lunes, 2 de noviembre de 2026

Mosaico de sensaciones



El Chorrillo, madrugada del 3 de noviembre de 2026 

Sí, quizás habría que encontrar otros modos de expresión. Retrato de otra época, la primera vez que fuimos a China, Argentina, la huerta estos días, tantos viajes, tantos caminos y montañas. Expresar la vida. El sabor de las cerezas. Cerca de las tres de la madrugada. Acabo de terminar de ver El cuento de la princesa Kaguya. Cuando el Chromecast deja se emitir la película está programado para presentar diapositivas de una larga colección de fotografías, retratos, viajes por todo el mundo, montañas, caminos. Confieso que he vivido. Siempre esa necesidad a flor de piel. La princesa Kaguya nace de un brote de caña de bambú, ama lo que le rodea, sus amigos, las flores, los cerezos en flor, pero cuando crece su belleza la pierde, la corte, el prestigio, la pretendida boda con grandes señores, con el emperador, cuando lo que ella desea es esa vida sencilla entre los campesinos. Errores comunes…  

Esta tarde leí durante un rato a Lobo Antunes, hoy parecida historia, soliloquio como de aquella novela corta que escribí, Invierno, la vida fluyendo no como una corriente salvaje, aquel libro memorable de Henry Roth, más bien con la lentitud de aguas que se acercan al estuario. Aquel, el otro, libro o historia o recuerdo que constantemente acuden a la memoria recordando que la vida es eso, fluir de sensaciones, recuerdos, deseos, la gracia de ese sol que entra por la ventana del otoño a calentar mi cuerpo. 

No sé quien monologa en el relato de Antunes; es lo mismo, apenas me entero de lo que sucede en la novela, pero ya digo, es lo mismo, es el fluir de la existencia lo que me interesa, como si estuviera sentado a la orilla de un gran río y ensimismado en el fluir de la corriente fueras ajeno a lo demás. Sucedía ayer en la película que vi de madrugada, Poesía; sucedía también en Starker la película de Tarkovsy donde fluye una pequeña corriente de agua poco profunda mostrando objetos sumergidos, monedas, una jeringuilla, un arma, hojas de calendario… una secuencia enigmática y hermosa que ha sobrevivido en mi memoria al resto del argumento. La imagen del río manriqueño es un universal fijado en la mente cultural como hombres. 

Leo: “faldas ajustadas pantalones que realcen su sensualidad”. Conocido es el motivo, pero quién suponemos que es el destinatario. Los distintos significados en el abanico que va desde la exposición más provocativa hasta la supresión de la importancia que pueda tener el otro, pasando por los motivos puramente estéticos que llevan a vestir de determinada manera. 

Debe ser que mi tanto tiempo libre ha encontrado en esto de poder pensar la realidad un estímulo permanentemente satisfactorio, ya que cualquier cosa que en un lector corriente podría llamar la atención y como mucho invitarle a subrayar, se convierte en esta noche en objeto que termina volcándose sobre el papel en blanco, una cosa más pálida que la simple reflexión y que te obliga a seguir un hilo argumental que difícilmente es posible cuando entra en la liviandad del circuito del pensamiento. 

Estoy deseando volver a levantarme a las seis de la mañana, a mis ejercicios, a despertar mi cuerpo mientras el alba levanta del campo, pero no puedo. 

Ahora, más tarde, aparece Luanda en la novela de Lobo Antunes y abro el Google Maps para situar la ciudad, y descubro que esa parte de África no la conozco, que entre Senegal y Namibia mi historial viajero está en blanco, que debería conocer sin embargo si en un viaje a Tombuctú no hubiera cogido una de esas enfermedades tropicales, cuando pretendíamos, no sin temor, viajar hasta Johannesburgo. Sentado ahora en la comodidad de un otoño templado echo de menos no haber llegado a conocer otros muchos más rincones de este planeta. No, ya no hay tiempo; sin embargo sentado esta tarde frente al atardecer era grato pensar que aunque brevemente sí me ha llegado el tiempo de la jubilación para conocer la mayoría de los países del mundo. El tiempo de la vida es limitado. El conocimiento no nace sólo de los libros, me refiero al conocimiento interior, el que se alimenta del contacto con la gente y su cultura, esa suerte de certeza que dan los años, que también te dan los largos viajes por el mundo; el haber vivido codo con codo con gentes de tantas latitudes parece que te impregnase de una empatía natural, de un estar en el mundo como si lo fueras en tu propia casa. Países que visitaste en el pasado, Ucrania, Rusia, Israel, Irán, Estados Unidos o Cuba y que ahora son epicentros de dolor, hablo de las personas, y que por ello están cerca de mi ánimo; nada que ver con los fríos cálculos de la economía y la política. 

Alimentar los deseos, me digo viendo pasar sobre la pantalla encima del hueco donde languidece el fuego de la noche diapositivas de más de una década. Ahora aparezco en una de ellas en algún collado de los Alpes sonriente, feliz por esa libertad que proporciona a mi alma de solitario las largas jornadas de caminar por las montañas. Las fotografías pasan aleatoriamente de un lugar a otro del mundo y del tiempo. Y me siento bien. Esta mañana me desperté pesaroso pero me repuse a lo largo del día. Ahora me da pereza marcharme a la cama. Me quedaría aquí hasta el amanecer escribiendo lo que me viniera a la mente mientras sobre la pantalla desfilan una tras otra imágenes del mundo. 

Me quedaría, pero creo que me voy a la cama. Buenas noches. 


 





domingo, 1 de noviembre de 2026

A la búsqueda de la belleza

La Bella — Tiziano (1536-1538)


El Chorrillo, 1 de noviembre de 2026  

Poesía (Lee Chang-dong, 2010) es el título de la película que vi anoche. Voy apurando poco a poco la lista del cine asiático de calidad que me sirvió el ChatGPT; como se apura una cerveza en una apacible tarde de verano las películas van pasando cada noche, cada madrugada, ahora ya en la pantalla que cuelga sobre el fuego de la chimenea de mi cabaña. Es la hora de dejar los libros a un lado, sentarse cómodamente en el sillón, cerrar los ojos y experimentar el tránsito de la vida. Luego, tras un paréntesis, apagaré la luz y me sumergiré en las alegrías o dolores de otras vidas que no son la mía. También hay noches en que me quedo simplemente mirando al fuego y entonces son las vidas de otros, amigos, conocidos, la mía propia las que surgen de mi memoria. Acabo de leer un artículo de Manuel Vicent que me envía por guasap el amigo Vinches. Allí en estas tardes desoladas de otoño, escribe el autor, pronuncio los nombres de amigos fallecidos mientras una melodía de jazz me transporta a aquellos días felices que vivimos juntos. La nostalgia se ha apoderado del autor e imagina a sus amigos al otro lado de la vida siguiendo parecidas rutinas de cuando estaban vivos; recuerda la tragedia ferroviaria de días atrás, la violencia de los jóvenes de Barcelona, esa orgía de violencia que aprovechan los políticos de uno y otro lado. Y termina su artículo alzando la mano hacia un membrillero, palpa con la yema de sus dedos la pelusilla escondida bajo un color de miel y ha sentido con ese acto que el orden del mundo se había restablecido.  

Pese a todo la vida sigue adelante. Al otro lado de El sabor de las cerezas (Kiarostami) la vida seguía también ahí. No es la armonía del mundo lo que se ha restablecido, como afirma Manuel Vicent, sino la armonía del propio ser. Al protagonista de El sabor de las cerezas la armonía le llega cuando decidido a morir sube a un cerezo para ahorcarse y allí alcanza a comerse algunas cerezas cuyo sabor le devuelve las ganas de vivir.  

En la película de anoche, la protagonista, una mujer mayor cercana a los setenta, siente el impulso de escribir poesía, se apunta a un taller de poesía para descubrir la belleza del mundo a través de las palabras. Es una búsqueda un tanto controvertida porque la poesía no se busca, te llega sin más, si bien sea necesario ponerse en condiciones de, que es lo que hace la protagonista intentando dejarse inundar por el flujo de las sensaciones que le pueden producir un paseo en el campo, la contemplación de una flor o incluso la cercanía de algunos objetos cotidianos. Existe una trama paralela relacionada con el nieto que en el punto opuesto de una trágica realidad actúa a modo de obstáculo que ensombrece sus aspiraciones de poeta. El argumento se resuelve con un golpe de gracia al final del film. El nieto, que ha violado a una joven junto a otros compañeros, es detenido mientras su abuela juega al bádminton con el inspector de policía, otro de los asistentes al taller de poesía. En la película la belleza, la vejez se reparten a partes iguales un deseable protagonismo que también necesariamente tienen que compartir con una memoria que va perdiendo fuerza.  

El escenario de despedida de Manuel Vicent es un escenario grato que me recuerda muchas secuencias de la literatura en que el protagonista en el final de sus días contempla la vida y el mundo cargado con un importante bagaje que pronto o más tarde termina desfilando por la memoria al modo del título de las memorias de Pablo Neruda.  

A Mija, la protagonista de la película de anoche, le surge en su madurez la necesidad de aprender a mirar el mundo de otra manera, de descubrir su belleza en las cosas cotidianas. Acaso muy ocupada con las rutinas diarias no ha tenido tiempo de descubrir lo que puede haber más allá de la roma realidad. Para otros la belleza se convierte en una temprana obsesión, caso de Aschenbach en Muerte en Venecia, de Visconti o, como en Simone Weil, la belleza y la atención que prestamos a nuestro alrededor, se convierten en eje de nuestra relación con la realidad. Ella habla de mantener el pensamiento vacío, disponible y a la espera de que el objeto penetre en nosotros, se trata conseguir que el objeto exista ante nosotros con toda su realidad, y por tanto, si se trata de un objeto de contemplación, con toda su belleza.  

En cualquier modo en este punto se plantea la vieja cuestión de si la belleza está en el objeto que contemplamos o si ella en parte está palpitante en el ojo del que mira o escucha. O mejor todavía, ¿la belleza pertenece al objeto o nace del encuentro entre el objeto y quien lo contempla? Seguramente la protagonista de nuestra película no llega a tanta sofisticación pero sí se observa en ella sin embargo una necesidad de abrir en ella misma una puerta que se ha abierto en su interior, y que permaneció cerrada hasta ahora, en que por una rendija ha empezado a entrever un mundo en donde los objetos exteriores han comenzado a sintonizar, a empatizar, con un sentimiento ambiguo interior desconocido hasta ahora que se abre a una realidad profunda, la aprehensión de esa verdad que esconde la realidad y que denominamos belleza, y que acaso deberíamos escribir con mayúsculas.  

Las doce del mediodía, hora de levantarse.  


 


 


 


 






 


 


 


 


 


sábado, 31 de octubre de 2026

Codicia

 


El Chorrillo, 31 de octubre de 2026  

Observo que en mis posts aparece con alguna frecuencia el término codicia. Casi todos mis planteamientos en torno a los males del mundo parece que los cargara en la avaricia sistémica de la clase que domina la economía, y por ende en la política como gestora del bien común. Dejo casi siempre por descontado los mecanismos mediante los cuales esta clase dominante consigue sus objetivos y adjudico en un planteamiento casi siempre excesivamente simplista (entre otras cosas esto es un blog no un tratado de economía o sociología) la otra razón a la abducción que la ignorancia y la comodidad producen en los individuos que, incapaces de cuestionar el sistema, al menos en su faceta de votantes, se someten ciegamente a las reglas de juego del capitalismo.  

Relacionar sistemáticamente los males del mundo con la codicia obviamente es simplificar la complejidad de las relaciones entre el trabajador y el capital, sin embargo entiendo que en absoluto es improcedente dejar claro que la principal fuente de toda la injusticia social y económica proviene de la ambición desmedida, del ansia depredadora y la mezquindad de la clase dominante. Codicia: “El capitalismo es un caballero al que no le gusta que lo llamen por su nombre”, escribió Bertolt Brecht.  

La ignorancia y la comodidad poco tienen que hacer frente a la codicia que de una manera u otra parecen germinar en el ser humano, un instinto acumulador que podría hacernos pensar en las hormigas proveyéndose para pasar el invierno y que en la mente de los sapiens se desliga de acumular para otros tiempos peores convirtiéndose en un fin en sí mismo. Hemos desnaturalizado la previsión para el futuro o para nuestro bienestar actual para convertirlo en una suerte de instinto autónomo de depredación y acumulación.  

A partir de aquí es importante saber qué mecanismos son los que implementan y consolidan esa rapacidad, es cierto. Ese es el objeto de mis últimas lecturas, dicho de otro modo la necesidad de comprender. Comprender a los elementos implicados. Cuando esta mañana repaso muy por encima la prensa de Estados Unidos, tantos hilos por relacionar, lo que más me llama la atención es que las noticias de cabecera son de este cariz: “Un juez ordena una investigación para determinar si funcionarios de Trump engañaron al tribunal sobre el plan del campo de golf”. “Una jueza federal da a entender que podría detener la construcción del arco de Trump”. “Su caso relacionado con el estanque reflectante fue desestimado. Ahora lucha por limpiar sus antecedentes penales”. Son las noticias de cabecera del Washington Post de hoy. Se gastan miles de páginas de este cariz relacionadas con este individuo. Esta inflación informativa que para cualquier persona con un mínimo de sentido común no significa otra cosa que lo que este individuo necesita es ingresar inmediatamente en un psiquiátrico. Y sin embargo ¿qué? Una parte considerable del mundo dependiendo de la insania mental de este individuo, que por demás podría ser capaz de dar la vuelta el próximo martes a las elecciones de medio mandato de su país. La CNN abre su edición de hoy con esto: “Trump está preparando el terreno para impugnar las elecciones de mitad de mandato”. Si los resultados de las elecciones no son de su gusto, ahí va.  

¿Quién da más? Cuando las razones de lo que vivimos, en este caso el capitalismo depredador, tiene su base en un deseo incontrolado de acumulación mientras un porcentaje altísimo de la población sufre carencias básicas extremas, no necesitamos, al menos yo no necesito, hacer un análisis pormenorizado de la cadena de hechos que llevan a esta situación. Èsta nos dice claramente en qué mundo vivimos y cual debería ser el camino a tomar. Un ejemplo elocuente que localicé ayer en el perfil de Facebook de Javier Ono: Los beneficios de Repsol en relación con el pasado año superan el 300% en la comparación interanual. Sean cual sean las circunstancias del mercado intentemos tocar tierra y preguntemos: ¿Quién ha pagado, está pagando, esos beneficios? Ese Anónimo, inaprensible Otro, el Mercado, al que parecen echar las culpas de todo y que como Dios ni se toca ni se come, buena manera de escurrir el bulto, al que parece hay que rendir subordinación, es al que sin cuestionárnoslo rendimos pleitesía con nuestro óbolo cada vez que paramos en una gasolinera para repostar combustible, cada vez que encendemos la calefacción de nuestras casas.  

Y todos ellos, no faltaría más, revestidos de parecida manera a los oficiantes de una misa, de respetabilidad social y económica cuando lo que deberían vestir sería el pijama a rayas de los que viven entre rejas.