martes, 3 de noviembre de 2026

Amanece



El Chorrillo, 3 de noviembre de 2026 

Emerson, el auspice y amigo de Thoreau, escribió que la vida es un éxtasis; yo esta mañana siento que sí, que la vida es un milagro. Hoy amanecí en otra cama. Un gran ventanal que se asoma a la arboleda de nuestra parcela. Contemplo a los gorriones saltar de rama en rama en las proximidades de su comedero. El sol del mediodía dora las hojas de los árboles. Existen momentos en que nuestra percepción interior anuda parajes del pasado, reúne verdades en tu conciencia tan con un calor que por fuerza te deja el alma temblando de emoción. Lo que en una situación normal es el canto de un pájaro, la luz de la mañana reposando en las hojas de los árboles , cosas así de sencillas, se convierten por mor de un estado de ánimo excepcionalmente sensible, en un agraciado momento de contemplación.

Una oropéndola me da los buenos días desde las ramas de los árboles. El ánimo, como las lluvias y los vientos va y viene a su capricho estimulando tal la brisa el flujo de los pensamientos, livianos ellos como copos de nieve cayendo sobre la mañana. Las hojas del álamo blanco frente a la ventana tiemblan inquietas acaso previendo que en los próximos días serán lluvia dorada sobre el césped de nuestra parcela.  

En la habitación que amanecí hoy, la de Victoria, sobre los troncos troceados que revisten las paredes una ashara venida de un viaje por Tailandia baila siguiendo los ritos de una ancestral religión oriental. Junto a ella una niña asoma la cabeza en un bosque de bambúes, unos ficus gigantes como monstruos antediluvianos aferran entre sus garras un templo de Angkor, un centenar de monjes budistas desfilan bajo las ventanas de un antiguo hotel de Laos en el que nos alojamos hace años. En fin, yo en una fotografía de cuatro palmos por seis, me acerco corriendo a la meta de un maratón mientras mi hija, de espaldasu se acerca corriendo a abrazarme. También más allá cuelga un óleo del padre de Víctoria, un hombre de aspecto serio que controlaba en vida el ir y venir de los trenes en la estación de Monforte de Lemos; Victoria fotografiando unos bajorrelieves en Persépolis, un par de serigrafias de dos desnudos que nos regalaron Quique y Lucía. Ah, y lo más representativo de la habitación, un Buda de madera que adquirí en un viaje a Camboya y que ahora preside esta habitación que diseñé tras ese largo viaje por Oriente.  

Alguna de nuestras habitaciones llevan la impronta de nuestros viajes. Frente a esta habitación al otro lado del pasillo, otra, que llamamos África, surgió de un viaje por tierra a Mauritania, Senegal y Malí. De allí recuperamos viajes en camello, colores y texturas que rescatamos de la ciudad senegalesa de Saint Louis y un gran ventilador cenital que siempre que lo miro sospecho que se puede caer.  

De alguna manera es como si los viajes hubieran transmitido a la casa un buen caudal de su propia vida, que a su vez han transmitido al sentir de sus habitantes una peculiar percepción y filosofía de la existencia. Es cierto que la vida entera es un magnífico viaje, viaje a pie que no necesita trenes de alta velocidad ni aviones que se indigesten de velocidad y distancia, y siendo el caso que la memoria puede ser débil y las circunstancias del presente ciegas a la contemplación de la propia vida, bien está que ella cuelgue de las paredes y se reencarne en la casa que habitamos para recordarnos quienes somos y qué es parte de ese mundo que se extiende más allá de nuestro hogar.  

Claro que la vida no se agota en esto o lo otro. No cabrían en las paredes de una casa la complejidad de la historia y sentir de sus habitantes, por ello también cuentan las estanterías de los libros para recordarnos cuánto nos debemos no sólo a nosotros mismos y a los que nos rodean, sino también a las aventuras vividas en sus páginas, a sus enseñanzas, al placer y al conocimiento que los tantos ratos de lectura dejaron en nosotros.  

No cabrían, claro; sin embargo qué contento y solaz complacencia despertarte, abrir los ojos y contemplar esa pequeña parte de tu vida que cuelga de las paredes, girar la cabeza hacia la ventana y observar allí la otra vida de los pájaros o los árboles. Hoy un día más de vida, de posibilidades, de contemplar simplemente allá en la distancia la azulada silueta de las montañas de Gredos, otra insinuación más para continuar indefinidamente dando alas a la memoria y al pensamiento.  

 

 

 


lunes, 2 de noviembre de 2026

Mosaico de sensaciones



El Chorrillo, madrugada del 3 de noviembre de 2026 

Sí, quizás habría que encontrar otros modos de expresión. Retrato de otra época, la primera vez que fuimos a China, Argentina, la huerta estos días, tantos viajes, tantos caminos y montañas. Expresar la vida. El sabor de las cerezas. Cerca de las tres de la madrugada. Acabo de terminar de ver El cuento de la princesa Kaguya. Cuando el Chromecast deja se emitir la película está programado para presentar diapositivas de una larga colección de fotografías, retratos, viajes por todo el mundo, montañas, caminos. Confieso que he vivido. Siempre esa necesidad a flor de piel. La princesa Kaguya nace de un brote de caña de bambú, ama lo que le rodea, sus amigos, las flores, los cerezos en flor, pero cuando crece su belleza la pierde, la corte, el prestigio, la pretendida boda con grandes señores, con el emperador, cuando lo que ella desea es esa vida sencilla entre los campesinos. Errores comunes…  

Esta tarde leí durante un rato a Lobo Antunes, hoy parecida historia, soliloquio como de aquella novela corta que escribí, Invierno, la vida fluyendo no como una corriente salvaje, aquel libro memorable de Henry Roth, más bien con la lentitud de aguas que se acercan al estuario. Aquel, el otro, libro o historia o recuerdo que constantemente acuden a la memoria recordando que la vida es eso, fluir de sensaciones, recuerdos, deseos, la gracia de ese sol que entra por la ventana del otoño a calentar mi cuerpo. 

No sé quien monologa en el relato de Antunes; es lo mismo, apenas me entero de lo que sucede en la novela, pero ya digo, es lo mismo, es el fluir de la existencia lo que me interesa, como si estuviera sentado a la orilla de un gran río y ensimismado en el fluir de la corriente fueras ajeno a lo demás. Sucedía ayer en la película que vi de madrugada, Poesía; sucedía también en Starker la película de Tarkovsy donde fluye una pequeña corriente de agua poco profunda mostrando objetos sumergidos, monedas, una jeringuilla, un arma, hojas de calendario… una secuencia enigmática y hermosa que ha sobrevivido en mi memoria al resto del argumento. La imagen del río manriqueño es un universal fijado en la mente cultural como hombres. 

Leo: “faldas ajustadas pantalones que realcen su sensualidad”. Conocido es el motivo, pero quién suponemos que es el destinatario. Los distintos significados en el abanico que va desde la exposición más provocativa hasta la supresión de la importancia que pueda tener el otro, pasando por los motivos puramente estéticos que llevan a vestir de determinada manera. 

Debe ser que mi tanto tiempo libre ha encontrado en esto de poder pensar la realidad un estímulo permanentemente satisfactorio, ya que cualquier cosa que en un lector corriente podría llamar la atención y como mucho invitarle a subrayar, se convierte en esta noche en objeto que termina volcándose sobre el papel en blanco, una cosa más pálida que la simple reflexión y que te obliga a seguir un hilo argumental que difícilmente es posible cuando entra en la liviandad del circuito del pensamiento. 

Estoy deseando volver a levantarme a las seis de la mañana, a mis ejercicios, a despertar mi cuerpo mientras el alba levanta del campo, pero no puedo. 

Ahora, más tarde, aparece Luanda en la novela de Lobo Antunes y abro el Google Maps para situar la ciudad, y descubro que esa parte de África no la conozco, que entre Senegal y Namibia mi historial viajero está en blanco, que debería conocer sin embargo si en un viaje a Tombuctú no hubiera cogido una de esas enfermedades tropicales, cuando pretendíamos, no sin temor, viajar hasta Johannesburgo. Sentado ahora en la comodidad de un otoño templado echo de menos no haber llegado a conocer otros muchos más rincones de este planeta. No, ya no hay tiempo; sin embargo sentado esta tarde frente al atardecer era grato pensar que aunque brevemente sí me ha llegado el tiempo de la jubilación para conocer la mayoría de los países del mundo. El tiempo de la vida es limitado. El conocimiento no nace sólo de los libros, me refiero al conocimiento interior, el que se alimenta del contacto con la gente y su cultura, esa suerte de certeza que dan los años, que también te dan los largos viajes por el mundo; el haber vivido codo con codo con gentes de tantas latitudes parece que te impregnase de una empatía natural, de un estar en el mundo como si lo fueras en tu propia casa. Países que visitaste en el pasado, Ucrania, Rusia, Israel, Irán, Estados Unidos o Cuba y que ahora son epicentros de dolor, hablo de las personas, y que por ello están cerca de mi ánimo; nada que ver con los fríos cálculos de la economía y la política. 

Alimentar los deseos, me digo viendo pasar sobre la pantalla encima del hueco donde languidece el fuego de la noche diapositivas de más de una década. Ahora aparezco en una de ellas en algún collado de los Alpes sonriente, feliz por esa libertad que proporciona a mi alma de solitario las largas jornadas de caminar por las montañas. Las fotografías pasan aleatoriamente de un lugar a otro del mundo y del tiempo. Y me siento bien. Esta mañana me desperté pesaroso pero me repuse a lo largo del día. Ahora me da pereza marcharme a la cama. Me quedaría aquí hasta el amanecer escribiendo lo que me viniera a la mente mientras sobre la pantalla desfilan una tras otra imágenes del mundo. 

Me quedaría, pero creo que me voy a la cama. Buenas noches. 


 





domingo, 1 de noviembre de 2026

A la búsqueda de la belleza

La Bella — Tiziano (1536-1538)


El Chorrillo, 1 de noviembre de 2026  

Poesía (Lee Chang-dong, 2010) es el título de la película que vi anoche. Voy apurando poco a poco la lista del cine asiático de calidad que me sirvió el ChatGPT; como se apura una cerveza en una apacible tarde de verano las películas van pasando cada noche, cada madrugada, ahora ya en la pantalla que cuelga sobre el fuego de la chimenea de mi cabaña. Es la hora de dejar los libros a un lado, sentarse cómodamente en el sillón, cerrar los ojos y experimentar el tránsito de la vida. Luego, tras un paréntesis, apagaré la luz y me sumergiré en las alegrías o dolores de otras vidas que no son la mía. También hay noches en que me quedo simplemente mirando al fuego y entonces son las vidas de otros, amigos, conocidos, la mía propia las que surgen de mi memoria. Acabo de leer un artículo de Manuel Vicent que me envía por guasap el amigo Vinches. Allí en estas tardes desoladas de otoño, escribe el autor, pronuncio los nombres de amigos fallecidos mientras una melodía de jazz me transporta a aquellos días felices que vivimos juntos. La nostalgia se ha apoderado del autor e imagina a sus amigos al otro lado de la vida siguiendo parecidas rutinas de cuando estaban vivos; recuerda la tragedia ferroviaria de días atrás, la violencia de los jóvenes de Barcelona, esa orgía de violencia que aprovechan los políticos de uno y otro lado. Y termina su artículo alzando la mano hacia un membrillero, palpa con la yema de sus dedos la pelusilla escondida bajo un color de miel y ha sentido con ese acto que el orden del mundo se había restablecido.  

Pese a todo la vida sigue adelante. Al otro lado de El sabor de las cerezas (Kiarostami) la vida seguía también ahí. No es la armonía del mundo lo que se ha restablecido, como afirma Manuel Vicent, sino la armonía del propio ser. Al protagonista de El sabor de las cerezas la armonía le llega cuando decidido a morir sube a un cerezo para ahorcarse y allí alcanza a comerse algunas cerezas cuyo sabor le devuelve las ganas de vivir.  

En la película de anoche, la protagonista, una mujer mayor cercana a los setenta, siente el impulso de escribir poesía, se apunta a un taller de poesía para descubrir la belleza del mundo a través de las palabras. Es una búsqueda un tanto controvertida porque la poesía no se busca, te llega sin más, si bien sea necesario ponerse en condiciones de, que es lo que hace la protagonista intentando dejarse inundar por el flujo de las sensaciones que le pueden producir un paseo en el campo, la contemplación de una flor o incluso la cercanía de algunos objetos cotidianos. Existe una trama paralela relacionada con el nieto que en el punto opuesto de una trágica realidad actúa a modo de obstáculo que ensombrece sus aspiraciones de poeta. El argumento se resuelve con un golpe de gracia al final del film. El nieto, que ha violado a una joven junto a otros compañeros, es detenido mientras su abuela juega al bádminton con el inspector de policía, otro de los asistentes al taller de poesía. En la película la belleza, la vejez se reparten a partes iguales un deseable protagonismo que también necesariamente tienen que compartir con una memoria que va perdiendo fuerza.  

El escenario de despedida de Manuel Vicent es un escenario grato que me recuerda muchas secuencias de la literatura en que el protagonista en el final de sus días contempla la vida y el mundo cargado con un importante bagaje que pronto o más tarde termina desfilando por la memoria al modo del título de las memorias de Pablo Neruda.  

A Mija, la protagonista de la película de anoche, le surge en su madurez la necesidad de aprender a mirar el mundo de otra manera, de descubrir su belleza en las cosas cotidianas. Acaso muy ocupada con las rutinas diarias no ha tenido tiempo de descubrir lo que puede haber más allá de la roma realidad. Para otros la belleza se convierte en una temprana obsesión, caso de Aschenbach en Muerte en Venecia, de Visconti o, como en Simone Weil, la belleza y la atención que prestamos a nuestro alrededor, se convierten en eje de nuestra relación con la realidad. Ella habla de mantener el pensamiento vacío, disponible y a la espera de que el objeto penetre en nosotros, se trata conseguir que el objeto exista ante nosotros con toda su realidad, y por tanto, si se trata de un objeto de contemplación, con toda su belleza.  

En cualquier modo en este punto se plantea la vieja cuestión de si la belleza está en el objeto que contemplamos o si ella en parte está palpitante en el ojo del que mira o escucha. O mejor todavía, ¿la belleza pertenece al objeto o nace del encuentro entre el objeto y quien lo contempla? Seguramente la protagonista de nuestra película no llega a tanta sofisticación pero sí se observa en ella sin embargo una necesidad de abrir en ella misma una puerta que se ha abierto en su interior, y que permaneció cerrada hasta ahora, en que por una rendija ha empezado a entrever un mundo en donde los objetos exteriores han comenzado a sintonizar, a empatizar, con un sentimiento ambiguo interior desconocido hasta ahora que se abre a una realidad profunda, la aprehensión de esa verdad que esconde la realidad y que denominamos belleza, y que acaso deberíamos escribir con mayúsculas.  

Las doce del mediodía, hora de levantarse.