El Chorrillo, 26 de marzo
Leo a lo largo de toda la tarde. Fuera hace un viento endemoniado, veo inclinarse peligrosamente los troncos del álamo y del eucalipto, éste con su enorme copa oscilando como un gran péndulo en el cielo borrascoso, aquél con su pelusilla verde de primavera temprana asomando entre las ramas. Estoy solo en casa. En el hogar las llamas se mueven pacíficas e intemporales. Mi libro de esta tarde, Silas Marner, de George Eliot. Las horas transcurren como en los mejores momentos de mi infancia cuando sumergido en un libro de aventuras, probablemente Emilio Salgari, la tarde se me iba en un plis plas tras las aventuras de Sandokán, El tigre de Malasia, La reconquista de Mompracem, todos leídos a la sombra de los pinares de Por ahí anda mi lectura, un instante en que noto que por dentro de mí ha empezado a tamborilear el hilo de una emoción. Me detengo. Quiero observar de cerca eso que está sucediendo en mí y que viene de un viejo libro de dos siglos atrás escrito por una mujer que disfrazó su feminidad con el nombre de George Eliot. Las cosas del espíritu, o como se le quiera llamar, son enormemente interesantes, apasionantes. Estos días ando viendo por capítulos unos documentales de la BBC que tratan sobre la existencia de Dios, científicos y escritores de todo el mundo metiendo el cazo de su saber y su experiencia en ese oscuro pozo de la religión para intentar aclarar un tanto los asuntos de este espíritu. Cosa también ésta del alma que rastrea en la existencia un permanente porqué porque no nos resignamos a que nuestras emociones y sentimientos, todo lo que corre por esta maravillosa máquina que es nuestro cerebro, desaparezca sin más. Estamos en el círculo mágico de los porqués y las emociones, precioso mundo en que recrearse en un día de viento y soledad como es el de esta tarde. También al final de mi infancia estos asuntos de la existencia de Dios me ocuparon, junto a Emilio Salgari, una respetable cantidad de tiempo.
Volviendo a mi lectura, que he abandonado de momento, me encuentro ante tentación de buscar una explicación a esa emoción que se ha despertado en mí, seguirle la pista y acaso indagar en su origen; la otra opción sería abandonar estas reflexiones y continuar la vivencia que me proporciona la lectura sin más. Saborear un vaso de vino o indagar por qué al paladar aquello le sabe tan deliciosamente bien; las papilas gustativas, la calidad de las cosechas, la tierra en que fermentó aquel vino... en fin.
Últimamente, mientras leo, o miro lo que sucede en la pantalla que cuelga por encima de la chimenea, un documental, una película, a veces me veo sorprendido por el nacimiento de esa clase de brisa que lleva entre sus brazos alguna clase de emoción. Cuando esto pasa suelo continuar con mi lectura o la película, trato de mantener la cosa que está naciendo ahí, presente, con la esperanza de que aquello dure, trato de mirarlo sólo de reojo, cómo quien no quisiera espantar el espectáculo de un pajarito que picotea a uno metro de nosotros en el suelo a la búsqueda de una lombriz. En otras ocasiones no, existen días como hoy en que trato de buscar el porqué de esa emoción, de ese rumor que me recorre por dentro. ¿Qué está sucediendo en la pantalla, en las páginas del libro que tengo entre las manos para que dentro de mí se libere, a veces habría que hablar de bioquímica, esa sustancia que hace que en mi cuerpo se produzca un leve temblor? Y se me ocurre que si yo tuviera que aprender de nuevo a saber qué hacer en la vida, cómo dirigirla, creo que este ejercicio de estar atento a ver lo que sucede dentro de uno en tales o cuales situaciones, ejercicio de tratar de identificar de dónde surgen las emociones en uno, sería una buena referencia para empezar a aprender a vivir. En este punto uno, para saber más de una flor, puede arrancarla de su tallo, quitar los pétalos, abrir el cáliz, los estambres, con lo cual ya no tenemos flor, ni perfume, ni la belleza de su apariencia externa. Es un modo, casi siempre erróneo de acceder al conocimiento de la flor.
He pasado un largo rato diseccionando la flor pero no he llegado a ninguna conclusión. En este punto mi emoción surgida de la lectura ha desaparecido completamente, pero me queda la idea de qué debo hacer cuando me encuentre en la próxima ocasión con un trozo de emoción similar. Y recuerdo entonces a tantos pescadores con que me crucé el pasado año caminando por la costa del Mediterráneo, pescadores solitarios ensimismados tantos de ellos en el cambiante movimiento de las olas, en las variaciones de la ambarina luz del amanecer. Sucede así: en algún momento la caña se dobla y en el extremo del sedal podemos tener algo interesante; si fuera un lector tendría enganchado en el anzuelo una emoción. Las emociones no se buscan, vienen solitas, empujadas, como las olas, por el flujo de determinados acontecimientos, determinados libros.
Si lo que hacemos es leer sólo es necesario sumergirse bajo las aguas de lo que allí se narra y bucear. En algún momento notaremos que algo especial revolotea en nuestro interior. Si el libro que leemos no tiene esa capacidad a lo largo de todas sus páginas es mejor abandonarlo, el libro no es bueno. Un buen libro tiene que tener la capacidad de despertar las emociones aquí o allá. Naturalmente hay que decir también que, claro, hay muchas maneras de leer. No es lo mismo hacerlo en el metro tratando de esquivar el hombro o el culo de una viajera que leer en un día de viento frente al fuego de la chimenea. Las cosas son más fáciles así, todos mis sentidos están en la lectura y mi cuerpo es capaz de sorber los mínimos detalles que se desprenden del recorrido de mis ojos por sus páginas.
Sería interesante anotar en qué precisos momentos del desarrollo de una película, un documental, un libro, una pieza musical, se producen estas emociones, pero no me atrae investigar estas cosas. Siento que el analizar esto no lleva a ningún sitio. Las cosas suceden, brotan como lo hacen las plantas en primavera si las condiciones son propicias y la tierra la adecuada. Dice Alan Watts en La filosofía del Tao, "Cuando realmente queremos encontrar una respuesta a algo debemos contemplar el asunto, visualizarlo tan claramente como podamos y luego, simplemente esperar". Eso es lo que trataba de hacer unos instantes antes de ponerme a escribir. Leer es contemplar la vida, la de los otros y la nuestra propia. Lo que sucede entre las personas ocupa una parte esencial de la vida. De estas situaciones está hecha toda la literatura universal, de ellas nacen la mayoría de nuestros sentimientos y emociones. Los hechos, los recuerdos que los suscitan, la nostalgia, el anhelo, el deseo mueven nuestra alma de acá para allá constantemente. Y así, cuando leemos no es difícil que de alguna manera la lectura lo que haga sea suscitar en nosotros el desencadenamiento de emociones que, partiendo del exterior, de una realidad ajena, lo que hacen es poner en vivo nuestra propia realidad, poner en cuestión nuestra capacidad de amar, de sentir, nuestra capacidad de solidaridad en relación a lo que estamos leyendo o viendo. Y así cuando contemplamos determinado desenlace en que está en juego esa lucha entre el bien y el mal, pongamos por caso, la codicia frente a la fraternidad y la solidaridad, el amor en conflicto con un sentimiento opuesto; cuando sucede todo esto de alguna manera el individuo que lee está siendo estimulado en la percepción de su propia problemática, de sus experiencias hasta el punto de que la lectura es algo así como el descubrimiento de algo que está pasando dentro de uno, que sucedió. Los desenlaces, las circunstancias ajenas de la lectura, de una buena película, no pueden dejar de ser de algún modo parte de nuestra propia experiencia. Las circunstancias, las personas serán diferentes, pero lo que allí se cuece es mío, tuyo, todos estamos en el mismo barco y funcionamos de manera parecida.
Considerando que la vida y la naturaleza no tienen finalidad alguna, el ejercicio de la lectura puede ser un excelente medio para explorar y experimentar nuestra vida, lo que sucede en nuestro interior sin tratar de buscar una relación de causa efecto en ello. Me emociono, luego existo. Un monje budista citado por Alan Watts lo explicaba muy graficamente: "Toda la naturaleza no tiene propósito. La ausencia de finalidad es el más fundamental principio budista. Ahhh, cuando se tiran un pedo, ustedes no dicen: me tiré un pedo a las nueve en punto. Sólo es algo que pasó." Me sucede algo así a mí esta tarde con George Eliot, al placer de la lectura en la soledad de mi cuarto de trabajo azotado por un viento inusitado, se le unió de repente una migaja de emoción: sucedió. Cosas así hacen que la vida sea un tanto más habitable y dichosa.
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