martes, 15 de marzo de 2022

Pongamos que hablo de pollas y sus afines

 

Esculturas del templo de Khajuraho, India.



El Chorrillo, 15 de marzo de 2022

Amaneció tan bonito que daba gusto después del desayuno sentarse frente a la ventana a contemplar la mañana. Una liviana niebla cubre el campo. Los almendros de los bajíos, ya sin flor, describían una graciosa curva que se desvanecía en la distancia.  ¿Mañana para pintar, para escribir, mañana para la contemplación? Imposibilitado como estoy para hacer las tres cosas a la vez, elijo escribir, ya vendrá a continuación terminar con el olivo que estoy pintando, una estampa que fotografié en los alrededores durante la nevada del pasado año..

Pongamos que esta mañana hablo, no de Madrid, que me produciría dolor de cabeza pese a Joaquín Sabina, sino de lo que es obsceno y lo que no lo es, obviamente desde mi punto de vista. ¿Qué significa la palabra obsceno? Para empezar, algunos interrogantes: ¿Lo obsceno está en los ojos del que mira, en la concepción de la realidad que tiene el observador o está en sí en la escena que contempla? ¿Quién gestó en su conciencia que tal cosa o tal otra era obscena? ¿Por qué puede no ser obscena una escena de dos insectos copulando, o dos perros en medio la calle, o dos gatos gimiendo y maullando desesperadamente en la noche y sí la de una pareja de sapiens? ¿Quíén inoculó en las mentes de los terrícolas a lo largo del tiempo lo que era obsceno o lo que no? ¿Qué razones indujeron a ciertos individuos, esos que contribuyen a crear la conciencia social, a determinar que tal o cual eran asuntos obscenos?

Recuerdo perfectamente cierta portada del ABC de los tiempos en que yo era adolescente en donde se clamaba, ocupando la portada entera, eran los tiempos del boom del bikini, por la obscenidad que suponía que ciertas jovencitas usaran bikinis en las playas. Pobrecitos niños, clamaba el titular. Una población venida de los rincones más oscuros del franquismo, que se escandalizaba por ver lo que insinuaban aquellas dos pequeñas prendas sobre el cuerpo de la mujer, y que sufría probablemente viendo despertarse inquieta a su pilila bajo los pantalones y que bajo el peso de una religión degradante y fofa no tenía otra cosa que recurrir a un tercero, pobres niños, para avalar sus problemas, graves en tantas ocasiones, sexuales. Gente que follaba mal, con complejos seguramente, con una educación castrante que era incapaz de mirar cara a cara su propia sexualidad, sus pulsiones, sus deseos reprimidos. Quizás sean ejemplos que hoy no sirven del todo, del todo, digo, porque en el fondo lo mismo sucede aunque en menor escala cuando dicto a mi editor de texto del teléfono y éste, al tropezarse con alguna palabra de esas que se han dado en llamar malsonantes o que nombran partes íntimas del cuerpo, me sustituye cada letra de la palabra con una estrellita.

La mojigatería anda suelta por el mundo como el aire que respiramos. Y es que uno ya con tantos años a la espalda se admira cada vez más de que con lo mayorcitos que somos, hablo de gente adulta, se nos siga tratando como infantes de párvulos a la que se les conduce por el camino de una moral pazguata adecuada sólo para mentes poco maduras incapaces de familiarizarse con su cuerpo y sus instintos, y a la que por tanto hay que defender de sí misma.

En cierta ocasión recorrí a pie durante dos meses y medio la costa mediterránea entre el Cap de Creus y Málaga. Durante todo aquel recorrido no fue difícil que me encontrara en calas o parajes apartados de algún acantilado con parejas que hacían de sus cuerpos una fiesta. Tropecé en mi caminar por tantos recoletos rincones con parejas que se lo hacían de todos los colores, pero sobre todo hombres y mujeres que se dedicaban con fruición a acariciarse, a besarse. El cuerpo sobre la arena, el sol en la piel, los párpados cerrados, ambos fundidos  en una caricia interminable. Magnífico. Imágenes además que guardar en el fondo de la retina para recrearlas llegada la noche, noche bajo las estrellas junto al rumor de las olas resbalando por la arena, revivirlas en toda su ternura y excitación.

Quien haya viajado un poco por Oriente no habrá dejado de ver esos hermosos lingams que ocupan las estancias de los museos, o aquellos que recogidos en pequeños templos rurales son visitados con total compunción y reverencia. En la India, donde la sexualidad ha jugado un papel importante desde la época védica, adquirió una notable relevancia hacia el siglo VI con el surgimiento del tantrismo, momento éste en que las prácticas sexuales fueron consideradas un medio para obtener la perfección espiritual y la absoluta libertad.

Esculturas del templo de Khajuraho, India.

Igualito que aquí, donde la Iglesia Católica ha abanderado siempre una mojigatería sin cuento, a la vez que ha mantenido bajo cuerda en sus propias filas una deplorable pederastia. Vivir para ver.

De las cosas realmente raras que esta sociedad ha creado, este mundo de sapiens tan contradictorio y paradójico, una de las más notables es el selectivo posicionamiento frente a casi todos los aspectos de la sexualidad. Esas culturas donde las escenas sexuales se veían con normalidad o incluso, como en la India, como un modo de perfección personal y espiritual, contrastan con esa manía persecutoria con la que se persigue ciertas imágenes eróticas o pornográficas. Es obvio que de puertas para adentro, lo dicen los enormes beneficios de la industria porno, las cosas son diferentes. Algo muy muy propio de una sociedad en que la Hipocresía campa a sus anchas como un bien moral de reconocida solvencia.

Creo que me están entrando prisas para ponerme a pintar ese olivo en mitad de la nieve, así que voy terminando. Cosas todas estas que ayudan a comprender más y más a estos pequeños terrícolas que vagan en la inmensidad del infinito del universo y a los que los hábitos morales al uso obligan a retorcidos movimientos de conciencia para armonizar sus pulsiones y sus deseos con los dictados de esa soberana de nuestro tiempo que es la Hipocresía. Y, por cierto, y se me ocurre así como de pasada, ¿por qué siempre han tenido tanto éxito las faldas entre las mujeres y los pantalones entre los hombres? ¿Alguien entiende esto? ¿No son acaso las faldas, los escotes, una confirmación de eso que llamamos quiero y no puedo, de parecida manera a esas tantas ocasiones en que un no es realmente un sí?

Y para terminar y marcharme definitivamente con mi olivo: ¿por qué coño ha de ser obscena una polla en erección, ese magnífico símbolo de la fertilidad y el vigor masculino? Y más, que nos dejen de mandingas, obscena es la conducta de muchos políticos corruptos o gilipollas perdidos, obscenos son los empresarios que explotan al personal, obscenos son todos los actos canallescos que recorren y han recorrido la historia de la humanidad, obsceno es dejar morir en el Mediterráneo a los parias de África, obscena es la riqueza ostentosa del Vaticano y el afán patrimonial de Iglesia Católica de nuestro país… … tantos y tantos actos, pero no, ya sabemos, cuando alguien habla de obscenidad se refiere a otra cosa. Doña Hipocresía manda.

Y ahora sí, ahora me voy con mi olivo.




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