jueves, 27 de agosto de 2026

La naturaleza sutil de pensar el futuro

 


26/08/2026  

Dirá con razón alguno leyendo uno de los últimos posts (Nos estrellamos contra preguntas esenciales) que por mucho que uno quiera, eso de considerar interrogantes esenciales de la vida roza con mucho el hacer simplemente literatura, algo diferente a lo que el amigo Enrique se refería cuando consideramos la necesidad  de acomodar la realidad de los muchos años a la lógica de la caducidad que tiene toda vida. Que bien, pero a lo que mi naturaleza algo rebelde constantemente le pone peros por mucha razón que tenga el amigo.  

Por otra parte hacer literatura, dar rienda suelta a una supuesta profundidad que acaso sólo vive en las circunvoluciones del cerebro que lo expresa, la verdad es que suena bonito, sí, ese bullir de pensamientos que quizás sólo es eso, bullir, la efervescencia de los productos que genera el cerebro. Y vivir, por más que queramos sublimar, dar consistencia a lo que nos dicta el pensamiento, tendría acaso mucho de la ilusión que puede impostar nuestra proyección sobre el futuro.  

Recordaba hace un momento al fallecido amigo Antonio Montes. ¿Qué eran todas esas sus ideas, sus proyectos, el amor a su hija, la estima de los amigos? ¿La llama de una vela que se consumió? Ya no vives. Los pensamientos, los pesares, los conocimientos ¿Qué son en definitiva? Los pensamientos no se tocan ni se pueden manipular físicamente, tienen una consistencia sutilmente vinculada a la vida. De lo que era él surgieron ideas que adquirieron vida propia, el trabajo, sus cuadros, una concepción de la realidad política y social, una clase de vida que se puede transmitir a otros y que puede actuar sobre los otros objetivos, sobre la realidad. Generamos ideas, como quien diera a luz a un nuevo ser, sólo que su consistencia no es material. Estarán ahí mientras que existe algo, alguien que pueda interpretarlas.  

Dos conceptos, lo material, un cuerpo, y lo que esta materia puede generar de consistencia no material, que no es accesible a nuestros sentidos, aunque sí a nuestra capacidad de razonar. Los hechos, que tienen la capacidad de transformar tanto la materia como los pensamientos, a su vez pueden tener sus raíces tanto en otros hechos materiales como inmateriales. ¿Qué relación existe entre el cerebro que genera unos pensamientos y las consecuencias materiales producidas por los mismos? ¿Qué es más consistente un pensamiento o una piedra? 

Una idea no pesa, no ocupa un lugar como una piedra, no puedes cogerla con la mano. Y, sin embargo, una idea puede hacer que un hombre construya una casa, abandone a alguien, escriba un libro, se suicide, ame, vote, mate o perdone. Así ¿puede algo que no tiene existencia material tener efectos reales? Y más ¿somos únicamente aquello que sucede dentro de nuestro cerebro mientras estamos vivos, o también somos aquello que conseguimos provocar fuera de nuestro yo ahora o en el futuro? Es claro que sí. Desaparece el sujeto, pero no necesariamente desaparecen todas las consecuencias de su existencia, de sus actos. En este punto se podría argumentar que quizás escribir sea precisamente sacar algo de la intimidad de un cerebro y conseguir que exista, de otra manera, en otros cerebros. Sin embargo, y en lo que concierne al sujeto actor, a burro muerto, cebada al rabo.  

Y aquí sobreviene un asunto interesante, el de vivir para sí, ajeno a lo social o el de hacerlo para otros o la posterioridad. Y ya puestos y trayendo por las orejas alguna idea de Darwin, el hecho de que nuestras ideas puedan ser un elemento determinante en la evolución del hombre y la sociedad, podría interpretarse como un importante elemento de evolución, de parecida manera a como las hormigas y abejas evolucionaron como seres sociales. Las ideas de los hombres serían el equivalente de la aportación que la evolución hace en el desarrollo de los insectos llamados sociales. La aportación constante de nuevas ideas a lo largo de la historia del hombre habría seguido un rumbo paralelo al de la evolución de las abejas, un comportamiento de la Especie que en todo momento opta por la supervivencia, se daría en el hombre igualmente, bien que en el hombre, al aparecer la inteligencia en cierto momento de la evolución, se produzca una quiebra que interrumpe el ritmo evolutivo de la Especie para constituirse, por intrusión de la inteligencia, en una amenaza para la natural evolución, precisamente por la capacidad modificadora, al margen de la propia evolución, que el hombre ha llegado a adquirir en el ritmo de la supervivencia de los más aptos. Los que antes eran más aptos tenían más posibilidades de vivir más años, mientras que los que podemos llamar en la actualidad más aptos, digamos los que dirigen económica y políticamente la sociedad, no son, pueden no ser,  biológicamente los más preparados entre los sapiens sapiens. La inteligencia ha logrado evadir la lógica de la evolución para crear su propia lógica.

Es una extraña capacidad la que tenemos de lo que no podemos tocar, la inteligencia, para transformar aquello que sí podemos tocar, la realidad corriente. La interrelación entre lo que no podemos tocar ni manipular, el pensamiento, y la realidad tangible y material, con ser tan evidente, no deja de ser algo un tanto misterioso e inaprehensible. El hecho de que una realidad que se genera en el cerebro, algo no material, provoque más allá de la abstracción la posibilidad de una transformación material, llama a investigar un mecanismo, una relación entre lo pensado y sus consecuencias cuya complejidad se me escapa.  

Y sin embargo, volviendo al principio, y relacionándolo con esa realidad por venir, Enrique se refería a ese futuro de la edad madura que nos espera a todos, encuentro que mucho más que vivir esas páginas que todavía nos quedan por escribir, que, pienso, se refiere a hechos, y que acaso puede relacionarse con la diferencia de la que hablaba Séneca en una carta a Lucilio, y que recogí aquí hace tiempo pero que no localizo ahora, la diferencia entre el existir y el vivir; mucho más que vivir ese tiempo que nos queda al modo de existir, lo que correspondería sería hacer de ese tiempo una intensa relación con nosotros mismos y con el mundo que habitamos. Ja… ¿cómo?, diría alguien. No, no se dan duros a peseta, que cada cual saque sus castañas del fuego, que diría alguno. 

No es lo mismo decir de alguien que ha existido 80 años, como decimos que existen los árboles, caso de que valoremos la vida por su duración y sus hechos corrientes, que haber vivido con esa fuerza que expresa Neruda con el título de sus memorias: Confieso que he vivido.  

Aunque, quién lo duda, contemplar pasar las estaciones como se siente la brisa de un final de verano, siendo plenamente consciente del instante que vivimos, tenga también mucho de apetecible.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 26 de agosto de 2026

De nuevo con los chicos y chicas del Navi

 

Obviamente ésta es de otro día y otras circunstancias

26/08/2026

El agua de los aspersores rocía la parcela frente a mi ventana. Regreso de una nueva salida con la buena gente del Navi y me gustaría recrear algo de los aledaños de nuestra excursión. Existe un puñado de cosas que puedo hacer esta tarde pero el buen sabor del encuentro me deja con las ganas de pergeñar algo, ya se sabe, esa necesidad de expresarse, que no es lo mismo que la charla del amigo Laure, que hablaba por los codos mientras bajábamos yendo de un tema a otro sin solución de continuidad, viejo amigo él siempre tan apasionado del monte y la charla. Siempre que salgo con estos amigos son tantos los asuntos que suscitan las conversaciones con unos y con otros, que ganas me dan siempre de llenar cuando llego a casa el resto de la tarde reviviendo algo de los sucesos del día. 

 Hacía bastante que no salía con ellos y esta mañana antes de encontrarnos tenía el temor –ah, mis problemas de memoria, ese rastro que ha ido dejando en mi cerebro mi reciente estancia en el hospital…– de haber olvidado la mayoría de los nombres, pero no fue así; se ve que mis neuronas viendo los rostros, dando y recibiendo abrazos, se despabilaron y fueron capaz de encontrarle el nombre a la mayoría de los rostros. Jodida historia esa de que los nombres de amigos se te puedan evaporar en las circunvoluciones de la materia gris del cerebro, pero que en cierto modo se va ajustando poco a poco, en unos más que en otros, a los añosos tiempos de una existencia que camina decididamente hacia los dominios de la nada. Eso para unos, que para otros como Ángela, la cosa es diferente, que me lo decía durante la comida cuando yo hacía alusión a nuestro “hasta aquí hemos llegado”; se acabó la fiesta; punto final. No, ella, muy segura todavía, esperaba después de abandonar este planeta en algo más allá de donde termina el perejil.

Tiene algo de fascinante este charlar con unos o con otros, interrumpir conversaciones y asuntos, seguir pegando la hebra aquí o allá, mientras el sendero bajo nuestros pies, amarillo tostado todos los alrededores, allá, despuntando entre los pinos los picudos riscos de la Pedriza, amados compañeros por donde el grupo, cargado cada vez más con octogenarios, septuagenarios y algún/alguna que otro/a a los/las que los achaques les obligan a mirar de lejos las montañas de otro tiempo. Digo fascinante, porque aunque fuéramos entretenidos con las conversaciones no se me escapa el leitmotiv que me rondó por la cabeza durante todo el recorrido y parte de la comida. El decurso del tiempo, ese nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar… manriqueño, estaba presente en el aire. Casi todos nos conocemos desde hace más o menos medio siglo, amantes empedernidos de las montañas de las que seguimos hablando como si ellas fueran parte esencial de nuestras vidas, Julián Salazar y Laure recordando nombres, la inauguración del refugio Goriz; yo mientras pensando en un mes de junio, mi primera salida al Pirineo, con Emiliano de Diego, corría el año 1966; dos novatos al día siguiente conducidos por Solis y Julito, entonces para nosotros expertos montañeros, hasta el collado del Cilindro (ah, descubrir tantas montañas por primera vez, nuestros ojos novatos embobados con la Munia allí enfrente, con tantas montañas que se extendían hasta el infinito del horizonte). Un medio siglo en donde cabe tanta vida, tantas experiencias, tanto amor por valles y montes, tanto, tanto, que cuando uno piensa que se tiene que morir, irremediablemente se le ocurre que es una lástima, una lástima que toda esa vida, esos enormes manojos de vivencias en definitiva terminen desapareciendo en la nada. Durante la comida hablaba con Chelo, me contaba de sus nietos, de la bonita y entrañable relación que tiene con ellos y, a diferencia de mi pensar en mi experiencia de las montañas, encontraba que al menos Chelo y Poisón y todos los que tenemos hijos, más allá de la nada que se nos tiene reservada, la llama de la continuidad, como la antorcha olímpica, permanecía en nuestra descendencia. 

Tiene cojones, las cosas que se me ocurrían pensando en nuestro añoso ya vivir. Decía más arriba que muchos nos conocemos desde hace más de medio siglo. Pues sucede que como yo sólo aparezco de vez en cuando por las salidas del grupo, pues que miro todo acaso con más perspectiva, me llama la atención el asunto de la edad, cómo todos vamos cumpliendo años, cómo vemos la vida cada uno desde nuestra añosa condición, y entonces se me ocurre divagar sobre esto o lo otro, la vida, los años, nuestros pesares y alegrías, esas cosas que viven por dentro de cada uno y nos hacen cosquillas en el tejido del alma. Porque alma sí que debemos tener a juzgar por la alegría y el cariño que destila este grupo de veteranos “vejetes”. Dicho con cariño, no se vaya a enfadar alguno, porque a mí cuando me sale de las yemas de los dedos esa palabra, vejete, lo que destila la idea es una enorme sensación de paz, una sensación que me viene especialmente hoy de escuchar a Chelo hablar de sus nietos y de la vida en general, esa su alegría con Poisón de quien está a las mil maravillas hermanada con su existencia. Caminar por la vida, y especialmente cuando se tienen muchos años, con esa entereza, esa alegría… ¡carajo!... ¡qué gustazo!

Tendría materia para mucho más, las “incidencias”, es decir los problemas de la pierna de Ángela, el gusto de volver a encontrarme con Adolfo, Pedro, con Paco, Emilio, Mari Carmen, con todos, la charla a última hora con Paco y Julián, conversación con amago de altura, allí de pies, como quien está en la cola del autobús y de un momento a otro cada cual saldrá pitando camino de su casa. Y como terminamos hablando del distinto comportamiento que vivir en una latitud u otra del mundo instila en sus habitantes, y como Julián mencionara la película Laponia, un asunto el ver cine para el que la motivación poshospitalaria todavía no me había llegado, pues que esta noche intentaré hincarle el diente a la película,  asunto, quien lo diría, el de nacer en distintas partes del mundo, que parece condicionarnos mucho más de lo que creemos.

De estas salidas siempre me queda la sensación de no haber aprovechado lo suficiente el momento. La gente mayor me llamó desde muy joven la atención. Tanta vida acumulada por fuerza puede destilar esencias tan variadas e interesantes como para saciar la curiosidad más exigente. Pero… la hora de cada mochuelo a su olivo terminó por llegar… Besos, abrazos, ciao, hasta la próxima semana…






martes, 25 de agosto de 2026

En la isla de Tilos

 


25/08/2026


Había dado la vuelta a leído mundo, seis meses de viaje por Asia y África y al final, saturado de la presión humana que supone el continente africano, decidí tomar un avión en Nairobi que me dejaría en Grecia. Allí tomé un barco y elegí una pequeña isla para pasar unos días. Quizás recordéis un hermoso relato de Cortazar en donde cuenta la historia de un viajero que atraviesa el espacio aéreo del mar Egeo, se asoma por la ventanilla y queda prendado de una pequeña isla que ve allá diez mil metros más abajo, solitaria, ideal para su estado de ánimo que busca encontrarse consigo mismo frente al mar. Dos días después, tumbado en una playa de aquella isla contempla el paso de un avión que hacía la misma ruta que él siguió días atrás. Creo que fue ese relato el que me inspiró para antes de volver a casa dar casi por terminado mi viaje alrededor del mundo. Lo incluyo hoy aquí después de un largo día de médicos que necesita algo parecido, el sosiego de la soledad y el mar. 


o O o

 

Isla de Tilos, Grecia 

13 de septiembre de 2007

 

Las olas chapotean cadentes y reiterativas sobre los guijarros un poco más allá en donde sentado contemplo la tarde. A lo lejos, detrás de la línea del mar, las montañas de la costa turca son un desvaído perfil de grises que se va apagando poco a poco con las luces del crepúsculo. Un peñasco frente a la playa, que a poco de mi llegada tenía un intenso color granate, ahora ofrece la forma de un bisonte que moja los belfos en el mar. La brisa sopla de tierra bajando de las lomas, donde los olivos, viejos y asalvajados, abandonados décadas atrás, forman pequeñas manchas de color. Unos sauces, algunos cercados de piedras donde antes se guardaba el ganado, y prados agostados donde pastan algunas cabras. No es fácil imaginar este pequeño paraíso solitario después del multitudinario aluvión de turistas de ayer. Sólo he necesitado caminar una hora para encontrarme la soledad de la playa y el mar para mí solo.

Tilos es una pequeña isla que se puede recorrer en unas pocas zancadas. Hoy, después de que atracará el ferry, opté por un camino que trepaba en la falda de la montaña próxima. La trocha atravesaba un pequeño barrio encalado en donde el juego del blanco y del azul del mar, una bella estampa rural que se repite en todas las islas del Egeo, me recordaba las costas de Túnez, unas docenas de bellas diapositivas tomadas en Cartago treinta años atrás.

Es un día muy especial. Se me ocurrió sin más cuando el barco rozaba la costa antes de atracar en la localidad de Livadia. Tras los acantilados se adivinaban ensenadas solitarias donde probablemente no sería difícil encontrar un lugar para dormir. No tengo saco, voy con lo puesto, pero el atractivo de encontrar una playa solitaria en donde pasar la noche oyendo el ruido del mar supera la posibilidad de las incomodidades. Así que me acerqué a un supermercado, me hice con algunas provisiones y tiré camino arriba siguiendo la línea de la costa.

Ahora anochece, cadencias de olas. Ni siquiera me apetece abrir un libro, mirar los versos de Carlos Marzal o seguir con la novela de Pamuk. El agua es como un sonajero, me adormila su rumor mientras miro a lo lejos cómo se van fundiendo los azules de las montañas y el mar se van apagando hasta adquirir el color más denso de la ceniza, tonos de plata vieja que no tardarán en ir cubriéndose de la herrumbre oscura de la noche.

Hay demasiada gente en el mundo; eso o que vivimos lejos de la naturaleza. Hoy me doy cuenta de lo mucho que echo menos este silencio lleno de olas, los peñascos, el duro suelo, yo solo dentro de todo esto; como amigos que se encuentran, como amados en silencio recogiendo de la brisa los murmullos de los olivos; esas estrellas que van saliendo poco a poco sobre el zenit, recordándome a quién me debo, cuál es mi mundo, a dónde debo regresar constantemente, humildemente. Porque aunque el hombre haya hecho maravillas desde el principio de los tiempos, basta una tarde, noche ya, como ésta para que todo el sosiego que la vida necesita se aglutine alrededor de un trozo de naturaleza.

Una noche para soñar con los largos viajes marinos bajo las estrellas. Algo que habré de encargar a los dioses para la siguiente reencarnación; los años de la vida no da para todo. A mí en ésta no me cupo mucho más que mi querencia por los largos correteos por las montañas; espero que en la siguiente se me reserve algo del fondo marino y algunos viajes a vela alrededor del mundo; un sueño del que tiene la culpa un tal Julio Villar y su ¡Eh, petrel! No, nada de odiseos, que estaba un poco loco; mejor hacerse con toda la gratuidad del mundo y vagar interminablemente alrededor del planeta a la búsqueda de uno mismo.

Preparé mi vivac junto al agua. Vida elemental: el macuto haría de almohada y una toalla de lecho. Después fue aflojarme los cordones de los deportivos, estirarme en el suelo y mirar las estrellas; arriba del todo Casiopea, más allá el Triángulo del Verano, sobre las sombras de las colinas la Osa Mayor, y encima ese río de leche por donde dicen que orientan sus pasos los peregrinos camino de Santiago de Compostela. Millares de estrellas transmitiendo un relajado sosiego a mi ánimo.

Cuando desperté la línea del horizonte había empezado a iluminarse de miel y ámbar; después el mar salió de su negrura y se hizo azul prusia; las aguas embestían con fuerza sobre los peñascos cercanos dejando tras cada golpe el murmullo de los pequeños cantos rodados que resbalaban hacia la orilla.

Salió el sol, la temperatura se hizo tibia, me despojé de toda la ropa. Mi cuerpo era otro elemento más entre las piedras, la hierba agostada, las olas. Fue imperativo celebrar la venida del día fornicando con la madre tierra; y cerrar los párpados y sentir el universo como un canto, como si la brisa y el agua estuvieran silbando sotovoce aquella música de Haendel para mí solo.

Más tarde apareció el inglés con el que había compartido la playa el día anterior. Me oyó comprensivo durante un rato hablar de constelaciones, de soledad, de la magnífica noche que precedió a la mañana. Una cortés cháchara de vecinos.

Con el sol ya alto di cuenta de un poco de queso, un melocotón y medio brick de leche. Después me dispuse a mirar el horizonte. Hoy era mañana de tomar el sol en cueros.


Los más aptos

 


 25/08/2026

Hoy cambié el mirador del pinar sobre Gredos por un apacible asiento público frente al hospital Montepríncipe, una pausa en esas cinco citas médicas que tengo esta mañana. Espero/esperamos; una agradable brisa cruza el pinar en donde estamos. Hablábamos hace un rato de un tema que se repite hasta la saciedad en nuestras conversaciones, la estupidez generalizada que recorre el mundo y, junto a ella, lo agradable que resulta encontrarse con gente normal, gente amable, empleadas del hospital dispuestas a hacerte agradable tu tránsito por esta institución. 

Sin embargo, no hay tu tía, la Especie, sí, con mayúsculas, va a su bola. En algún momento del nacimiento de este planeta surgió un pequeño ser vivo y durante miles de millones de años éste se diversificó, evolucionó, y aquí están, un gran puñado de sapiens, producto de una lucha por la supervivencia, los más fuertes, los más adaptados, también los más locos de remate (en general), que como producto de la eficiencia del cerebro, que no del buen hacer ni de la moral, tratan de seguir la lógica del gen egoísta. Y echo un vistazo a las hormigas, tantas en formación de una o a dos, que cada mañana tengo que sortear en mi tiempo de caminar, y encuentro que la Especie, tan aleatoria, tan sin control, algo nos podía haber transferido del hacer de las hormigas, una evolución como en las abejas, que trabajara en la dirección del bien común… por ejemplo. Pero, amigo, la eficiencia nada tiene que ver con la moral o la justicia, la eficiencia termina merendándose al pez chico, y si éste es camarón, ya se sabe, camarón que se duerme se lo lleva la corriente. La eficiencia, eso que Darwin llamó la supervivencia del más apto, se quiera o no termina por imponerse por más que queramos dar sobradas interpretaciones a qué es eso del más apto. El más apto puede ser el más cabrón, el rufián que sabe apañárselas para extorsionar al personal, aunque, no faltaría más, no hay que ser tan terco para no ver que entre los más aptos también hay gente con un excelente sentido de la moral. 

De todos modos son tantos los locos de este mundo, tantos, cuyos valores más codiciados, poder, pasta, etcétera, que no falta entre el resto del personal una multitud cuyo deseo a toda costa sea emular a tan privilegiada clase.  

Me temo que esta clase de exabruptos que me salen de tanto en tanto en mis posts, tienen bastante que ver con la edad que voy teniendo. Vamos, que es como si me subiera a un monte muy alto y desde su cima contemplara el percal de mucho de los que se cuece allá abajo. Yo imagino que la edad cura de muchas enfermedades, cosa bien lógica cuando contemplas cada vez más cerca que el camino termina entre el perejil; lo que no quita para que insignes y añosos locos sigan estando en las musarañas. Y el que tenga oídos, que oiga. 

La verdad es que era sumamente agradable la brisa que acariciaba el pinar, pero había que irse, la siguiente cita médica era con la anestesista, una mujer que pasó largo rato contemplando mi complejo historial médico sobre la pantalla de su ordenador. Sí, también debe ser cierto que las enfermedades, ese poquito por el que te has librado de palmarla, agudiza tu olfato para percibir las pequeñas sutileza que acompañan los años de la vida. Si una enfermedad grave a esta edad te hace viejo de repente, también es cierto que te hace más clarividente cuando echas una ojeada a alrededor, a nuestras inquietudes, a nuestros deseos. Ya no son aquellos tiempos de  «era un niño que soñaba / Un caballo de cartón». Ahora es tiempo de al pan, pan y al vino, vino. Nada de andarse con gilipolleces, nada de confundir quien manda en uno. Hay quien piensa que son ellos los que tienen pasiones o grandes, deseos cuando en realidad lo que sucede es que esas pasiones y esos deseos son quienes mandan en ellos. Las pasiones les tienen agarrados por los huevos y no se enteran, no son ellos los sujetos agentes de sus vidas, sino sus víctimas.  

Una vez más la Especie hace de las suyas. Los más aptos, mejor muchos de los más aptos, terminan siendo los más gilipollas de la corrala en que les ha tocado vivir. Podéis contemplar esa imagen que incluía ayer en mi post donde un bebé con babero bastante grandecito jugaba con un portaaviones. Uno de tantos aptos, sí, que pueblan el planeta Tierra y que son la envidia de tantos sapiens de a pie.  

Bueno, pues yo había leído esta mañana un comentario del amigo Muñiz y, ni corto ni perezoso, mientras esperaba mi siguiente cita, me puse a contestarle, pero como me sucede tantas veces estando en los prolegómenos me fui por peteneras y hasta me olvidé de que lo que estaba haciendo era contestar al amigo Muñiz. Así que voy a releer su comentario a ver si puedo entrar en materia, que aquí de lo que se trata es de pegar la hebra con aquellos que te buscan las cosquillas, como sucedía el otro día y que él me confirmaba posteriormente. Pegar la hebra, curiosa expresión que viene del mundo de la costura, juntar un hilo con otro para hacer algún tipo de trabajo, es decir, juntar unas palabras con otras con finalidades diferentes, ya sea por simple divertimento o para aclarar determinada labor mental que requiere la concurrencia de eso que llamamos inteligencia. Así que aunque esto se alargue como estoy en vena…  

Habla Enrique de esa tendencia que todos podemos tener a volver una y otra vez sobre determinados episodios de la propia vida, como si al releerlos pudiéramos encontrar en ellos alguna respuesta que no encontramos cuando los vivimos. Es una probabilidad que sea así, pero creo que no. Buscarle razones a comportamientos que hemos tenido es instructivo, pero yo no descartaría la principal razón que se me antoja que puede ser la razón de la sin razón, y que suele ser más abundante de lo que creemos. Citaba por aquí días atrás a Picasso que ante la pregunta de alguien que le preguntaba que por qué pintaba, respondía que no había porqué, que pintaba simplemente. También comentaba sobre la tendencia que todos podemos tener a volver una y otra vez sobre determinados episodios, como si al releerlos pudiéramos encontrar en ellos alguna respuesta que no encontramos cuando los vivimos. Nos movemos, le diría a Enrique, con sistemas de medida diferentes.  Para mí “volver una y otra vez sobre determinados episodios de la vida” no es una búsqueda de respuestas entonces no resueltas, más bien creo que se trata de un simple ejercicio de reafirmación del yo, especialmente cuando nos detenemos en aquello que ha dado consistencia a nuestras vidas, es la actitud del pintor que de tanto en tanto tiene que alejarse del lienzo que está pintando para verlo en perspectiva. Vernos en distintos momentos del pasado, si hemos vivido acorde con nuestro sentir esencial, no es una búsqueda de respuestas insatisfechas, sino un ir detrás de esas pepitas de oro que quedan retenidas en la batea de la memoria como preciado recuerdo del pasado. 

Agarro el texto de Enrique por el final y atiendo a lo que decía un amigo que era la vida. La vida, me decía él en cierta ocasión, no es otra cosa que hacer esto, lo otro o lo de más allá. Esto, lo otro y lo de más allá que satisfaga tus gustos y si es posible que alimente ese ser interior del que constantemente habla Joseph Conrand en alguna de sus novelas. Pero puntualizando, naturalmente, que no sea el caso de que ese ser interior no esté podrido, como puede ser el caso de esa errada evolución del ser humano que pone sus miras en etcétera…

 

 



domingo, 23 de agosto de 2026

Nos estrellamos contra preguntas esenciales

 


23/08/2026

Esta mañana no escribo desde el pinar. Me levanté a las seis de la mañana y he comprobado que entre los ejercicios de mantenimiento y la bicicleta estática ha trascurrido hora y media, así que aprovecho la primera hora del día para despertar a mis neuronas que también tienen su derecho a ser puestas en disposición de comenzar adecuadamente un nuevo día. 

El amigo Muñiz compara en esta ocasión los años de la vida con un libro y, siendo que ambos debemos de estar en las cercanías del epílogo, considera que “es inevitable que, de vez en cuando, sintamos cierta añoranza por épocas pasadas y volvamos a recorrer algunas de aquellas páginas que fueron importantes para nosotros”. Considera un problema, sin embargo, que podamos entretenernos demasiado tiempo en ellas porque de esa manera dejaríamos de escribir las páginas que nos quedan por delante. Enrique respira un conformismo que responde a la realidad patente de la disminución de nuestras posibilidades, capacidades, etcétera que vamos sufriendo con la edad. Sí, tiene toda la razón del mundo, sólo que lo que media en ese tránsito de la edad madura es de una densidad emocional que por mucho que queramos no podemos ventilar con un paquete de buenas razones. Las buenas razones, como las intenciones, recuerdo aquel dicho de que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, son válidas, pero por mucho que queramos alentarlas la única verdad es que la lucha soterrada que mantiene el hombre con la vejez, la muerte, el amor, y tantas cosas más, dista muy mucho de la sencillez bienintencionada que propone mi amigo. Las razones, tantas veces válidas, no es yantar que alimente al hombre que en lucha consigo mismo trata de definir los porqués de la existencia. El hombre de carne y hueso de Unamuno está hecho de una complejidad que sobrepasa el esquema sencillo de trasponer los hechos de la vida a las páginas de un libro, una concepción lineal que es imposible que recoja la profunda abstrusidad de la existencia. 

Últimamente leo, me leo, en libros que fueron recogiendo mis experiencias de viaje por Oriente y África, y la sensación que saco de esta lectura es que mi yo, el de hoy, está hecho en mucha medida de la sustancia del entonces. La larga escritura, las reflexiones, el contacto con la gente, etcétera, dan muestra del resultado que la interacción con las circunstancias produjeron en mí y que hoy, como quien se pregunta quién eres, de qué está hecho tu yo y qué resulta de tu relación con el mundo, adensan en mí una compleja percepción de la vida que ni mucho menos se resuelve en una concreción de perfiles definidos. Los límites del lenguaje acaso muestran los límites de mi mundo (Wittgenteins). Es posible, aunque lo dudo; lo que creo que sucede es que mi lenguaje no es capaz de acceder a las profundidades del yo, es una herramienta que se muestra, acaso por educación o incultura, inadecuada para dar respuesta a muchas preguntas que nos sobrepasan. La sobada cita orteguiana de yo soy yo y mis circunstancias, es un simple enunciado que apenas nos dice nada sobre la realidad que enuncia. 

Nos estrellamos contra preguntas esenciales y así cuando tratamos de buscar respuesta, es fácil que nos salgamos por la tangente. No es tan dilatado el tiempo de nuestras vidas  como para que no lleguemos a sentir en el instante presente como una totalidad el yo que es toda nuestra existencia. Vivimos cada instante como presente, pero ese presente contiene de algún modo toda nuestra continuidad personal. El niño que fuimos, el hombre que somos y el que imaginamos llegar a ser, están presentes en todo momento en nuestra conciencia. Y quizás de esa idea se desprende de algún modo nuestra concepción del yo del futuro que, con toda seguridad, va a tener que litigar con la otra realidad, no experimentada todavía, del futuro que proyectamos. Somos lo que somos y hemos sido y desde ahí es de donde proyectamos nuestra imagen futura, imagen que se convierte en fuente de conflicto personal cuando prevemos que en el yo de siempre, de hasta ahora, se puede estar produciendo una fractura por imperativos de la edad o la salud. Una fractura dentro del yo, que no deja de ser yo por ello, pero que se puede percibir como un dejar de ser el yo con el que estamos familiarizados.  

Si en este punto, a la luz de las teorías de Einstein, echáramos mano del concepto filosófico “presente”, esa especia de presente continuo que sería el tiempo de la vida, y añadimos para más abundancia su afirmación de que “El pasado, el presente y el futuro son sólo una ilusión”, el embrollo es tal que obliga a plantearnos si realmente poseemos las herramientas con que poder explicarnos, y suponiendo que fuéramos capaces de hacerlo teniendo dichas herramientas. Nos estrellamos contra preguntas esenciales porque intentamos responderlas con conceptos —tiempo, yo, existencia, mundo— que quizá no son capaces de contener aquello que queremos preguntar. Y así contemplamos perplejos algunos de nuestros contenidos de conciencia con parecida impotencia con la que podríamos escuchar las palabras de un extraterrestre. 


sábado, 22 de agosto de 2026

¡Mamá, teta…!

 


22 de agosto de 2026 

Pues sí, repaso mis últimos post y encuentro que satisface bien una parte de su cometido, que es sacarme del adormilamiento. Sí, que en ocasiones no querría otra cosa que dormir indefinidamente, más o menos como sucede a una buena parte de los sapiens aunque ellos no se den cuenta. Dejar de pensar, dejar de interrogarte, ese mundo feliz en el que uno no parece enterarse de otra cosa que no sea alimentarse, dormir o ver un partido de fútbol. 

Ser feliz, que a uno le toque la lotería y pueda pasarse el resto de la vida rascándose la tripa, lo que Unamuno llamaba la fe del carbonero. La verdad es que no estaría nada mal practicar por largas temporadas esa fe. ¿Te duele el mundo o a tú mismo? Pues a dormir se ha dicho. Quizás cuando despiertes se te ha pasado, los estúpidos de este mundo, algunos que lo gobiernan, han desaparecido, acaso tus endorfinas, tu dopamina, esas cosas, han estabilizado tu animo y ahora ya puedes disfrutar de la cálida brisa de la tarde. “No leer, / No sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / Y vivir como un noble arruinado / Entre las ruinas de mi inteligencia». Siempre me parecieron excesivamente pesimistas estos versos de Gil de Biedma. Ahora no me lo parecen tanto. ¿Por qué será?, me digo irónicamente.  

Es una tarde cualquiera de finales de agosto. Nunca en los últimos veinte años he pasado el verano en casa. Un automóvil para que marche necesita gasolina, y si no ese trasto no se mueve. A los sapiens, o al menos a mí, les sucede algo parecido. Mi carburante está bajo mínimos, los Alpes quedan lejisimos, las motivaciones… blablablabla. Ojo, tío, que estás en mal camino. O lo dejas aquí o te buscas otro sendero menos transitado.  

Ayer tuve tres citas médicas y el lunes serán cinco, y para primeros de septiembre tendré que pasar tres veces por quirófano… Ya, ya, vale.  

Hoy caminé por los alrededores de casa, la ruta larga, unos ocho kilómetros con subidas y bajadas. Llegué derrengado, mucho más que días anteriores subiendo a Peñalara. Esto no lo entiende ni Dios. Así que mi ánimo dio un bajón. Ahora trato de meterme en el coco que la próxima semana tengo que vivaquear en la cumbre del Morezón, pero no llego a creérmelo del todo. En su lugar me pregunto si eso de los vivacs no será una fijación infantil, el chupete al que recurren los bebés para calmar su inquietud. Quizás seamos todos unos bebés a la búsqueda de nuestro chupete correspondiente. Fijaros si no en ese señor, el tal Trump constantemente pidiendo un chupete, un portaviones con su nombre, un museo , un aeropuerto, etcétera. Ya lo retraté en una ocasión con un chupete y rodeado de juguetes propios de bebé.  

Los psicólogos, muy concienzudos ellos, ponen nombres complicados a estas cosas, pero no nos engañemos. Así que a esta altura de mi texto ya estoy pensando que lo único que me pasa es que la clase de chupete que yo quiero no está a la venta y entonces lo que toca es la rabieta correspondiente.  

 

 


Camino de Peñalara

 


 

Yo ya no soy yo 

Ni mi casa es ya mi casa. 

(Cancionero gitano. Lorca)  

 

Cada vez me acucia más la sensación que me empuja a decirme a mi mismo en qué época vivo. Porque seguro del todo no estoy. Disfruto, sí, nuevos descubrimientos y técnicas pero mi espíritu no va acorde con los tiempos que corren, me siento lejos, como si mi tiempo, aquel en que se desenvuelve mi vida, hubiera acabado . Lo pensaba hace un par de días subiendo a Peñalara en la oscuridad de la noche. Ni siquiera aquella ladera de Dos Hermanas era la misma. Sí lo era sin embargo la lejana media luna que ocupaba el cielo a mi espalda. También sentía que yo ya no era yo, al menos en parte. Hasta qué punto, me preguntaba, las circunstancias hacen de uno no quien es sino otro que en ocasiones reconocemos de mala gana y con reticencias. Y entonces soy yo y mis circunstancias o es que acaso he dejado de ser yo.  

Va, un rollo. Lo que me jodía es que más allá de Dos Hermanas me había parecido ver la luz de alguna linterna en la cumbre de Peñalara. ¿O eran estrellas? Vaya leñe esta de querer estar siempre solo en las cumbres. La noche, las estrellas, la soledad, todo para mí. Y no como sucedería tener que vivaquear apretado entre dos gordos maleducados que apenas dieron las buenas noches y hablaron largo y tendido como si estuvieran en un bar y fuera difícil oírse. Eso, que yo no pertenezco a esta época. Gente extraña habita la montaña. Sólo en el cielo las estrellas y la luna son las mismas.  

Sí, subí a dormir a Peñalara. Hacia tiempo ya que lo tenía en mente, un objetivo más en mi plan de recuperación. No estaba seguro del todo y me costó trabajo decidirme. Es cierto que “Yo ya no soy yo (Ni mi casa es ya mi casa)”  pero intento hacer lo que puedo. Desde luego no fue como otras veces, respirar la soledad, conectar con otras viejas ascensiones, esa intimidad que estableces con la montaña, allá a mi espalda Cabezas de Hierro, las viejas historias de los comienzos. Ahora Guadarrama no es ya el patio trasero de mi casa, un lugar que, por mucho que me despistara subiendo en plena noche sin la linterna, es ya otra cosa. Recordaba mientras caminabas cierta vez en que pernoctando en la misma cumbre intercambiaba con Julián de Salazar alguna experiencia primera, ellos, creo que con José Luís Hurtado y otros unas navidades o fin de año pernoctando en su cumbre, creo. Son tantas las veces que he vivaqueado en esa cima, tantas las rutas de acceso, que no es errado llamarlo el patio trasero de mi casa. De mi casa aunque los vándalos de los forestales del Parque se hayan empleado a fondo en desmantelar los corralillos de vivac. De fuera vendrán y de casa nos echarán.  

Recordé también a Pepe Don Pepe que durante años subió a su cumbre el último día del año para recordar a su esposa fallecida, incluida alguna nochevieja en que la nieve casi enterró su tienda. Un hecho muy especial que me conmovió cuando lo supe y que me hizo pensar en los profundos lazos que pueden unir en ocasiones a algunas parejas.  

Existen cumbres, en que ascender a ellas es como intentar recuperar el sabor de la magdalena, un lejano tiempo en que nos asomábamos a la vida como bebés que abren los ojos a un mundo nuevo.  

Quizás todo fue bien a excepción de la tiritona que me entró nada más llegar a la cumbre. Creí que estaba con fiebre, era un cuadro parecido a cuando ingresé en el hospital la última vez, un castañear de dientes que no había forma de parar. Me costó tiempo superarlo. Apretujado entre otros tres en el reducido espacio del corralillo, apenas podía moverme por miedo a molestar. Fue un vivac deslucido y sin gracia. Ya antes del amanecer mis compañeros reemprendieron su charla de la noche. Comprendo mal que personas que suben a vivaquear a esas alturas tengan apenas dos dedos de frente.  

Madrugaron, eso sí, y logré quedarme solo por un buen rato.  Bajando desde la cumbre lo hice sorpresivamente ágil, pero llegué abajo verdaderamente cansado. Es difícil saber con antelación cual va a ser el comportamiento de mi cuerpo en futuras salidas. Ahora cada semana añado cincuenta metros de desnivel a la semana anterior. Si pudiera mantener este ritmo en un par de meses lo mismo ya podría subir al Almanzor.