Hospital HM Puerta del Sur, 26 de octubre de 2026
Hoy encuentro dificultad para poner título a mi habitual post, La mentira que subyace disfrazada de verdad, Entre la verdad y la apariencia o acaso La etiquetas y el poder de la mentira. Todos valdrían. Todos ellos nacerían con más o menos fuerzas de la magnífica película que vi ayer, Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962).
La tesis de la película sirve para analizar un buen puñado de circunstancias de la realidad política y social. El film en breve: En el Japón feudal un samurai empobrecido acude a la corte de un señor feudal para hacerse el harakiri. Allí descubre la historia de un caso similar anterior. A través de sus recuerdos y de la confrontación con el jefe del clan descubre la contradicción, la hipocresía y la crueldad oculta tras el supuesto honor de los samurais. La película es una denuncia de un sistema que antepone las normas y el prestigio a la dignidad humana.
Las normas como absoluto que nos persigue y acorrala desposeyendo a la realidad de sus razones primeras para sustituirla por osificadas normas que adquieren con el tiempo calidad de no cuestionables al haber perdido su conexión con el motivo real de sus fundadores. La película es una denuncia de un sistema que antepone las normas y el prestigio a la dignidad y a la honestidad de las personas. La verdad importa un pimiento, lo que cuenta en todo momentos son las apariencias. To be or not to be, that’s the question. Una idea tan vieja como el mundo y que sigue tan actual en nuestra avanzadísima sociedad. En estos tiempos preelectorales en donde los disfraces forman parte imprescindible del atuendo de los políticos a los que, antes de atender a lo que unos y otros dicen, quién pudiera como sucedió con Aznar después de un aclamado discurso en que sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, dijo cachondeándose de los asistentes algo así como que cómo se lo han tragado todo estos gilipollas… Si por encima de los caretos que aparecerán próximamente en televisión buscando el voto de los ciudadanos, pudiéramos ver transcritas en la pantalla las palabras de lo que están pensando, y en otra parte de la misma lo que están diciendo, esa diferencia que hay entre las palabras que quieren legitimar con mayor o menor subterfugio, aparecieran junto a las perversas finalidades que esconde su discurso, estaríamos en un escenario ideal para que el ciudadano emitiera su voto con responsabilidad.
La verdad que subyace bajo la mentira de lo que se nos presenta como realidad queda en la película al descubierto cuando el protagonista del film, Hanshirō Tsugumo, pone sobre la mesa las verdaderas intenciones del jefe del clan, representante de una fragante injusticia que, queriendo presentarse como justicia, honor y virtud, consolida un hacer social en donde la hipocresía, la falsedad y el cinismo son los reyes del mambo. El samurai Hanshirō Tsugumo termina muriendo a manos de los soldados del clan. Su furiosa y valiente defensa argumental termina dándose de bruces contra la lógica de la mentira y el poder.
Se me permita, que diría el amigo Vinches, dar un salto a otro ámbito que tenía en mente mientras veía alguna secuencia de la película en donde el poder de la mentira funciona también a sus anchas. Me refiero a las circunstancias en que la ciega confianza en las etiquetas funciona como sustitución de una ideología política a la que se le puede endilgar todos los males del mundo. Los samurais del film atraviesan por un larguísimo período de paz en que sus servicios no son solicitados, lo que les convierte en el lumpen de la sociedad de su tiempo. Nadie tiene trabajo para ellos en un mundo de paz. Ser samurai era vivir entonces como un paria cuyo honor lleva a muchos de ellos a hacerse el harakiri. En Occidente nadie se hace el harakiri por una razón así; en su lugar los más concienciados pueden atender a una ideología política próxima al comunismo (¡anatema, anatema, todos a la guillotina!) ¿O no era esa la corriente imperante en tiempos del franquismo? Algo que por supuesto corre por una parte de la mente colectiva como un fuego a extinguir. Y no digamos si hablamos de Estados Unidos, la democracia más poderosa del mundo.
Amigo, las etiquetas funcionaron bien no sólo en tiempos de los samurais. La eficacia con que la etiqueta “comunismo” funcionó en España después de la Guerra Civil todavía funciona en España a modo de paraguas contra el mal. Su rechazo no obstante es más sutil. La etiqueta “rojo” permitía borrar las diferencias entre los adversarios, republicanos, anarquistas, etcétera, y convertirlos a todos en un enemigo colectivo. No hacía falta referirse a una compleja ideología o partidos de izquierda, que en el general buscaban un reparto de la riqueza y el poder más equitativo, bastaba identificar a los que suscribían esta ideología con una palabra, “rojo”, para que en la mente de los ciudadanos se creara de inmediato la idea del agente del mal. El horror que puede producir al status quo económico y político la posibilidad de que en algún momento puedan trastocarse los beneficios de la clase dominante, ha inducido a ésta a introducir en la globalidad de la población por todos los medios a su alcance una identificación de comunismo con lo peor que éste dio en Rusia y en sus antiguos socios.
Lo que en lenguaje de la calle se llama dar gato por liebre y que en instancias de aquellos que manejan el percal sigue funcionando a nivel mundial, bien que Brasil, ahora otra vez con Lula, y que los jóvenes de algunos países europeos sigan levantando barricadas contra la inconsciencia de tantos votantes.







