El Chorrillo, 12 de junio de 2023
Me
encontré esta mañana con una historia tan bonita que me voy a permitir contarla
aquí de nuevo. Estaba en el muro de José Luis Ibarzábal. Hay historias que
expresan tan acertadamente alguno de los recónditos rincones del alma que
cuando las oyes o las lees es como si te produjeran por dentro una revelación.
La historia la cuenta Facundo Cabral. El cantante ha hecho migas en un vuelo
con un niño de dos años y se pasa el tiempo del viaje jugando con él. Cuando
llegan al aeropuerto la madre le dice:
-Señor Cabral, ese niño
que venía jugando con usted es mi hijo.
-¡Ah, mucho gusto!…
-¿Sabe cómo se llama?
-No, señora.
-Facundo –contesta ella.
Y pregunta el cantante: -¿A qué debo el honor, señora, que usted le haya puesto a su hijo mi nombre?
Responde
ella: -Porque yo iba a abortar, pero apareció usted la noche anterior al
aborto, apareció usted en un programa de la tele y le escuché hablar del mundo,
del privilegio de estar en este mundo, y me dije: ¿cómo le voy a hacer perder
esta fiesta a mi hijo? Y decidí que naciera. Y por eso le puse su nombre.
Facundo
Cabral termina su relato así: “Pensé: caramba, ahora sé por qué canto; cantás
para devolver parte de la vida que te dieron; cantás para despertar el fervor
por la vida; cantás para contagiar la felicidad de estar vivo; estás vivo, y
estar vivo siempre es la gran posibilidad. Si estás vivo, están todas las
posibilidades siempre. ¡Sí Señor!”
Me recordó
aquella película de Kiarostami, El sabor de las cerezas. En breve, es la
historia de un hombre desesperado que se quiere suicidar. Sale de la aldea una
mañana con las primeras luces del alba y una vez se ha alejado lo suficiente
busca un árbol adecuado para atar la soga que lleva. El árbol resultó ser un cerezo.
Trepa fatigosamente hasta las primeras ramas, se sienta a horcajadas en una de
ellas y mientras saca de la cesta la cuerda observa unas cerezas cerca. Deja
por un momento lo que estaba haciendo y coge un puñado de ellas y, mientras
despunta el sol por el horizonte entre las ramas del cerezo, se va comiendo los
frutos poco a poco contemplando el bonito amanecer de aquel día. Degusta con especial
placer algunas cerezas más. Se queda por un momento pensativo. Desaparece de su
rostro ese rictus de condenado que llevaba encima, la cámara se pasea por los
frutos y por las primeras luces del alba que surgen entre las lomas del fondo y,
minutos más tarde le vemos recogiendo la soga y dedicado a recolectar cerezas
que va metiendo se dos en dos, de tres en tres dentro del cesto. Ha decidido que
seguramente a su esposa le gustará desayunar con aquellas sabrosas cerezas.
El
cine tiene la gracia de hablar un lenguaje universal que traducido en palabras
perdería la posibilidad de esa sonrisa amable que se nos dibuja en los labios
cuando observamos en el rostro de ese hombre cómo resucita a la vida a través
del sabor de unas cerezas, de la belleza de esa primera hora del día con que el sol vestía el mundo. Facundo Cabral acaso descubrió después del relato de
aquella madre, que cantaba para contagiar la felicidad de estar vivo. Aquel niño
de dos años vivía gracias a ese privilegio de estar vivo que un día él expresó
en televisión. No otra cosa le sucedía al protagonista de la película de
Kiarostami con aquellas cerezas que se encontró mientras se preparaba para
dejar la vida.
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