Mientras leo levanto un peso de tres kilos atado al
pie. Al cabo de un buen rato me entra sueño. Me tumbo en la alfombra, me
despabilo, el peso sube y baja continuamente. La tarde es de un turbio gris. Un
grupo de los hombres de Scott ha iniciado su expedición de invierno, equinoccio
de invierno allá por el Sur, van a la otra parte de la Barrera a estudiar la vida
del pingüino emperador, el termómetro desciende hasta los –54°C. Estoy
preocupado con mi pierna derecha, una condropatía que me impide cargar sobre
ella. He montado un pequeño gimnasio en casa y, mientras leo o veo una película,
subo y bajo las pesas con ella, fuerzo unas gomas sujetas con mosquetones al
sillón o leo tumbado mientras la pierna trabaja. Tendido supino me muevo en la
oscuridad por la superficie agrietada del hielo. La pequeña expedición sortea
de continuo graves peligros en la oscuridad, al cabo del día todos los hombres,
que arrastran grandes trineos, caen varias veces en grietas y quedan detenidos
por los arneses. Es arduo imaginar el trabajo de sus compañeros para sacar de
la grieta al caído a semejante temperatura y en la oscuridad. Inimaginable
pensar a este grupo de ciegos abriéndose paso en medio de una tormenta, la niebla,
la nevada, siempre con una temperatura que oscila entre los treinta y los
sesenta grados bajo cero.
Hoy mis ejercicios han sido más prolongados, la
tarde invitaba a leer y he pasado toda ella absorto con el relato de El peor viaje del mundo. Estoy empezando
a sospechar que estas lecturas en tierras polares crean adicción. El
sobrecogedor llamado Viaje de invierno tiene su momento
álgido en unos días en que los
expedicionarios, después de hacerse con unos huevos del pingüino emperador,
motivo científico del viaje, y habiéndose protegido del frío y del viento en un
pequeño refugio con una rudimentaria construcción de piedras y hielo, y
habiendo depositado en la tienda a pocos metros la mayoría de su material, se
desencadena una tormenta que dura días, en el transcurso de la cual el vendaval
destruye el abrigo construido y se lleva por entero la tienda y todo lo que
había en ella. Los expedicionarios, hambrientos, pasan varios días metidos en
sus sacos de dormir a la intemperie en medio de la tormenta sin ninguna
protección. Cincuenta grados bajo cero. Todos piensan que ha llegado el momento
de su muerte.
A las dos de la mañana mi viaje a la Antártida ya no me va a
dejar dormir, así que continuo la lectura con esa sensación de que después de
esto será realmente el fin, los expedicionarios quedarán yertos entre el hielo
del cabo Crozier, junto a los huevos recogidos de los pingüinos
emperador. Y en ello estoy cuando me entra un mensaje de JL que habla de los
despropósitos de todos los colores del clero nacional, esa gente de sotana que
ha tenido sojuzgada, por no decir idiotizada, a una parte considerable de la
población de este país con cuentos de hadas, sus infiernos y su represión
sexual. Entre la RAE,
que estos días discute si “solo”, adverbio, debe llevar tilde o no, y la plana
mayor de la Iglesia Católica
especulando sobre el sexo de los ángeles, induciendo a su feligresía a
permanecer anclada en la Edad Media,
yo mientras tanto sigo nervioso el relato de unos hombres que un siglo atrás
luchaban por su supervivencia al exterior enterrados por la nieve a una
temperatura de –50ºC. El contraste es tal que estos pájaros de mal agüero
talados de sotana y mantos cardenalicios, llegan a despertar en mí el asombro.
¡Cómo un mundo donde existen hombres de grandísima valía, de irrenunciable
valor y de un arrojo tal ha podido parir también esta clase de especímenes
eclesiales, flautistas, gente ambiciosa y de retorcidas ideas, hipócritas cuya
historia está bañada de sangre, guardadores de los intereses de la clase dominante,
estrafalarios intérpretes del Evangelio. Y le comento a JL que es
peligroso para la salud andar a esta hora enredado con esta clase de sujetos. ¿Por
qué ese empeño de seguir alentando la vana y esperpéntica presencia de estos individuos
que ya mismo no deberían ser otra cosa que residuos de un triste pasado?
Y sin más, tras la pausa provocada por el mensaje de
JL, me vuelvo a la Antártida,
al encuentro del hombre y su nobleza, a su afán por encarar las dificultades, a
su dar cuenta de su propia grandeza.
A veces se me ocurre que si de la historia de la
humanidad y de los hombres tuviéramos que extraer su esencia, lo mejor que los
sapiens han dado al mundo, no cabe la menor duda de que hombres tan anónimos
como los que componían esa expedición del Viaje
de invierno, o los exploradores al otro lado del mar de Ross en la bahía de
las Ballenas, es decir Amundsen y sus hombres, representan lo mejor que el ser
humano tiene dentro de sí. Desposeemos al hombre de sus mezquindades, el
Vaticano y sus oropeles, su insana ambición de poder con el colofón de sus
masacres y sus guerras, y lo sustituimos por la hermosa inutilidad de alcanzar
el Polo Sur o las montañas más altas de la Tierra, por el afán de saber del mundo que les
rodea, la vida del pingüino emperador, la imperiosa búsqueda para intentar
comprender el mundo que nos rodea, y lo que obtenemos es una idea del hombre hermosa
y admirable.
En la expedición de Scott se valían de ponis traídos
de China para el transporte. En cierto momento leyendo El peor viaje del
mundo, se hablaba de los ponis y se dice lo siguiente: “Los ponis tienen
una mente muy limitada y dependen casi por entero de la memoria. Rivalizan con
nuestros políticos en cuanto a pobreza de intelecto”. Cuando leí esto me acordé
enseguida de Lambán y sus secuaces, esa pobreza intelectual que demuestran con
el asunto de la Canal Roya
o sus prohibiciones de dormir fuera de un hotel o la propia casa en toda la
región de Aragón. Podría haberme acordado igualmente de toda la cúpula eclesial
de nuestro país, de la mentalidad dominante en nuestros días, acomodaticia,
consumista, con esa tendencia a hacer de la seguridad una deidad, un mundo que
se da de bruces con el espíritu que llevó, que lleva, al hombre de todos los
tiempos a dar lo mejor de sí en empresas desprovistas de una finalidad de lucro.
Leyendo a Cherry-Garrard, superviviente de la
expedición de Scott y autor de El peor viaje del mundo, uno siente una
especie de liberación respecto a esa parte considerable de la humanidad cuyas
pasiones, historia y hacer tanto se alejan de una concepción del hombre poseído
por un profundo sentimiento de libertad, superación y deseo de consumar en sí
un ser que ha sabido encontrar la satisfacción en la conformidad de sus actos
con su conciencia, en el encuentro descarnado con la naturaleza y en el valor de
la superación de sí.
(Mi agradecimiento a R por haber puesto en mis manos
esta magnífica y entrañable aventura.)
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