El Chorrillo, 10 de marzo de 2023
Hay personas, que sin llegarles a conocer
físicamente, habitan los rincones de tu conciencia, se mueven entre las
ramas de tus recuerdos con una extraordinaria feracidad; has establecido con
ellas un cierto nexo, literario, artístico, humano, y están ahí como están en
tu mente y en tu sistema límbico la familiaridad de los amigos, las personas
con las que te une la singular simpatía de lo símil. Y especialmente sucede
esto, creo, cuando la filosofía de la vida del otro, su actividad, su modo de
pensar están dentro del ámbito de aquello que tú mismo estimas; diría más, que
amas con el rigor con el que te acercas a las cosas esenciales de la vida.
Ayer, por ejemplo, cuando entrábamos en el auditorio
donde se celebraba la entrega anual de premios de
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| Sylvain Tesson |
Me disculpé por no saber
francés, pero enseguida vino en mi ayuda su editora para traducir mis palabras.
Tesson, de fuertes mandíbulas, mirada reservada e intensa, con aspecto de haber
aterrizado en un mundo que no era el suyo, apenas tuvo tiempo de contestar a mi
atropellada charla. Comprendí enseguida que habría sido descortés por mi parte
quedarme allí intentando malhilar lo que me venía a la cabeza, ese intenso
tiempo de lecturas, la intensidad de mis subrayados en sus libros cuando tantas
veces me encontraba con ideas brillantes o pensamientos dignos de recordar. Así
que tan precipitadamente como me presenté nos despedimos.
Y sin embargo qué tan diferente mi encuentro con
Silvia Vidal. Nos costó encontrarla al final del acto entre aquella barahúnda
de gente, pero cuando hubimos dado con ella, pese a que se encontraba rodeada
de admiradores, no tuve ningún empacho en presentarme y le solté a quemarropa
un “es que estoy enamorado de ti, ¿sabes?, de tu forma de vida, esas cosas”.
Luego Victoria y ella misma bromearían sobre ese arranque mío. Con Tesson no
pude, probablemente el idioma tuvo la culpa, pero con Silvia me sentía como si
me hubiera encontrado con una vieja amiga que no ves desde hace tiempo. Algo
admirada debía de encontrarse ante tan inesperado arranque, se lo veía en esos
ojos grandes que tiene y que parece que fueran una ventana a través de la cual
ella mira al mundo desde su tan peculiarísima personalidad. Ya me había advertido
Ramón Portilla, es una mujer diferente a los demás, pero un puro encanto. Te
traigo un recado de Ramón, le dije más tarde. Ha tratado de localizarte, pero
ha sido imposible. Yo le había propuesto a él que a lo mejor podíamos raptarte
e invitarte a cenar con algunos amigos. Me ha dicho que si estás disponible y
quieres cenar con nosotros que le llamemos que viene a cualquier sitio que le
digamos. Pero, ay, a Silvia ya la había raptado otra gente y tenía la agenda al
completo. Pero dame el teléfono y le llamo después, me dijo. Y aquí era otra
aventura porque Silvia no sólo es que no use móvil, gps y todos esos aparatos
que utilizamos el resto de los mortales, es que no llevaba absolutamente nada
encima, ni siquiera el trofeo que le habían concedido, que yacía a sus pies
abandonado a su suerte. Déjame un boli, me dijo, y me mostraba la mano. Así que
pedimos un boli entre la gente de los alrededores, costó encontrarlo, al final
un elegante caballero sacó del bolsillo de su flamante chaqueta uno y Silvia
pudo garabatear en la palma de su mano el teléfono de Ramón. Y como soy un
gilipollas se lo tuve que decir, que yo había preparado en casa uno de mis
libros que quería regalarle y en el que ella misma aparece en sus primeras
páginas, y que con las prisas me lo había olvidado. No pasa nada, la próxima
vez que venga por Madrid me lo regalas, contestó. Y en esto estábamos cuando
apareció por detrás otro de esos personajes a los que aludía al principio de
estas líneas, que están en tu recuerdo cuando a poco que quieras piensas en las
montañas más hermosas del mundo. Pues allí estaba el también mítico por sus
vuelos y escaladas, Carlos Suárez. ¡Vaya pareja con la que nos habíamos
juntado! Y después esa maravillosa cordialidad de ambos como quien conversa con
amigos de toda la vida. Carlos había venido con su chica y su bebé de un mes,
una nena que les tenía despiertos por las noches muchas horas, así que
compartimos esas noches de insomnio obligado, el nuestro de cuando nacieron
nuestros mellizos y andábamos por el día medio zombis porque cuando a uno le
acababas de dar el biberón, a los pocos minutos tenías que atender al otro para
cambiarle los pañales. Se ve, ¿no?, que no sólo cabe hablar de montañas con
estos aventureros de altos vuelos.
Y el corro aumenta en concurrencia y todos quieren
saludar a Silvia y entonces nos despedimos hasta un rato después y nos abrimos
paso con dificultad por el pasillo central del auditorio y date, ya estamos con
nuestro ya entrañable amigo, Eduardo Martínez de Pisón. Qué humanidad la de
este hombre. Hemos comido una vez juntos con otros amigos y ya estar con él es
como encontrarse con un amigo de toda la vida. Qué cosas maravillosas
proporciona la montaña. A ver si encontramos un rato para charlar, nos dice
Eduardo. Le comento que desde que está en las redes es como quien se cruza cada
mañana en la calle con un amigo. Ha venido al acto con Sebastián Álvaro y
aprovecho para decirle que nos presente, que también a él quiero conocerle de
tú a tú. Pero también Eduardo es asaltado por amigos y admiradores, y nos dice
que le busquemos más tarde, que estará con Sebas.
El vestíbulo del auditorio está de bote en bote, es
difícil abrirse paso, los camareros cruzan entre los asistentes con las
bandejas en lo alto. Por allá damos con Sebas, más adusto, menos expansivo que
los otros, pero cortés. Le cuento de la bronca que me pegaron José Manuel
Vinches y Antonio Montes en cierta ocasión en que yo disentí con él, cuando
utilizaba la palabra “tipos” para referirse a los nepalíes que habían hecho la
primera invernal al K2, una expresión que a mí me parecía despectiva. Cuando
una hora después le mandaba un guasap a José Manuel diciéndome que había
charlado un rato con Sebas, su contestación fue muy al caso: Los dos sois
buenos “tipos”, una palabra que para Sebastián no tenía en absoluto nada de despectivo
entonces y que yo había interpretado mal. Como le dijera que esperaba
próximamente poder compartir mesa y charla en Madrid con Juanjo San Sebastián,
con quien había contactado semanas atrás, me contestaba que con Juanjo era más
fácil coincidir en Alicante junto a Vinches para escalar que en Madrid. Así que
ya me veía en Alicante, sometido a uno de esos deseos que me asaltan
últimamente por tener enfrente a uno de esos hombres que, como decía más arriba,
habitan en los rincones de mi conciencia.
Ya sólo nos quedaba echar un vistazo a ver si
reconocía a alguien más, rostros, mucho, que me sonaban, pero que después de
muchas décadas eran otros rostros a los que me era difícil situar, y por
supuesto nombrar. En este buscar tropezamos con Pedro Nicolás, este hombre
entusiasta de la montaña de enormes conocimientos que siempre está dispuesto a
agasajar a su interlocutor con lo mejor de su bien hilvanado verbo. El hombre
polifacético y ubicuo que te encuentras en todos los actos públicos que tengan
que ver con la montaña y sus derivaciones, que aúna voluntades, que escribe
mostrando el camino de parques nacionales y montañas a los aficionados y en
cuyo tiempo cabe todo, presidir una sociedad de montaña, subir por los tubos de
Peñalara o
Charlando todavía un rato con Silvia, y estando presente Darío Rodríguez afanado retratando a ésta, le comenté, como ya lo había hecho yo minutos antes, que bien podía intentar convencer a Silvia para que escribiera sobre esos "paseos" tan extraordinarios que se pega ella sola por las montañas del mundo. En fin, que después de charlar todavía un rato con
ella, con Carlos y su mujer, nos despedimos.
A veces uno tiene la suerte de aunar en un acto
único el aprecio de encontrarte con tus similares, aquellos con los que tantas
cosas compartes, que conociste por los libros, por sus hechos o por su forma de
entender la vida, no sólo en el espacio de la imaginación, sino también en ese
agradecido tú a tú que la presencia física te depara. La vida sigue adelante,
pero ahora cuando sepa de Silvia, por ejemplo, por sus actividades o por otros
amigos, su recuerdo será todavía más grato. Esta familia que formamos los
adictos a la montaña es una hermosa realidad que bien merece celebrar.



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