lunes, 6 de octubre de 2014

Tiempo de tránsito


El Chorrillo, 6 de octubre

Tras mi siesta una brisa atraviesa la tarde agitando las ramas y creando con su música un velo de nostalgia a través del cual mis pensamientos y mis recuerdos se abren paso con el desperezo y el gusto de quien despierta de un largo sueño y se encuentra de repente en la confluencia de un mundo en donde los recuerdos y las imágenes, dotados de una transparencia variable, dejan ver a cada instante una diferente consistencia de la realidad por la que se mueven: vidas cruzadas, memoria articulada en torno a sujetos y temas que el capricho del pensamiento recoge y abandona a cada instante sumido en la ambigüedad propia de un largo duermevela.





Mi negación, tras un largo viaje de casi tres meses, a ocupar “provechosamente” el tiempo fuera de las tareas imprescindibles de atender los trabajos de la parcela o la casa, deriva cada tarde en un largo ensimismamiento de dolce far niente en el que me demoro desde hace ya más de dos semanas. No hago nada, picoteo aquí y allá, ordeno fotos, doy forma a un libro que relata mi experiencia veraniega, me doy un largo paseo por los alrededores; mi ánimo no encuentra el asidero acostumbrado de la lectura, el estudio, el cine o la música donde suelo pasar una parte importante de mi tiempo de ocio. El otro día Victoria me decía que si no me estaría pasando eso que yo he narrado alguna vez de un escalador que tras una notoria ascensión deja transcurrir los días con una cerveza entre las manos ocupado únicamente en recordar y revivir los acontecimientos de aquella escalada. Quizás algo de esto me suceda, las vivencias intensas que uno tiene ofrecen en ocasiones una excelente plataforma para hacer posible que nuestros pensamientos irrumpan/buceen en la realidad con una suerte de clarividencia que hace posible que veamos los asuntos complicados y las cosas de la vida con una insospechada claridad. A través del filtro de la experiencia, más y más acentuado con los años y la acumulación de vivencias, a veces uno siente con cierta radicalidad que la realidad, eso que llamamos realidad, es notoriamente algo diferente de lo que usualmente se  nos presenta como tal.
Naturalmente, y siendo la realidad siempre la misma, lo que sufre variaciones, notables en ocasiones, es nuestra percepción de la misma y de las interrelaciones que entre las distintas parte de ésta se producen. Por supuesto nada que tenga que ver con las tareas que se llevan a cabo en el neocórtex. Los estados de iluminación, de sutil percepción del entorno global en que vivimos, parece que estuvieran alejados siempre de los centros regidores de nuestra razón hablándonos en un idioma en donde el hilo causal y racional tienen poco que hacer frente a esa otra forma de conocimiento que se asienta en la intuición, en la vaporosidad de lo entrevisto, en el entrecruzamiento de las finalidades últimas que poco a poco se desvanecen cuando asumimos el tiempo como un presente permanente. Uno siente que toda esa pobre gente que agita hoy sus vidas intentando, como el rey Midas, convertir en oro todo lo que toca, en estos días los poseedores de tarjetas B en Bankia, los obsesionados con esto o lo otro, dinero, poder, diarreas mentales para despistar a los que se pierden en el camino de la vida, deberían aislarse una buena temporada en el desierto o darse una larga caminata por los bosques de alguna tierra lejana. No hay libro que enseñe más sobre la vida que el libro de la naturaleza, cuando se le lee en silencio y soledad. Escucharse a uno mismo en un entorno en donde sólo el viento, la lluvia, los bosques o los ríos son nuestro único acompañante produce por fuerza en el sujeto que se somete a esa experiencia una cierta iluminación, de la cual acaso ni él mismo sea consciente, que hace que su vida poco a poco se vaya enriqueciendo con una clase de verdad en donde no tienen cabida la esquizofrenia de que se ven aquejados un asombroso número de políticos y personajillos de nuestra élite política y económica, los que llenan estos días las portadas de nuestros periódicos; se vaya enriqueciendo con una clase de verdad que a la fuerza, teniendo muy presente la realidad de la muerte y nuestra condición efímera, debería hacernos más humildes, generosos, más comprensivos y en casos, también, más beligerantes con nuestros congéneres.
Por mi ventana entra ahora el final de la tarde con los restos de la brisa que me instigaron a la escritura. Mientras pensaba por dónde podía terminar este post he abierto el Chrome y he mirado las portadas de los periódicos; en la cabecera de todos ellos el mismo titular: “Una sanitaria de Madrid, primer contagio por ébola en Europa”. Junto a él una nota que parece destinada a frenar el alarmismo social: “El virus del ébola no se transmite por el aire, es necesario entrar en contacto con la sangre o algún fluido de un enfermo”. Y me pregunto: ¿y entonces? Cierro los ojos e introduzco en el flujo de mis pensamientos entrecruzados de hace un rato este nuevo acontecimiento, recuerdo los momentos históricos en que las pestes asolaron el planeta; ¿ciencia ficción?: quien sabe. La muerte siempre fue un buen referente para poner las cosas de la realidad en su sitio. Un elemento más que, añadido a la panoplia de nuestras inquietudes, puede aliviarnos del lastre de todo aquello que nos urge indebidamente, puede ayudarnos a centrarnos en esos pocas personas y asuntos esenciales que realmente dan consistencia a nuestra vida.









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