El Chorrillo, 4 de abril
Hoy vencí la
pereza que arrastro desde tiempo atrás y, ¡bravo!, conseguí levantarme antes
del alba y salir a caminar. Coño, pero qué frío hace, esto no es primavera, me
dije mientras enderezaba mis pasos entre los campos ya de crecida cebada.
Esto de la
pereza es uno de los asuntos más polémicos y serios que uno puede tener en esta
edad de la jubilación. Sí, lo dije otras veces, Celine mantenía que la pereza
es tan fuerte como la vida misma; y tenía toda la razón del mundo. Entras en
una fase de pereza y ésta es como la carcoma, te va comiendo por dentro,
higadillos incluidos, poco a poco y cuando te quieres dar cuenta no eres capaz
de hacer las cosas más elementales con un mínimo de presteza. Contra pereza,
diligencia, decía "nuestra" Santa Madre Iglesia cuando quiso esclarecer
cuáles eran los pecados capitales en los cuales todo devoto cristiano podía
incurrir en un santiamén. Sin embargo desde otro punto de vista también podríamos
llamarla santa pereza. ¿Por qué? En un libro que leo estos días sobre el Dalai
Lama, The art of happinness, este
hombre mantiene la idea de que deberíamos ser agradecidos con todos aquellos
que nos molestan, incordian, odian o ponen trabas en nuestro camino, e
igualmente con nuestras malas inclinaciones, porque, dice, eso nos puede poner
en una situación beligerante en el sentido de que con estas personas, estas
situaciones podemos entrenarnos, utilizándolas de parecida manera a como lo
hace el atleta que se entrena para superar los cuatrocientos metros valla. Vistas
así las cosas los obstáculos en la vida serían algo que agradecer porque superándolos
nos entrenaríamos, nos ayudaríamos a mejorar nuestras propias facultades. Es una
buena idea a tener en cuenta, de ese modo todas las dificultades en la vida se
convertirían en deseables obstáculos con los que ejercitar nuestras
posibilidades de superación.
Así que
desde hoy en vez de remolonear en la cama que tanto gustirrinín produce, voy a
intentar seguir las indicaciones del Dalai Lama (hay que joderse, a los
personajes que uno tiene que acudir para desentumecerse desde las primeras
horas del día), no, no siempre, que también en la variación está el gusto, que
decía mi madre, y tratar de ajustarme a antiguas costumbres. Además, me digo, tío,
si un día de estos quieres salir a caminar por Andalucía o por donde se tercie
no vas a ser capaz de andar más de tres o cuatro kilómetros por día. Ya el otro
día el amigo Laureano Esteras me invitó a dar una vuelta por la Pedriza y con mucho tacto
me advirtió de que sólo se trataba un paseito sin complicaciones; y es que bien
sabe él que desde que regresé de Antequera tras mi paseo hispánico no he caminado
más largo de una hora.
Bueno, pues
eso, contra pereza diligencia. Sí, sin comerlo ni beberlo ha pasado un invierno
y parte de un otoño y ahora de golpe me encuentro en mi ruta habitual con
crecidos campos de cebada. A mitad de camino el sol se alza sobre el horizonte
y el sendero discurre sobre la hondonada en que a un lado la cebada me llega
hasta el pecho, brillante y derecha como un ser orgulloso de sí mismo, mientras
que el lado opuesto lo ocupa una larga fila de olmos y almendros que equilibran
con su oscura presencia y su verde tierno sobre las ramas casi desnudas, el
cuadro de la madrugada.
Y camino
adelante recuerdo cierto tiempo, quizás veinte años atrás, en que mi cuerpo era
incapaz de hacerse cargo de sí mismo y que incluso levantarme para ir a
trabajar requería un tremendo esfuerzo. Tiempo de entrar en clase medio
adormilado, decaído, flojo, desmotivado. Aquello duró más de un mes, quizás mi
estado de ánimo no estaba entonces en su mejor momento. El caso es que una
tarde enfrenté aquello seriamente y decidí que se había acabado, que al día
siguiente iba a ser una persona nueva. Y así sucedió, recuerdo que a la mañana
siguiente me desperté antes de que sonara el despertador; fuera había una
espesa niebla y al cerrar la cancela tras mi espalda me encontré con un mundo
en donde apenas alcanzaba a distinguir mis propios pies. Llovía ligeramente. Me
había puesto el chándal y los deportivos y estaba dispuesto a morir en el
intento de darme una exhaustiva carrera para demostrarme a mí mismo que sí podía,
como se grita ahora en las calles de Madrid, que sí podía. El camino estaba
lleno de charcos, no pasaba nada, chapoteé en ellos, me empapé, no aminoré la
carrera hasta llegar al olivar cercano. Allí, envuelto todavía en la oscuridad
hice algunos ejercicios de gimnasia, la sombra de los olivos, como fantasmas
surgiendo de la oscuridad, vigilaban a aquel extraterrestre que daba saltos
junto a los charcos. Sudaba copiosamente. Las sensaciones que llevaba encima
según me fui acercando a casa, todavía la oscuridad era profunda, las recuerdo
hoy como si fuera ayer mismo. Era un hombre nuevo. En casa mis hijos y Victoria
todavía no se habían levantado. Me pareció extraordinario aquel momento, me
contemplaba a mí mismo orgulloso, como si no hubiera nadie en el mundo me
miraba a mí mismo y me sentía feliz con mi "heroicidad". Esos
pequeños actos de "heroicidad" que uno logra hacer con uno mismo a lo
largo de la vida y que merecen permanecer en el álbum de los recuerdos. Echarles
un vistazo de vez en cuando deja una bonita sensación de bienestar.
Ahora es
media mañana, a mi lado crepita el fuego y fuera la brisa mueve las ramas de
los árboles. Estoy jubilado, me digo. Soy dueño de todo mi tiempo: qué gran
cosa. Hoy mi ánimo está mejor dispuesto que días atrás gracias a esta disputa
con la pereza. Es hora de ponerse a trabajar.

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