sábado, 21 de febrero de 2026
Una imagen vale más que 1000 palabras
miércoles, 18 de febrero de 2026
“Vivir, Lucilio, es combatir”
19/02/2026
Me llega hoy de la mano de un mensajero mi último libro publicado, Diario de un jubilado 2025. Lo hojeo, leo algunos artículos. Me resulta algo difícil entender que sea yo el autor de esos artículos. Yo no sé si últimamente lo que hago es rehuir ese trabajo, el de escribir, porque realmente requiere un esfuerzo extraordinario o si es por otras razones que no sé concretar. Rehuir porque entiendo que la necesidad de expresarse y concretar nuestro pensamiento sacando en cierto modo de la ambigüedad de nuestras ideas o creencias (ambas cosas diferentes), es parte esencial de la condición humana. Y si la cosa es así podría suceder que con el paso de los años, tantos ya acumulados a lo largo de la vida, no es que uno ya esté aclarado del todo sobre esto que es vivir y su entorno, pero sí sucede que poco a poco uno va entrando en un mundo en donde lentamente se han ido asentando muchas certezas, tantas de ellas cimentadas a raíz de la mucha escritura con que he ido llenando el saco roto de mi blog durante tantos años que acaso ya no requieran mi atención porque forman, digamos, parte íntima de mi entender la realidad y el mundo. Y así, no necesitando ya aclararme sobre muchos asuntos, sería ocioso volver sobre tantos de ellos que podrían tener interés para otros si, digamos, este diario fuera una publicación en algún medio genérico. Pero no siendo el caso, y no sintiendo la necesidad de volver sobre temas ya tratados, algunos sobradamente, sólo me queda, en parte, esa necesidad tan humana que todos llevamos dentro, que es expresarnos. Decir, contar, narrar, expresar nuestras ideas, conversar.
El libro que me llega hoy, más de 600 páginas, hace honor a ese trabajo necesario de por vida de tratar de comprender la realidad que nos rodea y especialmente comprendernos a nosotros mismos. Fue hojeando el diario del pasado año cuando me encontré la siguiente cita de Musil: “Mientras nos esforzamos por penetrar en algo difícil de comprender y por mantener el curso de nuestros pensamientos, notamos cómo crece nuestra capacidad para indagar, o para recordar e, incluso para pensar”. En este punto fue donde quedé varado esta noche, varado, pensativo, dudando de este relajamiento en que estoy de la escritura. ¿Me estaré adormeciendo?, pensaba. Y consideraba junto a ese ejercicio de escritura el otro ejercicio diario de mantenimiento a que someto mi cuerpo cada mañana, y me preguntaba si el hecho de que no pueda constantemente volver sobre asuntos ya tratados no sería una disculpa con que justificar una pereza (“la pereza es tan fuerte como la vida”, Viaje al fin de la noche, Celine) que de una manera u otra tiende a colarse por los resquicios de la vida dejando a nuestra voluntad en entredicho. Conozco a tanta gente a quien la pereza les come hasta los higadillos, que por fuerza debo cuestionarme si lo que dejo de hacer en ocasiones es por decisión propia o si se trata simplemente de que ante determinados esfuerzos sibilinamente mi pereza se impone. Esa dichosa, y tan repetida afirmación de Séneca ( “Vivere, Lucili, militare est”. “Vivir, Lucilio, es combatir”) es algo que me persigue cuando presiento que estoy eludiendo un esfuerzo.
Así que en eso estoy esta noche después de haber leído alguna de las entradas de mi diario del pasado año. Llegar a final de cada año con un puñado de reflexiones que ocupan cerca de las setecientos páginas (en el año 2020, el de la pandemia fueron dos volúmenes con un total de 1100 páginas) cuestionan de algún modo mi actual lejanía de la escritura. Y no es el volumen de la escritura, sino el abandono de esa tensión que supone asumir las vivencias propias o ajenas, las ideas, los temas controvertido, desde la perspectiva del análisis. Recuerdo una cita de Kafka que hacía Chirves en sus Diarios: “El camino de la cabeza a la pluma es mucho más largo y difícil que de la cabeza a la lengua”.
jueves, 5 de febrero de 2026
Mañana de viento y lluvia
5/02/2025
El ulular del viento rodea mi cabaña. Lo hizo durante toda
la noche. El eucalipto de enfrente, quizás treinta metros de altura, se mueve
imponente, solemne. Lo amarré en su último tercio con dos vueltas de un cable
de acero de un centímetro de diámetro, pero aún así me sigue infundiendo
respeto. De todos modos es hermoso este viento, su fuerza capaz de doblegar la
cerviz a los mares y a los árboles. Fuerza primigenia que cómo no siempre
termina recordándome algunos de mis encuentros con él y la tormenta mientras metido en mi pequeña tienda en algún
alto paraje de los Alpes vivía aquellos momentos con una inquietud íntimamente
emparejada con la certeza de estar viviendo uno de los momentos más plenos de
mi vida.
Esta noche dormí con los tapones de cera en los oídos, me
sumergí en el sueño, hoy también, con una pizca de inquietud a sabiendas de que
los árboles con los que vivo en íntima relación desde hace un tiempo, podrían
doblegarse ante la violencia del viento y caer sobre el tejado de mi cabaña.
Meteoblue daba vientos de hasta 92 kms/hora.
Días atrás sentí cierta urgencia de poner por escrito
cuáles podrían ser mis principales empeños de aquí al momento de mi encuentro
con
Vivir la cercanía de los árboles, las plantas o los
pájaros, y en esta época el despuntar de las vidas que he inseminado a través
de semillas de muchas especies o de plantas que van naciendo espontáneamente sobre
la capa de estiércol que esparcí el pasado mes de septiembre, incentivan una
relación cercana, al punto de que cuando contemplo esta mañana esta pequeña
debacle de árboles en movimiento al ritmo que marcan los vientos, algo de mi
ánimo les acompaña. Álamos del río,
conmigo vais, mi corazón os lleva…
Ahora la lluvia golpea sobre los cristales. Grandes
chorreones descienden perezosamente sobre el cristal. Pero ni siquiera los
gorriones y carboneros se arredran ante el temporal. Agarrados a la esfera de
hierro que contiene su manduca o subidos al comedero, ajenos a la lluvia y al
viento, vienen a picotear constantemente su alimento. En la parcela se han
formado grandes charcos sobre los que asoman un incipiente césped y matas
aisladas de violetas (viola odorata).
En los bancales, donde planté infinidad de semillas de diferentes especies de
flores y bulbos, han empezado a crecer otras muchas plantas, plantas que hasta
ahora consideraba malas hierbas y que
a partir de mi nueva relación con todo lo que pueda nacer en nuestra parcela, convertiré
en objeto de mi estudio intentando en lo posible compatibilizar la vegetación
autóctona con la nueva vegetación que yo pueda ir incorporando.
El viento, la lluvia, el sol, todos los seres vivos que
habitan nuestra parcela deberían formar un todo, digo deberían porque todavía
estoy en estado de buena esperanza :-), que mi ánimo acoja como si de una
heterogénea familia se tratara. Ajá, el petirrojo, al que nunca había visto
acercarse al comedero de los pájaros, ahí está también en este momento. Sería
feliz si algún día estas criaturas se volvieran menos asustadizas. Las tengo
enfrente todo el día a una distancia de cinco o seis metros, pero en cuanto
detectan un pequeño ruido, un movimiento por mi parte, pies para qué os quiero…
La razón de mi acercamiento a la escritura esta mañana
viene de la mano precisamente del viento y la lluvia que me obligaron a
cobijarme en la cabaña, pero también favorecida por el deseo de alejarme de las
cosas del mundo. Llevo unas semanas que dedico excesivo tiempo a las noticias y
a los analistas políticos internacionales. Anoche, leyendo El museo de la inocencia, de Pamuk, subrayé una idea que me llamó
la atención por lo que encerraba de perversa. Escribe el protagonista: “Tenía la sensación, de que poseía una armadura
invisible que desde los veinte años me protegía de todo tipo de problemas y
desdichas. Parte de esa sensación me hacía intuir que, si le prestaba demasiada
atención a las desgracias de los demás, también a mí me harían desgraciado y
que podrían perforar mi armadura”. Los problemas y las desdichas del mundo son
efectivamente en ocasiones un peso excesivo del que profilácticamente
convendría zafarse de tanto en tanto.
De
tanto en tanto, digo, porque en caso contrario uno puede quedar expuesto a los
excesos del mundo. De ahí que cultivar el propio huerto (Cándido, Voltaire) sea el complemento imprescindible de nuestra
totalidad como personas. Y hoy, más que nunca, cuando la edad nos va aclarando
en qué consiste esto de la vida, descubrir en el viento y los árboles una parte
de la sustancia de lo que somos, viento, lluvia, montañas, tormenta, mar, mis
queridos amigos los carboneros, los petirrojos o los gorriones, deja un poso de
satisfacción en esta mañana de contemplación.
jueves, 22 de enero de 2026
¿Buscarle cinco pies al gato?
22/01/2026
| Imagen creada por ChatGPT |
Miro estos días con cierta preocupación el hecho de que los dos últimos libros que he comenzado me aburran tanto como para no pasar más allá de la cuarta parte de las páginas. La pasada semana, Sebald y su Los anillos de Saturno y esta tarde mismo Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, ambos autores muy reconocidos. Y hace unas pocas semanas a quien abandoné fue a Pavese y su Entre mujeres solas. Preocupado porque no sé si soy yo el responsable, yo, mi capacidad, mi interés, o si como apunta reiteradamente Thomas Bernhard en su libro, sucede que nos acercamos más a ciertos libros, ciertos cuadros, más empujados por su fama, la del autor o del libro, que por la verdadera calidad de la obra. Y si no es así, lo que cabe apuntar es que ese lector voraz, yo mismo, que leía casi todo lo que caía en sus manos con delectación y aprovechamiento, ya no existe y ahora, mucho más crítico y selectivo, necesite obras no ya de reconocida calidad sino también libros que de algún modo se construyan dentro de unas coordenadas relacionadas con los intereses personales, la belleza o los asuntos que me son cercanos. Quizás todo esto tenga relación con la restricción que mis intereses van sufriendo con los años. Que la lectura de Bernhard, hasta donde he llegado, me parezca un caprichoso exponente de un malhumorado autor que arremete a golpe de machete las mayores convenciones artísticas, que su prosa reiterativa, que a mi me parece un recurso estilistico sin sentido y que la crítica estima hipnótica, me hace pensar en ese círculo que puede estar en torno a lo que me interesa. El pasado año me sucedió algo parecido con Patria, de Aramburu, un libro a mi entender, salvo unos pocos buenos aciertos, francamente malo, en lo que leí, no pasé del primer tercio, y que sin embargo era alabado por los amigos que lo habían leído y, por supuesto, por la crítica en general.
No se puede decir tampoco que sea tan especial,
existen tantos libros y autores que me han entusiasmado siempre que pienso que
tiene que haber “algo” que sí, como hace Bernhard, que puede tener que ver más
con el mercado, con algún tipo de convención, con “lo que se escribe hoy”, lo
que gusta a nivel general, con lo que sea, pero ajeno a una calidad que resista
el paso del tiempo. Escribo esto y, claro, no me gusta del todo porque
pareciera que mi juicio estuviera de parte de una indiscutible calidad, y que
aquello que no me gusta careciera de tal. Y no es así.
En muchas ocasiones cuando leo una crítica o
pregunto a ChatGPT sobre un libro, un cuadro, las respuestas que obtengo las
encuentro excesivamente laudatorias, como si de una cosa simple inventaran un
mundo. Es un procedimiento usual que parece estar a sueldo del autor en el
sentido de pretender legitimar la obra, justificar una exposición o seducir al
público. Algo que tropieza de frente con la posibilidad de que el lector, el
espectador, asuma por sí mismo la experiencia directa, que sería la forma
honesta de apreciar arte: lo que uno ve y siente sin intermediarios. Buscarle
cinco pies al gato parece ser el cometido de una amplia parte de la crítica, me
parece. En ocasiones se monta un escenario conceptual en torno a una obra que
sólo está en la cabeza del crítico.
Días atrás leí un titular en un periódico en
donde el autor decía que cuando das a imprimir un libro, éste ya no es tuyo.
Pertenece al lector, muchos, que pueden encontrar en él muy diferentes, e
incluso encontradas, interpretaciones. En tal caso el libro por las primeras
manos por las que pasa es la de los críticos que interpretan, dicen, extrapolan…
Decir que lo que la gente piensa de determinados libros ha pasado por el tamiz
de lo que piensan algunos críticos, no me parece una exageración, sino algo que
está a la orden del día. La labilidad a que está expuesta una obra por parte de
los espectadores o lectores, da pie para que cada vez que te acercas a un libro
andes con los pies de plomo en los primeros capítulos. Ello como idea general,
que a ello es necesario añadir al sujeto lector, su experiencia de lectura, sus
motivaciones o sus intereses personales que van a jugar un papel importante en
la valoración del libro que pretende leer.
En cualquier modo cuando tantas veces abandono
un libro en sus comienzos, siempre me entra la duda de si soy yo el responsable
de esa deserción o es que el libro no está a la altura de mis expectativas.
miércoles, 21 de enero de 2026
¡Carajo, qué mundo éste!
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| Imagen creada por ChatGpt |
21/01/2026
Recordando mi post de ayer me pregunto si
estando como está el mundo uno puede entretenerse en pajas mentales. Esta noche
escuché el discurso de Mark Carney, presidente de gobierno de Canadá, en Davos
y más tarde a algún que otro analista político en relación con la situación del
orden mundial que vivimos. Estando como está una parte importante del mundo en
manos de un psicópata, otra fracción de él, Europa, a cargo en buena parte de
gobernantes incompetentes, si no corruptos, parece paradójico que yo me
dedique, acaso, a “chuminadas” de tal índole.
Escribo con Mico, nuestro gato, en el regazo. Le
acaricio de tanto en tanto y él cierra los ojos y mueve la cabeza restregándose
de gusto contra mi mano. Hoy abrí la caja de mi regalo de Reyes y extraje unas
bolas de semillas y otras sustancias que, colgadas sobre una rama van a
alimentar a los pájaros de nuestra parcela en adelante. Los carboneros no
perdieron el tiempo en colgarse de la estructura de hierro que las contenían para
picotear a placer su nuevo yantar. Hasta que llegó la lluvia estuve rastrillando
las últimas hojas que el otoño había dejado en nuestra parcela. Después, tras
la comida, leí durante un buen tiempo a Thomas Bernhard, sesteé y miré largo
rato el ir y venir de los pájaros frente a mi ventana. A la noche encendí el
fuego de la chimenea y ahora, tras darme una vuelta por el mundo, acaricio a
Mico.
Este es el relato simple de un sapiens cuya
existencia se debe acaso a un encuentro fortuito entre mi padre y mi madre
cierta noche de otoño. Te traen al mundo, sin permiso, y ahí quedas a merced del los vientos y la buena o mala disposición de las circunstancias. Más tarde
creces, te haces mayor y cuando ya más o menos conoces cómo funciona el mundo
en donde has aterrizado, vas y te mueres.
Pasa que ya que como ya estás en el mundo, algo
tienes que hacer, sí, que la vida en definitiva consiste en hacer cosas. Y
curras para ganarte la manduca, y te diviertes, y a veces estás triste, y a
veces contento, y te enamoras, que sí, que hay que cumplir con los designios de
la especie y traer nuevos sapiens al mundo, y después de un tiempo vas y te
mueres, kaputt, sanseacabó.
Y ya que estás en el mundo hay que darle juego
al asunto en ese tiempo que pasas entre tu gestación y el momento último. Y ahí
es donde entra la historia de la humanidad, todo lo que hacemos y especulamos
en ese periodo de tiempo, que podría ser un tiempo tranquilo, un rato que pasas
sobre la superficie del planeta Tierra, que es tiempo de crear, amar, acumular,
hacerse pajas mentales y mucho más, y que sin embargo por mor de algunos
cerebros calenturientos, es difícil que durante ese periodo de tu existencia
puedas sobrevivir a alguna guerra. Pocas, pocas generaciones se han librado
desde el principio de los tiempos de una guerra, guerras devastadoras de
millones de muertos, rencillas regionales, conquistas, depredación, esas
lindezas que fabrican algunos sapiens para amenizar su corta estancia en
Hoy en Davos, Carney, sin citar directamente a
MísterPorMisCojones o a Estados Unidos, hablaba de la destrucción del orden
mundial que se estaba produciendo. El Pato Donald, convertido en el gamberro
grandullón de una clase de adolescentes, un psicópata, estaba poniendo en jaque
la mediana cordura y entendimiento que rige la relación entre países de medio
mundo.
Huele a pólvora en este pequeño planeta perdido
en la inmensidad del Universo. Es un mundo en el que puedes dedicarte todo el
día a rascarte la nariz, escribir perogrulladas o regar los geranios sin más,
pero ¡ojo!, que entre el personal siempre va a haber alguien, siempre lo ha
habido, que querrá romper la crisma al vecino, robarle sus pertenencias o
pisotear impunemente a todo aquel que no se someta a su voluntad.
“¡Ojo!” quiere decir que por mucho que quieras
refugiarte en tu huerto, tu humilde trabajo, tu casa, tus asuntos, tus libros o
tus películas favoritas, siempre vas a tener a alguien dispuesto a poner patas
arriba tu pequeño mundo, tus ideas… tu vida entera.
Podríamos pasarnos la existencia, esos pocos
años entre la gestación y el final, en paz con nosotros y con los demás, pero…
Así que a la fuerza, esta mañana mientras pacíficamente rastrillaba las hojas
con las que el otoño había alfombrado nuestra parcela, pensando en mi post de
ayer, lo que se me ocurría es que lo que tendría que hacer para seguir
pacíficamente haciéndome pajas mentales y vivir en santa paz, era marcharme a
otro planeta con alguno de los personajes de Crónicas marcianas, de Ray
Bradbury.
martes, 20 de enero de 2026
Pajas mentales
20/01/2025
Hace un rato estaba en la cima de la Covacha y poco después andaba haciéndome pajas mentales ;-) en el chozo del Cervunal, y encandilado como estoy volviendo a leer estas cosas en cierto libro que escribí hace un par de años, uno que lleva el subtítulo de 100 vivacs en las cimas de nuestras montañas, esta noche creo que voy a sustituir a Thomas Bernhard, Maestros antiguos, que comencé ayer, por los capítulos siguientes que hablan de mis vivacs en el Juraco, el Morezón, el Corral del Diablo y otras cumbres de Gredos.
Me sucede una cosa curiosa. En ocasiones cito un vivac en una cumbre, en el título, y cuando llevo un rato leyendo, aquello no alumbra ningún recuerdo relacionado con la ascensión, por el itinerario que tomé ni nada por el estilo, sino que sin más me encuentro sumido en algunas de mis habituales pajas mentales, que apenas dicen nada sobre lo que acaso deberían decir, el itinerario y sus circunstancias. Así, por ejemplo, en la entrada de la Covacha, me paso el grueso del post reseñando un libro de Martínez de Pisón, que a su vez cita el magnífico libro de Matthiessen para ilustrar la reflexión de cómo un largo itinerario por las montañas llega a ser una forma de vida y pensamiento. Y, claro, me digo, a qué liarme describiendo mi ascensión desde la laguna de los Caballeros si lo que tengo en la mente es una secuencia de brillantes ideas que tanto Eduardo como Matthiessen me han regalado mientras dejaba atrás a mi derecha la bella montaña del Juraco. Recuerdo entonces tan vivamente los últimos párrafos de Eduardo leídos junto a la laguna de los Caballeros, que por fuerza el paisaje, risco de la Ventana y riscos Morenos al sur, casi me pasan desapercibidos. Pisón había sido atrapado por el espíritu del leopardo que el describía y hablaba de un espacio interior donde se incorporaban las grandes rocas, la nieve o los felinos. “Crezco en estas montañas como el musgo”, escribía Matthiessen. Así, siguiendo el curso de sus pensamientos, afirmaba: “Lo que diferencia a los hombres es la voz interior que da sentido a sus vidas”. Y para más abundancia, más abajo: “El yo personal no está aislado, escribe, el yo personal es como agua sumergida en el mar”. Agua dentro del agua, escribía Bataille.
De pajas mentales están mis posts llenos, eso si no son pajas mentales casi todo lo que escribo. El amigo Enrique en el último comentario a mi último post me dice que cuando me lee, le gustaría que no imitara a don Miguel (de Unamuno) y a sus masturbaciones mentales a fin de poder comprenderme sin que se disperse. ¡Ay!, le decía yo, más quisiera un servidor llegar siquiera a la planta del pie a mi admirado, controvertido, y equivocado (en los comienzos de nuestra guerra civil con su apoyo al Régimen) don Miguel. Total, que después de encender el fuego de la chimenea me dio por hacer una loa a las pajas mentales.
En términos generales se dice de alguien que se hace pajas mentales cuando elabora razonamientos excesivamente complicados, rebuscados o artificiosos. Hablamos de un ejercicio intelectual estéril: el pensamiento se alimenta a sí mismo, pero no produce nada fuera de él. Se diferencia de reflexionar o pensar con cierta profundidad en que el que reflexiona busca comprender mejor un asunto, mientras que el que se hace pajas mentales lo que busca (consciente o inconscientemente) es mantener el pensamiento en marcha, es decir blablabla…
Hoy, cuando leí esa expresión en el comentario de Enrique, de repente me entró la curiosidad de abrirle las tripas a ese “hacerse una paja mental”. Quería indagar la diferencia que pudiera haber con el hecho de reflexionar. O mejor todavía, considerar si el hecho de hacerse una paja mental… Una aclaración. Quizás para seguir adelante habría que definir el concepto, un concepto que acaso para mí es una llamada de atención precisamente porque al intentar reflexionar sobre algo uno puede perderse en las anfractuosidades de las ideas como quien camina en la niebla para terminar en un trabajo inútil por encontrar el sendero correcto.
Y sí, quizás esa imagen sea pertinente. Le decía a Enrique, así, sin más, y de manera casi intuitiva, que la necesidad de proveerse de conocimientos “certeros” (para uno mismo, claro) -hoy más que nunca en este mundo un tanto caótico en el que vivimos, en que cada vez más impera la ley de la selva, lo que hace es contribuir a reforzar mis creencias y en consecuencia a mantener a raya aquello que pueda contaminarlas. Y para ello, no lo dudes, le decía, es imprescindible que las pajas mentales no falten. Son la punta del bastón de ciego con la que intentamos orientarnos en la complejidad.
Esta última afirmación se sostiene si tenemos en cuenta la frecuencia con que el pensamiento se dispersa. Hay quien tiene una facilidad asombrosa, inteligencia, preparación, conocimiento, para hilar las ideas con pulcritud y orden. No es mi caso, que necesito darles vueltas y vueltas a las ideas, como quien buscas salida en un jeroglífico, para intentar alumbrar mi propia oscuridad.
En ese contexto diferenciar entre la paja mental y la reflexión no es fácil. Y entonces lo que para un lector ocasional puede parecer un ir y venir por las ideas sin sentido, sí tenga, en quien escribe, la razón de ser de quien tienta por aquí o por allí a la búsqueda de una solución, un sendero correcto. Naturalmente todo esto no invalida el hecho de que cosas que podamos decir o escribir sean perfectamente elucubraciones inútiles. Huelga comprender que decir a alguien que se hace pajas mentales se entiende en muchas ocasiones como una expresión pseudo cariñosa entre conocidos. Obviemente también vale lo contrario.
domingo, 18 de enero de 2026
Nostalgia
19/01/2026
Abandono el fuego de la chimenea y salgo a dar
una vuelta a la parcela. En lo alto Sirio y Orión lucen esta noche
especialmente brillantes. De repente un ramalazo de nostalgia me sube por
dentro. Una mezcla ambigua de placer y tristeza que evoca esas magníficas noches
bajo las estrellas en las cimas de nuestras montañas. Me apasiona la relación
que tengo con la memoria. Hace sólo unos pocos días también la memoria era
objeto de mi escritura. La memoria habla a veces tan alto, tan penetrante es su
llamada que es muy difícil no oírla. Parece estar ahí a la espera de que
cualquier hecho baladí la haga despertar con renovada fuerza. Sin embargo hoy
no eran recuerdos a secas, esa mezcla de placer y tristeza era algo que me
dolía por dentro. Esas más de un centenar de noches de invierno y verano de
dormir en las cimas de nuestras montañas han dejado en mí una honda impronta
que será imposible olvidar.
Recordé más tarde la película de Tarkovski,
Nostalgia. Tarkovski titula la película Nostalghia, con h
intercalada, aludiendo a la raíz griega: Nóstos: regreso, Álgos:
dolor. Algo así como el dolor de no poder regresar. El protagonista, un poeta
ruso en Italia, sufre una nostalgia que se muestra como una herida permanente,
no es una nostalgia del pasado, sino del “hogar”. El pasado no aparece como
algo idílico, como es mi caso, el protagonista, Doménico, exiliado de su tierra
natal, vive el desgarro de la lejanía de su mundo, la tierra, el lenguaje, lo
espiritual, lo cotidiano.
No se trata de impostar con esta referencia a
Tarkovski mi propia nostalgia, sino intentar de encontrar a partir de ella un
paralelismo conceptual sobre la calidad de la misma. Mi lejanía, que todavía no
sé si es real o se trata de una lejanía demorada, tiene ese carácter de dolor y
tristeza de quien evoca lo vivido con la duda de si “cualquier tiempo pasado
fue mejor”. No me gustó nunca la actitud plañidera de aquellos versos de Jorge
Manrique a la muerte de su padre.
El protagonista de Tarkovski evoca su tierra, su
“hogar”, desde la certeza de su destierro. Mi evocación se mueve en un entorno
marcado no tanto por la imposibilidad de volver a “mi hogar”, esas noches bajo
las estrellas, como las que suscitan mis dudas o mi falta de voluntad y
motivación. Para Ortega, ya que don José y su Ideas y creencias han vuelto a aparecer en el último comentario
del amigo Enrique, la creencia es como salir del portal de tu casa y
encontrarte lo usual, la panadería enfrente, el tráfico acostumbrado, un par de
jubilados al sol, el cielo de todas las mañanas. Si salieras del portal una
mañana y te encontraras una playa o las dunas del desierto te sorprenderías. Las
creencias son esa certezas con las que vivimos desde ni se sabe cuándo. Pido
para que no parezca que cojo el rábano por las hojas, un pequeño esfuerzo que
me permita relacionar mi hábitos de tantos y tantos años, la certeza de que
nunca faltaría a mi cita habitual con las cumbres, con mi particular
“creencia”. Si se asume así lo que
sucede es algo parecido a lo que experimentaba aquel vecino que sale a la calle
y en lugar de encontrarse lo habitual se encuentra frente a sí un paisaje
extraño y desconocido.
Vamos, que descolocado como puede encontrarse un
tal vecino, no es raro que a mí, en situación parecida, me dé un ramalazo de
nostalgia cuando salgo a la parcela y me encuentro con Sirio y Orión en el
firmamento.
La evocación de la patria y el hogar por parte
del protagonista de la película de Tarkovski se presenta como una consecuencia
de su exilio y su escisión interior. Aquí la sangre no llega ni mucho menos al
río, pero, sí, algo de esa escisión se está produciendo en un servidor. Una
escisión que puede con un poco de voluntad convertirse mejor en un tira y
afloja con uno mismo que acaso requiera todavía un estado de ánimo a la altura
del frío y del esfuerzo que necesitaría para volver a las andadas. Recuerdo que
en cierta ocasión Messner después de mucho tiempo de preparación para una de
sus arriesgadas ascensiones en el Himalaya, llegado al pie de la montaña decide
recoger sus bártulos y marcharse de nuevo a casa. Lo explica con sencillez, su estado de ánimo no estaba a la altura del reto que le esperaba en aquella montaña.






