domingo, 4 de septiembre de 2022

La caja de Pandora y la moral

 




El Chorrillo, 4 de septiembre de 2022

El mito establece que en la Caja de Pandora se encerraban todos los males del mundo; sin embargo cuando Pandora, que había recibido de Zeus la caja (una tinaja) con la orden de no abrirla jamás, la abre y escapan de ella todos los males del universo, sólo quedaba en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza (la esperanza es lo último que se pierde). Si partimos de la idea de que la moral es una ficción como tantas otras, la religión, el dinero, etc., que ayudan a la humanidad a organizar una existencia más acorde con el bienestar común y que por tanto se nos impone como una contribución al espíritu de la colmena, la sociedad, quizás el individuo se pudiera plantear objeciones a la misma en base a que el dictado moral puede ser perfectamente cuestionable. Actos que son inmorales en unas culturas, pueden no serlo en otras y actos que siglos atrás eran penalizados hoy son reivindicados como derechos fundamentales. Cuestiones relacionadas con el género y el sexo, por ejemplo, han pasado por un largo historial en el que la moral ha demostrado ser tan maleable como la plastilina. Lo que es de justicia y lo que no tienen un lugar inestable en la mentalidad de la gente, y más en la de los Estados que sufren de la hipnosis de que la justicia que vale es la de la de los más fuertes.

Esta mañana había un comentario de Ana Jordán en mi post de ayer que decía: “Siendo fácil la crítica de ciertos comportamientos humanos yo no quisiera descubrir cómo puede uno actuar en pleno peligro en un mundo hostil a la hora de la toma de decisiones.....casi doy gracias por no tener que averiguar mi humana e imperfecta actuación”. Si como pienso somos seres mediatizados por una moral heredada desde tiempos ancestrales, probablemente desarrollada desde un estado indiferenciado o selvático por una especie de darwinismo que tendía a mejorar nuestras condiciones de vida, nuestra seguridad y armonía con los otros, el imperativo moral necesariamente debía de orientarse a la parte social que cada uno somos. Sin embargo ello no impide que los intereses del individuo como tal entren en conflicto con  esa moral asimilada e introyectada a lo largo de la vida. Alguien está en apuros, pero ayudarle supone poner en riesgo mi propia vida. ¿Qué hacer? Estoy por encima de los ocho mil metros en el K2 en circunstancias extremadamente difíciles y agotadoras y tropiezo con alguien que necesita ayuda, que por otra parte difícilmente se la puedo ofrecer; ¿qué hago? Situaciones de conflicto moral que muchas veces no tienen solución y que sólo son contemplables, asuntos acaso para la especulación intelectual de todos los ociosos que estando desde nuestras casas cómodamente sentados en un sillón especulamos sobre el bien o el mal.

Cuando leo el comentario de Ana lo que me sucede es que me atasco en mis consideraciones, porque con quien tropiezo es con mi yo, al que, al ponerse en una de esas situaciones de conflicto, el mandato moral se le atraganta. ¿Yo o el herido? O peor todavía, ¿el herido, aquel sherpa fallecido en una grieta en la expedición de Messner, o mi deseo indeclinable –tantos esfuerzos, tanto dinero, tanto trabajo durante meses– de alcanzar a toda costa la cumbre? Porque no es lo mismo juzgar desde el confort de nuestra casa que haciéndolo teniendo en el cuerpo meses y meses de preparación, de esfuerzo, de enervante pasión comiéndote el cuerpo y el alma y estando en unas condiciones de extrema dificultad. Las facilidades que tenemos hoy para decir las cosas a los cuatro vientos, el apresuramiento de los likes, la abundancia de los todólogos en que a veces parecemos habernos convertido, es verdad que nos resta en ocasiones objetividad y un tanto de irresponsabilidad en nuestras consideraciones.  

Me hace pensar esa coletilla de Ana: “Casi doy gracias por no tener que averiguar mi humana e imperfecta actuación”. Los males, nuestros propios egoísmos y deseos andan encerrados en la vasija de Pandora y hoy a mí me sucedía algo parecido a Pandora; me puede la curiosidad y al mirar dentro de la caja echan a volar asuntos que ya no conciernen a Messner, a Lina, a ninguna expedición, sino me conciernen a mí porque después de haber planteado ayer ciertos interrogantes en mi post a raíz del comportamiento de los expedicionarios del Everest, el bumerang me llega esta mañana de retorno para hacerme nuevas preguntas.  ¿De verdad cuando vemos inaceptable ciertas conductas que tienen lugar en entornos y circunstancias difíciles que nosotros no hemos vivido ni viviremos jamás, tenemos mínimamente en cuenta cuál sería nuestro comportamiento en esas circunstancias? El no juzgues y no serás juzgado del Evangelio no sirve porque acaso ni siquiera juzgamos; son nuestras reflexiones las que quizás deberían tener un tiente más objetivo, incluso más empático con los sujetos objeto de consideración. Hacemos punto de bolillos en casa mientras allá otra gente etcétera etcétera…

Aún así parece que sea imposible dejar de posicionarse. Ayer, poco antes de llegar en mi lectura de Montañas que me dais la vida al pasaje de Henry James, había algo que cuadraba en este lugar. Leía entonces La broma infinita, de David Foster Vallance y en un pasaje, un personaje, ante la propuesta de un compañero que defendía cierta clase de heroicidad, el primero hacía esta rotunda afirmación: “Yo sólo moriría por mí mismo”. En aquellos días de lectura y caminar yo por los Alpes, un joven español había muerto apuñalado por un terrorista en París mientras intentaba proteger a alguien de esos mismos terroristas. La prensa lo había llenado de halagos e incluso el presidente de gobierno, entonces Rajoy, había ido al aeropuerto a recibir el féretro. Era un asunto que debió de quedar en interrogante en mi cabeza y que volvía a aflorar entonces empujado por otras circunstancias. Este joven, Echevarría creo que se llamaba, en el visto y no visto de unas circunstancias imprevistas ¿realmente llegó a ser del todo consciente del fregao al que se estaba enfrentando? ¿Actuó por instinto? ¿Tuvo tiempo de hacer un análisis de la situación y tomar un decisión? ¿Qué es lo que merece la pena, reflexionaba yo entonces, y qué no en esas circunstancias, una situación, esa y muchas más de las que estaban sucediendo en Europa y que eran consecuencia directa de las muertes (un millón y medio) provocadas en Irák por Estados Unidos, Reino Unido, España y la Unión Europea? Que los actos del país más terrorista del mundo, Estados Unidos, los fuera a pagar un joven español me parecía un despropósito que mi conciencia se negaba a avalar.

Era una nota más que añadir a ese cuadro en donde los conflictos de moral confluyen. El yo y la sociedad, los otros, frecuentemente encuentran entre si incompatibilidades que hacen que el individuo, quizás avergonzado en su interior, otras no, se decante por atender a su propio interés o al de los suyos en lugar de ayudar al prójimo. Pero, como tantas veces, ¿dónde está la línea divisoria que nos debería hacer optar por nosotros o los demás? ¿Qué es lo que determina, o debería determinar dirigirme al propio interés o al de los demás? Al Himalaya va mucha gente, preparada y no tan preparada. ¿Tendrán, digamos a modo de ejemplo para intentar arrojar algo de luz a eso que llamamos moral, aquellos que van bien preparados que atender a la demanda de ayuda de tantos otros para los cuales una ascensión les viene grande? Es duro hacerse esta pregunta, pero es perfectamente comprensible. Un alpinista solitario que ascendiera al K2 y se encontrara a uno de esos tropecientos que subieron todos juntos en malas condiciones abandonado por sus compañeros, ¿en qué situación de conflicto moral se encontraría? ¿Todos hemos de hacer necesariamente de samaritanos en la vida?

Desde el punto de vista del espectador, cierta moral al uso quizás no deja de ser en las redes sociales en algún sentido más que otro producto de consumo. Nos hemos convertido en voraces consumidores de noticias en donde nuestra bendita moral necesita un hisopo en cada mano para bendecir o denostar desde nuestro sillón lo que los noticieros nos van sirviendo.


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