lunes, 22 de febrero de 2021

Razones para seguir viviendo. "Cuánto es mucho tiempo"

 



El Chorrillo, 23 de febrero de 2021

 

Hoy dediqué toda la tarde al libro de Juanjo, Cuánto es mucho tiempo, toda, hasta que los ojos, rojos como tomates, no dieron más de sí.

Apenas cinco o seis páginas del final una emoción contradictoria me sube por dentro como una pequeña marea. Me siento un tanto gilipollas leyendo el capítulo que lleva el título de Pablo, el vagabundo que lo tiene todo. A mitad de su lectura he tomado nota del título de un libro que ya mismo quiero comenzar a leer, El vagabundo de la estrellas, la última obra de Jack London. La historia de Pablo es una pasión por la la montaña y el descubrimiento, tras el paso por la búsqueda infructuosa de un diagnóstico equivocado, de que tenía esclerosis lateral amiotrófica. Cuando te diagnostican ELA no tienes nada que hacer, te deshaucian definitivamente. El personaje de la novela de Jack London, Darrell Standing, espera su ejecución en una minúscula celda de una prisión y en ella vive todas las vidas vividas y no vividas, vidas que visitaba a voluntad dejando impotentes a sus carceleros que sólo podían aprisionar su cuerpo. La vida de Pablo a partir de aquel diagnóstico se convierte en algo parecido. Pablo, cuenta Juanjo, sigue escalando y viajando desde su casa a todos los lugares del mundo, gritando a quien quiera oírle que la ELA “no afecta a la cabeza”, que la mente es la mejor herramienta de la vida.

No sé, me hace dudar este optimismo, que en esencia es provocativo al punto de sumirme en el escepticismo. Pero aún así la historia de Pablo asumiendo su inmovilidad total, y a última hora la pérdida de la capacidad de hablar, sugiere un enorme interrogante sobre cuál puede ser la decisión que uno puede tomar ante una vida, eso que llamamos asépticamente calidad de vida, casi totalmente limitada al uso de la imaginación. No estoy seguro de que en este caso Juanjo no esté haciendo un ejercicio de autoconvencimiento al calor emocional de la dramática historia de su amigo Pablo.

Tengo en la mesita de al lado un libro que esta misma tarde me trajo un mensajero, Diálogo con la muerte. Un testamento español, de Arthur Koestler. El autor, que ejercía como corresponsal extranjero, había sido detenido en 1937 por las tropas franquistas y condenado a muerte. Escribe este libro mientras llega la hora de su ejecución. La atracción que ejerce sobre mí este tipo de situaciones hace que no deje pasar cualquier historia que roce unas circunstancias análogas. No sé, quizás en un intento más allá de esa vida que uno quisiera vivir exista una adaptación y el desarrollo de otras capacidades de las que no creyera tener posesión. Juanjo San Sebastián  en una de esas magníficas intuiciones que a veces recorren su escritura, decía páginas atrás que cuando en cierta ocasión alguien le preguntó cuál había sido su “mayor logro” en la vida, no encontró una mejor respuesta que decir que probablemente su mayor logro es que la vida que estaba viviendo se parecía mucho a la que quería vivir.

Uno no puede estar siempre en esas circunstancias; es cuando no sólo no se parece en nada la vida que estás viviendo a aquella que quisieras vivir, que los interrogantes crecen por doquier. ¿Es la historia de Pablo posible? ¿Cuándo llega el momento de abandonar definitivamente la vida? Es bastante frecuente el hecho de que haya muchas personas que no les atemorice la muerte —finito, ciao!—,y que el verdadero temor venga del cómo, de la incertidumbre de ese cómo que la hipocresía universal interpone entre el deseo del individuo que se quiere ir y su cumplimiento; pero, independientemente de ello, ¿cuáles son, serán, las circunstancias en que nos podamos encontrar un día para que de manera convencida podamos decidir libremente seguir viviendo o no?

En un capítulo previo Juanjo había recalado con sus compañeros en las islas Georgia del Sur, unas islas de belleza aterradora y salvaje, escribe, a seis días de navegación al Este de la Islas Malvinas, un lugar donde se desarrolló la historia de supervivencia más impactante que conozco y que protagonizaron Henry Shackleton y sus hombres sobreviviendo a un invierno ártico y a 17 días de infernal navegación. El motivo de su estancia en esa isla era repetir el itinerario de Shackleton, imagino que un modo de acercarse mental y físicamente al pensamiento y a las circunstancias de aquellos supervivientes.

Las inconcebibles fuerzas que pueda sacar el hombre dentro de sí parecen un enigma imposible de resolver si pensamos en situaciones como la de Shackleton, Joe Simpson, o Messner en el Nanga Parbat vagando tras la muerte de su hermano por precipicios y glaciares hasta encontrar un ser humano.

Quizás algo así moviera al Pablo de la historia de Juanjo, pero cuesta creer que la vida deba, pueda, por mucho que la mente sea la mejor herramienta de la vida, alargarse por decisión propia cuando las constantes vitales llegan a límites tan precarios.

 

 

 

 

 

 


El tándem Ramón Portilla-Juanjo San Sebastián

Origen del retrato: muro de Ramón Portilla
 “La cara que se te queda cuando los c....... de tus mejores amigos te abandonan y pasas la noche a -25º sin tienda ni hornillo…”.

 

El Chorrillo, 22 de febrero de 2021

 

Esto de llevar un diario a veces es un coñazo. Estás tan tranquilo leyendo un capítulo de Juanjo San Sebastián (Cuánto es mucho tiempo) en que Ramón Portilla le ha engatusado para acompañarle en uno de esos sueños por colecciones a los que éste es tan aficionado —Cumbres bíblicas, míticas y mitológicas, se llama el sueño—, y que consiste en este caso en subir el monte Ararat, aquel en que atracó el Arca de Noé, y terminas y piensas en echar una partida de ajedrez antes de ir a la cama y de repente caes en que el diario, tal huérfano carente de calor familiar te mira de reojo como diciendo “¿y yo qué? Y es que este pobre niño se ha habituado tanto a que un día sí y otro también ponga mis mano sobre él y le garabatee un millar o millar y medio de palabras que, ahora, cuando me ve echar mano del tablero de ajedrez, parece montarme enfurruñado una escena de celos desde la mesita en donde reposa a lo largo del día esperando que lo abra y le haga mimos con las yemas de los dedos.

Pero vamos a ver ¿qué quieres que te cuente a estas horas de la madrugada?, le digo. Y éste, que me ha visto sonreír hace unos minutos, alarga la cabeza y me dice:

–Pues me podrías contar por qué coño te reías hace un momento y poco antes de hace un momento sonreías… por ejemplo.

Mi diario es la leche, desde que lo adopté como recinto de mis pensamientos y reflexiones se ha habituado tanto a mi compañía que ahora más que otra cosa se parece a nuestro gato Mico, que en cuanto te descuidas se te sube al regazo para que le cuentes alguna historia. Bueno, es que antes de cerrar el libro me hizo gracia lo que contaba Juanjo, cuando después de ascender el Ararat preguntan en Estambul, en el hotel, si tienen baño turco con masajista  y como les dijeran que sí, pues que allá fueron. Sólo había un inconveniente, y este consistía en que las dos masajistas disponibles eran jóvenes y muy guapas. Quizás no hubiera sucedido nada, escribe Juanjo, agrega un punto y seguido y a  continuación nos dice que “… así que terminanos en los baños público más cercanos”. Esa clase de silogismo que estudiábamos en el bachillerato que en base a dos premisas había que construir una conclusión que estuviera dentro de la leyes de la Lógica. Es decir, premisa uno: queremos baño y masaje; premisa dos: las masajistas son chicas jóvenes y guapas; conclusión: luego nos vamos a otro sitio, a los baños públicos. Jajaja.

La parte de la sonrisa venía a cuento de las aficiones de Ramón por “las colecciones”, sobre las que Juanjo hace una curiosa digresión. Dice que le resulta difícil entender por qué cuando uno es joven piensa en objetivos individuales, escalar tal montaña, hacer esto o lo otro, mientras que cuando “va sumando años y quedan más por detrás que por delante” es entonces que los sueños surgen por “colecciones” en lugar de por unidades. Y me hacía sonreír esto último porque no otra cosa me sucede a mí desde hace tiempo, una temporada de coleccionar caminos de Santiago, otra de completar las Vías Alpinas de los Alpes o las rutas que cruzan el Pirineo, en primavera circuncaminar  la islas en un radio de mil o dos mil kilómetros a la redonda; últimamente subir cada semana a dormir en alguna cumbre. No había caído en ello, pero desde que me jubilé no he hecho otra cosa que hacer colecciones, quizás bastante parecidas a las que hacía de niño cuando coleccionaba cromos, sellos o conchas de mar.

Me he encontrado con esta pareja ya en tantas ocasiones y con su humor, que pareciera que ya fueran a formar parte de mis recuerdos de la época de confinamiento, esa que recordaremos para siempre, esperemos, como tiempo de lectura y recogimiento hogareño –no hay mal que por bien no venga, que dice el refranero–. Los dichos de Ramón, su amigo Aníbal para Juanjo en ocasiones, precedidos por aquella quijotesca salida de “Mis arreos son las armas, mi descanso es pelear, mi cama las duras peñas, mi dormir siempre velar” y las anécdotas que aparecen aquí y allá como la de aquella dichosa gaviota en las tierras del río Yukón o los territorios del noroeste canadiense cuyo vuelo alrededor de Ramón describe con regodeo minuciosamente Juanjo: “La gaviota nos vio a los cuatro, pero eligió a Ramón. Se lanzó hacia él y le sobrevoló a una distancia prudencial… repitió la maniobra, pero esta segunda vez dejó caer sus heces, viscositas y calentitas sobre el hombro de Ramón”. A lo que siguió, naturalmente el descojono infinito de Juanjo. Yo no sé si a Juanjo o a Ramón, ambos autores de libros de montaña, se les habrá ocurrido alguna vez escribir un volumen dedicado exclusivamente a relatar y celebrar en el campo literario esa sana amistad que por tantas montañas del mundo ha rodado. Yo, y conmigo creo que otros muchos, leería  con gusto una aventura así plagada de tan densa amistad y montañas.

La última entrada en el muro de Feisbuk de Ramón es una muestra de ese sentido del humor que tanto Juanjo como él saben regalarnos. La fotografía de su entrada, que es la misma que encabeza este post, venía acompañada de este texto: “La cara que se te queda cuando los c....... de tus mejores amigos te abandonan y pasas la noche a -25º sin tienda ni hornillo…”. Ese momento que llega, y gracias a que llegó, en que ya es posible reírse de uno mismo, ¿no?, comentaba yo a su entrada.

 

 

 


sábado, 20 de febrero de 2021

Juanjo San Sebastián de nuevo: Perseguir sueños.

 

Imagen tomada de la web de Barrabés


El Chorrillo, 21 de febrero de 2021

 

Leo a Juanjo San Sebastián mientras de fondo escucho la tercera sinfonía de Beethoven que Victoria sigue en la pantalla grande sobre la chimenea de la cabaña. La lectura pega bien con esta música de altos vuelos que Beethoven dedicó a Napoleón y de cuya dedicatoria renegó posteriormente. Leo y de tanto en tanto me paro al final de un párrafo para escuchar. Juanjo, del año 1994 cuando subió al K2 por el espolón Norte. Narra someramente el desenlace tras alcanzar la cumbre con Atxi como si quisiera pasar sin hacer ruido por la tragedia y eso que él llama la mejor historia de solidaridad que le ha tocado vivir. Cuatrocientos metros de caída que no terminaron con su vida al borde de un abismo de 3000 metros. Atxo todavía vivo después de tres días a la intemperie sobre la cota de los 8000 metros y que tras una permanencia de cinco días en aquella cota extrema con los últimos tres sin haber ingerido alimentos, había agotado todas sus energías. Suena en este momento el principio del agitado Scherzo con sus toques de trompas. Levanto la vista. Baremboim, serio, impasible frente a la música que parece salir de su batuta como si ésta fuera el sombrero de copa de un prestidigitador, hace un pequeño movimiento con la mano derecha y la trompas entran en acción.

Vuelvo a la lectura. Aquel día Juanjo toma la determinación de abandonar a Atxo a una muerte que ya se anunciaba segura, pero, escribe Juanjo, al límite de sus fuerzas decide al final remontar en cuatro horas los 150 metros que le separaba y consiguen regresar juntos al campo IV. Dos días después Ramón Portilla y Sebastián de la Cruz llegan para ayudarlos en la cota 7500 metros. Al día siguiente, narra Juanjo con la sosegada y adusta prosa que prefiere un hilo de silencio frente a lo inevitable, Atxo se apagó junto a nosotros tranquila, callada, definitivamente, dentro de la tienda del campo II. Me conmovió este relato cuando lo leí de la mano de Portilla en Historias de bellas montañas; me conmovió cuando lo volví a leer en Cita con la cumbre. Me conmovieron hechos similares, un día que yo bajaba caminando de La Maliciosa por la sierra de Los Porrones escuchando por los auriculares el relato de Kurt Diemberger en K2 el nudo infinito y que el día anterior había suspendido a la altura de la Campanilla de la Barranca ya con el corazón en un puño cuando Diemberger y Julie Tullis alcanzan penosamente el último campamento de altura. Los muchos días en medio de la tormenta a ocho mil metros, cinco o seis, quizás, no recuerdo, la muerte de Julie de parecida manera a la de Atxo, el abandono del cadáver en una tienda, el penoso descenso cuando el tiempo amainó algo, y en el último momento, al fin, de nuevo la vida y el nudo en la garganta al recoger las pertenencias de su compañera de cordada, aquella espada japonesa con la que ella se retiraba lejos del campamento a ejercitar su cuerpo y su mente en una especie de meditación de elástica armonía, su diario, su efectos personales.

La impulsividad del cuarto movimiento y ese momento “particularmente sublime”  cuando una trompa sola se adelanta entrando con el tema principal, detiene mi lectura de nuevo. Baremboim, como deseando guardar aquella música para su propia alma, no muestra emoción alguna en su rostro. Llama la atención el brío de la orquesta y la atención con la que una ejecutante de la viola atiende a la partitura y a lo gestos del director por turno.

Apenas he conseguido leer hasta ahora tres páginas. Un mes más tarde Juanjo deja el hospital después de haber sufrido amputaciones en siete dedos de sus manos y en el mismo párrafo vuelve a esbozar una idea que, como el otro día, me obliga a tomar el lapicero para trazar un grueso subrayado bajo un par de palabras: “perseguir sueños”. Cita a Diemberger: “Hemos realizado nuestro sueño en el K2, y dimos todo lo demás a cambio”. A Juanjo le parece una buena frase, pero enseguida apunta que él tiene la impresión de que nunca se realizan los sueños. No realizamos nuestro sueño en el K2, simplemente lo perseguimos, escribe. “Quizás eso, perseguir sueños sabiéndolos inalcanzables de antemano, es lo que da sentido a una vida vivida con conciencia plena”. Vuelvo a leer la cita entrecomillada y dudo sobre la veracidad de la afirmación que hace Juanjo, eso de que persigamos los sueños a sabiendas de que son inalcanzables. Quizás lo que sucede lo explica muy bien en su otro libro, Cita con la cumbre; en la página 114, escribe: “La cumbre del K2 no es exactamente como Ítaca, pero se le parece porque, como escribió Kavafis, sin su existencia no hubieras emprendido el viaje”. Y en otro lugar: “Uno debe llegar a Ítaca para darse cuenta de que lo importante es el camino”.

Que necesitemos un sueño para ponernos en camino es una idea que está firmemente asentada en lo más profundo de nuestro comportamiento, y ello pese a que sepamos que lo importante es el camino. Si consideráramos inalcanzable un sueño realmente sería difícil ponerse en camino. Quizás no debería ser así pero es de esa manera como funciona generalmente el cerebro. Nos gusta caminar pero raramente somos capaces de hacerlo sin rumbo fijo y durante mucho tiempo, siempre hay algo dentro de nosotros que nos impele a llegar a una cumbre, un collado, un refugio…

Siempre andamos queriendo definir nuestros actos dándoles sentido, buscando porqués y razones hasta debajo las alfombras, pero la realidad se nos resiste y parece mirarnos de reojo con cierto aire de ironía en sus labios. Odiseo pasa por múltiples aventuras como empujado por el deseo de regresar a Ítaca mientras Penélope teje y desteje cada noche motivada por alejar a los pretendientes de su casa. En tejer y destejer, en trajinar por el mundo consiste la vida, pero necesitamos imponernos un objetivo, un justificación para ponernos en camino, una paradoja, pero que muestra la realidad de nuestro comportamiento. La historia de Odiseo no habría tenido sentido sin esa tensión del regreso, ese perseguir sueños pensando en la vuelta a Ítaca, y menos habría tenido sentido si Odiseo no hubiera perseguido el sueño de la aventura, el encuentro con los feacios o los lotófagos, su lucha con los cíclopes, su aventura con las sirenas en la que se libra de la muerte siguiendo el consejo de Circe de ser atado para no sucumbir al encanto de sus voces. El círculo de los sueños se cierra momentáneamente cuando Odiseo llega a Ítaca o Juanjo pisa una cumbre; pero no pasará mucho tiempo antes de que un nuevo sueño salte a la palestra siguiendo ese eterno retorno que nos lleva a consumir la vida entre un sueño y otro.

Tengo activada la reproducción automática en Spotify y cuando me quiero dar cuenta lo que estoy oyendo es una flauta repitiendo la melodía principal del primer movimiento de la Séptima. En cierto momento me aturulla la impetuosidad de ese Beethoven que pone a toda la orquesta ante la labor de convertir la música en un torbellino sonoro que apenas resiste la membrana de los bafles. Quizás merezca la excomunión, pero a esta hora de la madrugada considero que lo que necesito es otra clase de música, aquella del silencio.


Imagen tomada de la web de National Geographic

 

 

 

 

 


Una democracia plena: ¡Tararí…!



 

El Chorrillo, 20 de febrero de 2021

 

A veces me descojono leyendo titulares de prensa, cosas como las que decía ayer el presidente de Gobierno, de que en España tenemos una democracia plena. Eso o cuando oyes a alguno de estos personajes decir que en este país todos somos iguales ante la ley. La confusión entre la ficción y la realidad es tan grande en esta sufrida tierra que cuesta creer que una mayoría vivan enzarzados en esa creencia de la música del flautista que les lleva de un lado para otro como bueyes asidos por el yugo.

Asuntos como los que la prensa amarilla, bien organizada ella como una orquesta para tocar la partitura que les han asignado, empaqueta de tanto en tanto para crear corrientes de opinión orquestadas en oscuros despachos para llevar a los titulares, como quien lleva a la horca a determinados personajes o partidos, ahora contra Pablo Hasél, del que con lupa irán a comprobar hasta las cacas que se hacía en los pañales cuando era chiquilín para ver si ahí encuentran datos con que enmierdar al personaje a fin de contrarrestar la presión de los que todavía luchan por la libertad de expresión, son  la relevante manera que usa el poder en la sombra en su especial guerra contra todo aquello que no les conviene. Noticias puntuales contra alguien, contra determinado partido, que hoy es Hasél, pero que ayer y anteayer y antes de anteayer es y fue Podemos o cualquier otro que pueda atentar contra el verdadero poder establecido, que no es precisamente el que sale de las urnas por mucho que nos lo quieran hacer creer.

Vivimos en un mundo en el que la ficción ocupa de continuo los titulares, esa fuerza que dimana de la certeza de que los ciudadanos somos gilipollas y que por tanto se nos puede tratar como infantes de nueve o diez años que no han crecido ni van a crecer a lo largo de toda su vida. En esta situación es como un día se despierta iluminado el Presidente de Gobierno, echa mano al altoparlante de los medios y va y nos dice que en una democracia plena –atentos: “¡plena!”, ahí es na– como la nuestra no es admisible la violencia. No dice si se trata de la violencia indiscriminada de los antidisturbios o los mossos, la policía o si alude a esa violencia que se deriva de que unos pocos se aprovechen de su situación de poder para expoliar a los otros, o si esa violencia es la de una bazofia como la del rey emérito que violenta con su iniquidad la moral común, o si la violencia procede de un sistema judicial conchabado contra todos aquellos que puedan hacer sombra a todos esos moribundos del franquismo que coletean en las antesalas del poder.  ¡Ah!, la violencia, la palabra mágica en boca de los meapilas del sistema para los que los peligros en esta España Grande y Libre radican en algunos contenedores quemados y en que la gente pueda expresarse libremente (ahí la ley Mordaza y sus remilgos para derogarla). Ah, si pusieran tanto empeño en desenmascarar a las mafias de todo tipo que se esconden tras unas pocas multinacionales, tras los ladrones eclesiásticos capaces de inmatricular todas las propiedades del suelo patrio, en arreglar más justamente el sistema tributario para distribuir la riqueza que entre todos creamos. La violencia, se les llena la boca de babas hablando de la violencia, cuando no hay peor violencia que la que ejercen unos pocos sobre el resto de la población acaparando y engordando como cerdos a punto de reventar. Decía Fraga, aquel ministro de execrable memoria, que la violencia era monopolio del Estado –del Estado y de los que tienen la sartén por el mango, se olvidaba decir–, y ese parece ser el santo y seña que devotamente siguen día a día en este país tanto los que mandan de hecho como los mamporreros que les hacen el servicio desde el Gobierno y las instituciones.

Eso respecto a la violencia. Luego está lo otro, lo de la democracia, que dicen que es un sistema político que defiende la soberanía del pueblo, una soberanía con la que una banda de trileros hace y sigue haciendo juegos malabares con toda la contundencia de ese enorme poder que son los medios de comunicación a su disposición, capaces con sus triquiñuelas y la nefanda y vomitiva labor de una legión de llamados periodistas de convertir el agua en vino a costa de una ingenua audiencia dispuesta a creerse toda la mierda que fabrica la reacción. Ello hablando de democracia, pero si añadimos además que nuestra democracia es plena, como asegura el señor presidente del gobierno, pues ya es para echarse a reír y no parar. ¿Una democracia plena donde el poder judicial lo nombran unos pocos interesados, donde el rey se hace multimillonario a costa de los ciudadanos y que anda impune por ahí de juerga, creo que en ese ejemplar país llamado Arabia Saudita, donde la familia real usa tarjetas opacas, donde el viaje de luna de miel de Filipito y Filipita lo pagan algunos adinerados, donde un general expresa que deberían fusilar a veintitantos millones de españoles y sigue tranquilamente en su casa viendo la tele, donde para meter en la cárcel a toda la plana del PP se necesitarían siglos, pero que en un abrir y cerrar de ojos puede meter en chirona a unos pocos políticos catalanes que disienten? ¿Una democracia plena donde meten en la cárcel a alguien por decir algo que molesta a alguno, donde a los peces gordos se les trata con deferencia y a los pobres diablos a golpe de porra y gases lacrimógenos?

Una democracia plena: Tararí… no me jodas, Pedrito…


Nota. Aclaro para los despistados que un servidor no defiende lo que pueda decir el tal Hasél, que me suena que tampoco debe de andar muy bien de la cabeza, que lo que defiende es la libertad de expresión venga de quien venga. 

 

 

 

 

 


viernes, 19 de febrero de 2021

Leyendo a Juanjo San Sebastián

 

Los dos originales que forman esta imagen pertenecen a Desnivel

El Chorrillo, 19 de febrero de 2021

 

“Ya no soy hombre ni pájaro, sólo alguien
que se debate entre el cielo y la ternura, el aire
y la soledad”.

(Bájame una estrella, Míriam García Pascual)

Leo bastante, de todo un poco, lo que me recomiendan los amigos, algunos regalos que recibo, libros que salen tirando del hilo de otros libros, cosas de la montaña, pero sobre todo aprecio los libros que hablan sobre la vida y en particular aquellos cuyos autores destilan por sí mismos unas enormes ganas de vivir. Abro esta noche un libro que me regalaron recientemente y que lleva el título Cuánto tiempo es mucho tiempo, y lo escribe Juanjo San Sebastián, al que después de leer su otro libro, Cita con la cumbre, profeso una suerte de respeto y consideración que ahora, al abrir su segundo volumen se me presenta como una suerte de caja de sorpresas en la que presiento encontrar lo mejor que, como lector y persona, busco en cualquier libro que cae en mis manos. Creo que escribí un artículo sobre él cuando terminé con su libro sobre el K2. No recuerdo qué dije entonces, mi memoria es frágil, pero cada vez me preocupa menos porque me brinda la oportunidad de recrear continuamente realidades como si estas las viviera por primera vez. Stendhal había dejado escrito en algún lugar que habría deseado en su vida olvidar completamente dos cosas, "El Quijote" y los maravillosos relatos de "Las mil y una noche", para así poder volver a experimentar todos los años la voluptuosidad de leerlos por vez primera. Con la escritura sucede algo parecido, lo que te permite volver una y otra vez sobre los hechos y las personas que en cierto modo forman parte del tegumento de tu propia sustancia.

Hay gente que escribe bien, pero no es suficiente escribir bien para que te decidas a meterte en las páginas de un libro que tantas horas te lleva de lectura; en el libro tienes que comprobar cómo la vida corre a raudales por sus páginas, tienes que encontrar pensamientos e ideas que alumbren tus propios pensamientos y, en casos como el de Juanjo, que te inspiren la sensación de las gracias que puede encerrar toda vida humana. Pensamientos escuetos que te hablan descarnadamente de realidades sin ninguna concesión escénica. “A veces la vida es así: uno asume sacrificios y riesgos prolongados sólo por un momento de plenitud”. Y unas páginas más adelante, en su libro Cita con la cumbre: “Dicho de otra manera: todas las cosas que nos hacen disfrutar en plenitud, pueden hacernos sufrir enormemente, no podemos pretender disfrutar sin estar dispuestos a sufrir proporcionalmente. Así es el amor, la pasión por las montañas o por lo que sea, así es la vida”.

Escribir y leer tienen mucho de recrear la vida, son como linternas con las que nos abrimos paso en la oscuridad de la existencia. Tántos porqués a intentar desvelar, tántas verdades a descubrir, tántos elementos que armonizar en el ámbito de nuestras contradicciones. Cuando uno termina un libro y no ha tenido que hacer uso del lápiz o el boli para subrayar aquí o allá alguna verdad esclarecida o desvelada, una idea genial o simplemente interesante, cuando no ha sufrido, no sé ha emocionado y sentido con el autor el dolor por ese amigo, Atxo, que quedó allá en la montaña, el libro no puede ser un buen libro. Hace días abandoné las páginas de un volumen de una autora muy conocida que tiene alguna decena de libros publicados. No llegué a la mitad, le faltaba vida a sus páginas. Mi lapicero de los subrayados yacía adormecido a mi lado sin ninguna esperanza de ser usado durante toda su lectura. Hoy, comenzando Cuánto es mucho tiempo, sólo en unos minutos el lapicero ya me ha hecho varios servicios. Las primeras palabras que encuentro al abrirlo ya me hacen parar la lectura y considerar un pensamiento original lleno de resonancias que apuntan a sumergirse dentro de uno para explorar nuestro propio mundo interior. Así comienza el libro de Juanjo: ‘Existen infinitas clases de paisajes: selváticos, boscosos, fluviales, agrestes, costeros, interiores… salvajes, monótonos, desolados, paradisíacos, grandiosos, despiadados…  y con frecuencia solemos definirlos sin caer en la cuenta de que, al hacerlo, nos referimos en realidad al estado de ánimo que nos provocan”. Una idea nueva, sugeridora, que en cuatro líneas nos habla de cómo las montañas y los paisajes que amamos son parte de la razón de nuestro ánimo, ellos son las aguas que engrosan nuestras vidas y dan sentido a nuestra peregrinación por el mundo. “Ya no soy hombre ni pájaro, sólo alguien que se debate entre el cielo y la ternura, el aire y la soledad”. Míriam no describe un paisaje, sus versos son el resultado de las vivencias que el paisaje y las montañas le provocan. Una simbiosis entre el hombre y la montaña de la que éste se nutre y que Juanjo expresa en la página inmediata de su libro de una manera tan gráfica como elocuente. Esto escribe: “De niño debí de caerme en el caldero donde se fabricaba la pócima de las ganas de vivir”. “Todo el que vive muere, pero no todos lo que mueren han vivido”, escribía él en Cita con la cumbre, recogiendo las palabras que un alpinista neozelandés había hecho grabar en su camiseta.





La pérdida del deseo de trascendencia por cualquier clase de actividad alpina, que él expresa tras su larga experiencia en la montaña, quizás sea una de las facetas que más me gustan de este hombre. Esa cualidad humana tan preciada y atractiva de la sencillez y la humildad es algo que no está de moda ni en el mundo del alpinismo, ni en la política ni en la actividad social, y que por tanto, cuando uno se la encuentra en su camino, pues eso: ¡Chapeau!

Apenas leyendo una página y media de este nuevo libro y ya me ha dado suficiente aliciente como para quedarme hasta las tres de la mañana sacándole punta a alguna que otra intuición que me estaba provocando la expectativa de esta nueva lectura. Antes de cerrar el kiosko echo una ojeada al índice y me encuentro con un curioso título que reza así: “Portilla, Ramón Portilla y las contradicciones no antagónicas” (genial retruécano, por cierto). Total, que tratándose de Ramón con el que pasé un par de semanas de agradable compañía siguiendo su libro Historias de bellas montañas, me picó la curiosidad y no esperé a que llegara el turno del capítulo para la lectura. Conozco poco a Ramón, pero el retrato que hace Juanjo de él en apenas una página, de alguien que es incapaz de trazarse un sueño sin ponerse de inmediato a caminar tras él, mezclándole en sus convicciones marxistas, las de Juanjo, para resaltar la “contradicción no antagónica” que le hace exclamar “¡No me jodas que el Portilla es socio del Peñalara!”, me ha hecho soltar una sonora carcajada.  De todos modos, bromas aparte, a Juanjo a las cualidades de buen narrador y alpinista se le añaden, con ese breve retrato de Ramón, aquella otra de excelente retratista.

Pasadas las cuatro de la mañana. Se acabó. Buenas noches.

 

 

 

 

 


jueves, 18 de febrero de 2021

La cajita de la felicidad

 



El Chorrillo, 16 de diciembre de 2015

 

 

Andaba esta tarde un tanto espeso y como el día estaba bonito, total, que le dije a uno de mis enanitos que si me acompañaba a dar un paseo. Así que andábamos él y yo, él cómodamente asentado dentro de mi cabeza, yo caminando a buen ritmo entre los almendros de un vallecillo de más abajo de mi casa que han pintado repentinamente el campo de color primavera, cuando mi acompañante, que debía de dar vueltas y vueltas por mi cerebro como gato encerrado, aunque haciendo ruido como si caminara con la pata de palo de aquel capitán que oía Jim Hawkins en la posada de La isla del tesoro, cuando sin venir a cuento va y me suelta que por qué parte del planeta pilla eso que llaman felicidad, que había comprobado que mucha gente anda detrás de ese país y quería saber.  El tío estaba tan intrigado con eso de la felicidad que ya le veía yo dirigiéndose a una agencia de viajes para comprar un billete de Ryanair que lo llevara a Felicidad. Él desconocía en qué parte del mundo podría estar aquello, pero como expertos los hay por doquier para todo, etc.

En fin, que le vi tan perdido que cerré la persiana y le dejé a oscuras. Se debió de dormir, porque no volvió a chistar durante todo el camino. Pero su interrogante había caído en la tierra fértil de mi curiosidad y unos cientos de metros más allá, mientras el sol del atardecer se vestía con la suavidad de los colores al pastel por obra y gracia de la bruma que ocupaba el lado de poniente, mi mente fue ocupada por alguna de esas leves imágenes que vuelan frecuentemente por mi imaginación en las horas matinales del duermevela al punto de caer en la certeza de que una buena parte de la felicidad se encuentra en el entorno de la cajita, especialmente si consideramos el término “entorno” en un sentido lo suficientemente amplio. Y me lo decía porque nada más había que ver al personal para en una primer vistazo saber que en ese entorno en donde se localiza el origen del mundo se cuece una parte importante de los anhelos de todo quisque, y ello pese al desgaste que las neuronas pueden tener a lo largo de los años en la especie homo sapiens sapiens.

 Entremos en materia. Que de no sólo pan vive el hombre ya lo decía el Evangelio, pero que animados a buscar los caminos de la felicidad, cosa que no dejaría de hacer ni siquiera el tonto del pueblo, bien vale ir rescatando alguna de esas cosas que nos encontramos un día u otro por el camino y que huelen a primavera para así ir sabiendo cuales son los confines de ese país llamado Felicidad.

Felicidad, efímera, cierto, pero que sumado a otras efemérides J pueden alegrar el curso de los días cuando sin comerlo ni beberlo viene inspirada tanto por las inesperadas notas de un saxo que resurge entre las turberas de la memoria como por alguna de esas apariciones que colapsan el tránsito de las neuronas. Estaba sorteando unas profundas cárcavas que los temporales últimos han dejado en alguno de los caminos de los alrededores, cuando caí en el motivo por el que esta tarde se me hubiera despertado hablar a mí de cajitas. La razón venía de una nueva lectura de Las mil y una noche, en la que bien se sabe, Sherezade volcaba todo su talento narrativo para mantener al sultán Shahriar pendiente de su próximo cuento a fin de librarse de la muerte. Hoy correspondía aquella historia en la que se propone a última hora un juego que consistía en averiguar el nombre de aquello que tienen las mujeres entre las piernas y que tras muchas pesquisas el mandadero había descubierto que se llamaban en la primera doncella “la albahaca de los puentes”, en la segunda “lo que se deleita con raciones de sésamo descortezado” y en la tercera “la posada de Aby-Mansur”, razón por la cual cuando las doncellas hubieron dicho el nombre de sus cajitas de la felicidad, “el mandadero se levantó, se despojó de sus vestidos y se metió en el agua. Se lavó todo el cuerpo, como se habían lavado las doncellas y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: ¿Sabes ¡oh soberana mía! cuál es su nombre? Al oír estas palabras, las tres se echaron a reír tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas y exclamaron: "¡Tu zib!" Y él dijo: "No es eso, no es eso." Y les dio a cada una un mordisco. Ellas dijeron entonces: "¡Tu herramienta!" Y él contestó: "Tampoco es eso." Y a cada una le dio un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron "Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib porque se mueve." Y el mozo seguía negando con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: "¿Cómo se llama, pues?" Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: "Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: "Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur."

¿Que cómo sigue la historia? Así: "En este momento de su narración, Sherezade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente".

Tan ensimismado estaba yo con el recuerdo de este capítulo de Las mil y una noche, que no oí a mi enanito hasta que no llegué a las proximidades del arroyo Tochuelo. Despertó como si no se hubiera dormido volviendo a la carga con el asunto de la felicidad. Le tuve que explicar que la tal Felicidad no es una isla ni nada que se le parezca, que tal cosa es un estado de ánimo propiciado por etcétera, etcétera. Mira, guapo, le dije al final, si quieres saber más lee mi post a ver si así cazas algo. Después seguí caminando. En algún momento el sol se puso tan bonito que saqué la cámara y me entretuve en hacer algunas tomas.

Y colorín colorado…

 


miércoles, 17 de febrero de 2021

Reflexiones ingenuas sobre la madurez

 



El Chorrillo, 17 de febrero de 2021

 

Camino que va uno del desguace no es de extrañar que con cierta frecuencia te preguntes por las consecuencias del desarreglo del motor; hoy te falla una biela, mañana el tubo de escape se descuelga y hace un ruido infernal sobre el asfalto o te sucede que tal pieza de repuesto está descatalogada y ni en La Torre encuentras una que la sustituya. Ante estas eventualidades que ya ni la ITV es capaz de solucionar, no es difícil que en este diario aparezca con excesiva frecuencia la palabra vida, ¿una manía?, ¿una obsesión?, ¿un exceso de mirarse el ombligo?, ¿una preocupación razonable? No lo sé, probablemente la razón sea que la vida en sí misma es una pasión y como tal es imposible dejar de hablar de ella por mucho que vayas poniendo parches y necesites un audífono, una rótula de plástico o cargar acaso con un tensiómetro porque la presión arterial parece a veces una montaña rusa. Esta tarde hablando por teléfono con Carlos Soria le expresaba esta clase de preocupación que yo creo que es exclusiva de este periodo de la vida que he inaugurado desde que pertenezco a la cofradía de los septuagenarios; le comentaba de cuánto vamos necesitando de tener referentes; y es que le oía al otro lado de la línea tan despierto, tan como si ahora mismo tuviera no más de treinta años, que por fuerza el referente estaba claro. Y que este hombre no es que tuviera un sueño, como Martin Luter King (I have a dream), es que su vida parecía ser un continuado sueño. La gente de a pie, como un servidor, soñamos una noche y cuando te despiertas el sueño se ha desvanecido, cosa que no les sucede a otros que parecen sumidos perpetuamente en sueños tales que una docena de vidas no serían suficientes para satisfacer.

Vamos, que darle a la manivela de la moviola de la vida parece una preocupación razonable. En ella se mezclan de continuo tal cantidad de variables de uno y otro signo que cuesta ver claro, así que ve al desván a por el cazamariposas, toma la lupa de Sherlock Homes y a hacer de entomólogo a ver qué se saca en claro. Hace no mucho, hablando con un amigo de mi edad al que yo recordaba los tiempos más preciados de nuestra mutua juventud con una aire de cierta nostalgia, apenas me dejó terminar para decirme que él en absoluto cambiaba aquellos años de juventud por los de ahora. Alguien que se expresa así entiendo que está en camino de la perfección (jajaja), una perfección mucho más sana que aquella inútil que pregonaba Teresa de Jesús en su libro y que iba encaminada a conseguirse una plaza en el patio de butacas del Paraíso; sana la del amigo porque si tuviste una juventud de sentirte muy cómodo dentro de tu piel la conclusión obvia es que te has montado una vida digna de mirarse con gusto.

Hay quien parece haber estado bien siempre y no necesita comparaciones, para quien el eterno presente es un baile agarrao que ellos bailan con la vida desde siempre con la vista puesta en sus sueños, que ayer fueron X y que hoy son Z; esa clase de filosofía que supo hacer del carpe diem la asentadera para cada ocasión de la existencia. En este caso todo tiene más mérito porque, si aun haciendo de tapicero toda la vida y teniendo una infancia donde nadie daba duros a peseta y había que ganarse la jala con muchos esfuerzos, alguien se encuentra a su anchas, es que es un privilegiado. No un privilegiado al que le llueven de bóbilis bóbilis ese estar bien en la vida, sino el privilegio que viene de asumir responsabilidad, cumplir sueños y no parar mientes en las dificultades.

Vivir es un acto de coraje o vivir es militar, guerrear, reza alguna cita de Séneca. Y bueno, descartado esto, ahora lo que queda saber es lo que viene a continuación, lo que viene y cómo viene, sí, tras los setenta y los ochenta. Y es hablando de ello que le comentaba a Carlos que no hay ejemplos en la literatura de montaña en que se muestre la evolución que sufren los seniors del alpinismo en este lento camino hacia la madurez, la lucha con sus limitaciones crecientes, su filosofía, el aggiornamento que se produce en sus pensamientos, sus decepciones, sus alegrías. Y es en este contexto en el que  le comentaba que probablemente fuera él la persona más apropiada para hablarnos de estas cosas.

Si de continuo metemos las narices en los libros, somos apasionados de sus páginas o incluso vemos determinadas películas, entre las razones principales se encuentra, creo, el deseo de saber cómo piensan otras personas, qué sienten, cómo superan sus dificultades, cómo les nacen los sueños y los llevan acabo: qué les pasa, también, y mucho en mi caso, cuando se van haciendo mayores. A mí escasamente me interesa el relato físico de ascensiones notorias si no va acompañado por lo que sus actores sienten, sus anhelos, su temor, el modo en cómo en su voluntad se va abriendo paso un sueño o proyecto hasta convertirse en una pasión ineludible. Una excelente escritora de libros de montaña como Bernadette McDonald, un ejemplo, sabe hablarnos del alma de los alpinistas que retrata. A esto me refiero. Cuéntanos de tus sueños y la lucha contra los demonios y el miedo, parece que le dijera el lector al autor de un libro de montaña. Y si no lo cuentas directamente, háznoslo sentir al menos con la fuerza de tu relato.

Yo quiero ser fiel lector de un libro que hable, no de subir un ochomil, sino de un libro de un amante apasionado de la montaña que asciende por las empinadas laderas de la edad de los 60, 70, 80, 90 y me cuente lo que pasa por su interior, lo que siente, cómo se las apaña con los hándicaps y los achaques, qué alegrías saca de su lenta a ascensión por esas abruptas laderas. Si además el autor de ese libro hipotético es un hombre sencillo, humilde, mejor que mejor.  Por cierto, que en este punto se me ocurre que una buena metáfora de la vida sería la de una montaña donde los años de aquélla estuvieran representados por las curvas de nivel. Empezaríamos escalando la montaña en el nivel cero y durante toda ella, tramo a tramo, iríamos ganando altura hasta la cercanía de la cima, momento este último, el definitivo, la cúspide de la vida, en que volverse y mirar con orgullo desde arriba la existencia entera. Hora de tomar aliento y decir Good bye!, Ciao!, ha sido un placer.

Ingenua y simplista imagen, lo sé, pero no está tampoco mal hacerse niño, agarrar como un párvulo un estuche de esos que usábamos en el colegio, ¿cómo era?, sí, pinturas Alpino, y empezar a garabatear aquellas montañas picudas que tanto gustábamos diseñar y que en la madurez pueden convertirse en símbolo de una atractiva ascensión. 

* * *

Terminado este post me acordé de Martínez de Pisón del que había escuchado por Carlos sobre su paso por el escenario del Covid y escribí una nota a un amigo pensando que me podría dar alguna información adicional. Desde que leí su libro El territorio del leopardo e intercambié con él un par de emails es una persona por la que profeso un especial cariño, esos sentimientos que se te imponen sin que tu razón intervenga para nada. No, no son las cosas tantas veces ni mucho menos tal como las pintaba más arriba, ese deporte de escribir y especular desde el sillón sobre la vida, más tratándose de una vida intensa, generosa y hermosa como la de Eduardo, ante cuya situación actual hablar de cumbres y similares casi puede ser indecoroso cuando nos acercamos a la otra cara de la moneda con una esposa fallecida no hace mucho y graves achaques de la edad. Le decía al amigo que no sabía por qué se me hacía un nudo en la garganta leyendo las noticias que me daba de Eduardo, que me costaba comprender íntimamente lo que sucede en el alma de la gente mayor, especialmente cuando lo sientes tan dentro de ti y las circunstancias son tan penosas.