El
Chorrillo, 17 de septiembre de 2021
El
primer contacto con el mundo exterior esta mañana fue un guasap de una amiga en
relación con un post que había escrito días atrás que llevaba el título de Nadie habita las cumbres. Después fue
una llamada de teléfono de un amigo camino de casa tras haber pasado una
intensa semana de estudio en la universidad. Ayer comencé un libro de José
Antonio Marina titulado La pasión del
poder. Se preguntaba Marina en las primeras líneas por qué escribir un
libro sobre un tema del que se han escrito miles de obras, y él mismo
contestaba: para aclararme, escribir no es mi manera de enseñar, es mi manera
de aprender. Como, lo he repetido en ocasiones, uno tiene la debilidad de vivir
motivado por el ejemplo de aquellos que tienen algo que enseñarle, la
asistencia a las aulas de la universidad de un septuagenario me enseñan, las
locuras de un octogenario me enseñan, pero también me enseñan, aunque de otra
manera porque me interrogan, las palabras de una amiga que tempranamente hoy
mira con pesimismo el éxtasis de la llegada a una cumbre, la sístole, porque a
ello ha de seguir una lenta y liberadora diástole, aquello que decía en mi
texto de que el amor tiene fecha de caducidad. Cosas del comienzo del día que
me invitan a extraer de cuestiones corrientes, de ahí la razón de la escritura,
algún tipo de reflexión que me oriente ante esos pequeños asuntos de la vida
cotidiana cuyo análisis debería ser el fundamento de la filosofía. Todos los
filósofos, sin excepción, afirma Michel Onfray, piensan a partir de la propia
vida y la de sus semejantes, porque es la vida la que proporciona la teoría que
permite un retorno a lo existencial.
A mi amiga le contesto: Visto así, quizás más
valga no subir ninguna cumbre y mantenerse en la calma chicha de un mar sin
vientos. Pero eso no es la vida, es otra cosa :-). A lo que ella me contesta: “Ah,
no. A mí eso no me gusta”. Pequeños actos de la vida cotidiana se erigen
frecuentemente en situaciones dignas de albergar en sí un complejo nudo de
supuestos, de formas de ver la vida, de modos de enfrentar la realidad. ¿Ceder
a la presión de un amor que empieza a meterse por las costuras del alma? ¿Darle
la espalda para no sucumbir a un sufrimiento posterior? Dejar pasar trenes, tántas
oportunidades, ¿por miedo?, para evitar el dolor… ¿suprimir el deseo, como
dicen los budistas, en pos de esa calma chicha, que decía yo a mi amiga? Ah, a
mí no me gusta eso, contestaba ella. ¿Entonces?
Las
fuerzas vectoriales que nos habitan en direcciones tan diferentes, e incluso
aquellas en opuesto sentido, constituyen un excelente campo de juego en que
entrenar nuestras facultades y nuestras ganas de vivir. Uno da suelta a su
instinto de superación, a sus sueños, a sus pasiones y el cuerpo y el alma
entran en frenética ebullición; y junto a ello obviamente se disparan los
inconvenientes, los problemas, las dificultades… son el viento que hace posible
el vuelo del águila. El viento hace al águila (Goethe). ¿Qué sería subir a una
montaña sin esfuerzo alguno? ¿Aprender sin abrir un libro? ¿Enamorarse sin
cargar con el dolor de los conflictos?
Y no
obstante, cada día que pasa es un día menos. La vida se acorta poco a poco.
Ya queda un verano menos en tu haber. Un
verano, un día, una tarde menos en el cuenco de la vida. El cuenco se vacía
poco a poco y cuando te haces mayor lo hace a mucha más velocidad todavía. No
es un acto de melancolía o nostalgia, es sólo la fiel constatación de la
realidad mientras fuera la brisa agita los rosales, se llenan de inquietud las hojas de los árboles o el rumor de los
automóviles en la autovía cercana se dejan oír en sordina.
¿A
qué preocuparse por las pamplinas, tántas que nos roban parte de ese tiempo precioso que es nuestra
vida? La responsabilidad que cada uno tenemos sobre nuestro ser –aquella
metáfora de la escultura que Plotino utiliza
y que alienta a cada uno a ser escultor de sí mismo– exige de una
continua actitud beligerante con uno mismo y con el entorno para no sucumbir a
las tonterías del mundo ni a todo aquello que se oponga a hacer de la vida algo
aceptablemente hermoso.
Ojo, hay mucha mierda en el mundo; ya lo decía en verso el poeta Nicolás Guillén:
Creo que hay muchas cosas puras en el mundoque no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
Y así sucesivamente. Si algún apóstol postmoderno subiera al monte Eremos para dictar unas nuevas bienaventuranzas que sustituyeran a aquellas del Evangelio, probablemente empezaría así su arenga: bienaventurados los locos que sueñan y saben dar cauce a sus sueños, bienaventurados los que no dejan pasar trenes en su vida, bienaventurados los que follan sin complejos, los que hacen de las montañas y la naturaleza su hábitat, los que dejaron atrás el lastre de la religión, los que trabajan por un mundo mejor, los que aman, bienaventurada la gente de buena voluntad. Los demás, qué leches, al Purgatorio de cabeza hasta que terminen cayéndose del guindo.
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