El Chorrillo, 22 de mayo
Esta mañana,
con la disculpa del paseo del día anterior por el valle de la Barranca con los amigos
del Navi, remoloneé en la cama el tiempo suficiente como para recibir los
beneficios de una pequeña iluminación. El despertador había sonado a las seis y
media, obviamente trastornado por algún mal sueño, porque era claro que un
servidor no tenía intención de levantarse hasta que le diera el sol en la cara,
así que le apagué y me sumí en un agradable sueño. Enseguida estuve de nuevo en
la India donde
algún problema relacionado con mi pasaporte me retenía en el aeropuerto de
Bombay. Una hora después desperté con la sensación de haber dormido lo
suficiente, estuve de acá para allá, también oyendo al viento y a los pájaros
que revoloteaban por las ramas de la cercana acacia. Era placentero. Las
mañanas que siguen a alguna excursión en la sierra siempre tienen un nosequé de
sedosa paz que mi cuerpo entero agradece, los músculos relajados, los recuerdos
livianos. Permanecí así durante mucho tiempo.
A fin de
cuentas esto no era muy diferente a los ratos de meditación que hago algunas
mañanas, me decía; en aquellos momentos en posición loto centrando mi atención
en el tránsito del aire entrando en mis pulmones hasta el fondo de los
alvéolos, quizás dejando vagar por mi pensamiento ligeramente, leves como
vilanos atravesando un prado, como si de nubes de verano se tratara, los
recuerdos o las ideas; en esta mañana no ya en posición de loto sino tumbado
boca arriba plácidamente, acaso esperando la posibilidad de que el paso de un
ángel atravesara la mañana y me trajera alguna dicha en especial.
Y sucedió. Los
ojos cerrados, la mente abierta, receptiva, como dispuesta a recibir en su seno
lo que la mañana quisiera traerle, un puro ahora sin conexiones con sus primos
hermanos el futuro o el pasado. Puro presente en donde no existía otra cosa que
yo mismo, livianos pensamientos y los restos de un vino añejo que empezaba a
circular sigilosamente en el fondo de saco de la conciencia, pero que poco a
poco permite que por los nervios sacros de la columna vertebral empiece a
circular cierta música celestial que suavemente se aproxima al nacimiento de
los genitales. Los ojos cerrados, los brazos extendidos sobre la cama; ese
punto que en el yoga situamos a la altura de la frente y que alentamos con la
reiteración de la palabra OM en que las religiones dhármicas simbolizan al
divino Brahman y al universo entero, se convierte en esta mañana allá abajo, en
los alrededores del pubis, en el centro energético y teológico universal.
La liturgia,
toda esa liturgia que debería comenzar y concluir en el acto amoroso, en el
hecho esencial de fusión del yin y el yang y que yo estaba empezando a celebrar,
me recuerda hoy esos momentos de recogimiento de mi niñez en el mes de mayo
cuando la devoción a María, exacerbada por el perfume de las flores y los
cantos a la virgen, hacía que nuestros infantiles corazones palpitaran de
emocionada devoción por aquel ser angelical fabricado con escayola. Creo que
estas cosas, igual que las levitaciones de santa Teresa de Jesús, tienen un
componente onírico religioso que el hecho de que las cosas del sexo sean todavía
tabú en nuestra sociedad, impiden tratar con una mediana normalidad. Levitar
por la inaprensible presencia de Dios o por la inefable redondez de unas
caderas o unos pechos a mi me parecen cosas que pertenecen a una esencia
similar; en el Taoísmo lo llamaríamos fusión con el Todo, con el Universo. No
me imagino muy diferente la calidad de estas sensaciones tan aparentemente
opuestas.
¿Qué, si no
tuviéramos todavía sobre la cabeza y los riñones el peso de esa idiota y mojigata
educación que nos mediatiza para hacer del cuerpo bonito de
una compañera un acto de levitación, del propio cuerpo ayudado por el recuerdo
de ellas un acto de devoción? ¿Qué, si comprendiéramos que la única religión
verdadera es la que llena el cuerpo de deseo y eleva a sus feligreses en sus
ratos de oración a una condición de placer demencial? ¿Qué de qué? Pues eso, ¿qué mejor cosa que tratar de ser buenas personas y tratar de convertir nuestra
devoción en un amoroso encuentro con nosotros mismos y con los otros?
Y es que
rezar se puede rezar en compañía, pero sustancialmente, como en la meditación,
la oración en solitario practicada con especial devoción, recurriendo a los
cuerpos bonitos que uno ha visitado, forzando la imaginación, presionando sobre
la memoria para sacar a la luz los sutiles detalles de un encuentro gracioso,
precioso, tierno, amoroso, una de esas imágenes cargadas de especial erotismo
que nos acompañarán durante toda la vida; esa oración solitaria, puede convertirse
en una preciada gracia que como llovida del Hades, o como el maná sobre el
desierto caiga sobre nosotros para hacernos un poco más felices.
Convertir
las bondades de un cuerpo en mantra, reiteración, musitar cada mañana el fulgor
de unos ojos, recordar la magnífica armonía de un cuerpo, el gesto distraído de
una novia que tuviste que se retiraba graciosamente el cabello del cuello, la
sonrisa cómplice de un encuentro causal, el roce de unos dedos; eso y recoger devotamente
los frutos, experimentar a fondo las sensaciones, esa pequeña revolución que se
produce en el propio cuerpo tras una prolongada meditación mañanera.
Que así
sea, amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario