El Chorrillo, 1 de marzo de 2023
Los sapiens somos realmente unos bichos raros
abocados a hacer cosas estrambóticas, eso de meter la lengua en todos los
rincones del cuerpo que abrazas, por ejemplo, esa fruición con la que nos
agarramos a él y recorremos con recogimiento y llenos de ternura sus valles y
oquedades, ese gemir irreprimible que te asalta que ni los gatos serían capaces
de imitar. Ah, y esa pasión sin más con la que se lame el origen del mundo o un
falo como si fueran un chupa chus…
Sin ninguna duda somos los seres más raros del
planeta, bastaría citar cómo nos matamos unos a otros o como a algunos se les
va la vida acumulando lingotes de oro con los que adornar su tumba. Ningún ser
del planeta tortura a sus semejantes como lo han hecho los sapiens, ni los
quema vivos en una hoguera como lo hacía
Somos tan raros que, como decía aquel jefe de los
papalagis de la isla de Samoa, hasta los mocos nos metemos en el bolsillo, una rareza
que a la excepción de los ciclistas casi todo el mundo practica.
Hay rarezas de todo tipo. Unas buenas y bien venidas
que alegran el cuerpo de quienes las practican, otras simplemente deplorables
porque alteran la concordia y el bienestar de la colmena humana, como es la
práctica de los usureros y las otras las sin nombre donde el hombre pone al
descubierto lo más terrible que alberga su interior.
De todos modos no conviene mezclar churras con
merinas, que lo que a mí más me sugería la mañana cuando desperté eran esas
rarezas que nos dejan el cuerpo contento y como para comenzar el día con el
gusto de quien ha descubierto que si hay una verdad absoluta es esa que se
gesta cuando uno de imaginación o de hecho se mete a recorrer y a acariciar
dunas y bosquecillos de ese magnífico laberinto a la búsqueda de la humedad
primera que surge del origen del mundo. Luego, de andar con la carretilla de un
lado para otro recogiendo ramas de palmera, rosales o restos de la poda de las
parras, la cosa se me pasó y ya entré en el campo de la normalidad, la de un
vecino corriente que atiende al mantenimiento de una pequeña parcela de
terreno, pero antes, lo que se dice un par de horas antes, me hacía cruces
incrédulo de que unos seres tan aparentemente formales en donde la mayoría
lleva corbata, se llaman de usted y ponen cara circunspecta desde su función de
funcionario atendiendo en una ventanilla, pudieran haber esa misma mañana
despertado con un chupa chus o una vulva entre los labios. Vamos que no me
cuadraba. Estar a la cola en una de la ventanillas de
Hay tantas y tantas cosas por las que sorprenderse,
tantas cosas que comprender que no nos dará la vida para asimilar tanta
complejidad, las paradojas que vivimos, los afanes encontrados, la manera en
cómo los sapiens poco a poco hemos aprendido a dar el esquinazo a los afanes de
Lo dicho, para raros nosotros.

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