jueves, 21 de mayo de 2026

Milene




Hospital Montepríncipe, 21 de mayo de 2026

Al fin una enfermera me ayudó a recuperar el nombre de una de sus compañeras, Milene, que me sonaba al amor del tímido Kafka y que es una de las enfermeras más competentes que parido madre . Pobre memoria mía que a pesar de ir apuntando nombres de médicos e enfermeras en un bloc de notas, estos caen en mi memoria como en un pozo sin fondo, ese pozo por donde desaparecen tantas cosas de la vida sin dejar rastro. En realidad, si nos atenemos a la memoria no somos ya aquel Hombre Demediado de Italo Calvino, sino un amasijo de que retales que se va depositando de manera anárquica y confusa en nuestro cerebro. Somos rastro de lo que fuimos, y no te digo, que diría mi hermana Montse (un millar de veces le oí esa expresión desde qué eramos niños. Comentábamos algo y ahí estaba Montse, mi querida hermana, con su “ya te digo”. Yo, que desde niño fui un poco pijo, fui el listillo de la familia . Como nací en una familia humilde (mi gran orgullo de nacimiento) pero enseguida me llevaron a los Salesianos y allí me convertí en el primero de la clase durante muchos cursos. Razón por la cual se me juntó el hambre con las ganas de comer. Cada vez que uno de mis hermanos se salía del diccionario, allí estaba su hermano mayor para corregir al que había errado. Vamos, hermano repelente. Vamos, eso “que ni te digo”, ¿verdad, hermana?

Me fui por peteneras. Estaba en aquello que decía mi hermana, “ya te digo”. No, perdón, no estaba en el “ya te digo”, sino en que somos un amasijo de restos que circulan por nuestro cerebro y de los que éste suelta prenda sólo cuando le sale de las pelotas. Y que me lo digan a mi que en estos días a veces soy capaz de enrollarme hablando de filosofía y que en otros caso no me acuerdo ni de mi nombre ;-)

De todos modos el cerebro es alucinante. Cuatro años tendría. Estoy en la calle donde nací, Calle Iglesia, afluentes de General Ricardos en puente Toledo, y estoy de pies sobre el enrejado de una alcantarilla y estoy enrollando con su cuerda uno de esos peones gordos que usábamos entonces. Eso, nada más, como si alguien me hubiera fotografiado y yo hubiera tenido esa foto siempre en la cabecera de la cama. No era la magdalena de Proust, pero se trataba de un instante de auténtica conciencia, conciencia del ser que diría si no me pareciera un tanto pedante. No sería capaz de profundizar en estas cosas (yo estudié Geografía a Historia jajaja…). Recuerdo una idea, creo que era de Mallarmé, más o menos, decía, que el poema, una idea desencadenante no nacía de una explicación larga ni de un discurso racional, sino de unas pocas palabras cargadas de electricidad. Una vez aparecen esas palabras —dos, tres, cuatro— el resto del poema “tira solo”, casi como una reacción en cadena. Pues eso, que Newton estaba un día durmiendo a piernas suelta a la sombra de un enorme manzano, le cayó una manzana en la punta de la nariz y de ahí nació toda la física moderna. También está aquello del escultor Bracusi, un millón de veces lo cité en mi blog, que venía a decir que si quieres descubrir la le ley de la gravedad es necesario que te eches la siesta a la sombra de un manzano. Lo que vale decir ponerse en situación propicia. “Las cosas no son difíciles de hacer; lo difícil es ponernos en el estado mental adecuado para hacerlas”.

Joder, se ve que mi corazón y sus aledaños cada día están mejor. Lo noto en la escritura. Hace unas semanas, ni una palabra podía escribir, así que dentro de una semana, que es cuando está prevista mi alta, no me va aguantar ni Enrique Muñiz ;-) Gracias, Enrique por esos ratos por los apareces por aquí para animar la tarde.


lunes, 18 de mayo de 2026

Los seres queridos


Hospital Montepríncipe, 18 de mayo de 2026

Por qué me habré acordado yo esta mañana de “Mis seres queridos”, de los que escribía ayer aquí. Deduzco, amigo Enrique, que no has leído a Evelyn Waugh. Es una sátira tan cruel del mundo que ronda la muerte, tal de obligar a utilizar las cursivas e incluso los interrogantes ante las supuestas verdades que el mundo va adoptando para quitarse de encima la idea de de la muerte... Cuando uno viaja no solamente hace kilómetros, sorbe con los ojos y el alma todo cuanto pasa frente a sus ojos. Todas las culturas llevan sobre sus espaldas, siglos, milenios de íntima relación con la realidad, la vida, la muerte, el amor. Y esa relación ha depurado al hombre, lo ha humanizado, dado profundidad y sentido. Sin embargo no por ello la futilidad deja de estar presente en parte de nuestras culturas que en ocasiones suele tender a convertir en basura lo más noble que del hombre pueda surgir.

Un ejemplo para saber por donde van los tiros. En el año 87, con un conocimiento casi nulo del inglés, pasé cuarenta días en la India dándole una oportunidad a mi propio yo para conocer qué se cocía más allá de las puertas de mi casa. Una mañana, al amanecer me fui a meditar en Benarés junto al Ganges. Elegí una grada junto a una pira de leña donde se quemaba el cadáver de un hombre. Junto a la pira una mujer de mediana edad envuelta en su sari lloraba la pérdida de su marido casi ya descompuesto por las llamas. No me moví de allí hasta entrado el amanecer. Estaba sumido en mi meditación cuando en cierto momento sentí pasos en la cercanía. Lo que me encontré fue un grupo de norteamericanos con sus cámaras en ristre, guiados por un hindú, que fotografíaban a diestro y siniestro sin respeto alguno para el difunto o la viuda todo el espectáculo de la muerte.

También nuestro mundo nos ha embrutecido. La muerte a través de los medios se ha convertido en algo casi anecdótico. Los muertos se convierten en soldados abatidos. Muertos dignos si son norteamericanos, basura si son gazatíes, o iraníes.

Entre el crudo mundo de Mis seres queridos y aquel otro que percibía yo en las gradas del Ganges, existe el enorme abismo de lo verdadero y lo falso, abismo de una sociedad descalabrada que necesita disfrazar la realidad de la muerte con afeites y cremas para que los muertos parezcan menos muertos.

Aquí podemos volver al mundo de Mis seres queridos. En su libro Evelyn Waugh convierte la industria funeraria moderna en una sátira feroz casi grotesca. La muerte deja de ser una experiencia humana compartida para convertirse en un espectáculo higiénico, administrado por expertos del maquillaje, la pompa y la apariencia. El cadáver ya no puede parecer muerto: debe parecer “presentable”.

Tengo ocupadísimo el día con pruebas, ejercicios, visitas, necesarios largos paseos, médicos o enfermeras. A ello se suma que me pego unas siestas enormes que me encantan. Total, que apenas me queda tiempo, y como me he tomado esto de la escritura como parte de la terapia, pues escritura al canto.

Sin mucha novedad. Mi corazón se va fortaleciendo. Esta mañana la cardióloga me ha recomendado que no ponga fechas a mi recuperación. Quizás a finales de mayo pueda contemplar la huerta y la parcela que mi hijo Mario cuida en estos momentos. No creí que fuera a aceptar tan bien mi tránsito por la enfermedad. Estoy optimista. Postergar planes pone en mi futuro inmediato una pizca de esperanza.


domingo, 17 de mayo de 2026

¿Tierra de leones?


Hospital Montepríncipe, 17 se mayo de 2026

¿Por qué me habré acordado yo esta mañana de “Los seres queridos”, la novela de Evelyn Waugh?, una feroz sátira del mundo funerario estadounidense. El muerto al hoyo y el vivo al boyo. Empecé por pensar en nuestro sistema límbico, que creo que es aquel que contribuye a crear nexos relacionales y afectivos entre los seres vivos superiores. Las tortugas entierran sus huevos bajo la arena de la playa, y si te he visto no me acuerdo. Allá te las apañes.

Yo no tengo ni idea de dónde han salido mis sentimiento, mi visión de la vida, esas cosas, pero sospecho que desde que los sapiens se incorporaron a la carrera de la evolución sus mentes se han embarullado de tal modo que creo que una buena parte de la humanidad se ha hecho un enorme lío, viven entre una espesa niebla tal de hacerles caminar erráticos por los senderos de la vida. Vivir a salto de mata, observar constantemente los números de tu cuenta corriente, pisar a unos y a otros para llegar los primeros.

Ver la vida desde perspectivas diferentes, una pareja de ochenta años que me encuentro en los Alpes cogidos de la mano, otra persona de la misma edad, que la va a palmar casi ya mismo como cualquier hijo de vecino, digamos un tal Trump, una persona que ha dedicado en algún rincón del mundo a ayudar a los demás la mayoría de los años de su vida.

Recuerdo que leer hace muchos años a Evelyn Waugh me producía escalofrío, ese mundo funerario estadounidense, el sofisticado maquillaje de los cadáveres, el embalsamiento… en fin, la comercialización sentimental de la muerte.

Soy de los que piensan en la necesidad de cerrar los ojos con cierta frecuencia para, recogida la mente en sí misma, alcanzar ciertos retazos de claridad interior. El mundo, las pasiones, las circunstancias que nos acompañan durante la vida son en exceso complejas como para teniendo una buena parte de ellas en mente podamos sacar algo en claro, de modo que al final lo que suele suceder es que quedemos de algún modo en manos de las pasiones o sus compinches. En absoluto pienso en que la gente en general conduzca sus vidas o sus pasiones, más bien pienso que son estas últimas las que pueden llegar a dominarnos a poco que nos descuidemos. Piénsese sin más en el Psicópata de Trump y todos los que dedican la vida a hacer dinero o conseguir poder. Aquel cuento del pastor al que interroga un ricachón que quiere hacerle millonario y cuyas respuestas son siempre las mismas ‘paqué?. Piénsese en aquello que afirmaba Freud de que el yo no es dueño de su propia casa, lo que sugiere que vivimos atravesados por impulsos —amor, miedo, resentimiento, deseo, ambición— que a veces organizan nuestra vida entera sin pedir permiso. Vamos, que podemos vivir sin enterarnos porque todas esas pasiones, etcétera, nos llevan del dogal sin que nos enteremos.

¡Y me pregunto qué coño tendrá que ver aquello de Evelyn Waugh con todo lo que sigue! Y a lo mejor sí tiene qué ver. Si el Todo tiene que ver con el Todo seguro que alguna relación tiene que tener. Si me leyera aquí el amigo Álvaro (no lo veo desde que abandoné el Face), diría que qué paja mental me estoy haciendo. (Sí, de vez en cuando echo de menos a tantos amigos que quedaron atrás tras mi resolución de abandonar las redes).

Usa el amigo Muñiz en un comentario a mi post de ayer la expresión “un motor que comienza a rugir con fuerza” (el mío...). La hipérbole hace temblar mis piernas porque me hace la ilusión verme dentro de poco encontrarme caminando por mis amados veranos pataleando Alpes. Pero no hay cuidado, que tal agua no lloverá). De lo primero que me acordé al leerlo fue del león de la Metro-Goldwyn-Mayer. Todavía me recuerdo de niño cuando veía mis primeras películas de aquel magnífico rugido. Los leones siempre han sido expresión gráfico de la fuerza de la Naturaleza. Ya que estamos con leones vuelvo a recordar aquí aquel pensamiento budista que nos recuerda Alant Whatt: “Vive como un león, toma tu sake y muere como un león”. Sí, me he metido en tierra de leones.

Creo que estoy empezando a perder el hilo, así que mejor me voy con Mario a tomar el sol en la terraza. Esto que he es escrito hoy, por incoherente que sea, me recuerda alguno de mis maratones en el que subir el repecho desde el Manzanares hasta la meta cerca de Cibeles, era casi como jugársela con la Parca.

Fuera de eso me siento francamente bien. Ciao!


sábado, 16 de mayo de 2026

En recuerdo de Antonio Montes

 

16 de mayo de 2026

Pues es que hoy abrí por primera vez el portátil después de mi gira hospitalaria y lo primero que me encontré en pantalla fue un  texto titulado Torear a la Parca…que no recordaba. Quizás venga al caso. El texto es de finales del pasado año. 

Desde hace muchos años un pensamiento recurrente que transita por mi cabeza es el de la parca y su cercanía, sin la guadaña y con aspecto cada vez, digamos, más natural. Ni de coña habría yo imaginado que cercano a los ochenta iba yo a vivir tan inevitable compañía con esta bienvenida normalidad. Un estado de ánimo del que no está ausente, claro, el recuerdo de los amigos que se fueron, en mi caso últimamente Antonio Montes, por ejemplo, con el que había quedado para comer el pasado mes de septiembre, comida que tuvimos que rescindir porque el se marchó definitivamente hacia la nada a los pocos días de acordar nuestro encuentro. Curioso cómo van colándose por las rendijas del alma estas cosas, cómo lo que en la juventud “no existía” ¬-cuando uno es joven la vida siempre parece eterna-, poco a poco cuando pasas el Rubicón de los sesenta o los setenta vas empezando a tener una curiosa relación que poco a poco se va profundizando hasta convertirse en una relación cercana. Una relación cercana es algo o alguien con quien estableces cierto grado de familiaridad. No sé cómo les va a los demás con estas cosas, pero en mí esa familiaridad se ha convertido con el tiempo, especialmente en la última década, en un elemento que me ayuda enormemente, cada vez con más claridad, a comprender e interpretar la realidad que vivo, la realidad del mundo en general. Saber que nos vamos a morir dentro de no mucho arroja luz sobre nuestro pensamiento, sobre nuestro modo de pensar, sobre nuestro comportamiento; vanitas vanitatum…

Ja, ¿y a qué viene todo esto?, dirás. Bueno, tú te has paseado durante los últimos años tanto por los dominios de la parca, tanto que entre los amigos que pasaron por trances similares al tuyo, la verdad, dicho crudamente, es que eres casi un resucitado, el resucitado más ejemplar que yo conozco. ¿Recuerdas aquel cuadro de Delacroix, La libertad guiando al pueblo? Quizás sea del género idiota relacionar ese cuadro, pero a mí me gusta, subraya esa idea de ¡adelante! Ni cáncer ni cojones: adelante y a seguir viviendo sin levantar el pie del acelerador. Tú y  la Parca… Y eso que desde hace cuatro años apenas te mueves del hospital. Probablemente no sean estas líneas las idóneas para terminar un año, pero como a mí me gusta mirar de frente a la parca, mejor vuelvo a traer aquí un pensamiento zen que me gusta, aquello de bebe tu sake, vive como un león y cuando llegue tu hora muere como un león. Vamos, que cuando hemos quedado con otros amigos para tomarnos una cerveza en alguna terraza, allí quien respira vida por los cuatro costados, eres tú, el león de la pandilla. Y como además eres bastante sordo tus rugidos y tus argumentos los oyen hasta los vecinos del quinto piso. Y sí, que a nadie se le ocurra llevarte la contraria, que entonces ya tenemos fuego de artillería a discreción para un buen rato. Vamos, que más vivo que tú, ninguno. Ni trauma enorme, ni bicho, gusano o cerdo cabrón, como dices: “¡Jódete, lorito, la vas a palmar! Ja, me encanta esa espontaneidad con la que toreas al cáncer y a la parca. 

Alan Watts sostenía que la naturaleza no tiene propósito alguno. La ausencia de finalidad, escribía, es el más fundamental de los principios budistas. Cuando te tiras un pedo, escribía socarronamente, no dices, “me tiré un pedo a las nueve en punto”, sólo pasó. Esa es la impresión que tengo cuando leo tus versos. Cosas que te pasan, que os pasan a ti y a Marga, y nada más. Un chaparrón tras otro y después, como no hay mal que cien años dure, después vuelve a salir el sol, momento en que agarras el portátil o el teléfono y lo mismo aporreas a la derecha o la extrema derecha que te ríes de tus bichos, o escribes un poema a la oncóloga que te está tratando.  

Ah, escribía alguien cuyo nombre olvidé, si todos supiéramos lo mucho que unos y otros estamos en deuda con algún amigo, con gente que con su ejemplo indujo en nosotros una filosofía de la vida, un modo de encarar la existencia, un modo erecto de enfrentar enfermedades e inconvenientes… No, no es cierto que uno se lo guise y se lo coma todo motu propio, siempre hay otros que ante alguna fatalidad te dicen, con su ejemplo o de palabra, que bueno, que…

Hoy por hoy el recuerdo más vivo que me pone en contacto con la realidad global de la existencia, es Antonio Montes. Tan cercano lo sentía, lo siento, que el saber que ya no está abre ante mis ojos una visión de la existencia digamos quasi cotidiana. Una leve brisa, no más. “Yo me iré y se quedarán los pájaros cantando…”, como otro día más. No sucederá absolutamente nada anormal, sólo que no te despertarás, no tendrás al día siguiente que arreglar un problema de fontanería, ni te dará pereza levantarte, ni habrá necesidad de preparar la comida o asistir a una cita con el dentista… Nada más que eso. Hubo un personaje en mi infancia que algo me marcó. Siendo alumno de los salesianos era predecible que Santo Domingo Sabio me llamara la atención. Cuentan que un día le preguntaron que si estuviera jugando al fútbol y supiera en ese instante que se iba a morir en cinco minutos, qué pensaba él que haría. Su respuesta: seguiría jugando al fútbol. 

Pues eso, amigo, que me encanta cómo las gastas con la vida y que incluso te sigan quedando fuerzas para poner en su sitio a tanto mafioso disfrazado de político. 


jueves, 14 de mayo de 2026

Pastoreando nubes

 



La sensación predominante que tengo esta mañana es que la vida va muy deprisa mientras que yo voy muy despacio, algo así como si yo fuera a rebufo de la vidas con la legua fuera. Si digo que esta mañana la vida parece irme muy deprisa es porque no logro apenas llegar al final de la jornada con la mitad de las cosas que por la mañana tengo en la cabeza. No por supuesto por la cantidad sino porque mi condición de enfermo grave aglutina en mis cerebro una suerte de estado de percepción global de la realidad, como si tuviera prisa antes de palmarla de conocer sucintamente la realidad que vivimos, un párvulo que quisiera saber, dar respuesta a todas las preguntas que se han hecho los humanos desde siempre cuando alimentaba un fuego en una cueva o contemplaban las estrellas. Tantas gracias doy yo siempre al haber entablado desde joven una íntima relación con la montaña y con la Naturaleza en general. Cioran amaba profundamente la relación que habían tenido durante su vida con la enfermedad, el dolor. Y también con la música de Mozart. Vuelvo necesariamente a recoger aquí esa cita que ayer mísmo repetía aquí por enésima vez: “Les choses ne sont pas difficiles à faire, ce qui est difficile c’est de nous mettre en état de les faire.” (Brâncuși). Y por cierto, la palabra que me encanta, que desconocía y que aprendí de Toti.

Final de tarde de animada e inteligente conversación con mi hija, unas de esas raras ocasiones que en el trajín de nuestras aceleradas vidas encontramos un rato para hablar de la realidad; es decir volver a esas charlas, vuelvo a Brâncuși, que raramente sostienen padres e hijos. Es decir, volver a Brâncuși esos, encontrar el momento. Tengo una amiga que ni se te ocurra hablarle de estas cosas, la vida, la muerte…; ella, dice, lo que quiere es divertirse. Bueno, aquello de que sobre gustos no hay nada escrito. Yo ya a los seis años me preguntaba sobre la existencia de Dios. Debía de ser un niño raro, más o menos como ahora, diría alguno que me conozca un poco .

Bueno, al caso, breve crónica de otro día más se hospital y me sumerjo en los brazos de Morfeo, pero antes quiero contestar al comentario de Enrique Muñiz (el que tenga curiosidad que lo busque). La verdad es que me encanta “discutir” con Enrique Muñiz. Su comentario de ayer daría para dejar volar a la memoria y escribir unos cuantos capítulos de la propia vida personal, la infancia, la moría, el cómo lo que fuimos, creímos o pensamos terminan fugándose por el desagüe de la memoria y cómo a veces con uñas y dientes en la edad madura intentamos recuperar la esencia de aquellos tiempos y sus correspondientes vivencias. Otras no, se fueron para no volver jamás. Yo, cuando me dio por empezar a escribir, me había roto un brazo y tuve vacaciones de mes y medio en el colegio, se me apareció un ángel, metí la mano en un cajón donde se habían acumulado anotaciones y recuerdos de mucho tiempo atrás y a partir de entonces fue el cuento de no acabar. Empecé a tirar pacientemente de la soga de la memoria y cuando me dieron el alta ya tenía un libro casi terminado. Enrique habla de cómo en ocasiones la memoria se convierte en un pozo sin fondo. A veces me resulta muy atractivo “el olor de la magdalena”. En Proust yo imagino que recuerdos similares llenaron una parte importante use su vida. Algo así intenté yo después con otras novelas, no era sólo recuperar hechos.

Muchas aveces a ello acompañan las sensaciones que a través de décadas y décadas nos hablan de un nosotros que hemos olvidado. Pessoa decía que las sensaciones son lo mejor que tenemos, el sabor de la magdalena, el beso de mamá, ya en la cama, de las buenas noches de una lejana madrugada de la infancia.

¿Quién no tiene, pregunto a Enrique, algún sabor de una magdalena pegada a nuestro más íntimo ser? Yo en los primeros libros que escribí recuperé mucho de aquellos tiempos que creí habían desaparecido para siempre. No era sólo escribir, era también reencontrarme conmigo mismo. Fue un esfuerzo que agradeceré siempre.

Son las once de la noche y necesito recuperar el fuerzas, así que me despido. Buenas noche


miércoles, 13 de mayo de 2026

Vigésimo día de hospital (por ayer)


Hospital Montepríncipe, 12 de mayo de 2026

Ayer se me fue un día enterito por los imbornales de la memoria. Ayer, o vete a saber cuándo, porque en el hospital los días y las horas se hacen un barullo en mis circuitos neurales. Me desperté sobre las cuatro de la tarde con la sensación de que había un dormido más de veinte horas seguidas.

Luego resultó que no, que en el hueco de esas veinticuatro horas fueron apareciendo cosas aunque como pertenecientes a un día previo, que no era previo sino que se empeñada en haber surgido a la vuelta de la esquina. Total, que mandaron a hacer una resonancia y un electroencefalograma no fuera a ser que en mi memoria se hubieran metido algunos enanitos que estuvieran jugando a las bolas en mi cerebro. Resultó que no, que mi cerebro funcionaba bien y que las enfermeras seguían siendo tan amables y guapas como siempre.

Ayer fue un día intenso. Estuvieron aquí Ana y Raúl (mis cuñados), y también Victoria. Rajamos hasta quedar con la boca seca. Es curioso tener un cuñado de apariencia retraída, pero con el que es imposible no dar la vuelta al mundo al cabo de dos horas. Ana, Ana también se las trae. En fin tarde de una muy agradable tertulia. Ya sabéis, Raúl con su apariencia de hombre silencioso, cuando tiene delante un tema que le interesa, es una mina.

La noche anterior apenas dormí, pero hoy un somnífero a tiempo hizo de mi sueño una delicia. Despatarrado boca arriba, una posición para mí imposible, se convirtió en un agradable viaje a través de mil asuntos. Cuando esté mejor me he prometido volver a leer a Julio Cortázar, su libro es una fuente de sugerencias. Me prometo tirar de aquella idea de Brâncuși que cité en alguna ocasión: “Les choses ne sont pas difficiles à faire, ce qui est difficile c’est de nous mettre en état de les faire.” Qué cosa tan interesante, y difícil a veces la ponerse en estado de hacer… y sobre todo que no haya imponderables y pueda tu mente viajar a su capricho por ese magnífico mundo que llamamos realidad.

Me es muy difícil escribir unas pocas líneas, pero sólo el esfuerzo creo que me beneficia y me saca del sopor del adormilamiento.


miércoles, 6 de mayo de 2026

Sumar amaneceres



Hospital Montepríncipe, 6 de mayo de 2026

Estás algo desanimado, un poco adormecido y de repente leer una expresión en el comentario de un amigo, Enrique Muñiz, algo se te alivia por dentro. Sí, Enrique hablaba de sumar amaneceres. Bendito el día en que se me ocurrió dar comienzo a esa larga colección de vivacs que han jalonado mis muchos años de caminar por las tierras de este planeta. Pisar la tierra, oler el perfume de los pequeños narcisos de la Pedriza, despertar por la noche bajo un cielo cuajado de estrellas. ¡Dios bendito!, ¡Cuántas cosas hermosas con las que llenar la vida...!

Sumar amaneceres… Expresión de tantas cosas diferentes. Buah, “cosas”. Nuevas pasiones, nuevas inquietudes, el rugir de la tormenta en alta montaña abrazado a tu soledad. Y a la mañana siguiente, cubierto el suelo de granizo, las nubes merodeando por las laderas, la vida de nuevo en pie y tú en el centro del universo contemplando el mundo a tus pies.

Creo que lo que verdaderamente sentiría cuando no pueda ya subir a dormir a las cumbres, sería esa suerte de mística que me une al universo cuando él, yo y el Todo se funden en un abrazo solitario, cumbres, estrellas, el llano de Gredos a tus pies, la alfombra ámbar de las luces bajo la Cuerda Larga.

Bueno, no quiero exceder me, así que ¡salve… nos vemos.