El Chorrillo, 5 de septiembre de 2022
Pues es que un amigo que sólo conserva parcialmente
los libros que lee, que regala el resto o que los almacena en un lugar de uso
público, esta mañana me dio una sorpresa. A mí, que me gusta estar rodeado por
libros que he leído a lo largo de mi vida, viejos amigos a cuyos lomos levanto
la vista a ratos para recordar tantas y tantas horas pasadas en su compañía,
libros que en ocasiones miro con agradecimiento porque una parte considerable
de lo que soy se lo debo a ellos; a mí que me gusta estar rodeado por ellos,
decía, decorando las paredes de mi cabaña, de mi casa, me chocaba que mi amigo
se desprendiera así por las buenas de sus libros. Y me sorprendió más porque
ayer tarde había decidido recuperar alguno de sus libros de montaña que yacían
en una alta estantería de un edificio anexo como el arpa de Bécquer esperando
en algún momento la caricia de su antiguo dueño. Como tenía que pasar por la
huerta, además de la carretilla llevaría también la escalera y se pasaría por
el local en donde estaban almacenados los libros. Así que llegó al local con la
carretilla y la escalera, trepó por ella como si estuviera subiendo por los
mogotes de
del salón en el ángulo
oscuro,
de su dueño hasta entonces tal vez olvidados
silenciosos y cubiertos de polvo,
veíanse sus viejos libros de montaña
Sus libros, tantas aventuras por las montañas del
mundo cariñosamente leídos desde la juventud, resucitaban bajo una leve capa de
polvo al contacto de las yemas de sus dedos como aquella princesa dormida del
cuento. ¡Desagradecido!, se le oyó enfadado decir a un viejo tomo mientras se restregaba
los ojos llenos de sueño cuando vio aparecer la cabeza de aquel conocido. En la
portada se podía leer: El nudo infinito.
Al mismo tiempo, al otro lado, en el extremo de la estantería, un empolvado
volumen que llevaba el título de Estrellas
y borrascas, se desperezaba bostezando como quien es despertado dentro de
su saco de dormir tras una larga noche de farra. En aquel momento hubo un
movimiento de sábanas en la estantería, El
primero de la cuerda levantaba entonces la cabeza preguntándose qué coño
pasaba, si es que acaso una vez más los ratones andaban por allí comiéndole los
pies a alguno. Qué va, contestó Los
conquistadores de lo inútil, parece que nuestro dueño, ese que nos dejó aquí
abandonados hace una década, ha empezado a echarnos de menos y viene a hacernos
una visita. Efectivamente, en ese momento, Toño, que parecía buscar
expresamente un determinado volumen, soltó un “te encontré, bandido” y, sacando
un grueso tomo en cuya portada se veía el careto de un tipo con mucho pelo sobre
el que se elevaba un prominente pico nevado, el Everest, lo miró detenidamente
para comprobar que era el libro buscado; dio unos golpecitos con él en el borde
de la estantería para liberarlo del polvo y, ya descendía escalera abajo con él
en la mano, cuando le entró la curiosidad y pensó que ya que estaba allí arriba
lo mismo podría rescatar otros volúmenes; al fin y al cabo la carretilla estaba
allí abajo y no había más que acarrear todo aquello hasta casa. En casa no había
sitio para más libros, pero… ya encontraría el modo de tenerlos cerca.
Estrellas y borrascas y Montañas de una vida se habían asomado decepcionadas al borde de la
estantería al ver que mi amigo se largaba sin más con el volumen de Messner
bajo el brazo. Cariacontecidas, se resignaban ya a otro largo periodo de
hibernación allá arriba en la oscuridad de un desván cuando, al ver que Toño se
detenía, dieron un respingo, contuvieron la respiración y simularon que dormían.
Primero vieron aparecer el pelo entrecano de mi amigo, después la cabeza
entera. Contemplaron cómo miraba como quien va reconociendo aquí y allá a
viejos camaradas, conmilitones de los tiempos aquellos en que la pasión por la
montaña era semejante a esa rata de que habla Kurtika en su libro El Maharajá chino y, esperanzados por la
idea de que hubiera cambiado de opinión y deseara también rescatar a ellos
mismo de la oscuridad y el abandono, guardaron silencio a la espera de
acontecimientos.
Annapurna, primer
8000, en cuyo interior dormía
la odisea de la primera ascensión a esa montaña y que había conseguido
consternar a Toño con el dramático relato del regreso de Maurice Herzog y el
resto de la expedición a la civilización, despertado por sus compañeros Estrellas y borrascas y Montañas de una vida, no daba crédito a
sus ojos viendo asomar a medio metro de su lomo el rostro de Toño.
Desagradecido, pensó enseguida para sí, mira que tenernos aquí abandonados en
medio de la oscuridad… Pero pareció calmarse cuando sintió la mano de Toño sobre
su cuerpo. Éste pasaba el dedo índice sobre el piolet que Maurice Herzog (¿o
era Louis Lachenal?) sostenía en alto sobre la cumbre del Annapurna. Era casi
una caricia, la aglutinación de los recuerdos, la lucha del hombre por
superarse a sí mismo y conocer sus límites. Pensó que a Toño se le estaban posando
levemente como copos de nieve sobre el alma los recuerdos. Recuerdos de
lecturas, recuerdos de una vida dedicada a la montaña.
Se había armado un pequeño alboroto en toda la
estantería, Cho Oyu, de Herbert Tichy, Mi mundo vertical, Del Tirol al Nanga Parbat y
Toño había dejado Everest en solitario en uno de los escalones y, parece que no
hubiera dado tiempo a su pensamiento a considerar lo que iba a hacer, porque de
pronto, sin más, empezó a apilar un libro tras otro con la determinación de que
aquellos viejos amigos bien merecían un lugar más cercano a su corazón. Ellos,
todos, ahora eran Cita con la cumbre
y Hacia el trono de los dioses, de
Herbert Tichy, quien parecía llevar la voz cantante, regocijados y contentos no
pudiendo contener su emoción de repente rompieron a cantar
Là su per le montagne
Tra boschi e valli d'or
Tra l'aspre rupi echeggia
Un cantico d'amor
… La montanara, ohé
Si sente cantare

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