martes, 28 de febrero de 2023

Para raros, nosotros

 



El Chorrillo, 1 de marzo de 2023

Los sapiens somos realmente unos bichos raros abocados a hacer cosas estrambóticas, eso de meter la lengua en todos los rincones del cuerpo que abrazas, por ejemplo, esa fruición con la que nos agarramos a él y recorremos con recogimiento y llenos de ternura sus valles y oquedades, ese gemir irreprimible que te asalta que ni los gatos serían capaces de imitar. Ah, y esa pasión sin más con la que se lame el origen del mundo o un falo como si fueran un chupa chus…

Sin ninguna duda somos los seres más raros del planeta, bastaría citar cómo nos matamos unos a otros o como a algunos se les va la vida acumulando lingotes de oro con los que adornar su tumba. Ningún ser del planeta tortura a sus semejantes como lo han hecho los sapiens, ni los quema vivos en una hoguera como lo hacía la Iglesia Católica, ni los mata a millares en cámara de gas como lo hicieron los cultos y sofisticado alemanes, o quema a niños, mujeres y hombres como lo hicieron nuestros contemporáneos norteamericanos en Vietnam.

Somos tan raros que, como decía aquel jefe de los papalagis de la isla de Samoa, hasta los mocos nos metemos en el bolsillo, una rareza que a la excepción de los ciclistas casi todo el mundo practica.

Hay rarezas de todo tipo. Unas buenas y bien venidas que alegran el cuerpo de quienes las practican, otras simplemente deplorables porque alteran la concordia y el bienestar de la colmena humana, como es la práctica de los usureros y las otras las sin nombre donde el hombre pone al descubierto lo más terrible que alberga su interior.

De todos modos no conviene mezclar churras con merinas, que lo que a mí más me sugería la mañana cuando desperté eran esas rarezas que nos dejan el cuerpo contento y como para comenzar el día con el gusto de quien ha descubierto que si hay una verdad absoluta es esa que se gesta cuando uno de imaginación o de hecho se mete a recorrer y a acariciar dunas y bosquecillos de ese magnífico laberinto a la búsqueda de la humedad primera que surge del origen del mundo. Luego, de andar con la carretilla de un lado para otro recogiendo ramas de palmera, rosales o restos de la poda de las parras, la cosa se me pasó y ya entré en el campo de la normalidad, la de un vecino corriente que atiende al mantenimiento de una pequeña parcela de terreno, pero antes, lo que se dice un par de horas antes, me hacía cruces incrédulo de que unos seres tan aparentemente formales en donde la mayoría lleva corbata, se llaman de usted y ponen cara circunspecta desde su función de funcionario atendiendo en una ventanilla, pudieran haber esa misma mañana despertado con un chupa chus o una vulva entre los labios. Vamos que no me cuadraba. Estar a la cola en una de la ventanillas de la Agencia Tributaria o en la de la pescadería en la tienda de la esquina e imaginarte a unos y a otros con semejante caramelo en la boca, se me hacía tan increíble como ver aparecer por allí un marciano o un perro verde.

Hay tantas y tantas cosas por las que sorprenderse, tantas cosas que comprender que no nos dará la vida para asimilar tanta complejidad, las paradojas que vivimos, los afanes encontrados, la manera en cómo los sapiens poco a poco hemos aprendido a dar el esquinazo a los afanes de la Especie por reproducirse… Visitando humedales y espléndidos cuerpos de melocotón o dando riendas a la imaginación el sapiens sapiens hizo de lo corriente y normal en todas las especies animales, un sofisticado manojo de rarezas que, sin necesidad de particulares enseñanzas ni de tener que asistir a ninguna universidad terminaron por convertirse, en el recinto mágico de la intimidad, en una más de las maravillas que pueblan el planeta. Aquello podría ser todo lo raro que se quisiera, se debieron de decir, pero sucedía como en el Génesis cuando Yahvé creó la luz que  vio que aquello era tan bueno que siguió con la creación; así los iniciados en las rarezas, que debieron de decirse, pues adelante con los faroles.

Lo dicho, para raros nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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