El
Chorrillo, 3 de junio de 2020
Leo,
me dejo bañar por el flujo de las palabras y la hilazón de los pensamientos de
un hombre solitario que espera la primavera en su cabaña a la orilla del lago
Baikal. “A veces las revelaciones provienen del fondo de uno mismo. No se trata
ya de una agitación frente a las señales del mundo, sino de un impulso
interior, del surgimiento de una idea, de un deseo fulgurante”. El día tiene
una sucesión de puntos fijos, el alba acariciando los primeros momentos de mi
jornada, el paso doloroso casi siempre por las páginas de los titulares de los
periódicos, los mirlos frente a mi ventana, la escritura o el estudio, en fin,
las tareas de la casa y la parcela. Sobre ellos, como si fueran cantos rodados
en el lecho de un río, voy saltando de guijarro en guijarro mientras la
corriente cristalina del agua y del tiempo pasa indiferente bajo mis pies. Y
mientras la corriente me habla de la transitoriedad del todo, yo me refugio en
el presente, escruto en sus filamentos, lo huelo, sopeso la orientación de mi
paso brújula en mano, recuerdo a mis hijos, ese hilo de la vida en donde duerme
cierta esencia alrededor de la cual germinan nuevos seres.
Revelaciones. Caigo en que mi cabaña es algo más que
un lugar en donde vivir. Reflexiono sobre esta propuesta: Disponemos de todo lo
necesario cuando organizamos la vida alrededor de la idea de no poseer nada. Revelaciones
para una vida. Y recuerdo como una lejana referencia aquellos años ya
desaparecidos en que el impulso de comprar algún trasto en concreto me poseía,
y pienso en mi hijo Mario y en Andrea que, poseídos ahora ellos por la idea de
poseer apenas nada, dos posesiones que se complementan, sueñan con abandonar la
comodidad de un piso para instalarse con sus hijos en una choza en las laderas
de una montaña.
Pero los pensamientos se van por otros derroteros y
ahora es Mercedes Sosa cantando aquel tema de Todo cambia. Y la oigo cantar al ritmo de las palmas de su
auditorio mientras en este instante de quien me acuerdo es de Guille que eligió
otra vida, pero que en este momento, recluido entre las cuatro paredes de su
casa ante al acoso del bichito, con su particular revelación a cuestas, ha
sustituido alguno de sus intereses profesionales por preocupaciones de índole
más prosaicas. Le observo que, descartando las nulas posibilidades de ir a
fotografiar graffitis u organizar algún mural en las calles de Madrid, en el
transcurso del aislamiento descubre cierta empatía que ahora le hermana con las
plantas de su balcón o con los gorriones a los que ya no les falta su ración de
alpiste cada mañana, bien que se mosquee por la familiaridad con que éstos
empiezan a metérsele poco a poco dentro de casa o por la preocupación de que
las palomas, también criaturas de Dios, necesitadas de sustento, vengan a dejar
sus excrementos sobre el balcón y a devorar la pitanza de los pequeños
gorriones. Hasta aquí mi primogénito y mi últigénito, que de momento me dejan
que les cite en esta corrala informática en la que mi blog es un vecino más en
la concurrencia vecinal. De mi hija Lucía, chitón, de ella no puedo decir ni
palabra porque si la nombro en algo que suene a Internet me retira la palabra
hasta el resto de mis días.
Cambia, todo cambia, continúa Mercedes Sosa,
Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
Leía esta mañana en Eldiario.es un artículo que
hablaba del miedo a la desescalada. El miedo, los síntomas de ansiedad,
defienden los psicólogos, es un medio de protección ante la posibilidad del
contagio, miedo a contagiarse, pero sobre todo miedo a contagiar a la población
más vulnerable, esa generación de abuelos que están deseando abrazar a sus
nietos. Revelaciones en este caso que las circunstancias sanitarias del planeta
arrojan sobre las familias. Revelaciones en todo caso que maduran en silencio
en el fondo de uno mismo, unas veces alertándonos, en otras ocasiones abriendo
nuestras mentes a mundos inciertos, como el de Mario y Andrea, en donde florece
la sencillez de una vida hecha a la medida de una humanidad que no se pierde en
el laberinto de un dudoso progreso.
Soñé también con revelaciones colectivas. Las
valkirias, las divinidades nórdicas a las órdenes de Odín, regresaban en mi
sueño del campo de batalla procedente de las montañas. Así imaginaba yo a esas
oscuras franjas de nubes cabalgando en apretada formación que Antonio colocaba ayer
en su muro. Espectáculo en blanco y negro de valkirias triunfantes, dominadoras
de pandemias y de la otra peste que ocupa asientos en el Congreso de los
Diputados, y que no siendo más que un sueño truncaba su revelación en simple
sueño de la razón, Goya no más. No caerá esa breva ni los ejércitos de las
diosas podrán trasladar de momento al Valhalla los cuerpos de los soldados
muertos en la batalla.
El color de las revelaciones no siempre es conforme al
Bien que intenta abrirse paso en nuestras conciencias y proyectos en busca de
Hablo en estos últimos párrafos de revelaciones
colectivas fuera del control de nuestras manos. Más al alcance de nuestras
posibilidades están las otras, las que nacen de la frugalidad de la vida y del
sentimiento de pertenencia a una comunidad tanto humana como global en íntima
relación con

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