El Chorrillo, 16 de febrero de 2025
Esta chica de arriba acumula más de medio millón de megustas y 15000 comentarios, y otras similares, pues casi lo mismo. Mucho miles y miles de megustas más que todos los que puedan acumular páginas y páginas de Instagram. No es por nada, pero magnífico retrato general de hacia donde se dirige el coco de tantos usuarios de esta plataforma. ¿Sería posible extrapolar, deducir de ello algo sobre ese público, y extrapolar todavía más y decir por dónde vaya una mayoría en este planeta? ¿Y más, buscar una relación, algún tipo de conexión entre a lo que esta gente aspira, la proyección que pueda tener en el ámbito social, político, religioso?
Pura especulación no más, pero que puestos a colocar a ciertos especímenes de sapiens en la línea teórica esa que sitúa en un extremo al chimpancé y en el otro extremo al hombre por excelencia, pareciera evidente (pura especulación, sí, indagación de lo que se cuece en nuestros cocos) que ese término medio de individuos estuvieran probablemente más cerca del chimpancé que del hombre, digamos, sensato, medianamente inteligente, medianamente preocupado por los asuntos de la colmena. Tan desmesurados megustas en comparación con otros asuntos de interés por fuerza tienen algo que decir. Para Byung-Chul Han, que no se pringa por entero cuando habla de los megustas, éstos son afirmaciones digitales que generan una comunicación sin verdadero conflicto ni discusión. Vamos, en castellano algo sin chicha ni limoná. Los likes, escribe, fomentan un sistema de control basado en la gratificación donde las personas buscan constantemente aprobación sin cuestionamiento real. “En este sentido, las redes sociales no promueven el pensamiento crítico ni el debate, sino que refuerzan burbujas de autoafirmación”.
De acuerdo con este autor; sin embargo su crítica se refiere al sujeto activo que se muestra, dice o comparte experiencias, no a aquel que hace clic sobre el megusta. Falta sin embargo una caracterización del megustero, el que aplica sistemáticamente su dedo al megusta, y me refiero especialmente a esos megustas que aparecen en entradas como las páginas de más arriba. La descompensación de megustas que se produce entre unas y otras entradas, estimo que merecen un análisis para el cual probablemente yo no estoy preparado, pero que me invita a aproximar alguna clase de hipótesis. Primero, el megusta se otorga a contenidos que generan placer inmediato y no requiere esfuerzo cognitivo. Reflexionar sobre problemas sociales requiere tiempo y confrontación, mientras que dar al megusta a algo, es rápido y no genera tensión. Han sugiere que el tipo de interacción que se tiene en las redes convierte al usuario en un consumidor pasivo de información fácil de digerir que no requiere esfuerzo. Y segundo, el megusta, sigo refiriéndome especialmente al mismo ejemplo de la imagen de más arriba, denota que entre todas las ofertas que ofrece la plataforma, los asuntos relacionados con los desnudos y sus colaterales lo que parecen es mostrar la parte más animalesca del sapiens sapiens.
Negamos el paso al pensamiento crítico y al debate y nos echamos en brazos del cómodo aserto; pero todavía vamos más allá, vamos, “que quede claro que a lo que a mí me interesa es todo aquello que me ponga”, dicen estas entradas que sobreabundan en feligreses devotos todos del toma y daca. Que no está mal por la misma razón esa del cocido, de que éste no ha de estar cocinado sólo con garbanzos. Ya citaba Chirbes a Marivaux que se burlaba diciendo que, cuando uno dice Madame, la adoro, etc., lo que quiere decirle es: me gustaría follarla, metérsela por aquí y por allá.
¿Somos mucho más carne de lo que pensamos? Probablemente; por el humo se sabe donde está el fuego. Quizás lo que nos traiga aquí a colación, es que por los intersticios del mar de la mucha hipocresía que anega el mundo, se cuelan los deseos y las pulsiones sexuales sin que haya dios que lo pueda evitar. Los responsables de las redes ponen puertas al viento prohibiendo los desnudos y limitando todos los atisbos de sexualidad que puedan herir la sensibilidad de las mentes puritanas, pero al final, en esas mismas redes asoma el plumero de esa realidad que por más que la quieras someter termina por aflorar, medio millón de megustas para la fotografía de una moza en bikini con cara de lela que se está mirando al espejo.
El hecho me parece lo suficientemente extraordinario como para incluso hablar algo del erotismo y los caminos de la seducción donde la vulgaridad (véase la foto de cabecera) en absoluto tiene cabida, entre otras cosas porque el erotismo es arte, sugestión, el placer de la demora, lentitud, maravilloso recrearse en la geografía del otro. Dos modos diferentes de entender la vida, las redes si se quiere, la sexualidad, sólo que, no puedo evitarlo, cuando veo a tantos y a tantos miles de usuarios apretando el botón del megusta al pie de una imagen como la de más arriba, se me encoge el ánimo, porque pienso que son una especie distinta a la mía, de parecida manera que los bonobos o los chimpancés pertenecen a otro área de la zoología. Me da cosa, pero algo así me sucede. Algo parecido me pasa también con los energúmenos esos que aporreaban semanas atrás al Presidente del Gobierno de este país en Paiporta o con los que querrían hacer jabón con los inmigrantes.
El lenguaje nos permite poner nuestra ideas sobre el papel, pero el lenguaje se resiste, es limitado y da de sí lo que da de sí, es decir que en mi cuerpo se produce un revoltijo de perplejidades ante algunos aspectos de la realidad que el lenguaje malamente puede expresar, que tienes que pedir a quien te lea que, por favor, haga el esfuerzo de comprender esa perplejidad que produce contemplar a tantos sapiens sapiens como si éstos pertenecieran a una especie animal distinta en que la capacidad craneana se ha reducido a su mínima expresión. No sabría decir si mi texto tiene mucho o poco de ironía. De hecho lo que me sucede es que teniendo en mente ese número, medio millón de megustas, me preocupa, me interroga, me deja con la boca abierta.
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