El Chorrillo, 24 de abril
Recuerdo que
mi principal argumento cuando dejé de trabajar era bastante sencillo. El
trabajo que hacía, aunque me cargaba en ocasiones, esencialmente porque las
circunstancias me impedían hacerlo como hubiera deseado, no era tan malo como
para tener que salir corriendo, me gustaba. En aquella situación mi deseo para abandonar el
trabajo era poder hacer otras cosas en la vida, algo diferente, viajar,
escribir, caminar, descubrir nuevos paisajes y dedicar largas horas a la
lectura; más o menos ese era resumido el panorama. De ello hace ya ocho años.
Esta tarde,
después de trajinar con la madreselva que está convirtiendo parte de nuestra
parcela realmente en eso, en una selva, entré en la cabaña en donde languidecía
el fuego de la mañana; había caminado un par de horas por los alrededores y había
llegado bastante mojado, así que la solución fue rescaldar el ambiente una vez
más cuando ya pensaba que no volvería a encender la chimenea hasta avanzado el
próximo otoño; entré, me senté frente a la ventana y de repente, con el sol de
frente y el viento agitando un tanto aparatosamente las ramas de los árboles,
caí en pensar en esto de hacer nuevas cosas.
Días atrás seguía
una conferencia de Esther Perel: The secret to desire (Subtitulos en varios idiomas). En relación con las necesidades
fundamentales del hombre o mujer se decía que después de las que nos mantienen
vivos, también ineludiblemente la necesidad de la aventura, la novedad, el
misterio, riesgo, el peligro, el gusto por lo desconocido eran necesidades de
primer orden. El contexto era un trampolín para analizar esa fuerza que nos
impele, casados o no, y parece que principalmente a los hombres, a la búsqueda
de un cuerpo nuevo, una amante, una pizca de misterio, aventura, algo que nos
acerque un poco más a esa sensación de plenitud que se desprenden de determinados
encuentros. Ese era el contexto, pero no me siento hoy inclinado a seguir ese
camino, que me parece tan interesante y que sin la moralina que padecemos,
cuando no cinismo, podríamos practicar con mayor holgura y placer si no
viviéramos todavía un clima de cierta mojigatería.
Creo que
esas afirmaciones de principio del párrafo anterior siempre me parecieron
axiomas con los que había nacido y con los cuales uno va de la mano hasta las
puertas de la mismísima tumba. Sin embargo hoy algo pica mi curiosidad en torno
a estas cosas. En un mundo donde cualquier realidad humana tiende a
cuantificarse alimentando el aparato estadístico para mostrarnos los estándares
por donde más o menos la vida lleva al grueso de los humanos, apenas sabemos
nada de cómo evoluciona el espectro de las inquietudes de la gente que va
cumpliendo años. Sí parece que hay asuntos que poco a poco van perdiendo interés
en las personas que se hacen mayores; pero qué asuntos, por qué. No hay que ser
un lince para mostrar algunos comportamientos corrientes que se producen en
estas circunstancias en relación a la edad.
Las hojas
del álamo frente a mi ventana se agitan nerviosamente colgadas sobre su largo
pedúnculo, son de un verde afelpado, les gusta jugar con el viento, estrenan
vida, son como delicadas campanillas que susurran por la noche acunando mi
sueño. Abril, mayo, junio... allá por el mes de octubre empezarán a amarillear
y entonces su sonido será más agudo, más seco; cambiarán de color y un buen día
de viento como hoy se echarán a volar y alfombrarán la parcela con el tostado
vegetal de su cuerpo. Intento hacerme a la idea de que ese ciclo biológico, ese
o el de los carboneros y gorriones que vienen a comer frente a mi ventana las
pipas que les pongo, tienen que ver bastante conmigo mismo. No sigo el hilo de
ningún razonamiento concreto, se trata de algo demasiado obvio, pero llega a mí
con una fuerte sensación de realidad. Los humanos somos unos bichos algo más
complejos que las hojas de los álamos o los pájaros, pero en sustancia hay
cosas en común y es eso común lo que se posa esta tarde suavemente sobre mi ánimo,
en donde comparte el espacio con ese presunto axioma de que hablaba más arriba.
De la misma manera que el otoño dora las hojas del álamo, no estoy yo muy
seguro si en mi caso no está sucediendo algo similar, un dorado que puede ser
el aprecio de la vida sencilla, los trabajos de la parcela, los paseos
matinales, el contacto con los libros y la música; y acaso, sí, la sospecha de la
necesidad de echar una mano a alguien que lo pueda necesitar. Hoy escruto mis
pensamientos y mi ánimo y encuentro pocos rastros de esa fuerza que podría
llevarme a la novedad, al misterio o a la aventura. Hice intentos durante el
invierno para aventar proyectos, viejos sueños, pero ninguno tuvo hasta ahora
fuerza suficiente para despegar entre los carrizos de la vida cotidiana. Miro
la tarde, este hermoso día de otoño que se ha descolgado sobre la primavera, y
me siento tan a gusto entre estas pequeñas cosas, la huerta, los semilleros, este
verde profundo que tapiza el bosquecillo de nuestra parcela; los ratos de
estudio, la lluvia, el viento, incluso los árboles parecen hablarme desde la
solemnidad del movimiento de sus ramas.
Me escucho.
Cuando me jubilé quería hacer otras cosas. Pienso en que he pasado un año de no
parar y me pregunto si no me estará pidiendo el cuerpo lo mismo que me pedía
hace ocho años, es decir, hacer otras cosas. Es curioso esto de los bioritmos,
uno está harto de oírlo, que cada cuerpo tiene los suyos, que... El caso es que
uno está acostumbrado a tener un trozo de futuro por delante, un proyecto, ciertas
expectativas, porque siempre ha funcionado así, y ahora, con suficiente tiempo como para experimentar las bondades de no hacer nada y reflexionar,
la duda viene a sembrar ciertos interrogantes en la tarde.
Quizás si se
practicara con más asiduidad y credibilidad eso que llamamos vivir el presente,
no sería tan complicado saber lo que realmente deseamos. Ayer, en una charla, Eckhart
Tolle, el autor de The power of the
present, adelantaba esta verdad de
cajón pero que es tan difícil de aplicar en la práctica: Your life is always this moment, y recordaba con humor cierto letrerito que había
visto colgado en las paredes de un pub irlandés: Free beer tomorrow. Efectivamente, el futuro no existe. Voy a
tratar de inoculármelo en el cerebro por milésima vez.


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