domingo, 12 de marzo de 2023

Héroes

 

Dibujo original de Richi Pérez en Sueños de roca


El Chorrillo, 13 de marzo de 2023

Cuando era niño los héroes sólo existían en los tebeos. Los héroes eran seres muy especiales que alentaban la imaginación y semana tras semanas nos llevaban de un lugar a otro de selvas infranqueables, desiertos, o montañas en cuyas cumbres sólo los dioses y los elegidos podían poner pie. Hoy los héroes han bajado de las nubes del Olimpo y andan por la calle como todo hijo de vecino, regentan una tienda de deportes, como Ramón, son pacíficos jubilados que uno puede ver por las calles de Alicante o Moralzarzal o como días atrás con Silvia Vidal coincidir con ella como quien se encuentra con la vecina del tercero.

A muchos no les gusta la palabra héroes, del griego antiguo ρως, semidiós, que es un concepto arcaico que nombraba a seres extraordinarios mitad hombre mitad dioses. Entonces la rígida jerarquía que se establecía entre el pueblo llano y aquello que sonaba extraordinario o inalcanzable, hacía de estos personajes seres de leyenda que pareciera que no fueran de carne y hueso. Hoy, sin embargo, en que todo se ha “democratizado” y en donde el tonto del pueblo puede acceder a rey del mambo a través de Twitter o Facebook, la figura del héroe ha quedado, por obra y gracia de esa democratización, a la medida de un ciudadano corriente y que lo único que sucede es que le da por escalar altas y complicadas montañas, que no sería mucho más que aparcar en el Puerto de Navacerrada y darse una vuelta por el camino Schmidt.

Bien, no pasa nada, estupendo que un individuo que sólo ejercita el dedo pulgar para apretar el botón del mando a distancia del televisor, o que dedica los años de su vida a cazar gamusinos, se sienta a la altura de cualquier otro sapiens, sea este emperador de la Conchinchina o el primero en hacer las invernales de los 14 ochomiles. Esta ingenua ilusión, sin embargo, les hace olvidar que la excelencia, el valor, el tesón, la voluntad, la sabiduría de esos que antes llamábamos héroes, en realidad lo que representan es las esencias, lo mejor que el hombre como hombre es y es capaz de alcanzar. Nada de democratización, pues. Que siendo todos iguales somos diferentes en extremo, que entre el panzudo comedor de lentejas, los todólogos y los que no deben nada a nadie porque creen que la abundancia y la civilización nació con ellos, y aquellos que aportan su grano de arena, los que sobresalen en la investigación, en actividades montañeras, en la aventura, en las distintas ramas de las artes y las ciencias, existe el abismo de lo diferente. Al otro lado de ese abismo las voluntades de hierro, los soñadores de imposibles, los que ponen en marcha el motor de la exploración de los propios límites, son otra raza, se les llame como se les llame.

Terminé anoche con la expedición de Scott al Polo Sur y hoy después de cenar volví otra vez al libro de Ramón, Sueños de roca. Se puede imaginar que todos estos prolegómenos no vienen motivados por otra cosa que no sea esta nueva inmersión en las aventuras que ahora vuelven a reaparecer en su libro en Yosemite, en el Hoggar, en el Noroeste de Canadá. Es cierto que los héroes de otro tiempo se circunscribían a un reducido número de hombres o mujeres, mientras que hoy son tantos los que se mueven alrededor de ese filo de lo imposible que difícil sería señalarlos de uno en uno porque están por todos los lados. Pienso sin más en todos los compañeros, tantos y tan diferentes, que han acompañado a Ramón en sus aventuras a lo largo y ancho del mundo. Para mí, que conozco poca cosa y que no retengo apenas nombres propios, serían ejércitos si tuviera que señalar a todos los que aparecen en los libros que leo. Escaladores, aventureros, miles de individuos que se ponen el mundo por montera, y que nosotros, yo, lindamente sentados en el sillón de nuestra casa seguimos como si ellos fueran gente de otro planeta. Y mientras escribo tengo delante el dibujo a toda plana de Juanjo San Sebastián y Ramón en la cima del Lotus Flower Tower, allá en las cercanías del océano Ártico, dos tipos con pinta corriente que más parecen, si no fuera por su indumentaria, el budriel, el casco y los mosquetones colgando de sus cinturas, dos colegas camino del chigre.

Sí, probablemente con eso de la democratización también a ellos se les puede confundir con la gente de la calle, pero ojo, sólo en apariencia. Y hacia aquí quería llegar. Que mezclados como andamos pareciera que todos somos iguales, cuando en realidad somos tan diferentes, no sólo son diferentes Juanjo y Ramón, lo son todos sus compañeros, Chochín, que aparece en las dos páginas anteriores superando de primero un techo con una elegancia extrema, y todo un abundante número de compañeros que se atan a la misma cuerda que Ramón en una u otra ascensión.

Los héroes de nuestro tiempo –Lermontov, naturalmente–, que son aquellos que sobresalen dando patadas a un cacho de cuero lleno de aire o que aparecen en las revistas del corazón casándose y descasándose a trochi mochi, todos ellos aupados a la fama por la genuina sabiduría de una feligresía dedicada a eso, a cazar gamusinos, son la genuina raza, el modelo a imitar, los garantes de la Inopia en la que vivimos. Así que menos mal, que aún así, todavía tenemos a los otros, aquellos que nos alegran el corazón con sus aventuras y sus sueños.

 

 

 

 

 

 

 

 


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