El Chorrillo, 14 de marzo de 2022
Ando tan poseído por una nueva pasión que a poco que me
descuide me succiona enterito dejándome apenas tiempo para comer y dormir. Ni
de coña esperaba yo que a estas alturas en las que uno ya va pensando un día sí
y otro también en preparar el catre para irse a la otra vida, que me fuera a
visitar la gracia de una nueva pasión; pasión o como se le quiera llamar,
porque después de “sufrir” un enamoramiento a los sesenta que me dejó turulato,
uno ya no espera más que vivir en santa armonía con uno mismo y con los demás. Y
que como enamorarse es ya algo de muy dudosa catadura que pueda suceder, que
aunque sea cosa de mucho gusto también lo es con seguridad a la postre de mucho
sufrimiento, pues bienvenida cualséase otra pasión que con toda
probabilidad por muy intensa que sea nunca te va a dejar en la cuneta de la
carretera como un paria sin techo ni lugar donde ir.
Así que hablo de pasiones menores, que las otras seguro
que ya han pasado a mejor vida. De todos modos me cayó así de repente el título
de más arriba, porque no es que a uno le entren repentinamente ganas de esto o
lo otro, es que un buen día una idea que me rondó por la cabeza muchas veces,
pero que nunca llegó a cuajar, que lo más que hice fue subirme al desván, tarea
siempre ardua la de gatear por ese estrecho espacio entre el tejado y los
techos de la casa, apenas un metro de altura oscuro por el que hay que
arrastrarse y donde yace todo lo que no sirve pero por si acaso conservamos, y
rescatar por unos días un caballete, unos lienzos y viejos colores al óleo que
llevaban allí desde que nos mudamos a esta casa; rescatar para volverlos a su
sitio una semana después habida cuenta de que las pretendidas ganas de pintar sólo
fueron una falsa alarma.
El caso es que al fin, como el buen vino que necesita
barricas de roble y un considerable tiempo durmiendo en los sótanos de la
bodega para ir cogiendo la consistencia debida, pues cuajó y ahora ando como un
alienígena pegado a los lápices y a los colores como si estos
fueran mi amada de turno en la que uno no puede dejar de pensar todo el santo
día.
Pero mejor vayamos a la idea, que lo que pasa o deja de
pasar ya me lo tengo demasiado conocido como para contarlo aquí de nuevo, eso
de que se me acumulen las ideas y los proyectos, las ganas de aprender, las
satisfacciones o los pequeños fracasos. Lo que realmente me gustaría indagar
sería eso de que uno de repente sea poseído por algo. A mi padre, en tiempos de
la posguerra, una época en que llegar a fin de mes era una odisea, siendo yo niño le
miraba atónito, cuando su obsesión por comprarse primero una Guzi Hispania y
más tarde un R4, le llevaba a trabajar horas sin cuento y a ser el pariente más
agarrado de toda la familia, ni una ronda de vino era capaz de pagar de las
tantas veces que nos reuníamos con mis tíos. Todo, absolutamente todo iba a la
hucha del coche o la moto. Esa pasión de mi padre la recuerdo como una sinapsis
fallida de su cerebro que le llevaba de las orejas a su antojo impidiéndole
verse de otra manera en el futuro que no fuera montado en una moto o en un
automóvil.
Le sucede a mucha gente eso de ser poseído por una pasión,
hay quien su pasión consiste en coleccionar billetes de banco hasta las mismas
puertas de la tumba, a otros les vuelven locos la fama, a un tal Putin los
delirios imperialistas le pueden llevar a hacer saltar el planeta en pedazos, la
gran mayoría pierde en algún momento de su vida el seso enamorándose de un
sapiens de diferente género, o del mismo; otros locos sin remedio son poseídos
por el amor a las montañas o la naturaleza, por la música, por los libros, por
los gatos –por cierto, tantos son los amantes de los felinos–, y así hasta un
infinito número de pasiones que de llegarte la hora te quitarán el sueño si no
puedes darle salida.
Apañaos van los budistas con ese deseo suyo de intentar no
desear, que deseo es y muy arduo. No voy a ponerme aquí a desentrañar si son
buenos o malos, deseables o aborrecibles, lo que me fascina es su fuerza y la
capacidad que tienen éstos de movilizarnos. Balthus, por ejemplo, al que muchos
califican como pintor aberrante y obsceno –yo pinto brillos de estrellas,
estremecimientos de alas, carnes de niñas tocadas por los ángeles, contestaba
él a las críticas–, cuya pasión consistía en vivir en un castillo del que decía que estaba repleto de ecos de
certidumbre y verdad profunda, del que puedes sacar, como agua viva, la
profunda música del silencio, era un hombre de pasiones más sofisticadas. Su
pasión, acaso la de experimentar esa profunda música del silencio, quizás
pudiera considerarse como un acercamiento a ese algo que bulle dentro del
hombre y que lo llama, lo ha llamado siempre, al ejercicio de creación. El
aislamiento, la soledad, para poder escucharse a sí mismo y a lo que subyace en
la compleja ambigüedad de la realidad.
Ayer
terminé un retrato; pasé muchas horas mirando aquel rostro en la pantalla del
ordenador. Aparte de los problemas técnicos, tantísimos para quien apenas sabe
mezclar colores, la realidad frente a mis ojos, que no es sólo una imagen a
reproducir, crea un clímax, un entente entre el que pinta y el sujeto
retratado, se establece acaso un difuso pero cierto conocimiento. Hoy lo que
hice fue pintar un bodegón, a medias estoy con ello. En las telas, en las luces
y en las sombras, en la curvatura de un limón o en la redondez de un tomate
subyace cierta vida que, dibujando, pintando, uno llega a entrever en las
largas horas frente al lienzo que, blanco en un principio, la pura nada, poco a
poco empieza a cobrar vida a través de los colores y las veladuras. De entre
las rendijas de los problemas técnicos que surgen frente al pintor novato,
brota cierto flujo de conocimiento y bienestar.
En los folletos
de presentación de exposiciones de pintura es frecuente encontrarse con fatuas
y enrevesadas interpretaciones que probablemente en muchos casos son ajenas al
artista, pero con la que los mercaderes del arte pretenden equivocadamente,
como quien envuelve un regalo en un papel de lujo, dar lustre a las obras
expuestas. Cosas veredes en todo caso, que diría don Quijote. Nada que ver con
el hecho artístico, pero que mola, porque acaso vende; nada que ver con la
pasión y el hecho de ser poseído por ella.
¿Qué
haríamos, pobres de nosotros, si no fuéramos poseídos por pasiones, la pasión
de crear algo, la pasión de superar un reto, la de atravesar una incertidumbre,
la de adquirir un conocimiento nuevo?
Yo ceeo que los nuevos incentivos rejuvenecen...
ResponderEliminarDiez años dice mi amigo Paco (Francisco Sánchez)que me he quitado de encima. Yo no diría tanto, pero sí es es cierto que cosas así son totalmente estimulantes. El día que se nos acaben los deseos, apaga y vámonos...
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