domingo, 9 de noviembre de 2014

Mañana de domingo




Mañana de domingo. Me levanto, la casa está silenciosa, ojeo los periódicos, en Cataluña todo es normalidad en este esperado 9N, paseo por la parcela, termino sentándome junto al rumor del agua del estanque, miro los lomos dorados, rojos, negros asalmonados de los peces que se mueven inquietos a uno y otro lado dentro de esa burbuja nítida y transparente en la que viven. Hace fresco pero el sol de la primera hora cae agradablemente sobre mi cuerpo. Ella duerme, es así siempre los domingos, la noche del sábado siempre se prolonga hasta altas horas de la madrugada. Los perros vienen a pedir su ración de carantoñas. 


Mi amigo Santiago cada vez que sube a un monte lo apunta en una base de datos que alimenta desde hace cuarenta años, yo tengo otra en donde voy reseñando todos los libros que he leído durante décadas. Hace meses que no la actualizo. Esta mañana veo las cosas desde una disposición para quien el tiempo, el de la vida que queda, aparece como un incierto paraje que se resiste a ser percibido con un mínimo de claridad, el pasado queda cada vez más como sumido en relevante distancia, tan sólo como un adorno del presente. ¿Para qué seguir anotando esos libros, esas cumbres, pues? Me jode no ver con suficiente claridad estas cosas que constituyen la vida, y que siendo la esencia de la existencia de cada día resbalan esta mañana de mis manos como truchas escurridizas que no se dejaran atrapar. Los pensamientos, las meras intuiciones, la relación del individuo con la realidad en la que está inmerso, la idea de la muerte que tan costosamente se integra en el contexto de la vida como algo absolutamente normal, los débitos de las personas con el entorno social y político que vive.


Ayer, un catedrático catalán de ciencias políticas decía en la Tuerka: el nacionalismo es un sentimiento. Una término que cabría aplicar a muchas actitudes que mantenemos frente a la vida. Los sentimientos, a diferencia de los razonamientos, son catalizadores que nos dirigen de acá para allá sin que muchas veces seamos capaces de dar razón de su origen o de explicar la fuerza motriz que acumulan en nosotros y que tarde o temprano nos llevarán a comportarnos de una manera precisa. Hay quienes acumulan en sí generosos sentimientos de solidaridad desde muy jóvenes y otros que también desde muy temprano son embargados por un egoísmo desproporcionado y enfermizo; descontando la influencia de que puede ser motivo por la educación o el ambiente en que se ha vivido, parece como si la naturaleza, de la misma manera que nos regala unos ojos color castaño cuando nacemos fuera también responsable de ciertos aspectos que hacen que nuestros sentimientos sean distintos a los del vecino.




Pensamientos y sentimientos revolotean esta mañana a mi alrededor de parecida manera a las hojas de los álamos que se ven arrastradas por la brisa de aquí para allá sin rumbo en el espacio de la parcela. Grato transcurrir, paréntesis en los proyectos, en la intensa vida política de estos días, en la rutina diaria. Cuando por alguna razón rompemos la rutina y quedamos en manos del "y ahora qué", siempre cabe la sorpresa de dar un salto a un imprevisible espacio en donde el tiempo parece detenerse y nuestros sentidos encontrarse con un cambio de perspectiva en que el paisaje diario se acierta a ver con matices y colores nuevos e incluso, a veces, tremendamente atractivos, un paisaje sobre el que cayó una gran nevada, sobre el que se encendió la fosforescencia de una aurora boreal y que puede servir para incorporarnos de nuevo a la rutina con la frescura de quien toma una ducha de agua fría tras una tarde de adormilamiento.


Mañana de domingo, la caricia del frío, el silencio de mi casa, el sentimiento de hacer de la rutina un placer, la brisa agitando las hojas de los álamos blancos. 

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