martes, 1 de abril de 2014

¿Sucumbir a la rutina de la edad madura?


El Chorrillo, 1 de abril




Me leo, sí, me leo, allá por las cercanías de los Mallos de Riglos (mi libro, Una vuelta a España a pie). Estoy nervioso, quise ponerme a la tarea de estudiar los temas de la mañana, pero no pude. Di un giro a mi asiento, subí mis pies a la mesa y me puse a contemplar lo que había más allá a través de la ventana del sur de la cabaña: el árbol del amor en flor, los amentos del arce, una suave pelusilla en sus ramas que se balancea empujada por la brisa, en fin, los brotes nuevos de la higuera, el seto, las adelfas... Estoy nervioso. Llevo una larga temporada explorando las posibilidades de marcharme por ahí, por el mundo, primero fue por Asia Central, después por las estribaciones del Cáucaso, más tarde por alguna deshabitada zona del Himalaya al norte de la India; pero la cosa no cuaja. Leo y leo pero la cosa no cuaja. ¿Me estaré haciendo viejo, como comentaba con rechifla el otro día mi amigo Ramón? El caso es que de tarde en tarde, es un ejemplo, abro el Facebook y me encuentro por allí acaso el continuo trajinar del amigo Manuel Coronado, ahora de medios maratones, y eso me viene a poner los dientes largos.
Esta mañana disertaba yo mismo en mi lectura sobre alguno de los porqués que corren por las venas de los hombres y sus empeños; esos días de jornadas agotadoras de caminar por el norte de España que traían como compensación a mi ánimo riadas de palabras con las que llenaba la pantalla de mi portátil cada tarde después de haber biencumplido mi tarea de caminante. Leía y lo que leía sobrenadaba sobre mi ánimo y mi excitación como apacibles picatostes sobre el verde profundo de la crema de ortigas con la que ayer mismo despachaba mi apetito. A mi ánimo, verde y excitado, cremoso, hecho de esa curiosa verdura urticante que sugiere cierta prevención, que se ve surcado por picatostes y barquitos de papel, le digo que los temas de gramática y las soporíferas audiciones del vocabulario de otra lengua pueden esperar. Y así, con los pies sobre la mesa como hacía aquel manifiesto gilipollas del bigote, ¿será posible que no me acuerde de su nombre?, un reciente presidente de gobierno, leñe..., que en los ratos de relajación de las cumbres internacionales de un G no se cuantos parecía regodearse entre "los grandes" de esa manera, pues eso, con los pies sobre la mesa me sumo en reflexiones que van de acá para allá atravesando el tiempo o los porqués esenciales. Sobre ellos disertaba también yo en mi lectura de hace un momento, siempre la misma canción... la vida. ¿Qué pesao, no? Qué le vamos a hacer. Ayer fueron unos atractivos documentales sobre temas sexuales, sobre testigos de su propia y agradecida experiencia masturbatoria, sobre la errada manera de concebir los temas relacionados con nuestro propio cuerpo; hace unos días los documentales trataban sobre Dios. En ambos casos se evidenciaban los esfuerzos de ese empeño social de hacer del hombre un desvalido, una sociedad pazguata que pretende que permanezcamos siendo niños chicos a los que hay que decir lo que tienen que creer y lo que no, para los que hay que inventar una moral X haciéndoles creer que esto o lo otro, una sociedad mema en la que los genitales parecen tener un estatus de misteriosa depravación. Una sociedad absolutamente inejemplar que pretende encorsetarnos con su moral, su teología, su absurdo modo de concebir la vida y los intereses de los hombres.
Ayer escuché que según las investigaciones de no se qué universidad americana, el cincuenta por ciento de lo que somos y pensamos se lo debemos a los genes, el diez por ciento corresponde a la influencia social y el cuarenta por ciento restante sería creación propia. Un cuarenta por ciento de lo que somos es por propia voluntad, por nuestro esfuerzo, decía el informe. Me parece demasiado este cuarenta por ciento, quizás en la gente creativa y reflexiva, la que utiliza sus facultades mentales con propiedad esto pueda ser así. Cada sociedad genera un tipo de individuos diferentes y no es vano que uno haya nacido en España en los años cincuenta en vez de haberlo hecho en los años treinta o sesenta o setenta años después; los nacidos en esta gloriosa época del Régimen del PP, de seguir así las cosas, serán evidentemente individuos muy diferentes. El peso de la influencia del ambiente, de los medios a veces puede llegar a ser abrumador.
Bueno, la verdad, es difícil hablar de lo que a uno le inquieta, de lo que asalta su curiosidad, porque a poco que te descuides te meten en un cajón: ateo, libertino, chalao... (en otro tiempo podrías haber ido a la hoguera de patitas). A veces es más cómodo pasar por imbécil que andar por ahí cuestionando los hábitos y planteamientos morales de nuestra sociedad. Decir que lo necesitamos es follar más y mejor (o su sucedáneo, aventurarse gozosamente en el propio cuerpo para descubrir un maravilloso mundo encantado), decir que lo que necesitamos es explorar más nuestro propio yo y nuestras capacidades, que lo que necesitamos es ejercitarnos en convertirnos en buenas personas, en ser amantes fervientes, ser generosos, comprensivos, solidarios; decir que tanta mierda de consumo compulsivo (un lugar común que ya apenas nos dice nada), que tantos deseos de trepar o hacer del Becerro de Oro nuestra aspiración... en fin, decir todo esto suena ya a música celestial, a cosa más que sabida, a sermón decimonónico. Nuestra sociedad no está diseñada para satisfacer la íntima necesidad de todo hombre o mujer de vivir en paz y satisfactoriamente junto a su familia o sus amigos; el Becerro de Oro, las relaciones de poder, la ignorancia de que nos vamos a morir dentro de no mucho ocupan el panorama social y económico impidiendo centrarnos en la realidad primordial que es el tú, el yo, el otro y ese espacio en donde transcurre la vida, la naturaleza, nuestro entorno.
Razones para una inquietud. Las hay amontones. Quizás haya más razones por las que mi organismo esté inquieto, razones que yo rastreo esta mañana tratando de serenar mi ánimo, el temor, la inquietud de lo nuevo, las dimensiones de un reto, la inestabilidad que proporciona sentir que la vida, mi vida, no ha de ser como otros pretenden diseñar que sea; quizás deba creer a aquellos que dicen que la vida  de cada uno es un universo irrepetible, un enorme espacio que explorar y experimentar.
Y por ahí anda la madre del borrego, junto a ello también empiezo a razonar que siendo esta la causa de parte de mi inquietud, teniendo la edad que tengo, con las necesidades primarias cubiertas, con casa, con hijos colocados, después de tantos años a lo mejor me merezco un descanso. Y entonces, acaso (otra vez más) mi ánimo, perdición, quiere creérselo, y eso me deja roto, me cierra el horizonte; siento que un enanito empieza a susurrarme por dentro cosas de este calibre: hace meses tuviste un cólico, la rótula te sigue jugando malas pasadas, que las cataratas, que... y ¡hostia!, qué jodido, ¿no?
Y así resulta que tanto me pone nervioso mi tentación de sucumbir a la permanente rutina de una edad tranquila: una pequeña salida al monte, la huerta, los libros, los trabajos caseros, como la opuesta, la de dar rienda suelta a ese ánimo aventurero que siempre me habitó y al que trabajosamente sigo alimentando desde el fondo de esa convicción que me dice que no hay descanso prolongado que valga, que la vida, como el cuerpo, es un hermoso instrumento musical que hay que seguir tañendo, que hay que seguir haciendo música con lo que va quedando. Hoy ese medio maratón de Manuel Coronado me deja un tanto nostálgico, porque me recuerda muy vivamente mi otro medio maratón que corrí hace algo más de una década, cuando descubrí que los maratones eran una nueva y maravillosa manera de sacarle jugo a la vida.

Estas líneas aluden a la trabajosa tarea de abrirse paso en ese tramo de la existencia que es la edad madura. Hace unos años escribí una novela que exploraba ese tiempo de la vida, La edad madura, se titulaba. 



















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