jueves, 22 de octubre de 2026

Si la vida fuera infinitamente larga



El Chorrillo, 17 de octubre de 2026

Me gustaba anoche sentir la luna entrar en la cabaña. Yo en la cama bajo el edredón y la luna despertando levemente a los libros, a los cuadros y no pensar en nada o acaso recordando alguna noche de luna llena en alguna cumbre desde dentro del saco se dormir. Eso que queda en la memoria, fugaces momentos de vida. Era bonito sentirse acompañado por la luna a estas horas tan íntimas de la madrugada. La vida, sí. 

Si una vida fuera infinitamente larga… decía Enrique en un comentario por aquí está mañana. En Los viajes de Gulliver Jonathan Swift creo recordar que hablaba de dos tipos de personajes, los caballos racionales y los seres que viven indefinidamente. El problema que planteaban estos últimos era que envejecían y tenían achaques como nosotros; una vida excesivamente larga plantearía en este caso una hipótesis poco deseable, porque efectivamente el asunto no es vivir indefinidamente, sino hacerlo, digamos, dignamente antes de que los deseos (significativos), como dices, se agoten. La muerte, escribía él , podría entenderse como el resultado de un deterioro biológico que ya no puede compensarse mediante los mecanismos de reparación del organismo. Y me pregunto, le digo, que con tener toda la razón, qué podría argumentarte Bermang ante planteamientos así. Creo que pensaría que era un asunto que no le interesaba. Él pescaba en otra clase de río. Las imágenes del reloj, y la muerte, aparecen reiteradas y dispersas por la filmografía de Bergman, pero siempre, creo, desde la perspectiva de la inquietud por el hecho de existir y su finitud, nada que ver con aspectos biológicos o la lógica de un final de ciclo. La incomprensión de la muerte, que no es reducible al raciocinio, irrumpe en muchos de sus personajes en medio de una profunda necesidad de comprender. Esa necesidad, hablaba días atrás en El lector, de Bernhard Schlink, en donde esa necesidad de comprender, la implicación en crímenes nazis de una antigua amante, se convierte en el tema central del libro; esa necesidad, decía, que permea nuestra conciencia ante lo ineluctable es el motivo de una amplísima bibliografía que demuestra hasta donde el hombre, guiado en su más íntimo ser por el deseo de pervivencia inoculado por la Especie en nuestro organismo, se da bruces con la fisicidad de eso que llamas fatiga de materiales que precede a nuestra extinción como seres vivos.

Se entiende que cuando uno está en esa fase de deterioro físico e incluso en su final, los razonamientos en torno a la lógica de la extinción no creo que sean de su interés, entre otras cosas por su calidad de obvios. De donde la interpretación de la muerte queda a un lado para ser sustituida por la vivencia, la angustia en ocasiones, o el deseo de la necesidad de ser abrazados, como sucede en Gritos y susurros, de Bergman, en que la protagonista que va a morir en absoluto necesita una teoría sobre el sentido de la existencia ni una explicación sobre la logicidad de que ha llegado para ella el momento final. Sus sentimientos desnudos se bastan a sí mismos. Por eso explicar la muerte desde el observador que la ve allá lejos como objeto de mirada y análisis, creo que no tiene nada que ver con los mecanismos materiales que llevan a la muerte. Ningún consuelo puede ofrecer en este caso los porqués porque son dos procesos totalmente diferentes que no se interfieren en su desarrollo.

Creo que es en una viejísima lectura de Unamuno, allá cuando estaba en la veintena, en El sentimiento trágico de la vida, en donde éste se preguntaba si podemos aceptar que nuestra conciencia desaparezca para siempre. Recurrimos a la razón, pero ésta en sus esfuerzos inútiles no logra abrirse en la oscuridad de lo incomprensible, de pasar de ser a no ser, a convertirte en nada. El deseo íntimo de seguir existiendo es para Unamuno el conflicto más significativo del ser humano; no se trata simplemente de dejar de existir sino de algo mucho más radical: no concebir que uno pueda dejar de ser él mismo. 

La muerte, es cierto, puede acabar, como dice Enrique, funcionando como un asalto, como un despojo de aquello que todavía podríamos haber vivido. Y recuerdo ahora al alpinista italiano Casarotto que ha abandonado una primera ascensión a K2 en solitario y camino del campo base cae en una grieta desde donde logra comunicarse con su esposa Goretta antes de morir. Un asalto a su malogrado objetivo, la cumbre del K2, al cariño de su esposa, a tantas montañas y paredes que le esperaban poder escalar. Evidentemente la conjetura de no pasar por ese “asalto” y vivir tan largo como los personajes de Los viajes de Gúlliver lo que hace es descubrirnos una situación abocada al absurdo, además de indeseable. 

Nuestro cerebro no está hecho, como pensaba Unamuno, para aceptar que dejemos de ser lo que somos. Y si tenemos que llegar a una solución de compromiso ésta deberá pasar inevitablemente por unos canales que no son la razón, caso del tantrismo en que sus seguidores se acercan al “conocimiento” de la muerte permaneciendo algún día en silencio junto al cadáver de una persona con la que en vida tuvieron una relación afectiva. 






Oppenheimer

 


El Chorrillo, 22 de octubre de 2026

Son cerca de las cuatro de la mañana. La oscuridad de mi cabaña queda bañada por una media luna creciente. También mi obligada inmovilidad tiene su parte amable, ésta sin más de haber cambiado mis horarios y mis rutinas. La película de hoy, Oppenheimer, duraba tres horas pero no me arredré por ello. En la chimenea ardían gruesos troncos de olmo y la noche invitaba a viajar por otros mundos. En general rehúyo las películas norteamericanas modernas a no ser que sean excepcionalmente buenas. En ellas por poco que se descuiden ahí tenemos casi siempre personajes sobrados de sí mismos, actitudes y tics de quienes están por encima del bien y del mal, todos sus personajes tan planchaditos y suficientes... No se debe generalizar, porque de todo hay en la viña del señor, pero es que me molesta tánto ese género de cosas que sólo como excepción las acepto. 

 Una película a la que faltándole evidentemente el contrapeso de los horrores de Hiroshima y Nagasaki, muertes y horrores que en la película son celebradas con el indescriptible entusiasmo de los norteamericanos. Benditos ellos, no los de la época sino la estupidez que demuestran los posibles espectadores a los que los guionistas sirven esta mascarada a la manera del un final de un campeonato mundial de fútbol. Qué gente, no sólo no esconden sus vergüenzas sino que les sirve de diversión. Material, claro, para las masas, ésa con la que se hace taquilla.  

Cuando ver una película, o incluso simplemente se observa la realidad, y la película, la realidad, dejan de ser un simple espectáculo para convertirse en un elemento de reflexión, y la reflexión, como quien hace ejercicios de mantenimiento cada mañana, cala en ti algo más que como puro conocimiento, lo que hacemos es tomar postura ante el rumbo del mundo definiendo nuestro estar en él frente a la aleatoriedad de las circunstancias externas.  

A qué finalidad intrínseca se debe en particular la película que vi anoche, me pregunto, ya en este momento la mañana siguiente. Sí, el desglose de la personalidad y del hacer del protagonista, la necesidad de hacer taquilla, el valor del entorno –Estados Unidos y la defensa de su hegemonía planetaria–, el planteamiento de una dicotomía por resolver, o son los alemanes los que fabrican la bomba atómica y es por tanto el fin del mundo y la hegemonía alemana en él, o son los norteamericanos en contrapartida como salvadores de esta catástrofe los que a partir de entonces deberán regir los destinos del mundo con un incremento armamentístico capaz de destruir varias veces el planeta. Terrible dilema para quien observando el mundo desde la perspectiva de un Rodríguez de la Fuente o de un Jean Jacques Rousseau comprende que Yahvé erró cuando creyendo que quitándoles la tutela divina a Adán y Eva y dejándoles al arbitrio de la trasgresión, éstos no sólo se ganarían el pan con el sudor de su frente, sino que su libertad les serviría para crecer en concordia. Yahvé no llegó a prever que aquel acto sería con el tiempo destapar la tapa de la caja de los truenos de una interminable historia de guerras como resultado de  incontrolables pasiones de poder y hegemonía que venían encapsuladas en el mismo paquete que las previsibles bondades de los primeros habitantes.  

Esperar a que pase el interludio del sueño para reposar las impresiones que me provocó el film de la noche anterior, dejar distancia por medio, termina poniéndome ante asuntos como éste con la perspectiva de quien observa un perfecto loquerío. La aparente seriedad y responsabilidad con la que vemos desfilar a los personajes de la película contribuyen, como el ropaje de un actor al que la indumentaria da aspecto de respetabilidad, a hacernos creíbles una historia y unas motivaciones que desmenuzadas y desnudas de apariencia lo que hace es ponernos sobre la mesa realidades, la triste realidad, de que en el fondo lo que fluye, como en los ríos subterráneos, son las pasiones del poder y del dominio. Cierto que los norteamericanos tienen enfrente un contrapoder, los alemanes, y con ello el temor de que éstos puedan adelantarse en la fabricación de la bomba atómica, lo que justificaría de alguna manera el empeño urgente de la fabricación de la bomba. Ante un mundo tan demencial, Hitler y la ambición de poder, se impone así otro mundo no menos demencial que terminará al modo de los primeros controlando una parte sustancial del mundo. Frente al fascismo y sus doctrinas totalitarias, lo vemos en nuestros días, otro totalitarismo vendrá a imponerse desde el capitalismo. ¿No vemos en el actual presidente de Estados Unidos aflorar esta idea de totalitarismo que ocupaba obsesiva la mente de Hitler?

Bajo la realidad que ocupan las portadas de los periódicos subyacen, como siempre ha sido en la historia –el discurso oficial y la realidad son dos cosas diferentes– las pasiones personales o colectivas que son las que irrigan los conflictos y los intereses de todo tipo. El Oppenheimer despreciado y perseguido del final de la película es un ser engañado del que se ha servido al Sistema para sus propios fines; el Gran Otro, ese imperativo categórico que se impone desde la fuerza del anonimato a la mentalidad de los ciudadanos, sonríe en la distancia cuando comprueba los tantos hooligans, ciudadanos de a pie, que suscriben la masacre de parecida manera a como se celebra un gol decisivo en la portería del equipo contrario. El estúpido Truman que nos presenta el director, acaso una caricatura precisa de la realidad; los jueces y los políticos, todos al unísonos son los parias de un teatro de guiñol de ese ente abstracto llamado Gran Otro.

Es cierto que no se deben descontextualizar los motivos que llevan al uso de la fabricación de la bomba en relación con el peligro que implicaba la amenaza alemana, que de llevarse a cabo podría haber rediseñado un mundo muy diferente del que vivimos en la actualidad. Pero, ¿no existían otras posibilidades como en algún momento expresa Oppenheimer, una demostración del poder atómico que visibilizara su capacidad de destrucción en un escenario cercano que, sin producir tanto horror, hubiera hecho recapacitar a los japoneses de lo irremediable de su rendición? 

La película, ésta y la mayoría del resto, como objeto de consumo, debe atenerse a las reglas del mercado y quizás por ello precisamente en ésta la existencia de tantas concesiones que se hacen en el film a las necesidades borreguiles de un espectador por el que corre la sangre del sueño norteamericano de la supremacía.

 


miércoles, 21 de octubre de 2026

Kafka y el Gran Otro

 


El Chorrillo, 21 de octubre de 2026  

No, son otros los términos a los que me refiero (ver comentario de Enrique aquí). El después de la muerte es un monte hipotético desde el que observas tu propia vida, sirve para analizar el curso de nuestras inquietudes, la belleza de la vida, esa que nos ha dado tanto. Sirve a la necesidad de tener claro qué es y qué ha sido importante en la vida, un osito de peluche en que recostar nuestro ser cuando miramos a la tarde el horizonte con los ojos cerrados dejándonos llevar por el ritmo tranquilo del corazón. 

Tenía una amiga que si pretendías hablar de la muerte con ella, te daba con la puerta en las narices. Craso error cuando no se comprende que la vida y la muerte forman un inseparable tándem en donde no se puede concebir el uno sin el otro. Así que mejor no negar. No se trata de jugar una partida de ajedrez con ella como hace Max von Sydow en El séptimo sello, ese experimentar en nuestras íntimas entrañas los complejos sentimientos que destila nuestro cerebro. Puede sonar a filosofía barata, pero existe. No es el manido pienso, luego existo, sino siento, luego vivo. Hay quien se apasiona con un gol de Messi, otros tenemos pasiones algo más raras. 

En ocasiones cuando entro en materia tengo la sensación de que me dejo llevar por el atractivo flujo de las palabras. Bueno, también eso forma parte de la vida e indudablemente actúan sobre el ánimo y el razonamiento a modo de bola de nieve impulsada por la corriente de las propias intuiciones. Creo que recientemente me referí a Mirabeau cuando al impulso de sus propias palabras en la Asamblea Francesa lanzó a un inesperado discurso que contribuyó al inicio de la Revolución Francesa. 

También esto es válido aunque para el frío raciocinio de una interpretación psicológica pueda ser simplemente un arranque. Hay cosas que en absoluto se ven y que sin embargo arrastran nuestras vidas y las de la sociedad por los caminos turbulentos de lo que Žižek denomina el Gran Otro, este mundo sin más que vivimos de cierto oscurantismo en donde las causas de un modo de organización económica o política se la van pasando de uno a otro, remitiéndose siempre a una autoridad superior, el director, la empresa, la coyuntura económica internacional, etcétera, hasta que descubrimos que la razón de todo está en el Gran Otro, un ente abstracto que determina el comportamiento de toda la cadena. El Gran Otro es, en una de sus dimensiones, el lugar simbólico desde el que parecen emanar las normas, las expectativas y la autoridad que organizan nuestras acciones. Si escribo todo este rollo, bien que motivado por mi reciente lectura de Mark Ficher, es porque descubro en mí una antiquísima disposición a interesarme por lo que hago o pienso al margen de las influencias más o menos perniciosas que el sistema inocula en el ciudadano empujándole a prescindir de sus propias ideas e iniciativas sustituyéndolas por refinados y ocultos intereses ideológicos y económicos. Al final todo es un engaño que hace funcionar tanto al sistema como a nosotros mismos en una interminable cadena de montaje en donde quien rige los destinos del hombre, puestos a considerar el bien de la humanidad y del individuo en particular, es una abstracción que como mi antiguo flutter del corazón no irriga el cuerpo sino que da vueltas y más vueltas en el ventrículo produciendo unas excesivas palpitaciones que no tienen otra finalidad que retroalimentar el sistema. 

Ahora estoy más tranquilo, ya no estoy en flutter, mi arritmia ha desaparecido, al menos momentáneamente, y ahora mi sangre está liberada y puede cumplir su función de llevar oxígeno y alimento a mis células. La sociedad, y en especial el sistema capitalista en que vivimos, sin embargo está en flutter permanente, no irriga el cuerpo social y permanece estancado fomentando el engaño de que vivimos el mejor de los mundos posibles. 

Sin embargo no todo el personal está en las nubes ni conforme con que el Gran Otro sea el que organice nuestras vidas. De ahí las revoluciones juveniles, el 15M, las revueltas actuales en Francia o Italia. No sabemos bien qué nos sucede pero hay algo que muchos sentimos que no funciona en nuestra sociedad y entonces despertamos, empezamos a ver la realidad en la perspectiva que comentaba al principio de este escrito, desde la cima de una montaña, los mecanismos de poder y la economía, nuestro adocenamiento, la insulsa realidad de vivir para consumir, y desde un punto de vista personal la percepción de que lo verdaderamente importante consiste en liberarse de ataduras en la medida de lo posible para intentar ser nosotros mismos, bien que formando parte de una sociedad en donde todos contribuimos al bienestar de la colmena. 

Pero para eso es necesario subir montañas y en la paz de la soledad de las cumbres contemplar a nuestros pies la adormilada actitud de una sociedad que como rezaba en aquellos slogans del 15M, necesita despertar. 

¿O no, y entonces debemos seguir formando parte de un relato kafkiano, el de la pesadilla incomprendida de un absurdo proceso... al menos en lo que se refiere a nuestras vidas no vivida en mí al modo del soneto teresiano?  

  

  


martes, 20 de octubre de 2026

Despertando después de la muerte




El Chorrillo, 28 de octubre de 2026 

Aunque nos muramos y esas cosas y seamos eso, una chispa en la historia del universo, la verdad es que la cosa está bien, habrá sido bonito pasar sobre la historia de este planeta y haber vivido codo con codo un ratito entre los otros sapiens, las plantas, el aire, los pájaros. Si hubiera un lugar desde donde recordar el pasado, de cuando éramos esa miaja de polvo sobre un pedazo de tierra que gira eternamente en un hueco del Universo y pudiéramos sentarnos abrazados sobre las rodillas contemplando el lejano pasado de nuestras vidas, creo que lo que me surgiría sería una sonrisa de gusto, especialmente por no haber hecho el idiota. Sí, lo que tengo en memoria es aquella afirmación de Neruda cuando le dio por escribir el libro de su vida. ¡Qué pena!, ¿verdad? Llegar a un día semejante y descubrir que en la única oportunidad que te han dado para vivir te has comportado como un solemne idiota. 

Vino Victoria a la cabaña, eran las once de la mañana, pensando que lo mismo me había dado un patatús, pero no, estaba simplemente mirando a las musarañas, que es una de las actividades humanas más gratas y provechosas. Y qué pena, sí; pienso en el desperdicio de vida en tantos empeños, fuegos de artificio, en que se embarcan algunos porque teniendo unas narices excesivamente grandes no les alcanzan los ojos para ver un poco más allá. Pobrecitos ellos que ni siquiera serán merecedores de un trocito de satisfacción cuando miren en retrospectiva sus inútiles y estúpidas huellas sobre el perejil. Algunos, más tontos no pueden ser, se consolarán diciendo que les quiten lo bailao mientras miran el desierto que tienen a sus espaldas. Demasiado sádicos aquellos, incluido el Jesús de Nazaret, que destinaban al fuego eterno a aquellos que habían confundido en vida el culo con las témporas.

Bienvenido al desierto de lo real es un libro de Žižek que toma la frase para explorar qué ocurre cuando la realidad irrumpe y hace añicos las imágenes tranquilizadoras con las que la sustituimos. Esa realidad que empiezas a barruntar nada más morirte y que como en algunos personajes de Kore-eda en After life, no encuentras más que el detritus de tus aspiraciones económicas y de poder. 

Pero bueno, que todavía no nos hemos muerto, que lo único que sucede es que de tanto en tanto uno se despierte lúcido, no digo se levante, que cuando eso sucede se me corta la leche, y que por tanto hay que aprovechar esos momentos de lucidez antes de que desaparezcan por los imbornales de la actividad mañanera. Y no existe mejor manera para ello que contemplar la vida en perspectiva, que es como se debe contemplar un bosque, nunca metido entre los árboles. Y yo, aunque todavía no me he muerto, a Dios gracias, esta mañana me desperté con esa idea de Kore-eda de muerto estando vivo y con ello trato de hacer un post, que es una de las cosas de este periodo de entre salud y salud, que Dios me oiga, de la que más saco provecho últimamente. 

Para Žižek el hombre sucker es el pardillo, el ingenuo, el que cree en la neutralidad del mercado, de los medios o de la democracia formal; es el hombre que vive protegido en una burbuja de bienestar. Entre el hombre sucker y el lumpenbourgeoisie (con que Zizet denomina a los oligarcas contemporáneos) bailamos el tango de la existencia los que ni siendo lo uno ni lo otro tratamos de comprender qué coño es esto de la vida y en qué consiste. Y para obrar en consecuencia de lo que esa vida sea. Y es en ese punto en donde tantas veces recalan mis reflexiones con las que como buen ciego trato de orientarme de manera similar a cómo éste tienta la realidad en la que se mueve con la punta de su bastón. Existe una paradoja de origen indio en donde varios ciegos intentan averiguar cómo es un elefante palpándolo. Uno toca un lateral y cree que es una pared; otro agarra la trompa y piensa que es una serpiente; otro palpa una pata y la compara con el tronco de un árbol. Todos están convencidos de que conocen el animal. Algo así sucede con la realidad donde una persona cuya vida gira exclusivamente en torno al dinero puede llegar a interpretar toda la realidad desde esa perspectiva; algo parecido sucedería con el poder y con muchas de nuestras pasiones. Volveríamos a aquella consideración de que los árboles no nos dejan ver el bosque. 

Al final de todo se me ocurre que mejor que esperar a morirnos para poder ver nuestras vidas en toda su perspectiva, sería que nos quitáramos la venda de los ojos y que en vida hiciéramos un continuado ejercicio de comprensión que pusiera en contexto nuestras creencias, por la película de anoche, Amal; nuestro modo de entender la vida, Un asunto de familia; nuestro débito con los otros, Nebraska; nuestra relación con el planeta, Wall-E (que querría ver esta noche). 

La una del mediodía. Hora de levantarse. 





lunes, 19 de octubre de 2026

El deseo de vida


“Qué te hace tan fuerte. Se quedó pensativo. El deseo dijo. El deseo de vida”.

 (La belleza del marido. Anne Carson)

El sol acaba de dejar sobre la estantería de mis libros su último grito agónico, una mancha de rojo fuego ha encendido la cabaña por unos pocos segundos y enseguida se ha extinguido. Escucho La Pasión según San Mateo de Bach. Una lejana reminiscencia brota en mi memoria. Pirineos. Llevaba caminando un mes desde el golfo de Vizcaya y la música llegaba a mi alma de solitario con una suerte de honda emoción. Ahora recreo aquella circunstancia. 

Acabo de terminar el libro de Anne Carson, La belleza del marido. “¿Qué te hace tan fuerte…? El deseo de vida”, afirman los versos de Carson. Cristo ha muerto entre las montañas del Pirineo y su muerte penetra la voluntad del caminante. La muerte cruza con su guadaña el plano alto de una película de Bergman, juega al ajedrez con Antonius Block, el personaje de Max von Sydow mientras allá abajo el espeso bosque de la Garrotxa se va cubriendo con las sombras del crepúsculo. Frente al tablero de ajedrez el deseo se enfrenta a la muerte. No hay dramatismo en el alma del caminante, sólo la profunda y afilada sensación de la vida que corre por sus entrañas penetraba su ánimo. 

Y llega la noche y la hora del cine y decido hacer un paréntesis con Kore-eda y elijo Amal, que me recomendó ayer Santiago. La presentación que se hace en su app RTVE dice textualmente: “Amal, profesora, anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y la libertad de expresión”. Me admiro de que al responsable encargado de este breve texto no se le haya caído la cara de vergüenza haciendo este falso resumen. El tema real de la película no tiene absolutamente nada que ver con la pasión por la lectura, que parece ser el gancho con que se quiere atraer al posible espectador, sino el fanatismo, la libertad de expresión y el valor de defender las propias convicciones frente a la presión del entorno. Aquí se impondrían dos reflexiones diferentes, la que apunta a la manipulación del posible lector con falsas pistas y por otra parte a la reflexión sobre la propia película. 

Al margen de ambas lo primero que me llamo la atención en la película es la visión que se da de una clase de alumnos de los últimos cursos de secundaria, algo que ya atrajo mi interés en una película reciente que no terminé de ver, Another Round, donde una clase de instituto era una exhibición de chulería y de comportarse como si los alumnos estuvieran en la barra de un bar (menos en la de hoy). Sólo constatar el vértigo que me da pensar en que pudiera tocarme a mí dar una clase en situaciones similares. 

La reflexión que corresponde al fundamentalismo, me la ahorro por sobradamente conocida; sólo pensar en ello y cómo se representa en la película, me produce dolor de cabeza. Tomar en una película o en una obra de teatro, como hace Shakespeare en Lear u Otelo, a los malos como extremadamente malísimos, siempre fue un recurso argumental que aseguraba un excelente fondo dramático. El término que define esta situación es catarsis, es decir la purificación o liberación emocional que experimenta el espectador contemplando ciertas películas u obras de teatro; éste contempla un sufrimiento que no está viviendo en su propia carne, pero que le permite experimentar intensamente parecidas emociones. En el film, la indignación que sufrimos viviendo el fanatismo de unos fundamentalistas surge de una disposición y un concepto de la injusticia y la realidad que en nuestra cultura ha ido evolucionando desde el primitivismo de pasados siglos hasta una situación general en la que el sentido de la convivencia y el respeto por las ideas de los demás han permeando en el corpus social. A la sociedad le cuesta horrores cambiar de registro e ir encontrando a lo largo del tiempo un entorno de respeto y entendimiento. En ello se está todavía, por ejemplo, con el feminismo. Y no está tan lejos el hecho de que el color de la piel supusiera un elemento de discriminación. En esa tesitura de lucha y agiornamento se sitúa Amal. Blancos contra negros, fundamentalistas contra la libertad, hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, ricos y acaudalados contra la gente corriente, capitalismo contra socialismo. 

De momento en la película no hay síntesis que valga, el director nos niega ese final feliz que todos deseamos. Fílmicamente es un acierto la muerte de la protagonista que intenta con todas sus fuerzas conciliar ideas, pero a la que el guionista, en un golpe inesperado, hace morir en manos del fanatismo. Algo se ha hecho a lo largo de la película, pero todavía es insuficiente porque el fanatismo y su capacidad se destrucción siguen latente en la sociedad. Y me despido recordando como jóvenes de la extrema derecha irrumpieron violentamente días atrás en la acampada se Sol, un dato más de cómo el cuerpo social engendra en sus entrañas enfermedades irreconciliables con la convivencia y la libertad. 


 












De pajas y otras delicatessens

 


 El Chorrillo, 19 de octubre de 2026

En el hospital y a la espera de que me retiren la sonda del pito tras mi última intervención quirúrgica, leo a trancas y barrancas en medio de las voces de la sala de espera abarrotada, el último comentario de Enrique. Dios, qué hombre éste (¿será pronombre o será adjetivo este éste?, me digo), o mejor, qué cabeza. Y es que uno, yo, cuando escribe o piensa tira tan por donde sopla el viento, que admirado queda por la ordenación de su pensamiento.  

No me quejo. Primero, que suerte tiene el amigo Enrique con eso de levantarse sin más cuando se despierta, porque para mí es la primera batalla que tengo que vencer cada mañana cuando suena el despertador, que si me dejara llevar hasta la hora de comer etcétera. Se ve que a cada cual Dios le sirve un especial paquete de disposiciones; a mí me hizo dormilón.  

Enrique habla en ocasiones tan en clave de sobreentendido que dudo que muchos puedan, o incluso podamos, entenderlo. Habla con tanto circunloquio del simple hecho de hacerse una paja, trayendo subrepticiamente a Woody Allen al escenario, creo, con aquello de que la segunda parte más importante del cuerpo es el cerebro, que me desorienta. Tan mi racionalista amigo se refiere a las pajas, las pajas del hombre de la calle, de los brutos como yo, en términos digamos cultistas, que llama la atención. Y me sonrío imaginando diciéndome: creo que mis pantalones están experimentando una sobrepresión, en lugar de dar simplemente la bienvenida a un acto de onanismo. Sí, cosas del uso del lenguaje que acaso merecerían algunas consideraciones para determinar por qué unos usamos  la expresión pajas mentales –al pan, pan y al vino, vino– mientras otros prefieren el término masturbaciones mentales.  

Dice, en fin, mi amigo que “A los libros les da sentido el escritor, y el lector lo acepta o lo desestima”. Y como estoy en la sala de espera del Quirón y no tengo nada que hacer porque el libro que he traído es demasiado complicado para este barullo de voces, pues voy a seguir disintiendo, que es mejor modo de lubricar el cerebro y sacarle algo de diversión a la ocasión, mucho mejor que hacer sudokus o crucigramas, así que objeción número uno. ¿Seguro que a los libros les da sentido sólo el autor y que el lector es un simple convidado de piedra? Es una vieja discusión que no se puede despachar con una simple aseveración. Saber dónde reside el sentido de las cosas, si en ellas mismas o en la mirada que lo contempla no es una cuestión baladí. No son pocos los autores que cuestionan que la intención del autor sea la autoridad definitiva que determine el significado de una obra. Y algo que creo que es importante y que tiene que ver con el modo en que nos acercamos a un libro y que constituye acaso el quid de nuestra afición lectora: cuando leemos no solo tratamos de entender a sus personajes: a veces descubrimos que, sin proponérnoslo, lo que estamos haciendo es tratar de entendernos a nosotros mismos. Existe una mezcla muy rica en el proceso de lectura que no podemos reducir sólo a las intenciones del escritor o a la simple interpretación que del texto hace el lector.

Y pienso sin más todo lo que mi vida y mi forma de pensar e interpretar la realidad le debe a la lectura. Allá desde los primeros años que comencé a leer libros de aventuras, tebeos, cuando empecé a interesarme por los misterios del sexo, por la comprensión de la realidad global, cuando mis ojos recorrían de cabo a rabo las novelas de Emilio Salgari, o más tarde bebía de Torcuato Luca de Tena, de Dostoyevski, de Tolstoi, de tantos… Evidentemente, como mantiene Butler, tenemos un gran débito con todo aquello que ha rozado la epidermis de nuestro pensar, de nuestro hacer, esas pasiones que hemos alimentado durante toda la vida.

Anoche vi Monstruo, de Kore-eda, la historia de un niño que empieza a comportarse de manera extraña y cuya madre sospecha que un profesor le está maltratando. Lo que parece al principio un conflicto entre una madre y un maestro se va reconstruyendo desde distintos puntos de vista: el de la madre, el del profesor y el de los propios niños. El film trata sobre la dificultad de conocer la verdad cuando cada persona ve los hechos desde su propia perspectiva. Y pienso en nuestros intercambios de impresiones, Enrique y los míos, cuando refiriéndonos a la misma realidad, ambos sacamos conclusiones diferentes. Aunque coincidamos en cosas, nuestras vidas y nuestros pensamientos se han conformado en ámbitos y experiencias distintas, lo que da como resultado una visión del mundo que obviamente no es la misma. Si el sentido de las cosas no reside cien por cien en ellas mismas, sino en la mirada de quien las contempla, tendremos que aceptar que la discrepancia es un elemento más de enriquecimiento del propio entender, siempre y cuando estemos abiertos a considerar las opiniones del otro no como una barricada a derrumbar.  

 

  

 

 

 

 

 


domingo, 18 de octubre de 2026

Escribo, luego existo

 


El Chorrillo, 18 de octubre de 2026  

Cuando me descuido un pelín pierdo la idea que tengo en la punta de las yemas de los dedos. Y es que es tan importante esa primera idea, unas pocas palabras, no más de cinco. Tenía que ver con algo que escribió Enrique… ¿Qué sería? No, imposible recordar, me distraje con la bolsa de frío que estaba retirando de mi pie y se acabó. La perdí. Ahora me tocará esperar.  Vuelvo a mi lectura, Anne Carson, La belleza del marido. Pero al poco rato levanto la vista y, mirado la desteñida tarde que tengo delante, me pregunto por qué no hago el esfuerzo por escribir algo más largo, una novela, por ejemplo. Ya sucedió hace años cuando la rotura de un brazo y la consiguiente baja dieron para que escribiera mi primera novela. Un viejo amigo al que no veo desde hace más de medio siglo decía que la vida es hacer cosas.  

Escribir sinónimo de respirar. Escribo, luego existo. Enrique decía esta mañana en su comentario de mi post de ayer que cuando me leía le inquietaba mi intención de despertarme con despertador cuando no tenía programado ningún tipo de actividad. ¿Será, me pregunto, que las ganas de vivir, de experimentar, acaso, me predisponen a ponerme de puntillas para alcanzar un algo que, por cierto, probablemente no sé bien en qué consiste? Me atrae, cómo no, sentarme frente a la tarde con la mente vacía, pero, me digo, y se lo digo también a él, me da miedo la indolencia, y entonces le comento de Viaje al fondo de la noche en que Celine hace decir a su protagonista que la pereza es más fuerte que la vida. Y ello me asusta y me pone en guardia. Y me acuerdo ahora de una conversación que tuve esta mañana con el amigo Fernando, de jovencitos Pibiu entre los treparriscos de entonces, que me alertaba contra la calma chicha de los días y sus posibles correlatos con la depresión cuando tu ánimo no está muy allá.  

Encerrado en mi torre de cristal recuerdo ahora a Fabrizio, el personaje de Stendhal en La cartuja de Parma, que retirado en una torre descubre que su encierro no le resulta tan terrible como él había pensado; temía el encierro antes de conocerlo, pero, una vez dentro, su vida adquiere para él una intensidad que no esperaba. ¿Será así por aquí?

Estando de acuerdo con Enrique cuando dice que después de estar tantos años sometido a horarios y obligaciones laborales ahora disfruta de la libertad de organizar su vida sin atenerse a un programa determinado, encuentro sin embargo que sigue no obstante vigente aquella afirmación de Séneca de que vivir es guerrear, algo así como para que para mantener nuestra inteligencia y nuestro cuerpo en condiciones necesitemos un esfuerzo constante que en caso contrario podría adormecernos, por ejemplo, si yo me dejara llevar cada mañana por mis ganas de seguir durmiendo.  

Y ya tarde leyendo a Anne Carson antes de la película de la noche, me sorprendo pasando páginas y páginas del libro sin apenas sentir la necesidad de comprender lo que allí está sucediendo. Y entiendo que no siempre es necesario comprender. Me siento cómodo leyendo; incluso encuentro que en algún momento aflora dentro de mí el placer de la lectura. ¿Será verdad que todo debe tener sentido en los libros, en la vida? ¿No será esto una deformación de nuestro modo de pensar? ¿Será la lectura también un ejercicio de conversación con uno mismo, esos pensamientos que surgen en nuestro pensar inestructurados y a los que pretendemos dar orden porque no soportamos la incertidumbre, porque nuestros deseos de verdad pujan dentro de nosotros a la búsqueda de una luz que los ilumine?  

El poder de lo inexplicado actúa sobre mí como un acicate. Quizás por ello esta noche sigo leyendo a Carson.  Hoy tengo dos opciones, una película que me ha recomendado Santiago Pino, Amal, la historia de una profesora que anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y defender la libertad de expresión, o volver a Monstruo, una noche más con Kore-eda. Siguiendo la línea de mi razonamiento de este escrito, la búsqueda de una dificultad, esa o parecida que nos impone ascender una montaña, creo que ne voy a decantar por Monstruo. Que Santiago me disculpe; acaso mañana.