sábado, 5 de abril de 2014

Sergio y su yegua Lupe

 El Chorrillo, 5 de abril

Le decía ayer a mi amiga Montse Castellanos, amiga a partir del ciberespacio desde que atravesaba las tierras del norte, que yo no he tenido nunca la impresión de ser un jubilado, al menos en el sentido de esa imagen que concebía de un jubilado desde que era niño. Y es que estos días estoy empezando a creérmelo con este ir y venir por la pantalla de este nuevo blog.
Antes, un jubilado era una persona que, como los elefantes cuando van a palmarla, se retiraba de la vida activa para con la garrota en las manos ir a sentarse todas las mañanas a la plaza del pueblo a tomar el sol. Allí más o menos, según las circunstancias de salud, acababa su cometido en la vida.
Hoy las cosas tienen otro cariz, por ejemplo, hace unos pocos días recibí un entusiasmado correo de un hombre que no conocía y que había descubierto accidentalmente alguno de mis libros. Me contaba que estaba recién jubilado y que mi experiencia y la de Ramón con su caballo y su perro le habían animado a ponerse en camino para inaugurar un interminable año sabático que tenía ante sí y que durará ya para siempre. Vamos, que nada más jubilarse lo primero que se le ocurrió era que iba a ponerse el mundo por montera. Y dicho y hecho, ahí está ya siguiendo las trochas del Camino Portugués hacia Santiago de Compostela. Y no sólo eso, que él quería ir caminando, sino que animado por la aventura de Ramón y su cuadrilla, ha organizado el asunto para hacer el camino con una yegua. Maravilloso, ¿no? Carlos Soria, el jubilado de más gloria que tenemos por los madriles de la gente aficionada a la montaña, empezó a comerse los ocho miles del Himalaya en el momento en que pudo abandonar su trabajo como tapicero. A Ramón le sucedió otro tanto, Ramón gestionaba una sucursal de un importante banco y el día que le ofrecieron dejar aquello lo convirtieron en un avezado aventurero, no se lo pensó dos veces, tomó su perro, su caballo y se marchó a atravesar Francia de parte a parte con sus iniciados compañeros de aventuras; y apenas había terminado con ese viajecito se embarcó en dar la vuelta a España, seis mil kilómetros de cabalgar y caminar por la península. ¿Quién es el guapo que puede hacer estas cosas en una sociedad en que las cosas se organizan como se organizan? Sí, y todavía habrá quien diga que hemos nacido para trabajar. Naranjas de la China, coño, hemos nacido para vivir, vivir, vivir.
Los que piensan que han nacido para trabajar y trabajar y trabajar y que después de jubilarse lo que les espera es tomar el sol y tragarse soporíferas sesiones frente al televisor, deberían cambiar de mentalidad y empezar a plantearse que lo que tienen por delante es una hermosa nueva vida que, conjugada con los pequeños hándicaps que puedan ir surgiendo con los años, puede convertirse sin lugar a duda en el periodo de la vida más interesante. Qué, ¿que digo bobadas? No, no voy a sacar aquí mi currículum vitae, claro, pero cuándo en toda mi vida pude yo largarme por medio año a recorrer las tierras del Pacífico, África, Europa; cuándo pude caminar ininterrumpidamente a través de las tierras y las montañas que tanto amé siempre; atravesar España a pie, el Pirineo, ¿cuándo pude leer, escribir, inventar, encontrarme con gente, disponer de las veinticuatro horas del día para hacer lo que me gusta antes que ahora?



El amigo que estrena jubilación, Sergio se llama, anda un poco apurado con tanta lluvia, y además un tanto frustradico porque a su yegua, Lupe, le ha salido una rozadura en la grupa y ha tenido que buscar un transporte para que la llevaran de vuelta a casa. Sergio ha sustituido la mochila por las alforjas y ahora continúa su camino hacia el norte. Se ve que lo tiene claro, nada más estimulante que dejar de trabajar y ponerse en camino. 

Desde aquí mi más animoso deseo para que su camino sea propiciatorio y gratificante.

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