jueves, 22 de mayo de 2014

Otra forma de meditación


El Chorrillo, 22 de mayo

Esta mañana, con la disculpa del paseo del día anterior por el valle de la Barranca con los amigos del Navi, remoloneé en la cama el tiempo suficiente como para recibir los beneficios de una pequeña iluminación. El despertador había sonado a las seis y media, obviamente trastornado por algún mal sueño, porque era claro que un servidor no tenía intención de levantarse hasta que le diera el sol en la cara, así que le apagué y me sumí en un agradable sueño. Enseguida estuve de nuevo en la India donde algún problema relacionado con mi pasaporte me retenía en el aeropuerto de Bombay. Una hora después desperté con la sensación de haber dormido lo suficiente, estuve de acá para allá, también oyendo al viento y a los pájaros que revoloteaban por las ramas de la cercana acacia. Era placentero. Las mañanas que siguen a alguna excursión en la sierra siempre tienen un nosequé de sedosa paz que mi cuerpo entero agradece, los músculos relajados, los recuerdos livianos. Permanecí así durante mucho tiempo.


A fin de cuentas esto no era muy diferente a los ratos de meditación que hago algunas mañanas, me decía; en aquellos momentos en posición loto centrando mi atención en el tránsito del aire entrando en mis pulmones hasta el fondo de los alvéolos, quizás dejando vagar por mi pensamiento ligeramente, leves como vilanos atravesando un prado, como si de nubes de verano se tratara, los recuerdos o las ideas; en esta mañana no ya en posición de loto sino tumbado boca arriba plácidamente, acaso esperando la posibilidad de que el paso de un ángel atravesara la mañana y me trajera alguna dicha en especial.
Y sucedió. Los ojos cerrados, la mente abierta, receptiva, como dispuesta a recibir en su seno lo que la mañana quisiera traerle, un puro ahora sin conexiones con sus primos hermanos el futuro o el pasado. Puro presente en donde no existía otra cosa que yo mismo, livianos pensamientos y los restos de un vino añejo que empezaba a circular sigilosamente en el fondo de saco de la conciencia, pero que poco a poco permite que por los nervios sacros de la columna vertebral empiece a circular cierta música celestial que suavemente se aproxima al nacimiento de los genitales. Los ojos cerrados, los brazos extendidos sobre la cama; ese punto que en el yoga situamos a la altura de la frente y que alentamos con la reiteración de la palabra OM en que las religiones dhármicas simbolizan al divino Brahman y al universo entero, se convierte en esta mañana allá abajo, en los alrededores del pubis, en el centro energético y teológico universal.
La liturgia, toda esa liturgia que debería comenzar y concluir en el acto amoroso, en el hecho esencial de fusión del yin y el yang y que yo estaba empezando a celebrar, me recuerda hoy esos momentos de recogimiento de mi niñez en el mes de mayo cuando la devoción a María, exacerbada por el perfume de las flores y los cantos a la virgen, hacía que nuestros infantiles corazones palpitaran de emocionada devoción por aquel ser angelical fabricado con escayola. Creo que estas cosas, igual que las levitaciones de santa Teresa de Jesús, tienen un componente onírico religioso que el hecho de que las cosas del sexo sean todavía tabú en nuestra sociedad, impiden tratar con una mediana normalidad. Levitar por la inaprensible presencia de Dios o por la inefable redondez de unas caderas o unos pechos a mi me parecen cosas que pertenecen a una esencia similar; en el Taoísmo lo llamaríamos fusión con el Todo, con el Universo. No me imagino muy diferente la calidad de estas sensaciones tan aparentemente opuestas.
¿Qué, si no tuviéramos todavía sobre la cabeza y los riñones el peso de esa idiota y mojigata educación que nos mediatiza para hacer del cuerpo bonito de una compañera un acto de levitación, del propio cuerpo ayudado por el recuerdo de ellas un acto de devoción? ¿Qué, si comprendiéramos que la única religión verdadera es la que llena el cuerpo de deseo y eleva a sus feligreses en sus ratos de oración a una condición de placer demencial? ¿Qué de qué? Pues eso, ¿qué mejor cosa que tratar de ser buenas personas y tratar de convertir nuestra devoción en un amoroso encuentro con nosotros mismos y con los otros?
Y es que rezar se puede rezar en compañía, pero sustancialmente, como en la meditación, la oración en solitario practicada con especial devoción, recurriendo a los cuerpos bonitos que uno ha visitado, forzando la imaginación, presionando sobre la memoria para sacar a la luz los sutiles detalles de un encuentro gracioso, precioso, tierno, amoroso, una de esas imágenes cargadas de especial erotismo que nos acompañarán durante toda la vida; esa oración solitaria, puede convertirse en una preciada gracia que como llovida del Hades, o como el maná sobre el desierto caiga sobre nosotros para hacernos un poco más felices.
Convertir las bondades de un cuerpo en mantra, reiteración, musitar cada mañana el fulgor de unos ojos, recordar la magnífica armonía de un cuerpo, el gesto distraído de una novia que tuviste que se retiraba graciosamente el cabello del cuello, la sonrisa cómplice de un encuentro causal, el roce de unos dedos; eso y recoger devotamente los frutos, experimentar a fondo las sensaciones, esa pequeña revolución que se produce en el propio cuerpo tras una prolongada meditación mañanera. 
Que así sea, amén.







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