sábado, 11 de marzo de 2023

Silvia Vidal - Scott, una reflexión

 


El Chorrillo, 11 de marzo de 2023

Dando un repaso esta mañana a los hombres y mujeres que surgen de entre la generalidad que somos el resto, esos que son la fuerza y el calor del lado más admirable del ser humano, esfuerzo, valentía, sabiduría, bonhomía, se me ocurre que qué tan diferente sería el mundo si sobre él no hubiera flotado siempre la espuma de la excelencia. ¿Quién puede imaginar un mundo en donde no hubieran existido Edison, Homero, Shakespeare, Mozart, Tolstoi, Magallanes, Livingston, Humboldt, el hombre Jesús, todo ese afán humano que se aglutina en torno a la investigación, el arte, la exploración, si no hubieran existido los conquistadores de lo inútil, los que nos han llenado el mundo de belleza, los que nos han mostrado el camino que hace posible del hombre un ser en continuo crecimiento y superación de sí, y que no es tanto el hecho de que se hayan movido al filo de lo imposible, sino que accedieron a explorar los límites de sí mismos.

Anoche me volví a acostar muy tarde. Scott y sus compañeros habían llegado al Polo Sur y en el libro, El peor viaje del mundo, ya de regreso, se iban alternando las anotaciones de los diarios de los expedicionarios. Inútil repetir sobre las temperaturas extremas, las ventiscas, las congelaciones, Evans muriendo en el camino, el final de temporada con el sol que ya apenas asoma por el horizonte, la carencia de provisiones. Los últimos días son un calvario difícil de imaginar. Una tarde, uno de ellos, Oates, muy impedido y al límite de sus fuerzas, no queriendo ser una rémora, sale de la tienda en medio de la ventisca a treinta o cuarenta grados bajo cero diciendo a sus compañeros “a lo mejor tardo un poco”. Ha elegido morir en una situación ya insoportable. Les han sorprendido siete días de ventisca, no se pueden mover, se ha acabado el queroseno, no pueden derretir nieve, no pueden beber, no pueden comer. Scott dedica sus últimas horas de vida a escribir a la mujer de Wilson que acabarse fallecer junto a él, a la mujer de Bowers, que también está muriendo, a su propia esposa de la que se despide conmocionado, a la opinión pública inglesa. Sus anotaciones antes de morir terminan así: “Nuestro viaje ha sido el más grande de la historia, y nada excepto la malísima suerte que hemos tenido al final nos ha impedido regresar. Ha sido muchísimo mejor que quedarse en casa holgazaneando, rodeado de comodidades. Creo que ya no podemos esperar que mejore la situación de ninguna manera. Aguantaremos hasta el final, pero estamos cada vez más débiles, por supuesto, y ya no debe de quedarnos mucho. Me parece una lástima, pero creo que no puedo seguir escribiendo”.

Tantas veces que nos olvidamos de que el mundo es lo que es en buena parte debido a la existencias de hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí en un amplio abanico de frentes a lo largo de toda la historia desde que bajamos de los árboles hasta la llegada de Internet y los viajes interplanetarios. Sin embargo esta mañana para mí no es tanto esa admiración y agradecimiento por las consecuciones y avances que hemos tenido, más bien lo que tengo en mente es esa voluntad de hierro que mueve a los humanos a forzar los límites de su condición y que en el campo de las ciencias o el arte son un enorme regalo para nuestro bienestar y nuestro placer, pero que cuando de esa actividad no se deriva ningún “provecho” para el resto de la humanidad, obviamente me refiero a quienes han hecho de sus vidas un reto para sí mismos, lo que resulta es un puro acto de gratuidad en donde se recoge en estado puro la esencia de ese esfuerzo de siempre que ha llevado al hombre desde las cavernas a nuestros días. El esfuerzo por superar dificultades para hacer más aceptable la vida sobre el planeta obviamente es loable, pero cuánto no será más loable, cuando éste y la superación de sí sin más se convierten por sí mismos en el objeto esencial de su actividad.

El otro día en la Sociedad Geográfica le decía a Sebastián Álvaro que para mí Silvia Vidal era sin lugar a dudas la mejor alpinista de todos los tiempos, incluso por encima de nuestro admirado Bonatti. Sebastián enarcó las cejas, hizo un gesto de escepticismo y soltó un breve “bueno…”. Se comprenderá que un enamorado de Silvia como un servidor (jajaja) pueda salir con éstas, pero es que cuando yo intento ponerme en su lugar, pensarla me abruma, una mujer menuda que apenas debe de llegar al metro y medio y que si viene un golpe de viento se la lleva, caminando sola por remotos y salvajes valles helados en Alaska o cualquier lugar de África o los Andes durante semanas, haciendo continuos viajes de ida y vuelta para acarrear sus pertrechos y abastecimiento para cerca de un mes, y que llega a una pared inverosímilmente vertical de un millar de metros y dejando el valle inicia una ascensión en una pared virgen de gran dificultad que le puede llevar semanas, semanas colgada del vacío, día a día ganando unos metros más hacia la cumbre, días de inactividad porque las tormentas se ciernen sobre la montaña… y ella allí, en medio de la nada, sin teléfono, sin posibilidad alguna de recibir ayuda porque los lugares que elige distan semanas y semanas de cualquier lugar habitado. Y yo, que me encuentro frente a ella en un lugar concurrido con gente encorbatada y enchaquetada, a donde asisten las llamadas “autoridades”, y mientras converso con ella intentando convencerla para que escriba sobre sus vivencias, pienso en ese momento a esta mujer en una pequeña repisa rocosa a cientos de metros sobre el suelo, arrebujada en su soledad sobre sí misma mientras sobre la tela de su vivac golpea la lluvia o se posa la nieve, pues que siento dentro de mí esa admiración, empatía, regocijo, si se le quiere llamar así, de encontrarme en ella con esa fuerza primigenia que ha habitado desde siempre el interior de los hombres empujándoles más allá y más allá y más allá. Y no tanto por querer, acaso, ir más allá, sino porque moverse más allá de la incertidumbre es para ellos y ellas un modo de vida, es hacer música, formidable música con la vida.

Autofagia podría llamar yo a esto, nutrirse de sí mismo, de la propia fuerza, de una voluntad que crece y crece mientras la incertidumbre poco a poco se va quedando atrás. No encuentra el que busca, no puedes alcanzar la felicidad o la plenitud buscándola, yendo tras de ella. Ellas llegan por sí entre las nieblas más allá de la incertidumbre.

La incertidumbre de Scott y sus compañeros, que aunque fuera acompañada por todos los oropeles que una nación puede brindar, no es otra cosa que intensísima relación del hombre con el hombre, de la experimentación de su fuerza. Comunes denominadores la experiencia de Scott, de Silvia y la de tantos aventureros que al margen de su posible proyección social, de lo que nos hablan es de ese impulso interior que alberga el hombre, y que si sabemos de su fuerza y alcance es porque unos pocos, los menos, han sabido ponerlo en práctica.

Ayer Luisi Guillén colocaba esta cita de Rebuffat en su muro: "Las montañas parecen estar hechas con el único fin de hacernos felices". A mí me hacen feliz las montañas, pero también, y mucho, conocer de la fuerza y la pasión de personas como Silvia.

 

 

 

 


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