El Chorrillo, 6 de octubre
Tras mi siesta una brisa
atraviesa la tarde agitando las ramas y creando con su música un velo de
nostalgia a través del cual mis pensamientos y mis recuerdos se abren paso con
el desperezo y el gusto de quien despierta de un largo sueño y se encuentra de
repente en la confluencia de un mundo en donde los recuerdos y las imágenes,
dotados de una transparencia variable, dejan ver a cada instante una diferente
consistencia de la realidad por la que se mueven: vidas cruzadas, memoria
articulada en torno a sujetos y temas que el capricho del pensamiento recoge y
abandona a cada instante sumido en la ambigüedad propia de un largo duermevela.
Mi negación, tras un largo
viaje de casi tres meses, a ocupar “provechosamente” el tiempo fuera de las
tareas imprescindibles de atender los trabajos de la parcela o la casa, deriva
cada tarde en un largo ensimismamiento de dolce
far niente en el que me demoro desde hace ya más de dos semanas. No hago
nada, picoteo aquí y allá, ordeno fotos, doy forma a un libro que relata mi
experiencia veraniega, me doy un largo paseo por los alrededores; mi ánimo no
encuentra el asidero acostumbrado de la lectura, el estudio, el cine o la
música donde suelo pasar una parte importante de mi tiempo de ocio. El otro día
Victoria me decía que si no me estaría pasando eso que yo he narrado alguna vez
de un escalador que tras una notoria ascensión deja transcurrir los días con
una cerveza entre las manos ocupado únicamente en recordar y revivir los
acontecimientos de aquella escalada. Quizás algo de esto me suceda, las
vivencias intensas que uno tiene ofrecen en ocasiones una excelente plataforma
para hacer posible que nuestros pensamientos irrumpan/buceen en la realidad con
una suerte de clarividencia que hace posible que veamos los asuntos complicados
y las cosas de la vida con una insospechada claridad. A través del filtro de la
experiencia, más y más acentuado con los años y la acumulación de vivencias, a
veces uno siente con cierta radicalidad que la realidad, eso que llamamos
realidad, es notoriamente algo diferente de lo que usualmente se nos
presenta como tal.
Naturalmente, y siendo la
realidad siempre la misma, lo que sufre variaciones, notables en ocasiones, es
nuestra percepción de la misma y de las interrelaciones que entre las distintas
parte de ésta se producen. Por supuesto nada que tenga que ver con las tareas
que se llevan a cabo en el neocórtex. Los estados de iluminación, de sutil
percepción del entorno global en que vivimos, parece que estuvieran alejados
siempre de los centros regidores de nuestra razón hablándonos en un idioma en
donde el hilo causal y racional tienen poco que hacer frente a esa otra forma de
conocimiento que se asienta en la intuición, en la vaporosidad de lo
entrevisto, en el entrecruzamiento de las finalidades últimas que poco a poco
se desvanecen cuando asumimos el tiempo como un presente permanente. Uno siente
que toda esa pobre gente que agita hoy sus vidas intentando, como el rey Midas,
convertir en oro todo lo que toca, en estos días los poseedores de tarjetas B
en Bankia, los obsesionados con esto o lo otro, dinero, poder, diarreas
mentales para despistar a los que se pierden en el camino de la vida, deberían
aislarse una buena temporada en el desierto o darse una larga caminata por los
bosques de alguna tierra lejana. No hay libro que enseñe más sobre la vida que
el libro de la naturaleza, cuando se le lee en silencio y soledad. Escucharse a
uno mismo en un entorno en donde sólo el viento, la lluvia, los bosques o los
ríos son nuestro único acompañante produce por fuerza en el sujeto que se
somete a esa experiencia una cierta iluminación, de la cual acaso ni él mismo
sea consciente, que hace que su vida poco a poco se vaya enriqueciendo con una
clase de verdad en donde no tienen cabida la esquizofrenia de que se ven
aquejados un asombroso número de políticos y personajillos de nuestra élite
política y económica, los que llenan estos días las portadas de nuestros
periódicos; se vaya enriqueciendo con una clase de verdad que a la fuerza,
teniendo muy presente la realidad de la muerte y nuestra condición efímera,
debería hacernos más humildes, generosos, más comprensivos y en casos, también, más beligerantes
con nuestros congéneres.
Por mi ventana entra ahora el
final de la tarde con los restos de la brisa que me instigaron a la escritura.
Mientras pensaba por dónde podía terminar este post he abierto el Chrome y he
mirado las portadas de los periódicos; en la cabecera de todos ellos el mismo
titular: “Una sanitaria de Madrid, primer contagio por ébola en Europa”. Junto
a él una nota que parece destinada a frenar el alarmismo social: “El virus del
ébola no se transmite por el aire, es necesario entrar en contacto con la
sangre o algún fluido de un enfermo”. Y me pregunto: ¿y entonces? Cierro los
ojos e introduzco en el flujo de mis pensamientos entrecruzados de hace un rato
este nuevo acontecimiento, recuerdo los momentos históricos en que las pestes asolaron
el planeta; ¿ciencia ficción?: quien sabe. La muerte siempre fue un buen
referente para poner las cosas de la realidad en su sitio. Un elemento más que,
añadido a la panoplia de nuestras inquietudes, puede aliviarnos del lastre de
todo aquello que nos urge indebidamente, puede ayudarnos a centrarnos en esos
pocas personas y asuntos esenciales que realmente dan consistencia a nuestra
vida.


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