Ayer
olvidé incluir un relato que mencionaba en mi escrito. Éste era:
UN DÍA DE ESCUELA EN EL PINAR
Las
tareas fueron concluidas, les esperaba la excursión del pinar. El grupo más
numeroso de niños había llegado hacía un rato y Andrés esperaba a los más rezagados
bajo la sombra de los primeros pinos. Le vio venir por aquel camino junto al
aeródromo, un camino ancho espigado de cebadas altas y doradas a los lados. Al
fondo, contra los olivos de hojas verdeazuladas el paisaje se torcía en un
tapiz de leve plumaje hecho de gramíneas ligeras y brillantes. En el brazo
derecho, recostado en una voluminosa escayola, se acurrucaba el chucho, un
cachorro rechoncho y lanudo de pelo ceniciento y grandes manchas pardas. La
mano libre se demoraba tiernamente entre las orejas garrapatosas jugando con el
hocico y hundiendo sus uñas negras en los pliegues del cuello. El pelo, greñudo,
sucio, caído sobre la frente hasta la línea de las cejas; el chándal, amplio,
negro; el paso calmo, distraído; la mirada embelesada en la somnolienta
expresión del chucho; la media sonrisa remedada de distancia en el hueco del
cielo.
Sobre el
suelo gredoso caía un sol seco y tajante que desmadejaba las disposiciones y
aplanaba la voluntad con el peso enorme de la hora.
Su
sonrisa era una sonrisa retenida; un halo de tristeza cruzaba sus ojos
fugazmente en precisos momentos del día. El camino era ancho, desmesurado,
excesivo, él, pequeño, exiguo, como un batir de alas apagado en el fondo de
cualquier tarde de tráfico de autopista. Los adultos siempre tienen prisa,
desasosegados por grandes e inaplazables asuntos que precipitan los días y las
noches en pozos insondables, insustanciales, plenos de actos que sólo se
justifican a sí mismos, actos sin chicha ni limoná, como el conejo de plástico
que corre delante de los galgos en un canódromo de locos.
Las
hermanas de Tomás crecen pechugonas y rollizas al fondo de un pasillo de
tránsito difícil, apenas con tiempo para sí mismas, enjauladas en hoy, mañana,
pasado mañana. Un día le preguntaron sobre el colegio, le echaron una mano,
aquello encendió una lucecita que apenas pudo sostenerse unas horas, luego
volvió la oscuridad, la vida fuera del tiempo y el deambular por la casa vacía,
los pasos distantes de la madre en la cocina después del trabajo.
—¡Profe!
¡profe! Tomás trae un perro —un grupo de criajos corría hacia Andrés,
pregonando por el camino el hallazgo. Otro grupo más numeroso desaparecía en el
pinar de los Frailes espoleados por la ansiedad de ver la cabaña de Tamara y
Mercedes.
—A lo
mejor la han destruido —se echaba atrás Tamara después de engolosinar a todos
durante el camino con una descripción muy imaginativa de los cuatro palos y
algunas retamas que ellas llamaban cabaña.
—Pues
seguro que ya no queda nada —añadía Mercedes.
— ¿Dónde
está?, ¿dónde está? —se inquietaban algunos.
— ¡Venga,
vamos! —y salieron corriendo hacia el otro extremo del pinar donde sobresalían
unos eucaliptos escuálidos.
Carlos
era ahora compinche de Tomás, desde que definitivamente se quedó en la cuneta
arruinado por una pereza infinita que le subía del fondo del alma, se habían
hecho amigos inseparables, unidos entonces por una solidaridad que nacía de la
indolencia mutua que los hermanaba. Carlos sonreía con benevolencia hacia sí
mismo esbozando un risueño contento como quien se conforma con un trocito de
pastel que otros se comen a grandes bocados.
—Cuando
llegamos a aquel pino alto vimos que Tomás tenía un animal en los brazos —Gema
hablaba moviendo todo el cuerpo, abría unos ojos enormes mientras gesticulaba—
es un perrito que se encontró, es chiquito y me lo dejó tocar, le dije: ¿El
perro muerde?, y él me contestó: ¡Qué va a morder!
Por el
camino, entre dos filas de pinos, escoltada por Tomás y Carlos, bajaba Zulaika con
el chucho.
—Joroba
siempre lo tienes que coger tú, ya estoy harta —a su lado casi indignada
Virginia, estirada y cejijunta forcejeaba con Zulaika para arrebatarle el
perro.
—Profe
—se adelantó Gema García— yo creo que el perro tiene garrapatas.
— ¡Correr,
venid! —un grupo de tres o cuatro, encabezados por José, corría pinar abajo
embalados como una moto.
—Sí,
¿pero dónde es? —decía César desde la rama de un pino, mientras pasaba como una
exhalación por debajo de su árbol este tropel de voces.
—Aquí, en
el sitio de la arena gorda. —La voz venía ya detrás de un montículo próximo.
— ¡Venid,
venid!
—Si no te
veo.
— ¡Ah!,
estás aquí —llegaron todos.
Antes las
expectativas de aventura el cachorro quedó abandonado a su suerte, dio cuatro
vueltas por los alrededores y, muy seguro de lo que quería, visto el panorama,
se metió bajo los pantalones de Andrés que pasaba distraído las hojas de un
libro sobado y amarillento, Unamuno, Viaje por tierras de España y Portugal.
Llegó la voz de Ángel Luis por detrás de unas jaras:
¡Cuando
yo era pequeño... —Andrés lo miró parpadeando, «cuando yo era pequeño», Ángel
Luis tenía nueve años, el pelirrojo de su hermano que asistió a la escuela tres
años antes que él se había quedado en un rubio intenso de bucles sedosos, tenía
un expresión dulce de media sonrisa bailándole siempre en la cara. Lo dice
espontáneamente, tan lúcido... Andrés reconsidera las palabras que le llegaban.
Cuando yo era pequeño... eso podría llenar varios libros: el desgarro de los
momentos de la adolescencia, las ilusiones de robinsón, ¡no, no era capaz de
reconstruir lo simple!, la noche es húmeda... cosas así. Los recuerdos pujan
por salir a flote desde algún difícil rincón del cerebro, el grano aventando de
algún lugar entre Sahagún y León, las impresiones casi místicas de una mañana
de domingo en la catedral de Santiago, pero todo esto se desvanecía cuando
tenía que reencarnarse sobre el papel. Unamuno era un viajero que recorría el
paisaje con el diario en la mano, no sirve, en cierto modo se parece a los
japoneses que surcan el mundo pegado el ojo al visor de la cámara fotográfica.
Había
visto acercarse a Tomás con el perro sobre los brazos y en seguida había
imaginado unos planos cinematográficos con aquella escena. Tomás es un niño que
le ha dado un trabajo fuera de lo común, no hace nada en la escuela, sus padres
están divorciados, su madre debe estar muy ocupada, a estas alturas le falta
empuje para asumir tamaña responsabilidad, ha desistido hasta el punto de que
Tomás vegeta, mira al aire, se embelesa con alguna idea lejana, arrastra la
impotencia insuperable del abandono; todo bajo la aparente y a veces dolorosa
indiferencia de Andrés.
A pocos
metros le seguía Carlos, Liza Minelli. Le hizo mucha gracia encontrar un
parecido tan asombroso entre su cara y la de la actriz de Cabaret. Es un crío
pequeño de cara blanca y relamida. Liza Minelli
es retorcido con cara de bueno por fuera pero con una buena mala leche
por dentro. Dos días antes, arrobado por las maravillas de la punta del lápiz,
fue describiendo, durante diez minutos ininterrumpidos, caminos, caminos
reiterativos de ondulaciones arriba y abajo, sucesivamente, en el borde la
espiral del alambre que retenía las hojas de su cuaderno de trabajo. Terminada
la exploración en torno al alambre abrió el cuaderno en la primera hoja y se
extasió de nuevo en largas y prolongadas meditaciones. Cuando había que hacer
grupos en clase para determinados trabajos siempre se quedaba unos pasos atrás,
quizás alguien le solicitara, pero no, a los otros compañeros les gusta elegir
niños que sean amigos o por lo menos que sean capaces de hacer la misma tarea
que ellos. « ¿Y tú, Carlos?, le preguntaba Andrés, y él levantaba los hombros expresivamente
rodeando el gesto con un ademán retraído de qué-se-le-va-a-hacer; inclina la
cabeza hacia delante, menea las cejas y mira retraído y lejano al maestro.
Los niños
volvían una y otra vez a contar las novedades de sus exploraciones.
—Mira qué
gusano he encontrado —Samuel y Beatriz trataban de capturar toda clase de
bichos en un frasco de mermelada que se habían encontrado.
—Corre,
mételo en el frasco —Samuel, el niño de los dinosaurios, se empeñaba en decir
que habían capturado un gusano de seda. Era capaz de lanzar una conferencia
entera sobre la vida y obra del tiranosaurus rex pero del resto andaba un poco
despistado. Insistían en mostrar a Andrés su gusano de seda. Andrés, con mal
disimulada desgana, les dijo que vaciaran el bote. Entre la arena negra del
pinar apareció un insignificante gusanillo de color oscuro. Nada de la sedosa
morbidez de los gusanos de seda que habían tenido otros años en clase.
—Podíais
ir a investigar a ver si encontráis algún animal más grande —sugirió, quería
que lo dejasen en paz, estaban a final de curso y esta tarea con los niños
había dejado de ser divertida; el estímulo, por razones muy diversas, había ido
desapareciendo poco a poco hasta convertirse en apenas un regato que pasa por
largos y profundos periodos de sequía. El paisaje de la escuela quedó agostado
y maltrecho por el ejercicio consecutivo de década y media. No, el tiempo había
pasado destructor, asolando con la realidad diaria las esperanzas y las disposiciones
más inquebrantables.
— ¡Profe,
ven, mira! —Mario había encontrado un pájaro muerto y pretendía haberlo cazado
él. No podía pensar en Mario sin que ello le produjera una dolorosa sensación
de impotencia, después de dos años no había conseguido que separara medianamente
bien las palabras, que garabatea a duras penas. Ante sus compañeros inventaba
proezas y hazañas inconcebibles que lo resarcían ante sí mismo de sus pobres
resultados escolares. Era un caso perdido.
El
cachorro había encontrado un buen lugar para acurrucarse, quizás pensó que con
aquello ya estaba camino del hogar; se subió al regazo de Andrés y lo miraba
desde abajo con cara de perro degollado pidiendo clemencia.
—El perro
se ha ido con el profe —Gema García le gritaba desde lejos a Piedad. Se
acercaron y dijeron:
—Profe,
¿nos dejas al perro?
— ¡Claro!
¿y por qué no lo lleváis a dar una vuelta? —dijo él. Sería una buena idea que
lo dejaran solo. Sumisión al destino, le llamó la atención una descripción que
hace Unamuno de una esbelta moza montada sobre un asno camino de la huerta,
sumisión al destino, intentaba relacionarlo con algo que tuviera que ver con
otras ideas que a veces cruzaban por su pensamiento, pero palabras e ideas se
escurrían hacía otros derroteros. Destino es un sustantivo pegajoso y
desagradable, la palabra se le movía por dentro como si se hubiera rozado
alguna cuerda de registro desconocido, como si estuviera despertando,
inquisitorio, algún pensamiento remoto relacionado directamente con algo vital.
Las palabras, su significado, atravesaban, frágiles, la tenue capa de su
conciencia. ¿Qué era el destino? ¿la posibilidad plausible y necesaria dentro de
otras cien opciones? ¿el cauce único del torrente, del arroyo, del río? ¿Qué es
sumisión? ¿No hay más remedio ni alternativa que aquella que viene del cielo,
de una opción primera, del amasijo de fuerzas que la persona y la sociedad van
levantando en torno como una tela de araña recia e inaprensible? Recordaba
haber reflexionado sobre esta idea hace algunos años, intentó saber cuándo fue
eso pero no lo consiguió.
Desde el
fondo de su cavilaciones advirtió que llevaba un rato oyendo a un coro de niños
llamando insistentemente a Tomás. Era un bosque claro de pinos con unos pocos
arbustos, en la hondonada que bajaba hacia el este había pequeños robles raquíticos
y algún eucaliptos. Hacia el norte, sobre una pequeña loma, crecían carrascas y
rebollos. Un grupo numeroso de niñas
jugaba en lo alto de la loma.
Del fondo
de la hondonada, ahora sí, de nuevo las voces de llamada; Tomás no respondía.
Entre los árboles del fondo vio subir a Carlos seguido por César y José.
— ¡Profe!
¡Tomás se ha perdido! —gritaban repetidamente desde lejos los tres.
Cerró el
libro que estaba leyendo y echó a correr. «No es posible, es un terreno llano
sin ningún peligro, tendría que haber oído las voces hace rato», iba pensando
mientras bajaba precipitadamente hacia los niños que venían desde la hondonada.
Por dentro se le había empezado a poner en movimiento un pequeño dispositivo de
relojería que funcionó a modo de alarma y golpeó con impasible frialdad alguna
parte sensible de su sistema nervioso. «Después del pinar sólo hay campos de
cultivo, el pinar no debe tener más de cuatrocientos o quinientos metros de
largo», mascullaba bajando a grandes zancadas una pendiente de matorrales y
piedras blancas. Atravesó unas retamas altas y se metió en un jaral para tomar
un camino oblicuo que bajaba recto hacia los últimos eucaliptos. Un nudo en la
garganta se empezó a estrechar con energía, gritó con fuerza:
—¡¡Tomaaaaás!
No quería
que los niños se asustasen pero no era capaz de controlar su propio miedo que
empezaba a subirle con la certeza de lo inevitable; un golpe, un desmayo, quién
sabe.
Oyó
llamar alternativamente desde sitios diferentes a otros niños. Algunas voces
venían desde muy lejos al otro lado de la loma.
Se paró
junto a Carlos.
— ¿Cuándo
le habéis visto por última vez?
—No
sabemos, se marchó por allí —y señalaban la parte más retirada del pinar en el
límite con una viña abandonada.
Detrás de
los árboles, entre las viñas y el bosque, pasando una fila de cipreses que
marcan el límite con el campo, cruzaba un camino que subía derecho una pequeña
pendiente al otro lado de las vides. Ordenó a los niños que se quedaran allí, y
él se dirigió hacia el viñedo. Después de los cipreses torció a la derecha y
volvió a gritar:
— ¡Tomaaaás!
¡Tomaaaaás!
El hado
de la irracionalidad sembraba todo aquello de pozos oscuros y profundos donde
el miedo impedía gritar un nombre. Se enganchó en una rama y cayó de bruces en
el suelo. « ¡Mierda!» Todavía podría estar tras las retamas que apuntaban cien
o doscientos metros junto al camino.
No se oía
nada, los niños habían vuelto posiblemente a los juegos con los que estaban
hace cinco minutos. Se detuvo, sólo los pájaros quebraban un silencio infame y
perturbador. La cueva del Minotauro, las olas rompiendo negras, cercanas, salpicando
de miedo esta angustia de tarde. Volvió a correr rápido, desesperadamente,
hablando solo.
La
carrera desordenada le dejaba sin resuello, sentía hincársele en la carne un
silencio hondo y doloroso. No quería imaginarse lo peor, pero ahí estaba,
punzándolo con esa posibilidad innombrable. Los segundos parecían pasar vastos
y dilatados como el mar. Andrés levantó la vista, el cielo era intensamente
azul, vigorosamente duro y descarnado.
Rodeó un
sembrado de avena, subió una pendiente marcada por profundas rodadas de
tractor, pisó un macizo de chupamieles, había amapolas entre la avena. Una
flojera le subía por los muslos. «Es irracional, no puede ser, no ha podido
desaparecer, al menos un grito, un rastro, yo qué sé», se repetía machaconamente.
Sólo faltaba un corto repecho para terminar aquella cuesta. « ¿Qué haré?», no
podía imaginarlo, «la madre, esa señora rubia de aspecto cínico y ostentoso...»
Quiso gritar el nombre de Tomás pero no pudo.
Cuando la
tensión se hacía angustiosa llegó al final de la cuesta.
En el
alto todo estaba tranquilo, increíblemente calmo. Tomás trataba de tensar una
cuerda de pita entre las puntas de un palo, con el brazo escayolado sostenía un
extremo mientras que con la mano izquierda trataba de hacer un nudo en el
opuesto.
El cielo
era intensamente azul, el campo amarillo, la avena tenía el movimiento ligero
que le proporcionaba la brisa metida entre sus tallos.
Andrés lo
ayudó a terminar el arco, recogieron las flechas y bajaron hacia el pinar.
Cerca de los cipreses Tomás probó una flecha, la caña voló unos metros y quedó
colgada en una rama, Andrés con uno de los extremos del arco golpeó la rama y
la flecha cayó al suelo. Bajaron a la hondonada y, después de las jaras, Andrés
se desvió y fue a recoger el libro que había quedado tirado junto a un pino.
— ¡Mira,
Gema, un nido deshabitado! —decía Piedad señalando las ramas bajas de un
eucaliptos.
— ¿Por
qué no vamos a ver si hay huevos en el nido?
—Gema, no
es un nido es un poco de paja ¿no lo ves?
Luego, un
grupo se enredó con los restos de un columpio, Aníbal pregonaba:
— ¡Venid!
yo sé donde hay un columpio.
— ¿Dónde
está?
La maroma
colgada de una rama atrajo a un grupo de siete u ocho niños.
— ¡Andá,
cómo mola! —dijeron algunos.
Más
lejos:
— ¡Eh,
venga, vamos a echar carreras!
—Abajo
hay un columpio y una manta.
Cuatro
niñas se acercaron:
—Tía,
¡cómo mola la cabaña que hemos hecho Mercedes y yo! —chiquitina, pecosa, con
cara de diablillo y aspecto de hacer lo que le da la gana en casa, Tamara no se
arredraba ante su estatura y llevaba siempre de aquí para allá a un grupillo al
que atraía con algún señuelo divertido. Era extremadamente gracioso verla
dirigirse a Andrés en clase. Profe, decía, y se ponía a un palmo de él y
levantaba la cabeza echándose hacia atrás como si tratara de ver allá en lo
alto los signos de una respuesta que no tardaría en llegar.
—Mirad lo
que hemos encontrado —habían montado unas diminutas parihuelas y traían en procesión
los restos de un gorrión, unas cuantas plumas informes.
Los
niños, fieles a la hora convenida, se fueron acercando. De los pequeños grupos
se desprendían los pormenores de los hallazgos como chispas de una fogata de
plásticos.
Sonó el
silbato y los rezagados se unieron al grupo, Tomás volvió a coger su perro y
todos, en un revoltijo de voces y carreras, emprendieron la vuelta dejando
atrás las cebadas altas y doradas, los olivos plateados, el camino blanco y
estirado como una daga bajo el sol duro y vertical del mediodía. Se oía la voz
de Andrés: « ¡Vamos, los últimos, que llegamos tarde!» Una tenue polvareda
quedó suspensa en el aire.