sábado, 17 de enero de 2026

Desmadejando la complejidad

 


17/01/2025

Contesto a un comentario de Enrique Muñiz aparecido en mi post último.

Enrique:

“La diferencia entre no ser creyente y ser profundamente religioso es menos una diferencia filosófica que una disposición de la conciencia. No remite a realidades incompatibles, sino a modos distintos de interpretar la experiencia. El pensamiento, al organizar el mundo, genera esos estados mentales. Una higiene interior orientada hacia la razón puede conducir a aceptar el ciclo biológico como explicación suficiente; ello no desacredita, sin embargo, a quien encuentra en la idea de Dios un principio de sentido, ni permite negar la consistencia racional de su propia construcción mental, aunque no sea compartida.

Las posiciones personales frente a la teología no pueden evaluarse en términos de superioridad o inferioridad, porque pertenecen al ámbito de la interioridad. Cada sujeto conoce o cree conocer lo que su pensamiento le aporta. Lo verdaderamente significativo es que, más allá de estas divergencias simbólicas, todos participamos de las mismas funciones básicas y reproducimos patrones de conducta sorprendentemente similares. En este punto, religión y política convergen: nos fragmentan en el plano de las ideas mientras nos homogeneizan en el de la acción. Así, el ser humano se revela como una paradoja constante: plural en sus creencias, uniforme en su estructura, dividido en el discurso e idéntico en lo esencial”.

 

Mi respuesta:

Cómo el pensamiento organiza la experiencia para hacerla habitable, habitable para quien lo piensa, parece que determinara buena parte de nuestra concepción del mundo y la realidad. Y las herramientas que usa, fruto ellas tanto de la experiencia desde la infancia y la formación personal, determinan un estado de conciencia proclive a disposiciones personales diferentes en función de ellas.

El hecho de que desde la subjetividad la realidad última yazga en el epicentro de nuestra intimidad como un cuerpo de creencias que forman parte de nosotros al punto de definirnos frente a nosotros y ante los demás (Ortega: las ideas se tienen, en las creencias se está) y que por consiguiente constituye la médula de nuestro ser, permite que relativicemos toda realidad exterior, o la sometamos acaso, al flujo interno de nuestras concepciones personales.

Acreditar o desacreditar, por utilizar tu terminología, en los términos a que me refiero, probablemente carece de sentido para el sujeto consciente de que la complejidad conceptual de nuestro mundo en definitiva es un constructo, una herramienta posible, pero totalmente prescindible (para él, se entiende). Imaginemos un hormiga perdida en alguna remota región del Mato Grosso brasileño y su significación como ser para su entorno inmediato, significación religiosa, ética, política. Y junto a ello su significación para la política brasileña, para el planeta, para el Sistema Solar, para la Vía Láctea, para etcétera… Esta imagen de insignificancia creo que debería ayudarnos a poner en contexto nuestros “deliquios” intelectuales por una parte, y por otra a considerar en ese contexto que mucho más allá del sujeto pensante toda realidad adquiere un valor relativo (para el individuo, se entiende). Hablo en el plano conceptual. Lo que es la realidad global para la hormiga no deja de ser en el fondo algo parecido en relación al individuo, por mucho que nuestra capacidad craneana sea superior a la de la hormiga.

Sí, por mucho que queramos magnificar nuestras capacidades derivadas de la evolución de nuestro cerebro, y queramos interpretar la experiencia en base a ellas, la realidad última, la de la vida íntima del individuo, es la que prevalece sin lugar a duda. La hormiga probablemente carecerá de vida íntima, pero ello no altera el supuesto.

Los estados mentales generados en el individuo por su experiencia, situación en el mundo, filosofía de la vida, incidencia de la realidad externa, etcétera son, al margen de su posible incidencia social, el resultado del encuentro entre éste y lo que no es él. Y sería ahí donde “una higiene interior” orientada especialmente hacia nuestra insignificancia (por aquello de poner en cuestión la soberbia y la arrogancia de que se vistió siempre el hombre, un ser más entre millones de otros muchos que habitan el planeta), decida defenderse de la arrogancia del homo sapiens sapiens camino siempre del homo necius intentando  abrirse paso en el fárrago de las convenciones y las disquisiciones buscando con ello su lugar en ese Todo del universo en que transcurren los años de su vida.

¿Que invalida todo esto conceptos y análisis generales de la realidad? En absoluto, creo que lo que hace es poner en contexto la realidad individuo/sociedad, invitando con ello a que tomemos medidas para no ser absorbidos y despistados por la presión del medio. Aquella aberración de “por Dios, por la Patria y el Rey, murieron nuestros padres; por Dios, por la Patria y el Rey, moriremos nosotros también”, jamás tendrá lugar en una concepción donde el individuo, se quiera o no, es para sí el centro del universo.

¿Qué pinta Casarotto en este contexto? Especulo que él, como tantos otros entre los que me incluyo, vivió envuelto en una pasión, una religiosidad heredada, un modo de vida en donde está ausente la publicidad y similares, vive una intensa relación de pareja y ese es su mundo, su credo; no necesitó ir mucho más allá. Buscan como nuestros gatos la cercanía del radiador en invierno y la sombra en verano; para nosotros la sombra y el radiador son nuestras íntimas creencias. Que queramos ampliar nuestros conocimientos y estudiar la evolución del pensamiento humano constituya un objetivo deseable, no altera esa realidad.

 

 

 

 


7 comentarios:

  1. Las creencias, especialmente las religiosas, que son la gran mayoría, han demostrado en la modernidad una notable volatilidad cuando se las somete a lógicas de captación y expansión propias del mercado. En ese momento dejan de operar como el soporte tácito de la existencia para convertirse en bienes simbólicos intercambiables, adaptables a la demanda y al perfil del consumidor. Una creencia que necesita exhibirse y promocionarse está empezando a disolverse: ya no estructura una vida, compite. Las ideas, en cambio, no se difunden eficazmente por seducción comercial, porque exigen el trabajo del pensamiento, la confrontación racional y la aceptación de la incomodidad intelectual. Por ello resisten mejor el vaivén de las modas y no reclutan adeptos, sino interlocutores. Allí donde hay mercado de creencias, hay fragilidad; donde hay ideas pensadas, hay permanencia crítica. (Sin menoscabo alguno para don José).

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    1. Don José te diría que no está de acuerdo, o acaso, como tantas veces hemos debatido nosotros, pediría una definición de eso que llamamos "creencias. Tampoco yo estoy de acuerdo. Las creencias necesitan mucha agua, tierra fértil, sol y mucho tiempo para adquirir consistencia. Eso si no es que ya nacemos con una cierta dosis de ellas (o las mamamos con la leche materna y de papá). Cierto que con las creencias no se come, ni se inventa, pero eso es otro asunto. Cuando las ideas sedimentan durante largo tiempo es fácil que terminen transformándose en creencias.

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  2. Al leer a don José conviene tener presente que el término “creencia” no se emplea en su sentido habitual, ligado a la fe religiosa o a doctrinas explícitas, sino en un sentido filosófico más radical: como aquellos supuestos tácitos en los que el ser humano vive sin pensarlos y que hacen posible su relación con el mundo. Son estructuras previas de la experiencia, no contenidos confesionales. Sin embargo, dado que en el lenguaje común “creencias” se identifica casi exclusivamente con lo religioso, resultaría útil, al menos desde un punto de vista divulgativo, distinguir ambos planos y, si es necesario, denominarlos de modo diferente para evitar equívocos. De este modo se preserva fielmente la intención de don José sin confundirla con la fe religiosa del hombre corriente, que pertenece a otro orden: el de las convicciones expresas y profesadas, no el de los supuestos invisibles que sostienen la vida cotidiana.

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    1. Un servidor que, ya lo habrás observado muchas veces, lo que hace cuando escribe es conversar "con el hombre que va conmigo" al modo de don Manuel; de ahí que no tenga que explicarse a sí mismo términos que de sobra están asentados en él, caso de las creencias. Es quizás por ello que en ocasiones quien pueda acercarse a este diario pueda encuentre cierta dificultad para encajar algunas ideas en un plano corriente, caso de las creencias, cosa que quizás ocurra cuando no tengo en cuenta a otro interlocutor que no sea yo mismo.
      "El uso corriente" que se da a un término... Imagino que eso también es subjetivo. Si embargo cuando su uso se vincula a otro concepto "ideas", ese uso corriente pierde fuerza.

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  3. Este tu lector vive en un mundo real y, al igual que para subsistir en la jungla existente más allá de mi lar, tengo que proveerme de toda suerte de libros de instrucciones, mapas y demás zarandajas. Cuando te leo a ti, me gustaría que no imitaras a don Miguel y sus masturbaciones mentales, para poder comprenderte sin dispersarme.

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    1. También, también yo necesito proveerme. Lo que sucede es que esa provisión para mí más que proveerme para subsistir, que también -hoy más que nunca vemos que la ley de la selva sigue estando en auge- lo que hace es contribuir a reforzar mis creencias :-) y en consecuencia a tener a raya aquello que pueda contaminarlas. Y para ello, no lo dudes, es imprescindible que las pajas mentales no falten. Son la punta del bastón de ciego con la que intentamos orientarnos en la complejidad.
      Ya quisiera yo llegarle a la planta del pie a mi admirado, controvertido y equivocado (en los comienzos de nuestra guerra civil) don Miguel.

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  4. Está en la baraja, como tantos otros nombres ilustres, pero don Miguel no se somete a discusión: su figura se impone por sí sola.

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