| Atardecer en la Sierra del Valle. Oleo, un día más y lo termino |
El Chorrillo, 19 de marzo de 2022
Voy a ver si escribiendo hago una pausa en mi otro hacer
porque a este paso seguro que, como dice mi amigo David, lo mismo cojo un empacho.
Pausa en la cosa de pintar, que ayer tarde quise estrenar y ver cómo se come eso
de pintar al óleo y me puse y es el cuento de nunca acabar. El proceso fue
sencillo, lo primero que hice fue buscar en mi mente alguna escena que me fuera
querida y la encontré enseguida, uno de esos atardeceres que he vivido durante
el año sobre la cumbre de alguna montaña; elegí una de invierno, una tarde
sobre una cumbre de la sierra del Valle en que asistí a un atardecer
espectacular rodeado por una acogedora soledad. Había instalado mi tienda en la
cima sobre la nieve y había dedicado un largo rato a contemplar cómo cambiaban
las tonalidades de aquel hermoso espectáculo; ese era el tema elegido para el
cuadro. No tenía una fotografía con los elementos que yo deseaba, pero bueno,
al final logré componer una escena que me gustaba. Cuento de nunca acabar porque
me engancho a algo y ese algo me engancha a mí y ya no me suelta. Cosa de tener
un temperamento apasionado, que para algunas cosas va bien, pero…
Y ya que estamos, oiga, ¿y cómo se pinta un paisaje al
óleo? Pues bueno, lo primerito, después de dar una imprimación al lienzo con
aceite de linaza, es imprescindible –para mí, se entiende, que los autodidactas
nos lo montamos de esta manera– encender el ordenador y buscar en el YouTube
algo que te ayude. Miras por aquí y por allá durante un rato, te enteras de que
tienes que tener a mano aguarras o esencia de trementina y algo de aceite de
linaza, pinceles, lienzo y colores, y basta; con el boceto ya hecho sacas los
tubos de pintura, extiendes unos pocos colores sobre un periódico, por ejemplo,
eso hacía Picasso, te arremangas y le metes mano al cielo, un cielo compuesto de
alargadas nubes color magenta, violeta, amarillo cadmio sobre un cielo de azul
pálido.
Sucedió que al final de madrugada anterior el cielo casi quedó
terminado y ahora que, deseando estaba de ponerme con la continuación, he
decidido que de empachos nada, que mejor hago un paréntesis para escribir sobre
algo que surgió en una conversación con una amiga hace un par de días, ese tema
que a tantos y tantas trae, el amor -nos trae, nos ha traído- un poco locos en algún momento de nuestra vida.
Yo con cierta frecuencia estoy reñido con
A mi suegra, que era muy de derechas y muy de iglesia,
nosotros le tomábamos mucho el pelo con la dichosa palabreja, esa, amor. Para
ella todo se iba en el amor, era una palabra que tenía constantemente en la
boca; en sus labios amor era un caramelo dulzón un tanto empalagoso que
frecuentemente se confundía con una actitud autoritaria que apenas dejaba
respirar a sus hijas ya mayores; amor a Dios, amor al prójimo, aunque
religiosamente fuera a votar a la derecha más apestosa (por cierto que me decía
convencidísimo el otro día un amigo que una persona de derechas nunca puede ser
una buena persona… ahí queda eso); todo era amor para ella, y sin embargo es más
fácil recordarla después de muchos años de su fallecimiento como una persona más
centrada en sí misma que como alguien realmente amorosa. Un ejemplo no más
porque puede suceder que pretendiendo utilizar el término como el más noble de
nuestros sentimientos, resulte en definitiva unas patuflas en las que tener en
invierno los pies calientes.
Quizás porque viví durante muchos años el empalago de oír
constantemente esa palabra, amor, en un contexto nada adecuado, ello me ha
hecho ser todavía más reacio, si cabe, a usarla, al punto de considerar
pronunciarla una especie de tabú. Parodiando el principio de incertidumbre que
dice que el mero hecho de observar una partícula la modifica sin remedio, yo
diría que el mero hecho de usar en exceso esa palabra modifica sin remedio el
sentido de la misma. Quizás sea esa una recóndita razón por la cual a mí me
cuesta tanto, y mira que lo siento, decir te quiero. El segundo mandamiento de
Como el diccionario no es nada más que una aproximación al
conocimiento, que sólo sirve por cierto para establecer en clave
reducida un concepto, y contando además que al diccionario le traen al fresco
las razones por las cuales los sentimientos a que se refiere se suscitan, todo
este asunto quedaría cojo si no se hablara de la “responsabilidad” que la especie
tiene en ellos; y hay que recorda que la especie va a su bola y sólo trabaja en
beneficio de sus propios intereses. Vamos, que la especie se lo ha currado de
una manera muy compleja para hacer que la gente se ame –en la primera acepción
de
Falta dilucidar qué fue primero, si el huevo o la gallina.
Un servidor, que no es de ciencias, sino qe estudió letras, apenas entiende
nada de esto, y difícilmente sabría si el burro tira del carro o si el carro se
mueve de bóbilis bóbilis, si la oxitocina suscita la ternura, o si hay “algo”
en el organismo responsable de la oxitocina. Sí leí en alguna parte que la oxitocina
es es la responsable del vínculo que tempranamente se establece entre la madre
y el hijo, con lo cual el embarazo sería el responsable de generarla en este
caso. ¿Y en los demás casos qué es lo que hace que sintamos ternura?
¿Son los sentimientos autónomos? Pues parece que del todo
no. Se busca tío listo, o tía que nos ponga al tanto: ¿En qué medida nuestros
sentimientos son autónomos, en qué medida dependen de cómo funcionan nuestras
hormonas, nuestros neurotransmisores?
Me temo que mi impaciencia no me va a dejar terminar este
texto. Veremos, de momento me voy con el cuadro. Si tuviera cuatro manos lo
mismo podría pintar y escribir a la vez, pero como no es así… estoy impaciente
por ver cómo resuelvo ese personaje, yo mismo, que contempla el atardecer
embutido en un plumífero azul. Así que hasta la noche…
***
¡Ya! Le llegó de nuevo el turno a la escritura. Con las
montañas pintadas y resuelto el personaje y la tienda de campaña, ya sólo me
queda pintar la nieve y las rocas del primer plano. Ahora, me temo que no me
van a dar las ganas para terminar esto, que por otra parte no sé si tiene o no
que terminar.
Vuelvo a releer el texto: no, creo que no está mal un
punto final.
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