viernes, 4 de abril de 2014

Pereza

El Chorrillo, 4 de abril 

Hoy vencí la pereza que arrastro desde tiempo atrás y, ¡bravo!, conseguí levantarme antes del alba y salir a caminar. Coño, pero qué frío hace, esto no es primavera, me dije mientras enderezaba mis pasos entre los campos ya de crecida cebada.



Esto de la pereza es uno de los asuntos más polémicos y serios que uno puede tener en esta edad de la jubilación. Sí, lo dije otras veces, Celine mantenía que la pereza es tan fuerte como la vida misma; y tenía toda la razón del mundo. Entras en una fase de pereza y ésta es como la carcoma, te va comiendo por dentro, higadillos incluidos, poco a poco y cuando te quieres dar cuenta no eres capaz de hacer las cosas más elementales con un mínimo de presteza. Contra pereza, diligencia, decía "nuestra" Santa Madre Iglesia cuando quiso esclarecer cuáles eran los pecados capitales en los cuales todo devoto cristiano podía incurrir en un santiamén. Sin embargo desde otro punto de vista también podríamos llamarla santa pereza. ¿Por qué? En un libro que leo estos días sobre el Dalai Lama, The art of happinness, este hombre mantiene la idea de que deberíamos ser agradecidos con todos aquellos que nos molestan, incordian, odian o ponen trabas en nuestro camino, e igualmente con nuestras malas inclinaciones, porque, dice, eso nos puede poner en una situación beligerante en el sentido de que con estas personas, estas situaciones podemos entrenarnos, utilizándolas de parecida manera a como lo hace el atleta que se entrena para superar los cuatrocientos metros valla. Vistas así las cosas los obstáculos en la vida serían algo que agradecer porque superándolos nos entrenaríamos, nos ayudaríamos a mejorar nuestras propias facultades. Es una buena idea a tener en cuenta, de ese modo todas las dificultades en la vida se convertirían en deseables obstáculos con los que ejercitar nuestras posibilidades de superación.
Así que desde hoy en vez de remolonear en la cama que tanto gustirrinín produce, voy a intentar seguir las indicaciones del Dalai Lama (hay que joderse, a los personajes que uno tiene que acudir para desentumecerse desde las primeras horas del día), no, no siempre, que también en la variación está el gusto, que decía mi madre, y tratar de ajustarme a antiguas costumbres. Además, me digo, tío, si un día de estos quieres salir a caminar por Andalucía o por donde se tercie no vas a ser capaz de andar más de tres o cuatro kilómetros por día. Ya el otro día el amigo Laureano Esteras me invitó a dar una vuelta por la Pedriza y con mucho tacto me advirtió de que sólo se trataba un paseito sin complicaciones; y es que bien sabe él que desde que regresé de Antequera tras mi paseo hispánico no he caminado más largo de una hora.
Bueno, pues eso, contra pereza diligencia. Sí, sin comerlo ni beberlo ha pasado un invierno y parte de un otoño y ahora de golpe me encuentro en mi ruta habitual con crecidos campos de cebada. A mitad de camino el sol se alza sobre el horizonte y el sendero discurre sobre la hondonada en que a un lado la cebada me llega hasta el pecho, brillante y derecha como un ser orgulloso de sí mismo, mientras que el lado opuesto lo ocupa una larga fila de olmos y almendros que equilibran con su oscura presencia y su verde tierno sobre las ramas casi desnudas, el cuadro de la madrugada.
Y camino adelante recuerdo cierto tiempo, quizás veinte años atrás, en que mi cuerpo era incapaz de hacerse cargo de sí mismo y que incluso levantarme para ir a trabajar requería un tremendo esfuerzo. Tiempo de entrar en clase medio adormilado, decaído, flojo, desmotivado. Aquello duró más de un mes, quizás mi estado de ánimo no estaba entonces en su mejor momento. El caso es que una tarde enfrenté aquello seriamente y decidí que se había acabado, que al día siguiente iba a ser una persona nueva. Y así sucedió, recuerdo que a la mañana siguiente me desperté antes de que sonara el despertador; fuera había una espesa niebla y al cerrar la cancela tras mi espalda me encontré con un mundo en donde apenas alcanzaba a distinguir mis propios pies. Llovía ligeramente. Me había puesto el chándal y los deportivos y estaba dispuesto a morir en el intento de darme una exhaustiva carrera para demostrarme a mí mismo que sí podía, como se grita ahora en las calles de Madrid, que sí podía. El camino estaba lleno de charcos, no pasaba nada, chapoteé en ellos, me empapé, no aminoré la carrera hasta llegar al olivar cercano. Allí, envuelto todavía en la oscuridad hice algunos ejercicios de gimnasia, la sombra de los olivos, como fantasmas surgiendo de la oscuridad, vigilaban a aquel extraterrestre que daba saltos junto a los charcos. Sudaba copiosamente. Las sensaciones que llevaba encima según me fui acercando a casa, todavía la oscuridad era profunda, las recuerdo hoy como si fuera ayer mismo. Era un hombre nuevo. En casa mis hijos y Victoria todavía no se habían levantado. Me pareció extraordinario aquel momento, me contemplaba a mí mismo orgulloso, como si no hubiera nadie en el mundo me miraba a mí mismo y me sentía feliz con mi "heroicidad". Esos pequeños actos de "heroicidad" que uno logra hacer con uno mismo a lo largo de la vida y que merecen permanecer en el álbum de los recuerdos. Echarles un vistazo de vez en cuando deja una bonita sensación de bienestar.
Ahora es media mañana, a mi lado crepita el fuego y fuera la brisa mueve las ramas de los árboles. Estoy jubilado, me digo. Soy dueño de todo mi tiempo: qué gran cosa. Hoy mi ánimo está mejor dispuesto que días atrás gracias a esta disputa con la pereza. Es hora de ponerse a trabajar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario