lunes, 17 de agosto de 2026

Fecundar nuestras vidas

 


17/08/2026 

Esta tarde en lugar de la siesta estuve intentando escribir algo, pero las ideas no terminaban de formar la labor de punto que yo hubiera deseado; o no encajaban unas con otras o me iba por los Cerros de Úbeda al calor de la última línea escrita. Había leído un ensayo de Georg Lukács sobre Tristram Shandy y en sus páginas cacé ese título tan pertinente.

El caso es que el día anterior anduve dándole vueltas a una montonera de libros que empecé este año y que no llegué a terminar y estuve cotejando qué hacía con ellos, los guardaba definitivamente en las estanterías o qué… Abriendo uno de ellos, El alma y las formas, de Georg Lukács, me tropecé con lo siguiente: “Sócrates se casó con S

Xantippa y fue feliz con ella sólo porque entendía el matrimonio como obstáculo en el camino hacia los ideales, y le alegraba la victoria sobre las dificultades. Más o menos como dice el Dios de Suson: “Tú encontraste en todas las cosas siempre algo de resistencia; y esta es la señal de mis elegidos, que quiero tenerlos para mí”. Total, que quedé prendado de la idea. Y no sólo eso, que de inmediato me vino a la mente una cita del Libro de las quimeras, de Cioran, que redondeaba la idea e imprimía un nuevo empuje a eso que me andaba rondando: “… Y vivir con tanto ardor que convirtamos todo lo que tienda a paralizarnos en fuelle de nuestra existencia”.

Sucedía además que momentos antes había escrito lo siguiente sobre Simone Weil: “Dios por aquí y por allá en medio de una prosa difícil de digerir. Estoy en el primer tercio del libro. Dios, tan practico y consolado invento, creo que no merece más mi esfuerzo. Doy por terminada mi lectura”. Y enseguida rectifico y un momento más tarde me digo: pues no… Y entonces me propongo hojear de nuevo ese montoncito de libros que tengo en la mesita de al lado, y que mentalmente había desahuciado, y ya repentinamente me mentalizo para leer todos desde la primera a la última página. Y como quien se ha lanzado a la cuesta abajo en una carrera, añado: ¿Y si me propusiera también ver una película, la primera, creo, en tres meses? ¿Y si dejara de dar rienda suelta a mi pereza y me pusiera las pilas, volver de nuevo a la música, a las lecturas difíciles, a aquello que nos obliga a ponernos de puntillas? 

Así andaba cuando con el libro todavía abierto me encuentro con un breve subrayado que dice: “Fecundar nuestras vidas”. ¿Quién da más? Si sigo rastreando mis subrayados en El alma y las formas las horas del día no me van a bastar para hablar sobre tanta cosa sugerida. 

Y como estas líneas quedaron varadas en la arena de la playa del día de ayer antes de cenar, con ello en mente acepté la oferta de Víctoria de ver una película juntos en nuestro abandonado cine particular. La isla desnuda (Kaneto Shindô, 1960) fue la elegida. Y qué casualidad porque la película venía a ser prolongación de la idea con que comencé este escrito. El film es una metáfora perfecta de la fecundación mediante el esfuerzo: una familia que vive en una isla árida y tiene que transportar una y otra vez, interminablemente, cubos de agua para hacer posible la vida de los cultivos. El gesto se repite hasta el agotamiento. No hay recompensa inmediata, apenas hay variación: agua, camino, tierra, agua, camino, tierra. Si esta reiteración la relacionamos con la cita aquella de Séneca de que “la vida es guerrear”, (Vivere, Lucili, militare est), tantas veces repetida en este blog, lo que obtenemos es un excelente mosaico o coro en donde las diferentes voces, Cioran: convertir lo que nos paraliza en fuelle; Séneca: vivir es guerrear; y la película: llevar una y otra vez el agua hasta la tierra para que algo pueda crecer; constituyen una polifonía que no es otra cosa que una llamada a fecundar nuestras vidas. 






¿Elogio de lo social, de la concurrencia multitudinaria?



16/08/2025 

Veo aparecer por ahí, acaso con excesiva frecuencia, una referencia a nuestra faceta social en términos de elogio, estar muchos juntos como una gran cosa, un logro social. Elogio de lo social que refuerza el deseo de pertenencia al grupo. Y me pregunto si realmente en la sociedad, repito, ese estar muchos juntos, así, en términos generales, será una buena compañera de viaje teniendo en cuenta su heterogeneidad, un saco en donde hay de todo y en el que probablemente prima una elasticidad moral que no todos compartimos. 

Mucha tela para la hora de la siesta, pero bueno, por intentarlo que no quede. De entrada es obvio que necesitamos a los otros para de algún modo ser nosotros mismos. Nacemos en una sociedad que nos proporciona valores, cultura, ideas. Nos construimos a partir de esa sociedad, pero también somos conciencia y experiencia personal. De todos modos mi impresión es que un exceso de defensa de lo social, de lo social como concurrencia de gente, puede castrar o desvalorizar lo que en definitiva tenemos de más valioso como personas, que sería nuestra propia individualidad. La tendencia a lo individual o lo colectivo tiene muy distinto peso según el área cultural del que hablemos, y yo no me sentiría cómodo en el ámbito de una cultura en que primase mi dependencia de los otros en un entorno social en que me hubiera tocado vivir. 

De todos modos la cuestión que me ha surgido tiene relación con ese deseo que veía días atrás de enfatizar alguien en algunos guasaps el movimiento multitudinario con que la sociedad había respondido al fenómeno del eclipse. ¿Por qué se echaba en el cesto de las bondades sociales este masivo interés? ¿Por qué estábamos ante “un logro social de primer orden”? ¿La sociedad por fin se ha sensibilizado ante algo que creemos “bueno”, saludable?  

Me pregunto: ¿A qué necesidad atiende el individuo que hace elogio de lo social, de la multitud entre la que se encuentra? Y la respuesta es clara, la necesidad de sentir que formamos parte de algo, que no somos individuos aislados puede ser determinante; la soledad con ser un estado tan enriquecedor por tantas razones, necesita en ocasiones de los otros para atemperar el exceso de soledad, para compartir con los otros algo de nuestra vida o nuestras inquietudes. Y quizás para ello no exista explicación, somos así, nuestros genes, atendiendo a necesidades evolutivas de orden grupal, terminaron por hacer de los sapiens animales sociales. 





sábado, 15 de agosto de 2026

Soledad y multitud: otra vuelta de tuerca

 


15/08/2026

Esta mañana, poco después del amanecer (el sol levantaba espléndido como en los mejores tiempos por encima de las encinas del fondo), sentado en mi habitual chaise longe en un extremo del pinar de los Frailes, lo primero que hice fue contestar al último guasap de mi hija que hacías elogios sobre la belleza y la emoción de su experiencia contemplando el eclipse del día anterior y sobre el que decía, citando a la astronauta Sara García, que era lo más bello que había visto en su vida. Bueno, tengo que decir que algo me gusta discrepar, eso de hacer de abogado del diablo en general estimula mi pensamiento y mis ganas de escribir. Ya sucedió ayer cuando me encontré con cierto titular de El País. Le decía a mi hija que, como ella muy bien sabe, yo no soy muy de multitudes, aunque recuerde alguna puntual que sí me emocionó, durante el pistoletazo de la salida de un maratón, una multitudinaria manifestación, por ejemplo. Sin embargo este circo tan universal del eclipse lo que me habla especialmente es de una parte de la humanidad y su faceta de gregarismo, una sociedad que para ver algo bello necesita del empuje de la masa, que no aprecia por sí misma si no se suma una multitud al evento. Esos millones de personas pendientes del eclipse, si hubieran sido coherentes con sus porqués al sumarse al acontecimiento, tendrían esta misma mañana que haber salido a la hora del amanecer a contemplar algo sí, realmente magnífico, el dios Sol saliendo de entre el olivar como el gran señor que va a presidir el día, rojo, enorme, dejando sobre los cables del tendido eléctrico la silueta oscura de la banda de estorninos que se habían posado sobre la mañana en primera fila a saludar al astro rey.

Quizás la apreciación de la belleza, le decía a mi hija, sea algo subjetivo, quizás, en parte, pero es obvio que esta IMPOSTACIÓN que se ha hecho del eclipse pertenece más al campo del gregarismo que otra cosa. Ser masa tiene por supuesto interesantes connotaciones, decía, y le recordaba aquel canónico libro de Elías Canetti, Masa y poder, para poner en cuestión esos supuestos sentimientos de belleza que dice provoca la visión del eclipse y que sin lugar a duda más podría venir su procedencia del hecho contagioso que suscita la masa en sí. Es decir, el eclipse en sí sería el detonante, no el verdadero asunto. Que la masa tenga necesidad de poner en su vida corriente y rutinaria un plis plas plum que le haga salir de la atonía general, hace posible que esta barahúnda humana llene las carreteras, las colinas o las playas del país de multitudes necesitadas de algo extraordinario con que dar sentido a su cotidianidad. Y para ello, es claro, es necesario enfatizar el fenómeno y proporcionarle el rango de belleza, de cosa sublime, o como decía la astronauta, de hacer de ello lo más bello que jamás haya visto en su vida. El eclipse actúa a modo de catalizador que pone en movimiento emociones de las que probablemente andamos escasos y que por consiguiente estimulan nuestra curiosidad, y, por qué no, refuerzan nuestra pertenencia al grupo, loable asunto pero que nada tiene que ver con el fenómeno del que hablamos. No obstante, ya que he nombrado a Canetti, creo que esta conexión con su libro podría añadir complejidad a la idea. Hay en Canetti una idea central que encaja especialmente bien aquí: la masa produce una transformación en quienes la integran. El individuo deja, en cierta medida, de sentirse separado de los demás. Desaparecen las distancias, las diferencias y las reservas que normalmente existen entre las personas. Canetti habla de la búsqueda del momento en que todos se sienten iguales, y ahí aparece una de las características esenciales de la masa. Diría que hay un abismo entre asistir al eclipse en soledad y hacerlo como parte de una multitud. En este último caso la multitud no se limita a compartir una experiencia, sino que la intensifica, mientras que para el que asiste en soledad al mismo fenómeno su emoción está más bien relacionada con otros aspectos existenciales relacionados con su sintonía con el universo.

Existe un elemento adicional al que sería interesante darle alguna que otra vuelta y que ha surgido en el contexto del eclipse; se trata de la aparición de las palabras emoción y belleza que mencionaba mi hija y que aparecían como si fueran sinónimas sin serlo en absoluto, pero prefiero dejarlo para otro momento. Estaba de vuelta del pinar y junto al campo en el que días atrás volaban al anochecer cientos de luciérnagas, en medio del camino, me llamó la atención un dibujo en el suelo que con seguridad pertenecía a un padre o madre tratando de enseñar a su hijo el mecanismo del eclipse del que estamos hablando. Más abajo lo dejo.



viernes, 14 de agosto de 2026

Ponga un eclipse en su vida y levite


 


14/08/2026

De la cabecera de El País de ayer, este titular: “El olvidado asombro de estar vivos”. Allí sin comillas tratándose de un verso de Octavio Paz (ya lo sospeché que no era original nada más leerlo): primer pecado. Apropiación indebida de textos ajenos. Bajo el título: “Siempre levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras para describir lo que está pasando, renuncie a buscarlas”. Y más abajo para completar el ridículo: “En Esmelle, Ferrol, la Luna ocupó por completo el Sol, y un silencio impresionante cubrió poco a poco durante segundos toda la costa. Las playas llenas, los montes en los que se apostaron grupos de personas, las fincas, los balcones de las casas, las sillas de verano delante de las caravanas. Callaron primero los pájaros, que volaron…” No, no estoy suscrito a ese periódico para poder leer el artículo completo, pero me bastan estos renglones para que de mis labios salga una sardónica sonrisa. “El olvidado asombro de estar vivo…” ¿será gilipollas este tío? ¿Ha nacido ayer, no ha visto en su vida un bello crepúsculo, qué quiere vendernos, pretende adular los oídos de todos nosotros cuando ayer contemplábamos el eclipse? ¿A qué convertir un fenómeno astronómico, por espectacular que sea, en una especie de experiencia mística colectiva: el asombro de estar vivos: ¡idiota! Un acontecimiento que levanta ternura: ¡imbécil!

Empalago, halago de la masa de los lectores, como si la multitud que contempla un eclipse estuviera experimentando una especial revelación sobre la condición humana. El señor Jabois tenía que escribir “algo” y como la cosa se prestaba muy llanita, le roba un verso a Octavio Paz y se dedica a lamer el culo al personal a partir de ahí. Labor periodística de primer orden, sí, señor. ¡Qué poca consideración merecen los lectores de un periódico cuando alguien como este señor se atreve a manosear con cierta retórica contemporánea la emoción de sus semejantes!

Con sólo el título podría haber interpretado el posible contenido del artículo en clave de ironía, lo cual habría sido acertadísimo, y Octavio Paz entonces le habría perdonado el no haber colocado las comillas en el título, podría haber guiñado el ojo al lector inteligente ante la desmesura de una multitud que de repente descubre que está viva porque se ha oscurecido el sol durante unos minutos. Pero no, este señor, ante la desmesura de la convocatoria escogió la solemnidad y las palabras desproporcionadas para vestir de oro y flama su crónica.

¿Se habrá asomado este señor alguna vez en su vida a algunos de los tantos espectaculares y bellos atardeceres, por poner un ejemplo, que se producen en el planeta Tierra? ¿O es que acaso necesitamos que los periódicos o los medios en general nos digan cuándo y cómo tenemos que maravillarnos? Y por supuesto la obviedad de que una noche de luna, una tormenta, la niebla sobre la sierra... pueden ser muchísimo más hermosos que un eclipse. Y, sin embargo, nadie convoca a decenas de miles de personas para contemplarlos ni aparece al día siguiente un titular anunciando que hemos recuperado «el olvidado asombro de estar vivos». Recuerdo ahora una antigua entrevista de 2004 en la que Franco Battiato contaba cómo la hora del amanecer y la de final del día constituían para él los dos instantes más importantes de la jornada. Eran las horas más bellas del día y él las dedicaba a la meditación desde su casa en las laderas del Etna.

La diferencia entre contemplar habitualmente algo que la naturalece ofrece todos los días, sin público, sin necesidad de convertirlo en una experiencia colectiva… Y recuerdo mi afición de siempre cuando paso los veranos en los Alpes o Pirineos de buscar a la caída de la tarde un lugar para mi tienda en donde pueda experimentar tanto el crepúsculo como el amanecer; la diferencia entre esta actitud y la de acudir en masa a un acontecimiento extraordinario, para después elevar esa experiencia mediante una retórica vacía expresada como el «asombro de estar vivos», es fundamental. Quien tenga ojos y oídos que vea y oiga. Battiato, en ese sentido, es el contraejemplo perfecto para el titular de El País: no necesitaba que el cielo se oscureciera excepcionalmente para detenerse ante el cielo. Su asombro —si se quiere llamarlo así— formaba parte de una disciplina cotidiana y de una sensibilidad abierta a la belleza de todo cuanto nos rodea. Y decir acaso que la superficialidad con la que nos relacionamos con los fenómenos naturales, con la belleza del mundo, con cómo nos relacionamos con la noche, la lluvia o las tormentas nos hace perder unas de las más hermosas experiencias de la vida.

jueves, 13 de agosto de 2026

Mañana será otro día

     



13/08/2026

Demasiado, le digo a Enrique tras leer su último comentario a mi post de ayer, demasiado para mi adormilado estado de ánimo esta mañanas de sol saliendo de entre la bruma y los trigales como quien se tiene que abrir paso a brazadas después del litigio ayer tarde con la luna que quiso robarle su habitual protagonismo.  

Me “quejaba” yo ayer con mi hija y mi cuñado de cómo en el transcurso de estas últimas semanas ha desaparecido en mí una parte considerable de mi curiosidad. Vamos, que cuando me encuentro con textos “difíciles” que no asimilo a la primera, la elasticidad de mi cerebro se resiente, de modo que dejo a un lado el libro y me digo: mañana, mañana  lo retomo. No estoy yo muy seguro de que ese mañana se haga efectivo algún día. A cuento viene esto de tu comentario que de algún modo me obliga a releerte. Sólo que no estando mi mente en disposición para comprender claramente, quizás porque tu enfoque se aleja del interés en que me muevo, preferiría dar alas a mi imaginación por algún derrotero más acorde con mi habitual divagar por los asuntos.  

Quizás lo  hayas notado ya. No tengo ni idea de por donde seguir, y sucede como si estuviera dando vueltas, paseando, por la mañana a la espera de que, sí, como el el jamelgo de Ariosto eche a andar para algún lado. Cuenta Italo Calvino como Ariosto en Orlando Furioso, no sabiendo cómo continuar la historia se entretiene aquí y allá con su caballo hasta el momento en que la inspiración de nuevo moviliza el relato. Coger por los pelos una idea, algo que me lleve a emborronar un folio, a dar vueltas a una idea, a mirar por delante y por detrás una escultura de bulto redondo. De momento están las golondrinas rozando veloces en su vuelo rasante el suelo dorado de los rastrojos. Una mañana más en que las gentes de nuestra hispana tierra, alcanzado el climax de ayer tarde con el eclipse, vuelve al trabajo y a sus quehaceres diarios. La autovía frente a la míya poco después del amanecer, cruza los rastrojales, en esta época bellos como aquellos de Van Gogh. 

Sobre los rastrojales vuela una bandada de palomas y un milano real que no hace otra cosa que planear ocioso a la espera de avistar algún gazapo que le sirva de desayuno. Niente da fare questa mattinaUna corta caminata porque me quiero reservar para subir a dormir esta tarde a Peñalara y poca cosa más. Arreglar algunos goteros de la huerta, quitar malas hierbas y acaso cortar el seto del oeste y desembarazar a los olmos de las garras de las hiedras que trepan por sus troncos tan salvajemente que si las dejara terminarían zampándose con el tiempo el árbol entero. Más o menos como ciertos especímenes de sapiensEsas simpáticas hiedras que planté en casa hace treinta años y que terminaron, trepando por los troncos, tragándose saucesmoreros y olmos.  

Me gusta este tranquilo lugar en el extremo del pinar desde el que contemplo cada mañana este trozo del planeta. Aquí venía de excursión con mis alumnos, por todos estos caminos corrí de noche y de día en aquellos tiempos en que preparaba algún maratón; en fin, por sus senderos paseo desde hace treinta y seis años. Jesús Sepúlveda decía en Patagonia que cada uno es de donde está a gusto. Algo así me sucede a mí con estas tierras en las que vivo desde hace medio siglo.  

Ahora, ya en casa, bajo el flujo del aire del ventilador (tuve que abandonar el pinar porque el calor empezaba a ser excesivo), vuelvo a pensar, a cuento del comentario de Enrique, en esos libros que se me resisten últimamente, Esplendor de Portugal, de Lobo Antunes, Dar cuenta de sí mismo, de Judith Butler, El alma y las formas, de Goerg Lukács o La gravedad y la gracia, de Simona Weil. Son libros que por una razón un otra me obligan a ponerme de puntillas en un momento en que todavía no estoy preparado. Siempre me ha gustado meterme de tanto en tanto entre pecho y espalda lecturas que me superan, un ejercicio, como en la escalada, que en no pocas ocasiones me proporciona curiosos placeres pese al esfuerzo de gimnasia mental que me exige.

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

¿Todo cambia?

 


12/08/2026

Esta mañana no estoy yo tan seguro de que todo cambie, como cantaba ayer Mercedes Sosa en algún lugar de mi último post. Cierto que decir “todo” es demasiado amplio como para que etcétera, pero nos entendemos.

Vivimos como si nuestro ombligo fuera el centro del Universo. Buena cosa en todo caso para alimentar una de las facetas de los sapiens que más deberíamos admirar, la curiosidad. Todo lo que hay más allá de nosotros mismos puede en buena ley alentar nuestra curiosidad. Hoy por la tarde media España estará buscando un lugar desde donde contemplar el famoso eclipse. La misma media España que no se entera de la magnificencia de tantos maravillosos crepúsculos que se contemplan a lo largo del año, se partirá los dientes para encontrar lugar en que aparcar el coche en los sitios divulgados por los medios como excepcionales.

Me comenta Enrique, a raíz de mi post último, de aquella cita de Lampedusa que dice que "para que todo siga igual, es necesario que todo cambie", al que contesto que sí, que tiene razón, pero que sólo le faltó añadir a su famosa frase "de mal a peor". El cambio, como un barniz que la lluvia del otoño se llevará, oculta con frecuencia lo intocable de reglas y comportamientos seculares inamovibles, sea ello el poder o la no distribución de la riqueza... Siempre hay excepciones a la norma, claro, el caso de esta tarde en que antes del anochecer el cielo quedará en penumbra.

De mal a peor al menos en estos tiempos en que, cada cual habla de donde le duele, en que la Naturaleza, lo que ahora llaman medio ambiente, sufre el acoso y derribo de las masas y de una Administración empeñada en regularizar a toda costa hasta el aire que respiramos. Convertidos que nos hemos en masa, ahora a la Administración sólo le toca sacar el cayado y el chiflo para guiarnos a todos allá por donde el ganado debe circular. Todo cambia. Claro que todo cambia, pero sólo en apariencia. ¿Quién dominaba y domina el mundo? Los mismos de siempre. Convertidos que somos en un rebaño cada vez más obediente ¿quién será capaz de sacar del sopor de la siesta al ciudadano medio? ¿Quiénes serán capaces de desenmascarar a todos los flautistas de Hamelín que circulan por ahí?

¿De verdad que todo cambia?

 


martes, 11 de agosto de 2026

My home is my castle


 

11/08/2026 

Me estaba preparando para hacer la siesta de todos los días y de repente caí en lo bonito que es este espacio, este trozo de cabaña donde sesteo, duermo y paso largas horas de lectura. Caigo en que soy altamente injusto cuando quejoso con mi enfermedad mi ánimo anda por los suelos. Vivir en un sitio bonito que has diseñado y trabajado personalmente en todos sus detalles debería ser motivo de gozo. Pero sucede eso, que las rutinas y la cotidianidad, a no ser que estés muy atento, degradan tu mirada y tu estar. Así hasta que en un instante como hoy caes en que eres un afortunado por haber tenido la oportunidad de haber creado este espacio a la medida de tus necesidades y gusto. 

El lugar era un chamizo orientado a poniente sin ventanas en el que se guardaban herramientas y un motocultor. Fue una de mis primeras intuiciones cuando compramos esta casa. Desde los tiempos de Gedrez, un año en que viví en Italia de muy joven, había soñado muchas veces con vivir en un lugar donde mi contacto con la Naturaleza fuera total. Allí una habitación que daba al sur en la ladera de las montañas de la Valcamónica a donde a mi mesa de trabajo llegaba el primer sol del amanecer, aquí ventanas a los tres puntos cardinales con mi mesa de trabajo directamente a poniente, a lo lejos siempre las montañas de Gredos, me recuerdan a cada momento aquellas otras cumbres de Cevo con las montañas del Adamello siempre frente a mi cuarto de estudio. 

Qué tanto desagradecidos somos en ocasiones con nuestra propia vida cuando no somos capaces de admirarnos constantemente de los años y circunstancias que hemos vivido. Así hoy en que la rutina de comer y bajar a echarme la siesta a la cabaña desembocó accidentalmente en esta especial percepción del presente e hizo que el habitual sueño de después de la comida se transformase en el placer de contemplar mi propio entorno. Sé que hace tiempo escribí algún post dedicado a algunas de las habitaciones de mi casa, pero no sabría localizarlo. Seguramente lo hice en alguno de estos momentos en que uno se hace especialmente consciente de la realidad que está viviendo. ¿Cómo se titulaba aquella película? Ja, mi amigo el Chat… Eso es, Amanece, que no es poco. Vive, o mejor, vive el presente, que no es poco. Vivir, admirarte de tu propia existencia. Eso que tanto necesito estos días y que poco a poco se me va colando en el ánimo. Porque, lo he comprobado en las últimas semanas, qué fácil es olvidar la gracia de estar vivo. Esta habitación en que duermo, esta habitación en la que yacimos tantas horas aquella fugaz amante y yo admirados mutuamente de esa eclosión de nueva vida en las puertas de la jubilación; esta habitación en la que transcurre, como antes lo fue en la montaña, la parte más importante de mi vida; los libros, la escritura, mucho del trabajo de la escuela; donde me refugié durante el cáncer de mi madre para dar salida a mis lágrimas, donde Victoria y yo encontramos muchos de nuestros mejores momentos…; donde escribí más de medio centenar de libros. 

El hábito hace al monje. De alguna manera es verdad, y no precisamente el hábito que cubre el cuerpo. Sin darte cuenta puedes embarcarte en unas rutinas en la vida, rutinas que van de la mano de ese dejar discurrir el tiempo sin unas pasiones que llenen tu existencia… por desgana, por falta de empuje, que… bueno, que como no te espabiles te pueden dejar hecho una mierda. Estos días que me leo en libros de viajes que escribí hace años y en los que veo una consistencia y una madurez que imposible sería alcanzar ahora, igual que me sería imposible alcanzar la cumbre del Mont Blanc o la Cima Grande de Lavaredo y qué me hace pensar que he finalizado un periodo de mi vida a partir del cual sólo cabe, como cuando se alcanza una cumbre, descender. Esa sensación. Pero estamos sin embargo en el ámbito de la duda, en lucha, como cada mañana, con largas caminatas y ejercicios de recuperación y mantenimiento, en un  duro pulso. 

Y tan como me siento incapaz de pintar algo parecido a los lienzos que cuelgan de mi cabaña, porque ese tiempo acaso se ha acabado, algo parecido sucede con otras actividades, montaña, escritura, estudio… Así que retiro por un momento la vista de la pantalla del teléfono y miro a mi alrededor y me pregunto: ¿estas seguro de que no podrías volver a pintar, a escribir como entonces, a hacer largas caminatas, a volver a Oriente con la finalidad de despertar tu adormecida curiosidad, la creatividad, el entusiasmo por la fotografía, el gusto por el contacto con la gente? 

Usar un blog como combustible de las propias intuiciones… Eso me parece estar haciendo en este momento. Iba a dormir la siesta y en su lugar enciendo el teléfono admirado por el gusto de contemplar esta habitación, mis cuadros, la foto en cueros de mi antigua novia, el león ese de peluche de arriba de la estantería que debió de pertenecer a alguno de mis hijos, y sí, creo que la cosa funciona. Quizás debería escribir estas cosas en las páginas de un diario personal, pero me he hecho tanto a la idea de guardar en un solo sitio mis reflexiones, que lo son para ahora y para poder volver a ellas en el futuro, un hábito que practico desde hace años, que mejor dejo las cosas como están. En realidad el blog tiene mucho de historia personal. Quizás algo en lo que pensé en muchas ocasiones. 

Tenemos un conocimiento puntual de nuestro pasado, pero seguramente carecemos de la historia de cómo ha ido evolucionando nuestro pensamiento. Qué pensabas a los veinte, cuarenta, sesenta años sobre esto o lo otro, cómo tus ideas han ido cambiando, tomando consistencia, abandonando tantas seguridades. Cambia lo superficial / Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo / Cambia, todo cambia… (Mercedes Sosa).  

Y qué diferencia emplear esta hora de calor en algo más que sumirse pesadamente en el sueño frente al ventilador.