miércoles, 14 de mayo de 2014

Mario abandona el hospital


El Chorrillo 14 de mayo

Llevo un buen rato frente a la ventana de la cabaña sin hacer nada. Después de una semana es el primer día que mi cuerpo está bien y disfruto de esa cosa sencilla que es mirar por la ventana relajadamente. Frente a mi ventana suceden montones de cosas que, pese a su aspecto usual y corriente, tienen en ocasiones la capacidad de emocionarme, sugerirme o incluso divertirme. Hoy sin más son un par de mirlos que saltan entre los geranios reuniendo palitos y pajitas para su nido, picotean aquí y allá las semillas que caen al suelo desde el comedero que tengo instalado en el tronco de la acacia, corretean uno tras otro y de golpe echan a volar; unos minutos más tarde vuelven, ahora bajo los rosales, así les transcurre la vida a esta pareja de enamorados esta mañana, hacer el nido, corretear, hacerse arrumacos de tanto en tanto, calmar la sed en un recipiente de barro que les puse junto a las hortensias. Mientras tanto, un poco más allá nuestra gata Peluca se sube a la leñera y hace su guardia matinal a la búsqueda de algún ratón despistado. Peluca pasa una gran cantidad de tiempo en los alrededores de la cabaña, es arisca y un poco huidiza, algo se le pegó de su dueño, y hace su vida solitaria entre las parras, las ramas del olivo o la señorial arboladura de un olmo negro que planté cuando no medía más de un palmo y que ahora se eleva veinte metros sobre el suelo de la parcela robusto y seguro de sí mismo; mis brazos ya no dan apenas para abarcar su tronco. En lo alto de sus ramas, inalcanzable a un gato corriente, anida una pareja de ruiseñores y se ve un voluminoso nido en forma de cono que hace de maternidad a las urracas desde hace ya un montón de año. En invierno, cuando el olmo de desnuda de sus hojas, el nido aparece solitario y abandonado como un reclamo permanente de la primavera.


En fin, después de una agitada semana de hospital, ayer le dieron el alta a mi hijo Mario y hoy podemos sentarnos por primera vez en casa a mirar sosegadamente cómo transcurre la mañana. Y la verdad es que transcurre muy bien, hay un sosiego desacostumbrado en la casa después de estos días de inquietud. Ayer parecía que la agenda del día no admitiría otra cosa que pasar por el hospital, recoger a Mario y volver a casa para iniciar un largo periodo de descanso y recuperación, pero a fin de cuenta el hospital no estaba tan lejos de Valdemanco, donde Mario tiene su cabrerizo, y a éste inevitablemente le salían por los poros de la piel las ganas de ir a ver a su cabras. Mario tiene la suerte de tener varias familias, una de ellas es el rebaño y su mastín Cancho, otra son un buen puñado de amigos y vecinos de Valdemanco que le tienen un afecto nada común, todos lo dicen; el tercer grupo lo componemos nosotros, sus hermanos, Quique, Rosa, su sobrina Ainara. El jodío es un hombre no muy práctico capaz de preparar y arar la tierras de amigos y vecinos, regalarles la leche de las cabras o los quesos, todo ello sin cobrarles un duro, lo que hace que ande a la cuarta pregunta de tanto en tanto; no es práctico, es alguien que viviría encantado si no existiera el dinero, pertenece a los tiempos de la economía neanderthal del trueque; en realidad vive como los gorriones de que hablaba Jesús el del Evangelio. Nosotros, sus padres, movemos de vez en cuando la cabeza dubitativamente como quien no las tiene todas consigo en relación con el porvenir de su hijo, sin embargo el tío respira bien, lleva la salud en los ojos, metafóricamente quiero decir porque alguna vez hasta una peritonitis puede colársele a uno de rondó en el cuerpo. Debe ser aquello de que no es rico el que más tiene sino el que menos necesita, y la verdad es que desde este punto de vista Mario aparece como millonario. En los últimos meses vive en una pequeña casa en el pueblo, pero hasta ahora y durante muchos años su lugar de residencia era una choza hecha con barro y alpacas de paja.
Bueno, pues el caso es que accedimos a llevarle a ver las cabras con la condición de que no se moviera de los alrededores del coche. Fue para rodarlo, según subíamos por la pista hacia el collado de Medio Celemín, por encima de Valdemanco, él escrutaba inquietamente las laderas de Peña Negra y el Regajo en busca de las cabras que no terminaban de aparecer; pero, ay, a la derecha, sobre un cerro... allí, allí, decía, y de golpe empezó a gritarme: ¡para, para, para! Joder, la pista estaba en cuesta y aquello era muy estrecho y yo pretendía parar unos metros más arriba, pero él no podía esperar. Y de golpe, con el para para en la boca, salta desde el asiento de atrás por encima de nosotros, se agarra a la puerta delantera del coche, la abre y no se tira en marcha de milagro. Frené en seco sorprendido. Acabábamos de salir del hospital, se movía mal, tenía tres aberturas en el vientre, sus tripas andan revolucionadas con retortijones... La leche. La verdad es que me sentí jodido con su reacción. Con los pies ya en el suelo y el coche parado pareció disculparse por la repentina movida. Entonces se subió a una piedra que había junto a la pista y desde allí lanzó una serie de interjecciones incomprensibles dirigidas a las cabras de las que apenas se veían dos o tres a lo lejos. Unos metros más arriba, mientras aparcaba el coche, asistimos a un espectáculo realmente entrañable. A Mario se le habían humedecido los ojos pensando en las cabras solas y abandonadas en el cabrerizo cuando, obligado por la urgencia de su enfermedad estaba a punto de entrar en el quirófano; ahora era el reencuentro después de esa larga semana y el reencuentro era algo muy emotivo. De golpe sobre la loma empezaron a aparecer las cabezas de otras cabras como sorprendidas por la voz de su dueño que las llamaba desde el otro lado de la ausencia y, ellas, como hijas de una larga prole que hubieran vivido la pérdida de la madre durante una larga temporada, empezaron a correr alborozadas monte abajo balando al encuentro del cabrero capitaneadas por Cancho, el perrazo amigo, su guardián. De verdad, no sé contarlo, pero era muy emocionante ver correr a casi un centenar de animales monte abajo precipitadamente para ir a agasajar al cabrero, te queremos, te queremos, tío ¿dónde te has metido? Joder, nos has dejado solas una semana. Eso parecían decir las cabras mientras llegaban y se apelotonaban a su alrededor lamiendo las manos de Mario. Y Cancho, el tranquilote y pacífico Cancho que tanto impone con su aspecto amenazante cuando alguien se acerca al rebaño, hacía otro tanto.

Nunca supuse que la relación entre un cabrero y sus cabras pudiera levantar tantas emociones; a Victoria y a mí se nos humedecieron los ojos con aquel espectáculo. Maxi, el chico que cuidará el rebaño durante la convalecía de Mario miraba risueño el espectáculo.
Más tarde bajaríamos a comer con Luis y Sole, una pareja de amigos de Mario con los que es fácil sentirse como si de la misma familia se tratara. Tuvimos una muy agradable velada, a la que no faltó la amiga Sara y León, un criajo de cinco meses más simpático que todas las cosas.

Los mirlos se han marchado hace un rato y ahora queda el suave mecerse de las hojas de la acacia y del álamo frente a la ventana. Es un día fresco de primavera. Mario se ha ido caminando al pueblo, lo que indica que su cuerpo empieza a reponerse con regularidad, y Victoria anda trajinando en la huerta. Todo vuelve a la normalidad. Cientos de rosas se apelotonan por la fachada de nuestra casa o alrededor de la piscina. Peluca y Bartola, la otra gata, andan jugueteando en las ramas del olivo. Ayer no existe, el futuro tampoco, la vida de este ahora de mañana fresquita de mayo es amable, da gusto vivir.

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