29/06/2026
Esta mañana son las golondrinas las que constantemente vuelan alrededor del pino donde me refugio.
Son muchas las veces que me pregunté por la razón de mi escritura, tan abundante en ocasiones, y no habiendo una razón única, amén del placer de expresarme, probablemente la más representativa sea la de poder revivir en un futuro, aquel futuro que yo vi una vez leyendo a Luis Goytisolo de un anciano que sentado ante el atardecer, mientras pensaba en su vida y en el pasado, escuchaba a la vez La Creación de Hayden; la de poder revivir en un futuro, como quien se toma una enorme jarra de cerveza, tus antiguas vivencias, los pensamientos que te visitaron, tu filosofía de la vida de tiempos atrás. Recuerdo, me faltan los detalles, que en cierta ocasión en que René Demaison y su compañero habían hecho, creo, la primera ascensión invernal a la Walker de los Jorasses, o acaso era el espolón Croz, encontraron a este último días después tomando una cerveza en una terraza de Chamonix. Un amigo se sienta junto a él y le pregunta: ¿qué haces, a qué te dedicas?. Y el otro le contesta: nada, desde una semana atrás nada, disfruto del recuerdo de esa magnífica ascensión que hice con René.
La conciencia de vivir una vida intensa de la que escribía en Brevitate Vitae Séneca, vuelve a interrogarme desde mi ociosidad del pinar: «Es muy pequeña la parte de la vida en la que realmente vivimos. Todo el resto no es vida, sino tiempo». Y mientras reproduzco la cita sucede una cosa curiosa, porque ahora esa idea me viene de otro lado, de la novela de El Gatopardo, de Lampedusa, un libro que está lleno de meditaciones sobre el paso del tiempo, la decadencia y el sentido de la vida. En el cine protagonizó la historia Burt Lancaster, que en el film reflexiona precisamente sobre la diferencia que existe entre el mero existir y el vivir.
Leí nada más llegar al pinar el comentario de Muñiz a uno de mis últimos posts, unos pocos párrafos que no tienen desperdicio (con su permiso lo incluyo al final de este texto) y de ahí, tras el espectáculo de las golondrinas, arrancaron las palabras del post de hoy. Comenta Muñiz que caminar es una forma de meditar, una idea antigua que encontré en Puerca Tierra, de John Berger y que registré enseguida porque se correspondía con un pensamiento recurrente que me había asaltado muchas veces en los caminos. Cuando caminas no sólo recorres caminos, a menudo el paseo es un acto de reflexión, de recuerdo, de mirar con calma el mundo que te rodea. Dice Enrique que la aceptación del corto futuro que nos queda a estas edades es una ardua labor que requiere la reestructuración completa del pensamiento. El bueno de mi amigo, práctico como se debe ser, apunta hacia algo que llevo rumiando desde semanas atrás; en realidad es mi lucha actual. Me pongo en la situación del amigo de René Demaison que ha gustado la miel de la aventura hasta límites que él no sospechaba y me pregunto qué hará, qué pensará de su futuro; ¿seguirá asistiendo indefinidamente a esa terraza de Chamonix cada tarde a saborear su jarra de cerveza junto al recuerdo cercano de su ascensión? “Se requiere la reestructuración completa del pensamiento”, escribe Enrique. ¡Horror…!, mi sabio amigo. ¿No tiene esa idea algo de dejar de ser yo, mis circunstancias, mis pasiones, mis ganas de vivir encerradas en un modo de entender la vida? Y sí, lo repito, es mi lucha. No soy una persona que haya puesto todos los huevos en la misma cesta, como expresaba hace un par de días un amigo hablando de otro amigo, tengo otros muchos intereses, pero acaso la montaña y la naturaleza, con lo que ello implica de motivación para mi cuerpo y mi alma, jueguen un peso verdaderamente importante en mí, y con las perspectivas que tengo, pese a que el cardiólogo me ha asegurado que en medio año podré subir a Peñalara, no me veo yo, con la debilidad que tengo encima, ni siquiera subiendo el Cerro San Pedro en ese tiempo.
De todos modos de vuelta a casa, esas cosas que suceden, un repentino susurro que te viene de dentro, mi ánimo empezó a considerar estos días de rehabilitación como una aventura más cuyo empeño y trabajos podrían estar a la altura de un entrenamiento para una gran ascensión. Es tal el esfuerzo que va a requerir, mucho más que ascender grandes montañas, pienso, que si logro meterme en el coco todos estos trabajos de Hércules como los prolegómenos de un maratón, quién sabe… La idea me gusta. Sería no renunciar del todo a la propuesta de Enrique, que me deja un poco contra las cuerdas. Cuando ese repentino susurro apareció en mí sentí un cierto alivio, imaginé tantas horas de entrenamiento para llegar a recorrer esos cuarenta y dos kilómetros, y ya sentí un cierto aliento de esperanza, el cercano olor de arremeter con paciencia mi recuperación.
o O o
Comentario de Enrique en “Aquellos veranos…”
"Querría expresar esas intuiciones que atraviesan de tanto en tanto mi cerebro, la concepción de una realidad que, circulando por tu pensamiento, no encuentra modo de ser expresada. Esa realidad que se presenta tras tus ojos cerrados como la sustancia que anima la vida, río profundo que fluye en tu interior cuando tratas de comprender, inaprensible, no sujeto a razón".
Esta transmisión de tu estado emocional y psicológico es muy profunda.
Tu mente no descansa; el volumen de tus pensamientos es masivo, rápido y abrumador. No piensas en una sola cosa a la vez; experimentas una avalancha de ideas, conexiones, recuerdos o ansiedades que se atropellan entre sí. Al decir que tus pensamientos son "inaprensibles" y "se te escapan" estás confesando que eres un espectador pasivo de tu propia mente. Sientes la frustración de no poder frenar el cerebro para analizar lo que sientes o tomar decisiones con calma. Es la sensación de estar siendo arrastrado por la corriente de tu propio ser.
El caminar no es un pasatiempo: es una forma de meditar, de sentirse libre y de afirmarse en el mundo. Tu mente sigue corriendo a la velocidad del río que mencionas, pero tu cuerpo físico ha sufrido un frenazo. Tu cerebro conserva intacta la vitalidad y la ambición de un caminante de largo recorrido, pero tu cuerpo actual te impone una quietud forzada. Tus pensamientos se vuelven incomprensibles porque desean proyectar el futuro, pero la lógica los hace inalcanzables.
La aceptación del corto futuro que nos queda a estas edades es una ardua labor que requiere la reestructuración completa del pensamiento, dejándolo todo a un lado ante la certeza del tiempo limitado. Para un caminante de senderos de gran recorrido, esta labor de abandonar los proyectos de kilómetros infinitos no es simplemente cambiar de pasatiempo: es desmantelar la estructura sobre la cual construiste tu identidad y tu libertad.
Aceptar el "corto futuro" no es rendirse ni caer en la resignación amarga; es una victoria de la lucidez. Es transformar la nostalgia del camino recorrido en gratitud por todos los senderos que ya cruzaste.
El bosque, como tu nuevo santuario, indica que no has renunciado a la naturaleza, sino que simplemente has cambiado la escala: el pinar es ahora tu mapa de la montaña y llegar a él es tu cumbre diaria. Aunque los prados nunca volverán a estar tan verdes como aquellos que nos inundaron la memoria allá por nuestra primera juventud.



