lunes, 6 de marzo de 2023

En la Antártida a -60ºC

 


El Chorrillo, 6 de marzo de 2023

Mientras leo levanto un peso de tres kilos atado al pie. Al cabo de un buen rato me entra sueño. Me tumbo en la alfombra, me despabilo, el peso sube y baja continuamente. La tarde es de un turbio gris. Un grupo de los hombres de Scott ha iniciado su expedición de invierno, equinoccio de invierno allá por el Sur, van a la otra parte de la Barrera a estudiar la vida del pingüino emperador, el termómetro desciende hasta los –54°C. Estoy preocupado con mi pierna derecha, una condropatía que me impide cargar sobre ella. He montado un pequeño gimnasio en casa y, mientras leo o veo una película, subo y bajo las pesas con ella, fuerzo unas gomas sujetas con mosquetones al sillón o leo tumbado mientras la pierna trabaja. Tendido supino me muevo en la oscuridad por la superficie agrietada del hielo. La pequeña expedición sortea de continuo graves peligros en la oscuridad, al cabo del día todos los hombres, que arrastran grandes trineos, caen varias veces en grietas y quedan detenidos por los arneses. Es arduo imaginar el trabajo de sus compañeros para sacar de la grieta al caído a semejante temperatura y en la oscuridad. Inimaginable pensar a este grupo de ciegos abriéndose paso en medio de una tormenta, la niebla, la nevada, siempre con una temperatura que oscila entre los treinta y los sesenta grados bajo cero.

Hoy mis ejercicios han sido más prolongados, la tarde invitaba a leer y he pasado toda ella absorto con el relato de El peor viaje del mundo. Estoy empezando a sospechar que estas lecturas en tierras polares crean adicción. El sobrecogedor  llamado Viaje de invierno tiene su momento álgido  en unos días en que los expedicionarios, después de hacerse con unos huevos del pingüino emperador, motivo científico del viaje, y habiéndose protegido del frío y del viento en un pequeño refugio con una rudimentaria construcción de piedras y hielo, y habiendo depositado en la tienda a pocos metros la mayoría de su material, se desencadena una tormenta que dura días, en el transcurso de la cual el vendaval destruye el abrigo construido y se lleva por entero la tienda y todo lo que había en ella. Los expedicionarios, hambrientos, pasan varios días metidos en sus sacos de dormir a la intemperie en medio de la tormenta sin ninguna protección. Cincuenta grados bajo cero. Todos piensan que ha llegado el momento de su muerte.

A las dos de la mañana mi viaje a la Antártida ya no me va a dejar dormir, así que continuo la lectura con esa sensación de que después de esto será realmente el fin, los expedicionarios quedarán yertos entre el hielo del cabo Crozier, junto a los huevos recogidos de los pingüinos emperador. Y en ello estoy cuando me entra un mensaje de JL que habla de los despropósitos de todos los colores del clero nacional, esa gente de sotana que ha tenido sojuzgada, por no decir idiotizada, a una parte considerable de la población de este país con cuentos de hadas, sus infiernos y su represión sexual. Entre la RAE, que estos días discute si “solo”, adverbio, debe llevar tilde o no, y la plana mayor de la Iglesia Católica especulando sobre el sexo de los ángeles, induciendo a su feligresía a permanecer anclada en la Edad Media, yo mientras tanto sigo nervioso el relato de unos hombres que un siglo atrás luchaban por su supervivencia al exterior enterrados por la nieve a una temperatura de –50ºC. El contraste es tal que estos pájaros de mal agüero talados de sotana y mantos cardenalicios, llegan a despertar en mí el asombro. ¡Cómo un mundo donde existen hombres de grandísima valía, de irrenunciable valor y de un arrojo tal ha podido parir también esta clase de especímenes eclesiales, flautistas, gente ambiciosa y de retorcidas ideas, hipócritas cuya historia está bañada de sangre, guardadores de los intereses de la clase dominante, estrafalarios intérpretes del Evangelio. Y le comento a JL que es peligroso para la salud andar a esta hora enredado con esta clase de sujetos. ¿Por qué ese empeño de seguir alentando la vana y esperpéntica presencia de estos individuos que ya mismo no deberían ser otra cosa que residuos de un triste pasado?

Y sin más, tras la pausa provocada por el mensaje de JL, me vuelvo a la Antártida, al encuentro del hombre y su nobleza, a su afán por encarar las dificultades, a su dar cuenta de su propia grandeza.

A veces se me ocurre que si de la historia de la humanidad y de los hombres tuviéramos que extraer su esencia, lo mejor que los sapiens han dado al mundo, no cabe la menor duda de que hombres tan anónimos como los que componían esa expedición del Viaje de invierno, o los exploradores al otro lado del mar de Ross en la bahía de las Ballenas, es decir Amundsen y sus hombres, representan lo mejor que el ser humano tiene dentro de sí. Desposeemos al hombre de sus mezquindades, el Vaticano y sus oropeles, su insana ambición de poder con el colofón de sus masacres y sus guerras, y lo sustituimos por la hermosa inutilidad de alcanzar el Polo Sur o las montañas más altas de la Tierra, por el afán de saber del mundo que les rodea, la vida del pingüino emperador, la imperiosa búsqueda para intentar comprender el mundo que nos rodea, y lo que obtenemos es una idea del hombre hermosa y admirable.

En la expedición de Scott se valían de ponis traídos de China para el transporte. En cierto momento leyendo El peor viaje del mundo, se hablaba de los ponis y se dice lo siguiente: “Los ponis tienen una mente muy limitada y dependen casi por entero de la memoria. Rivalizan con nuestros políticos en cuanto a pobreza de intelecto”. Cuando leí esto me acordé enseguida de Lambán y sus secuaces, esa pobreza intelectual que demuestran con el asunto de la Canal Roya o sus prohibiciones de dormir fuera de un hotel o la propia casa en toda la región de Aragón. Podría haberme acordado igualmente de toda la cúpula eclesial de nuestro país, de la mentalidad dominante en nuestros días, acomodaticia, consumista, con esa tendencia a hacer de la seguridad una deidad, un mundo que se da de bruces con el espíritu que llevó, que lleva, al hombre de todos los tiempos a dar lo mejor de sí en empresas desprovistas de una finalidad de lucro.

Leyendo a Cherry-Garrard, superviviente de la expedición de Scott y autor de El peor viaje del mundo, uno siente una especie de liberación respecto a esa parte considerable de la humanidad cuyas pasiones, historia y hacer tanto se alejan de una concepción del hombre poseído por un profundo sentimiento de libertad, superación y deseo de consumar en sí un ser que ha sabido encontrar la satisfacción en la conformidad de sus actos con su conciencia, en el encuentro descarnado con la naturaleza y en el valor de la superación de sí.

 

(Mi agradecimiento a R por haber puesto en mis manos esta magnífica y entrañable aventura.)

 

Recorrido del Viaje de invierno al cabo Croizer

 


Martínez de Pison sobre la Antártida 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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