domingo, 12 de marzo de 2023

…Que es un soplo la vida

 



El Chorrillo, 12 de marzo de 2023

Anoche, Tango, de Carlos Saura, me parecía por encima de todo un magnífico espectáculo erótico, la sofisticada mezcla de atracción, dominio, el ritmo insinuante que llena cada paso de baile, la mirada desafiante, la tensión derivada de una lucha de deseos que arroban a los protagonistas, pero que ellos mismos dominan con la elegancia de sus gestos o se dejan llevar en un tira y afloja tenso y lleno de vigor. Asalto, mesura, la mirada intensa fija en el compañero de baile mientras las manos ciñen con rigor el talle de ella con parecida sensualidad a la que brilla en los ojos. Pero no hay sometimiento que valga, allí la hembra es mucha hembra y va a sostener la mirada con todo rigor. Ni una pizca de sumisión, todo lo contrario, elegante pulso, espectáculo a lo grande, hombre y mujer ahítos de sí mismos y de su propia fuerza danzan unos aferrados a otros celebrando el encuentro, soltando y pisando el freno, generando con su danza un estruendo de sables seguido por un fragor de olas de donde surge entrecortado un suspiro para en el instante siguiente convertirse en arrebato deseo contenido que poco a poco va a posarse suavemente como espuma de olas sobre la arena de la playa.

Este es el marco en el que se desarrolla el argumento de la película de Saura. Todos los escenarios vibrando burbujeantes, hirviendo como en una boca de un geiser el deseo, la contención, el echar al cielo las campanas, pero ojo, siempre la brida tensa, hasta aquí hemos llegado. Y la música que vuelve a llevarlos al otro lado del escenario en volandas, una pausa y enseguida otro arrebato, un giro, dos arcos bajo los cuales giran los bailarines siguiendo el ritmo de esa música que por allá en el mar de la Plata inquieta, seduce, habla de amor, de odio, de la añoranza o del dolor de la distancia.

En la película se trabaja en la producción de un espectáculo. Éste, según se va fraguando su desarrollo, termina convirtiéndose en el escenario del propio conflicto amoroso del protagonista. Rechazado por su pareja deambula por los platós entre puesta en escena y puesta en escena abrumado por el desencuentro. Así hasta que un rayo de claridad, uno de esos que atraviesa el crucero en la oscuridad románica de una iglesia, su mirada tropieza con otra mujer que en ese momento ensaya un tango, y a partir de ese instante comienza otro tango, éste sin música, ese tango de la vida que es el encuentro con otro amor.

Y a ritmo de tango se mueven de secuencia en secuencia a partir de entonces, el no que no es no que quiere ser un sí de ella. Él presentándose como ese cazador  que llevamos dentro desde los tiempos del nomadismo, mucho mayor que ella pero dispuesto a todo. Puro tango de la vida, pasos que mantienen el pulso sin soltar las riendas, ella danzando entre una relación que debe concluir. Música, tango, baile. Un larguísimo lento ma non troppo y ella aparece de madrugada en unos escenarios en donde él hace calceta con una idea nueva para su espectáculo y con el deseo permanentemente presente de encontrarse con ella. Y la música se detiene y se abrazan y se besan y etcétera.

Lo que sigue continúa siendo tango, el baile y la música corren a la par con la vida, la pasión, el miedo a haberla perdido, endemoniados pasos de baile que ponen al relato al borde de un ataque de nervios, la irrupción en el escenario de los horrores de Videla y demás criminales, el productor que busca no tener problemas con los militares, los coros de Nabucco inundando el escenario, la sangre que deja en suspense el film y que finalmente es tomate.

Cambiar de escenario, el de Madrid por Buenos Aires, mi cabaña o el ambiente en que he estado sumido los últimos días a estas horas –mis lecturas de la Antártida– por el escenario artístico y pasional que diseña Carlos Saura en su película, es lo suficientemente brusco como para que las sensaciones se me arremolinen por dentro. Contrastes, pasiones, las del amor y el desasosiego, deseos de explorar mundos inhóspitos, dolor, frío, muerte, reconocimiento social, la belleza de los hielos y la montaña, pero también la del baile como quien pinta las pasiones sobre el lienzo de un escenario a ritmo de tango, un tango donde siempre resuena, tanto o más que el mismo baile, el fuego y el ardor de la atracción. El hombre, que todavía lleva en sí, dice el protagonista, los imperativos del cazador y nómada que fue en sus orígenes, aparece en el tango en una confrontación en donde la mujer, sin ceder un ápice de su feminidad y su fuerza, compone con el hombre un espectáculo que es pelea de gallos, arrobo, elegancia, armonía, escenificación de pasiones elementales.

Es magnífico celebrar a Saura con este film al calor de la chimenea en este final de invierno en donde ya empieza a alumbrar la primavera, ese tiempo en que la savia comienza a fluir por los intersticios de la humana condición. Intento sondear en la historia de la música algo parecido a esta escenificación que hace el tango del hombre y la mujer danzando al ritmo encontrado de las pasiones, y no lo termino de encontrar. Ni los amores desbordantes de Tristán e Isolda ni tantos admirados duetos de amor que se escribieron expresan, me parece, con tanta fuerza ese encuentro forcejeo lucha que experimentamos tan vivamente en Tango.

 

 

 

 

 

 


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