El Chorrillo, 19/10/2014
Esta noche comencé a leer Un vagabundo en el Pirineo, que todavía no había tocado. Es de
madrugada, esta mañana he asistido al primer congreso de Podemos y ello ha
fortalecido mi optimismo y mis ganas de coger con más fuerza algunos temas semiabandonados,
la lectura por ejemplo; de ahí que a esta hora esté todavía despierto agarrado
a algún libro. Se respiraba un aire tan fantásticamente prometedor por Vista
Alegre que hasta para despabilar mi vagancia ha servido. Bien, el caso es que
andaba con la lectura de las primeras páginas, cuando me encontré con una
entrada que se titula La aventura de
envejecer, y acordándome de este blog me ha parecido que lo que allí
contaba debería estar presente en un diario de un jubilado. Además, esta noche, yendo y viniendo por
mi navegador me he encontrado con un programa sobre José Luis Sampedro que ha
reforzado cierto estado de ánimo en relación a esa aventura de envejecer en la
que por fuerza todo jubilado se ve inmerso. Tomo por entero la entrada de
entonces, que está fechada en el Pirineo Navarro el trece de julio del pasado
año mientras atravesaba a pie nuestra cordillera, y la reproduzco tal cual aquí,
su contexto adecuado.
Orbara,
13 de julio
La tormenta empezó a
manifestarse nada más meterme en la tienda. Hacía calor, el saco por encima
sería suficiente abrigo para la noche. Los truenos sonaban lejos, al poco
comenzó a llover, una lluvia ligera que no se correspondía con el ruido que se
metía allá arriba en un cielo que a última hora se había puesto como boca de
lobo. No tardé en dormirme.
A las cuatro y media
de la mañana sonó el despertador. El camino, que seguía a duras penas en la
oscuridad, se volvió impenetrable cuando en una pequeña bajada éste se sumergió
bajo el palio del bosque; una espesa vegetación de bojes y brezos contribuía a
cerrar el paso a la débil luz de la noche. Había un silencio magnífico
alrededor. Tuve que encender la linterna para progresar en aquella profunda
oscuridad marina.
Empezó a amanecer
cuando me crucé con la primera pareja de peregrinos. La sonrisa encantadora de
una ciclista que creía haber perdido el camino fue el primer agradable buenos
días al caminante. Después seguirían docenas de ellos, encantador encuentro con
el alba apenas empezado a desperezar, ahora entre la copas de las hayas,
enormes, de verdosas pezuñas como de enormes paquidermos adormecidos entre la
bruma de la mañana.
Después, cuando mi
yo había ya tenido suficiente tiempo para absorber todo lo que la madrugada
había traído hoy en su temprano cestillo, fue el tiempo de la lectura, en esta
ocasión una autora catalana que era novedosa para mí, Teresa Pàmies, y que vino
sugerida por una amiga que hacía elogios de ella; su libro, La aventura de envejecer, fue
el único título en castellano que pude conseguir en formato mp3. De todas
maneras tengo que confesar que de haber encontrado este mismo título en otros
autores igualmente lo habría puesto en mi lista de espera. Es un tema que me apasiona.
Recuerdo la impresión que me dejó, tendría yo entonces unos cuarenta y cinco
aňos, la lectura de La vejez,
de Simone de Beauvoire, un momento en que fui plenamente consciente de un
fenómeno muy especial que estaba empezando a suceder en mi entorno; mis padres
se estaban haciendo mayores y yo no estaba siendo consciente de ello. Descubría
por primera vez un fenómeno dentro de mi propia piel que empezó a cuestionarme
seriamente sobre mi papel de hijo a la vez que ponía delante un asunto nuevo
que me atañía a mi autoconciencia, a mi sentido del tiempo y la duración de la
vida.
Hasta ese momento
pocas veces había pensado en el proceso de envejecer, la vida parecía ser infinita.
Entonces fui capaz, más capaz, de ponerme en la posición de mis padres en
relación a mí o mis hermanos. Siendo yo padre también era capaz de verme como
hijo y como padre y, asumiendo ambos roles, no sólo me sentía más sabio, sino
que sentía en mi propia piel, como parte de mí mismo, una capacidad de comprensión
de mis padres y de mis hijos que no poseía antes de los cuarenta.
Ahora se trataba no
sólo de comprenderles a ellos, ahora tenía veinte años más y a quien debía
comprender más era a mí mismo, a mis hijos, a mi pareja y a mis circunstancias.
Cumplo sesenta y cinco años dentro de unos días y, como es de cajón, todos
estos temas me van viniendo en oleadas, una no ha terminado cuando llega otra,
interrogantes, pequeñas disfunciones que trae el tiempo, sentimiento de impotencia;
y junto a ello la lucha para no someterse ante el desánimo y tratar de hacer
una vida activa y creativa; aceptar que pequeños desarreglos físicos que se
producen o puedan darse en el futuro no tienen por qué afectar a las
motivaciones esenciales, a la creatividad, a entusiasmo con que hoy se pueden
emprender algunos proyectos o tareas. Un ejemplo: el pasado verano diseñé un
recorrido por el Pirineo algo empeñativo que después sin apenas darme cuenta
abandoné... la rodilla que no iba, mi dolor de espalda... se podían añadir más
cosas; el caso es que me quedé en casa. Con los viajes sucedía algo similar,
emulando aquello que decía Salvador Pániker a un amigo cuando tenía sesenta y
tantos: ¡ah!, ¿pero todavía viajas?, como si eso fuera cosa para jovencitos y
jovencitas solamente; emulando aquello ya me había hecho a la idea de que mis
viajes se habían terminado. Y en estas circunstancias sucedió que en el pasado
mes de enero decidí salir a caminar en mitad de frío y el barro para
"probar", me dije; sí, unos días, a ver en qué consiste eso de
caminar en invierno, y hacerlo por parajes desconocidos y a las seis de la
mañana. Y resultó que esa probable semana se fue alargando y lo que iba a ser
una caminata entre Sevilla y Mérida se convirtió en una trotada de meses que me
llevaría a Irún primero y después hasta más allá del Mediterráneo; y que dos
semanas después de regresar de Cataluña se transformaría en este otro proyecto
de vagar durante el verano por el Pirineo... y que después etc. Y con los viajes
lo mismo.
¿Cuáles son nuestros
límites? ¿Cuándo viene la edad de abandonar determinadas aventuras? Ahí está el
amigo Laure Esteras, por ejemplo, escalando a los sesenta y seis aňos los
mismos riscos de Pedriza que subía más de cuarenta aňos atrás.
Y además encontrar
amigas por el camino con las que compartir ese trozo de naturaleza que nos hace
gozar a unos en brazos de otros. A veces los años propician un encogimiento del
ánimo ante determinadas actividades, pero es obvio que no deberíamos confundir
pequeñas inconveniencias motivadas porque el motor está un poco usado con una
incapacidad para seguir practicando nuestras pasiones más queridas.
Hago una parada en
Burguete para tomar algo; cuando entré en el bar llovía, ahora el cielo vuelve
a tener un apacible color azul. Es hora de continuar la marcha. Después tendré
que rescatar algunas citas que me gustan, entre ellas las del profesor
Aranguren de querida memoria.
El día transcurrió
en apacible caminar por un paisaje en donde se alternaban los hayedos, umbríos
y acogedores, con los altos prados en donde sonaban monótonas las esquilas de
las vacas. Tras una larga siesta junto a un arroyo cantarín cubrí el último
tramo del día que me separaba de Orbara leyendo Contrapunto, de Aldous Huxley. Las citas quedan
para otro día.


No hay comentarios:
Publicar un comentario