El Chorrillo
14 de mayo
Llevo un
buen rato frente a la ventana de la cabaña sin hacer nada. Después de una semana
es el primer día que mi cuerpo está bien y disfruto de esa cosa sencilla que es
mirar por la ventana relajadamente. Frente a mi ventana suceden montones de
cosas que, pese a su aspecto usual y corriente, tienen en ocasiones la
capacidad de emocionarme, sugerirme o incluso divertirme. Hoy sin más son un
par de mirlos que saltan entre los geranios reuniendo palitos y pajitas para su
nido, picotean aquí y allá las semillas que caen al suelo desde el comedero que
tengo instalado en el tronco de la acacia, corretean uno tras otro y de golpe
echan a volar; unos minutos más tarde vuelven, ahora bajo los rosales, así les
transcurre la vida a esta pareja de enamorados esta mañana, hacer el nido,
corretear, hacerse arrumacos de tanto en tanto, calmar la sed en un recipiente
de barro que les puse junto a las hortensias. Mientras tanto, un poco más allá nuestra
gata Peluca se sube a la leñera y hace su guardia matinal a la búsqueda de algún
ratón despistado. Peluca pasa una gran cantidad de tiempo en los alrededores de
la cabaña, es arisca y un poco huidiza, algo se le pegó de su dueño, y hace su
vida solitaria entre las parras, las ramas del olivo o la señorial arboladura
de un olmo negro que planté cuando no medía más de un palmo y que ahora se
eleva veinte metros sobre el suelo de la parcela robusto y seguro de sí mismo;
mis brazos ya no dan apenas para abarcar su tronco. En lo alto de sus ramas,
inalcanzable a un gato corriente, anida una pareja de ruiseñores y se ve un
voluminoso nido en forma de cono que hace de maternidad a las urracas desde
hace ya un montón de año. En invierno, cuando el olmo de desnuda de sus hojas,
el nido aparece solitario y abandonado como un reclamo permanente de la
primavera.
En fin, después
de una agitada semana de hospital, ayer le dieron el alta a mi hijo Mario y hoy
podemos sentarnos por primera vez en casa a mirar sosegadamente cómo transcurre
la mañana. Y la verdad es que transcurre muy bien, hay un sosiego
desacostumbrado en la casa después de estos días de inquietud. Ayer parecía que
la agenda del día no admitiría otra cosa que pasar por el hospital, recoger a
Mario y volver a casa para iniciar un largo periodo de descanso y recuperación,
pero a fin de cuenta el hospital no estaba tan lejos de Valdemanco, donde Mario
tiene su cabrerizo, y a éste inevitablemente le salían por los poros de la piel
las ganas de ir a ver a su cabras. Mario tiene la suerte de tener varias
familias, una de ellas es el rebaño y su mastín Cancho, otra son un buen puñado
de amigos y vecinos de Valdemanco que le tienen un afecto nada común, todos lo
dicen; el tercer grupo lo componemos nosotros, sus hermanos, Quique, Rosa, su
sobrina Ainara. El jodío es un hombre no muy práctico capaz de preparar y arar
la tierras de amigos y vecinos, regalarles la leche de las cabras o los quesos,
todo ello sin cobrarles un duro, lo que hace que ande a la cuarta pregunta de
tanto en tanto; no es práctico, es alguien que viviría encantado si no
existiera el dinero, pertenece a los tiempos de la economía neanderthal del
trueque; en realidad vive como los gorriones de que hablaba Jesús el del
Evangelio. Nosotros, sus padres, movemos de vez en cuando la cabeza dubitativamente
como quien no las tiene todas consigo en relación con el porvenir de su hijo,
sin embargo el tío respira bien, lleva la salud en los ojos, metafóricamente
quiero decir porque alguna vez hasta una peritonitis puede colársele a uno de
rondó en el cuerpo. Debe ser aquello de que no es rico el que más tiene sino el
que menos necesita, y la verdad es que desde este punto de vista Mario aparece
como millonario. En los últimos meses vive en una pequeña casa en el pueblo,
pero hasta ahora y durante muchos años su lugar de residencia era una choza
hecha con barro y alpacas de paja.
Bueno, pues
el caso es que accedimos a llevarle a ver las cabras con la condición de que no
se moviera de los alrededores del coche. Fue para rodarlo, según subíamos por
la pista hacia el collado de Medio Celemín, por encima de Valdemanco, él escrutaba
inquietamente las laderas de Peña Negra y el Regajo en busca de las cabras que
no terminaban de aparecer; pero, ay, a la derecha, sobre un cerro... allí, allí,
decía, y de golpe empezó a gritarme: ¡para, para, para! Joder, la pista estaba
en cuesta y aquello era muy estrecho y yo pretendía parar unos metros más
arriba, pero él no podía esperar. Y de golpe, con el para para en la boca,
salta desde el asiento de atrás por encima de nosotros, se agarra a la puerta
delantera del coche, la abre y no se tira en marcha de milagro. Frené en seco sorprendido.
Acabábamos de salir del hospital, se movía mal, tenía tres aberturas en el
vientre, sus tripas andan revolucionadas con retortijones... La leche. La
verdad es que me sentí jodido con su reacción. Con los pies ya en el suelo y el
coche parado pareció disculparse por la repentina movida. Entonces se subió a
una piedra que había junto a la pista y desde allí lanzó una serie de
interjecciones incomprensibles dirigidas a las cabras de las que apenas se veían
dos o tres a lo lejos. Unos metros más arriba, mientras aparcaba el coche,
asistimos a un espectáculo realmente entrañable. A Mario se le habían
humedecido los ojos pensando en las cabras solas y abandonadas en el cabrerizo
cuando, obligado por la urgencia de su enfermedad estaba a punto de entrar en
el quirófano; ahora era el reencuentro después de esa larga semana y el
reencuentro era algo muy emotivo. De golpe sobre la loma empezaron a aparecer
las cabezas de otras cabras como sorprendidas por la voz de su dueño que las
llamaba desde el otro lado de la ausencia y, ellas, como hijas de una larga
prole que hubieran vivido la pérdida de la madre durante una larga temporada,
empezaron a correr alborozadas monte abajo balando al encuentro del cabrero
capitaneadas por Cancho, el perrazo amigo, su guardián. De verdad, no sé
contarlo, pero era muy emocionante ver correr a casi un centenar de animales
monte abajo precipitadamente para ir a agasajar al cabrero, te queremos, te
queremos, tío ¿dónde te has metido? Joder, nos has dejado solas una semana. Eso
parecían decir las cabras mientras llegaban y se apelotonaban a su alrededor
lamiendo las manos de Mario. Y Cancho, el tranquilote y pacífico Cancho que
tanto impone con su aspecto amenazante cuando alguien se acerca al rebaño, hacía
otro tanto.
Nunca supuse
que la relación entre un cabrero y sus cabras pudiera levantar tantas
emociones; a Victoria y a mí se nos humedecieron los ojos con aquel espectáculo.
Maxi, el chico que cuidará el rebaño durante la convalecía de Mario miraba
risueño el espectáculo.
Más tarde
bajaríamos a comer con Luis y Sole, una pareja de amigos de Mario con los que
es fácil sentirse como si de la misma familia se tratara. Tuvimos una muy
agradable velada, a la que no faltó la amiga Sara y León, un criajo de cinco
meses más simpático que todas las cosas.
Los mirlos
se han marchado hace un rato y ahora queda el suave mecerse de las hojas de la
acacia y del álamo frente a la ventana. Es un día fresco de primavera. Mario se
ha ido caminando al pueblo, lo que indica que su cuerpo empieza a reponerse con
regularidad, y Victoria anda trajinando en la huerta. Todo vuelve a la
normalidad. Cientos de rosas se apelotonan por la fachada de nuestra casa o
alrededor de la piscina. Peluca y Bartola, la otra gata, andan jugueteando en
las ramas del olivo. Ayer no existe, el futuro tampoco, la vida de este ahora
de mañana fresquita de mayo es amable, da gusto vivir.


Hay alguien, de cualquier tipo de ser, que no quiera a Mario?
ResponderEliminarDale muchos besos
Gracias, Ana, se los doy de tu parte.
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