viernes, 10 de marzo de 2023

Mi encuentro con Silvia Vidal

 




El Chorrillo, 10 de marzo de 2023

Hay personas, que sin llegarles a conocer físicamente, habitan los rincones de tu conciencia, se mueven entre las ramas de tus recuerdos con una extraordinaria feracidad; has establecido con ellas un cierto nexo, literario, artístico, humano, y están ahí como están en tu mente y en tu sistema límbico la familiaridad de los amigos, las personas con las que te une la singular simpatía de lo símil. Y especialmente sucede esto, creo, cuando la filosofía de la vida del otro, su actividad, su modo de pensar están dentro del ámbito de aquello que tú mismo estimas; diría más, que amas con el rigor con el que te acercas a las cosas esenciales de la vida.

Ayer, por ejemplo, cuando entrábamos en el auditorio donde se celebraba la entrega anual de premios de la Sociedad Geográfica Española, nada más traspasar el umbral del vestíbulo, Victoria y yo nos dimos de bruces con una de esas personas, de la que casualmente recordaba el rostro por un documental que había visto recientemente, el resto era conocimiento de sus ideas, su buena literatura, sus aventuras por el mundo, pero especialmente era que yo había pasado junto a este hombre seis meses de invierno en soledad en una reducida cabaña de troncos un invierno junto a las heladas aguas del lago Baikal, en Siberia. Pasado, naturalmente, en espíritu, que ya se sabe que para el alma el tiempo y el espacio son elementos domesticables a nuestro antojo y que sentado ricamente frente a la chimenea, tanto puedes estar en la Luna como en la Antártida sin moverte de junto al fuego; y en cuanto al tiempo igual, allí mismo puedes convivir tanto con Scott, con Amundsen como acompañar a Whimper en su primera ascensión al Cervino. Y diría todavía más, que la ubicuidad con la que nuestro pensamiento se mueve por el espacio-tiempo, no sólo alcanza a esos seres que llamamos reales, que vaya usted a saber si no son más reales a efectos prácticos Otelo, Odiseo, Hamlet que Magallanes o Humboldt. Pues eso, que fue darnos de bruces y a mí, que la timidez a veces hace que las orejas se me pongan coloradas, no me salió otra cosa que exclamar: ¡Jo, el señor Tesson! Y me dio sin más darle un apretón de manos mientras balbuciendo unas pocas palabras en francés me presentaba como uno de sus entusiastas lectores. 


Sylvain Tesson


Me disculpé por no saber francés, pero enseguida vino en mi ayuda su editora para traducir mis palabras. Tesson, de fuertes mandíbulas, mirada reservada e intensa, con aspecto de haber aterrizado en un mundo que no era el suyo, apenas tuvo tiempo de contestar a mi atropellada charla. Comprendí enseguida que habría sido descortés por mi parte quedarme allí intentando malhilar lo que me venía a la cabeza, ese intenso tiempo de lecturas, la intensidad de mis subrayados en sus libros cuando tantas veces me encontraba con ideas brillantes o pensamientos dignos de recordar. Así que tan precipitadamente como me presenté nos despedimos.

Y sin embargo qué tan diferente mi encuentro con Silvia Vidal. Nos costó encontrarla al final del acto entre aquella barahúnda de gente, pero cuando hubimos dado con ella, pese a que se encontraba rodeada de admiradores, no tuve ningún empacho en presentarme y le solté a quemarropa un “es que estoy enamorado de ti, ¿sabes?, de tu forma de vida, esas cosas”. Luego Victoria y ella misma bromearían sobre ese arranque mío. Con Tesson no pude, probablemente el idioma tuvo la culpa, pero con Silvia me sentía como si me hubiera encontrado con una vieja amiga que no ves desde hace tiempo. Algo admirada debía de encontrarse ante tan inesperado arranque, se lo veía en esos ojos grandes que tiene y que parece que fueran una ventana a través de la cual ella mira al mundo desde su tan peculiarísima personalidad. Ya me había advertido Ramón Portilla, es una mujer diferente a los demás, pero un puro encanto. Te traigo un recado de Ramón, le dije más tarde. Ha tratado de localizarte, pero ha sido imposible. Yo le había propuesto a él que a lo mejor podíamos raptarte e invitarte a cenar con algunos amigos. Me ha dicho que si estás disponible y quieres cenar con nosotros que le llamemos que viene a cualquier sitio que le digamos. Pero, ay, a Silvia ya la había raptado otra gente y tenía la agenda al completo. Pero dame el teléfono y le llamo después, me dijo. Y aquí era otra aventura porque Silvia no sólo es que no use móvil, gps y todos esos aparatos que utilizamos el resto de los mortales, es que no llevaba absolutamente nada encima, ni siquiera el trofeo que le habían concedido, que yacía a sus pies abandonado a su suerte. Déjame un boli, me dijo, y me mostraba la mano. Así que pedimos un boli entre la gente de los alrededores, costó encontrarlo, al final un elegante caballero sacó del bolsillo de su flamante chaqueta uno y Silvia pudo garabatear en la palma de su mano el teléfono de Ramón. Y como soy un gilipollas se lo tuve que decir, que yo había preparado en casa uno de mis libros que quería regalarle y en el que ella misma aparece en sus primeras páginas, y que con las prisas me lo había olvidado. No pasa nada, la próxima vez que venga por Madrid me lo regalas, contestó. Y en esto estábamos cuando apareció por detrás otro de esos personajes a los que aludía al principio de estas líneas, que están en tu recuerdo cuando a poco que quieras piensas en las montañas más hermosas del mundo. Pues allí estaba el también mítico por sus vuelos y escaladas, Carlos Suárez. ¡Vaya pareja con la que nos habíamos juntado! Y después esa maravillosa cordialidad de ambos como quien conversa con amigos de toda la vida. Carlos había venido con su chica y su bebé de un mes, una nena que les tenía despiertos por las noches muchas horas, así que compartimos esas noches de insomnio obligado, el nuestro de cuando nacieron nuestros mellizos y andábamos por el día medio zombis porque cuando a uno le acababas de dar el biberón, a los pocos minutos tenías que atender al otro para cambiarle los pañales. Se ve, ¿no?, que no sólo cabe hablar de montañas con estos aventureros de altos vuelos.

Y el corro aumenta en concurrencia y todos quieren saludar a Silvia y entonces nos despedimos hasta un rato después y nos abrimos paso con dificultad por el pasillo central del auditorio y date, ya estamos con nuestro ya entrañable amigo, Eduardo Martínez de Pisón. Qué humanidad la de este hombre. Hemos comido una vez juntos con otros amigos y ya estar con él es como encontrarse con un amigo de toda la vida. Qué cosas maravillosas proporciona la montaña. A ver si encontramos un rato para charlar, nos dice Eduardo. Le comento que desde que está en las redes es como quien se cruza cada mañana en la calle con un amigo. Ha venido al acto con Sebastián Álvaro y aprovecho para decirle que nos presente, que también a él quiero conocerle de tú a tú. Pero también Eduardo es asaltado por amigos y admiradores, y nos dice que le busquemos más tarde, que estará con Sebas.


El vestíbulo del auditorio está de bote en bote, es difícil abrirse paso, los camareros cruzan entre los asistentes con las bandejas en lo alto. Por allá damos con Sebas, más adusto, menos expansivo que los otros, pero cortés. Le cuento de la bronca que me pegaron José Manuel Vinches y Antonio Montes en cierta ocasión en que yo disentí con él, cuando utilizaba la palabra “tipos” para referirse a los nepalíes que habían hecho la primera invernal al K2, una expresión que a mí me parecía despectiva. Cuando una hora después le mandaba un guasap a José Manuel diciéndome que había charlado un rato con Sebas, su contestación fue muy al caso: Los dos sois buenos “tipos”, una palabra que para Sebastián no tenía en absoluto nada de despectivo entonces y que yo había interpretado mal. Como le dijera que esperaba próximamente poder compartir mesa y charla en Madrid con Juanjo San Sebastián, con quien había contactado semanas atrás, me contestaba que con Juanjo era más fácil coincidir en Alicante junto a Vinches para escalar que en Madrid. Así que ya me veía en Alicante, sometido a uno de esos deseos que me asaltan últimamente por tener enfrente a uno de esos hombres que, como decía más arriba, habitan en los rincones de mi conciencia.

Ya sólo nos quedaba echar un vistazo a ver si reconocía a alguien más, rostros, mucho, que me sonaban, pero que después de muchas décadas eran otros rostros a los que me era difícil situar, y por supuesto nombrar. En este buscar tropezamos con Pedro Nicolás, este hombre entusiasta de la montaña de enormes conocimientos que siempre está dispuesto a agasajar a su interlocutor con lo mejor de su bien hilvanado verbo. El hombre polifacético y ubicuo que te encuentras en todos los actos públicos que tengan que ver con la montaña y sus derivaciones, que aúna voluntades, que escribe mostrando el camino de parques nacionales y montañas a los aficionados y en cuyo tiempo cabe todo, presidir una sociedad de montaña, subir por los tubos de Peñalara o la Najarra, ascender al McKinley o visitar los más recónditos senderos de nuestras sierras.

Charlando todavía un rato con Silvia, y estando presente Darío Rodríguez afanado retratando a ésta, le comenté, como ya lo había hecho yo minutos antes, que bien podía intentar convencer a Silvia para que escribiera sobre esos "paseos" tan extraordinarios que se pega ella sola por las montañas del mundo. En fin, que después de charlar todavía un rato con ella, con Carlos y su mujer, nos despedimos.

A veces uno tiene la suerte de aunar en un acto único el aprecio de encontrarte con tus similares, aquellos con los que tantas cosas compartes, que conociste por los libros, por sus hechos o por su forma de entender la vida, no sólo en el espacio de la imaginación, sino también en ese agradecido tú a tú que la presencia física te depara. La vida sigue adelante, pero ahora cuando sepa de Silvia, por ejemplo, por sus actividades o por otros amigos, su recuerdo será todavía más grato. Esta familia que formamos los adictos a la montaña es una hermosa realidad que bien merece celebrar.

 

 






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