martes, 20 de octubre de 2026
Despertando después de la muerte
lunes, 19 de octubre de 2026
El deseo de vida
“Qué te
hace tan fuerte. Se quedó pensativo. El deseo dijo. El deseo de vida”.
El sol acaba de dejar sobre la estantería de mis libros su último grito agónico, una mancha de rojo fuego ha encendido la cabaña por unos pocos segundos y enseguida se ha extinguido. Escucho La Pasión según San Mateo de Bach. Una lejana reminiscencia brota en mi memoria. Pirineos. Llevaba caminando un mes desde el golfo de Vizcaya y la música llegaba a mi alma de solitario con una suerte de honda emoción. Ahora recreo aquella circunstancia.
Acabo de terminar el libro de Anne Carson, La belleza del marido. “¿Qué te hace tan fuerte…? El deseo de vida”, afirman los versos de Carson. Cristo ha muerto entre las montañas del Pirineo y su muerte penetra la voluntad del caminante. La muerte cruza con su guadaña el plano alto de una película de Bergman, juega al ajedrez con Antonius Block, el personaje de Max von Sydow mientras allá abajo el espeso bosque de la Garrotxa se va cubriendo con las sombras del crepúsculo. Frente al tablero de ajedrez el deseo se enfrenta a la muerte. No hay dramatismo en el alma del caminante, sólo la profunda y afilada sensación de la vida que corre por sus entrañas penetraba su ánimo.
Y llega la noche y la hora del cine y decido hacer un paréntesis con Kore-eda y elijo Amal, que me recomendó ayer Santiago. La presentación que se hace en su app RTVE dice textualmente: “Amal, profesora, anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y la libertad de expresión”. Me admiro de que al responsable encargado de este breve texto no se le haya caído la cara de vergüenza haciendo este falso resumen. El tema real de la película no tiene absolutamente nada que ver con la pasión por la lectura, que parece ser el gancho con que se quiere atraer al posible espectador, sino el fanatismo, la libertad de expresión y el valor de defender las propias convicciones frente a la presión del entorno. Aquí se impondrían dos reflexiones diferentes, la que apunta a la manipulación del posible lector con falsas pistas y por otra parte a la reflexión sobre la propia película.
Al margen de ambas lo primero que me llamo la atención en la película es la visión que se da de una clase de alumnos de los últimos cursos de secundaria, algo que ya atrajo mi interés en una película reciente que no terminé de ver, Another Round, donde una clase de instituto era una exhibición de chulería y de comportarse como si los alumnos estuvieran en la barra de un bar (menos en la de hoy). Sólo constatar el vértigo que me da pensar en que pudiera tocarme a mí dar una clase en situaciones similares.
La reflexión que corresponde al fundamentalismo, me la ahorro por sobradamente conocida; sólo pensar en ello y cómo se representa en la película, me produce dolor de cabeza. Tomar en una película o en una obra de teatro, como hace Shakespeare en Lear u Otelo, a los malos como extremadamente malísimos, siempre fue un recurso argumental que aseguraba un excelente fondo dramático. El término que define esta situación es catarsis, es decir la purificación o liberación emocional que experimenta el espectador contemplando ciertas películas u obras de teatro; éste contempla un sufrimiento que no está viviendo en su propia carne, pero que le permite experimentar intensamente parecidas emociones. En el film, la indignación que sufrimos viviendo el fanatismo de unos fundamentalistas surge de una disposición y un concepto de la injusticia y la realidad que en nuestra cultura ha ido evolucionando desde el primitivismo de pasados siglos hasta una situación general en la que el sentido de la convivencia y el respeto por las ideas de los demás han permeando en el corpus social. A la sociedad le cuesta horrores cambiar de registro e ir encontrando a lo largo del tiempo un entorno de respeto y entendimiento. En ello se está todavía, por ejemplo, con el feminismo. Y no está tan lejos el hecho de que el color de la piel supusiera un elemento de discriminación. En esa tesitura de lucha y agiornamento se sitúa Amal. Blancos contra negros, fundamentalistas contra la libertad, hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, ricos y acaudalados contra la gente corriente, capitalismo contra socialismo.
De momento en la película no hay síntesis que valga, el director nos niega ese final feliz que todos deseamos. Fílmicamente es un acierto la muerte de la protagonista que intenta con todas sus fuerzas conciliar ideas, pero a la que el guionista, en un golpe inesperado, hace morir en manos del fanatismo. Algo se ha hecho a lo largo de la película, pero todavía es insuficiente porque el fanatismo y su capacidad se destrucción siguen latente en la sociedad. Y me despido recordando como jóvenes de la extrema derecha irrumpieron violentamente días atrás en la acampada se Sol, un dato más de cómo el cuerpo social engendra en sus entrañas enfermedades irreconciliables con la convivencia y la libertad.
De pajas y otras delicatessens
El Chorrillo, 19 de octubre de 2026
En el hospital y a la espera de que me
retiren la sonda del pito tras mi última intervención quirúrgica, leo a trancas
y barrancas en medio de las voces de la sala de espera abarrotada, el último comentario de Enrique. Dios, qué hombre éste (¿será pronombre o será adjetivo
este éste?, me digo), o mejor, qué cabeza. Y es que uno, yo, cuando escribe o
piensa tira tan por donde sopla el viento, que admirado queda por la ordenación
de su pensamiento.
No me quejo. Primero, que suerte tiene el
amigo Enrique con eso de levantarse sin más cuando se despierta, porque para mí
es la primera batalla que tengo que vencer cada mañana cuando suena el
despertador, que si me dejara llevar hasta la hora de comer etcétera. Se ve que
a cada cual Dios le sirve un especial paquete de disposiciones; a mí me hizo
dormilón.
Enrique habla en ocasiones tan en clave de
sobreentendido que dudo que muchos puedan, o incluso podamos, entenderlo. Habla
con tanto circunloquio del simple hecho de hacerse una paja, trayendo
subrepticiamente a Woody Allen al escenario, creo, con aquello de que la
segunda parte más importante del cuerpo es el cerebro, que me desorienta. Tan
mi racionalista amigo se refiere a las pajas, las pajas del hombre de la calle,
de los brutos como yo, en términos digamos cultistas, que llama la atención. Y
me sonrío imaginando diciéndome: creo que mis pantalones están experimentando
una sobrepresión, en lugar de dar simplemente la bienvenida a un acto de
onanismo. Sí, cosas del uso del lenguaje que acaso merecerían algunas
consideraciones para determinar por qué unos usamos
la
expresión pajas mentales –al pan, pan y al vino, vino– mientras otros prefieren
el término masturbaciones mentales.
Dice, en fin, mi amigo que “A los libros
les da sentido el escritor, y el lector lo acepta o lo desestima”. Y como estoy
en la sala de espera del Quirón y no tengo nada que hacer porque el libro que
he traído es demasiado complicado para este barullo de voces, pues voy a seguir
disintiendo, que es mejor modo de lubricar el cerebro y sacarle algo de
diversión a la ocasión, mucho mejor que hacer sudokus o crucigramas, así que
objeción número uno. ¿Seguro que a los libros les da sentido sólo el autor y
que el lector es un simple convidado de piedra? Es una vieja discusión que no
se puede despachar con una simple aseveración. Saber dónde reside el sentido de
las cosas, si en ellas mismas o en la mirada que lo contempla no es una
cuestión baladí. No son pocos los autores que cuestionan que la intención del
autor sea la autoridad definitiva que determine el significado de una obra. Y
algo que creo que es importante y que tiene que ver con el modo en que nos
acercamos a un libro y que constituye acaso el quid de nuestra afición lectora:
cuando leemos no solo tratamos de entender a sus personajes: a veces
descubrimos que, sin proponérnoslo, lo que estamos haciendo es tratar de entendernos
a nosotros mismos. Existe
una mezcla muy rica en el proceso de lectura que no podemos reducir sólo a las
intenciones del escritor o a la simple interpretación que del texto hace el
lector.
Y pienso sin más todo lo que mi vida y mi
forma de pensar e interpretar la realidad le debe a la lectura. Allá desde los
primeros años que comencé a leer libros de aventuras, tebeos, cuando empecé a
interesarme por los misterios del sexo, por la comprensión de la realidad
global, cuando mis ojos recorrían de cabo a rabo las novelas de Emilio Salgari,
o más tarde bebía de Torcuato Luca de Tena, de Dostoyevski, de Tolstoi, de
tantos… Evidentemente, como mantiene Butler, tenemos un gran débito con todo
aquello que ha rozado la epidermis de nuestro pensar, de nuestro hacer, esas
pasiones que hemos alimentado durante toda la vida.
Anoche vi Monstruo, de Kore-eda, la historia de un niño que empieza a
comportarse de manera extraña y cuya madre sospecha que un profesor le está
maltratando. Lo que parece al principio un conflicto entre una madre y un
maestro se va reconstruyendo desde distintos puntos de vista: el de la madre,
el del profesor y el de los propios niños. El film trata sobre la dificultad de
conocer la verdad cuando cada persona ve los hechos desde su propia perspectiva.
Y pienso en nuestros intercambios de impresiones, Enrique y los míos, cuando
refiriéndonos a la misma realidad, ambos sacamos conclusiones diferentes. Aunque
coincidamos en cosas, nuestras vidas y nuestros pensamientos se han conformado
en ámbitos y experiencias distintas, lo que da como resultado una visión del
mundo que obviamente no es la misma. Si el sentido de las cosas no reside cien
por cien en ellas mismas, sino en la mirada de quien las contempla,
tendremos que aceptar que la discrepancia es un elemento más de enriquecimiento
del propio entender, siempre y cuando estemos abiertos a considerar las
opiniones del otro no como una barricada a derrumbar.
domingo, 18 de octubre de 2026
Escribo, luego existo
El Chorrillo, 18 de octubre de 2026
Cuando
me descuido un pelín pierdo la idea que tengo en la punta de las yemas de los
dedos. Y es que es tan importante esa primera idea, unas pocas
palabras, no más de cinco. Tenía que ver con algo que escribió Enrique… ¿Qué
sería? No, imposible recordar, me distraje con la bolsa de frío que
estaba retirando de mi pie y se acabó. La perdí. Ahora
me tocará esperar. Vuelvo a mi
lectura, Anne Carson, La belleza del marido. Pero al poco rato levanto la vista y, mirado la desteñida tarde que
tengo delante, me pregunto por qué no hago el esfuerzo
por escribir algo más largo, una novela, por ejemplo. Ya sucedió hace años cuando la rotura de un brazo y la consiguiente baja dieron para que escribiera mi primera novela. Un viejo amigo al que no veo desde hace más de medio siglo
decía que la vida es hacer cosas.
Escribir
sinónimo de respirar. Escribo, luego
existo. Enrique decía esta mañana en su comentario de mi post de ayer que cuando me leía le inquietaba mi intención de despertarme con despertador cuando no tenía programado ningún tipo de
actividad. ¿Será, me pregunto, que las ganas de vivir, de experimentar, acaso, me predisponen a ponerme de puntillas para alcanzar un
algo que, por cierto, probablemente no sé
bien en qué consiste? Me atrae, cómo no,
sentarme frente a la tarde con la mente vacía,
pero, me digo, y se lo digo también a él, me da miedo la indolencia, y entonces le comento de Viaje al fondo de la
noche en que Celine hace decir a su protagonista que la pereza es más fuerte que la vida. Y ello me asusta y me pone en guardia. Y me acuerdo ahora de una conversación que tuve esta mañana
con el amigo Fernando, de jovencitos Pibiu entre los treparriscos de entonces, que me alertaba contra la calma chicha de
los días y sus posibles correlatos con la depresión cuando tu ánimo no
está muy allá.
Encerrado
en mi torre de cristal recuerdo ahora a Fabrizio, el personaje de Stendhal en La cartuja de Parma, que retirado en una torre descubre que su encierro no le resulta tan terrible como él había pensado; temía el encierro antes de conocerlo, pero, una vez dentro, su
vida adquiere para él una intensidad que no esperaba. ¿Será
así por aquí?
Estando
de acuerdo con Enrique cuando dice que después de
estar tantos años sometido a horarios y obligaciones laborales ahora disfruta de la
libertad de organizar su vida sin atenerse a un
programa determinado, encuentro sin embargo que sigue no obstante vigente aquella afirmación de Séneca de que
vivir es guerrear, algo así como para que para mantener nuestra inteligencia y nuestro cuerpo en condiciones necesitemos un esfuerzo constante que en caso contrario podría adormecernos,
por ejemplo, si yo me dejara llevar cada mañana por mis ganas de seguir durmiendo.
Y ya tarde
leyendo a Anne Carson antes de la película de la noche, me sorprendo pasando páginas y páginas del libro sin apenas
sentir la necesidad de comprender lo que allí está
sucediendo. Y entiendo que no siempre es necesario comprender. Me siento cómodo leyendo; incluso encuentro que en algún momento aflora dentro de mí el placer
de la lectura. ¿Será verdad que todo debe tener sentido en los
libros, en la vida? ¿No será esto una deformación de nuestro modo de pensar? ¿Será la lectura también un ejercicio de conversación con uno mismo, esos
pensamientos que surgen en nuestro pensar inestructurados y a los que pretendemos dar orden porque no soportamos la incertidumbre, porque nuestros deseos de verdad pujan
dentro de nosotros a la búsqueda de una luz que los ilumine?
El poder de lo inexplicado actúa sobre mí como un acicate. Quizás por ello esta noche sigo leyendo a Carson. Hoy tengo dos opciones, una película que me
ha recomendado Santiago Pino, Amal, la historia de una profesora que anima a sus alumnos a cultivar la
pasión por la lectura y defender la
libertad de expresión, o volver a Monstruo, una noche más con Kore-eda. Siguiendo la
línea de mi razonamiento de este escrito, la búsqueda de una dificultad, esa o parecida que nos impone
ascender una montaña, creo que ne voy a decantar por Monstruo. Que Santiago me disculpe; acaso mañana.
Viento
El Chorrillo, 19 de octubre de 2026
Las once de la mañana. El viento. El viento fuerza la
entereza de los árboles, se mete entre sus ramas y ya estamos con una banda
sonora propia de una noche de misterio entre las azoteas de la Transilvania.
Cine de terror y vampiros. Auuuuu… Auuuuu… O mejor y más familiar todavía, con
mi pequeña tienda en algún collado de los Alpes, esa mi otra casa de los
veranos, en que el viento tumba peligrosamente mi tienda mientras yo disfruto
dentro del saco de dormir de ese íntimo contacto con los elementos. Podría rastrear
en el pasado escenarios de muchos colores para mañanas como éstas. Los placeres
de la memoria ahora que por una razón u otra mi movilidad queda tan reducida a
una recuperación que espero como agua de mayo.
Viento (Victor Sjöström, 1928). Esos recuerdos de
noches de cine de invierno frente a la chimenea mientras la lluvia golpea contra
los cristales. La vida discurriendo como quien habita en una torre de un
castillo medieval. El viento no como música de fondo, el viento como sangre
circulando por tus venas. Auuuuu… Tú sumergido en el líquido amniótico de un
útero, calentito, sin pensar en nada, anulado el pensamiento, sólo las
sensaciones. Y mientras espero la llegada del siguiente párrafo, porque en eso
consiste escribir, en esperar que las ideas y las palabras desciendan hasta las
yemas de tus dedos, me llega un correo. Cambio de pantalla, lo abro y es un
comentario a mi post de ayer del amigo Enrique. Sólo leo las primeras líneas:
“En mis creencias más asentadas está aquella que reza que no se puede poner
sujeción al viento, porque él es una de las pocas cosas auténticamente libres”.
Curiosa sintonía, amigo viento. Es cierto, no se puede poner puertas al viento,
ya lo dice aquel adagio popular. No sé lo que viene a continuación en el
comentario. Luego lo veo, no se me vaya a cortar la leche.
Constato que mis recuerdos y
consideraciones están hondamente marcados por mis tantos años de dedicación a
la montaña, que todo eso que plantea Butler, dar cuenta de sí mismo, en su libro está muy bien, la
influencia del ambiente y la sociedad en la conformación de tu persona, está
bien, que acaso ese su pensamiento y su escritura probablemente es lo que para
mí es o pudo ser mi relación con la naturaleza, lo que no invalida su
pensamiento pero sí pone un toque de atención sobre la influencia que tu propia
vida deposita en lo que escribes. Butler, habiendo dedicado su vida a la
filosofía vive marcada por su pensamiento y sus ideas que pueden ser todo lo
objetivas que se quieran pero que consideradas como una tarta y poniendo junto
a ella mi propia experiencia y considerando el peso de ambas entiendo que el
valor de su pensamiento, pensado desde el punto de vista vital, y dada
la fuerza de las vivencias, lo que me hace pensar es que el valor del
pensamiento, sin ser excluyente, al ser puesto sobre la mesa frente al valor de
las vivencias, aunque esto sea mezclar churras con merinas, repito, desde el
punto de vista vital, el valor de las vivencias personales anula, o mejor se sobrepone,
en cierto modo a la brillantez del discurso filosófico. Cierto que desentrañar
la realidad e investigar sobre nuestro ser y conducta es vital, y ello nos
debería conducir a lecturas que nos ayudarán a comprender el mundo en que
vivimos, sin embargo entre un filósofo y un amante de la naturaleza, sus
facetas, quiero decir, es natural que yo me incline por este último. No se
trata de poner en relación estas dos posturas en este caso sino simplemente
considerar el peso que cada una tiene en nosotros. El filósofo vive encerrado
en sus ideas, ellas pueden ocupar una parte considerable de su persona y su
vida, mientras que en el acérrimo amante de los bosques y las montañas la
naturaleza, al margen de consideraciones académicas, recibe por completo nuestro
empeño y actividad. En este punto el amigo Álvaro, uno de esos buenos lectores
que conozco, y ahora ya que he vuelto al Facebook, diría que todo esto no son
más que pajas mentales. Y probablemente tenga razón pero no en el sentido en
que él lo diría, sino en aquel otro en que, como todo el mundo experimenta, las
pajas son un excelente modo de relacionarnos con nosotros mismos.
Sí, no pongamos vallas al viento,
y no sólo lo digo por lo de las pajas, que aquí podríamos volver a enrollarnos
con asuntos tan interesantes como la libertad y las constantes barricadas que
intentan mediatizarlas.
Viento. Es mediodía. Todavía en la
cama. No, si aún voy a tener que agradecer esta inmovilidad impuesta que tanto me
predispone a la vagancia, vagancia física, se entiende, que no hay mejor modo
de despabilar la materia gris del cerebro que no tener apenas nada que hacer
durante todo el día.
Hay verdades que sólo le
sobrevienen a uno en el tendido supino de una mañana de viento. Y me voy por un
instante a mis montañas, a esas jornadas en que durante un par de días me veía
obligado a permanecer dentro del saco de dormir bajo la tienda mientras el
viento y la lluvia se convertían en los señores del lugar. Días de aparente
incomodidad pero que ocupan en el recuerdo ese preciado lugar que destinamos a
los mejores ratos de nuestra vida. En la película de Kore-eda After Life
los muertos tienen que elegir el momento más significativo de sus vidas,
después de lo cual pasan a otra fase en que el resto de los recuerdos se
borra. Sólo dos personajes se resisten a ello, se niegan a desprenderse del
conjunto que fue su existencia. Yo estaría entre estos últimos, pero
ciertamente a la cabeza de mis recuerdos estarían noches de ventisca arrebujado
en la soledad de mi saco de dormir en las cumbres de los Carpetanos o en el
pico el Lobo, por poner un ejemplo.
Allá donde hemos dejado lo mejor
de nuestras vidas, donde yace nuestro corazón, no en un hecho concreto sino en
una forma de vida, es lo que nos define en gran parte como personas.
sábado, 17 de octubre de 2026
¡Buenos días!
El Chorrillo, 17 de octubre de 2026
Sonó el despertador, me despabilé, abrí los ojos, en la copa de los árboles ya se había colgado el dorado de la mañana. Es otoño. El tiempo estaba preso en las hojas que la brisa movía con delicadeza. El tiempo, ¿qué es ese el tiempo que pasa sobre nuestras vida también como una brisa poniéndonos en ocasiones nostálgicos, otros inevitablemente tristes porque nuestras ganas de vivir quisieran acumular primaveras por toda la eternidad, en unas pocas ocasiones jodidamente despacio cuando el dolor se remansa sobre nuestro ánimo?
Más allá de la ventana las hojas de los olmos empiezan a caer como primeros copos de nieve. El tiempo, ese del que Hemingway decía que era el río de la vida en donde él echaba el sedal de su caña de pescar cada mañana.
Hoy no me levantaría en todo el día de la cama. Mi cabaña no es my castle, como dicen los ingleses, mi cabaña es un útero en medio del universo y el tiempo y yo estoy dentro de él como quien contempla las llamas de la chimenea, absorto, intentando comprender qué es esto, la vida. Para el amigo Antonio con el que hablé por teléfono ayer, la vida con sus 76 años era poder escalar todavía un 7B e ir con uno de sus muchos nietos al rocódromo, era su familia, sus amigos. Para otro que tiene diez años más, el amigo Carlos Soria, era poder seguir cada mañana trepando por los senderos y los piedros de la Pedriza; para otro, éste de 89 años, mi caro amigo Eduardo, la vida era penetrar las profundidades de las manifestaciones de la tierra y las montañas, rescatar para la memoria y los libros la historia las vibraciones del planeta. Por todos ellos corre la inquietud de la vida, vidas que yo miro esta mañana con expectación como quien ve esos gruesos copos de nieve caer sobre la blandura del suelo de mi parcela, que hoy es verde brillante y que acaso se mude más adelante en alguna ocasión al blanco níveo del invierno.
A la cabecera de la pantalla en la que escribo, anoche dejé una escueta nota que acaso fuera una advertencia a recordar. Esto decía: “Mantener el cerebro activo”. Es la única posibilidad que me queda para estos meses que vienen de forzado reposo. Y me digo que tampoco está mal la idea de llenar las horas del día dejando campar a la materia gris del cerebro a sus anchas por aquí y allá de la realidad. Esta misma mañana de no hacer nada. Bájame una estrella mientras tanto, escribiría Míriam García Pascual. Míriam había encontrado una manera muy especial de estar en el mundo. La navarrica escribió en su libro: «Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad»; no era de las personas que se dejan arrastrar por la vida, más bien la embestía con la fuerza de su juventud y su pasión. Murió con sus compañeros bajo una avalancha mientras escalaban en India el Meru Norte. ¿Para qué querría Míriam que le bajaran una estrella?, me pregunto. Míriam además de escaladora era poeta, «Viajé con la ilusión de llegar a ser un pájaro y volar cada vez más alto», escribe en su libro, sin embargo la realidad la sepultó bajo la nieve de sus amadas montañas.
Volar, navegar, como lo hiciera Julio Villar, la soledad entre las olas, un petrel que se posa en el velamen de su pequeña embarcación, la libertad llenando los poros todos de su cuerpo.
En cosas así pienso esta mañana de vagancia bajo el edredón.
Estos días leo simultáneamente dos libros, una novela, El sentido de un final, de Julián Barnes, y Dar cuenta de sí mismo, de la ensayista y filósofa Judith Butler, y resulta que llegando a más de la mitad de lectura del primero me encuentro con que ambos son totalmente complementarios, que atienden a la percepción que tenemos de nosotros mismos con una crudeza que te produce vértigo. ¿Seriamos capaces de reconocernos a nosotros mismos si alguien pudiera dar cuenta de una biografía personal retrospectiva de muchas partes de nuestro pasado? El protagonista de la novela ha olvidado totalmente detalles de sus actos que el tiempo o el remordimiento han enterrado en las profundidades de su memoria, y ello hasta que recibe una de sus propias cartas donde se testifica de su puño y letra eso que la memoria había enterrado.
Butler por su parte, atenta a los débitos que tenemos con la sociedad, levanta sospechas desde las primeras páginas de su libro sobre esa supuesta autenticidad de que somos obra de nosotros mismos. Butler transmite la sensación de que la sociedad nos moldea mucho más allá de lo que queremos aceptar, que es como decir que somos menos nosotros mismos de lo que creemos. Nos aferramos a nuestro yo como obra propia que hemos ido esculpiendo a lo largo de la vida, y Butler trata de desmentir esa impresión desde la fría disección filosófica. Y yo, que esta mañana acompaño a Julio Villar y a Míriam en sus viajes por la tierra fértil de sus intuiciones más allá del mundo y sus condicionantes, soy incapaz de aceptar que la autora de Dar cuenta de sí mismo pueda comprender lo que corre por el corazón y el cerebro de Julio o de Míriam. Pienso que no cabe en la fría disección filosófica, a no ser que el diseccionador se llame Eduardo Martínez de Pisón, o cualquiera otro experimentado montañero filósofo que el mundo de la montaña nos ha regalado, enontrar los porqués de unas vidas que se rigen por unos parámetros ajenos al común de los mortales.
Contemplo ahora el interior de mi cabaña, algunos cuadros que pinté el pasado año, un hombre en la soledad de una habitación desnuda que apoya la cabeza en una mesa, yo mismo; otro hombre sobre la cumbre del pico Anie contemplando un espléndido atardecer, yo mismo; un lienzo de una niña abandonada a su suerte que encontramos en las Hurdes hace medio siglo; una fotografía de un desnudo de una novia que tuve en mi madurez; yo mismo en disposición de poder engendrar un nuevo ser; en fin, una mamá India con su nene en brazos que contempla el crepúsculo sobre el mar de Bengala. Y me dejo llevar por la mañana balanceado por la música de la barcarola de los cuentos de Hoffman de Offenbach.
Casi mediodía. Ya va siendo hora de levantarse.
viernes, 16 de octubre de 2026
Dejando el hospital a mi espalda
Hospital San Francisco de Asís, 16 de octubre de 2026
Tu comentario (para la comprensión de lo que sigue, sólo en parte, me remito al enlace) daría para una larga discusión que no puedo aprovechar
mientras liquido mi estancia en el hospital o sí porque ésta se dilató más tarde. Quizás
la diferencia fundamental entre tus planteamientos y los míos esté en que yo
pretendo explorar una pregunta, en qué consiste tener una vida interesante, me
preguntaba al principio del post, mientras que tú o al menos eso creo, desarrollas
una tesis. Yo no sé efectivamente muchas veces cómo concluiré un texto, que
en realidad suele ser una indagación sobre la realidad o sobre mí mismo, mientras que cuando te leo tengo
la impresión de que tú partes generalmente de una tesis que desarrollas, como
es el caso en esta ocasión, con una encomiable hilazón lógica. Ya sabes que esa
línea de razonamiento no es mi fuerte. Yo intento aclararme, comprender el
mundo desde la sintaxis de mi propio corpus mental y es en ese intentar
comprender dónde puedo chocar con la lógica de un complejo sistema en donde
tengo que abrirme paso como un nadador principiante que trata de mantenerse a
flote. A mí siempre me ha resultado cara la idea de esos niños que con ojos de
plato se abren admirados a la vida, ese bebé que intenta en su incipiente
inteligencia a organizar aquello que atraviesa sus ojos. De ahí quizás venga mucho
de mi historia personal. Fui al colegio pero no hice el bachillerato, hice una
rama que llamaban de comercio en los Salesianos destinada a los que por
extracción social o económica se convertirían en carne de cañón del sistema
económico, lo que no me impidió ser el primero de la clase durante varios
cursos. Y más tarde, cuando empecé de adolescente a organizar mi vida, decidí hacer
el bachillerato y Preu por libre. Creo que en tres o cuatro años lo hice todo.
Entré en la Universidad sin haber pisado un aula. Todo este rollo para intentar
acercarte al modo en que mi pensamiento se fue abriendo paso en la vida. Tenía
bastante claro por entonces lo que quería, lo que en la Universidad tuve que
traducir en sacar una media en toda la carrera de sobresaliente para tener
acceso directo a un puesto de trabajo en la escuela.
En tu comentario predomina, creo, la consolidación de una
tesis que pienso está previamente establecida en razón de tu formación y en una
percepción del mundo, quizás también en una experiencia vital, determinada. Algo
como si fuera difícil cuestionar, mientras que la mía, con una experiencia
diferente muy marcada por el autodidactismo, unas lecturas anarquicas, acaso,
que me llevaban de una parte a otra de la concepción de la realidad, hicieron
que derivara, imagino, hacia un modo de ver la vida un tanto peculiar.
Estaba terminando este párrafo cuando entró una monjita a
visitarme (monjita, sí, pequeñita, amable, lleno su rostro de dulzura).
Enseguida le dije que no era creyente pero que apreciaba en las veces que he
estado en este hospital ese cristo crucificado que cuelga en todas las
habitaciones, le conté de mi historia de niño de comunión diaria y de mi
alejamiento de la religión, un alejamiento que se compatibilizaba de joven con
la lectura frecuente del Evangelio. Fue una conversación amable, hasta
diría que cariñosa. Le comentaba que aunque ateo tenía que reconocer que una
parte considerable de mi cercanía infantil a la religión marcó mi forma de
pensar en algunos aspectos). Y a continuación entró la enfermera, un encanto de
mujer que me llega a recordar a otra
mujer de su edad que nos atendió en un albergue del Camino de Santiago y que me
dejó una bonita impronta. Ella era poeta y pintora. Había pintado los murales
de la iglesia de su pueblo subida en altos andamios y además sus poemas eran un
elogio de sencillez. Volví a encontrármela ayer en el guasap y me alegró la
tarde. Confieso que la relación con mujeres mayores producen en mí una cierta
clase de ternura y empatía.
Y bueno, sigo con mi historia que gusto me da en ocasiones poder
irme de un lado a otro sin el correctivo del corsé de una disciplina. Voy a ver
primero por dónde andaba.
Hay preguntas que inevitablemente saltan al tablero, tal
como esa de si la identidad de una persona reside en los momentos de plenitud
que ha vivido o en su capacidad para seguir construyendo una vida significativa
cuando esos momentos ya no están a su alcance. Algo que me concierne personalmente
y que expresaba al final del post de que siempre nos esperará París, una
posibilidad, una opción B que probablemente sólo dependerá de mí y de mi
adaptación a las circunstancias. Y, por supuesto, y estoy de acuerdo contigo,
la opción de Kore-eda me parece falsa, una manera de profundizar en algunos
puntos de la realidad y hacer visible qué sí o qué no es lo que en la vida
realmente ha sido importante, o te ha dejado simplemente una impronta; no me
parece que su planteamiento sea desechar toda aquella otra experiencia, eso que
constituye una parte tan importante de nuestro vivir.






