Hospital Montepríncipe, 9 de septiembre de 2026
Una jovencita y guapa enfermera del hospital se dirige a mí como “cariño”. Dudo que emplee esa palabra con alguien más joven o con un anciano de competencia, cultura o reconocimiento profesional. Está bien ese calor que roza un nosequé de acaso deferencia por la edad, de empatía profesional, de querer que el enfermo se sientan cómodo y bien en el hospital. Sin embargo también me recuerda el trato que recibía mi padre en la residencia de ancianos por parte de cierto personal, algo que me parecía impostado y acaso demasiado dulzón. Yo no digo que fuera improcedente porque realmente mi padre, de una cultura escasa y tan dependiente, acaso lo necesitara.
En el caso concreto de hoy, y esto es otro aspecto de la cuestión, no sabría bien a qué carta quedarme, pero en principio uno, que gusta tanto de la feminidad, lo acepta bien, sólo que tras esa breve aceptación rumorea la sensación de que uno ya tiene suficientes años, esa edad en que el hombre ha empezado a caminar con tres piernas (recordando aquella adivinanza de la Esfinge que decía ¿Qué animal camina a cuatro patas por la mañana, a dos al mediodía y a tres por la tarde?), suficientes años como para que le puedan ir tratando tratando como a un niño chico. Seguro que a la enfermera no le ha pasado por la cabeza este razonamiento, pero sí debe de ser cierto que ante un hombre de mucha edad se pueden producir dos representaciones diferentes, por una parte la de aquel hombre mayor que ha vivido una vida extraordinaria y sigue siendo intelectualmente activo, frente a otro anciano de la misma edad, digamos de la generalidad de la población, al que exclusivamente hay que cuidar. En ambos casos existe el cuidado, sin embargo en la primera representación conserva al sujeto, mientras que en la segunda tiende a convertirlo en objeto de cuidados. La expresión puede ser genuinamente afectuosa; el problema aparece cuando ese lenguaje se convierte en la forma habitual de dirigirse a las personas mayores y sustituye al reconocimiento de su individualidad. Una persona mayor con prestigio, dinero, cultura, autoridad profesional o una personalidad fuerte conserva mucho más fácilmente ante los demás su condición de «adulto». Al que carece de esas marcas sociales se le puede infantilizar mucho antes.
He presenciado más de una vez en el hospital hijos que acompañaban a sus padres de muy diferente manera. De una parte aquellos que se dirigían a sus padres con un cierto tono de, pero no ves papá qué, o con un ahora lo que que tienes que hacer es esto y lo otro. El padre se ha hecho realmente mayor y su hija intenta compensar su disminución de esta o parecidas maneras. Del otro lado están los hijos, que pese a la edad del padre o la madre, conservan un tono en su expresión y palabras en donde se observa un respeto por la edad que lo que hace es complementar únicamente una carencia puntual del anciano conservando en todo momento su capacidad de determinación y análisis de la situación que vive, bien que según las circunstancias del padre o la madre tenga que matizar en algún momento está relación. Y en este punto estimo que los hijos deberían ser muy cautos para guardar un equilibrio entre la capacidad de decisión del anciano en relación a sus necesidades reales y la natural disposición de éstos de atender a sus padres. Obviamente las circunstancias de gravedad y capacidad de decisión por parte de los padres o madres mandan.
Hoy duermo en urgencias a la espera de que haya cama disponible. Divertida vida la mía que inauguré hace unos meses. Cada vez veo más lejos mi retorno veraniego a los Alpes; pero en fin, Dum spiro, spero. Mientras respiro, espero.»

