El Chorrillo, 4 de septiembre de 2022
El mito establece que en
Esta mañana había un comentario de Ana Jordán en mi
post de ayer que decía: “Siendo fácil la crítica de ciertos comportamientos humanos
yo no quisiera descubrir cómo puede uno actuar en pleno peligro en un mundo
hostil a la hora de la toma de decisiones.....casi doy gracias por no tener que
averiguar mi humana e imperfecta actuación”. Si como pienso somos seres
mediatizados por una moral heredada desde tiempos ancestrales, probablemente
desarrollada desde un estado indiferenciado o selvático por una especie de
darwinismo que tendía a mejorar nuestras condiciones de vida, nuestra seguridad
y armonía con los otros, el imperativo moral necesariamente debía de orientarse
a la parte social que cada uno somos. Sin embargo ello no impide que los
intereses del individuo como tal entren en conflicto con esa moral asimilada e introyectada a lo largo
de la vida. Alguien está en apuros, pero ayudarle supone poner en riesgo mi
propia vida. ¿Qué hacer? Estoy por encima de los ocho mil metros en el K2 en
circunstancias extremadamente difíciles y agotadoras y tropiezo con alguien que
necesita ayuda, que por otra parte difícilmente se la puedo ofrecer; ¿qué hago?
Situaciones de conflicto moral que muchas veces no tienen solución y que sólo
son contemplables, asuntos acaso para la especulación intelectual de todos los
ociosos que estando desde nuestras casas cómodamente sentados en un sillón
especulamos sobre el bien o el mal.
Cuando leo el comentario de Ana lo que me sucede es
que me atasco en mis consideraciones, porque con quien tropiezo es con mi yo, al
que, al ponerse en una de esas situaciones de conflicto, el mandato moral se le
atraganta. ¿Yo o el herido? O peor todavía, ¿el herido, aquel sherpa fallecido
en una grieta en la expedición de Messner, o mi deseo indeclinable –tantos
esfuerzos, tanto dinero, tanto trabajo durante meses– de alcanzar a toda costa
la cumbre? Porque no es lo mismo juzgar desde el confort de nuestra casa que haciéndolo
teniendo en el cuerpo meses y meses de preparación, de esfuerzo, de enervante
pasión comiéndote el cuerpo y el alma y estando en unas condiciones de extrema
dificultad. Las facilidades que tenemos hoy para decir las cosas a los cuatro
vientos, el apresuramiento de los likes, la abundancia de los todólogos en que
a veces parecemos habernos convertido, es verdad que nos resta en ocasiones
objetividad y un tanto de irresponsabilidad en nuestras consideraciones.
Me hace pensar esa coletilla de Ana: “Casi doy
gracias por no tener que averiguar mi humana e imperfecta actuación”. Los
males, nuestros propios egoísmos y deseos andan encerrados en la vasija de
Pandora y hoy a mí me sucedía algo parecido a Pandora; me puede la curiosidad y
al mirar dentro de la caja echan a volar asuntos que ya no conciernen a
Messner, a Lina, a ninguna expedición, sino me conciernen a mí porque después
de haber planteado ayer ciertos interrogantes en mi post a raíz del
comportamiento de los expedicionarios del Everest, el bumerang me llega esta
mañana de retorno para hacerme nuevas preguntas. ¿De verdad cuando vemos inaceptable ciertas
conductas que tienen lugar en entornos y circunstancias difíciles que nosotros
no hemos vivido ni viviremos jamás, tenemos mínimamente en cuenta cuál sería
nuestro comportamiento en esas circunstancias? El no juzgues y no serás juzgado
del Evangelio no sirve porque acaso
ni siquiera juzgamos; son nuestras reflexiones las que quizás deberían tener un
tiente más objetivo, incluso más empático con los sujetos objeto de
consideración. Hacemos punto de bolillos en casa mientras allá otra gente
etcétera etcétera…
Aún así parece que sea
imposible dejar de posicionarse. Ayer, poco antes de llegar en mi lectura de Montañas que me dais la vida al pasaje
de Henry James, había algo que cuadraba en este lugar. Leía entonces La broma infinita, de David Foster
Vallance y en un pasaje, un personaje, ante la propuesta de un compañero que
defendía cierta clase de heroicidad, el primero hacía esta rotunda afirmación: “Yo sólo moriría por mí mismo”. En
aquellos días de lectura y caminar yo por los Alpes, un joven español había
muerto apuñalado por un terrorista en París mientras intentaba proteger a
alguien de esos mismos terroristas. La prensa lo había llenado de halagos e
incluso el presidente de gobierno, entonces Rajoy, había ido al aeropuerto a
recibir el féretro. Era un asunto que debió de quedar en interrogante en mi
cabeza y que volvía a aflorar entonces empujado por otras circunstancias. Este
joven, Echevarría creo que se llamaba, en el visto y no visto de unas
circunstancias imprevistas ¿realmente llegó a ser del todo consciente del
fregao al que se estaba enfrentando? ¿Actuó por instinto? ¿Tuvo tiempo de hacer
un análisis de la situación y tomar un decisión? ¿Qué es lo que merece la pena,
reflexionaba yo entonces, y qué no en esas circunstancias, una situación, esa y
muchas más de las que estaban sucediendo en Europa y que eran consecuencia
directa de las muertes (un millón y medio) provocadas en Irák por Estados
Unidos, Reino Unido, España y
Era una nota más que añadir a ese cuadro en donde los
conflictos de moral confluyen. El yo y la sociedad, los otros, frecuentemente
encuentran entre si incompatibilidades que hacen que el individuo, quizás
avergonzado en su interior, otras no, se decante por atender a su propio interés
o al de los suyos en lugar de ayudar al prójimo. Pero, como tantas veces,
¿dónde está la línea divisoria que nos debería hacer optar por nosotros o los
demás? ¿Qué es lo que determina, o debería determinar dirigirme al propio
interés o al de los demás? Al Himalaya va mucha gente, preparada y no tan
preparada. ¿Tendrán, digamos a modo de ejemplo para intentar arrojar algo de
luz a eso que llamamos moral, aquellos que van bien preparados que atender a la
demanda de ayuda de tantos otros para los cuales una ascensión les viene grande?
Es duro hacerse esta pregunta, pero es perfectamente comprensible. Un alpinista
solitario que ascendiera al K2 y se encontrara a uno de esos tropecientos que
subieron todos juntos en malas condiciones abandonado por sus compañeros, ¿en
qué situación de conflicto moral se encontraría? ¿Todos hemos de hacer necesariamente
de samaritanos en la vida?
Desde el punto de vista del espectador, cierta moral al uso quizás no deja de ser en las redes sociales en algún sentido más que otro producto de consumo. Nos hemos convertido en voraces consumidores de noticias en donde nuestra bendita moral necesita un hisopo en cada mano para bendecir o denostar desde nuestro sillón lo que los noticieros nos van sirviendo.

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