miércoles, 1 de marzo de 2023

De Madrid al cielo

 



El Chorrillo, 2 de marzo de 2023

Mañana de paseo por el Retiro. Frío, sol de invierno, paseantes ociosos, corredores, turistas, quien ha elegido un banco para leer, una señora con su perrito sobre el regazo, los árboles desnudos, entre las ramas de los árboles la estatua ecuestre de Alfonso XII, alrededor del Palacio de Cristal un gentío de turistas. Me paro a hacer algunas fotos a través de la oquedad que se abre frente al palacio. Después termino dándome de bruces en el Palacio de Velázquez con una exposición de Manolo Quejido.

Entro. A la izquierda un panel presentando al artista. Leo: “Son varias las distancias sin medida de esta exposición, de Manolo Quejido. “Distancias ínfimas, o desmesuradas, o desconocidas: todas participan de la cualidad de lo no conmensurable”. Total, que me rasco la cabeza, estoy de nuevo ante uno de esos textos tan frecuentes en la presentación de exposiciones donde se ha usado un significante con el que difícilmente se llegar a entrever el significado. Eso, o que yo soy muy torpe. De todos modos no me dejo liar y paseo por la exposición a la búsqueda de lo que me pueda gustar y enseguida lo encuentro por aquí o por allá diseminado entre otros cuadros que me son indiferentes. Las sugerencias de muchos cuadros de Quejido cuadran con mis apreciaciones de la realidad, por ejemplo, este cuadro de más abajo que yo debidamente repinto, suprimo los colores vivos de la derecha, dejo a ese personaje junto al río en la semioscuridad bañando sus pies en el agua junto a la pequeña cascada y ya tengo un momento de esos que siempre imaginé en el trajinar por los bosques de Dersu Uzalá, el personaje de la novela de Vladímir Arséniev y de la película de Kurosawa. El bosque, la oscuridad, el silencio, el canto de algún cárabo en la renegrura de la noche. Me gustan los cuadros que invitan a que el yo espectador reinterprete y repinte lo que allí se representa.

Poco más allá me encuentro con esa circunstancia en que uno se imagina que al pintor se le han acabado todas las pinturas y por no salir de casa y darse una caminata termina pintando con el único color que le queda, el azul, de manera que como a Picasso en la época azul la circunstancia hace del cuadro un íntimo encuentro de dos amigas en la semioscuridad probablemente de un bar. Mientras ellas charlan la brisa levanta los visillos y los parroquianos conversan mientras beben cualquier cosa. Un trabajo de síntesis, la pequeña historia entre amigas.

Ésta que aparece más abajo no es una terrorista apuntando con la pistola a alguien, sólo está tendiendo el teléfono a su amiga para que le haga un retrato.

Manolo Quejido, Distancia sin medida. Distancias, secuencias de una evolución artística que no espera a que reposen sus ideas en los límites de un tema, un modo de hacer pintura y que se reinventa a cada paso que das en la sala, riendo, jugando, danzando con los colores y las formas, creando nuevos modos de expresión. A veces me imagino la gestación de estos cuadros como un arranque intuitivo, ese parecido al que nace de unas pocas palabras caídas como por ensalmo en la mente de uno y que más tarde dan lugar a un texto mayor, al desarrollo de una idea. En aprovechar esos arranques, esas chispas de la mente para tirar de ellas hacia los confines de un pensamiento, consiste el trabajo del artista.

 

De allí salgo con las manos en los bolsillos, distraído miro aquí y allí, un centenar de quiceañeros arman bulla a las puertas del Palacio de Velázquez. Subo la cuesta que me lleva hacia el estanque y me detengo ante la fuente de la Alcachofa donde un tritón y una nereida sujetan un escudo de armas de Madrid. Hoy me ha dado por redescubrir Madrid. Últimamente, desde que la pandemia me encerró en casa durante dos años, descubro Madrid cada vez que me doy una vuelta por él. Todo me llama la atención, las fachadas, las fuentes, las esculturas, los forjados de los balcones, ese cielo azul de invierno en donde navegan pequeñas barquichuelas blancas.

Junto al estanque del Retiro suena la música de un saxo. Más allá las palomas hacen la corte a Felipe II sobre un caballo que contempla divertido todo el follón de los barqueros allá abajo. Mientras, su jinete está tan abstraído que apenas se entera de lo que sucede en la España de su tiempo.

Y me encuentro con Victoria en un restaurante de la calle Alcalá y de allá nos vamos caminando a ver la exposición de Lucien Freud en el Thyssen, pero antes pasamos bajo la fachada de la parroquia de San Manuel y San Benito, que pareciera que viera por primera vez después de haber pasado en cientos de ocasiones junto a ella, su bella cúpula, sus arcos ojivales y su torre cuadrangular se alzan al cielo entre las desnudas ramas de los olmos con una imperiosa decisión que llama la atención en este mundo que poco a poco se va haciendo de hecho cada vez más ateo. Dios va quedando como reliquia, pero cuántas cosa bellas nos seguirá dejando por el camino.

 Más allá, en una de esas rotondas perdidas entre la arboleda del parque nos tropezamos con la estatua de la Mujer sedente, tranquila, apaciblemente sentada, parece que se hubiera dado una vuelta por el Retiro y estuviese acaso pensando en un lejano amado del que espera recibir una carta.


Entramos en las salas de Lucien Freud en el Thyssen. De esta manera entendió Freud la pintura: “¿Qué le pido a la pintura? Le pido que asombre, perturbe, seduzca, convenza”. Aprecio además el espíritu con el que se acerca a su propio trabajo: “Soy una especie de biólogo. Mi interés por el ser humano como tema es el de un observador atento y un estudioso de las personas”. Nada de esas concepciones algo grandilocuentes que pretenden hacer del arte un ente metafísico de altos vuelos. Me gusta este pintor. La realidad es casi siempre una entidad  que necesita de un observador avezado para encontrar lo que ella encierra, tantas veces un potencial que sólo se revela a las sensibilidades atentas, y quizás sea la mano del artista la mejor garante para descubrir su esencia. Así explica esta idea Freud: “Cuando pinto mi intención es provocar sensaciones al ofrecer una intensificación de la realidad”. Dejo más abajo algunos cuadros de muestra:



 

Apresado entre las impresiones del día, el Retiro, las pinturas de Manolo Quejido y Freud y la hermosa luz de invierno que se veía a la tarde sobre el edificio del Ministerio de Agricultura en Atocha, ahora en el tren camino de casa, me sumerjo de nuevo en los trabajos de Scott y en la inquietud que les ha sobrevenido al saber que Amundsen estaba acampando ya en la bahía de las Ballenas a no muchas millas de ellos. Levanto la vista: Cercanías abarrotado, el sol bañando con su luz de tarde la ciudad que se aleja. Amundsen y Scott, dos pioneros para capitanear la travesía de los hielos de la Antártida, un drama en ciernes, el valor de este puñado de hombres.

Y llegamos a Humanes y guardo en la mochila a Scott, a Amundsen y a sus compañeros y después de atravesar los torniquetes comentamos que no sería poner una pica en Flandes bajar con más frecuencia a visitar rincones y rincones de Madrid que yacen por ahí como esperando ser redescubiertos. Días atrás fue Lavapiés y sus alrededores. Ahora que hemos dejado de viajar lo mismo podemos dedicarnos a mejorconocer la ciudad que nos vio nacer.



Chico con chistera, Walt Kuhn

 





 

 

 


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