Mañana
de domingo. Me levanto, la casa está silenciosa, ojeo los periódicos, en
Cataluña todo es normalidad en este esperado 9N, paseo por la parcela, termino
sentándome junto al rumor del agua del estanque, miro los lomos dorados, rojos,
negros asalmonados de los peces que se mueven inquietos a uno y otro lado
dentro de esa burbuja nítida y transparente en la que viven. Hace fresco pero
el sol de la primera hora cae agradablemente sobre mi cuerpo. Ella duerme, es
así siempre los domingos, la noche del sábado siempre se prolonga hasta altas
horas de la madrugada. Los perros vienen a pedir su ración de carantoñas.
Mi amigo Santiago cada vez que sube a un monte lo
apunta en una base de datos que alimenta desde hace cuarenta años, yo tengo
otra en donde voy reseñando todos los libros que he leído durante décadas. Hace
meses que no la actualizo. Esta mañana veo las cosas desde una disposición para
quien el tiempo, el de la vida que queda, aparece como un incierto paraje que
se resiste a ser percibido con un mínimo de claridad, el pasado queda cada vez
más como sumido en relevante distancia, tan sólo como un adorno del presente.
¿Para qué seguir anotando esos libros, esas cumbres, pues? Me jode no ver con
suficiente claridad estas cosas que constituyen la vida, y que siendo la
esencia de la existencia de cada día resbalan esta mañana de mis manos como
truchas escurridizas que no se dejaran atrapar. Los pensamientos, las meras
intuiciones, la relación del individuo con la realidad en la que está inmerso,
la idea de la muerte que tan costosamente se integra en el contexto de la vida
como algo absolutamente normal, los débitos de las personas con el entorno
social y político que vive.
Ayer, un catedrático catalán de ciencias políticas
decía en la Tuerka: el nacionalismo es un sentimiento. Una término que cabría aplicar
a muchas actitudes que mantenemos frente a la vida. Los sentimientos, a
diferencia de los razonamientos, son catalizadores que nos dirigen de acá para
allá sin que muchas veces seamos capaces de dar razón de su origen o de
explicar la fuerza motriz que acumulan en nosotros y que tarde o temprano nos
llevarán a comportarnos de una manera precisa. Hay quienes acumulan en sí
generosos sentimientos de solidaridad desde muy jóvenes y otros que también
desde muy temprano son embargados por un egoísmo desproporcionado y enfermizo; descontando la influencia de que puede ser motivo por la educación o el
ambiente en que se ha vivido, parece como si la naturaleza, de la misma manera
que nos regala unos ojos color castaño cuando nacemos fuera también responsable
de ciertos aspectos que hacen que nuestros sentimientos sean distintos a los
del vecino.
Pensamientos y sentimientos revolotean esta mañana a
mi alrededor de parecida manera a las hojas de los álamos que se ven
arrastradas por la brisa de aquí para allá sin rumbo en el espacio de la
parcela. Grato transcurrir, paréntesis en los proyectos, en la intensa vida
política de estos días, en la rutina diaria. Cuando por alguna razón rompemos
la rutina y quedamos en manos del "y ahora qué", siempre cabe la
sorpresa de dar un salto a un imprevisible espacio en donde el tiempo parece
detenerse y nuestros sentidos encontrarse con un cambio de perspectiva en que
el paisaje diario se acierta a ver con matices y colores nuevos e incluso, a veces,
tremendamente atractivos, un paisaje sobre el que cayó una gran nevada, sobre
el que se encendió la fosforescencia de una aurora boreal y que puede servir
para incorporarnos de nuevo a la rutina con la frescura de quien toma una ducha
de agua fría tras una tarde de adormilamiento.
Mañana de domingo, la caricia del frío, el silencio de
mi casa, el sentimiento de hacer de la rutina un placer, la brisa agitando las hojas
de los álamos blancos.




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