Perfume de mujer
Hospital Montepríncipe, 14 de julio de 2026
Me entiendo mal en ocasiones. Tendría que dormir un rato la siesta, que en ésta y en las condiciones que estoy sería imperdonable no hacer, pero me empuja la necesidad de tener que escribir sobre un misterio que me persigue especialmente últimamente, y es que viendo a una mujer, transeúnte, enfermera o señora de la limpieza, no logro sustraerme a desnudarla mentalmente. Y no es especialmente porque me ponga en situación, que generalmente no es así, sino que porque mirando a mi alrededor, siempre una mirada ociosa a la que interesa los rostros, la belleza que encierran las féminas, las sonrisas o la anuencia de quien es mirada, sino porque aún siendo agradables las sugerencias que encierran tanto, el rostro, el cuerpo o lo que no se muestra o se insinúa, no deja de ser una pizca molesto por su insistencia. Cuando sobre la pantalla en blanco escribí el título de este post recordé un relato de Álvaro Cunqueiro, Las crónicas del sochantre, en el que el protagonista acompaña a una singular compañía de difuntos. En el relato el sochantre contempla frente a sí, en una silla de posta, a una mujer cuyo escote deja ver generosamente el pecho, y Cunqueiro describe la visión con una mezcla de asombro, delicadeza e ironía. No hay un tono erótico explícito; más bien es una muestra de cómo el autor sabe detener la narración para celebrar la belleza corporal y el deseo masculino con una prosa barroca, amable y ligeramente burlona. Ese contraste entre un joven lleno de vida y una carroza ocupada por muertos es una de las gracias de la novela. La muerte y la vida se dan allí la mano en una mezcla probablemente sólo accesible a quienes van más allá del puro razonar.
Lo que suceda en el cerebro, tantas veces reprimido por los hábitos sociales y el status quo, parece ser algo que compitiera a un relativo número de personas que, huyendo de la racionalidad en vigor, pretenden atender al flujo de su cerebro contemplándolo con la ingenua curiosidad de un niño que está despertando a la vida e intenta comprender lo que sucede dentro de sí.
Ese es, o algo parecido, el territorio por el que me muevo esta tarde. Ya, ya sé que la Especie pone todo su empeño, apaña, condimenta, nos empuja a hombres y mujeres a cumplir aquello del Génesis: «Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla”. Pero mientras tanto, bendita ilusión, no aquella de Machado en donde una fontana fluía en su corazón, aunque también podría decir que esa fontana fluye, en este caso, dentro de mí cuando me encuentro con un cuerpo bonito, una sonrisa franca que encandila mis sentidos. No existen muchas cosas que alegren más el alma de los sapiens que las sugerencias que tantas mujeres encienden en ellos (pienso, que no creo ser un raro en estas cosas de las mujeres).
Bueno, coño, que estoy contento, que de las dos opciones que tenía por delante jugando al corre que te pillo, ha salido la más benévola; la otra era volver a abrirme el pecho para volver a instalar una nueva válvula. En unos pocos días estoy en casa volviendo a mi recuperación. Ayer, ironías de la vida, un amigo de Peñalara me volvía a invitar a unas jornadas de escalada en Galayos, que vete a saber si podré volver a escalar alguna vez (bicho malo nunca muere, dicen). Vamos que estoy de nuevo con el ánimo como para empezar a entrenar en casa en mi particular rocódromo cuanto antes. Días atrás Carlos Soria me invitaba, cuando mi cuerpo estuviera dispuesto, a acompañarle en alguna de sus correrías. Gracias, Carlos.
De momento he pasado de ver transcurrir los días con el aburrimiento de quien ha perdido la esperanza, a recobrar de nuevo la ilusión por el futuro inmediato, fuerza que me va a servir para renovar un ímpetu que había mermado considerablemente estos días últimos.
Durante el Covid corrió por ahí un video de un lobo encerrado en un pequeño patio. El ir y venir del lobo durante su encierro dejaba sobre el suelo de arena de su encierro la figura de un ocho. Algo así me sucedía a mí en los pasillos del hospital, media hora por la mañana y otra media por la tarde, dando vueltas como el lobo alrededor de su encierro; arriba y abajo repitiendo el mismo día el recorrido con el automatismo de un prisionero dando vueltas y vueltas alrededor de su celda. Había conseguido últimamente ampliar mis caminatas matinales hasta seis kilómetros, y de repente algo se rompió en en mí y hubimos de llamar a una ambulancias. Esta mañana una eco transesofágica descartó la duda que me tenía en vilo, que fuera de nuevo una endocarditis. Así que de momento me salvé por los pelos. Tanto como para que acaso pueda atender a la invitación de José Luís Ibarzábal que me invitó a las lagunas de Neila para ver el próximo eclipse de sol.

