El
Chorrillo, 10 de mayo de 2014
Me he vuelto
de mi caminar por Andalucía algo enfermo y con la inmediata inquietud de una
peritonitis que practicaron de urgencia a mi hijo Mario. He dormido quince
horas seguidas, me he pasado la noche cagando líquido y ahora parece que poco a
poco mi cuerpo se va estabilizando. Mario también sigue su lento proceso de
mejoría tras la intervención.
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| Mario y Guille |
Victoria
marchó al hospital. Me quedé solo en casa. Sensación de desorientación. Lo que
hago, las expectativas, mi relación con la gente que conozco, todo flota
interrogante, aunque de diferente manera, en el ambiente. La vuelta al
hospital, la última vez fue cuando la muerte de mi padre, añade nuevo material de
desorientación a mi ánimo; vuelve a ponerme ante las narices en primer plano la
realidad de las vísceras, la carnalidad que somos.
Esa
lamparita que usan en cirugía y que es capaz de acceder a las profundidades del
riñón o cualquier otra parte del cuerpo, y que usaron para operar a mi hijo, debería
tener la oportunidad en algún momento de acceder a la periferia del alma, a ese
lugar en donde se asientan nuestras especulaciones, los sentimientos, el dolor
y la alegría de la vida. Quizás con ese procedimiento podríamos acercarnos y
comprender un poco eso que sucede en lo que llamamos alma, espíritu, mente.
La duda continuada
de lo que uno ha de hacer, de lo que uno cree, de lo que a uno le ocupa, es un
material incómodo de atravesar; estar seguro de prácticamente nada genera una
inquietud que no deja de ser algo penosa, más en unos días de primavera como éstos
en donde el campo y sus animales sólo parecen ocupados en exaltar las ganas de
vivir. El pertenecer a la especie de los humanos ofrece a veces esta clase de
engorros, el hecho de no tener que pensar y no necesitar por tanto preguntarse
por la razón de las cosas, debe hacer ahorrar a sus beneficiarios una gran
cantidad de preocupaciones. Pero sí, estamos rodeados por asuntos como la
conciencia, el alma, esas cosas, que a la larga terminan haciendo que la vida
sea algo complicada, algo más complicada que la de un ratón o un pájaro, por
ejemplo. Uno podría ir a tiro fijo y cree todo lo que le enseñaron de niño, que
hay un Dios que cuida de nosotros y que prácticamente todo corre de su cuenta,
que a nosotros sólo nos toca ser obedientes, "como Dios manda", y que
con eso ya tenemos todo solucionado no sólo durante estos años sino durante
toda la eternidad; pensar eso y olvidarse de todo lo demás... demasiado
sencillo. Por el contrario uno parece condenado a una duda permanente, quizás el proverbio zen de más abajo, ayude a aclarar que el asunto no puede ser de otra manera:
Gran duda, gran iluminación.
Pequeña duda, pequeña iluminación.
Ninguna duda, ninguna iluminación.
La duda y la
incertidumbre, que muy especialmente se manifiestan cuando uno va cumpliendo
muchos años o cuando, como me sucede a mí estos días, uno se ve obligado a
vivir horas de hospital. Para mí la estancia en un hospital es siempre materia
de reflexión, no puedo evitar, viendo las aberturas en el cuerpo de mi hijo, el
suero, las sondas, experimentar una profunda sensación de desvalimiento y
fragilidad.
Quizás la
duda en definitiva sirva para algo y no sea tan malo, y no tener las ideas
claras pueda representar un buen antídoto contra el adormilamiento. No lo sé.
El caso es que escribiendo estas líneas recordé un libro de Salvador Pániker
que leí hace años y me fui a por él. El libro está cosido a subrayados. Los
libros de filosofía que leo siempre me parecieron oscuros y algo por encima de
mis posibilidades, uno es cortito, qué le vamos a hacer, pero continúo sin
embargo con ellos pese a las dificultades, porque entre la oscuridad no hay
momento en que se abra la espesura y me encuentre con instantes de luminosidad
espléndida que me ayudan a orientarme en mi camino y a comprender un poco la
realidad en la que estoy metido. Allí me encontré con el proverbio chino y con
esta cita de Mark Twain de su Autobiografía:
"Comenzad por cualquier parte de vuestra vida, pasearos a placer por
su extensión; hablad sólo de lo que en aquel momento os interese, abandonar el
tema cuando vuestro interés decaiga, y concentraros entonces en la cosa nueva y
más interesante que haya ocupado vuestro espíritu."
Mark Twain
aboga por un modo de hacer natural y espontáneo que no debería ser difícil de
seguir, pero que, sumidos en un mogollón de impresiones y estímulos como
estamos, no me parece tan sencillo tener en cuenta. En un momento una compleja
urdimbre de realidades se nos imponen y parece como si no existiera otra
realidad más allá de ella. Recuerdo a mi madre cuando atravesábamos el umbral
de su casa para llevarla al hospital, una mujer temerosa de que su vivienda pudiera
ser asaltada por ladrones y que tan enferma como estaba insistía constantemente
para que dejáramos todo bien cerrado detalle por detalle mientras los
encargados de la ambulancia nos apremiaban. Un día después la diagnosticaron un
cáncer terminal y se vino a nuestra casa a vivir. No volvió a preguntar por su
casa, una realidad más relevante se había impuesto a otra menor. A mi hijo
Mario, cuyo medio de vida es un rebaño de cabras, el otro día, unos minutos
antes de entrar en el quirófano con una peritonitis que podía ser grave, se le llenaban
los ojos de lágrimas pensando en sus cabras que ya llevaban un día sin comer
encerradas en su aprisco. ¿Qué iba a ser de sus cabras si él no podía
atenderlas? Todavía no había terminado de pasar de la realidad de cabrero a
aquella otra de enfermo de urgencias. Esta gente me ha salvado la vida, decía
dos días después, mientras caminábamos a paso tortuga por el pasillo del
hospital, él agarrado al dispositivo que sostenía el suero a modo de cayado.
Algunos de nuestros
libros son en ocasiones, más antes que ahora,
un auténtico campo de batalla, subrayados, interrogantes, réplicas,
circulitos, flechas. En esta ocasión, en la página trescientos cuarenta y uno
del Cuaderno amarillo de Pániker,
aparecen subrayadas estas líneas: "Yo moriré, Bach murió, Einstein murió,
Picasso murió, y otros miles que estuvieron vivos –quiero decir, realmente vivos– murieron o morirán, o
habrán de nacer para morir después." Sobre estas líneas, escrito a mano,
con una letra que se parece a la mía en los momentos de decidida convicción, se
dice: "Si no estuviste realmente vivo, ¿cómo habrás de morir? Tampoco
morirás, tu muerte será un puro despertar sorprendido." A continuación
otro lector del libro, presumiblemente Victoria, trazó una flecha tras la
palabra "sorprendido" y añadió: "Muy cierto".
¿Será en
definitiva todo este trabajo, todas estas dudas, todo este constante marear la
perdiz, parte del precio por estar realmente
vivo?
Las cabras hablan con el cabrero a través del Guasap

Vaya dos hijazos , enhora buena, Un abrazo
ResponderEliminar!Qué sobrinos más guapos tengo!
ResponderEliminarBESOS al enfermito y no puedo decirlr que ponga bueno por que más bueno es imposible.
Jeje... Gracias a los dos
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