jueves, 3 de septiembre de 2026

Pensar en piloto automático


 3/09/2026

Estoy en el hospital. Miro a un niño chico en los brazos de su padre y la evidencia de traer un hijo al mundo se me presenta en este momento como un milagro difícil de comprender. Eso de que las pequeñas cosas de la vida cotidiana por el hecho de tenerlas delante haga que perdamos parte de nuestra perplejidad; lo extraordinario se hace cosa corriente y nos sentimos en el mundo como si todo fuera pan comido. Estas reflexiones me vienen a la cabeza mientras en el hospital espero que me llamen para la consulta del anestesista. 

Quizás vivir la perplejidad ante lo que nos rodea sería un esfuerzo excesivo para nuestro cerebro, de ahí que la automatización de nuestras sensaciones, atendiendo al principio de menor gasto de energía, haga que lo extraordinario pase casi inadvertido a nuestra percepción corriente. Si tuviéramos que procesar cada pequeño encuentro con la realidad, lo mismo nuestro cerebro echaba humo. De ahí a la tendencia a pasar al automatismo va un paso. El menor gasto de energía física o mental, parece que sea un procedimiento que usa la naturaleza para ahorrar combustible. Combustible entre comillas porque efectivamente en el contexto en que lo percibo esta mañana puede perfectamente referirse a la energía que necesita el hecho de pensar. El automatismo es, en cierto sentido, la economía energética del cerebro, y pensar deliberadamente supone interrumpir esa economía, por eso pensar de verdad puede resultar cansado porque exige mantener durante un tiempo la incertidumbre, la atención y varias posibilidades abiertas.  

Bonito panorama el que se me presenta mientras espero la visita al anestesista. Me digo que si el anestesista fuera un hombre curioso de estas cosas lo mismo podríamos después de la consulta tomarnos una cerveza en el bar de la esquina y seguir dándole a la manivela del organillo. Si yo hubiera llevado al anestesista sólo el informe del urólogo sin los precedentes de mi complejo historial clínico reciente, el asunto se habría ventilado como la última vez, en unos pocos minutos, pero no, la consulta fue larga. En este caso la automatización quedó a un lado para pasar a una larga reflexión y análisis de datos.  

La realidad a la que tantas veces nos acercamos con un precipitado automatismo, entre otras cosas porque conducir con el piloto automático consume menos energía mental. Los automatismos no son necesariamente malos. De hecho, serían imprescindibles, sería demasié si tuviéramos que tener el cerebro en todo momento a ciento cuarenta por hora. Seguro que alguna biela terminaría saliéndose por un costado del cárter. La cuestión que se plantearía sería si somos capaces de salir del automático cuando la situación lo requiere. Y ahí, en el ocio de la espera de mi consulta, es precisamente donde yo he encontrado esta mañana la posibilidad de pensar, el pequeño intervalo entre el estímulo, ese niño, y el interrogante de su venida al mundo es, donde saliendo de la rutina del automatismo, encontró mi yo un nuevo elemento para pensar el mundo.  

Podría ahora irme por peteneras y sacar algún tipo de conclusión sociológica que llevara la necesidad o no del esfuerzo de pensar al ámbito de las estadísticas, intentando colegir de ello la repercusión que los datos recogidos por ella puede tener en el ámbito político o en el de la simple vida cotidiana de los sapiens de este planeta.  

Los sistemas tienden a buscar una solución que requiera el menor gasto posible para conseguir un resultado, algo que es muy útil en tantas ocasiones a fin de minimizar esfuerzos. Si tuviéramos que decidir constantemente cada detalle de nuestra vida, cómo sonarte los mocos o limpiarte el culo, seguro que nuestro cerebro terminaría por explotar saturado por tanto curro. Simone Weil en La gravedad y la gracia, en donde desarrolla la idea de la gravedad psicológica, plantea que tendemos a actuar según las fuerzas que nos dominan, la pereza, los deseos, el orgullo, el miedo o nuestras costumbres y en donde pensar sería introducir una interrupción en esa tendencia. Un punto en donde Weil introduce uno de sus conceptos principales, la atención, que sería para ella suspender el pensamiento para dejarlo vacío y disponible para nuestro pensar. Me pregunto, ¿es ese niño que observaba esta mañana el objeto de que se sirve mi atención para aproximarse a una comprensión más clara de la realidad? 

Posteriormente, ya en el autobús, otro bebé llama mi atención. Inquieto mira aquí o allá desde su jaula mosquitera de carrito de bebé. Es tan chico que me lo imagino intentando organizar lo que percibe, quizás dándole sentido. Lo mismo que hago yo esta misma mañana. Y en este momento el autobús dobla hacia la calle de Alcalá y pasamos junto al complejo de la iglesia de San Manuel y San Benito que un día me propongo visitar. Su estilo neobizantino y sus torres recordando a los campaniles italianos, de repente han entrado en el campo de mi interés al punto que me digo que debería dedicar algún día a ver iglesias en Madrid. No son tiempos ya de creencias religiosas, pero tal como esta mañana ha despertado mi atención a partir de ese criajo del hospital lo mismo vuelvo a alimentarla apareciendo por alguno de los templos de Madrid. La curiosidad, un asunto que me tiene algo preocupado porque la echo mucho de menos. Creo que en general necesitamos abandonar bastante el automatismo con el que usamos de nuestra percepción para encontrarnos, como ese niño pequeño del autobús, con el mundo y sus problemas con una mirada menos cansada. 


 




A cuenta de la segunda ley de la termodinámica



 2/09/2026  


La termodinámica: el desorden puede producir nuevas formas de orden. La segunda ley de la termodinámica establece que, en un sistema aislado, la entropía tiende a aumentar.  

Estoy hecho un lío. Enciendo el teléfono y me encuentro tres posts a medio hacer que además no sé si he publicado. ¡Viva la Pepa!, más o menos como escribiera don Manuel que decía que hablaba con el hombre que iba con él, más aún porque tengo problemas de memoria derivados de algún posible trombito que se debió de pasear por mi cerebro, o que se pasea, como consecuencia de mi endocarditis (obsérvese que digo mi endocarditisque es como hablar de una vieja compañera de instituto, pues habiéndole cogido cariño pese a lo jodida que es, es como si conversando conmigo mismo, conversara a la vez con ella). Que conversando con uno mismo y teniendo problemas de memoria, algo más agudos de los corrientes a esta edad provecta, que gusta decir el amigo Paco de Hoyos, pues que no es raro que cuando la facundia escritoril se apodera de mí, resulte fácil no que se mezclen churras con merinas, sino que los asuntos, como quien hace calceta a ratos sin recordar cada vez cual era la labor de conjunto, empiece con un jersey, continúe con una bufanda y pueda terminar tejiendo un mantelillo para la mesa camilla o unos patucos para el gato. No se me entienda mal, que no estoy en contra de ese desorden, que ya se sabe que éste en no pocas ocasiones puede engendrar al final un orden, vamos; una aparente contradicción en la que el desorden puede producir nuevas formas de orden.  

Y en este sentido el elemento unificador no es otro que la propia vida, ser y razón de todo cuanto existe. El discurso, quién lo duda, debe regirse por un orden atendiendo a las leyes de la lógica, sin embargo, no quiere decir ello que el pensamiento deba someterse dócilmente a los dictados externos, procedan estos de las citadas leyes o cualséase  su procedencia. Lo tenemos en una parte importante de la literatura moderna que, saltándose la lógica del orden cronológico o la continuidad del asunto, campa allá por donde al autor le viene en gana, ello o cuando el relato sigue el curso espontáneo del pensamiento, consiguiendo probablemente en estos casos una lectura a salto de mata en donde el lector exigente encuentra un nuevo bocado para su placer y entendimiento.  

Ahora, si yo mezclara de algún modo esos tres post a medio hacer ¿sería capaz con ello, aparte del aspecto literario, de crear algo legible, expresión de alguna idea de interés, divertir, decirle algo a un posible lector? Estando como estamos habituados a seguir los dictados de la lógica, de algún tipo de orden con que atar, como escribía Francisco Umbral, la morcilla por el principio y final, siempre resulta chocante encontrarnos con un diálogo interior o con textos que no siguen el orden corriente del relato.  

Hoy estuve en el cardiólogo a instancias del anestesista y aquél ha dado al traste con mi programada operación de la uretra. Algo en mi corazón está, de momento, reñido con la anestesia. Así que estoy de vacaciones de nuevo, no puedo ir al monte, y menos solo, no puedo usar gomas o mancuernas, ni… etcétera. Vida tranquila por algunas semanas. Espero que mañana o pasado mañana no me pidan dejar de escribir o soñar, porque de momento casi solamente me quedan estos dos pequeños divertimentos.  

Hoy es ya tarde, así que mañana exploraré la posibilidad de cocinar un tojunto, ese plato tradicional de la cocina castellana en donde se mezclan patatas, tomates, pimientos, cebolla ajos y aceite; en mi probable texto, un poco de todo.  

 

 

 


martes, 1 de septiembre de 2026

El sabor de las cerezas

 


1/09/2026

Ni apunto yo tan alto ni estoy preparado para ello (contesto al comentario de Enrique al post Incertidumbre); vaya ello por delante para que no se malinterprete lo que escribo. Si hubiera querido leer a Heisenberg probablemente no habría entendido casi nada. Creo que no se me concedieron suficientes talentos para ello. De ahí que me sorprenda con frecuencia a mí mismo ejerciendo el atrevimiento de escribir mucho de lo que escribo. La cita de Pamuk que dice que nuestro deseo en realidad es pintar/escribir algo que conocemos del todo, sino algo desconocido y en penumbra, ilustra acaso el sentido de alguno de mis posts. Y moverse en ese ámbito, por mucho que tenga de exploración, genera incertidumbre, incertidumbre entendida a pie de calle. La incertidumbre de quien se mueve en la oscuridad y apunta con el extremo de su bastón de ciego aquí o allá en una habitación, aquí o allá de la realidad que vive. A mí a veces se me cuelan certezas en el cerebro y me digo que tanto católicos como hindúes o mahometanos viven en la inopia y confunden sus deseos personales de pervivencia con hipotéticos dioses; cosas de niños chicos que durante toda la vida sueñan con un caballo de cartón. Eso o que prefieren vivir en la inopia, calentitos junto al radiador en invierno y a la vera de un ventilador en verano.

Pero que se me cuelen cerezas (jaja… mira por donde mis dedos… Y casi por casualidad, me viene a la memoria aquella película, El sabor de las cerezas (Kiarostami). Aquel hombre que no encuentra sentido a la vida y coge una soga, se va al campo, se sube a un cerezo con la intención evidente de dar por terminada su vida, y estando arriba se da de narices con unas cerezas; las prueba, ¡están deliciosas! Así pasa un rato desayunándose cereza tras cereza hasta que llega un momento en que se pregunta qué hace allí. Recoge entonces unas cuantas cerezas más, se echa la soga al hombro, baja del árbol y se dirige satisfecho a su casa); que se me cuelen certezas, quería decir, no implica un alto grado de seguridad, de certeza, por mi parte, especialmente cuando miro el mundo en que vivo, no las leyes físicas evidentemente, sino los derroteros que toma la sociedad en general, cuando contemplo qué mueve el mundo, qué mueve al señor Elon Musk o al payaso de Trump y me pregunto pa qué. ¿Quiénes son los imbéciles, ellos, yo? ¿Quién tiene la verdad? Por fuerza la incertidumbre me visita, no puede ser que tantos, tantos y tan importantes sean todos ellos unos memos de narices, imbéciles sin remedio. Y entonces me entra la duda, ¿no seré yo, un listillo más entre tantos, el que esté equivocado? ¿Incertidumbre, falsa humildad por no decir que aquí el que tiene razón es un servidor?

No sé si muchas de las grandes personalidades políticas o económicas, por ejemplo, de nuestro mundo son unos auténticos gilipollas que han nacido ayer mismo y no se enteran de que se van a morir mañana o pasado mañana o si realmente son unos genios cuyo cerebro trastocado les convierte en iluminados a los que un simple mortal le es imposible comprender. La verdad no es patrimonio de nadie en concreto, pero sí merecería la pena esbozar qué en una filosofía de la vida produce bienestar, estar a gusto con uno mismo, con los demás, con los gatos que corretean por la casa, ante la perspectiva de que el camino termina entre el perejil.

Como se ve mi pensamiento científico es totalmente nulo, más, casi todo eso que descubrimos, la alta tecnología, en definitiva en definitiva se me parece con frecuencia un puro entretenimiento. Y quizás, y esto sí es importante, llegado el caso, como fue el mío hace unos meses, ante la incertidumbre de que mi corazón colapsara, ¿en qué queda el mundo y sus bondades? Sí, evidentemente para mí –y para todo bicho viviente de este planeta– que soy/somos en definitiva la razón de ser tanto de nuestra existencia como la del entero universo.

El atrevimiento de juntar palabras y tener además la desfachatez de subirlas a la pizarra de lo público. Divertimento no más, acaso, le diría al amigo Muñiz…

Una urraca pasea por el césped frente a mi ventana, estirada, como señorita de postín mira a un lado a otro como quien camina por una pasarela de moda. No es frecuente, pero sí, ella también es una visitadora del comedero de los pájaros frente a mi ventana. Escribir, contemplar la mañana, dar de comer a los pájaros y ahora mismo, allá voy, arreglar un asunto de cables en la parcela, así que me voy al tajo. Gracias, Enrique, por tu comentario.


lunes, 31 de agosto de 2026

Contemplar la vida

Dolomitas. 7/8/2023

 

30/08/2026  

Desde hace tiempo cuando le pido al ChatGPT que me proporcione una imagen para mi post, siempre me muestra a una persona, imagino que yo mismo, contemplando un paisaje, un eclipse, unas aves volando frente a ella. Es la fiel reproducción de mis mañanas en el límite de un pinar mientras escribo o simplemente contemplo la vida. Cada mañana se repite con variantes la misma escena desde hace mucho tiempo. En la imagen del ChatGPT cambia el paisaje, el mar, un valle al fondo en el cual corre un río, el eclipse del otro día. Esas son mis mañanas, mis lunes al sol de toda la semana. 

Hoy que veo la sierra del Valle al fondo, el Lanchamala, el Cerro de la Escusa, cuyo nombre siempre se me atasca, el Alto del Mirlo a su derecha. En cada una de esas cumbres, hasta el mismo Morezón he desplegado mi saco de dormir, también en la Sierra de la Paramera que se yergue a la derecha del Mirlo. ¿Volveré alguna vez a sus cumbres, volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar? ¿Será la vida ya un recuerdo permanente? ¿Cuánto de ella quedó prendido de las laderas y las cumbres que ahora contemplo en la azulina distancia de la primera hora de la mañana con tanta nostalgia, con la sospechas de que nunca más volveré allá? 

La nostalgia brilla en la mirada del caminante que esta mañana recorre el perfil de la sierra. Mañana fresca de contemplar el dulce rastro que los recuerdos, posados sobre la temprana hora del amanecer, traen delicadamente a mi ánimo. Rastrojos robados de un cuadro de Van Gogh, una alfombra de tostado amarillo al fondo de la cual la mancha gris azulenca de la sierra se alza leve como una promesa incierta.  

Y ya un nuevo día, aparcado frente al cementerio mientras espero a Victoria, claro, ¿por dónde si no se me van a ir los pensamientos? En mi vida sólo hay un cementerio, uno en el que haya permanecido tiempo muchas veces. Es un camposanto colgado de la ladera de una montaña donde yace el cuerpo entrañable de una amiga. Ya lo conté algunas veces. Muchas altas montañas a su alrededor que acogen como un abrazo el cuerpo maltrecho de Nena.  

He visitado muchos cementerios en mi vida, casi todos los que me han pillado a mano en mis largas caminatas por los senderos de España. Tienen los cementerios cierto aire de invitación a la meditación y al recogimiento que de algún modo son la continuación de mi caminar solitario. Recuerdo viviendo en Cevo, un pequeño pueblo de la Lombardía donde Nena era maestra, el ritual tan frecuente de tantas mujeres mayores, casi todas vestidas de riguroso luto, de bajar cada mañana a renovar las flores de la tumba del esposo, un hijo, un familiar cercano. Paseo diario con el que renovar un cariño truncado, un anhelo resquebrajado por la muerte. Yo también visité ese cementerio a lo largo de mi vida, con Victoria y mis hijos, con amigos que me acompañaron a alguna de mis salidas a los Alpes y que obligadamente en algún momento recalaban allá. Un verano, viajando con una amiga, tras una semana de trotar por el macizo del Adamello, depositamos en la tumba grandes manojos de rododendros que habíamos recolectado en nuestra salida. Entonces una anciana se nos acercó en el cementerio: Lei era l’amico di Nena, vero? Había pasado más de una década desde el accidente de Nena en las montañas del Ortles y sin embargo aquella anciana me recordaba perfectamente.

El ejercicio de contemplar la vida se me parece como si con los años éste se hiciera más frecuente, más compacto. No es un ejercicio de nostalgia, es algo mucho más denso y actual. Eres lo que fuiste, y aunque en tantas ocasiones el ánimo eche por tierra esta afirmación, la constancia de esa realidad múltiple de presente y pasado que somos es lo que define la certeza del yo que hoy piensa y medita. Mientras tengamos memoria y capacidad de razonar el yo formado por el ayer y el hoy permanecen trabados en esa unidad que contemplo algunas mañanas en el pinar mientras mi vista se pierde en las lejanas montañas de Gredos. En un principio me parecieron demasiado reiterativas esas imágenes que me servía el ChatGpt para encabezar mis últimos posts, sin embargo hoy aprecio esa reiteración porque entiendo que mucho en la vida es reiteración y su expresión de alguna u otra manera tiene que recoger, de parecida manera en que los rituales de la vida se repiten a diario, ese ritmo aunque tintado con pequeñas y breves variantes. El hombre de la imagen de ayer, por ejemplo, frente a una ventana, más allá una pequeña cascada, peces, alguna fotografía colgada con las pinzas de la ropa, la Naturaleza, las aves, el retrato de una niña que quedó prendido en su retina, esos libros sobre la mesa mientras meditativo y con un vaso de té en la mano, contempla la vida, ¿no es acaso la expresión de su propia existencia?

 

 

 

 

 


sábado, 29 de agosto de 2026

Incertidumbre

 


29/08/2026

Tarde otoñal. Se está bien tras la comida junto a la ventana, el sol tibio sobre el cuerpo, el monótono zureo de las palomas, la brisa entrando como una caricia en la cabaña. Se está bien aquí, hoy no necesito viajar ni caminar por lado alguno después de un paréntesis matinal en que me sentía muy cansado y caí medio dormido en el sillón. ¿Podría ser el resto de la vida algo parecido a esto, la paz de la casa, mirar por la ventana, vivir como un noble arruinado entre las ruinas de la inteligencia? (Gil de Biedma).

Repasé ayer tarde mi último post y encuentro que le viene como anillo al dedo la cita que acabo de leer y que encabeza uno de mis post del final de un viaje a Oriente. Dice asi: “En realidad no queremos pintar algo –yo diría escribir– que conocemos con toda su luz, sino algo desconocido y en penumbra”. (Me llamo Rojo, Pamuk). Es del todo cierto que ayer (La naturaleza sutil de pensar el futuro) yo no pretendía escribir algo sobre lo que tuviera conocimiento cabal, sino que escribiendo pretendía que la propia escritura alumbrara algo en lo que reinaba cierta confusión, algo en lo que no tuve mucho éxito, porque releído el texto hoy me parecía bastante confuso. La escritura es más lenta que el habla y posibilita que el cerebro pueda procesar con mayor éxito las ideas, pero ni aún así. Moverse dentro de la incertidumbre parece que sea conditio sine qua non de la naturaleza de nuestro pensar habitual cuando queremos ir más allá de las evidencias. De ahí la cita de Pamuk cuando uno agarra el móvil instigado por las ganas de escribir y animado a la vez por la penumbra y el insuficiente conocimiento de algo que llama a las puertas de nuestra curiosidad.

No es mi fuerte caminar con excesiva seguridad por los temas que le brotan a uno espontáneamente a la vuelta de cada esquina, más bien la mayoría de las veces ese caminar es hijo de la espontánea curiosidad que les surge a los críos de siete u ocho años cuando la complejidad de la realidad llama a sus puertas. De ahí que textos como el de ayer sean con frecuencia un ejercicio de picoteo con la esperanza de que se produzca algún inesperado alumbramiento a raíz de ese ir de un lado para otro como quien piensa que en un cuarto o quinto intento puede finalmente pinchar la aceituna.

Mi pensamiento ambulante gusta ir de acá para allá al margen de toda disciplina, de ahí que en ocasiones mis consideraciones terminen en algún callejón del que es complicado salir, como quizás era el caso de ayer cuando trataba de buscarle salida a esa entelequia de la relación entre los pensamientos y la fisicidad de los hechos a que dan lugar éstos.

Pienso ahora, por ejemplo, en algunas noches que me duermo contemplando un cuadro de una niña que pinté hace muchos años, una niña medio abandonada que nos encontramos Victoria y yo un día de Navidad en las calles de alguna de las aldeas de Las Hurdes. Esa niña y su expresión desvalida es una constante que debe deambular por mi cerebro con frecuencia; no en vano ese cuadro es casi siempre lo último que veo antes de dormirme cada noche.

Hoy terminé saliendo a escribir junto al estanque de los peces. El rumor de la pequeña cascada y el ir y venir de las carpas de un lado para otro transmiten un sosiego y una extraordinaria paz a mi ánimo.  Pienso en lo distintamente que nos puede marcar a una persona el ambiente en que vivimos, las experiencias que hemos tenido en la vida, la intensidad con la que nos hemos encontrado con la gente en largos viajes por el mundo. Porque evidentemente no todas las vidas son el producto de un largo comulgar con situaciones diferentes, esa riqueza que viene de perderse por el mundo, leer, confrontar nuestras creencias y tener la oportunidad de constatar personalmente la complejidad de la realidad, esa sensación que tenía ayer noche cuando negándome a terminar una película malísima, Laponia, dejé que Home, el programa de Google, que conecta nuestro Chromecast, me sirviera una larga colección de fotografías propias, viajes, Alpes, amigos, familia, toda una vuelta a ese mundo que mi cámara ha ido recogiendo durante décadas. En unos pocos minutos por la pantalla de la cabaña pasaron tantas imágenes, tantos recuerdos, tantas montañas, que fue como encontrarme repentinamente con una especialísima selección de los mejores momentos de las últimas décadas.

Es demasiado pronto todavía para adoptar aquella visión de quien repasa largamente con una sonrisa en los labios los años de su vida, pero era igualmente bonito anoche ver pasar inesperadamente todo aquel manojo de vivencias frente a los ojos.

jueves, 27 de agosto de 2026

La naturaleza sutil de pensar el futuro

 


26/08/2026  

Dirá con razón alguno leyendo uno de los últimos posts (Nos estrellamos contra preguntas esenciales) que por mucho que uno quiera, eso de considerar interrogantes esenciales de la vida roza con mucho el hacer simplemente literatura, algo diferente a lo que el amigo Enrique se refería cuando consideramos la necesidad  de acomodar la realidad de los muchos años a la lógica de la caducidad que tiene toda vida. Que bien, pero a lo que mi naturaleza algo rebelde constantemente le pone peros por mucha razón que tenga el amigo.  

Por otra parte hacer literatura, dar rienda suelta a una supuesta profundidad que acaso sólo vive en las circunvoluciones del cerebro que lo expresa, la verdad es que suena bonito, sí, ese bullir de pensamientos que quizás sólo es eso, bullir, la efervescencia de los productos que genera el cerebro. Y vivir, por más que queramos sublimar, dar consistencia a lo que nos dicta el pensamiento, tendría acaso mucho de la ilusión que puede impostar nuestra proyección sobre el futuro.  

Recordaba hace un momento al fallecido amigo Antonio Montes. ¿Qué eran todas esas sus ideas, sus proyectos, el amor a su hija, la estima de los amigos? ¿La llama de una vela que se consumió? Ya no vives. Los pensamientos, los pesares, los conocimientos ¿Qué son en definitiva? Los pensamientos no se tocan ni se pueden manipular físicamente, tienen una consistencia sutilmente vinculada a la vida. De lo que era él surgieron ideas que adquirieron vida propia, el trabajo, sus cuadros, una concepción de la realidad política y social, una clase de vida que se puede transmitir a otros y que puede actuar sobre los otros objetivos, sobre la realidad. Generamos ideas, como quien diera a luz a un nuevo ser, sólo que su consistencia no es material. Estarán ahí mientras que existe algo, alguien que pueda interpretarlas.  

Dos conceptos, lo material, un cuerpo, y lo que esta materia puede generar de consistencia no material, que no es accesible a nuestros sentidos, aunque sí a nuestra capacidad de razonar. Los hechos, que tienen la capacidad de transformar tanto la materia como los pensamientos, a su vez pueden tener sus raíces tanto en otros hechos materiales como inmateriales. ¿Qué relación existe entre el cerebro que genera unos pensamientos y las consecuencias materiales producidas por los mismos? ¿Qué es más consistente un pensamiento o una piedra? 

Una idea no pesa, no ocupa un lugar como una piedra, no puedes cogerla con la mano. Y, sin embargo, una idea puede hacer que un hombre construya una casa, abandone a alguien, escriba un libro, se suicide, ame, vote, mate o perdone. Así ¿puede algo que no tiene existencia material tener efectos reales? Y más ¿somos únicamente aquello que sucede dentro de nuestro cerebro mientras estamos vivos, o también somos aquello que conseguimos provocar fuera de nuestro yo ahora o en el futuro? Es claro que sí. Desaparece el sujeto, pero no necesariamente desaparecen todas las consecuencias de su existencia, de sus actos. En este punto se podría argumentar que quizás escribir sea precisamente sacar algo de la intimidad de un cerebro y conseguir que exista, de otra manera, en otros cerebros. Sin embargo, y en lo que concierne al sujeto actor, a burro muerto, cebada al rabo.  

Y aquí sobreviene un asunto interesante, el de vivir para sí, ajeno a lo social o el de hacerlo para otros o la posterioridad. Y ya puestos y trayendo por las orejas alguna idea de Darwin, el hecho de que nuestras ideas puedan ser un elemento determinante en la evolución del hombre y la sociedad, podría interpretarse como un importante elemento de evolución, de parecida manera a como las hormigas y abejas evolucionaron como seres sociales. Las ideas de los hombres serían el equivalente de la aportación que la evolución hace en el desarrollo de los insectos llamados sociales. La aportación constante de nuevas ideas a lo largo de la historia del hombre habría seguido un rumbo paralelo al de la evolución de las abejas, un comportamiento de la Especie que en todo momento opta por la supervivencia, se daría en el hombre igualmente, bien que en el hombre, al aparecer la inteligencia en cierto momento de la evolución, se produzca una quiebra que interrumpe el ritmo evolutivo de la Especie para constituirse, por intrusión de la inteligencia, en una amenaza para la natural evolución, precisamente por la capacidad modificadora, al margen de la propia evolución, que el hombre ha llegado a adquirir en el ritmo de la supervivencia de los más aptos. Los que antes eran más aptos tenían más posibilidades de vivir más años, mientras que los que podemos llamar en la actualidad más aptos, digamos los que dirigen económica y políticamente la sociedad, no son, pueden no ser,  biológicamente los más preparados entre los sapiens sapiens. La inteligencia ha logrado evadir la lógica de la evolución para crear su propia lógica.

Es una extraña capacidad la que tenemos de lo que no podemos tocar, la inteligencia, para transformar aquello que sí podemos tocar, la realidad corriente. La interrelación entre lo que no podemos tocar ni manipular, el pensamiento, y la realidad tangible y material, con ser tan evidente, no deja de ser algo un tanto misterioso e inaprehensible. El hecho de que una realidad que se genera en el cerebro, algo no material, provoque más allá de la abstracción la posibilidad de una transformación material, llama a investigar un mecanismo, una relación entre lo pensado y sus consecuencias cuya complejidad se me escapa.  

Y sin embargo, volviendo al principio, y relacionándolo con esa realidad por venir, Enrique se refería a ese futuro de la edad madura que nos espera a todos, encuentro que mucho más que vivir esas páginas que todavía nos quedan por escribir, que, pienso, se refiere a hechos, y que acaso puede relacionarse con la diferencia de la que hablaba Séneca en una carta a Lucilio, y que recogí aquí hace tiempo pero que no localizo ahora, la diferencia entre el existir y el vivir; mucho más que vivir ese tiempo que nos queda al modo de existir, lo que correspondería sería hacer de ese tiempo una intensa relación con nosotros mismos y con el mundo que habitamos. Ja… ¿cómo?, diría alguien. No, no se dan duros a peseta, que cada cual saque sus castañas del fuego, que diría alguno. 

No es lo mismo decir de alguien que ha existido 80 años, como decimos que existen los árboles, caso de que valoremos la vida por su duración y sus hechos corrientes, que haber vivido con esa fuerza que expresa Neruda con el título de sus memorias: Confieso que he vivido.  

Aunque, quién lo duda, contemplar pasar las estaciones como se siente la brisa de un final de verano, siendo plenamente consciente del instante que vivimos, tenga también mucho de apetecible.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 26 de agosto de 2026

De nuevo con los chicos y chicas del Navi

 

Obviamente ésta es de otro día y otras circunstancias

26/08/2026

El agua de los aspersores rocía la parcela frente a mi ventana. Regreso de una nueva salida con la buena gente del Navi y me gustaría recrear algo de los aledaños de nuestra excursión. Existe un puñado de cosas que puedo hacer esta tarde pero el buen sabor del encuentro me deja con las ganas de pergeñar algo, ya se sabe, esa necesidad de expresarse, que no es lo mismo que la charla del amigo Laure, que hablaba por los codos mientras bajábamos yendo de un tema a otro sin solución de continuidad, viejo amigo él siempre tan apasionado del monte y la charla. Siempre que salgo con estos amigos son tantos los asuntos que suscitan las conversaciones con unos y con otros, que ganas me dan siempre de llenar cuando llego a casa el resto de la tarde reviviendo algo de los sucesos del día. 

 Hacía bastante que no salía con ellos y esta mañana antes de encontrarnos tenía el temor –ah, mis problemas de memoria, ese rastro que ha ido dejando en mi cerebro mi reciente estancia en el hospital…– de haber olvidado la mayoría de los nombres, pero no fue así; se ve que mis neuronas viendo los rostros, dando y recibiendo abrazos, se despabilaron y fueron capaz de encontrarle el nombre a la mayoría de los rostros. Jodida historia esa de que los nombres de amigos se te puedan evaporar en las circunvoluciones de la materia gris del cerebro, pero que en cierto modo se va ajustando poco a poco, en unos más que en otros, a los añosos tiempos de una existencia que camina decididamente hacia los dominios de la nada. Eso para unos, que para otros como Ángela, la cosa es diferente, que me lo decía durante la comida cuando yo hacía alusión a nuestro “hasta aquí hemos llegado”; se acabó la fiesta; punto final. No, ella, muy segura todavía, esperaba después de abandonar este planeta en algo más allá de donde termina el perejil.

Tiene algo de fascinante este charlar con unos o con otros, interrumpir conversaciones y asuntos, seguir pegando la hebra aquí o allá, mientras el sendero bajo nuestros pies, amarillo tostado todos los alrededores, allá, despuntando entre los pinos los picudos riscos de la Pedriza, amados compañeros por donde el grupo, cargado cada vez más con octogenarios, septuagenarios y algún/alguna que otro/a a los/las que los achaques les obligan a mirar de lejos las montañas de otro tiempo. Digo fascinante, porque aunque fuéramos entretenidos con las conversaciones no se me escapa el leitmotiv que me rondó por la cabeza durante todo el recorrido y parte de la comida. El decurso del tiempo, ese nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar… manriqueño, estaba presente en el aire. Casi todos nos conocemos desde hace más o menos medio siglo, amantes empedernidos de las montañas de las que seguimos hablando como si ellas fueran parte esencial de nuestras vidas, Julián Salazar y Laure recordando nombres, la inauguración del refugio Goriz; yo mientras pensando en un mes de junio, mi primera salida al Pirineo, con Emiliano de Diego, corría el año 1966; dos novatos al día siguiente conducidos por Solis y Julito, entonces para nosotros expertos montañeros, hasta el collado del Cilindro (ah, descubrir tantas montañas por primera vez, nuestros ojos novatos embobados con la Munia allí enfrente, con tantas montañas que se extendían hasta el infinito del horizonte). Un medio siglo en donde cabe tanta vida, tantas experiencias, tanto amor por valles y montes, tanto, tanto, que cuando uno piensa que se tiene que morir, irremediablemente se le ocurre que es una lástima, una lástima que toda esa vida, esos enormes manojos de vivencias en definitiva terminen desapareciendo en la nada. Durante la comida hablaba con Chelo, me contaba de sus nietos, de la bonita y entrañable relación que tiene con ellos y, a diferencia de mi pensar en mi experiencia de las montañas, encontraba que al menos Chelo y Poisón y todos los que tenemos hijos, más allá de la nada que se nos tiene reservada, la llama de la continuidad, como la antorcha olímpica, permanecía en nuestra descendencia. 

Tiene cojones, las cosas que se me ocurrían pensando en nuestro añoso ya vivir. Decía más arriba que muchos nos conocemos desde hace más de medio siglo. Pues sucede que como yo sólo aparezco de vez en cuando por las salidas del grupo, pues que miro todo acaso con más perspectiva, me llama la atención el asunto de la edad, cómo todos vamos cumpliendo años, cómo vemos la vida cada uno desde nuestra añosa condición, y entonces se me ocurre divagar sobre esto o lo otro, la vida, los años, nuestros pesares y alegrías, esas cosas que viven por dentro de cada uno y nos hacen cosquillas en el tejido del alma. Porque alma sí que debemos tener a juzgar por la alegría y el cariño que destila este grupo de veteranos “vejetes”. Dicho con cariño, no se vaya a enfadar alguno, porque a mí cuando me sale de las yemas de los dedos esa palabra, vejete, lo que destila la idea es una enorme sensación de paz, una sensación que me viene especialmente hoy de escuchar a Chelo hablar de sus nietos y de la vida en general, esa su alegría con Poisón de quien está a las mil maravillas hermanada con su existencia. Caminar por la vida, y especialmente cuando se tienen muchos años, con esa entereza, esa alegría… ¡carajo!... ¡qué gustazo!

Tendría materia para mucho más, las “incidencias”, es decir los problemas de la pierna de Ángela, el gusto de volver a encontrarme con Adolfo, Pedro, con Paco, Emilio, Mari Carmen, con todos, la charla a última hora con Paco y Julián, conversación con amago de altura, allí de pies, como quien está en la cola del autobús y de un momento a otro cada cual saldrá pitando camino de su casa. Y como terminamos hablando del distinto comportamiento que vivir en una latitud u otra del mundo instila en sus habitantes, y como Julián mencionara la película Laponia, un asunto el ver cine para el que la motivación poshospitalaria todavía no me había llegado, pues que esta noche intentaré hincarle el diente a la película,  asunto, quien lo diría, el de nacer en distintas partes del mundo, que parece condicionarnos mucho más de lo que creemos.

De estas salidas siempre me queda la sensación de no haber aprovechado lo suficiente el momento. La gente mayor me llamó desde muy joven la atención. Tanta vida acumulada por fuerza puede destilar esencias tan variadas e interesantes como para saciar la curiosidad más exigente. Pero… la hora de cada mochuelo a su olivo terminó por llegar… Besos, abrazos, ciao, hasta la próxima semana…