26/07/2026
Es la hora de la siesta, pero hoy no hay siesta; aprovecho
los 23º C de esta hora para despabilarme y tratar de salir de una especie de
pozo en que ando metido desde hace unas horas, una de esas circunstancias en
que no tienes ganas de hacer nada y yaces adormilado en el sillón como un
idiota. Así que con esta idea en la cabeza recordé que mientras nos tomábamos
el café en la biblioteca, mi vista cayó sobre un tomo titulado Lo que nos queda de vida, de John
Updike, un título muy propio para mis circunstancias personales en que uno
empieza a barruntar que la cosa no
está excesivamente lejos, y que acaso ésta apremia para no andarse perdiendo el
tiempo en exceso. No recuerdo nada de la lectura de aquella novela, sin embargo
el título sigue siendo tan sugestivo como hace veinte años. Llevo un tiempo
leyendo las memorias de Jünger, un saco de asuntos interesantes sobre la
realidad global del momento en que está viviendo, sin embargo me llama la
atención en él la total ausencia de sí mismo en el relato.
Es el caso que un rato después, tras decidir que hoy no
dormiría la siesta, tenía en mis manos Primavera
en el Pacífico, uno de mis propios libros que inauguraron una serie de
largos viajes alrededor del mundo nada más jubilarme, y andaba yo un poco
admirado de esa prosa que surgía día a día de las yemas de mis dedos en los
largos trayectos de barco, tren o autobús. Me recordaba a aquel novelista que
marchó a la guerra para recuperar su creatividad perdida, y mientras tanto me
decía que no sería mala idea emprender un largo viaje con la única finalidad de
despabilar mi adormecida escritura. La profundidad de los pensamientos, la
sólida escritura, parecía entonces surgir del contacto con las gentes y los
paisajes con una fuerza inesperada y tremendamente fértil. Viajar, escribía
allí, para alimentar el ser interior que llevamos dentro, ese ser interior al
que constantemente se refiere Conrad en El
corazón de las tinieblas y que no sé por qué conecta a través del título
con Viaje al fondo de la noche, de
Celine.
Como las mariposas yendo a libar de flor en flor, esta
tarde me siento en disposición de a partir de lo poco que recuerdo de estas
novelas intentar ponerme dentro de la piel de sus protagonistas con la
finalidad de percibir desde sus perspectivas mis propios interrogantes.
Aclararme, vamos. Hay una idea general que me sorprende agradablemente. Tanto
en El corazón de las tinieblas como
en Viaje al fondo de la noche; en
Conrad el viaje por el Congo es una metáfora en que Marlon descubre que las
“tinieblas” no están sólo en África, sino en el corazón del hombre civilizado;
en Céline el entorno es la guerra, África, América o los suburbios de París. En
ambos el resultado es parecido, cada etapa del viaje va despojando al
protagonista de ilusiones hasta enfrentarlo con una visión profundamente
pesimista de la condición humana. En ambos viajes no conduce necesariamente al
descubrimiento del mundo sino al descubrimiento de uno mismo que, en tantos
casos, puede ser perturbador.
Me apoyo en ambos, pero no tanto para corroborar esa
visión pesimista como para, por el contrario, pasar sobre ese pesimismo y
encontrar en la otra orilla del pesimismo un nuevo reencuentro conmigo mismo y
mi alma de viajero. Pesimismo ya he mamado suficientemente estos últimos meses
y lo que ahora empieza tímidamente a renacer en mí no necesita que me recree en
el corazón de las tinieblas ni en el fondo de la noche, sino todo lo contrario.
Todavía resuena en mí esa pavorosa voz de Marlon Brando al final de la película
en Apocalyse Now (versión fílmica de El corazón de las tinieblas): «The horror... the horror...», horror de sí mismo, horror de
la condición humana, horror del mundo. Saber del infierno para huir de él y encontrar
en la otra orilla del Rubicón la esperanza de una vida que volviendo sobre la
propia existencia va tras la búsqueda de las migajas del propio yo. Kurtz hace
exactamente el viaje contrario. Él también desciende al interior de sí mismo,
pero no encuentra migajas que le permitan reconstruirse; encuentra un vacío
moral, una oscuridad que acaba nombrando con una sola palabra: «horror».
En la obra de Updike lo esencial no es la trama sino la conciencia de un hombre que
siente que el tiempo se acaba. Sencillamente eso: el tiempo que se acaba… que también se puede
barruntar pero que acaso puede empujarnos como quien hace los últimos
kilómetros de un maratón, a insistir en ese vivir que se fue forjando poco a
poco en los años de la existencia. Cierto que “Toda la naturaleza no tiene
propósito. La ausencia de finalidad es el más fundamental de los principios budistas”,
sin embargo qué hermoso poder aspirar a continuar siendo tú mismo.
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