El Chorrillo, 13 de octubre de 2026
Coño, y es que meto la cabeza en este o
aquel libro y lo que descubro es que soy un ignorante y, por supuesto, un
desmemoriado. Tiene cojones la cosa, que escriba como un descosido estas
mañanas y que por la tarde, cuando abro un libro de
Julián Barnes o la filósofa británica Judith Butler descubra que soy un
perfecto ignorante. Y no pienso, es evidente, en esos que en un post anterior
aparecían como votantes al modo de los que constantemente van detrás de Hamelin
y su flauta, sino exclusivamente en mí, aspirante a escribidor que cuando hace
de lector tropieza constantemente con ideas o párrafos que, Dios santo, vaya usted
a saber medianamente lo que se dice allí. Menos mal que en la novela
que he comenzado, El sentido de un final, de Julián Barnes, allí ya me
encuentro con una banda de jóvenes listillos buenos
lectores que también hacen cabriolas exhibitorias con sus recientes lecturas: a
mal de muchos
consuelo de
tontos, sí.
Un gorrión da saltitos sobre el suelo de la
estación de Villaverde Alto. Hoy he estado de viaje, que decía
tiempo ha una vecina de nuestro pueblo cuando iba de
compras a Madrid, quizás el más largo trayecto que habían hecho en su vida.
Primero fue acompañar a mi hijo Mario a una prueba médica en el hospital y
luego… va, es lo mismo. El caso es que hoy la calle, el metro y el tren de
cercanías eran una fiesta de rostros. Todos me interesaban, en todos intentaba
adivinar una vida, qué hacían, qué pensaban mientras miraban por la ventanilla.
Era interesante. También en algunas pasajeras intenté adivinar la oscuridad de
su chichi. ¿Será ese interés mío una enfermedad? ¿Será que soy un viejo verde,
como decía una antigua novia de mis años de madurez cuando se enfadaba conmigo?
Era magnífico sentir ese inesperado interés por la gente, hasta por los criajos pequeños que me sonreían cuando les hacía
señas con la mano. Me encontraba bien con los pasajeros y hasta me resultaba
chocante reconocer la profunda humanidad que encontraba en todos ellos,
algo que chocaba, también profundamente, todo hay
que decirlo, con esa idea que mantengo tan a menudo de pensar que la mitad de
la humanidad está en las nubes o son... Pero bueno, olvidemos hoy este aspecto
de la realidad que tan íntimamente convive con la supuesta bonhomía que hoy
veía en los pasajeros o los viandantes de
Pero, me pregunto, ¿es posible una conciliación? Me temo que no,
y lo que sucede es que amaneció soleado, ese sol de otoño que parece una
caricia, amaneció soleado y mi ánimo me dispuso a mirar a la gente de otro
modo. Apenas salgo de casa y allí entre libros y frías consideraciones veo el
mundo tan jodido… El caso es que cuando abandono mi soledad y me encuentro con
el mundo, con la gente de la calle, parece como si ese mundo no se
correspondiera con el primero, de modo que la gente, ese genérico tan improcedente y
equívoco, pasaba hoy de ser idiota de remate por votar a esa imbécil que está a
la cabeza de
A uno no le gusta este mundo que está
empezando a generar nuestra cotidianidad, uno se conformaría con vivir y dejar
vivir, pero es que es tan duro vivir codo con codo con los carroñeros de este
mundo, tan duro observar cómo se reparte la riqueza del planeta, que por fuerza
esa visión que tenía esta mañana paseando por las calles de Madrid no puede ser
otra cosa que un buen deseo extrapolado a la generalidad de una población que
hoy te cede amablemente el asiento en el metro, pero que mañana va a procurar
con su actuación una sociedad cada vez más ególatra. Como decía un “amigo”
votante del PP: A mí me la trae floja la política, lo que yo quiero es vivir
bien, lo demás me importa un bledo. Probablemente sea un intento vano querer
conciliar posturas tan dispares. Entre los deseos de “mi amigo” y la gente que
se concentra en Sol existe tal abismo que imposible será, aunque hiciéramos de
tripas corazón, convencer a los primeros para que dejen de mirarse
exclusivamente el ombligo.





