lunes, 15 de junio de 2026

El tamaño del mundo

 


15/06/2026

Ayer tarde tuvimos en casa una fiesta de cumpleaños, mis hijos mellizos, Mario y Lucía, cumplían 47 años. Nacieron con siete meses de embarazo y con un peso  inferior a un kilo. Estuvieron entre la vida y la muerte muchas semanas con una esperanza de vida en torno al cuarenta por ciento. Ahora, además de tirarnos de las orejas, cada catorce de junio es inevitable recordar esta circunstancia.

(Contesto al comentario de ayer de Enrique: https://deunjubilado.blogspot.com/2026/06/un-resquicio-de-luz-mas-alla-de-la.html) Ayer en la tertulia posterior a la fiesta surgieron estos temas que comentas, nuestra fragilidad aparecía como un imperativo universal que nos hizo reflexionar a un nivel raramente alcanzado en nuestros encuentros familiares. 

Cuando uno entra en este terreno pareciera que la realidad del mundo se circunscribiera a esa situación binaria que dices en donde sólo existe el uno y el cero. Haciendo un esfuerzo por integrar ese concepto, binario, yo defendía que vivimos dos realidades, la realidad interior, profunda, interpelativa donde el individuo y su entorno son el centro de todo, y la otra, el mundo exterior y toda sus complejidad económica, social, política, etcétera. 

En esa sucesión en donde el uno y el cero, el yo y lo otro, los otros, que conforman la realidad, existen circunstancias, digamos importantes o incluso determinantes, que actúan repentinamente como una luz en plena oscuridad, se acciona el interruptor y nuestra percepción hasta entonces centrada en el mundo y sus distracciones, de repente cambia a un estado de interiorización, reflexión, en donde el ruido del mundo languidece, pierde valor en favor del individuo y su entorno. La referencia a la alternancia de estos diferentes modos de mirar, podría compararse a cuando vamos en tren y entramos en un túnel con boquetes intermitentes que dan al campo. Esa secuencia en donde se alternan nuestro interés por lo que sucede en el mundo con el exclusivo interés por uno mismo y su entorno humano. Oscilamos constantemente entre lo social y lo individual, sin embargo cuando el entorno individual pasa por circunstancias delicadas que le afectan profundamente, lo social, lo que está más allá de ti, de los tuyos, se diluye en el plano de tu conciencia. 

Escribo en el pinar cercano mientras descanso antes de volverme a casa. Llegué, llené el recipiente del agua de los pájaros, puse algo de comida en el platito correspondiente y me substraje a la contemplación del campo, los rastrojales, la lejana silueta de Gredos. Fue después que leí el comentario de Enrique que decidí contestarle. No me encajaba del todo esa palabra que él empleaba, binario, pero traté de meterla, meterla con calzador, en mi respuesta. Ahora, ya en casa, creo que cuadraba mejor, al menos para mis argumentos, el concepto dualismo que se usa en filosofía, es decir, la doctrina que sostiene que existen dos tipos fundamentales de realidad, cuya forma más conocida es el dualismo mente-cuerpo; sin embargo no me referiría tanto a esa separación como a una dualidad entre el yo vivido y el mundo exterior. Cuando alguien atraviesa un enfermedad grave, una circunstancia difícil, es fácil que se produzca en él una especie de reordenación de la importancia de las cosas. Lo que antes parecía fundamental (la política, la actualidad, la situación económica) puede encogerse hasta convertirse en ruido de fondo. En cambio, la experiencia inmediata del propio vivir ocupa casi todo el horizonte. Precisamente vengo observando que en mis últimos escritos se me ha colado más de una vez la palabra ruido en cursiva. La razón, creo, tiene su origen en un cambio de percepción de la realidad en donde la importancia de los asuntos ha trastocado su relevancia en el sujeto que vive esa situación extraordinaria. El mundo sigue siendo el mismo, pero no tiene el mismo peso para la conciencia. Al “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega se le añade un matiz importante, la circunstancia no sólo acompaña al yo, sino que modifica el tamaño aparente del mundo. Cuando la circunstancia es extrema, el mundo exterior pierde importancia, mientras que cuando recuperamos la normalidad, vuelve a expandirse. 

Abundando en esta idea… Comencé en el hospital a leer a Kitaro Nishida, Indagación del bien. Allí el autor se pregunta si esa separación entre el “yo” y “mundo”es realmente una división de la realidad o si por el contrario se trata de una división de nuestra atención. Es decir, quizás no haya dos realidades, sino una sola realidad vivida desde perspectivas diferentes según nuestra situación vital. 

Es claro que cuando comienzo un escrito en absoluto tengo en mente el desarrollo que tendrá el mismo a continuación. Escribir en casos como estos tiene más de reflexión que otra cosa. Las concatenaciones mentales que se producen durante la escritura se parecen mucho a un proceso en el que intervienen tanto la indagación, los interrogantes que surgen en el hecho de escribir, como el desarrollo de ideas preconcebidas que en principio fueron el motor de arranque de la escritura.


Un día de escuela en el pinar

 


Ayer olvidé incluir un relato que mencionaba en mi escrito. Éste era:

 

 UN DÍA DE ESCUELA EN EL PINAR

Las tareas fueron concluidas, les esperaba la excursión del pinar. El grupo más numeroso de niños había llegado hacía un rato y Andrés esperaba a los más rezagados bajo la sombra de los primeros pinos. Le vio venir por aquel camino junto al aeródromo, un camino ancho espigado de cebadas altas y doradas a los lados. Al fondo, contra los olivos de hojas verdeazuladas el paisaje se torcía en un tapiz de leve plumaje hecho de gramíneas ligeras y brillantes. En el brazo derecho, recostado en una voluminosa escayola, se acurrucaba el chucho, un cachorro rechoncho y lanudo de pelo ceniciento y grandes manchas pardas. La mano libre se demoraba tiernamente entre las orejas garrapatosas jugando con el hocico y hundiendo sus uñas negras en los pliegues del cuello. El pelo, greñudo, sucio, caído sobre la frente hasta la línea de las cejas; el chándal, amplio, negro; el paso calmo, distraído; la mirada embelesada en la somnolienta expresión del chucho; la media sonrisa remedada de distancia en el hueco del cielo.

Sobre el suelo gredoso caía un sol seco y tajante que desmadejaba las disposiciones y aplanaba la voluntad con el peso enorme de la hora.

Su sonrisa era una sonrisa retenida; un halo de tristeza cruzaba sus ojos fugazmente en precisos momentos del día. El camino era ancho, desmesurado, excesivo, él, pequeño, exiguo, como un batir de alas apagado en el fondo de cualquier tarde de tráfico de autopista. Los adultos siempre tienen prisa, desasosegados por grandes e inaplazables asuntos que precipitan los días y las noches en pozos insondables, insustanciales, plenos de actos que sólo se justifican a sí mismos, actos sin chicha ni limoná, como el conejo de plástico que corre delante de los galgos en un canódromo de locos.

Las hermanas de Tomás crecen pechugonas y rollizas al fondo de un pasillo de tránsito difícil, apenas con tiempo para sí mismas, enjauladas en hoy, mañana, pasado mañana. Un día le preguntaron sobre el colegio, le echaron una mano, aquello encendió una lucecita que apenas pudo sostenerse unas horas, luego volvió la oscuridad, la vida fuera del tiempo y el deambular por la casa vacía, los pasos distantes de la madre en la cocina después del trabajo.

—¡Profe! ¡profe! Tomás trae un perro —un grupo de criajos corría hacia Andrés, pregonando por el camino el hallazgo. Otro grupo más numeroso desaparecía en el pinar de los Frailes espoleados por la ansiedad de ver la cabaña de Tamara y Mercedes.

—A lo mejor la han destruido —se echaba atrás Tamara después de engolosinar a todos durante el camino con una descripción muy imaginativa de los cuatro palos y algunas retamas que ellas llamaban cabaña.

—Pues seguro que ya no queda nada —añadía Mercedes.

— ¿Dónde está?, ¿dónde está? —se inquietaban algunos.

— ¡Venga, vamos! —y salieron corriendo hacia el otro extremo del pinar donde sobresalían unos eucaliptos escuálidos.

Carlos era ahora compinche de Tomás, desde que definitivamente se quedó en la cuneta arruinado por una pereza infinita que le subía del fondo del alma, se habían hecho amigos inseparables, unidos entonces por una solidaridad que nacía de la indolencia mutua que los hermanaba. Carlos sonreía con benevolencia hacia sí mismo esbozando un risueño contento como quien se conforma con un trocito de pastel que otros se comen a grandes bocados.

—Cuando llegamos a aquel pino alto vimos que Tomás tenía un animal en los brazos —Gema hablaba moviendo todo el cuerpo, abría unos ojos enormes mientras gesticulaba— es un perrito que se encontró, es chiquito y me lo dejó tocar, le dije: ¿El perro muerde?, y él me contestó: ¡Qué va a morder!

Por el camino, entre dos filas de pinos, escoltada por Tomás y Carlos, bajaba Zulaika con el chucho.

—Joroba siempre lo tienes que coger tú, ya estoy harta —a su lado casi indignada Virginia, estirada y cejijunta forcejeaba con Zulaika para arrebatarle el perro.

—Profe —se adelantó Gema García— yo creo que el perro tiene garrapatas.

— ¡Correr, venid! —un grupo de tres o cuatro, encabezados por José, corría pinar abajo embalados como una moto.

—Sí, ¿pero dónde es? —decía César desde la rama de un pino, mientras pasaba como una exhalación por debajo de su árbol este tropel de voces.

—Aquí, en el sitio de la arena gorda. —La voz venía ya detrás de un montículo próximo.

— ¡Venid, venid!

—Si no te veo.

— ¡Ah!, estás aquí —llegaron todos.

Antes las expectativas de aventura el cachorro quedó abandonado a su suerte, dio cuatro vueltas por los alrededores y, muy seguro de lo que quería, visto el panorama, se metió bajo los pantalones de Andrés que pasaba distraído las hojas de un libro sobado y amarillento, Unamuno, Viaje por tierras de España y Portugal. Llegó la voz de Ángel Luis por detrás de unas jaras:

¡Cuando yo era pequeño... —Andrés lo miró parpadeando, «cuando yo era pequeño», Ángel Luis tenía nueve años, el pelirrojo de su hermano que asistió a la escuela tres años antes que él se había quedado en un rubio intenso de bucles sedosos, tenía un expresión dulce de media sonrisa bailándole siempre en la cara. Lo dice espontáneamente, tan lúcido... Andrés reconsidera las palabras que le llegaban. Cuando yo era pequeño... eso podría llenar varios libros: el desgarro de los momentos de la adolescencia, las ilusiones de robinsón, ¡no, no era capaz de reconstruir lo simple!, la noche es húmeda... cosas así. Los recuerdos pujan por salir a flote desde algún difícil rincón del cerebro, el grano aventando de algún lugar entre Sahagún y León, las impresiones casi místicas de una mañana de domingo en la catedral de Santiago, pero todo esto se desvanecía cuando tenía que reencarnarse sobre el papel. Unamuno era un viajero que recorría el paisaje con el diario en la mano, no sirve, en cierto modo se parece a los japoneses que surcan el mundo pegado el ojo al visor de la cámara fotográfica.

Había visto acercarse a Tomás con el perro sobre los brazos y en seguida había imaginado unos planos cinematográficos con aquella escena. Tomás es un niño que le ha dado un trabajo fuera de lo común, no hace nada en la escuela, sus padres están divorciados, su madre debe estar muy ocupada, a estas alturas le falta empuje para asumir tamaña responsabilidad, ha desistido hasta el punto de que Tomás vegeta, mira al aire, se embelesa con alguna idea lejana, arrastra la impotencia insuperable del abandono; todo bajo la aparente y a veces dolorosa indiferencia de Andrés.

A pocos metros le seguía Carlos, Liza Minelli. Le hizo mucha gracia encontrar un parecido tan asombroso entre su cara y la de la actriz de Cabaret. Es un crío pequeño de cara blanca y relamida. Liza Minelli  es retorcido con cara de bueno por fuera pero con una buena mala leche por dentro. Dos días antes, arrobado por las maravillas de la punta del lápiz, fue describiendo, durante diez minutos ininterrumpidos, caminos, caminos reiterativos de ondulaciones arriba y abajo, sucesivamente, en el borde la espiral del alambre que retenía las hojas de su cuaderno de trabajo. Terminada la exploración en torno al alambre abrió el cuaderno en la primera hoja y se extasió de nuevo en largas y prolongadas meditaciones. Cuando había que hacer grupos en clase para determinados trabajos siempre se quedaba unos pasos atrás, quizás alguien le solicitara, pero no, a los otros compañeros les gusta elegir niños que sean amigos o por lo menos que sean capaces de hacer la misma tarea que ellos. « ¿Y tú, Carlos?, le preguntaba Andrés, y él levantaba los hombros expresivamente rodeando el gesto con un ademán retraído de qué-se-le-va-a-hacer; inclina la cabeza hacia delante, menea las cejas y mira retraído y lejano al maestro.

Los niños volvían una y otra vez a contar las novedades de sus exploraciones.

—Mira qué gusano he encontrado —Samuel y Beatriz trataban de capturar toda clase de bichos en un frasco de mermelada que se habían encontrado.

—Corre, mételo en el frasco —Samuel, el niño de los dinosaurios, se empeñaba en decir que habían capturado un gusano de seda. Era capaz de lanzar una conferencia entera sobre la vida y obra del tiranosaurus rex pero del resto andaba un poco despistado. Insistían en mostrar a Andrés su gusano de seda. Andrés, con mal disimulada desgana, les dijo que vaciaran el bote. Entre la arena negra del pinar apareció un insignificante gusanillo de color oscuro. Nada de la sedosa morbidez de los gusanos de seda que habían tenido otros años en clase.

—Podíais ir a investigar a ver si encontráis algún animal más grande —sugirió, quería que lo dejasen en paz, estaban a final de curso y esta tarea con los niños había dejado de ser divertida; el estímulo, por razones muy diversas, había ido desapareciendo poco a poco hasta convertirse en apenas un regato que pasa por largos y profundos periodos de sequía. El paisaje de la escuela quedó agostado y maltrecho por el ejercicio consecutivo de década y media. No, el tiempo había pasado destructor, asolando con la realidad diaria las esperanzas y las disposiciones más inquebrantables.

— ¡Profe, ven, mira! —Mario había encontrado un pájaro muerto y pretendía haberlo cazado él. No podía pensar en Mario sin que ello le produjera una dolorosa sensación de impotencia, después de dos años no había conseguido que separara medianamente bien las palabras, que garabatea a duras penas. Ante sus compañeros inventaba proezas y hazañas inconcebibles que lo resarcían ante sí mismo de sus pobres resultados escolares. Era un caso perdido.

El cachorro había encontrado un buen lugar para acurrucarse, quizás pensó que con aquello ya estaba camino del hogar; se subió al regazo de Andrés y lo miraba desde abajo con cara de perro degollado pidiendo clemencia.

—El perro se ha ido con el profe —Gema García le gritaba desde lejos a Piedad. Se acercaron y dijeron:

—Profe, ¿nos dejas al perro?

— ¡Claro! ¿y por qué no lo lleváis a dar una vuelta? —dijo él. Sería una buena idea que lo dejaran solo. Sumisión al destino, le llamó la atención una descripción que hace Unamuno de una esbelta moza montada sobre un asno camino de la huerta, sumisión al destino, intentaba relacionarlo con algo que tuviera que ver con otras ideas que a veces cruzaban por su pensamiento, pero palabras e ideas se escurrían hacía otros derroteros. Destino es un sustantivo pegajoso y desagradable, la palabra se le movía por dentro como si se hubiera rozado alguna cuerda de registro desconocido, como si estuviera despertando, inquisitorio, algún pensamiento remoto relacionado directamente con algo vital. Las palabras, su significado, atravesaban, frágiles, la tenue capa de su conciencia. ¿Qué era el destino? ¿la posibilidad plausible y necesaria dentro de otras cien opciones? ¿el cauce único del torrente, del arroyo, del río? ¿Qué es sumisión? ¿No hay más remedio ni alternativa que aquella que viene del cielo, de una opción primera, del amasijo de fuerzas que la persona y la sociedad van levantando en torno como una tela de araña recia e inaprensible? Recordaba haber reflexionado sobre esta idea hace algunos años, intentó saber cuándo fue eso pero no lo consiguió.

Desde el fondo de su cavilaciones advirtió que llevaba un rato oyendo a un coro de niños llamando insistentemente a Tomás. Era un bosque claro de pinos con unos pocos arbustos, en la hondonada que bajaba hacia el este había pequeños robles raquíticos y algún eucaliptos. Hacia el norte, sobre una pequeña loma, crecían carrascas y rebollos. Un grupo  numeroso de niñas jugaba en lo alto de la loma.

Del fondo de la hondonada, ahora sí, de nuevo las voces de llamada; Tomás no respondía. Entre los árboles del fondo vio subir a Carlos seguido por César y José.

— ¡Profe! ¡Tomás se ha perdido! —gritaban repetidamente desde lejos los tres.

Cerró el libro que estaba leyendo y echó a correr. «No es posible, es un terreno llano sin ningún peligro, tendría que haber oído las voces hace rato», iba pensando mientras bajaba precipitadamente hacia los niños que venían desde la hondonada. Por dentro se le había empezado a poner en movimiento un pequeño dispositivo de relojería que funcionó a modo de alarma y golpeó con impasible frialdad alguna parte sensible de su sistema nervioso. «Después del pinar sólo hay campos de cultivo, el pinar no debe tener más de cuatrocientos o quinientos metros de largo», mascullaba bajando a grandes zancadas una pendiente de matorrales y piedras blancas. Atravesó unas retamas altas y se metió en un jaral para tomar un camino oblicuo que bajaba recto hacia los últimos eucaliptos. Un nudo en la garganta se empezó a estrechar con energía, gritó con fuerza:

—¡¡Tomaaaaás!

No quería que los niños se asustasen pero no era capaz de controlar su propio miedo que empezaba a subirle con la certeza de lo inevitable; un golpe, un desmayo, quién sabe.

Oyó llamar alternativamente desde sitios diferentes a otros niños. Algunas voces venían desde muy lejos al otro lado de la loma.

Se paró junto a Carlos.

— ¿Cuándo le habéis visto por última vez?

—No sabemos, se marchó por allí —y señalaban la parte más retirada del pinar en el límite con una viña abandonada.

Detrás de los árboles, entre las viñas y el bosque, pasando una fila de cipreses que marcan el límite con el campo, cruzaba un camino que subía derecho una pequeña pendiente al otro lado de las vides. Ordenó a los niños que se quedaran allí, y él se dirigió hacia el viñedo. Después de los cipreses torció a la derecha y volvió a gritar:

— ¡Tomaaaás! ¡Tomaaaaás!

El hado de la irracionalidad sembraba todo aquello de pozos oscuros y profundos donde el miedo impedía gritar un nombre. Se enganchó en una rama y cayó de bruces en el suelo. « ¡Mierda!» Todavía podría estar tras las retamas que apuntaban cien o doscientos metros junto al camino.

No se oía nada, los niños habían vuelto posiblemente a los juegos con los que estaban hace cinco minutos. Se detuvo, sólo los pájaros quebraban un silencio infame y perturbador. La cueva del Minotauro, las olas rompiendo negras, cercanas, salpicando de miedo esta angustia de tarde. Volvió a correr rápido, desesperadamente, hablando solo.

La carrera desordenada le dejaba sin resuello, sentía hincársele en la carne un silencio hondo y doloroso. No quería imaginarse lo peor, pero ahí estaba, punzándolo con esa posibilidad innombrable. Los segundos parecían pasar vastos y dilatados como el mar. Andrés levantó la vista, el cielo era intensamente azul, vigorosamente duro y descarnado.

Rodeó un sembrado de avena, subió una pendiente marcada por profundas rodadas de tractor, pisó un macizo de chupamieles, había amapolas entre la avena. Una flojera le subía por los muslos. «Es irracional, no puede ser, no ha podido desaparecer, al menos un grito, un rastro, yo qué sé», se repetía machaconamente. Sólo faltaba un corto repecho para terminar aquella cuesta. « ¿Qué haré?», no podía imaginarlo, «la madre, esa señora rubia de aspecto cínico y ostentoso...» Quiso gritar el nombre de Tomás pero no pudo.

Cuando la tensión se hacía angustiosa llegó al final de la cuesta.

En el alto todo estaba tranquilo, increíblemente calmo. Tomás trataba de tensar una cuerda de pita entre las puntas de un palo, con el brazo escayolado sostenía un extremo mientras que con la mano izquierda trataba de hacer un nudo en el opuesto.

El cielo era intensamente azul, el campo amarillo, la avena tenía el movimiento ligero que le proporcionaba la brisa metida entre sus tallos.

Andrés lo ayudó a terminar el arco, recogieron las flechas y bajaron hacia el pinar. Cerca de los cipreses Tomás probó una flecha, la caña voló unos metros y quedó colgada en una rama, Andrés con uno de los extremos del arco golpeó la rama y la flecha cayó al suelo. Bajaron a la hondonada y, después de las jaras, Andrés se desvió y fue a recoger el libro que había quedado tirado junto a un pino.

— ¡Mira, Gema, un nido deshabitado! —decía Piedad señalando las ramas bajas de un eucaliptos.

— ¿Por qué no vamos a ver si hay huevos en el nido?

—Gema, no es un nido es un poco de paja ¿no lo ves?

Luego, un grupo se enredó con los restos de un columpio, Aníbal pregonaba:

— ¡Venid! yo sé donde hay un columpio.

— ¿Dónde está?

La maroma colgada de una rama atrajo a un grupo de siete u ocho niños.

— ¡Andá, cómo mola! —dijeron algunos.

Más lejos:

— ¡Eh, venga, vamos a echar carreras!

—Abajo hay un columpio y una manta.

Cuatro niñas se acercaron:

—Tía, ¡cómo mola la cabaña que hemos hecho Mercedes y yo! —chiquitina, pecosa, con cara de diablillo y aspecto de hacer lo que le da la gana en casa, Tamara no se arredraba ante su estatura y llevaba siempre de aquí para allá a un grupillo al que atraía con algún señuelo divertido. Era extremadamente gracioso verla dirigirse a Andrés en clase. Profe, decía, y se ponía a un palmo de él y levantaba la cabeza echándose hacia atrás como si tratara de ver allá en lo alto los signos de una respuesta que no tardaría en llegar.

—Mirad lo que hemos encontrado —habían montado unas diminutas parihuelas y traían en procesión los restos de un gorrión, unas cuantas plumas informes.

Los niños, fieles a la hora convenida, se fueron acercando. De los pequeños grupos se desprendían los pormenores de los hallazgos como chispas de una fogata de plásticos.

Sonó el silbato y los rezagados se unieron al grupo, Tomás volvió a coger su perro y todos, en un revoltijo de voces y carreras, emprendieron la vuelta dejando atrás las cebadas altas y doradas, los olivos plateados, el camino blanco y estirado como una daga bajo el sol duro y vertical del mediodía. Se oía la voz de Andrés: « ¡Vamos, los últimos, que llegamos tarde!» Una tenue polvareda quedó suspensa en el aire.

 


sábado, 13 de junio de 2026

Mi encuentro con Braulio


El Chorrillo, 12 de junio de 2026

  

Estaba cantado que no era yo el único apreciador de ese magnífico lugar que he empezado a visitar cada mañana. Nada más llegar pude comprobar que los pájaros ya habían dado cuenta de la manduca que les puse ayer y, los asientos, una silla de resina que estaba allí y una tumbona que llevé yo, habían cambiado ligeramente de lugar. Ya había contactado con uno de los visitantes y hoy lo sería con el segundo, Braulio. 

Al caso. Marchaba ya camino de casa cuando a mitad del recorrido me cruzó lentamente un coche. Saludé al conductor y me disponía a seguir mi paseo cuando el coche se detuvo. Me acerqué. ¿Eres Alberto?, me preguntó el conductor. ??? pero enseguida se aclaró la cosa, podía ser la persona de la que me había hablado el día anterior Tomé, pero me faltaba el perro que siempre le acompaña que me había dicho Tomé. Le estaba diciendo sí, soy yo, cuando apareció el perro tras el coche con un gazapo entre los dientes. Efectivamente, eran Braulio y su perro. 

Pues allí, en mitad del camino consumimos media hora de charla. Era admirable cómo dos personas que no se conocen y que se encuentran sin más en un solitario camino pueden llegar a pegar la hebra con esa facilidad asombrosa que tanto se parece al encuentro de dos amigos de toda la vida. Tomé le había pasado datos de nuestro encuentro de ayer, así que algo sabía de mí y mi convalecencia. 

Braulio tiene su rincón privilegiado en el pinar donde pasa ratos de meditación y tranquilo observar a las aves. Poquito, su galgo, estilizado, de pelaje oscuro con manchas claras, es su compañero inseparable., además de hacer planes para largos viajes es un amante incondicional del lugar. En su coche, me lo enseña orgulloso, lleva un artilugio, unas largas pinzas que utiliza para recoger las basuras varias con las que se encuentre, amén de un respetable contenedor donde depositarlas. Me alegro, de momento ya somos dos dispuestos a limpiar los caminos que frecuentamos, él, con mucha más decisión que yo, está incluso dispuesto a despejar el entero pinar de los montones de basura que éste ha acumulado con los años gracias a esos guarros que nunca faltan en cualquier comunidad. Ahora estoy convaleciente, pero me ofrezco a compartir el trabajo de limpieza más adelante. Le cuento de otros tiempos, cuando era maestro en el colegio de Griñón y llevaba allí a mis alumnos algunos viernes en que las tareas escolares iban muy avanzadas. Entonces el pinar estaba limpio, ocasionalmente llevábamos siempre una bolsa donde depositábamos todo aquello que desmerecía del pinar. Ahora, y de momento, el pinar es el lugar de nuestro recreo. Tomé y Braulio lo suelen visitar al atardecer, encantado me enseña Tomé algunas fotografías espectaculares de los momentos previos al crepúsculo con el telón de fondo de Gredos a lo lejos; yo de momento prefiero las horas tempranas de la mañana. Por cierto, que me dan ganas de reproducir aquí un texto de los tiempos de maestro de una de esas salidas al pinar con mis antiguos alumnos. El relato ganó un primer premio literario  

de un antiguo concurso que convocó el Ayuntamiento de Griñón. ¡Tiempos aquellos que ha logrado despertar Braulio con su charla! 

Saber ahora que el pinar tiene historia y visitantes asiduos le rescata del abandono y la desidia de los ayuntamientos responsables y le asigna la dignidad de ecosistema en donde el hombre es un integrante más del mismo. Se añade a esta idea las muchas promociones de mis alumnos que durante años visitaron el pinar como colofón de un merecido descanso tras el trabajo escolar de la semana.  

 

 




Un resquicio de luz más allá de la incertidumbre

 

El pinar donde cada mañana reposo de mi pequeña caminata. Al fondo, evidentemente, Guadarrama

El Chorrillo, 13 de junio de 2026

Ahora en mi hacer diario todo va más lento que de costumbre, con lo que mis escritos demoran en el disco duro esperando esa mano de nieve, o acaso, quién sabe, aguardando día a día a que esa rigidez que me persigue en mis movimientos y en mi pensar se suavice y termine haciéndose dúctil, optimista con el futuro, ese futuro que el amigo Enrique en su último comentario dice que no existe, pero que de un modo u otro termina condicionando nuestro ánimo a poco que te despistes. Así que, empujado por el viento de la mañana, la veleta de mis pensamientos deja a un lado un texto que había dedicado amigo Braulio, uno de los visitantes del pinar que visito cada para mañana.

Por cierto que en ese leer uno lo que escriben otros, caso mío y el de Enrique, la verdad es que echo de menos que éste deje por ahí, accesible a otros, trocitos de su experiencia y reflexión. Recuerdo que en los primeros tiempos en que empecé a publicar cosas en Internet, una de las esperanzas que tuve en mente era la de que entraba en un medio con grandes posibilidades de diálogo, de comunicación e intercambio, algo que se demostró con el tiempo como un ideal sin base práctica. Aquel “pienso, luego existo” de Descartes, acaso podría trastocarse en “escribo, luego existo”. En un mundo donde el tiempo se nos escurre de las manos constantemente, donde los tiempos para pensar, para contemplar el panorama de la vida desde un altillo, para mirar la existencia en perspectiva, son tan escasos, que imagino como un excelente medio para saber de nosotros mismos, de la vida de los demás, de la realidad en general, el coger la pluma o el ordenador a fin de ordenar nuestro pensamiento. Quien no dedica un tiempo de su hacer diario a estas cosas corre el peligro de dejarse arrastrar por el ruido de la calle, de la prensa, de los medios de comunicación en general. Tanto y tanto ruido por todos los lados, que difícil es hacerse una idea de las prioridades que deberían guiar nuestra vida personal, familiar o social.

Habla Enrique en su último comentario de ese tipo de obviedades que teniéndolas frente a las narices no logramos ver. Son como aquel sobre de la historia de Poe. Creo recordar que el protagonista del relato necesita esconder urgentemente un sobre que contiene algo que puede crearle serios problemas. Ante la urgencia de la policía aporreando la puerta de su casa este personaje coloca el sobre en el lugar más visible de su casa, la repisa sobre el hueco de la chimenea. La policía registra toda la casa sin dar con el dichoso sobre, que se encuentra durante todo el registro frente a sus narices. Así sucede con frecuencia, que tan embebidos estamos en nuestro hacer diario que fácil es perder el norte y olvidarnos de lo que es verdaderamente importante, lo obvio, lo que tenemos frente a las narices y no queremos ver. Ejemplo al canto de un maestro, de un servidor, que empleó cuarenta años de su vida en la enseñanza. Una de las cosas más desazonadoras durante esos años era tener reuniones con determinados padres a los que la obsesión por ganar dinero les perdía. Padres de hijos abandonados que no tenían tiempo para sus criaturas. Padres que durante muchos años no tuvieron la oportunidad de atender y convivir con sus hijos. Tantos asuntos tan sumamente importantes que atender…

Enrique vuelve a recordar en su comentario último aquella idea de Horacio de que sólo el presente existe, carpe diem. Atender a lo significativo, vivir el presente, se me aparece estos días especialmente atractivo más allá de los cantos de sirena de hace semanas que añoraban mis largas caminatas del verano y ponía la vista en una rápida recuperación. Ahora poco a poco me voy adaptando a mis circunstancias y el hecho de encontrar que mi caminata de esta mañana la podía hacer a un paso más ligero sin que el corazón se me pusiera a cien me dio parecida alegría de alguien que poco a poco empieza a confiar en un futuro posible. Es necesario vivir al día, pero también es cierto que es muy difícil deshacerse de la incertidumbre de lo que te espera mañana o pasado mañana.

jueves, 11 de junio de 2026

“Un soneto me manda hacer Violante… “

 


El Chorrillo Pinar de los Frailes, 11 de junio de 2026

Me dice un amigo que hace seis días que no digo ni mu, que no escribo, vamos. Existen algunas tareas que hago a diario que obedecen exclusivamente a recuperarme del “susto” de esta cuarentena última de hospital. A trancas y barrancas trato de recuperar, siempre muy despacio, el peso, perdí diez kilos, los músculos, que desaparecieron, pero sobre todo el ánimo y mi disposición a enfrentarme a una nueva realidad. No voy a contar aquí mucho del asunto. Fui el lunes al cardiólogo, me quitó el corsé que he llevado durante cuarenta días, me dio libertad para hacer una vida normal, y me dijo, casi socarronamente, que si me cansaba, que descansase, y que al rato continuara con lo que estaba haciendo. No podía recibir mejor noticia. Así que adelante con los faroles, que decía mi madre.

En esta situación hace un par de días recibí un guasap de un amigo que venía a decir eso, que me dejara de zarandajas y que volviera ya mismo a la escritura, que ciertamente no me da de comer, pero que reconozco puede ser un elemento más para mantenerme activo.

Soy consciente de que mucho de mi blablabla en este diario sólo interesa a un servidor y que bien podía guardarlo en un cuadernito como se ha hecho siempre antes del arribo de Internet. El porqué quiera compartirlo todavía no lo tengo muy claro, primero porque consideré que era una buena herramienta de reflexión, me atraía además la posibilidad de que al final del año me era muy fácil acudir a los posts y en una mañana confeccionar un libro con ellos; con el tiempo pensé que era una buena herramienta de comunicación, pero se ve que los lectores de mis posts, a excepción de uno o algún esporádico comentarista, no son muy dados a comentar. Sucedía igual cuando estaba en las redes. Raramente éstas servían para “divertirse” discutiendo asuntos. El like o el “no me gusta” son allí los reyes del mambo.

Después de haber atravesado la primera parte de este “mi incidente hospitalario” tengo la impresión de que algunas cosas están cambiando en mí. No estoy seguro de si recuperaré mis viejas ganas de escribir, por ejemplo; en realidad no estoy seguro de nada; en este momento vivo más al día de lo que he vivido nunca; me persigue, eso sí, un cierto aire de incertidumbre a la espera de que mi rehabilitación me deje en un punto donde pueda o no rehacer mis aficiones, mis pasiones de siempre.

De momento ahora cada mañana doy un paseo de tres kilómetros, despacito despacito hasta el pinar próximo a mi casa. Allí, un trozo de naturaleza extraordinario en los límites del pinar, he establecido mi lugar de recreo matinal. Llevé allí una silla tumbona, que espero no se la lleven, y allí hago el descanso de mi recorrido. Un lugar magnífico desde donde contemplo envuelta en la neblina la sierra de Gredos, y más nítidamente el entero Guadarrama. Tengo curiosidad por conocer a los visitantes del lugar, que haberlos haylos, seguro. Muestra de ello una lata con agua destinada a los pájaros, que ahora yo mismo vigilo para que no falte. A la lata con agua yo añadí ayer un platito con comida de pájaros, la misma de la que se alimentan nuestros gorriones y carboneros de nuestra parcela. Esta mañana el platito está hasta la mitad, señal de que los pájaros del pinar ya le han echado el ojo. En nuestra parcela es un espectáculo el continuo trasiego de pájaros frente a mi cabaña que vienen a dar cuenta de su apetito.

Sobre mi observatorio pajaril no es raro ver volar milanos reales y al busardo ratonero, o águila ratonera. Ayer vino a hacerme compañía uno de esos visitantes habituales del lugar que me dijo que por el pinar rondan dos corzos. Vino, se sentó a mi lado y estuvimos de charla media hora. Viene hasta aquí en coche, se sienta a la sombra, se fuma un cigarrillo, contempla un rato la mañana y después se vuelve a casa. Su conversación destilaba la vida sencilla de un padre de familia que gusta recorrer estos campos con su hijo pequeño.

Mientras hablaba con él me pasó por la cabeza el recuerdo de Trump y reflexionaba sobre lo diferente que puede ser la vida de los hombres, uno como el tal Trump  enfermo de narcisismo, poder y dinero, otros como mi acompañante de la mañana, humilde, sencillo, buen padre de familia y amante de la naturaleza. ¡Va!, lo de siempre, los que son arrastrados por las pasiones del dinero o el poder y aquellos otros que como los pajaritos que visitan el pinar sólo desean vivir en paz consigo mismos y con los demás.

En fin que me voy para casa a ver si pongo orden en nuestra parcela. Piano, piano, eso sí, que ahora en el momento en que hay una pequeña cuesta el corazón se me pone a cien.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Al borde del sendero que termina entre el perejil

 


El Chorrillo, 3 de junio de 2026

(El texto que sigue arranca de algunas reflexiones que me surgieron tras leer el comentario que Enrique Muñiz hacía a mi post de ayer. Incluyo el texto completo del mismo al final de este escrito),

En ocasiones me abruma pensar en esa inmensidad que es el mundo al margen de la razón, y me abruma porque tengo la impresión de que cuando cierro los ojos y trato de adentrarme en ese 0,0001%, que menciona Enrique Muñiz (ver su comentario a mi post anterior que incluyo al final de este texto) todo es una descomunal confusión donde es extremadamente difícil abrirse paso. Esta misma mañana sin más que yo había salido a caminar, gran esfuerzo requirió la cosa, y que a mitad de camino sentado a la sombra de un pinar que recibí una llamada telefónica de mi hija (me había despertado muy sensible y extremadamente apático) y que nada más preguntarme que qué tal estaba, se me añugó algo en la garganta y no pude contestar palabra porque una breve llantina me salió de lo más profundo. De dónde saliera esa llantina, quizás atando cabos podría averiguarlo, más o menos, pero, como escribía ayer citando a Pascal, sigue siendo cierto que el corazón tiene razones que la razón no conoce.

Habituados que estamos a pensar que “todo” lo podemos expresar mediante palabras, como si éstas fueran la panacea del ángel iluminado de la razón; tan seguros estamos que, pobres de nosotros, andamos a cada paso simplificando la vida a unos extremos quasi de mentalidad infantil. Niños somos jugando a las guerras, matándonos unos a otros, haciendo política o teniendo todo el santo día la vista puesta en las subidas o bajadas de los valores en Bolsa.

Impresiones, no más, acaso, derivadas de un estado de conciencia a su vez fermentado por los catalizadores de mis circunstancias. Hablamos, discutimos sobre lo humano o lo divino, estamos seguros de un cerro de cosas, pero cuando entramos en crisis pareciera que el orden de prioridades de nuestros intereses interiores personales se trastocara sustancialmente al punto de invertir nuestra percepción de la realidad y la consideración que ésta pueda merecernos. Intentaré explicarme. Percibimos, pensamos, deseamos en el contexto del momento presente. Sin embargo, cuando se produce una quiebra en ese presente que vivimos, una tormenta en alta mar alrededor de nuestra cáscara de nuez, evidentemente cambiamos de registro; al que se le empieza a quemar la casa abandona de inmediato su programa de televisión favorito y se sumerge en “otro mundo”. Quizás sea ese “otro mundo” en donde en definitiva el camino termina entre el perejil, como insinúa un haiku japonés, al borde de él, donde estos dos mundos se encuentran, aquel de la razón y ese otro de la intuición, ese en el que todo afán de “comprender” se da de narices con la pura realidad de la complejidad del existir.

Bien; salido “del susto existencial”, tu mejor amigo se muere, tú mismo sales del pozo de un oscuro quirófano, el sujeto ya no retorna indemne a su ocupación anterior, sino que ahora lleva consigo una especie de recolocación mental que puede inducirle a cambiar el modo de entender la vida, de manera que lo que ayer ocupaba un primer plano en su mente pase a ocupar un puesto a la cola.

Volviendo al texto de Muñiz, escribe éste al final del mismo que “el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”. Yo, hace días, en un estado de semiinconsciencia a las puertas del sueño, creí encontrarme en las cercanías de alguna pequeña verdad que me aseguraba que sólo existen dos verdades, dos realidades; por una parte la realidad del mundo físico, esa realidad biológica que menciona Enrique del 99,99% a la que tenemos acceso a través del conocimiento, y por otra la realidad personal, acaso más importante que aquella otra donde un complejísimo mundo, conciencia, memoria, voluntad, pasiones, donde la capacidad de pensar y la intuición se adentran tanteando con el extremo de su bastón de ciego, significados, concatenaciones, quizás usando como indica Enrique “la consciencia a modo de fina capa superficial que flotara sobre un océano de -él dice procesos automáticos e inaccesibles- y que yo llamaría acaso simplemente inconsciente.

Me resulta muy difícil continuar. Es como estar en la boca de una cueva donde ya a pocos metros de la entrada la oscuridad es absoluta. Intuyes, quieres arrancar algo de sustancia a tu condición de ser, pero todo se disuelve en una impenetrable niebla. Tierra fértil indudablemente pero que no exige razonamientos, sino estados de conciencia que como tierra recién sembrada necesita de la humedad necesaria para que “algo” germine en ella.

 

Comentario de Enrique:

“Sócrates decía "solo sé que no sé nada", y el socarrón le respondía: "¿y cómo lo sabes?".

El bueno de Sócrates funcionaba, a mi parecer, por el principio del empirismo, con lo que, según mi criterio, tenía toda la razón; el que andaba falto de ella era el socarrón. La memoria sensorial (inconsciente y automática) ocupa el 99,9999% de nuestro almacén, mientras que la memoria explícita ocupa el 0,0001%. Con estos datos, Sócrates tenía una base científica perfecta para decir que no sabía nada.

La lógica de Sócrates es aplastante: no tenemos acceso voluntario a ese almacén gigante; no podemos leer los archivos de la memoria sensorial a menos que el cerebro decida filtrar algo hacia la atención consciente. Por lo tanto, cuando Sócrates dice "yo (mi mente consciente) solo sé que no sé nada", está describiendo una realidad biológica: la consciencia es solo una fina capa superficial flotando sobre un océano de procesos automáticos e inaccesibles.

El comentario de "¿cómo sabes que no sabes nada?" comete el error de meter todo en el mismo saco; es un juego de palabras lingüístico, pero una falacia cognitiva. El socarrón asume que "saber" es un interruptor de encendido y apagado (o sabes todo o no sabes nada). Sócrates, mediante la observación de los límites humanos, se da cuenta de la asimetría: lo poco que la mente humana puede asegurar con certeza lógica y consciente es ridículo en comparación con la inmensidad de la realidad. Su afirmación no es un fallo lógico; es un diagnóstico honesto de las limitaciones del pensamiento consciente.

Este argumento demuestra que el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”.

 

 


domingo, 31 de mayo de 2026

Blablablabla...


 

31 de mayo de 2026

Hoy, que en un par de ocasiones se me saltaron las lágrimas y rompí a llorar, creo que en mi entendimiento se hizo una pequeña luz que después fue acompañada por esa sensación de que una gran parte de lo que hablamos, ayer con algunos X, es puro blablablabla. Que hablamos y hablamos, a veces intentando abrirnos paso en la oscuridad; otras simple parloteo; vamos, que lo que hablamos tiene que ver sucintamente con la realidad, que cuando nos quedamos solos, o simplemente cuando las emociones se arrebolan en torno a determinadas circunstancias incluso hasta las lágrimas, es entonces la pura realidad. La frivolidad con la que ayer decíamos aceptar, llegado el caso, nuestra despedida de la vida, hoy me parece francamente indecorosa, puro blablablabla…

La vida auténtica, la que importa, vive alejada del ruido exterior; sin embargo nosotros, homo sapiens sapiens, así nos definimos, racionales, capaces de entender a los otros, a nosotros mismos, a toda la realidad si se tercia, es pura fantasía que el hombre moderno ha adoptado como impoluta verdad. Mentira. Recordemos humildemente aquella idea que Platón atribuye a Sócrates de que sólo sé que no sé nada, a lo que alguien socarronamente podría respondernos que ¿cómo sabes entonces que sabes eso? Podría parecer una pura especulación teórica, pero para mí que tiene mucho de verdad. Si empezamos a tirar del hilo de cualquier asunto de mediana profundidad con el ánimo de aclararnos, al cabo de un muy poco ya tenemos en las manos un fenomenal embrollo en donde se cruzan múltiples asuntos y donde perder el hilo es lo más probable que nos pueda suceder, una descomunal cueva del Minotauro con sus mil fragmentaciones y pasillos se abre en la oscuridad ante nosotros. Lo escurridizo y la complejidad de lo que somos, nuestra inteligencia, cualquier pensamiento más allá de la fe del carbonero, nos obliga a levantar torres de Babel con las que sirviéndonos de sucedáneo dar contento a nuestra sed de conocimiento.

Explícate, tío, explícate.  ¡Imposible! Entre las verdades de nuestra racionalidad occidental y una parte notable de la cultura oriental basada más bien en la intuición, la meditación como fuentes de aproximación a la comprensión de la realidad, etc., existe un abismo que a veces puede ser infranqueable. Puentes entre ambos haylos, naturalmente; Pascal, por ejemplo, cuando escribe que “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Pecado sería querer generalizar; no es mi intención. Cualquier plato apetitoso suele gozar de la presencia de elementos culinarios distintos, aparte que en el cuerpo de unas pocas líneas de un post sería inútil meter lo que mínimamente pasa por la cabeza de uno.

Empecé con estas líneas ayer. Mi impresión cuando las comencé era un barullo de asuntos importantes que me sentía incapaz de ordenar. Hubiera necesitado la ayuda del amigo Muñiz, él siempre tan preclaro, para llegar medianamente con mi barquichuela a la cercanía de la añorada playa. Ahora, teniendo muy en cuenta que las circunstancias cuentan, no aquellas de Ortega sino las circunstancias capaces de esclarecer la comprensión de la vida, y una enfermedad grave considero que es una buena plataforma para estas cosas (Y aquí abandoné mis razonamientos, que retomo un día después). Decía que teniendo en cuenta mis circunstancias inmediatamente anteriores o presentes, desde ellas, o con su acompañamiento, se me hace que las escurridizas verdades son mucho más elusivas de lo que a primera vista puedan parecer.

Eso que llamamos realidad, y la relativa importancia de la misma, suele ser bastante diferente según el estado en que te encuentres. Así una estadía en un hospital con la incierta percepción de que te caiga el gordo de no despertar, digamos como es el caso en una operación de endocarditis, que las estadísticas sitúan en un treinta por ciento de los casos, es diametralmente diferente, al menos para el que habla -muchas veces desde el blablabla- del de una persona sana que despierta de una apacible siesta bajo la sombra de un olivo. Digo más, existen situaciones en la vida, muchas veces relacionadas con la  pérdida o no del ser, que son determinantes para nuestra capacidad de acercarnos a la realidad que somos. Así, esas lágrimas que pueden resbalar por tus mejillas en momentos importantes de la vida, son la pura verdad. ¿Lo otro? Ganga. Nuestra parte de mena aparece como un animal tímido, la impudicia le asusta, le alarma y entonces no le surge otro deseo que esconderse tímidamente en el rincón más alejado, allá donde no pueda llegar el ruido del mundo. El ruido del mundo y tú son cosas diferentes; el mundo va a su bola y el individuo que no quiere rodar como bola de nieve por la pendiente que éste le marca, tiene que defenderse de ese ruido, dejarlo a un lado para intentar escucharse a sí mismo lo más nítidamente posible. Contraer una grave enfermedad, que se te muera un ser muy querido, o como al protagonista de El sabor de las cerezas (Kiarostami, 1997) vuelvas a encontrar el sabor de la vida en el sabor de una fruta, a veces puede ayudar a comprender más allá del blablabla esa otra realidad de lo que somos.

Notar, por ejemplo, que de golpe has envejecido diez o quince años, creo que es una buena oportunidad para llevar un poco de luz a nuestro conocimiento. Quizás todo esto que escribo hoy no sea otra cosas que una mierda pinchada en un palo. Quizás…