El Chorrillo, 16 de mayo de 2014
Antes de ponerme a trabajar, apoyo los pies sobre la mesita de madera y miro fuera a través del bosquecillo de acacias. Una intensa emoción cuando miro por la ventana y pienso que tengo toda la vida que me queda para estar aquí rodeado por este pequeño y hermoso espacio, gozo de sentir que no necesito marchar a ningún lugar del mundo, que aquí transcurrirán todos los años de vida que me quedan. Ayer me dio una larga punzada en el riñón que me tuvo postrado toda la tarde; creí que tendría que ir al hospital pero al final del día la cosa remitió hasta el punto de que me pude sumar a la sesión de cine de la noche con Victoria y Mario. Estamos repasando la filmografía de John Ford, pero ayer no hubo suerte, Escala en Hawai me pareció mala, la peor película de este genial director. No obstante mi riñón no se resintió de ello, seguí perfectamente las circunstancias de ese buen samaritano que representa Henry Fonda.
Esa sensación de la propia casa, el propio espacio en el Planeta para pasar el resto de tu vida es una sensación extremadamente agradable esta mañana. Mi casa puede ser la Pedriza , los Pirineos, los caminos del mundo que he pisado, todo ello estaba dentro de mí, dentro de este espacio como condensado en un frasquito de esencia. El mundo es grande grande, pero cuando se ha viajado mucho, caminado tanto por él, vivido en las profundidades de las noches o en los agotadores y calurosos días de verano sobre una estepa o un desierto, por no hablar de los tantos recovecos y paredes de montaña, a estas alturas de la vida uno puede llegar a sentirlo como un espacio que está injertado en su estructura ósea y anímica. Quizás llegue un momento en que no necesite en absoluto viajar o caminar por lugares exóticos, precisamente por eso, porque todo está dentro de mí, porque aunque mi memoria sea débil, mis sensaciones, los hilos de emoción pasaron a constituir parte del tegumento de la propia constitución.
Hay libros que hemos leídos que parecen haber sido transcritos a las paredes del alma de manera similar a como los sumerios y egipcios lo hacían en los muros de sus templos. Me sucede a mí con El libro de las quimeras de ese maravilloso pesimista que fue Cioran. El amor, el sufrimiento, la música de Mozart, el conocimiento, la muerte, la soledad encuentran en él uno de los mentores más universales y profundos que conozco; llegar a acercarse a la comprensión de los hechos fundamentales de la vida de la mano de Cioran es una apasionante experiencia. No es fácil encontrar a alguien que haya expresado con tanta aproximación la ambigua forma de las grandes pasiones y sentimientos. Abro el libro y me encuentro con esto, que no es precisamente de lo que quería hablar, pero que no resisto dejar de reproducir: "Amamos a una mujer porque es nuestro amor lo que queremos. Pues en el amor nos degustamos, nos saboreamos a nosotros mismos, nos dejamos seducir por el goce de nuestro pálpito erótico". O esto otro: "No olvides multiplicar tus vibraciones interiores hasta el límite, hasta el absurdo. Como un condenado a muerte, que tu alma se disuelva y se precipite en una angustia extática, en un estremecimiento de terror que llegue hasta el goce ... Que todo en ti arda, para que el dolor no te vuelva blando y tibio".
Y ya en la línea de lo que quería hablar: "Los hombres no han entendido que contra la mediocridad no queda otra arma que el sufrimiento ... Toda la angustia que sigue al sufrimiento mantiene al hombre en una tensión tal que ya no puede ser en lo sucesivo mediocre." Impresiona saber que Cioran tenía tan solo, creo, veinticuatro años cuando escribió este libro, impresiona porque parecen las palabras y el conocimiento de alguien que ha vivido un siglo, muchas vidas, intensas y profundas experiencias.
El dolor como purificador y acicate para acercarse al conocimiento de la naturaleza interior. Lo que viene tras el sufrimiento y el dolor siempre tiene algo de misteriosa reconciliación con la vida; cuando uno ha sufrido y se encuentra al otro lado del dolor es como tropezarse de nuevo con las raíces del propio yo; olvidado, lejos de nosotros entre el fárrago de los acontecimientos diarios, mediante el dolor el yo se hace presente en una mañana de primavera con una luminosidad y una claridad que acaso tenga que ver con alguno de esos estados espirituales que el budismo zen identifica con la iluminación. Lo que antes era oscuro y de perfiles imprecisos de repente se tornó claro, accesible; no, por supuesto, en la línea de un conocimiento racional en el que podamos expresar punto por punto las causas o los antecedentes sísmicos de nuestra transformación, sino como constatación, reencuentro con una realidad, la nuestra, que antes aparecía obtusa y monopolizada por un entorno que no permitía mirar dentro de uno mismo con lucidez, pero que bajo la luz del sufrimiento y el dolor podemos intuir con gozosa claridad.
Hay estados anímicos a los que sólo se llega mediante el dolor y el sufrimiento. Y no hablo sólo de enfermedades. No hay manera de llegar a la situación vivencial y de exaltación de un corredor de maratones cruzando la línea de meta que no sea pasando por el sufrimiento de superar estoicamente los diez, veinte últimos kilómetros en el trance en que los límites de las fuerzas están a punto de resquebrajarse. Tampoco hay modo de experimentar lo que fluye por el cuerpo y el alma de un escalador que supera una hermosa y difícil pared de granito. Con el mando a distancia en la mano, sentados cómodamente ante el televisor, aunque ésta pueda ser a veces una actividad sana, no es posible experimentar ninguna gran pasión, ningún gran goce o conocimiento especial de sí mismo.
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