El Chorrillo, 10 de abril
Estación de
cercanías de Humanes. Subo al tren. Sólo hay un viajero, una mujer al fondo del
vagón. Tomo asiento enfrente. Enseguida me llama la atención su actitud de
exagerado recogimiento, las piernas juntas, el torso erecto, un gran bolso a
sus pies, en sus manos un libro con páginas en papel Biblia. Casi con toda
seguridad se trata de los Evangelios. En
ningún momento alza la cabeza, tres, cuatro estaciones, nada. Viste unos
pantalones vaqueros y una chaqueta color beis, un fular de lana fina cae desde el
cuello sobre su pecho. La veo pasar despacio y seria las páginas de su libro.
Su gran bolso me hace sospechar lo que contiene, probablemente propaganda de
alguna de esas religiones que hace estragos entre la gente corriente. En
Zarzaquemada el tren ya va hasta los topes. No ha levantado sus ojos en ningún
momento, al salir de la estación cambia de libro.![]() |
| Sebastiã Salgado |
Hoy soy un
jubilado ocioso con el propósito de ir a ver la exposición de fotografía de
Salgado en la Caixa ,
luego he quedado a comer con Santiago Pino, pero casi estoy en la tentación de
seguir a esta mujer. Llevo una temporada leyendo novelas de detectives para
mejorar mi inglés y me encuentro bastante cerca de esta clase de situaciones.
Probar, ver qué pasa y convertir un simple paseo por Madrid en una intriga. El
otro día escribía en otro sitio que me encontraba bajo la sospecha de estar un
tanto cansado de mí mismo y ésta podía ser una ocasión para experimentar algo
diferente. En un contexto así cualquier persona corriente, una vida vulgar,
puede convertirse en intriga.
Ahora desde
hace unos minutos a mi espalda oigo una ininterrumpida charla en inglés, una
voz y una forma de hablar de una tal Carly, una de las profesoras de inglés de
los cursos Vaughan que sigo desde hace meses. Todos los
personajes femeninos que oigo últimamente ya sea en este curso o en la BBC me parecen procedentes de
la misma persona. No, no entiendo lo que dicen, hay demasiado ruido pero me gusta, disfruto del sonido de las
palabras. Tiempo ha creí que los idiomas más melodioso del mundo eran el
italiano y el francés; después de viajar a China el chino me gustaba un montón,
sobre todo en boca de las mujeres; todos los idiomas suenan mejor en
boca de las mujeres; ahora que conozco un poco más el inglés éste
también me gusta. Levanto la vista, Méndez Álvaro, cuando me giro para volver a
ver a la víctima que he elegido perseguir me encuentro con que su lugar ha sido
ocupado por una latinoamericana de ojos risueños y aspecto bonachón, su enorme
cuerpo rebosa del asiento. Mi predicadora ha desaparecido: lastima.
Atocha. La
espalda comienza a chillarme, camino vivo junto al Ministerio de Agricultura, enseguida
me viene un fuente olor a plantas, a bosque húmedo, proviene del Jardín
Botánico. Está lloviznando, ahora el olor es más profundo, huele a las
honduras de los hayedos vascos, es sólo un momento, porque pronto se mezcla
con el olor de las alcantarillas en donde unos operarios desaparecen
disfrazados de bomberos; las fauces del Averno se hunden bajo sus pies; veo el paseo, la gente, los coches, todo limpito y oloroso e imagino lo que hay
bajo sus pies, toda la mierda de los madrileños, todos los pises, todos los
restos de los desagües de las lavadores, los sudores, las legañas, los
desechos... el submundo de los desagües corren bajo nuestros pies de ciudadanos
aseados. Al poco el olor de las alcantarillas desaparece y vuelve el profundo
olor húmedo de la primavera que crece al otro lado de las vallas del Botanico.
Ahora ya estoy
a la altura del Prado. Ya no llueve, en el cielo se alternan las nubes con un cielo intensamente azul, los grandes ejemplares de cedros frente al museo apuntan su enorme
envergadura hacia el cielo.
Me duele la
espalda, espalda de jubilado. No debe de ser muy sano esto de escribir
caminando. Me temo.
Entretenido
con la escritura sobre mi táblet he sobrepasado el edificio de la Caixa y ahora estoy frente
al Thyssen donde mis pasos, ajenos a mi voluntad, me ha dirigido. Retrocedo
pues para acercarme al edificio de la Caixa , cruzo hacia la otra
acera del paseo del Prado, atravieso una multitud de turistas. Pasando frente a
la cafetería en donde el pasado año el dueño se enfrentó a los antidisturbios
impidiéndoles durante una manifestación el paso a su local con los brazos en alto emulando al gitano de
camisa blanca con los brazos en alto de Los a fusilamientos del tres de mayo,
pasando por alli, digo, huele a paella y pienso en la que me tiene preparada
Santiago Pino. Tuvimos invitados anoche y sobró un montón de comida, me dijo
esta mañana cuando le llamé por teléfono proponiéndole que comiéramos juntos.
¿Qué tienes?, pregunté. Paella, contestó. Así que mis jugos gástricos se ponen en movimiento en este
punto.
El
espléndido blanco y negros de Salgado me sugiere la idea de convertir mis
fotografías en color a una escala de grises, algo en que pensé muchas veces y
que la premura del tiempo me impidió experimentar. El mundo se ve más bello en
blanco y negros, un halo de misterio lo envuelve, quizás nos proyectamos mejor
en este material, sucede con el cine en donde el color pareciera que trajera
todo consigo y dejara apenas espacio a la recreación del espectador. Algunas de
las fotografías de Salgado parece tomadas en un interior al que se ha añadido
un exótico paisaje de fondo, todo en la media luz del crepúsculo. El
tratamiento de la foto con sus cielos borrascosos da un tinte un tanto
dramáticos a sus positivos. El Cerro Torre, sin embargo, al carecer de
elementos de comparación se muestra insignificante, como una montaña del
montón. Fotografías de blancos y negros exacerbados donde las tonalidades
medias no tienen cabida porque les restarían dramatismo.
Ritos
prehistóricos, escenas salidas de la imaginación de un paleontólogo que
quisiera recrear el principio del Mundo. Quizás la exposición se ciñe al título
que la encabeza y todo transcurre efectivamente como si se tratara de los primeros
días de la Creación.
El autobús
número 36 me lleva a casa de Santiago. Me duele la espalda. Por el camino
recreo el primigenio mundo de Sebastiã Salgado. Santiago y yo hablamos largo y
tendido, hace meses que no nos vemos, la política ocupa inevitablemente su
puesto durante el café. A las cuatro y media nos despedimos, tengo una cita con
mi hija Lucía y con Quique. Me vuelvo a casa.

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