El Chorrillo, 3 de abril
Frente a mi ventana los brotes tiernos de la higuera, ese verde temprano que despuntaba hace un cuarto de siglo en aquella higuera de brazos espantados y que un invierno se me apareció como el motivo musical que con el tiempo me iría poco a poco introduciendo en el mundo de la escritura y de las sensaciones sutiles que el paso de las estaciones y los cambios climáticos traerían día a día frente a mis ojos. De hecho, frente a la visión de esos brazos abiertos como sarmientos ateridos de frío, sus ramas nudosas y desnudas, que yo veía desde la cama surgir en la oscuridad mientras la noche iba dando paso al amanecer, constituyeron el alma del comienzo de mi primera novela. Las hojas se volverán ásperas, ese era su título, un invierno avanzado en que los brotes aterciopelados de las primeras hojas de la higuera habían empezado a brotar prematuramente y que a mí me sugerían acaso, en las puertas de otra edad, la sospecha de que la dulzura de los tiempos terminaría por traer consigo esa amarga aspereza que encontramos en las hojas de una higuera a la altura del verano. Las hojas se volverán ásperas era una sospecha para un momento de plenitud en que temprano, pero conscientemente, empezaba a prever que el arco de la vida, una vez alcanzada cierta edad, empezaría a declinar absorbido por la inevitabilidad de que toda vida tiene, tras su momento de apogeo, la pendiente de ese talud que leve pero inexorable dirige sus pasos hacia un final.

La sospecha,
esa aspereza con que a veces uno puede contemplar esta parte del camino, sin
llegar a ser tal en su visible apariencia, sí puede encontrarse en los rincones
del ánimo camuflada de muy diversas maneras. En cualquier caso fue para mí, la
silueta de este árbol, tanto un elemento de gozosa esperanza como la presencia
de una admonición que me inclinaba a pensar que ya no era un jovencito. Hablo
de hace un cuarto de siglo. Habíamos comprado una vieja casa de campo en medio
del páramo, un lugar donde a duras penas crecían un olivo y un par de frutales,
una tierra desangelada que no tardaría en convertirse en esa tierra prometida
en la que todo ser humano sueña arribar un día, una tierra que transformar en
bosque, prado, rumor de arroyo. Allí no había nada pero enseguida soñamos con
convertir aquel lugar en un bello rincón en donde rumoreara el susurro de la
brisa entre las ramas de los árboles, donde pájaros de toda clase tendrían su
hogar, donde los peces tendrían su cobijo y nosotros podríamos vivir en
permanente contacto con lo que siempre hemos amado, el alba, los prolongados
crepúsculos, el viento, la lluvia, el fuego en las largas noches de invierno. Han pasado ya muchos años desde que comenzamos
a habitar este espacio que llamamos El Chorrillo, y el sueño de convertir este
espacio en un agradable lugar para vivir se ha hecho realidad poco a poco a
consta de un gran esfuerzo. Hoy este espacio de tres mil metros cuadrados es
bosque, huerto, jardín, agradable espacio donde, si nada se tuerce, ha de
transcurrir el resto de nuestra vida.
Ahora que cada
vez soy más consciente del determinismo que la naturaleza, los genes, el
tiempo, impone a nuestra naturaleza y que acaso humildemente tengo que aceptar
como ajeno a mi voluntad, no porque pueda estar en contra de ello sino porque
quizás la vida tenga mucho en sí que no controlamos, porque ella tiene sus
ciclos y se mueve según unas constantes que imitan en su hacer los ritmos
naturales de los otros seres vivos; ahora que soy más consciente de estas
cosas, decía, cada vez me siento más inclinado a dejar en manos de la intuición
mis deseos inmediatos, mis proyectos. Sucede con frecuencia que piense en hacer
esto y aquello, que me entretenga en ello durante cierto tiempo y que después,
a la larga, según pasan los días y sin que yo haya hecho nada especial una voz
interior apenas audible, que no tiene realmente voz pero que habla y se
expresa, termine por llevarme por otros derroteros. Hoy tenía un apretado
programa de cosas que hacer, pero cuando empezaba a preparar las cosas me
tropecé de repente con los brotes de la higuera, me quedé unos minutos contemplándolos
y de ahí ya me fue fácil pasar a estas consideraciones sobre las que me
extiendo hoy. Tampoco me decido por qué hacer de mis días en los próximos
meses. Ayer ya empecé a encariñarme con la idea de "pasear" por los
Alpes Austriacos y Suizos durante el verano. Así me vienen las cosas, como
ligera brisa, hoy esto, mañana lo otro. Y cuando hablo de los ritmos de la
naturaleza me refiero también a esta manera de vivir el día a día. Y es
entonces cuando caigo en que es algo que no me sucedía antes; algo se está
moviendo dentro de mí; estoy perdiendo premura por ciertas cosas, pero estoy
sin embargo ganando densidad, vivo con cierta gratuidad sin apenas preocuparme
por mañana o pasado mañana.
Esto es
nuevo. Y desde esta novedad me pregunto si dentro de ese ritmo de la
naturaleza no estaré yo entrando en una fase notoriamente diferente a la
anterior, un espacio en que quizás, porque las cosas de la vida no tienen un
exacto momento en que lo anterior desaparezca para que comience algo diferente,
un espacio que poco a poco se va haciendo más tranquilo y sosegado, más acorde
con las estaciones; acorde, como los árboles y las plantas de nuestra parcela,
que hace que los narcisos y los jacintos broten en marzo y no en agosto, como
los tomates que se dan en julio, como los peces que pasan refugiados el
invierno entre unos pedruscos y no salen de allí hasta que los calores de abril
empiezan a templar el agua. Los movimientos de rotación de la tierra marcan la
vida de toda la humanidad y acorde a las horas de sol o no ordenamos nuestros hábitos.
Hoy la evidencia de este hecho hace que me pregunte si no de parecida manera
estamos determinados por el movimiento de traslación de la tierra alrededor de
Sol y con ello otros ciclos y otros ritmos no tan notorios actúen sobre
nosotros disponiéndonos para un tipo de vida que no precisamente diseñamos
nosotros. Y si la edad, junto a todo ello, sería un espacio que investigar para
adecuar nuestro sistema racional, tan desorientado, si no errado, tantas veces
en lo que se refiere a saber organizar una vida sana y deseable para el
individuo, adecuarlo a otro ritmo interior que probablemente tenga que ver con
los genes y la naturaleza. Es una idea sugestiva la de someterse uno mismo a un
proceso de investigación para tratar de aislar lo que a uno le pasa por el magín,
cuáles son reacciones, las expectativas, los elementos de gozo; qué es aquello
que se va debilitando, que no deseamos con tanto gusto y qué sin embargo
disfrutamos con más fruición.
¿Qué
esperamos de nosotros mismos, de los otros? ¿Qué nos puede impulsar a seguir en
la brecha de las reivindicaciones políticas y sociales? ¿Qué es lo que se va configurando como
connatural, si es que esta cosa se da, como propio de ir cumpliendo muchos años?
Churchill, quiero recordar, cuando cumplió ochenta años dijo que él no
necesitaba vivir más, que ya había vivido y visto lo suficiente; lo único que
le mantenía todavía con fuerzas para seguir viviendo era la existencia de su
esposa. José Luis San Pedro y Carrillo murieron con noventa y muchos y seguros
que si hubieran tenido diez o veinte años más habrían seguido estando en la
brecha de las reivindicaciones. Ritmos y constantes a las que echar un vistazo
curioso.
La vida de
un jubilado. Hace ya tiempo que manejé la idea de hacer un blog que tuviera por
título algo así como Diario de un
jubilado. Me parecía que podía ser interesante seguir este hilo temático en
un blog. Voy a probar a ver si se mantiene en pie la posibilidad de alimentar un
blog desde esta idea. No cuesta nada hacerlo. Si no resulta se borra el blog y
adiós santas pascuas.

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