Hospital Montepríncipe, 26 de septiembre de 2026
El mundo se divide en dos clases de personas, los listillos
y el resto. Por la película de ayer, Mi obra maestra, pasaban
esas dos clases de personajes. Los listillos de este mundo que son legión,
todos los que aprovechan su status social o económico para hacerse con el mundo
y sus recursos un traje a la medida; en general personajes cegados por una
codicia que ellos, asentados en los privilegios de clase, han asimilado como
parte esencial de su ser al punto de formar parte de su propia naturaleza como lo
forma el páncreas o la vejiga de la orina. Eso, ¿habrá alguien que pueda
cuestionar la existencia de su propio páncreas? Pues parecido. Estos y las personas
que llamamos de a pie.
Recuerdo una de las últimas intervenciones de Emilio Botín, el
anterior director del Banco Santander, un hombre pequeño de aspecto decrépito, que
en una reunión de accionistas paró despóticamente la intervención de uno de ellos que le preguntaba sobre la investigación judicial de las cuentas
suizas de la familia Botín. Una familia de listillos como las tantas alrededor del
mundo, que viviendo en el mismo planeta que el resto de sus congéneres, la
listeza y la codicia han hecho de ellos los detentores, ellos y ese pequeño
porcentaje que acapara la riqueza del planeta, la clase que domina el mundo.
Que tras milenios de existencia del hombre sobre la Tierra
unos pocos hayan logrado acaparar la mayoría de la riqueza de ésta en beneficio
propio, habla, en términos lamarckianos de la función que crea el órgano:
quienes hacen de la acumulación de riqueza la razón de su existencia terminan
desarrollando una particular aptitud para la rapacidad. Así que ojo, estamos en
aquel sabido proceso en que creyéndonos ser nosotros los que llevamos las riendas
de nuestro destino resulta que somos víctimas propiciatorias manejadas por ancestrales
instintos de acumulación. Vamos, pobres hormiguitas, o peor, cuyo instinto les lleva
a acumular y acumular sin otro objeto preciso que no sea engrosar en todo momento
su capital, su poder o su prestigio social.
En Mi obra de arte los listillo son los clientes de
galerías de arte, todos muy distinguidos, de aspecto desenvuelto para los que
el mundo ha sido hecho a la medida de su ambición. Se mueven como peces en el agua
en un mundo donde la riqueza es la prestigiosa moneda que da acceso a todas las
necesidades habidas y por haber. Lo vemos estos días en las portadas de los periódicos
con el caso de Mari Carmen, una anciana de 87 años que después de vivir durante
71 años de alquiler en una vivienda y habiendo pagado religiosamente su alquiler
siempre, ahora sus propietarios, que quieren hacer más dinero con el piso, plantean
darle una patada en el trasero y dejarla en la calle. El dinero llama al dinero
como una especie de metástasis que en algún momento quisiera engullir el entero
cuerpo social hasta que el dinero les salga
por las orejas o por el agujero del culo.
La historia de la Humanidad generó monstruos de ésta o parecida
especie desde los mismísimos comienzos de la civilización. La Especie, ciega a cualquier
requerimiento social que vele por el bien de todos, se ha desentendido siempre del
bienestar general, a no ser que seas hormiga o abeja, de ahí que las llamemos animales
sociales, para centrarse en el desarrollo del más fuerte y preparado para la supervivencia.
La Especie no entiende de ética o moral, sólo quiere medrar y crecer aunque sea
a costa de otros. Sólo sucede que a la Especie le salió rana por el hecho de que
a una de sus criaturas, el sapiens sapiens, le diera por desarrollar la capacidad
de pensar, momento en que empezó a joderse la cosa porque entonces ésta se emancipó
y, obedeciendo a un gusanillo que le creció que le fue chupando poco a poco sus
pretensiones sociales, terminó haciendo del hombre alguien al que el ego acabaría deglutiendo como a un sándwich de McDonald en manos de un hambriento.
Esperpéntico, sí, pero real como ese sol que alumbra nuestro
planeta. La mentira de presentarnos a esos personajes, a esos rey Midas de la modernidad
como respetables en lugar de como amenaza constante a la cordura y al desarrollo
del cuerpo social general, se lo han venido currando desde siempre al punto de que
hoy sean respetados como próceres del género humano en lugar de como lo que son,
sanguijuelas no más. Ironías de la vida el que las sanguijuelas y las garrapatas
de este mundo, vestidos de traje, chaqueta y corbata y siempre disfrazados de seres
superiores, que se lo creen, con ser seres moralmente despreciables no más, nos hagan
tragar esa deferencia con la que se les trata. Admirable que los codiciosos, los
idiotas, aquella tonta el bote, Laura Harring, la actriz de Mulholland Drive,
exhibiendo en la entrega del Óscar unos zapatos de un millón de dólares y un collar
de 25; los anodinos y tontos de remate de Jeff Bezos y compañía pagando en 2021
veinticinco millones de dólares cada uno por un viaje espacial que duró 11 minutos.
Gente así cuya frivolidad, tan hiriente para el resto de sus paisanos del planeta
Tierra, con ser tan ridículos, la mass media convierte en los grandes señores
de nuestro tiempo.



