11/08/2026
Me estaba preparando para hacer la siesta de todos los días y de repente caí en lo bonito que es este espacio, este trozo de cabaña donde sesteo, duermo y paso largas horas de lectura. Caigo en que soy altamente injusto cuando quejoso con mi enfermedad mi ánimo anda por los suelos. Vivir en un sitio bonito que has diseñado y trabajado personalmente en todos sus detalles debería ser motivo de gozo. Pero sucede eso, que las rutinas y la cotidianidad, a no ser que estés muy atento, degradan tu mirada y tu estar. Así hasta que en un instante como hoy caes en que eres un afortunado por haber tenido la oportunidad de haber creado este espacio a la medida de tus necesidades y gusto.
El lugar era un chamizo orientado a poniente sin ventanas en el que se guardaban herramientas y un motocultor. Fue una de mis primeras intuiciones cuando compramos esta casa. Desde los tiempos de Gedrez, un año en que viví en Italia de muy joven, había soñado muchas veces con vivir en un lugar donde mi contacto con la Naturaleza fuera total. Allí una habitación que daba al sur en la ladera de las montañas de la Valcamónica a donde a mi mesa de trabajo llegaba el primer sol del amanecer, aquí ventanas a los tres puntos cardinales con mi mesa de trabajo directamente a poniente, a lo lejos siempre las montañas de Gredos, me recuerdan a cada momento aquellas otras cumbres de Cevo con las montañas del Adamello siempre frente a mi cuarto de estudio.
Qué tanto desagradecidos somos en ocasiones con nuestra propia vida cuando no somos capaces de admirarnos constantemente de los años y circunstancias que hemos vivido. Así hoy en que la rutina de comer y bajar a echarme la siesta a la cabaña desembocó accidentalmente en esta especial percepción del presente e hizo que el habitual sueño de después de la comida se transformase en el placer de contemplar mi propio entorno. Sé que hace tiempo escribí algún post dedicado a algunas de las habitaciones de mi casa, pero no sabría localizarlo. Seguramente lo hice en alguno de estos momentos en que uno se hace especialmente consciente de la realidad que está viviendo. ¿Cómo se titulaba aquella película? Ja, mi amigo el Chat… Eso es, Amanece, que no es poco. Vive, o mejor, vive el presente, que no es poco. Vivir, admirarte de tu propia existencia. Eso que tanto necesito estos días y que poco a poco se me va colando en el ánimo. Porque, lo he comprobado en las últimas semanas, qué fácil es olvidar la gracia de estar vivo. Esta habitación en que duermo, esta habitación en la que yacimos tantas horas aquella fugaz amante y yo admirados mutuamente de esa eclosión de nueva vida en las puertas de la jubilación; esta habitación en la que transcurre, como antes lo fue en la montaña, la parte más importante de mi vida; los libros, la escritura, mucho del trabajo de la escuela; donde me refugié durante el cáncer de mi madre para dar salida a mis lágrimas, donde Victoria y yo encontramos muchos de nuestros mejores momentos…; donde escribí más de medio centenar de libros.
El hábito hace al monje. De alguna manera es verdad, y no precisamente el hábito que cubre el cuerpo. Sin darte cuenta puedes embarcarte en unas rutinas en la vida, rutinas que van de la mano de ese dejar discurrir el tiempo sin unas pasiones que llenen tu existencia… por desgana, por falta de empuje, que… bueno, que como no te espabiles te pueden dejar hecho una mierda. Estos días que me leo en libros de viajes que escribí hace años y en los que veo una consistencia y una madurez que imposible sería alcanzar ahora, igual que me sería imposible alcanzar la cumbre del Mont Blanc o la Cima Grande de Lavaredo y qué me hace pensar que he finalizado un periodo de mi vida a partir del cual sólo cabe, como cuando se alcanza una cumbre, descender. Esa sensación. Pero estamos sin embargo en el ámbito de la duda, en lucha, como cada mañana, con largas caminatas y ejercicios de recuperación y mantenimiento, en un duro pulso.
Y tan como me siento incapaz de pintar algo parecido a los lienzos que cuelgan de mi cabaña, porque ese tiempo acaso se ha acabado, algo parecido sucede con otras actividades, montaña, escritura, estudio… Así que retiro por un momento la vista de la pantalla del teléfono y miro a mi alrededor y me pregunto: ¿estas seguro de que no podrías volver a pintar, a escribir como entonces, a hacer largas caminatas, a volver a Oriente con la finalidad de despertar tu adormecida curiosidad, la creatividad, el entusiasmo por la fotografía, el gusto por el contacto con la gente?
Usar un blog como combustible de las propias intuiciones… Eso me parece estar haciendo en este momento. Iba a dormir la siesta y en su lugar enciendo el teléfono admirado por el gusto de contemplar esta habitación, mis cuadros, la foto en cueros de mi antigua novia, el león ese de peluche de arriba de la estantería que debió de pertenecer a alguno de mis hijos, y sí, creo que la cosa funciona. Quizás debería escribir estas cosas en las páginas de un diario personal, pero me he hecho tanto a la idea de guardar en un solo sitio mis reflexiones, que lo son para ahora y para poder volver a ellas en el futuro, un hábito que practico desde hace años, que mejor dejo las cosas como están. En realidad el blog tiene mucho de historia personal. Quizás algo en lo que pensé en muchas ocasiones.
Tenemos un conocimiento puntual de nuestro pasado, pero seguramente carecemos de la historia de cómo ha ido evolucionando nuestro pensamiento. Qué pensabas a los veinte, cuarenta, sesenta años sobre esto o lo otro, cómo tus ideas han ido cambiando, tomando consistencia, abandonando tantas seguridades. Cambia lo superficial / Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo / Cambia, todo cambia… (Mercedes Sosa).
Y qué diferencia emplear esta hora de calor en algo más que sumirse pesadamente en el sueño frente al ventilador.





