miércoles, 3 de junio de 2020

Revelaciones


Original de Antonio Montes (y con la venia del autor)

El Chorrillo, 3 de junio de 2020


Leo, me dejo bañar por el flujo de las palabras y la hilazón de los pensamientos de un hombre solitario que espera la primavera en su cabaña a la orilla del lago Baikal. “A veces las revelaciones provienen del fondo de uno mismo. No se trata ya de una agitación frente a las señales del mundo, sino de un impulso interior, del surgimiento de una idea, de un deseo fulgurante”. El día tiene una sucesión de puntos fijos, el alba acariciando los primeros momentos de mi jornada, el paso doloroso casi siempre por las páginas de los titulares de los periódicos, los mirlos frente a mi ventana, la escritura o el estudio, en fin, las tareas de la casa y la parcela. Sobre ellos, como si fueran cantos rodados en el lecho de un río, voy saltando de guijarro en guijarro mientras la corriente cristalina del agua y del tiempo pasa indiferente bajo mis pies. Y mientras la corriente me habla de la transitoriedad del todo, yo me refugio en el presente, escruto en sus filamentos, lo huelo, sopeso la orientación de mi paso brújula en mano, recuerdo a mis hijos, ese hilo de la vida en donde duerme cierta esencia alrededor de la cual germinan nuevos seres.

Revelaciones. Caigo en que mi cabaña es algo más que un lugar en donde vivir. Reflexiono sobre esta propuesta: Disponemos de todo lo necesario cuando organizamos la vida alrededor de la idea de no poseer nada. Revelaciones para una vida. Y recuerdo como una lejana referencia aquellos años ya desaparecidos en que el impulso de comprar algún trasto en concreto me poseía, y pienso en mi hijo Mario y en Andrea que, poseídos ahora ellos por la idea de poseer apenas nada, dos posesiones que se complementan, sueñan con abandonar la comodidad de un piso para instalarse con sus hijos en una choza en las laderas de una montaña.

Pero los pensamientos se van por otros derroteros y ahora es Mercedes Sosa cantando aquel tema de Todo cambia. Y la oigo cantar al ritmo de las palmas de su auditorio mientras en este instante de quien me acuerdo es de Guille que eligió otra vida, pero que en este momento, recluido entre las cuatro paredes de su casa ante al acoso del bichito, con su particular revelación a cuestas, ha sustituido alguno de sus intereses profesionales por preocupaciones de índole más prosaicas. Le observo que, descartando las nulas posibilidades de ir a fotografiar graffitis u organizar algún mural en las calles de Madrid, en el transcurso del aislamiento descubre cierta empatía que ahora le hermana con las plantas de su balcón o con los gorriones a los que ya no les falta su ración de alpiste cada mañana, bien que se mosquee por la familiaridad con que éstos empiezan a metérsele poco a poco dentro de casa o por la preocupación de que las palomas, también criaturas de Dios, necesitadas de sustento, vengan a dejar sus excrementos sobre el balcón y a devorar la pitanza de los pequeños gorriones. Hasta aquí mi primogénito y mi últigénito, que de momento me dejan que les cite en esta corrala informática en la que mi blog es un vecino más en la concurrencia vecinal. De mi hija Lucía, chitón, de ella no puedo decir ni palabra porque si la nombro en algo que suene a Internet me retira la palabra hasta el resto de mis días.

Cambia, todo cambia, continúa Mercedes Sosa,

Pero no cambia mi amor

Por más lejos que me encuentre

Ni el recuerdo ni el dolor

De mi pueblo y de mi gente

 

Leía esta mañana en Eldiario.es un artículo que hablaba del miedo a la desescalada. El miedo, los síntomas de ansiedad, defienden los psicólogos, es un medio de protección ante la posibilidad del contagio, miedo a contagiarse, pero sobre todo miedo a contagiar a la población más vulnerable, esa generación de abuelos que están deseando abrazar a sus nietos. Revelaciones en este caso que las circunstancias sanitarias del planeta arrojan sobre las familias. Revelaciones en todo caso que maduran en silencio en el fondo de uno mismo, unas veces alertándonos, en otras ocasiones abriendo nuestras mentes a mundos inciertos, como el de Mario y Andrea, en donde florece la sencillez de una vida hecha a la medida de una humanidad que no se pierde en el laberinto de un dudoso progreso.

Soñé también con revelaciones colectivas. Las valkirias, las divinidades nórdicas a las órdenes de Odín, regresaban en mi sueño del campo de batalla procedente de las montañas. Así imaginaba yo a esas oscuras franjas de nubes cabalgando en apretada formación que Antonio colocaba ayer en su muro. Espectáculo en blanco y negro de valkirias triunfantes, dominadoras de pandemias y de la otra peste que ocupa asientos en el Congreso de los Diputados, y que no siendo más que un sueño truncaba su revelación en simple sueño de la razón, Goya no más. No caerá esa breva ni los ejércitos de las diosas podrán trasladar de momento al Valhalla los cuerpos de los soldados muertos en la batalla.

El color de las revelaciones no siempre es conforme al Bien que intenta abrirse paso en nuestras conciencias y proyectos en busca de la Luz, también el Mal se muestra como revelación cuando descubrimos día a día hasta donde las miserias humanas ocupan el corazón de los hombres. Y pese a lo cual todavía, como el amigo Cive Pérez hacía ayer en FB, nos paramos a argumentar como si estuviéramos hablando con personas. Cive, hombre de verbo mesurado al modo de la antigua usanza, ante unas declaraciones de Vox que afirman que están en contra del Ingreso Mínimo Vital, porque, dicen, llama a gritos a la inmigración ilegal, arremete contra ellos con la templanza de su verbo, cuando un servidor lo que opina es que con tales especímenes lo único que cabe es el silencio y el desprecio olímpico. Ante la fatuidad más necia que puede pensarse no cabe la nobleza de los argumentos.

Hablo en estos últimos párrafos de revelaciones colectivas fuera del control de nuestras manos. Más al alcance de nuestras posibilidades están las otras, las que nacen de la frugalidad de la vida y del sentimiento de pertenencia a una comunidad tanto humana como global en íntima relación con la Naturaleza y todo lo que ella contiene. Lo que en el fondo de uno mismo se fragüe, y con ello las revelaciones, depende de todos modos en gran medida de cómo uno organiza su vida y se enfrenta a la realidad que le ha tocado vivir. A mí el que mi hijo Guille se dedique a cuidar gorriones y plantas me hace pensar en que las revelaciones no necesariamente han de ser cosa de envergadura, sino todo lo contrario, las grandes revelaciones nacen de las pequeñas cosas. El contacto de las manos con el barro y la paja con que se construye un hogar o la delicadeza de dar de comer a un gorrión en tiempo de pandemia se me antojan dos buenos y sencillos ejemplos de lo que yo entiendo por revelación.

 

 

 

 

 


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