Hospital Montepríncipe, 14 de septiembre de 2026
Esta mañana ha venido un ángel a tomarme la tensión. He abierto los ojos y allí estaba, no llevaba alas pero qué encanto. Tiempo hacia que no veía una cosa tan bonita. Qué gusto despertarse así…. Me ha alegrado la mañana. Por un momento fui feliz conversando con este ángel mañanero. Agarraba el boli para tomar los datos de la tensión de un modo tan extraordinariamente complicado que eso ya nos sirvió para estar de palique un rato. ¡Oh, dioses que transmitisteis la gracia de poblar la Tierra con criaturas tan delicadas y bellas! ¡Gracias te daremos por los siglos de los siglos por tan apreciable regalo! Y yo no sé cómo no perdía ripio mirando aquella hermosura mientras mis palabras como nube de incienso trataban de llegar a ella cual ofrenda a Afrodita, diosa de la belleza y el amor.
Allí, de pie en la habitación de hospital como un ángel que se encuentra en el camino con un buscador de oro extraviado, hablamos de asuntos baladíes. La cosa era prolongar la presencia del ángel tan inesperadamente aparecido en esta mañana que comenzaba. Alabado sea Dios, sí señor, que creó criaturas tan llenas de gracia. Amén.
¿Qué te parece, le dije al ángel, que ya andaba recogiendo sus trebejos de enfermera, esto que acabo de leer? Y tomando el tocho de Voltaire le mostré la primera línea de mi lectura. Decía esto: “Memnon concibió cierto día el insensato proyecto de ser perfectamente cuerdo”. Suponiendo que los ángeles desde las alturas ven constantemente la cantidad de insensatos, esos que se devoran unos a otros y que se mueven sobre ese pequeño átomo de barro que es la Tierra, quise saber cómo percibían ellos, o mejor ellas, a toda esta panda adoradora de la feminidad, el poder o la pasta, porque locos no solamente haylos entre los enamorados, no sólo entre toda la cohorte de desquiciados a los que las gracias del sexo opuesto les hace perder el norte, que también en amplios sectores de la población existen los que mejor estarían en un manicomio que formando parte de la feligresía del becerro de oro.
Mi ángel matinal no se cortó un pelo y, esbozando una maravillosa sonrisa que me dejó patidifuso, dioses que tantas gracias nos disteis por compañeras, me comentó que exceptuando un pequeño número de habitantes muy poco considerados, todo el resto es una reunión de locos. ¿Sabes, continuó mi ángel, que en este mismo momento que te hablo hay miles de adeptos de Yavhé que creyéndose descendientes directos del altísimo masacran a sus vecinos invocando cualquier paparrucha, que un gordinflón aspirante a rey del universo y aupado a esa condición por otros 77 millones de locos de remate? ¿Sabes que a lo largo de la historia de este pedazo de barro girando en el universo millones y millones de locos han matado a otros tantos sea por poseer una mínima migaja de ese pequeño pedazo de barro, sea porque algunas de estas hormigas consideraron que el vecino pensaba de manera diferente, y que esto, además, se hace desde tiempos inmemoriales?
A estas alturas a mi ángel se le había empezado a abrir la boca. Se veía que habíamos entrado en un aburridísimo tema relacionado con la extrema estupidez de los hombres y prefirió contarme la guerra que había tenido con sus padres a consecuencia del modo de coger el boli, guerra de la que al final salió victoriosa. ¿Y la cuchara?, quise saber suponiendo que ahí también se tenía que haber desarrollado otro conflicto. Ahí ganaron ellos, contestó. Que todas las guerras sean como esas, dije. No era posible retener más al ángel disfrazado de enfermera, así que recogió su equipo de tomar la tensión y el termómetro, volvió a esbozar una sonrisa encantadora, y se marchó.


