El Chorrillo, 8 de septiembre de 2022
Esta tarde las ramas y las hojas de los árboles de nuestra
parcela están de cháchara. Tenía el cuerpo cansado de mi última salida al monte
y, repantigado en el sillón y con los pies en alto sobre una banqueta, oía el
murmullo de las hojas como si estuviera rodeado por la música marina de Debussy.
Era claro que en pocos minutos entraría en el reino de lo sueños. La flauta de La mer, la espuma del ribete de las olas
acariciaba, tal parecía, por dentro mis sentidos a punto de sucumbir al
cansancio de tal manera que me prometí que no me dormiría, que me quedaría allí
acurrucado dentro de mí mecido por esa ola de sensaciones que la música del
viento tañía en la pelambrera de los árboles.
Ni qué decir que fue inútil oponerme a la pesantez con la
que el sueño había empezado a apoderarse de mí. En pocos minutos me encontré
sumido en un profundo y pesado sueño en donde no había lugar alguno para que mi
otro yo saliera del subconsciente a fraguar alguna aventura. Tan profundamente
dormido estaba también él. Me pregunto qué sucede dentro de nosotros cuando el
yo de la vigilia y el yo que sueña, ambos, duermen profundamente dejando que la
vida, eso que hace que el tic tac del reloj del corazón siga funcionando ininterrumpidamente,
que los pulmones inspiren e expiren, que los riñones filtren los líquidos, que
la sangre llegue a todos los rincones del cuerpo; dejando que la vida se las
apañe por sí sola. La vida biológica no deja de ser una de las cosas más
extrañas del mundo. Que un sofisticadísimo mecanismo de relojería nos
despierte, nos diga cuando debemos comer o beber o cuando debemos sentarnos a
reponer fuerzas, o dormir, o tener relaciones sexuales o ponernos un abrigo.
Todos esos motores y sustancias que ponen en funcionamiento cada una de las
partes de nuestro cuerpo, y que trabajan noche y día con la única condición de que mantengamos suficiente combustible y oxígeno
a su disposición para su funcionamiento, ni más ni menos como ese automóvil que
nos lleva de acá para allá. Tienen sin embargo un notable defecto, y es que si
se paran no hay manera de arrancarlos después. No hay llave de contacto ni
motor de arranque que valga para poner en funcionamiento de nuevo el cuerpo. Ya
en el siglo XVIII el médico e investigador Luigi Galvani quiso hacer volver a
la vida a unas ranas a base de descargas eléctricas. Algunos científicos de
aquella época llegaron a plantearse si la electricidad no sería en realidad el
descubrimiento de la chispa divina.
Bueno, el caso es que te duermes profundamente, paras tu
motor mental, que no el otro que sigue con sus tictacs y demás, pero por allí
debe de haber un empleado de guardia con el reloj en mano que pasada media, una
hora, agita su palo de sereno sobre tus párpados y te dice ¡hala, venga, que ya
has dormido bastante! Y te despiertas, pero no del todo, que tu cuerpo tras la
siesta ha quedado tan tieso como las ranas de Luigi Galvani y ahora lo que
necesita es una fuerza de voluntad que, renuente y perezosa, hace mutis por el
foro y pretende seguir durmiendo hasta el día del juicio final. Pero, ah, no
pasa mucho tiempo antes de que el candidato a despertarse empiece a tirar del
hilo del recuerdo y caiga en el momento previo en que se precipitó en el
pozo del sueño: la cháchara de las hojas de los árboles, sí. Así que sin
accionar ningún motor de arranque mi cuerpo se pone en funcionamiento
lentamente, primero es la música que sigue sonando en el envés de las hojas de
los árboles, la oye lejana como esa brisa que poco a poco, despacio, se va
acercando al bosque preludiando acaso la tormenta para un rato después. ¿No
habéis vivido esta experiencia alguna vez? Estás tranquilamente dormido en tu
saco de dormir y de repente una breve brisa agita tu tienda; te das por
enterado y sigues durmiendo, pero un rato más tarde, siempre a paso retardado,
la brisa se convierte en viento, el bosque agita sus brazos y sus hojas y a no
más tardar ya tienes allí un final de sinfonía a lo Beethoven que parece hundir
el mundo. En mi caso de hoy no, que lo único que sucede es que vuelvo a ser
plenamente consciente de ese placer que me producía la música de los árboles,
especialmente las de ese álamo blanco parlanchín que tengo a pocos metros de la
cabaña.
Tras esa conciencia que despierta poco a poco, son los
músculos que, renuentes al llamado del palo del sereno, abotargados y como si
los hubieran momificado, se niegan a moverse. No hay voluntad que valga, allí,
mi cuerpo estirado como alguien a quien tuvieran que sacar con los pies por
delante, calla con la misma fuerza con la que cerramos los ojos y queremos
dormirnos cuando sospechamos que el despertador va a sonar en un instante. Ah,
dormir; placer como ninguno, permanecer con los ojos cerrados, el gusto de tus
músculos adormecidos, la voluntad como en la barcarola de Offenbach meciéndose en
compás de seis por ocho en el final del sueño, tú en una góndola dentro del movimiento
pausado de los remos sobre las olas. ¿Quién coño es capaz de levantarse de la
siesta metido en este agradable vaivén de olas?

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