma la frase para explorar qué ocurre cuando la realidad irrumpe y hace añicos las imágenes tranquilizadoras con las que la sustituimos. Esa realidad que empiezas a barruntar nada más morirte y que como en algunos personajes de Kore-eda en After life, no encuentras más que el detritus de tus aspiraciones económicas y de poder. 

Pero bueno, que todavía no nos hemos muerto, que lo único que sucede es que de tanto en tanto uno se despierte lúcido, no digo se levante, que cuando eso sucede se me corta la leche, y que por tanto hay que aprovechar esos momentos de lucidez antes de que desaparezcan por los imbornales de la actividad mañanera. Y no existe mejor manera para ello que contemplar la vida en perspectiva, que es como se debe contemplar un bosque, nunca metido entre los árboles. Y yo, aunque todavía no me he muerto, a Dios gracias, esta mañana me desperté con esa idea de Kore-eda de muerto estando vivo y con ello trato de hacer un post, que es una de las cosas de este periodo de entre salud y salud, que Dios me oiga, de la que más saco provecho últimamente. 

Para Žižek el hombre sucker es el pardillo, el ingenuo, el que cree en la neutralidad del mercado, de los medios o de la democracia formal; es el hombre que vive protegido en una burbuja de bienestar. Entre el hombre sucker y el lumpenbourgeoisie (con que Zizet denomina a los oligarcas contemporáneos) bailamos el tango de la existencia los que ni siendo lo uno ni lo otro tratamos de comprender qué coño es esto de la vida y en qué consiste. Y para obrar en consecuencia de lo que esa vida sea. Y es en ese punto en donde tantas veces recalan mis reflexiones con las que como buen ciego trato de orientarme de manera similar a cómo éste tienta la realidad en la que se mueve con la punta de su bastón. Existe una paradoja de origen indio en donde varios ciegos intentan averiguar cómo es un elefante palpándolo. Uno toca un lateral y cree que es una pared; otro agarra la trompa y piensa que es una serpiente; otro palpa una pata y la compara con el tronco de un árbol. Todos están convencidos de que conocen el animal. Algo así sucede con la realidad donde una persona cuya vida gira exclusivamente en torno al dinero puede llegar a interpretar toda la realidad desde esa perspectiva; algo parecido sucedería con el poder y con muchas de nuestras pasiones. Volveríamos a aquella consideración de que los árboles no nos dejan ver el bosque. 

Al final de todo se me ocurre que mejor que esperar a morirnos para poder ver nuestras vidas en toda su perspectiva, sería que nos quitáramos la venda de los ojos y que en vida hiciéramos un continuado ejercicio de comprensión que pusiera en contexto nuestras creencias, por la película de anoche, Amal; nuestro modo de entender la vida, Un asunto de familia; nuestro débito con los otros, Nebraska; nuestra relación con el planeta, Wall-E (que querría ver esta noche). 

La una del mediodía. Hora de levantarse. 





lunes, 19 de octubre de 2026

El deseo de vida


“Qué te hace tan fuerte. Se quedó pensativo. El deseo dijo. El deseo de vida”.

 (La belleza del marido. Anne Carson)

El sol acaba de dejar sobre la estantería de mis libros su último grito agónico, una mancha de rojo fuego ha encendido la cabaña por unos pocos segundos y enseguida se ha extinguido. Escucho La Pasión según San Mateo de Bach. Una lejana reminiscencia brota en mi memoria. Pirineos. Llevaba caminando un mes desde el golfo de Vizcaya y la música llegaba a mi alma de solitario con una suerte de honda emoción. Ahora recreo aquella circunstancia. 

Acabo de terminar el libro de Anne Carson, La belleza del marido. “¿Qué te hace tan fuerte…? El deseo de vida”, afirman los versos de Carson. Cristo ha muerto entre las montañas del Pirineo y su muerte penetra la voluntad del caminante. La muerte cruza con su guadaña el plano alto de una película de Bergman, juega al ajedrez con Antonius Block, el personaje de Max von Sydow mientras allá abajo el espeso bosque de la Garrotxa se va cubriendo con las sombras del crepúsculo. Frente al tablero de ajedrez el deseo se enfrenta a la muerte. No hay dramatismo en el alma del caminante, sólo la profunda y afilada sensación de la vida que corre por sus entrañas penetraba su ánimo. 

Y llega la noche y la hora del cine y decido hacer un paréntesis con Kore-eda y elijo Amal, que me recomendó ayer Santiago. La presentación que se hace en su app RTVE dice textualmente: “Amal, profesora, anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y la libertad de expresión”. Me admiro de que al responsable encargado de este breve texto no se le haya caído la cara de vergüenza haciendo este falso resumen. El tema real de la película no tiene absolutamente nada que ver con la pasión por la lectura, que parece ser el gancho con que se quiere atraer al posible espectador, sino el fanatismo, la libertad de expresión y el valor de defender las propias convicciones frente a la presión del entorno. Aquí se impondrían dos reflexiones diferentes, la que apunta a la manipulación del posible lector con falsas pistas y por otra parte a la reflexión sobre la propia película. 

Al margen de ambas lo primero que me llamo la atención en la película es la visión que se da de una clase de alumnos de los últimos cursos de secundaria, algo que ya atrajo mi interés en una película reciente que no terminé de ver, Another Round, donde una clase de instituto era una exhibición de chulería y de comportarse como si los alumnos estuvieran en la barra de un bar (menos en la de hoy). Sólo constatar el vértigo que me da pensar en que pudiera tocarme a mí dar una clase en situaciones similares. 

La reflexión que corresponde al fundamentalismo, me la ahorro por sobradamente conocida; sólo pensar en ello y cómo se representa en la película, me produce dolor de cabeza. Tomar en una película o en una obra de teatro, como hace Shakespeare en Lear u Otelo, a los malos como extremadamente malísimos, siempre fue un recurso argumental que aseguraba un excelente fondo dramático. El término que define esta situación es catarsis, es decir la purificación o liberación emocional que experimenta el espectador contemplando ciertas películas u obras de teatro; éste contempla un sufrimiento que no está viviendo en su propia carne, pero que le permite experimentar intensamente parecidas emociones. En el film, la indignación que sufrimos viviendo el fanatismo de unos fundamentalistas surge de una disposición y un concepto de la injusticia y la realidad que en nuestra cultura ha ido evolucionando desde el primitivismo de pasados siglos hasta una situación general en la que el sentido de la convivencia y el respeto por las ideas de los demás han permeando en el corpus social. A la sociedad le cuesta horrores cambiar de registro e ir encontrando a lo largo del tiempo un entorno de respeto y entendimiento. En ello se está todavía, por ejemplo, con el feminismo. Y no está tan lejos el hecho de que el color de la piel supusiera un elemento de discriminación. En esa tesitura de lucha y agiornamento se sitúa Amal. Blancos contra negros, fundamentalistas contra la libertad, hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, ricos y acaudalados contra la gente corriente, capitalismo contra socialismo. 

De momento en la película no hay síntesis que valga, el director nos niega ese final feliz que todos deseamos. Fílmicamente es un acierto la muerte de la protagonista que intenta con todas sus fuerzas conciliar ideas, pero a la que el guionista, en un golpe inesperado, hace morir en manos del fanatismo. Algo se ha hecho a lo largo de la película, pero todavía es insuficiente porque el fanatismo y su capacidad se destrucción siguen latente en la sociedad. Y me despido recordando como jóvenes de la extrema derecha irrumpieron violentamente días atrás en la acampada se Sol, un dato más de cómo el cuerpo social engendra en sus entrañas enfermedades irreconciliables con la convivencia y la libertad.