29 de julio de 2026
Es indudable que vivir inmerso en el magma
de un viaje por Oriente, magma en el que
no faltaron prolíficas lecturas con las que acompañar las
largas horas del ir y venir por aquellas tierras, era el motivo esencial
que hacía entonces de mi viaje y escritura un relevante
manojo de reflexiones. El caso estos días que leo Primavera en el Pacífico, relato de mi primer largo viaje tras
la jubilación.
Hoy, como para tantas cosas, pintar,
fotografiar, escribir, la sensación que predomina en mí es la de
mirar aquello como un tiempo ido que me sería imposible recuperar,
imposible escribir, pintar, incluso pensar con aquella fresca profundidad con
que venían a mí las ideas, las tantas motivaciones
que me sugería el paisaje, la gente, las lecturas que me
acompañaban. Imposible. No sé. Quizás tendría, para poder
constatarlo, que volver a viajar como entonces, que volver a
caminar por el mundo para poder volver a bañarme en aquellas aguas
primordiales. Una vez más ponerse en situación de… No
necesariamente viajar para ver o conocer, viajar para dejar el cuerpo y la
mente en situación propicia en que la lluvia y
la feraz tierra de otras culturas hagan retoñar de
nuevo lo que de hermoso y profundo subyace en el fondo de
nosotros mismos y que la cotidianidad y las rutinas diarias impiden
germinar.
¿Será cierto que dentro de cada uno de
nosotros vive latente algo superior, algo más profundo que necesita de un
estado de conciencia, un magma en que sumergirse para que ese algo aflore
en nosotros? ¿Somos acaso más y mejor que lo que la pura
cotidianidad que nos rodea nos deja ver? Esa necesidad de
alzarse sobre la puntilla de los pies para comprender, siempre
buscando un poco más allá de nuestra llana comprensión, parece que
fuera imprescindible; trascender la llana realidad para alcanzar un grado
de comprensión al filo de nuestras posibilidades.
Acaso esto no sea otra cosa que
aquello que consiguen tantos pensadores que llamamos oscuros, a los que nos
cuesta comprender. No lo sé. Yo vivo la impresión de que muchos autores
que comprendo malamente, en ocasiones se van por los Cerros de Úbeda, se mueven
dentro de un lenguaje tan especializado que termina
oscureciendo la pureza de una idea. Quizás no sea tanto la
expresión de ideas complejas lo que debería
guiarnos en nuestra indagación, como la aproximación
intuitiva a algo que entrevemos pero que nunca llegaremos a
comprender al modo en que el racionalismo intenta abrirse paso en la
oscuridad de sus deducciones.
La intuición como herramienta
personal al alcance de la mayoría que acaso no necesita de los farragosos
caminos de la razón para hacerse un espacio en la inquietud de quien
busca respuestas a esos interrogantes que fueron siempre labor
de la filosofía, preocupación de aquellos que buscan salida a los
porqués que la vida les puso por delante.
Hoy, aquellos largos viajes realizados
inmediatamente tras la jubilación, son una tentación y un estímulo para
retomar una vez más aquel clima de inquietud del que tantas
bondades surgieron. Si aquello fue un descubrimiento a las puertas de un
territorio desconocido por donde debía de empezar a caminar sin dilación,
esto que me sugieren las lecturas actuales de los libros de viajes que por
entonces fui escribiendo, se parece más a un llamado que me
está pidiendo, a la vez que asumir mi actual situación de salud y edad,
forzar, una vuelta de tuerca más, mi coraje, ahora en constante litigio
con la duda.
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