El Chorrillo, 5 de abril
Le decía
ayer a mi amiga Montse Castellanos, amiga a partir del ciberespacio desde que
atravesaba las tierras del norte, que yo no he tenido nunca la impresión de ser
un jubilado, al menos en el sentido de esa imagen que concebía de un jubilado
desde que era niño. Y es que estos días estoy empezando a creérmelo con este ir
y venir por la pantalla de este nuevo blog.
Antes, un
jubilado era una persona que, como los elefantes cuando van a palmarla, se
retiraba de la vida activa para con la garrota en las manos ir a sentarse todas
las mañanas a la plaza del pueblo a tomar el sol. Allí más o menos, según las
circunstancias de salud, acababa su cometido en la vida.
Hoy las
cosas tienen otro cariz, por ejemplo, hace unos pocos días recibí un
entusiasmado correo de un hombre que no conocía y que había descubierto
accidentalmente alguno de mis libros. Me contaba que estaba recién jubilado y
que mi experiencia y la de Ramón con su caballo y su perro le habían animado a
ponerse en camino para inaugurar un interminable año sabático que tenía ante sí
y que durará ya para siempre. Vamos, que nada más jubilarse lo primero que se
le ocurrió era que iba a ponerse el mundo por montera. Y dicho y hecho, ahí
está ya siguiendo las trochas del Camino Portugués hacia Santiago de
Compostela. Y no sólo eso, que él quería ir caminando, sino que animado por la
aventura de Ramón y su cuadrilla, ha organizado el asunto para hacer el camino
con una yegua. Maravilloso, ¿no? Carlos Soria, el jubilado de más gloria que
tenemos por los madriles de la gente aficionada a la montaña, empezó a comerse
los ocho miles del Himalaya en el momento en que pudo abandonar su trabajo como
tapicero. A Ramón le sucedió otro tanto, Ramón gestionaba una sucursal de un
importante banco y el día que le ofrecieron dejar aquello lo convirtieron en un
avezado aventurero, no se lo pensó dos veces, tomó su perro, su caballo y se
marchó a atravesar Francia de parte a parte con sus iniciados compañeros de
aventuras; y apenas había terminado con ese viajecito se embarcó en dar la
vuelta a España, seis mil kilómetros de cabalgar y caminar por la península.
¿Quién es el guapo que puede hacer estas cosas en una sociedad en que las cosas
se organizan como se organizan? Sí, y todavía habrá quien diga que hemos nacido
para trabajar. Naranjas de la
China , coño, hemos nacido para vivir, vivir, vivir.
Los que
piensan que han nacido para trabajar y trabajar y trabajar y que después de
jubilarse lo que les espera es tomar el sol y tragarse soporíferas sesiones
frente al televisor, deberían cambiar de mentalidad y empezar a plantearse que
lo que tienen por delante es una hermosa nueva vida que, conjugada con los
pequeños hándicaps que puedan ir surgiendo con los años, puede convertirse sin
lugar a duda en el periodo de la vida más interesante. Qué, ¿que digo bobadas?
No, no voy a sacar aquí mi currículum
vitae, claro, pero cuándo en toda mi vida pude yo largarme por medio año a
recorrer las tierras del Pacífico, África, Europa; cuándo pude caminar ininterrumpidamente
a través de las tierras y las montañas que tanto amé siempre; atravesar España
a pie, el Pirineo, ¿cuándo pude leer, escribir, inventar, encontrarme con
gente, disponer de las veinticuatro horas del día para hacer lo que me gusta antes
que ahora?
El amigo que
estrena jubilación, Sergio se llama, anda un poco apurado con tanta lluvia, y
además un tanto frustradico porque a su yegua, Lupe, le ha salido una rozadura
en la grupa y ha tenido que buscar un transporte para que la llevaran de vuelta
a casa. Sergio ha sustituido la mochila por las alforjas y ahora continúa su
camino hacia el norte. Se ve que lo tiene claro, nada más estimulante que dejar
de trabajar y ponerse en camino.
Desde aquí
mi más animoso deseo para que su camino sea propiciatorio y gratificante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario