15/08/2026
Esta mañana, poco después del amanecer (el sol levantaba espléndido como en los mejores tiempos por encima de las encinas del fondo), sentado en mi habitual chaise longe en un extremo del pinar de los Frailes, lo primero que hice fue contestar al último guasap de mi hija que hacías elogios sobre la belleza y la emoción de su experiencia contemplando el eclipse del día anterior y sobre el que decía, citando a la astronauta Sara García, que era lo más bello que había visto en su vida. Bueno, tengo que decir que algo me gusta discrepar, eso de hacer de abogado del diablo en general estimula mi pensamiento y mis ganas de escribir. Ya sucedió ayer cuando me encontré con cierto titular de El País. Le decía a mi hija que, como ella muy bien sabe, yo no soy muy de multitudes, aunque recuerde alguna puntual que sí me emocionó, durante el pistoletazo de la salida de un maratón, una multitudinaria manifestación, por ejemplo. Sin embargo este circo tan universal del eclipse lo que me habla especialmente es de una parte de la humanidad y su faceta de gregarismo, una sociedad que para ver algo bello necesita del empuje de la masa, que no aprecia por sí misma si no se suma una multitud al evento. Esos millones de personas pendientes del eclipse, si hubieran sido coherentes con sus porqués al sumarse al acontecimiento, tendrían esta misma mañana que haber salido a la hora del amanecer a contemplar algo sí, realmente magnífico, el dios Sol saliendo de entre el olivar como el gran señor que va a presidir el día, rojo, enorme, dejando sobre los cables del tendido eléctrico la silueta oscura de la banda de estorninos que se habían posado sobre la mañana en primera fila a saludar al astro rey.
Quizás la apreciación de la belleza, le decía a mi hija, sea algo subjetivo, quizás, en parte, pero es obvio que esta IMPOSTACIÓN que se ha hecho del eclipse pertenece más al campo del gregarismo que otra cosa. Ser masa tiene por supuesto interesantes connotaciones, decía, y le recordaba aquel canónico libro de Elías Canetti, Masa y poder, para poner en cuestión esos supuestos sentimientos de belleza que dice provoca la visión del eclipse y que sin lugar a duda más podría venir su procedencia del hecho contagioso que suscita la masa en sí. Es decir, el eclipse en sí sería el detonante, no el verdadero asunto. Que la masa tenga necesidad de poner en su vida corriente y rutinaria un plis plas plum que le haga salir de la atonía general, hace posible que esta barahúnda humana llene las carreteras, las colinas o las playas del país de multitudes necesitadas de algo extraordinario con que dar sentido a su cotidianidad. Y para ello, es claro, es necesario enfatizar el fenómeno y proporcionarle el rango de belleza, de cosa sublime, o como decía la astronauta, de hacer de ello lo más bello que jamás haya visto en su vida. El eclipse actúa a modo de catalizador que pone en movimiento emociones de las que probablemente andamos escasos y que por consiguiente estimulan nuestra curiosidad, y, por qué no, refuerzan nuestra pertenencia al grupo, loable asunto pero que nada tiene que ver con el fenómeno del que hablamos. No obstante, ya que he nombrado a Canetti, creo que esta conexión con su libro podría añadir complejidad a la idea. Hay en Canetti una idea central que encaja especialmente bien aquí: la masa produce una transformación en quienes la integran. El individuo deja, en cierta medida, de sentirse separado de los demás. Desaparecen las distancias, las diferencias y las reservas que normalmente existen entre las personas. Canetti habla de la búsqueda del momento en que todos se sienten iguales, y ahí aparece una de las características esenciales de la masa. Diría que hay un abismo entre asistir al eclipse en soledad y hacerlo como parte de una multitud. En este último caso la multitud no se limita a compartir una experiencia, sino que la intensifica, mientras que para el que asiste en soledad al mismo fenómeno su emoción está más bien relacionada con otros aspectos existenciales relacionados con su sintonía con el universo.
Existe un elemento adicional al que sería interesante darle alguna que otra vuelta y que ha surgido en el contexto del eclipse; se trata de la aparición de las palabras emoción y belleza que mencionaba mi hija y que aparecían como si fueran sinónimas sin serlo en absoluto, pero prefiero dejarlo para otro momento. Estaba de vuelta del pinar y junto al campo en el que días atrás volaban al anochecer cientos de luciérnagas, en medio del camino, me llamó la atención un dibujo en el suelo que con seguridad pertenecía a un padre o madre tratando de enseñar a su hijo el mecanismo del eclipse del que estamos hablando. Más abajo lo dejo.







