sábado, 3 de diciembre de 2022

3 de diciembre

 



Al final terminé llamando a Ramón, el fontanero, un hombre afable y servicial y muy competente que se ocupa desde hace años de los arreglos de la casa que yo no puedo resolver. El tapón del radiador a quitar que yo inútilmente traté de desenroscar ayer durante unas cuantas horas él lo retiró en un plis plas. En este caso mi autodidactismo me falló, aunque mereció la pena volver a ver a Ramón. Mientras trabaja le llama un cliente, le atiende, cuelga y me dice: un cliente, es una buena persona. Pues no es poca cosa eso de ser buena persona, le comento. Ramón sonríe, mueve la cabeza como diciendo: sí, la verdad es que sí. Después, mientras forcejea con la terraja para hacer la rosca a la tubería de hierro, charlamos de esto y aquello. Fue cuando se marchó que me baje a la cabaña y alcancé aquel tomo que escribí años atrás, Diario de las cinco de la mañana, un diario en una época en que salía a caminar antes del alba por los alrededores de casa todos los días. Se me ocurrió así sin más, cosa de experimentar el silencio y la noche. Recuerdo que caminaba una hora y media y volvía a casa cuando una débil luz apuntaba en el horizonte. Encendía entonces la chimenea de la cabaña y, frente al fuego en posición de loto, hacía un rato de yoga. Mientras en la ventana  se iba encendiendo la mañana, primero un intenso azul prusia sustituía al negro betún de la noche; después el cielo se teñía de malva, pasaba al rosado y finalmente irrumpía el sol sobre el mundo.

Cuando esto sucedía ya había terminado con el yoga y, lleno de algunas de esas sensaciones que me habían visitado desde que me había levantado, encendía el ordenador y dedicaba a dar cuenta de ellas por escrito. Era una bonita manera de comenzar el día, el encuentro con la noche, el silencio de los campos, el revuelo de alguna perdiz sorprendida en medio del sueño, un conejo que asustado salía huyendo pies para qué os quiero a través de las cebada; y después, cuando dejaba atrás el silencio de la autovía, todavía dormida, comprobar que las constelaciones seguían puntualmente ahí, con Júpiter o Saturno cada día más desplazados hacia poniente según avanzaba el invierno. La hilera de almendros a ambos lados del sendero, el suave rumor del cañaveral antes de girar hacia el arroyo Tochuelo.

¿Con quién ha de hablar el caminante solitario que pasea por la noche sino con los árboles, las estrellas o la brisa que roza las retamas? No deja de ser curiosa esta afición de buscar abrigo en la soledad de la noche y el silencio, curiosa probablemente para una mayoría a la que la oscuridad y la soledad les puede resultar indigesta, sin embargo adivino que cuando inesperadamente alguien que no hace estas cosas se encuentra por primera vez caminando solo en los límites de la noche por un paraje de bosques y montañas, las sensaciones que en tales momentos pueda experimentar tienen toda la probabilidad de acompañarle ya a lo largo de su vida. Me lo contaba un amigo no hace mucho, un día que le dio por ahí o porque le visitó un especial estado de ánimo y que salió en las cercanías de su pueblo a dar una vuelta a tan desacostumbradas horas, tres o cuatro horas hasta que la aurora de rosados dedos llenó el arco del cielo. Pocas veces en sus sesenta o setenta años de vida, me decía, se le habían acumulado tantas sensaciones juntas dentro del pecho en tan corto periodo de tiempo.

Hoy sí que me pareció que había comenzado el invierno. Por primara vez cuando salté de la cama, de inmediato me dije, ya esta aquí el invierno. Y con ello un pelín de inquietud porque pienso en mis vivacs y aunque algo acostumbrado al frío estoy, no deja de imponerme un poco. Luego pienso en esos niños que juegan en la calle en Laponia con veinte grados bajo cero o recuerdo al amigo José caminando dos meses seguidos en la  semioscuridad de la nieve nórdica durante el invierno y si no se me pasa por lo menos algo me alivia. El recuerdo del pasado año durmiendo en cumbres de Gredos o Guadarrama en invierno también le quita marras a mi inquietud, pero, bueno, algo queda. Habrá que irse acostumbrando al frío.

La tarde cae hoy sobre el horizonte como una inmensa hoguera. 


viernes, 2 de diciembre de 2022

Le llamaban el Niño

 

Original de José Manuel Vinches


El Chorrillo, 2 de diciembre de 2022

Cuando te bailan en la cabeza ideas, ambigüedades, esa clase de pensamientos que no sabes por dónde agarrar para darles forma. Me sucede hoy, por ejemplo, con el Niño. Me gustaría escribir algo sobre él, quizás con la idea de ir engrosando un libro que publiqué el pasado año titulado Gente de la montaña, que me gustaría que fuera creciendo, un rincón donde quisiera ir incorporando a montañeros y a gente del mundo de la aventura a la que admiro. Quizás, pero es que no sé por donde empezar. La idea me surgió días atrás cuando vi aparecer en el muro de José Manuel Vinches a un niño de ocho años encaramado a las paredes del mallo Pisón, su hijo Miguel.

En el aire palpitan a veces recuerdos de personas, ese ir y venir de los pensamientos a los que se adhieren semillas cuyo instinto de vida buscan inducir una reflexión, una sinapsis entre la realidad y tu pensamiento, que acaparan tu atención. Una atención probablemente exenta de valoraciones especiales pero que está ahí como el sol que baña esta tarde el interior de mi cabaña o como las nubes que atraviesan frente a mi ventana. Imagino a ese padre, el Niño le llamaban medio siglo atrás en los ambientes de montañas, sobre la pared del mallo Pisón, el vacío a sus pies, alguna chova volando por los alrededores, el aire quieto de la primavera; atento a la cuerda, dando alguna indicación a Miguel, sopesando en segundo plano, como diríamos hoy, la calidad de esta existencia que tenemos en nuestras manos; compartiendo la vida, ese fulgor que, como el arco voltaico, salta entre el hombre y la calidez inerte de la roca, con aquel pequeñajo rubiales que sube al otro extremo de la cuerda como quien estrena un trozo de lucidez que tan tempranamente le está poniendo en contacto con esa savia que nutre a los hombres y sus cuerpos con la gracia íntima que la naturaleza reserva para unos pocos.

Esta mañana Antonio Montes en su muro incluía una bella fotografía en color en la que el mar, de un verde esmeralda rayado de tules blancos, salpicaba las ferruginosas rocas de un acantilado, unos bellos ocres que me recordaban los pigmentos que el amigo Paco fabrica últimamente en Salamanca para sus cuadros. Antonio encabezaba su fotografía con estas palabras: “En mi caminar ...me pregunto, ¿que le aporto al color?”. Y yo le contesto: “Obviamente abres las puertas a su mundo, nos haces llegar algo de ese temblor de belleza que palpita, aquí, en las rocas y en el verde esmeralda de la inquietud del agua que besa la tierra”.

Original de Antonio Montes

Y en este ir y venir de las ideas caigo en que ese interrogante de Antonio tiene mucho que ver con la reflexión que me sugería visualizar a José Manuel y a su hijo Miguel sobre el mallo Pisón. Si trato de recordar algunas cosas que he visto hoy en Feisbuk encuentro que hay aportaciones de distinta índole que han llamado mi atención, en los términos de Antonio gente que me ha aportado algo esta mañana. Algunos ejemplos: Luis Monje sale antes del alba de su casa con la cámara al hombro y se aleja de Puebla de Sanabria con la intención de fotografiar el amanecer sobre los muros de la ciudad. Toma un trozo muy especial de la realidad, la pasa por el alambique de su cámara fotográfica y nos lo ofrece como pan tierno recién sacado de la panadería. Le comento: “Quien busca la belleza la encuentra. Ya imagino yo el escenario, despertarse antes del alba y medio dormido echarse la cámara al hombro y como pescador al amanecer en medio de un frío del carajo, que me sopla Luis, salir a ver qué puede uno pescar a esa hora de los milagros en que el día se despereza”. ¿Qué aporta Luis a la neutra realidad de la mañana? Bueno, pues eso, un buen trozo de belleza.

Original de Luis Monje

¿Qué aporta José Manuel? A mí una leve sonrisa de connivencia, primero, pero también, como recuerdo de mi vieja profesión de maestro escuela, el enorme regalo de comprender que pese a todo la Pedagogía todavía respira de buena salud en muchos padres. Y cómo no esa sintonía primera del niño con las dificultades, con la naturaleza, y porque además viendo a Miguel contemplo a mis propios hijos de su misma edad haciendo la Alta Ruta del Pirineo en los lejanos tiempos de casi medio siglo atrás y ello me llena de gusto.

¿Qué aporta Néstor Fiaño o Julio Gosán con sus fotografías, este último hace un par de días mostrando la soledad de un árbol sobre el horizonte y que a mí me hacía pensar en la paralela soledad del fotógrafo que busca con la toma expresar algo de su propia soledad? ¿Qué nos incita a fotografiarlos, le decía yo a Julio? ¿No son en ocasiones las fotografías que tomamos expresión de parte de uno mismo, su visión del mundo, nuestra manera de percibir?



Original de Julio Gosán

¿Qué aporta Carlos Suárez cuando le leo contar sobre su ascensión a la Poincenot en la Patagonia, ese hermoso y atrevido espolón de granito, o Ramón Portilla cuando rememora su escalada solitaria en  alguna de las rutilantes y atrevidas paredes de Montserrat? Imágenes y textos que tan livianamente pasan en ocasiones por los ojos apresurados de los usuarios de las redes mezclados con la abundancia de materiales heterogéneos, y que sin embargo cuando damos con ellos son como campanillas que despiertan alguna parte adormilada de nuestra memoria o nuestro ánimo.

Puede quedar un poco rimbombante, o acaso trasnochado, pero obviamente cada vez que compartimos un poco de nuestra vida, de lo que hemos creado con nuestras manos, un cuadro, una fotografía, unos versos, lo que hacemos es engrosar ese viejo caudal de la comunicación que viene a estimular nuestra imaginación y  a refrescar nuestra memoria. Confieso que con frecuencia me aburre asomarme a la corrala del Feisbuk donde entre anuncios y demás hay que hacer jeribeques para encontrar lo que te pueda interesar. Hoy mi visita a su corrala fue fructífera.

Original de Carlos Suárez

 

 

 


jueves, 1 de diciembre de 2022

Leer al amparo de la niebla

 



El Chorrillo, 1 de diciembre de 2022

 

De tanto en tanto práctico un raro deporte que consiste en meterme entre pecho y espalda libros que me cuesta entender. Empezado tengo el Tractatus de Wittgenstein, terminado hace semanas Oppiano Licario, de Lezama Lima y, ahora, desde hace un par de días, como rematando a este último, La suerte de Omensetter. Ni yo mismo sé por qué me meto en estos líos. Hace no mucho le decía a un compañero de Feisbuk que releer era una buena opción cuando ya tienes algunos miles de libros leídos a tus espaldas, algo como encontrarse con viejos amigos, con antiguas ideas que acaso fueron más tarde el germen de las tuyas propias, con personajes y situaciones que probablemente forman parte de tu propia vida en situación de igualdad con tu propia historia. Me contestaba él que no, que él no releía nada, que no tenía tiempo. Mi idea precisamente era que quedándome poco tiempo, lo quería emplear muy selectivamente. Valga decir que no quería perder tiempo en esa barahúnda de publicaciones que continuamente salen al mercado sin tener la certeza de que fuera algo realmente de calidad.

Total, que pensando así es difícil explicar que no dándose ninguna experiencia reciente que trastoque esa forma de pensar, me dedique muchas horas a lecturas con un índice de dificultad que me supera. Así que desmadejando estoy el porqué. Esta tarde, después de un desesperado intento por desenroscar un tapón de un viejo radiador de la calefacción (dos días metido en semejante tarea me han dejado exhausto), dado por concluido que el radiador se lo llevaría el chatarrero y compraríamos uno nuevo, más feo y sin la madre de aquel otro que tánto nos gustaba, y pudiendo respirar tranquilo vuelvo a esa situación de ensoñación que tan propicia es para llenar pantallas y pantallas del ordenador con ese ejército de hormigas con el que cada día fabrico mi diario.

Entenderse a uno mismo, pese a todas la evidencias usuales, es una tarea ardua que requiere un gasto de materia gris importante. Anoche, por ejemplo, que estaba gilipollas perdido, dos días llevaba con ello encima, me puse a hacer una lista intentando averiguar de dónde me vendría a mí la apatía, la desgana, el desinterés por todo. Y después de llenar medio folio con hipótesis, la conclusión fue lastimosa: ni puta idea. Incluso visité la Wikipedia buscando términos como depresión y sus adyacentes. ¿Tendría que ir al psiquiatra para quitarme el muermo de encima? En fin, que veo difícil eso de comprender medianamente lo que a uno le sucede, así que continúo, porque si no ya me veo dando razón y cuenta de las seis o siete horas que empleé inútilmente intentando desenroscar el dichoso tapón, cosa que me temo sería más propio de mostrar en una película de Chaplin o de Laurel y Hardy.

Así que veamos las posibles explicaciones (estamos en aquello de meterse en lecturas arduo complicadas):

·        El prurito ese de hacer algo diferente al común de los mortales. Digamos que sí, que acaso, que te dices que lo mismo si lees el Ulises y sales indemne de la prueba el vecino de enfrente te mirará con cierta admiración. Hasta te puedes sentir ingenuamente por encima de Virginia Wolf ;-) que era capaz de aprender griego para leer el otro Ulises,  el de Homero, pero que fue incapaz de digerir el de Joyce.

·        El gusto por lo difícil. Un asunto interesante a considerar, que es algo más de minorías que lo anterior, pero que apunta a esa maravillosa facultad que nos empuja a emprender tareas que frisan nuestras entendederas o nuestras posibilidades de hacer algo. Contando, claro está, con la satisfacción que te puede proporcionar saltar unos centímetros por encima del listón más arriba que la vez anterior.

·        Sin embargo con toda seguridad la razón principal de ese emprender lecturas difíciles, creo tiene que ver con el símil de las sensaciones que habitan al caminante que durante horas, a veces días enteros, camina entre la niebla.

Yo me quedo sin ninguna duda con esta última razón, seguida por aquella del gusto por lo difícil. Seguramente sea difícil, para quien no ha experimentado esto último por sí mismo durante mucho tiempo, comprender este símil que propongo. La última vez que atravesé el Pirineo hice todo el recorrido correspondiente a Navarra envuelto en la niebla. Te despiertas en medio de ella, recoges la tienda y te pones a caminar. Siempre tienes el gps a mano y salvo algún despiste grave la navegación no suele presentar problemas, sin embargo las sensaciones que tal caminar produce, bosques, cortados en una cresta que adivinas a un lado o a otro, rumorosos ríos y arroyos que parecen discurrir por el limbo de la nada, la morbidez del suelo cubierto de hojas de los hayedos con esos grandes y columnales ejemplares que aparecen y desaparecen frente a ti, la insinuación de un barranco, un laberinto de rocas que te exige el uso de las manos, un viento repentino que amenaza con hacerte perder el equilibro en algún paso delicado. Y si el símil de caminar en la niebla todavía no te sirve para llevarlo a lo que puede ser lectura difícil, no saber qué está sucediendo realmente en el relato, qué personaje está hablando o pensando, y ahora ¿qué tengo delante?, ¿a dónde terminará llegando el sendero?, ¿se perderá en una pradera?, ¿a quien van dirigidas esas palabras?, ¿de qué se habla en cierto párrafo?; si no sirve no encuentro otras palabras para hacerme comprender.

Siempre que caminas en estas circunstancias, en ocasiones por lugares totalmente nuevos o complicados (en Alpes tuve esta experiencia muchas veces) hay un cierto clima de incertidumbre que es como la patita de un gato cuando te pide comida junto a la mesa, una patita por dentro que te deja un hilo de inquietud cuando la ladera se hace angosta, inclinada y empiezan a aparecer sospechosos resaltes rocosos.

¿Que algo así puede suceder leyendo un libro? Sin ninguna duda, pero, claro, a condición de que la niebla sea un elemento integrante en la lectura. Quien ha leído más de una novela de Faulkner podrá entender fácilmente lo que estoy diciendo. Ir adivinando, ir atando cabos, hacer esfuerzos por conocer la identidad del sujeto, descubrir al final, cuando se abre un hueco en la niebla, o has consigo comprender lo que ésta encerraba, que el autor nos ha llevado a un magnífico rincón de la literatura donde el goce viene dado tanto por nuestra capacidad de abrirnos paso en la dificultad como por el simple discurrir a través de las sugerencias de una prosa densa y compleja.

La suerte de Omensetter, su autor es William H. Gass, me la encontré precisamente en un artículo titulado El gusto por lo difícil. Creo que merece la pena caminar en la niebla, un deporte que pese a la dificultad puede ofrecer especiales placeres al lector. Existen muchos detractores del Ulises, de Joyce, y lectores que se resisten a algunas de las mejores novelas de Faulkner, y aficionados a la montaña que se resisten a salir con mal tiempo y niebla. Si creemos con Pessoa que las sensaciones son lo mejor que tenemos no hay duda de que tanto caminar como leer entre la niebla son fuente de variadas y excelentes sensaciones.

 

 

 

 

 


lunes, 28 de noviembre de 2022

Mirar pasar las nubes frente a la ventana

 



El Chorrillo, 28 de noviembre de 2022

¿Es la vida eso, estirar el saco sobre el colchón, encontrar el calor dentro de él y, esperando a que las manos cojan calor de nuevo dormir un ratito? Despertar, comer cualquier cosa y más tarde escribir arrebujado en el saco, sí, cualquier cosa también. Lo que salga. Y estar contento cuando terminas, y mirar las estrellas desde tus satisfacción contemplando ahí a Casiopea como diciéndole ¡hola! Y luego dormir y acaso soñar, sí, esa noche algo pesado y reiterativo la mar de aburrido. Despertar, cambiar de posición, despertar, orinar en el frasco semidormido y antes de conciliar el sueño de nuevo echar una ojeada allá arriba, ahora Orión con sus brazos abiertos sustituyendo a Casiopea. Y en algún momento de esos de cambiar de postura comprobar que está amaneciendo. Sacar la cámara, alzarse sobre las rocas del corralillo del vivac y comprobar que aquello está lo suficientemente bonito como para jugar un poco a recoger los ecos del momento en la cámara fotográfica. Después intentar dormir sin éxito, recordar en ese duermevela un cuerpo bonito, tirar de la cuerda del deseo, montar una pequeña fiesta y volver exhausto a dormir hasta que el sol da de plano sobre el vivac.

Y resulta que desayunas algo y bajando te encuentras con un cazador que cree que el monte es suyo y no haces caso y sigues tu camino cuesta abajo. Hace sol, la Pedriza y el Yelmo lucen en la lejanía, a la izquierda Siete Picos recoge también el sol de esta primera hora, y la Peñota, y peña Oso que asoma la cabeza un poco más a la derecha. Y sí, parece que la vida sea esto también. Bajar despreocupado, atento a no dar un resbalón, amortiguando el peso con los bastones para que la rótula no se queje demasiado. Ningún pensamiento especial. Pienso que las fotografías que había puesto el día anterior del mismo sitio Fernando, el compañero fotógrafo del Navi, tienen mucha más gracia que las que pueda sacar yo hoy. Sí, la lluvia y el tiempo nublado dan al bosque un encanto y una profundidad en los colores que el sol les roba. Aquellos musgos de intenso verde de Fernando, que en sus fotografías eran hermosos, llenos de profundidad sobre las rocas oscuras, hoy son una birria.

También la belleza del bosque y sus gnomos y algunos pocos carboneros garrapinos piando en las ramas y este calorcito de invierno son vida. Dos cazadores más que me encuentro más abajo. No, no me gusta esa gente emboscada con el rifle acunado entre los brazos como si fuera un bebé.

También cuando no sucede nada es vida, como esa mañana de ayer bajando del cerro allá por encima de la cruz del Valle de los Caídos. O como será más tarde conduciendo a casa por la autovía en que nada digno de reseñar sucede. El corazón como si nada, a lo suyo, bombeando, esa cosa extraña de que un músculo esté continuamente en movimiento sin que nada ni nadie le tenga que decir lo que tiene que hacer. Si se para, claro, me muero, pero no, él va a lo suyo, toc, toc, sin un minuto de reposo. Es algo sorprendente de verdad pero ya nadie se para a preguntarse por semejante milagro. Forma parte de esa clase de evidencias con las que caminamos por la vida, así, sin más.

Así esta tarde que no tengo ganas de hacer nada y que estuve repantigado viendo desvanecerse el sol entre los brazos y los dedos de los olmos, tranquilo, apaciblemente, pues que me da la impresión de que también es vida.

Me gusta pensar que no es necesario hacer grandes cosas para sentir que estás viviendo, esa sensación tan agradable. Hace un rato estuvo Victoria aquí en la cabaña con la merienda, ese hábito de tomar un té o cualquier cosa mientras el sol se despide sobre el horizonte del mundo; también eso me gusta, hablar de cualquier cosa, de Mario y su quesería, de nuestro nieto Manuel que irá a pasar el próximo puente con sus otros abuelos a Cenicientos. Cuestiones de andar por casa.

Hace un rato al fin me decidí a comprar los diarios de madurez de Sandor Marai. Tenía cierto temor porque ya avisaba Pániker en el suyo que eran algo terrible, esa degradación física y mental que te puede venir con los años, pero me decidí por la misma razón de que estoy escribiendo estas líneas, porque descubrí que la vida está en todo momento de tu existencia ahí como un ser consciente que quisiera ser oído y que me inclina a leer incluso experiencias que pueden no gustarme, pero que son vida. Al fin y la cabo la gente también ve películas que te hacen estremecer o llorar, ¿no? Y es que cuando vas cumpliendo años aprecias saber cómo viven otras personas esos años últimos de sus vidas. Me gustaron los diarios de Pániker, esa mezcla de disección de la realidad, de temas de filosofía, política o economía al hilo de entradas en que nos cuenta de su precario estado de salud; ello forma un todo que te obliga a reflexionar tanto sobre tu propia vida como sobre asuntos generales que nos afectan a todos.

Así que voy a leer a Marai, lo alternaré con La suerte de Omensetter, uno de esos libros, como los de Lezama Lima, que tienen fama de complicados de leer y cuya lectura obedece a aquel criterio de intentar encontrar gusto en lo difícil. También leer unos diarios o una novela es vida. Lo que piensa la gente, lo que hace, desde las cosas más nimias a la más compleja, constituyen, pareciera que estoy descubriendo el mundo, eso que nombramos vida. Pero sucede así, se siente así. Te quedas contemplando el paisaje más allá de la ventana, ves a un milano real atravesar por el frente, moverse las ramas de los árboles o el sol despidiéndose hasta la mañana siguiente y caes en esa sencilla cosa de pensar así. Sí, fíjate, esto es la vida.

Decía ayer un personaje de la novela La suerte de Omensetter de otro que era un estúpido enroscado en su estupidez. A veces me da también pensar así, no solo de la genuina estupidez que envuelve en ocasiones la estupidez política. Sin embargo cuando me da por dejar vagar los pensamientos por el aire de la tarde todo me parece muy sencillo, muy sencillo.

Hay ocasiones en que no hay que hacer nada, absolutamente nada para convencerte de que la vida puede ser perfectamente esto, mirar pasar las nubes frente a tu ventana.

 

 

 

 

 

 

 


viernes, 25 de noviembre de 2022

Volar sobre el Everest

 



El Chorrillo, 25 de noviembre de 2022

Esta mañana me encontré con un vídeo en el que un drom sobrevolaba el Everest y tomaba imágenes inéditas de las montañas más altas del planeta. La verdad es que algo espectacular sí era, sin embargo ver aquello me producía cierta sensación de incomodidad, como quien ve algo que acaso le gusta pero que en el fondo no desearía ver. Le envié el link a Paco. Allí le comentaba las palabras de otro amigo guía de montaña que decía que hoy se había perdido un tanto importante de la aventura, porque ya todo estaba en Internet, hasta el lugar más remoto y recóndito del mundo. Viendo ese vídeo no encajaban en mi cabeza las aventuras leídas, los sufrimientos, los enormes trabajos y penalidades que en aquellas paredes tuvieron que sufrir tantos héroes de nuestro tiempo, Mummery, Mallory, Hermann Buhl, Casarotto, Kukuczka, Messner, Bonatti, tantos, para alcanzar aquellas cumbres. Esas imágenes limpias, pulidas como de postal de un invierno suizo, estorbaban mi relación con la montaña. Yo tengo también una extraña sensación cuando contemplo estos espectaculares vídeos, le decía a Paco. Algo me dice que no me gusta, que estamos disecando, diseccionando la aventura. Ayer en mi post utilizaba el símil de la flor, que queriendo saber cómo es por dentro al diseccionarla la matamos. Algo así con la montaña.

Por añadidura esa necesidad de querer grabarlo todo nos va a llevar a sacar el móvil cada vez que queramos tirarnos un pedo para ofrecérselo unos minutos después a los espectadores de FB o del Guasap. Grabar, grabarlo todo, no dejar siquiera una migaja a la imaginación. Y no sólo eso, que la cosa lleva no ya a actos que podemos grabar, sino que grabar en sí mismo se convierte en una obsesión tal de invertir los términos, es decir que lleguemos a emprender una aventura precisamente para grabarla. Hay por ahí una paranoia, el selfie frente a una catástrofe, un accidente en la carretera, el selfie inundando cualquier acto, cualquier situación en que nos encontremos, yo aquí, yo allá, yo en el otro lado, que no deja de tener cierto tufillo esquizofrénico. Un tufillo que hoy se extiende a casi toda expedición de montaña que se precie. Ha desaparecido el silencio, el tú a tú con la montaña y ahora es necesario cada vez que des un paso tener una cámara pegada al culo para dar testimonio a los demás, a la mass media, al mundo, de “lo que estás haciendo”. Sí, para muchos la posibilidad de seguir embarcándose en otras aventuras subvencionadas por algún padrino, se entiende, pero un hecho que ha degenerado a tal punto de que uno ya no sabe si se escalan montañas por uno mismo, por la montaña, por un deseo de reafirmación del yo, de conocer los propios límites o si se hace para el “auditorio”. No sería fácil deslindar una cosa de otra, pero en ocasiones ambas están imbricadas muy íntimamente. 

La necesidad de dar cuenta continuamente, además en tiempo real, del movimiento del alpinista a través de los teléfonos satelitales, lo que es convertir las hazañas alpinísticas en un espectáculo del que medio mundo puede estar pendiente, tal si estuvieran viendo la final de algún conocido encuentro de fútbol, reviste estas aventuras de una calidad de espectáculo que está a años luz de esos valores que los pioneros de la montaña fueron gestando en su interior, una aventura, un reducto de lucha de tú a tú consigo mismo, con las dificultades de la montaña y los elementos que eran lo que daban consistencia moral y enjundia a las actividades de los alpinistas. ¿Alguien puede imaginar lo ridículo de una situación en la que un drom estuviera grabando el silencio, la lucha interna de Whymper durante su primera ascensión al Cervino, los intentos de conseguir escalar la cara norte del Eiger, la ascensión del espolón Walker de los Grandes Jorasses, la travesía de Livingston de África, la travesía de Amundsen para alcanzar el polo Sur a través del campo helado de la Antártida, el drama de Scott y sus compañeros?

Poquito, poquito a poco, sin que apenas nos demos cuenta, las nuevas tecnologías, valga decir las Sociedades Anónimas del entero mundo, a modo de un acto mefistofélico se van apoderando del alma de los sapiens, aquí el último modelo de móvil, allí el empalago de las redes, acullá y aculló vamos entrando por el aro y si a Fausto lo que se le ofrecía eran los brazos de Margarita, el poder y la gloria, aquí lo que se nos ofrece tiene la calidad de un parto difícil en el que la criatura a nacer, dada la masificación, los hábitos de consumo, y el hecho de que nos tenga agarrados por los huevos tanto el mercado como el poder político, es tan incierta como para que deseemos de todo corazón tener alejados a nuestros nietos y biznietos de esta hecatombe que se aproxima. ¿No somos presos de una tecnología, tecnología que como un ser autónomo actúa sobre nosotros tal si fueran grilletes que estorban nuestro paso, nuestro espíritu aventurero convirtiendo el tránsito por la montaña, tantas veces, en un espectáculo, de circo en ocasiones, como esas ascensiones multitudinarias al Everest o al K2, en un drama en otras cuando dos alpinistas se pierden en el frío y la soledad del pasado invierno en ese mismo K2. Un mundo que fue campo de espléndidas aventuras que leímos con fruición, que nos hacían soñar con un espacio en donde los hombres se ponían a prueba dando lo mejor de sí mismos en el acto de conseguir una cumbre y que ahora la tecnología desnuda de misterio, del valor, del drama que podíamos masticar, por ejemplo, con la aventura de Diemberger y sus compañeros relatada en  El nudo infinito, en ese mismo K2, paseándonos por las cumbres del Himalaya con un drom.  

Siempre se ha estimado que sugerir es un acto imprescindible en el arte, ese modo de hacer que invita al espectador, al lector, a participar en la obra de arte de manera activa porque supone que la inteligencia de éste, su afán de participar en la obra de esta manera abre caminos a un placer que se deriva de la confluencia entre la obra de arte y el espectador. El espectador no es ya un sujeto pasivo, un recipiente a llenar, sino que se intuye también en él algo de esa labor creadora que mueve al artista a participar con su actitud en la completud de la obra entendida como un complejo en donde está presente la obra en sí, el autor, su intuición, su creatividad y el espectador que con su apreciación, su sensibilidad y su capacidad para interpretar la obra, digamos forman un complejo conjunto, una realidad que es la razón de ser de una obra de arte. Así, la confluencia de compositor, música y oyente darían lugar al hecho musical como un todo.

¿Tiene el anterior párrafo algo que ver con lo que venía escribiendo? Creo que sí, y mucho. La sintonía que se establece entre el lector de un libro de Kukuczka, Messner, Bonatti o Hermann Buhl tiene mucho de connivencia, de cosa auténtica entre el escalador y el lector. Éste se hace cargo del mundo del otro, vive su experiencia, la aventura de él, tal obra de arte, que lo es y mucho, se inserta en el alma del lector, sugiere en él un mundo de sentimientos y vivencias que de algún modo conectan con las propias vivencias y sentimientos para forman un hecho concreto que constituye el alma de la lectura: la confluencia del autor-aventurero, relato de su experiencia y lector afín a la aventura constituyen un todo… hasta hoy. ¿Pero qué sucede cuando los relatos desde los tiempos de los pioneros terminan convirtiéndose en espectáculo urbi et orbi?




jueves, 24 de noviembre de 2022

La sustancia de las cosas

 


El Chorrillo, 24 de noviembre de 2022

Las ideas aterrizan a veces en uno envueltas en una nebulosa como presas dentro de una jaula claman desde el interior la posibilidad de abrirse paso hacia el exterior. Son para el que se encuentra con ellas como el juguete que el niño tras el día de Reyes trata de abrir para averiguar lo que hay dentro. ¿Qué hay dentro de una idea, de su correlato? Una manera de intentar averiguarlo es poniéndote frente al ordenador y tratar de diseccionar en la medida de la propia capacidad qué puede haber dentro de esa repentina intuición que te ha llegado a la mente.

“… Había un dulce y limpio barrunto del corazón mismo de las sustancias de las cosas…”. La cita procede de Soldados de la noche, de Norman Mailer. Sí, que llamaba mi atención. Algo que no podía nombrar ni definir pero que estaba ahí como el aire que respiramos y que no vemos. Son legión, las cosas, los asuntos, que trepando por la ociosidad de la tarde asoman con frecuencia pidiendo que les preste un poco de atención. Aquel famoso sólo sé que no sé nada y con él la certeza de que después de haber leído muchos millares de libros la comprensión de nuestra realidad se nos escapa como agua entre los dedos, podría invitarnos con la lógica de quien viendo inútil sus esfuerzos para organizar en su cabeza la realidad y todos los interrogantes que ésta plantea; podría, pero el hombre es un animal terco con una curiosidad inagotable y a poco que se encuentre con metro y medio de tarde para él solo seguro la inquietud de cualquier interrogante viene a visitarle.

La sustancia de las cosas, que es un asunto del que enseguida hizo materia fecunda la Filosofía, construyendo en muchas ocasiones enormes y complejas torres de Babel en torno a conceptos simples, con frecuencia levantadas con mampostería de inescrutable desarrollo, que acaso, sí, requieren un sofisticado entramado conceptual, pero que para los no familiarizados, perdidos en los laberintos de la comprensión, se hace inasequible, se agita sin embargo en nuestro interior y, con Filosofía o sin ella, nos vemos obligados a pararnos ante esa sustancia que se nos resiste para tratar de aclararnos sobre su ser, su significado.

Sí, cogemos cualquier objeto-idea, amor, libertad, propiedad, arte, etcétera, nos hacemos con un destornillador, una llave inglesa, un bisturí, y empezamos como ese niño tras el día de Reyes a quitar tornillos y a sacarle las tripas a la idea, comenzamos a poner uno tras otro los elementos que le dan vida. Si tenemos suerte y no nos cargamos el juguete entero, como aquel que queriendo saber de una flor la disecciona, matando así la flor y la posibilidad del conocimiento de su vida interna, quizás lleguemos a alumbrar algo, algo, un escaso conocimiento de la cosa, la idea.

Quizás. Y si no, pues ahí seguiremos dándole vueltas, en tantas ocasiones mareando la perdiz, escribiendo, conversando, siguiendo esa necesidad que se nos agarra por dentro de comprender. Entrar en el ámbito de la sustancia de las cosas y tratar de comprenderlas puede ser un apasionante ejercicio. Leo, por ejemplo, estos días Los soldados de la noche, un brillante trabajo de Norman Mailer, sobre las protestas ante el Pentágono contra la guerra del Vietnam. Hace unos cuantos años estuve en Ho Chi Minh, la antigua Saigon, viendo el memorial, el museo de aquella guerra, la terrible devastación, los crímenes contra la humanidad que los americanos cometieron quemando vivos niños, mujeres y hombres, y aquello era tan espeluznante que costaba trabajo comprenderlo.

¿Cuál era la sustancia íntima y real de aquella masacre?, uno se preguntaba. La guerra de la Casa de Putas del Tío Sam, todos los asesinatos que sistemáticamente se cometían en Vietnam y en Laos estaban auspiciados por tiernos y responsables padres de familia, por masas de fervientes cristianos que eran capaces de justificar los horrores que los marines perpetraban en aquel país sin que un rictus de horror les cruzara el rostro.

A veces uno puede llegar a adelantar una explicación sobre unos hechos, un esperpento de explicación para justificar algo, como en este caso, pero ¿comprender?, comprender parece que fuera un acto imposible.

Comprender no ya estas barbarie, ahora sin más la guerra de Ucrania o la del Yemen, la actitud de Israel frente a los palestinos, los asesinatos de los nazis o de los turcos en Armenia, el abandono de los saharauis a su suerte, sino el proceder de tanta gente cuando se acerca a depositar su voto en las urnas, la gravedad de la violencia de género, la negación a que cualquier persona pueda acceder de propia voluntad a una muerte digna.

Y más. ¿De qué está hecha la sustancia íntima del amor, la del sentimiento frente a la muerte, el porqué escalamos montañas? ¿De qué está hecha la sustancia del mal, la de aquellos soldados argentinos que rajaban los cadáveres para que no flotaran y desde helicópteros los arrojaban al mar?

Nosotros, inocentes niños, haciendo acopio de ingenuidad, intentando acercarnos a la realidad, imaginando a esos niños, tres, cuatro, cinco años que, abriendo los ojos al mundo, van lentamente comprendiendo lo que sucede alrededor, de qué están hechas las cosas, la vida, la razón del comportamiento de los adultos. Como ciegos en la oscuridad apuntando el extremo del bastón a un lado y a otro para hacernos una idea de lo que nos rodea. Eso me parece esta tarde esa aproximación a tantas realidades.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 23 de noviembre de 2022

El bramido de los ciervos y Béla Bartók

 



El Chorrillo, 23 de noviembre de 2022-

Esta mañana de lluvia y viento en que imagino a corzos, jabalíes, cabras montesas y demás bestias sufriendo impasibles este comienzo de invierno en algún escarpado rincón de las montañas o los bosques, me sugiere una reflexión, la curiosa idea de que estando como estamos los sapiens tan alejados de la circunstancia primera en que vivieron nuestros ancestros, de la Naturaleza, de las condiciones de un tiempo en donde el frío, el extremado calor o las inclemencias de la meteorología, eran determinantes para la vida, cosas ellas que ocupaban, junto a la necesidad de cubrir sus necesidades básicas, su tiempo mental y físico, de alguna manera hemos perdido el contacto con realidades elementales que son básicas en la comprensión de la vida. Es decir, que primero de todo somos bestias, animales errantes en un ínfimo planeta perdido en la inconmensurabilidad de un universo en donde un accidente químico alumbró hace cuatro mil millones de años ciertos microorganismos, cuyos fósiles han sido hallados en nuestros días en los precipitados de fuentes hidrotermales.

Que en aquel universo de silencio y soledad más tarde, hace dos millones y medio de años, surgiera a partir de aquellos microorganismos un ser que habría de desarrollar con el tiempo una formidable inteligencia, otro accidente en la historia del planeta, que posteriormente evolucionó hasta convertirse en el hombre que es hoy, es una muestra de la maravillosa capacidad de la naturaleza, la especie, como se quiera llamarlo, que con la ayuda de la aleatoriedad y la constante impresa en la vida de reproducirse a toda costa, ha conseguido en su etapa última alumbrar este complejo mundo en el que vivimos.

Lo que me sugiere todo esto esta mañana de viento y lluvia, ese ambiente hostil al que debieron enfrentarse los primeros pobladores del planeta, es la idea de que la humanidad, sumida en la problemática de los últimos y complejos años de su existencia, ha olvidado la esencia de su ser vivo, su origen, la indeterminación de la vida, el contacto con las fuentes –su ser caduco en la larga cadena de la vida– y, plantada en el presente, y acompañada, por cierto, de esa maravillosa creación que es la civilización que otros sapiens contribuyeron a crear con su creatividad, el trabajo de su inteligencia, el esfuerzo de su voluntad, se ha rodeado de conocimientos, tecnología, bienestar –algunos, no todos–, conceptos sobre la vida, sobre Dios, de una manera tan imperativa que hace difícil reconocer en la vida de las personas su origen, su condición animal, la fragilidad de su existencia, su dependencia extrema del aire, el agua, los alimentos que nutren sus cuerpos.

Somos más inteligentes, por ejemplo, que el homo heidelbergensis que vivió entre 200000 y 600000 años antes que nosotros, pero en lo fundamental ¿somos tan diferentes? Y aun siéndolo, ¿justifica esa diferencia la enorme complejidad que la filosofía, la teología, la compleja interpretación de eso que llamamos vida y su porqué han hecho sobre la existencia del hombre? ¿No se tiene la impresión, cuando nos retrotraemos a nuestros orígenes, de que la capacidad de razonar del hombre ha empujado en extremo su necesidad de explicarlo todo al punto de olvidar la sencilla naturaleza de su existir?

La capacidad creadora del hombre y su necesidad de explicar fenómenos naturales, buscar razón de ser a esa irrupción que hacen en primavera las plantas; la necesidad que impregna nuestra naturaleza de seguir existiendo; su obsesión de dominio y poder; o el impulso que inocula la especie en los hombres para la procreación, algo de eso que llamamos amor; todo ello ha catapultado la imaginación del hombre para crear un entorno vital en donde las piezas del puzzle de la vida vayan encajando lo mejor posible. Ante la renuencia a la muerte inventamos a los dioses; ante la llamada de la naturaleza a reproducirse instituimos el amor; ante el miedo al vacío del aburrimiento inventamos el fútbol. Finalmente habitamos una casa, pertenecemos a un país, hacemos posible un mínimo de seguridad en el ámbito de la convivencia con otros sapiens a través de una sociedad, damos rienda suelta a nuestra invención y curiosidad y rodeados de todo ello especulamos sobre la vida, la muerte o lo que sea… pero cada vez más olvidados de que en definitiva, más inteligentes, sí, más adatapdo todo a nuestras necesidades y deseos, más rodeados de dioses o de afanes de todo tipo, pero en esencia tan desnudos (Desmond Morris, El mono desnudo), tan elementales, tan frágiles y de vida tan limitada como cualquiera de aquellos primeros habitantes que descendieron de árboles.

El progreso y la complejidad de la vida social y política moderna, nuestra inmersión en el día a día, los medios, las obligaciones corrientes, las inquietudes que nos visitan, la visión que dan los medios de la realidad y los problemas generales enmascarando la verdadera esencia de lo que somos, nuestra primitividad y nuestra efimeridad, nuestra fragilidad, nos hacen olvidar la esencial verdad de nuestra mortalidad y animalidad situándonos en un plano de soberbia, ese sentimiento de superioridad frente al resto de los seres vivos, de trascendencia y derecho que en absoluto hace justicia a la sencilla realidad de seres que nacen, se reproducen y mueren y que por mucho que se arroguen en vida fantasías de pervivencia, de poder, de trascendencia, en definitiva su camino no ha de terminar de otro modo que entre el perejil.

Vuelvo al principio, a los jabalíes, a las cabras montesas que me vuelven a sugerir al hombre primitivo en un entorno similar y que me ayudan a visualizar aquellos remotos tiempos en el ámbito de este día de lluvia. Ahora soy una bestia investida con los atributos de la civilización pero con la sensibilidad dispuesta a compartir mentalmente en régimen de igualdad mi espacio en la Tierra con cualquiera de los otros seres vivientes. Sólo añadir que no hago dejación de la cultura ni de la civilización, sino que comparto de buena ganas el bramido de los ciervos con la música de Béla Bartók.