miércoles, 28 de octubre de 2026

Adiós al hospital, me voy a casa



El Chorrillo, 28 de octubre de 2026

Paseo tras el desayuno por un largo pasillo del hospital. A cada vuelta me cruzo con una mujer que habla por teléfono. A cada vuelta las emociones o la intranquilidad asoman por su rostro. En mi último recorrido, último porque me da reparo volver a cruzarme con ella, las lágrimas resbalan sobre su rostro. Cazo al aire alguna de sus palabras: “yo no sé en qué va acabar esto”. Me conmueve, me conmueve quizás porque bien sé en carne propia qué significa ese estado de ánimo. Siento una especial solidaridad con esa mujer, “yo no sé en qué va a acabar esto”.  

Anoche me acosté tarde viendo Los domingos y esta mañana permanecí en la cama hasta que me trajeron el desayuno. Me esperaba una esperanzadora noticia, mis pulsaciones estaban en 52 en lugar de las 108 que me condenan/condenaban a una arritmia que es una incógnita. Buena noticia, aunque sea para coger con pinzas, hasta la visita del cardiólogo. Lo que se decantó más tarde como una falsa alarma, el dinosaurio seguía ahí, inmutable, ajeno a cualquier buena nueva expectativa.  

Esta mañana me tintinea en el ánimo una especial pregunta sugerida por la película. Su argumento: Ainara, una joven de 17 años, sorprende a su familia al anunciar que quiere ingresar en un convento de clausura. Su decisión provoca un conflicto familiar en torno a la fe, la libertad individual y la capacidad de una adolescente para decidir su propio destino. La película la sentí en mi propia carne recordando mi historia personal de niño que creció durante ocho años al amparo de los Salesianos. En aquellos años desarrollé una piedad y una devoción tan emotivas que ahora desde la experiencia de adulto podría llegar a considerar como enfermizas. Comunión diaria, lágrimas ante el altar de una virgen y la propuesta ante el confesor de emprender la carrera sacerdotal, asuntos que me llevan a la película y que me hacen pensar, entre otras cosas, hasta qué punto en ocasiones, y en especial durante la infancia y la adolescencia, somos eso que nombramos como yo. “Yo no soy yo…” canta García Lorca en el Cancionero gitano… “. Ainara, una adolescente, la protagonista de la película, no mi nieta :-), siente un arrobamiento religioso tal de terminar convenciendo a sus padres para ingresar en un convento de clausura. Magnífica la actuación de Blanca Soroa en el papel de Ainara y que encarna con tanto realismo los sentimientos contradictorios de su natural atracción por un chico de su edad con su sobrevenida vocación religiosa.  

En el caso de Ainara el ambiente, el entorno de un colegio de monjas, aprovecha la situación de la fragilidad de la poca edad para instilar mediante una mezcla de sentimentalismo, de disposición al enamoramiento propio de la edad (Teresa de Jesús también estaba enamorada, aunque fuera a su manera siguiendo las inclinaciones corrientes de cierta enajenación que produce el amor); para instilar en ese clima, decía, en este caso una religiosidad que tiene una cierta raíz biológica. Los dioses, que aglutinaron siempre alrededor de los hombres la necesidad de éstos de pervivencia y sometimiento a un ser superior que encarna al padre o la madre, se reproduce mediante la religión de nuestros entorno, en Dios, Jesús o cualquiera otro santo o profeta. Isis en el antiguo Egipcio, la Pachamama en Latinoamérica… and so on. La fuerza subliminal más o menos intensa que actúa, que puede actuar, sobre individuos emocionalmente expuestos a influencias religiosas o sentimentales podría explicar la repentina vocación de Ainara para ingresar en un convento de clausura, algo que el director deja al capricho del magín del espectador. Algo que para un adulto como la madre termina por soliviantarla al punto de tachar a gritos a la superiora y a todo su séquito de perversos manipuladores de sus discípulos. 

Es una experiencia que me toca de cerca. Yo también estuve en esa tesitura en un momento de la infancia en que quise ser sacerdote. Conozco el paño con el que se tejía en la mente temprana de un niño, vía el sentimentalismo religioso, una vocación que, impostada por mentes maduras que hoy no dudaría en denominar manipuladoras, hacían de nuestra temprana apertura al mundo, de nuestra maleable consistencia de arcilla un producto altamente moldeable. Tenía en los Salesianos un profesor al que estimaba especialmente, se llamaba Melquíades, un nombre de raíz bíblica que por aquellos tiempos ya hacía suponer provenía de unos padres altamente relacionados con la religión. Bien, a este hombre, que fue uno de los que influyeron bastante en mi coco, me lo encontré muchos años después saliendo del metro en la estación de Sol. Había dejado el sacerdocio y la religión, y poco le faltó para disculparse por su implicación en mi posible educación religiosa. El tinglado de la Iglesia en donde el fundador de los Salesianos, don Bosco, era una parte más del engranaje, podría compararse a una reacción atómica en cadena en la que cada elemento contribuye a mantener en funcionamiento el conjunto. Desde el fundador hasta el último de los profesores, desde las oraciones rutinarias hasta las ceremonias más solemnes, allí todo estaba dispuesto para reproducir una determinada visión del mundo y de la vida, de manera que hasta las personas que actuaban de buena fe terminaban siendo instrumentos de una maquinaria cuya dimensión y cuyos efectos difícilmente podían percibir.

Cada cual puede interpretar lo que sucede en la película desde su punto de vista y formación. Santa Teresa levitaba pensando en Jesús, Vivo sin vivir en mí / y tan larga vida espero / que muero porque no muero. En el caso de Ainara, que sentimentalmente estaba en un proceso de fermentación religiosa, igualmente la levadura que le hervía en su interior podría haber dado como resultado un enamoramiento adolescente que podría ser comparado con el de Santa Teresa, sólo que el hervor desencadenado, teniendo una base biológica similar, se bifurca y se formaliza en una situación que hace imposible la convivencia del amor profano con el amor religioso. Teniendo en  ambos la misma raíz motivacional, ese enamoramiento, en el caso de la Ainara de Los domingos, ésta termina decantándose por el amor religioso dejando al espectador amante del happy end con un palmo en las narices.

La pregunta: ¿estaba preparada Ainara para discernir esos dos posibles amores cuando pasa la noche con su amigo, cuando su guía espiritual la induce a ingresar en el convento de clausura? Y alguna cuestión más: ¿qué diferencia hay entre la concepción de la realidad de la madre y aquella de la hija? ¿Es coherente la actitud del padre que defendiendo una libertad a ultranza al final acepta la decisión de la hija?

Hoy ha sido un dilatado día y a lo largo de la escritura de este texto he tenido un encuentro con el cardiólogo, que reafirmó mi condición de arritmia y la necesidad de una operación posterior del corazón, una ablación, otro encuentro con la anestesista, un alta médica y un posterior encuentro con mi casa que ha producido en mí una cierta conmoción. ¡Estaba tan bonita la tarde, el césped, intensamente brillante al atardecer se extendía como una bella alfombra frente a la ventana de mi cabaña… me encontraba tan bien en casa…! Seguro que recordaréis aquel entusiasta «¡Mi casa!» que le salía del pecho a E. T., el protagonista de la película de Spielberg, cuando expresaba su desesperado deseo de regresar a su hogar.



 

 

 


martes, 27 de octubre de 2026

¡Viva la Pepa! De las redes sociales al cielo



Hospital HM Puerta del Sur, 27 de octubre de 2026

Me pregunto por cuales pueden ser las razones de la retracción generalizada que se observa, por ejemplo, en las redes sociales y en las conversaciones en general a entrar en materia y acercarse a los asuntos desde un punto de vista que no sea anodino. Es una pregunta que me hago con frecuencia cuando encontrándome frente a temas de interés que considero importantes para nuestra comprensión del mundo, nuestras relaciones o el tinglado económico y social en el que estamos metidos, porque pareciéndome lo más lógico del mundo, lo que me encuentro sin embargo es una sistemática huida de los posibles interlocutores ante la complejidad de los razonamientos y los posibles porqués que la realidad nos pone por delante. Atacar, evitar, dejar de lado, perseguir  todo lo que no sea anodino y mediocre pareciera que fuera una consigna generalizada a la orden del día. 

Por supuesto que usamos con abundancia el like o su contrario, afirmamos o negamos,  optamos por esto o lo otro, pero ¿cuántos entran al trapo de los asuntos de una discusión medianamente sería? El reduccionismo de la realidad a los patrones generalizados de una consigna, un razonamiento simple, un socorrido tópico de izquierdas o derechas parece ser el corsé en que vivimos metidos, sea porque las redes funcionan desde la simplicidad marcada por los límites expresivos del sistema, las pocas palabras que permite el Twitter, sea porque ir más allá de una afirmación y algunas pocas consideraciones requieren de un ánimo del que no disponemos, sea porque, sospecho, mucho del contenido de las redes sociales obedecen a llenar unos huecos en un tiempo personal en que nos resistimos a hacer el esfuerzo de razonar cuando aquello va más allá de las barricadas que nos impone la pereza. Es claro que abierta queda la sencilla opción de la curiosidad, el entretenimiento o el asomarse al balcón de la corrala para intercambiar chascarrillos o conversar sobre el tiempo con los vecinos, no faltaría más.

Creo que es razonable en esta situación pensar que la pereza manda, que pensar cuesta un huevo y que por tanto mejor que piensen otros por nosotros. Probablemente era, ¡ay, mi memoria!, en Guerra y paz donde Tolstoi expone en el primer capítulo una situación esclarecedora de esto que trato de decir. Leí la novela hace tantísimos años que sólo puedo citar a bulto. Se describen reuniones social en que el tema esencial de las conversaciones es la política del momento. Todos hablan como descosidos, dan si opinión, rebaten a estos y aquellos. En alguno de esos días, no recuerdo las circunstancias, dejan de aparecer los periódicos. A partir de entonces todas esas acalorada discusiones desaparecen y quedan sustituidas por la más ramplona de las conversaciones. ¿Qué ha sucedido? Es muy sencillo, sin la autoridad de los periodistas no hay cáscaras, si los presentes no han tenido la oportunidad de leer por la mañana la prensa no hay argumentos que valgan. Aquella sociedad, poco habituada a pensar por sí misma, necesitaba el apoyo de la prensa para tener opiniones.

Llevado esto a nuestros días ¿Qué significado puede tener que la pobreza de las redes sociales como elemento de comunicación sea tan lamentable? Sí, altamente asertiva, me gusta, no me gusta, pero escasamente discursiva, ¿por qué? ¿Miedo a que los demás sepan lo que pensamos, pereza, las tomamos como un simple entretenimiento, en cuyo caso estas podrían ser sustituidas perfectamente por el juego de la oca o el parchís?

La liviandad que buscamos en nuestras relaciones, en nuestro deseo de expresarnos, contradice aquella cosa vieja que debió de inaugurarse allá por los tiempos en que se inventó el fuego y que serviría a los primeros pobladores de la Tierra para charlar sobre sus cosas alrededor del fuego (la réplica actual de nuestras redes sociales) y para desarrollar facultades que hoy, a no más tardar, dado el solipsismo a que invitan las redes terminarán dejándonos en manos de “los otros”.

Doy por supuesto que cuando más arriba me refiero a las redes sociales es sólo un ejemplo más del modo en cómo nos relacionamos la mayoría de los sapiens en nuestros días, repito, la mayoría. Que unos desarrollen una capacidad mayor para expresarse o para analizar una situación no exculpa a la generalidad, creo, de etcétera…

El antiguo público de antes, escribe Ficher, ha sido reemplazado por el consumidor, consumidor del Facebook, de Twitter, de opiniones ajenas. Al consumidor, arrinconado en su comodidad sólo le quedan dedos para los likes y poco más. El camino de la menor resistencia se abre ante nosotros como una trampa que crea hábitos y nos reduce a simples consumidores.

¡Coño!, que no me da la gana opinar, que no quiero… Y usted tendrá toda la razón del mundo, que cada uno hace con sus pensamientos y sus opiniones lo que le da la real gana. ¡Y viva la Pepa!... se entienda que en el mejor sentido. Lo que en aquellos tiempos servía para darle un puntapié en el trasero a Fernando VII en pos de la libertad, sírvanos hoy para festejar el que cada cual pueda expresar, o dejar de hacerlo, sus opiniones cuando y como le dé la gana.

 

 

 

 


lunes, 26 de octubre de 2026

Entre la verdad y la apariencia


Hospital HM Puerta del Sur, 26 de octubre de 2026 

Hoy encuentro dificultad para poner título a mi habitual post, La mentira que subyace disfrazada de verdad, Entre la verdad y la apariencia o acaso La etiquetas y el poder de la mentira. Todos valdrían. Todos ellos nacerían con más o menos fuerzas de la magnífica película que vi ayer, Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962).

La tesis de la película sirve para analizar un buen puñado de circunstancias de la realidad política y social. El film en breve: En el Japón feudal un samurai empobrecido acude a la corte de un señor feudal para hacerse el harakiri. Allí descubre la historia de un caso similar anterior. A través de sus recuerdos y de la confrontación con el jefe del clan descubre la contradicción, la hipocresía y la crueldad oculta tras el supuesto honor de los samurais. La película es una denuncia de un sistema que antepone las normas y el prestigio a la dignidad humana. 

Las normas como absoluto que nos persigue y acorrala desposeyendo a la realidad de sus razones primeras para sustituirla por osificadas normas que adquieren con el tiempo calidad de no cuestionables al haber perdido su conexión con el motivo real de sus fundadores. La película es una denuncia de un sistema que antepone las normas y el prestigio a la dignidad y a la honestidad de las personas. La verdad importa un pimiento, lo que cuenta en todo momentos son las apariencias. To be or not to be, that’s the question. Una idea tan vieja como el mundo y que sigue tan actual en nuestra avanzadísima sociedad. En estos tiempos preelectorales en donde los disfraces forman parte imprescindible del atuendo de los políticos a los que, antes de atender a lo que unos y otros dicen, quién pudiera como sucedió con Aznar después de un aclamado discurso en que sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, dijo cachondeándose de los asistentes algo así como que cómo se lo han tragado todo estos gilipollas… Si por encima de los caretos que aparecerán próximamente en televisión buscando el voto de los ciudadanos, pudiéramos ver transcritas en la pantalla las palabras de lo que están pensando, y en otra parte de la misma lo que están diciendo, esa diferencia que hay entre las palabras que quieren legitimar con mayor o menor subterfugio, aparecieran junto a las perversas finalidades que esconde su discurso, estaríamos en un escenario ideal para que el ciudadano emitiera su voto con responsabilidad. 

La verdad que subyace bajo la mentira de lo que se nos presenta como realidad queda en la película al descubierto cuando el protagonista del film, Hanshirō Tsugumo, pone sobre la mesa las verdaderas intenciones del jefe del clan, representante de una fragante injusticia que, queriendo presentarse como justicia, honor y virtud, consolida un hacer social en donde la hipocresía, la falsedad y el cinismo son los reyes del mambo. El samurai Hanshirō Tsugumo termina muriendo a manos de los soldados del clan. Su furiosa y valiente defensa argumental termina dándose de bruces contra la lógica de la mentira y el poder. 

Se me permita, que diría el amigo Vinches, dar un salto a otro ámbito que tenía en mente mientras veía alguna secuencia de la película en donde el poder de la mentira funciona también a sus anchas. Me refiero a las circunstancias en que la ciega confianza en las etiquetas funciona como sustitución de una ideología política a la que se le puede endilgar todos los males del mundo. Los samurais del film atraviesan por un larguísimo período de paz en que sus servicios no son solicitados, lo que les convierte en el lumpen de la sociedad de su tiempo. Nadie tiene trabajo para ellos en un mundo de paz. Ser samurai era vivir entonces como un paria cuyo honor lleva a muchos de ellos a hacerse el harakiri. En Occidente nadie se hace el harakiri por una razón así; en su lugar los más concienciados pueden atender a una ideología política próxima al comunismo (¡anatema, anatema, todos a la guillotina!) ¿O no era esa la corriente imperante en tiempos del franquismo? Algo que por supuesto corre por una parte de la mente colectiva como un fuego a extinguir. Y no digamos si hablamos de Estados Unidos, la democracia más poderosa del mundo. 

Amigo, las etiquetas funcionaron bien no sólo en tiempos de los samurais. La eficacia con que la etiqueta “comunismo” funcionó en España después de la Guerra Civil todavía funciona en España a modo de paraguas contra el mal. Su rechazo no obstante es más sutil. La etiqueta “rojo” permitía borrar las diferencias entre los adversarios, republicanos, anarquistas, etcétera, y convertirlos a todos en un enemigo colectivo. No hacía falta referirse a una compleja ideología o partidos de izquierda, que en el general buscaban un reparto de la riqueza y el poder más equitativo, bastaba identificar a los que suscribían esta ideología con una palabra, “rojo”, para que en la mente de los ciudadanos se creara de inmediato la idea del agente del mal. El horror que puede producir al status quo económico y político la posibilidad de que en algún momento puedan trastocarse los beneficios de la clase dominante, ha inducido a ésta a introducir en la globalidad de la población por todos los medios a su alcance una identificación de comunismo con lo peor que éste dio en Rusia y en sus antiguos socios. 

Lo que en lenguaje de la calle se llama dar gato por liebre y que en instancias de aquellos que manejan el percal sigue funcionando a nivel mundial, bien que Brasil, ahora otra vez con Lula, y que los jóvenes de algunos países europeos sigan levantando barricadas contra la inconsciencia de tantos votantes. 











domingo, 25 de octubre de 2026

China / Estados Unidos



Hospital HM Puerta del Sur, 25 de octubre de 2026 

Este escrito es respuesta a un comentario de Enrique a mi post de ayer titulado “La IA y la codicia”. En esta ocasión incluyo su comentario al final de este escrito.


Bueno, un pequeño paréntesis antes de pasar a ojear la prensa desde mi nueva “residencia” del hospital. Respondo a tu comentario. Nunca hasta ahora fue tan fácil localizar datos sin tener que recorrer a farragosas búsquedas en Internet o en bibliotecas. Basta abrir la app de ChatGPT y ahí lo tienes todo en un par de segundos; así que vamos a los datos. 

“Si queremos establecer comparaciones, tendremos que analizar los hechos y no solamente las intenciones declaradas…” 

Bien, los hechos: Analfabetismo: Año 1950. Estados Unidos 3 % aprox.; China 80–85 % aprox. En China actualmente se estima un analfabetismo en torno al 3%. Esos porcentajes se vuelven mucho más reveladores por el hecho de que se han conseguido sobre una población 3 veces mayor que la de Estados Unidos. Además Estados Unidos tiene un analfabetismo funcional, personas con dificultades de comprensión lectora, del 28 por ciento, la tercera parte de la población tiene dificultades para comprender un texto corriente (Fuentes: estimaciones históricas de la UNESCO). 

“La China actual mantiene un régimen dictatorial dirigido por el Partido Comunista”. No recuerdo haber introducido en mi escrito la adscripción política, lo que sería entrar en otra dimensión diferente de la discusión. Estamos con el “los hechos” a que aludes. En este sentido te podría contestar a ti mismo con las palabras de Deng Xiaoping. No sería muy esclarecedor recurrir a mezclar asuntos para valorar hechos independientes cuyas cifras cantan. 

“Este peculiar injerto entre capitalismo y dictadura”. Todo esto, Enrique, daría para escribir un libro. ¿O es que acaso piensas que el sistema político estadounidense no es una dictadura de facto? La dictadura de hecho de la élite económica. Era esclarecedora la imagen de la toma de posición del payaso de Trump rodeado por los ricos de su país. Un país con un índice de analfabetismo funcional, que algunos estiman en el 60 por ciento, y una clase económica ágil en conseguir votos, dan como resultado, de momento, algo que bien podría tipificarse, insisto, de facto, como una dictadura, esa que el capitalismo va endilgándonos más y más haciéndonos creer que no hay otra alternativa. 

Si, como dices, China es un capitalismo disfrazado, benditos ellos que en la actualidad tienen un índice de pobres cero frente a Estados Unidos que ostenta el 10,6%; cifras, insisto sobre una población esta última tres veces mayor. ¿Quién ha hecho mayor esfuerzo en favor de la gente de a pie por mucho a que tantos gusten especular sobre las etiquetas en lugar de sobre la realidad? 

Cuando insistes, más de una vez, con etiquetar a China como comunista, me recuerdas otros tiempos en que decir esa palabra era anatemizar a alguien de por vida. ¡Que viene el coco, que viene el coco! Recuerdo que estamos hablando de datos no de etiquetas interesadas. 

“Capitalismo disfrazado”. No creo que China necesite ningún tipo de disfraz, aquí los únicos que se disfrazan son los que poseen la mayor parte de riqueza del planeta, espeluznante clase de lobos metidos en una jaula de gallinas. 

“No sé cómo evolucionará ese peculiar injerto entre capitalismo y dictadura” No hace falta especular sobre el futuro, las cifras sobre la evolución de la economía y el bienestar de la población de China y de Estados Unidos hablan por sí mismas. Reúne los datos económicos, demográficos y culturales de ambos países, ponlos uno junto a otro y verás la diferente evolución de ambos. Traslada después todos esos datos a unas coordenadas que muestren su evolución y sólo mirarla te dará una clara idea de esa evolución. 

“Lo que sí creo es que, hoy por hoy, calificar a China de comunista sin más explicaciones no ayuda a comprender su realidad económica”. Creo que escribes sobre tus propios supuestos, nada que ver con mi escrito en el que dejé fuera toda consideración política para no dañar la idea principal. Entreveo por demás en tu planteamiento una cierta disposición a la contra de lo que se cuece en China. Ser ciego a los grandes logros que China ha conseguido intentando descalificarlos con la etiqueta de comunista y haciendo hincapié en la paradoja, como si fuera un pecado, de su cariz capitalista, me recuerda a los viejos sloganes del pasado en que se ponía el acento en la “maldad” del hecho de ser esto o lo otro evitando siempre enfrentar una concepción del mundo y la economía que se enfrentaba por definición a la codicia del sistema vigente basado en el beneficio de unos pocos. 

¿Críticas a la organización política y económica de aquel país oriental?: Un buen puñado. Ahora, creo que nuestra atención debe distinguir los distintos tipos de análisis de la realidad para no caer en una manida interpretación de todo aquello que no es nosotros. 

Y por supuesto: China no es mi referente. Ya te dije, creo, que he hecho dos viajes a China con una estancia aproximada total de casi medio año y que allí, salvo en la región autónoma de Xingiang, nos encontramos muy bien. Ahora soy un pequeño burgués que naturalmente no querría vivir en China. Otro gallo cantaría si yo o mi familia se encontraran en el nivel de pobreza en que están tantos ciudadanos españoles, según el INI el 25% de la población, en donde se incluyen las personas que no pueden permitirse condiciones de vida básicas y aquellas de ingresos muy insuficientes (la llamada tasa AROPE). 

oOo

Comentario de Enrique:

“Que unos utilicen las herramientas sociales para acumular poder y otros para crear, cuidar y compartir nos obliga a considerar que aquello que puede ser útil, como la IA, puede convertirse también en una amenaza para la sociedad. El problema no está necesariamente en la tecnología, sino también en cómo se distribuyen su beneficios y sus costes. Hasta aquí, de acuerdo.

Mi discrepancia comienza cuando se toma China como referencia para contraponer su gestión a la de Occidente (léase Estados Unidos). Que el Gobierno chino anuncie medidas para proteger el empleo frente a los efectos de la IA puede ser positivo, pero una cosa son las directrices políticas y otra los resultados de su aplicación. Si queremos establecer comparaciones, tendremos que analizar los hechos y no solamente las intenciones declaradas.

Y aquí conviene recordar algo que a veces se olvida cuando se elogia a Deng Xiaoping y su conocida máxima de que no importa que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones.

Deng Xiaoping, el revisionista más importante del mundo, fue precisamente quien impulsó la transformación de la economía china mediante la introducción progresiva de mecanismos de mercado, la apertura a la inversión extranjera y la expansión de la iniciativa privada. Es decir, un cambio profundo respecto al modelo económico comunista tradicional.

La China actual mantiene un régimen dictatorial dirigido por el Partido Comunista, pero su economía incorpora elementos esenciales del capitalismo. Eso no significa que sea idéntica a las de Occidente ni que funcione como una economía liberal convencional: el Estado chino conserva un gran poder económico y político.

El Banco Mundial concluyó en 2019 que el Estado chino generaba entre el 23 % y el 28 % del PIB -es decir, una media del 25 %-, lo que nos deja ante el 75 % del PIB para el resto de la economía privada. Esto no es comunismo, sino capitalismo disfrazado. Por eso creo que debemos distinguir entre el nombre del régimen, su sistema político y el funcionamiento real de su economía.

No sé cómo evolucionará ese peculiar injerto entre capitalismo y dictadura

 Calificar de partido único. Lo que sí creo es que, hoy por hoy, a China de comunista sin más explicaciones no ayuda a comprender su realidad económica.

Y, en cualquier caso, si queremos saber qué modelo afronta mejor las consecuencias sociales de la inteligencia artificial, habrá que esperar a comparar sus resultados efectivos. La etiqueta ideológica no nos proporciona por sí sola la respuesta.


viernes, 23 de octubre de 2026

De la IA y la codicia

 


El Chorrillo, 23 de octubre de 2026

Leo un extenso artículo sobre la IA en Le Monde Diplomatique, un artículo informado que rebosa de datos y que nos presenta la IA como una especie de distopía que dejará el mundo patas arriba, y la sensación que tengo aquí, y en muchas más apreciaciones sobre la realidad, es que tanta jerigonza analítica pasa por alto la lógica más abrumadora centrando el problema en la roma inmediatez, las consecuencias de la IA sobre el mundo del trabajo, el paro, etc., cuando el problema en absoluto está ahí, que si dispusiéramos de medios para vivir en condiciones reduciendo nuestras horas de trabajo al mínimo posible, estaríamos acercándonos al mejor de los mundos.

El problema no reside ahí por más que los especialistas en análisis políticos o económicos quieran hacérnoslo meter por las narices. El problema es mucho más sencillo que todo eso. Para que el conjunto de la humanidad pudiera vivir en muchas mejores condiciones bastaría con someter a las clases altas de nuestra sociedad a una lobotomía selectiva que, interrumpiendo determinadas conexiones cerebrales, pudieran aliviar síntomas psiquiátricos graves como es ese que sufren los acumuladores de riqueza. El hecho de que personas con capacidad para influir en la vida de millones pueden tomar decisiones cuyos beneficios son privados y cuyos costes se reparten entre los demás, va en franca oposición a los criterios que ha seguido la Especie a lo largo de su desarrollo. Basta imaginar una colmena o un hormiguero en donde toda la población de insectos trabajara para beneficio de un puñado de hormigas o abejas. Sería algo biológicamente inconcebible.

Se me ocurre lo de la lobotomía en clave irónica porque entiendo que todos estos oligarcas son en cierto modo seres enfermos que han sustituido el arte de vivir por la ambición de tener y poder, una limitación moral que hace que unos pocos individuos puedan convertirse en un peligro para el resto de la comunidad. Pero, se ve, cambiar la naturaleza humana, por mucho que la lógica de la colmena sea tan evidente, por la lógica del sentido común es totalmente utópico. “Todos a la guillotina, todos a la guillotina, a la guillotina con ellos…”; con esas palabras abrió jocosamente Javier Gallego su programa Carne Cruda por algún tiempo. Construir un mundo en el que las peores inclinaciones no puedan gobernarnos aparece sin embargo tan utópico como irreal.

Y entonces podríamos llevar la reflexión un paso más allá: quizá no necesitamos la lobotomía de los oligarcas, sino una sociedad que impida que las limitaciones morales de cualquier individuo puedan convertirse en un peligro para millones de personas. Y claro, estamos con la madre del borrego porque precisamente vivimos insertos en una sociedad en la que la evidencia palpable y real de la vida se ha venido configurando bajo unas estructuras de poder destinadas a entontecer al ciudadano corriente haciéndole creer que no hay más música que la que suena, que lo otro, ¡que vienen los comunistas, que vienen los comunistas!, que no se te pase siquiera por la cabeza. Tal como nos encontramos estamos en el mejor de los mundos, que te quede claro, dicta a nuestro subconsciente el Sistema, ese Gran Otro que gobierna nuestras vidas desde la oscuridad.

Una sociedad centrada en poseer, acumular y competir puede moldear el carácter de las personas hasta hacer de ellas auténticos pingajos. Quizás después de estas consideraciones pueda comprender mejor a los detractores de la IA. No puedes defender la extraordinaria capacidad de ésta para optimizar trabajos, que es un bien reconocible y útil; no puedes defenderlo porque revertida su operatividad sobre un mundo basado en la usura y la codicia, quienes pagarán siempre en una economía de mercado serán los curritos de a pie. Un microondas es una excelente herramienta para cocinar, igual que una sartén, pero… y ahí está el asunto, depende de si usas ambos para freírte un pie o para cocinarte un pisto. Que unos usen las herramientas sociales para acumular poder y otros para crear, cuidar y compartir, por narices nos invita a considerar, cuando tratamos de transformar una sociedad, lo que siendo útil, caso de la IA, puede ser a su vez una terrible amenaza para dicha sociedad . Y habría que añadir… en las condiciones actuales.

Ahora bien, el problema social no está necesariamente en la tecnología, sino en la forma en que se distribuyen sus beneficios y sus costes. Y aquí tendríamos que trasladarnos a China y considerar si los juicios catastróficos que emitimos sobre la IA en Occidente son trasladables allí. El gobierno chino ha reconocido que el progreso de la IA puede entrar en conflicto con el empleo y que ese conflicto necesita una respuesta política, y así, precisamente hoy, me dice el ChatGpt, ha publicado una directriz del Consejo de Estado chino para adaptar el desarrollo de la inteligencia artificial a la protección del empleo. El documento plantea reducir los efectos de sustitución laboral, evaluar los riesgos para el empleo, apoyar la formación y la recolocación de trabajadores y reforzar su protección social. Está por ver, naturalmente, las consecuencias de estas medidas que tendrán que debatirse entre la maximización del beneficio privado y el de los ciudadanos. En el documento evidentemente repartir el beneficio social de la automatización está en la cabecera de las intenciones del gobierno. Una intención que apuntaría a algo que expresaba más arriba cuando defendía el uso de la IA desde la perspectiva de un beneficio social que nos liberara en gran parte de la necesidad del trabajo para atender así a otras facetas sociales o personales. Muy bonito en apariencia, y que en sustancia ante la depredación sistemática que el capital hace en Occidente se nos parece mucho más humano y conveniente. El miedo que se tiene en Occidente a un sistema en donde la redistribución de la riqueza descienda más racionalmente a la generalidad de los ciudadanos, se justifica, es claro, por el miedo a que el estómago de la codicia sufra una vomitona, cosa imposible de momento en donde al entontecimiento del ciudadano corriente contribuye tanto ese tupido velo que nos impide ver un posible mundo más justo en el panorama de la actualidad.


La vida estancada


 


El Chorrillo, 23 de octubre de 2026

¿Será sólo asomarse a ver pasar los días como en aquel relato de Tagore en que un niño veía atravesar la vida de los otros desde su ventana? Aquel niño se llamaba precisamente Amal, el mismo nombre que el de la protagonista de la película que vi hace días y sobre la que escribí aquí mismo. El relato de Tagore se titulaba El cartero del rey. Amal era un niño enfermo al que el médico ha ordenado permanecer en casa. Por eso pasa mucho tiempo junto a la ventana, mirando la calle y hablando con quienes pasan por delante: el lechero, los muchachos, los viajeros… Desde esa ventana, el mundo exterior se convierte para él en una invitación a vivir, a conocer y a imaginar. La ventana es para él mucho más que un lugar desde el que mirar: representa la frontera entre el encierro y la libertad, entre la fragilidad del niño y la inmensidad de la vida que desea conocer. En esta situación lo que hace entrañable a Amal es que, aunque apenas puede salir de su habitación, su curiosidad y su imaginación no tienen fronteras. Llevo un tiempo en que me siento Amal del todo, especialmente desde que he tenido que suspender mis caminatas matinales, mis ejercicios de mantenimiento y, por supuesto, mis salidas y pernoctas en las cumbres. Soy Amal, mi ventana en cierto modo es Internet, las pocas comunicaciones que mantengo con amigos a través de mis posts en las redes.

Ayer vi la magnífica película de Mikio Naruse, Cuando una mujer sube una escalera. Le había pedido al ChatGpt que me diera una lista de las mejores películas poniendo el acento especialmente en el cine oriental, y ahí encontré a Naruse junto a Kore-eda. La película cuenta la historia de Keiko, una viuda que trabaja como anfitriona en un bar de Tokio. Aunque desea conservar su dignidad e independencia en un ambiente en donde las mujeres dependen económicamente de los hombres y sueña con abrir su propio negocio, sus intentos de cambiar de vida chocan con las decepciones amorosas y las dificultades económicas. En el film la escalera simboliza su existencia: cada noche vuelve a empezar, atrapada entre el deseo de libertad y una realidad que apenas le permite elegir su destino. La fatalidad se cierne sobre ella, no hay final feliz, en la última secuencia se la ve caminando por la noche por las calles de ambiente nocturno de una gran ciudad pensando para sí que tenía que hacerse fuerte como un árbol para resistir el embate del viento del norte.

En mi mente coinciden en este momento las figuras del Amal de Tagore y Keiko, la protagonista de Naruse. Sensaciones, esas de las que Pessoa decía que son lo mejor que tenemos. «La única realidad para mí son mis sensaciones», escribió, y añadía: «Después de todo, la mejor manera de viajar es sentir». Y se me aparece como una idea fértil porque en ese la mejor manera de viajar es sentir, el verbo viajar bien podría sustituirse por otras tantas actividades como leer, escuchar música, ver una película, subir montañas… que en el libro que leemos, la película que vemos, lo principal sea sentir por encima de otras apreciaciones argumentales, artísticas, conocimiento, alienta a poner el acento en lo que leemos o vemos en ese mundo fundamental de las sensaciones.

 

Cuando uno no termina de estar bien en muchos sentidos, achaques, dolencias, sensación de mareo, vuelta de nuevo a estar en flutter (arritmia), no le quedan más cáscaras que sumergirse en el mundo de Keiko y afrontar la situación. El título alude al gesto cotidiano con el que Keiko sube cada noche las escaleras que conducen al bar. Antes de entrar, debe recomponerse, ponerse una máscara de alegría y estar preparada para representar el papel que los clientes esperan de ella. La escalera se convierte así en una imagen de su existencia en la que cada noche requiere un esfuerzo continuado. Y así uno y otro día. Keiko no ha llegado a la situación de Amal totalmente recluido en esa habitación desde la que observa el mundo, Keiko está en el mundo y en él tiene que ganarse la vida para atender a sus propias necesidades.  

Sin embargo ya no eres un niño y asomarse a ver pasar los días… requiere el esfuerzo suplementario de Keiko. C’est la vie…

 

 


jueves, 22 de octubre de 2026

Si la vida fuera infinitamente larga



El Chorrillo, 22 de octubre de 2026

Me gustaba anoche sentir la luna entrar en la cabaña. Yo en la cama bajo el edredón y la luna despertando levemente a los libros, a los cuadros y no pensar en nada o acaso recordando alguna noche de luna llena en alguna cumbre desde dentro del saco se dormir. Eso que queda en la memoria, fugaces momentos de vida. Era bonito sentirse acompañado por la luna a estas horas tan íntimas de la madrugada. La vida, sí. 

Si una vida fuera infinitamente larga… decía Enrique en un comentario por aquí está mañana. En Los viajes de Gulliver Jonathan Swift creo recordar que hablaba de dos tipos de personajes, los caballos racionales y los seres que viven indefinidamente. El problema que planteaban estos últimos era que envejecían y tenían achaques como nosotros; una vida excesivamente larga plantearía en este caso una hipótesis poco deseable, porque efectivamente el asunto no es vivir indefinidamente, sino hacerlo, digamos, dignamente antes de que los deseos (significativos), como dices, se agoten. La muerte, escribía él , podría entenderse como el resultado de un deterioro biológico que ya no puede compensarse mediante los mecanismos de reparación del organismo. Y me pregunto, le digo, que con tener toda la razón, qué podría argumentarte Bermang ante planteamientos así. Creo que pensaría que era un asunto que no le interesaba. Él pescaba en otra clase de río. Las imágenes del reloj, y la muerte, aparecen reiteradas y dispersas por la filmografía de Bergman, pero siempre, creo, desde la perspectiva de la inquietud por el hecho de existir y su finitud, nada que ver con aspectos biológicos o la lógica de un final de ciclo. La incomprensión de la muerte, que no es reducible al raciocinio, irrumpe en muchos de sus personajes en medio de una profunda necesidad de comprender. Esa necesidad, hablaba días atrás en El lector, de Bernhard Schlink, en donde esa necesidad de comprender, la implicación en crímenes nazis de una antigua amante, se convierte en el tema central del libro; esa necesidad, decía, que permea nuestra conciencia ante lo ineluctable es el motivo de una amplísima bibliografía que demuestra hasta donde el hombre, guiado en su más íntimo ser por el deseo de pervivencia inoculado por la Especie en nuestro organismo, se da bruces con la fisicidad de eso que llamas fatiga de materiales que precede a nuestra extinción como seres vivos.

Se entiende que cuando uno está en esa fase de deterioro físico e incluso en su final, los razonamientos en torno a la lógica de la extinción no creo que sean de su interés, entre otras cosas por su calidad de obvios. De donde la interpretación de la muerte queda a un lado para ser sustituida por la vivencia, la angustia en ocasiones, o el deseo de la necesidad de ser abrazados, como sucede en Gritos y susurros, de Bergman, en que la protagonista que va a morir en absoluto necesita una teoría sobre el sentido de la existencia ni una explicación sobre la logicidad de que ha llegado para ella el momento final. Sus sentimientos desnudos se bastan a sí mismos. Por eso explicar la muerte desde el observador que la ve allá lejos como objeto de mirada y análisis, creo que no tiene nada que ver con los mecanismos materiales que llevan a la muerte. Ningún consuelo puede ofrecer en este caso los porqués porque son dos procesos totalmente diferentes que no se interfieren en su desarrollo.

Creo que es en una viejísima lectura de Unamuno, allá cuando estaba en la veintena, en El sentimiento trágico de la vida, en donde éste se preguntaba si podemos aceptar que nuestra conciencia desaparezca para siempre. Recurrimos a la razón, pero ésta en sus esfuerzos inútiles no logra abrirse en la oscuridad de lo incomprensible, de pasar de ser a no ser, a convertirte en nada. El deseo íntimo de seguir existiendo es para Unamuno el conflicto más significativo del ser humano; no se trata simplemente de dejar de existir sino de algo mucho más radical: no concebir que uno pueda dejar de ser él mismo. 

La muerte, es cierto, puede acabar, como dice Enrique, funcionando como un asalto, como un despojo de aquello que todavía podríamos haber vivido. Y recuerdo ahora al alpinista italiano Casarotto que ha abandonado una primera ascensión a K2 en solitario y camino del campo base cae en una grieta desde donde logra comunicarse con su esposa Goretta antes de morir. Un asalto a su malogrado objetivo, la cumbre del K2, al cariño de su esposa, a tantas montañas y paredes que le esperaban poder escalar. Evidentemente la conjetura de no pasar por ese “asalto” y vivir tan largo como los personajes de Los viajes de Gúlliver lo que hace es descubrirnos una situación abocada al absurdo, además de indeseable. 

Nuestro cerebro no está hecho, como pensaba Unamuno, para aceptar que dejemos de ser lo que somos. Y si tenemos que llegar a una solución de compromiso ésta deberá pasar inevitablemente por unos canales que no son la razón, caso del tantrismo en que sus seguidores se acercan al “conocimiento” de la muerte permaneciendo algún día en silencio junto al cadáver de una persona con la que en vida tuvieron una relación afectiva.