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lunes, 27 de diciembre de 2021

La intimidad y el Big Data

 


Diógenes el Cínico


El Chorrillo, 28 de diciembre de 2021

 

Mi amigo Cive, José Antonio para los amigos, se interesaba ayer por algunos cabos sueltos que no cuadraban cuando yo mostraba mi entera despreocupación por que mis datos personales, lo que pienso o dejo de pensar, lo que siento, esté colgado en Internet a disposición de los buitres de los datos (así los llama él). El Gran Hermano no sólo nos vigila como el ojo omnisciente de un Dios que está en todas partes siguiendo nuestros pasos, sabiendo lo que consumimos, las webs comprometedoras que frecuenta un buen padre de familia en momentos de soledad, conociendo lo que pensamos, quienes son nuestros amigos, a qué ideología política somos adictos, qué religión practicamos, un dios a tiempo real que no sólo sabe dónde hay una retención de tráfico en cualquier parte del mundo o el número de personas que en determinado momento visitan el supermercado frente a tu casa. Y lo más gracioso es que todo eso sucede porque nosotros lo permitimos e incluso lo alentamos directa o indirectamente.

Tú me proporcionas la posibilidad de comunicarme con mis amigos e intercambiar con ellos información, pensamientos, deseos, fobias, etcétera y a cambio te guardas en el bolsillo toda esa información; tú me facilitas la posibilidad de difundir lo que escribo, las imágenes que salen del laboratorio del Photoshop, ideas que deseo compartir y a cambio todo ese material lo transformas en rentable información que vender al mejor postor, o que retienes con espurias intenciones. Estamos en el ámbito del camino que llevará inevitablemente algún día a esa distopía que vemos en el horizonte… si no se le pone remedio.

Todo eso es así, pero, le decía yo esta mañana al amigo Cive, es que nadie da duros a peseta. De parecida manera a como quién hace la ley hace la trampa, esta gente te ofrece medios de difusión y de comunicación a espuertas, pero no gratuitamente, el costo está ahí a la vista. Quieres ir de aquí a tu pueblo el fin de semana y compruebas el tráfico; Google te ofrece la posibilidad de evitar caravanas porque sabe del tráfico, pero no lo conoce porque se lo haya contado un angelito que vigila las carreteras, lo sabe porque los usuarios, que tienen conectados el gps del teléfono, están mandando a Google continuamente su ubicación; si sabes que el supermercado de la esquina tiene mucha o poca gente es porque los teléfonos de los clientes están suministrando en todo momento a Google sus movimientos. Bien hasta aquí, cosas útiles que nos ayudan a evitar atascos, pero que a renglón seguido va a conceder a estos señores la posibilidad de ofrecerte un hotel, un restaurante, o un montón de productos más en la ruta que estás siguiendo, y ello sin contar con que ese ojo que te vigila  puede utilizar tus datos de manera mucho menos inocente. ¿Alguien puede imaginar qué hubiera sido el Big Data en manos del fascismo, de Franco tras la Guerra Civil?

Es totalmente deplorable que a esta gente no se le paren los pies, pero, como decía el otro día Nieves Concostrina, las alfombras de las sedes de la Unión Europea, las del Capitolio y las de todos los estados del mundo están raídas por el paso continuado de los lobbies que las asedian. El poder económico y el político, hermanados en fraternal convivencia tienen desde siempre tantísima afición a ejercer de pastores de rebaños, que difícil va a ser que suelten prendan y nos traten con el debido respeto. Rebaño somos y en rebaño nos convertiremos, entre otras cosas gracias al manejo psicológico y sociológico del Big Data que suministra de continuo el grado de imbecilidad que es capaz de asimilar un pueblo, el de Madrid sin ir más lejos, y por consiguiente le ayuda a diseñar el discurso más conveniente para que la gilipollez y la estulticia sigan siendo claves a la hora de emitir un voto.

Que sí, que mi amigo tiene razón con todo ese asunto de la recopilación de datos. Sin más aquella de Amy Webb, cuya tesis principal expuesta en su libro Los nueve gigantes, se puede resumir en que “los gobiernos y cientos de empresas espían a los ciudadanos a todas horas, todos los días; rastrean todo lo que pueden, la ubicación, las comunicaciones, las búsquedas de internet, la información biométrica, las relaciones sociales, los problemas médicos, las compras…”. Eppur –como en otras ocasiones– la terra si muove. Es decir, no se acaba ahí la vida, porque si bien es desconcertante y criminal el uso que hacen de nuestra presencia en Internet o en las redes, también es cierto que si te la trae floja toda esta piratería (cojones tiene que hablen de piratería cuando alguien se salta los derechos de autor para leer o escuchar algo, y esto que hacen Google y Facebook, algo con creces mucho más grave, se lo considere una piadosa aportación al acerbo colectivo), es cierto, decía, que si te la trae floja desde el punto de vista personal, la cosa puede no ser tan grave.  

Le decía a José Antonio que cualquiera que lea lo que escribo por ahí creo que comprende que, en lo que se refiere a mi persona, me importa un bledo el Big Data y todo lo que se le parezca. Desde luego cosas de la edad y de esas reflexiones que tantas y tantas veces me surgen cuando desde el agujero de mi saco de dormir contemplo el firmamento. Tan poquita cosa como es uno... imagínate, le decía, las grandísimas preocupaciones que pudiera tener una de esas miles de hormigas que se mueven bajo tus botas cuando caminas por los bosques. Desde ese punto de vista esa buitrería que se ceba de datos, no llega ni siquiera a eso de pelillos a la mar. Y para mí que todas estas cosas se agudizan con la edad. A veces a uno le entran ganas de reírse de tanta paparrucha con la que inundamos el cerebro los homo sapiens sapiens. Recordemos aquella famosa cita de Shakespeare en Macbeth... de que la vida es un cuento contado por un idiota. Eso mismo. Simplemente sucede que junto a nuestra proyección social –animales sociales somos en definitiva– existe también una parte personal que es inmune a la presencia de los buitres, un aspecto de la persona que perfectamente puede prescindir de lo que hagan o no con los datos de uno, vamos, que me la trae al pairo.

El que a mí me parezca un hecho que debería ser penado por la ley, me refiero a esa usurpación de datos, creo que puede convivir perfectamente con el hecho de que yo siga expresando lo que me dé la gana en mi blog o en las redes, que es algo que  se corresponde desde nuestros más lejanos ancestros con esa necesidad de expresar, narrar, decir lo que te pasa por el magín, y que no es otra cosa lo que harían los hombres primitivos en su cueva junto al fuego de invierno después de una larga jornada de caza. Reunirse y conversar, cotillear, expresarse. Quizás esa escena nocturna alrededor del fuego de gente que conversa sea lo más parecido a lo que son hoy las redes sociales o la escritura que vamos dejando en un blog.

No me afecta eso que José Antonio denomina una nueva forma de dominación ejercida sobre todos aquellos que, con mayor o menor intensidad y frecuencia, entramos en la World Wide Web. Nadie impone una supremacía sobre mí por el hecho de disponer de información sobre mi persona. Me considero demasiado poquita cosa para que eso pueda darse. Por otra parte, si al hilo de este asunto trajéramos a colación a Diógenes el Cínico y su modo de vida y encontráramos a un periodista que pudiera hacerle una entrevista, quizás sus respuestas pudieran aliviar, al menos a nivel personal, ese signo catastrofista que veía yo en el mail de mi amigo José Antonio.   


jueves, 6 de febrero de 2020

Leer

Negrito, un gato listo que recogimos del campo y leía poemas de José Ángel Valente a las pocas semanas de nacer.




El Chorrillo, 6 de febrero de 2020

Leer es vivir un estado de ánimo, un conflicto, un sentimiento que no es el tuyo. A esta idea venía dándole vueltas mientras el alba empezaba a desleírse entre las ramas de los olmos que hasta ahora pasaban a mi lado como sombras. Y más, ¿de donde viene el gusto de esa vivencia extraña? Me da lo mismo que en vez de un libro fuera una película, ¿de donde viene esa emoción que me embargaba aayer noche cuando Mikhalkov, revolucionario ruso de lo años treinta, de Quemado por el sol, sube escaleras arriba en busca de su esposa, esposa asustada y dispuesta a tirarse por la ventana si éste se le acerca, y forcejea con ella hasta caer ambos en un estaxis de ternura y amor? ¿De dónde el placer que nos llega durante el parlamento de Hamlet con el sepulturero o aquella emoción que surge ante la muerte de Tristan e Isolda en la obra de Wagner?

Es cierto que a veces son necesarias largas horas de lectura para que en el umbral de nuestro espíritu aparezca esa insólita emoción que de manera inesperada atraviesa las sinapsis de nuestra columna vertebral para derramarse sobre nuestro cuerpo. De ahí que la paciencia con que el lector apasionado recorre las páginas de un libro sea vital para llegar a un encuentro que tantas veces se demora entre páginas de menor interés.

La vida de una persona es un infinito mundo de posibilidades a las que sería imposible acceder en ese laberinto de bifurcaciones, y ante las cuales siendo uno uno y no múltiple, nos vemos obligados a restringir nuestra elección, restricción que de un modo u otro podemos evitar, al menos de manera subliminal, cuando nos sumergimos en las páginas de un libro que llevándonos por vericuetos que siéndonos familiares o no, descubren acá y allá trozos de nuestra alma, de nuestras inquietudes, nuestros miedos o nuestros sentimientos, que nos han sido propios o no, y que en su inesperada aparición entre las páginas de un libro o la secuencia de una película, nos sorprenden con el roce de su caricia.

Todo lo que no somos o no hemos vivido, todo lo que no hemos sentido, la literatura o el cine pueden recrearlo para nuestro exclusivo deleite, para nuestro placer, nuestra instrucción y, especialmente para acercarnos al alma ese bien universal que es la Belleza. En realidad un maridaje, el de la belleza y la posibilidad de vivir otros mundos, que se consuman en eso que llamamos arte.

Es la hora más fría del día. Las luces de los pueblos cercanos, que en la primera hora de mi caminata nocturna, habían iluminado, convirtiendo en pequeñas islas de luz reflejada sobre las nubes que cubrían el cielo, habían desaparecido y ahí un gran halo de claridad se iba abriendo en la desteñida grisura del amanecer. ¿Para qué tanto leer?, había sido mi interrogante, pensando en el libro de Nélida Piñon, que leo últimamente. ¿Qué porcentaje de un libro tiene que encantarnos para que merezca la pena dedicar días y días a su lectura? Y se me ocurría pensar en las largas horas que pasa río arriba río abajo echando el sedal el pescador a la espera de que una trucha quede atrapada en el anzuelo. Algo así es leer muchas veces. Ah, cuándo llega ese momento. Igual podría decir de la montaña que en ocasiones puede ser sufrimiento prolongado pero que cuando asoma ese instante de plenitud que se abre como una flor entre la belleza y el esfuerzo: qué dicha.



Hoy no leí durante mi caminata matinal, quizás por ello me vino a aquella reflexión primera. La vida debería compartir de forma alternativa los hechos, lecturas, actos, trabajos, con los momentos de silencio y de no hacer nada, que serían como el fermento, la muda reflexión, el gozo posterior de quien contempla su vida en detalle, impidiendo de ese modo que la vida se nos marche sin ser conscientes de la profundidad y los rincones inesperados que ella encierra, esas pequeñas cosas que, como el regusto que queda en el paladar después de comer alguna exquisitez. Vivir así para el regusto de lo vivido y para el presente, sin estar impedidos por lo que tengo que que hacer adelante.

Y lo que yo esta mañana recuperaba, ya en las cercanías del olivar próximo a casa, era un párrafo en el que había subrayado “La exaltación amorosa” y poco más abajo “en un esfuerzo por ahuyentar la dinámica de la muerte”. Dos ideas que la autora relacionaba pero que a mí me sugirió enseguida, sin saber por qué, la posibilidad de un libro en donde se mezclaran estos conceptos, amor y muerte, una iniciativa que podría sustentarse con un número alto de post de este blog cuya esencia temática gira en torno a las mujeres, el amor o la muerte. Lo que me sugería una razón más para el hecho de leer que, además de llevarte a vivir un estado de ánimo, un conflicto o un sentimiento que no es el tuyo, siempre será un trampolín para la creación de nuevos textos y para indagar en la complejidad de la realidad propia y ajena.

Escribe Nélida Piñon en Una furtiva lágrima, “Incrusto en el texto detalles de mi vida como quien desentierra a Troya para saber si existió de hecho la ciudad de Príamo. La ciudad que desentierro soy yo misma”. Una afirmación que no me es ajena. Si Bataille afirmaba que escribía para no volverse loco, con parecida atrevimiento uno puede afirmar que escribe para desenterrar y conocer esa ciudad que es uno mismo. De ahí, a afirmar que leer es un modo de conocerse, sólo hay un paso. Y ese paso precisamente puede ser la escritura.

Por cierto, el olivar estaba precioso, la fofa luz de la mañana poco a poco se había vestido de terciopelo y en el altillo de los olivos gozaba de las tonalidades y el sfumato que la cámara de David Haminton empleaba en sus bellos retratos de mujeres.




viernes, 12 de abril de 2019

Deseo. Balthus.







El Chorrillo, 13 de abril de 2019

Hay asuntos que tienen el don de la ubicuidad, terminas por encontrártelos tras cualquier esquina, sea ésta las páginas de un libro, un cuadro de una exposición de pintura que visitas o los suaves recovecos del duermevela que siguen al ese instante en que decides dar un manotazo al despertador para sumergirte en el maravilloso mundo de la ensoñación. El asunto en cuestión es el deseo; así, deseo en general, cualquiera de ellos sirve para ilustrar el interrogante que coloca a éstos en el punto de mira, su nacimiento, su gestación, la fuerza impulsora que los pone en movimiento, la energía que los catapulta a esa circunstancia en que se hacen irresistibles; el deseo ya bogando por medio de encrespadas olas, ascendiendo cimas, olvidando cualquier tarea u obligación para sumergirse de lleno en el empeño de darles cumplido; también el deseo de Teresa de Jesús de entregar su vida entera al servicio de vivir una existencia eterna junto a su dadivoso Dios; o el de hacer irresistible la necesidad de ver a la amada, de acariciarla, de yacer con ella; o la simple necesidad de sentir allá fuera la caricia de la brisa o el sol; o de rozar con los ojos las sinuosas olas; o el deseo de cruzar un desierto; o acaso la posibilidad de ser farero junto a la rompiente de un mar siempre encrespado. Los deseos, esa marea de necesidades en las que nos columpiamos durante toda la vida y que nos alimentan y nos mantienen en tensión, y que los budistas pretenden anular por miedo a sufrir a consecuencia de ellos, es decir, muerto el perro se acabó la rabia.

El incipiente nacimiento de los deseos, revoloteando por ahí a nuestro alrededor, insinuándose al modo de ese erotismo leve que roza como el ala de un ave nuestro animo y al que ha de seguir, como la brisa que hinchan las olas, el despertar de una pasión que, sustentada por el viento y la caricia de las aguas, nos impulsará, aunque la mar comience a ser gruesa y las olas rompan contra la amurada de proa, desde el estado de reposo a un otro mundo que puede prometer todo tipo de paraísos; no exento el camino, sin embargo, para llegar a ellos, de peligros y dificultades; peligros como aquellos de Escila y Caribdis que precedieron al famoso encuentro de Odiseo con las sirenas bajo cuya inmensa dulzura y musicalidad se accedía al reino de Tánatos. O sin ser los caminos tan recios ni dificultosos, ni los deseos tan intensos como para que sea necesario que nos aten al mástil de proa a fin de no sucumbir al canto de las sirenas, éstos nos colocarán en cualquier caso en una acariciadora circunstancia en que nuestra voluntad, ayuna de fuerzas, al decir de Sancho de boca sin muelas será como molino sin piedra, que será como decir quedar sin la posibilidad de mascar y considerar todo aquello que la pasión nos trujere. Que cierto es que al enamorado, y con él todos aquellos poseídos por un deseo, no hay razones que les valga por más que de sabios vengan.


Me temo que sigo con cierto tufillo escritoril encima proveniente de mi reciente lectura quijotesca. Pero en fin, sigamos.  “La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo”, digamos, de los deslices que el deseo, haciendo caso omiso de la razón, comete. Y si frases como éstas hicieron perder la cordura a don Quijote, no le irá a la zaga un servidor si persiste en no desligarse de una vez del dichoso libro para reintegrarse a la normalidad de la escritura.

Lo intento. Hablaré ahora de Balthus, del que se exhibe en estos días una buena colección de cuadros en las salas del Thyssen. Dice la Wikipedia que como éste maduró a principios de la década de 1930, muchas de sus pinturas representan a jóvenes mujeres en posiciones eróticas y voyeurísticas, lo que parece indicar que, siendo tan jovencito como era, entre los veinte y veintiocho años, lo lógico era que sus deseos estuvieran a la altura de lo que la naturaleza exige a dicha edad, lo que en absoluto invalida que a la edad de los setenta e incluso de los ochenta, como sucedía con Picasso, estando en la fase más madura de que pueda darse cuenta, en éste y otros muchos, proliferara su afición a plasmar en lienzos y grabados lo que el deseo y la caricia de la sensualidad les dictaba. Que el deseo no es patrimonio de los jovencitos y sí heredad de todos aquellos cuyos vasos sanguíneos están preparados para que por ellos circule el hálito de Cupido, cosa que no depende de la edad sino de la juventud de la mente y de la capacidad para degustar la belleza y los dones que la Naturaleza ha puesto en nuestro camino… es evidente.


Un aspecto destacado de la pintura de Balthus es la posición obligada de voyeur en que constantemente coloca el pintor al que contempla alguno de sus cuadros. Los motivos de adolescentes desnudas frente a un espejo frontal y transparente a través del cual es espectador las observa como mirándose en él pero en realidad contemplándose en la mirada de quien observa el cuadro, no ofrecen duda sobre la realidad subyacente que esta mirada encierra. Reproduce la Wikipedia unas líneas de Vicente Molina Foix que califica de irónicas, pero puntuales: "Balthus no llegó a pecar, y estoy seguro de que era, como le gustaba a él decir, un pintor religioso. ¿No es, al fin y al cabo, la religión el ejercicio de una mirada fija y persistente a un punto inalcanzable? El culto misterioso de las niñas". El culto misterioso de las niñas de Balthus, que puede ser el culto de las muchachas en flor de Proust en En busca del tiempo perdido, que serían posiblemente el culto a la mujer y a lo femenino que durante toda la historia de la humanidad el hombre ha plasmado en piedra, lienzos o poemas y que es expresión tanto de un motivo de belleza como de ese culto misterioso hacia la mujer que, en su expresión más pasional es deseo. El Camino de perfección, que en Balthus comienza en las adolescentes que él pinta, empieza a madurar en las muchachas en flor de Proust y se hacen belleza y perfección sin paliativos en la Venus de Milo, en El nacimiento de Venus, de Boticcelli, en la Olimpia de Manet, en la Venus de Urbino, de Tiziano, etc., etc.

Viendo los cuadros de Balthus en algún momento tengo la sensación de que el pintor está fustigando a latigazos la moral burguesa de su tiempo de un modo tan sibilino y embaucador que, éstos, sacados momentáneamente de forma subrepticia por el pintor de sus esquemas formales de moral, no son capaces de apercibirse de ello, hasta el punto de poder sorprenderlos ensimismados en un acto de voyeurismo que su condición y moral rechazarían, pero que siendo un cuadro les permite dar rienda suelta a un deseo escondido que, de ser consciente, perturbaría su conciencia.

Y estaríamos ante esa ironía que tan a menudo reviste los actos de personas que, rechazando de plano, o de boquilla, determinados comportamientos o exhibición de imágenes de “dudosa moralidad”, de hecho son traicionadas, bajo cuerda de contemplar una obra de arte, por, en este caso, un acto de voyeurismo en el que pueden encontrar gran complacencia sin que les fustigue la presión social del momento.


El deseo que, el arte implícitamente nos sirve en soportes tan dispares, baña la literatura, la escultura o incluso la música, con una enorme diversidad de manifestaciones. Si entre todas ellas el deseo erótico es el que responde más universalmente a lo que entendemos por deseo, será, imagino, porque tanto la naturaleza del hombre como la mujer están llamadas a culminar el deseo más significativo que la especie impone férreamente en los genes con la evidente finalidad de reproducirnos. Sin embargo, atareado como está uno en contemplar lo que le rodea, incluido el guirigay de los pajaritos preparando el nido y todo aquello que llama a las puertas de la naturaleza, no deja de pensar que eso que llamamos deseo tiene un porqué en el comportamiento humano tan esencial que, de faltar, con toda probabilidad nos moriríamos de aburrimiento y tedio. No tener deseos a punto, curiosidades que satisfacer, porqués que te obligasen a salir de la cama cada día seguro que nos haría morir de aburrimiento.


En su origen los deseos son como ese perfume leve que se levanta de un vallado de madreselva o el aroma que trae la brisa de un limonero cercano; después es cosa de alimentarlos poco a poco, cuidarlos, mimarlos, así hasta que vayan creciendo y creciendo hasta que se apoderen de todo nuestro ser y nos inviten a hacer locuras, estado perfecto en que la vida jamás será indiferente. Dicen que en épocas pasadas una ardilla podía cruzar la Península de parte a parte saltando de un árbol a otro, cosa incierta del todo, por cierto; pues algo así con la vida, los árboles serían los deseos, la Península la longitud de la vida y nosotros, off course, la ardilla.



















viernes, 23 de enero de 2015

Elogio de la ignorancia


El Chorrillo, 24 de enero de 2015


Estaba preparándome para dormir después de subir a la casa a cepillarme los dientes, esta tarde me había propuesto acostarme pronto, cuando sentí la tentación de aprovechar los quince últimos minutos frente al fuego para escuchar un poco de música. El ipod estaba donde lo había dejado la última vez, en Schumann, así que apunté hacia la pieza siguiente y resultó un cuarteto para piano. Apagué la luz con las primeras notas y de pronto, mirando el fuego y oyendo los primeros compases me sentí feliz con mi gran ignorancia. Feliz, porque escuchando aquello sentía un gozo muy especial sin tener ni idea de música; pero era una sensación que se extendía a otras cosas, mis conocimientos de historia contemporánea, asuntos de tecnología, mi fatiga para entender un porcentaje bajísimo de los libros de filosofía que leo. A veces me vienen a la memoria algunas citas de libros que he leído, o que busco porque dejaron algún rastro en mi ánimo, y acompaño mi escritura con alguna de parrafadas que me encuentro por ahí, y sucede que eso puede dar una falsa sensación de erudición de la que me río ahora; nada más lejano de la realidad. Uno es mucho más ignorante de lo que parece. Leer sí que es verdad que he leído mucho siempre, pero la cantidad de la lectura sólo puede compararse con mi gran capacidad para el olvido. De tantas horas que dedico a los libros sólo me quedan pequeños retazos, algún detalle, el sabor de la magdalena, eso es, pero poco más.



Algo que en ocasiones me ha preocupado, pero que esta noche asociándolo con otros no-conocimientos que tengo y lo tantísimo que he olvidado, así de golpe se me presentó como un situación deseable. Leí muy de jovencito en algún lugar que el conocimiento es aquello que queda cuando has olvidado aquello que leíste o aprendiste. Quizás sea así y entonces lo que resta es cierta sensación de estar dentro de la realidad aunque carente de argumentos con los que explicar asuntos importantes, y aún así cargado con ciertas certezas que uno no sabe de dónde vinieron ni en que parte del camino se incorporaron y habitaron un espacio bajo tu piel, pero que asumimos como verdades que nos van a acompañar durante toda la vida.

Tendría que buscar el origen de ese sentimiento de ignorancia que se asomó al umbral de mi sueño no para recriminarme y decirme: tío, qué bestia eres, no tienes ni idea de nada, sino para mostrarse consentidor y amigable con mi desconocimiento de una enorme cantidad de asuntos. Para los directores de cine que puedo nombrar me sobran los dedos de las manos, actores podría decir aquellos que aprendí de niño y poco más; música moderna ni idea, de la menos moderna me suenan los Beatles, los Doors y bueno… algunos grupos más; y así sucesivamente. Frente a mi chica soy un verdadero burro, ella tan enterada siempre de todo, de historia, de cine, de música, un saco de cosas. El pasado domingo Quique y Lucía, mi hija, nos invitaron a un ópera en el Auditorio de Madrid, Niobe, regina di Tebe, de A. Steffani (1654-1728). Asistir a este concierto ópera me daba un tanto vergüenza, pero era verdad, en mi vida había oído nombra aquella ópera ni a aquel autor barroco. Sucedió sin embargo algo curioso. Se hizo silencio en la sala, sonaron los primeros compases y yo cerré los ojos. No quise enterarme antes del argumento, que por cierto, cuando lo abordé a la noche ya en casa, me pareció un culebrón, y emprendí la audición con lo único que tenía a mi disposición, mis oídos y mi incapacidad para distinguir una soprano de una contralto, o casi un tenor de un bajo; sí, a los contratenores, que eran varios, sí los distinguía, no se necesita mucho oído par ellos.

Y resultó cuanto menos curioso que aquello me embelesase hasta el punto de que oyendo la música y las voces mi cabeza fuera imaginando un relato en donde un contratenor ataviado con una especie de vestido negro hasta los pies actuaba de bufón a modo de comentarista o de voz en off, aparecía de vez en cuando para poner al público al tanto de la parte oscura de una historia que poco a poco adquiría tintes de una trama amorosa en donde un algunos personajes más  añadían el condimento necesario para dar vida a la trama. Nada que ver con la historia real que se narraba, según sabría cuando leyera aquella noche el relato. Ello no quitaba ni ponía nada y no mermaba en absoluto el placer que me producía la audición de la ópera. Había un hecho clave, esa tarde me encontraba en buenísima disposición, no era cosa de defraudar a mi hija y su chico por otra parte; mi gozo subió hasta el punto de que cuando llegó el epílogo, notabilísimo epílogo a cargo sólo de la orquesta ya, era puro entusiasmo; aquello acaba como una obra de Shakespeare en donde alguien que narra la historia desde el proscenio, de repente se coloca en medio del escenario para rematar con un verbo florido e inteligente la historia que acabábamos de ver.

Todo apuntaba a, como pensaba Yngve, el hermano de Karl Ove Knausgård, el novelista que leo actualmente, su teoría académica principal seguía la idea de que el valor de una obra de arte se creaba en el receptor, y no existía por sí mismo. Loable encuentro en mis lecturas que servía perfectamente para justificar no tanto mi ignorancia como mi gandulería. Porque no es otra cosa la gandulería que no querer molestarse en leerse un libreto o aprender un mínimo de música con que poder estar a la altura de ese numeroso público que aplaude entusiasta algo que aprecia, comprende y siente y no como un servidor que no comprendió practicamente nada, aunque eso sí, disfrutó bastante de la ópera, acaso, ello también es cierto, debido a su gran capacidad de recepción para interpretar o inventar la realidad que tiene delante.

No es que haga lo mismo con todo lo que se me presenta enfrente, pero mi mala memoria y mi tendencia a traducir la realidad con los débiles instrumentos de mis seudoconocimientos, y en función, también ello, de mi pereza poco despabilada para profundizar demasiado en la complejidad de los asuntos, hacen necesario a mi organismo que me invente una tabla de valorar y medir acorde con mi inteligencia sin que la falta de ésta se note demasiado, cosa que no resulta en exceso difícil dada la consideración que la letra impresa todavía tiene en el público en general, pero sobre todo dada la calidad de lo que uno encuentra por ahí en comentarios de periódicos y redes sociales y que contribuyen erróneamente a hacer pensar que uno es un lince, cuando de lo que se trata es de un pobre ignorante. Lo que no quita, y con ello vuelvo al principio de estas líneas, para que uno pueda disfrutar con una ópera, un cuarteto de Schumann o con un buen libro de un escritor noruego parece que ahora de moda.
    
Ah, sí, una cosa más, para dar voz a todas las partes recuerdo aquí la definición que el Diccionario del diablo da a la palabra ignorante.
Ignorante: Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora. No está mal, el que no se consuela es porque no quiere. 



sábado, 14 de diciembre de 2013

Tristram Shandy a la vista


El Chorrillo, 13/12/2013

Tenía hasta ayer por contestar un mail del amigo Cive, José Antonio para los amigos, que me llegó días atrás, algo relacionado con un post anterior que llevaba el título de Gracias, amigos. Entre otras cosas se refería a una conversación en la que Benito Prieto hacía elucubraciones sobre la posibilidad de que le tocaran cuarenta millones de euros un día de estos; decía José Antonio que dada la inverosimilitud de que esto pudiera suceder estaba claro que hablaban de broma. A mí aquella broma me sirvió para dar rienda suelta a un chorro de palabras, me comporté con la idea como quien está deseoso de encontrarse cualquier disculpa en su camino para a someter al portátil a la tarea de fabricar un material que le sirva de diversión a un servidor. No tanto, pero algo de eso hay. Por demás en aquella entrada olvidé comentar que no es rico el que más tiene sino el que menos necesita, lo cual es rigurosamente cierto pese a la mirada escéptica que puede lanzar sobre el aserto cualquier lector desprevenido. Un pensamiento de Thareau, en Walden, que de ser tenido en cuenta de modo generalizado haría zozobrar todo el sistema económico actual.
Un buen libro para no perderse
Mi gato Micifú, que ha empezado ayer mismo a caminar de nuevo por uno de mis blogs que tenía abandonado desde el otoño pasado y que es aficionado a la lectura de Shakespere, seguro que si estuviera aquí ya habría citando las palabras de Macbeth: La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena, y después no se acuerda más...; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa". Así que juguemos. Esa es la cuestión, o al menos una parte de ella. Uno tiene ideas que con el tiempo pueden convertirse en creencias, que a su vez engordan con los años y terminan acompañándonos durante el resto de nuestra vida como si formaran parte de la constitución de parecida manera a como lo hace el páncreas. Las creencias sobre si el dinero nos hace más felices o no son uno de los tópicos más universales, de ahí, que cuando uno se encuentra con uno de ellos, siempre le entre la tentación de jugar con él de manera parecida a como hacen nuestros gatos. Últimamente la hortelana, mi chica, ha comprado en un chino unos cuantos juguetes para nuestros gatos y, aunque éstos ya son un poco mayorcitos, hay momentos en que se divierten de lo lindo jugando con ellos, los tiran por los aires, los muerden, se lo quitan unos a otros, salen corriendo; cosas parecidas a lo que hacen los futbolistas con un trozo de cuero lleno de aire y que tan divertido resulta a los forofos del fútbol. Jugar, ese es el quid del asunto.
Que el juego quede camuflado a veces en la seriedad de una discusión quizás sea indiferente. Lo esencial es ser consciente de la capacidad que pueden tener las personas o las conversaciones para divertirnos. Los yanomanis de las selvas del Orinoco estiman sabrosísimos unos enormes gusanos que a nosotros nos harían vomitar. Los yanomanis con sus gusanos y nosotros con nuestras especiales exquisiteces gastronómicas podemos convivir en el planeta sin que ni ellos ni nosotros nos tengamos que apear del burro. Dinero sí o dinero no; bueno, quizás lo mejor de la cosa sea la diversión que nos puede proporcionar hablar de ello. Esta mañana que me solazo al sol leyendo el Tristran Shandy, de Laurence Sterne, ya me tropecé con un latinajo que viene al caso: De gustibus non est disputandum; es decir, que no cabe discutir sobre las aficiones o las quimeras. Para mí que una de las cosas más sabrosas que uno puede probar es una conversación bien aliñada, al punto y amenizada con sabores diversos, como un entrecot o un cocido. Un cocido con garbanzos solamente no resulta apetitoso, pero cuando al cocido le empezamos a añadir el chorizo, la panceta, el morcillo, los ajos, la cebolla, la carne, la zanahoria y acaso algo más, la cosa cambia de signo. Otro tanto con las conversaciones y, por supuesto, con la escritura.
Escritores hay a los que el contacto con las palabras les producen verdaderos orgasmos. Eso le leí yo en alguna parte al controvertido y no santo de mi devoción Fernando Savater. De donde se desprende que aunque el contenido y el continente, el significante y el significado tengan relación con aspectos de una misma realidad, es perfectamente posible que el lenguaje, la conversación en sí misma, con independencia de los contenidos, sea éste el dinero o cualquier otro asunto, pueda convertirse en definitiva en el objeto prioritario de los que juegan a conversar o a escribir.
Respecto a las dudas de saber si uno habla o escribe en serio o en broma, no hay tu tía, eso no hay modo de saberlo, ni siquiera para el que habla o escribe puede estar claro el asunto en algún momento. Nietzsche dice a propósito de Sterne que es «el escritor más libre de todos los tiempos, es el gran maestro del equívoco... éste es su propósito, tener y no tener razón a la vez, mezclar la profundidad y la bufonería...». Quizás esta entrada de hoy está contagiada por la reciente lectura de Sterne. Tomarse las cosas demasiado en serio puede ser malo para la salud. A buen entendedor las palabras sobran... lo que sí es real en el hecho de conversar o escribir es la posibilidad de que estas actividades nos resulten placenteras, con lo cual, y visto el lúgubre panorama que nos pinta Macbeth, mejor estar al tanto para tratar de hacer de nuestras conversaciones y actividades un placer inmediato y divertido. El arte de conversar, como el arte de la vida, deberían ser dos materias en las que hacerse expertos desde los primeros años de escuela.

De momento ya tengo un buen maestro a mano con mi nueva lectura de la mañana. Al señor Sterne ya le leí hace muchos años en su Viaje sentimental y en Tristram Shandy; de aquellas lecturas quedaron algunos rudimentos en mi memoria, pero resultó intacto, sin embargo, el humor y su capacidad para acercarnos a la realidad con un sabio desenfado. Literatura de primera para las placenteras mañanas de este otoño tardío en el que los olmos frente a mi ventana se niegan todavía a abandonar sus hojas doradas.



El otoño se demora en El Chorrillo

Otoño en El Chorrillo

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mejores y peores culturas

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Anoche, cuando más allá de las tres de la madrugada me iba a la cama, salí como siempre a darme una vuelta por la parcela. Mientras observaba el trozo de luna que colgaba sobre el cielo de levante, oí un rumor de aguas que parecían venir de algún rincón del jardín. Pensé en el aspersor que siempre deja resbalar por su juntas un débil chorro de agua y que utilizan los pájaros para bañarse o nuestros perros para beber, pero era un rumor cantarín y musical que parecía tener otra procedencia. Lo dejé estar y me fui a dormir. Fue un rato después, a punto de dormirme, mientras contemplaba desde la cama los resplandores del fuego sobre el encalado de la habitación, cuando descubrí que el rumor procedía de las copas altas del álamo de enfrente. La calma de la noche era total, pero allí arriba, en lo alto, se agitaba débilmente el sonajero de las últimas hojas del otoño.
Y esta mañana, algo avanzado ya el día, cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el vestido otoñal del álamo blanco que duerme junto a mi cabaña. Desde que me desperté daba vueltas a la fecha en que emprendería mis próximas caminatas, esta vez acompañado del pequeño refugio rodante al que ya sólo faltan pequeños detalles. Y de pronto, mirando el espléndido espectáculo otoñal de mi parcela que llegaba hasta mi cama, cambié de opinión. ¿Cómo me iba a marchar, precisamente ahora de este otoño encantador que se desplegaba lleno de luz y de colores cálidos frente a mi vista?
Tan atados estamos a los calendarios que no es fácil acomodarse así a la primera a esos otros ritmos de la naturaleza que mejor deberían guiar nuestros proyectos e impulsos. ¿Hay alguien, por ejemplo, que quede con los amigos para coger níscalos en primavera? Evidentemente no; tampoco nadie se lleva los esquís a la sierra en el mes de julio. Así el otoño. Sólo que en esta ocasión el otoño está aquí, en mi casa, bello y sugeridor las veinticuatro horas del día, lo que me hace pensar en que no me liaré con otro proyecto hasta que las hojas de álamos, acacias, perales, higueras, sauces, catalpas, arces, moreras se hayan posado todas sobre el suelo dispuestas como alfombra a dar entrada al invierno.
Así que abandonar los calendarios y guiarse por otros medios; que la belleza del otoño sea capaz de decidir por nosotros, que la lluvia o la nieve sea ocasión para coger setas o introducirse en el silencio blanco de los bosques, que el invierno sea caminar junto a los mares del sur, que la luna la ocasión idónea para subir a un promontorio donde contemplar desde el saco de dormir el gran llano sembrado de las luces ambarinas de los pueblos silenciosos.
Que yo le esté muy agradecido al sistema, pese al dolor que me producen sus injusticias y su actitud corta de miras para las cosas importante de la vida, tiene bastante que ver con este concepto del tiempo por el que abogo hoy. Algo que hubiera sido acaso totalmente imposible con una organización económica y social diferente. Que un pobre diablo que no ahorró un duro en su vida y que vivió, o pretendió vivir, acorde con sus impulsos naturales, pueda a estas alturas disponer de recursos para acostarse diariamente envuelto por el rumor de las hojas y el calor del fuego; pueda, cuando el otoño acabe, volar hacia el sur como las aves; hacerse un día al sol para leer de cabo a rabo una larga novela de Jack London; pueda disponer de un trimestre o un año completo para darse una vuelta por el mundo, es algo que difícilmente podrían hacer ni los gorriones del Evangelio ni los adoradores del becerro de oro.
Ayer, sentados alrededor de una mesa en una cabaña adentrada en el monte de la sierra de La Cabrera, la cabaña de Paula y mi hijo Mario, manteníamos una acalorada conversación que surgió ante la problemática de tener que fijar los límites del concepto “mejor que” al comparar culturas más primitivas con aquellas otras más avanzadas como la nuestra. Decir que una, la nuestra, es mejor que las otras, alentaba en ellos una fogosa disconformidad. Decir peor que, o mejor que era un término no válido. Hubimos de dar marcha atrás y hablar en otros términos en los que fuera más fácil entenderse. Y en ese sentido (un jilguero salta sobre una rama de la higuera próxima y distrae mi atención. Hacía tiempo que no veía uno en esta pajarera que es nuestra parcela); y en este sentido hablamos de culturas en donde el individuo puede ejercer un mayor número de potencialidades en oposición a otras en las que éste carece de estas posibilidades hasta el punto de necesitar la mayor parte de sus energías para dar satisfacción al hambre, a la sed o al sueño. Ellos, Paula y Mario, que defienden de las poblaciones más primitivas la sabiduría que el entorno natural creó en ellas, y que detestan como nosotros las calamidades que nuestra civilización ha introducido con sus mecanismos de poder y competitividad, intentan construir una síntesis que recoja las mejores bondades de ambas culturas.
Es en la construcción de esa síntesis en donde nuestros puntos de vista no concuerdan a veces. La posibilidad de optar a mí me aparecía como el elemento más determinante de la discusión. El ejemplo era éste: tener un hijo en un poblado adentrado en la selva del Orinoco entre los yanomanis o tenerlo en otras circunstancias en donde le quepa la posibilidad de apreciar la música de Mozart, la posibilidad de elegir entre las casi infinitas posibilidades que ofrece nuestra cultura occidental. Era una de las medidas comparativas entre ambas culturas. Que el hijo tenga incluso la posibilidad de vivir algún día en el Orinoco si así lo decide. Por lo demás, que nuestra cultura es fantásticamente absurda en multitud de aspectos es tan obvio que no merece la pena discutirlo; las trampas son múltiples, por lo que el asunto de vivir en gran parte debe estar dirigido a detectar los engaños del sistema para no caer en ellos y en elaborar a partir de la propia experiencia, del propio discurso interior, personal o de la pareja, las claves de una vida que pueda usar agradecidamente de todas las aportaciones positivas que nuestra civilización occidental ha aportado durante milenios, dejando a un lado la peste y la locura de que está impregnada nuestra economía y nuestra sociedad.
Y es verdad también, no hay cultura en el mundo, ni sistema económico, al menos en lo que se conoce del último millón de años, que haya hecho posible en los hombres de a pie esa capacidad que hoy disponemos de elegir y de hacer de nuestras vidas aquello que nuestra imaginación quiera pretender. Sólo es necesario ser mesurado y trabajar empeñativamente para ello.
Ahora, después de esta larga disertación, a ellos, que estaban construyendo un enorme gallinero de dos pisos, tendré que convencerles para que en ese orden natural de las cosas me dejen disponer de tanto en tanto (para algo uno es el father, como dice mi hijo) del ático de ese precioso gallinero que han empezado a levantar junto a su choza cuando mis excursiones de caminante me lleven por aquellos lares. Y las gallinas... que se vayan con viento fresco. Ellos se marcharon a Méjico una larga temporada y yo me encontré el invierno pasado como en medio de un paraíso, afincado frecuentemente en su cabaña junto a la estufa de leña. Si para ellos la síntesis es tener un amplio gallinero, para mí esa misma síntesis puede consistir en disfrutar del entorno natural que estos chicos listos han sabido hacerse.
Ayer fue el otoño de San Ildefonso de la Granja y los alrededores de la cabaña de ellos; hoy es el de mi casa. Mañana, cuando ya el otoño se haya disuelto en invierno, será la cercanía del mar mi hogar por un tiempo.